Curso nuevo. Viejos problemas.

El pasado día 17 de mayo se aprobó la remisión a las Cortes Generales del Proyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). [1] No voy a hacer un análisis de esta ley ya que eso no es el objeto de este texto, lo que voy a hacer es reflexionar sobre el cómo se aprobó.

Durante este último curso hemos visto y asistido a numerosas asambleas, jornadas, concentraciones, ocupaciones, huelgas…etc las cuales trataban como tema central el objetivo de parar la aprobación de la Lomce. Estas movilizaciones tuvieron el pasado 9 de mayo su última gran acción con una jornada de huelga en todo el sector educativo y numerosas manifestaciones con multitud de participación. Esto se debió a que para el día siguiente estaba programada la aprobación de tal ley, hecho que finalmente no se consumó debido a que faltaba “cerrar detalles”.

Parecía que en realidad se echara atrás por la gran oposición que tenía, parecía que habíamos ganado, parecía que el salir a la calle podía cambiar las cosas, parecía….. pero solo parecía, ya que justo una semana después, coincidiendo con la final de copa, se aprueba sin que a casi nadie parezca importarle.

¿Qué falló? ¿es que acaso haciendo todo lo que hicimos no pudimos frenarla? ¿fue en vano todo ese trabajo? nos preguntaremos ¿solo nos queda lamentarnos y llorar? ¿será que por mucho que nos duela no podemos cambiar nada? ¿tendremos que esperar a las próximas elecciones para poder elegir a otros que la puedan volver a cambiar?

Para contestar a todas estas preguntas y a las que no están aquí reflejadas, analicemos un poco lo hecho. Me voy a centrar en lo relativo al estudiantado pero se podría extrapolar a todo el sector educativo en general.

Las manifestaciones y huelgas por ejemplo. He aquí el primer fallo, ¿fueron fruto de análisis y debates en los centros de enseñanza o fueron impuestas unas fechas y los pocos grupos de estudiantes que se medio organizaban tenían que adaptar su actividad a estas?

Si lo que se quiere es hacer un movimiento estudiantil fuerte, si lo que se quiere es que nuestras acciones tengan éxito, no se puede construir este movimiento de arriba a abajo como se está haciendo, sino al revés, de abajo a arriba, donde las decisiones sean debatidas y consensuadas, donde las manifestaciones y huelgas se produzcan como respuesta de una necesidad de actuación, de una necesidad de lucha, de una necesidad de defensa.

De esta forma las manifestaciones y huelgas no serán impuesta y vistas como algo sin sentido, sino que serán fruto de una necesidad y en ellas se verán reflejadas las demandas reales consensuadas tras numerosos debates y jornadas de reflexión.

Esto nos lleva al segundo fallo que es la forma de organizarnos. ¿Cómo motivar el crecimiento de un movimiento estudiantil capaz de organizar movilizaciones debido a la inconformidad de la situación en la que se encuentra, de tal forma que estas actuaciones nazcan de un estudiantado con carácter renovador?

Este es un tema serio, ya que debido a fracasos como sobre el que trata este texto, se piensa que somos incapaces de motivar cambios, que los sujetos sobre los cuales actúa un suceso no pueden influir sobre ese suceso… pero esto es falso y la historia lo demuestra.

Los cambios que se produjeron, se producen y se producirán no están originados por una fuerza suprema, ni un destino marcado, ni cualquier otra mentira que se nos pueda contar. Están motivados por las acciones de todos nosotros, bien por el sometimiento o por la sublevación contra aquellos que imponen tales cambios, con mayor o con menor éxito depende de cómo se mire.

Pero esto hoy se desconoce o no se tiene en cuenta, la resignación nos invade como un virus, no nos sentimos dueños de cambiar nuestro entorno. Por este motivo debemos mirar al pasado, ver que se hizo para originar cambios en aquellas situaciones, analizar cuáles fueron sus errores y así aprovechar su experiencia para hacer frente al presente.

Si hacemos esto, veremos que cuando los cambios fueron fruto de reflexiones y debates y de una forma de organizarse desde las bases, fue entonces cuando estas posturas consiguieron hacerle frente a las imposiciones contra las que se formulaban.

En la actualidad hay multitud de organizaciones estudiantiles con diferentes posturas ideológicas y con programas concretos de actuación, las cuales contienen a un estudiantado activo y que es consciente de que los actos pueden cambiar el entorno. Pero lo que no hay, en general, es un intento por comunicarle al resto de la sociedad, en concreto al resto del estudiantado, este mensaje más allá de las diferentes posturas que pueda tener cada uno ideológicamente.

Y en esto es en lo que hay que centrarse si de verdad se desea un cambio, ya que la historia nuevamente ha demostrado que de nada sirve sustituir a los pocos que imponen los cambios, sino que tienen que ser las bases las que procuren estos cambios a partir de la reflexión y necesidad de las bases.

Es por este motivo, que atendiendo a la herencia dejada tras multitud de intentos de organización de este movimiento de bases, se puede decir que una buena forma para combatir esta pasividad y resignación es organizarse de una forma asamblearia y abierta, donde cada uno sea libre de decir su opinión al resto y en donde se generen debates y reflexiones fruto de la interactuación de unos con los otros.

De esta forma, combinando la reflexión con la puesta en práctica de las ideas consensuadas, se conseguirá recuperar la sensación de ser dueños de nuestro entorno, de ser capaces de influir en el mundo que nos rodea, lo cual como ya dije antes, nunca perdimos.

Por último, un tercer fallo con el que nos encontramos si analizamos la situación actual es uno que viene derivado de esa impotencia en la que pensamos estamos sumidos, como ya apunté más arriba.

Cuando empezamos a cuestionarnos lo impuesto, cuando nos organizamos para hacerle frente en busca de un cambio que entendemos es favorecedor, vamos y pedimos que lo quiten, cambien o modifiquen, como si nosotros mismos, después de tantos debates, reflexiones, actuaciones y movilizaciones, no fuésemos capaces más que de ser la fuerza que pone en marcha la máquina encargada de realizar el cambio.

Durante los últimos 43 años, cada vez que ha habido un cambio de gobierno se ha aprobado una ley nueva en lo relativo a la educación: LGE (70), LODE (85), LOGSE (90), LOCE (02), LOE (06), LOMCE (13), y en cada caso se ha hecho favoreciendo en mayor o menor medida a aquellos que han puesto a ese gobierno.

Por esta razón es hora de empezar a cuestionarnos si queremos mantener este modelo de educación basado en adoctrinar de una forma u otra a las personas o si lo que queremos es una formación que no esté supeditada más que al propio conocimiento y técnica independientemente de las diferencias ideológicas.

Y es que si esta cuestión se debate en las asambleas abiertas y se empieza a organizar esta nueva forma de entender la educación desde las bases, entonces no seremos esa fuerza inicial que pondrá en marcha el cambio, sino que seremos nosotros mismos los que construyamos ese cambio, de abajo a arriba y de una forma sólida.

Alekseievich
https://twitter.com/Alekseievich

Nota

[1] http://www.mecd.gob.es/servicios-al-ciudadano-mecd/participacion-publica/lomce/20130517-aprobacion-proyecto-de-ley.html

Universidad ¡Obrera y antiestatal!

Los panfletos no sirven para entendernos. Las asambleas no sirven para debatir. Las consignas no sirven para argumentar. Las huelgas no sirven para definir un programa. Es necesario utilizar otros medios. Por ello nace este escrito. Este escrito nace del movimiento. En concreto del movimiento estudiantil. Este escrito nace de la lucha y nace para la lucha.

Este escrito quiere plantear la necesidad y las posibilidades del movimiento estudiantil de desterrar la lógica izquierdista de luchar “por lo público” de sus luchas cotidianas. En lo sucesivo el texto se referirá al contexto universitario, aunque tenga partes extensibles no solo al resto del sistema educativo sino al resto de estructuras y servicios públicos y estatales, desde las carreteras a la sanidad.

Por la pública

La defensa de la “educación pública” es una especie de moda que el movimiento estudiantil asume como propia desde hace casi 30 años. Es una especie de moda, dicho coloquialmente, porque aunque pudiera tener una justificación racional y estratégica como movimiento, viene impuesta por una corriente de opinión e ideológica que ha ido calando hasta hacerse hegemónica dentro del movimiento estudiantil. Esta defensa aparece en la década de los 80, especialmente con el nacimiento del movimiento estudiantil contemporáneo en la explosión del 86-87. Previamente las luchas estudiantiles tenían componentes políticos y sindicales íntimamente ligados a la ideología y las prácticas de la clase trabajadora en la que se desenvolvían. Esa ideología y esas prácticas se desarrollan durante todo el ciclo largo de lucha de los 70 con la influencia del 68. Pero la influencia del 68 queda reducida a una fachada espectacular cuando dentro del movimiento obrero gana peso la parte “formal” y lo pierde la parte “espontánea”. Esto es, crecen partidos y sindicatos frente a las asambleas, comandos y grupos autónomos que habían marcado el ritmo anteriormente. Eso significó una enorme aceleración de los procesos de recuperación por parte de la socialdemocracia que controlaba el estado español y un ciclo de pacificación social masiva.

En el preámbulo del estallido estudiantil del 86-87 aparece lo que luego se conocería como el Sindicato de Estudiantes. Esta estructura elaboró el discurso de la educación pública, a imitación de cómo se desarrollaba en otros territorios por parte de la izquierda europea más cercana al “estado del bienestar” que a la “dictadura del proletariado”. Desde que ese discurso nace y se generaliza acríticamente entre las asambleas estudiantiles que cíclicamente nacen y mueren ha sido el punto común de todas las luchas que ha vivido el movimiento estudiantil.

El discurso de “lo público” explica panfleto tras panfleto que la universidad pública está en peligro por la inminente reforma, sea cual sea. La universidad pública es entonces un derecho a defender por parte del estudiantado. Pasados unos años, tras varios ciclos como los de los 90, bricall, LOU…el discurso de la pública se tiñe de una cierta nostalgia. Se transmite la idea de que la universidad antes era más pública y estamos en medio de un proceso de privatización. La universidad pública es entendida como lo entendían los ilustrados: un espacio neutral para el aprendizaje y la investigación. Esta concepción, apoyada en una fuerte ideología, está muy vinculada a la creencia de que el conocimiento, la ciencia o la técnica son autónomas de la sociedad en que se desarrollan, es decir, son neutrales y sólo toman un sentido según la voluntad de quién las usa. El discurso de “la pública” se combina con un anticapitalismo de pega atribuyendo la misión de mantener neutral a la universidad al estado frente la parcialidad de “el mercado”. El estado, que en  nuestro caso es la monarquía parlamentaria con sus poltronas autonómicas, es entonces el garante de que la universidad sea un vergel de sabiduría del que podamos disfrutar los hijos y las nietas del proletariado.

Es cierto que se han puesto infinidad de matices a este discurso por parte de muchos de los sectores, organizaciones, asambleas e individuos implicados en las luchas. En el momento actual, mayo de 2013, en la paralización general previa a un cambio de ciclo de los movimientos sociales y en concreto los estudiantiles, es cuando más urgencia puede tener emprender un debate sobre el sentido de las luchas que hemos mantenido y sobre los palos de ciego dados. La superación de un discurso manifiestamente caduco e inútil pueda servir para romper esa parálisis.

¿Por lo estatal?

Los análisis algo más fundamentados y reflexionados sobre la universidad, su crisis y su futuro quedan encerrados en libros a los que el movimiento estudiantil no tiene mucha afición. Libros como “De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil”, “La universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado global del saber”[1]  encierran unas herramientas de análisis para interpretar el papel de la universidad que no sólo rompen con el discurso de “la pública” sino que permiten elaborar nuevas herramientas tanto de análisis como de combate para las luchas antiautoritarias en el medio estudiantil.

Este análisis sobre la universidad, heredero del 68 y sus principales impulsores situacionistas, se fundamenta en la cosmovisión marxista de la sociedad de clases para explicar el papel de la universidad. Esta cosmovisión marxista sirve para entender la dominación económica vigente al explicar de forma bastante esquemática las relaciones entre la clase dominada, la trabajadora, y la dominante, la propietaria. Así se distinguen 3 funciones de la universidad en la sociedad de clases:

a)La universidad como aparato de la clase dominante para generar y extender la ideología dominante.

b)La universidad como aparato para la valorización del conocimiento transformándolo en capital.

c)La universidad como medio de producción de cuadros técnicos y de técnicas que servirán a la producción en el mercado capitalista.

Estas 3 funciones están interrelacionadas. En una determinada época de expansión de un sector económico, ese sector necesitará de cuadros técnicos. La formación de cuadros técnicos se hace asignando a las personas un conocimiento transformado en capital individual, un capital que el individuo interioriza y se hace oficial mediante el título. Esta transmisión de conocimiento, en forma de título, transmite ideología dominante al naturalizar la división del conocimiento en áreas, la división del trabajo en categorías patriarcales y asignar un valor a las personas en función de su capital académico. Este es un ejemplo de cómo interaccionan las 3 funciones de la universidad y de la complejidad de las interacciones entre las 3 funciones.

Estas 3 funciones sitúan la universidad como una herramienta de dominación de la clase capitalista independientemente de la gestión estatal, autogestionaria o privada de esta institución. La literatura estudiantil de estos últimos 30 años se ha centrado más en la cuestión pasajera de quién gobierna la universidad que en el problema fundamental que es la función de la universidad. La gestión de la academia es un tema importante que conviene tratarlo con una perspectiva más amplia que mirando solo las consecuencias inmediatas de quién y cómo se gestiona la institución en cada momento.

El avance de las políticas liberales lo que están modificando es la gestión de la institución, para que mantenga sus 3 funciones mientras se gestiona según unos criterios que permiten sacar pasta de la clase trabajadora a la que la patronal fuerza a adquirir una serie de títulos como requisito para ser empleada.

En retroceso y decadencia se presenta el modelo socialdemócrata del estado del bienestar, en que la universidad se gestiona como un recurso que el estado ofrece a la clase trabajadora para adquirir esos títulos que la patronal la exige. Esta concepción, que tiene como fundamento la idea de que el estado es una providencia neutral que mediante la democracia parlamentaria puede ser útil y beneficioso para la clase trabajadora; se sitúa dentro de la ideología dominante en la que la dominación económica del capitalismo es una verdad intocable, como también lo sería el estatismo.

Otro punto de vista que defiende la gestión estatal, más propio de las ideologías anticapitalistas, es el que defiende que la universidad “de masas” es una conquista de una parcela de poder de la clase dominada frente a la dominante y por tanto la gestión estatal la manera más factible de obtener unas ciertas cuotas de control de la institución. Así las relaciones mercantiles que se dan en la universidad –la compra de títulos- siguen la lógica de los servicios públicos y no de la empresa privada, lo que es mejor para la clase dominada. Este punto de vista se ha ido sedimentando en ciertas corrientes pretendidamente anticapitalistas hasta perder de vista que la cuota de poder de clase que se puede tener sobre cierta institución se va desgastando si no supone una ofensiva constante y expansiva a la sociedad de clases, que es precisamente lo que ha ocurrido en estos 27 años de defensa de la “pública”.

Una crítica más dura merecen quienes dentro de un anticapitalismo estético han querido resolver la evidente incongruencia que supone defender lo que percibimos que es una herramienta de dominación con la receta mágica y ambigua de la autogestión o de lo popular. Ante el proceso privatizador y frente al decadente estado del bienestar  se acepta renunciar a la palabra “público” por ser un vocablo desgastado por las corrientes ideológicas antes descritas y se reemplaza por la universidad autogestionada o popular, sin un mayor análisis. Es un síntoma de la inercia que llevan los movimientos anticapitalistas que hace que sus luchas sean estéticas y espectaculares el hecho de que el discurso que se presenta en el ámbito universitario para romper con la corriente hegemónica en el movimiento estudiantil sea caer en la trampa de discutir el modelo de gestión sin entrar a discutir el objetivo de esa gestión o haciéndolo muy de pasada para rellenar líneas en un panfleto. En todo caso, si esta postura supone un peligro enorme para el movimiento estudiantil es por la falta de pensamiento estratégico y táctico que supone. Ni desde el punto de vista de clase económica dominada, ni desde el punto de vista del individuo coartado, emprender una lucha en el medio estudiantil por la autogestión de la universidad puede llevar ni individual ni colectivamente a trazar estrategias de victoria porque obvian la naturaleza absolutamente dependiente de la academia, eje de la universidad, del resto de la sociedad tanto por su naturaleza material(falta de recursos) como por lo intelectual(contexto en que se da).

Saltemos la trampa.

Tenemos ante nuestro movimiento la necesidad de sacudirnos de un lastre teórico y es que no tenemos programa para la universidad en la que luchamos. Como se ha apuntado hasta ahora en este escrito la cuestión del carácter público-privado-popular de la universidad no debe ser el eje principal de nuestro discurso sino una consecuencia de este. El eje principal de nuestro discurso debe contemplar sobre todo el objetivo de la universidad y debe atravesar nuestra vida actual, sin idealizaciones, y llegar a la vida que aspiramos, sin matices. Eso significa ser radicalmente sinceras con nuestra situación de estudiantes y con nuestras aspiraciones anticapitalistas. Clarificar la cuestión de nuestra situación nos servirá para trazar estrategias y definir nuestras aspiraciones para concretar los fines de la lucha.

Ser sinceras con nuestra realidad como estudiantes: El movimiento estudiantil no deja de ser un movimiento social, colectivo y con aspiraciones colectivas, por lo tanto lo más inteligente es articular nuestra conciencia como colectivo, como estudiantado. Siendo estudiantado y según las 3 funciones llegamos rápidamente a la conclusión de que los estudiantes somos mercancía desde el punto de vista del sistema universitario. Desde nuestro punto de vista, ver la universidad como una institución por donde la gente de nuestra clase debe pasar para poder acceder luego a unas condiciones laborales algo mejores, nos sitúa como clientes de la universidad. Desde nuestro punto de vista, y en esto hay que ser sinceras, si estamos en la universidad es por el título. La romántica afirmación de que a la universidad se va a aprender por voluntad propia es un enemigo del movimiento estudiantil que tenga conciencia de clase, porque niega u obvia que en la sociedad autoritaria no hay espacio para nuestra voluntad si no se conquista luchándolo. En concreto niega que dentro de la dominación capitalista, la clase dominada se vea forzada a seguir unos ritmos de vida impuestos por la producción, que es precisamente lo que ocurre con la juventud forzada a comprar títulos universitarios para cumplir la función que la patronal espera para ella.

Esta visión de nuestra situación actual nos abre varios frentes de actuación que chocan con la ambigüedad con la que se emprenden luchas a día de hoy.

Primero: Las luchas estudiantiles puramente materiales, como las que giran en torno a los precios de matrícula, las normativas académicas, la estructura de las titulaciones, la carga de trabajo, la propiedad intelectual…se pueden enfocar desde un punto de vista netamente sindical y aplicar toda la experiencia organizativa y de combate acumulada por el movimiento obrero sin necesidad de matices. A día de hoy, las luchas supuestamente sindicales en el medio universitario se tiñen de estudiantiles y todas se ven fuertemente influenciadas por la defensa del modelo “público” como antes se ha descrito. Actualmente, en época de recortes como vía rápida para la reestructuración y puesta en marcha de la universidad-empresa, los conflictos surgidos como la subida brutal de tasas se están gestionando como ataques a la universidad “pública” y como situación colateral, ataques a la clase trabajadora. Desde un punto de vista de clase como el propuesto, la subida de tasas es una consecuencia de unos cambios en la universidad que van en contra de la universidad como manera de redistribuir los beneficios, facilitando la compra de títulos a las trabajadoras, y por tanto una reconquista de la clase dominante de un terreno perdido en los 70. En este ciclo de transformaciones regresivas en la universidad podría, desde el propuesto punto de vista, articular la respuesta tanto defendiendo la adquisición “barata” de títulos para nuestra gente como atacando sindicalmente a las empresas y sectores que exijan a sus empleados haber comprado unos títulos que ahora nos son inaccesibles. Además, al resituar el debate en términos de clase como condición material se hace tabla rasa entre estudiantes de lo público, de lo privado y de lo autogestionado. Esto abre un campo de lucha tabú hasta ahora en el movimiento estudiantil que son por un lado los centros privados y la gente que va a ellos, muchas veces bajo la banalización de afirmar que quién va ahí es gente adinerada cuando no la realidad es que es la misma gente que va a la “pública”; y por otro lado la inclusión en el movimiento estudiantil a toda la gente que participa de la educación no formal que se da dentro de todos los movimientos sociales de forma más o menos explícita.
En suma, esta propuesta de acción en la universidad significa dejar de defender una universidad pública para defender una universidad que sirva a las clases dominadas y a nadie más, pues eso precisamente es arrebatarles parcelas de poder al capital y al estado. Que las luchas estudiantiles giren en torno al sometimiento de la universidad a los intereses de los trabajadores llevará sin duda a clarificar las posiciones de las clases en conflicto en la actualidad, todo lo contrario que lo que se consigue con discursos ciudadanos y demócratas.
Merece una mención el hecho de que dentro del contrapoder sindical que podría suponer un movimiento estudiantil declaradamente clasista, la reivindicación de la defensa de la gestión “pública” podría ser parte de un programa estratégico a corto plazo. Desde el punto de vista de clase se puede defender la gestión “pública” de las instituciones universitarias como mal menor frente a lo privado, pero sin perder de vista que esta defensa de la gestión pública es circunstancial, no fundamental, y que es una mínima parte de lo que está en juego.

Segundo: El otro frente que permite desarrollar esta concepción es “liberar a la academia”. Al desvincular nuestra relación con la universidad con toda inquietud académica y reduciéndola a lo material dejamos un campo enorme de actuación que es la estructuración de realidades que nos permitan, no solo como movimiento estudiantil sino como clase dominada, la socialización del conocimiento y la creación embrionaria de la “universidad” anticapitalista. Al negar que sea la universidad como institución el campo en el que deba socializarse el conocimiento, por ser esta institución una mera herramienta de dominación, nos forzamos a crear herramientas de aprendizaje e investigación colectivos. Esto no significa que se deba renunciar a la infraestructura física ni intelectual de la universidad actual, pero si necesariamente a su sistema de funcionamiento. Eso significa que el movimiento estudiantil puede y debe desarrollar sistemas de aprendizaje colectivo en las facultades y escuelas, con el conocimiento que se maneja e instrumentaliza en ellas, pero lejos de la reglamentación y la lógica que impone y reproduce la universidad, osea, sin títulos. Queda claro, que dentro de esta vía de actuación no hay espacio alguno para la defensa de la “pública”.

Ser sinceras con nuestros fines como anticapitalistas: La visión clara sobre nuestros fines a lo que nos conduce a reconstruir el comunismo y la anarquía, ambas metas que las clases dominadas se han marcado como objetivos a lo largo de la historia, con esos o con otros nombres. En el área de la universidad el objetivo es importante definirlo porque sirve para trazar los métodos y estrategias de la “liberación de la academia”. La universidad que el movimiento estudiantil define como modélica, dentro de los desvarios de confundirla con la “pública”, es ese espacio imposible en una sociedad autoritaria en la que la universidad es un espacio donde el conocimiento, su transmisión y expansión, se realizan en libertad de estudio, cátedra e investigación. Eso significa resituar las funciones de la universidad en su posición ideal de espacio neutro en donde encontrar conocimiento y técnica, por lo que estamos ante una universidad anárquica, sin autoridades académicas ni influencia de dominación alguna. Pero ello, y no debe perderse nunca de vista, será imposible en la  sociedad patriarcal -que nos somete por género-, capitalista –que nos somete por nuestra necesidades económicas- y estatista –que nos somete por el lugar en que vivimos-. Eso sitúa al movimiento estudiantil que aspire a esta universidad anárquica como un movimiento necesariamente rupturista con la universidad actual dado que es parte del entramado de la dominación que hoy padecemos.

La propuesta aquí presentada es la de llegar a la ruptura mediante una lucha estudiantil muy proletaria y la construcción de la universidad anárquica en paralelo. Que ya va siendo hora de que empecemos a tomarnos en serio nuestra capacidad de transformar las cosas.

[1] De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil. Joseba Fernández, Carlos Sevilla y miguel Urbán. Akal. Madrid. 2013.

La universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado del saber. Edu Factory y Universidad Nómada. Traficantes de sueños. Madrid. 2010.

BARCELONA, MAYO DE 2013

NIHIL

nihil.org@gmail.com

La función de la educación

Este artículo es, en parte, la continuación de mi anterior artículo. En este último, pretendí realizar un esbozo acerca de la importancia de las características adquiridas mediante el proceso educativo.

A lo largo de la historia, todas las personas, sin importar las barreras del espacio o del tiempo, han coincidido en la importancia de la educación. Desde la alegoría del mito de la caverna de Platón, donde retractaba el arduo y costoso camino del proceso educativo y donde hacía énfasis en la manipulación de la realidad que sufrían aquellos presos ignorantes, hasta la educación y la escuela institucionalizada de hoy en día, pasando por todos los altibajos a lo largo de la historia. Todos han coincidido en su importancia, y de entre estos, a algunos les convenía dirigirla para asegurar sus intereses en un futuro.

Ahora bien, ¿qué pasa en nuestras escuelas? ¿a qué es debido el fracaso escolar tan elevado? ¿qué se está haciendo mal? Todos los gobiernos, sin importar de qué color sean, tratan de resolver este asunto tan desagradable que es el fracaso escolar. Pero lo hacen de manera tan superflua que no llegan siquiera a arañar su superficie, y mucho menos llegan a la raíz del problema en cuestión. Sabemos que algo no va bien cuando los niños -y no tan niños- entran en un estado de depresión cuando hay que volver a la escuela. Todas las semanas la misma cantinela: «mañana ya es lunes, qué asco». Pero no solo lo dicen los alumnos, sino que, peor todavía, lo dicen muchos maestros y educadores. Huelga decir que jamás ningún gobierno, y precisamente porque es un gobierno, podrá resolver estos problemas. Y, sin embargo, lo intentan, y con mucho ahínco, con las reformas educativas y sus consecuencias tan nefastas que estamos viendo en nuestros días.

No hace falta mucha filosofía para percatarse de que es ilógico que dichos programas educativos los realice un grupo administrativo. ¿Cómo pretende el gobierno planificar la educación de millones de niños, si entre sus filas no hay un solo educador? Son solo administrativos que no tienen ni idea de educación. Es más, ¿cómo pretende cualquier gobierno dirigir la educación de millones de niños que estarán vivos dentro de sesenta años, si el propio gobierno no sabe ni qué será del país en cinco años? Como se puede apreciar, el primer fallo es la institucionalización estatal de la educación.

Para poder entender la educación tal y como se conoce hoy en día, debemos remontarnos a sus orígenes. ¿Dónde surgió el concepto de educación pública, gratuita y obligatoria que utilizamos hoy en día? Este concepto proviene de finales del S. XVIII y principios del S. XIX, con el despotismo ilustrado, en Prusia. El régimen absolutista de Prusia, temeroso del contagio de la revolución francesa de 1789, empezó a introducir algunos principios de la ilustración en la educación para satisfacer al pueblo, pero manteniendo el régimen absolutista. De ahí el nombre de despotismo ilustrado. En dicha educación prusiana había una fuerte división de clases y castas. Se fomentaba la disciplina, la obediencia y el autoritarismo. ¿Qué querían estos señores, pues? No querían un pueblo culto e ilustrado. Al contrario, buscaban un pueblo dócil y obediente. Buscaban, en fin, súbditos. Las noticias de su éxito corrieron a lo largo y ancho del mundo, y representantes de todos los países del mundo occidental visitaban Prusia para nutrirse de dicho sistema educativo. Así, promulgaban la educación gratuita y alzaban la bandera de la igualdad por todo el mundo, cuando su esencia misma era el despotismo que buscaba perpetuar modelos de clases elitistas y la división de clases. Y esto opera, se sepa o no se sepa, hasta el día de hoy.

Este tipo de escuela nace en una época de crecimiento industrial, es decir, de obtener los mayores resultados observables con el menor tiempo y esfuerzo posible. Esta escuela era la respuesta ideal ante la necesidad de trabajadores medianamente cualificados, pero que fueran incapaces de cuestionar nada. La educación de entonces y de ahora sigue siendo lo mismo; una herramienta para formar trabajadores útiles al sistema y para que la cultura permanezca siempre igual. En fin: conservar la estructura establecida de la sociedad. No es de extrañar que este tipo de escuela fuera financiada por grandes propietarios y magnates de las finanzas, como fueran  J. P. Morgan o Henry Ford.

La escuela se complementó con investigaciones sobre el control de la conducta, llegando incluso a teorizar acerca de la superioridad racial. Tampoco es de extrañar que los primeros estados con el sistema prusiano o similar, fueran con el paso de las generaciones focos de xenofobia y de nacionalismo extremo. El modelo de producción industrial en cadena de montaje era perfecto para esta escuela. La educación de un niño era comparable a la manufactura de un producto, por lo tanto requería una serie de pasos determinados en un orden especifico. Separando a los niños por generaciones en grados escolares, y en cada una de estas etapas se trabajaría sobre determinados elementos totalmente parcializados. Contenidos que asegurarían el «éxito», pensados minuciosamente por un experto administrativo. En esta cadena de educación-producción, una persona -profesor- estaría al cargo de una pequeña parte del proceso, insuficiente como para conocer el mecanismo en su totalidad ni a las personas en profundidad. Un docente por año, por materia y por cada treinta o cuarenta alumnos, llegando al punto de que el proceso termine siendo meramente mecánico. Este sistema de montaje, que nace con el Taylorismo, fue aplicado tanto en la industria como en la escuela de diferentes países y culturas de occidente.

Se han construido las escuelas a imagen y semejanza de prisiones y fábricas, priorizando el cumplimiento de las reglas y el control social. Esta escuela se pensó como una fabrica de ciudadanos obedientes, consumistas y eficaces, donde poco a poco las personas se convierten en números, calificaciones y estadísticas. Las exigencias y presiones de dicho sistema terminan deshumanizándonos a todos, tanto a los alumnos como a los profesores. Todos han de hacer lo mismo, han de saber lo mismo, y hay poca o ninguna atención personal. La escuela actual instruye; es un centro de instrucción. La esencia de la escuela prusiana esta inmensa en la estructura misma de nuestra escuela. Los test estandarizados, la división de edades, las clases obligatorias, el sistema de calificaciones, el sistema de premios y castigos, los horarios estrictos, la separación de la comunidad, la estructura verticalista, etc. Todo esto forma parte en las escuelas del S. XXI. El sistema educativo no ha cambiado, ni de lejos, tan rápido como lo ha hecho la sociedad. Como se puede observar, la educación actual no se puede cambiar con ninguna reforma educativa, porque el cambio debe de ir mucho más allá de lo que ningún político ni administrativo entiende ni llegará a entender jamás. El cambio debe de ser en la base misma de la educación.

Habiendo repasado ya el origen de la escuela actual y sus múltiples errores de base, pasemos a analizar más a fondo otras cuestiones y a intentar plantear cómo debe de ser realmente al educación y cuál debe de ser su función. Antes de empezar, me gustaría recalcar cómo deben de organizarse los valores en una sociedad, y como dichos valores se tergiversaron en pos de ciertos intereses.

Ámbito cultural (educación): Libertad

Ámbito político/social: Igualdad (de derechos)

Ámbito económico: Fraternidad

Seguramente estos valores os sonarán a muchos de vosotros de la revolución francesa de 1789, comentada anteriormente. ¡Liberté, Égalité, Fraternité! Libertad en la educación y en el ámbito cultural, porque no todos tenemos ni las mismas capacidades, ni las mismas virtudes, ni los mismos gustos ni dones. Hay que dejar libertad a todos para que puedan explorar qué les gusta y que cada uno pueda reconocer sus aptitudes sin ningún tipo de límite. De estas diferencias y de esta diversidad brota el progreso humano, y hay que estimularlo. Como bien dijo Bakunin: «La diversidad es la vida, la uniformidad es la muerte«. Igualdad en el ámbito social, porque a pesar de nuestras diferencias cognitivas, todos somos igualmente personas y merecemos el mismo trato y respeto ante nuestros semejantes. En el ámbito económico no voy a entrar a hablar en este artículo, solo decir que, tal y como se planteó en 1789, en la economía debe de haber fraternidad, porque los actos traen consecuencias. A continuación voy a poner cómo a estos valores se les ha dado la vuelta de forma nefasta. Ahora ha quedado trastocado de esta manera:

Ámbito cultural (educación): Igualdad

Ámbito político/social: Fraternidad

Ámbito económico: Libertad

De esta manera, mediante la escuela prusiana que ha llegado hasta nuestros días, en el ámbito cultural y en la educación queda la igualdad, y se proclama que todos hagamos lo mismo y sepamos lo mismo, a pesar de que no somos iguales ni tenemos los mismos gustos ni aptitudes. Se obstinan en que se nos eduque a todos de igual manera y sin libertad, creando de esta forma un pensamiento único. La educación sin libertad da como resultado una vida que no puede ser vivida plenamente. En el ámbito político queda la fraternidad, y esto es evidente ante la camaradería que existe entre todos los partidos políticos, a pesar de que aparentemente se tiren piedras. Y en el ámbito económico, en el cual no entraré, queda la libertad. Lo que hoy se conoce como libre mercado.

Una vez aclarado cómo debería ser y cómo es, podemos empezar a hablar de revertir este proceso e intentar transmitir libertad en el ámbito cultural.  La palabra educación, proviene del latín «educere», que significa «sacar o extraer del interior». Es decir, educar es enseñar a reconocer las virtudes interiores de cada uno, y una vez reconocidas, ejercitarlas y potenciarlas. Estos valores de reconocimiento interno se han perdido completamente en la sociedad. Ahora los padres y los profesores nos dicen: «Estudia mucho y consigue muchos títulos para poder ganarte la vida». Esto se les repite todos los días a los niños, por parte de padres y profesores, y es monstruoso. ¿Cómo que para ganarse la vida? ¿Ese es el fin de la educación; ganarse la vida? Ya entramos, de nuevo, en los viejos métodos de la escuela prusiana de premio-castigo. Hace unas cuantas décadas esto no se decía así. Antes a los niños se les decía: «Estudia mucho para que en un futuro puedas ser alguien de provecho a la sociedad». He ahí el verdadero cambio. Se debe de estudiar, no solamente para ganarse la vida, sino para aportar todas tus capacidades, todo tu talento, todo tu amor y aprecio hacia los demás. El proceso educativo y su fin es de dentro hacia afuera. Aporta y confía que recibirás, porque uno recoge lo que siembra.

Si alguno de los lectores tiene algún hijo, no le descubriré nada nuevo, pero ha de quedar claro que todos, sin excepción, todos los niños y niñas nacen científicos. Es maravilloso la forma con la que experimentan con su entorno. Para ellos es todo nuevo. Muy de pequeños lo tocan todo y se lo llevan a la boca, más de mayores lo presionan y lo lanzan al suelo. Cuando empiezan a hablar preguntan constantemente qué ocurre ahí afuera y por qué ocurre. Son tan curiosos, tienen tantas ganas de aprender, que son capaces de asombrar incluso al científico más brillante del mundo. Nunca aprenden lo suficiente, parecen un pozo sin fondo de curiosidad y de motivación. Es más, aprender les provoca satisfacción.  Si todos son así, ¿por qué ese tedio y ese aburrimiento en las escuelas? ¿por qué tantas pocas ganas de querer aprender? Es evidente que algo del proceso educativo no les hace bien y es fuertemente nocivo para su correcto desarrollo.

Yo establezco diferencia entre la sabiduría de la vejez y la genialidad de la juventud; la primera solo puede apreciarse por su carácter más minucioso y previsor, como resultado de las experiencias de una larga vida, en tanto que la segunda se caracteriza por una inagotable fecundidad de pensamientos e ideas, las cuales, por su cúmulo tumultuoso, no son susceptibles de elaboración inmediata. Esas ideas y esos pensamientos permiten la concepción de futuros proyectos y dan los materiales, de entre los cuales la sesuda vejez toma los elementos y los forja para llevar a cabo la obra, siempre que la llamada sabiduría de la vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud.

La escuela es tan sumamente repetitiva y formal, que es capaz de aburrir a cualquiera en muy poco tiempo. Los niños pasan años y años, día tras día, seis horas cada día, ante un profesor de acento monótono que quiere que todos estén callados, en su sitio, y haciendo tareas que a la gran mayoría de los presentes ni les gusta ni las utilizará nunca. Los conocimientos, al igual que el resto del todo en esta sociedad, están jerarquizados. En la cúspide de la pirámide tenemos a las matemáticas, un poco más abajo el lenguaje y las ciencias, más abajo la historia y las humanidades. Y al fondo del todo, allá abajo, quedan las artes escénicas, las artes plásticas, los proyectos, etc. La educación de hoy en día está totalmente parcializada, y solo se da importancia a ciertos aspectos y conocimientos formales. En todas las escuelas y universidades se nos dice que un objetivo es aquello que es medible, cuantificable y observable, y entonces se empezó a buscar la regla que les permitiera medir los objetivos, y a eso se le llamaron calificaciones. El fin último siempre va a ser el mismo: comparar al sujeto y sus aprendizajes frente a una escala estandarizada que mide… ¿qué? Si cada sujeto es único, singular e irrepetible, ¿cómo se atreven a medir a todos por igual, sin importar gustos ni capacidades? Buscan que un número defina incluso la calidad de persona que eres, y en función de estas calificaciones, de estos números, te tratan de una manera u otra. Puede parecer cosa inocua, pero este hecho condiciona de una manera terrible a los niños.

Las calificaciones son, pues, otro método de premio-castigo que el modelo conductista elaboró. Los premios y castigos operan manipulando las necesidades básicas. Cuando no recibimos amor o protección hacemos lo posible para obtenerlos, generando, de esta manera, mecanismos de conducta y comportamientos que nos permitan sobrevivir. Nos condicionamos. Los niños no estudian para aprender, ni trabajan por placer, ni para realizarse -como debería de ser-, lo hacen porque sino pierden la seguridad y el amor. Sienten que mueren. Todo su accionar pasa a estar controlado por el miedo. Lo que se hace en todas las escuelas del mundo es sembrar el miedo. Se pone límites a las personas, y poner límites se retracta en el miedo. El miedo es un arma de control social. Todo lo que vemos en el mundo tiene como base el miedo. El miedo al cambio, miedo al progreso, miedo a ser tu mismo, miedo a amar, miedo a revelar tu ser ante este mundo, etc.

De esta manera yo digo, ¡basta de calificaciones y de darle importancia al objetivo! Lo importante no es el objetivo, ni el estímulo exterior de refuerzo o castigo. Lo importante es el proceso, el camino, sin ningún tipo de condicionamiento, presión o autoridad externa. La educación actual es un camino lineal y programado, y con unos objetivos bien definidos. Debe de ser justamente lo contrario. El infante disfruta del camino, y se tiene que dejar que vaya por donde él prefiera; debe de obedecer únicamente lo que sus impulsos naturales le digan. Dejémonos también de objetivos iguales para todos. El aprendizaje lo aporta el niño solo porque nacemos científicos, y este aprendizaje solo se aprende con un camino exento de límites que condicionan la voluntad. El aprendizaje, reitero, debe de ser libre y único. El educador solo es un mediador, un acompañante, pero el viaje es del niño.

De este modo, lo único que de pequeños se les debe de enseñar mediante el ejemplo es el de respetar las diferencias de los demás, de las misma manera que los otros respetarán su diferencia. Hay que motivarles y prestarles atención, y todo esto solo se puede lograr mediante una educación integral del todo; una educación holista. Es lo contrario a la educación parcializada de nuestros días. Una educación integral se caracteriza, principalmente, porque los alumnos están en constante movimiento, experimentando con su entorno mediante diferentes actividades. No se sientan en una silla horas y horas, sino que se mezcla la actividad motora con la cognitiva. Es esencial que los niños se muevan en sus primeros años de educación. Uno aprende lo que hace con acciones, y la libertad solo se aprende ejercitándola. De este modo, se potencia la curiosidad, la motivación, la libre elección de la actividad en función de sus gustos, la libre expresión de su diferencia, la ejercitación de sus virtudes, la cooperación social, el respeto de la diversidad, etc. Hoy en día se potencia justamente lo contrario a estos valores tan preciados. Los separan, clasifican, ordenan y evalúan de forma espantosamente mecánica. De aquí surge el aburrimiento y la posterior desmotivación. Aplastan en ellos toda flor de curiosidad, convirtiéndola en miedo y desconfianza en sí mismos y en los demás. De esta manera es, cuanto menos paradójico, que los profesores hablen de paz en las aulas. Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. Se educa en la competencia, y eso es el inicio de cualquier guerra.

Es deprimente la cantidad de talento y de genialidad que se desperdicia por culpa de este sistema «educativo». A los cinco años de edad, el 95% de los niños podrían ser considerados genios. En cambio, a los quince años solo podrían ser considerados el 10%, y el porcentaje todavía se reduce más a medida que van pasando los grados escolares. Las personas que acaban su educación en este tipo de escuela acaban siendo solo genios en potencia, pero no en la realidad. Esto ocurre porque de pequeños no han tenido esa oportunidad de conocerse a sí mismos, no han tenido esos proyectos que les acercan a sus aptitudes interiores. Como bien dijo Einstein: «Si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, crecerá toda su vida pensando que es estúpido«. Y eso precisamente es lo que ocurre. Un niño que podría ser un bailarín talentoso, crece pensando que es estúpido porque no se le dan bien los números. Es terrible; terriblemente cierto.

Así que me planteé, ¿y por qué todo esto que parece tan evidente no se aplica en la realidad? ¿por qué, después de siglos, se sigue practicando la educación de igual manera, de forma tan nefasta? He encontrado, pues, tres razones principales por las cuales el sistema educativo es un desastre y a pesar de eso nadie -o casi nadie- mueve un dedo.

La primera razón es debida a un prejuicio, al cual, desgraciadamente, los anarquistas ya estamos habituados. La gran mayoría de personas tienen pavor de que la falta de una disciplina autoritaria cree desorden. Es tan errónea esta creencia, que me parece casi ridículo tener que escribirlo.

Existen tres tipos de disciplina. La primera es la disciplina autoritaria, la cual posee reglas, control, y existe una autoridad superior que toma todas las decisiones. Este tipo de disciplina es la practicada por todos los sistemas educativos. El profesor es el único que tiene voz y voto, y por parte de los alumnos no quiere «ni escuchar una mosca». La segunda es la disciplina funcional, donde las reglas derivan de experiencias reales, y son modificadas y establecidas en grupo. Las reglas son establecidas por la comunidad y son elección de todos por igual. Este tipo de disciplina es la ideal para educar a alumnos en un número más o menos elevado, porque fomenta la participación y el respeto de todos con todos. Finalmente está la auto-disciplina, la cual se caracteriza porque cada persona es consciente de que controla su propia conducta. El desarrollo de este tipo de disciplina irá en consonancia con la disciplina funcional, porque el conocimiento y el respeto de uno mismo se extiende, inconscientemente, a la comprensión y al respeto de nuestros semejantes. Con todo esto, se puede afirmar que no estoy en contra de la disciplina. La disciplina es indispensable, pero tiene que ser una disciplina interior motivada por un propósito común y un sentimiento de camaradería; mezcla e interacción de funcional con auto-disciplina. En fin, la disciplina debe de ser de comprensión, no de imposición. Las consecuencias de la disciplina autoritaria son exasperantes. Con autoridad no hay ni aprendizaje ni respeto hacia el otro, solo existe la obediencia.  Es de sobra sabido que con autoridad no se educa; se adiestra. Otra consecuencia terrible de la disciplina autoritaria es que los niños, cuando salen de la escuela y se han de enfrentar al mundo real ellos solos, no saben qué hacer ni qué elección tomar, debido a que toda su vida ha habido alguien por encima que ha estado decidiendo por ellos. Son, sin saberlo, discapacitados, porque se les ha coartado la libertad durante toda su vida, y la libertad, repito, se aprende ejercitándola.

La segunda razón por la cual todo sigue igual es debido a una incapacidad por parte de los profesores. Uno no puede dar lo que no tiene. Los profesores, educadores o maestros, son igualmente producto de la sociedad, y ellos también han sido educados en la autoridad. De esta manera, el profesor duda incluso de sus propias emociones, y si duda de él mismo, ¿cómo se pretende que lo transmita a sus alumnos? El primer cambio interior debe de ser por parte de los educadores, para que posteriormente pueda transmitirlo a sus alumnos. Pero aquí entra de nuevo el miedo. Ese «cambio interior» significa tener que replantear todas las creencias desde cero, y esto, indudablemente, provoca miedo. Todo cambio, tanto interior -de conciencia-, como exterior, comienza con la duda de lo que cada uno cree. No es fácil. Es un camino tortuoso donde uno se enfrenta a sí mismo, pero solo mediante la voluntad de querer hacer algo bueno por ti y por los demás puede garantizar la victoria en esa guerra encarnizada entre la lógica y el corazón. Para cambiar la educación, los educadores han de cambiar necesariamente.

Finalmente, la tercera razón es debida y promovida por un interés. Como ya he comentado más arriba, el tipo de educación basada en la obediencia y en la falta de cuestionamiento va a medida con el sistema capitalista. Quieren a personas lo suficientemente inteligentes para que sepan manejar las máquinas, pero lo suficientemente ignorantes para que no cuestionen en qué sistema opera su trabajo. Todas las instituciones sociales -y en especial la escuela- inculcan desde bien jóvenes lo valores de la competencia y de la obediencia. Por ello, un buen educador debe de enseñar a sus alumnos a cuestionarlo todo; incluso lo que él enseña.

Por todas estas razones descritas aquí, me declaro enemigo de la escuela actual y de su (des)educación social. En una escuela de verdad, se debería de enseñar a pensar, y no a decirnos lo que debemos de pensar. Hay algunos proyectos en marcha a lo largo del mundo donde se están poniendo en práctica las nociones de «educación sin escuela», «educación en casa» o «educación integral». El cambio está empezando, solo es cuestión de tiempo que todos nosotros abramos los ojos. La educación es una piedra fundamental en la vida de cualquier persona y de cualquier sociedad, y por ello debe de ser promovida por todos y para todos. Sin límites ni fronteras en la mente ni en la realidad. Libres de prejuicios. Porque la función de la educación es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros. Todo y todos estamos en un constante cambio y evolución permanente; es hora de cambiar, aquí y ahora.

«Si educamos hoy a los niños, no tendremos que castigar a nadie mañana» Pitágoras.

Radix

Luchar por una Educación Libertaria

Frente a los recortes en el sector educativo han salido multitud de voces en defensa de la educación pública, de calidad y gratuita, y por este motivo creo que es necesario tomar aire y reflexionar un poco sobre este tema.

El sector educativo en la actualidad funciona de la siguiente manera. Desde que somos pequeños nos agrupan por edades, como si ese factor fuera el mas importante, y nos meten en escuelas durante todo el día. En ellas los docentes tienen un plazo de tiempo en el cual su misión es introducir determinados conceptos en las mentes de sus alumnos.

Pasado ese tiempo se elaboran unas pruebas denominadas exámenes, las cuales mediante un sistema de calificación estipulan si tienes esos conocimientos y en qué grado los adquiriste. Si no pasas esas pruebas te mandan repetir curso para intentar de nuevo que adquieras esos conocimientos. Por el contrario, si el docente consiguió su objetivo te mandan a un nuevo curso y así sucesivamente.

De esta forma se va otorgando al alumno los conocimientos considerados básicos y que todas las personas deben tener. Después tienes la posibilidad de seguir en el sector educativo para adquirir una supuesta formación superior que emplea el mismo método antes citado o la de intentar entrar en el mundo laboral.

Pero, ¿quién dice cuales deben ser estos conocimientos básicos que todos debemos aprender? Bien, pues el encargado de estipular los conceptos y en qué cantidad, así como el orden en que se deben aprender es el  Ministerio de Educación. De esta forma la formación de las personas de un país está elegida a la carta por el gobierno de turno, dando como resultado un cambio en los planes de estudio cada vez que entra uno nuevo, así como un cambio en la doctrina de estos.

Entonces estaréis de acuerdo conmigo en que hace falta separar el gobierno de la educación, o mejor dicho, separar el Estado de la educación, ya que es el Estado al fin y al cabo el que estipula y permite este hecho.

Una vez dicho esto, planteémonos algo más, ¿de verdad que siendo diferentes y únicos cada uno de nosotros  tenemos que aprender todos los mismos conceptos y de la misma forma? Es decir, cada uno tiene su propia naturaleza. Cada conciencia es única al igual que lo es su manera de asimilar su entorno y conceptos. Lo mismo pasa con la curiosidad, no a todos nos surgen las mismas dudas al mismo tiempo ni nos interesan los mismos temas.

Entonces, ¿por qué intentar enseñarnos las mismas cosas, al mismo tiempo y de la misma forma? ¿Acaso no sería mejor que cada uno de nosotros fuera por propia vocación y a su ritmo aprendiendo aquellos temas que le fueran interesando?

A lo largo de los años el ser humano ha explorado e intentado explicar todo lo que se encontraba, de esta manera se ha ido acumulando una cantidad ingente de información. Supongamos que toda esta información está dividida en los frutos de un árbol con multitud de ramas, que a su vez se dividen en más ramas y que en cada división hay un fruto; entonces, ¿por qué tenemos que comer solo unos determinados frutos y no podemos escoger aquellos que más nos atraigan?

Es cierto que para alcanzar los que están más altos primero tendrás que recoger los que los preceden, pero esto es lógico. Es el mismo caso que cuando haces una casa, que para hacer el tejado primero tienes que hacer las paredes, y antes de las paredes tienes que hacer los cimientos, y así sucesivamente. Así, el propio interés de cada persona la llevará a adquirir cada vez mas conocimientos, los cuales a su vez les motivarán el querer aprender más de uno u otro tema.

Además, de esta manera el docente no es el encargado de meter unos conocimientos prefijados en las mentes de sus alumnos, sino que desde su posición más alejada del tronco, tiene que facilitar la recogida de alimentos pero sin que ello implique la forma o cantidad en la que han de ser cogidos y/o comidos.

Y, ¿cómo los docentes pueden hacer esto? Pues delegando esa responsabilidad en la experimentación propia, en la enseñanza mediante el método del ensayo y error.

Esta metodología de enseñanza es denominada como pedagogía libertaria, y se rige por los siguientes principios:

– Antidogmática y antiautoritaria: Sin imponer ningún dogma y/o religión.

– Sin premios ni castigos: Ya que la función de estos es modelar la conducta.

– Sin exámenes: esto pretende eliminar la distinción entre “alumnos buenos” y “alumnos malos”, ya que tales calificaciones no existen, solamente alumnos con distintas aptitudes y capacidades.

– Integral: Entendiendo que la formación intelectual tiene que ir a par con la formación manual así como con el desarrollo físico del cuerpo.

Coeducación de sexos: La igualdad entre sexos no es posible sin una educación igual a hombres y mujeres.

– Accesible para todos: Sin hacer distinciones por la cultura, clase, color de piel, orientación sexual…

– Principio de libertad: Sin horarios fijos ni obligatoriedad de asistencia, donde los alumnos puedan entrar y salir del aula cuando quieran, cambiar de sitio, salir voluntariamente a la pizarra…

– Autogestión: Entendiendo que la gestión de la educación tiene que ser responsabilidad de los docentes y de los educados y no depender de terceros.

Es cierto que dentro de la educación anarquista o libertaria, ambos términos son homólogos, hay diferentes tendencias y propuestas. De este modo, podemos dividirlas entre las tendencias no directivas y las de tendencia sociopolítica [1]:

«Las teorías no directivas parten del individuo como eje de toda acción educativa, y se basa en muchos de los principios pedagógicos que Rousseau desarrolla en el Emilio, aunque con críticas a su posición liberal.

Entienden que la libertad del educando debe ser absoluta, y la misión del educador debe ser la de evitar toda influencia coactiva en el desarrollo natural del individuo, puesto que se entiende que este es bueno por naturaleza (o al menos que no es malo), y son las influencias represoras de la sociedad adulta las que lo corrompen. Comparten con Rousseau la idea de que un individuo es incapaz de razonar moralmente hasta su adolescencia, y que por tanto es necesario aislarlo de la enseñanza de todo tipo de dogma, para evitar la manipulación del niño. […]

Son varias las teorías de esta tendencia, que van desde los planteamientos anarquistas individualistas de Stirner hasta la corriente de escuela neutral y las ideas educativas de Tolstói. […]

En el otro polo del paradigma anarquista de la educación nos encontramos con las teorías que defienden que la educación debe tener una fuerte orientación social.

Estos planteamientos no entienden la libertad individual al margen o en contraposición a la libertad social, la libertad no es una característica natural, sino social (Bakunin), y por tanto, la libertad se convierte en un fin, no en el medio. “Si la libertad es conquistada y construida socialmente, la educación no puede entonces partir de ella, sino que puede llegar a ella. Metodológicamente, la libertad deja de ser un principio, lo que aparta a esta línea de las pedagogías no directivas”.

En este polo, el carácter político de la educación se acentúa, pues se entiende que no existe ninguna educación neutral, ya que todas se basan en una idea del ser humano y en una concepción de la sociedad, y por tanto, el/la educador/a debe definirse por un modelo de ser humano y de sociedad. La educación anarquista, para estas tendencias, debe educar para el compromiso moral y político de transformación de la sociedad, no debe ni puede renunciar a transmitir ideología (no a dogmatizar), porque de lo contrario la sociedad capitalista inculcará la suya propia sobre los educandos. En este sentido, dentro de este polo encontramos diversos planteamientos, desde los que van a limitarse a proponer un corpus fundamental de enseñanzas científicas y racionales que faculten para una toma de posición en la sociedad (la enseñanza racionalista) hasta aquellos que proponen una pedagogía de la confrontación que eduque a luchadores sociales contra el Estado y el Capital.

En esta tendencia encontramos diversas teorías como la de Bakunin, los planteamientos educativos de Ferrer i Guardia o la teoría de la desescolarización. […]»

En la actualidad hay pequeños centros donde estas ideas se están llevando a la práctica todo lo mejor que se puede, ya que al final siempre tienes que entrar en el sistema educativo controlado por el Estado o por la iglesia para tener el graduado escolar, título que necesitas para poder trabajar y vivir en sociedad. Pero entiendo que esta no es la solución o método definitivo para alcanzar una educación libertaria, sino que es un medio más para conseguir tal fin.

Considero que todo aquel que este relacionado con la educación y la pedagogía, da igual si es docente, alumnado, etc., debe luchar con el objetivo de conseguir una educación libertaria en una sociedad libertaria, ya que solo en este contexto se podrá desarrollar plenamente.

¿Cómo luchar? Pues organizándonos siguiendo los principios del anarcosindicalismo, (que son la autogestión,  el federalismo y la ayuda mutua, además de todos los que son consecuencia de estos tres), y mediante la utilización la acción directa, el boicot, el sabotaje, la información-propaganda, la huelga, etc., ya que entiendo que la emancipación de la educación debe llevarse a cabo por parte de los propios interesados, y no se tiene que esperar a que un tercero facilite el contexto para que se pueda desarrollar de forma completa.

De este modo, la lucha debe perseguir cambios en el sistema educativo enfocados hacia el acercamiento de la educación hacia una pedagogía libertaria y los principios que la definen, o lo que viene siendo lo mismo, por conseguir la emancipación de la humanidad.

Creo que si somos capaces de afrontar este reto y llevarlo a cabo de forma sólida, es decir, de menos a más, trabajando en grupos locales, y una vez consolidados estos grupos confederarse entre sí, seremos capaces de plantarles cara a los que quieren que la educación sea una instrucción militar subordinada al sustento e interés del Estado y del capital.

Alekseievich

[1]  Noa, Francisco José Cuevas. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria.

La educación prohibida

Ficha

Duración: 145 min.

Año: 2012

Director:Germán Doin Campos

Categoría: Producción documental

Web: http://www.educacionprohibida.com

Sinopsis: La escuela ha cumplido ya más de 200 años de existencia y es aun considerada la principal forma de acceso a la educación. Hoy en día, la escuela y la educación son conceptos ampliamente discutidos en foros académicos, políticas públicas, instituciones educativas, medios de comunicación y espacios de la sociedad civil.Desde su origen, la institución escolar ha estado caracterizada por estructuras y prácticas que hoy se consideran mayormente obsoletas y anacrónicas. Decimos que no acompañan las necesidades del Siglo XXI. Su principal falencia se encuentra en un diseño que no considera la naturaleza del aprendizaje, la libertad de elección o la importancia que tienen el amor y los vínculos humanos en el desarrollo individual y colectivo.

A partir de estas reflexiones críticas han surgido, a lo largo de los años, propuestas y prácticas que pensaron y piensan la educación de una forma diferente. “La Educación Prohibida” es una película documental que propone recuperar muchas de ellas, explorar sus ideas y visibilizar aquellas experiencias que se han atrevido a cambiar las estructuras del modelo educativo de la escuela tradicional.

Más de 90 entrevistas a educadores, académicos, profesionales, autores, madres y padres; un recorrido por 8 países de Iberoamérica pasando por 45 experiencias educativas no convencionales; más de 25.000 seguidores en las redes sociales antes de su estreno y un total de 704 coproductores que participaron en su financiación colectiva, convirtieron a “La Educación Prohibida” en un fenómeno único. Un proyecto totalmente independiente de una magnitud inédita, que da cuenta de la necesidad latente del crecimiento y surgimiento de nuevas formas de educación.

Licencia: La película, al igual que sus diferentes versiones especiales y materiales adicionales (avances, backstage y otras piezas) se encuentran licenciadas bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported (CC BY-NC-SA 3.0).

 

 

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