El movimiento estudiantil libertario en la memoria

El adanismo es algo crónico en el movimiento estudiantil. Cada generación de estudiantes piensa que es la primera en organizarse y luchar, provocando que el movimiento deba empezar de cero cada vez que surge, lo que dificulta su avance, el establecimiento de nuevos objetivos y su conquista.

La historia del movimiento estudiantil revolucionario en el Estado español sufre una doble ocultación. Primero, la de los propios contemporáneos, dado que el movimiento (a diferencia del sindical) nunca poseyó grandes organizaciones que se alargaran en el tiempo y el tardío acceso del proletariado español a niveles medios y superiores de educación convirtió este movimiento en un agente minoritario. En ocasiones marginado incluso por el resto de fuerzas revolucionarias. El segundo ocultamiento es el que la propia historiografía realiza, pues por lo general las referencias a los movimientos estudiantiles del pasado se limitan a unos cuantos tópicos que lo mismo sirven para explicar los levantamientos estudiantiles medievales que mayo del 68.

Dentro del movimiento libertario es el sector estudiantil el que ha perdido su memoria de una manera más drástica. Prácticamente todo afiliado de CNT o CGT conoce eventos como la Huelga de la Canadiense, Casas Viejas o los Hechos de Mayo y le sonarán nombres como Salvador Seguí, Federica Montseny, Buenaventura Durruti, Lucía Sánchez Saornil o García Oliver. El pasado de otras organizaciones como la FAI, las Juventudes Libertarias o Mujeres Libres, aunque de forma más esquemática, también es conocido. Pero no ocurre lo mismo con los triunfos y derrotas del movimiento estudiantil libertario.

Dado que la educación siempre tuvo un lugar de honor entre el programa del movimiento libertario –algo que aparece ya escritos como La instrucción integral de Bakunin o A los jóvenes, de Kropotkin y que en el Estado español se señala en la importancia que se da a un pedagogo como Ferrer i Guàrdia, la proliferación de Ateneos libertarios y escuelas racionalistas o el proyecto del Comité de Escuela Nueva Unificada (CENU) en la revolución–, la inserción del anarquismo en el movimiento estudiantil no tardó en ser también uno de los objetivos.

La primera organización estudiantil de tendencia libertaria sobre la que tenemos constancia fue la BONSF (Federación Búlgara de Estudiantes Anarquistas), que se funda en 1932 vinculada al anarco-comunismo búlgaro de la Federación de Anarquistas Comunistas de Bulgaria (FAKB), movimiento que lleva a cabo una potente lucha entre 1919 y 1948, en ocasiones armada y finalmente desarticulada por el régimen del Partido Comunista Búlgaro.[i]

Durante la segunda república española la constitución de un movimiento estudiantil de masas queda muy limitada debido a que el acceso a una educación superior está limitado al estudiantado de origen burgués y pequeñoburgués. En total, la población estudiantil española no superaba las treinta mil personas.[ii] El anarquismo, ya completamente volcado por entonces a la labor sindical, estaba ampliamente implantado entre el proletariado industrial y los jornaleros sin tierras. Su presencia en otros sectores de la sociedad, como la intelectualidad, era mucho más marginal.

Así, las principales organizaciones estudiantiles serían la Unión Federal de Estudiantes Hispanos (UFEH), inicialmente republicana-progresista y posteriormente invadida por militantes de las JSU y el Sindicato Estudiantil Universitario (SEU), vinculado a la FE-JONS. Con todo, estas dos siglas eran motas de polvo en un mundo de grandes organizaciones de masas y antes de la guerra ninguna superaba los cinco mil adherentes.

Es comprensible pues que el anarquismo tardara tanto tiempo en crear su propia organización estudiantil con unas fuerzas tan limitadas. Lo hace en 1935, bajo el nombre de Federación Estudiantil de Conciencias Libres (FECL).[iii]

En esta primitiva federación encontramos militantes como Ada Martí, que contaba por entonces con veinte años. Escritora brillantísima que vería su vida, como tanta otra gente, muy dificultada tras la guerra.[iv] O Eduardo Vivancos, de solamente quince y que se convertiría, ya en el exilio, en un destacado miembro de la FIJL, esperantista y pionero del taoísmo en occidente.

La FECL defendía la formación de un estudiantado crítico. En su primera etapa, previa al estallido de la revolución, se dedicaría a la organización de charlas, debates, conferencias y excursiones, editando además una revista: Evolución. Tras la contundente respuesta proletaria al golpe militar señalará la necesidad de profundizar la revolución en el terreno educativo para derribar las relaciones de autoridad entre enseñantes y estudiantes y extender la educación a todo el pueblo trabajador.[v] Sus militantes gestionarán el “Institut LLiure” situado en el paseo de Gràcia, trabajando en la formación del proletariado.

El movimiento estudiantil libertario se desarrolla entonces en un momento de plena efervescencia revolucionaria que también afecta a la educación. El CENU, en manos de los sindicatos, logra la plena escolarización infantil en Cataluña y se funda en Barcelona la Universidat Popular para garantizar el acceso a la educación superior de una clase trabajadora que al fin maneja su propio destino.

Con el desarrollo de la guerra la FECL se va situando en contra de la línea oficial de la CNT-FAI, siendo muy crítica tanto con la colaboración en el gobierno de Largo Caballero como con el culto en torno a ciertos dirigentes –la propia Ada Martí escribiría un artículo criticando el endiosamiento de la figura de Durruti tras su muerte–. La FECL se sitúa por tanto en las posiciones de la Agrupación “Los amigos de Durruti”, contraria a la militarización de las milicias; o de Mujeres Libres, que reclamaba una profundización de la revolución en lo que se refiere a la liberación femenina. Las tres organizaciones serían, en consecuencia, marginadas del movimiento libertario oficial.

En diciembre de 1937 la FIJL convoca en Valencia una Conferencia Estudiantil[vi] a la que acuden tanto la FECL como los grupos estudiantes de CNT, presentes sobre todo en Cataluña. Se decide, aunándolos a todos, la fundación de la Federación Ibérica Estudiantil Revolucionaria (FIER), haciendo especial hincapié en no quedarse únicamente en el terreno del debate ideológico, sino conseguir una mayor implantación mediante el sindicalismo estudiantil.  El movimiento sale reforzado en Cataluña, llegando a sacar una publicación, la revista Fuego.

Pero la organización llega tarde. La revolución ya había sido derrotada en mayo con el putsch estalinista que derriba al gobierno de Largo Caballero y pone freno a las principales conquistas. Sin embargo, el trabajo de los militantes de la FIER no cesa y muchos estudian o colaboran con los Institutos Obreros fundados en diciembre de ese mismo año. El propio Vivancos lo haría hasta que fuera llamado a filas, pasando a combatir dentro de la 26 División, antigua Columna Durruti. Como él, muchos otros militantes del movimiento estudiantil libertario ingresarían en un momento u otro en las milicias o en Ejército Popular.

Lamentablemente una organización como la FIER no tenía mucho sentido ni en la clandestinidad –donde la prioridad son los miles de presos– ni en el exilio –donde no hay ya estudiantes– y la organización muere con la victoria del fascismo. Aplazadas quedaban las ilusiones de sus militantes: promesa de un futuro mejor, en que estudiar no fuera un privilegio, en que el saber crítico estuviera por encima de la autoridad académica, de centros gestionados por las propias comunidades educativas. De una universidad realmente universal. El movimiento libertario, por su parte, tardaría mucho tiempo en recoger su testigo.

Hoy, a ochenta años de estas experiencias, se hace necesario recordarlas. Olvidar nuestra historia es renunciar a existir.

[i] Smichdt, MICHAEL, La línea anarquista comunista de masas: El anarquismo búlgaro en armas, en anarkismo.net, 2009.

[ii] Mitchell, BRIAN R., International historical statistics: Europe 1750-2000, Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2003.

[iii] Fernández Soria, JOSÉ MANUEL, Cultura y libertad. La educación en las Juventudes Libertarias, Universidat de Vàlencia, Valencia, 1996.

[iv] Guillamón, AGUSTÍN, Ada Martí (1915-1960), en alasbarricadas.org, 2013.

[v] FECL (26 de agosto de 1936). Sentando Posiciones. Solidaridad Obrera nº1362.

[vi] Krimo, BEN (11 de diciembre de 1937). La Federación de Juventudes Libertarias convoca una magna conferencia nacional de estudiantes. Solidaridad Obrera nº1755.

 

[Traducción] Un Debate sobre la Política de Alianzas

Caminos de un proyecto militante

Introducción

La política de alianzas de una organización anarquista, de una tendencia, o de un movimiento social responde básicamente a dos cuestiones: con quién y cómo nos vamos a unir para alcanzar un determinado objetivo, sea este de corto (objetivo táctico), medio o largo plazo (línea estratégica). La Política de Alianzas sólo puede ser eficiente cuando responde a un programa propio bien establecido (comprendido por sus militantes), que es posible aplicar. La discursión del programa precede a la discursión de las alianzas. Para saber con quién y cómo nos vamos a unir de forma transitoria o permanente, debemos saber para qué vamos a hacerlo, y eso sólo es posible si sabemos con toda certeza lo que queremos concretamente. Saber lo que queremos es basicamente trazar planos de medio y largo plazo. Si no sabemos lo que queremos, nos vamos a guiar por las demandas y urgencias de las agendas de los dominadores, en vez de construir nuestras agendas y, por tanto, pautar nuestro ritmo de lucha. El programa y la formación de la línea estratégica (conjunto de objetivos, estrategias y tácticas) de una determinada organización, que sirve de base a todos sus miembros y orienta toda su actuación. El programa define a los determinantes de una organización determinada los «caminos» con los que llegar a ciertos objetivos y qué «herramientas» «usarán» sus militantes para que éstos sean atendidos.
Aplicar una Política de Alianzas eficar requiere que la organización fortaleza más intensamente ciertas relaciones políticas en detrimento de otras y priorice determinadas actividades en su militancia. Pues, como diría Bakunin, «quien mucho abarca poco aprieta». No definir con nitidez una política de alianzas, significa articularse políticamente al azar; a la buena ventura de alianzas f´ragiles e inestables que, lejos de contribuir con los objetivos de la organización, la subordinan a un programa ajeno o tornan su acción impotente. Como nuestras energías militante sson escasas, definir con quién nos vamos a relacionar políticamente y cómo van a darse estas relaciones es fundamental, no solo para prevenir el exceso de sobrecarga de nuestros militantes (hecho corriente en los movimientos sociales) sino también para lograr que la organización avance siguiendo sus objetivos estratégicos.
La unidad con otros sectores políticos  –  sean ellos organizaciones ideológicas o del movimiento popular  –  no debe buscarse a cualquier coste, ya que la unidad de acción no puede significar someter o postergar nuestro propio programa, mucho menos nuestros principios. Una organización que tenga lucidez programática y de contuinidad en su propio trabajo social conseguirá firmar alianzas correctas sin quedar presa de las coyunturas, caminando, así, rumbo a los objetivos que decidió atender.

Entre a la Política de Alianzas y las Redes Informales

La política de alianzas es diferente de lo que muchos movimientos sociales, autónomos y otras corrientes del anarquismo llaman fortalecimiento de las «redes». No podemos olvidar que, dentro de los movimientos sociales, sindicatos o comunidades en que trabajamos, hay redes informales, sin «estructura» (o sea, no están restructuradas por algún tipo de regulación «institucional» qu elas defina), que forman y construyen relaciones afectivas, sociales y políticas entre sus sujetos. Ignorar la existencia de esas redes es reducir el trabajo militante a cierta miopía política, incapaz de percibir las distintas relaciones que los sujetos van estableciento perifericamente, o en su interior. Esto puede ser desastroso en una práctica política que se desea «inmediata», atropellando relaciones que merecen sensibilidad por parte de nuestra militancia.
Sin embargo, una organización política anarquista de matriz especifista, debe trabajar siempre en el sentido de avanzar más allá de esas redes informales. Esto no significa creer que estas redes dejen de existir, sino, simplemente, que la organización trabaja para formalizar sus estructuras, impidiendo que esas redes informales «asuman» el control de procesos decisorios en los movimientos sociales en que están. Tarea importante en este sentido es, por ejemplo, formalizar los procesos de ingreso de los militantes y decisión en los movimientos sociales en que actuamos, en vez de dejar que una cuestión política sea establecida por meras relaciones informales.  El problema de la manipulación de los movimientos sociales por los partidos políticos está, en gran medida, determinado por falta de estructuras claras de decisión que posibilitan, a todos sus participantes, entender la dinámica de su funcionamiento. Interesa a grupos más organizados (o liderazgos «carismáticos») mantener los movimientos sociales inestructurados internamente, o mal estructurados, para seguir manteniendo el dominio interno sobre sus miembros y las relaciones de poder «intactas» (no siempre conscientes).
Otro punto importante es trabajar para superar la mentalidad que cree que cada trabajo aislado, descentralizado y (des)estructurado en redes informales y formales de relación, contribuye decisivamente a una transformación radical de la sociedad. Al contrario que algunos marxistas, nosotros sabemos que una revolucación también está hecha de aspectos espontáneos que son difíciles de preveer o analizar adecuadamente. Pero en ningún momento, como anarquistas organizados, creemos que los proyectos revolucionaros acontazcan espontáneamente, como nos acusan «eternamente», como un disco rayado, nuestros adversarios. Una revolución sólo acontecerá con mucha organización. Por lo menos, esa es la lectura de los procesos históricos revolucionarios, que solamente ocurrieron después de que fueran antecedidos por un trabajo militante de muchos años o décadas. Los procesos revolucionaros o insurreccionales amplios también acontecen cuando una política de alianza amplia de los oprimidos es realidaza efectivamente. Vimos eso en la Revolución Rusa, en que campesinos y obreros participaban cogidos de la mano en los sóviets; en la Revolución Española, en la que los trabajadores del campo y de la ciudad formalizaron alianzas estables y también, asistimos a los límites de la política de alianzas cuando, por ejemplo, los estudiantes franceses intentaron, sin éxito, establecer una política de alianzas con sus compañeros trabajadores, resultando en la incapacidad del movimiento en transformarse en una verdadera revolución.
Más recientemente, el éxito de una política de alianzas estable fue la formación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca en 2006, que reunió organizaciones populares de todos los colores en una sola coordinadora. La Revuelta de Oazaca aconteció justamente cuando una política de alianzas eficaz fue realizada entre profesores, estudiantes y amas de casa, caminando por un proceso insurreccional amplio. Si una organización política o movimiento social no sabe con quien va a aliarse, provablemente no sabe también qué objetivos a medio y largo plazo quiere cumplir.  Esto es porque tal vez muchos de sus miembros son contrarios a la burocratización, cuando en realidad, organizarse, parafraseando a Errico Malatesta, es la única garantía eficiente contra la burocratización, y no al revés. Algunos de esos militantes pueden creer también que, en la militancia, las cosas van ocurriendo «espontáneamente», hasta un día en que un punto crítico en la relación entre las clases «explotará» en la forma de una revolución. Salvando las distancias, esa idea es semejante al mito marxista de la contradicción causada por el desarrollo crítico de las fuerzas productivas. El fondo común de esas ideas es siempre la disminución de la dimensión posible de acción humana y, por tanto, que los propios militantes se eximan de la responsabilidad sobre la ineficiencia de la táctica escogida por sus movimientos y organizaciones.
Una organización  y un movimiento social que se hayan estructurado de acuerdo con el avance de su trabajo se verán confrontados, en algún momento, con los límites de sus demandas. Hoy, en Brasil, vemos una serie de movimientos sociales e iniciativas populares completamente divididos y, peor aún, divididos por demandas extremadamente específicas. Hay colectivos culturales, cooperativas de consumo y producción, colectivos feministas, de educación, arte o agroecología que, en muchos casos, se reestringen a cumplir sus propias demandas. Esta sectorización de los movimientos sociales es vista por algunos como una consecuencia de la nueva configuración que los movimientos asumen en un mundo cada vez más avanzado: lo que algunos llaman de modernidad líquida o posmodernidad. Es elmito de la historia que se desarrolla pacientemente ante los ojos de los acotres. Desde esa perspectiva nos queda que «naveguemos sobre las olas» de la historia y aceptar el destino que alguna fuerza oculta ha establecido secretamente. Pero no nos engañemos con esta auto-ilusión. La historia no se desarrolla por sí mismo y no es producto de una fuerza secreta (o de las fuerzas productivas, en el mito hegeliano-marxista descrito anteriormente). Aunque reconozcamos que existen cambios que no podemos controlar la acción humana y de las obras creadas por los individuos es decisifa. Las ONG´s han sabido aprovechar (y reforzar) este movimiento. Sectorizan las demandas de la clase trabajadora y enganchan la resolución de estas demandas en los acuerdos con el Estado. El resultado de este movimiento es la incapacidad de la clase trabajadora y de los oprimidos para forjar instrumentos efectivos para contraponerse al Estado y a la burguesía.
Eso no significa que, como organización política anarquista, debemos despreciar las metas de los movimientos sociales en los que estamos insertos. Esta es la práctica del leninismo, que condenanos y repugnamos como libertarios. Pero es preciso trabajar para quela sectorización sea superada y no reforzarla apelando siempre a una supuesta «singularidad» de lad luchas. Un movimiento que tenga una demanda específica (como por ejemplo la cultura) puede, en el avance de su trabajo, efectivamente integrar otras formas de lucha, o establecer una política de alianzas eficaz, que consiga superar la sectorialización.
Las luchas y sus condiciones de expansión son obviamente siempre singulares, los contextos históricos en los que emergen también. Pero no podemos extraer ninguna «regla» general de los procesos revolucionarios o de los movimientos sociales en su dinámica organizativa, eso no significa decir que ninguna forma de conocimiento o de análisis sea posible. Por tanto, un análisis de procesos reales implica examinar sinceramento los éxitos y los fracasos, intentando incorporar críticamente elementos que puedan hacer eficaces la organización política y los movimientos sociales en los que militamos.
Una perspectiva interesante es trabajar para agregar diferentes demandas a un mismo movimientos social, en vez de insertarnos en distintos movimientos sociales sectorializados. El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin-Tierra (MST), a pesar de tener como bandera central la cuestión de la tierra, sabe como la cultura, la educación y otros elementos, son fundamentales en la constitución del movimiento. Otros movimientos con los que tenemos contacto y respetamos trabajan en el sentido de resolver diferentes demandas en el interior de un mismo movimiento: económicas, culturales, educativas y profesionales. En el caso de que sus militantes huiieran elegido crear un grupo, colectivo o movimiento para cada demanda (una cooperativa económica, un colectivo de cultura, un grupo de arte, etc.) no tendría el éxito que hoy poseen en muchos casos.
Es central que reforcemos el aspecto clasista de nuestra propuesta. Una propuesta de clase debe ser el»cimiento»  que une las diferentes demandas de los trabajdores. Lo que la clase dominante teme es, justamente, cuando esos movimientos superan su especifidad y se insertan en un proyecto popular amplio y clasista que articule, en las bases que aprendemos con Bakunin y Malatesta, un verdadero arco de oprimidos. La tarea de la organización política anarquista es justamente potenciar como minoría activa la estructura de los movimientos sociales en los que está inserta. Un movimiento social bien estructurado y organizado supera la mentalidad de las redes y formaliza sus objetivos, métodos y estrategias. Y, principalmente, consigue formalizar eficientemente su política de alianzas. Para formalizar una política de alianzas los agentes históricos, o sea, los militantes de carne y hhueso, deben asumir que son ellos los responsables de efectuar esa política. Hoy no hay ninguna organización anarquista (o de la izquierda) que consiga participar en todas las luchas. Una organización que opte por involucrarse «en todas las luchas» probablemente no tiene un programa estratégico bien definido, o este no es comprendido por sus miembros. Puede ocurrir que esta participe superficialmente en las distintas luchas en detrimento de su trabajo de base, lo que tendrá consecuencias terribles a largo plazo para la organización.
Un programa bien definido prioriza ciertas actividades y, por tanto, participa en aquello que contribuye al proyecto estratégico de la organización. Si no hay entendimiento sobre lo que contribuye o no a ese proyecto, la organización probablemente no interiorizó su programa. Tener un horizonte estratégico implica decir «no» a ciertas actividades y participar en otras con más intensidad. Lo contrario de esto es participar aleatoriamente en lo que aparece, sin reflexionar, ni siquiera rápidamente, sobre en lo que y por qué nos estamos involucrando en una actividad determinada. Reitero que este trabajo de reflexión no es un trabajo «separado» de la realidad, en muchos casos acontece en el interior del proceso, en el «ojo» del huracán», entre errores y aciertos de la organización política.
Un programa político y un horizonte estratégico bien definido, por lo tanto, hacen que no subordinemos nuestra militancia a lo que de más visibilidad en el momento, o que la prensa burguesa cubra con más atención. Ese es el caso de muchos partidos trotskistas, que se guían de acuerdo al oportunismo de la ocasión. La actuación de vanguardia es profundamente dependiente de la imagen de «estar en todas las luchas» (aunque en muchos casos sea superficialmente). Esta imagen construída sirve como polo de atracción paa nuevos militantes. Aún así es preciso no caer en el otro extremo. Hay luchas y actividades que, aunque distantes del plano tráctico que la organización política ha establecido, puden ser actividades interesantes para la propaganda de esa organización o de determinado movimiento social. Una organización con un trabajo de base relevante, pero que no «aparece», corre el riesgo de trasmitir una imagen política asimétrica. Creo que no hay una regla a seguir, más allá de que los militantes de «carne y hueso» vayan corrigiendo entre errores y aciertos la línea estratégica de la organización y su política de alianzas en su propia dinámica. No discutir eso puede trajer prejuicios a toda organización y limitar profundamente el alcance de su política.
Es fundamental que los/las militantes tengan conciencia de que la organización política anarquista nunca está acabada y que discutir una política de alianzas eficaz es saber con quien podemos contar para los próximos pasos en una empresa que solo puede ser colectiva.
Rafael V. da Silva
Septiembre de 2012
Referencias
DANTON, José Gutiérrez. Problemas e Possibilidades do Anarquismo. São Paulo, Editorial Faísca, 2011.
FREEMAN, Jo. A Tirania das Organizações Sem Estrutura, 1970. Disponible en http://www.nodo50.org/insurgentes/textos/autonomia/21tirania.htm. Visitado en 03/08/11.
Publicado en Anarkismo.net

 

Dogma, estrategia y flexibilidad

Debo decir, antes de seguir con esta disertación, que me siento algo decepcionado. Ayer el compañero Dacoal prometió que sacaría un artículo capaz de levantar ampollas entre los guardianes de las esencias, de remover las conciencias de los defensores de la ortodoxia anarquista. Por el contrario, el compañero publica un texto lleno de proclamas mil veces repetidas ya, que nada nuevo aportan al viejo debate entre el cambio desde las instituciones burguesas, la reforma, o desde la transformación económica y social, la revolución.

Ninguna ampolla me levanta este artículo, aunque sí siento la necesidad de responderlo. El compañero ha cometido un error que no suelen cometer los que defienden posturas reformistas desde los tiempos de Berstein: ir a debatir a casa de los radicales. Creo que solo alguien muy mal intencionado podría acusarme a mí de ser un guardián de la ortodoxia, pero hay asuntos que no son cuestión de dogma, sino de estrategia política producto de décadas de análisis.

Me alegra ver que, al menos, tanto el compañero como yo partimos del mismo punto. A ambos nos llena de rabia e impotencia el desalojo del Can Vies, Centro Social Okupado desde hace 17 años desalojado ayer por las fuerzas de la Generalitat. Pero hasta ahí coincidimos.

Nos lanza el compañero la pregunta de si esto habría ocurrido con un ayuntamiento controlado por las Candidaturas de Unidad Popular. Debo aquí recordar, por si se le ha olvidado, que los mossos son la fuerza armada de la Generalitat, no una policía local a las órdenes de un ayuntamiento. El compañero no propone ya la táctica municipalista, pregonada por algunes seguidores de Murray Bookchin, de conquistar los ayuntamientos para sustituirlos al día siguiente por juntas populares, sino entrar a participar en el juego parlamentario como una fuerza más, que es justo lo que proponen las CUP. El Can Vies solo se salva con un pueblo fuerte y un pueblo fuerte no es un pueblo con concejales, sino organizado y dispuesto a defender sus conquistas.

Entonces, ¿tomamos la Generalitat también? El compañero parece haber olvidado que lo político no es desligable del complejo mundo de relaciones económicas y sociales. Controlar el gobierno, expresión política del Estado, no es tener el poder. ¿Cuántos Allendes necesitamos para darnos cuenta de ello? Si la clase dominante pretende algo puede pasar por encima de cualquier ayuntamiento, de cualquier gobierno, o de cualquier legislación. Mientras sea clase dominante, es decir, mientras posea los medios de producción que le aseguran su poder material, podrá hacerlo.

Quienes defienden tesis electoralistas, como los municipalistas de las CUP, no tardan en abandonar su municipalismo de “democracia por lo cercano” para lanzarse a las elecciones autonómicas. Hay quienes, incluso, utilizan el municipalismo como un señuelo para justificar su apoyo a participar en elecciones a instituciones tan “cercanas” como el parlamento europeo.

Rondamos ya los tres siglos de capitalismo. ¿Cuánto tiempo más vamos a necesitar para darnos cuenta que mandar gente a los parlamentos no sirve? El problema es que ya ni siquiera se mantiene el sueño socialdemócrata de mandar obreros a las instituciones. Directamente nos contentamos con poner en ellas a profesores de ciencias políticas, o lo que es lo mismo, tecnócratas. Es una lástima que la única alternativa que algunas personas ven al modelo neoliberal del imperialismo americano y europeo que un modelo inspirado en el “socialismo” bolivariano (lo de socialismo todavía debe demostrarse en países donde la burguesía se sigue enriqueciendo, aunque ahora lo haga un poquito menos) enmarcado en los circuitos comerciales del imperialismo chino y ruso. Es decir, gente para la que la clase trabajadora sigue teniendo el mismo papel: trabajar para enriquecer a la clase dominante.

En lugar de vernos absorbides por estos movimientos, como ya ha hecho el compañero Dacoal, debemos levantar una alternativa política radical. Somos conscientes de que la transformación política de la sociedad solo es posible con su transformación social y económica, y que tal cosa es imposible lograrla desde arriba, siendo necesarias las herramientas de abajo: la organización y la expropiación.  Hay que señalar el camino: el socialismo solo puede construirse desde abajo.

No hay aquí ningún dogmatismo y si el análisis producto de siglos de capitalismo y décadas de reacción neoliberal. No es de extrañar que las ideas de la clase dominante, como la de que el Estado es una herramienta neutra que puede ser controlada por cualquiera, se reproduzcan entre nuestras filas. Pero esos dogmas hay que combatirlos. En el periodo histórico al que nos enfrentamos necesitamos, si, de una máxima flexibilidad táctica, pero también de una absoluta firmeza en los principios, en la estrategia.

Con paso firme hacia la organización estudiantil libertaria

El movimiento libertario avanza hacia la formación de una federación estudiantil en el Estado español. Es necesario pararse a reflexionar lo que este paso significa en las actuales condiciones. 

Desde hace más de treinta años el anarquismo se encuentra, como movimiento social y político, desplazado a una situación de marginalidad en el Estado español. Aquello que no consiguió eliminar cuarenta años de dictadura franquista fue gravemente herido por el pacto socioliberal, por un entendimiento entre clases antagónicas que solo ha jugado a favor de la clase dominante. Todo se complicó todavía más tras el desplome del proyecto del socialismo de Estado en la Unión Soviética, ya era prácticamente imposible hablar de izquierda, de transformación social, de una alternativa al modelo capitalista que asesina y esclaviza.

Hoy nos encontramos en una fase de reacción neoliberal. El capitalismo se deshace de todas sus ataduras para lanzarse a la conquista de todos los mercados posibles. Debemos ser conscientes de que, tras las deslocalizaciones industriales, la clase obrera europea se encuentra en una situación que nada tiene que ver con la de principios del siglo pasado. Cuesta hoy imaginar el levantamiento de grandes centrales sindicales desde la que realizar todas las luchas sin un proletariado concentrado en grandes industrias. Si algo hemos aprendido de quienes han sabido luchar en esta fase histórica es que es necesaria la resistencia y pelear por cada pequeño espacio, por cada rincón en el que el sistema pueda sufrir de contradicciones. Ahora más que nunca es el momento de quienes pregonamos el cambio sumando desde abajo y no conquistando desde arriba.

Actualmente el neoliberalismo ataca todo aquello que fue creado para mantener el pacto de clase y que ahora mismo supone un palo en la rueda para el avance capitalista. Esto es, el aparato de servicios sociales administrados por el Estado. Aspirando a la máxima desregulación, a la máxima ganancia, colocan sus alambradas en nombre del libre comercio.

Es aquí donde debemos encontrar un espacio para la lucha. Porque el pueblo trabajador necesita sanidad, necesita educación, necesita cultura. Defender lo público puede parecer una contradicción desde un punto de vista anarquista, demasiado tiempo lleva el Estado acaparando lo que al pueblo pertenece. Por eso mismo nuestra lucha, nuestra alternativa, no debe quedarse en una defensa de lo público ante las políticas neoliberales, tal y como ya hacen social-liberales y socialdemócratas, sino representar un avance enfocado a despojar al Estado de lo público para ponerlo bajo gestión popular. No podemos limitarnos a construir redes de autogestión paralelas mientras la mayor parte de la clase obrera depende de aquello que se encuentra en manos del Estado, el proyecto expropiatorio y la autogestión de los servicios tienen ahora más sentido que nunca.

El anarquismo social, que ante los cambios sociales acontecidos no ha sido capaz de devolver sus organizaciones clásicas –los sindicatos de masas- a su anterior gloria, sin olvidarlas debe comenzar a levantar organizaciones que le permitan insertar sus alternativas en todos y cada uno de los terrenos de lucha. Es alarmante que ante la ofensiva neoliberal la única alternativa que se levante sea una izquierda reformista más o menos desteñida entre proclamas populistas, es el momento de reafirmar la validez de una alternativa radical para la resistencia y la transformación.

En este terreno la existencia de una organización estudiantil de orientación y práctica libertaria puede jugar un papel fundamental. Es cierto que la categoría estudiante es interclasista, pero no es menos cierto que, desde la construcción de la educación de masas, la inmensa mayoría del estudiantado proviene de la clase trabajadora. Es por tanto un terreno en el que merece la pena estar presentes. El sindicato, estructura por naturaleza estable pero también relativamente rígida, se ha mostrado poco eficaz para insertarse en el movimiento estudiantil. Es necesario, sin embargo, recordar que la organización estudiantil que surja no puede dejar de lado ni un solo momento el proyecto de la clase trabajadora, trabajando en estrecha colaboración con el resto de organizaciones revolucionarias de clase. Lo que puede traer la inserción de estudiantes, futures trabajadores, en un proyecto de clase y en el movimiento libertario, solo lo puede aclarar el tiempo. Pero apuesto a que no puede ser malo.

En estos momentos el movimiento estudiantil en el Estado español se encuentra en una situación de fragmentación que solo nos abre oportunidades. El Sindicato de Estudiantes, formación de régimen desde los años 80, se encuentra reducido a su mínima expresión, incapaz de responder a la agresión neoliberal y solo sostenido por unos medios oficiales cada vez más puestos en duda. Por lo demás, la izquierda reformista intenta levantar una coordinadora que suponga una correa de transmisión a sus políticas, sin lograr todavía demasiado éxito. Solamente en aquellos territorios con movimientos de liberación nacional fuertes encontramos un movimiento estudiantil relativamente articulado en torno a esas corrientes.

El movimiento estudiantil es de naturaleza inestable, dado a la espontaneidad y poco dado a formar estructuras que permanezcan en el tiempo. Pero también es uno de los terrenos más receptivos a las prácticas asamblearias y terreno fecundo para la expresión práctica de las alternativas libertarias de organización y actuación. El papel de la organización estudiantil libertaria en el mismo es claro y pasa por compensar sus defectos, aportando estabilidad y un proyecto a largo plazo; y potenciar sus virtudes, haciendo crecer las estructuras asamblearias y federativas del estudiantado, dándoles un carácter combativo y previniendo su instrumentalización por parte de organizaciones partidistas.

Ante el fracaso del modelo educativo social-liberal y el descontento que produce el nuevo modelo neoliberal debemos potenciar la creación de un nuevo proyecto educativo, lanzado desde el movimiento estudiantil en alianza con les trabajadores de la educación y al servicio del pueblo trabajador. Un modelo con la educación que queremos, justo la contraria a la que nos venden. Ante su oscurantismo religioso, racional y científica; ante su autoridad, libertaria; ante su lógica patriarcal, feminista y liberadora; ante su segregación, una educación integral que aune lo técnico con lo intelectual; ante su interés mercantil, al servicio de la sociedad; ante su uniformidad, diversa; ante su gestión estatal o corporativa, el pueblo trabajador dirigiendo su propia educación.

Con la celebración de un Primer Congreso Estudiantil Libertario en Madrid este verano se abre un proceso que podría conseguir que el anarquismo abandonara su situación de marginalidad como proyecto social y político. Nos encontramos ante una oportunidad como no la ha habido en décadas para construir alternativa, unidad, lucha y organización. Este proceso no puede venir si la voluntad de trabajar por este objetivo, de construir la organización desde la base, de diálogo y consenso; es decir, de federación. Caminamos firmemente hacia la organización estudiantil, caminemos también con paso firme hacia la emancipación completa de la humanidad.

¡Viva el Congreso Estudiantil Libertario!
¡Arriba les que luchan!

La empanada leninista

Recientemente las juventudes asociadas al PCPE, los CJC, han publicado en la edición digital de su revista Tinta Roja un artículo, escrito por Jorge Orts, dedicado por entero a explicar su particular visión del anarquismo. Como buen oportunista, aprovecho mi oportunidad para escribir una respuesta.

Ya en la entradilla del artículo comienza a anunciarse el tono general. Nos dice el camarada que, desde que Bakunin lo formulara, el anarquismo se convierte en un enemigo ideológico del marxismo leninismo. Esto es cuanto menos sorprendente, dado que para cuando Bakunin muere Lenin tenía seis años. El primer contacto de Lenin con el socialismo revolucionario le vendría, pocos años más tarde, por su hermano Aleksandr, precisamente de ideología anarquista. Resumiendo, que si tenemos en cuenta que Bakunin escribe la mayor parte de su obra en la década de 1860, se puede considerar un auténtico logro convertirse en un enemigo del marxismo-leninismo 40 años antes de la fundación del partido bolchevique.

Merece la pena detenerse en el tratamiento que hace el camarada de la historia a lo largo de todo el artículo. Parece ser que ahora el materialismo histórico consiste en ignorar los datos objetivos para que todo coincida con las directrices del partido. Dice que el anarquismo «toma fuerza a mediados del siglo XIX». El anarquismo a medidados del siglo XIX no toma fuerza, sino que empieza a formularse de la pluma de Proudhon. Es a finales de este siglo y, sobre todo, a comienzos del siglo XX, cuando el anarquismo vinculado al movimiento obrero se hace fuerte. La huelga de la CNT 1919 que logra las ocho horas en España; la semana trágica argentina que mantiene al gobierno una semana en jaque, también en 1919; el Biennio Rosso italiano entre 1919 y 1920; o la revolución anarcosindical de 1936 son todos eventos de comienzos del siglo XX.

Justo después el camarada nos relata que el anarquismo «cala especialmente en la pequeña burguesía y el campesinado con pequeños privilegios», siendo propio de aquellos lugares donde el capitalismo no ha alcanzado un gran estado de desarrollo y donde, por tanto, existe una pequeña burguesía asustada ante el avance. Si examinamos las zonas donde el anarquismo cobra especial importancia nos encontramos con la industrial Cataluña, donde es hegemónico entre la clase trabajadora (la clásica de los panfletos leninistas, con mono azul y todo), en el Norte de Italia (también eminentemente industrial), o en Argentina, uno de los pocos lugares de Latinoamérica que por entonces poseía un desarrollo industrial. En otros lugares, como EEUU, sindicatos revolucionarios afines al anarquismo como la IWW también alcanzarían un notable nivel de desarrollo (¿Hace falta recordar que los mártires de Chicago, primer lugar en el que se lograron las 8 horas, eran todos anarquistas?). Es cierto que el anarquismo también llega a tener implantación en áreas rurales como Andalucía, sin embargo, aquí no encontramos un campesinado pequeñopropietario, sino auténticos trabajadores del campo, sin ninguna clase de privilegio y a menudo sin más propiedades que sus manos desnudas.
El marxismo-leninismo, más bien al contrario, tiene su principal foco de desarrollo en la Rusia zarista, país atrasado y sin industria donde el campesinado sí era, tras la manumisión de los siervos, pequeño propietario. En otros lugares las filas de los partidos adheridos a la tercera internacional a menudo se llenarían de intelectuales orgánicos, esto es, pequeña burguesía, pero por lo general no de obreros. La Profintern, intento del marxismo-leninismo de constituir una internacional sindical, fracasó estrepitosamente. Tan solo lograría extenderse el marxismo-leninismo, tras la Segunda Guerra mundial, a otros países igualmente atrasados y de base campesinacomo las repúblicas del Este de Europa o lugares como China en el continente asiático.

El camarada llega incluso a confundir nombres, llamando «Internacional Socialista» a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Bakunin entra en ella, frente a los que querían convertirla en un partido parlamentario, defendiendo la necesidad de una AIT sindical y federalista. La causa de la escisión en la AIT no es pues el debate ideológico entre Marx y Bakunin (esto sería, desde luego, una concepción idealista de un hecho histórico) sino las tensiones orgánicas entre las regionales del Sur (Suiza, Italia o España), federalistas y las del Norte (Francia, Inglaterra), centralistas. Una concepción que tiene más que ver con las primitivas formas de organización obrera y sindical que se estaban desarrollando en esos países que con un debate de salón.
El anarquismo, dice el compañero, «coge el estado como una entidad abstracta y lo culpa de todos los males» centrándose únicamente en la abolición del Estado y, además «carece de bases científicas en su análisis». Quien afirma esto, evidentemente, no ha leído una sola página escrita por Kropotkin (reconocido ideólogo del anarquismo). Kropotkin, siendo un reconocido científico (geógrafo y naturalista) se apoya en un análisi científico para desarrollar sus tesis del Apoyo Mutuo. Lenin, por cierto, se entrevistaría con él para conseguir los derechos de reproducción de la obra para incorporarla al sistema educativo soviético. Otros científicos, como Elisée Reclus, participarían igualmente en la formación de las ideas anarquistas. Frente a ello, en la formación del marxismo leninismo, encontramos muchos políticos profesionales, pero científicos más bien pocos. También Kropotkin realizará un complejo análisis del Estado, como ya antes lo había hecho Bakunin, definiéndolo como el instrumento de mantenimiento de los monopolios, de sometimiento de una clase sobre otra y defiendiendo la necesidad de que la revolución acabe con el Estado y la propiedad privada de un mismo plumazo, pues la existencia de uno de los dos factores alimenta al otro.

El camarada no solamente no ha leído a Kropotkin sino que, aparentemente, tampoco ha leído a Marx. Dice que para éste el socialismo (asociado a la dictadura del proletariado) es una sociedad intermedia entre el capitalismo y la Comuna. Curioso, cuando Marx escribe «La guerra civil en Francia» en ningún momento argumenta que los franceses hayan necesitado de un estado intermedio para levantar su Comuna. Engels, el segundo padre del marxismo, dirá:

«Últimamente, las palabras ‘dictadura del proletariado’ han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí al dictadura del proletariado!».

Vaya, parece ser que la Comuna y la dictadura proletaria son para Marx y Engels exactamente la misma cosa. El socialismo, el estado intermedio del que habla Marx, no es una categoría política, sino económica, que se corresponde con un periodo en el que los medios de producción todavía no están lo suficientemente avanzados como para implantar el «a cada cual según su necesidad», siendo necesario un reparto de acuerdo al valor-trabajo.

El último párrafo parece una colección de tópicos sacados de algún cuaderno de primero de bachillerato. Dice el compañero que el anarquismo lleva necesariamente a la abstención. El anarquismo, contrario al parlamentarismo burgués, recurre a la abstención activa como táctica política, no teniendo problemas en abandonarla cuando ha sido necesario (caso de 1936, cuando el voto anarquista da el triunfo al Frente Popular). Tampoco reniega el anarquismo de la organización política de la minoría consciente, al contrario, es algo que promueve desde sus orígenes. Este es el caso del Partito Socialista Anarchico Rivoluzionario de Errico Malatesta, la Alianza por la Democracia Socialista de Bakunin, o de las distintas federaciones anarquistas y anarco-comunistas existentes actualmente (Federación Anarquista Ibérica, Federación Anarquista Uruguaya, Alternative Libertaire…).

La idea de formar cooperativas hasta lograr la revolución, si bien es formulada por Proudhon, es desestimada por absurda por todo el anarquismo posterior. La acción histórica del anarquismo se ha basado, ante teorías socialistas descendientes del jacobinismo burgués como el marxismo leninismo, en la transformación social de las fuerzas productivas (mediante la acción sindical) y en la transformación política de la sociedad (mediante la revolución violenta, expropiatoria y anti-estatal). Las ideas cooperativistas propias del socialismo utópico no aparecen en ninguno de los lugares en los que el anarquismo adquiere importancia. Es sin embargo la concepción burguesa del Estado socialista que posee el marxismo leninismo el que ha provocado revoluciones que han acabado en agujeros sin salida, siéndoles imposible abolir el Estado tras reforzarlo y volviendo, al cabo de unas décadas, al capitalismo de libre mercado (URSS, China, Vietnam…). Sirviendo, en este proceso, para reprimir procesos revolucionarios (Ucrania, Kronstadt, Cataluña…). El marxismo leninismo, al menos el que defiende el camarada Jorge, no llama a la cordura, sino a repetir estos experimentos fracasados en un arranque de idealismo y fetichismo.

El anarquismo es la corriente del socialismo crítica con las concepciones estatistas, que pone el acento sobre la necesidad de llevar  a cabo una revolución totalitaria que se desarrolle a todos los niveles en los que el capitalismo sufre contradicciones, teniendo en cuenta la necesidad material de eliminar no solo a la burguesía sino a la estructura política de denominación que reproduce el orden burgués.

Las cifras del Estado policial

“Cuerpo Nacional de Policía
siempre dispuesto al servicio de España
protector del ciudadano, de la Paz
y de nuestra Democracia,”
-Del himno oficioso del CNP.

Desde su constitución, en 1941, a partir de elementos destacados de la Falange o purgados del Cuerpo de Seguridad y Asalto republicano, la Policía Armada franquista, los grises, fueron uno de los principales pilares del régimen criminal instaurado. Aunque ya no sean tan impactantes, pues volvemos a vivir ese tipo de violencia en nuestras carnes, las imágenes de este cuerpo reprimiendo con violencia a trabajadores y estudiantes han pasado a la historia.

Sabemos que, para 1968, con una población de 32 millones de habitantes, contaban los grises con 20.000 efectivos. A estos hay que sumarles 60.000 efectivos de la guarda civil, la que se encargó de acabar con la resistencia del maquis, de vigilar las entradas y salidas del Estado-prisión español y de mantener, en el mudo rural, el statu quo de miseria agraria. Otros 8.200 tenía el Cuerpo General de policía, dentro de la cual se encuadraban las brigadas político-sociales, célebres por sus torturadores. Menor era el papel de las escasas guardias urbanas, que tan solo asumían funciones de asistencia y circulación y no constituían entonces cuerpos armados. No cabe duda de que, junto con el ejército y la iglesia, la policía era uno de los pilares del régimen franquista. ¿Cómo nos encontramos actualmente?

Están por todas partes.

Si los efectivos policiales del franquismo se acercaban a los 90.000, actualmente la cifra se ha inflado hasta ser el Estado español, según Eurostat, el país de la UE con más policías por habitante: 505 agentes por cada 100.000. La media es de 338.

Examinando los datos, nos encontramos con 90.181 efectivos de la Nacional y 84.400 de la Guardia Civil. El régimen autonómico también contribuye a aumentar la presencia policial sobremanera, sumando 30.000 efectivos las distintas policías autonómicas. Las policías locales presentes en 1700 municipios del Estado, encuadran unos 66.000 efectivos. En total, más de 270.000 elementos. Una cifra tres veces mayor que la de finales de los 60, con una población que solo ha crecido un 46%.

En definitiva, el régimen del 78 hace parecer ridículo al Estado policial franquista. Cabe decir que, desde la muerte del dictador, ninguno de los cuerpos policiales herederos de los de entonces ha sufrido una purga, limitándose a una centralización y a un par de cambios en la coloración del uniforme. Son los mismos, pero ahora son más.

Calabozos, dolor y miedo.

Jugando un papel tan importante en el mantenimiento del orden político de corrupción y privilegios desde hace décadas, la policía del Estado español ha demostrado poseer una notable impunidad para emplear toda clase de medios ajenos a lo que se considera un Estado de derecho, pasando por encima del derecho humano a no ser sometido a tortura, penas crueles o tratos degradantes.

Según Amnistía Internacional existe una total impunidad policial en casos de tortura, que se aplica especialmente contra personas extranjeras. Tampoco se cumple en ningún caso el derecho de los torturados a una reparación. De acuerdo al informe de la Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura en el año  2012 el CNP fue denunciado por tortura y malos tratos en 117 ocasiones, 19 la Guardia Civil, 32 los Mossos d´Esquadra, 15 la Ertzaintza y 26 las distintas Policías Locales, afectando estos casos a 851 personas. Estas cifras son solo una pequeña parte del total, teniendo en cuenta que buena parte de los torturados son inmigrantes indocumentados sin medios para denunciar. No son actos puntuales, ocurren por sistema y en todos los cuerpos. El hecho de que más de la mitad, 591 personas, fueran agredidas tras movilizaciones sociales, es prueba de lo que se pretende.

Solo en el año 2013 se produjeron, bajo custodia o en el transcurso de operaciones policiales, 43 muertes. Suman 916 desde 2001, cifras del Centro de Documentación contra la Tortura. La policía, en el Estado español, mata y mata impunemente. El indulto para los asesinos y torturadores queda, en el 100% de los casos, garantizado por el Estado. No se busca sino proteger una herramienta de terror político.

Un madero, mil lapiceros.

Las políticas neoliberales todo lo recortan, excepto la represión. Los presupuestos de 2013 aumentaban el presupuesto para antidisturbios en un 1780%, pasando de 173.670 euros a 3,26 millones. Por el contrario, se recorta en seguridad ciudadana. No hay excusa posible, no se pretende “combatir el crimen”, sino la protesta ante la miseria que pretenden imponer.

A esto se suma organización de nuevas unidades dedicadas exclusivamente a la represión. A los 2744 agentes de la UIP (Unidad de Intervención Policial) se suman 2.200 agentes de los 72 grupos de la UPR (Unidad de Prevención y Reacción). Distintas Policías Locales y Autonómicas  han creado también sus unidades represivas, caso de la UAPO en Zaragoza o la Brigada de Refuerzo de la Ertzaintza, ampliada en 2012.

Encontramos igualmente novedades en el material de estas unidades. Por nada menos que medio millón de euros, se ha adquirido un nuevo camión con cañón de agua, con una presión regulable de 10 a 16 bares de presión y 7000 litros de capacidad. Se busca sustituir los viejos camiones, que contaban con una autonomía de 4000 litros y cuyos cañones tenían una potencia mucho menor. Por lo visto, son muy necesarios más de 10 bares si se quieren sacar ojos a presión, como pudimos ver en Turquía cuando se emplearon vehículos del mismo tipo.

Ante las denuncias por el uso de las pelotas de goma, que han dejado 2 muertos y 11 pérdidas de ojo desde los años 90, se está procediendo a su sustitución por proyectiles de Foam en Cataluña. Este tipo de proyectiles son tan dañinos como las pelotas de gomas, sin embargo, se han impuesto gracias a la excusa de que “no rebotan y son más precisos” por lo que, al contrario que las pelotas, no darán “por error” a la cara u órganos vitales. Sin embargo, como ha denunciado el SUP (Sindicato Unificado de Policía), se está entrenando a los nuevos antidisturbios para saltarse los reglamentos y disparar por encima de las piernas.

Más dinero, nuevo equipo y una nueva generación de agentes entrenados para dar rienda suelta a la violencia represiva del Estado. Mientras el desempleo, la precariedad laboral y la destrucción de los servicios públicos extienden la miseria, se hace necesario blindar a un Estado cada día más autoritario.

Lo que está por venir.

Dice la presentación al Anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana que “El derecho a manifestación se ha ejercido ampliamente en los dos primeros años de esta Legislatura”. Pero, parece, que no se va a permitir que esto siga pasando. Tras dos años de gobierno del Partido Popular sus apoyos sociales comienzan a resquebrajarse y el pueblo trabajador comienza a ver que la solución a sus problemas pasa por la acción colectiva. La reciente victoria del barrio burgalés de Gamonal ante la especulación urbanística, desatando la solidaridad a lo largo de todo el Estado, es prueba de ello. Si hay estallido social, van a estar preparados, con una justicia que pasa por encima de los jueces en una distopía autoritaria que nos traslada a los cómics del Juez Dredd.

A este aumento del poder de la policía estatal hay que añadir los privilegios concedidos a la seguridad privada. En nuestro Estado existen 85.000 guardias de seguridad que, con la nueva Ley de Seguridad Privada, podrán detener, cachear e identificar en la vía pública. Un refuerzo a la represión que evidencia lo corporativo del régimen en el que nos encontramos.

Negar que nos encontramos ante el mayor Estado policial de Europa, en el que todo vale para defender los privilegios de una oligarquía caciquil, es ya negar la evidencia. Ante ello debemos actuar, debemos hacernos fuertes, reforzando los lazos colectivos y comunitarios contra la represión. Siendo conscientes de que entre los que roban y gobiernan y nosotros se encuentran ellos, una barrera de porras, cascos y escudos, contra la que más nos vale estar preparados.

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