Reseña: The Occupation Cookbook

Hace un tiempo me hice con un ejemplar impreso de la famosa guía de la ocupación universitaria que tantas vueltas dio por Internet en su día. El título completo en inglés—hasta donde sé no hay traducción al castellano— es «The Occupation Cookbook: or the Model of the Occupation of the Faculty of Humanities and Social Sciences in Zagreb»—click en el nombre para su lectura—, editado por les compañeres que okuparon la facultad, originalmente publicado por Center for Anachist Studies en 2009, y distribuido en la versión panfleto—la que tengo yo—por Autonomedia.

La versión que reseño aquí es la inglesa, y como según elles mismes indican en el manual, esta versión dispone de algunos añadidos—además de unas fotos muy majas—que la edición original croata no tiene. Es una lectura muy recomendada aunque esté en inglés: el uso del idioma es básico y sencillo, tiene un gran interés actual, los consejos y experiencias son de gran utilidad, y lo más importante de todo, es un clarísimo ejemplo de que las cosas se pueden hacer bien cuando la gente está dispuesta a autogestionar. La okupación de la facultad no tuvo un componente únicamente anarquista, pero su organización horizontal y el uso de la democracia directa hacen de esta experiencia croata un hecho a ser tenido en cuenta por el movimiento libertario. De ahí esta reseña.

La Historia

El manual abre el debate con tres introducciones que acercan la lectura a los hechos acontecidos en Zagreb y en el mundo de la educación en general. La facultad fue tomada en la primavera de 2009, y su okupación duró 35 días en los cuales las clases fueron bloqueadas y sustituidas por clases alternativas sobre anti-capitalismo, educación, activismo, etcétera. El contexto sociohistórico no solamente es tratado en esta parte introductoria, sino que también es presentado a lo largo del manual en forma de pequeños párrafos que contextualizan las acciones que les estudiantes decidieron llevar a cabo. Contextualizar acción y teoría es algo muy importante para desarrollar un movimiento fuerte, sólido, y duradero, porque como elles mismes afirman en la guía, la lucha no finalizó tras la okupación—ni tampoco comenzó con  ésta, pues antes de la toma de la facultad ya existía un grupo de estudiantes que se reunían para fomentar la lucha estudiantil.

Aunque el componente sociohistórico es más bien escaso y, sobre todo, muy simplificado, une no se queda con las ganas de haber leído más sobre este tema, pues el manual tiene claramente otro objetivo: mostrar las experiencias de okupación y compartirlas para servir de guía y apoyo a otros grupos en el mundo.

El Plenum

El manual está estructurado de una forma muy lógica y fácil de seguir. Nunca se pierde el hilo de la lectura en detalles técnicos o notas sociológicas. Les editores dan máxima prioridad a la explicación de la asamblea general de estudiantes, o Plenum, la cual no solamente daba la bienvenida a estudiantes sino a cualquier persona interesada en el tema de la educación. A lo largo de los mini-capítulos que componen la guía, les estudiantes nos explican cómo se organizaron todas las tareas de la asamblea: su desarrollo, su diseño, su organización, etcétera.

La democracia directa era la idea vertebradora de la asamblea: todes hablan, todes opinan, y todes deciden. Nos narran los elementos clásicos de una asamblea horizontal: mesa (rotativa), acta (también tomada por una persona diferente cada vez), equipo técnico, turnos de palabra…. La forma de llevar a cabo el Plenum también nos suena familiar: lectura del orden del día, debate de los puntos, decisiones, asignación de tareas… todo muy común en este tipo de organización. La única parte que me llamó  la atención fue la deliberada decisión de votar todo con una simple mayoría de 50+1. Aunque se intentó buscar el consenso mediante el debate y la exposición de ideas, la votación por mayoría simple era la regla general—algo poco anarquista, la verdad.

La eficacia y el pragmatismo también son elementos muy presentes en el manual. Todo estaba regulado, y así te lo explica la guía. Por ejemplo, cada punto del orden del día tenía 30 minutos para ser debatido, tras los cuales la asamblea votaba si se quería continuar con ese tema o pasar al siguiente. La periodicidad del Plenum era una vez por día durante la okupación, y tras la okupación—pues las estructuras del movimiento no desaparecieron—se decidió llevar a cabo la asamblea cuando fuera necesario—aunque no explican muy bien qué es eso de «necesario.»

Anonimato

Elles sabían que los medios de comunicación jugarían un papel clave, por lo que crearon un grupo de trabajo específico para este tema. Como concebían que el poder residía en la asamblea se decidió que no hubiera ningún tipo de representante o «cara conocida.» Todas las apariciones ante los medios de comunicación eran anónimas, en el sentido de que nunca se dieron nombres ni apellidos, y las personas que comparecían ante les periodistas siempre eran diferentes.

La voz de la asamblea era transmitida al resto de la sociedad de forma estrictamente colectiva: solamente se comunicaba lo tratado en el Plenum—nada de opiniones personales—, y cada vez lo  hacía una persona distinta. Les estudiantes, por supuesto, eran libres de actuar libremente y dar su opinión personal, pero se recomendaba que no usaran sus nombres y apellidos.

Un grupo de trabajo especial se dedicaba a hacer de enlace entre los medios y la asamblea, así como también redactaban notas de prensa todos los días de la okupación. Éstas eran anónimas y directas. Como explican en el manual, temían de los intereses mercantiles de los medios, pues estos trivializan todo haciendo de algo político una historia morbosa y carente de contenido real. Así pues, se decidió que las notas de prensa fueran estrictamente directas, cortas, y sin escatimar en contenido teórico—las intervenciones ante les periodistas se desarrollaron de la misma forma.

Grupos de trabajo y mandatos

El manual dedica gran parte de su contenido a la explicación de la organización interna del movimiento. Los grupos de trabajo, formados por estudiantes permanentes, eran abiertos y de libre concurrencia. Cada cual decidía si entraba o salía, sus mini-asambleas eran públicas y abiertas, y cualquiera podía colaborar—aunque existieran equipos permanentes de personas trabajando en un tema. Estas mini-asambleas exponían sus decisiones y acuerdos en el Plenum, donde todo era votado de nuevo y se asignaban nuevas tareas a los grupos. Los grupos tenían relativa libertad para operar y ser flexibles. Por ejemplo, el equipo de prensa no podía estar pendiente en todo momento de lo que el Plenum opinase sobre un tema concreto, pues las notas de prensa tenían que ser escritas diariamente en una franja de 1 hora—según explican. Por lo que había una confianza explícita la cual no significa que el equipo de prensa podía hacer lo que se le antojara, pues siempre operaban en los límites de lo votado en el Plenum.

De les delegades ya he hablado—las personas que se comunican con la prensa y dan a conocer lo decidido por la asamblea general. Pero la okupación de la facultad también disponía de «mandatos», que  no es otra cosa que una delegación más prolongada en el tiempo. El equipo de prensa que escribía los comunicados, por ejemplo, era un mandato, pues era un equipo prolongado en el tiempo, estable—a no ser que el Plenum decidiese que ya no les daba confianza—, y con gran libertad de movimiento. Les delegades, recordemos, eran puestos de «una sóla vez.»

Seguridad

Éste fue uno de los apartados que más me sorprendió. Durante los 35 días de okupación, por supuesto, el movimiento requería de seguridad: evitar que se infiltrara gente de noche, evitar robo de material, mantener el orden en los pasillos… pero también limpiar, mover objetos, acomodar el auditorio para el Plenum, etcétera. «Seguridad» era otro grupo de trabajo organizado internamente en responsables de turnos. Todo el mundo era bienvenido y según nos cuentan prácticamente todes hicieron de «guardias» alguna vez—pues, de nuevo, los cargos son rotativos.

El funcionamiento de la facultad fue interrumpido durante esos 35 días, aunque ciertas cosas se permitieron: la secretaría de estudiantes, la librería, la cafetería… etcétera. Las clases «normales» fueron, como ya dije, bloqueadas, y si alguien quería impartir clase «normalmente», era el equipo de seguridad de turno el encargado de bloquear la clase por medio de la acción directa no-violenta—haciendo ruido, bloqueando la puerta, hablando con el o la profesora…

Últimas palabras

Como una reseña ha de ser concisa me he dejado muchas cosas en el tintero. No he realizado una exposición detallada de todos los grupos de trabajo existentes. Tampoco he realizado una exposición de la rutina del Plenum—la cual será familiar a cualquier persona involucrada en el movimiento libertario, pues la asamblea general no tenía nada de especial. Todos estos detalles son explicados minuciosamente en el manual, el cual no se hace ni pesado ni largo de leer.

A la persona con experiencia en asambleas le servirá de poco en el sentido «técnico», pero es sin duda una excelente fuente de inspiración y motivación. A esta persona, tal vez, la organización interna del movimiento le llamará más la atención, y seguramente sirva de ayuda en futuras acciones en las que tome parte. Por otro lado, a la persona con poca o ninguna experiencia en asambleas horizontales, este manual despertará algo en su interior. No solamente le proporcionará conocimientos inestimables, sino que le animará a organizarse de tal forma. Si algo muestra «The Occupation Cookbook» es que las cosas, si se quiere, se pueden hacer.

Paseando por Atenas (V)

Con esta entrega cierro la serie de Paseando por Atenas, y lo hago hablando de dos okupas (centros sociales) magníficas que me dejaron alucinado: Villa Zografou y Prapopoulou.

Villa Zografou

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Tras unas cuantas cervezas en Exarchia decidimos coger un autobús en Akadimias para dirigirnos a Villa Zografou, que al parecer los sábados abre un bar para recaudar dinero para les preses polítiques. Son pasadas las once y media de la noche y, como en el Estado español, es hora de salir a pasarlo bien, por lo que cuando abandonamos Exarchia hay más jóvenes entrando que saliendo—todo lo contrario a las costumbres británicas, donde resido y no me hago a la idea de empezar a la fiesta a las ocho de la tarde.

De noche todos los gatos son pardos, o eso dicen, así que no me entero muy bien hacia dónde se dirige el autobús. En el autobús nos encontramos con una amiga de mi compañera que se nos une y nos bajamos en una calle más bien grande, desde donde caminas unos minutos hasta la villa. Es un terreno enorme, de dimensiones descomunales que no me esperaba. En el trayecto me iban contando cómo era el lugar, pero desde luego no adquirió esa forma en mi mente.

Villa Zografou—que lleva un par de años, si llega, abierta—está situada no muy lejos del centro, en un barrio de calles «normales» que alguien podría esperar de algún barrio madrileño como Arganzuela o Usera. Bloques de pisos a lo atenienses—blancos, con terrazas, más bien viejos—, coches aparcados de mala manera en las cuestas de las colinas, farolas que iluminan de poco a nada… Y allí, en medio de un barrio tan «normal», un terreno gigantesco se abre paso como si nada. Accedemos al jardín delantero por una entrada abierta en la que varias pancartas y convocatorias anarquistas nos dan la bienvenida. Dos mochileros están sentados en un terraplén, hablando, y con unas cervezas en las manos. Tras unos pasos me encuentro de bruces con la imagen de la villa: una casa enorme que perteneció en su día a algún burgués muy adinerado—véase la foto que encabeza este artículo.

La primera sensación que me viene al cuerpo al subir la escalinata de entrada y situarme en el porche soportado por columnas majestuosas es la de estar entrando en la mansión de uno de los villanos de las películas de James Bond. Las palmeras en el exterior le dan un aire latino al asunto, así que esa imagen de «mansión de villano» se torna en «mansión de capo de la droga.» Cosas mías, no me hagáis mucho caso. El interior de la mansión me deja todavía más alucinado: un enorme hall, majestuoso, de película, flanqueado por estanterías donde centenares de panfletos, carteles, pegatinas, y demás propaganda libertaria descansan esperando a ser leídos. Una puerta a la derecha da la bienvenida a la fiesta. Entramos sin antes tener que ser arrastrado por mis dos guías, pues yo sigo atontado ante tanto esplendor. ¡Cómo se lo montan les compas de Atenas!

El bar es sencillo: una mesa con las bebidas y un refrigerador al lado. La bebida es barata: un euro por una lata de cerveza y tres cincuenta por un «gin and tonic.» Una caja enorme preside la mesa, es la caja para depositar tu ayuda monetaria a les preses polítiques. La sala es grande pero está tan llena que casi no se puede respirar. Un perrito pasea alegremente entre las piernas de les allí presentes. Al final nos hacemos con un sitio en un sofá y nos ponemos a discutir primero de política y luego de nuestras vidas personales—me doy cuenta que la política y la vida sexual de une son los temas favoritos de les compañeres que he conocido en Atenas. Durante la conversación mis guías, y otras personas sentadas a nuestro lado, me explican que en Villa Zografou organizan todo tipo de eventos culturales y propagandísticos: desde conciertos y charlas políticas, hasta clases de castellano y clases de tango. ¡Wow!

Como soy curioso por naturaleza, me escaqueo de la conversación y me doy una vuelta por la mansión. Esto es enorme. En mi exploración me encuentro con al menos cuatro cuartos de baño enorme. Todo está muy limpio. El piso superior alberga una tienda libre donde la gente deja cosas que ya no necesita y coge algo que le guste del montón. Hay muchos libros, casi todos en griego. También hay ropa y zapatos. En la habitación que sigue han montado un lugar de juego para les niñes, así que me encuentro un montón de juguetes desperdigados por el suelo. Luego está la oficina y una sala con chimenea donde unos sillones y sillas descansan sin ser usados por nadie. Toda la gente está en el piso bajo, así que soy el único rondando por aquí arriba—lo que hace más excitante mi «aventura.»

El lugar es realmente grande. Para acceder al piso superior tienes que subir por una de esas escaleras enormes de madera que se abren en dos en el hall, ya sabéis, de esas escaleras que se enroscan un poco y desde las que une esperaría ver bajar a Isabel Presley con una bandeja llena de bombones. Todo es de película. Mi compañera me alcanza cuando cotilleo la oficina, y me traduce uno de los carteles que más llaman la atención: es una paloma con una frase debajo que dice «no puedo pensar en un animal más sucio que la paloma, no puede ser coincidencia que sea el símbolo de la paz.» Nos reímos.

Subimos  juntos a la azotea, que es igual de increíble que el resto de la villa. A todo esto, también cotilleamos un par de terrazas que me hacen sentir como un privilegiado al divisar desde las alturas el jardín—o parque, se podría decir—del recinto. Desde la azotea se ve gran parte de la ciudad, así que las vistas son de cine. Allí nos terminamos las cervezas, hacemos un poco de manitas, y nos bajamos de nuevo al bar, donde sigo mi conversación con la gente del lugar—la juventud de Atenas se defiende bastante bien con el inglés, por lo que no tengo problemas en comunicarme.

Antes de marcharnos, ya bien entrada la madrugada, decidimos pasear por la parte trasera de la villa, donde tienen plantados unos cuantos huertos—o eso me parece, porque se ve más bien poco. Sin duda éste es un lugar único para montar un centro social okupado, y pienso que lo mismo tendríamos que hacer les madrileñes con la mansión de Esperanza Aguirre en el centro de Madrid. No me marcho, eso sí, sin coger unas cuantas pegatinas que ahora adornan con orgullo el ordenador desde el que escribo.

Ya ha pasado una semana desde mi vista a Villa Zografou, y la noticia del ataque fascista me llega por correo. Al parecer, el sábado siguiente al que estuve yo, cuando la gente de Zografou celebraba el mismo «guateque» por les preses polítiques, un grupo de nazis atacó la villa. Los agresores fueron repelidos, y no me consta de que hubiera ninguna persona herida por nuestra parte.

Prapopoulou

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Prapopoulou es una okupa situada en Halandri, un barrio de clase media-alta en el norte de Atenas. Es una casa más bien grande—pero no una villa como Zografou—con un jardín igualmente grande. Aquí le dan mucha importancia a lo ecológico: tienen varios huertos, árboles frutales, un rincón con toboganes y juguetes para les niñes, y hasta un caballo que pasta alegremente por todo el recinto.

Al parecer el terreno y la casa estuvieron abandonados por varias décadas hasta que hace unos siete u ocho años un grupo anarquista decidió tomarlo para empezar un nuevo proyecto. Mi compañera, que se dejaba caer por allí todas las semanas cuando residía en Atenas, me comenta que la okupa organiza talleres y encuentros políticos, lo que terminó llamando la atención de los nazis quienes atacaron impunemente la casa—quemando el tejado, si recuerdo bien la historia. A Prapopoulou le dicen «okupa» pero en realidad no vive nadie allí, simplemente funciona como un centro político abierto a todo el mundo. En el interior tienen una biblioteca muy bien surtida, y entre las actividades que organizan me encuentro, de nuevo, con las clases de castellano—¡menuda sorpresa la mía!

Lo orgánico y la permacultura es, al parecer, una tarea muy importante para la gente de Prapopoulou. Organizan talleres en estos temas y además animan a la gente a pasarse y echar una mano en los huertos. Mi compañera me cuenta que una de las mejores cosas es el cine: al parecer proyectan películas y en verano el jardín delantero se llena de gente disfrutando mientras les niñes juegan en los toboganes o persiguiendo al caballo. Con todo, me quedo con la labor comunitaria que hace la gente de Prapopoulou en el barrio: organizan charlas, campañas de propaganda, colaboraciones con otros grupos vecinales, distribuyen parte de los vegetales cosechados, etcétera. El centro okupado está, al parecer, muy integrado en la vida del barrio,  y no parecer molestar a sus vecines de clase media-alta. «Al contrario», me cuentan, «la gente viene y se interesa por lo que hacemos.»

Tras unas horas de cotilleo y parloteo decidimos marcharnos a comer algo. Ahora, en mi mente solo hay lugar para un pensamiento: si se quiere, se puede. Bravo por nuestres compañeres atenienses.

Últimas palabras

Mi viaje a Atenas fue, a todas luces, una experiencia placentera y llena de sorpresas. Antes de ir pensaba que mi conocimiento de la situación griega y sus movimientos sociales era bastante nutrido—más que nada por mi compañera y mis amigos más cercanos en la ciudad donde resido, que también son de Atenas y anarquistas. Sin embargo, lo que me encontré allí superó mis expectativas. Cada encuentro, cada lugar, cada experiencia… todo fue muy enriquecedor.

Aunque no todo fue bonito, claro está. La pobreza, la indigencia, los problemas sociales… todos los problemas que el capitalismo y las políticas neoliberales generan están muy presentes en las calles de Atenas. Pasear por la calles de la ciudad es una experiencia única, pero por mucho que une se concentre en pensar positivamente al final siempre se termina con la cabeza en lugares más negativos. Mujeres con niñes pidiendo en la calle mientras millares de personas pasan sin tan siquiera mirar. Alguien podría decir: «bueno, eso también se puede ver en ciudades como Madrid o Barcelona.» Sí, contestaría yo, pero en Atenas la realidad supera a la ficción. No he visto tanta pobreza junta en mi vida. Por un lado te deprime, pero por otro te reafirma en tus ideas libertarias, y esto me quedó muy claro cuando conocí a los grupos políticos de Atenas—tanto les comunistas de ARAN, como a les anarquistas de las okupas.

De todo esto saco una idea en claro: Atenas es, seguramente, la esperanza de Europa. Si un día el movimiento libertario en la Península Ibérica fue el motor anarquista del mundo, hoy día es el turno para les atenienses. Sí, elles siguen viendo a la CNT como un ejemplo a seguir, pero me pregunto si no tenemos que ser nosotres quienes tengamos que mirar hacia nuestros  hermanos y  hermanas de Grecia. Elles tienen la rabia, la fuerza, y el coraje para decir ¡basta! Solamente espero que el entusiasmo y la energía de nuestres compañeres atenienses se transmita, cuanto antes, al resto de ciudades del mundo.

Kairós: Ocupar espacios para construir lo público

Iban a ser clases, iban a ser despachos, iba a ser un museo… Muchas excusas pero una sola realidad: La antigua librería de la Universidad Autónoma de Madrid era un espacio abandonado, sin uso, lleno de polvo y escombros. Como tantos otros en la UAM, que recientemente ha inaugurado su Plaza Mayor, un pabellón de servicios con el estilo arquitectónico de los modernos centros comerciales, moles horribles que se agolpan por las circunvalaciones de Madrid. Un pelotazo inmobiliario que no cubre ningún servicio nuevo, pero cuyo coste económico y social aún está por cubrir.

Hoy ese espacio abandonado, la antigua biblioteca de la UAM, es un espacio lleno de actividades y encuentros. Un espacio de trabajo colectivo, de formación e investigación multidisciplinar, donde la política se mezcla con las relaciones sociales, los estudios, las preocupaciones económicas y las ganas de transformar la realidad. Las asociaciones de estudiantes encuentran en Kairós un local donde pueden desarrollar sus proyectos y almacenar su material; las asambleas de estudiantes y trabajadores, un lugar donde centralizar las luchas contra los recortes y en defensa de lo público; profesores, estudiantes e investigadores, nuevos modelos de aprendizaje y enseñanza, lejos de la burocracia y las líneas fijas de los programas; los revolucionarios, un espacio donde conspirar para impulsar nuevas formas de relación; y cualquiera, un sitio donde encontrarse con sus iguales, que tienen mucho de diferente por descubrir.

Hay quien ha definido la situación social actual como un tango. En el baile, uno va ocupando rítmicamente el hueco dejado por su pareja. Del mismo modo el sector privado y la cultura mercantil van conquistando el espacio que deja lo público. Kairós es también un modo de dar un giro a este baile. En un momento en que no parábamos de retroceder, decidimos dar un paso adelante. Tomar un espacio privado en los terrenos de la universidad para convertirlo en un espacio gestionado de manera directa por los trabajadores y estudiantes. Donde en apenas una semana se han dado clases, se han proyectado películas, se han montado grupos de estudio (y se ha estudiado mucho), se ha discutido de literatura y de música, se ha hablado de recortes, de grupos de consumo, de feminismo y de la legitimidad política de una acción como esta. Se ha reactivado la lucha en la universidad y se ha recabado el apoyo de profesores, investigadores, trabajadores del PAS e, incluso, de vicedecanos que nos han propuesto la realización de exposiciones, que nos han echado una mano con las charlas o incluso con la limpieza del espacio. También ha habido problemas, discusiones y roces. Por ejemplo, con cierta burocracia sindical que justifica en cualquier normativa su más absoluta insolidaridad e inoperancia. Por supuesto, con el equipo rectoral, defensores del viejo mundo, cómodos con la mercantilización e incapaces de comprometerse con la universidad más allá de lo estético.

Con todo, las relaciones construidas, que rompen con el modelo social del individuo atomizado, ya tienen de por sí mucho de positivo. Lejos de conformarnos, queremos seguir profundizando en la brecha abierta, ahora que somos cercanos y nos conocemos tenemos más fuerza. Doy personalmente las gracias a los compañeros que nos han apoyado con la difusión en radios libres, periódicos, webs y redes sociales. Nos queda mucho que mejorar y aún hay mucho por hacer.

kairosuam.wordpress.com

Paseando por Atenas (III)

Hoy publico mis experiencias del martes y miércoles—recordad que el segundo texto es solamente una parte del miércoles. En esta entrega podréis recorrer la Acrópolis, los barrios colindantes, Exarchia de nuevo, y un centro social okupado llamado Nosotros.

Acrópolis

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La Acrópolis seguramente sea la mayor atracción turística de la ciudad de Atenas. El museo, que es nuevo y está a los pies de la colina, se puede visitar con detalle en unas tres horas. La entrada cuesta doce euros, pero por cosas de leyes europeas, les universitaries de la Unión entran gratis—así que paso con mi entrada en la mano y una gran sonrisa en el rostro, que no me hace gracia apoquinar doces euros.

Si la entrada me sale gratis el café en la cafetería de museo es otra cosa—siete euros por dos cappuccinos. Eso sí, las vistas son inmejorables porque todo el café da directamente a la colina de la Acrópolis. Hace un sol radiante y una ligera brisa que nos acaricia según subimos la colina por el parque público. El lugar está rodeado de casas antiguas que rezuman poder adquisitivo, de hecho mi compañera me explica que son de las casas más caras de toda Atenas—eso salta a la vista. En uno de estos lujosos edificios que tienen como vecina más próxima a la Acrópolis, una bandera del Estado español hondea tímidamente. Es la embajada—o una oficina de la misma, no estoy yo para leer chorradas. Es lo que tiene tener una reina griega, que te da el derecho de adquirir el mejor edificio de la ciudad para tus asuntos internacionales.

El parque que duerme a los pies de la colina es precioso. Está lleno de pequeños felinos callejeros que te miran con ojos atentos desde los árboles. Pero en medio de todo este despliegue de lujos, la pobreza vuelve a aparecer en Atenas. Mujeres mayores venden diez postales a un euro para ganarse la vida. Con voz quebradiza y toda una plétora de vivas y alabanzas a Atenas soy ofrecido un set de postales, el cual adquiero gustoso porque en el museo las postales estaban a cincuenta céntimos cada una—y no podían ser más feas, todo sea dicho.

De la Acrópolis diré poco más porque podéis leer la historia en Wikipedia—he dejado el link más arriba. Simplemente mencionar que desde las alturas se puede divisar toda la ciudad en su máximo «esplendor.» Yo me sorprendo ante la apariencia de la ciudad, muy distinta a mi Madrid natal. Mi compañera suspira y dice que desde aquí arriba «te das cuenta realmente de que Atenas es una bestia.» Me paro a pensarlo dos veces y le veo el sentido: una bestia de casas blancas—y más bien viejas—que se extiende devorando el paisaje tan bonito que la rodea con mordiscos de asfalto y hormigón. La ciudad, contando el área metropolitana, no llega a los cuatro millones, pero desde la Acrópolis me parece mucho más grande que Madrid—que tiene más o menos la misma población. Supongo que las colinas y montañas que rodean a la ciudad, más el mar en un costado, hacen crecer la densidad urbana. Lo dicho: Atenas la bestia blanca.

Anafiotika, Monastiraki

Anafiotika

Tras la Acrópolis soy guiado colina abajo  hacia una parte encantadora de la ciudad, un barrio de casas bajas, con jardines pequeños, y apiñadas en calles estrechísimas. Se llama Anafiotika en honor a una isla que se llama Anafi. La estampa me recuerda un poco a los pueblos Italianos, con grandes macetas de coloridas flores en las ventanas y puertas de colores. Las paredes están repletas de graffitis—de verdad, no he visto ciudad con tanta pintada en mi vida. Pocos de ellos son de carácter político. Casi no se ve ninguna consigna anarquista. En su mayoría las pintadas son obras muy artísticas: delfines, barcos, mariposas, Atenea con su escudo y lanza…

Bajamos el barrio, que está en la loma de la colina, y pasando por cafeterías muy apetecibles, llegamos a la plaza/barrio de Monastiraki, muy cerca del Ágora. Las calles se ensanchan aquí y mi compañera me indica uno de sus sitios favoritos para comer souvlaki, que viene a ser el «kebab» griego. Con la comida en las manos reanudamos nuestro camino calle abajo hacia Thissio, y para ello atravesamos un mercado en el que venden todo tipo de ropa, ajares, camisetas de fútbol, botas de montaña… Es algo así como el rastro de Madrid pero sin tenderetes. A lo largo de nuestro paseo por Monastiraki puedo ver un gran número de gente pidiendo dinero en la calle, sobre todo señoras con niñes en los brazos. Mucha de esta gente duerme tirada en el suelo de la plaza con el brazo estirado, tieso como un palo, sosteniendo el vaso de McDonald’s donde esperan recibir unos céntimos de euro.

Thissio, Keramikos

Llegamos a Thissio y el sol me achicharra con solemnidad—el tiempo está un poco loco estos días, llueve tan rápido como sale el sol para cegarte. En Thissio paseamos por una gran calle que da a la estación de metro. Una iglesia cercana y unas ruinas antiguas son la atracción del lugar, aunque mi compañera me cuenta que la gente suele venir a pasear y a tomar algo porque está a medio camino de Keramikos. En la plaza veo una gran congregación de sintecho que hablan jovialmente, aunque observo que varios de ellos están borrachos. Son hombres barbudos, de tez morena y ropa rota. Están sentados en el césped y escalinatas de la plaza, frente a un par de cafeterías con terraza donde varias familias europeas comen e intentan ignorar a sus «morenos» vecinos. Varios hombres de etnia gitana intentan vender cosas en la calle, y a esto que pasa un sacerdote ortodoxo con su larga barba, su sombrerete negro, y su sobria túnica a juego. Esto parece llamar la atención de les turistas.

Caminando por una ancha avenida rodeada de árboles se llega a Keramikos, donde se albergaba en su día el barrio de la alfarería. Desde el camino se pueden ver la ruinas que resisten al paso del tiempo, aunque no se puede bajar porque valla te impide el paso—así que me conformo con ver e imaginar que toco las columnas ruinosas.

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En la zona de Keramikos, me cuenta mi compañera, han desarrollado una de las zonas «para salir» más de moda de Atenas. El barrio gay se encuentra en la zona, y los bares y clubes modernos se apiñan por doquier. Son como las cinco de la tarde, y las terrazas están llenas de jóvenes «muy a la moda» tomando café y cerveza. Peinados estrafalarios, gafas de marca, camisetas muy apretadas… En la plaza unos chavales de origen inmigrante juegan al fútbol y las madres observan sentadas. Según me cuenta mi guía, el barrio tiene casas muy caras y casas viejas donde vive gente humilde. El barrio está formado por edificios de dos o tres plantas más bien concentrados, por lo que volvemos a las callejuelas estrechas. Los graffitis son de nuevo una atracción, y tanto preguntar por traducciones siento que mi compañera está a punto de soltarme un bofetón a ver si me callo de una vez. Tras un rato paseando decidimos coger el metro y volver a casa.

Exarchia, de nuevo

Tras la manifestación en la mañana del miércoles decidimos dar un largo paseo por el barrio de mi compañera y luego bajamos a Exarchia para tomar algo con unes amigues. Casi todo está cerrado—por la huelga, me explica Helena, una amiga. Las calles de Exarchia a la luz de las farolas pueden ser algo intimidatorias: callejones oscuros, pintadas artísticas, pero también agresivas, sombras escurriéndose en las esquinas… Pero con todo, el barrio es un lugar seguro, según asegura mi compañera. Las calles están medio-llenas de jóvenes—anarquistas por su vestimenta—que fuman y beben sentados o de pie. En la plaza principal se congrega el mayor grupo de jóvenes. Las motocicletas están aparcadas cerca de la gente—¡Atenas está llena de motocicletas! Los canes van de un lado para otro como quieren. Pasamos el jardín okupado y entramos en un bar abierto, uno de los pocos. Por si no he hablado antes del jardín okupado digo ahora un par de cosas: es un pequeño parque donde les anarquistas están plantando todo tipo de cosas y reformándolo para que sea un lugar bonito de encuentro. La entrada y la casita que hay dentro están cubiertas de consignas políticas y más graffitis artísticos. Todo en Exarchia te recuerda que estás en territorio subversivo.

Poco hay que contar de mi experiencia en el bar, rodeado de gente hablando en griego, sin enterarme de nada, y teniendo que recurrir a mi compañera o a les jóvenes que hablan inglés para poder abrir la boca. En mis cuatro días en Atenas he podido re-confirmar que les griegues son gente muy abierta, simpática, y amigable. Tienen un sentido del humor muy parecido al que yo consideraría «nuestro», así que me entiendo muy bien con elles.

Tras despedirnos de les amigues de mi compañera nos dirigimos, hacia las doces de la noche, a un centro okupado llamado Nosotros. Es una casa de tres pisos en la que han montado un bar muy majo. El lugar es enorme, y las paredes, como no, están cubiertas de arte callejero—aunque no tan agresivo como en los muros de Exarchia. En el bar tienen mesas con tableros de juegos, libros, panfletos… incluso tienen un pequeño espacio para tocar música. Una futbolín preside otra habitación, y del piso superior no sé nada porque las puertas están cerradas—así que mi cotilleo finaliza aquí.

Según me comenta mi compañera, aquí en Nosotros se organizan conciertos pequeños, charlas, talleres, potlatchs, etcétera. De hecho, una simpática voluntaria en el bar me sugiere que me pase un día de estos a cocinar algo típico castellano. Le digo que van listos si quieren que les cocine algo, pero ella insiste y me dice que en la «cocina comunal» todo es bien recibido, esté bueno o malo, y que si tiene el añadido de ser «de fuera» pues que mucho mejor. Me lo pienso y acepto a medias con la condición de que no quiero quejas si la comida no gusta. Ella sonríe y me invita a pasarme cualquier día a la hora de la comida para cocinar.

Nos tomamos unas cervezas con un dulce típico de Grecia que la gente de la okupa ha preparado, y tras esto plegamos el ala y nos marchamos a casa. Un día muy interesante, sin duda. Mañana me espera un «tour político», es decir, me van a llevar a ver varias okupas y a conocer las actividades que hacen allí. Atenas cada vez me gusta más.

PD: añadir que de vuelta a casa desde Exarchia tuvimos que pasar por el barrio de las universidades—donde se encuentra la facultad de Derecho y Ciencias Políticas, una de las más activas en el movimiento comunista. Aquí es donde decía el otro día que la policía ha metido a todos los elementos problemáticos del centro de la ciudad. Con tan sólo pasear por la avenida los puedes ver consumiendo, bebiendo, trajinando… Según me contaron el otro día, esto lo hacen para debilitar al movimiento juvenil que se solía encontrar allí, y que ahora, por ser demasiado peligroso, se han tenido que mover más al interior de Exarchia.

Compañeros de la FAGC detenidos por liberar inmuebles para familias desahuciadas

ACTUALIZACIÓN: Los dos compañeros son condenados a pagar cada uno una multa de 60 euros por Desobediencia y Resistencia a la autoridad. Esa es la tarifa que cobra el Estado español por cada sesión de tortura.

La Federación Anarquista de Gran Canaria, junto a varios colaboradores altruistas, lleva tiempo, a través de su Grupo de Respuesta Inmediata Contra los Desahucios, liberando inmuebles abandonados para dar cobijo a todas aquellas personas y familias que carecen de techo, bien porque sean víctimas de la hipoteca o el alquiler, bien por pobreza endémica.

Mientras se encontraban en el municipio de Telde (día 12 de Enero) y se dedicaban a las labores de limpieza de dos nuevos inmuebles liberados (unas oficinas prefabricadas abandonadas desde hace años, construidas por una promotora en quiebra y actualmente en concurso de acreedores) con el fin de dar techo de forma urgente a dos familias (una recientemente desahuciada, la otra al borde de serlo), la policía se personó en el lugar. Sin más explicaciones, y alegando que se les acusaba de robo, las fuerzas represivas irrumpieron en la vivienda (sin invitación previa) y de forma agresiva y amenazante empezaron a hostigar a los compañeros. Se suceden las amenazas (como la de esconder dentro de la vivienda a uno de los compañeros, para, según las palabras textuales de los agentes: “poder pegarle sin que lo vean los vecinos”), los comentarios insultantes y denigrantes (“guarros, hippies, piojosos, etc.”), hasta que finalmente se pasa a detener a dos de los compañeros aplicando las máximas dosis de violencia gratuita e innecesaria (por ejemplo, se incrusta la cabeza de uno de ellos contra la pared y se le ponen las esposas lo más ajustadas posibles, bajo la orden de: “que no haya holgura, apréstaselas a ese hijo de puta todo lo que puedas”). Este mismo compañero es separado del resto y cuando consiguen tenerlo lo suficientemente lejos, se le dirige una nueva batería de amenazas que van desde indicarle que se va a hacer todo lo posible por “trincarlo desprevenido” en la calle cuando vaya con su familia, hasta recordarle la utilidad que la policía nacional sabe hacer de sus pistolas.

Los dos detenidos son dirigidos a comisaría. Uno pasa primero por el Centro de Salud donde da cuenta de las contusiones sufridas, sobre todo en el hombro, hasta el punto de que es necesario pincharle diversos analgésicos. Mientras el otro compañero es llevado a comisaría donde comienza una sesión de golpes que raya en la clara e inconfundible tortura. En la sala de interrogatorios, entre insultos (“cerdo, escoria, cabrón”, etc.) y los más extravagantes comentarios (“en Telde no queremos basura; no vamos a permitir que esto se llene deokupas; ustedes son aún peores que los del 15-M, son anarquistas”, etc.), comienzan los golpes directos, los zarandeos, los agarrones del cuello (cuando por ejemplo tratan de evitar que uno de los detenidos retire la batería de su móvil antes de entregarlo [junto al resto de sus enseres]. Afortunadamente, no consiguen impedirlo), los puñetazos y patadas. Después de la sesión de golpes, el “prisionero” es finalmente llevado al Centro de Salud. Allí, una doctora displicente rellena el parte sin separar su vista del papel y sin auscultar al paciente. Según la facultativa, las siguientes imágenes correspondían a un sujeto al que “no le había pasado nada”:

El compañero comenta cómo le sorprendió que los usuarios de dicho ambulatorio no se asustaran al ver a dos personas con armas de fuego en la cintura, y sí al ver a una con esposas en las muñecas.

Mientras, el otro compañero es sometido a un largo interrogatorio en el que se repiten los insultos constantes (“perro, parásito”, etc.), los ataques y vejámenes, y, que nadie se haga el sorprendido, los “¡vivas!” a Franco y a su época. Finalmente ambos son introducidos en el calabozo, recordándoseles recurrentemente que se les va a tener retenidos hasta cumplir el máximo de 72 horas.

Finalmente, son sorprendentemente puestos en libertad con cargos después de 5 horas de privación de libertad forzada. Los cargos que se les imputan (y he aquí lo más interesante del caso), y por los que tendrán que comparecer ante el Juzgado de Instrucción Número 3 de Telde, el próximo lunes 14, con motivo de un juicio rápido, no están en modo alguno relacionados con la okupación (ni allanamiento de morada, ni usurpación, ni ocupación ilegal, ni nada por el estilo), y se reducen a DESOBEDIENCIA y RESISTENCIA.

Los compañeros pudieron llegar, aunque bastante tarde, a la enriquecedora Asamblea de Inquilinos y Desahuciados convocada para ese mismo día. Asamblea que les dio su aliento y ánimo. En la misma tuvieron la ocasión de exponer sus conclusiones: la policía poco puede hacer judicialmente cuando se ocupa lo que no es de nadie, lo que nadie reclama; este tipo de incidentes sólo refuerzan la convicción de que hay que continuar y reforzar la vía trazada, hasta convertirla (tal y como acabó bosquejándose en dicha Asamblea, a la que acudieron personas de toda condición y edad) en una herramienta que propicie la okupación pública y masiva, en la que se implique a la vecindad del barrio en el que esté inserta la vivienda liberada.

El Grupo de Respuesta Inmediata Contra los Desahucios es hoy un poco más fuerte; la 1ª Asamblea de Inquilinos ha sido un fructífero primer paso para poner los cimientos de la 2ª (ya reclamada); muchas personas, generosas, anegadas y comprometidas, están hoy dispuestas a sumarse a una iniciativa integral que, más allá de las ideologías y creencias de cada uno, une a mucha gente diversa con el objetivo común de aplicar la Acción Directa y el Apoyo Mutuo para auto-capacitarse, inter-ayudarse y poner los mimbres de una realidad nueva que socave al actual Sistema.

 “Nuestras necesidades animales han sido definidas hace tiempo y consisten en alimento, habitación y abrigo. Si la justicia tiene algún sentido, es inicuo que un hombre posea lo superfluo, mientras existan seres humanos que no dispongan adecuadamente de esos elementos indispensables” (William Godwin, Investigación sobre la Justicia Política, 1793).

P.D: A todos aquellos que recomiendan que los compañeros denuncien, estos mismos compañeros quieren poner en su conocimiento: “Nuestra forma de denunciarlo es ésta. Haciéndolo público, denunciándolo de viva voz, dándolo a conocer, evidenciándolo. Nosotros respetamos y apoyamos siempre a quienes denuncian este tipo de actuaciones, pero, a título personal, pensamos que no ganamos nada denunciando ante las instituciones a los propios garantes (la policía) de que estas instituciones sigan en pie. Primero porque sabemos que no servirá de nada (ya saben el dicho: “perro no come carne de perro”); segundo, porque la justicia que nosotros exigimos no puede proporcionárnoslas los tribunales con sus multas, castigos y sanciones. La justicia que nosotros nos damos es la de dar a conocer que en las comisarías y calabozos del Estado español se tortura; es la de evidenciar lo injusto que es que persista existiendo un cuerpo represivo como la policía que sólo sabe introducir en los conflictos humanos aún más violencia; es la de convencernos a todos de lo inconveniente que resulta consentir que un grupo humano armado y legitimado –con el monopolio de la violencia en sus manos– intente atajar las tensiones sociales de forma compulsiva; es la de persuadirnos a todos de lo innecesaria y peligrosa que es la existencia del cuerpo represivo de la policía, hasta que comprendamos que lo mejor para todos es que desaparezca”.

http://www.anarquistasgc.net/2013/01/dos-miembros-de-la-fagc-son-detenidos.html

Si el fascismo ataca, es que lo estamos haciendo bien

En los últimos días la policía fascista de Atenas ha detenido a más de un centenar de compañeres anarquistas que defendieron con admirable dignidad las okupas de Villa Amalias y Skaramanga. La primera, con más de dos décadas de servicio libertario, construyendo tejido social en el barrio, ofreciendo cultura libre y crítica, sirviendo como punto de encuentro para las personas libertarias de todo el mundo, fue doblemente asediada por los matones a sueldo del Estado griego.

Villa Amalias tras ser asaltada por la policía volvió a ser re-okupada con heroica valentía aprovechando que las fuerzas represoras del Estado se «entretenían» con una sustancial masa de anarquistas que protestaban y resistían en las afueras. Pero me temo que no duró demasiado, ni durará, pues si el Estado griego quiere ahora tirar abajo Villa Amalias usando su policía fascista—el adjetivo no es gratuito, todes sabemos las conexiones de la policía ateniense con el partido nazi Amanecer Dorado—es porque está asustado. Nos tienen miedo.

Y esto significa que lo estamos haciendo bien. Que la resistencia al capitalismo y al Estado opresor está funcionando. De otra forma no hubieran esperado veintidós años para cerrar Villa Amalias, pues los negocios y especulaciones con el inmueble que okupa siempre han estado ahí, presentes bajo la sombra de los avaros capitalistas.

Saben que es el movimiento anarquista en toda Grecia el que planta cara a los nazis que el Estado usa para suprimir las voces que se alzan en contra de sus medidas de ajuste económico. Saben que son libertarias y libertarios los que salen a la calle, sin miedo y con decisión, a parar los pies a los matones fascistas que apalean inmigrantes y  homosexuales. Saben que somos nosotres, y no lxs comunistas que mucho hablan pero poco  hacen en Grecia, quienes salimos a las calles a decir «¡ya basta!», a defender la libertad del género humano en nuestros intentos de recuperar una dignidad que nos fue arrebatada largo tiempo atrás.

La lucha de les compañeres de Atenas y de toda Grecia es también nuestra lucha. La solidaridad es una de nuestras armas más poderosas, pero no nos confundamos: es solidaridad sincera, porque identificamos su  lucha con nuestra lucha, porque identificamos su resistencia con nuestra propia resistencia. El Estado es el Estado sea griego o español. Sus fuerzas represoras son las mismas allá donde vayamos.

Si atacan con tanta fuerza les fascistas es porque lo estamos haciendo bien; porque estamos diciendo las cosas claras dejando sobre la mesa nuestras exigencias, que no pueden ser otras que globales, internacionalistas, y anticapitalistas. Sacarán a las personas de Villa Amalias a base de palos y violencia. Pero no conseguirán jamás sacar la justa rabia de nuestros corazones libertarios.

¡Arriba les que luchan!

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