¿Solo 11 contra 11?

Hay quien define el fútbol, parafraseando a Von Clausewitz, como la continuación de la guerra por otros medios. Efectivamente, el fútbol no es más que la representación de un enfrentamiento entre oponentes, una batalla desarmada por lograr una victoria. Una representación que, sin embargo, supera con frecuencia el marco en el que se desarrolla para irrumpir con fuerza en conflictos mucho más tangibles y reales.

El ejemplo de la batalla en Port Said (Egipto) es paradigmático. En febrero de 2012, al término de un partido entre el Al-Masry (local) y el Al-Ahli (de la ciudad de El Cairo) los hinchas de ambos equipos de fútbol llevaron la batalla más allá del deporte. Los aficionados del Al-Ahli, visitante, luchaban como defensores de las revueltas árabes frente a los hinchas del Al-Masry, partidarios del régimen de Mubarak quienes asaltaron el campo tras la victoria de su equipo, con la permisividad de las fuerzas policiales. 74 personas murieron. Paradigmático fue también aquel partido que en el año 90 enfrentó al Dinamo Zagreb con el Estrella Roja de Belgrado y que acabó en una batalla sangrienta con trasfondo étnico, el enfrentamiento entre serbios y croatas.

El club de fútbol como símbolo propiamente político es una identificación que se ha vuelto natural con el tiempo. Vázquez Montalbán definió acertadamente al Barça como el «ejército simbólico desarmado de Cataluña» y hoy, la relación conceptual entre este club y buena parte del independentismo en Catalunya es innegable.

Tampoco extraña a nadie que la labor de Bukaneros, seguidores del Rayo Vallecano, tenga un claro componente político y social, muy ligado al barrio trabajador que da nombre al equipo. O que como resultado de tal compromiso, la represión a los grupos de izquierdas y revolucionarios en Vallecas se cebe especialmente con ellos. El ejemplo de Alfon, detenido durante la última Huelga General, es claro; así como el del resto de Bukaneros detenidos durante los últimos meses, con el único motivo de ser activos políticamente y parte de la izquierda.

Ken Loach también remarca esta relación de la clase trabajadora con el fútbol en Buscando a Eric. En ella, un cartero británico aficionado al Manchester United se apoya en su ídolo futbolístico, Eric Cantoná, para retomar las riendas de su vida. Más allá del equipo y del ídolo, el director nos recuerda la importancia del sentimiento comunitario que se genera en torno al fútbol. El mismo sentimiento que lleva a muchos chavales en su día a día a convertir un par de jerséis en una portería y un bote de refresco en una improvisada pelota.

Al otro lado del espectro son bien conscientes de la capacidad de este deporte como elemento propagandístico. A estas alturas resulta ya un lugar común repetir que el sentimiento españolista se ha multiplicado a raíz de las recientes victorias de la selección nacional. Por poner otro ejemplo, también muy claro, los grupos políticos más fachas y reaccionarios han sabido situar al Real Madrid como una institución de su entorno ideológico. Esto se deja notar tanto en el lenguaje que esgrime el club y sus mandatarios como, desde luego, en la actitud de la mayoría de sus aficionados. El franquismo dejó notar su influencia sobre un club que, en algún momento, llegó a ser una referencia para la izquierda. La imagen del Madrid republicano, con sus jugadores alineados puño en alto, refleja esto a la perfección. Sin embargo, tras la dictadura el ya de nuevo renombrado como Real Madrid queda retratado en la expresión atribuida a sus aficionados: «Yo solo creo en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu». Tal cambio también se dejaría notar en su escudo, que perdería en 2001 el color morado de su banda (color que había adoptado en 1931 en representación de su origen castellano).

La capacidad simbólica del fútbol está, por tanto, más allá de toda duda. Anima conversaciones y debates, enfrentamientos y acuerdos imposibles, pasiones desatadas y rechazo absoluto. Sorprende aún que el fútbol reuniese, en plena guerra mundial, a los soldados de ambos frentes en la Navidad de 1914. Quizá influido por este relato real, el Atlético de Madrid realizó un anuncio televisivo en el que dos combatientes de la Guerra Civil, militantes de bandos contrarios, se encontraban en el bosque. Cuando ambos tenían ya los fusiles apuntados y poco antes de lanzarse a matar o morir, descubren que son los dos aficionados del atlético. Esto cambia el desarrollo de los acontecimientos y los dos combatientes, antes enfrentados, se reconocen ahora como personas afines. El fútbol tendiendo puentes a pesar de la brecha ineludible de la guerra. Aunque se trate de ficción, su fondo remite a una idea muy real: la importancia cultural del fútbol en la psicología y la personalidad de muchos.

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La más grande de las cosas pequeñas parece convertirse a veces en lo único importante. Una vía de escape que no soluciona nada, pero que ocupa (o malgasta) grandes cantidades de tiempo. Pero el fútbol, más allá del espectáculo de los grandes clubs, es también una expresión cultural, una forma de socialización y una manera de hacer deporte considerada de manera positiva por muchos.

Un análisis sobre el verdadero papel social de este deporte (de todo el deporte, en realidad) y de los valores que porta está aún por desarrollar. Un análisis que valore tanto sus aspectos negativos como los positivos, que no son pocos.

La crítica al espectáculo y al negocio del fútbol está presente en mayor o menor medida en el movimiento libertario; sin embargo, existen aún muchas implicaciones que no han sido exploradas ni discutidas. Habría mucho que decir, por ejemplo, de la cultura del fútbol desde una óptica feminista y contraria a la heteronormatividad. También está por explorar la función del deporte en la formación cultural de muchos chavales que pasan horas pegando patadas a un balón. Sirvan estos apuntes como caminos abiertos a la exploración y al debate.

Somos soldados

La propaganda de guerra, como el fenómeno comunicativo complejo que es, no puede ser entendida como una mera operación militar ejecutada durante los conflictos bélicos, sino que debe ser comprendida como una acción política más destinada a generar un determinado consenso social, aplicada por los poderes -generalmente el Estado- también durante los periodos pacíficos.

La significación del célebre aforismo de George Orwell la guerra es la paz -lema del Estado totalitario retratado en su distopía 1984- va más allá de ser un ejemplo de la manipulación del lenguaje por parte de los poderes, y puede interpretarse literalmente: la guerra es la paz, o mejor explicado, el Estado mantiene el estado de guerra -aunque mucho más sutil- también durante las épocas de paz. En Regeneración ya hemos apuntado algunas nociones de cómo los medios de comunicación y determinados grupos sociales vinculan la masculinidad y sus valores asociados (virilidad, valentía, heroísmo) al militarismo, por lo que en esta ocasión vamos a hacer un mayor énfasis en el Ejército -y, por ende, al Estado- como institución productora de imaginarios sociales.

Ya desde el siglo XIX Clausewitz (1999) consideraba prioritario enfocar la propaganda de guerra más a la opinión pública que al enemigo. El objetivo era claro: es más importante el respaldo popular que la desmoralización del enemigo. La guerra de Vietnam certificó las teorías del Mayor General prusiano, y desde entonces todos los ejércitos del mundo ahondaron aún más en desarrollar técnicas de persuasión para la retaguardia. Esta política de propaganda requiere necesariamente de un constante bombardeo -por utilizar la jerga militar- de mensajes en pos de la cohesión ideológica.

No es de extrañar, entonces, que el Estado promocione los valores militares de forma continuada. Adrián Huici (2010) considera dos fases fundamentales de la propaganda de guerra: persuadir al hombre común de que apoye o vaya a la guerra, y conseguir que una vez alistado -en sentido literal o figurado- sea capaz de matar o de aplaudir las muertes. De esta manera, la labor propagandística del Estado ha de ser meticulosa y concienzuda, amén de sostenida en el tiempo. Sólo así puede explicarse que, con toda naturalidad y ante la pasividad de gran parte de la población civil, un destacamento de tropas chilenas pueda pasearse por la región de Viña del Mar coreando marcialmente «argentinos mataré, bolivianos mutilaré, peruanos degollaré». Desde las esferas de poder nos intoxican diariamente con mensajes xenófobos y militaristas para que seamos capaces de aceptar que nuestros ejércitos se entrenan diariamente en el odio y la crueldad.

Pero, ¿cuál es la labor de los medios de comunicación en todo esto? Independientemente de que estén más próximos al Gobierno de turno o no, suelen cerrar filas en torno a tales contravalores, y esta situación es coherente con la definición que Yehya (2008) aporta sobre la guerra sensorial, entendida como aquellas en las que participan fundamentalmente las clases más bajas de los países desarrollados. Actualmente, la burguesía y la clase trabajadora acomodada sólo tiene conocimiento de la guerra por lo que consumen mediáticamente. Es por ello por lo que los poderes destinan grandes recursos en presentar los conflictos bélicos de manera «aséptica, indeleble y prácticamente higiénica, sin muerte, dolor ni destrucción» (Sierra, 1997:61), ya que es este sector poblacional el que se encuentra más dispuesto a ejercer su derecho a voto y a integrarse en la dinámica de consumo del libre mercado; hay que mantener en calma al público. Asimismo, la propaganda debe aprovechar unos valores preexistentes y explotarlos para ser efectiva -rara vez genera valores de la nada– por lo que teniendo en cuenta que según Garrido Lora (2004) la persuasión organizada con fines bélicos tiene un mayor rendimiento sobre una población hastiada que sobre una participativa, la teoría de la alienación de la clase trabajadora tendría otra consecuencia más de las ya analizadas en su obra por Marx.

Frente a esta realidad, se hace imperiosa la necesidad de las personas anarquistas de confrontar contra el Ejército y el resto de instituciones derivadas en diferentes planos: en el físico, por supuesto, pero también en el de las ideas. Y no sólo contra el organismo en sí, sino dando a conocer nuestros postulados antiautoritarios y alertando a la sociedad del peligro que representan las políticas militaristas por su naturaleza embrutecedora. No es este un canto al pacifismo como acto reflejo, sino más bien una reflexión sobre los mecanismos cotidianos a través de los que el Estado trata de convertirnos en potenciales soldados desechables.

Adrián Tarín

Notas

-CLAUSEWITZ, Karl von (1998). De la guerra. Madrid: Ministerio de Defensa. Centro de publicaciones.

-GARRIDO LORA, Manuel (2004). “¿Qué valores humanos utiliza la propaganda en los conflictos?”; en HUICI MÓDENES, Adrián (Ed.). Los heraldos de acero. La propaganda de guerra y sus medios. Sevilla: Comunicación social ediciones y publicaciones.

-HUICI MÓDENES, Adrián (2010). Guerra y propaganda en el siglo XXI. Nuevos mensajes, viejas guerras. Sevilla: Ediciones Alfar.

-SIERRA CABALLERO, Francisco (1997). “Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas”; en SIERRA CABALLERO, Francisco (Ed.). Comunicación e insurgencia. Hondarribia: Hiru.

-YEHYA, Naief (2008). Guerra y propaganda. Medios masivos y mito bélico en Estados Unidos. Barcelona: Paidós.

Mali: Areva bien vale una guerra

¿Finalizó la Françafrique? Decididamente no y, a pesar de los bellos discursos de Hollande, sobre esta cuestión como sobre tantas otras, el PS y el UMP, son dos caras de la misma moneda.

«Francia no tiene ningún interés en Mali, declaró François Hollande a la prensa el 16 de Enero. Está solamente al servicio de la paz». ¿Seguro? ¿Francia no tiene ningún interés sobre la zona del Sahel? ¿Tampoco en las minas de uranio de Níger, explotadas por Areva para aprovisionar las centrales nucleares francesas?

Ciertamente, el hecho de que un ejército de salafistas dicte la ley en el Norte de Mali no hace feliz a nadie: ni a los habitantes condenados a vivir bajo el poder despótico de fanáticos, ni a los Estados de la región que temen la desestabilización, ni a las maliensas y malienses que ven su país dividido en dos y al borde del colapso.

Sin embargo, si la situación inquieta particularmente a Francia, esto es sobre todo porque después de muchos años, la explotación del uranio nigeriano está en peligro, debido a las repetidas incursiones armadas y a las tomas de rehenes. Es sobre todo por esta razón que hoy en día el ejército francés bombardea y se despliega.

Esta intervención permite igualmente a Francia retomar el liderazgo en la región por delante de su aliado estadounidense que, durante muchísimos años ha formado – en vano, visiblemente – a los cuadros militares malienses para dirigir la «guerra contra el terrorismo».

Intereses económicos y geopolíticos pesan sobre la balanza, más que las manos cortadas o los mausoleos destripados.

Las maliensas y los malienses que hoy en día gritan «viva Francia» y ven en François Hollande a un liberador deben hacerse conscientes de esta realidad.

Combatir a los salafistas, liberar las poblaciones de Gao o de Tombuctú, eso debería ser asunto de las malinesas y malineses mismos, eventualmente con la ayuda de los paises vecinos. significaría realmente una ruptura con la dependencia cara-a-cara de la antigua potencia colonial.

Dejando complacientemente al Eliseo tomar el control, aprovando incluso con alivio esta intervención, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDAO), el Movimiento nacional de liberación de Azawad, el gobierno provisional maliense y también el estado mayor «anti-imperialista» del capitán Sanogo se encadenan deliberadamente al carácter neocolonial, y encadenan con ellos a los pueblos de África occidental por todavía mucho tiempo.

Alternative Libertaire denuncia también el refuerzo a la seguridad que, en Francia, acompaña a esta guerra, con el paso a nivel rojo del plan Vigipirate y la agitación del espantapájaros terrorista que servirá para acentuar la represión y la estigmatización del islam y de los africanos, eternos «enemigos internos».

¡Ejército francés, go home!

¡Compañeros africanos, rechazad el neocolonialismo!

¡Y… salgamos de la era nuclear!

Fuente: Alternative Libertaire, 16 de enero de 2013 (en francés).

Revolución social y ejército (I)

«Si quieres paz, prepárate para la guerra», dijo el dirigente romano Julio César. Pero, si la paz que queremos solo puede derivarse de radicales cambios sociales, ¿debemos entonces prepararnos para la guerra?

El geógrafo anarquista Eliseo Reclus afirmaba en su obra* que evolución y revolución son dos fases de un mismo proceso, existiendo épocas en las que se dan cambios lentos y graduales que no suponen un gran conflicto pero que, al acumularse, propician situaciones de cambios rápidos en las estructuras sociales, esto es, revoluciones.

Es comprensible pues que en estos períodos revolucionarios, al suponer el enfrentamiento radical de nuevas estructuras sociales y políticas contra las viejas estructuras, se den situaciones de violencia generalizada. Los partidarios del viejo orden social no se muestran por lo general muy dispuestos a abandonar pacíficamente sus hasta entonces privilegiadas posiciones y movilizan a sus fuerzas para la defensa de sus intereses reaccionarios. Es por esto que, con gran frecuencia, toda revolución social deviene en una guerra civil entre los partidarios del viejo orden y los revolucionarios.

Estos enfrentamientos bélicos: las guerras revolucionarias o para la defensa de la revolución, han generado distintas posturas entre los distintos movimientos revolucionarios en cuanto a la cuestión militar. No hay que olvidar que el ejército es, en muchos casos, el elemento más reaccionario, por su estructura y componente sociales de origen. Este debate es aún más importante dentro de las distintas corrientes del socialismo libertario, debido a que el ejército ha sido históricamente una de las herramientas de represión al servicio de los Estados.
¿Es necesaria la militarización de las fuerzas revolucionarias en el periodo de guerra civil que acompaña a las revoluciones sociales? ¿Es posible un ejército al servicio de los intereses de la clase trabajadora? ¿Puede un ejército tener una estructura que no sea autoritaria? ¿Pueden las piedras hacer frente a los fusiles? Estas son solo algunas de las preguntas que se han planteado los revolucionarios a lo largo de la historia.

Con esta serie de artículos pretendo realizar un repaso histórico del carácter bélico de las revoluciones sociales (desde las revueltas de esclavos del mundo antiguo, pasando por las revoluciones burguesas hasta llegar a los movimientos revolucionarios del siglo XX y de nuestra propia época), de las soluciones que buscaron los revolucionarios al problema militar en cada una de ellas, las distintas posturas que engendró este debate y las consecuencias de su aplicación.

No me abstendré sin embargo de ofrecer una visión crítica de este fenómeno, pues pretendo no solo mostrarlo, sino también llegar a una comprensión sobre el tema que nos permita avanzar en nuestro entendimiento de lo que supone el conflicto revolucionario.

Invito pues a las lectoras y lectores a que sigan atentamente estos artículos y no se contengan en ningún momento a la hora de dar su opinión.

*Reclus, ELISEO, Evolución, revolución y anarquismo, 1897.

(Ir a la segunda parte)

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