Una estrategia ganadora necesita de llevar la iniciativa

Nadie pensaría que unos humildes agricultores de arroz ganarían una guerra contra el imperio. Si bien la victoria es digna de ser celebrada, los crímenes contra la humanidad cometidos por los yankees es imperdonable. Pero esta vez no vengo a hablaros de la sangre derramada, sino otra vez sobre estrategia, concepto clave y básico para lograr los objetivos que nos propongamos.

Si habéis jugado a cualquier juego de estrategia, os deberían sonar el concepto de iniciativa. Llevar la iniciativa en el plano estratégico implica que un actor o varios son los que marcan el ritmo del juego del resto de fuerzas. En el plano político el concepto es similar. Cuando uno o varios actores políticos son capaces de influir en la agenda y opiniones públicas, desplazar el centro de los debates hacia sus propios discursos, y hacer que la oposición se mueva en tu terreno, diremos que los primeros llevan la iniciativa.

Lo contrario a la iniciativa es la inercia, que describe a aquellos actores que se mueven por los ritmos marcados en vez de llevar unos propios. En otras palabras, éstos permanecen latentes hasta que reciben un estímulo que los lleva a movilizarse. Gran parte del activismo en el plano estratégico son movimientos por inercia, ya que se dejan llevar por la coyuntura: si prolifera el turismo depredador en verano, se hacen campañas contra el turismo; si VOX convoca un acto en tal barrio se convoca una contramani allí o allá; si ha hecho un mes caluroso, hacer una campaña contra el cambio climático… No obstante, la inercia significa la existencia de una oposición y es importante tenerlo en cuenta ya que tiene el potencial de articularse más allá del mero activismo. Una tercera posibilidad que se plantea es la pasividad. La pasividad se describiría aquí como la ausencia de reacción y deja vía libre a cualquier cambio que se le presente.

Volviendo con los ejemplos concretos, la actual izquierda y el antifascismo es un actor totalmente reactivo, mientras que tras el 1O la ultraderecha está ganando la iniciativa en el plano político y mediático. Si bien es sabido que España tiene un Estado profundo franquista, el hecho de que los temas de debate en la opinión pública giren en torno a Vox así como su cobertura mediática, hace que estén en una posición de ventaja. Mientras tanto, la izquierda se encuentra a rebufo de los temas de debate y actos marcados por Vox (legalización de las armas, carpas de campaña, violencia de género, LGTBi…), con el contra y el anti por delante y corriendo a donde montan los actos.

Sin embargo, la relación cambia al hablar del movimiento feminista, que ha sabido poner su discurso y reivindicaciones en la agenda pública haciendo que la derecha se escandalice y comience a hacer mansplaining hablando de feminismo liberal, porque en temas de género se han visto superados por el momento y necesitan una respuesta. En este caso, podemos decir que el movimiento feminista ha llevado la iniciativa al obligarles a tenerlo en cuenta. En su día, Podemos también tuvo la iniciativa a nivel mediático al llevar la centralidad del debate y la opinión públicas hacia la izquierda, que lo acabaron perdiendo ya que fue prácticamente un cascarón vacío, es decir, no existía un respaldo en las calles que sostuvieran sus discursos.

¿De dónde viene la iniciativa y la estrategia? Estos conceptos cobran sentido cuando hay un proyecto político y un programa detrás que marca una serie de objetivos a lograr. Recordemos que la estrategia es la planificación de una serie de tácticas para alcanzar dichos objetivos, y para llevar la iniciativa es necesaria un buen análisis y plan estratégico. Este proyecto político aún por construir debe servir para afilar las puntas de lanza de los movimientos sociales, para que pasen de ser reactivos a tener capacidad para llevar la iniciativa.  En otras palabras, ganaremos una posición más ventajosa cuando llevemos la iniciativa en todos los ámbitos sociales y políticos, y ellos reaccionen a cada movimiento que hagamos pasando a una posición defensiva.

Los que se nos van ¿Libertarios en el mundo electoral?

¿Cuantos compañeros han transitado de los movimientos sociales o libertarios a las instituciones del Estado? ¿Cuantas manos y cabezas más vamos a tener que perder antes de reflexionar acerca de los por qués?

Las militancias políticas nunca son lineales, y menos mal. El valor de la crítica y autocrítica debe estar siempre presente, debemos replantearnos constantemente si nuestra práctica política sirve a nuestros objetivos. Y claro, para ello debemos tener claro cuáles son nuestros objetivos. Que un compañero tome la vía electoral provoca tres tipos de reacciones: amigos y conocidos que dan la enhorabuena, con más o menos diferencias, quienes cargan por incoherente o por haber sido en el pasado azote de “refors” y “electoralistas” y luego están quienes simplemente se ríen de la situación. Pero ¿de verdad nadie va a reflexionar sobre cómo gente con un determinado bagaje político-ideológico acaba en la lista electoral de las magdalenas?

La madurez

Quienes con 20 años basan su actividad política en la verborrea radicaloide, quienes desde una torre de marfil ideológica se dedican a sentar cátedra sobre qué es o qué no es revolucionario, son probablemente quienes más papeletas tienen para o dejar de militar a los 35, acabar votando al PSOE o algo peor. La militancia revolucionaria es una carrera de fondo, no un sprint donde hay que quemarlo todo y ya, exige de compromiso, de buenos compañeros y de un proyecto más allá de lo vivencial.

Aguantar los ritmos de asambleas soporíferas, interminables y en las cuales se habla de lo mismo que se ha hablado en tantas anteriores asambleas no es algo sencillo. Cuando llevas años militando y ves a tu alrededor que se siguen cometiendo los mismos errores, que con cada avance hay nuevas complicaciones o que la gente con la que has convivido en la militancia toma diferentes rumbos, aguantar se torna complicado. Si encima has acabado tu etapa juvenil y llegan las responsabilidades: familia, hijos, alquiler, trabajo… Tu realidad material modela tu forma de ver el mundo y tu forma de intervenir en él.

Esto no implica que en el proceso de maduración uno deba volverse irremediablemente un reformista o un reaccionario. Implica que si no existen unas bases materiales donde desarrollar un proyecto político adecuado a las vidas post-juveniles, quienes siguen teniendo esa intención de cambiar el mundo que nos rodea opten por trabajar en espacios donde se puedan realizar parte de esos cambios. Mientras que desde los movimientos sociales se tiene una decente capacidad de movilización, tenemos una débil capacidad para proveer de unas bases materiales que nos permitan reproducir otras formas de vida. No en el plano exclusivamente vivencial, en el plano laboral, investigativo, activista, económico, de cuidados… Lo que fue la gran CNT de los años 20 y 30, un mundo dentro de otro mundo. Lo que representa el Movimiento de Liberación de Kurdistán en Turquía o los Zapatistas en México. Debemos ser capaces de generar unos movimientos políticos en los cuales las distintas etapas vivenciales tengan cabida.

La emergencia climática

La cuestión ecológica es hoy central en cualquier paradigma transformador. No es una cuestión de gusto ideológico, es un imperativo de la realidad. No se puede posponer más cualquier acción que esté encaminada a la reducción de gases de efecto invernadero, del consumo energético y del cambio de modelo productivo. La conclusión es lógica y pragmática: estrategias duales, influir en el Estado y construir alternativas populares más allá de él. Por desgracia, hoy solo los Estados, y sus distintas escalas, tienen capacidad política, legislativa y coercitiva para implantar medidas que son imprescindibles a gran escala, nacional y transnacional. Las iniciativas populares dinamizadas por la vía de los movimientos sociales apenas traspasan las escalas locales, no digamos la internacional. Por supuesto que la escala reproductiva a la que se debe tender es la local, pero su viabilidad no será posible en un mundo que siga derrochando y caminando hacia los límites del abismo climático y ecológico.

Esta necesidad de ocupar los espacios de decisión desde los que desarrollar políticas, que a la par que dan espacio a los movimientos, desarrollan políticas encaminadas al objetivo de reducción del consumo energético, cobra peso. ¿De verdad alguien piensa que da igual que un negacionista del Cambio Climático como el partido de Santiago Abascal tenga capacidad de presión sobre las políticas medioambientales? La reproducción de la vida está en peligro. Y sin vida no hay revolución.

Entiendo que esta es un poco la idea de algunos compañeros de las filas libertarias que hoy transitan por la vía Estatal. La idea no parece descabellada, el problema estará en cuanta capacidad de maniobra se logre desde dentro. Puede ser que tantos esfuerzos puestos en esa vía, y no en la alternativa, devengan en fracaso y pérdida de fuerzas del a fuera.

Altavoz mediático

Militantes revolucionarios en los parlamentos los ha habido siempre. Giuseppe Fanelli pudo introducir la 1ª Internacional en España gracias a su condición de diputado. Ángel Pestaña fue diputado por el Partido Sindicalista y anteriormente Secretario General de la CNT e impulsor de los grupos armados de defensa frente al pistolerismo patronal. Esto no es una comparativa con nuestros compañeros actuales, es un ejercicio de memoria histórica.

La estrategia de los movimientos revolucionarios que contaban con un frente electoral fue siempre la de usar los parlamentos como un altavoz de denuncia, nunca como un fin. En el mundo que vivimos donde los medios de comunicación de masas ejercen un poder determinante, nuestras charlas de movimientos sociales son incapaces de contrarrestar toda la propaganda que las élites proyectan a través de toda la industria cultural. Ser un cargo electo te da una proyección mediática que es más difícil de conseguir desde lo social. Hay una diferencia entre convencer a 50 en una charla que realizar políticas públicas que modifican la vida de millones.

Falta de proyecto

Que compañeros convencidos de la necesidad de abolir la sociedad de clases se integren en el aparato del Estado es muestra de la incapacidad de los movimientos populares. No hay una fuerza social estructurada capaz de dotar de proyección, futuro, certezas y seguridades a nuestras militancias. Nuestra reducida capacidad de influencia puede resultar insuficiente a muchas. La tarea de construir una alternativa institucional, organizativa y de base es inmensa y requiere de muchos esfuerzos, compromisos y debates lentos y colectivos. Necesitamos muchas manos y cabezas para esta tarea. Que algunas de ellas no dediquen su tiempo a esta tarea nos debilita.

Han pasado 5 años desde que la hipótesis del asalto institucional cristalizara en Podemos. 5 años en los que se han visto muchos de los límites y miserias de esa estrategia tan poco nueva. Pero también 5 años en los que no se han sentado las bases de una alternativa real. El problema no es que haya menos manifestaciones, el problema real es que la nube infinita de proyectos, colectivos, grupos, centros sociales… no se piensan así mismos como parte de un proyecto común con unos objetivos definidos, por que no lo hay. Debemos machacar esta idea en todos nuestros espacios, trabajar en común para sustentar nuestras vidas de forma colectiva, defender nuestras necesidades, ganar espacios y transformar el mundo. Solo generando algún tipo de proyecto ilusionante y con capacidad de influencia y transformación real evitaremos la fuga de militantes hacia los tentáculos del Estado.

militante ecologista en Apoyo Mutuo (@_ApoyoMutuo_)

 

Frente a la derecha rearmada, reanimar la izquierda desde lo libertario

Un bloque conservador a la ofensiva es el monstruo que nos esperaba tras el retroceso de un lustro de movilización popular que se inauguró en aquel ya lejano 15 de mayo de 2011. Y no parece que el monstruo vaya a detenerse, más bien al contrario. En unos días empieza el juicio al procés, en el que VOX es acusación particular, así que podemos esperar semanas en las que el foco mediático va a centrarse en un marco especialmente prolífico para la derecha. Lo cierto es que estamos en 2019 y, aunque hemos vivido una larga travesía de movilización descendente desde 2016, sin duda estamos mejor que hace una década. Los consensos que durante años han cosido fuertemente el régimen posfranquista se han roto. El rey y la constitución son herramientas para la derecha con una legitimidad mermada. El bloque conservador, que comparte todo él altavoces e ideas-fuerza, pretende cerrar las fugas de agua mediante el miedo, la apelación nacionalista y la creación del enemigo (los malos españoles, rojos, homosexuales y separatistas, y los migrantes). Este bloque conservador no es más que una respuesta autoritaria a un ciclo de luchas democratizadoras liderado por el feminismo, las mareas por los servicios públicos, la lucha contra los desahucios y por una vivienda digna, las protestas contra la corrupción, las movilizaciones de los pensionistas… Nos quedan las herramientas construidas en estos años, los saberes aprendidos y compartidos, los avances logrados. Como demuestran las huelgas llevadas adelante y ganadas en los últimos tiempos, tenemos fuerzas y capacidad para detener el reflujo y, con estrategia, plantar cara a los reaccionarios.

La izquierda parlamentaria (principalmente Podemos y sus confluencias) juega un papel contenedor de las opciones más regresivas, al menos mientras mantenga su apoyo electoral. A pesar de no haber logrado por el momento modificaciones legislativas en temas como la ley mordaza o políticas de vivienda y empleo, es de reconocer su papel en la caída del gobierno de Rajoy y en plantear cuestiones a raíz del pacto presupuestario con el PSOE (subida del salario mínimo, subida del impuesto de patrimonio, límites a la especulación en alquileres…). Su presencia ha colaborado en ocasiones a trastocar la agenda mediática, volcada a menudo sobre Venezuela o Catalunya, redirigiéndola a debates más propicios (vivienda, alquileres, feminismo, empleo…). Por supuesto, esto también habría sido imposible sin el trabajo de organizaciones sociales como PAHs o sindicatos de inquilinas y movimientos sociales como el feminismo o las luchas de los jubilados. Entre tanto, Podemos ha cometido errores varios, que junto a las peleas internas y al abandono de sus propuestas más radicales han contribuido a desmovilizar a distintos grupos de sus votantes. El último giro táctico de Errejón en la Comunidad de Madrid, buscando protegerse bajo el ala de Carmena de una derrota que se anticipaba más que probable, es un movimiento defensivo que apela a las clases medias y coacciona a las personas trabajadoras y a la izquierda porque carecemos de referentes políticos fuertes. Por mucho que se revista de un ejercicio de democracia y aperturismo (y tiene fácil hacerlo, dado el centralismo autoritario a la interna de Podemos) lo cierto es que Carmena representa para la izquierda madrileña el cesarismo, el desprecio por la democracia interna y una política social-liberal característica del PSOE. Repito que nuestro mayor problema es carecer de referentes políticos (no necesariamente electorales) que disputen y tensionen desde la izquierda. Y ahí tenemos trabajo que plantearnos. En el ayuntamiento de Madrid la Bancada municipalista trata de levantar una alternativa electoral, pero quizá haya que volcar esfuerzos más allá de lo inmediato para avanzar seriamente.

El último giro táctico de Errejón […] apela a las clases medias y coacciona a las personas trabajadoras y a la izquierda porque carecemos de referentes políticos fuertes.

Al final tampoco podemos desligar buena parte de los problemas en Podemos a la falta de movilización social: Es cuando cunde el derrotismo y el miedo que crecen los desacuerdos, tal como ha ocurrido tras los resultados en Andalucía. Repetidamente se ha culpado a Podemos de vaciar las calles, pues bien, ahora somos los que apostamos por el poder popular quienes debemos mirarnos el ombligo. Algo debemos estar haciendo mal quienes consideramos que es el pueblo organizado quien debe liderar los procesos de cambio si eso no está ocurriendo. Hay que reorganizarse y construir referentes mediáticos y liderazgos populares en los movimientos sociales, y dejar de culpar a la socialdemocracia de su papel, siempre previsible. El camino de criticar al otro para excusar nuestras debilidades es un camino que no nos lleva a nada.

Respecto a las organizaciones sociales revolucionarias, han experimentado un crecimiento indudable en la última década. Gracias al empuje del feminismo, los sindicatos revolucionarios convocaron con éxito una jornada de Huelga General el pasado 8 de Marzo, pro primera vez sin contar con los sindicatos mayoritarios. A pesar de los conflictos internos en las centrales sindicales, a los que habría que dedicar un artículo aparte, éstas han incrementado su afiliación y su militancia en los últimos tiempos. Hemos vivido huelgas importantes contra empresas como Deliveroo, Amazon, o las VTCs. También se han constituido sindicatos barriales que cubren problemas locales de trabajo y vivienda, si bien su relación con los sindicatos clásicos está aún por determinarse, y no estamos en condiciones de duplicar esfuerzos o malgastar fuerzas. De todos modos, aún queda mucho por hacer para instalar en la sociedad española una cultura sindical y militante. Como referente, el feminismo sí ha logrado impulsar un cambio importante en el sentido común de la sociedad, instalando en la mayoría social una perspectiva feminista que será dificil de alterar a pesar del rearme ideológico machista y reaccionario. Además, las mujeres se han dotado de asambleas en barrios y pueblos de toda la península, así como a la interna de las organizaciones sociales, demostrando una capacidad organizativa y un empuje ejemplares. Este trabajo organizativo, que contribuye densificar la red popular, es fundamental y anticipa beneficios inmediatos, por ejemplo, en la unidad de acción entre centrales sindicales lograda de cara al 8M.

uno de los objetivos prioritarios en el futuro a corto plazo es descubrir cómo mantener y ampliar dicha red popular desde el resto de frentes: vivienda, barrios, ecologismo, migración, antifascismo, juventud… Para ello hacen falta propuestas, liderazgo para implementarlas y un mayor esfuerzo organizativo

Sin duda alguna uno de los objetivos prioritarios en el futuro a corto plazo es descubrir cómo mantener y ampliar dicha red popular desde el resto de frentes: vivienda, barrios, ecologismo, migración, antifascismo, juventud… Para ello hacen falta propuestas, liderazgo para implementarlas y un mayor esfuerzo organizativo. Ante amenazas profundamente entrenlazadas como el fascismo, el capitalismo desatado o las previsibles crisis ecológicas no podemos permitirnos que esa red se deteriore.

Finalmente, como decíamos, en unos días comienza el juicio al procés. A falta de capacidad para desplazar el debate, Catalunya volverá a centrar el foco mediático. En ese marco, que nos fracciona a los libertarios y a toda la izquierda española, es importante responder con una propuesta capaz de dar respuesta al conflicto y de seducir a sectores amplios de la sociedad española y catalana. En el marco del conflicto territorial, los libertarios deberíamos recuperar la memoria del iberismo e incluso el republicanismo federal, apoyados además en el ejemplo que nos provee el confederalismo democrático en el Kurdistán. Los libertarios en España no podemos caer en el dogmatismo al oponernos a la ruptura que se plantea desde Catalunya (y dogmatismo es atacar al independentismo escudándonos en que defienden la creación de otro Estado), pues el proyecto confederal exige defender sin excusas el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Democracia, autodeterminación y confederalismo deben ser las ideas fuerza a ondear en este contexto, levantando un proyecto que reconozca el derecho a decidir del pueblo catalán, que pueda recabar apoyos diversos en la izquierda y que sirva de ariete contra la monarquía.

Esa perspectiva internacionalista de derecho a la autodeterminación debe aplicarse también a la situación geopolítica. Estamos viviendo un intento de golpe de Estado imperialista en Venezuela gracias al apoyo de gobiernos fascistas como el de Bolsonaro en Brasil. Ante esta situación, nuestra postura debe ser la solidaridad con el pueblo venezolano, la defensa del chavismo crítico firmemente socialista y la condena de cualquier intervención armada por parte del bando imperialista. La postura de injerencia tomada por distintos gobiernos, reconociendo a alguien no electo o bien exigiendo convocatorias de elecciones al gobierno electo, es inaceptable. Algunos esperarán ver a renglón seguido de estas líneas una condena del gobierno de Maduro, o algo en la línea equidistante que han mantenido (por desgracia) algunos compañeros esgrimiendo lemas como «Ni Trump ni Maduro». Esto demuestra la hegemonía de la derecha en nuestra visión sobre Venezuela. En España, en 1936, los militantes obreros de los que nos sentimos herederos tomaron las armas en defensa de la República, a pesar incluso de sucesos como Casas Viejas; y siguieron combatiendo bajo la bandera republicana incluso cuando el gobierno traicionó a la revolución, porque eran conscientes de lo que se jugaban si ganaba el enemigo. Hoy que ninguno vamos a jugarnos el tipo para defender por las armas a Venezuela, donde bajo el gobierno bolivariano florecen con relativo éxito las comunas y el poder popular, al menos tengamos la decencia de no entregar más munición argumental a la derecha.

En definitiva, el desafío de los próximos tiempos es recuperar los ánimos y establecer objetivos para recuperar el liderazgo de la izquierda. En lo organizativo, resulta urgente asentar las organizaciones políticas que apuestan por la democracia socialista y el poder popular (Embat, Apoyo Mutuo, la Federación Estudiantil Libertaria, entre otras): extenderlas por el territorio, establecer frentes prioritarios de lucha, impulsar un programa práctico de formación de militantes, optimizar una política de comunicación que construya referentes populares (tanto individuales como colectivos) y proyecte nuestro discurso. Estas organizaciones, que son hoy el germen del nuevo impulso organizativo libertario, deben contribuir a dinamizar los movimientos y organizaciones sociales, para lo cual se requerirá más pronto que tarde establecer una política de alianzas constructiva y transformadora, que nos permita engranar con el resto de la izquierda (Izquierda Castellana, Anticapitalistas, Endavant, Poble Lliure, PCE, Comunes, Podemos, Sortu…) en lo local y lo regional. Todo este trabajo nos permitirá a los anarquistas contribuir al movimiento popular y difundir el programa revolucionario en la misión de transformar el país. Esa contribución deberá concretarse en mejores prácticas organizativas y de lucha, en el paso de asambleas, colectivos y movimientos sociales a verdaderas instituciones populares que influyan positivamente en la vida de la mayoría de la gente. En resumen, hacer de los centros sociales, las asambleas de barrio, los sindicatos, los colectivos feministas, los medios de información alternativos, las asociaciones de vecinos, los pueblos ocupados, las organizaciones ecologistas, las empresas de la economía social y tantos otros espacios un poder popular democratizador y socializante. Esa es la misión en los tiempos que vienen: levantar institucionalidad popular, construir un pueblo fuerte, empujar en la transformación del país de acuerdo con el ideal anarquista, es decir, hacia una vía radicalmente democrática, confederal, feminista y ecologista; y tratar de hacer de este proyecto el centro del debate político. Sólo un amplio espacio popular transformador, con una base sólida sustentada en el poder popular, puede plantar cara a una derecha a la ofensiva.

El suelo que compartimos

Acudí hace unas semanas a una presentación de Miquel Amorós en Madrid, cuya transcripción aproximada puede encontrarse aqui. La he releido y me parece, en líneas generales, un buen análisis, muy resumido, de cierto recorrido histórico del capitalismo que nos ha llevado hasta la situación en que vivimos. Eso a pesar de mis diferencias con algunas de las propuestas estratégicas que se derivan del mismo.

Efectivamente, el triunfo del capitalismo fue un triunfo moral. El grado de bienestar logrado para una mayoría social en el primer mundo desarmó cualquier respuesta socialista allí donde estaba más organizada. El capitalismo sedujo con mercancías a la mayoría de la población trabajadora del norte global a costa de acelerar el ciclo de consumo, es decir, de expoliar los recursos del planeta y a tres cuartas partes de su población. Triunfaba así el relato capitalista y se filtraba incluso en las conciencias y los ideales de las personas trabajadoras y las organizaciones de la izquierda, algunas de las cuales viraron irremediablemente hacia la aceptación y gestión de lo existente. Las que no entraron por ese aro (es importante también señalar su papel) fueron derrotadas y se volvieron minoritarias de forma más o menos progresiva, manteniendo discursos que nunca lograron cautivar a mayorías. Es dificil aplicar aquí la brocha gorda. Probablemente, la incapacidad de trazar estrategias conjuntas que apuntasen a la línea de flotación del capitalismo fuese una cuestión que se dirimía en cada conflicto, en cada huelga, en cada decisión política. No obstante, podemos encontrar aspectos comunes que nos remiten a la falta de objetivos colectivos y de una política de alianzas que frenara el enfrentamiento interno en la izquierda.

También el capitalismo jugó bien sus cartas. Supo por ejemplo ocultar el reverso de la sociedad de consumo, un reverso que para Amorós se concreta en: «desigualdad en aumento, enseñanza retrógrada, autoritarismo estatal, patriarcalismo, discriminación de minorías, sobreexplotación de la mano de obra inmigrante, mercantilización del vivir, etc«. A esos aspectos, algunos de los cuales quizá no sean los más relevantes, habría que añadir, al menos, la deslocalización de la producción y de la guerra (en sus términos más crudos).

La piedra de toque de todo este entramado era el crecimiento económico en el primer mundo, apoyado sobre unas bases dificilmente intercambiables: los combustibles fósiles con un alto retorno energético y el desarrollo tecnológico. Sin ello, el castillo de naipes caía, el bienestar se tambaleaba, la desregulación se volvía inevitable, la precariedad (nunca desaparecida) emergía, la desigualdad se generalizaba… En palabras de Amorós, «se inauguraba una época caracterizada por la desvalorización de la fuerza de trabajo y la destrucción del territorio: el descenso de los salarios, el trabajo precario, la pérdida de derechos sociales, la alimentación industrial, las grandes superficies comerciales, la urbanización salvaje, la construcción de autopistas, et turismo de masas, etc., fueron sus rasgos más relevantes. La lógica especuladora y depredadora, típica de las finanzas, se extendió a la producción, a la distribución y a la explotación del territorio. Con las políticas monetarias que desincentivaban el ahorro, con el incremento de la deuda pública y con el crédito a espuertas, se quiso compensar la caída de la inversión privada y la congelación de los salarios. La crisis pudo disimularse un tiempo, pero solo para volver a manifestarse en estos últimos años gracias al estallido de las “burbujas” inmobiliarias y financieras, a las bancarrotas de algunos estados y a los grandes agujeros bancarios«. Lo que no fuimos capaces de hacer entender a una mayoría (aún no lo hemos sido) es que sobre unas bases que exigen un crecimiento ilimitado nunca ha sido posible construir un futuro, sólo un presente depredador: El crecimiento nunca puede ser infinito. El objetivo es construir una sociedad justa, igualitaria, solidaria, libre y del bienestar, sobre unas bases radicalmente distintas: sostenibilidad ecológica, producción socialista, escala humana, comunidades cuidadoras, confederalismo, feminismo, libertad individual, democracia social y económica… O, en palabras de Amorós, «un mundo justo, libre, igualitario, equilibrado, solidario y autogestionado«.

Lo que no fuimos capaces de hacer entender a una mayoría (aún no lo hemos sido) es que sobre unas bases que exigen un crecimiento ilimitado nunca ha sido posible construir un futuro, sólo un presente depredador: El crecimiento nunca puede ser infinito.

En lo estratégico, Amorós propone lo siguiente: «El órgano vertical de la dominación de clase ha de ser criticado en la práctica por organismos horizontales paralelos que atiendan no solo a las necesidades de la información y la lucha, sino a la subsistencia, como por ejemplo los relativos a la ocupación de viviendas, la producción de alimentos y energía, la asistencia médica y jurídica gratuitas o la enseñanza desescolarizada«. No obstante, reconoce que para ello son necesarios amplios movimientos autogestionarios que, en la práctica, «nunca superaron al estadio informal«. La cuestión esencial está entonces en cómo lograr que surjan o se consoliden esos movimientos fuertes y con instituciones propias para enfrentar al modelo de sociedad que promueve el capitalismo.

¿Cómo construimos un movimiento amplio y fuerte que camine hacia este objetivo? No nos sobran aliados. Es imprescindible participar en los espacios de movilización y de lucha de nuestra clase: Conflictos sindicales, huelgas, luchas en defensa de los servicios públicos, luchas por equipamientos en pueblos y barrios, luchas en defensa del territorio… Cuando se participa con ánimo constructivo en esos espacios de lucha, se genera cercanía y se está construyendo conciencia de clase. Es más, es ahí donde los anarquistas podemos disputar y argumentar a favor de nuestra línea política: poner la gestión de lo común en manos de organismos populares (que cabría que definir más detalladamente) antes que en manos de empresarios o burocracias estatales. Lograrlo nos permitiría tener a nuestra disposición (es decir, a disposicion de la gente trabajadora) instituciones no sólo de subsistencia: Instituciones de vida y cuidados para la transformación radical de la vida. Debemos aspirar por tanto no sólo a construir espacios de autogestión, sino a gestionar las empresas y los servicios públicos. Todos esos servicios que son reconocidos y defendidos por buena parte de nuestra clase, como la sanidad, la educación, el transporte, las bibliotecas, los parques y jardines… organizados de manera solidaria y democrática.

Alguien podría ver una oposición entre medios y fines entre la defensa de los servicios públicos y la construcción de movimientos populares revolucionarios. Esa oposición no existe, más allá de la visión dogmática que asocia lo público con lo que es propiedad del Estado y lo autogestionario con lo que es de todas las personas. Lo primero es claramente falso, ya que lo público tiene que ver más con los usos que con la propiedad. Nadie habla de cuarteles públicos o llama público al Palacio de la Zarzuela. Públicas son las plazas, las escuelas, los hospitales… Incluso los bares se consideran espacios públicos aunque la propiedad sea privada. Pero lo segundo es aún peor: confundir deseos con realidades. Las escuelas autogestionarias no cubren hoy las necesidades de una mayoría de la sociedad, y no son por tanto espacios comunitarios. Es la escuela pública quien cubre esa necesidad con muchas dificultades, en algunos casos incluso con prácticas pedagógicas transformadoras. Defender que la mayoría de la población pase a autogestionar su escuela u otros servicios garantes de derechos sin una reflexión profunda sobre las estructuras y los modos de vida actuales, y sin un proyecto mucho más trabajado y concreto de transición, es entregarse a fantasías. Lo es más aún creer que, de hacerlo aquí y ahora, la población autoorganizada va a optar sin más por metodologías radicalmente democráticas, feministas, ecologistas o de algún modo liberadoras en la gestión y los contenidos. Eso sería posible quizás con una población consciente y movilizada, cosa que no se logra únicamente deseándolo, sino actuando (de forma constructiva) dentro de los frentes de lucha de nuestra gente, las personas trabajadoras.

Para la mayoría de la sociedad, los servicios públicos son aquellos que dan cobertura a cualquiera, y muchas personas aspiran a convertirlos en lo más receptivos que sea posible (de ahí las demandas de universalidad en, por ejemplo, la sanidad) y lo más democráticos en su gestión. Tampoco a nivel individual podemos renunciar a la cobertura que nos aportan la sanidad u otros servicios públicos que en gran medida construimos como clase (aunque su gestión esté en manos del Estado). Desde la humildad que confiere el aceptar esta realidad es mucho más sencillo relacionarse con el resto de la izquierda y la mayoría social para construir movimientos fuertes y transformadores. Una propuesta flexible que integre la defensa de lo público con la gestión directa en manos de la comunidad no sólo tiene mayores oportunidades de prosperar, también permitiría trazar una política de alianzas con otros actores de la izquierda y, desde nuestra línea política, proponer la toma de servicios para que pasen a manos de la comunidad. Del mismo modo, una política sindical en las empresas que provean servicios útiles debe encaminarse a poner la producción en manos de los trabajadores y al servicio de la sociedad.

Para la mayoría, la lucha por la gestión directa de los servicios públicos, como tantas otras luchas tildadas de ciudadanistas, no es un intento de humanizar el capitalismo, es una demanda de los trabajadores en línea con lo que los libertarios siempre hemos defendido: la construcción de instituciones populares radicalmente democráticas.

Cuando Amorós tilda a todo esto de ciudadanismo o gestión del capitalismo no hace sino insultar y enfrentarse a nuestros potenciales apoyos, un análisis que nos dirige a una travesía por el desierto en busca de un oxímoron: sujetos revolucionarios acordes al dogma y que al mismo tiempo sean amplios y fuertes como para tener capacidad transformadora. En ese desierto, que algunos hemos recorrido de cabo a rabo, sólo encontraremos idealizaciones múltiples, desánimo y huidas hacia adelante. Ya hay muchas dificultades en la búsqueda de una transformación social revolucionaria como para hacernos trampas al solitario. Para la mayoría, la lucha por la gestión directa de los servicios públicos, como tantas otras luchas tildadas de ciudadanistas, no es un intento de humanizar el capitalismo, es una demanda de los trabajadores en línea con lo que los libertarios siempre hemos defendido: la construcción de instituciones populares radicalmente democráticas. Son esas instituciones las que pueden darnos la oportunidad de construir una vida sin capitalismo.

Aportemos a las luchas de nuestra clase desde nuestra postura: la de construir un ecosocialismo democrático, confederal y feminista. Si lo hacemos con una perspectiva constructiva y en positivo, los frutos superarán la frustración y la incapacidad que nos ha caracterizado durante demasiado tiempo. La urgencia del momento nos lo exige.

Diversidad, clase e interseccionalidad

La cuestión de la diversidad ha dado mucho que hablar en estos últimos meses, sobre todo a raíz del libro «La trampa de la diversidad» del Bernabé. No obstante, no quiero hablar de su libro aquí, sino más bien transmitir unas reflexiones acerca del melón que ha abierto sobre el tema, el cual pienso que es importante comenzar a sacar unas conclusiones, no finales, pero sí necesarios para perfilar un relato que baje de la academia a las calles. Hablar de diversidad implica reconocer que somos diferentes: orígenes familiares y territoriales; género, sexualidad y orientación sexual, pertenencia de clase, edad, confesión religiosa o espiritual… que compartimos espacios en común, y por tanto, vivencias y condiciones materiales comunes. No obstante, lejos de ser reconocidas y respetadas, todo aquello que se salga de la norma es motivo de discriminación que puede derivar en una opresión. Aquí ya tenemos un punto de partida.

Un gran problema a la hora de hablar de diversidad es no tener en cuenta las condiciones materiales en que nos encontramos actualmente, ya que sin ello, no tendremos una base sólida que nos sirva como referencias e ideas base, y al final, quedaría en un discurso estrictamente moral, con tecnicismos propios de la academia y en el peor de los casos, acaba siendo criterios para definir perfiles de consumidores. Antes de continuar aclaro que la neutralidad es simplemente la ideología dominante, y por tanto, no pretendo que estas reflexiones partan de la neutralidad, sino claramente desde una posición materialista y de clase. Esto nos lleva a la pregunta del millón: ¿La clase lo es todo? Sí y no. Sí porque es la base de donde partimos, esto no quiere decir que toda cuestión de clase sea proritaria sobre otras cuestiones como la de género o raza y no porque, además de la clase, existen otras opresiones vinculadas a ella que refuerzan la explotación de clases. No nos creemos, por tanto, que erradicando solo la diferencia de clases mágicamente desaparecerían las otras opresiones. Volveremos sobre ello más adelante.

Ideología liberal

Cuando hablamos de ideología liberal en estos temas nos referimos a la falta de un análisis materialista que nos permita mantener un posicionamiento claro y evitar caer en abstracciones, simbolismos, el individualismo y la competencia. Sin una base materialista, nos perdemos en debates sobre problemas más simbólicos como los baños unisex, las casi infinitas identidades de género no binarias, si tal look es apropiación cultural o no, etc, en los cuales, la mayor parte de la población no se siente interpelada, dejando así de lado los problemas materiales de mayor impacto como el acoso callejero, la discriminación hacia personas LGTBi, la falta de guarderías, la explotación laboral de las temporeras de la fresa, la persecución de manteros, etc. Si bien una cosa no quita la otra, el darle más importancia a temas simbólicos en vez de materiales nos aleja de las luchas sociales y de los problemas reales que tienen las personas de clase trabajadora que puedan ser migrantes, y/o de la comunidad LGTBi. Otra importante consecuencia es la atomización y división en parcelas de las diferentes opresiones, individualizando cada vez más las luchas al centrarlas en lo particular y en los casos personales, en vez de buscar puntos comunes y trabajar a nivel colectivo, dando como consecuencia la creación de una especie de competencia tipo a ver quién tiene más opresiones.

Podríamos mencionar un caso paradigmático de cómo la «nueva política» en materia de diversidad no va más allá de izar banderas LGTBi en los ayuntamientos y colgar una pancarta de «Refugees Welcome» pero no se destina recursos en favor de la comunidad LGTBi (educación sexual, sanciones a escuelas concertadas, etc) ni para las personas refugiadas; o que en una universidad pongan baños unisex pero no muevan un dedo para fomentar espacios seguros. Así, mientras las izquierdas se pierden en simbolismos y no salen de las universidades, la derecha va ganando barrios obreros a base de apelar a los valores tradicionales y utilizando un discurso populista aparentemente de clase propio de la izquierda.

La falta de una perspectiva de clase hace que dichas luchas acaben siendo absorbidas por el sistema, como ya hemos visto en casos como el capitalismo gay, donde las empresas han creado un mercado enfocado a la comunidad gay con ofertas de viajes, moda, locales de ocio, etc… y que el día del Orgullo «oficial» sea patrocinado por empresas; el pinkwashing del cual hace gala Israel al apoyar al movimiento LGTBi o la campaña de la marca de tabaco Lucky Strike en los años ’20 en EEUU presentando a la mujer fumadora como ejemplo de empoderamiento. No se libra tampoco el veganismo cuando McDonald’s comienza a ofrecer menús veganos o en el Mercadona comienzan a vender productos veganos, sin mencionar tampoco aquellos restaurantes vegetarianos que no respetan los derechos de los y las trabajadoras.

Una sola clase

En la huelga minera en UK en los años 84-85, unos activistas por los derechos de las personas LGTB crearon el colectivo Lesbians and Gays Support the Miners con el fin de recaudar fondos para apoyar la huelga minera. Tuvieron dificultades y al principio sufrieron cierto rechazo, pero su perseverancia acabó por ganarse la simpatía de los huelguistas. Este acontecimiento histórico se puede ver en la película Pride y es un ejemplo de cómo han conseguido forjar una importante alianza entre estas dos comunidades en lucha en las cuales ambas partes salieron ganando fuerza. Sin ir demasiado lejos, el movimiento de liberación de la mujer dentro del movimiento de liberación kurdo o la reciente huelga del 8M en donde los colectivos feministas trabajaron conjuntamente con sindicatos CNT y CGT que ayudaron a legalizarla, difundirla y defenderla. Estos ejemplos ilustran la necesidad y el acierto que supone buscar puntos en común en vez de dividir. De hecho, todo movimiento revolucionario debe aspirar a integrar la diversidad dentro de la lucha de clases, así como darle un enfoque de clase a la diversidad.

Es imprescindible que al hablar de transversalidad e interseccionalidad, hablemos de tender puentes y entendernos entre las diferentes luchas, que tienen más en común de lo que se ve a priori. Por lo tanto, debe de haber una relación de reciprocidad, solidaridad e intercambio de experiencias para crecer juntos y juntas en las luchas sociales. Esto significa reconocernos como una clase social diversa, que además de padecer la misma opresión de clase, sufrimos también la del heteropatriarcado y del racismo. Por lo tanto, la lucha de clases está incompleta si no tiene una perspectiva feminista ni antirracista. Asimismo, hemos de introducir una perspectiva de clase tanto al feminismo como al antirracismo. Es cierto que existen varios feminismos, pero lo que nos debería interesar son los feminismos de clase, ya que el liberal solo favorece a aquellas que quieren ascender en la escalera social y a ocupar cargos en la política institucional. Similarmente ocurriría con el antirracismo de corte liberal. La necesidad de tener una perspectiva de clase en el antirracismo radica en que el racismo generalmente está más vinculado a las clases sociales y los status de las personas, ya que se da mayoritariamente hacia las personas pobres. Por esa razón, mientras se persigue a la inmigración y lo señalan como culpables de la delincuencia, la falta de trabajo, el derroche de ayudas sociales hacia ellos; se exportan armas a Arabia Saudí, se dan concesiones a los jeques que nos ponen mezquitas wahabbitas en suelo europeo y se les compra petróleo.

La interseccionalidad debe servir para superar la imagen de una lucha de clases hecha por el hombre blanco heteronormativo y evitar que se reproduzcan el patriarcado, el racismo y otras opresiones del actual sistema dentro de nuestras filas. Porque lo que realmente divide la lucha de clases es el obviar que la clase trabajadora es diversa, debilitando así tanto a los movimientos sociales como nuestros colectivos y organizaciones. Busquemos en la interseccionalidad reforzar nuestras luchas abriendo las puertas a todos aquellos colectivos sociales que, a parte de padecer la opresión de clases, sufren otras opresiones como la de género, orientación sexual, etnia, etc., pues juntas seremos más fuertes.

[Colombia] “No es solo sembrar semilla, es sembrar pensamiento”, en memoria de Augusto Tyhuasuza

A 4 años de su asesinato, palabras para homenajear su memoria:

Es desde esta visión que se hace pertinente salvaguardar la Memoria, volver la mirada a nuestro Territorio como un proceso de ordenamiento de las relaciones vitales, donde el individuo reconozca y se reconozca como un ser que ha relacionado su existencia en torno a esas huellas indelebles del pasado indígena que subsisten en nuestro mestizaje y que hoy se pretenden desdibujadas o convenientemente olvidadas”- Augusto Tyhuasuza, 11 de Julio de 2013.

Hace 4 años la sabana de occidente se despertó con una persona menos, un luchador menos por la libertad…

En Julio de 2014, cerca de su casa en Facatativá y con escasos 42 años, fue ultimado con un disparo en la cabeza Augusto Tyhuasuza, indígena muisca y activista social de los municipios de la sabana de Bogotá, territorio ancestral y que ha sufrido los grandes estragos de un modelo metropolitano de miseria, que desplaza las oportunidades y ordena los privilegios del centro hacia afuera.

Augusto fue militante del histórico Proyecto Cultural Alas de Xue, referente libertario por obligación a la hora de hablar del anarquismo contemporáneo en Colombia, así como uno de los impulsores del llamado “anarco-indianismo”, síntesis que buscaba lo libertario dentro del indianismo y meterle indianismo a lo libertario. Además de ello, fue un organizador del proceso de recuperación de memoria muisca en municipios cómo Facatativá y Tibaitatá (hoy conocido como Madrid), donde de la mano con diferentes procesos sociales y populares venía haciendo el trabajo de reconstrucción territorial de la memoria propia, a través de procesos de formación y semilleros de investigación.

Siendo un mayor (sabio) y un gran poeta, sus intervenciones estaban cargadas de sabiduría y simbolismos, de referencias a los mitos creacionales chibchas, de la lucha de los zapatistas y los mapuches, de lo que nos enseñaban los compañeros indígenas en el Cauca y en la Sierra Nevada de Santa Marta, del recuerdo de las decenas de disturbios que tuvo que vivir en las universidades y calles de Bogotá y la Sabana, así como de su gran experiencia que nos hablaba a los más jóvenes de mirar nuestras ideas con crítica, sin adulaciones y sabiéndonos desprender de los dogmas que nos retrasan.

La muerte de Augusto pasó por lo bajo de los círculos anarquistas, quienes en ese momento sufrían otra lamentable noticia: el suicidio de Sergio Urrego en el centro comercial Titán Plaza. Para entonces, cuando se cumplían escasos días del asesinato de Augusto, se llevaba a cabo el Encuentro Anarquista de Bogotá y Pueblos de la Sabana, donde varias compañeros, amigos o simplemente conocidos de Tyhua, como le decíamos con cariño a Augusto, llamábamos la atención sobre su caso y la poca atención que estaba teniendo por parte del movimiento libertario.

El miedo se apoderó de muchos de nosotros, quienes bajo la amenaza latente del peligro de morir por luchar, hicimos lo poco que se pudo para mantener viva su memoria, y sin embargo hasta ahora ha sido insuficiente. Este corto texto es un pequeño pago a la deuda con la historia, con la memoria y la dignidad, esa historia de tercos que no los cansa ni la muerte, de esos tercos que luchan contra quienes anteponen su proyecto de exterminio frente a quienes reclamamos, con la mirada en el cielo y los pies en la tierra, vida digna:

Augusto era un gran estudioso, a pesar de no haber culminado ninguno de sus estudios universitarios que empezó en las universidades Distrital, Pedagógica Nacional, Nacional y Pedagógica Tecnológica de Tunja, en la mayor parte de ellas interesado por las Ciencias Sociales y la Historia. En este paso por el movimiento universitario de entonces, donde las ideas libertarias parecían tener gran influencia, pudo establecer los cimientos de su vida y la necesidad de articular el estudio, la investigación y la memoria con las luchas populares. Desde muy joven participó en el movimiento anarquista, ingresando a sus 17 años al Proyecto Alas de Xue, donde militó por varios años hasta su práctica disolución en el año 1998. A pesar de lo complicado que parecía para entonces, incluso con los recelos de parte de diferentes procesos anarquistas de Europa que miraban con prejuicio a diferentes movimientos indígenas que defendían concepciones propias de nación y cultura, Augusto rápidamente encontró puentes entre el pensamiento muisca y el libertario. Sin embargo, su preocupación nunca fue encasillar el proceso muisca dentro de las etiquetas anarquistas, sino por el contrario, ver que podía aportar cada mirada de manera mutua y sincera.

trompeta

A pesar de su afinidad por la academia, su trabajo siempre fue hecho desde abajo y para las de abajo: más allá de la teorización o artículos de investigación, de sus reflexiones se encuentran poemas, cartillas, murales y memorias de caminatas y rituales. Esta mirada libertaria heterodoxa lo llevó finalmente a darse de lleno a su comunidad, participando activamente desde finales de los años 90 en los procesos de recuperación de la memoria propia en Facatativá y luego Tibaitatá.

El anarquismo es la común-unidad”, decía Augusto cuando le preguntábamos sobre su cosmovisión de la idea libertaria. Con desazón señalaba las A circuladas y las prácticas que se alejaban de la gente, del pueblo. Admiraba esa contracultura naciente en la sabana de Bogotá que, a gritos guturales y vestimentas negras y de jean, le hablaba a la juventud sobre el ilógico servicio militar obligatorio, sobre las problemáticas de sus padres y madres en la floricultura, sobre la necesidad de rescatar el territorio de las garras del capitalismo. Para él, el anarquismo era una forma de vida y aptitud frente a las luchas, pero nunca una etiqueta que había que manifestar explicita y reiteradamente, “se vive siendo libertario, no diciéndolo”, comentaba al lado de una hoguera mientras nos hablaba de los “tropeles” en la Distrital en los 90, de la placa de Biófilo Panclasta que existió durante casi dos décadas en las paredes del restaurante de la Pedagógica, de la triste muerte de Beatriz Sandoval en la Nacional, una de sus amigas de salsas, merengues y carrangas, del proceso de exterminio al que casi fue llevado el pueblo muisca durante los 70 y 80, de los históricos paros cívicos del 98 y 2008 en la Sabana.

Cada conversación estaba cargada de rituales, donde cada cosa tenía su razón de ser. La palabra fluía con el fuego, por eso era necesario mantenerlo prendido, tarea encomendada a un “taita” del fuego. “El gran error de querer anarquizar el indianismo, es no dejar indianizar el anarquismo… dejemos de lado esas visiones eurocentricas”, apuntaba luego de jornadas de discusión cuando ya partíamos en bicicletas por la noche a nuestras casas, mientras charlábamos sobre la actualidad del movimiento anarquista del país, del cual ya hace años estaba desapegado por no encontrar en sus reuniones y encuentros soluciones y alternativas para las de abajo. “Miremos lo que hacen los zapatistas: articulémonos en base a nuestra realidades y no dogmas, que muchas veces están fuera de nuestras realidades”, decía cuando debatíamos sobre la necesidad de fortalecer los procesos autónomos y populares de la Sabana.

Su partida nos dejó un profundo vacío que todavía no hemos podido llenar, no solo por las experiencias que se pudieron haber vivido, sino por la deuda que parece quedar en el aire con todos sus conocimientos y saberes. Augusto se nos fue bajo un halo de desasosiego, de creer que también su partida nos ha dejado sin varias palabras que se pueden decir en los debates que nos corresponde como movimiento libertario en Colombia, pero también como procesos populares y autónomos. Su visión de lo libertario inserto en las comunidades y desprendido de escalas, estéticas y etiquetas morales absolutas (que muchas negamos), nos deja la enseñanza de ser pueblo y actuar como tal, de leer nuestro entorno, nuestras realidades, de a veces dejar de lado la ilustrada y bien escrita historia e ideología occidental y voltear a mirar al lado: a la montaña, la laguna y los ríos, a las abuelas y los niños. Queda también el vacío de no haber podido compartir más.

Uno de sus mejores amigos y compañero de lucha por largos años en la Sabana nos señalaba días después de su muerte el gran hueco que nos deja con su partida: “Creo que con Augusto se fueron una cantidad de cosas frente al pensamiento ancestral de origen muisca, tanto así que en el rito de su funeral la única persona que sabía cómo se hacia era él, entonces tocó casi que reinventarlo todo”. Esperamos podamos también reinventar lo libertario para nuestro aquí y ahora, en nuestros tiempos y territorios.

Steven Crux

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