Por la destrucción del dogmatismo

El dogmatismo pareciera que es algo ajeno al anarquismo, precisamente porque nadie duda, al menos teóricamente, de nuestros valores de libre-pensamiento y crítica. Sin embargo, todas sabemos que libre-pensamiento hay muy poco en el anarquismo actual, siendo relativamente pocas las personas que defienden una total «mirada amplia.»

El compañero Lusbert exponía el tema en su artículo, pero considero que hay que ir más allá y plantearse, de nuevo, el tema que tal vez divida con más fuerza a las anarquistas de nuestros tiempos. Este tema, como no podría ser de otra forma, es el de la violencia insurreccionalista [1].

Todas habréis leído/oído alguna vez las trifulcas que se traen entre las que venimos a llamar «anarco-comunistas» e «insurreccionalistas.» Las primeras acusan a las segundas de ser innecesariamente violentas, carentes de plan, teoría, y realismo (y yo me pregunto: ¿qué cosa hay más realista que quemar las calles cuando vivimos en un mundo que nos mata, literalmente, cada mañana?). Las segundas, por su parte, acusan a las primeras de reformistas, estatistas, y elitistas. Ambas tienen parte de razón, pero sobre todo tienen mucho dogmatismo que desechar.

El dogmatismo es algo difícil de erradicar, es un cáncer difícil. Cuando nos socializamos en unas ideas, y nos las terminamos por creer, se nos hace casi imposible dejarlas de lado y admitir que la vida puede ser de otra forma. Renunciar al dogmatismo, pues, es tarea ardua que implica un gran número de noches de profunda reflexión, pero sobre todo implica altas dosis de honestidad y humildad.

A la cenetista de toda la vida le será bastante difícil aceptar que la revolución social puede llegar mediante la acción directa, violenta, y subversiva de pequeños grupos de afinidad (grupos cuyos componentes van y vienen todo el rato, rompiendo amistades, tejiendo nuevas relaciones, planificando nuevas acciones, siempre en movimiento). A la insurreccionaria curtida en la primera línea de los disturbios anti-globalización (por poner un ejemplo) le será, a su vez, bastante difícil admitir que la organización permanente puede resultar en grandes avances para la causa común: la revolución social.

A menudo olvidamos que todas tenemos una misma meta. Olvidamos con facilidad que el Estado, la policía, las leyes, y la sociedad tal como está organizada nos reprimen a todas por igual. Así, olvidamos que juntas luchamos contra la misma tormenta. Si precisamente olvidamos esto que ahora puede parecer obvio es porque universalizamos nuestras ideas propias (ya sean individuales o grupales) [2]. Se nos hace difícil admitir que otras formas de perseguir la revolución social son también válidas (¡se nos olvida incluso que esas otras formas aportan y ayudan al anarquismo en su conjunto!).

Pongamos un ejemplo controvertido (pero real). Grecia, años noventa, el movimiento estudiantil arranca la década con fuerza. Las estudiantes se movilizan por toda la región en decenas de millares. Se okupan universidades, institutos, colegios, calles, y plazas. Se organizan asambleas, redes horizontales, órganos de expresión y difusión, y también se pelea cara a cara contra la policía y los fascistas. De este contexto nacería la red antiautoritaria Alpha Kappa (AK), de ideas más organizativas y anarco-comunistas. Sin embargo, si las estudiantes abrazaron por miles el anarquismo no fue solamente por el establecimiento de dinámicas asamblearias, también fue por el simple hecho de entrar en contacto con elementos más radicales: las insurreccionalistas de los grupos anónimos de afinidad.

No podemos decir que Grecia tenga una impecable historia en temas de organización, pero tampoco hace falta (como algunas piensan) tener una CNT para promover el anarquismo. De las centenas de asambleas que se celebrarían en los noventa, las estudiantes de Grecia organizaron una gran parte de ellas de manera espontánea, autónoma, crítica, y hermosamente libre. Cada 17 de noviembre se daba (y se sigue dando) una gran manifestación en recuerdo de las víctimas de la dictadura, y cada 17 de noviembre acabó (y con suerte seguirán acabando) con okupaciones en la Escuela Politécnica, asambleas multitudinarias, creación de nuevos proyectos, y disturbios. Muchos disturbios.

La radicalidad e ilegalidad [3] de los grupos de afinidad llamó la atención de aquellas estudiantes que no aguantaban más la falta de libertad en Grecia. Y esto no fue por cuestión de espectáculo. No nos equivoquemos. El insurreccionalismo nos enseña que no tenemos por qué esperar a que venga la revolución; la revolución se puede vivir hoy mismo. El insurreccionalismo enseñó a millares de estudiantes griegas que la autoridad se puede combatir, que se puede llevar una lucha más intensa sin perder tu humanidad. Pero sobre todo enseñó a las que no aguantaban más que no estaban solas, que había más gente dispuesta a cambiar las cosas ya [4]. «Muera quien espere», que diría Típico Pero Cierto.

No obstante, las anarco-comunistas criticaron, pararon, e incluso llegaron a atacar físicamente a las insurreccionalistas en repetidas ocasiones. No supieron ver el potencial de la corriente más radical, ya sea por temor, tapujos, estereotipos, o por una moral acomplejada. Las insurreccionalistas (también con su dosis de dogmatismo) no cesaron en su intento por influir a la sociedad en su totalidad. Explicaron en innumerables panfletos el porqué de quemar los símbolos del sistema, el porqué del molotov a la cabeza del madero. Y la historia les da, parcialmente, la razón: de la multitud de acciones ciudadanas en Atenas muchas de ellas fueron empezadas por insurreccionalistas. Sirva como ejemplo el caso del parque de Exarcheia: cuando se decidió que Atenas albergaría los próximos Juegos Olímpicos, se decidió que la plaza del combativo barrio ateniense sería modificada por completo. Grupos de amigas del barrio decidieron parar las obras por su cuenta: se destruyeron herramientas y vehículos, se tiraron las vallas de metal que protegían las obras mil y una veces, se luchó contra la policía. El resultado fue una masiva aceptación ciudadana en la que confluyó todo el barrio en una asamblea general que todavía perdura.

La organización (más) permanente también ha hecho lo suyo por el anarquismo en Grecia. Las okupas, las asambleas periódicas de ciertos grupos, y el gran trabajo de difusión y solidaridad con las inmigrantes, las presas, y las oprimidas en general, son elementos que han ayudado a extender el ideal libertario. Sus manifestaciones por las presas convocan siempre a miles de personas; sus programas de radio llegan a multitud de aparatos; su trabajo permanente por crear una estructura horizontal, sin jerarquías, asamblearia, ha permitido que miles de personas hayan entrado en contacto con las dinámicas anarquistas (lo que se traduce en muchos casos en la creación de más mentes críticas). Las insurreccionalistas han participado en todas, o casi todas, estas cosas. No obstante, no han faltado las críticas, las trifulcas personales, y los dogmatismos.

¿Por qué nos costará tanto ver que fueron ambas fuerzas, la anarco-comunista/organizativa y la insurreccionalista, las promotoras del anarquismo en Grecia? (Y esto se puede aplicar a España, Italia, Estados Unidos… etcétera). ¿Cómo nos tapamos los ojos ante la evidencia histórica? Si el Plan Bolonia no se aplicó de facto en Grecia fue gracias a las dos corrientes (sí, así es. El Plan Bolonia se aprobó en el Parlamento de Grecia pero nunca se implementó en la realidad, precisamente porque las asambleas convocaban a miles de estudiantes, y también precisamente porque los molotov volaban por centenas sobre las cabezas de la madera).

Rechazar nuestros propios dogmas es difícil, pero con echar un vistazo a la historia de los pueblos nos ha de bastar para ver que hay muchas formas, complementarias, de luchar contra la autoridad. En todo esto hay un componente más filosófico que implica el aceptar como válida la alternativa de las demás personas que no opinan como nosotras. Algunas alternativas se nos antojarán más difíciles de aceptar, y seguramente alguna habrá que sea inaceptable por su inviabilidad (aunque a día de hoy personalmente no se me ocurre ninguna de este tipo).

La historia del anarquismo griego ha dejado ver con claridad que los molotov son la llama que enciende la revolución personal y social. Pero esta llama es inútil si no tiene mecha que prender ni material que alimentar con su fuego. El anarquismo insurreccionalista necesita tanto de la organización asamblearia permanente como ésta de aquél. Pero los dogmas siempre han puesto en Grecia una barrera aparentemente infranqueable [5], como lo hicieron en Seattle, en Génova, o en la Barcelona del 36.

Dejemos ser llama a quien quiera ser llama, y mecha a quien quiera ser mecha, sin que esto implique ningún tipo de subordinación, pues la una necesita de la otra y necesitan trabajar conjuntamente. Ambas han probado a lo largo de la historia ser formas viables para alcanzar la sociedad anarquista [6]. Ahora queda ponerlas, de una vez por todas, a remar en el mismo barco.

Notas

[1] Este texto no tiene como objetivo explicar o analizar el insurreccionalismo. Simplemente se usará a modo de ejemplo para destapar los fuertes dogmas que existen en el anarquismo contemporáneo.

[2] A este respecto ya escribí un «Por la destrucción…» Lo podéis leer pinchando aquí.

[3] Qué palabra más fea esta de «ilegalidad.» ¿Qué hay más «legal» que rebelarte contra aquello que no te deja vivir?

[4] Queda por escribir un exhaustivo artículo en castellano sobre la historia revolucionaria de la Grecia de los noventa. Me lo apunto.

[5] Si algún día vais por Grecia veréis (sin querer generalizar) que ciertas okupas insurreccionalistas os desaconsejarán juntaros con las amigas de AK, mientras que éstas harán lo mismo para con las otras. Como si fueran jesuitas y franciscanos.

[6] Me pregunto, a modo de historia-ficción, si cualquiera de todas las revoluciones anarquistas acaecidas alguna hubiera triunfado completamente de no haber existido estos dogmas que nos separan.

Por la destrucción de la moderación

Una de las ideas más manidas en esto que llamamos democracia liberal es aquella del «término medio.» Maldito el día en el que Aristóteles dijo, con precisión matemática, que la virtud se encuentra allá entre los dos extremos, en el «término medio.» Y así nos inculcan el «término medio» por medio de la escuela autoritaria, de los anuncios de televisión, de los discursos vacíos de les polítiques… Todo rezuma «término medio» en democracia liberal.

Desde chiques nos enseñan a evitar los extremos. Nos dicen «ni muy a la izquierda, ni muy a la derecha.» Ésa parece ser la fórmula divina para un gobierno perfecto. Nos cuentan que «el término medio nos permite obtener lo mejor de los extremos sin contagiarte de lo malo»—que para algo son extremos, oiga. Y cuando nos creemos el cuento nos olvidamos que, tal vez, por alguna remota casualidad, resulte que el dichoso «término medio» sea otro extremo—usando la concepción que la democracia liberal da al término. ¿Acaso no es el «término medio» de la democracia burguesa la que causa que más del 50% de jóvenes en España no tenga empleo? ¿No es el maldito «término medio» el que hace pensar que los ataques del 11-S fueron cosas de terroristas, pero la invasión de Afganistán e Iraq no lo fueron? ¿No es el «término medio» el que produce el hambre en el hemisferio sur del planeta?

Maldito «término medio.»

Así nos olvidamos que vivir en una sociedad que mantiene a la inmensa mayoría esclava no es extremo. Nos olvidamos que una sociedad que reproduce las mismas desigualdades a lo largo de los siglos no es extremo. Nos olvidamos que los seres humanos somos capaces de organizarnos y ser felices sin necesidad de Estado, polítiques, o policía para mantener el orden.

No penséis que esto pasa solamente fuera del movimiento anarquista. Dentro de nuestra gran familia también encontramos ideas que, a mi parecer, tienen mucho que ver con esto del «término medio.» Aquelles que defienden una postura radical en el movimiento anarquista tienen una ventaja sobre el resto de personas. Si establecemos que la realidad material impone límites a nuestras acciones y pensamientos, mediante la radicalidad de nuestras existencia podemos demostrar que dichos límites se pueden romper y superar. Así, cuando el movimiento por los derechos civiles rompió con todos los esquemas de la sociedad estadounidense de una forma radical para la época, elles demostraron que los extremos no existen en realidad. Y si los extremos no existen, el «término medio» tampoco lo hace, pues ¿qué sentido tiene hablar de «término medio» cuando las personas rompen con los límites extremos de nuestra realidad?

El reto, y la propuesta de este texto, es aplicar esa ruptura con los extremos en todos los aspectos de nuestra vida diaria. En vez de estar esperando a otro 1936 u otro 1968, ahora mismo podríamos estar superando los extremos categorizados por la sociedad. Mediante la radicalización de la cotidianidad erradicamos del mapa la absurda idea de que existen extremos y «término medio.»

¿Para qué esperar a otro 1848 si podemos vivirlo hoy mismo a nuestra manera?

No obstante, nada de esto significa que haya una única manera de radicalizar la vida cotidiana. Y he aquí lo bonito de la propuesta más radical del anarquismo insurreccionalista—lo que en ciertos círculos estadounidenses se ha venido a llamar «maximum ultraism.» Dado que lo «radical» se refiere a la «raíz» de algo, podemos establecer que cada individuo puede tener una manera específica de ser radical, de romper con el apaciguador «término medio» mediante la superación de lo extremo. Así pues, el oficinista de clase media puede superar su condición alienada cuando empieza a expropiar material de oficina para repartirlo entre les chiques de su vecindario. La cajera del gran supermercado puede ser radical al separar en distintas bolsas la comida que puede ser comida por otras personas y que de otra forma acabaría mezclada con productos de limpieza en el mismo contenedor de basura.

De esta manera, el «término medio» se convierte en una ficción pues los extremos se pueden redefinir constantemente. Algunes encontrarán su camino en la quema de oficinas bancarias; otres lo encontrarán en la pequeña expropiación de material de oficina. Sea como sea, cada persona que decida romper con las cadenas invisibles que nos atan, al estar atacando la raíz del problema, estará siendo radical.

El gran problema en el movimiento anarquista viene cuando diferentes grupos con diferentes formas de «romper nuestras cadenas» empiezan a dogmatizar su propia postura y referirse al resto como «ignorantes» o «extremistas.» Y esto se aplica al insurreccionalismo que acusa de reformista al anarco-sindicalismo, y al anarco-sindicalismo que acusa al insurreccionalismo de violento y destructivo. ¿Cuán beneficioso sería para todes les anarquistas aceptar que pueden existir anarquistas con diferentes formas de superar la realidad que nos oprime, y que todes podemos «remar» hacia la misma orilla de distintas maneras?

Pero esto da para otro tema que será tratado en el siguiente artículo. Hasta entonces, tratemos de encontrar nuestra propia radicalidad.

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