Enlaces del mes: Marzo 2013

Volvemos una vez más con la serie de enlaces de interés. En esta ocasión tratando los siguientes temas:

Somos soldados

La propaganda de guerra, como el fenómeno comunicativo complejo que es, no puede ser entendida como una mera operación militar ejecutada durante los conflictos bélicos, sino que debe ser comprendida como una acción política más destinada a generar un determinado consenso social, aplicada por los poderes -generalmente el Estado- también durante los periodos pacíficos.

La significación del célebre aforismo de George Orwell la guerra es la paz -lema del Estado totalitario retratado en su distopía 1984- va más allá de ser un ejemplo de la manipulación del lenguaje por parte de los poderes, y puede interpretarse literalmente: la guerra es la paz, o mejor explicado, el Estado mantiene el estado de guerra -aunque mucho más sutil- también durante las épocas de paz. En Regeneración ya hemos apuntado algunas nociones de cómo los medios de comunicación y determinados grupos sociales vinculan la masculinidad y sus valores asociados (virilidad, valentía, heroísmo) al militarismo, por lo que en esta ocasión vamos a hacer un mayor énfasis en el Ejército -y, por ende, al Estado- como institución productora de imaginarios sociales.

Ya desde el siglo XIX Clausewitz (1999) consideraba prioritario enfocar la propaganda de guerra más a la opinión pública que al enemigo. El objetivo era claro: es más importante el respaldo popular que la desmoralización del enemigo. La guerra de Vietnam certificó las teorías del Mayor General prusiano, y desde entonces todos los ejércitos del mundo ahondaron aún más en desarrollar técnicas de persuasión para la retaguardia. Esta política de propaganda requiere necesariamente de un constante bombardeo -por utilizar la jerga militar- de mensajes en pos de la cohesión ideológica.

No es de extrañar, entonces, que el Estado promocione los valores militares de forma continuada. Adrián Huici (2010) considera dos fases fundamentales de la propaganda de guerra: persuadir al hombre común de que apoye o vaya a la guerra, y conseguir que una vez alistado -en sentido literal o figurado- sea capaz de matar o de aplaudir las muertes. De esta manera, la labor propagandística del Estado ha de ser meticulosa y concienzuda, amén de sostenida en el tiempo. Sólo así puede explicarse que, con toda naturalidad y ante la pasividad de gran parte de la población civil, un destacamento de tropas chilenas pueda pasearse por la región de Viña del Mar coreando marcialmente «argentinos mataré, bolivianos mutilaré, peruanos degollaré». Desde las esferas de poder nos intoxican diariamente con mensajes xenófobos y militaristas para que seamos capaces de aceptar que nuestros ejércitos se entrenan diariamente en el odio y la crueldad.

Pero, ¿cuál es la labor de los medios de comunicación en todo esto? Independientemente de que estén más próximos al Gobierno de turno o no, suelen cerrar filas en torno a tales contravalores, y esta situación es coherente con la definición que Yehya (2008) aporta sobre la guerra sensorial, entendida como aquellas en las que participan fundamentalmente las clases más bajas de los países desarrollados. Actualmente, la burguesía y la clase trabajadora acomodada sólo tiene conocimiento de la guerra por lo que consumen mediáticamente. Es por ello por lo que los poderes destinan grandes recursos en presentar los conflictos bélicos de manera «aséptica, indeleble y prácticamente higiénica, sin muerte, dolor ni destrucción» (Sierra, 1997:61), ya que es este sector poblacional el que se encuentra más dispuesto a ejercer su derecho a voto y a integrarse en la dinámica de consumo del libre mercado; hay que mantener en calma al público. Asimismo, la propaganda debe aprovechar unos valores preexistentes y explotarlos para ser efectiva -rara vez genera valores de la nada– por lo que teniendo en cuenta que según Garrido Lora (2004) la persuasión organizada con fines bélicos tiene un mayor rendimiento sobre una población hastiada que sobre una participativa, la teoría de la alienación de la clase trabajadora tendría otra consecuencia más de las ya analizadas en su obra por Marx.

Frente a esta realidad, se hace imperiosa la necesidad de las personas anarquistas de confrontar contra el Ejército y el resto de instituciones derivadas en diferentes planos: en el físico, por supuesto, pero también en el de las ideas. Y no sólo contra el organismo en sí, sino dando a conocer nuestros postulados antiautoritarios y alertando a la sociedad del peligro que representan las políticas militaristas por su naturaleza embrutecedora. No es este un canto al pacifismo como acto reflejo, sino más bien una reflexión sobre los mecanismos cotidianos a través de los que el Estado trata de convertirnos en potenciales soldados desechables.

Adrián Tarín

Notas

-CLAUSEWITZ, Karl von (1998). De la guerra. Madrid: Ministerio de Defensa. Centro de publicaciones.

-GARRIDO LORA, Manuel (2004). “¿Qué valores humanos utiliza la propaganda en los conflictos?”; en HUICI MÓDENES, Adrián (Ed.). Los heraldos de acero. La propaganda de guerra y sus medios. Sevilla: Comunicación social ediciones y publicaciones.

-HUICI MÓDENES, Adrián (2010). Guerra y propaganda en el siglo XXI. Nuevos mensajes, viejas guerras. Sevilla: Ediciones Alfar.

-SIERRA CABALLERO, Francisco (1997). “Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas”; en SIERRA CABALLERO, Francisco (Ed.). Comunicación e insurgencia. Hondarribia: Hiru.

-YEHYA, Naief (2008). Guerra y propaganda. Medios masivos y mito bélico en Estados Unidos. Barcelona: Paidós.

Revolución social y ejército (II)

«Grandes riquezas, gran esclavitud»
-Lucio Anneo Séneca. (4 a.C.- 65 d.C.)

(Viene del anterior)
Los conflictos bélicos son tan antiguos como la propia civilización humana. Derivados de la competencia por los recursos, por la influencia política o ideológica, la guerra es una parte más de la historia de las sociedades humanas. Sin embargo, no todos estos conflictos han sido guerras de poder entre grandes generales o imperios, algunos de ellos derivaron de las aspiraciones de cambio de las masas explotadas que, por libertad y justicia social, llegaron a hacerse a las armas en no pocas ocasiones.

En este primer artículo de nuestra serie examinaremos los primeros antecedentes a los modernos conflictos revolucionarios: Las rebeliones de esclavos del mundo antiguo y clásico. ¿Qué les llevó a alzarse en armas? ¿Cómo se organizaron militarmente? ¿Cuáles fueron sus triunfos y derrotas? Sumerjámonos pues en los anales de la historia de la revuelta.

Levantamientos en las primeras civilizaciones

Por desgracia, las fuentes que nos hablan de los levantamientos de la población en Mesopotamia y Egipto son más bien escasas y siempre de una enorme parcialidad, pero esto no quiere decir que no existieran. En estas sociedades, en las que nació la propiedad privada y el Estado en lo que Marx llamó sistema de producción asiático(1) y otros denominan como despotismo hidraúlico, la propiedad de la tierra a una «comuna superior» ya sea el templo o, posteriormente, el palacio, que organiza la producción (dirigiendo, por ejemplo, las obras de construcción y reparación de canales) y controla los excedentes. Para poder controlar a la población y defender los excedentes de potencias extranjeras nacieron los primeros ejércitos. (Una ciudad-Estado podía contar con un par de miles de soldados y los imperios Egipcio e Hitita se enfrentaron en Qadesh, la mayor batalla de la edad del bronce, con varias decenas de miles de soldados). Estas fuerzas militares, por lo general, supieron controlar bastante bien a la población.

Así, el principal componente de discordia en estas sociedades lo encontramos en que eran dimórficas, conviviendo el mundo sedentario con el nómada o seminómada. La oposición a estos primeros Estados se encontraba precisamente en los pueblos que los rodeaban y que aún no habían desarrollado Estados.

Así, Mesopotamia fue invadida en varias ocasiones por tribus de pastores seminómadas, como los amorreos (siglo XXI a.C.) o los casitas (siglo XVIII a.C). Así mismo Egipto se vió invadido por los hicsos en el XVII a.C o por las tribus libias en el XI a.C.(2)

Por lo general estos pueblos acababan por adoptar las formas culturales de los invadidos por lo que se sedentarizaban y formaban un nuevo Estado. Pero esto es una prueba de como las estructuras estatales y militares se encontraban todavía en pañales, hasta el punto de que tribus de nómadas podían acabar con ellas si actuaban con suficiente contundencia.

Rebeliones de esclavos en Grecia

El mundo grecolatino se asentó sobre el esclavismo. Una minoría de ciudadanos con derechos políticos se levantaba, por lo general, sobre una gran masa de población esclavizada y reducida a la animalidad sin derechos de ninguna clase. (3) Así, en una polis de unos 250.000 habitantes como Atenas solo 30.000 eran ciudadanos (varones, libres y atenienses) mientras que más de 100.000 serían esclavos. El resto de la población se compondría de mujeres, niños y extranjeros, todos ellos sin derechos políticos. En su principal rival, Esparta, solo 9.000 habitantes pertenecían a la clase de los homoioi (los iguales), que sometían a una gran población de ilotas (esclavos) y periecos (hombres libres sin derechos), que eran los que se ocupaban de todos los aspectos de la producción.(4)

Cabe destacar que en la antigua Grecia ser ciudadano equivalía a ser soldado. O mejor dicho, ser soldado daba el derecho de ser ciudadano. Así, todos los ciudadanos de las polis griegas tenían el deber de servir durante un tiempo en el ejército como hoplitas (lanceros pesados) e incluso, en Esparta, esa era la única tarea que desarrollaban. Esto se debe a que los ciudadanos formaban parte de la maquinaria estatal y por ello debían defender la ciudad de sus enemigos y mantener el sistema imperante: el esclavismo. Y el principal modo de conseguir esclavos es capturando enemigos en campañas militares.

En este periodo se produjeron no pocas rebeliones de las grandes masas esclavas, especialmente en los momentos de guerra en los que el ejército debilitaba su presión en el interior.

Así, durante la guerra del Peloponeso que enfrentó a Esparta y Atenas los esclavos de la isla de Quios, liderados por Daómaco, se alzaron en armas en la isla. Otros 20.000 esclavos lograron huir de Atenas.(5)

Existía por ello una gran obsesión por mantener sometida a la población esclava, que superaba en número a los ciudadanos. En Esparta se declaraba, cada cierto tiempo, la guerra a los ilotas y se mandaba a la krypteria (una especie de policía secreta formada por los homoioi más jóvenes) a asesinar esclavos indiscriminadamente.

Decir que los esclavos por lo general casi no tenían formación militar y su equipo era más bien improvisado. Salvo en el caso de los ilotas espartanos, que solían acompañar a sus amos a la guerra.

Paralelo a todo esto hubo un movimiento de las clases libres populosas (artesanos y campesinos con tierras principalmente) que tras años de lucha política devino en la formación de la democracia ateniense y en la extensión de la ciudadanía espartana, por parte del político Licurgo, a 30.000 habitantes (en su mayoría, antiguos periecos o ilotas que se habían destacado como auxiliares en la guerra) en un régimen que se ha denominado como «Comunismo castrense», por estar todas las tierras del Estado divididas en 30.000 lotes iguales.

Estos movimientos populares tuvieron en buena medida apoyo de corrientes del pensamiento anti-aristocráticas como la estoica o la cínica, que defendían una vida sin lujos.

Roma y las tres Guerras Serviles

Ninguna civilización como la antigua Roma dependió tanto de la población esclava. Todo en la maquinaria romana estaba dedicado a un fin: El mantenimiento del modo de producción esclavista. Al igual que las polis griegas, Roma mantuvo desde sus tiempos como república un ingente ejército de ciudadanos, dedicados a mantener el orden y a conquistar nuevos territorios para ampliar el número de esclavos.

Esta población esclava, gigantesca, llegó a levantarse en armas hasta tres veces provocando grandes crisis en la República Romana, en lo que se conoce como las Guerras Serviles.

La primera de estas guerras fue después de la tercera guerra púnica. Tras acabar con Cártago, Roma se había convertido en la única potencia del Mediterráneo. Algunas de los territorios recién conquistados por Roma llegaron a llenarse de esclavos. En 135 a.C. la población esclava de Sicilia, en su mayoría de origen sirio y de unas 60.000 personas, tomó las armas lideradas por el profeta Euno, llegando a conquistar la ciudad de Enna, en el centro de la isla. Los esclavos fueron vencidos fácilmente por un ejército romano que desembarcó en Sicilia tras tres años de rebelión.

Años más tarde, entre el 104 y el 100 a.C. el cónsul Cayo Mario se encontraba reformando el ejército republicano. Pretendía extenderlo a las clases baja mediante la uniformalización (el Estado pagaría a partir de ahora el equipo militar) y entre sus medidas se encontraba liberar a 800 esclavos sicilianos para que sirvieran en este nuevo ejército. Demandando libertad para todos y liderados por Trifón de nuevo los esclavos de Sicilia volvieron a levantarse en armas. Pero esta vez lo hicieron de forma más organizada, logrando constituir un ejército de 60.000 hombres (2.000 de ellos a caballo). Además, en apoyo a los sicilianos, los esclavos de otras ciudades italianas también se rebelaron. Cuatro años y grandes pérdidas militares costaron sofocar esta rebelión.

Pero aún darían los esclavos una batalla más a Roma.

Espartaco y la tercera guerra servil

Ha sido protagonista de grandes películas de Hollywood, también ha sido símbolo de movimientos sociales a lo largo del siglo XX. La figura del esclavo Espartaco se ha convertido en toda una leyenda.

Más allá de la leyenda, Espartaco era un hombre originado de Tracia (aproximadamente la actual Romanía), que tras desertar de las tropas auxiliares del ejército romano fue reducido a la esclavitud y convertido en gladiador.

Los gladiadores eran aquellos esclavos dedicados al espectáculo de sangre: Combatiendo entre sí o contra fieras. Era una de las tareas más brutales a las que se podía dedicar una esclavo.

Durante su esclavitud, Espartaco ideó una rebelión contra Roma que, necesariamente, debía ser militar para que triunfase. En el 73 a.C huye de la ciudad de Capua junto con unas docenas de compañeros, todos ellos gladiadores y expertos en armas. Se refugiaron en el monte Vesubio durante un tiempo, dedicándose al bandidaje.

Espartaco, que además de su propia libertad deseaba la creación de un nuevo orden igualitario, estableció el reparto equitativo de los botines. Esto atrajo a los esclavos de la región, que comenzaron a huir de sus amos para unirse a la banda de Espartaco que, sin perder el tiempo, comenzó a entrenarlos. Una pequeña fuerza militar fue enviada desde Capua, vencida por los esclavos gracias a su estratégica posición en el Vesubio.

Los esclavos, por entonces ya unos 2.000, fueron atacados por los romanos en varias ocasiones más, venciendo en inferioridad numérica a las legiones gracias al empleo de tácticas guerrilleras. Espartaco conocía bien el funcionamiento del ejército Romano, y sabía cuales eran sus principales puntos flojos.

Después de estas victorias el ejército de Espartaco se vio engrosado no ya solo por esclavos, sino también por campesinos pobres y labradores, hasta reunir a 70.000 hombres armados sobre un total de 120.000 personas. Que se dedicaron a saquear las ciudades italiana, venciendo en varias ocasiones a los ejércitos consulares y equipándose con sus armas.

Hubo una división entre Espartaco y otro de los líderes de la rebelión, el galo Criso. Mientras Espartaco y los suyos tenían como objetivo salir de Italia, Criso deseaba permanecer un tiempo indefinido saqueando. Criso y 30.000 seguidores se escindieron de las fuerzas esclavas y fueron derrotados.

Sin embargo, el resto logró reorganizarse y suguió aglutinando esclavos. Roma temía realmente por su  supervivencia.

En el sur de Italia conquistan Puerto Turio y comienzan a construir barcazas para viajar a Sicilia e instigar allí la rebelión. También tuvieron la idea, aunque no llegó a realizarse, (5) de levantar en el sur de Italia un nuevo Estado inspirado en la Esparta de Licurgo, repartiendo las tierras igualitariamente entre los esclavos en armas. Mientras construía su flota, Espartano impuso la igualdad entre sus gentes y eliminó la moneda, claramente bajo una idealizada comprensión de la sociedad espartana.

Trágicamente y antes de que lograran salir de Italia el ejército romano logró reorganizarse y acabar con la rebelión, mientras los esclavos eran traicionados por los comerciantes que debían llevarles los barcos, siendo los líderes de la revuelta condenados a muerte por crucifixión.

Como vemos, han existido intentos de construir una sociedad mejor por parte de los oprimidos desde el origen de la historia y siempre que esto ha sicedido ha derivado en una guerra entre los que querían liberarse y los defensores del antiguo orden. Solo puedo decir una cosa, ninguna de ellas habría tenido la menor posibilidad de no haber empuñado las armas. De todas formas, salvo en el caso de la de Espartaco, estas rebeliones, por su desorganización o falta de perspectiva militar, rara vez supusieron un peligro real para los Estados antiguos, pero aún nos queda mucha historia por ver.

[1]Marx, KARL, Formaciones económicas precapitalistas, 1858.
[2]Sanmartin, JOAQUIN; Serrano, JOSÉ MIGUEL, Historia antigua del próximo oriente: Mesopotamia y Egipto, 1998, Akal.
[3]Sabine, GEORGE, Historia de la teoría política, 1945, Fondo de cultura económica.
[4]Sekunda, NICHOLAS, Guerreros espartanos, 2009, RBA Colecciones.
[5]Vitale, LUIS, Las rebeliones de los primeros movimientos sociales de la historia hasta el siglo XVI, 2001, Universidad de Chile.

Revolución social y ejército (I)

«Si quieres paz, prepárate para la guerra», dijo el dirigente romano Julio César. Pero, si la paz que queremos solo puede derivarse de radicales cambios sociales, ¿debemos entonces prepararnos para la guerra?

El geógrafo anarquista Eliseo Reclus afirmaba en su obra* que evolución y revolución son dos fases de un mismo proceso, existiendo épocas en las que se dan cambios lentos y graduales que no suponen un gran conflicto pero que, al acumularse, propician situaciones de cambios rápidos en las estructuras sociales, esto es, revoluciones.

Es comprensible pues que en estos períodos revolucionarios, al suponer el enfrentamiento radical de nuevas estructuras sociales y políticas contra las viejas estructuras, se den situaciones de violencia generalizada. Los partidarios del viejo orden social no se muestran por lo general muy dispuestos a abandonar pacíficamente sus hasta entonces privilegiadas posiciones y movilizan a sus fuerzas para la defensa de sus intereses reaccionarios. Es por esto que, con gran frecuencia, toda revolución social deviene en una guerra civil entre los partidarios del viejo orden y los revolucionarios.

Estos enfrentamientos bélicos: las guerras revolucionarias o para la defensa de la revolución, han generado distintas posturas entre los distintos movimientos revolucionarios en cuanto a la cuestión militar. No hay que olvidar que el ejército es, en muchos casos, el elemento más reaccionario, por su estructura y componente sociales de origen. Este debate es aún más importante dentro de las distintas corrientes del socialismo libertario, debido a que el ejército ha sido históricamente una de las herramientas de represión al servicio de los Estados.
¿Es necesaria la militarización de las fuerzas revolucionarias en el periodo de guerra civil que acompaña a las revoluciones sociales? ¿Es posible un ejército al servicio de los intereses de la clase trabajadora? ¿Puede un ejército tener una estructura que no sea autoritaria? ¿Pueden las piedras hacer frente a los fusiles? Estas son solo algunas de las preguntas que se han planteado los revolucionarios a lo largo de la historia.

Con esta serie de artículos pretendo realizar un repaso histórico del carácter bélico de las revoluciones sociales (desde las revueltas de esclavos del mundo antiguo, pasando por las revoluciones burguesas hasta llegar a los movimientos revolucionarios del siglo XX y de nuestra propia época), de las soluciones que buscaron los revolucionarios al problema militar en cada una de ellas, las distintas posturas que engendró este debate y las consecuencias de su aplicación.

No me abstendré sin embargo de ofrecer una visión crítica de este fenómeno, pues pretendo no solo mostrarlo, sino también llegar a una comprensión sobre el tema que nos permita avanzar en nuestro entendimiento de lo que supone el conflicto revolucionario.

Invito pues a las lectoras y lectores a que sigan atentamente estos artículos y no se contengan en ningún momento a la hora de dar su opinión.

*Reclus, ELISEO, Evolución, revolución y anarquismo, 1897.

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