¿Qué hacer ante un invierno sin gas en Europa?

La economía global se asoma al escenario de una profunda crisis provocada por el desarrollo de la guerra en Ucrania. La inflación se ha disparado en todo el mundo, y los bancos centrales anuncian subidas de los tipos de interés para tratar de atajarla. Los “halcones” de la austeridad y el neoliberalismo vuelven a hacerse fuertes en los think tanks de las finanzas internacionales. El breve interregno de hegemonía keynesiana vivido durante la pandemia ha llegado a su fin.

Los tipos de interés van a subir y, como ha avisado recientemente Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, la puesta en marcha de un mecanismo para evitar una nueva crisis de las primas de riesgo de las economías de la periferia europea vendrá, esta vez, acompañada de “condicionalidades”, es decir, de reformas neoliberales impuestas por Bruselas. Y nada asegura que este nuevo mecanismo logre contener, de hecho, las ofensivas de los capitales especulativos internacionales contra el euro, en un invierno que se anuncia como el del posible colapso de la Unión Europea.

Porque el otoño se prevé sumamente complicado para la economía de la Eurozona. El alza continuada del precio del gas impide asegurar que las reservas van a ser suficientes para evitar una situación casi caótica, si la Federación Rusa decide cortar el suministro durante el verano. Un accidente en una planta en Freemont (Texas) ha reducido los envíos de gas licuado (GNL) estadounidense a mínimos de los últimos meses. La convocatoria de varias jornadas de huelgas en Noruega, el más cercano suministrador alternativo a Rusia, significa una amenaza añadida para las reservas europeas, que hoy alcanzan un 60 % de la capacidad, lejos del 80 % que la Comisión se ha fijado como objetivo para noviembre. La posibilidad del racionamiento en los meses más crudos del invierno parece cada vez más cercana en países extremadamente dependientes del suministro energético ruso, como Alemania.

Europa ha empezado el año con un crecimiento del 0,3 %, según Eurostat. España, que a finales del 2021 crecía al 2 %, está incluso una décima por debajo de ese 0,3. La inflación está desbocada, superando el 10 % en España, mientras el Banco Central Europeo prevé que alcance más del 8 % en el conjunto de la Eurozona este año. La posibilidad de que, a partir de octubre, y en un escenario de corte del suministro energético ruso, Europa entre una situación de estanflación (es decir, alta inflación y caída en el crecimiento económico) es cada vez más plausible.

Pese a que al auge del turismo veraniego y los efectos de la reciente reforma laboral en la transformación de contratos temporales en indefinidos precarios mantienen el espejismo de una salida virtuosa de la crisis provocada por la pandemia, lo cierto es que la economía española difícilmente podrá abstraerse del caos general provocado por un invierno europeo sin gas. Las tímidas medidas tomadas por el gobierno para limitar el impacto de la guerra en Ucrania entre las capas populares no podrán sostener al país. La Comisión ha acordado recientemente que todos los estados miembros de la Unión deberán ser solidarios con sus reservas energéticas en caso de un shock de suministro. Será, también, difícil justificar los esfuerzos que esa solidaridad implica para las clases populares si, al tiempo, se hacen publicas las fuertes “condicionalidades” (en la forma de reformas de pensiones y degradación de los servicios públicos) que se esperan acompañen al mecanismo de salvaguarda monetaria del euro, de que hablamos anteriormente. Además. A deriva militarista de los presupuestos públicos, erosionará aún más el gasto social.

La clase trabajadora sufre los golpes de la inflación desbocada, aunque aún siga atada psicológicamente a la posibilidad de un brillante verano de desconexión de la pandemia. Christine Lagarde reconoce que los salarios reales llevan ya más de dos trimestres de descenso en Europa. El poder adquisitivo que la inflación arrebata a los trabajadores no se ve compensado por la correspondiente alza de salarios. La “responsabilidad” del sindicalismo oficialista es monolítica y suicida. Negociar congelaciones salariales y alzas de retribuciones que a duras penas superan el 2 % cuando la inflación se instala cerca del 10 % es subrayar, de nuevo, la ya tradicional visión, generalizada entre los trabajadores, de los sindicatos mayoritarios como anexos rústicos de los Departamentos de Recursos Humanos de las empresas.

En este escenario el sindicalismo combativo y los movimientos sociales se ven forzados a determinar su estrategia futura en un contexto muy problemático. Sostener al gobierno progresista y mostrar tibieza ante sus aventuras bélicas y sus medidas limitadas lleva a la izquierda social al descrédito entre los trabajadores y aumenta la confusión y la irracionalidad que, poco a poco, va instalándose en la conciencia de las clases populares. Intentar encabezar el descontento creciente y organizar la resistencia puede llevar a la elección de un gobierno de derechas y genera conflictos y tensiones cada vez más candentes con la izquierda institucional, que amenaza con vetar y maginar todo disenso con la estrategia parlamentaria de la “Nueva Política”.

Sin embargo, más allá de la confusión que ha instalado el reflujo del proceso de lucha del 15-M en la izquierda social, lo cierto es que el descontento de las clases populares es real. Se expresa, de momento, en abstención, comportamientos desviados y generalización de una cultura protofascista, tremendamente irracional y conservadora, que se presenta como “rompedora” y “antisistema”. Este descontento puede multiplicarse en un invierno de crisis y estanflación, como el fuego en una pradera seca.

No existe el vacío en política. Si el sindicalismo combativo y los movimientos sociales no expresan y dirigen el descontento, en toda su radicalidad, otros los harán. La extrema derecha está esperando su momento. Mejor digamos: la extrema derecha está aprovechando su momento y alimentando los caudales de la ira popular con irracionalismo, tradicionalismo y racismo.

El “momento hamletiano” de los movimientos sociales y el sindicalismo consecuente debe terminar. No hay que transmitir más confusión y dudas a la clase trabajadora. Debemos ser la expresión del descontento y organizar a los que sufren la crisis contra quienes la han creado. Y el gobierno ha contribuido a crearla con su megalomanía bélica y su progresismo de plastilina. Los compañeros y compañeras que están en la izquierda institucional deben elegir de qué lado combaten, y dejar de transmitir confusión y promover la inconsecuencia y la pusilanimidad entre los militantes sociales. Si el gobierno va a caer, mejor que lo haga acompañado de un proceso de autoorganización y movilización popular, que en una debacle de triste impotencia y luchas cainitas por las migajas institucionales que deja en su crisis la socialdemocracia.

En medio del caos que se avecina, transmitir claridad y elegir el bando de los de abajo sin vacilaciones es el medio más cabal para reconstruir una izquierda revolucionaria digna de ese nombre.

José Luis Carretero Miramar para Kaosenlared

Carta abierta a las y los jóvenes en lucha por el clima

El Rastro (Madrid), 18/03/2019

El pasado viernes me manifesté como vosotras por las calles de Madrid. Aunque cada día me parezca más lejano, hace apenas diez años que abandoné un instituto muy parecido al que recorréis todos los días y al que decidisteis faltar el pasado 15 de marzo para mostrar en la calle vuestro compromiso con la lucha contra el cambio climático. En estos diez años que me separan de muchas de vosotras he dedicado gran parte de mi tiempo a tratar de comprender cómo hemos llegado a la situación presente que hoy os alarma. También a intentar aclarar en mi cabeza a qué problema nos enfrentamos.

Me encuentro, como veis, en una posición extraña. A la vez cerca y lejos de vosotras. Lo suficientemente joven como para compartir la convicción de que el cambio climático es un problema que me afecta a mí y a mi vida, y lo suficientemente lejos como para no poder sentirme del todo una más de vosotras, en las que más bien veo a mi hermana pequeña (a la que recuerdo cambiar pañales y dar de comer hace ahora quince años).

Y desde ahí, desde ese punto un tanto indefinido, es desde donde escribo esta carta. Si habéis llegado a leer hasta aquí, no penséis que lo que pretendo es daros lecciones. Este movimiento es vuestro, y seréis vosotras las que tendréis que decidir qué hacer con él. Está claro, además, que ya os planteáis vuestras propias preguntas y buscáis respuestas que, al menos en mi experiencia, tienen la mala costumbre de ser un tanto escurridizas.

Lo que pretendo en estas líneas es transmitiros lo que quizá yo hubiera querido que ese hermano mayor que nunca tuve me hubiera contado cuando empecé a luchar por transformar este mundo. Escribo, de hecho, pensando en lo que hubiera dicho a mi hermana pequeña si me la hubiera cruzado el otro día por las calles de Madrid. Y son únicamente tres cosas, conclusiones personales de estos diez años de lucha y cuestionamiento que, por supuesto no son incuestionables. Para mí, sin embargo, han sido primordiales y me acompañan en casi todo lo que hago.

La primera es que el cambio climático no es ni el único ni el más grave de los problemas a los que hacemos frente a inicios de este siglo XXI. No voy a ofreceros datos, ni remitiros a informes, ni a alarmaros con plazos breves de acción. Tan sólo quiero señalaros que el proceso en el que estamos hoy inmersos más que a una crisis puntual, la climática, se parece a una especie de fallo múltiple de casi todo en lo que se ha basado la vida de sociedades como la nuestra en los últimos siglos. Y ahí un factor clave es el de la energía, en particular el petróleo.

Entre otras cosas, aquello que ha hecho de nuestras sociedades una verdadera excepción histórica ha sido la posibilidad de utilizar un combustible como el petróleo. Éste, en el fondo, está detrás de la construcción de nuestras ciudades, permite que vivamos en ellas como lo hacemos, ha generalizado la posibilidad de viajar mucho y muy lejos, ha permitido que la economía crezca, ha sostenido un aumento tremendo de la población, y muchas otras cosas. Pero también ha sido el causante de fondo, como sabéis, del cambio climático. Y no sólo.

El modo en que las sociedades humanas se han extendido por todos los rincones del globo ha tenido un efecto muy fuerte sobre el resto de la vida, vegetal y animal, del planeta. Nuestra forma de vivir ha arrasado en pocas décadas territorios enormes y ha puesto en tela de juicio el funcionamiento de muchos ecosistemas. De hecho, hoy se habla ya de que vivimos una Sexta Gran Extinción, de que nuestra mera presencia en el planeta es equiparable al impacto del meteorito sobre la tierra que acabó con los dinosaurios. Y eso no significa únicamente que muchas plantas y animales vayan a desaparecer, sino que como para vivir (tener agua, respirar aíre limpio, alimentarnos, etc.) dependemos directamente de todo el conjunto de vida de nuestro planeta, de Gaia, la destrucción que estamos generando se parece mucho a cortar poco a poco una rama sobre la que estuviéramos sentados a una altura considerable.

Por tanto, nuestra adicción a los combustibles fósiles pone en peligro el clima, destruye nuestro planeta y además nos mete en un callejón sin salida. Y es que el petróleo, el gas y el carbón (como cualquier otro material que podáis imaginar) es finito. La idea de que nuestro consumo de ellos puede crecer de manera indefinida para sostener un crecimiento parejo de la economía es simplemente absurda. Hoy sabemos ya que la disponibilidad de petróleo está empezando a decaer y por eso hablamos de que se ha atravesado el pico del petróleo (y también de otros materiales…).

La suma de las consecuencias desastrosas del uso del petróleo y de los efectos devastadores que tiene ya, y que cada vez más tendrá en el futuro, su escasez, es la que nos permite decir que además de en una emergencia climática estamos inmersos en una crisis social y ecológica que pone severamente en cuestión la posibilidad de continuar manteniendo un modo de vida como el que vosotras y yo mismo hemos conocido durante toda nuestra vida.

Y esto me lleva a la segunda cosa que querría compartir con vosotras, que es mi convencimiento de que ante el problema al que nos enfrentamos no bastarán cambios legislativos parciales y transformaciones tecnológicas. Justificar algo así requeriría, probablemente, mucho más espacio del que pretendo que esta carta ocupe. De modo que hasta cierto punto seguramente hará falta un análisis propio por vuestra parte para decidir si creéis o no lo que digo.

Lo que personalmente considero que se concluye de lo que decía en el primer punto es que el problema que tenemos no es parcial, sino que afecta a casi todos los elementos que forman hoy parte del funcionamiento “normal” de nuestras sociedades. Pensad un momento a qué se parecería un mundo en el que no usásemos combustibles fósiles. En primer lugar, no podríamos tener un coche personal, ni nosotros ni nadie. La vida en las ciudades como las nuestras, que depende de consumir mucha energía y de productos que vienen desde muy lejos a través de los sistemas de transporte, no podría mantenerse. Pero la economía tampoco podría crecer como lo hace, y creo que todos sabemos a qué se pareció el episodio más reciente de bloqueo (en realidad desaceleración) de la economía: eso fue la famosa crisis económica que os habrá acompañado como un fantasma en casi toda vuestra vida consciente.

Pero es que, además, si todo lo anterior es así, nuestros deseos y expectativas tampoco podrían mantenerse sin cambios. Sin combustibles fósiles habría que despedirse de coger un avión cuando nos dé la gana. Si no podemos depender de comer la comida que, producida en otros continentes y envasada en plástico en grandes fábricas, llega a nuestra casa en las ciudades a través de los supermercados, ¿qué haremos? Quizá tendríamos que tomarnos en serio aprender a cultivarla, e incluso vivir en lugares en los que pudiéramos hacerlo (y eso no es precisamente el centro de la gran ciudad…)

¿Y qué me decís del enorme consumo eléctrico del que hoy depende nuestro ocio y nuestro trabajo? Móviles, ordenadores, televisiones… Todo ello consume enormes cantidades de electricidad que, sí, se produce sobre todo a partir de petróleo (cuando no de cosas peores, como el uranio de las centrales nucleares. Imagino que todas vosotras recordáis Fukushima…).

Por tanto, lo que necesitamos para hacer frente a la crisis ecológica y social es cambiar por completo nuestra vida, nuestra economía, nuestros deseos, nuestra forma de habitar, de comer… Y eso no depende de una ley o de un impuesto, de una prohibición puntual o de un decreto. Incluso si una ley prohibiera de un día para otro el uso de combustibles fósiles, todos los problemas de los que os hablaba seguirían estando ahí. El drama de que nuestro mundo necesite autodestruirse para funcionar significa que parar la destrucción implica volver a pensar cómo hacer casi todo.

Seguro que muchas de vosotras, al leer lo anterior, habréis pensado que exagero. O más bien que olvido la existencia de muchas tecnologías que quizá mitigarían la radicalidad de los cambios que apunto, que harían posible que muchas cosas siguieran funcionando casi igual a como lo hacen hoy en día. El coche eléctrico, las energías renovables, los robots de producción de alimentos y mercancías, etc.

Mi experiencia, y mis estudios, me han llevado a concluir que es un error pensar que podremos luchar contra esta crisis simplemente mediante la invención de nuevas tecnologías. Y eso por dos razones. La primera, que no existe ninguna innovación tecnológica que pueda compatibilizar el fin de la crisis ecológica y social y el tipo de sistema económico y productivo que tenemos hoy. Las energías renovables no pueden sustituir al petróleo porque ni producen la misma cantidad de energía ni sirven para muchas cosas importantes que dependen del petróleo (por ejemplo, fabricar fertilizantes químicos); los coches eléctricos siguen dependiente de materiales escasos y no hacen frente a, por ejemplo, el problema de la destrucción de Gaia, etc.

Y, por tanto, si es así, las tecnologías tampoco bastan porque simplemente algunos de nuestros problemas no son técnicos. ¿Pueden las tecnologías cambiar automáticamente nuestras expectativas, transformar nuestras economías, llevarnos a acordar una reducción de consumo? Yo creo que no. Es más, lo que históricamente han demostrado es que por cada problema que solucionan suelen generar otros inesperados y, a veces, más graves. Pensad si no en la energía nuclear, que al pretender (falsamente, por otro lado) dar por cerrado el problema energético en realidad generó el enorme problema de los residuos nucleares y de los accidentes, además del de la proliferación nuclear (es decir, la extensión por todas partes de las armas nucleares).

Y, hablando de armas, termino ya con la tercera cosa, quizá la más desagradable pero no por ello menos importante. No podemos olvidar que cualquier lucha por transformar el mundo, como la vuestra (o más bien la nuestra), está profunda e irremediablemente atravesada por el conflicto y la violencia.

Imagino que a menudo os habréis preguntado, o al menos yo lo hago, cómo es posible que hayamos podido llegar hasta aquí sin que nadie haga prácticamente nada frente a problemas que son o relativamente evidentes o, a día de hoy, profundamente conocidos y estudiados. Una clave que en mi opinión es muy importante es simplemente ser consciente de que esta autodestrucción del mundo es “beneficiosa” (en el sentido estrecho del beneficio económico) para una enorme cantidad de gente.

En el fondo es relativamente sencillo. Igual que ningún jefe ha tenido históricamente demasiado problema para empeorar conscientemente la vida de sus empleados con el fin de enriquecerse, las grandes empresas y los especuladores internacionales no parecen tener demasiado problema en seguir alimentando esta auténtica locura destructiva si con ello pueden seguir manteniendo sus ganancias.

Y esto, que dicho así puede resultar desagradable pero relativamente inocuo, encierra una enorme cantidad de violencia. La violencia de la esclavitud en las fábricas chinas, de los pueblos y territorios devastados para obtener determinada materia prima, de los migrantes llamados “climáticos” (aquellos que tienen que abandonar sus tierras por las transformaciones que éstas sufren como efecto del cambio climático), de una vida vacía basada únicamente en un consumo que hoy ha demostrado sólo poder llamarse suicida…

Pero lo anterior no debería situarnos en la posición de eludir cualquier responsabilidad, de culpar únicamente a las élites y quedarnos tan tranquilos. Los primeros privilegiados, y por tanto hasta cierto punto responsables, de lo que sucede en el mundo somos nosotros y nosotras, especialmente en un país como España. Gran parte de la violencia que vemos en el mundo no surge de la nada, espontáneamente, de la barbarie o la ignorancia de pueblos que se matan entre ellos por placer. La realidad es que el grueso de los conflictos están relacionados con intereses geopolíticos que en el fondo sólo reflejan una cosa muy simple: para que nosotras y nosotros podamos mantener nuestro modo de vida es necesario que exista guerra, violencia y miseria en muchos otros lugares del mundo (que, paradójicamente, soportan toda esa misera gracias a la promesa de que algún día, y de alguna manera, también podrán vivir como nosotros lo hacemos).

¿Cómo no conectar la presencia de combustibles fósiles, y la lucha por su control, y todas las guerras que han sacudido a Oriente Medio? ¿De verdad pensamos que es casualidad que el Congo, un país que lleva décadas inmerso en una guerra perpetua, posea uno de los yacimientos más grandes del mundo de coltán (un mineral fundamental para la construcción de todas las nuevas tecnologías)? Los ejemplos se podrían multiplicar. Y, de hecho, aunque no entraré en esa cuestión, lo que vemos es que en verdad nuestro mundo se ha introducido en una especie de dinámica que no parece dejar mucho margen de maniobra, que se impone por igual a los ganadores y los perdedores de su sanguinario juego.

Lo anterior, sin embargo, es importante tenerlo en cuenta porque lo que nos dice es que cualquier cambio necesariamente será, en un grado u otro, violento. Si partimos de la base de que no va a ser posible que exista un consenso general, mundial y simultáneo al respecto de qué hacer frente a la crisis social y ecológica, siempre existirá quien se oponga. Más bien grupos enteros que se opongan a transformaciones que pongan en tela de juicio sus intereses. Y con ello no sólo pienso en las grandes multinacionales del petróleo, sino en todas y cada una de nosotras si tuviéramos que renunciar al 90 % de nuestro consumo a fin de construir un escenario a la vez equitativo y sostenible en el tiempo.

Sólo hace falta recordar la explosión que en Francia han protagonizado los “chalecos amarillos”. Aunque como todo fenómeno social su naturaleza es compleja, no podemos olvidar que una de sus bases fue una subida de la gasolina que simplemente actuó como una suerte de límite al consumo que se vivió como una imposición brutal a la libertad y los privilegios asumidos por la sociedad francesa.

Y esto es importante. Incluso en el escenario en que tuviéramos un Estado que decidiera poner en marcha medidas encaminadas a hacer frente a la crisis presente, no podemos olvidar que tanto los mercados como los ciudadanos de a pie sentirían éstas como un enorme ejercicio de violencia y, por tanto, no dudarían en levantarse y oponerse a ellas. Y entonces, ¿qué habría que hacer? ¿Imponerlas por la fuerza, usando a la policía o los militares? Hoy se multa a quien no respete las restricciones de Madrid Central, pero ¿qué nivel de represión haría falta desplegar para imponer el abandono de los combustibles fósiles o la reducción del consumo? Y, por otro lado, ¿cómo no pensar, sabiendo lo que sabemos de la corrupción y del Estado, que la gente en los cargos de poder no limitaría a la fuerza los privilegios de los demás manteniendo, o incluso aumentando en el peor de los casos, los suyos propios?

Todo lo anterior nos deja ya en el ámbito de las preguntas sin respuesta, esas preguntas que movimientos como el vuestro o como muchos otros que trabajan por los mismos objetivos deben responder en la práctica y en la teoría con su trabajo cotidiano. En mi opinión, lo único que es difícil no ver es que la violencia que generará el deseo de mantener los privilegios, o la imposición desde arriba de lo que “necesitamos” en el marco de una falta de acuerdo, nos obliga a tener en mente que conseguir acabar con la emergencia climática, o más en general con la crisis social y ecológica, pasa por la lucha y la resistencia.

Por eso personalmente hace tiempo que concluí que luchar y resistir significa trabajar colectivamente (solos siempre seremos débiles), ponerme en cuestión a mí mismo y mis expectativas (un ejercicio que puede llegar a ser tremendamente violento) y lograr, en la medida de mis posibilidades, transformar aquí y ahora mi vida y mi territorio de manera que lo haga compatible con aquello que pienso que necesitaríamos, que evite la violencia de una imposición forzosa de algo que entre todas podemos voluntariamente construir, y que por supuesto nos tocará defender en el presente y en el futuro de aquellos que no tienen interés en que seamos autónomas.

Y eso lo han entendido bien, por ejemplo, los pueblos originarios que en América Latina, Asia o África arriesgan sus vidas para defender sus territorios y su autonomía (política y material) contra el extractivismo, contra la destrucción causada por el ansia de obtener más materiales, más petróleo, más agua dulce… Sin embargo, la respuesta que cada una dé, individual o colectivamente, a la pregunta sobre qué puede significar luchar y resistir le pertenece. Nadie debería robarle su derecho a encontrarla. Y yo, desde luego, ni podría hacerlo ni lo pretendo. Espero simplemente que estas líneas se integren como un renglón más en una larga conversación que nos pertenece a todas. Yo, por mi parte, seguiré leyéndoos atentamente.

Adrián Almazán Gómez

Enlaces del mes: Octubre 2015

El mes empezaba con un repaso a las bases del sistema económico-politico y su (o sus) crisis que no dejaba mucho margen al optimismo. Teniendo en cuenta la energía, las materias primas, el cambio climático y la conflictividad entre los distintos estados y facciones, el otoño empezaba con un horizonte claramente complicado, como se explica en este artículo de crisis concéntricas. Por suerte o por sensatez, también parece una tendencia el debilitamiento del deseo de propiedad, como apuntaba Toño Fraguas en El ocaso de la propiedad, donde destaca que incluso en los EEUU, país donde está más extendida la cultura del consumo y la felicidad de lo material, cada vez más personas están tomando el tener propiedades como una carga.

En el ámbito laboral, octubre vino un tanto agridulce. En el mismo mes en que Forbes ha coronado a Amancio Ortega como el hombre más rico del mundo, no faltaban los recordatorios sobre cómo se forjan esas fortunas. Lo que se ha tratado como escándalos de imagen respecto a las actividades de Inditex en Brasil o, en general, en Latinoamérica y Asia, parece ser que la sobreexplotación obrera de la de toda la vida, con las pistas un poco difuminadas a base de deslocalización y de delegación en capataces casi esclavistas que son, sobre el papel, los que se manchan las manos.

Lo poco que tuvo de dulce lo pusieron los llamados «manteros» en Barcelona. Pese a las condiciones de desarraigo, clandestinidad y racismo normalizado en que trabajan, varios de ellos se han unido en un Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes con vocación de sindicato de ramo, pero también de organización que les dote de tejido comunitario.

Por el lado de las posiciones y decisiones políticas, Emmanuel Rodríguez (miembro de la Fundación de los Comunes, asi como de Ganemos Madrid y Ahora Madrid) se preguntaba qué lecciones extraer de la institucionalización de parte de los movimientos sociales y la previsible derrota de Podemos el próximo 20 de diciembre. Mientras, en Portugal, la gestión de los resultados de las últimas elecciones generales volvían a plantear la falta de democracia en la UE.

En lo represivo, el estado español no deja de demostrar de lo que es capaz: La directa publicaba una entrevista, traducida al castellano en Diagonal, al secretario general de Sortu y líder independentista vasco Arnaldo Otegi, preso desde hace años.

Y, cuando se cumplieron dos años de encarcelamiento preventivo de las anarquistas chilenas Mónica y Francisco, menos de un año después de las operaciones Pandora y Piñata, todas por las dos mismas bombas, una operación de los Mossos, ejecutada bajo las órdenes de la Audiencia Nacional la mañana del 28 de octubre, se saldó con 9 detenciones y registros en domicilios y Ateneos Libertarios como el de Sants de Barcelona y en Manresa. La respuesta solidaria no se hizo esperar. Hubo concentraciones espontáneas en Barcelona y se lanzaron convocatorias para solidarizarse en varias ciudades como Madrid, Compostela, Huesca, Zaragoza… con los y las detenidas. También ha habido repercusión en varios medios de la rueda de prensa de Embat junto a militantes del Ateneu Llibertari de Sants, Grup de Suport a Joaquim y la Assemblea de Barri de Sants. Unos días después, otra operación de la Guardia Civil en Galicia contra independentistas acabó con arrestos a los cuales se les acusan de «enaltecimiento del terrorismo».

Tampoco podemos olvidarnos de la Federación Anarquista de Gran Canaria. La organización está siendo duramente golpeada por la represión por ayudar a numerosas familias sin recursos a encontrar un techo ocupando y recuperando viviendas que los bancos dejan vacío. Algunos militantes han sufrido palizas de la policía, les acribillan a multas y sufren un acoso policial constante solo por el hecho de realojar a numerosas personas y familias, que según calculan, en 2013 más de 400 personas han conseguido techo gracias a la FAGC y también más de 200 viviendas expropiadas y socializadas. En este último año, han realojado a 102 personas en un sólo trimestre. Pero estos maravillosos resultados les están costando sangre, palizas y multas, y hacen un llamamiento a la solidaridad para afrontar la sangría económica que están sufriendo (el nº de cuenta es: ES45 0239 2026 6130 40048866 así como ven la necesidad de formar una red antirrepresiva.

En la espiral de la energía

Vol. 1 Historia de la humanidad desde el papel de la energía (pero no solo)

Vol. 2 Colapso del capitalismo global y civilizatorio

Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes

Edita : Baladre y Libros en Acción

A la hora de abordar una obra tan vasta y ambiciosa, dos volúmenes que abarcan entre los dos unas novecientas páginas, sesenta de ellas sólo en bibliografía, descartamos desde el primer momento hacer algo así como un comentario exhaustivo de todo lo que en ella se trata. Incluso intentando ser muy esquemáticos, dicho comentario desbordaría la extensión de cualquier publicación periódica.

Nos conformaremos más bien con dar nuestra opinión sobre lo que vemos de mayor interés, sin obviar las críticas y objeciones que nos parezcan oportunas.

En cuanto a la forma, extensión y presentación general del libro, comenzaremos con un reproche que se refiere al título, En la espiral de la energía, y el subtítulo del primer volumen, Historia de la humanidad desde el papel de la energía (pero no solo). Dado el contenido de esta primera parte, el subtítulo que acompaña puede dar lugar a confusión. La mayor parte de la obra está compuesta por apartados históricos y descriptivos de gran extensión donde la energía sólo adquiere un protagonismo discreto, llegando en ocasiones a borrarse. Y ese “pero no solo”, que parece un poco añadido in extremis, no hace sino recargar el título general, sin arreglar gran cosa.

Se podría decir que el primer volumen es más bien una historia general de los sistemas de poder. Dentro de la argumentación que se desarrolla a través de los diferentes apartados, la energía no se coloca en el centro sino que hay otros polos como la agricultura, la técnica, la expansión de los mercados, el nacimiento del Estado, el colonialismo, la demografía o el fenómeno urbano, que van formando la trama de una gran narración histórica. Y tampoco podemos decir que la energía sea el hilo delicado con el que se va tejiendo todas estas cuestiones. Estaríamos más bien ante una historia de la humanidad desde el punto de vista de la dominación social, tomando como base la ecología política y, por tanto, todo lo que concierne la cultura material (agricultura, agua, ciudades, deterioro ambiental, cambio tecnológico y, claro, energía). No negamos, claro, que los autores hayan concedido un papel muy importante a la energía, sólo que nos parece que ese papel no es principal, y a su lado desarrollan tantos aspectos, y a veces con tanto detalle, que necesariamente eclipsan el supuesto objeto central.

En el segundo volumen, el subtítulo se correspondería mejor con el contenido. Hay tres grandes apartados. El primero explica los entresijos de la crisis financiera, articulándola en ocasiones con la cuestión de la energía. El segundo apartado aborda de manera explícita la cuestión del agotamiento de los recursos energéticos y sus posibles recambios. Finalmente, el tercer apartado, de más de 150 páginas, constituye más bien un conjunto de ensayos que analizan temas muy variados, ya sugeridos en las partes finales del primero volumen: tecnología, colapso, agricultura, urbanismo, nuevas claves del capitalismo, factores ideológicos, nuevos conflictos, etc.

La segunda objeción que tendríamos que hacer al conjunto de la obra es que su enorme extensión, junto con el carácter de algunos de los apartados, nos hace pensar a veces en una suma de pequeños libros cuya articulación no parece siempre bien conseguida 1. Pensamos que hay muchos desarrollos que se podrían haber condensado. En ocasiones se dan explicaciones detalladas, por ejemplo de la teoría marxista del capital, que en el año 2015 nos parece que sobran. Así mismo los apartados 6 y 9, analizando cuestiones de actualidad tan semejantes, podrían hacer sido sintetizados en una sola sección, con lo que se habría aligerado la obra. En muchas ocasiones, leyendo el libro, se tiene la impresión de que los autores han querido abarcarlo y explicarlo todo y el lector pierde el camino a través de inacabables páginas de apretado texto. Un libro siempre es importante por lo que dice, pero también por lo que omite. Y la voluntad de esta obra parece la de no querer omitir nada, con lo que muchas veces se pierde la aportación verdaderamente personal y tenemos la molesta sensación de encontrarnos delante de un manual o de una obra divulgativa de gran formato.

En fin, todo esto por lo que respecta al aspecto formal. Excúsenos si pecamos de quisquillosos, pero la forma del libro no es en absoluto ajena a los contenidos. Hablemos de estos.

Como ya lo hemos señalado antes, el primer volumen podría ser considerado como un tratado de historia, antropología y ecología política que intenta ofrecer un cuadro de la formación de los sistemas de dominación social. Uno de los aciertos de la obra es justamente la radicalización del lenguaje con respecto a otros textos producidos por militantes o teóricos de la ecología en los últimos tiempo. Es verdad que las aportaciones de Ramón Fernández Durán, sobre todo en los últimos años de su vida, fueron cada vez más al encuentro de la ecología libertaria y de los movimientos anti-desarrollistas. En esta obra estas aportaciones parecen revisadas y matizadas por Luis González. Aparecen, con saludable insistencia, términos como “megamáquina” o “dominación”, lo que hace diez o quince años, dentro de un documento escrito por miembros de Ecologistas en Acción, no habría sido tan usual. En el prólogo podemos leer: “Otra relación determinante es la existente entre energía y dominación. Una cantidad y calidad mayor de la energía disponible ha permitido controlar a más personas y más territorios.” No habría estado de más que los autores lanzaran una mirada crítica retrospectiva sobre la manera en la que el movimiento ecologista fue marginando hasta hace pocos años este tipo de perspectivas que, sin embargo, estaban bien presentes en los años setenta, cuando la ecología, en muchos casos, estaba aún vinculada a una crítica radical de la sociedad.

Pero volvamos al contenido. Ante el formidable aparato histórico y antropológico del primer volumen, poco tenemos que decir. No podemos sino estar de acuerdo con el análisis político que asocia el despliegue del potencial energético a la nueva forma planetaria de la dominación social:

“La restricción en el acceso a la energía había sido una de las limitaciones fundamentales para la dominación de unos seres humanos sobre otros. Con el uso masivo de la energía fósil este límite se diluyó. La conversión de energía fósil en mecánica dio unos poderes sin precedentes a las organizaciones jerárquicas, coercitivas y centralizadas, que desbordaron el aparato estatal, que hasta entonces era el espacio principal donde se manifestaban, para reproducirse en la gran empresa capitalista, expandiendo su influencia por todo el cuerpo social.” (p. 253, primer volumen).

Dentro del último apartado, donde se habla de la “era trágica del petróleo”, se analizan todos los desastres y situaciones de conflicto que una economía basada en los combustibles fósiles ha provocado: explosión urbana y demográfica, luchas sociales, colonialismo, desigualdades, una ideología del consumo ahora alimentada por esa “tercera piel” digital y, sobre todo, una agricultura industrial, altamente destructiva, que se define de manera muy lúcida: “Así la agricultura dejó de ser una fuente energética para convertirse en un transformador energético para que los cuerpos humanos pudiesen metabolizar los combustibles fósiles.” (p. 426, primer volumen)

A veces, aparecen no obstante apuntes sobre cuestiones laterales que habrían necesitado de un desarrollo más consecuente para poder ser entendidas. Un caso claro es la cuestión relativa al patriarcado y la situación de la mujer. Por ejemplo:

“Ya vimos que, como consecuencia del inicio de la Revolución Industrial, se produjo una primera crisis de los cuidados. Para afrontarla, en esta época se terminó de implantar la visión de que los dos sexos eran naturalmente distintos y el femenino, inferior.” (p. 297, primer volumen)

No creemos que hiciera falta mucha implantación para que el común de la gente aceptara que entre los dos sexos, aunque sólo fuera a nivel morfológico, había algunas diferencias naturales bastante evidentes. Otra cosa puede ser la elaboración social de las funciones de hombres y mujeres. Ese es otro cantar. En cuanto a la supuesta inferioridad de la mujer, aún a riesgo de generalizar mucho, seguramente era un lugar común que venía de períodos anteriores, ya que el machismo no nacía, por desgracia, entonces.

Otro ejemplo:

“Y en la familia fueron las mujeres quienes se tuvieron que encargar de estas labores básicas, por lo que les impusieron socialmente dos valores básicos: amor y sacrificio.”

Sin embargo, todo esto es bastante inexacto. A partir de la Revolución Industrial, también muchas mujeres, y niñas, son incorporadas al sistema del trabajo asalariado, dentro de la mina o la fábrica, y con un sueldo inferior al de los hombres, cosa que los autores de este libro no ignoran. Por otro lado, si muchas mujeres tuvieron que aceptar un cierto tipo de sacrificio, también lo hicieron millones de desgraciados varones que sucumbieron física y moralmente durante la industrialización. Quizá podríamos afirmar que si el varón tuvo que sufrir la industrialización, la mujer, además de la industrialización, tuvo que soportar a su hombre industrializado. ¿Podríamos aceptar entonces que el sacrificio de la mujer fue doble? Tal vez, pero para entender esta cuestión crucial no podemos despacharla en cuatro párrafos 2.

Ocurre algo parecido con el asunto del “individualismo”, cuestión que es recurrente en la obra. Se establece una relación, a nuestro juicio simplificadora, entre el nacimiento progresivo de la persona individual en la edad moderna, en detrimento de una personalidad relacional, lo que daría lugar al individualismo y a la atomización social, pilares ambos del sistema capitalista. Sin embargo, en la evolución histórica de las sociedades, la tensión entre grupo e individuos es siempre contradictoria y paradójica. Para que haya verdadera relación tiene que haber individuos diferenciados. En cualquier caso, el concepto de persona individual, o de individuo, no se opone necesariamente al de cooperación, mientras que el individualismo no tiene por qué ser siempre sinónimo de “egoísmo”. Habría que ver más bien como todas estas nuevas “partículas elementales” humanas de la edad contemporánea se integran hoy en una amorfa sociedad de masas, donde queda poco de persona individual o de cooperación.

Estos dos problemas, el de la situación de la mujer y el individualismo, convergen en el apartado “Crisis de los cuidados”, contenido en el segundo volumen, en una interesante reflexión:

“Así, un porcentaje creciente de mujeres han desarrollado una identidad individual, como la de los hombres, en la que desvalorizan las necesidades emocionales. El trabajo doméstico ha ido pasando a verse como una atadura del pasado de la que hay que huir. Pero la situación de las mujeres, en general, es distinta a la de los hombres pues, junto al aumento de su conciencia individual, son responsables de las labores colectivas de reproducción social, lo que les obliga a enlazar la identidad individual con la colectiva en una identidad relacional-individual.” (p.165)

Los autores vuelven sobre este problema en el apartado 9.10, en concreto entre las páginas 300 y 312, que nos parecen de lo más valioso del segundo volumen ya que abundan sobre la cuestión del individuo y la relación, ofreciendo pistas en cuanto a valores y emociones que deben extenderse si queremos emprender un cambio social en un sentido emancipador. La revalorización de la empatía y la compasión, en su sentido literal, sentimientos atribuidos tradicionalmente a la mujer, podría revelar una dimensión política plena de promesas.

En cuanto a la cuestión de la energía y el colapso, en el segundo volumen estas cuestiones se abordan abiertamente. En el segundo apartado se empieza dando algunas nociones básicas sobre el fenómeno del famoso “peak oil”. En la página 87 podemos leer:

“Sin embargo, es importante entender que el “pico de extracción” es un concepto que solo se basa en las características geológicas del recurso, obviando otros factores fundamentales, como los políticos (ayudas públicas, inestabilidad), económicos (inversiones), sociales (resistencias a la explotación), ambientales (falta de recursos necesarios para la extracción) o tecnológicos (mejoras en la maquinaria). Todos ellos condicionan cuando será el cenit y, sobre todo, cómo será el descenso de la extracción una vez se sobrepase.”

Todo ello es exacto, pero los autores deberían precisar si estas consideraciones justifican o no seguir utilizando, en general, el concepto de cenit o “pico de extracción”. En efecto, es ésta una noción poco nítida que tal vez se pueda utilizar con sentido a la escala de una región productora o incluso de una nación pero, ¿y a la escala del planeta? Se sabe, por ejemplo, que los Estados Unidos, ya desde finales de los años cuarenta, fueron progresivamente “descuidando” la prospección en sus propios territorios en el momento en que comprobaron que el petróleo que venía de Oriente Medio podía ser más barato, siempre por causas políticas (a parte de que materialmente, tuviera un costo de extracción muy bajo). Esto condicionó necesariamente la evolución de su industria. Las limitaciones geológicas son pues evidentes pero la manera en que estas se imponen a la ambición de los imperios deja lugar a muchas incógnitas. Lo que interesa entonces no es tanto saber si estamos antes o después de ese hipotético cenit mundial, sino cómo los Estados industriales van reaccionando al encarecimiento de la extracción de los combustibles fósiles según las estrategias políticas y de mercado. El caso del petróleo de esquisto es significativo ya que a finales de los años noventa, muy pocos analistas críticos habrían anticipado que los gobiernos de las naciones desarrolladas llegarían a interesarse por métodos de extracción tan costosos a todos los niveles. No sugerimos que la extracción de petróleos no convencionales pueda contrarrestar sustancialmente el imparable descenso de la producción, pero hay que poner el énfasis no en la fragilidad del sistema, que evidentemente no negamos, sino más bien en la obstinación de la sociedad capitalista a la hora utilizar todos los medios para seguir asegurando su dominación.

Hace una década la posición de base de las organizaciones ecologistas con respecto a estas cuestiones era, resumiendo bastante, la siguiente: el cenit petrolero es ya un hecho y hay que prepararse para el descenso; la energía nuclear es una energía en declive, por su carestía y sus problemas técnicos, y no tardará en declinar; existen no obstante energías alternativas, como la eólica y la solar, que pueden poco a poco substituir a las convencionales e incluso llegar al famoso 100% renovables. Dado el estado de deterioro ambiental y el avance del cambio climático, junto con la inminencia de las burbujas financieras, la única vía posible que se abre para los Estados es emprender una transición energética que nos lleve a una sociedad más justa, igualitaria y respetuosa con el medio ambiente.

Insistimos, hemos sintetizado la cuestión pero, en esencia, las posiciones eran estas. ¿Qué ha ocurrido en estos diez últimos años? El descenso de la capacidad general para extraer petróleo barato sigue presente pero esto no ha impedido que la industria y los Estados continúen, desesperadamente, buscando nuevas formas de extracción. El proceso es más lento y penoso de lo que muchos habían pensado. En cuanto a la energía nuclear, incluso con el desastre de Fukushima, hoy por hoy parece que se mantendrá durante mucho tiempo. Es verdad que, grosso modo, sus perspectivas de crecimiento en el mundo actual se volatilizan. Muchos siguen insistiendo en que el aporte de energía de las centrales nucleares, en términos globales, es mínimo. En la obra que nos ocupa se nos recuerda: “A nivel mundial la aportación nuclear a la generación de electricidad ronda el 15%, pero su contribución a la energía primaria mundial es mucho menor, del orden del 2%.” De acuerdo, pero lo importante es que la mayor parte de la producción de energía nuclear se concentra en algunos de los países más poderosos del mundo y no es inocente que hoy China, que poco a poco se coloca al lado de estos países, haya optado también por desarrollar este tipo de energía. En términos cuantitativos puede que la energía nuclear esté en declive pero en lo que respecta a las estrategias industriales y militares de los poderosos, es una opción que está muy presente. En cuanto a las llamadas energías renovables, que organizaciones como Ecologistas en Acción apoyaban hace una década, no se tuvo en cuenta, o no lo suficiente, que aquellas no podían escapar, dadas las condiciones en que se implantaban, a una lógica de desarrollo industrial y empresarial, como ha sido el caso. Ya cuando Fernández Durán sacó su libro sobre el declive del petróleo, año 2008, había justamente en sus páginas un oportuno rechazo a las panaceas tecnológicas renovables.

En cuanto a las energías renovables, en esta parte no se dedican apartados específicos a su análisis. Pero se ofrecen algunas pistas. Se insiste, de todas formas, en que su desarrollo está ligado a la evolución del petróleo y a la extracción de minerales cuyas reservas están también comprometidas en el futuro. En ocasiones, se habla de “renovables centralizadas”, lo que nos parece acertado, ya que de todas formas, salvo muy contadas excepciones, es la forma que adquieren hoy este tipo de energías. Otros aspectos que nos parecen interesantes en el segundo volumen es la crítica del mito tecnocientífico, de la desmaterialización, de la sociedad de Internet y del “capitalismo verde”. Como se dice en la página 174: “La “vía verde” consistiría en intentar hacer una transición energética sin poner en cuestión la lógica del actual capitalismo global, es decir, sin parar su necesidad intrínseca de crecimiento y acumulación constante.” Cierto. Y más adelante: “La economía verde sigue siendo una apuesta especulativa y gran parte del negocio consiste en decir que habrá grandes beneficios y, con ello, conseguir la inversión pública y privada, siempre con la garantía última del Estado.” También muy cierto.

¿Cual sería el resultado de todo ello? Una de las partes más discutibles del segundo volumen sería precisamente su inmersión en la naturaleza de un hipotético colapso donde se adelantan escenarios más o menos desastrosos para el siglo XXI. Sobre esta cuestión poco podemos decir ya que en el intento de anticipación, fuera del campo de la ficción, o nos atenemos a generalidades que aportan poco, o intentamos escrutar con detalle un futuro que siempre es el terreno de la incertidumbre. Los autores descartan el escenario de un colapso ordenado, o “decrecimiento justo” e indican que la probabilidad mayor se inclina por un colapso caótico (decrecimiento injusto): “Como ha ocurrido en otros momentos históricos de quiebra de distintas organizaciones sociales, habrá fuertes crisis económicas y cortes en los mercados; rebeliones y caídas de regímenes; reducción de la estratificación social y simplificación de las formas de vida; desurbanización; aumento de las migraciones; y disminución de la población. Aunque, dentro de este gran marco caben muchos grises, que serán resultado de las articulaciones sociales que se pongan en marcha.” (p. 198)

A continuación, en las “Etapas del colapso” los autores glosan algunas de las posibles perspectivas a contemplar en el futuro. Valgan como posibles líneas de orientación, teniendo en cuenta que su contenido poco tiene de novedoso con respecto a lo que se viene escribiendo sobre estas cuestiones.

Evidentemente, si aceptamos un declive más o menos rápido de la civilización industrial tenemos que estar de acuerdo en que asistiremos a un desmoronamiento de la complejidad de la sociedad. Uno de los apartados más interesantes es el titulado “Menos energía y en formatos más descentralizados dificultarán la dominación”. En realidad, sobre este punto no hay tampoco mucha certidumbre. Se nos dice: “Además, en la medida que el ser humano vuelva a ser un vector energético importante socialmente, su poder se incrementará. A la vez que “sobrará” población por la falta de alimentos, “faltará” para sostener una producción más intensiva en mano de obra. Será lo contrario de lo que ocurrió con el proceso de mecanización. Todo esto conllevará una gestión de la dominación más difícil, como sucedía en las sociedades dominadoras agrarias.” (p. 208) Pero también podemos explicarlo afirmando simplemente que se volverá a una gestión de la dominación más rudimentaria y brutal. La descomposición de esta sociedad como la conocemos puede conllevar la disgregación de sus redes de energía, transporte y producción, pero como ignoramos la verdadera naturaleza de esa futura disgregación poco podemos decir de cómo afectará al mantenimiento de las estructuras de poder y jerarquía. Se abre delante de nosotros un inmenso interrogante. Un poco más abajo, los mismos autores llegan a admitirlo cuando afirman: “El tipo de organización social es una opción política humana, no una imposición ambiental.” En cualquier caso, podemos estar de acuerdo cuando hablan de un desplazamiento del conflicto y una vuelta a la “centralidad de la tierra” 3.

En cuanto a las conclusiones políticas finales, sólo podemos dedicarles algunas líneas. Ramón Fernández Durán falleció justo en el momento en que se iniciaba el movimiento del 15 de mayo que sembró de esperanzas y de tiendas de campaña no pocas plazas urbanas del territorio español. Por lo que cuenta el autor del prólogo, suponemos que íntegramente escrito por Luis González, el libro se terminó de redactar y componer en los tres años posteriores. Esos tres años han sido de una notable agitación política en el país y la obra en su conjunto se hace eco de esa efervescencia 4. De alguna manera, la crisis económica y las respuestas espontáneas de un sector de la juventud dieron en buena parte razón a la línea de reflexión que Fernández Durán llevó a cabo especialmente en sus últimos años de vida, en la medida en que esta reflexión exigía una ecología radical, desengañada de los dogmas del progreso 5y de las actitudes dialogantes con el poder. Y el trabajo de continuación de Luis González, aunque por nuestra posición de simples lectores es difícil de evaluar y valorar, parece ser fiel a ese legado. El movimiento del 15 de mayo ha defraudado, sin embargo, estas exigencias. En las partes finales del libro se insiste sobre una revuelta institucional, profunda, que acentúe la dispersión del poder, la adecuación de medios y fines, la profundización de la democracia asamblearia, la revalorización de lo femenino, etc. Por supuesto, la cuestión ecológica como cuestión de primer orden 6.

En ese sentido, creemos que los dos volúmenes recogen lo más prometedor no sólo de la última obra de Ramón, que suponemos ampliado y profundizado por Luis González, sino que al mismo tiempo muestran una posible vía para un ecologismo que estaba estancado en el laberinto institucional, en el diálogo estéril con el poder, en la ecotecnocracia. ¿Servirá este libro para despertar las conciencias del ecologismo reducido a cogestión del desastre? ¿Representa de todas formas la opinión generalizada de la organización que respalda la edición?

Esperamos que, desde esta consideración, el libro no sólo remueva las conciencias y la opinión pública en general, sino que promueva un necesario debate en el seno de las mismas organizaciones ecologistas. De ser así, ya habrá servido para mucho.

José Ardillo

1En el prólogo ya se nos previene del carácter independiente de los textos, pero esto no nos parece precisamente una virtud ya que en este caso se pierde la integridad del conjunto.

2A diferencia de otras nociones, explicadas en el libro in extenso de manera prescindible, aquí los autores deberían haber desarrollado más la argumentación.

3« Pero lo determinante será el control de la tierra. En la medida que los recursos energéticos y materiales se vayan volviendo cada vez más escasos, volverá la relación directa entre poder y tierra que observamos durante toda la etapa agraria de la humanidad. » p. 209

4Decimos tres años porque es justo en 2014 que surge Podemos y otras plataformas que intentan recuperar lo poco de sano e interesante que podía haber en el movimiento del 15 de mayo.

5Así se afirma lúcidamente en el segundo volumen : « Las sociedades que tenían fe en el progreso han sido más fácilmente gobernables. » (p.299)

6 Es una pena, no obstante, que en el libro, dentro del apartado de las luchas anti-desarrollistas, no se haga mención significativa a algunos ejemplos del estado español (la lucha contra el TAV en País Vasco o la acción directa contra la agricultura transgénica).

Un relato en espiral

Ayer en Valladolid se ha presentado el libro de dos tomos “En la espiral de la energía”. El libro se propone hacer un recorrido por toda la historia de la humanidad desde el punto de vista del metabolismo energético de los distintos modelos de civilización de la historia para terminar con dos capítulos en los que se argumenta lo inevitable del Colapso del sistema agro-urbano-industrial actual en el corto-medio plazo. Esta conclusión, que es también una premisa del libro, lleva a los autores a especular con los posibles escenarios que se abren tras ese colapso. Es una obra ambiciosa pero que cumple las expectativas. La carta de presentación de la obra es que enfoca la historia desde el punto de vista de la energía, pero quien se adentre en sus páginas se dará cuenta de que abarca mucho más.

En dicha presentación, Carlos de Castro señalaba la importancia que en el mundo académico tendrá este libro por ser un perfecto manual de Historia, Antropología, Economía y Ecología entre otras disciplinas que al entrecruzarse forman un edificio sólido. Pero lo cierto es que el libro debe de servir más allá del mundo académico, y eso es tarea nuestra.

Un relato

“En la espiral de la energía” presenta un relato sólido que explica la historia de la humanidad y este tránsito extraño en el que estamos inmersos desde hace 6000 años, cuando aparece el Patriarcado y con él, la Dominación. Es un relato sólido, detallado y riguroso, que rompe con los esquemas de los manuales hegemónicos de “Historia Universal” y a la vez unifica en un solo discurso las interpretaciones y las epistemologías antagonistas de la Modernidad, sin alejarse del racionalismo y la ciencia como método de análisis. Las principales tesis del feminismo, el marxismo, la ecología y otras tantas teorías del campo crítico quedan hiladas en un solo relato que nos explica cómo hemos llegado a “Esta Cosa Escandalosa”, que diría Amaia Pérez Orozco. Con esa base, se explica qué está pasando y qué puede pasar. Sin perder rigor, usando las herramientas propias del Pensamiento Sistémico acuñado por D. Meadows y su escuela.

Un relato unificado y sólido. Este podría ser el mejor fruto de este último ciclo de movilizaciones, en el que los distintos discursos antagonistas han emergido desde las catacumbas de los años 70, forzados a actualizarse y superar la fragmentación de las últimas décadas. El campo antagonista ha sufrido la posmodernidad y el neoliberalismo en forma de infinidad de plurales que no dialogaban, que no convergían. Feminismos, anarquismos, marxismo hetero y heterodoxo, ecologías, la autonomía de cada país, independentismos, la unidad popular…Cada uno con su tradición teórica que se tradujo en una tradición grupal. Hasta esta última ofensiva popular, en la que el diálogo se ha hecho obligatorio y ahora podemos empezar a ver el fruto.

Aquí tenemos un relato antagonista que es fruto de ese diálogo que se ha dado en los movimientos sociales en estos años. Es responsabilidad nuestra traducir este relato a nuestro quehacer diario. Quitarle el academicismo del que en ocasiones peca y popularizarlo. Porque necesitamos relatos populares capaces de dar respuestas y de recuperar la esperanza.

Una oportunidad para la esperanza

La historia del campo popular nos demuestra la importancia de popularizar relatos emancipadores. El ejemplo más reciente es cómo el relato socialista prendió entre la clase trabajadora a mediados del siglo XIX y como esa unión fructificó en el mayor reto que el capitalismo industrial ha tenido que doblegar: el comunismo internacional. La necesidad de un relato convincente, homogéneo y sólido con el que acceder a la población ha sido una necesidad no cubierta tras mayo del 68 y la oleada de combate posterior. En esa oleada se pone en duda lo que se había convertido en fetiche y mito: la mesiánica tarea del proletariado de emancipar a la humanidad completa. Con o sin razón, esa puesta en duda abre la puerta a la posterior desintegración del discurso antagonista internacional que se extendió con la Primera Internacional –“la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores o no será”`+”proletarios de todos los países ¡uníos!”- y abrió el abanico de discursos, movimientos y fracasos.

Casi 50 años después podemos recuperar un nuevo discurso emancipador de la mano del feminismo y el ecologismo, que son las dos corrientes más recientes y con más difusión en el mundo contemporáneo tal y como se explica y justifica en el primer tomo. Ambas corrientes, combinadas con las imborrables aportaciones de las teorías socialistas para la emancipación son los componentes principales de este relato.

¿Pero qué esperanza puede haber en el Colapso?¿no es un discurso negativo?¿no sería deseable evitar el Colapso? “En la espiral de la energía” desde la introducción ya empieza a explicar por qué esta civilización está colapsando ya y porqué sea cual sea nuestra opción, no hay posibilidad de esquivar “el fantasma del “Gran Colapso” que tanto incomoda.

Colapso es una palabra fuerte, que crea aversión. Genera sensación de inseguridad, nos trae imágenes de Mad Max y series de apocalypsis zombie varias. Sin embargo el Colapso se define aquí como una transición entre una sociedad de mayor complejidad a una de menor complejidad técnica, social, económica y cultural. Colapso significa transición. Transición es otra palabra cargada de significado en Castilla y en el resto de las Españas. Tal vez haya que buscar otras palabras para acercar las conclusiones de este trabajo a las clases populares. Pero es una necesidad hacerlo.

Las conclusiones dan lugar a la esperanza porque tras toda la exposición y situándonos en un mundo caótico e impredecible, nos recuerdan que no hay ninguna estructura cuya dominación sea perfecta y que el Colapso significa precisamente una menor capacidad de control y dominio o al menos, una simplificación de ese dominio. El texto nos recuerda como la mayor hiperpotencia militar que ha existido sobre la tierra, el ejército de los EEUU, no ha conseguido el dominio completo–duro ni blando- sobre sus últimas invasiones por recursos –Irak y Afganistán. Si a eso añadimos que las inestabilidades provocadas en Ucrania y Siria lejos de estar planificadas desde un oscuro centro de mando demuestran que el futuro está abierto se rompe la idea arraigada en la guerra fría de que el destino de la humanidad está en manos de un botón rojo que están en algún despacho del Pentágono. Por otro lado, los posibles contrapesos imperiales también se ven limitados. Hay que recordar que China tiene una vigorosa clase obrera en plenas luchas ofensivas y además, está situada en un territorio muy vulnerable para los cambios ambientales que ya están en marcha –desertificación, pérdida de biodiversidad, tifones y huracanes… No hay ni habrá superpotencias todo-poderosas en un mundo con cada vez menos recursos. La Dominación tiene límites.

En suma, el texto nos recuerda que el apocalypsis de Hollywood, simplemente, no es nada probable. No está el Fin del Mundo dentro de los posibles escenarios consecuentes con este relato y esta metodología de análisis. Por lo tanto podemos combatir ese mantra de nuestra cultura hegemónica por la cual es más probable un Holocausto zombie que el comunismo internacional. Lo que es más probable es la desaparición de la dominación actual pero lo importante es lo que es seguro: que la Historia sigue en marcha y que la Historia la escribimos los pueblos, las sociedades, las clases en lucha, esto son: los colectivos humanos.

Pero para ese combate por la hegemonía además de tener la razón tenemos que tener “armas” con las que defenderla. Tenemos que formarnos como militantes como de manera lúcida apunta JL Carretero. Pero de manera más importante, tenemos que trabajarnos la comunicación de nuestros conceptos y traducirlos al lenguaje cotidiano, que ponga sobre la mesa no sólo la conclusión de que podemos decidir sobre nuestro futuro sino también un método racional y científico de tratarlo, desterrando la conspiración, el misticismo y la mitología de nuestra comunidad de lucha.

Si hay un pueblo fuerte que construir, un relato sólido son los planos de la obra.

Valladolid, 27/03/2015

@botasypedales

El eterno retorno de la social-democracia

En tiempos como los que nos ha tocado vivir es complicado sustraerse de una recurrente sensación de Déjà vu. Como si el eterno retorno nietzscheano tomara un tinte trágico y nos obligara en el breve lapso de una generación a repetir los mismos errores e ingenuidades políticas.

Que Podemos es un partido social-demócrata moderado es una realidad que ya ni ellos mismos se esfuerzan en ocultar. Hace un par de semanas podíamos escuchar a Pablo Iglesias, en la presentación del programa económico del partido, afirmar que: “Las propuestas que asumimos son las que hasta no hace mucho tiempo iba a asumir cualquier socialdemócrata”. Al menos, añadió, hasta la llegada del ex primer ministro laborista británico Tony Blair. Siendo así, ¿dónde queda esa ilusión que nos prometieron que recuperaríamos? ¿Acaso el sueño es volver a repetir una segunda transición que nos condene a otros treinte años de silencio y resignación? Aunque la historia nunca se repita de manera exacta, y nuestro país ha cambiado tanto que la situación es necesariamente diferente, el eco de la algarabía que produjo el ascenso al poder del PSOE de Felipe González resuena aún en este Podemos que promete que su asalto institucional cumplirá las expectativas de todos aquellos que se han situado a la contra del estado de cosas actual durante los últimos años. No olvidemos que dicha victoria tan sólo trajo una paz social injustificada, la devastación de los territorios y la desarticulación de formas de vida en la Península que sólo tiene parangón con la perpetrada por el franquismo durante la explosión desarrollista de los años 60.

Son muchas las preocupaciones que pueden surgir a la vista del meteórico ascenso de la formación de Iglesias. Desde el riesgo de desactivación de la protesta social (por desgracia no asociada a la consecución de sus objetivos políticos) hasta el peligro muy real de absorción de todo movimiento social en el seno del artefacto político de Podemos. Sin embargo por su gravedad y falta de miras me centraré hoy en los problemas asociados a la propuesta económica que, de mano de Juan Torres y Vicenç Navarro, Podemos hizo publica a finales del mes pasado.

Llevamos más de doscientos años inmersos en una catástrofe que no parece alcanzar su final. Desde que el proceso modernizador tomó impulso en el s.XIX, nuestro planeta ha sido testigo de una transfiguración generalizada que ha modificado territorios, formas de vida, valores e incluso deseos y sueños. Sería largo desgranar aquí las diferentes etapas de este proceso de expropiación generalizada, a la par que reivindicar a todas y todos los que se opusieron y oponen al mismo. En esencia se puede decir que el Capitalismo en su estadio actual ha olvidado, y necesita olvidar, que existen límites al crecimiento económico y material dados por la propia finitud del planeta Tierra.

Más de la mitad de la población mundial a día de hoy vive ya en ciudades. El impacto de esta realidad no debe ser en absoluto menospreciado, ya que lleva implícita el hecho de cada vez más seres humanos desarrollan su vida en un entorno basado en la movilidad permanente (elemento fundamental de las emisiones de gases de efecto invernadero), la total ausencia de producción de alimentos (que lleva como correlato la extensión y reforzamiento de la agricultura de corte industrial basada en los fertilizantes y pesticidas químicos confeccionados a partir de petróleo) o la mercantilización de todos los aspectos de la vida (el trabajo toma un papel central como garante de la satisfacción de todas las necesidades vitales, cada vez más asociadas a la esfera de lo económico) entre otros. Por otro lado, el proceso globalizador en gran medida culminado a lo largo de la última década, ha alumbrado un nuevo orden productivo en el cuál el consumo de los paises desarrollados descansa sobre la explotación humana y material del resto del planeta. La deslocalización de fábricas e industrias contaminantes ha permitido una ilusión de conciencia ecológica en los países occidentales, que en cualquier caso ha sido siempre hipócrita ya que no han dejado de situarse en ningún momento a la cabeza de los emisores de gases de efecto invernadero. De igual modo la carrera extractivista no ha dejado de tomar impulso, lo que se puede constatar dando un breve repaso a la enorme cantidad de luchas en defensa del territorio que se están desarrollando en toda Sudamérica frente a las grandes multinacionales energéticas, especialmente mineras.

No debería ser complicado darse cuenta de que todo esto es una gran locura. Desde que los valores de crecimiento económico, es decir trabajo y consumo a toda costa, comenzaron a subyugar a cualquier consideración de tipo político o moral hemos asistido al alumbramiento de una razón común que sólo se puede definir como delirante. Ante el ya manifiesto agotamiento de los combustibles fósiles nuestra sociedad se entrega en una desesperada huida hacia adelante a la extracción de casi cualquier cosa que se pueda quemar para producir energía (fracking, arenas bituminosas, etc.). Por otro lado el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero no ha sido reducido en ningún momento, sino que ha seguido aumentado en las últimas décadas. Esto nos sitúa ante el horizonte de un seguro cumplimiento de las predicciones climáticas más pesimistas (subida del nivel del mar, desertización, caos climático, impactos en la producción de alimentos, etc.). A esta lista se podrían sumar la tecnificación generalizada de la vida, la contaminación química creciente, la desertización y agotamiento de los suelos por las malas prácticas agrícolas, etc.

Y todo esto es inseparable de la idea de que un crecimiento económico y material sin trabas es posible. Una concepción fundamentalmente ideológica que es condición de necesidad para que el Capitalismo pueda seguir teniendo pretensiones de constituir un discurso mínimamente creíble. Y asociado a este crecimiento va el problema del trabajo asalariado, que al ser una institución venerada e incuestionada obliga sin otra alternativa a la continuacióm de las dinámicas destructivas en las que nos vemos inmersos. Sólamente a través del trabajo es posible alimentar un consumo, a todas luces desmedido, que pueda dar algo de sentido a una vida en la que parece casi no existir nada, si acaso los sueños, que no pueda y deba ser comprado y vendido.

Y ante esto lo que Podemos viene a ofrecernos como alternativa es, por supuesto, más de lo mismo. Desde el momento en que el trabajo adquiere una prioridad total ante cualquier otro tipo de consideración y se entiende que acabar con la desigualdad social pasa necesariamente por la generación de más riquezas que puedan ser redistribuidas, la conclusión es esperable: reindustrializar nuestro país para que el tren del crecimiento pueda seguir su curso. Es en estos términos, en los de reindustrialización, es en los que Podemos se ha pronunciado en las últimas semanas al ser consultado sobre su plan económico para el país. En vez de cuestionar desde la base las necesidades y formas de vida que nos están abocando al suicidio, lo que nos han ofrecido es la clásica propuesta neokeynesiana de crecimiento más redistribución. La ilusión, muy en la línea de las propuestas de Attac (organización de la alguno de los ingenieros del plan económico son parte), es de nuevo que el enriquecimiento de los propietarios y empresarios a través de un nuevo proceso reindustrializador se transformará en un bienestar social generalizado a través del papel mediador del Estado como redistribuidor de la riqueza.

En primer lugar podríamos afirmar sin rubor que este escenario de perpetuación institucionalizada de la desigualdad es más que poco deseable, intolerable. Pero además de eso, es más que cuestionable que sea tan siquiera posible. Y no hablo aquí de una imposibilidad de tipo técnico como la que es enarbolada desde las filas de la derecha para intentar poner en tela de juicio la propuesta de Podemos. Más bien hablo de una imposibilidad material de volver a reactivar un proceso de crecimiento despilfarrador similar al que permitió al PSOE en la década de los 80 generar todo un entramado de bienestar. Dicho proceso ha devastado ya grandes extensiones de territorio que serán difíciles de recuperar. Por otro lado el ocaso de la energía y los materiales es una realidad. Seguir pensando que vamos a poder contar con energía barata y abundante, además de con recursos minerales de iguales características, para mantener una producción industrial en crecimiento es sólo una ilusión. Pero más allá de esta forma de determinismo energético técnico que suele ser habitual en las líneas de cierto ecologismo, es extremadamente relevante afirmar con rotundidad que nos oponemos a la perspectiva de continuar con la artificialización total del mundo sea esta o no posible. Si realmente nos planteamos una vida en la cuál la opresión desaparezca hasta los límites de lo posible, será necesario que el horizonte sea la conquista del mayor nivel posible de autonomía. En este sentido dicha autonomía debe mantener en mente no sólo la libertad de los actuales habitantes del planeta, sino que debe articularse de tal forma que no hipoteque la posibilidad de futura vida humana en la Tierra.

Pero para que dicha reformulación sea posible es necesario que dejemos de lado el trabajo asalariado como único mediador social y recuperemos un concepto más amplio de necesidad que se desacople del consumo. Si nos planteamos como horizonte el socialismo, este debe pasar necesariamente por la reapropación de las distantes facetas de nuestra vida para pasar a basarlas en la actividad comunitaria no monetaria. Se me puede tachar de iluminado, como ya hiciera Jorge Fonseca en el acto que Podemos realizó en la Universidad Autónoma de Madrid hace un par de semanas. Pero personalmente considero que, por mucho que queramos ser pragmáticos, lo anterior constituye un realidad que será una traba permanente para cualquier proyecto anticapitalista que no se sitúe con decisión frente a ella.

Para terminar me parece importante señalar que nada de esto resulta muy sorprendente. Al fin y al cabo al haber elegido Podemos la forma de partido político, y en ese sentido situarse en la conquista del poder estatal como terreno de batalla, sus límites estaban ya marcados de antemano. Recordando las reflexiones de Antonio Turiel en su articulo «Lo que no Podemos» la cosa es sencilla. Cuando la gran mayoría de la población no considera como problemáticas ningunas de las realidades de las que antes hemos hablado y nuestro único objetivo es conseguir la adhesión de dichas mayorías, ¿qué sentido tendría sacarlas a relucir?

Cronos

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