[Reseña] El cost de la fruita

La primavera va llegando a su final y con ella, la maduración de muchos frutos. Incluso las personas más urbanitas sabemos que esas plantas –melocotoneros y manzanos en Lleida y en el oriente aragonés, fresones y otros frutos rojos en Huelva, etc.– no están ahí por azar. Han sido sembradas, abonadas, regadas y cuidadas para llegar en las mejores condiciones posibles a este momento. Las personas que trabajan en su recolección, en cambio, parecen haber aparecido de la nada: ¿dónde estaban el pasado invierno, dónde estarán el próximo? Si viven unas en albergues, otras repartidas entre edificios abandonados y chabolas, y a las pocas semanas desaparecen, ¿son vecinas? Observaciones de este tipo dieron origen al libro de Francesc Serés La pell de la frontera (2014) y ahora lo han hecho Clara Barbal y Pablo Rogero con el documental El cost de la fruita.

Es un modelo de funcionamiento al que todo el mundo, resignadamente, se adapta, pero que no es bueno para nadie. Los pequeños propietarios malvenden su género al precio que les den, los temporeros malviven donde pueden, trabajan en condiciones irregulares cuando no infrahumanas y no echan raíces en ninguna parte, sólo migran, como aves sin bandada. Siguen vaciándose los pueblos –y comarcas, y provincias enteras– mientras una riadas de personas venidas de África y de Europa del este llegan, trabajan y se van.
¿No es bueno para nadie? En realidad, las cuentas de resultados de los supermercados son buenas, las de las pequeñas tiendas no lo son tanto, pero se pueden permitir seguir abiertas, los consumidores conseguimos llegar a otro fin de mes sin tener que pelear por otro aumento, que se haría en perjuicio del margen de beneficio de nuestros patrones…

El documental, que se estrenó el pasado día 5 y seguirá en abierto hasta este viernes 19, dura una hora y se basa en media docena de entrevistas, fragmentos del libro de Serés y la música de David Malatesta, que nos ayuda a abrirnos al poniente catalán como lo haríamos con el far west.
Manel Ezquerra, alcalde de uno de los municipios que aparecen (Alcarràs), se quejaba del sesgo que dan al documental las palabras de media docena de jornaleros y dos payeses, pero esto no es un vídeo-ensayo. Quien quiera un retrato de la realidad más global y exhaustivo tiene a su disposición los datos del Institut d’Estadística de Catalunya, el Instituto Nacional de Estadística o Eurostat, también el informe de Caritas, de octubre de 2018, Vulneraciones de derechos laborales en el sector agrícola, la hostelería y los empleos del hogar (si puede y quiere pagarlo) o este informe en inglés del Fair Trade Advocacy Office sobre el poder en las cadenas agroalimentarias (sorpresa: el poder lo tiene el oligopolio de las grandes superficies). También tiene, por desgracia, el goteo de noticias de la actualidad: las inspecciones de trabajo recibidas como un peligro, las amenazas en su contra, el brote de CoviD-19 entre los trabajadores del matadero de Binéfar, la condena a su patrón por sobornar a un fiscal (con la pretensión de encubrir casi un centenar de delitos previos), la epidemia de falsos autónomos en este sector de la carne, el racismo social de policías y particulares en general, etc.
A un documental de una hora no le corresponde poner soluciones, a una sociedad, sí. Hay que hablar de la necesidad de reforma agraria, de regularización de las sin papeles, de que el estatuto de los trabajadores y los convenios colectivos entren en todos los sectores, también en el primario, por la razón o por la fuerza. Antes de que venga otra pandemia a recordarnos que, a diferencia de la fruta, unas condiciones de vida dignas y un funcionamiento social razonable no van a crecer en los árboles.

Refugees Welcome: La pelota que se pasan los Estados xenófobos de Europa

Este mismo domingo saltaba mediáticamente en todo el mundo una noticia de relevancia internacional:  Italia se negaba a permitir el desembarco en sus costas de las 629 personas que se encuentran a bordo del barco Aquarius SOS Méditerranée, dirigido por la organización Médicos Sin Fronteras y varado entre la isla de Sicilia y Malta. Estas personas habían sido rescatadas en el mar Mediterráneo cerca de las costas de Libia cuando trataban de alcanzar tierras europeas jugándose la vida.

Dicho rescate se ha topado con la negativa a ser desembarcadas y atendidas correctamente estas centenares de personas por el nuevo gobierno italiano, que desde el pasado 1 de junio está compuesto por una alianza entre el partido xenófobo Liga Norte y el partido Movimiento Cinco Estrellas (partido italiano de creación reciente con unas características similares a Podemos, reivindicándose como opción del cambio y en contra del sistema político tradicional).

El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, declaraba que Italia no asumiría ningún inmigrante más, e instaba a la pequeña isla de Malta a permitir el desembarco en sus costas de las personas migrantes. El primer ministro de Malta, Joseph Muscat, del partido laboralista (tendencia socialdemócrata) se ha negado a permitir el desembargo igualmente, aunque asegurando que se mostraba dispuesto a evacuar a las personas con riesgos de salud más graves, entre ellas, siete mujeres embarazadas a bordo. Finalmente, a última hora de la tarde del lunes, el gobierno español declaró su disposición a permitir el desembargo de las personas migrantes en el puerto de Valencia, ante lo cual el ministro de Interior italiano lo celebraba en las redes sociales como una victoria.

Estos acontecimientos, todos y cada uno de ellos, responden a la lógica de que las migraciones forzadas de personas en el Mediterráneo son tomadas por los diferentes Estados europeos como una pelota que se puedan lanzar unos y otros. Se aprovechan las miserias provocadas por el capitalismo y sus guerras (ya sean estas económicas, sociales, culturales, abiertamente armamentísticas, o todos los factores a la vez), para crear un arma política de primer nivel en Europa: las políticas migratorias. Ya sean estas útiles en discursos nacionalistas y abiertamente xenófobos, desde los partidos parlamentarios a organizaciones de extrema derecha, o también desde posturas del humanitarismo más sacrosanto que esconde un lavado de imagen irrepetible.

En ambos casos podremos comprobar claramente el racismo institucionalizado, en el primero de los casos parecerá muy evidente, y en el segundo de los casos se camuflará de una motivación exclusivamente humanitaria. El racismo no solo se encuentra en los discursos verbales, que es su parte más visible, el racismo institucionalizado se encuentra acciones políticas concretas, en la instrumentalización que se hace de las personas forzadas a migrar. Rellenar portadas de periódicos con la noticia de que el Estado español acogerá a las 629 personas en el barco Aquarius para evitar una crisis humanitaria, no es un acto contra el racismo ni marcadamente anti-xenófobo, sino pura publicidad.

Que esas personas merezcan una atención y un cuidado dada su situación de extrema vulnerabilidad, no debería permitir hacer propaganda de ello a un nuevo gobierno como el del PSOE que quiere hacer gala de su progresismo. Y, por supuesto, más si cabe en un país como España que cuenta con siete CIEs (centros de control y exterminio de las personas migrantes) donde se mantiene a miles de inmigrantes encarcelados en espera de su expulsión. O un país que asesinó en febrero de 2014 a quince inmigrantes en la playa del Tarajal en Ceuta, unas muertes por las que ningún guardia civil será juzgado según se conoció este mismo año mediante el sobreseimiento del caso.

Europa ha sido y es un territorio construido desde la colonización y el racismo, un continente que exige asimilación de valores a las personas migrantes, porque damos por hecho que nuestra cultura es moralmente superior. No pretendemos pararnos a conocer otras culturas del mundo y compartir desde la humildad, consideramos Europa nuestro coto privado, y la inmersión cultural o la barbarie como exclusiva opción. Y esa política no solo se refleja en las acciones particulares de los gobiernos, sino en nuestra actitud cotidiana día a día como sociedad.

No se trata por lo tanto de una problemática reformable, o subsanable con un simple cambio de actitud de un gobierno en concreto. El racismo es otro de los pilares que sustenta el autoritarismo de este sistema, y aunque debe combatirse particularmente, solamente la ruptura con el capitalismo augura el establecimiento de otro tipo de relaciones sociales entre todas las personas globalmente. Lo que el mar esconde son decenas de miles de migrantes ahogados en una tumba marítima inmensa, lo que la tierra refleja es el racismo como base de nuestras sociedades. Y para desenterrar ese cementerio en el mar, deberemos agitar nuestros territorios.