Desmontando un pequeño tópico

"Requiere menos esfuerzo intelectual el condenar que el pensar". —Emma Goldman

La verdad de esta sociedad no es otra cosa que la negación de esta sociedad —Guy Debord.
El nacionalismo es, sin duda, la negación de la sociedad a la que dice representar, entendida ésta como el conjunto de individuos que se asocian voluntariamente para proporcionarse una mejor vida los unos a los otros; pues, mientras que los políticos estadistas e idolatras de su poder arrojan todas sus alabanzas, éste, solemne, aniquila el querer del cúmulo de individuos que lo conforman. Estos son importantes en tanto producen riqueza para la nación. Podemos afirmar entonces que el conjunto real-sociedad está subyugado al conjunto irreal-nación. Pero, ¿hasta qué punto es esta sociedad real y tangible? ¿No resulta igualmente una entelequia? ¿Qué lazos se extienden entre nosotros más allá de languidecer bajo el mismo Estado o nación? De ningún modo podemos separarlos y hacer una distinción clara de qué es cada uno. Ambos son negación del otro. Podemos definir nación como sociedad y sociedad como nación, son términos ambivalentes que tienen como fin común la negación de la singularidad vital. Siendo esta doble negación la afirmación de la infausta situación a la que se ve abocado el sujeto que la forma, ya sea por voluntad propia o por imposición. Resumiendo: ambos son lo mismo y su finalidad es compartida: engullir la vitalidad de los individuos que contiene, así como el esfuerzo de los pequeños grupos afectivos que en esta máquina aséptica se puedan desarrollar.
De tal forma, por ejemplo, el derecho a vivienda es un elemento aplicado al conjunto social, y por ende pretendidamente individual, aun cuando no sea así, que es, y esto es innegable, incumplido sistemáticamente o, mejor dicho, sistémicamente, ya que podemos ver mendigos e indigentes en cada esquina, de cada barrio y de cada ciudad del país. Probablemente estos individuos sepan de su derecho a la vivienda, surgido de su inalienable derecho a la vida, como así también lo son su derecho a la alimentación, a la vestimenta u otras, mas no son capaces de proporcionársela, pues están sujetos y atados de pies, manos y pensamiento por la sociedad que se lo niega. Las viviendas desocupadas son consecuencia de la iniciativa individual, corporativa o propiamiente estatal (ente social) y surgen por el no pago, por la invalidación de ésta, por su embargo, etcétera., pero es la sociedad la que evita que sean ocupadas por el que no posee nada. No es otra más que la sociedad la que teme que se ocupen de forma ilegal, ya sea por inseguridad, por supuestos principios morales, o porque a sus integrantes es lo que le han soplado al oído desde que tienen recuerdos, esto es, que no es relativamente importante que el congénere humano muera aterido de frío a la puerta del Palacio de Liria, siempre y cuando el cadáver no caiga en la propiedad privada de la duquesilla ni la podedumbre del exánime mancille sus suntuosos jardines nobiliarios. Por tanto, el individuo que no posee bienes vitales no ha de confiarse el conjunto irreal nación o sociedad, Estado, Dios, etcétera., [1] sino que ha de confiarse a sí mismo. ¿No tengo techo bajo el que abrigarme los gélidos días de invierno? Bien, lo ocuparé. ¿No poseo hoy qué comer? Bien, lo tomaré. ¿No tengo actividad que realizar? Bien, la realizaré. ¡Basta de conciliar el frío, el hambre o la abulia con la creencia de que vendrán a rescatarnos! Es bien seguro que llegará reiteradamente la nación, la sociedad, el Estado, a tirarte a la calle, a apresarte entre muros, a humillarte, pero no puede nadie cejar en su empeño de vivir con dignidad. ¡Si el sistema está tan degradado que no puede procurar vida digna a todos, que no sean todos los que se arrodillen, sumisos y asustados, a un futuro incierto! Y no nos confundamos, lo vital no es una televisión, ni un coche, ni un frigorífico, ni un opulento habitáculo, ni majestuosas viandas, etcétera., no pretendas quedarte ahíto de caviar todos los días, empero si no tienes qué llevarte a la boca, ¡no caigas en la limosna! (¿Hasta qué punto de degradación humana hemos llegado que podemos vivir, lastimosamente eso sí, mientras nuestros hermanos mueren por doquiera?) Únete a otros como tú y ocupa, roba, lo que sea, con tal de conseguir un sustento que te permita subsistir; y no te escondas, es más, ¡haz saber por qué robas comida, por qué ocupas viviendas, por qué, en fin, quieres vivir con dignidad! Haz saber a la sociedad, a la nación, que, o te procura lo mínimo para vivir o tú mismo, siendo humano e inteligente, lo tomarás.
Y se me podrá tildar de ser parcial y demagogo, de fomentar la violencia irracional o incluso de ser un sujeto antisocial. También se me podrá echar en cara que ciertas sociedades más avanzadas, dígase países nórdicos o helvéticos, sí cubren las necesidades mínimas a sus conciudadanos. ¿Cómo poder renegar de esas idílicas sociedades paternalistas? ¡Sólo un loco lo haría! Pues bien, yo reniego de esas cálidas y tiernas sociedades, tan deleznables como las sureñas o cualquiera que siga el modelo parlamentarista-capitalista. ¿Por qué? Porque, como se dijo en la introducción de la anterior reflexión, estas sociedades no son en verdad más que naciones con ciudadanos exaltados. Es decir, no van más allá de naciones, de estados, parasitarios del esfuerzo individual y colectivo de su pueblo, renegando del concepto humano. Estos países succionan con tanta vehemencia el esfuerzo colectivo e individual que después, ahítos de todo, procuran darles lo mismo a sus ciudadanos; regocijándose estos últimos de su lamentable suerte. ¡Todos, absolutamente cada país del mundo tiene como paradigma a los Estados nórdicos! Son el paraíso capitalista hecho asfalto, edificio, compañía, impuesto y lágrima. Sin embargo, de lo que no parecen percatarse estos ávidos políticos nacionales y supranacionales, tertulianos todos, y demás secuaces, es que es inviable, por no decir esperpéntico, el pretender la impronta de este modelo al mundo: ¡Es imposible! Para que esos nórdicos disfruten de su bienestar, y no digo yo que sólo sean ellos, otros han de sostenerlos. Es la clásica dicotomía capitalista: unos sujetan el peso de otros, los más de los menos, los muchos de los pocos. Así que esos países tan idolatrados y perseguidos por los progresistas de todos los lares no son sociedades en el sentido hermoso de la palabra, es decir, comunidades de individuos con lazos afectivos palpables y fraternales, sino industrias fiscales arraigadas en la psique humana mediante el concepto de nación, por lo cual resultan altamente repugnantes. Abrazarse o confiarse a tales concepciones quiméricas sólo nos podrá llevar a caer nuevamente en el pútrido parlamentarismo, en el inicuo capitalismo y en el anacrónico nacionalismo como, por otra parte, nos ha demostrado no pocas veces la historia.
[1] Creo que convendría aclarar que uso indistintamente sociedad, Estado y nación porque, a pesar de los fructíferos debates que se han llevado a fin de delimitarlos, son un todo. Al igual que Dios en la liturgia cristiana está conformado por otros entes quiméricos tales como el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo, y estos a su vez se encuentra dispersos de forma ecuánime en toda la realidad; para mí, Estado, sociedad y nación son un mismo todo que se reparte indistintamente entre los individuos, oprimiéndolos y subyugándolos, ya sea por creencia en uno u otro.
Se dice que el ser humano es un ser racional pero seguimos conservando los instintos. Y es que nuestra mente, como la de otros vertebrados, tiene también su parte emocional que no está supeditada a la razón por muy desarrollada que esté. Entre esas emociones se encuentra el miedo, que es un instinto natural que nos previene de peligros que puedan ocasionarnos un daño físico o psicológico. De alguna forma, el miedo nos “reprime” para impedir que asumamos riesgos que pongan en peligro nuestra integridad. Pese a que el miedo sea un instinto que nos previene de peligros desconocidos (y no tantos), también puede ser una debilidad, ya que cuando una persona le entra el pánico, actúa instintivamente y resulta fácil de moldear y someter. Esto es lo que ha llevado a gran parte de la sociedad a someterse a las reglas del juego del sistema hegemónico: el neoliberalismo.
Miedos hay muchos, pero vamos a tratar este tema atendiendo a la influencia de éste en los individuos y cómo repercute en la sociedad. Es imposible que el miedo desaparezca y lo sentimos cuando se nos presenta situaciones de incertidumbre, cuando desconocemos de dónde vendrán los golpes o cuando sabemos que no hay escapatoria y se hace mayor cuando uno se siente aislado e incapaz de producir un cambio. Mediante la propagación del miedo se consigue someter a la población pero antes de socializarlo, se ha de romper los lazos de apoyo mutuo entre la gente porque el miedo nace también de la impotencia producida por el aislamiento.
La amenaza de un castigo cruel genera más temores que el castigo en sí, por lo tanto, si se induce a un individuo a pensar lo que le ocurriría si recibiera cierto castigo, éste tratará de evitar que le apliquen dicho castigo agarrándose a cualquier solución fácil que se le ofrezca, lo que da como resultado la aceptación a someterse a voluntades ajenas. Podemos citar como ejemplos prácticos el miedo al fracaso o el miedo a la marginación: las iniciativas se vienen abajo cuando existen temores de que no saldrán bien o que si uno se muestra crítico con el pensamiento mayoritario, será visto por los demás como un “extraño” y termine siendo ninguneado. Ese miedo al fracaso y a la marginación, inculcado ya en edades tempranas, impide el desarrollo pleno del individuo, que en caso de no existir esos miedos, no se verían impotentes y no serían sujetos pasivos. Pero el temor más extendido entre la población es el miedo al cambio, principalmente causado por el desconocimiento de alternativas posibles, los métodos para conseguir materializar el cambio y las estructuras organizativas que permitan avanzar hacia otro modelo socioeconómico más justo. Podríamos afirmar pues que el miedo coarta la libertad y quienes no controlan sus miedos terminan siendo controlados.
Sin embargo, si entre los individuos existen ciertos lazos de unión y esas personas poseen una mayor confianza en sí mismos, el miedo acaba siendo controlado, al contrario que en las sociedades donde predomina el individualismo narcisista, donde la desconfianza hacia sus semejantes ocasiona un temor mayor. La capacidad para afrontar ese miedo se hace mayor cuando más se estrechen los vínculos solidarios y exista una comunicación real y sincera entre los individuos, en donde predomine la ayuda mutua. Gracias a la práctica del apoyo mutuo, que inspira confianza y seguridad en los individuos, permite controlar el miedo que intentan propagar para someter a un pueblo, perdiendo así el miedo a luchar por una transformación radical de la sociedad.
Un buen amigo asegura que “nuestra primera obligación como revolucionarixs es ser felices… No hay mejor propaganda… Y será nuestra mejor venganza!”
Incluso ahora, inmersos en el proceso de desposesión y represión al que venimos siendo sometidos, estamos completamente de acuerdo con la anterior afirmación porque entre otras cosas sabemos distinguir entre una felicidad “hedónica” (la que el sistema dominante prescribe, de carácter exterior: lo que el mundo puede ofrecerme) de una felicidad “eudaimónica” (la que el sistema dominante esconde, de carácter interior: lo que yo puedo ofrecer al mundo y a los otros, lo que hago, lo que soy).
Siguiendo esa línea, estamos tentados de afirmar que “nuestra segunda obligación como revolucionarixs podría ser pensar bien y conseguir transmitir nuestras ideas de manera seductora«.
Pensar bien y hablar bien es sin duda un asunto complejo pues se trata simultáneamente de una técnica y de una ética. Algunos factores del “pensar bien” son de sobra conocidos por todxs y según nuestro punto de vista incluyen, entre otras muchas cosas, informarse a través de medios de comunicación alternativos que no estén al servicio de las grandes empresas, la banca o los poseedores del capital, desarrollar nuestra escucha activa y nuestra empatía en la conversación, mejorar nuestra capacidad de resolver conflictos, desterrar la resignación y el derrotismo, huir de las exageraciones, ser precisos (y concisos) en el uso del lenguaje, desechar o cuestionar algunas certezas adquiridas y no demostradas, armarnos de paciencia, de respeto, de amor, y especialmente mantener un pensamiento sano y no cometer errores cognitivos…
En realidad poco podemos decir en este escrito acerca del “pensar bien” que no conozcáis ya. Cada cual sabrá muy bien donde enfocar su propia mejora. Pero lo que si podemos hacer con mucha más exactitud es poner de manifiesto algunos de los principales factores del “pensar mal”, para de esa manera estar en guardia y poder así evitarlos.
En un nivel colectivo, tal y como los presenta la teoría cognitivo-conductual, los principales errores cognitivos en los grupos son:
Sobregeneralización: consiste en extraer conclusiones y mantener valoraciones generales y absolutas a partir de datos o acontecimientos que son insuficientes para sostenerlas, como cuando alguien en un grupo de trabajo afirma: “Nunca se tienen en cuenta mis opiniones”. Cuando al hacer una crítica se sobregeneraliza, se invalida su interés y se somete al grupo a un aumento innecesario de emociones negativas, dando lugar a consecuencias como la inmovilidad, la frustración o el bloqueo. Cuando se produce una sobregeneralización (siempre+nunca o todo+nada) en los dos extremos de un grupo polarizado, el avance se torna especialmente difícil.
Dicotomización: Es el error por el cual una escala gradual de valores se reduce a dos, generalmente opuestos y extremos (bien/mal; antiguo/moderno). Es producto de la economía de esfuerzos y la tendencia a simplificar. En ocasiones puede ser útil como estratagema en la comunicación y en la persuasión, pero el problema aparece cuando se aplica de forma automática como procedimiento de análisis. La dicotomización en estos casos dificulta la percepción del avance grupal, reduciendo la percepción de los matices que son los que nos permiten progresar. Los grupos suelen estar sedientos de construir esas polaridades porque favorecen la polémica, la interacción competitiva y porque son más entretenidos. Por eso la dicotomización puede ser indicada para un debate televisivo, pero en grupo que pretende construir pensamiento colectivo es una limitación.
Falsa exclusión: Plantea como mutuamente excluyentes términos que no lo son (o te ríes o trabajas). La falsa exclusión alimenta falsas elecciones (en el ejemplo anterior, el hecho de no reír no significa que trabajes). Las soluciones colectivas suelen ser más arduas e inestables que las individuales y se basan en análisis más complejos. La falsa exclusión permite una visión más simplista (y polémica) de la realidad y dificulta el establecimiento de planteamientos compartidos.
Selección negativa: Consiste en percibir sólo los aspectos negativos de la realidad eliminando aquellos que son positivos o neutrales, dificultando de esa manera una adecuada visión global. La selección negativa induce a pensar en términos de inconvenientes y dificultades, oscureciendo las posibilidades y oportunidades. En los grupos, la selección negativa se acentúa cuando una idea se sale de lo rutinario o no es convencional.
Negación temprana: Es un automatismo por el cual ante una situación o un problema en el que se tarda en alcanzar una solución colectiva se responde “no sabemos” o “no podemos”, sin darse un tiempo para reflexionar. La negación temprana por parte de un miembro del grupo dificulta al resto la decisión sobre si verdaderamente se tienen soluciones para el problema o no.
Las formulaciones difusas: Hay problemas que se mantienen mucho tiempo o siempre en estado difuso porque el grupo no hace un esfuerzo de precisión en la manera en que se formulan. Por el contrario, las formulaciones precisas invitan a pensar el problema o el obstáculo en términos de solución. Hay que estar muy atento y prestar atención pues en ocasiones alguien del grupo con interés en polemizar puede convertir una formulación que ya era precisa en una formulación más difusa.
(Extraído de: Cembranos, F. y Medina, J.A. – “Grupos inteligentes. Teoría y práctica del trabajo en equipo. Ed.Popular, Madrid, 2011)
En un nivel individual, muy en consonancia con las anteriores, presentamos a continuación un breve esquema de las principales “ideas deformadas” según la teoría cognitivo-conductual. (Ideas deformadas que ya no sólo afectan de forma negativa a nuestra actividad social y política sino también a nuestro bienestar psicológico personal, enganchando de esa manera con nuestra primera obligación revolucionaria: ser felices):
Filtraje: Se toman los detalles negativos engrandecidos mientras que no se filtran los aspectos positivos de la situación. Solo se ve un elemento de la situación y se omiten el resto. El resultado es que todos los temores, carencias, tristezas e irritaciones se exageran en importancia porque llenan la conciencia con exclusión de todo lo demás. Las palabras clave para este tipo de filtraje son del tipo “horroroso”, “tremendo”, “terrible” y la frase clave es “no puedo resistirlo más” La solución: 1.- No exagerar: para combatir la exageración hay que dejar de utilizar palabras como “horrible, tremendo, terrible, etc.”. Hay que desterrar la frase “no puedo más”. 2.- Modificar el origen: Para vencer el filtraje hay que modificar el origen deliberadamente. Dos formas: a) centrando la atención sobre las estrategias de afrontamiento del problema, sin obsesionarse por el propio problema. b) Categorizando el tema mental primario (perdida, injusticia, peligro…) si el tema es el peligro se prestará atención a las cosas del ambiente que representen seguridad, si es la perdida se prestará atención a lo que se mantiene, etc.
Pensamiento polarizado: No existe término medio. Se tiende a percibir cualquier cosa de manera extremista, sin términos medios. Las personas que padecen este tipo de distorsión fracasan en las percepciones medias y sus reacciones ante cualquier situación oscila de un extremo emocional a otro. Especial atención a como se juzgan a si mismas este tipo de personas. La solución: La clave para vencer el pensamiento polarizado es dejar de hacer juicios de todo o nada. Se trata de ser más ecuánime y relativo respecto a las valoraciones que se hacen.
Sobregeneralización: Se obtienen conclusiones generalizadas a partir de un solo elemento indicio o de un accidente simple o del azar. Las sobregeneralizaciones se expresan a menudo en forma de afirmaciones absolutas. Es pensamiento rígido. En los juicios globales se generalizan una o dos cualidades pero se obvia el resto. La etiqueta ignora las evidencias en contra, convirtiendo esta visión del mundo en estereotipada y unidimensional. Las palabras que la indican: todo, nadie, nunca, siempre, todos, ninguno… La solución: La sobregeneralización es la tendencia a exagerar, la propensión a sacar conclusiones de un solo indicio. Se puede combatir esta tendencia desterrando de nuestro discurso palabras como “inmenso, tremendo, total, todos, nadie, la gente es, etc.”.
Interpretación del pensamiento: La persona cree que sabe lo que los demás piensan. Cuando una persona interpreta el pensamiento de los demás suele hacer juicios repentinos y equivocados. En la medida que su pensamiento interpreta también hace presunciones. Las interpretaciones dependen de un proceso denominado “proyección”: una persona imagina que la gente siente y reacciona de la misma manera que ella. No se da cuenta de que las personas son muy diferentes. Las interpretaciones de pensamiento aceptan conclusiones que sólo son verdad para uno mismo, y pasan por alto que es probable que no sean aplicables a otras personas. La solución: Hay que tratar todas las opiniones sobre la gente como hipótesis que deben ser probadas y comprobadas, cuestionándolas con sumo cuidado. No somos infalibles en nuestros juicios, las más de las veces es al contrario. Se puede ir asentando un juicio, pero no se debe actuar precipitadamente sin antes no haber comprobado la hipótesis de partida fehacientemente.
Visión catastrófica: Como su propio nombre indica se trata de una manera de pensar exagerada y negativa. Suele ser una preocupación, es decir, una anticipación del peligro o del problema. Los pensamientos catastróficos suelen comenzar con las palabras: “y si…” La solución: Estudiar las probabilidades reales y mantener la calma y la serenidad. Hay que estar alerta porque la visión catastrófica genera bastante ansiedad, lo cual puede llegar a dificultar la claridad de pensamiento.
Personalización: Es la tendencia a relacionar algo del ambiente consigo mismo. La persona cree que lo que la gente hace o dice es una forma de reacción ante ella. El error básico en la personalización es que se interpreta cada experiencia como una pista para analizarse y valorarse a si mismo. Como derivación se encuentra la tendencia a compararse continuamente con los otros. La solución: No se deben sacar conclusiones a menos que se esté convencido de poseer evidencias y pruebas razonables. Por otra parte es importante abandonar el hábito de compararse uno mismo con los demás. Cuando se pierde en esa competición (y en algún momento se pierde) la propia autoestima puede quedar muy dañada. El valor de una persona no consiste en ser mejor que los demás. No tienes nada que demostrarle a nadie.
Razonamiento emocional: Reposa en la creencia de que lo que la persona siente tendría que ser verdadero. Pero las emociones por si mismas no tienen validez, son producto del pensamiento. Si una persona tiene pensamientos y creencias deformadas, sus emociones reflejarán esas distorsiones. La solución: Los sentimientos pueden engañarnos. Lo que una persona siente depende enteramente de lo que piensa. Si tiene pensamientos distorsionados, sus sentimientos no tendrán validez. Hay que ser relativamente escéptico sobre los sentimientos y examinarlos críticamente.
Tener razón: La persona tiene que probar continuamente que su punto de vista es el correcto. No está interesado en la posible veracidad de una opinión diferente de la suya, sino tan solo en defender su propia posición. La solución: Cuando siempre se pretende tener razón es que no se escucha a los demás. La clave para combatir esta falacia es la escucha activa. Hay que concentrarse en lo que se puede aprender de la opinión de los demás.
Falacias de control: Una persona puede verse a si misma impotente y externamente controlada, o bien omnipotente y responsable de todo lo que ocurre alrededor. La persona impotente se bloquea, termina por no hacer nada, no encuentra soluciones, es pasiva… Se siente indefensa y resentida. No se da cuenta de que siempre hay cierto margen de actuación y que en buena medida cada cual es responsable de lo que le ocurre. La persona responsable de todo lleva el mundo sobre sus hombros, es responsable de la felicidad de la gente que conoce, debe hacer justicia en todas las ofensas, saciar toda necesidad, etc. y si no es así, se siente culpable. La omnipotencia depende de 3 elementos: sensibilidad hacia las personas que le rodean, creencia exagerada en su poder y la expectativa de que es él y no los demás los responsables de la justicia y la satisfacción de las necesidades. La solución: Normalmente las personas suelen alcanzar en la vida lo que para ellas es su máxima prioridad. En este sentido no se puede olvidar que la persona es responsable de sus actos, no es impotente, siempre hay margen de actuación, sea mayor o menor en función de las circunstancias. Por otra parte y respecto a la falacia de la omnipotencia, la clave se trata en reconocer que cada uno es responsable de sus actos. Si alguien tiene dolor, él mismo tiene la última responsabilidad de vencerlo o aceptarlo. No es lo mismo ser generoso y colaborador que una adherencia espartana a la convicción de que hay que ayudar a todo el mundo. El respeto a los demás incluye dejarlos vivir sus propias vidas, sufrir sus propias penas y dejar que sean ellos quienes solucionen sus propios problemas.
Falacia de la justicia: Aplicación de normas contractuales, jurídicas o ideológicas a las relaciones interpersonales. La justicia es una evaluación subjetiva y no coincide en todas las personas. Por otra parte, sin darse cuenta, la justicia puede ser puesta a trabajar al servicio de los propios intereses. El resultado es la sensación de estar siempre en guerra y un creciente sentimiento de enfado. La solución: En ocasiones el mundo de la justicia puede convertirse en un disfraz de los gustos y preferencias personales. Lo que uno quiere es justo, pero lo que los demás quieren no lo es. Se trata entonces de ser honesto consigo mismo y con los demás. Siendo asertivo uno puede pedir lo que necesita o lo que desea sin necesidad de revestirlo con la falacia de la justicia.
Los debería: Cercano al anterior: “los debería”. La persona se comporta de acuerdo a unas reglas inflexibles que deberían regir la relación de todas las personas (él mismo y los demás). A menudo la persona adopta la posición de juez, de los otros y de si mismo. La gente le irrita, los demás no actúan consecuentemente. Las palabras que indican esta distorsión son: debería de, habría que, tendrían que… La solución: Las normas y expectativas flexibles no utilizan las palabras “debería, tendría que, habría que” porque siempre existen excepciones y circunstancias especiales. Los valores personales de la gente son precisamente personales y uno no puede irritarse porque la gente no actúe como uno quiere. Todos tenemos derecho a una opinión, pero debemos considerar la posibilidad de estar equivocados.
Falacia del cambio: La falacia del cambio supone que una persona se adaptará a nosotros si se la presiona lo suficiente. Así la atención y la energía se dirige a los otros. La felicidad parece encontrarse erróneamente en que alguien satisfaga nuestras necesidades. El supuesto fundamental de este tipo de pensamiento es que la felicidad depende de los actos de los demás. La realidad es que la felicidad depende de múltiples decisiones que el sujeto toma en cada ocasión. La solución: La suposición es que la felicidad de la persona depende de los demás y de su conducta. Pero la felicidad no depende de los demás sino de la propia persona y de cada una de sus decisiones.
Falacia de culpabilidad hacia otros: Se busca culpables externos de algo que nos ocurre y nos hace sufrir. La persona mantiene que los demás son los responsables de su sufrimiento. A menudo la culpabilidad implica que otro se convierta en el responsable de elecciones y decisiones que realmente son de nuestra propia responsabilidad. La solución: Cada persona es responsable de afirmar sus necesidades, decir no, o irse a otra parte. Ser honesto consigo mismo y rastrear en el pasado las decisiones que nos ha llevado a la situación actual. Nada sale gratis en la vida.
Falacia de culpabilidad hacia si mismo: Otra vertiente es la inversa de la anterior, cuando una persona se culpabiliza exclusivamente de lo que le pasa y se culpa de todos los problemas propios y ajenos. La solución: Sentirse responsable no implica que también se sea responsable de la felicidad de los demás. Culparse a si mismo por los problemas de los demás es una forma de autoengrandecimiento, pensando que se tiene más impacto sobre la vida de los demás del que realmente se tiene. Existe diferencia entre sentirse responsable y volver la culpabilidad hacia si mismo. Sentirse responsable es aceptar las consecuencias de nuestras propias elecciones. Culparse a si mismo significa atacar la propia autoestima.
Falacia de la recompensa divina: Una persona se comporta “muy correctamente” en espera de alguna recompensa. Sacrifica presente por futuro, pensamiento de tipo cristiano o militante-mal-entendido. El resultado es que la persona se va haciendo hostil y resentida, a fuerza de no recibir recompensas y ver como otros si consiguen sus objetivos sin comportarse “tan correctamente”. La solución: La recompensa hay que recibirla ahora. No cambiar presente por futuro. No imaginar recompensas inexistentes. Las relaciones con otras personas, la consecución de pequeños fines y el cuidado de la gente que se ama son intrínsecamente recompensantes. Es parte de la responsabilidad de cada uno preocuparse por no hacer cosas que después le lleven a estar resentido.
En definitiva, con esto del “pensar bien” no se trata de ser mejor que la voraz e irresponsable clase dominante, -eso es muy fácil-… se trata de ser mejor que nosotros mismos.
TroppoVero
Desde que empezamos a cuestionar los valores del sistema capitalista y tratamos de encontrar una alternativa a las injusticias de la vida cotidiana, desde que empezamos a tener un pensamiento crítico y negamos las mentiras oficiales, desde que empezamos a formar nuestras propias opiniones, estaremos rebelándonos contra el sistema. La mayoría de la gente está acostumbrada a obedecer y se resigna por sentirse impotente e incapaz de cambiar las cosas, pero los hay quienes toman conciencia y van a contracorriente, luchando en el día a día teniendo las esperanzas de transformar la realidad. Sin embargo, no todos los rebeldes son revolucionarios, aunque todos los revolucionarios son rebeldes. Pese a la connotación revolucionaria que le damos a este término, existen rebeldes que son reaccionarios como por ejemplo, aquellos que llamen a la desobediencia para debilitar a un supuesto gobierno y poder éstos conquistar el poder.
La rebeldía es estéril cuando carece de contenido político y, especialmente, de contenido revolucionario, ya que entonces quedaría en una simple pataleta, un intento desesperado de ser alguien en una sociedad de nadies o de diferenciarse del resto de individuos. Es cierto que las revoluciones nacen en primera medida de la toma de conciencia y de la rebelión individual que posteriormente se haría colectiva, pero habría que matizar ahora qué es lo que conduciría a que la rebeldía se convierta revolucionaria y no en narcisista. Aun cuando la rebeldía adquiere contenido político y revolucionario, puede darse el caso de degenerar en una rebeldía narcisista, como veremos a continuación.
En ciertas ocasiones y dependiendo del contexto en que se hallen los individuos, la rebeldía derivará en una vertiente o en otra. En el caso de su degeneración podemos citar, por ejemplo, la escasa formación política, la excesiva valoración de la libertad individual, eludiendo cualquier tipo de responsabilidad y la exaltación del propio pensamiento individual despreciando el resto de opiniones ajenas contrarias, llegando a valorar despectivamente al resto de la sociedad. Además, si surge la incapacidad de transmitir a otros la propia rebeldía, el individuo termina por cerrarse sobre sí mismo creyéndose el único ser libre y pensante. Esta rebeldía narcisista y antisocial es igual de estéril que la rebeldía apolítica porque, al rechazar cualquier responsabilidad, imposibilita la organización de los rebeldes necesaria para poder visibilizar una alternativa antiautoritaria viable.
La rebeldía es verdaderamente revolucionaria cuando no solo tiene en cuenta al individuo sino que tiende a ‘contagiarse’ hacia la sociedad, hacia el colectivo cercano. Los rebeldes se hacen revolucionarios cuando, además de sentir las injusticias ajenas como algo que afecta a uno mismo en mayor o menor medida y directa o indirectamente, plantean la posibilidad de organizarse junto con otros individuos con inquietudes semejantes y en condiciones similares. Esto los lleva a realizar un análisis más pormenorizado de la realidad social e intentar participar en los diversos movimientos sociales de base para darles un contenido político radical y antiautoritario. Todo ello sin dejar de lado al individuo, a quien se debe fomentar el pensamiento crítico, la formación, la autodisciplina, la desobediencia y la responsabilidad.
La rebelión individual es necesaria, ya que es el primer paso para romper con el status quo vigente pero se ha de dotarlo de contenido político revolucionario y antiautoritario, apartándose de la rebeldía pequeñoburguesa, narcisista y reaccionaria, es decir, de una rebeldía estéril que consiste en encerrarse en sí mismo adoptando actitudes antisociales o envidiar la posición de quienes están en el poder y ansiando acceder a esos puestos. Tengamos en cuenta pues la importancia de la formación política y fomentar la autoorganización de los rebeldes para poder materializar nuestras aspiraciones.
En los albores de la Revolución Industrial y con el creciente éxodo rural de la población, los individuos comenzaron a concentrarse en las ciudades, residiendo en las periferias y abandonando la tranquila vida de los campos. Durante aquel tiempo, el modo de vida cambió radicalmente y las grandes aglomeraciones de gente en las ciudades formaron masas. Hoy en día, las sociedades humanas, fruto del crecimiento exponencial de la población, tienden a aglomerarse en masas, en grandes urbes que siguen creciendo sin parar. Sabiendo que las masas son compuestas por individuos, ¿son realmente los individuos iguales unos a otros quienes forman masas?
Considerando que cada individuo es un ser único e irrepetible, quizá nos lleve a una contradicción, pues si las masas son formadas por individuos iguales no puede ser que existan diferencias en sus componentes. Pero analicémoslo con mayor profundidad. La masa es un grupo enorme de gente que comparte unos mismos objetivos, inquietudes, opiniones y/o aficiones. No poseen forma definida sino que son ‘entidades’ que surgen cuando una gran cantidad de individuos comparten dichas características. El individuo es en realidad un ser único si lo examinamos pormenorizadamente. Puede compartir ciertas características con otros individuos pero a la vez discrepar en otras. Un ejemplo de masa puede ser unos aficionados de un equipo fútbol. Sus componentes comparten una misma afición y apoyan a un mismo equipo, deseando siempre que ‘su’ equipo triunfe y dé buen juego en el campo. Sin embargo, al analizar a cada individuo nos topamos con que a lo mejor uno es de derechas y otro de izquierdas, uno es un fanático y otro simplemente disfruta verlos jugar, a unos les invade la euforia o la ira más fácilmente y otros se muestran más pasivos… Y así, desde las hinchadas hasta los públicos de un concierto de rock.
Entonces podemos distinguir entre el comportamiento del individuo cuando vive su vida privada y cuando entra en el papel que le haya tocado en la sociedad, es decir, entrar en ‘estado de masa’. Así pues, cuando vemos una masa uniforme de gente que va de un lado para otro en hora punta, significa que las personas asumen su rol de ir al trabajo y de llegar puntual como muchos otros con el mismo objetivo. No obstante, esos mismos individuos se podrían encontrar en un domingo por la tarde paseando con sus hijos, hablando con sus familiares o tomándose unas cañas.
Hace un siglo, cuando el movimiento obrero poseía fuerza y, poniendo el caso de España a principios del siglo XX y concretamente los años ’30, el anarquismo consiguió ser una ideología de masas. Eso quiere decir que entonces, las ideas anarquistas estaban en las mentes de los individuos y entonces se agrupaban en masas, siendo evidente que cada uno de esos obreros y campesinos tenían concepciones diferentes del anarquismo, así como entre ellos existen diversas opiniones y comportamientos. Entonces, el movimiento libertario consiguió ser un movimiento de masas en que ellas mismas tenían forma y estaban organizadas, al contrario que las masas de hoy en día, que son moldeadas por los grandes medios de comunicación privados. Por ello, las masas actuales están formadas por sujetos pasivos sin contacto entre sí, una masa amorfa de gente incomunicada que comparte aisladamente unas mismas características.
Las masas actuales, al contrario que los movimientos revolucionarios del pasado siglo, están subordinadas a unas pautas impuestas desde la autoridad de la opinión pública. Las diferencias entre individuos que conforman esas masas son cada vez menores e incluso insignificantes. Todas ellas incapaces de articular una respuesta firme y sus componentes acaban comportándose como un rebaño, eso sí, manteniendo sus particulares diferencias. Pero entonces, ¿existe realmente una relación entre masa e individuo? La respuesta es afirmativa, pues son los individuos quienes forman las sociedades y las organizaciones sociales dependen de qué individuos la constituyan.
Así encontramos una gran diferencia entre unas masas revolucionarias anarquistas y unas masas estúpidas. Las primeras poseen una forma definida compuesto por sujetos activos y organizados, capaces de generar una contestación al poder establecido y con el objetivo de conquistar la libertad, la emancipación de sus componentes. En ellas, la masa no absorbe al individuo sino que es una estructura en que el individuo puede garantizarse su libertad junto con el resto y asumiendo unas responsabilidades. En cambio, en las segundas, las masas absorben al individuo que, al estar aislado unos de otros, no hay entre ellas comunicación y por lo tanto, no existen individuos responsables. Por eso se hacen amorfas, una masa incapaz de articular respuestas y necesitada de una autoridad externa para guiarlas.
Actualmente, la ideología dominante es la no-ideología. Un amalgama de mentiras vertidas por los medios de comunicación, los anuncios de la tele y una cultura hegemónica sensacionalista, superflua y sin valores que entre todo ello conforma una sociedad de masas desorganizada, amorfa, sumisa y estúpida. Mientras, el anarquismo sigue siendo una alternativa en la marginalidad y tenemos que volver a ser un movimiento de masas. Nos sigue quedando mucho trabajo por delante y tendremos la tarea, no de iluminar a la gente ni hacer de vanguardia guiando unas masas, sino de hacer de los individuos unos sujetos activos.