Cómo recuperar el optimismo: Solarpunk

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@BlackSpartak

La desesperanza no es natural. Hay que producirla. Si realmente queremos entender esta situación, tenemos que empezar por comprender que en los últimos treinta años se ha construido un vasto aparato burocrático para la creación y el mantenimiento de la desesperanza. Una especie de gigantesca máquina diseñada, ante todo, para destruir cualquier posibilidad de futuros alternativos. La raíz es una verdadera obsesión por parte de los gobernantes del mundo por asegurarse de que los movimientos sociales no puedan crecer, florecer, proponer alternativas; que aquellos que desafían los pactos de poder existentes nunca, bajo ninguna circunstancia, se perciba que ganan. Para ello es necesario crear un vasto aparato de ejércitos, prisiones, policía, diversas formas de seguridad privada y aparatos de inteligencia policiales y militares. De todas las variedades imaginables, la mayoría de los cuales no atacan las alternativas directamente, sino que crean un clima generalizado de miedo, de conformidad jingoísta y de simple desesperación que hace que cualquier idea de cambiar el mundo parezca una fantasía vana. El mantenimiento de este aparato parece aún más importante para los defensores del «libre mercado» que mantener cualquier tipo de economía de mercado viable.

David Graeber (2008) Hope in Common.

Desarrollando la cita de Graeber, a las personas con intención revolucionaria a veces nos puede ganar la impotencia ante la imposibilidad de un cambio social. Solemos creernos muy lejos de nuestros objetivos prácticos. Sabemos, o deberíamos asumir ya, que nuestras ideas se materializarán algún día y que quizá antes que a nosotras le servirán a nuestra descendencia. Sabemos que las revoluciones son procesos que duran décadas. Y que no pasa nada por ser una pieza más de ese proceso, y no la pieza protagónica que asalta los cielos espada en mano.

Y es que a las opciones de la izquierda transformadora actual nos rodea un aura de derrotismo. El supuesto colapso de la civilización adicta a los combustibles fósiles no nos está acercando a una utopía, sino a un turbocapitalismo adicto a la fast fashion y el Tik Tok. En nuestra sociedad se imponen entre la juventud (y en el resto de edades también) los valores opuestos a los que defendemos que, mucho nos tememos, desembocarán en fascismo (ya sea ecofascismo o fascismo a secas).

Por lo tanto, esa idea del colapso no nos ha sido útil para favorecer un movimiento revolucionario global. Al contrario, al “no haber futuro” todo el mundo hace como que no pasa nada. Da igual que lleguemos a 50ºC en verano. Da igual que se cometa un genocidio a nuestras puertas. Da igual vivir la sexta extinción planetaria y saber que somos completamente responsables. No nos preocuparemos hasta que no falte la comida en el supermercado o no patrulle el ejército la calle.

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En una sociedad Solarpunk que se precie no faltan ni los huertos, ni los paneles solares ni los domos.

A comienzos de los años 2000-2010 apareció un movimiento cultural y estético centrado en un futuro sostenible, en contraposición a las visiones distópicas y apocalípticas comúnmente retratadas en la ciencia ficción: el solarpunk. Inspirado por la ecología, la energía renovable y el diseño sostenible, el solarpunk imagina un mundo en el que la tecnología y la naturaleza coexisten armoniosamente. Este género se caracteriza por la promoción de soluciones innovadoras y ecológicas para los desafíos globales, fomentando la resiliencia y la adaptabilidad de las comunidades frente a los problemas medioambientales y sociales.

La utilidad del solarpunk va más allá de la mera expresión artística, ya que proporciona una plataforma para explorar y difundir ideas prácticas sobre cómo abordar la crisis climática y construir sociedades más sostenibles. Al destacar la belleza y la viabilidad de las energías renovables, la agricultura urbana y la arquitectura ecológica, el solarpunk inspira la acción positiva y la adopción de prácticas responsables. En un mundo preocupado por el cambio climático y el agotamiento de recursos, el solarpunk ofrece una visión esperanzadora y pragmática para un futuro en el que la humanidad vive en armonía con la naturaleza, aprovechando la tecnología de manera sostenible para crear un mañana más brillante.

Entonces se trata de un cambio de enfoque. No todo futuro tiene porqué verse plasmado por el género postapocalíptico. También se puede dar un modelo de “Arcadia feliz” más acorde con nuestros planteamientos. Esto se puede ver directamente en el Manifiesto Solarpunk, que dice:

El solarpunk es, a la vez, una visión del futuro, una provocación reflexiva, una forma de vida y un conjunto de propuestas alcanzables para llegar a ese futuro.

  1. Somos solarpunks porque el optimismo nos ha sido arrebatado y estamos intentando recuperarlo.
  2. Somos solarpunks porque las únicas otras opciones son la negación o la desesperación.
  3. En su esencia, el solarpunk es una visión de un futuro que encarna lo mejor de lo que la humanidad puede lograr: un mundo postescasez, postjerarquía, postcapitalista, donde la humanidad se ve a sí misma como parte de la naturaleza y la energía limpia reemplaza a los combustibles fósiles.

En otras palabras, el manifiesto se está situando en nuestro cuadrante ideológico. Sin embargo, lo hace de forma instintiva y superficial. Nos puede recordar al movimiento hippie o a las comunidades intencionales, o como mucho al autodenominado “Pueblo Libre” de Christiania. Lo cierto es que las Zonas Temporalmente Autónomas son una constante en el pensamiento Occidental. Son islas de utopía que rehúyen la vida cotidiana y sus conflictos. Podríamos hasta decir que Solarpunk es tomar una de esas comunidades intencionales y transformarla con IA.

Al partir de ideas de artistas y arquitectos, no necesariamente politizados, éstas ponen énfasis en la ecología y en la creación de comunidades autosuficientes en el aspecto alimentario y energético. Algún intento hay de llevarlas a la práctica. No obstante, en cuanto escalamos el tamaño de la sociedad, nos damos de bruces con la cruda realidad. El capitalismo también puede perfectamente comprar este tipo de imaginario que parece sacado de los estudios Ghibli y crear un festival como el Burning Man pensado para exhibirse de forma superficial y sacar dinero o presentarnos unas sociedades del universo Marvel dirigidas por una realeza paternalista y buenrollista como Wakanda o Asgard o una tiranía ultramoderna como las de Aeon Flux o Tomorrowland. ¿O qué decir de Singapur, una de las ciudades-estado más autoritarias del mundo, con esa estética tan Solarpunk?

Mientras los textos teóricos de Solarpunk pueden llegar a emplear citas de Karl Marx, Piotr Kropotkin, David Graeber o Murray Bookchin, pocas veces reclaman una economía colectiva. Si acaso, hablan de huertos y jardines comunitarios, trabajados en común. Se reivindican como anticapitalistas o postcapitalistas, pero no desarrollan qué se entiende por esos conceptos más allá de unos valores más allá de la sociedad de consumo. Podemos ver, pues, el mismo planteamiento que compartían sectores del viejo socialismo utópico, salvo que lo de ahora parece sacado de una película futurista de ciencia ficción interplanetaria.

En otros aspectos quizás nos recuerde a los planteamientos de Jacques Ellul, un anarquista cristiano que se imaginaba una red de comunidades autosuficientes, al estilo de los anabaptistas. Su anarquismo era evolucionista y pacifista, a la vez que mutualista proudhoniano. Ellul no era antitecnología, sino que veía la tecnología como útil si la tomamos como lo que es, una forma de hacer la vida más fácil, en lugar de tomarla como una forma de hacer beneficios de forma más rápida y eficiente. Entendía que la técnica no se encuentra al servicio de las necesidades de la sociedad, sino que es su propio desarrollo el que la guía. Según su perspectiva, la tecnología avanza de manera autónoma, desprendiéndose de los aspectos sociales, culturales o éticos que podrían limitar su crecimiento.

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Una constante en los dibujos solarpunk es la de las plantas en los edificios. Esta propuesta es la pesadilla de la arquitectura, que se verá obligada a combatir las humedades, los insectos y a ingeniar métodos de fertilizar toda aquella masa verde.

Fundamentalmente, el Solarpunk es una estética naturalista contrapuesta a la distopía cyberpunk. En este caso podemos reivindicarlo como una de las opciones deseables de vida futura. Es necesario construir utopías para que la sociedad avance y tenga sueños. El capitalismo de nuestro tiempo plantea escenarios de futuros catastróficos, en los que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Gracias a esto, la gente tendrá la tendencia de no hacer nada para cambiar las cosas, ya que le parecerá imposible cualquier tipo de cambio.

El comunismo libertario es un modo de producción y un modelo de sociedad. Se suele caricaturizar como una sociedad rural llena de vegetación y gente que trabaja en el campo. Casi nunca se dibujaría un comunismo libertario en una sociedad como en la que vivimos o, peor aún, implantado en una ciudad opresiva llena de edificios brutalistas y luces de neón.

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Mapa del satélite Anarres, una sociedad libertaria imaginada por Ursula K. LeGuin. Si rodaran la película el aspecto de sus poblados sin duda sería Solarpunk.

Es vital conectar con una utopía atractiva que presente un ideal alternativo. Decían Graeber y Wengrow en El amanecer de todo que el contacto de los sabios indígenas americanos con los europeos dio pie en buena medida a la Ilustración. Era un cuestionamiento completo de la sociedad europea, entonces gobernada por monarquías absolutas. El aporte indígena facilitó la impugnación de las jerarquías sociales, y fue el fundamento de las ideas libertadoras de los siglos posteriores. En ese caso la imaginación determinaba una posibilidad política en una especie de prefiguración utópica.

En el ideario anarquista está la superación del colapso. Como decía Durruti: Sabemos que no vamos a heredar más que ruinas, porque la burguesía trata de arruinar el mundo en la última fase de la historia. Pero te repito que no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Y este mundo está creciendo en este instante.

Recuperemos la capacidad de soñar. Que Solarpunk también sea una llamada a la acción.

Una derivación curiosa es el afrofuturismo. Es la fusión de la estética Solarpunk con una nueva narrativa social y arquitectónica para África.

Recursos:

Películas solarpunk https://www.reddit.com/r/solarpunk/comments/ondz67/solarpunk_movies/?ref=hackernoon.com

The history of Solarpunk

https://solarpunks.net/?ref=hackernoon.com

Manifiesto Solarpunk

https://theanarchistlibrary.org/library/the-solarpunk-community-a-solarpunk-manifesto?ref=hackernoon.com

Solarpunk cities: Our last hope?

https://www.youtube.com/watch?v=UVlBmdvIC6s

David Graeber. Hope in Common

https://davidgraeber.org/articles/hope-in-common/

Why we need more than solarpunk

https://www.youtube.com/watch?v=9fxbDhoYlh8

Libro en preparación: “La CNT y la Nueva Economía. Del colectivismo a la planificación de la economía confederal (1936-1939)”

En algunos meses se publicará un libro titulado “La CNT y la Nueva Economía”. Se trata de un libro de historia económica que recupera un proyecto poco conocido del movimiento libertario: el Consejo de Economía Confederal.

En ciertos casos, se argumenta que el anarcosindicalismo se configura como un tipo de sindicalismo promovido por anarquistas o basado en principios anarquistas. Sin embargo, esta afirmación queda notablemente limitada, ya que el anarcosindicalismo va más allá: aboga por la socialización de la economía a través de las organizaciones obreras, es decir, los sindicatos. En otras palabras, tanto el sindicalismo revolucionario como el anarcosindicalismo consideran que los sindicatos constituyen la columna vertebral de la futura sociedad socialista.

Ahora bien, retrocedamos al origen. Pierre J. Proudhon, posiblemente la primera figura teórica relevante del anarquismo a nivel internacional, planteaba en 1851 una alternativa al estado burgués. Su propuesta implicaba la disolución del régimen político (el Estado) en el régimen económico (la sociedad). Según él, ambos regímenes estaban en conflicto constante, y el dominio de uno sobre el otro dependía de la correlación de fuerzas. Para que el pueblo organizado tuviera posibilidades, debía estar bien articulado antes de la revolución.

Posteriormente, estas ideas experimentaron un desarrollo crucial en el Congreso de la Primera Internacional, celebrado en Bruselas en 1868. La importancia radica en la aprobación del modelo de socialización de los medios de producción, donde se concebía que la propiedad debería ser ejercida por cooperativas de producción, no como propiedad estatal.

Todos los delegados acordaron que la riqueza natural y social debería pasar a manos de la colectividad, aunque hubo ambigüedad en cuanto al papel del Estado, al afirmar que la colectividad social podría estar representada por un «Estado regenerado y sometido a la ley de la justicia». A pesar de considerar al Estado como una institución fundamentalmente reaccionaria, no encontraron una fórmula más adecuada para describir los casos en los que las actividades y propiedades excedieran los límites de la cooperativa local o sectorial.

Un poco más adelante, según Bakunin, el elemento esencial de la sociedad era la Comuna, concebida como una alianza de todas las agrupaciones obreras de una localidad, con una clara base obrera. Su objetivo era lanzar una ofensiva decisiva para derrotar a la burguesía y, en caso de éxito, administrar el territorio.

Piotr Kropotkin también adoptó la Comuna como ideal social. Según su visión, la humanidad debería vivir en comunidades pequeñas, dedicadas al cultivo de la tierra. La sociedad se configuraría como una federación de comunidades de base territorial o industrial, donde cada comunidad sería, a su vez, una federación de individuos libres que aplicaran sus conocimientos en beneficio de toda la comunidad.

Estas concepciones se perfeccionaron de manera concluyente con el sindicalismo revolucionario. La clase obrera se había dotado de sociedades de resistencia, sindicatos, bolsas de trabajo, mutualidades y cooperativas. El sindicalismo revolucionario sostenía que todos estos elementos debían constituir un entramado social que, en caso de conflicto, como una huelga prolongada o una grave crisis de estado, pudiera gestionar un territorio. La Huelga General se concebía como un proceso insurreccional capaz de establecer el socialismo. La Carta de Amiens (1906) expresaba de manera clara la doble vertiente del sindicalismo revolucionario:

El Congreso precisa, en los puntos siguientes, esta afirmación teórica:

En su labor reivindicativa cotidiana, el sindicalismo trata de coordinar los esfuerzos obreros, aumentar el bienestar de los trabajadores con mejoras inmediatas, como son la disminución de los horarios de trabajo, el alza de salarios, etc.

Pero esta no es más que una de las tareas del sindicalismo; éste prepara la emancipación integral, que sólo se podrá llevar a cabo mediante la expropiación capitalista; defiende como medio de acción la huelga general y considera que el sindicato, hoy agrupación para la resistencia, será en el futuro una agrupación para la producción y el reparto, la base de la reorganización social;

El Congreso declara que esta doble tarea, cotidiana y futura, es producto de la condición de asalariado que pesa sobre la clase obrera y que obliga a todos los trabajadores, sean cuales sean sus opiniones o sus tendencias políticas o filosóficas, a pertenecer a la agrupación esencial que es el sindicato;

En consecuencia, en lo que respecta a los individuos, el Congreso afirma la completa libertad del afiliado para participar, al margen de su agrupación corporativa, en las formas de lucha correspondientes a su concepción filosófica o política, limitándose a pedirle a cambio que no introduzca en el sindicato las opiniones que profesa fuera;

Respecto a las organizaciones, el Congreso declara que, para que el sindicalismo alcance su máxima efectividad, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, por lo que las organizaciones confederadas, como agrupaciones sindicales, no deben preocuparse por los partidos y sectas que, al margen de ellas y a su lado, se dediquen en completa libertad a la labor de transformación social.

El espíritu del Congreso de Amiens se resumía en la idea de que «el sindicalismo se bastaba a sí mismo» para organizar la sociedad tanto antes como después de la revolución. Esta misma afirmación fue expresada por Pierre Monatte durante el Congreso Internacional Anarquista de Ámsterdam en 1907. A partir de ese momento, las tesis sindicalistas se difundieron ampliamente en el ámbito del anarquismo internacional, aunque a cambio se demandó que el sindicalismo adoptara como objetivo el comunismo libertario.

Al centrarnos en el ámbito libertario español, es fundamental destacar que el anarcosindicalismo rechazaba rotundamente la participación en las instituciones parlamentarias y defendía la autonomía política de los sindicatos con respecto a la burguesía. Durante el Congreso de la CNT en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1919, se aprobó:

Una revolución realizada a base de la intervención decisiva de la organización sindical, tomándose ella la responsabilidad del movimiento y encargándose, a su vez, de consolidar su triunfo, organizando la producción y dándole estos fundamentos económicos…

En 1931, la CNT publicó «Los sindicatos obreros y la revolución social», un libro del francés Pierre Besnard, traducido por Felipe Aláiz y con prólogo de Joan Peiró. Este texto fue muy bien recibido entre los anarcosindicalistas, ya que vino a llenar un vacío teórico existente. Hasta entonces, la literatura anarquista hispana no lograba definir de manera clara y concisa los conceptos fundamentales.

Besnard proponía que las tres demandas básicas del sindicalismo deberían ser la reducción de la jornada laboral, el salario único y el control sindical de la producción. En cuanto a la organización sindical, entendía que los sindicatos debían preparar a sus miembros y diseñar un plan para organizar la producción después de la revolución. Sugería que las Uniones locales y las federaciones regionales desempeñaran roles técnicos y sociales simultáneamente. También señalaba que la CGT francesa ya contaba con un Consejo Económico del Trabajo con representantes de las federaciones industriales. La función de este Consejo Económico era estudiar la capacidad de producción del país, los recursos, las importaciones y exportaciones, y con esta información determinar la cantidad de producción necesaria, redistribuyendo las materias primas de la manera más eficiente. La propuesta de Besnard consideraba al Sindicato y al Municipio como los dos elementos fundamentales de la sociedad.

Al hablar de una situación revolucionaria hipotética, también describía el Consejo de Fábrica, al que asignaba dos roles: técnico y social. Ambas funciones crearían una sección y, entre ambas, formarían el Consejo de Administración de la empresa. Los esquemas fundamentales en el aspecto socioeconómico son los siguientes:

La obra de Besnard también fue difundida en las páginas de la prensa confederal, y algunos militantes destacados, como Joan Peiró o el valenciano Martín Civera, realizaron resúmenes de los puntos más relevantes del libro. De esta manera, Besnard logró influir de manera determinante en las perspectivas del anarcosindicalismo ibérico.

Esta influencia se evidencia tanto en treintistas como en faístas, como Abad de Santillán, Isaac Puente, Ángel Pestaña, Joan Peiró, Martín Civera, Higinio Noja, entre otros, quienes, en los años posteriores, escribieron artículos y libros referentes a la configuración del comunismo libertario. En sus obras destacaban la importancia de la fase previa y la necesidad de establecer una organización sindical sólida. Estos anarquistas entendían que la única forma de evitar el golpismo revolucionario, visto con los bolcheviques, era tener unas organizaciones sindicales bien preparadas para el día después de la revolución.

En el Congreso de 1931, el anarcosindicalismo perfeccionó las funciones de los comités de fábrica y taller, creados hacia 1918-19, otorgándoles una orientación específica para que se prepararan en la gestión y administración técnica de las empresas. Hoy en día esos comités serían el equivalente a las secciones sindicales.

Este Congreso se produjo a los dos meses de la proclamación de la República. El movimiento libertario se estaba preparando para la inminente revolución. Otro avance significativo en ese momento fue la aprobación de las Federaciones Nacionales de Industria, con el objetivo de establecer una fuerza sindical organizada por sectores de producción.

En esta línea, Juan López presentó el bosquejo del Consejo de Economía justo una semana antes del Pleno Regional de Sindicatos de Cataluña en abril de 1932. Su propuesta planteaba la creación de un nuevo organismo controlado por los sindicatos que, antes de la revolución, se encargara de estudiar las fórmulas administrativas de la sociedad, las empresas, el comercio y el municipio. Además, debía encontrar maneras de distribuir la riqueza y proponer los medios adecuados de consumo individual y familiar. Este mismo organismo, una vez ocurrida la revolución, estaría encargado de controlar el consumo, redistribuir la riqueza y supervisar los intercambios entre regiones.

Entre 1932 y 1936, el anarcosindicalismo aceptó gradualmente la incorporación de los consejos económicos a su corpus teórico. Desde 1919, en el Comité Nacional y en algunos comités regionales, se integraron diversos miembros especializados en estadística, recopilando datos socioeconómicos cruciales para la producción. La idea subyacente era que el sindicalismo podría reemplazar al estado, por lo que esos sindicatos deberían ser capaces de gestionar económicamente toda la sociedad.

Durante la Guerra Civil, se elaboraron varios proyectos para implementar el Consejo Económico, y no sería hasta el Pleno Nacional Ampliado de Economía en enero de 1938, en Valencia, cuando la CNT creó el Consejo Económico Confederal. Este órgano centralizaba y racionalizaba toda la economía bajo el control del movimiento libertario, abarcando colectividades agrícolas, empresas colectivizadas, agrupaciones, talleres socializados, talleres sindicales, laboratorios, cooperativas confederales, entre otros.

A pesar de las esperanzas infructuosas de que los socialistas aceptaran la propuesta del Consejo Nacional Económico, las negociaciones con los gobiernos de Largo Caballero y Juan Negrín no tuvieron éxito. En respuesta, el movimiento libertario decidió avanzar por su cuenta, en la espera de que algún día la UGT adoptara una postura similar.

Dada la coyuntura en la que se implementó, el Consejo Económico Confederal enfrentó numerosos desafíos. No obstante, llevó a cabo proyectos parciales, como la Banca Sindical, la Mutualidad Confederal o el salario único. En última instancia, fue un ejemplo del desarrollo práctico de las ideas sindicalistas revolucionarias que apenas ha sido conocido en las últimas décadas.

Este libro busca arrojar luz sobre el desarrollo de todo este entramado socioeconómico en torno a los sindicatos. Debería servir para la preparación formativa de la militancia anarcosindicalista, anarcocomunista o sindicalista del futuro encarando así los retos que afrontaremos.

Rezos, saludos fascistas e insultos homófobos por la unidad de España

La extrema derecha toma las calles de Madrid

Estas semanas hemos podido presenciar el dantesco espectáculo que se producía en torno a la sede del PSOE en la calle Ferraz, situado en el “noble” barrio madrileño de Argüelles. Muchos de los que leerán este artículo que sean de la capital sabrán que es una zona conocida para salir de fiesta y tomar algo, pero que tiene el ligero inconveniente de que, de vez en cuando, es parte del recorrido de neo-nazis es sus cacerías nocturnas. En principio no parece el sitio más idóneo para ubicar la sede de un partido que se autodenomina socialista y obrero, pero sabiendo qué entiende por ambos términos y cuál es su función, se convierte en un lugar como cualquier otro.

El contexto lo conocemos: se preparan las negociaciones entre el PSOE y Junts, se comienza la redacción de una ley de amnistía como condición para recibir los apoyos necesarios para revalidar la toma del gobierno, la derecha mediática y política de toda índole y ralea azuza el avispero y las calles arden durante casi dos semanas.

Pero antes de avanzar en un breve análisis de los diferentes sectores allí reunidos y de ofrecer alguna reflexión sobre cuestiones que nos parecen interesantes debemos matizar eso de “las calles arden”. Sin subestimar la gravedad de las imágenes que nos han ofrecido los medios de comunicación y los propios manifestantes, sin ignorar el asco que producen sus cánticos y pancartas y sin rebajarle ni un ápice de importancia a las declaraciones golpistas de algunos de sus protagonistas, estamos hablando de un apoyo social muy limitado, las cifras como siempre bailan, pero en las estimaciones más abultadas no suelen superar los 2000-3000 participantes.

Madrid es la capital de la derecha y de la extrema derecha

Esto es una obviedad. La ciudad que consiguió frenar el avance del fascismo en una de las defensas más heroicas de las guerras modernas, una vez derrotada, fue transformada en el cortijo del nacional catolicismo, el capitalismo que se enriquecía a su costa, el fascismo más rancio, el tradicionalismo cristiano criminal, centro de las fuerzas armadas represoras y también la monarquía que lo sucedería. Madrid fue el centro de la reconstrucción del poder reaccionario tras el proceso revolucionario y sus calles derrotadas acogían a tullidos de la división azul y a nazis que huían tras su derrota.

Madrid supuso la recentralización del poder territorial para castigar y controlar a los disidentes periféricos y el núcleo desde el que se irradiaba la ideología franquista de la raza, el honor y los valores tradicionales. Y esto estaba planeado antes de que consiguiesen doblegar al pueblo madrileño a base de hambre y bombardeos, por eso el mapa de la ciudad muestra que el hostigamiento desde los aires no afectó a todos los barrios por igual. No bombardearon sus casas en el barrio de Salamanca, para poder llenarlas con lo saqueado una vez traspasasen las defensas.

Desde entonces hasta ahora han cambiado muchas cosas. Pero Madrid sigue siendo una ciudad donde el conservadurismo impera y donde sus formas más oscuras operan. Pijos y nazis. Empresarios y fascistas. Donde las excepciones fiscales hacen del impuesto de sucesiones a las herencias un chiste. Un paraíso para la burguesía y el empresariado del país.

Los objetivos políticos de los diferentes actores

Pero ojo, en este artículo pretendemos ofrecer algunas claves analíticas que quedarían completamente arruinadas si cayésemos en generalizaciones populistas. Nuestra tesis es que la ley de amnistía que han negociado las elites nacionalistas catalanas con el partido socialista es un intento de cierre de la crisis política que estalló el primero de octubre de 2017 con el Referéndum de autodeterminación. Ambas fuerzas políticas quieren sacar partido a ese asunto o, mejor dicho, dependen de que aquello quede “resuelto” para poder proseguir con su actividad. Mientras las elites catalanas quieren poder regresar a su actividad y mostrarse como los protagonistas de las demandas independentistas, Sánchez necesita sus apoyos para poder mantener el gobierno y de paso mostrarse como un político de “talante” negociador y un hombre de Estado.

Evidentemente, a la derecha institucional española esto no le viene nada bien. Entre otras cosas porque les quita la oportunidad de apuntarse el tanto de la resolución del “problema catalán”, sin olvidar que las narraciones de los acuerdos hablen de “lawfare”, es la continuación de la batalla PSOE vs PP por el control del poder judicial.

Por otro lado, tenemos a Vox que quiere adelantar por la derecha a los populares y eleva el tono aún más. Su objetivo es aumentar la crispación y capitalizar el descontento, y como sabemos tiene cierta ventaja en este terreno. La formación popular tiene al menos una mano atada. Tiene que mostrarse como un partido de orden, constitucional, moderado… Vox sabe que su crecimiento institucional le convierte a lo sumo en un partido bisagra para condicionar los gobiernos a los que aspire el PP, y dada la debacle de apoyos electorales que ha sufrido y sus muchos escándalos y fracturas internas, juega esta baza para recolocarse en el tablero.

Nazis, tradicionalistas, fanáticos radicales y cayetanos

Este es el perfil de las manifestaciones que asedian la sede del PSOE. Tenemos a hooligans del Real Madrid y del Atlético, pijos con fachaleco y pulserita, carlistas, conspiranoicos, ultraliberales, fanáticos cristianos, machistas, homófobos, racistas, empresarios de la extorsión y la agresión como desokupa…

Hemos visto gracias a su propia prensa -Ok Diario- a frikis, gente que no se entera de nada, invocaciones a la virgen para que interceda, gritos contra la monarquía y la masonería, peticiones de insurrección a los policías… es difícil no ridiculizarlo, pero hacer bromas sería un error por nuestra parte que nos puede costar caro. Si bien es cierto que han llevado a cabo en sus propias carnes el lema de su heroico legionario Millán-Astray “muerte a la inteligencia”. Hay intereses claros y bien tramados detrás de estas movilizaciones no tan espontaneas.

Los estrategas operando

Como adelantábamos, podemos entender estos sucesos callejeros como parte de una lucha de posiciones entre las diferentes fuerzas de la derecha. Nuestra hipótesis es que Vox, y la parte más populista y radical del PP, logró adelantarse a los movimientos de los populares y llevar las movilizaciones a unos términos en los que poco puede rascar el PP.

Veréis que los voceros mediáticos en los medios de comunicación repiten que el PSOE está perdiendo apoyos por llevar a cabo esta ley de amnistía, y puede que sea cierto, aunque a menor escala de la que vaticinan los opinologos expertos. Pero tampoco es menos cierto que ese fascismo televisado les hace un grato favor a las bases más moderadas del PP. Esta es la razón que ha empujado a realizar concentraciones masivas impulsadas por el PP donde el tono es otro.

Los jueces

La separación real de poderes es un mito fundacional de las sociedades burguesas al servicio del capital tan importante como su supuesta imparcialidad. Los jueces en España, por tradición, por parentesco y por las condiciones que impone su propio nombramiento (años de estudio y de oposición que son incompatibles con las necesidades de las familias trabajadoras), hacen del poder judicial una fuerza principalmente conservadora, cuando no directamente reaccionaria.

Lo hemos visto mil veces: qué difícil es que se juzguen los delitos de corrupción o de violencia policía y que fácil que se condene a los trabajadores que hacen política y luchan por sus derechos, las sentencias asquerosas que exculpan a violadores, o cómo se intentan tumbar leyes en los tribunales que reconocen derechos sociales.

Aquí debemos centrarnos en tres aspectos. El primero es que la judicatura burguesa es irreformable. Al igual que la policía y las prisiones, su función es servir a los intereses de las élites capitalistas. El segundo punto es incidir en que se está produciendo una pelea por el control de este poder del Estado. El PP bloque la renovación del Tribunal Supremo contra el mandato institucional y el PSOE se ve obligado a cuestionar el principio de imparcialidad. En tercer lugar, y por mucho que se empeñen en negarlo, el lawfare es una práctica corriente en el Estado español, que se lanzó contra los independentistas catalanes y que se usa frecuentemente contra todo proceso que cuestione el statu quo. No se restringe, como nos quieren hacer pensar, a ciertas interpretaciones judiciales, hechas por jueces particulares, donde se cuela su ideología normalmente reaccionaria. Es una práctica común y organizada contra cualquier cuestionamiento al sistema.

Los jueces son un agente político y como tal han actuado. Declaraciones de prensa, denuncias públicas de una ley que todavía no se había presentado, oposición al gobierno…

La actuación policial

Los que conocemos bien cómo se desarrolla la actuación policial para disolver y contener protestas sabemos que lo que estamos viendo estos días en la tele es un chiste de mal gusto. Hemos visto a agentes pedir por megafonía que por favor no se arrojasen objetos contra los policías, y sabemos que esta no es una práctica habitual. Lo habitual en manifestaciones donde se llegan a producir más de 40 heridos entre las fuerzas de seguridad es que la otra parte cuente por decenas sus detenidos y heridos y esto no está pasando.

Nosotras sabemos bien que una manifestación no autorizada y violenta jamás sería escoltada por una de las vías principales del centro de la ciudad. Sabemos muy bien que la policía dispone de archivos y registros de militantes y que, si quiere, y normalmente lo hace, continua su represión en los siguientes días tirando puertas de viviendas y llevando a los calabozos a los manifestantes.

Jamás pediremos más represión a la policía ni más contundencia en su función. Pero no podemos dejar de señalar que lo que está pasando no es lo habitual en este tipo de concentraciones y que estamos seguros de que se debe a que desde sus direcciones se les ha pedido no actuar como normalmente lo hacen y que también está suponiendo un problema para muchos de los policías tener que reprimir a sus compañeros políticos. Ya lo dicen los cánticos “Nazi de día, de noche policía.”

El Frente Obrero

El frente obrero se ha presentado en las manifestaciones con banderas republicanas. Esto ya no sorprende a nadie, pero desde la extrema izquierda deberíamos plantearnos cómo hemos actuado ante el crecimiento de este engendro. El miedo a su matonismo, cierta connivencia con sus planteamientos y sobre todo mucho mirar a otro lado ha permitido que la bestia crezca y salga de su guarida.

Ahora toca enmendar el error y combatirles sin cuartel.

La derechización del sentido común y la izquierda institucional y reformista

Muchos periodista, intelectuales y representantes políticos de la izquierda institucional están poniendo el grito en el cielo y pidiendo más presión policial y más democracia. La pregunta es ¿Qué entienden por democracia cuando piden más? La democracia es justo esto: jueces, policías, prensa y legisladores al servicio del sistema capitalista.

Estamos viendo como políticos de Sumar, Podemos, Más País y otras fuerzas reformistas están creando argumentos que criminalizan la protesta. Dicen, por ejemplo: no está bien protestar contra procesos democráticos y legales. Dicen también: no está bien realizar manifestaciones no autorizadas o enfrentar a las fuerzas de seguridad. Debemos señalarles públicamente y preguntarles ¿Lo que estás diciendo es que no debemos movilizarnos contra leyes aprobadas democráticamente como la Ley Mordaza? ¿Qué no debemos participar en el paro de desahucios y frenar a la policía? ¿Qué no debemos tomar las calles si no nos autorizan?

Es imperativo entender que la extrema derecha se fortalece y el sentido común se derechiza cuando la izquierda institucional hace políticas reaccionarias, tiene peticiones represivas y, en definitiva, traslada el sentido común hacia la derecha. Quizás este sea uno de los resultados más desastrosos políticamente hablando de la coalición de gobierno: una vez dentro de él han realizado un éxodo sin precedentes de los posicionamientos más progresistas.

Hemos visto como el PSOE del 155 y del “a por ellos” se intenta mostrar como el conciliador de la ley de amnistía y esto es posible porque la izquierda institucional le ha hecho la cama con tal de asegurarse carteras en su gobierno.

Miguel Brea, militante de Liza

 

La estrategia del Poder Popular

En los años 60 se dio un fuerte proceso de optimismo revolucionario entre la clase obrera urbana, el campesinado y los nuevos sujetos en boga en el continente americano: los pueblos indígenas, las comunidades afro y las mujeres. Mientras que las guerrillas aparecían en todos los territorios, imitando el ejemplo de Cuba de 1959, en las barriadas también se cocían grandes procesos de autogestión popular. Era una época de intensa politización, en la que incluso participaba un sector de la iglesia católica.

Entre las organizaciones revolucionarias, podemos destacar el MIR chileno. Se había constituido como un frente de organizaciones, más que como un partido. En ellas confluían marxistas leninistas, marxistas heterodoxos, anarquistas y militantes de la Teología de la Liberación. Sin embargo, el partido derivó en marxista leninista al uso y pronto se marginó las demás opciones.

Lo que nos puede resultar de interés del MIR es su tesis sobre el Poder Popular. Se trataba de articular su acción político-social mediante la acción directa. Su ejecución se basaba en la toma de terrenos por parte de campesinos y pobladores, así como de la toma de fábricas por los trabajadores industriales. Estas tomas suponían una ofensiva de toda la comunidad, no sólo de la gente que participaba en ellas. Con estas acciones se creaba una base social muy amplia, que era imprescindible para cualquier lucha revolucionaria. Y como partido de vanguardia que era[1], el MIR planteaba este Poder Popular como el primer paso hacia una insurrección popular y la construcción de una sociedad socialista. El campo y la ciudad, sus pobladores, debían ser protagonistas de su propia emancipación.

En Chile, durante el gobierno de la Unidad Popular de Allende, los sectores revolucionarios aplicaron una ofensiva en todos los frentes. Se formaron cordones industriales (algo así como consejos obreros basados en fábricas ocupadas), comandos populares, comedores, nuevas poblaciones autoconstruidas… y en 1972 se formó la Asamblea Popular de Concepción[2].

Formada el 27 de julio, era una asamblea de representantes de los organismos de lucha obreros, estudiantiles y de los pequeños industriales y comerciantes[3]. Su primera tarea fue desconocer el Parlamento nacional, que entendían como reaccionario. La asamblea pretendía impulsar Consejos Comunales de Trabajadores de todas las comunas (municipios) de la provincia. Cuando estuvieran listos se levantaría un programa de lucha.

El mayor problema de esta asamblea fue que todos los sectores de la socialdemocracia y la Unidad Popular (Partido Comunista incluido) se les echaron encima para deslegitimarla. Es relevante notar que esta experiencia se impulsó desde abajo con la intención clara de que crear un poder organizado que fuese una expresión de poder popular paralelo a las instituciones gobernadas por el gabinete de Allende.

Situaciones parecidas, aunque en contextos muy distintos se dieron el Cordobazo (Argentina) de 1966, en los paros nacionales de Colombia de 1977, el caracazo (Venezuela) de 1989, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (México) de 2006 entre muchos otros procesos similares de construcción de un poder paralelo e incipiente de carácter revolucionario.

El anarquismo latinoamericano entendió rápido la idea del Poder Popular. En el fondo era lo mismo que se había vivido en la Rusia de 1917, en la Alemania de 1919 o en la España de 1936: la construcción de organismos de poder obrero como los soviets rusos, los consejos obreros alemanes (y de otros lugares) o los comités revolucionarios españoles. Cuando el pueblo está organizado suele crear estructuras de autogestión a gran escala que toman una forma bastante similar.

Las diferencias entre anarquistas y marxistas latinoamericanos estribaban en el problema del poder y la ruptura revolucionaria. Así, la Federación Anarquista Uruguaya, a comienzos de los años 70, veía en los gérmenes de poder popular unos espacios de socialización del poder político, en donde se comenzaban a ejercer la autonomía, la democracia directa, la autogestión. Entendían el Poder Popular de una forma contraria y antagónica a la naturaleza centralizadora y disciplinadora del Estado que enajena el poder político. Los marxistas, como el MIR y otros partidos similares, entendían el Poder Popular como los primeros pasos de un Estado Obrero y veían la toma del poder y la creación de un gobierno revolucionario como un necesario estado de transición.

Por tanto, los anarquistas pensaban que el Poder Popular se tendría que constituir rápidamente a gran escala como alternativa al estado. Para ello era vital que las organizaciones específicas anarquistas pudiesen tener militantes suficientes para contrarrestar el influjo de las demás fuerzas políticas vinculadas a los procesos revolucionarios. Entendían que las organizaciones, frentes o grupos armados que apoyaban el poder popular eran aliados necesarios en la lucha contra los aparatos represivos de los estados, aunque a largo plazo estallaría el conflicto entre quienes quisieran construir el Estado Obrero y quienes opinaban que el Poder Popular se bastaría a sí mismo o entre el punto de ruptura, que es el Poder Popular, y el reformismo gradualista.

Por último, cabe decir que esta estrategia no tiene nada que ver con el foquismo, que consiste en la acción de una guerrilla para acelerar el conflicto de clases. Ni tampoco con la recuperación de este concepto que hizo el estado cubano a finales de los años 70, asignándoselo a sus ministerios. Para el anarquismo el Poder Popular es una acción directa de masas que construyen los cimientos de la nueva sociedad.

Ahora bien, ¿por qué no utilizamos conceptos más propios del anarquismo ibérico o del autonomismo europeo, como la sociedad paralela o las zonas rojas? La respuesta es que ese tipo de espacios (como ateneos, cooperativas, centros sociales o comunidades intencionales) muy mayoritariamente están impulsados por la militancia más politizada de un territorio y no por procesos de lucha social desde abajo. El Poder Popular tiene una connotación de lucha permanente con la institucionalidad que lo ve como amenaza. No se desdeñan esas experiencias, entendiéndolas como punto de partida o retaguardia de nuestros movimientos revolucionarios, sin que caigan en la endogamia y en dinámicas de ghetto. Pero no nos podemos quedar ahí, dado que se corre el peligro del anquilosamiento o rehuir del conflicto.

Por ello es necesario levantar siempre la bandera de la ofensiva popular. Somos parte del pueblo y de sus procesos. Pero para ser útiles y eficaces, debemos tener nuestra organización específica entre iguales.

[1] Esto se constató en el Congreso de Chillán de 1967, cuando el partido optó por la toma del poder como objetivo estratégico y la violencia revolucionaria para destruir el aparato represivo burgués, rechazando confiar en la vía electoral.

[2] Danny Gonzalo Monsálvez Araneda. La Asamblea del Pueblo en Concepción. La expresión del Poder Popular. https://revistas.udec.cl/index.php/historia/article/view/6381/5922

[3] En América Latina fue y es muy habitual que sectores de la pequeña burguesía se alíen con los sectores proletarios. Por eso se utiliza ampliamente el término “popular”, que incluye los más diversos sujetos.

Los cimientos para organizarse politicamente: por una cultura militante revolucionaria

En estos úlitmos años hemos puesto sobre la mesa la cuestión de organizarse a nivel político, a raíz de que cada vez más militantes anarquistas se están involucrando en espacios sociales amplios como los sindicatos laborales y de vivienda. Pero nos estamos encontrando un techo que nos está limitando a la hora de aspirar a proyectos más allá de la mera resistencia. La fórmula de la síntesis (organizaciones o colectivos donde entra cualquier anarquista a pesar de las diferencias ideológicas y estratégicas), de nuevo, está demostrando ser incapaz de superar ese techo. Esta falta de organizaciones políticas y estrategias propias nos deja en situación de trabajar para otros proyectos que no son el nuestro.
¿Qué quedó de aquellos movimientos anarquistas que articulaban movimientos de masas, creaba las estructuras de la nueva sociedad y lideraba revoluciones sociales? De esas experiencias revolucionarias históricas podría decir que solo quedan en algunas regiones del Sur Global, en la actual coyuntura del Estado español es inexistente.

Buena parte del espacio libertario lleva desde la Transición sin referentes claros y, en cierta medida, sin entender que nuestro trasfondo político y militante está influenciado por el sustrato cultural occidental. La falta de memoria, de experiencias acumuladas, de relevos y de romper temas tabú, son un cúmulo de factores que han derivado en la situación actual del anarquismo, con nuevas generaciones que repiten los errores de las anteriores y hechos que se dan por asumidos sin cuestionamiento alguno. Somos en buena medida el resultado de ésta herencia, sin plantearnos qué hay más allá de lo que siempre se ha estado haciendo.

De dónde venimos

Para entrar en contexto, repaso la historia reciente del anarquismo español en general. La época post-mayo del ‘68 en la cual las izquierdas fuera del bloque soviético salieron derrotadas políticamente. Todo ello se juntaba con la ofensiva neoliberal representada por el eje Reagan-Thatcher. A la par del retroceso de los sindicatos de masas, esta derrota política provocó que las tendencias de la izquierda revolucionaria occidental acaben encontrando una salida hacia adelante en lo subcultural y vivencial. De ahí el movimiento punk, el skin, el okupa (squats), bajo el lema “no future”, que descartaron la idea de una revolución de masas y por tanto, construir un nuevo modelo de sociedad a través de la revolución social.

Tras la muerte de Franco, los movimientos sociales volvieron a aflorar en España, entre ellos el anarquismo (mención a parte tendría el MIL y la resistencia armada, en cierto grado, vinculada a las luchas populares y obreras). La CNT del interior que estaba en la clandestinidad, donde parte de esa militancia pasó a los maquis y Defensa Interior, junto con sindicalistas que se metieron a los sindicatos católicos y luego a CCOO, que en sus inicios era combativo hasta que lo instrumentalizó el PCE, para agitar las luchas obreras, vieron una oportunidad para volver a ser un movimiento de masas. Pero la CNT del exilio se volvió conservadora. Boicoteaba el interior desde una posición estancada y a la vez alejada del anarcosindicalismo de años 20-30 (que construía movimientos de masas) y de la realidad del momento, quedándose en una especie de guardián de las esencias y sobreideologizada. Esta tendencia, a la legalización de la CNT después de los pactos de la Moncloa, comenzó a regresar a España. Las divisiones internas ya estaban servidas: entre partidarios de entrar en comités de empresa y elecciones sindicales y detractores de ello. Ésto terminará en una dura excisión en el V Congreso, donde nacerá la CGT. El Caso Scala terminaría por rematar la faena y la afiliación caerá a mínimos, no solo al ver las duras peleas de la división, sino también por la infiltración policial y las campañas masivas de criminalización del anarcosindicalismo.

En la CNT se acabará imponiendo la línea ortodoxa del exilio entrados en los ‘80, incapaces de remontar el duro golpe del Caso Scala y quedándose como microsindicatos con apenas actividad sindical pero mucho de contracultural de autoconsumo. En esa época el movimiento okupa y el punk tuvieron sus mejores momentos y a la vez los peores: los barrios obreros comenzaban a sufrir el azote de la droga con la complicidad de la policía y luego la posterior estigmatización de los medios y la política del país. Una gran parte del movimiento punk acabó también en la droga y en el nihilismo. Tampoco la CGT se libraba del todo de esta influencia tribuurbanista y contracultural. Se hablaba de un movimiento libertario con poca base social, muy identitario y endogámico.

Entrados en los ‘90-’00 llegaron las ideas del insurreccionalismo italiano. La crítica a la burocratización de las centrales anarcosindicalistas, e incluso de los resquicios de las viejas organizaciones del movimiento libertario como la FIJL y la casi inexistente FAI propiciaron una huida hacia adelante a través de la acción directa y el ataque directo contra el sistema. La oleada insurreccionalista fue un toque de atención a las viejas glorias y se dieron duras críticas hacia éstas, pero descartaron un punto clave para el desarrollo de cualquier movimiento: el trabajo de base. No existía ninguna conexión con la clase trabajadora en sí ni había voluntad de ello, algo que sí que lo tuvo el MIL durante su existencia en ‘70, que atracaba bancos para financiar huelgas y luchas sociales.

Esta oleada insurreccionalista terminaría siendo derrotada fácilmente al carecer de dicha base. La criminalización del Estado no se hizo esperar: aislar el anarquismo de la sociedad calificándolos de guerrillas urbanas y terrorismo de baja intensidad. Han aprovechado para fabricar un nuevo enemigo interno a la vez que desgastaba la bandera del terrorismo de ETA. En cuanto comenzaron los golpes represivos, la actividad comenzó a girar en torno a eventos de recuadación de dinero para los costes antirrepresivos y a volcarse en la lucha anti-carcelaria, a los cuales siempre acudían las mismas caras. Cayeron en una espiral repreresiva del cual no salieron, y muchas terminaron abandonando la lucha sufriendo penas desorbitadas. Una lucha de grupos reducidos de personas contra todo un aparato represivo sin una estrategia ni un vínculo con el pueblo era un completo suicidio. A los pocos años, esta represión dejó un balance desolador: montajes policiales, penas desorbitadas de prisión, multas… Entretanto, la paranoia, el aislamiento, los personalismos, roles de poder informales y los dramas internos fueron un desgaste en salud mental arrollador.

Los 2000 sería la década de la bonanza económica. El anarquismo fue pasando esos años sin pena ni gloria entre las okupas, lo contracultural, saliendo de las campañas antimilitaristas y haciendo campañas por apostatar (darse de baja de la Iglesia Católica, básicamente). Paralelamente, surgían los movimientos anti-globalización, que acostumbraban a organizar black blocs allá donde se celebraban las cumbres. Entretanto, lxs anarquistas en parte participaban de ese movimiento, pero sin ser tendencia organizada. En 2003 tuvieron lugar las movilizaciones masivas contra la guerra de Iraq y las mentiras del 11M. El anarcosindicalismo tendría poca influencia en este período. Las luchas más sonadas fueron a la campaña de boicot al Mercadona y la SGAE (autores y copyright, que también salpicó al portal alasbarricadas.org).

El anarquismo en el Estado español se quedó sin referentes fruto de la desmemoria y de la derrota política del ‘68. Por eso la herencia actual del anarquismo en general es un amalgama de esta ortodoxia purista e identitaria de la CNT del exilio, lo contracultural y vivencial de aquella época dorada del movimiento punk y okupa, y las dinámicas informales propias del insurreccionalismo italiano. No nos hemos reconstituido como una fuerza política, al contrario, se rechazaba la organización formal y el trabajo político, grandes errores que nos han llevado a ser algo marginal, haciendo del anarquismo una parodia de sí mismo donde nunca se planteó el traducir los principios y la ideología en línea política, estrategia y táctica para tener capacidad para desarrollar un trabajo de base real.

La conclusión hasta aquí es que hay una parte del anarquismo ha renunciado al objetivo revolucionario de construir un nuevo modelo de sociedad. No es la excepción, en los países occidentales la influencia de la ideología liberal en todos los aspectos de la vida desde los ‘70 (comienzo de la ofensiva del proyecto neoliberal) ha apartado de los movimientos revolucionarios de este objetivo último en la práctica. Otro ejemplo desastroso es el anarquismo estadounidense en los 90-00, volcado hacia el individualismo y lo vivencial.

Mi perspectiva política

Parto de las lecturas de otras experiencias militantes de algunos compañeros de Embat y de lecturas políticas del movimiento anarquista tanto histórico como actual, cuyo denominador común es la de organizar movimientos de masas y ser una fuerza política impulsora de las revoluciones sociales. Este anarquismo en la actualidad queda reflejado en las revueltas populares y movilizaciones masivas en Chile, Brasil, Ecuador, Argentina y Colombia, y en las revoluciones sociales con inspiraciones en el anarquismo como la zapatista y la kurda.

Este anarquismo social es el anarcocomunismo, la corriente política del anarquismo que tiene como estrategia general la articulación de movimientos populares de masas (poder popular) y la apuesta política de que dichas masas sean el sujeto político de la revolución social (el pueblo trabajador) y como objetivo político la configuración del nuevo modelo de sociedad, usando como modelo organizativo el dualismo: un nivel de masas y un nivel político. Esta tendencia en la actualidad recoge la herencia de las revoluciones sociales de la historia, las cuales destacan la mexicana de 1910, la Makhnovista del 1919, la comuna de Shinmin y Shangai en los años 20, la revolución social del ‘36, junto con las experiencias sindicalistas revolucionarias de Alemania e Italia de la misma época y el anarcocomunismo búlgaro. A nivel teórico-organizativo, la línea comienza en la Alianza por la Democracia Socialista de Bakunin, pasando la plataforma de Makhno, el partido de Malatesta y llegando al especifismo latinoamericano.

En los años ‘20, con los makhnovistas en el exilio, se dio un importante debate en torno a la organización anarquista. La publicación Dielo Truda fue la que divulgó las experiencias makhnovistas y puso sobre la mesa un modelo para la organización anarquista basada en la unidad ideológica, estratégica, táctica y de acción: la plataforma. Este modelo fue criticado y Volin defendió un modelo organizativo en el cual cabían anarquistas de cualquier tendencia: individualistas, sindicalistas, colectivistas y comunistas. A la práctica, los hechos les darían la razón al modelo plataformista, ya que el modelo de síntesis era incapaz de desarrollar trabajo político porque a la hora de discutir estrategias, responsabilidades y disciplina conjuntas era imposible el acuerdo.

Aquí pongo como ejemplo la Federación Anarquista Comunista de Bulgaria, quienes adoptaron el plataformismo como modelo organizativo mientras el anarquismo a nivel internacional lo rechazó y se decantó por la síntesis. Esta organización articuló, desde 1920, un movimiento popular de masas, consiguiendo ser 3a fuerza política en un país muy convulso políticamente en aquella época, habiendo sido capaz de sobrevivir a ejecuciones de militantes y dos golpes de Estado fascistas hasta los años 40 que fue destruida por la represión estalinista.

La II Guerra Mundial mató todas esas luchas revolucionarias. Sin embargo, muchos luchadores siguieron combatiendo en la resistencia contra la ocupación nazi en Francia o lucharon como partisanos.

En la post-guerra, el anarcocomunismo comenzó a sacar cabeza aunque muy tímidamente. En los años ‘50 George Fontenis rescató el modelo plataformista y escribió “El manifiesto comunista libertario”, un texto que recoge la herencia de todas esas revoluciones históricas y planteará la necesidad de organizar el anarquismo como opción política.

En Sudamérica, esta corriente se tradujo en el especifismo de la cual la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) fue pionera (1968). Fue realmente una actualización del plataformismo en el cual el sujeto político ya no es únicamente la clase trabajadora y pasa a ser el pueblo, de la cual la lucha de clases sería un frente. Desde entonces, la corriente especifista se extendió y de las cuales heredaron organizaciones como Resistencia Libertaria, y heredan hoy Acción Socialista Libertaria, Federación Anarquista Rosario, Federación Anarquista Río de Janeiro, Coordinadora Anarquista Brasilera, Vía Libre (Colombia), entre otras.

Una mirada hacia nuestras experiencias recientes

La actualidad en el Estado Español tiene, sin embargo, unas experiencias de anarquismo social muy enriquecedoras. Todo vino al calor del 15M, fue un ciclo político que despertó conciencias e hizo que muchas personas nos replanteemos todo. Hablaré aquí de las más sonadas y de las que más tengo por la mano.

– La FAGC (Federación Anarquista de Gran Canaria)
Nacieron como cualquier colectivo anarquista al uso hasta un punto en que, según las palabras de Ruymán, en un momento que estaban repartiendo panfletos sobre veganismo, un señor había tomado uno de ellos y a pocos metros lo encontraron buscando comida en un contenedor. En ese momento a algunas personas se les rompieron esquemas. ¿cómo es posible que hablemos de veganismo teniendo personas que no tienen nada para llevarse a la boca? Ahí comenzó la ruptura. Quienes se quedaron fueron los que se volcaron de lleno al trabajo de base, comenzando por parar desahucios y poco a poco irían abriendo casas. Pasaron muchas contradicciones y se encontraron que nada era perfecto: desde personas que se aprovechaban para conseguir entrar en un piso y vender la llave hasta gente que una vez hecho la entrada chantajeaba con denunciar si no cumplían con lo que querían. Pero de ahí llegaron a construir la okupa más grande de España: unas 200 personas en un bloque de viviendas, la Comunidad La Esperanza, todas ellas gente que no tiene ni idea del anarquismo y con actitudes de mierda que con pedagogía aprendieron a convivir. Ahora es una comunidad autogestionada en que la FAGC había hecho de asesores.

Actualmente mientras escribo estas líneas el trabajo de la FAGC no ha parado: han creado el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria, han okupado huertos donde ahora viven personas sin papeles en autogestión y han conseguido ganar el conflicto de la Marisma, una pequeña comunidad víctima de una estafa inmobiliaria.

Sin saberlo, la FAGC acabó reproduciendo el modelo del dualismo organizacional del anarcocomunismo, estando la FAGC actuando como organización específica/política y el Sindicato de Inquilinas como organización de masas. La diferencia es únicamente semántica y elles lo llaman “anarquismo de barrio”, un anarquismo que se involucra en primera línea luchando al lado del pueblo ofreciendo las herramientas y metologías del anarquismo al servicio de la clase trabajadora y de la comunidad, no de forma asistencial, sino empoderándola.

– La FES-FEL (Frente Estudiantil y Social)
Actualmente la FEL ha tenido un cambio generacional, pero tuvo sus mejores años durante las movilizaciones del 15M (~2012 en adelante). La etapa del FES Zaragoza, que en poco tiempo acabarían siendo la FEL montando sus núcleos en la UAM, Somosaguas, Carlos III (Madrid), habría sido de las mejores en el movimiento estudiantil. Caso es de las experiencias del FES-FEL Zaragoza, logrando a ser referentes del movimiento estudiantil en la Universidad de Zaragoza durante unos cuantos cursos consiguiendo además implementar la unidad táctica a través de una política de alianzas de otros actores del movimiento estudiantil. Aquello impulsó aún más el movimiento estudiantil en la uni, llegando a realizar huelgas exitosas y con un grado de participación considerable, manteniendo además a raya a entidades estudiantiles filofascistas.

– Apoyo Mutuo
Esta organización nació como una red de militantes allá por el 2015 que pasó poco a poco a consolidarse como organización política que pretende ser de ámbito Estado español. Actualmente el núcleo que está teniendo rodaje es en Aragón, donde están sacando “Colectiviza!” una publicación de las luchas sociales en Aragón y han tenido su I Congreso.

– Embat
También al calor del 15M, Embat nació primero como un “procés” de construcción de una organización política de Catalunya. Tuvo el proceso similar a Apoyo Mutuo, comenzando a ser una Este proceso le llevó unos años de debates y formaciones sobre cuestiones que estoy yo escribiendo en esta carta. La organización como tal no se habrá formalizado hasta 2016-17. Desde entonces hay militantes en CGT Ensenyament, en habitatge y sindical. Fue parte del grupo motor del 1er Congrés d’Habitatge de Catalunya y también parte del grupo motor de Batzac. Actualmente como organización política ya tiene terminada la línea política.

Todas estas experiencias militantes están en nuestras memorias, pero gran parte de las nuevas generaciones que se politizan no la conocen.

La praxis política del anarquismo dista mucho de ser una parodia de rebeldía adolescente. Pongo los ejemplos del Estado español porque considero que no es necesario buscar ejemplos lejanos (que los hay), sino que ya son parte de la historia reciente y continúan a día de hoy a pesar de no ser tan visibles en algunos casos. Son ejemplos a tomar porque necesitamos preservar la memoria de estas experiencias para que no se pierda lo acumulado y poder aprender de ellas.

Un cambio de cultura militante. Recuperar nuestra tradición socialista

El ciclo de muchos colectivos anarquistas vienen a ser períodos cortos donde se hace activismo y en cuanto las circunstancias de la vida de las personas del colectivo cambian, el colectivo muere. Así vuelta a empezar de 0. Parece que nos guste reinventar la rueda para volver a hacer lo mismo, es la pescadilla que se muerde la cola.

La debilidad del anarquismo actual radica en las pocas responsabilidades y disciplina exigidas, así como la no-resuelta cuestión del poder y los liderazgos nos llevan a ser incapaces de tomar decisiones con agilidad. Se da mucha manga ancha a la libertad individual sin buscar ese equilibrio necesario en la responsabilidad colectiva. La militancia en una organización no es para que cada cual exponga su pedrada sino luchar por unos objetivos políticos en base a una unidad estratégica y de acción usando la organización como herramienta.

Es necesaria una disciplina interna y voluntaria, compromiso, decisión, sentido de organización, visión estratégica, sinceridad, humildad y tener visiones realistas. Capacidad para asumir liderazgos, saber cederlos, delegar, crítica y autocrítica, ser constructive, transmitir conocimientos, escuchar, comunicar… Si nos queremos tomar en serio el proyecto que asumimos, hemos de trabajarnos estos aspectos. Estar en una organización no es para reafirmarse en la identidad anarquista ni limpiarse la conciencia ni hacer colegas, estar en una organización implica luchar por aquello que creemos colectivamente y encontrar esta afinidad en el proceso.

Una disciplina militante tiene sentido si hay objetivos por los que luchar y tener estrategias para lograrlos, tanto para los inmediatos como para los finalistas. Es por ello que una Línea Política es esencial en una organización, ya que da el marco de actuación y marca las estrategias a seguir.

Queremos abarcarlo todo (capacitismo, antiespecismo, transfeminismo, antirracismo…) y estamos siendo débiles en todo. Nos creemos que todo es igual de importante sin tener siquiera una línea política trabajada, sin conocernos a nosotres mismes ni de dónde venimos. Seguimos haciendo lo mismo de siempre una y otra vez: anticarcelario, vivir okupando haciendo kafetas, ponernos la etiqueta por delante, crear comunidades endogámicas y herméticas (el ghetto anarco) con dinámicas tóxicas que vienen de no cuestionar la ideología liberal y la moral cristiana de nuestra cultura occidental. Negamos el poder reproduciendo roles de poder, negamos el liderazgo reproduciendo liderazgos informales, incluso en otros espacios donde se rechazan los partidos, se reproducen de manera informal el accionar partidista. Acusamos de reformista todo aquello que no nos guste pero reproducimos la ideología liberal en nuestros colectivos camuflado bajo un lenguaje radical, cuando la diferencia entre reforma y revolución, radica en que lo primero acepta el sistema de dominación con maquillaje, y lo segundo aspira a implementar un modelo de sociedad construyendo un contrapoder propio. Tachamos de marxista aquello de línea política y estrategia.

Esa ética militante por la que hemos pasado bastantes militantes y que actualmente se sigue reproduciendo en algunos entornos, queda reducido a una épica digna de cuentos de fantasía completamente desconectada de todo accionar político real, reduciendo la política en lo vivencial. Esa es la ilusión de radicalidad y de creer que eso es revolucionario. Pero la realidad no llega ni a ser reformista, ya que en la práctica aceptan el liberalismo puesto que en vez de confrontar el sistema articulando movimientos populares, crean falsas “islas de libertad”. Al fin y al cabo, estilos de vida que el capitalismo tolera.

Por tanto, todo anarquismo que no aspira a la creación y articulación de un movimiento de masas con la finalidad de que las actuales estructuras de autoorganización popular pasen a ser los futuros organismos de administración de la futura sociedad, es liberalismo. Así es que tanto el anarcoindividualismo como la práctica del anarquismo vivencial son liberales, ya que a la práctica están de acuerdo con el sistema puesto que su accionar político se basa en vivir el momento y realizar actividades de autoconsumo en comunidades cerradas ajenas en su mayoría a los problemas de la sociedad bajo un discurso radicaloide, renunciando a crear movimientos de masas y ser una opción política, y por tanto, renunciar al objetivo final socialista o comunista libertario. Este anarquismo vivencial no es más que liberalismo radical. Del mismo modo se podría aplicar a otras tendencias que en la práctica no realizan ningún trabajo de base.

No obstante, las experiencias de economía colectiva y de infraestructuras libertarias no entran dentro de ese anarquismo viviencial si dichas experiencias se conectan con las luchas populares. Por ejemplo, el proyecto de Fraguas nació siendo vivencial pero a raíz de la amenaza de desalojo, se reconvertió en un proyecto de repoblación rural y recuperación de la memoria de ese pequeño pueblo. De la misma manera, Can Tonal (St Antoni de Vilamajor) es una experiencia de economía colectiva que participa también de las luchas sociales en el pueblo.

Ser opción de poder no significa tomar los aparatos del Estado, sino ser una opción política con capacidad material de implementar nuestro modelo de sociedad tomando, no solo los medios de producción y la economía, sino el control territorial y la administración política de la nueva sociedad: el socialismo libertario, entendido éste como modelo en el cual convivan diversos modelos como el colectivismo, el cooperativismo, el comunismo, entre otros. Es el modelo que tienen los territorios zapatistas, Rojava, los territorios mapuches, la Minga y los territorios naxalitas (maoístas de India, muy cercanos a lo libertario). En otras palabras, es recuperar la libertad y la soberanía de los pueblos: la capacidad de los pueblos para decidir su propio destino y todos los aspectos de la vida. El anarquismo que yo defiendo apunta a ésto. Recuperar la tradición socialista consiste en volver a nuestros orígenes, y así lo demuestran todas aquellas experiencias revolucionarias donde el anarquismo ha sido fuerza política protagonista.

La ética militante del movimiento kurdo y de cualquier proceso revolucionario queda reflejada en personas comprometidas con la causa del pueblo, las cuales asumen la responsabilidad de, no solo crear la tesis política de emancipación social sino materializarla. En el movimiento kurdo, esta figura de máximo compromiso es el quadro, quien posee formación política, capacidad de liderazgo y experiencias de organización comunitaria. De la misma manera, la figura del ‘organiser’ del sindicalismo revolucionario anglosajón (la línea sindical de IWW) son militantes sindicales y van allá donde se necesite organizar campañas y secciones sindicales. En los movimientos populares latinoamericanos se les denominan “líderes sociales”, que son personas motoras y activadoras de luchas populares, pues se dedican a organizar comunidades en lucha desde el arraigo territorial. Estos ejemplos de compromiso distan muchísimo de la actual cultura militante y demuestran el error de crear comunidades con base en la afinidad ideológica con nula proyección hacia el pueblo y cero arraigo territorial. Hay que hacer política para el pueblo y la clase trabajadora.

Tal propuesta de cambio de cultura militante es un proceso que nos debe interpelar a toda la militancia, es un planteamiento que debe llevarse a cabo desde el conjunto de las organizaciones anarquistas y de las diferentes organizaciones de masas del pueblo, la clase trabajadora y el conjunto de oprimides. Estar al lado del pueblo es nuestro deber y saber el encaje que tendremos en el futuro movimiento libertario.

Unas palabras finales

Recuperar nuestra memoria es clave para situarnos y conocer nuestro papel. He visto con rabia e impotencia cómo militantes libertarios acaban buscándose otros espacios políticos tras ver que nada cambiaba y tanto por el cambio de las circunstancias de vida personales, como tener problemas y necesidades a las cuales no encontrarán en la militancia libertaria, o como tener la necesidad de una militancia más a nivel político, se encontraron con el vacío. Caso es un compañero que antes llevaban la editorial Klinamen de Madrid que terminó en Más País (Héctor Tejero), es también Íñigo Errejón que vino de las JJLL de Madrid, de Jordi Martí Font o David Fernández que terminaron en la CUP, y otras más anarquistas que acabaron militando en los círculos de Podemos allá en 2014-2015.

Es un reflejo de que cómo las dinámicas autodestructivas de siempre terminan quemando a la gente y la militancia más válida acabe trabajando para otros proyectos políticos que no son el nuestro. Necesitamos ser una opción política real y no una suerte de paraguas donde caben todas las frikadas posibles haciendo del anarquismo una parodia de sí mismo y una estética de rebeldía adolescente. Es la única manera de salir del círculo vicioso de siempre: la militancia veterana se quema y se marcha, entra una generación nueva, reproduce las mismas dinámicas y cuando se dan cuenta de que no funcionan, están en minoría y al final acaban yéndose. Repitiéndose ese ciclo generación tras generación ya que nada se acumula y constantemente se reinventa la rueda.

Afortunadamente, en la actualidad estamos observando cambios positivos: tanto la CGT como la CNT están creciendo en afiliación y secciones sindicales, a la vez que se consolidan poco a poco las organizaciones políticas del anarquismo social. Cada vez hay más militancia anarquista participando en los movimientos sociales locales y están saliendo debates para organizarse político. Por tanto, hay un cambio positivo en la cultura militante, aunque es un proceso largo y requiere de consolidarla y materializarla en un movimiento libertario estructurado en organizaciones de distinto ámbito. Dar estos pasos hacia un anarquismo capaz de intervenir en la sociedad ahora es clave para construir nuestro futuro.

La coyuntura política actual está sufriendo cambios acelerados ante una creciente conflictividad social: desde el colapso de Líbano y Sri Lanka, pasando por la toma del poder de los talibanes, las revueltas populares en Latinoamérica y sus cambios de gobierno…, hasta las revueltas en Irán. Nos encontramos ante un mundo cada vez más multipolar. Occidente ahora mismo es el único bloque que aún preserva cierta paz social, pero tampoco exenta de movilizaciones sociales y huelgas (Francia y en menor medida Reino Unido en este último trimestre del 2022). La coyuntura post-covid en rasgos generales es de crisis a todos los niveles, y ya hay quienes apuntan que el colapso ya está en proceso.

Sin embargo, al capitalismo aún le queda vida por delante, vendiéndonos falsas promesas de un futuro próspero a la vez que continúa provocando guerras. La amenaza de la ultraderecha es real, la actual opinión pública está virando hacia la derecha. Del mismo modo, estamos contemplando el rearme y la reorganización de la ultraderecha. Todo ello con el horizonte del cambio climático, el fin de los combustibles fósiles y la escasez mundial de recursos.

La reacción al momento político que vivimos contrasta entre aquellos intentos de huida hacia adelante aparentando que todo va bien y que habrá futuro, y aquellas perspectivas de lucha contra la incertidumbre y construir un mundo nuevo. Si decidimos tomar el camino de luchar por el mundo que queremos hemos de recuperar la esperanza. Aspirar a ser opción de poder no es más que implementar el modelo de sociedad que queremos superando el capitalismo. Evitemos caer en el basurero de la historia como perdedores, necesitamos estar a la altura del momento histórico en que estamos y recuperar ese anarquismo capaz de articular movimientos populares de masas e implementar el socialismo libertario.

Una estrategia para construir un pueblo fuerte, más allá del colapso o del ecofascismo

El pasado fin de semana desarrollé un taller sobre los mecanismos de control empresarial en los centros de trabajo en La Garma, un espacio ubicado en Los Llanos, en medio del campo cántabro. Se trata de un lugar de resistencia y creatividad desde el mundo rural más dinámico y abierto. En La Garma se trabaja el campo, se cosecha, se experimenta con la bioconstrucción, se despliega una fértil comunidad de convivencia y se realizan actividades de formación, campamentos infantiles y juveniles, se dinamiza una escuela alternativa infantil y se desarrollan jornadas de profundización en los más variados temas sociales y culturales.

La comunidad de La Garma se centra en la convivencia y el equilibrio con el ecosistema, en la democracia directa y en la iniciativa individual y colectiva. Es uno de esos espacios rurales donde se demuestra en la práctica que es posible una alternativa ecosocial y creativa a un mundo que se está degradando en recurrentes jirones de violencia, miseria y desesperación.

Hay otros espacios como este en nuestro país. Espacios que, en ocasiones, enfrentan una fuerte represión estatal, como el pueblo autogestionado de Fraguas, en Guadalajara, que en estos momentos solicita la solidaridad de todos nosotros y nosotras para hacer frente a los gastos que su defensa judicial impone. Lugares como el pueblo de Marinaleda, en Andalucía, que, impulsado por el sindicalismo jornalero, ha desarrollado una trayectoria de décadas de autogestión.

También hay espacios urbanos animados por la iniciativa popular y la gestión comunitaria de las necesidades y deseos de las clases subalternas, como los Centros Sociales Autogestionados y ateneos populares de los barrios. Podemos citar, sólo como ejemplos entre muchos otros, el EKO de Carabanchel, el afamado Can Batlló de Barcelona, La Xisqueta de Santa Coloma, o la Escuela Popular de Prosperidad, más conocida por “La Prospe”. También podríamos hablar de los supermercados cooperativos, las redes de economía social y solidaria, las organizaciones del sindicalismo combativo, los movimientos por la vivienda y sus derivas autogestionarias (como la campaña de “La Obra Social de la PAH”), las plataformas de defensa de la Sanidad o la Educación, las asociaciones de migrantes, las organizaciones vecinales, los organismos internacionalistas de solidaridad con Palestina, Rojava o América Latina, etc., etc., etc.

Este tejido de iniciativas de base desmiente la recurrente letanía pesimista y disolvente de muchos grandes nombres de la izquierda alternativa y la ecología política (muy respetables en muchos otros sentidos) que nos intentan, una y otra vez, moralizar actuando como Casandras de un colapso inevitable y una absoluta impotencia de las clases populares.

También desmiente la absurda cabalgada en retirada ideológica de los actores del “asalto institucional” que dicen haber descubierto que la “izquierda no existe” y que lo mejor que podríamos hacer es una especie de traducción de las tesis de Laclau explicado a Bambi en el lenguaje de “Barrio Sésamo”, mientras nos entregamos, “rendido el Ejército Rojo”, a una muda admiración de “nuestros” representantes parlamentarios.

Sin embargo, no negaremos que esta trama ubicua de iniciativas no muestra también sus limitaciones a la hora de la acción social y política, como, por ejemplo, la fragmentación de las propuestas, la falta de un objetivo más amplio, la colonización por parte de la socialdemocracia de los cuadros y los anhelos personales. Pero también, y, sobre todo, la ausencia de una estrategia de conjunto.

Decía John William Cooke (un peronista de izquierda que le gustaría poco a nuestros insomnes mezcladores de Laclau con el nazi Carl Schmidt) que uno de los principales problemas de los movimientos populares es la burocracia. Pero, nos indicaba Cooke, lo que caracteriza a la burocracia no es, como se suele creer, el reformismo, la ocupación de los cargos en las estructuras partidarias, sindicales o estatales, o la cobardía, sino la absoluta falta de una estrategia para transformar la coyuntura.

Lo que caracteriza a la burocracia, por tanto, es que se limita a hostigar al poder según lo acostumbrado, actuando rutinariamente, pensando que este caerá por si sólo en un colapso que nunca llega (y cuando llega no es como se esperaba) o que, ante la proximidad de la debacle, el poder negociará con ella un acuerdo que salve a la sociedad (lo que no ocurre nunca, por el simple hecho de que el poder no tiene ninguna necesidad de negociar con quien no amenaza sus negocios esenciales).

Hay que reconocer que, en este sentido, los militantes de los movimientos sociales y sindicales de nuestro país somos mucho más burocráticos de lo que nos gustaría reconocer. Carecemos de estrategia de conjunto, de sentido de movimiento colectivo y no abundan las propuestas de ruptura y transformación de la coyuntura, sino más bien las costumbres pasivas y las loas a un pesimismo paralizante.

¿Podemos aventurar líneas para una estrategia de ruptura con lo dado, de desvío del futuro al que parecemos estar condenados? Podemos y debemos. Por supuesto, delinear una estrategia de movimiento es un trabajo colectivo, pero que debe partir de iniciativas individuales, de la energía de las y los militantes, de la imaginación, la experiencia y el deseo de las organizaciones populares, y de las mujeres y hombres que las conforman y nutren.

Esto no es una homilía, un sermón, ni una apelación a la bondad desclasada o a una espiritualidad “bonita, pero sin consecuencias”. Hace ya décadas se contaba que, en la selva de Chiapas, los indígenas que querían proponer hacer una mesa, en una asamblea, debían hacerlo con un tablón, un martillo y unos clavos en la mano. En nuestro sindicato lo tenemos en los estatutos: quien propone una iniciativa se compromete a participar en su desarrollo. Así que, si uno habla de la necesidad de una estrategia, debe proponer una, aunque sólo sea a título tentativo, de bosquejo, de primera aproximación a un debate necesario.

Ahí va, por si a alguien se le ocurre aceptar un debate sobre algo más sólido y menos evanescente, que, si “debemos querernos más”, o que, si “en 2080 iremos todos en taparrabos”, una pequeña colección de propuestas para el día de hoy. No están muy trabajadas, no son la última palabra sobre nada. Son la iniciativa de un militante “irrelevante” para muchos, “reformista” para algunos, y probablemente, “ultrarradical” para los que cuentan cuentos enternecedores a “la gente”.

1.-En primer lugar, la base de la estrategia es la inserción social, la construcción de un pueblo fuerte. Para transformar el mundo hay que organizar a las clases populares, articularlas, empoderarlas. No sirve con una vanguardia esclarecida pero alejada de las masas, ni con sustituir al pueblo por los departamentos de márketing político o las élites intelectuales. La transformación implica insertarse en las luchas de las masas, impulsar su iniciativa, su autoorganización. Moverse entre ellas “como el pez en el agua”.

2.-En segundo lugar, el objetivo político fundamental es “ganar población”, como decía Abraham Guillén. Aliarse con los sectores populares, convencer a los trabajadores. La “guerra de posiciones” es un absurdo conservador en el tiempo de las “guerras híbridas”. La participación expandida de los seres humanos es el objetivo y la principal fuente de energía. No se trata de hacer “personal branding”, se trata de crear redes de autoorganización de personas reales.

3.-La mejor forma de convencer a alguien de algo es con las orejas. Escuchar a las masas es iniciar procesos de amplio diálogo con los trabajadores y trabajadoras, con los habitantes de los barrios, con los y las cooperativistas y autónomos/as. Impulsar procesos de encuesta obrera y debates abiertos en los barrios, centros de trabajo e instituciones culturales y educativas. Investigar cuáles son los problemas inmediatos en los barrios y pueblos y los obstáculos reales y locales que limitan nuestra actividad. Desarrollar talleres y dinámicas de grupo para promover la autoexpresión y clarificación de los deseos de los trabajadores y trabajadoras. Menos clases magistrales de académicos en pleno proceso de “personal branding” y más investigación colectiva y participante de lo que está ocurriendo.

4.-La construcción de un pueblo fuerte ha de impulsarse en los espacios naturales de socialización, es decir, en el trabajo (asalariado, autónomo o cooperativo), en el barrio o municipio y en la familia (extensa). Son los espacios de los que todos y todas participamos, querámoslo o no. Retirarnos de ellos para construir burbujas en torno a ideas abstractas es una vía directa a la difusión del sectarismo, la fragmentación y las luchas cainitas. No nos vamos a poner de acuerdo sobre las formas de la abolición del Estado, sobre las dinámicas de la “subsunción real” o sobre “que vendrá tras la crisis ecológica terminal”. Pero nos podemos poner de acuerdo para intervenir en los espacios naturales de socialización impulsando dinámicas reales y concretas de autogestión, reapropiación de nuestras vidas y adaptación ecológica.

5.-El trabajo es el espacio del sindicalismo combativo y el cooperativismo consciente. El sindicalismo de combate debe expandir y reforzar sus coordinaciones locales (como el Bloque Combativo y de Clase, en Madrid, o la Taula Sindical de Catalunya), estructurar y difundir dinámicas de solidaridad con las luchas de otros centros de trabajo más allá de las siglas, buscar maneras de reconducir las fracturas (o, más bien, lejanías muchas veces inconscientes) generadas por la diversidad cultural del Estado y el “patriotismo de organización”. Multiplicar las cajas obreras de resistencia en sus distintos modelos. Impulsar medios de comunicación del conjunto del movimiento obrero y aceptar participar en los debates que se planteen en otras organizaciones.

Por otra parte, se deben constituir “Consejos Productivos Locales” en los que estén representados los sindicatos combativos, las redes de economía social, los centros sociales, las plataformas en defensa de los servicios públicos y las organizaciones de parados y migrantes. La función de estos Consejos es investigar la estructura productiva local, las vías de expansión de la actividad autogestionaria e impulsar la solidaridad entre los distintos pilares de una nueva, pero real, economía social, ecológica, feminista y bajo control de los trabajadores y vecinos.

En el campo, habría que construir organismos comarcales y regionales de coordinación de los sindicatos de trabajadores agrarios, las iniciativas autogestionarias y las comunidades y ecoaldeas. Generar bancos comarcales de recursos (semillas, maquinaria, trabajo voluntario, etc.) para coordinar dinámicas de apoyo mutuo.

6.- En barrios y municipios habría que impulsar asambleas vecinales recurrentes, articular redes de centros sociales e iniciativas culturales, experimentar con mecanismos de financiación colectiva (cooperativas de crédito, banca ética, redes de apoyo mutuo…). Federar y sostener las plataformas de defensa de los servicios públicos, impulsando la investigación de alternativas de gestión comunal-comunitaria, con participación de los trabajadores y usuarios. Defender la remunicipalización de los servicios privatizados. Impulsar el tejido económico autogestionario y cooperativo local mediante la creación de Mercados Sociales. Crear medios de comunicación centrados en el entorno. Ya sabemos que todo esto ya se hace, en una medida u otra, se trata de impulsar la articulación de las experiencias, conformar redes aún más amplias, ligarlas al mundo del sindicalismo y de la lucha ambiental, construir una trama organizada de pueblo en movimiento.

7.-Defender la familia libre y extensa, es decir, superar la deriva a una vida individual aislada y a la familia nuclear (egoísmo a dos) que ha promovido el capitalismo. El feminismo tiene mucho que decir sobre esto. Primos y primas, amigos y amigas, examantes, hijos e hijas, parejas en todos los modelos, comunidades de convivencia, vecinos y vecinas…tramas, diálogos, riqueza de relaciones, apoyo mutuo. Rehacer la familia desde un modelo rizomático en resistencia frente al aislamiento y el autoritarismo. Debatir sobre esto, multiplicar las iniciativas de apoyo mutuo, exigir ayudas sociales para los nuevos modelos de familia y de convivencia. Abrir espacios autogestionados para el bienestar de los menores y dependientes.

8.-Y, sobre todo, contar lo que hacemos. Hablar de ello. Hacer Congresos y Encuentros de la economía popular, el sindicalismo combativo y las iniciativas territoriales. Impulsar los medios de contrainformación. Desbordar el mundo de las organizaciones estructuradas entorno a ideas abstractas y contaminarnos mutuamente desde la práctica de masas. Caminar hacia un gran Congreso del Pueblo, como doble poder, productivo, sindical y territorial, capaz de construir un futuro que convierta al previsible colapso del capitalismo en el inicio de una sociedad del común y la libertad.

Casi nada. Quizás me he puesto demasiado lírico. Pero no basta con “querernos”, con “hacer iniciativas de huertos locales” o con “abandonar la idea de la izquierda y votar” a alguien difuso y confuso. Hay que tomar cartas en el asunto. Todas juntas.

José Luis Carretero Miramar para Kaosenlared