Movimiento Estudiantil, articulación y espacios comunes

Este es un texto escrito desde dentro del movimiento estudiantil universitario madrileño, aunque las ideas fuerza reflejadas entiendo que son comunes al resto de ciudades y pueblos, así como para el resto de luchas no estudiantiles.

El Movimiento Estudiantil (ME) actual se ha mostrado incapaz de ejercer un contrapeso a la batería de recortes y leyes que atacan de forma clara los derechos fundamentales relativos a la enseñanza. Desde las reformas universitarias (Bolonia, EU2015), la subida de tasas, la reducción de becas, la entrada de la LOMCE, la reducción de puestos de trabajo y sueldos… en definitiva un proceso de precarización de la enseñanza ante el cual el ME se ha mostrado como un actor incapaz de conseguir ejercer una respuesta clara y contundente. Las razones de esta incapacidad son varias, algunas son de raíz estructural (la implantación de Bolonia y la consecuente reducción de tiempo del estudiantado para organizarse, por ejemplo) pero vamos a centrarnos en las razones de puertas para dentro del movimiento, sin buscar excusas ajenas.

Ideologeización vs praxis, partidismo vs autonomía.

Que existen(imos) personas con ideologías varias dentro del ME es una realidad y las realidades se asumen, no se niegan ni ocultan. El problema es cuando se trata de imponer una ideología sobre otra o cuando se trata de imponer una ideología al conjunto del movimiento, el cual debe tener ideas fuerza, pero no una ideología, las ideologías son para las organizaciones políticas (partidos, sindicatos, federaciones…). Los movimientos amplios deben ser entendidos como espacios comunes a todas las familias que luchan por unos objetivos concretos, en nuestro caso contra la mercantilización y elitización de la enseñanza, por una educación gratuita y universal.

Por ello los espacios comunes no deben ser entendidos como espacios de disputa de las distintas corrientes, si no como espacios de puesta en común y trabajar codo con codo.

Y aquí es donde surge uno de los problemas. Las ganas de las distintas tendencias de arrimar el ascua a su sardina. Las estrategias dirigidas a convertir un movimiento en un chiringuito propio, siendo esta la estrategia más nefasta posible para todas, para el movimiento porque lo fragmenta y para la corriente porque se gana la enemistad y falta de confianza del resto.

Hay que luchar y trabajar por la autonomía de los movimientos amplios, autonomía de tendencias, partidos y organizaciones. No por una razón anti-partidos, si no por una cuestión pro-movimientos. Las organizaciones políticas y los movimientos se complementan, cada una tiene su espacio y deben ser respetados. Los movimientos sirven como espacio de confluencia, como imagen pública de unas reivindicaciones sectoriales, un espacio que construya su propio camino y no se vea limitado por agentes externos. ¿Luchamos por nuestras marcas, logos y banderas? ¿O luchamos por nuestras reivindicaciones? Tenemos que construir un pueblo organizado, tenemos que crear nuestras propias estructuras de contrapoder y nuestras organizaciones políticas deben acompañar dicho movimiento, no dirigirlo y coptarlo, pues entonces deja de ser movimiento para ser correa de transmisión, endogamia y derrota.

Participación vs especialización

Las asambleas son una herramienta de participación política cuyas características son la toma de decisiones colectivas, la igualdad entre sus miembros y el carácter abierto a quien esté interesado en participar. Esta base proporciona una potencialidad y proyección que ninguna otra forma organizativa de base da. Para crear movimiento este debe ser de masas y esto solo se logra haciendo a la mayor cantidad de gente posible partícipe de las decisiones, pues alguien que participa en la toma de una decisión, y todo el debate que conlleva, producen un empoderamiento individual y colectivo que se refleja en un movimiento vivo y proactivo. Las otras propuestas organizativas caen en el delegacionismo en las figuras de “los más entregados a la causa”, “los más militantes”, “los más…”, esto fomenta una micro-profesionalización de la política y reproduce las miserias de la sociedad de clases, es un método cuya intención de cambio se ve truncada cuando en el propio ejercicio de cambio se mantienen las premisas de la vieja sociedad capitalista. La política y nuestros derechos son algo demasiado importante como para que la tarea sea delegada en unas pocas personas. Vivimos momentos en los que se trata de trasvasar el asamblearismo hacia estructuras de profesionalización. Las asambleas no son perfectas y requieren de una participación activa de sus integrantes, pero la alternativa son estructuras y formas de hacer que ya conocemos a donde nos derivan. Además, ¿No entra entre nuestros objetivos la participación activa de las estudiantes en los asuntos que les afectan? ¿Como vamos a conseguir eso desde la profesionalización y el delegacionismo? ¿O es que acaso esos aguerridos militantes tienen miedo de que sus propuestas no le gusten al común de los mortales?

Organización vs informalidad

La tiranía de las estructuras, el gran problema sin resolver. Necesitamos estructuras que nos permitan dar respuestas rápidas a problemas urgentes, necesitamos estructuras que no nos quiten mucho tiempo de la acción cotidiana, necesitamos estructuras que tengan proyección pública, que se conozcan, que se hable de ellas, que sean tenidas en cuenta a nivel social. La informalidad (la falta de estructuras o la existencia de estructuras flexibles y no establecidas en el tiempo) es un lastre para un movimiento, lo que es una virtud para pequeños grupos de acción es una debilidad para un movimiento amplio y que abarca diferentes sensibilidades. La informalidad en espacios amplios crea jerarquías informales, quien más habla, quien mejor se expresa, quien más tiempo tiene, al final es quien/es tienen la capacidad de dirigir al movimiento. Por ello son necesarios espacios de coordinación y distintos ejes de trabajo, unos acuerdos de mínimos son siempre muy útiles, un programa a corto, medio y largo plazo quita muchas horas de discusiones estériles. Portavocías bajo mandato asambleario con capacidad para ceder ante otras opiniones, flexibilidad para crecer en común y unos objetivos claros por los que luchar. Aparcar las diferencias y luchar por lo común.

Proyección pública vs aislamiento

Nadie está de acuerdo con el trato que dan los grandes medios de comunicación de los movimientos políticos y sociales que plantan cara al régimen. Pero todos podemos estar de acuerdo en que es desde los grandes medios desde donde tenemos la posibilidad de expresar a un público amplio nuestras opiniones, una estrategia comunicativa bien pensada y trabajada siempre va a dar réditos positivos. La imagen de malas ya la tenemos y si seguimos en la lucha la mantendremos y sin necesidad de negarla, ¿Pero qué problema tenemos con aprovechar distintas oportunidades que nos van apareciendo? Tenemos que infligir miedo a quienes mandan y para ello lo primero que tenemos que hacer es perder nuestros propios miedos y echarle cara a la vida.

La (no)estrategia de no trabajar de cara a los medios (que no para los medios) nos aísla e invisibiliza para la amplía mayoría de sectores de la población, aíslados somos débiles y más fácilmente criminalizables. Además si no hablamos por nosotras mismas, ya se encargarán ellos de hablar por nosotras. Demos la cara y alcemos la voz.

El lastre del Sindicato de Estudiantes

Todas nos quejamos, y con razón, del aparente monopolio del Sindicato de Estudiantes (SE). Una organización fantasma en la mayoría de centros cuyos militantes hace años que dejaron los estudios y son auténticos profesionales de la política. Una organización que de cara a la opinión pública “son las estudiantes”, pero que todas sabemos que no tienen capacidad de movilización alguna y que las huelgas quienes las organizan son las estudiantes desde sus asambleas. El SE no es capaz por si solo de movilizar a más de 100 estudiantes en una manifestación en Madrid en sus mejores momentos, pero aun así ahí sigue ¿Por qué? Porque les dejamos, porque no les enfrentamos donde tenemos que hacerlo. Tratamos, sin éxito, de realizar un boicot físico, pero no trabajamos porque la estela del SE desaparezca. El SE tiene contactos con otros sindicatos, con AMPAS, organizaciones sociales… ¿Y nosotras? Quizás deberíamos empezar a trabajar por tejer redes de contacto con organizaciones que luchen dentro de nuestro propio sector y ganarnos sus simpatías. Para ello es obvio que se necesita de una estructura y una repartición de tareas, la organización siempre es la organización de las tareas ¿Qué hay que hacer?¿Como lo vamos a hacer?¿Quienes lo van a hacer? Aislar al SE de los movimientos políticos, ser nosotras, las asambleas de facultad, realmente el referente en el movimiento estudiantil y no solo las que nos curramos las huelgas y movilizaciones.

La propuesta

Tras este breve y escueto análisis vienen algunas propuestas. Lo primero, la asamblea de facultad/centro de estudio como espacio legítimo para la participación política y la movilización. La voluntad de todas las tendencias políticas de trabajar de cara, sin ocultismos, con respeto y en común por unos objetivos concretos. Que el trabajo de las asambleas esté orientado a la difusión de las problemáticas y a paliarlas, dejar en un segundo plano las discusiones meramente ideológicas y trabajar por la praxis, por ponerle solución a la miseria en la que vivimos. La coordinación de las asambleas, coordinaciones efectivas y ágiles, que las portavoces tengan una leve capacidad de movimiento para llegar a acuerdos satisfactorios entre todas las partes, no se pueden postergar las decisiones semanas, vivimos en momentos de auténtica emergencia social, cada día que pasa es un día perdido en la lucha social. Explorar herramientas telemáticas de coordinación, de manera que seamos capaces de trasladar propuestas de asamblea a asamblea sin necesidad de hacer una reunión para trasladar propuestas, que las reuniones sean para la toma de decisiones. Crear comisiones permanentes para las tareas técnicas, la difusión y la propaganda, que estas comisiones sean formadas por gente que se pueda comprometer a echarle tiempo a dicha tarea. Una imagen pública activa, redes sociales activas y una página web sencilla en la que se muestre quienes somos, qué queremos y cómo lo vamos a conseguir. Que todas las organizaciones políticas acompañen al movimiento, que las movilizaciones se convoquen a través del movimiento a modo de “marca paraguas” y las organizaciones apoyen, dando una imagen de fuerza y unidad de acción. La plataforma que cumple con la mayoría de estos puntos con sus respectivas carencias es Toma La Facultad, un espacio a potenciar y dotar de mayores herramientas. Cualquier otro espacio tiene los vicios de ser auténticas marcas blancas de organizaciones políticas, siendo por ello espacios no autónomos e ideologeizados y por tanto espacios no abiertos a todas las personas.

La enseñanza, sobretodo la universitaria, está cambiando a pasos agigantados, dentro de unos años (yo no le doy más de 5) la universidad será una auténtica escuela de élites, donde solo una minoría económicamente privilegiada podrá estudiar. Los problemas que tenemos delante son más mundanos que discusiones acerca de la toma del poder, la revolución o la toma de las armas, quizás también sean más aburridas, pero si no somos capaces de ponernos de acuerdo en cómo luchar contra una subida de tasas ni de evitarla ¿Cómo vamos a llevar a cabo la tarea de la transformación revolucionaria? La revolución es un proceso, no un acto heroico, estamos en tiempos de sentar los cimientos de la nueva sociedad, construir en común es nuestra tarea, sentemos las bases hoy de la sociedad de mañana.

@armin_tamz (miembro de la Federación Estudiantil Libertaria)

Movimientos sociales. Algunos apuntes

En estos últimos años hemos visto/leído el término «movimiento social» en todos lados. De repente, como setas tras la lluvia, nos han surgido movimientos sociales por todas partes. Es cierto que en tiempos recientes la participación ciudadana en protestas políticas ha aumentado, así como el número de protestas en sí. También se han creado nuevas redes de activistas y renovado discursos políticos que animan a la participación de una forma u otra. No obstante, el indiscriminado uso del término «movimiento social» ha emborronado el significado sociológico del mismo, convirtiendo a toda protesta política en movimiento y configurando toda participación política como tal.

Habría que empezar reconociendo que una protesta política no es un movimiento social de por sí. Una protesta, en el mejor de los casos, es una técnica dentro del repertorio de técnicas de normal uso de los movimientos sociales occidentales. La protesta por tal o cual bosque en las montañas, o la protesta por tal o cual ley injusta, no son movimientos sociales ni tienen por qué darse desde movimientos sociales. En la historia de eso que llamamos Occidente, el término «movimiento» ha venido a significar «cambio»: nos vamos de un punto a otro, no se sabe tal vez a qué punto llegaremos, pero nos ponemos en marcha. Frente a una concepción cíclica o estática de la sociedad, como la que se tenía en la antigüedad, la sociedad industrial empezó a concebir que grupos humanos podían poner en «movimiento» el cambio social, es decir, moverse hacia un punto deseado produciendo asimismo un cambio esperado. Aquí nacen los movimientos sociales «modernos» (relativamente modernos, pues el término también es usado para aquellos movimientos sociales centrados en valores post-materiales que surgen desde la década de 1960). Lo que caracteriza, pues, a un movimiento social son tres características comúnmente aceptadas en la sociología actual. Estas características son: prolongación en el tiempo de sus campañas colectivas, enfocadas a instituciones o autoridades oficiales, sentimiento de pertenencia a un grupo caracterizado por una serie de objetivos concretos e ideas/valores compartidos, y finalmente un repertorio más o menos flexible de prácticas de participación política bien conocidas (desde manifestaciones, pasando por recogidas de firmas, hasta apariciones en los medios de comunicación). La esencia, pues, de un movimiento social es su carácter colectivo y demandante, así como su prolongación en el tiempo con la finalidad de «mover» a la sociedad hacia un destino deseado por el movimiento.

Dicho esto, queda claro que una manifestación puntual no tiene por qué suponer la existencia de un movimiento social. Por ejemplo, profesionales de clase media protestando puntualmente por tal o cual medida del gobierno no significa, automáticamente, que conformen un movimiento social. Dichas personas pueden muy bien defender el sistema socio-económico y las estructuras políticas en su conjunto global, protestando al mismo tiempo contra medidas puntuales y específicas que realmente no modifican el sistema vigente. Pero por el contrario bien podrían conformar un movimiento social si se cumple con lo definido más arriba. Un ejemplo de movimiento social de clase media podría ser el movimiento anti-nuclear en Alemania, el cual sostiene a lo largo de varias décadas una campaña en contra de la energía nuclear, realizando para ello apariciones en los medios de comunicación, recogiendo firmas, organizando marchas, etcétera. A la dimensión temporal se le suma también una dimensión emocional o sentimental de corte personal (que se extiende a lo colectivo). Una persona siente, pues, que es ecologista, «verde», o tal o cual etiqueta, encontrando comodidad en la afinidad de descripciones que se manejan dentro del movimiento social. Otro ejemplo típico de movimiento social es el movimiento sufragista en Inglaterra a principios del siglo pasado.

Ahora, el estudio de movimientos sociales no es tarea fácil por el mero hecho de tener una definición más o menos aceptada universalmente. Los movimientos sociales, aunque siguen usando el repertorio de técnicas de participación/influencia «tradicionales», también pueden incorporar nuevas tácticas a medida que la sociedad cambia (sobre todo en el plano tecnológico, aunque la tecnología a menudo no trae nada nuevo sino que re-define lo ya existente). Por otro lado vemos cambios en lo que se demanda desde los movimientos sociales (ya mencioné el cambio en los sesenta de una cultura de demanda materiales, a una cultura de demanda post-materialista). Pero lo que, tal vez, puede fascinar más es la imbricación histórica de movimientos sociales, los cuales pueden beber unos de otros heredando (y transformando) viejas ideas y tácticas de participación/influencia. Habiendo dicho esto, y teniendo en cuenta las tres características clásicas expuestas más arriba, queda por pensar (con actitud crítica) qué ha sido, o qué ha quedado, de los movimientos sociales clásicos como, por ejemplo, el movimiento obrero. Desde el principio de la historia de estos movimientos sociales ha existido, en la mayoría de casos históricos, un fuerte deseo de influir en las instituciones del Estado (desde las cuales se organiza la vida de la ciudadanía de un estado-nación). Para ello, muchos movimientos sociales optaron por una de dos alternativas: o bien influenciar un partido político ya existente en el juego parlamentario, o crear un partido nuevo (los partidos socialistas europeos son un buen ejemplo de esto). Hoy en día también vemos estas dinámicas, siendo el ejemplo en el Estado español muy claro.

En definitiva, esto viene a ser el resumen escueto de cómo algunas personas entendemos el estudio de los movimientos sociales. Sin duda es un campo de estudio apasionante y que necesita todavía recorrer un largo camino, pues mucho ha cambiado desde la sociedad industrial de antaño (incluyendo, por supuesto, la forma en la que las personas se asocian y demandan cosas). Sin embargo, una faceta en el estudio de los movimientos sociales queda todavía por explorar con seriedad: la deriva institucionalista que observamos hoy en día en lugares como el Estado español. ¿Qué consecuencias a medio/largo plazo tiene la institucionalización de movimientos sociales? ¿Qué resultados reales para los estratos más desfavorecidos de la sociedad tiene la parlamentarización de sus demandas? A fin de cuentas nos topamos, otra vez, con la misma cuestión que el anarquismo siempre ha planteado: el poder del Estado.

Las razones del anarquismo social

He prometido dar una respuesta a la altura de las circunstancias y espero dar la talla en este aspecto. Este artículo es una respuesta a las críticas al anarquismo social del compañero La Colectividad en este artículo y en éste otro, y aprovecho para dejar claro que este artículo no representa al anarquismo social en general, sino mi concepción del mismo apoyado en otras lecturas. Encuentro un cierto paralelismo en este debate con el que se dio hace un siglo aproximadamente, cuando sobre la mesa se planteaba la inserción del anarquismo en el sindicalismo. Al respecto, Malatesta ya en los años ’20 del siglo XX ya defendía la idea de que los y las anarquistas en todo momento no deberíamos separarnos del pueblo, y aunque tales movimientos no sean expresamente antiautoritarios, nuestro papel debería ser el de tratar de que sí lo sean demostrándolo mediante el ejemplo, o al menos hacer de las luchas lo más antiautoritarias posibles. Desde esta premisa parte el anarquismo social.

Orígenes y definición

El anarquismo social se desarrolló en América Latina por parte de la FAU (Federación Anarquista de Uruguay), la FARJ (Federación Anarquista Río de Janeiro), la FEL-Chile, entre otras, hace unos años y fue de reciente importación al Estado español. Entre algunos autores influyentes podemos destacar a Murray Bookchin, Felipe Correa, Frank Mintz y Wayne Price, teniendo influencias también de personajes históricos como Nestor Makhno, Rudolf Rocker, Malatesta, entre otros. El anarquismo social se podría definir como una corriente que pretende ser una vía política que incida en la realidad social, material y política a través de los movimientos populares, y a partir de allí, crear nuevas estructuras sociales que se traduciría en la articulación del poder popular y la acentuación de la lucha de clases llevada por la clase trabajadora misma sin necesidad de partidos. El anarquismo social aspira a ser un actor político que no solo ofrece respuestas ante los problemas inmediatos, sino también construir proyectos de futuro, siendo una fuerza política revolucionaria sobre la cual se lleva a cabo la lucha de clases encaminado a la revolución social y la construcción de una sociedad libertaria. Para ello, se fundamenta sobre los pilares de la organización de los y las anarquistas a dos niveles: social (frente de masas e inserción social) y político-ideológico (articulación de organizaciones específicas anarquistas y creación de programas políticos). Por supuesto, desde el anarquismo social defendemos la necesidad de participar en las luchas sociales que se dan en lo inmediato, sea en asambleas de barrio, en asambleas de parados, en el tajo mediante el anarcosindicalismo, en el movimiento estudiantil, en la defensa de los servicios públicos, etc… pero con ello no pretendemos imponer un método, sino aportar las herramientas que permitan mantener las luchas activas, estructuras horizontales, acumular experiencias en el curso de las luchas, conectar con otros sectores en lucha, mantener su autonomía, así como radicalizar los conflictos y definir proyectos de futuro. En definitiva, construir comunidad a partir de las luchas presentes, sabiendo que si no somos capaces de arrancar victorias en el presente, menos podríamos lograr objetivos futuros.

Como he señalado antes, en el Estado español es una corriente bastante reciente, lo cual es falso decir que es la corriente mayoritaria. La que sí es mayoritaria, es el anarcosindicalismo representado en la CNT y la CGT, incluido ciertos aires de romanticismo por la revolución del ’36. Aun así, con el poco tiempo de implantación del anarquismo social aquí, podemos ver reflejado sus características desde una parte el movimiento estudiantil. Tal es el caso del ELS (Estudiantes Libertarios de Sevilla), el CEL (Colectivo Estudiantil Libertario) con presencia en A Coruña, Compostela, Vigo y Ourense, FES (Frente Estudiantil y Social) en Zaragoza, por mencionar las más destacadas, que comenzaron hace pocos años a andar y siguen la estrategia de la inserción social. Ahora mismo, en verano se reunieron en un congreso en Madrid y fundaron la FEL a nivel estatal. Tampoco nos olvidamos del Procés Embat, un proceso para levantar una organización anarco-comunista a nivel de Catalunya como actor político anarquista de cara a la construcción del poder popular.

Social o antisocial. Normal o anormal

Respecto a las críticas al anarquismo «antisocial» desde el anarquismo social, sobra decir que desde el anarquismo social defendemos la libertad individual, pero no una libertad individual como excusa para rehusar de la responsabilidad colectiva y la asunción de compromisos, una suerte de egocentrismo que sirve solo como autocomplaciencia, sino una libertad individual lograda a través de la libertad social. Esto se puede resumir en un párrafo de Piotr Arshinov que dice así: «La teoría anarquista de la libertad personal, lejos de estar aún suficientemente esclarecida, deja un vasto campo a los malentendidos. Evidentemente los hombres [y mujeres] de acción, que poseen una voluntad firme y un instinto revolucionario fuertemente desarrollado, verán en la idea anarquista de la libertad personal ante todo la idea de respeto hacia la personalidad ajena, la idea de la lucha infatigable por la libertad anarquista de las masas. Pero los [y las] que no conocen la pasión de la revolución y los [y las] que piensan en primer lugar en las manifestaciones de su propio ‘yo’ comprenden esa idea a su modo. Cada vez que se discute el problema de la organización práctica, de responsabilidad, dentro de la misma organización se escudan en la teoría anarquista de la libertad personal y fundándose en ella, tratan de sustraerse toda responsabilidad. Cada cual se retira en su oasis y practica su propio anarquismo. Las ideas y los actos de los [y las] anarquistas son pulverizados así en átomos mínimos.» Esta crítica está contextualizada en las experiencias del movimiento makhnovista, claramente marcado por la organización en la disciplina voluntaria, la unidad teórica y de acción.

Ciertamente debo admitir que lo «social» está siendo tan utilizado como «democracia», en el cual diferentes corrientes políticas han utilizado estos términos para su favor y camuflar populismos bajo el paraguas de lo «social». Sin embargo, que sea utilizado para esos fines no quiere decir que por ello les demos vía libre. ¿Acaso aceptamos anarquismo como caos, desorden y barullo porque así lo describe la RAE y la mayoría de la gente lo toma así? ¿Vamos a dejar que sigan creyendo que el anarquismo es caos y destrucción? Lo «social» de esta corriente del anarquismo viene por la necesidad de articular, de forma colectiva, un movimiento anarquista organizado como actor político y referente en la lucha de clases y contra todas las opresiones, diferenciándose de las tendencias individualistas que apuntan a la liberación personal en vez de la liberación social, en en el estilo de vida y no en una vía política, en las alternativas de huida (desentenderse de los problemas actuales y marcharse al monte) en vez de las alternativas de confrontación (enfrentarse al sistema dominante y aspirar a derrocarlo construyendo el socialismo libertario). Recuperar el significado de lo «social» como sinónimo de comunidad, lazos de solidaridad y cooperación entre las personas no es para nada descabellado.

Lo «social» aquí no significa tener una visión idealizada de la sociedad, sino en defender la acción colectiva y la autoorganización del pueblo trabajador. Obviamente, pretender abarcar toda la sociedad es, hoy por hoy, idealista, lo cual, sí somos conscientes de la inercia de la mayoría de la gente hacia las posturas revolucionarias y antiautoritarias y que a la mayoría no le interesa la política. Así que en lo que se enfoca el anarquismo social es en los movimientos sociales/populares y conflictos inmediatos que surgen en el día a día, en otras palabras, el anarquismo social pretende ser una herramienta útil para llevar adelante las luchas presentes dando unas respuestas ante los problemas inmediatos. Ya de paso, incluso se nos ha llegado a acusar de idealizar a la clase trabajadora, pero cuando se parte de análisis erróneos se llega a conclusiones erróneas, tal es el caso de partir de la confusión entre conciencia de clase y condición de clase. La condición de clase son las condiciones materiales objetivas de un individuo o grupo social, pero no expresamente va ligada a la conciencia de clase. La conciencia de clase es tener conocimiento de la situación material y la realidad que lo rodea, y saber que dicha realidad puede ser transformada. La conciencia de clase se adquiere de una manera u otra, no se nace con ella, sin embargo, las condiciones de clase, vienen en muchas ocasiones, dada. Las condiciones de clase no determinan la conciencia de clases, aunque puedan ejercer cierta influencia. Por tanto, no creemos que por ser clase trabajadora se es santo o santa. Lo mismo que un obrero puede ser liberal y de derechas, una mujer puede reproducir actitudes machistas o una persona no blanca puede reproducir actitudes supremacistas blancos. Y no, no pretendemos poner a las personas pertenecientes a colectivos socialmente oprimidos como víctimas y santos de devoción con una moral y ética muy cultivadas, sino como personas que por sus condiciones materiales se encuentran desfavorecidos en una estructura social autoritaria, racista, heteropatriarcal y clasista.

En cuanto a los interese de clase, habría que diferenciar entre intereses personales e intereses comunes. Todas tenemos nuestros propios intereses personales independientemente de la clase social a la que pertenecemos, no obstante, podemos compartir intereses comunes con el resto de personas. En particular, los intereses de clase no son inherentes a cada clase, aunque, al igual que la conciencia de clases, las circunstancias materiales influyan en mayor o menor medida. En la misma clase obrera, pueden haber intereses diferentes, como por ejemplo, ganar más dinero, levantar el país, gozar de más derechos o aspirar a realizar una revolución. En ningún momento creemos que por ser clase trabajadora ya aspiren a realizar la revolución, porque si fuese verdad eso, ya estaríamos viviendo en socialismo libertario. La clave aquí es que a través de las luchas, consigamos extender los intereses a realizar una revolución social expropiando y autogestionando los medios de producción, en detrimento de los intereses inculcados por el sistema capitalista.

Pero ni la conciencia de clases ni las ideas anarquistas ni el feminismo ni el antirracismo caen del cielo, se adquieren por influencia externa y no por revelación divina. Preguntémonos cómo hemos llegado a ser lo que somos y hallaremos las respuestas. Es por eso que tenemos que saber comunicar nuestro mensaje demostrando que este mundo lleno de injusticias, explotación y autoritarismos puede cambiarse radicalmente. Por tanto, si el anarquismo se aparta de la sociedad, y más concretamente de las luchas sociales y de clases, el único sitio que le quedaría sería el olvido y el ostracismo, o la más absoluta marginalidad. Otra cosa a tener en cuenta es que incluso siendo anarquista, no se es mágicamente feminista, antirracista o anti-homófoba, lo que quiere decir que no basta solo la conciencia de clases, sino también deconstruirnos. Así que pregunto, ¿dónde ves la idealización?

Hemos sido en el pasado lo que ahora, una vez politizados y politizadas, llamamos «gente normal». Es idealista pensar que por ser anarquista se es mejor que los y las demás, y por ello, los y las anarquistas estén desligados de las circunstancias materiales. Nada más lejos de la realidad, las circunstancias materiales nos afectan como a cualquier otro mortal. Del mismo modo, de cerca, nadie es normal, aunque socialmente esa normalidad sea lo que tú has descrito: autoritarismos, sexismo, racismo, insolidaridad, e incluso el propio individualismo. Rechazo estos valores como parte de la normalidad, no la normalidad en sí porque ¿y si la normalidad fuese todo lo contrario, que las ideas extendidas sean el feminismo, el antirracismo etc? Claro, para que eso fuese así, tendríamos que construirlo, no solo destruir los valores ya existentes. «Solo se destruye lo que se sustituye», esto es, extender los valores de la solidaridad, el apoyo mutuo, la cooperación, etc, para sustituir los vicios de esta sociedad. Sacar a relucir clichés estéticos como que el anarquista es aquella persona que solo rompe cosas, vive del pillaje y la okupación, no se relaciona con la gente considerada normal, no trabaja ni estudia ni se preocupa de los problemas sociales, etc; no es sino buscar la marginalidad en el desesperado intento de creerse especiales siguiendo el «no me gusta, pues cojo y me voy» en vez del «no me gusta y aspiro a cambiarlo y que la gente en mis mismas condiciones materiales trate de comprenderlo». Hay que destruir estos clichés y no tanto rechazar una normalidad para refugiarnos en estéticas destructivas de rebeldía adolescente. Hay que hacer del anarquismo una ideología política y práctica como herramienta para la emancipación social y no un juego de egos.

Estrategia y acumulación de fuerzas

El anarquismo en gran parte adolece de estrategia política, es por ello que desde el anarquismo social se pretende paliar este problema. La falta de una estrategia política clara nos lleva a actuar como una fuerza marginal, en muchas ocasiones, incluso sin llegar a ser una fuerza. En muchas ocasiones se repite el esquema del «todo o nada», sin haber antes analizado rigurosamente el entorno que nos rodea. El resultado es que al final terminamos en nada. Nada más idealista el pensar que podemos tomar el todo de un día para otro o en un período de tiempo relativamente corto, de un plumazo y por la acción de unas pocas personas que, declarándose completamente libres, van iluminando el camino mediante la destrucción del espectáculo capitalista, y que por ello se van uniendo cómplices. Sin embargo, la realidad material no es tan simple y todos los acontecimientos sociales son procesos en los cuales entran en juego multitud de factores, tales como: antecedentes (evolución histórica), causas del conflicto, tejido social y actores políticos. Entender estos procesos sociales nos lleva a jugar nuestro papel en el escenario político y social si realmente queremos aspirar a la revolución social y no quedarnos como fuerza marginal.

El compañero La Colectividad ha expuesto en un comentario un ejemplo sobre estrategia con el ajedrez. Bien, pero en el ajedrez no se trata solo de hacerle jaque al rey para luego dar el mate, sino que implica saber desplegar correctamente las piezas, encontrar flancos débiles o crear situaciones para desestabilizar las defensas enemigas, y a la vez, no descuidar las defensas de casa; hasta poder darle el mate. No obstante, una partida de ajedrez puede estar ganada incluso antes de dar el mate: quien haya conseguido una mejor posición respecto al enemigo, tendrá prácticamente la partida en su favor. En este caso, se podría decir que no siempre se gana por el jaque mate, sino también por quién haya obtenido una mejor posición con respecto al enemigo. Pero el ajedrez es insuficiente para explicar este tema porque se parte desde la igualdad de fuerzas, mientras que en la vida real, jugamos en desventaja. Para ello preferiría tomar el ejemplo en un juego de mesa de estrategia militar llamado Risk. En este tablero, cada fuerza política quedaría representada en una facción militar, con su territorio y sus efectivos, en los cuales se disputan el control de todos los territorios, la mayor parte de éstos o neutralizar a las otras facciones. Si partimos de una desventaja, tratar de combatir a un enemigo superior sería un suicidio, o en el mejor de los casos, un enorme desgaste de fuerzas. Esto nos lleva a adoptar otra estrategia. Tendremos que jugar a las alianzas: con quiénes sería más favorable aliarnos, es decir, qué facción o fuerza política es más afín y concuerda más con nuestros intereses inmediatos. Tendremos que ver quiénes son los enemigos potenciales (que serían una amenaza futura), quiénes los reales o inmediatos. Conocer cómo funciona, cuáles son sus movimientos y qué aliados tienen los enemigos. Qué territorios nos serían favorables, en dónde conseguir provisiones o tomar posiciones estratégicas… En definitiva, ganar fuerzas para tener mayores posibilidades para derrocar al enemigo o enemigos. Aquí es de donde parte la estrategia de acumulación de fuerzas.

Analizando la realidad material, nos encontramos en un escenario en el cual actúan múltiples fuerzas dentro de la misma sociedad. Volcando el ejemplo del Risk a la vida real, podemos observar que las fuerzas políticas dominantes buscan su perpetuación a través de la persuasión y la represión física, incluso dentro de las fuerzas políticas dominantes hay disputas entre, por ejemplo, una burguesía más progresista y liberal y otra más conservadora y autoritaria. Mientras, en las fuerzas de oposición están, desde las que buscan una conciliación de clase, hasta las que quieren imponer una dictadura fascista o «del proletariado». En este terreno, el anarquismo busca tanto la destrucción del sistema capitalista como del Estado para construir una nueva sociedad basada en la libertad y la cooperación. Si queremos que nuestras aspiraciones materiales se materialicen, hemos de construirlas en el aquí y ahora, impulsando los conflictos ya existentes y aportar alternativas políticas reales.

No obstante, aquí existe una bifurcación en las estrategias a seguir. Mientras que la propuesta insurreccional es mediante el combate directo con el sistema dominante contra toda autoridad y conquistar la libertad por la destrucción de este sistema mediante la revuelta armada; la propuesta del anarquismo social es la de la acumulación de fuerzas y la inserción social. Pero ¿por qué la estrategia de acumulación de fuerzas? Porque para derrotar a un enemigo superior militarmente que ejerce el poder a través de una estructura material, es inútil tratar de golpearle directamente sin tener una base social que articule las luchas. En este sentido, tratamos de crear esta fuerza necesaria a través de las luchas que se dan actualmente, aportando las herramientas adecuadas para la construcción del poder popular, que sería la fuerza para crear estructuras horizontales y autogestionadas que desafíen al poder burgués. Pero a diferencia del marxismo, entendemos poder popular como capacitación material del pueblo, el cual, a través de la autoorganización se construya un pueblo fuerte que no necesite partidos ni cuadros centralizados que lo guíe. Una estrategia de acumulación de fuerzas se basa en el constante análisis de la coyuntura y saber cómo incidir en la realidad material e impulsar cualquier lucha que nazca en el seno de la clase trabajadora, de manera que sea a través de la acción directa y la organización, el medio para conseguir victorias en lo inmediato. Y la inserción social es la parte de la estrategia de acumulación de fuerzas por la cual insertamos los métodos anarquistas en las luchas sociales, buscando puntos comunes y tratar de que se extienda la autoorganziación. Cada victoria podría ser insignificante, pero ayuda levantar la moral, ofrece experiencias y facilita los medios para que la gente que no esté involucrada en la acción política, pueda participar.

Los números y la orientación política

Nuestra posición no es la de hacer proselitismo y actuar como vanguardia ni actuar aislados de la realidad material preocupándonos solo de nuestra propia liberación, hacer una suerte de política asistencialista o caritativa desde una posición de superioridad moral, sino impulsar las luchas desde abajo «fomentando toda clase de organizaciones populares…» (Malatesta). La inserción social parte de este punto, de analizar la coyuntura teniendo en cuenta factores como el panorama laboral y sindical, el grado de presencia de movimientos sociales y las fuerzas políticas existentes, y actuar en el seno de la clase trabajadora en conjunto con aquellas personas que vean la vía de la lucha como opción de cambio, ofreciendo herramientas tanto para la organización popular como para conseguir victorias a través de ello, a la vez que vemos imprescindible la organización de los y las propias anarquistas y la definición de programas políticos anarquistas. No creemos por ello que la clase obrera sea per se revolucionaria, pero es la única clase social potencialmente revolucionaria«potencialmente» en sentido aristotélico, es decir, aquello que tiene posibilidad de materializarse, que permanece latente—, ya que el trabajo es la única fuente de valor y es la clase trabajadora la que realmente pone en marcha el sistema productivo y la que sería capz de gestionar la producción y reorganizarla. No obstante, que sea potencialmente revolucionaria no implica que inevitablemente se haga real. Esa potencialidad podría permanecer eternamente allí, a no ser que seamos capaces de impulsar y extender las luchas. Además, lucha de clases no sería completa si en ella no se incluye el feminismo, el antirracismo, el antiautoritarismo y el internacionalismo basado en el reconocimiento de la diversidad cultura de los pueblos, ya que todas las opresiones están relacionadas unas con otras.

Si aspiramos a la revolución social, debemos saber que la revolución no es precisamente un estallido violento surgido de la nada, sino que es el resultado de un proceso de acumulación de fuerzas a favor de las clases explotadas. Una revolución jamás se hizo porque al primer loco se le ocurrió que el sistema estaba mal y comenzó a atacarlo, jamás se hizo desde grupos clandestinos que practicaban el terrorismo y las guerrillas urbanas. Todas las revoluciones se hicieron, no porque fuese guiada por un grupo reducido de iluminados e iluminadas, sino, básicamente, porque las clases populares en masa se organizaron, crearon nuevas estructuras materiales y se lanzaron contra el sistema. Otra cosa sería el rumbo que tomase y quiénes terminen absorbiendo el descontento popular recuperándolo para sus intereses de clase, realmente opuestos a los de las clases populares. Estudiando la historia podemos ver, desde las insurrecciones campesinas en la Edad Media, la Revolución francesa (aunque fuese burguesa ya que cooptaron las luchas populares, realmente fue el pueblo llano quienes tuvieron un importante papel), la Revolución Rusa (no fue Lenin, sino gran parte del proletariado que se organizó en soviets antes del ascenso de Lenin para dirigir la revolución), la Revolución Makhnovista, la Revolución social del ’36, la Comuna de Shinmin… y la lista sería larga hasta llegar a la Revolución de Rojava o la insurgencia zapatista. El común denominador de todos estos acontecimientos revolucionarios siempre ha sido y es la base social, la comunidad, la organización popular y la presencia de uno o varios actores políticos revolucionarios.

Las luchas inmediatas, pese a sus marcadas limitaciones al ser éstas en su mayoría articulada desde estructuras volátiles, reivindicaciones cortoplacistas y únicamente defensivas en vez de posturas de avance; sí que a través de ellas se gestan los gérmenes que podrían llevar a una escalada del conflicto y articular una fuerza revolucionaria: la construcción de comunidad. La unión y el encuentro entre distintas comunidades en lucha formarían el tejido social y a partir de allí, se crean los movimientos sociales. Tales movimientos sociales no nacen de la conciencia de clases, sino de la puesta en común de los problemas cotidianos y la búsqueda de una solución a ellos mediante la lucha social. Pero ante la ausencia de actores políticos revolucionarios, serán propensos a caer en el reformismo y a ser extensiones de partidos para captar votos. Es por eso que debemos tener en cuenta este factor si queremos que no terminen recuperados y desmovilizados, tendríamos que ver en los movimientos sociales una oportunidad para el encuentro entre anarquistas con otras personas y colectivos en lucha para dar la posibilidad de pasar de la mera defensa de lo que tenemos, a poner sobre la mesa problemas comunes, análisis, posibles soluciones, etc, y perseguir objetivos más ambiciosos a medio plazo, tales como el control obrero o la autogestión de las empresas privadas, la gestión popular de la Sanidad, la Educación, etc, barrios autogestionados…

Se nos critica peyorativamente que sumar es malo, que el preocuparnos por la cantidad es absurdo, cuando en verdad, el número sí cuenta. Lo podemos encontrar en el mundo animal, en aquellas especies gregarias, las cuales son descritas por Kropotkin como las que más éxito en la supervivencia tienen y las cuales pueden defenderse mejor de depredadores más fuertes. En la lucha social sucede lo mismo: desde el simple acto de parar un desahucio o parar un desalojo de una okupa; hasta hacer retroceder a la policía en una manifestación, correr a los fascistas de nuestros espacios, llevar una huelga con éxito, impedir que la policía y los fascistas entren en el barrio, etc… Incluso para superar la represión es necesario tener una amplia red antirrepresiva y de apoyo a los y las presas políticas, que provendría desde las comunidades creadas a través de la lucha social, del tejido y las bases sociales creados. Aunque claro, evidentemente, esto tiene sus limitaciones y si nos obsesionamos por sumar nos podría llevar a perder nuestros objetivos a largo plazo. Por esta razón, es necesaria una orientación política. La orientación política no es más que aportar dentro de las luchas sociales. no solo las herramientas para mantener la autonomía y la creación de estructuras horizontales, sino también para dar la posibilidad de un salto cualitativo, de darle continuidad a las luchas y radicalizar los movimientos. En este sentido, las luchas presentes nos ayudarían a definir programas políticos acordes al contexto en el que se dan los conflictos. Dichos programas serían hojas de ruta no solo para mantener las luchas constantes, sino para que avancen cualitativamente.

La práctica del anarquismo social

«No debemos bajo ningún pretexto, separarnos del pueblo, pues no importa cuán atrasada o limitada puedan ser las personas, son ellas y no el ideólogo, quienes son la fuerza motor indispensable de toda revolución social» Amélée Dunois en una intervención del Congreso Anarquista de Amsterdam en 1907.

Recordemos que el anarquismo social aspira a ser un actor político revolucionario, ¿qué es eso? Ser actor político es ser una fuerza política referente para las luchas sociales y orientarlas hacia una vía revolucionaria, de transformación radical del sistema. A diferencia de la vanguardia leninista construida por un partido central y cuadros militantes satélites, una fuerza política anarquista sería aquella fuerza emanada desde la propia organización popular y de clase con sus múltiples colectivos y asociaciones según su ámbito de lucha: sindicatos de todos los sectores productivos, prensa, asambleas de barrio, ateneos populares, centros sociales okupados o no, organizaciones medioambientales, juveniles… y organizaciones políticas, las cuales serían las que mediante el análisis de coyuntura, definan programas generales y hojas de ruta para coordinar las distintas organizaciones de ámbito más específico. Éstos constituirían una red federativa o confederal desde donde se articularía el poder popular. Este modelo se dio en el Estado español del primer tercio del siglo XX y es el que permitió realizar la revolución social cuando se produjo el golpe de Estado fascista, y también comparte cierta similitud con el confederalismo democrático.

Podría teorizar hasta el infinito la inserción social, así que expondré dos ejemplos prácticos que conozco que resultaron bastante exitosos:

—El primer reconocimiento es para la Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC) por su labor en la lucha por una vivienda digna. Han llevado a cabo con éxito su programa de realojo de familias desahuciadas, así como en parar desahucios, y han permitido la creación de una comunidad de vecinos y vecinas conocida como la Comunidad La Esperanza. Pero lejos de buscar protagonismo, han recalcado que es la gente la que, organizada y a través de la acción directa, pueden lograr victorias. Otro aspecto importante es que han roto los falsos estereotipos dela anarquista que todo lo critica y se desentiende de las luchas sociales, dela anarquista que solo busca el caos y la destrucción.

—Otro merecido reconocimiento sería para el FEL-Chile, que a pesar de la deriva electoralista que tiene, han conseguido ser una fuerza anarquista estudiantil destacada dentro el movimiento estudiantil chileno. Comenzaron a andar hace más de diez años y ahora tiene fuerte presencia en las principales universidades chilenas, constituyéndose a la vez como uno de los referentes en la lucha estudiantil. De igual manera, también podría mencionar a las organizaciones estudiantiles del Estado español mencionadas al principio.

No terminaría sin mostrar casos del cómo mediante la construcción de comunidad y el aumento cuantitativo, se han permitido victorias en las luchas, también tiene su reflejo en la praxis, tanto históricamente como en los conflictos recientes:

—El ejemplo más visible es la defensa de Can Vies. De cómo el barrio de Sants pudo parar el derribo y conseguir que les dejaran en paz no se debe únicamente a la violencia desatada, sino a sus 17 años de presencia y actividades para el barrio. Hay que sumarle a esto que Sants ha tenido desde hace mucho más tiempo un tejido social mayoritariamente obrero.

—Las protestas por el parque Gezi en Turquía hace unos años es otro ejemplo de que la suma de fuerzas unida a la solidaridad y la organización popular, consiguieron defenderlo exitosamente. El mismo reflejo lo tendríamos en Gamonal.

—El conocido barrio anarquista de Atenas Echarxia no sería tal de no ser por la presencia de un tejido social construido muchos años atrás. No todas las que viven en ese barrio son anarquistas, sino gente cualquiera que ve en la autogestión y la cooperación social una solución real y efectiva.

—Las comunidades zapatistas y el movimiento de liberación kurdo del Kurdistán turco y sirio también son ejemplos vivos que tuvieron y tienen como base la construcción de comunidad en torno a una identidad colectiva cultural.

Si los números no cuentan, ¿no se debió el triunfo de Gamonal por la solidaridad que se desplegó en casi todo el Estado español? ¿Cómo se podría haber parado el derribo de Can Vies de no ser por las miles y miles de personas que bloquearon las calles durante el día y se enfrentaron con los mossos al caer la noche? Si el tejido social y la comunidad no son importantes, ¿cómo habrían conseguido los y las zapatistas lograr un territorio autónomo y el autogobierno? ¿Cómo en el barrio de Echarxia podría estar limpio de policías, tener parques autogestionados, numerosas cooperativas y hasta un centro de salud formado por personal sanitario voluntario? Es más, sin comunidad ni tejido social, no existiría en Chile un movimiento estudiantil tan extendido ni sobrevivirían las comunidades mapuche. Sin comunidad ni tejido social, la revolución social de Rojava no hubiese sido posible, ¡siquiera existiría el movimiento de liberación kurdo! De hecho, sin estos factores, no hubiese siquiera existido el movimiento obrero ni llegaríamos a conocer siquiera el anarquismo.

Desde el anarquismo social, pretendemos romper con la marginalidad en que está envuelta el anarquismo y volver a ser una fuerza política en la lucha de clases como lo fue antaño en las revoluciones sociales de la historia. Para ello, creemos necesario la reconstrucción del tejido social perdido en los barrios y las comunidades en lucha, potenciar el sindicalismo de clase en los conflictos laborales así como el movimiento estudiantil de base, etc, para extender los valores de la solidaridad de clase, el apoyo y mutuo y la cooperación, y sobre estas bases, articular un movimiento que no solo responda a las necesidades inmediatas, sino que tenga capacidad para aspirar a objetivos más ambiciosos. Todavía aquí en el Estado español la presencia no es muy grande pero demuestra ser esperanzador pese a los pocos ejemplos que hay. Llevamos desde la «Transición» muchos años sin levantar cabeza y reproduciendo discursos caducos, ya es hora de que volvamos a ser movimiento social y fuerza política.

Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público

Este artículo se trata de una respuesta a este otro: Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común. Aunque dicha respuesta está dirigida hacía un artículo que hablaba de un Congreso Estudiantil en el cual mi organización no formó parte, sentí la necesidad de escribir este tema ya que compartimos sector (el artículo es una sensibilidad propia y no tiene porque representar a las demás de mi asambleai) y a otras organizaciones y movimientos que luchan en la actualidad desde un punto de vista anarquista.

Sobre el debate (y el cómo debatimos)

Para poner un punto de partida en un artículo tan largo y que toca tantos temas, el cual empecé parágrafo por parágrafo, empezaré por situar el análisis del Estado que hace el autor. Seguramente coincidiríamos en muchas cosas respecto al análisis de “qué es el Estado”, pero él lo que supone es que todo servicio que proporcione éste, “nos embrutece, nos degrada, nos infantiliza y nos deshumaniza llevándonos a una situación de incapacidad radical de autogestionar nada.” El autor reconoce que el Estado tiene algunas funciones sociales, ya sea para evitar la revolución, y a costa de reproducir el sistema actual. Y al defender estos servicios públicos, estamos defendiendo la lógica estatal desde posturas anarquistas, estamos siendo en sus propias palabras “anarcoestatalistas”.

Puedo estar más o menos de acuerdo en la visión del autor en el análisis de las funciones (aunque no todos los servicios cumplen las mismas funciones de reproducción social ni lo hacen en la misma medida), pero la critica que realiza a partir del lema “defendiendo lo público, construyendo lo común”, creo que además de reduccionista (y para nada estratégica) también reproduce la practica social de las confrontaciones de las identidades.

Confrontación de identidades y reafirmación propia, que parece que a veces sea el único objetivo de los debates y de la producción teórica que los anarquistas realizamos, ya sea de la rama que sea. Y aunque estos aspectos sociales son inseparables del ser humano, tenemos que ver como afrontamos dichas confrontaciones. Mal vamos si continuamente nos estamos discutiendo (y con el anonimato que nos ofrece internet, con nada de respeto e empatía) de que quien o no es el anarquista correcto.

De esta manera, no aprendemos a convivir, a dialogar y a construir proyectos colectivos, en definitiva, a construir comunidad, hecho que el autor critica. Uno de los errores de los últimos tiempos del anarquismo, como exponía el autor botas y pedales en el artículo, los malos anarquistas” . De esta manera, no podemos influir a la sociedad y luchar contra el pensamiento hegemónico, no podemos extender nuestras ideas y prácticas, no podemos llegar a un consenso de discurso hacia fuera si partimos de una actitud en la cual los demás están totalmente equivocados, en vez de ver los puentes en común que normalmente los hay, y a trabajar a partir de ahí. ii

Sobre el Estado, sus servicios públicos y la lucha libertaria.

No sé si en el pasado se vivió mejor, pero es un hecho bastante objetivo que seguramente vayamos a vivir peor por el desmantelamiento de los servicios públicos, por muy criticables que sean. Y si, en el pasado había un componente más comunitario en la vida social, germen de lo que podría haber la sociedad a la cual aspirábamos, pero hoy estamos en la sociedad en la que nos ha tocado vivir, y caeremos en una sociedad peor, muy desigual y muy atomizada. O somos nosotras quienes en todos los campos posibles planteamos alternativas mientras defendemos lo existente, u otras lo harán y creo que este no es el mejor de los escenarios. De la socialdemocracia posmoderna al fascismo. Cuando me refiero al reduccionismo del análisis, me refiero a diferentes cosas:

Es innegable que el Estado del bienestar tiene una función social, totalmente criticable, pero el hecho es que estas funciones van a ser privatizadas, aumentando la explotación, la desigualdad y la alienación en una sociedad hiperindividualizada y que ha perdido las aspiraciones revolucionarias. Y aunque estas funciones sociales estén montadas en unas estructuras sociales que rechazamos, el capitalismo y el Estado, ahora mismo no tenemos ni los medios para plantear una lucha revolucionaria que sea un verdadero contrapoder para superar dicho sistema, ni seguramente podamos satisfacer las necesidades que nos cubren los servicios públicos mediante nuestras propias estructuras en el presente. Así que defender los servicios públicos seguramente va a volverse una cuestión de supervivencia (ya lo es para mucha gente), pero teniendo claro que nuestro objetivo es superar este sistema. Vamos, el viejo postulado del anarcosindicalismo. De hecho, es un debate que podría ser similar al de la abolición del trabajo asalariado.iii

Con sus penas y glorias, sin mitificar el pasado pero sin rehusar de extraer lecciones y modelos (con su contexto histórico), el anarcosindicalismo funciono. La parte más valiosa para mí fue que, las y los obreros que habían luchado por mejorar su vida diaria de miseria, después de parar un golpe de Estado en el cual la clase obrera fue indispensable se pusieron a colectivizar la economía, entre muchas otras acciones revolucionarias que emprendieron sin unas ordenes de una dirección. Hablar de las grandezas y los fracasos de la revolución del 36 no es el objetivo de este artículo, pero la posibilidad de luchar por una mejora en la actualidad apuntando hacia un futuro radicalmente diferente, está ahí.

Y si, odio tener que obligarme a venderme por un salario, pero tengo que sobrevivir en este mundo capitalista. Podríamos irnos al monte, pero seguramente no sea una posibilidad para la mayoría de la gente. Y nos guste o no, una revolución solo es posible con la implicación de una buena parte de la población. Creo que nuestra lucha social tiene que estar ligada a la experiencia diaria de las personas (trabajo asalariado, servicios públicos…) y a partir de ahí luchar hacía lo que queremos ir, si no corremos el riesgo de construir proyectos de un perfil demasiado determinado de gente, que por voluntad consciente o de manera involuntaria, serán marginados.iv

Con eso no quiero desmerecer toda la gente que crean proyectos que intentan “salir del sistema”v, pero creo que no hay que descuidar la otra víavi (cosa que quizás no hemos hecho o no lo hemos hecho lo suficiente bien durante mucho tiempo, y por eso lo enfatizo) La división entre anarquismo social y anarquismo personalvii es una falsa dicotomía, pues ambos enfoques tienen sus potencialidades y limitaciones, y ambos son necesarios y compatibles (esto daría para otro ensayo).

Al anarquismo le ha caracterizado una práctica prefigurativa, intentando que los medios sean los ejemplos de la sociedad a la que aspiramos. Sin embargo hay que añadir que es imposible llegar a la sociedad estrictamente solo mediante la coherencia y que, tendremos contradicciones. El conflicto entre medios y fines, llevados al extremo y al absurdo aparece criticado en un texto que habla en otros términos y temas, pero podría ser rescatado por que creo que la cuestión de fondo es similar:

La verdad es que la única opción inmediata que tiene cada individuo para negar la autoridad del Estado es el suicidio. Porque cualquier acto de resistencia conduce a uno a un grado superior de control, desde ciudadano normal a antisistema vigilado y desde ahí a preso común y desde ahí a preso en aislamiento de máxima seguridad donde no existe la posibilidad de contraatacar, sino sólo de sacarse los cordones de la zapatilla o las mantas de la cama y salir del juego. Al final, no funciona una cárcel sin presos, igual como no existe un Estado sin súbditos.

Planteado de forma individual, el único acto revolucionario es el suicidio (mejor llevándose algunos de los cabrones con nosotros al marchar). Porque, ¿en serio nos parece justificable distinguirnos de los demás, de las “ovejas ciudadanas” por el simple hecho de que a veces rompemos cosas? Nuestra posible participación en actos de sabotaje—incluso si estos son de lo más radical como por ejemplo poner bombitas de camping-gas—no niega el hecho de que en todos los otros momentos de nuestras vidas estamos colaborando con nuestra propia dominación.viii

Siguiendo este planteamiento hasta su absurda conclusión, tendríamos que exponer: el único anarquista coherente es el anarquista muerto.

Lo que aquí está siendo criticado en otros términos es el hecho de la “radicalidad” y la coherencia. Tienen sus límites, y toca definir colectivamente como afrontamos estas contradicciones.

2. El anarquismo y la defensa de la educación

Si la defensa de los servicios públicos es defender el Estado como argumenta el autor, si la defensa de esta educación es la defensa de un sistema en el cual no estamos de acuerdo en el cómo, en el qué, y en el para qué se educa, por reproducir este sistema que queremos tumbar, ¿qué estamos planteando al defender la educación pública?

Primero, al participar en espacios amplios tenemos la posibilidad de plantear alternativas pedagógicas más allá de nuestros círculos y de las propias escuelas libres, que no son accesibles para todo el mundo. En este es campo concreto como anarquistas lucharemos contra la privatización, además de que la educación (la que queremos nosotros, no la suya) sea accesible para todo el mundo.

Seguramente la universidad sea un campo (y cada vez lo será mas) difícil para la lucha social, ya que el perfil tiende hacia la elitización, y muchas personas de clase obrera la ven como un ascensor social. Esto sumado a la cultura política actual que tenemos en el Estado nos pone en un escenario muy difícil, ya no sea solo para superar el discurso de “la pública”, sino para obtener alguna pequeña victoria aunque sea reformista. Sin embargo en la universidad hay mucha gente que se politiza y es un espacio dónde la política se vive de otra manera.

Entre la gente militante, quizás por la edad o por el hecho de a veces estudiar ciencias sociales, existe la semilla de aquello que el autor defiende durante su artículo: la comunidad. El movimiento asambleario que he vivido, puede ser muy criticable, plagado de malos vicios y sin un proyecto a largo plazo, pero está ahí, intentándolo. Y aunque no es suficiente con intentarlo, la posibilidad de proyectar que esta red pueda sobrevivir y se autorganize fuera de la universidad y vaya construyendo comunidades en lucha, es una oportunidad que no debemos de dejar pasar, y quizás la victoria más asumible por parte de un movimiento anarquista en los centros educativos. Veo difícil que lo que planteamos en materia de autogestión pueda ser conquistado mediante reformas, pero está claro que la educación cambiara solo desde fuera de esta, desde una fuerza que ofrezca una propuesta global, que abarque todo lo posible (que no signifique tenerlo todo pautado, coma por coma). También aprendemos a convivir con gente que piensa de manera distinta (aunque no sea siempre fácil) y frases como “la izquierda es siempre estalinismo en potencia y en esencia” que se desprenden del texto me suenan a un complejo de superioridad.ix Escribiré más adelante sobre la colaboración entre diferentes ideologías.

Retomando el tema de una propuesta global es que es creo que ese creo que ha sido un error que quizás empieza a cambiar (quizás demasiado tarde, pues la gente “ha tomado partido” por el electoralismo) en la mente de los libertarios. Quizás fruto de trabajar a partir de la negación de la vida de la mayoría de la gente y no a partir de su experiencia, de querer diferenciarse de los demás, más que en el querer ver que “no somos tan distintas, que sufrimos igual”.

También creo que sus títulos son necesarios. Es seguir su sistema, pero, ¿cuántas veces un arquitecto ha ayudado a un centro social certificando que el edificio no estaba en ruinas? ¿Cuántas veces un abogado ha salvado de la cárcel a un militante? Obviamente podrían haber adquirido su conocimiento a través de canales no institucionalizados, pero sus malditos papeles ayudan a sobrevivir y luchar en el ahora por mucho que odie sus leyes.

3. Colaboración de fuerzas

Pues si hablamos de historia, en el movimiento anarquista clásico ha habido más o menos colaboración con la “izquierda”x, en función del momento. En especial quiero resaltar tres momentos relacionados: la llegada de la República y la victoria del Frente Popular, y meses más tarde, en vez de realizar una revolución e ir a por el todo (algunos lo entendían que sería una dictadura anarquista), se acabo realizando un colaboracionismo con las fuerzas burguesas que a la larga acabo ahogando la revolución e integrando a casi todo el movimiento libertario al Estado (bueno, en especial a los cuadros dirigentes).xi

¿Qué conclusiones podemos extraer? Que la colaboración con los republicanos anteriormente no impidió que el 16 de julio se desencadenara una revolución social de cariz anarquista, pero que el hacerlo durante la Guerra Civil acabo frustrando esta. El escenario fue muy complejo y lo que no voy a hacer es juzgar moralmente desde la comodidad en el siglo XXI, pero para mí la lección esta clara: en algunos momentos podemos converger, y en otros no, teniendo claro que nuestros proyectos pueden ser hasta antagónicos.

En la actualidad, la colaboración ideológica es un hecho que suele darse en las asambleas abiertas, los llamados espacios heterogéneos. Si somos intolerantes contra todo el mundo que no se declare anarquista, ¿qué mundo queremos construir? ¿Y si además, dejamos de lado a una parte importante del movimiento por ser anarquistas de Estado…? Creo que es vital reforzar estos espacios con practicas tales como la autonomía (no depender de ningún partido o sindicato), que tengan su proyecto propio definido y que no caigan en malas prácticas asamblearias (dirigismos informales, manipulación de otras organizaciones incluyendo la posibilidad de que lo hagan los mismos anarquistas, etc…). Aunque eso supone una contradicción al intentar construir un movimiento anarquista estudiantil propio (y una doble militancia), creo que estos espacios pueden ser más inclusivos que una organización determinada, siendo más propicios a la idea de construir comunidad. Por otro lado, en una supuesta sociedad futura, las asambleas de gestión, etc. ¿no deberían ser plurales?

4. Últimos apuntes

A nivel del Estado Español, estamos en un momento en el cual están surgiendo bastantes colectivos y muchos de ellos se están organizando entre sí. Creo que ahora más que nunca es necesaria la producción de textos, de debates y la difusión de ellos, especial aquellos que demuestran experiencias y propuestas actuales, ya que creo que como libertarios vamos cojos en este aspecto. Estoy harto del 36.

¿Defender lo público? Sí, y también la revolución. Del conflicto puede salir una consciencia colectiva, paso que puede ser previo a la formación de la comunidad. Pero si los anarquistas no estamos ahí, es mucho más probable que se camine hacía el electoralismo, pero luego la culpa es siempre de los demás.

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Notas:

i  Assemblea Llibertaria UAB, adherida a la Federació d’Estudiants de la UAB

ii  Supongo que la diferencia entre la autoafirmación identitaria y el debate (dentro de un movimiento que aspira a construir algo de manera conjunta) seria no solo el cómo se produce este (respeto, empatía para entender a la persona con la que no compartimos ideas) sino con él para que. La falta de debates que apunten hacía un consenso apuntan a la existencia de una diversidad más cercana a la competencia que a la cooperación. Un artículo relacionado con todo esto que encuentro muy interesante, Hostilidad horizontal.

iii  De hecho alguien que no me acuerdo, en un artículo de Regeneración Libertaria que no encuentro, expreso que la lucha por los servicios públicos era la lucha por el salario diferido o indirecto. Me gusto la idea, pues no dejamos de ser nosotros quien financiamos todo esto gracias a nuestro trabajo.

iv Independientemente del debate de hasta qué punto adaptamos nuestra estrategia a la demás gente, a los barrios, a los trabajadores (¡nosotrxs también somos gente, somos del barrio y currantes!) hay un punto clave. La marginalidad, la hiperindividualización, es un triunfo del capitalismo. No sé si el hecho de construir comunidad es de por sí un elemento revolucionario, pero creo que es totalmente imprescindible.

v Con “Salir del sistema” me refiero a otro graaaan debate del anarquismo, muy viejo. A grandes rasgos hay una gran parte del anarquismo que parte de un enfoque que el cambio tiene que partir de la voluntad de las personas, que abandonando lógicas y construyendo nuestras propias infraestructuras y obviando las del sistema podremos conseguir un cambio social. Quizás el máximo exponente de esto serian las cooperativas integrales y las ecoaldeas. Obviamente la descripción anterior no llega a caricatura, así que lo mejor que puedes hacer es leer, reflexionar y acercarte a estos proyectos para sacarte tus propias conclusiones. Más o menos es lo que se planteaba el mutualismo, que fue superado por el anarcocolectivismo: no era suficiente montar colonias “utópicas” y cooperativas, era necesaria la lucha contra la explotación y una revolución social violenta. Eso no ha quitado que en la historia del anarquismo haya habido gente que haya desarrollado esta vertiente de un modo u otro.

vi No sé si llamarle vía social, anarcosindicalista, urbana o lo que sea. Cualquier etiqueta no es neutra, además que descriptivamente se quede corta.

vii Con anarquismo personal me refiero a la gente que intenta llevar a la práctica diaria su ideología anarquista, quizás de manera organizada se podría traducir en lo que me refería en la nota 3, y por otro lado al insurrecionalismo. El problema de las etiquetas. De todas maneras no me refiero a pautas de consumo, ni a estéticas.

viii  Subrayado mío. Otra Crítica al Insurrecionalismo

ix  No dejan de ser personas, y con personas queremos construir nuestra sociedad libertaria. Muchos piensan igual que nosotros y lo expresan de otra manera, mientras que algunas personas lo verían capaz si fuésemos un movimiento consolidado y que pudiese plantear victorias.

x  A lo largo de la historia del movimiento anarquista también ha habido personas y colectivos que han abandonado los principios del propio movimiento (principios que no deben ser sagrados, sino definidos por el mismo) y adoptado estrategias vistas como contrarias. Y si el movimiento anarquista volviese a resurgir con fuerza, probablemente podría volver a pasar. Las personas cambian y para mí lo importante no es la identidad (si es o no anarquista), sino el proyecto revolucionario real que se vive (y quizás viene un día y no lleva bandera negra).

xi Soy consciente que también hubo colaboración entre republicanos, socialistas y anarquistas con anterioridad y posterioridad, pero estos tres momentos serian los más significativos, ya que los que se presentaban en las elecciones se estaban integrando o ya lo habían hecho, en las estructuras del poder y con capacidad de gobernar en un periodo de tiempo cercano a la revolución.

Victor A.

Violencia y estrategia política

«Es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella.”
Julio Cortázar

Recordemos que el dominio, además de ejercerse mediante el consenso, también es impuesto a través de la violencia. Podemos ver esta violencia estructural en los desahucios, en la precariedad laboral, en las prisiones, en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en la desigualdad social y económica, etc. Esta violencia no es nada comparable a aquella que se ejerce desde las clases explotadas contra la clase dominante y siempre será legítima en cuanto suponga un medio de liberación, un freno a la opresión. Pero en torno a ella surgen voces discrepantes que cuestionan la violencia revolucionaria y provienen principalmente desde el moralismo pacifista. Esta es la falsa moralidad que no tiene en cuenta las relaciones de poder existentes en la realidad social y pone a la misma altura la violencia estructural con la violencia como medio de autodefensa y liberación. Los argumentos de ambas partes los tenemos bien sabidos y creo que no hace falta repetirlos. Partiendo de que la expropiación a la burguesía solo podrá realizarse mediante la violencia, así como las conquistas revolucionarias, ¿por qué existen numerosos casos de fuertes disturbios que no desembocaron en cambio social y político alguno? ¿La radicalidad se mide de acuerdo al grado de violencia desarrollada por los movimientos populares? ¿Por qué pese a su legitimidad la gente huye de los métodos violentos? Para contestar acertadamente a este tipo de preguntas, sería necesario trascender la dicotomía entre pacifismo y violencia, y por ello sería imprescindible que incluyamos un tercer componente para completar los análisis: la estrategia política.

La estrategia política se juega en el terreno social y va más allá de la confrontación directa con el sistema, es decir, en una lucha abierta de tú a tú. Implica buscar alianzas, definirnos ideológicamente, posicionarnos en el escenario político, crear estructuras orgánicas/organizativas, plantearnos por dónde comenzar a caminar, en qué frentes de lucha incidir, en qué espacios políticos meternos, cómo comunicar nuestras reivindicaciones a la sociedad, etc, que conformaría la estrategia de acumulación de fuerzas, crear movimiento y ser una fuerza política con capacidad material de cambio. Teniendo en cuenta ésto, la coyuntura social es determinante a la hora de optar por una táctica u otra. Pasemos ahora a incorporar el elemento «estrategia política» para un análisis más pormenorizado y sustancial de la violencia y el pacifismo.

La violencia revolucionaria no siempre ayuda al avance de la lucha social, incluso puede llegar a obstaculizarla. Esto se da cuando la violencia invisibiliza el trasfondo y las reivindicaciones políticas que haya detrás de una serie de protestas a través del culto a la violencia, o simplemente se mide la radicalidad con base en el grado de violencia desatada. Como suelo decir, «una turba cabreada de borrachos puede arrasar una ciudad entera sin provocar ningún cambio político y social a favor de la clase trabajadora». La violencia sin estrategia política es pura pantomima, una suerte de válvula de escape para desesperadas y aventureras que buscan el desahogo inmediato frente a la violencia estructural del sistema capitalista, aquellas personas que no ven más allá de romper escaparates y quemar sucursales, perdiéndose en el morbo de la destrucción y el fuego. Sin embargo, hay que reconocer que las luchas recientes como Gamonal y Can Vies, por nombrar las más cercanas en el Estado español, tuvieron éxito gracias al uso de la autodefensa. Pero esto no hubiese ocurrido de no ser por la existencia de un tejido social.

La vía pacífica es criticada desde el anarquismo como una táctica de lucha en las calles que no produciría ningún cambio radical, siquiera un cambio más o menos importante. Esto se puede corroborar en las protestas ciudadanistas totalmente pacíficas en las cuales solo han estado recibiendo porrazos y ninguna de sus reivindicaciones se llevaron a cabo. No obstante, también ha tenido sus puntos a favor y no podemos omitirlos: es accesible para diversas personas que compartan inquietudes comunes, lo que implica que la gente que esté cuestionándose el sistema pueda comenzar a actuar y crear nuevas relaciones; deja en evidencia que la violencia siempre la provocan las fuerzas represivas; y permite que los mensajes que se transmitan no se vean desplazadas y desacreditadas por los métodos usados para transmitirlas. Casos como los desahucios parados o las huelgas en algunos sectores podrían ilustrar que desde la vía pacífica o la resistencia pasiva también se pueden conseguir victorias, aunque sean pequeñas.

Una breve conclusión, que servirá como pincelada para unas nuevas perspectivas sobre el tema, podría ser; lo primero, superar los debates estériles entre violencia y no violencia, ir más allá y atender más al trasfondo de los actos y la estrategia política. Luego, que la violencia revolucionaria no sea objeto de culto, que es una táctica que debe emplearse cuando exista un soporte, es decir, un tejido social amplio que lo respalde y un pueblo fuerte que lo articule. Solo así permitirá que nuestras reivindicaciones no sean desplazadas por las calumnias y la criminalización del poder dominante. Y que la vía pacífica es una buena táctica en cuanto permite que la gente comience a movilizarse, conocerse para tejer lazos solidarios y su contacto con las luchas sociales. Tanto una vía como la otra tienen validez según qué coyunturas. No es la misma situación en el Kurdistán que en Chile, España, EEUU u Oaxaca. La cuestión es saber leer bien los mapas y mover adecuadamente nuestras fichas pero sin llegar a la obsesión de querer controlar todas las situaciones e ir dictando los métodos de lucha. Siempre hay que tener en cuenta que las acciones espontáneas pueden ocurrir, pero en el gran tablero del Risk que es el espacio político y social, nos vemos obligadas a jugar la partida, a no ser que queramos perdernos en el ostracismo para siempre.

¿Y si dejáramos de luchar?

Bajé corriendo al andén para entrar justo en el tren del metro que acababa de detenerse. Aunque podría esperar al siguiente, tenía ganas de volver antes a casa y no me gustaba esperar. En el vagón donde me metí, la mayoría estaba en silencio, pero unos pocos estaban cuchicheando y otros, contemplando los cables de los túneles que se veían a través de las ventanillas. Entre el traqueteo del tren, el chirriar de las ruedas metálicas y los murmullos empecé a escuchar una conversación más o menos nítida en los asientos de mi lado derecho separados por una barra metálica. Eran dos chicas.

—Mañana empezará una huelga en el metro, ¿para qué? Más reivindicaciones reformistas como «ni rebajas salariales ni despidos». Se sentarán en las mesas de negociación y continuarán el mismo juego. ¿No se supone que deberíamos luchar por el fin del trabajo asalariado?
—Natalia, las cosas no son tan fáciles…
—¿Que no? Tanto como irse de okupa y…
—Pero chica, no todas podemos hacer eso. Con la crisis hay gente que está espabilando y saliendo a luchar, aunque no todas lleven un discurso revolucionario acorde al nuestro. Todo tiene un comienzo y sigue un proceso, Lara.
—Pues poco están espabilando. Si no dejamos las luchas reformistas sería lo mismo que no hacer nada…
—Ya, claro… El todo o nada. Que nos pisen así en el presente y de mientras escapamos…

La conversación se interrumpe al llegar a la siguiente parada. En el vagón entra y sale gente, pero esas dos chicas siguen allí. Al reanudar la marcha de nuevo, tras pensarlo un poco, Lara prosigue.

—…O seguir con estrategias que nada tienen que ver con el contexto, perdernos en abstracciones ideológicas y situaciones revolucionarias inexistentes. Quizá tengas razón y dejemos de pelear, solo huir. Salir de los problemas cotidianos y vivir okupando viviendas, recogiendo la comida que tira el super… Irse al campo, al monte, a los pueblos abandonados… Quizá no sirvan de nada todas esas manifestaciones, huelgas y piquetes, sufriendo los palos que supone confrontarse con el sistema. Quizá entonces, cuando tiremos la toalla, la policía no encuentre resistencia para desahuciar a familias sin recursos y no pueda encontrar apoyo ni en el vecindario ni en los movimientos sociales. Quizá dejen de haber viviendas liberadas o casas okupa…
—Eh eh, frena un poco, exagerada. Dije que la okupación era una posible solución ni he dicho que debamos tirar la toalla.
—Es fácil decirlo. —Saca una botella de agua del bolso y bebe unos tragos— Es fácil desde la comodidad reivindicar maximalismos que no hay por dónde cogerlos y decir cómo han de proceder. Claro, claro que lo queremos todo: acabar con el sistema capitalista y el Estado. Pero tengo claro una cosa: nada se logra huyendo, sino presentando batalla. Y estas batallas forman parte de la lucha de clases. Tenemos que saber dar soluciones y vías de acción en lo inmediato pero con proyectos de futuro, no podemos mirar al horizonte si desatendemos el presente. Si no sabemos transmitir el mensaje ni nos preocupamos por la problemática social y estructural hoy, ¿de qué sirven tantas consignas prometiendo futuros paraísos terrenales donde no existen las clases sociales y todo marcha armónicamente? Porque si crees que son luchas reformistas, quizá sea mejor que los bancos sigan acumulando pisos y aumentando la lista de morosos. Quizá sea mejor que privaticen la Sanidad, que en la gestión de hospitales entren fondos buitre, que el personal sanitario sea precarizado y despedido, que sea un privilegio para gente que pueda pagársela y no universal. Quizá sea mejor que sigan desmantelando lo poco que queda de educación pública y acaben por elitizarla, imposibilitando la entrada a los hijos e hijas de clase trabajadora y por tanto, disputarles el dominio ideológico. Que acaben por ilegalizar las huelgas, por implantar el despido libre, suprimir el salario mínimo y restringir la libertad sindical…

Hubo un pequeño silencio. Pareció que Natalia iba a darle la razón…

—Quizá con todo eso la gente despierte y espabile de verdad. Cuando se vean en la miseria o vean que no podemos volver al 2005 y estén andando en círculos, se darán cuenta de lo inútil que fueron esas luchas parciales.

Me sorprendió que no. Cuando llegamos a la siguiente parada, me paré un momento a pensar las palabras de Lara. Esta vez salió más gente de la que entró. A mí me quedan cuatro paradas más todavía. Entonces sonó una alarma, las puertas se cerraron y el tren comenzó a acelerar.

—Madre mía qué fuerte —Lara frunce el ceño y hace un gesto mano derecha—. Natalia, baja al suelo. De la miseria no nacen revolucionarios, nacen de la toma de conciencia. Y esa toma de conciencia no es resultado del hambre, pues basta con ver que hay como algo más de un veinte por ciento de personas en el Estado español que están por debajo del umbral de pobreza y no veo que estén adquiriendo conciencia revolucionaria. La conciencia se adquiere en las luchas, en entender y analizar críticamente la realidad que nos rodea, ver que este sistema solo favorece a unas minorías a expensas de la mayoría social y a la vez saber dar los primeros pasos en la lucha.
—Ya me dirás tú qué utilidad tiene hablar de revolución y abolición del trabajo asalariado o la autogestión de empresas a gente que no sabe ni por dónde le llegan los tiros.
—A ver, no vamos a llegar a todo el mundo, está claro… Pero no podemos abandonar el escenario y hacer lo que nos dé la gana. Si no queremos que las luchas terminen en callejones sin salida, debemos aportar nuevas visiones y alternativas realizables, que permitan avances y victorias, tener momentos de alegría y motivarnos a aspirar a metas más ambiciosas. Toda revolución requiere un proceso anterior de acumulación de fuerzas, entiéndelo, no podemos pensar en la abolición del trabajo asalariado hoy ni es tan fácil autogestionar empresas dentro del sistema capitaista.
­—¿Quieres decir que nos metamos en las mareas, en los sindicatos y en los movimientos sociales, todos ellos reformistas?
—Sí y no. Podemos ir juntas, pero no mezclados. Desde nuestros colectivos, organizaciones y grupos anarquistas, podemos trabajar en acciones concretas. Si no, propondríamos el potenciar las estructuras de base y la organización popular frente a las tendencias jerarquizantes y oportunistas. Pero el caso es arrancarle terreno al poder establecido, no dejarnos doblegar y luchar en todos los frentes.

El tren comenzó a frenar y vi que las chicas se han levantado. Estaba dudando de si hablarlas y pedirle una forma de contactar con ellas pero no tuve el valor suficiente. Al llegar a la parada, ellas se bajaron. Estoy seguro de que en algún acto de protesta  o en alguna jornada que organicen las encontrare, o al menos a alguna de ellas. Me hubiese gustado escuchar qué respuesta tendría la Natalia, aunque me imagino que estará reflexionando sobre lo dicho. En esta conversación, me parece que la razón se la lleva Lara. No obstante, igual hay algunas lagunas en sus ideas. Aun así, me ha aclarado bastante las dudas. Probablemente, mañana tenga que usar el bus para ir al trabajo, y tal vez cuando vuelva, venga a apoyar a los y las trabajadoras del metro en huelga en vez de quejarme al no poder usar el metro para llegar a casa. Quizá sus luchas no tengan nada que ver conmigo a primera vista, pero llegará un día que me toque a mí y mis compañeras de curro. Entonces no querremos que nos pillen con el culo al aire. Si llegan, que nos vean en las trincheras, preparadas y bien organizadas; no desorientadas, desorganizadas y dispersas.

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