Contra el elitismo revolucionario

Muchas veces hemos oído hablar que usar tal o cual término causa confusión, que éste u otro movimiento social es reformista y cómo tendrían que ser para dejar de serlo, que si es incoherente tal acción o táctica por contradecir una serie de principios, que si supone rebajar el discurso y caer en el «todo vale», etc, que todo ello parece llegar a conformar una suerte de ortodoxia, una burbuja aislada de la realidad social que se desentiende de los movimientos sociales y sus luchas, quedándose anquilosada e incapaz de responder ante la realidad cambiante. Esta es la suerte de ciertos grupos e individualidades sobreideologizadas que miran por encima del hombro al resto de mortales, posiconándose así como una élite con posesión de las verdades revolucionarias, las cuales se deben aplicar a rajatabla si realmente deseamos la revolución. Incluso hay quienes parecen pensar que la revolución estará a la vuelta de la esquina, anteponiendo por encima de todo, la coherencia ideológica a la necesidad de participar en frentes de masas. Craso error, pues la revolución está muy lejos ahora mismo y que no podemos realizar ninguna revolución social si nos desentendemos de la realidad que nos rodea y nos ceñimos en la coherencia.

Si bien es cierto que existía cierto movimiento anarquista después de su fallido intento de resurgimiento a finales de los ’70, cuando estalló la crisis del 2008, el anarquismo no respondió con contundencia y en mayo del 2011 nos sorprendió el 15M, en el cual, la gente salió espontáneamente a las calles ocupando las plazas de numerosas ciudades en el Estado español. Pese a su contenido ciudadanista y sus muchos peros, hemos de reconocer que el 15M supuso un punto de inflexión que abrió la posibilidad de hacer política en las calles, algo prácticamente impensable en una España con una clase trabajadora dócil. Al igual que con el 15M, están las mismas críticas hacia el resto de movimientos sociales como las mareas de todos los colores y la PAH, sin posicionarnos a favor de su fortalecimiento y radicalización ni plantear alternativas inmediatas desde un prisma libertario en las que poder avanzar. Sin embargo, lejos de tratar de entender los procesos, nos hemos dedicado a criticarles desde nuestras casas su pacifismo dogmático, sus reivindicaciones ciudadanistas y reformistas y miles de «peros», sin entender que el 15M nació con una estructura horizontal y asamblearia, que supuso así una ruptura con el pasotismo generalizado en política. Nadie se hace revolucionaria de la noche a la mañana y aquellas personas no poseían una buena formación política, pero sí comenzaron a cuestionarse el sistema y se han abierto espacios para hacer política desde las calles y los barrios.

Las proclamas maximalistas y el proselitismo en algunos mensajes anarquistas, que parecen encriptados para el resto de la sociedad y solo dentro de los círculos anarquistas entendemos, nos ha alejado del escenario político anticapitalista. Se repiten los típicos argumentos de siempre, que pese a que algunos puedan llevar razón, hay algunos que no atienden al contexto, como los hay críticas destructivas que no aportan nada más allá de la negación. Por eso, en ocasiones, en vez de aprovechar espacios abiertos de lucha, algunos y algunas priorizan el corpus ideológico frente a la necesidad inmediata de frenar los atropellos del neoliberalismo desde las bases, de conseguir victorias a corto plazo para ir extendiendo la lucha de clases.

Si el anarquismo carece de dogmas, significa que requiere una constante reflexión y análisis, a la vez que nos posicionamos y participamos en las luchas. Claro, supondría cargar con ciertas contradicciones, pero guste o no, son inevitables mientras sigamos viviendo en el sistema capitalista. Por tanto, hay que asumirlas e ir superándolas poco a poco, replantearse las consignas y repensar algunos términos. Entonces, si reclamamos lo público reclamamos lo que nos pertenece, que no pase a manos de los mercados y sean de gestión popular; si utilizamos un lenguaje más sencillo no implica rebajar el discurso, sino utilizar un discurso divulgativo intentando transmitir nuestras posiciones al resto de la clase obrera; si participamos en los movimientos sociales es porque tenemos mucho que aportar en ellos, al margen de si tiene o no una orientación política clara ya que dicha política ha de forjare en el día a día. No es ninguna renuncia a nuestros principios cuando luchamos por arrancar pequeñas victorias en la vida cotidiana, en las contradicciones del capital-trabajo y colaborar con colectivos afines, pues demostrar que los y las anarquistas también nos involucramos en todos los frentes de lucha es más que necesario. Recordemos que no somos ajenos y ajenas a los cambios que se dan en estos momentos, que no vivimos del cuento y que formamos parte de la clase obrera. Recordemos que no llegaremos a ningún lado yendo por nuestra cuenta, desorganizados y dados al espontaneísmo, o en la comodidad de nuestros grupos de afinidad y colectivos.

Que se disuelvan las élites que dictan cómo hemos de luchar y qué luchas son válidas midiéndolas con la vara de la coherencia ideológica y con la Biblia de los principios anarquistas en la mano. Aunque nos cueste, debemos ir saliendo de nuestras posiciones de comodidad, analizar los procesos sociales y entenderlos para poder incidir y aportar en la lucha social. A la vez, para salir de la marginalidad urge adoptar estrategias y acciones que sumen fuerzas y creen tejido social anticapitalista y horizontal, valorar las luchas en base a qué es lo que nos ayuda a crecer como movimiento social y políticamente, en definitiva, a empoderarnos y a inclinar la balanza de las relaciones de poder en favor de las clases explotadas. Menos altanería y más humildad, esto es lo que hace falta a ciertas personas que se declaran revolucionarias.

Afilando el arpón del poder popular

Por Miguel Gómez, Eduardo Pérez y X.Oural

“El capitalista no tiene corazón, pero arponéale en el bolsillo y sangrará”. Bill Haywood (1869-1928), Industrial Workers of the World.

A menudo las y los militantes sociales nos preguntamos por qué las movilizaciones no tienen éxito. Desde luego, conocer la receta de la movilización es la pregunta del millón, que todo el mundo se hace alguna vez. Esta cuestión está íntimamente ligada a las estrategias y tácticas propias del movimiento que impulsa la movilización. Es decir, que tanto la estrategia de movilización y acción como la estrategia comunicativa tienen que ir de la mano, actuando como un conjunto que proyecta la idea que se pretende transmitir. Bajo este prisma, intentamos a continuación realizar algunas humildes aportaciones que esperamos que puedan incitar a la reflexión.

En los últimos años hemos vivido huelgas generales que han sacado a la calle a millones de personas, huelgas sectoriales que han paralizado ciudades, pueblos y comarcas, manifestaciones-monstruo en las capitales del país, acciones de todo tipo (expropiaciones de supermercado, okupaciones de edificios, de bancos, de tierras…). La reivindicación está por todas partes, no hay escuela, hospital o parque de bomberos sin su pancarta contra la destrucción de los derechos sociales. No hay semana sin convocatorias casi en cada pueblo y ciudad. Y sin embargo, ¿por qué vamos aparentemente de derrota en derrota?

Quizás la clave de los problemas que tenemos es precisamente que las reivindicaciones no se plantean de una forma cuantificable. Es decir, que al faltar un análisis profundo de los problemas, no se concluyen objetivos, no se llega muy lejos en nuestra lista de peticiones, quedándonos en posturas demasiado conservadoras tratando de mantener la situación tal como estaba. Por ello hay que ir a lo concreto, dejándonos de posturas abstractas como movilizarse “contra la represión”, “contra el capitalismo”, o como el lema de la última huelga general: “Quieren acabar con todo”. Las batallas son poco ganables en estos términos. Por otro lado, tratar de luchar para conservar unas prerrogativas que se pierden como “no a la privatización”, “no a la Reforma Laboral”, “no a la ley del aborto” es entrar en un terreno favorable al del sistema. Si se ganara, valdría de poco más allá que para volver a un pasado poco apetecible. Es lógico que la gente no emplee mucho tiempo en las luchas si el objetivo es sólo mantener una situación miserable. Falta una idea de sociedad nueva sobre la que pivotar el discurso, y en base a eso mantener luchas concretas ofensivas.

Al no tener objetivos revisables o “cuantificables”, seguimos con la inercia del pasado en las movilizaciones de la izquierda. Esta inercia hace que se caiga en prácticas como convocar a marchas forzadas por que “hay que hacer algo”, sin pararse a pensar qué se pretende conseguir y a quién hay que presionar para lograr estos objetivos. La lucha no es para limpiar la conciencia si no para conseguir resultados.

Hace años, el texto ‘Ad Nauseam’ atacaba duramente algunos de nuestros rituales: “Las manifestaciones son actos de autoafirmación, de autocomplacencia estética y militante, y su única utilidad práctica es que la policía fiche y fotografíe a los asistentes. Eso y encontrarnos a los amigos para tomar luego unas cañas. Lo mismo puede decirse de la hermana pobre de la manifestación, la concentración, convocada cuando no se confía en reunir ni un mínimo de gente para no caer en el ridículo”. Quizá la crítica era excesiva, pero es patente que cuando se es incapaz de convocar una manifestación por prever que no se va a juntar un mínimo de gente, se convoca una concentración. Esto se viene repitiendo desde hace décadas de forma rutinaria. Actualmente hay un abuso de formas de movilización como la concentración o la manifestación. En contextos de bonanza capitalista este tipo de acciones aisladas difícilmente tienen algún efecto, pero en contextos de crisis como la actual, tienen todavía muchas menos posibilidades.

También existe una inercia diferente, es decir, la que considera la “combatividad” en un sentido estético. Las manifestaciones son entendidas como un fin en sí mismas, y si no tienen el barniz de radicalidad apropiado, serán automáticamente calificadas como poco combativas o aburridas. Tampoco se entran a valorar objetivos, cuando en una manifestación se desata un enfrentamiento, acabando en una espiral de acción-represión que deja de lado el problema por el que nos estábamos movilizando. Las inercias son una carga muy pesada que cuesta superar.

En este sentido también hay que tener presente unos límites. Plantear hasta dónde queremos llegar, y ver los límites intrínsecos de la acción para evitar, inconscientemente, esperar más de lo que da de sí la acción. Si no se conocen los límites lo más probable es que las Fuerzas del Estado los impongan por la fuerza.

Los éxitos de las movilizaciones no se miden ni en cuanto a falsa “combatividad” ni tampoco en base al parámetro del nivel de asistencia sino en cuanto a resultados. Una declaración triunfalista por haber convocado mucha gente sin haber logrado nuestras metas es absurda. Convocar a medio millón de personas está bien si se conseguir el objetivo, si no da lo mismo convocar a un grupo que a todo el país.

De todo esto concluimos que tanto concentraciones como manifestaciones deben formar parte de un proceso de lucha en donde se contemplen diferentes actuaciones más o menos contundentes, procurando que vaya in crescendo. En todo caso, estas movilizaciones son acciones que sólo deben convocarse si podemos intentar garantizar una participación masiva a todas luces.

Para valorar la utilidad o no de las movilizaciones se tiene que medir su capacidad de interrumpir el circuito del capital, que es básicamente la producción y la circulación de mercancías. La contundencia no viene determinada por el choque físico espectacular entre manifestantes y policías si no por la capacidad de interrumpir los canales de transmisión del capitalismo. Por ejemplo, viejas herramientas del sindicalismo como el boicot o el sabotaje son perfectamente útiles en este contexto y deberían fomentarse. Se puede golpear en varios aspectos: en la producción, en la circulación o en el consumo. Quizás no hace falta paralizar la ciudad completamente cuando puedes paralizar el transporte o un puerto.

En este sentido, la convocatoria frecuente de manifestaciones y concentraciones tendría efectos en la obstaculización del circuito capitalista, sobre todo en el transporte, y en romper la sensación de normalidad. Por ejemplo en Madrid, los políticos hablaron hace años de construir un “manifestódromo”. Esto no ocurre sólo porque les moleste ideológicamente ver desfilar cada dos por tres a los desheredados, sino porque tanta frecuencia de convocatorias interrumpe temporalmente la circulación de mercancías. No es un gran problema, pero molesta.

Al margen de la interrupción del circuito de reproducción del capitalismo, también podemos fijarnos en lo simbólico. Es importante incidir en la difusión. Se trata de transmitir un mensaje a millones de potenciales simpatizantes, animando a imitar y a participar en acciones similares que puedan poner en cuestión la legitimidad del sistema. La concentración o manifestación sirven como difusión hacia tu público objetivo y a la vez de crítica simbólica a nivel mediático. Sólo tienen sentido en esos aspectos si consiguen una participación razonable y van acompañadas de una cobertura. De no darse una cobertura mediática adecuada, se pierde el impacto que la movilización pueda tener. En su momento el movimiento 15M acertó ocupando las plazas más simbólicas de las ciudades y difundiéndolo mediáticamente. Otra opción sería actuar contra los símbolos de la burguesía, sus lugares de reunión, de socialización, etc. Se debe señalar el verdadero poder.

La carga simbólica de las manifestaciones y concentraciones viene marcada por la capacidad de difusión que seamos capaces de generar, y en este caso hay que contemplar, guste más o menos, el papel de los medios de comunicación burgueses, que a pesar de los avances de internet y medios antagonistas siguen teniendo un papel fundamental en el establecimiento de la agenda política. ¿Tiene sentido convocar si sabemos que no se va a cubrir el acto? Siempre hay alternativas. En el caso en que se vea que las formas clásicas como manifestaciones o concentraciones no son viables como métodos simbólicos, hay que buscar otras opciones. En este caso lo que hay que intentar es intentar tener la mayor difusión posible, por cualquier medio. Las opciones menos masivas pueden llegar a generar mayor difusión y acumulación de prestigio. Encierros en determinados espacios físicos del Estado-capital, expropiaciones, ocupaciones, un tartazo, necesitan menos gente que las movilizaciones habituales y llaman más la atención, que es de lo que se trata si se apuesta por el nivel simbólico. Diez personas detrás de una pancarta en una concentración es poco útil. Si estas diez personas están encadenadas en la puerta de un banco, es otra cosa. Si se une el peso simbólico con un resultado real (por ejemplo, expropiar comida en un supermercado), mejor que mejor.

Por último llegamos a la gestión de los resultados, ganamos poco y cuando ganamos no lo decimos. Por ejemplo el 15M no consiguió resultados concretos en el momento (tampoco los planteaba, así que difícilmente podía conseguirlos), pero sí ha generado cambios, o influido en procesos, que se han venido dando después: no sólo cambios «atmosféricos», como situar ciertos temas en la primera línea de debate, sino también otros cambios reales (decretos de vivienda estatales y autonómicos, reducción de daños en los conflictos con las mareas, medidas simbólicas de control y transparencia, etc.). Si nadie sale a defender que lo que ha ocurrido es un reflejo, aunque sea moderado y distorsionado, de las luchas, se alimenta el terreno de la desmovilización y el electoralismo (que se basa en el fracaso de la movilización). Por supuesto no se trata de hinchar los resultados de la movilización, que son escasos, pero sí que falla su puesta en valor.

Conclusiones

Las movilizaciones tienen que ser demostraciones de fuerza, que tanto simbólicamente como de forma real, disputen el dominio hegemónico al capitalismo, nuestro enemigo. Una movilización es un diálogo, que se establece a dos bandas: con el enemigo, y con el pueblo. Hay que cuidar ambos lados. Es decir, que el mensaje debe ser claro y conciso, y llegar a los dos niveles con contundencia.

Las movilizaciones deben pivotar entre lo simbólico y lo efectivo, en conjunción con una buena estrategia comunicativa. Debe haber ocupaciones efectivas del espacio público y de los símbolos del poder. Debe haber una deslegitimación de las instituciones y una difusión extensiva de las acciones precisamente para arrebatarle al enemigo tanto la legitimidad como la iniciativa en caso de represión. Para ello, hay que plantear la lucha no como la quiere el enemigo sino como la quiere nuestro movimiento. Las luchas sociales no han tocado techo, todo lo contrario: apenas tienen suelo. Pensémoslas, mejorémoslas y a por ellos.

http://procesembat.wordpress.com/2014/01/13/esmolant-larpo-de-la-resposta-popular/

[Recomendación] Lectura: Firmeza en los principios, flexibilidad en las tácticas

¿Qué papel jugaríamos los anarquistas ante la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora? Ante tales atropellos que se han agudizado más con la excusa de la crisis, han surgido diversos movimientos sociales que empezaron a actuar y a intentar parar estos ataques. Pero, ¿dónde estamos los anarquistas? Llega un momento en que la coherencia ideológica se vuelve un lastre más que como base para la praxis. Es un error pensar que de la teoría parte la praxis y que han de aplicarse los principios en ella como si fuesen mandamientos. Ante esta coyuntura, urge la necesidad de integrarnos en los movimientos sociales y cooperar con otras fuerzas políticas afines como una posición táctica a corto plazo. Esto no quiere decir una renuncia a nuestros principios, el apoyo táctico no significa apoyar políticamente a otras fuerzas políticas. El texto que hoy recomiendo trata expresamente de replantearnos las tácticas que hasta ahora hemos seguido:

Firmeza en los principios, flexibilidad en las tácticas

 

Pongamos los pies en el suelo

La historia es eso, historia. Que si bien es imprescindible la memoria histórica, no podemos seguir durmiendo en los laureles de las glorias del pasado y en sus logros. La historia nos ayuda a concer nuestro pasado y nuestros orígenes, y a la vez nos debe servir para ver en qué hemos fallado y en qué hemos acertado. Pero toca el ahora y el panorama actual no es para tirar cohetes ni por asomo. Nos encontramos con un movimiento anarquista reducido casi a la marginalidad dentro los conflictos sociales, ya no somos una fuerza política capaz de movilizar a las masas como lo fue antaño. ¿Qué es lo que nos ha pasado? Ante la actual coyuntura con la agudización de la crisis capitalista, urge que nos sentemos en la mesa, debatamos, valoremos y reflexionemos sobre nuestro papel hoy y cómo afrontar la situación en lo inmediato y de cara a la reconstitución como fuerza política con presencia en las luchas sociales, elaborando tácticas y estrategias que nos permitan avanzar y crecer tanto cuantitativamente como cualitativamente.

Hablando a nivel de España, la trayectoria del movimiento anarquista desde su desmoronamiento después del Caso Scala hasta hoy, ha estado en general marcado por la poca influencia en la realidad social que ha tenido. Sin embargo, en estos últimos años ha habido un cierto repunte y han emergido recientemente organizaciones de aspiraciones libertarias prometedoras. Aun así, queda mucho por hacer. Paralelamente, debemos reconocer, aunque desde un punto de vista muy crítico, el despertar de la ciudadanía con el 15M, pero al no haber una continuidad y ante la falta de objetivos y estructuras orgánicas más sólidas en muchas ciudades desaparecieron. Cabe especial mención las PAH que irrumpieron en el imaginario colectivo como un movimiento social que visibilizó el problema de la vivienda y toda la trama especulativa que se estaba detrás de ello y superó las espectativas de movilización incluso a los anarquistas, aunque nos duela reconocerlo. Y continúan hoy incansables en la defensa del derecho a la vivienda.

Ahora miremos hacia nosotros mismos. Nos hemos apartado de casi todo y lo que rescataría sería algunas CNTs y CGTs en el ámbito laboral. Pese a que nos duela, la autocrítica se hace imprescindible en estos momentos en los que más necesitamos estar presentes en los conflictos sociales. Si dejamos un vacío político en las calles, serán copados por otras fuerzas políticas que estén dispuestos a involucrarse, como pueden ser la izquierda parlamentaria, la izquierda marxista e incluso grupos filofascistas y neonazis. Sí es verdad que hay, en cierta medida, un anarquismo organizado, aunque en cierto modo de carácter endogámico y autorreferencial. ¿En qué fallamos? Sobrevivimos en gran parte como individualidades aisladas, ha habido cierta tendencia a atrincherarse cada grupito en sus chiringuitos, en algunos casos se llega al panfletarismo incendiario que solo leen la gente dentro del ghetto, a mantenernos al margen de los movimientos sociales por ser reformistas y alardear de nuestra pureza ideológica lanzando proclamas maximalistas… Incluso en algunos casos, el rechazo a la organización en sí y la renuncia a disputarnos un hueco entre los movimientos sociales que no se adapten a nuestro corpus ideológico. Ni tan siquiera algunos han sabido superar una rivalidad que en verdad no tendría mucho sentido entre las CNTs y CGTs. No digo que sean acertadas algunas críticas pero si nos ceñimos a eso, no iremos a ninguna parte.

Y nos preguntamos, ¿de qué nos ha servido mantener la pureza ideológica?  ¿De qué nos sirven organizaciones sobreideologizadas si no son capaces de dar una respuesta en lo inmediato? O lo mismo, ¿de qué sirve ir por nuestra cuenta separados de la realidad social y construyendo torres de marfil para sobrevivir? ¿De qué nos sirve encerrarnos en un individualismo autocomplaciente y reivindicar las acciones individuales? ¿Es que los movimientos sociales se tienen que adaptar a nosotros? Que el lector o la lectora se responda a sí mismo/a. Asumámolo de una vez: no tenemos la capacidad material para materializar nuestros intereses y reivindicaciones, es algo que hay que ir construyendo, en el cual, el primer paso que debemos dar es poner los pies en el suelo y analizar la realidad social que nos rodea, teniendo en cuenta la coyuntura en que nos desenvolvemos y escoger cuáles son las tácticas y estrategias adecuadas para llevarlas a cabo y trabajar conjuntamente con los movimientos sociales en todos los ámbitos como en lo laboral, lo estudiantil, la vivienda, etc. Asumamos también que la revolución social no será puramente anarquista ni la haremos los anarquistas, sino que será resultado del empoderamiento de la clase trabajadora y el conjunto de explotados como pueblo fuerte.

Derribemos las torres de marfil como refugio para mantenernos puros ideológicamente, derribemos los chiringuitos como muestra de atomización, destruyamos los mitos e idealizaciones nostágicas, dejemos de hacer un anarquismo endogámico solo para consumo propio. Dejemos los personalismos y las proclamas maximalistas, despojémonos la idea de llevar una lucha en solitario sin contar con el resto de fuerzas sociales, dejemos de medir si ésto es reformismo o no y planteemos desde el punto de vista táctico y saber arrancar victorias parciales por la vía de la lucha colectiva y no por la vía institucional. En definitiva, dejemos de actuar como una fuerza al margen, como una estética, como un estilo de vida o una simple filosofía para el desarrollo individual y reconstituyámonos como una fuerza político-social para comenzar a salir del letargo y a caminar sobre suelo firme. Esto supone estar insertos en las luchas sociales aportando nuestras alternativas y nuestras praxis, a la vez que vamos dotando, en la medida de lo posible, a los movimientos sociales de un carácter libertario y mantener en todo momento un horizonte revolucionario. Superemos de una vez por todas el inmovilismo y la inoperancia en que estamos envueltos y aprendamos a avanzar en medio de nuestras contradicciones superándolas. Hagamos de la organización anarquista una herramienta efectiva para la lucha social y clasista, tanto en el plano político como de cara a formar un frente de masas.

Tenemos las bases teóricas y hemos de ponerlas en práctica en el aquí y en el ahora, que a la vez servirá para enriquecernos en la teoría e innovar en la praxis.

Construyamos un movimiento libertario juntas

El rumor de diferentes amigos y amigas, personas queridas, que quieren ir a buscarse la vida en otro país de la Europa rica crece día a día. Algún colega joven ya le ha tocado, sus dos padres están en paro. Compañeras que dejan de estudiar porque no se lo pueden permitir. Compañeros migrantes que frecuentan los container en busca de cualquier cosa para vender o para comer, y les toca menos porque cada vez hay más competencia, con diferentes perfiles cada vez más diversificados. Podría seguir describiendo los tiempos que nos han tocado vivir, el mundo en el que vivíamos se está hundiendo.

Lo sabemos, el capitalismo no se detendrá. No saldremos de la crisis. Quizá vuelva a reducirse el paro (o no …) pero la precarización aumenta con cada reforma laboral a medida que el capital no encuentra una respuesta capaz de plantarle cara, aunque lo intentamos detener con todas nuestras fuerzas . La competencia aumenta entre las clases populares para acceder a los bienes materiales. El sistema era genocida antes, y ahora está enseñando su verdadero rostro al «Primer Mundo». ¿Cómo podemos hacer frente a esta situación, desde una óptica libertaria?

Construyendo un proyecto colectivo. Al capital le interesa la destrucción del tejido solidario, un hito que en buena parte ha conseguido, y con la crisis resurgen mecanismos para cubrir  las necesidades de las personas que no pueden ser satisfechas por el dinero ni el desapareciendo «Estado del Bienestar». Obviamente no existen las recetas mágicas, y la dirección de este proyecto debe ser fruto del consenso de las integrantes, pero es muy posible que si no logramos construir un movimiento propio y no conseguimos incidir con nuestro discurso, otros lo hagan. Siendo conscientes de que hablamos de diferentes contextos, podemos ver el ejemplo de «Amanecer Dorado».

¿Movimiento Libertario?

Para empezar, debo explicitar que escribo desde una experiencia joven. Cuando quise empezar mi referente era la CNT y más tarde me crecer y esperé a entrar en la FEL, pero nunca llegué a entrar en esta porque desapareció. Por motivos geográficos nunca pude acercarme a un sindicato, y cuando lo hice vi que su realidad y la mía eran totalmente diferentes, y después de formar una asamblea libertaria con la gente cercana propusimos hacer alguna manifestación unitaria (con otros colectivos como CGT) y la contestación fue una apasionada respuesta recordando viejos tiempos de la Transición. A pesar de tener cosas en común, la realidad de cada sindicato es diferente en cada localidad (algo que  se debería recordar siempre) y aquí me defraudaron mucho.

Cito el tema sindical porque durante los últimos dos años aproximadamente se han ido constituyendo asambleas y colectivos libertarios en diferentes barrios, ciudades y universidades. Estas estructuras quizás pueden facilitar más la entrada de jóvenes que quizás hasta ahora no podían entrar a un sindicato por sus propias dinámicas, produciendo así dificultades al recambio generacional. Aunque es importante lo que sucedió, tenemos que ser conscientes de que hablamos de dos contextos diferentes,  y a veces las posturas no se acercan por peleas estancadas en décadas anteriores, y si esto le sumamos el misticismo del 36, parece que algunos vivimos aun en el pasado. La historia es importante, pero si queremos cambiar el presente no podemos vivir en ella, vivimos en tiempos diferentes.

Dejando de lado estos temas, ¿podemos hablar de movimiento libertario? La sensación que hay ahora, que quizá empezará a cambiar, es la falta de red y de mecanismos colectivos entre los afines, y por otro lado la gran diferencia ideológica. Personalmente creo que como anarquistas deberíamos valorar las diferencias positivamente como un ejercicio antidogmático, pero siempre encontramos posturas que se contraponen en dicotomías que fácilmente terminan peleándose en vez de intentar comprender al otro, a buscar los puntos en común y saber aceptar las diferencias, siendo conscientes de que todo el mundo tiene contradicciones y que nunca las podremos salvar todas. Dicotomías clásicas como «Aislamiento» vs «Sumar luchas», «Anarquismo social» vs Insurrecionalismo, Lucha política en la ciudad vs proyecto utópico en el campo…

Organización y Anarquismo

Conectar colectivos es conectar experiencias y recursos, y así podremos crecer cualitativamente en nuestra capacidad de incidencia en la sociedad. Aunque algunas personas sientan aversión hacia las siguientes palabras, unas estructuras sólidas permiten conectar la experiencia generacional, que de otra manera es más difícil de mantener, y así los colectivos se crean y se destruyen cíclicamente perdiendo energías. En mi opinión, en algún momento también se deberá conectar la lucha con los sindicatos libertarios e intentar romper el estancamiento que todavía se produce en algunas localidades…esto quizá implicara mucha reflexión y trabajo de replanteamiento por parte de las «dos partes».

Por otro lado si la palabra organización nos da miedo, debemos tener en cuenta que (al menos la gente que se declara anarquista que conozco) en su visión sobre una utopía libertaria, las decisiones las tomarían entre todas, de manera organizada. La organización no es mala por sí misma, sólo tenemos que ser conscientes de la cultura en la que hemos nacido e intentar combatir los posibles autoritarismos que aparecían, hacia fuera y hacia adentro, aunque no sea fácil.

Y finalmente, para combatir la situación que nos ha tocado vivir, hacen falta mensajes positivos. Ya tenemos claro que queremos destruir este mundo, pero con la alienación diaria que nos toca luchar para que no se apoderen de nosotros nos hace falta ser capaces de imaginar un mundo mejor y pensar de que es posible. Hablar en clave positiva también es una manera de que la gente sea capaz de salir de la resignación y conectar con nuestras ideas.

*Este artículo esta escrito desde una visión de un joven y desde el ámbito de Catalunya.

Anónimo

Sentando las bases

El maremagnum de grupos, colectivos, sindicatos y organizaciones anarquistas (o que comparten métodos o finalidades con el anarquismo) ha sido incapaz en los últimos años de sentar unas bases comunes que marquen su actividad conjunta. Como resultado de esta carencia, no resulta raro el espectáculo de grupos pretendidamente afines que defienden públicamente posiciones contrarias, bien a nivel de objetivos o bien a nivel de estrategias. Incluso existen grupos objetivamente cercanos que pasan a considerarse enfrentados por diferencias de una importancia bastante relativa. No son despreciables las rupturas y otros problemas derivados de toda esta oposición.

Sin querer acabar con la heterogeneidad del movimiento, sí que considero esencial empezar a expresarnos públicamente de manera colectiva, en base a un programa de mínimos concreto y asumible por todos, que hable de qué sociedad aspiramos a construir los libertarios y cómo vamos a avanzar hacia ella en el corto plazo. Para alcanzar dicho consenso resulta fundamental llevar los debates y la diversidad de propuestas al seno del movimiento, de manera que de las conclusiones de esos debates salgan unas nociones comunes para expresarnos políticamente. ¿Qué pasos vamos a dar en los próximos meses y años los anarquistas? ¿Qué estrategias vamos a seguir? Es necesario un proceso que eleve estas preguntas desde la asamblea del colectivo en la que participamos a un nivel superior, el del movimiento en el que esa asamblea se enmarca. A ese nivel nunca hay debate, porque apenas existen espacios para desarrollarlo.

Este mismo sitio web, Regeneración, ha sido un modesto intento de conseguir un espacio para el debate razonado entre libertarios de tendencias diversas. Aunque nace lastrado por la dificultad de expresar conclusiones en el medio virtual, lo cierto es que algunos de los debates que se han abierto resultan necesarios y están todavía sobre la mesa. Solo se echa en falta que más tendencias dentro de lo libertario se animen a expresar sus posiciones. Por supuesto existen otros espacios, cada uno con sus particularidades: El foro alasbarricadas.org, la revista Estudios…

Otra problemática que se repite en los pocos debates que tienen lugar dentro del movimiento es la posición de trincheras, la incapacidad de aceptar los argumentos contrarios. También una tendencia a reproducir los enfrentamientos personales en enfrentamientos políticos sinsentido. Una serie de prácticas que pesan como una losa a la hora de tratar de avanzar. Eso solo puede solucionarse con la apuesta firme de todos los implicados en este tipo de miserias por acabar con ellas, demostrando una altura de miras suficiente que ponga el interés general por encima de las aspiraciones particulares.

Finalmente, el desarrollo de un movimiento necesita de unos actores que no aparezcan súbitamente, ardan durante un par de años como máximo y desaparezcan repentinamente sin dejar apenas rastro (bien por cansancio, por un cambio en las condiciones vitales de sus miembros o por la incapacidad de asumir el golpe represivo derivado de su actuación). La dinámica de los grupos efímeros es incompatible con la construcción de unas líneas comunes de actuación. Estos grupos pueden tener su papel, pero en ningún caso pueden sustituir la necesidad de organizaciones que trabajen de manera continuada en temáticas diversas, de manera que acumulen experiencia, contactos, etc. Precisamente por su capacidad de mantenerse en el tiempo estas organizaciones podrán constituir las bases de un proyecto colectivo que no desaparezca a las primeras de cambio y tenga que reinventarse reiteradamente.

Una propuesta práctica para iniciar el trabajo en común

Para el avance cualitativo de nuestras prácticas resulta esencial un proceso amplio de debate, que ponga sobre la mesa los objetivos a corto plazo, las lineas estratégicas sobre las que trabajar y las formas de organización desde las que realizar dicho trabajo. Dicho debate debe partir de diversos análisis sobre la realidad presente y concretarse finalmente en unas conclusiones que definan el proyecto político de los anarquistas. Análisis que, al estilo de las diferentes comisiones existentes en algunas asambleas del 15M, pueden centrarse en temáticas concretas: Laboral, Barrio, Juventud, Economía…

Asímismo deben surgir espacios donde compartir los distintos análisis y confrontarlos unos con otros. Espacios desde donde extraer unas conclusiones compartidas que marquen nuestra actividad futura. En todo este proceso deberán participar todos los grupos libertarios que, en un sentido amplio, aspiran a un cambio social que parta de la sociedad misma (o de una gran parte de esta).

Sobra decir que todo este trabajo está por hacer. En general, nuestros análisis son escasos, anticuados o simplistas. El análisis del capitalismo o del Estado que hacen muchos autores clásicos no se adapta al contexto presente, por mucho que nos empeñemos en adecuar el presente con calzador a nuestros esquemas. Nuestros panfletos son una serie de lugares comunes repetidos decenas de veces, verdades autoasumidas que rara vez ayudan a clarificar posiciones o a saber qué tenemos que hacer. Desde esta incapacidad para analizar la realidad presente es imposible influir positivamente en la sociedad. De ahí también que en ocasiones acabemos haciéndole el juego a la derecha o a la socialdemocracia, incapaces de presentarnos como una fuerza en sí misma.

También, como ya hemos indicado, están por definir los tiempos y los espacios en los que dichos debates podrían tener lugar. Los medios de contrainformación (virtuales o en papel) son una buena herramienta para comenzar, pero en ningún caso son suficiente. Es necesario desarrollar encuentros presenciales a nivel local y regional, con unas líneas de debate y unos textos conocidos de antemano, con un funcionamiento acordado por los grupos participantes. Encuentros que se desarrollen con la voluntad de llegar a acuerdos que sean de algún modo vinculantes para las organizaciones.

Por último, resulta necesario ser capaces de trasladar estas conclusiones a la sociedad. Exteriorizar qué es a lo que aspiramos, por qué, cuáles son nuestras propuestas de futuro a corto y medio plazo, nuestras estrategias… Solo de ese modo podremos ir más allá de la difusión ideologizada y empezar a enganchar con las prácticas de los movimientos sociales. Volviendo a ser un actor político relevante con ideas y propuestas para mejorar las cosas desde hoy mismo. Para que este proceso de ruptura con el gueto pueda tener lugar resulta esencial participar en los movimientos sociales, desde un propuesta específicamente libertaria pero sin pretender forzar sus tiempos y dinámicas. Tenemos que ser capaces de potenciar las propuestas más avanzadas del movimiento sin aspirar a dirigirlo o ejercer de vanguardia. Defender nuestras posiciones y no quemarnos si no son aceptadas. Comprometernos a trabajar y no poner trabas si las decisiones no son las que desearíamos. Ser críticos sin ser destructivos.

¿Por dónde empezamos?

Esta quizá sea la pregunta clave. Son muchas cosas por hacer y la mayoría no sabemos ni por dónde empezar. Lejos de tratarse solo de construir, los problemas enquistados dentro del movimiento muchas veces tiran abajo cualquier intento antes incluso de echar a andar.

A nivel individual, es fundamental repensar qué dinámicas negativas estamos reproduciendo: enfrentamientos personales, actitudes intransigentes, falta de compromiso y de humildad… Son problemas que no tienen otra solución que volverlos conscientes en uno mismo y comprometerse a cambiarlos, empezando a participar de una manera más constructiva, abierta y honesta.

También resulta necesario acabar con los chiringuitos, tan comunes en la izquierda, montados ante todo para reafirmarnos a nosotros mismos. Tenemos la tendencia a movernos en los espacios donde tenemos cierto reconocimiento y nos sentimos cómodos. En el momento en el que esos espacios se abren y entra gente nueva, surgen problemas debido a que esa renovación pone en cuestión nuestro antiguo estatus dentro del grupo. Esto da lugar a escisiones que, justificadas de las formas más rocambolescas, no son más que chiringuitos montados únicamente por cuestiones personales y no por diferencias políticas de calado.

Por cuestiones similares, tendemos a crear nuevos grupos antes de participar en los ya existentes. La mayoría de grupos desaparece, más que por una decisión consciente, por una falta de relevo. Es hasta cierto punto comprensible que conforme cambia la situación vital de los militantes de un proyecto, estos se vean obligados a abandonarlo o minimizar las responsabilidades que pueden asumir respecto al colectivo. Es necesario que los grupos gestionen este relevo, pero también que las personas que puedan dárselo se comprometan con los proyectos ya existentes más que comenzar desde cero y duplicar trabajo. Para ello también es necesario, por parte de los antiguos miembros, saber llegar a acuerdos respecto a los cambios en las lineas generales del colectivo ante la entrada de nuevos miembros y, por parte de quien entra a participar, respetar las decisiones y el trabajo acumulado durante la existencia del grupo.

A nivel colectivo, debemos asumir una visión de conjunto e ir más allá del trabajo de nuestra propia asamblea. Empezar a desarrollar análisis en el terreno en que nos movemos y compartirlos con el resto de grupos. Empezar a organizar espacios de debate con colectivos cercanos (ya sea geográficamente o de temáticas tratadas) para construir redes de apoyo y de debate. Utilizar los medios que ya existen para presentar estos análisis y para confrontarlos con los de otras organizaciones afines, de manera que se genere un proceso de debate con perspectivas de cierta confluencia, con el objetivo de desarrollar las líneas de un programa común de los libertarios.

Si sabemos hacerlo, puede que recuperemos el anarquismo como movimiento con capacidad de influenciar la realidad social y alterar el futuro. En definitiva, está en nuestras manos abandonar la marginalidad y reconstruirnos como movimiento revolucionario.

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