La mujer en la cultura patriarcal (I)

Por  Darío Yaparié. Estudiante de Filosofía e Historia de las Ideas
en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México
No se nace mujer, se llega a serlo.
Simone de Beauvoir, El segundo sexo

 Para empezar a hablar de la mujer en la cultura, cabe preguntarse ¿qué es la cultura patriarcal?, ¿qué significa ser mujer en dicha cultura?, ¿cómo se concibe a las mujeres en el mundo occidental que, desde hace siglos, es construido, en gran parte, con la mente y la práctica de los hombres, pero también con la práctica de las mismas mujeres?, ¿por qué muchas mujeres son seres humanos que se encuentran en desventaja respecto de la posición de los hombres?, ¿qué situación viven las mujeres y cómo se puede intentar que mejoren sus vidas y se amplíen sus libertades?

Si empezamos por enfatizar en qué ha sido de la mayoría de las mujeres en la cultura patriarcal, veremos que han padecido, y siguen padeciendo, los embates de la represión machista, a partir de la idea de que el sexo femenino es un sexo acrítico y pasivo por “naturaleza”, misma naturaleza que, supuestamente, justifica y ordena que las mujeres (y los hombres) estén atrapadas en los tentáculos de la cultura. De hecho, para Rubí de María Gómez, “la humanidad de las mujeres ha estado en cuestión durante toda la historia de la cultura y la evidencia de este hecho – la ausencia de la mujer como sujeto cultural, y su carencia de derechos y prerrogativas que caracterizan y legitiman la existencia masculina- es tan apabullante que obnubila la misma posibilidad de preguntarse por ella” (Gómez, 2001:75).

Por consiguiente, las mujeres, por su escasa inserción en la cultura occidental, viven obedientes al someterse a las órdenes de los hombres, a un ámbito particular en su condición de mujeres. Tanto es así, que, a nivel cultural, existe una ruptura, además de un condicionamiento, desde los “otros” y con los “otros”, es decir, con los hombres. De hecho, el carácter de objetividad (1) que ostenta la cultura funge como separador de los seres humanos, e incluso se sitúa por encima de ellos. Digamos que se encuentran diferenciados el hombre y la mujer a pesar de que, paradójicamente, viven entrelazados al ser objetos de la misma cultura que subyace alrededor de ellos.

Además, dicho sea de paso, se aprecia que, en occidente, no sólo la mujer ha padecido los embates de la cultura patriarcal, sino también el hombre, a pesar de que de él manan las estructuras de la misma, el hombre mismo ha sido sujeto y objeto de su creación cultural. Debemos reflexionar en que indistintamente de los géneros separados con su respectiva posición social (si el hombre debe salir a trabajar, la mujer debe quedarse en casa para administrarla y cuidar a los hijos), se padece el problema de la deshumanización, consecuencia de las estructuras políticas, económicas, sociales, etc. A través de los siglos, el grueso de la humanidad del mundo occidental ha sido “deshumanizada” en pos de un sistema que produce y reproduce las relaciones sociales de producción cultural. Por esta razón, “las consecuencias de esta [especie de] colonización cultural son bien conocidas: mirar la propia realidad en un espejo en que se reflejan figuras de otra realidad, [se trata de un] buen sistema para distraernos de lo nuestro y para no emanciparnos culturalmente” (Ander-Egg, 1983:155).

Hay que tener en cuenta, que, la manera de concebir al hombre y a la mujer con su respectivo que hacer a nivel cultural, político e ideológico, se debe a la peculiar forma del pensamiento patriarcal, que circunscribe el ámbito de las relaciones humanas a una concepción supuestamente natural: los hombres y las mujeres son diferentes por naturaleza. Esto significa que la mujer es pasiva, obediente, sin pensamiento crítico, etc., y que el hombre es activo, replicante y capaz de pensar por sí mismo, y de paso por las mujeres. Tal pensamiento generador de abusos hacia la mujer, en suma, hace que los hombres sean los que gobiernen y las mujeres a que obedezcan. En buena medida, debemos semejante dualidad a los pioneros de las ideas que, como productos forjadores de la conciencia, han abonado el terreno de las relaciones humanas para influir de manera decisiva en ellas. A modo de ejemplo baste señalar la Biblia, los filósofos presocráticos, Pitágoras, Platón, Aristóteles, hasta los creadores de las teorías psicológicas como las de Sigmund Freud y Lacan. Cada uno de ellos justificará teóricamente el papel que deberá asumir el hombre y la mujer en el mundo occidental. Y la prueba es que, para Ezequiel Ander-Egg, con ellos sucede

Como tantos otros intelectuales europeos, incapaces de ver el mundo fuera de las gafas de su propia cultura, creían que aportaban el soplo espiritual del humanismo occidental, que sus voces eran proféticas […] Más todavía, ni siquiera repararon que esas ideas, más que alimento intelectual, constituían la justificación ideológica de la dominación […] que llevaban a la práctica los hombres de acción (Ander-Egg, 1983:155).

He aquí cómo comienza a forjarse un tipo de ser humano a partir de las “inteligencias” de unos cuántos sobre millones de “inteligencias” en el mundo occidental. De aquí, que también comience a forjarse una red cultural que entretejerán con sus actos los hombres y las mujeres. En todo ello se manifiesta el carácter simbólico o representativo de la construcción femenina y masculina como polos opuestos, como construcciones históricas dadas en un particular contexto.

El problema es que, aunque la fisonomía de los contextos cambie, las relaciones humanas con su respectiva construcción simbólica siguen vigentes y entretejidas en el uso y abuso del hombre hacia la mujer. Por ello es necesario que existan teorías o discursos desde el ámbito de la filosofía de la cultura, de la política, de la economía, del derecho y el Estado, de la ética, etc., que señalen los problemas de la cultura patriarcal que afectan directamente a la mujer, y también al hombre. “Es necesario que [se] piense a la mujer en el singular modo de ser que la ha distinguido y que, a la vez, la ha condenado a ser y existir en el mundo construido por el varón, […] la ha marginado de la creación y recreación de las formas de vida humana sociales y culturales” (Toscano Medina, 2001:161).

Así pues, es innegable que la mujer ha padecido los embates de la cultura. Esto es, que el ser de la mujer, a lo largo de la historia patriarcal, ha estado sujeto a las necesidades de dicha cultura. Pongamos por caso al ser de la mujer occidental en palabras del poeta mexicano Enrique González Rojo, un ser que hace la función de: “vulgar abono para que al árbol masculino [pronuncie] sus flores” (González Rojo, 1982:86). La mujer como un elemento vital para la construcción de lo masculino, y, al mismo tiempo, la mujer como un elemento de desconstrucción para sí misma. La mujer, en este problema, es para otro, pero no es para sí misma, se da al otro, pero no se da a sí misma, piensa en el otro, pero no piensa para sí y desde sí misma. En ella no se pronuncian sus flores como en el árbol masculino, lo cual es imposible, debido a que la mujer ni siquiera es árbol (un árbol que, por cierto, hunde sus raíces en la tierra y da frutos), simplemente es vulgar abono para nutrir al árbol masculino.

La mujer así, en la práctica cotidiana, se reduce a objeto, un objeto que no piensa por sí mismo, sino que lo piensan para el provecho del otro (del hombre),y también un objeto deseado por lo otro, es decir, por la cultura. Es importante, pues, que la mujer comience a pensarse desde sí y desde fuera de sí (desde la cultura del otro), si es su voluntad salir del lugar al que se le ha confinado; del papel de vulgar abono que reproduce las ramas y fortalece las raíces, tanto del árbol de la cultura como las del hombre mismo. “La mujer no ha jugado en ella ningún papel protagónico o relevante, si acaso el de cumplir el papel de una compañera cuya tarea es dar sosiego al conquistador, darle más hijos (que sean varones preferentemente) y que sea capaz de reproducir en el espacio doméstico (único espacio en el que encuentra su “realización”) la educación y los valores masculinos” (Toscano Medina, 2001:164).

En efecto, si la mujer empieza por pensarse desde sí y desde fuera de sí hará conciencia de cómo se entreteje la cultura del otro y de cómo ha sido entretejida ella misma. La cultura del otro posee un sentido y una significación, misma que da un sentido, sí, pero una des-significación para la mujer como ser humano con capacidades como las del hombre mismo. La mujer-objeto se des-significa como sujeto activo capaz de construir e imprimir su espíritu en la cultura del otro. En ésta des-significación, la conciencia de la mujer, que es conciencia de sí misma, pierde sentido, pues está allí, sin más, esperando y bien dispuesta para dar sentido a la cultura del otro.

Ya la naturaleza (2) misma de la mujer -como un ente en que culmina la gestación humana- le da un lugar en el mundo, pero aquella no construye su ser en él. Es decir, la mujer y el hombre nacen, sí, naturalmente, de las entrañas de la mujer, pero la cultura no nace ni nacerá de las entrañas de ninguna mujer, sino de las mentes creadoras de los o las sujetos.

Por tanto, si la mujer “da a luz”, desde sus entrañas, al ser humano en general, el ser de la mujer, desde que nace, es un ser “sin luz” para la cultura del otro, no para sí misma. Es un ser para sí desde lo biológico en el que su cuerpo le pertenece (aunque hay mujeres que se dan por completo, negándose a sí mismas, que a la cultura del otro le pertenece su cuerpo y su espíritu), pero su conciencia aún no está construida, no es conciencia para ser sí misma. Ésta más bien comienza a construirse a través del tiempo, bajo la influencia de la cultura en la que nace. Por tanto, cuando el ser, desde sus primeros días, es arrojado a la cultura, desde la cultura para la cultura, según el tipo de cultura que prevalezca, y según la tradición que la fortalezca, el ser del ser humano se oprimirá o se liberará.

En otras palabras, la tarea que se debe asumir para la reconstrucción de la cultura y de una nueva mujer, es, primero, la de construir un aparato crítico, capaz de cuestionar y minar las bases de la cultura que prevalece. Si se es un tipo de mujer desde el discurso de la cultura, es porque también existe una mujer que se autoconstruye con el discurso y la práctica de dicha cultura. Una no puede existir sin la otra. El contexto cultural delimita y conforma a la mujer restándole subjetividad, estableciendo así una relación paralela de mutua dependencia.

—–

(1) La cultura es objetiva cuando ésta deja de ser producto de la subjetividad de quien la crea, es decir, de la sociedad en su conjunto, que la construye a través de la práctica cotidiana. Así, la cultura patriarcal, más que atender a la subjetividad que intentamos revivir en las mujeres y en los hombres de ella, la anula, objetivándolos para ser sus instrumentos. Digamos que la cultura hace el papel de regidor donde ésta no les pertenece a los seres humanos, sino que a la cultura le pertenecen los seres humanos. En esta paradoja, la cultura se establece como una entidad viva, separada de los mortales, debido a que nacimientos y muertes de seres humanos pueden ir y venir con el paso de los años, pero la cultura puede estar ahí, inalterable por el paso del tiempo, pero más aún por los hombres y las mujeres que la fortalecen en la práctica.

(2) Hablo de “la naturaleza de la mujer” en el sentido que, en las mujeres –a no ser que nazcan con problemas de esterilidad- la naturaleza decidió que en ellas se gestara el producto humano, para que finalmente lo arroje al mundo de los demás seres humanos y, por tanto, de la cultura. Sin embargo, de la mujer misma depende si quiere ser madre o no, pero tal decisión será una decisión cultural, no natural. Así pues, en caso de que la mujer decida no parir, no significa que no sea mujer.

La mala yerba (humilde homenaje a Yerma)

ESCENA I

Sala de estar, paredes encaladas. En el tabique zurdo, el
hueco de una ventana. Al fondo, de izquierda a derecha, un
armario, una puerta con una cortina estampada recogida,
una mecedora y un pequeño sofá. Sobre este, colgados, dos
cuadros: un bodegón y una cacería de ciervos. Iluminación
total.
Isabel, desplomada en la mecedora, se seca sus últimas
lágrimas con un pañuelo de tela. Viste de luto, con pantalón
y rebeca. Concha, sentada en el sofá, rígida, permanece
callada, sin mirar a su hermana, y también ataviada para un
velatorio. Lleva mantilla, con la cara descubierta y un
anticuado traje negro.
Es la mañana de un domingo de noviembre de 1973, en el
campo andaluz occidental.

ISABEL. Bueno… pues ya está.
CONCHA. Sí.
ISABEL. (Reflexiva) Adiós a toda una vida.
CONCHA. Ajam.
ISABEL. ¿Te acuerdas de aquella vez en que casi quema el pajar entero para matar a una arañilla? (sonríe, intentando reponerse del llanto).
CONCHA. (Continúa pasiva) Claro.
ISABEL. Llevaba varias semanas enfermo, ¿verdad?
CONCHA. Ay, mira, déjame en paz. Qué más dará… ojalá esto fuera mi mayor problema.
ISABEL. No me extraña que te dé igual, nunca le has querido.
CONCHA. (La mira a los ojos) Para ti es muy fácil querer a papá, no has tenido que vivir con él todo este tiempo. A ti te dio la ciudad, ¡toda la ciudad! En cambio, a mí… a mí me dejó encerrada en esta casa, en este pueblo muerto.
ISABEL. Ya hemos hablado de esto muchas veces, no empieces con lo mismo, ¡qué aburrimiento! (CONCHA vuelve a mirar hacia otro lado. ISABEL le coge una mano. Inquieta, trata de cambiar de tema) Si no es papá, ¿cuál es ese problema?
CONCHA. No es nada. (Aparta la mano. Contradictoria) Es por papá.
ISABEL. No, no es por papá. A él no le quieres, ya lo has dejado claro antes. Tu mantilla, tu luto… tu velatorio es por otra cosa. Tu duelo está por dentro, en tu cabeza. (Pausa) Llevas toda la mañana perdida.

CONCHA suspira. Pierde la tensión en sus músculos. Se
desinfla. Parece que va a llorar.

¿Y bien?
CONCHA. Verás… mi marido…
VOZ DEL MARIDO. ¡Mujer, El chambergo! Que voy ya a la faena.

CONCHA va hacia el armario, lo abre de par en par y
descuelga la única prenda que hay dentro: el chambergo.
Recorre todo el escenario y sale por la derecha. Vuelve sin
el abrigo. Antes de sentarse se oye un portazo que asusta
visiblemente a las hermanas, que dan un respingo. Se
sienta, de nuevo, en el sofá. Disimula. ISABEL le da un
tierno empujón en el hombro, para que hable.

CONCHA. Estoy preñada.
ISABEL. (Contenta) ¡Encinta!
CONCHA. ¿De qué te alegras? ¡Es una tragedia!
ISABEL. (Burlona) Una tragedia, una tragedia… no dramatices. Es verdad que a esta edad puede ser peligroso, pero ¡es tan bonito! ¡una vida nueva!
CONCHA. Esa vida nueva nos va a devorar la nuestra.
ISABEL. Qué terrible eres (pausa). ¿Ya lo sabe tu marido?
CONCHA. No, y no va a tener noticia.
ISABEL. No vas a poder esconderlo para siempre. Además, él también tiene derecho a saberlo.
CONCHA. A ti siempre se te llena la boca de derechos, de justicia, de esto y de lo otro. ¿Pero cuáles son mis derechos? ¿Y los de mi marido? ¿Morirnos de hambre? ¡Ya no queda nadie en este pueblo! Todos se fueron a la ciudad, como tú, a las fábricas. Nadie quiere comprar ya nuestros animales o nuestras frutas. Tenemos que competir con toda esa comida mecánica, industrial. Se han vuelto todos locos. ¿Y tú quieres que tengamos otro hijo? No hay futuro en el campo, Isabel. Las manos del niño que viene nos van a ahorcar en lugar de ayudarnos a sostener la azada.
ISABEL. No estás hablando tú, yo sé que no estás hablando tú. No se cómo puedes decir esas cosas. Siempre te han gustado los niños… todavía no perdonas que Basilio se ordenara y no te hiciera abuela.
CONCHA. Sí, pero mi marido dice…
ISABEL. (La interrumpe) Ah, tu marido.
CONCHA. Sí. Mi marido.
ISABEL. Entiendo.

Silencio.

CONCHA. ¿Qué quieres decir con entiendo?
ISABEL. No tienes que tenerle miedo, lo comprenderá. Él también es parte de lo que llevas en tu barriga.
CONCHA. (Resignada) Me gritará. Toda la culpa es mía.
ISABEL. ¡No!
CONCHA. ¡Sí! (solloza). Yo desee a ese niño mientras le hacíamos. Pero mi marido… él nunca ha querido tener un hijo conmigo, ni siquiera a nuestro Basilio. Pensé empezar de nuevo, con otra criatura, educarla, mimarla. Por eso estoy embarazada. Pero tiene razón. Un hijo ahora… me va a abandonar cuando lo sepa.
ISABEL. Debes tratar de hablar con él, seguro que no se marcha. Aunque, si no, siempre te queda… lo otro.
CONCHA. ¿Lo otro?
ISABEL. Londres.
CONCHA. ¡Por los clavos de Cristo! Yo nunca podría hacer algo así…

Se va haciendo el OSCURO…

ESCENA II

Tarde en la plaza mayor del pueblo. Papel pintado sobre el
fondo, con varias casas blancas. Albero en el suelo.
Iluminación total.
CONCHA y dos VECINAS, ancianas, zurcen retales sentadas
en unos taburetes de mimbre. El de la VECINA 1 es más
pequeño que los otros dos. CONCHA está en medio de ambas. Ya no viste de luto.

CONCHA. …pero bueno, también me dijo que estaba la posibilidad de, ya
sabéis… lo otro.
VECINA 2. ¿Lo otro?
CONCHA. Londres.
VECINAS. ¡Por los clavos de Cristo!
CONCHA. (Simulando diversión) Lo mismito dije yo.
VECINA 2. Cómo se le ocurre ni siquiera pensar que tú…
VECINA 1. (Interrumpe) La de disgustos que nos hubiéramos ahorrado nosotras si en su día también hubiéramos podido.
VECINA 2. Dime si tú serías capaz de hurgarte en las entrañas para matar a tu propio hijo.
CONCHA. Ay mujer, pero…
VECINA 1. Tu hijo, tu hijo. Pero si eso al principio no es más que una bolita.
VECINA 2. Al principio, tú lo has dicho.
CONCHA. (Tímida) Yo me lo noto desde hace 2 meses.
VECINA 1. ¿Ves? Dos meses no es nada, una bolita.
VECINA 2. Pues tú misma también fuiste una bolita con dos meses y seguro que no te hubiera gustado que te desparramasen por ahí como un flan estrellado en el piso.
CONCHA. (Empalidece) Eso… eso no es así.
VECINA 2. ¡Uy, que no!
CONCHA. Mi hermana nunca me ofrecería hacer algo así.
VECINA 1. ¿Y no crees que la Jacinta si hubiese podido elegir habría tenido al retrasado de su hijo?
CONCHA. No es tan bobo… es diferente.
VECINA 1. ¿Y Rosarito, la de la Luisa, que tuvo dos que se le murieron flaquitos, casi al nacer, de no tener nada que echarse al gañote?
CONCHA. Pero es que su marido se pasaba los días y las noches en la cantina.
VECINA 1. (A la VECINA 2) ¿Y tú, tú misma, nunca has pensado que si no hubieras tenido tan jovencita al primero de tus hijos no te habrías tenido que casar con un hombre que te desprecia? ¿Qué hubiera pasado si no lo hubieses tenido?
VECINA 2. (Se pincha varias veces la yema de sus dedos con la aguja y la refriega sobre la tela blanca que cose, manchándola. Trágica) ¡Esto! ¡Esto habría pasado! ¡Sangre! La misma que a las mujeres nos da la muerte dos veces, una cuando empezamos a sangrar y otra cuando lo dejamos para siempre.
CONCHA. Pero allí te operarán, será todo muy limpio, no como aquí. La gente está más preparada, más educada. Tienen más dinero. Y seguro que no duele.
VECINA 2. ¿Sabes qué es lo que te hacen en Londres? (CONCHA muestra su interés acercando la cabeza hacia su interlocutora) Te tumban en una camilla, te abren las piernas y con un ganchito, con una percha, te revuelven por dentro y te sacan al niño pinchado en el alambre.
CONCHA. (Se toca la barriga, con gesto de dolor) No puede ser…

Mira a la VECINA 1, que asiente con la cabeza y los ojos
cerrados. Pausa. CONCHA se resiste a creerlo.

¿Y tú eso cómo lo sabes?
VECINA 2. (Misteriosa. Confidencia) Por mi hija, la menor. ¿Te acuerdas que estuvo de criada de los Salmerón? Pues a la niña de la casa la preñó, dice, el párroco viejo, el que estaba antes, y para que nadie se enterara, ni el obispo ni los amigos de la familia, el cura le fue con el cuento de Londres al señor, y allá que se la llevaron. Y la niña volvió, sin hijo, pero sintiéndose todas las mañanas la percha por dentro.

Se repite la mímica anterior. Vuelve a asentir la VECINA 1.

VECINA 1. Con la Iglesia hemos topado.
CONCHA. (Preocupada. Chista) Que como te oiga alguien…. ¡Qué cosas tienes!
VECINA 1. ¿Quién? Si este pueblo está vacío. Echo de menos que alguien nos oiga… Pues anda que haberse ido la repipi tan lejos para hacerse esa chapuza.
CONCHA. Y con la cosa tal y como está (gesticula dinero, paseando el pulgar por el índice y el corazón de su misma mano).
VECINA 2. Mira, Concha, tú sabrás a quien quieres tener contento. A Dios o a tu marido.
VECINA 1. Lo que yo diga.
VECINA 2. Piensa. Piensa en ese pobre niño, ¡o quizá niña! Tu primera hija, que no quieres dejar nacer. Que quieres matar. Y Dios lo ve todo, y todo lo castiga.
CONCHA. Sí, pero, también puede ser lo mejor. No tenemos ni para nosotros, si encima tenemos un bebé… lo deberá comprender.
VECINA 2. Dios no entiende de los problemas de la tierra, que por serlos, tienen menos valor. Él se encarga del alma, de tu alma, y la verá negra cuando la reciba si haces lo que estás pensando.
CONCHA. Yo no estoy pensando nada.
VECINA 2. Sí piensas, y piensas mucho. Eres curiosa, como Eva. La curiosidad no mató al gato, mató a la mujer, a la Humanidad. Las mujeres deben ser menos curiosas y más trabajadoras. Y deberse a lo que se tienen que deber.

La VECINA 1 se ríe, pero nadie le acompaña. Pierde
progresivamente la risa. Comprende que el parlamento de
la VECINA 2 es sincero y compartido. Breve silencio. Recoge
sus telas y ovillos. Se despide. Mutis.

¿Ves este escabel? (señala la banqueta de la VECINA 1) Se ha quedado vacío. Vacío. Nada. El espejo de su vida, solitaria. De la
sequedad. Quiere que no tengas al niño, como ella, para que estés así hasta que mueras, sin nadie. Con la silla vacía. Pero no le hagas
caso, y sigue cosiendo. Deja ya ese vestido ridículo que quieres hacerte, tú misma sabes que no lo vas a poder estrenar nunca. Eres
una madre, no una de esas de las revistas. (Cambia el tono, más cariñosa) Sin embargo, puedes hacerle unos zapatitos al bebé. Tengo en casa lana rosa.
CONCHA. (Nostálgica) Sería bueno que fuera una niña.
VECINA 2. Una preciosa niña, viva. A la que arropar cuando tenga frío. Que se ría cuando le hagan cosquillas. Que llore cuando tenga miedo, y quiera que le enciendas un candil. (Le acaricia la cabeza, entrelazando sus dedos por el cabello) Cuídala. Cuídala mucho. Estar embarazada es una recompensa, no un castigo. Pero ya notarás esa satisfacción, no te preocupes. Sabrás que no te has equivocado cuando la balancees entre tus brazos, como una luna menguada, noche tras noche.
CONCHA. Noche tras noche. Balanceándola…

Se va haciendo el OSCURO…

 

ESCENA III

Noche en el mismo escenario que en la Escena I. Penumbra.
Iluminación tenue.
CONCHA permanece de pie, cerca de la ventana, inquieta.
Porta una vela encendida sobre un plato. El MARIDO está
sentado en el sofá. Afila una estaca con una navaja.

MARIDO. Pues no que me dice que el pecado original de los andaluces es la pereza. ¿Te lo puedes creer?
CONCHA. No.
MARIDO. Pues créetelo, créetelo. Este patrón cada vez está más insoportable. Estoy en planta a las cinco de la mañana para darle de comer a la burra, a los pollos y a los puercos, que por no comer ni como, y luego me voy a la labranza a echar allí todo el día, llueva o truene. Catorce horas del día con la herramienta en la mano y el mindundi este solo se llena las botas de tierra cuando viene a cobrar. La ciudad sí que ha traído nada más que ladrones y flojos. (Pausa) ¿Qué has hecho de cena?
CONCHA. Caldo de puchero y patatas hervidas.
MARIDO. ¿Con yerbabuena?
CONCHA. No. ¿Quieres?
MARIDO. Échale, anda.

CONCHA sale por la puerta de la cortina recogida.

MARIDO. (A voces, para que CONCHA le oiga). La pereza, la pereza… ¡la vida entera enfangado de mierda hasta las rodillas! Que hasta me huele el sudor a abono. ¿Sabes lo que tendríamos que hacer? No, no, nada de irles a los concejales, los politicastros no sirven para nada. Tendríamos que denunciarle a la Guardia Civil. ¡Que baje Dios y niegue que este diezmo que nos cobra no es un robo en toda regla! Y que lo metan en Carabanchel o por ahí, no en El Puerto, no vaya a ser que se junte con los vagos y los maleantes (Ríe, satisfecho).

CONCHA regresa por la misma puerta y se acerca, de
nuevo, a la ventana. Mira a través de ella.

(Hacia CONCHA, explicándole) Los vagos y maleantes, nosotros, los andaluces, según el tipo este, claro. Bueno, da igual. A ti nada de esto te hace gracia, ¿no es así? Siempre te ha dado igual todo. ¡Claro! Como el que tiene que trabajar soy yo… tú aquí, en casita, con tus
animalitos y tu comidita.
CONCHA. Oye…
MARIDO. Y encima tengo que decirte yo cómo tienes que hacerlo, que todavía no has tenido tiempo para enterarte de que el consomé me gusta con yerbabuena.
CONCHA. Escucha…
MARIDO. Y las papas, sosas, como siempre. Y no será porque no tenemos sal, que todos los días vienen de los esteros con carretas llenas de sacos.
CONCHA. (Deja el plato con la vela en el remate. Se da la vuelta; le mira) ¿Puedo…?
MARIDO. (Importunado) Qué.
CONCHA. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Silencio.

Hoy, en la plaza, esta tarde, me he cruzado con Carmina, la gallega, y me estuvo contando que en una tierra que tiene, detrás del establo, en su casa, que la tenía baldía, está empezando a salir un tallo. No se lo esperaba. Dice que parece que es de rosa, pero cree que se le va a marchitar antes de florecer. Y eso: no sabe qué hacer, porque tendría que cuidarla, fertilizarla, regarla, protegerla de los pulgones, que ahora que empieza a refrescar tampoco debería haber muchos, pero nunca se sabe. ¿tú qué piensas?
MARIDO. ¿Las rosas se comen?
CONCHA. No.
MARIDO. ¿La va a vender?
CONCHA. No.
MARIDO. Entonces, no va a sacarle dinero a cultivarla, ¿no?
CONCHA. No…
MARIDO. Pues ¿hace falta que te diga entonces lo que pienso?
CONCHA. Bueno, pero… la rosa adorna. Y es bonita. Y vive.
MARIDO. No todo lo que vive es bueno, Concha. Dices que creció en tierra muerta, ¿no es así? Pues de lo muerto solo puede salir algo peor que un muerto. Gusanos, podredumbre. No merece la pena prestarle más atención.
CONCHA. Pero…
MARIDO. (Clava la navaja en la mesa, y comienza a contonear la estaca afilada como una lanza, tal que si fuera un florete) Mala yerba, Concha, mala yerba. O se corta de raíz, o la arrancas con tus propias manos, o ese campo ya no va a servir ni para soltar los bichos a trotar, ¿comprendes? (Pausa). La vida es otra cosa que andar entretenido en caprichos. Bastante tenemos con los quehaceres como para perder el tiempo en florecitas que tarde o temprano acabarán viejas, retorcidas o masticadas por alguna yegua.

CONCHA se da la vuelta. Apoya los brazos en la cornisa de
la ventana. Vuelve a mirar por ella. El MARIDO coge de
nuevo la navaja y raspa el palo.

Dile a Carmina que mate al tallo antes de que crezca. Y que no malgaste el material en una simple flor, teniendo todavía que labrar
todas sus tierras. (Pausa) De esas cosas se tiene que encargar su marido. (Pausa) ¿Qué andas mirando tanto?
CONCHA. Nada…
MARIDO. ¿Nada?
CONCHA. Sí, nada… La luna… que está menguando…

Se va haciendo el OSCURO…

 

ESCENA IV

Día en el mismo escenario que en la Escena I y III, pero la
cortina de la puerta no está recogida, y el armario está
abierto. Nadie. Iluminación total.

VOZ DEL MARIDO. ¡Mujer, El chambergo! Que voy ya a la faena.

Silencio.

VOZ DEL MARIDO. ¡Mujer, El chambergo!

Silencio.

VOZ DEL MARIDO. ¡Concha, joder!

Silencio. El MARIDO entra por la derecha, maldiciendo.
Recorre el escenario. Va hacia el armario. Le indigna que
esté abierto. Va a coger el abrigo y lo encuentra en el suelo
del ropero. No hay nada más. Confundido, lo recoge y se
viste. Inicia el mutis, visiblemente dudoso aunque tranquilo.
Suena un portazo. Por debajo de la cortina asoma un fino
hilo de sangre, que poco a poco invade la sala.
Se hace el OSCURO final.

Adrián Tarín

Yo también #tengounplan, pero necesitaré un helicóptero y napalm

Por EskizoElena

Ya es la septuagésimo segunda vez que me sale el anuncio de Desigual antes de un vídeo de Youtube, y ya no me aguanto. He aquí mi opinión (y digo «opinión» para indicaros sutilmente que me la suda lo que me contestéis).

Ayer me desperté con la maravillosa visión de la nueva campaña publicitaria de la marca Desigual. No por gusto, si no porque tengo algún amigo por ahí que me conoce muy bien y me manda cosas así para que me motive. Pues lo has conseguido, maldito.

En dichos anuncios lo que se ve, a grandes rasgos, es una tía vistiéndose y desvistiéndose 3646 veces y hablando… ¿de política? ¿economía? No. Una habla de que se quiere tirar al jefe, otra de que se va a Tailandia y la otra de que le va a presentar a sus padres a su novia. Que muy bien, que en los anuncios no van a ponerse a hablar de desahucios, lo entiendo. Pero no son los temas, si no el cómo son tratados esos temas, lo que me hace estar condenaíta. Pero, como dijo Jack «El Destripador», vayamos por partes.

¡Primer anuncio!

Aquí la señorita, de la cual evidentemente no sabemos su trabajo, dice que se quiere tirar a su jefe. Que cada una y cada uno puede tirarse a quien quiera, hoygan, y cada uno puede pensar lo que quiera de su jefe. Pero que no es lo único en lo que pensamos, ni la única meta que tenemos en la vida. Y ya me saltarán algunos con «pero si es una tía liberal, que sabe lo que quiere». Si yo no digo que no lo sepa, pero que no creo que sea lo único que piensa por las mañanas cuando va al curro. Y que siempre pongan a una tía que se quiere tirar a su jefe, y no al contrario se llama sexismo. Y no me digáis que si fuese al revés todas las feministas saltaríamos diciendo que el anuncio es machista y nuestra guerra sólo está ahí, porque está claro que en la sociedad patriarcal en la que vivimos la igualdad no se alcanza cambiando esos roles y punto. Se alcanza desde una educación igualitaria desde la base.

No me neguéis que la imagen que da el anuncio es de la secretaria cachonda que se quiere tirar al jefe perfecto de los abdominales de oro. Y si fuese al revés veríais al pobrecito chico que ansía tirarse a la jefa «dominatrix», la madurita cachonda. Eso es porque en nuestra mente tenemos establecidas unas relaciones de poder y de género que nos llevan a forjar unas ideas preconcebidas, sin cuestionarlas. ¡Cuánto daño ha hecho «Sexo en Nueva York»! Sobre todo cuando nos pensamos que lo único que hace a una tía empoderarse es hablar de tíos y de a quién quiere tirarse. La libertad sexual es un paso, pero no el único, y en este caso  lo parece. Tampoco ayuda que la señorita diga «qué digan lo que quieran las de contabilidad», pues lo único que hace es afianzar la creencia de que cuando a una mujer le va bien y se siente bien, el resto son unas envidiosas y unas víboras. No os excuséis en que esto es un caso concreto, no me vale. Es un anuncio, y la publicidad está hecha para vender, ya sea un producto, un pensamiento o una idea.

¡¡Segundo anuncio!!

O como le llaman la mayoría, «el de las bolleras». Pues para empezar, ya por ahí la habéis cagado, panda de cansinos y cansinas. Igual que si fuesen dos tíos y dijerais «el de los maricas». Tanta etiqueta me agota. Otra vez volvemos a una tía «empoderada» que, como no, tiene una de las características que más se usan para desacreditarnos a las feministas: lesbiana. Aunque la verdad, el o la que piensa que eso nos desacredita es imbécil, porque no es un descalificativo, pero sí la intención que suele llevar esa palabra. En fin…

La muchacha en este caso nos muestra su amor ideal y romántico con esa otra persona que aún no vemos, pero que claramente intuimos que va a ser una chica. «En un principio a mi padre le va a chocar, pero luego le va a encantar. Y a sus amigos también». Con dos ovarios. Porque claro, una tía que es bisexual (antes habla de un tal Nacho), es un objeto de deseo, es el morbo personificado, es de película porno. Si fuese un tío, ya cambiarían las tornas, ya.

Y ya por fin cuando se nos muestra a la pareja, resulta que sí, que es una tía. Pero no una tía cualquiera, no, sino el típico estereotipo de lesbiana con el pelo corto y que saca músculo, y a la que obviamente le gusta el fútbol. Luego si yo voy con el pelo corto y me gusta el fútbol, soy lesbiana ¿no? No me llevéis la contraria diciendo que la otra tía es muy femenina aunque sea lesbiana, porque ya hemos dicho que es bisexual, y para las mentes degeneradas y atrasadas, no es lo mismo. Seguimos explotando el morbo que a muchos les da una pareja de tías, y que no pasa al contrario. Sexismo.

¡¡¡Y tercer anuncio!!!

Es mi favorito, sin duda alguna. Para empezar, a la protagonista le molesta la crisis, está harta. Pero no de la situación precaria que vivimos, de que la gente no coma, o de los desahucios, no. Está harta del «mal rollo». Dí que sí, que esto de la crisis viene muy mal para los chakras. Y qué mejor manera de evitar esa mala energía que pirarse de España. Muchos los hemos pensado, pero para ir a buscar un trabajo que aquí no encontramos, no para irnos de vacaciones a Tailandia y vivir la vida frente al mar. Más que nada porque Tailandia no es sólo un destino de vacaciones, sino que es un país en vías de desarrollo con pobreza, precariedad, delincuencia, explotación, trata… A mi eso me da tela de buen rollo.

Por otra parte, como a ella la crisis no le afecta (pues puede ir vistiendo de Desigual, que esa es otra), se piensa ir a bucear, a darse masajes, a ver puestas de sol, y de «full moon party». Ella es un «hippi» que va a disfrutar con el dinero de su padre, ¡y a vivir como las salvajes! Porque todo lo que es extranjero, oriental, diferente… es de salvajes. Con esas edad es chungo tener esa visión colonialista de las cosas, perdona que te lo diga.

Luego lo intenta arreglar diciendo «vosotras os casáis, y yo me voy a Tailandia». Y me hago un trío. ¿Eso es lo «liberal» del anuncio? Pues también lo critico en el momento en el que creemos que una opción es mejor que otra, sin respetar la libertad de cada uno. Además, vuelve a hacernos creer que lo que nos libera a las mujeres es únicamente el tema sexual. Hasta el pobre novio me da pena. Una relación no es sólo el tener mucho sexo o el matrimonio, y no te liberas más por romper con esas normas preestablecidas. Una relación para mí debería ser una unión libremente pactada, de relaciones de responsabilidad compartida, de sexualidad libre pero responsable, sin que ahogue el crecimiento individual. Dejémonos de pensar en el amor romántico, y en que cuando no lo encontramos la única opción es huir, por favor.

Ya en general y para concluir, pienso que esta campaña sigue siendo una muestra más del sexismo de la publicidad en la que estamos inmersos, de los estereotipos, de las mujeres idealizadas, hechas a imagen de lo que nosotros creemos que es lo perfecto. Ninguna de esas mujeres tiene una talla 40, ni arrugas, ni unas curvas pronunciadas… Son lo que llamamos «tías buenas», hoy en día. Aquí se nos han presentado los tres tipos de mujer que, hoy en día, creemos que representa el «empoderamiento» o el feminismo: la «puta», las «lesbiana» y la «hippi». Ya es hora de que nos demos cuenta de que si seguimos permitiendo que se nos marquen los ideales, los cánones de belleza, la forma de ver las cosas, la mayoría de la sociedad lo seguirá viendo así. Y no se trata de prohibir, se trata de concienciar y cambiar. Dudo mucho que este anuncio lleve aparejada un poco de crítica o busque hacernos plantearnos todo esto. No olvidemos que sigue queriendo vendernos algo, y seguir utilizando a las mujeres como objetos en pro del capital. Este anuncio representa lo que por desgracia mucha gente piensa, y es una de las armas utilizadas por el patriarcado para afianzarse y mantenerse con el tiempo, disfrazarse de supuesto «feminismo». Es el nuevo machismo.

De agresiones y responsabilidades

Después de una noche de fiesta, una joven vuelve a su casa. La calle, que por el día está llena de sonidos y colores, se encuentra ahora tranquila, fresca e iluminada solo por la luz amarillenta de las farolas. Antes de entrar, decide sentarse un rato a ver si el aire fresco le despeja un poco.

La escena es habitual. Seguramente much@s sonreiremos al leer esto, porque nos hemos visto reflejad@s en esta situación. Volver a casa después de haber salido y detenernos un momento en la calle antes de subir, para ver si el fresco nos espabila.

En el momento en que esta chica se encuentra repasando lo ocurrido a lo largo del día, aparece un hombre y, antes de que pueda reaccionar, la inmoviliza y comienza a toquetearla, sobándole las tetas debajo del sujetador.

Aquí nuestras sonrisas de complicidad se congelan, desaparecen. La escena varía, la mayoría ya no nos reconocemos en esa situación en absoluto. Alguno empieza a pensar que no debería haberse parado. A quien se le ocurre, es que hay que tener más ojo, ir por ahí sola

Eso supone cambiar la forma de valorar una decisión por algo que sucede a posteriori. Tras leer los primeros párrafos, muchas personas hemos pensado: Sí, te entiendo, esa maldita última copa que nunca deberías haber bebido… Nos sentimos cómplices. Tras la agresión, que ocurre después, modificamos nuestra opinión sobre lo que sucedió antes. De forma que pasamos a considerar a esta chica como imprudente.

Si antes nos parecía fenomenal, una cosa totalmente normal. ¿Por qué la actuación del agresor cambia la valoración que damos a la actuación de la persona agredida? Sencillamente porque “vivimos en una sociedad donde se enseña a las mujeres a evitar las agresiones, en vez de enseñar a los hombres a no agredir”. En realidad lo que hacemos, conscientemente o no, es responsabilizar en buena medida a la mujer por lo sucedido.

El mismo trato le espera al llegar a comisaría. Tras decidirse a denunciar lo ocurrido, la policía, además de recordarle lo imprudente de su acción y entre otra batería de preguntas, le cuestiona cómo iba vestida. ¿Por qué? ¿Es un intento de determinar si iba provocando? ¿Las mujeres provocamos agresiones? ¿Cómo? ¿Al vestirnos del modo en que mejor nos parezca estamos invitando a alguien a abusar de nuestro cuerpo?

El mismo día, en otro lugar, una mujer es violada por policías. Esto nos parece aberrante, nada más leerlo torcemos el gesto.

Si especifico que ha sucedido en Túnez, nuestro semblante se relaja en parte. Los prejuicios hacia el mundo árabe nos lo permiten. Esas cosas pasarán allí, no aquí. Nuestra islamofobia, más o menos acentuada, nos ayuda a comprender una situación que antes considerábamos inaceptable. De ese modo, que en nuestro país exista también un largo catálogo de mujeres violadas por distintas figuras policiales no importa.

En Túnez también tuercen el gesto si les hablo de una mujer violada por policías. Pero, ¿qué ocurre cuando les comento que la chica, al ser detenida, se encontraba en posición cariñosa con su novio en un lugar escondido pero público? El efecto que resulta es el reflejo de nuestra reacción ante la primera agresión narrada, tal como si nuestro razonamiento se mirase al espejo.

La gravedad de la violación policial a la mujer, que sucede después, se valora en función de lo que ella hacía antes. ¿La violación está justificada si la chica se encontraba con su novio intercambiando caricias, pero no si, por ejemplo, esperaba el autobús? ¿En qué modifica eso el hecho de que un par de policías decidieran violar a una joven?

Para más inri, ha sido acusada por “ofensas al pudor”. Nótese que ha sido acusada ella y solo ella, el novio parece que no estaba cometiendo ninguna ofensa, estas cosas solo las podemos cometer las mujeres.

¿Por qué se me ocurre juntar estos dos sucesos en un mismo artículo? Porque un mismo matiz subyace en ambos: la responsable de la agresión es la mujer, por hacer algo que no debía. No debía hacerlo porque es mujer. Hay cosas que un hombre puede hacer, pero una mujer no. Hasta en los círculos menos reaccionarios se escuchan suspiros de resignación. Qué se le va a hacer, las cosas son así; vosotras sois más débiles, tenéis que protegeros.

La estrategia elegida para esa supuesta protección es la del miedo. No solo no se enseña a los hombres a respetar y valorar a las mujeres. A los hombres se les muestra la mujer como objeto para su disfrute (televisión, publicidad, pornografía…) mientras a nosotras se nos atemoriza desde pequeñas en lugar de aportarnos herramientas para la autodefensa. Se nos insiste en nuestra debilidad e incapacidad de enfrentamiento. Nuestra estrategia debe ser siempre la de evitar de todas las formas posibles llegar a encontrarte en esa situación: evitar ir a determinados sitios, a determinadas horas, ir sola, etcétera. Evitar y evitar. Hay que evitarlo todo. De otro modo, si nos pasa algo, la culpa es nuestra, de nuestra indumentaria, de nuestra actitud, etcétera.

En lugar de conseguir que la ciudad sea un lugar seguro para tod@s, a lo que se aspira es o bien a encerrarnos en lo más alto de las más altas torres, o ser escoltadas por nuestro príncipe azul. En lugar de empoderarnos, de educarnos en la seguridad en una misma. Si somos más débiles, deberíamos ser educadas para que esa diferencia disminuyera, no se agrandara. Aprender técnicas de autodefensa, pero contando con que lo primero es sentirnos capaces. En fin, poder ser personas capaces de vivir libremente.

Milicia Cebolla  y Liberty Cravan

La revuelta de los conejitos I

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!, porque limpian el exterior de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de saqueo e inmoderación.
Mateo 23:25.

No hay duda de que Rusia es un país extraño. Tanto, que parece posible modificar a conveniencia su posición geográfica, convirtiéndose en occidental cuando se trata del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o de la Organización Mundial del Comercio, de la que entró a formar parte este mismo agosto, y en la Rusia oriental en cuanto a represión de libertades. Dos países que son uno solo, la cercana Rusia diplomática y la lejana Rusia represiva y autoritaria. Como si Occidente quisiera alejar de sí sus propios fantasmas.

La cuestión es que en este país insólito saltó hace ya unas semanas el escándalo del grupo punk feminista Pussy Riot. Hay poco nuevo que decir del caso. Tres integrantes del grupo han sido condenadas a dos años de cárcel por elevar una oración contra Putin. En realidad, cuatro versos de una canción vociferados en plena catedral de Moscú, principal templo de la Iglesia ortodoxa rusa. Vandalismo motivado por odio religioso, en términos más concretos.

La respuesta desmedida de la justicia rusa demuestra su intención ejemplarizante. Lo obtenido, en cambio, ha sido una ola de solidaridad en todo el mundo, a la que incluso se han adherido Madonna, Paul McCartney, Sting y el siempre solícito antiputin Kaspárov.

Sobra decir (o quizá no) que en los países occidentales no estamos libres de situaciones similares que no han tenido el mismo trato ni en los medios ni entre los artistas. ¿Ejemplos? El más cercano, la detención de cuatro personas en un acción laicista y feminista en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid, que tuvo como resultado una oleada de recriminaciones conservadoras contra los autores de la performance.

Es normal, entonces, que surjan resistencias y, de hecho, ya hay quien incluso se anima a considerar todo el asunto como una maniobra propagandística y, aún mejor, como un circo mediático que no hace sino crear un nuevo icono de ventas para engrasar el capitalismo.

¿Por qué tantas muestras de solidaridad no se expresan más a menudo? Una buena razón es la sencilla necesidad de criticar a la lejana y autoritaria Rusia, reminiscencia del macartismo* y la Guerra Fría. Otra sería la inteligencia y oportunidad de las propias Pussy Riot a la hora de realizar su acción. Sin entrar a valorar sus motivaciones, han sabido golpear fuerte y atraerse la atención necesaria. Prácticamente firmaron su sentencia al llevar adelante su plegaria, sabiendo de la necesidad del Gobierno de Putin de defender a la Iglesia ortodoxa, puesto que la población conservadora y religiosa constituye la principal base social del Gobierno. Al mismo tiempo, han puesto de manifiesto la influencia de la Iglesia en la política rusa, especialmente desde que Cirilo I fue nombrado patriarca (cabeza de la Iglesia), sacando a la luz la fractura existente en la sociedad, motivada por el clima de represión.

Pero volviendo a la idea de la lejana Rusia despótica, si buena parte de quienes han mostrado su apoyo a las Pussy Riot pretenden reducir la postura de estas al enfrentamiento con Putin, ellas mismas han rechazado esta idea, situando la crítica contra Putin en la linea del resto de luchas anticapitalistas occidentales. En una entrevista de Der Spiegel a Nadezhda Tolokonnikova (miembro del grupo) al comentario del periodista «Si entendemos apropiadamente sus performances, no solo se dirigen a Putin, sino también van contra el capitalismo», ella responde contundentemente «Sí, somos parte del movimiento anticapitalista mundial, formado por anarquistas, trotskistas, feministas y autonomistas. Nuestro anticapitalismo no es antioccidental o antieuropeo. Nos consideramos parte de Occidente, y somos producto de la cultura europea.»

Por último, es interesante su valoración en dicha entrevista sobre el papel de la mujer rusa: «Las mujeres rusas están atrapadas en algún punto entre los estereotipos occidental y eslavo. Por desgracia, Rusia está aún dominada por la imagen de siglos de la mujer como cuidadora del hogar, y de las mujeres que crían solas a sus hijos, sin ayuda del hombre. Esa imagen sigue siendo cultivada por la Iglesia ortodoxa rusa, que convierte a las mujeres en esclavas, y la ideología de Putin de «democracia soberana» sopla en la misma dirección. Las dos rechazan todo lo occidental, incluyendo el feminismo. Pero Rusia, también, tiene una tradición de un movimiento de liberación femenina de estilo occidental, que Stalin aplastó. Espero que vuelva a levantarse… y que nosotras podamos ayudar a que ocurra.»

* Término usado para describir la caza de brujas anticomunista que se produjo en los EE. UU. entre 1950 y 1956, un extendido proceso de delaciones, acusaciones infundadas, interrogatorios ilegales, irregularidades judiciales y listas negras liderado por el senador Joseph McCarthy. Entre los afectados por esta política podemos nombrar a Bertolt Brecht o Charles Chaplin.

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