El papel de la organización anarquista

 Traducción de los acuerdos del WSM (Workers Solidarity Movement) aprobados en octubre de 2014.
Texto original: Role of the Anarchist Organization

Nota: Aunque estos puntos sean acordados en el contexto irlandés, pienso que sería igualmente interesantes para tomarlos como una pequeña aportación de cara a construir y fortalecer un movimiento anarquista organizado:

1. Popularizar la idea de que una sociedad anarquista es deseable y alcanzable si mucha gente se organizase por ello.

2. Potenciar el uso de la metodología anarquista en el día a día organizando sus esfuerzos.

3. Visibilizar la naturaleza de clase de la sociedad capitalista y demostrar que la organización de clase es fundamental para derrocar el capitalismo y crear una nueva sociedad.

4. Demostrar las conexiones entre los problemas por las que la gente lucha y cómo esas luchas no siempre están aisladas unas de otras.

5. Fomentar el rigor en los métodos y análisis de la organización como un cuerpo colectivo en lugar de una colección o conjunto de individualidades.

6. Actuar como estructura sobre los que se podrán formar rápidamente nuevas redes.

7. Conservar los contactos procedentes de una lucha para transportarlos a otras.

8. Mantener la experiencia de una lucha para transmitirla a otras.

9. Recopilar noticias e información de la comunicación con las grandes redes de personas y presentar esa información para las nuestras.

10. Participar constantemente en los debates colectivos y análisis de cara a desarrollar una comprensión más profunda de los retos y oportunidades.

11. Transmitir estos análisis a un gran círculo de personas interesadas.

12. Actuar como centro de entrenamiento para acumular y transmitir las habilidades esenciales para el desarrollo de redes.

13. Traer entre todos y todas las experiencias de una amplia gama de luchas a través del tiempo y el espacio para desarrollar y propagar un análisis intersectorial completo del cambio que es requerido.

14. Desarrollar las SOP (Procedimientos Operativos Estándar, algo que supongo que será similar a los principios, tácticas y finalidades) para maximizar los resultados de la organización de los esfuerzos y preparar a los miembros en su uso.

15. Construir grandes redes de comunicación tanto en términos de infraestructura como también en la propagación de la verdad.

16. Acumular recursos en la forma de espacios físicos, equipos y fondos, para que la infraestructura esté disponible sea para el curso de la organización como en el auge  de la lucha.

17. Crear más y más redes entre personas quienes están convencidos de que el capitalismo debe ser sustituido por el comunismo libertario.

18. Preparar os miembros y organizadores capaces de:

  • Motivarse para una fuerte administración.
  • Prepararse mediante una serie de habilidades.
  • Comunicarse efectivamente tanto mediante la palabra como en lenguaje escrito.
  • Pensar críticamente de manera colectiva.
  • Tomar decisiones colectivas bajo presión.

19. La organización revolucionaria necesita ser escalable. Eso es lo que necesitamos, y preparar métodos que serán útiles para desarrollar unos procedimientos organizacionales e integrar un número significante de nuevos miembros en períodos relativamente cortos de tiempo.

Madurar políticamente

Ya nos divertimos suficiente, es hora de ponerse las botas y desfilar. Hemos dejado de  ser críos y crías odiosas de la ESO, o saliendo de sus últimas etapas. Comenzamos a dejar atrás el irracionalismo y los impulsos, a controlar los vaivenes emocionales. La etapa adolescente es volátil, vivimos una vida intensa y dinámica, con aventuras y desventuras. pero todo fue efímero. O no. Hay ocasiones en que la fiebre adolescente perdura incluso pasados la mayoría de edad. Y ahí nos dicen que maduremos, que dejemos de llorar e idealizar mundos porque la realidad es así y tal pascual. No fallan, atinan de lleno cuando una y otra vez chocamos con muros de muy diversos materiales: la empresa, la precariedad, la familia, las leyes… Luego la realidad no es lo que imaginábamos ni que sería fácil saltar o derribar muros. No, la realidad es ésta y no la que nos imaginamos. La realidad material son muchas cosas pero solo hay una y es el entorno material que nos rodea, el tablero en donde nos movemos y quien no sabe jugar la partida, caerá al abismo, a la miseria, se baja o les bajan al subsuelo. Pues así pasa con la política. O espabilamos o nos comen.

Hace tiempo hice una serie de viñetas titulado ‘Infantilismo político’ en la cual hice una crítica a ciertas actitudes que impedían la construcción de movimiento, de hacer política racionalmente y de manera sensata. Sin embargo, queda incompleta en cuanto falta una crítica constructiva en general y es de lo que quiero tratar aquí, aprovechando también para añadir otras cuestiones más. Con madurar políticamente no me refiero a renunciar a las ideas revolucionarias, como nos suelen reprochar nuestros padres o madres o cualquier persona adulta para que las dejemos. No. Madurar políticamente es pensar con la cabeza y mente abierta, y no repitiendo consignas y clichés prefabricados; es dejar las abstracciones ideológicas y pisar la realidad material; es saber analizar el entorno y las dinámicas sociales, las situaciones económicas y políticas desde un punto de vista imparcial, y también saber dar unas respuestas a ellas, cómo afrontar situaciones presentes en esta realidad sin perder las aspiraciones futuras. Continuamente debemos estar repensando los conceptos y actualizar los puntos de vista, así como ampliar conocimientos. Por ello, temas como el de la violencia, las relaciones con la sociedad, otros movimientos sociales y otras corrientes políticos, la relación con otras ramas del conocimiento como las ciencias, en las cuales están incluidas las matemáticas, la física, la química, la biología, sociología, etc, deben tratarse con mayor profundidad. Comencemos:

El asunto de la violencia y no-violencia lo he tratado ya aquí y la conclusión no es solamente violencia ‘sí’, sino que las tácticas deben partir de la estrategia teniendo en cuenta factores como el grado de presencia de tendencias políticas y movimientos sociales, su historia, las reivindicaciones, y acorde a tales, optar por la violencia o no. Si no se mira más allá del estallido violento, correremos el riesgo de apoyar protestas liberales y neonazis.

Respecto a la relación con el resto de la sociedad. No somos ni deberíamos ser grupos herméticos, individualidades excéntricas y aisladas del resto de la gente corriente y moliente (léase personas sin una orientación política clara). Guste o no, vivimos en sociedad y nos relacionamos con gente cercana en nuestro entorno que no siempre comparten nuestras inquietudes. Hay que destruir los clichés, estereotipos y mitos que nos hacen como seres extraños que viven en su burbuja y solo viven del pillaje o de los padres. Somos mortales de carne y hueso, estudiamos, trabajamos, tenemos nuestros vicios y aficiones, etc, pero somos personas como las demás y no vivimos de ideales. Eso sí, con la diferencia de que tenemos cierta conciencia política aunque esto no quiere decir que podamos sentirnos superiores moralmente.

Respecto a otros movimientos sociales, pues más de lo mismo. Ni los movimientos sociales nacen anarquistas ni los y las anarquistas somos movimiento per se, ni somos la única fuerza política en el escenario político., y por supuesto, no podríamos hacer la revolución sin bases sociales, sin movimientos sociales y sin ser actores políticos. No hablo de zambullirnos en ellos y mezclarnos en las masas, sino de entender su desarrollo, trayectoria, reivindicaciones, perspectivas, etc para ver cómo podemos impulsarlos y dotarlos de orientación política a través de nuestra participación y aportación en las luchas que se den. Además, es necesario que nos organicemos a nivel político, y a la vez que caminamos junto con otros movimientos, construir nuestro propio movimiento y demostrar la utilidad del anarquismo como herramienta política y social transformadora.

Igualmente añado aquí algo con respecto a otras tendencias políticas dentro de las corrientes revolucionarias. Aquí hay que ver con quiénes podemos compartir acciones comunes o con quiénes mantenernos neutrales. Sería un error centrarnos en combatir un enemigo que no resulte una amenaza real para nuestro movimiento, ya que dicha amenaza viene del Estado y el sistema capitalista. En todo caso, las circunstancias dirán.

Por último, pienso que es importante tomar el tema de las ciencias con mayor rigor y seriedad. Es cierto que hoy en día la ciencia y la tecnología está al servicio del status quo, o, dicho de otra manera, que juega en favor de los intereses de la clase dominante, y podemos encontrar casos como la biología que justifica el darwinismo social o que justifica la dominación heteropatriarcal, la tecnología no respete el medio ambiente, la física se use para fines militares, las matemáticas para el cálculo del beneficio económico, etc. No obstante, es un grave error pensar que por el hecho de que las ciencias sirvan a los intereses de la clase dominante, las tengamos que rechazar y huir hacia las pseudociencias y el misticismo, al rechazo irracional del método científico aplicado al análisis social y político, al idealismo. Todas las ramas del conocimiento científico pueden servir a una clase social u otra dependiendo de cuál sea la dominante o hegemónica. Esto quiere decir que es otro espacio de disputa: la Ciencia.

Por tanto, las ciencias también están politizadas y la postura más acertada es intentar recuperarlas y ponerlas al servicio de la clase trabajadora y los productores y productoras. Así pues, mediante la biología podemos demostrar que es el apoyo mutuo el garante de la supervivencia de las especies, que el sexo no condiciona el género; que podamos desarrollar tecnologías no contaminantes; que podamos usar la física para fines no militares; que las matemáticas sirvan tanto para visibilizar las desigualdades económicas y sociales en el sistema capitalista, como para calcular la redistribución y reparto de la riqueza adecuadamente en una economía socializada, etc…

En resumidas cuentas, la política no es un juego de niños y niñas. Suena demasiado obvio decirlo pero parece que ciertas personas que se autodenominan anarquistas no se den cuenta de ello. La razón por la que los adultos nos tachen de infantiles es porque el anarquismo es visto por otras personas ajenas al movimiento, no como una alternativa política real como lo fue hace un siglo, sino como una estética de rebeldía juvenil. Si los y las anarquistas actuásemos en el seno de la sociedad como una alternativa política seria, construyendo e impulsando movimientos sociales autónomos, organizándonos en todos los ámbitos (social, sindical, barrial, político-ideológico), aportando propuestas políticas tanto inmediatas como futuras, conectando todas las luchas sociales, ganando pequeñas victorias en las luchas actuales, creando espacios autogestionados, etc; en vez de hacer adulaciones al caos y la destrucción o encerrarnos en abstracciones ideológicas y el ‘antitodo’, lo más probable es que bastantes personas dejen de tacharnos de soñadores inmaduros, con la excepción de nuestros enemigos y enemigas que estarán para infantilizarnos. Pero lo anterior es secundario, la clave está en convertirnos en un movimiento de clase diverso, autónomo y real, capaz de realizar cambios en la realidad material y acentuar la lucha de clases mediante una política anarquista. Aspiramos a la revolución social, pero no en los patios de recreo y en la perfección del mundo de las ideas, sino en el seno de la clase trabajadora siendo un actor político referente para todas las luchas.

La desorganización y otros cánceres

Qué bello es soñar con un mundo anarquista en armonía y libertad, ¿verdad? Ver que el viejo mundo capitalista se consume en llamas y ser parte de la gente bailando al son de la revolución social debe ser maravilloso. Tan maravilloso como para hacerse pajas con el individualismo, la violencia callejera, la estética rebelde o el nihilismo. Pero estos sueños infantiles solo son el consuelo de la impotencia en que nos vemos actualmente sumergidas ante la agudización de los conflictos sociales en medio de la tempestad neoliberal. De lo que un siglo atrás fue un movimiento amplio, diverso y revolucionario, hoy quedan sus restos que yacen desperdigados por el mundo entero, salvo honrosas excepciones donde brotan y crecen movimientos anarquistas prometedores.

La realidad material, al margen de las interpretaciones subjetivas de la misma, siempre será el escenario del que no podremos bajarnos, salvo recurriendo al suicidio, en donde la huida solo supone una salida a la desesperada y que tarde o temprano nos pillarían con el culo al aire. Y es que hoy por hoy vemos en el mundo cómo están masacrando a los pueblos: Gaza, Cisjordania, la comunidad yezedí atrapada en el monte Sinjal por el ISIS, el pueblo ucraniano, el reciente asesinato de Michael Brown y la represión militarizada en Ferguson… y cómo la dignidad rebelde de los pueblos combaten esas opresiones: las comunidades zapatistas, el pueblo kurdo de Siria y Turquía, las milicias antifascistas, las Brigadas Internacionales en Donbass, Donetsk y Lugansk… Para luego volver aquí y ver cómo derriban CSO sin esfuerzo, la impunidad de los violadores, corruptos, narcotraficantes y demás parásitos sociales, cómo endurecen el Código Penal, y cómo el fascismo avanza en el Estado Español y en Europa ante un movimiento obrero mayormente desorganizado. Nos preguntamos. ¿Dónde están los y las anarquistas? ¿Dando guerra a todas las injusticias sociales? ¡No! ¡Que si luchas reformistas, que si autoritarismos! ¡Que además del lastre que llevamos tengamos que lidiar con los machismos —pues son los que realmente dividen a la clase trabajadora y el movimiento— en nuestros espacios! Y quienes se mojan realmente, esos y esas que, con todos sus defectos, están en los sindicatos dando la cara, parando desahucios, llevando CSO adelante, en las asambleas estudiantiles, defendiendo los servicios públicos, etc sean tachadas por los guardianes de la ortodoxia y ciertos insurreccionalistas de reformistas.

Tras haber traducido la entrevista al anarquista de Donetsk, haber leído los comunicados de los brigadistas que fueron a combatir con las milicias antifascistas del este de Ucrania¹, ver cómo están haciendo la revolución social en Rojava, Kurdistán sirio, y sus milicias (YPG e YPJ) combatiendo contra ISIS, entre otros movimientos como el estudiantil chileno o las zapatistas; y luego reflexionar haciendo un balance de todo esto, no puedo sino señalar y criticar el maldito cáncer que arrastra el actual anarquismo: la desorganización. Y a todo ello le sumamos la verborrea incendiaria del caos y la violencia, las estéticas de tribus urbanas, los ramalazos puristas, el machismo y demás cánceres que no hacen más que tirar en la dirección opuesta y llevarnos a la marginalidad. Es triste ver que lo que podría ser una fuerza revolucionaria referente en la lucha de clases, se vea en buena parte de los países capitalistas avanzados, fragmentado en átomos (con sus excepciones, claro). Es triste ver cómo ciertos sectores le hacen el juego a la burguesía asumiendo que el anarquismo es violencia, caos, destrucción y terrorismo. Es triste ver que solo se haga política para el ghetto y no para los movimientos populares. Es triste ver cómo todo marcha mientras muchas de nosotras nos quedamos atrás.

A pesar de todo, tengo esperanzas en que algún día ya no tenga que escribir más sobre esto, que el problema de los elementos anti-organizacionales en el anarquismo sean historia. Pero no basta con esperar, hay que construir movimiento haciendo del anarquismo una herramienta práctica, útil y creadora, que potencie las estructuras horizontales en la lucha social, que aporte soluciones a las necesidades inmediatas y nos defina a la vez proyectos de futuro, y que a través de los movimientos sociales articulemos un anarquismo organizado para la lucha de clases. No cometamos el mismo error del anarquismo en la Revolución rusa de 1917, que fragmentado y desorganizado, fue superado fácilmente por el bolchevismo. Aún estamos a tiempo de ser otra vez movimiento social y fuerza política. Ahora más que nunca, ¡anarquismo social y organizado!

 ___________________

1- Aquí y aquí

Las miserias de la marginalidad política

Antes que nada, aunque el título pueda parecer una respuesta al artículo de La Colectividad (aquí), en realidad no lo es expresamente. En este artículo pretendo expresar la necesidad de salir del estancamiento y el inmovilismo, causa además de que seamos una corriente ideológica marginal, que llevamos años arrastrándolo desde el desmoronamiento del movimiento libertario de los años ’70 y ’80 en el Estado español.

Cuando las aguas de un río se estancan empiezan a pudrirse. El mismo charco de agua que día tras día cambia de color y se hace más pequeño. Nadie le importará ese charco, salvo unos biólogos aficionados que van allí a recoger muestras. De esas aguas no beberá ningún ser vivo que no sean simples bacterias y algunos hierbajos. No así pasa con las aguas que fluyen, rápidas en las montañas y calmadas en las llanuras. Pero que constantemente fluyen y en ocasiones llegan a desbordar. Cada segundo se renuevan y en torno a ellas se nutren una gran variedad de seres vivos. ¿Qué demonios tiene que ver esto? Pues bien, una buena parte del anarquismo actual en el Estado español constituye uno de esos charcos malolientes que un día fueron riachuelos, arroyos e incluso grandes ríos de aguas bravas. Después de cuarenta años de dictadura franquista y un plus de más de treinta y cinco años de dictadura capitalista, todavía siguen esas aguas estancas que se niegan a fluir para seguir actuando de depósito de sedimentos de toda clase. Y desde ese montón de mierda reprochan a ciertos militantes que empiezan a navegar por aguas dinámicas, usando toda clase de improperios contra quienes formamos ríos.

Dejando de lado las metáforas, parece ser que no hemos sabido encajar las duras derrotas en el pasado siglo, cuando el movimiento obrero y el movimiento libertario estaba en su apogeo en el viejo continente. Ahora nos quedamos, por un lado, con resquicios de mitos y formas de hacer política anquilosadas que languidecen sin saber adaptarse a las nuevas dinámicas sociales, encerrándose en una suerte de «anarquismo oficial» únicamente con el objetivo de mantener su pureza ideológica y la organización por la organización. Y por otro, el insurreccionalismo que, pese a haber criticado esas viejas fórmulas anarquistas, no aportó realmente aires nuevos de cara a la lucha social, sino palos de ciego como muestra de desesperación e impotencia ante la incapacidad de sacar el anarquismo del anquilosamiento. Así seguimos erre que erre tropezando con la misma piedra y tirándonosla entre unas y otros mientras contemplamos desde los márgenes cómo crecen el ciudadanismo y la izquierda institucional ante la perplejidad, la confusión y desorganización de los movimientos revolucionarios, entre ellos el anarquista. ¿Por qué no estamos en primera línea desde que estalló la crisis capitalista? ¿Por qué una buena parte de sectores anarquistas siguen sin ser un movimiento social ni una fuerza política?

La teoría puede ser perfecta y pura donde todo puede marchar sobre ruedas en un entorno ideal, donde quienes la escriben pueden jugar a ser Dios determinando que a dicha estrategia le sigue tal consecuencia y si no es así, estará condenado a fracasar de antemano. Pero la praxis es bien distinta y muy condicionada por la coyuntura en que se desarrolle. Por eso aquí muchos y muchas resbalan. La incapacidad de conectar una teoría con una praxis, y que ambas se retroalimenten, que suponga salir de la marginalidad sin perder el norte es una gran debilidad por nuestra parte. Pero ya no es solo en la teoría, sino también en la praxis. En muchas ocasiones, no sabemos comunicar nuestro mensaje al resto de la sociedad, siquiera a nuestro entorno cercano ni a los movimientos sociales locales. Es más, nos autoaislamos tratando siempre de diferenciarnos del resto mirándoles por encima de sus hombros. Que ellos son reformistas y nosotros los revolucionarios y si no se nos unen es que son cobardes, ignorantes, reaccionarios o simplemente eso, reformistas.

Sin embargo, una mirada hacia otras partes del mundo nos aclarará quizá mucho las cosas y podamos tomar de ellas soplos de aire fresco para nuestras praxis en el aquí y en el ahora. Un repaso, por ejemplo, al anarquismo organizado en Latinoamérica podemos ver el grado de avance que existen en sus luchas y su presencia en las luchas sociales. Este es el caso de la FeL Chile como una importante fuerza estudiantil de inspiración libertaria, aunque actualmente, por desgracia, haya optado en parte por participar en las elecciones. No queda atrás tampoco el EZLN, que aunque no se declaren anarquistas ni sus formas tampoco tengan la aprobación de los guardianes de la pureza ideológica, son un paradigma de lucha muy respetable y su organización social y política evolucionó hacia el socialismo libertario. Cabe señalar igualmente la lucha pueblo kurdo, un pueblo sin Estado-nación de Oriente Medio y organizado bajo el confederalismo democrático que se inspira en el municipalismo de Bookchin y tiene bases socialistas libertarias, ecologistas y feministas.

También la historia está allí para que extraigamos de ella las lecciones más importantes y no para que la glorifiquemos o la olvidemos. Mencionaré principalmente los casos de la Revolución Rusa y la Revolución Social del ’36 por ser casos más conocidos y posteriormente extraeré de ellas las conclusiones:

-Caso de la Revolución Rusa.

¿Por qué los bolcheviques llegaron a ser la primera fuerza política en la revolución? En el período revolucionario comprendido entre febrero y octubre de 1917, los bolcheviques eran otra fuerza política más entre las otras que había como los mencheviques, los socialrevolucionarios de izquierda (SR) y los anarquistas. Los bolcheviques siguieron entonces una estrategia distinta a cuando llegaron a tomar el poder político y estuvieron organizando los soviets en base al lema «todo el poder para los soviets», mostrando además un cierto rechazo al Estado y favorable a la democracia obrera de los soviets, reivindicaciones que entrarían dentro del socialismo libertario. Cuando los mencheviques y el ala derecha de los SR salieron de la escena revolucionaria, quedaron los bolcheviques, el ala izquierda de los SR y los anarquistas. Éstos primeros, apoyados en los soviets y el haber estado más organizados que los anarquistas -que al estar fragmentados, no haber levantado una organización política y no construido una fuerza política entre los soviets, no tuvieron esa capacidad para saltar al escenario como fuerza mayoritaria- y los SR de izquierda, en el momento que derrocaron el gobierno provisional, pudieron los bolcheviques tomar el poder político con el apoyo de los soviets. Entonces, cuando comenzaron a organizarse los anarquistas, ya era demasiado tarde porque los bolcheviques ya tenían la sartén por el mango, comenzaron a reprimir a la disidencia y ganaron muchos más adeptos a su partido.

No nos podemos olvidar aquí de la makhnovitschina. Al contrario que los anarquistas rusos, parte de los y las campesinas del sur de Ucrania se levantaron contra el saqueo que se produjo por la entrada de los austro-alemanes a consecuencia del tratado de Brest-Litovsk. Desde entonces, comenzaron a organizarse destacamentos guerrilleros que posteriormente, formaron el Ejército Negro encabezado por Néstor Makhno, hijo de campesino que abrazó el anarquismo en la adolescencia. El movimiento makhnovista suscitó muchas críticas por parte de intelectuales anarquistas, que llegaron casos en que dejaron de apoyarlos por no verlos como anarquistas. No obstante, mucha población campesina que no tenía muchas afinidades con el anarquismo dieron su apoyo al makhnovismo. El peso militar, la organización del ejército y las pocas experiencias de construcción de una nueva sociedad podrían ser una de las razones por la cual ciertos anarquistas se mostraron escépticos. Sin embargo, la coyuntura de guerra constante que amenazaba la libertad de la población campesina y obrera libre obligaron a que el makhnovismo dedicase más esfuerzos en frenar a la reacción tanto monárquica, capitalista y bolchevique. Pese a la dureza de la situación, en los territorios liberados sí existieron labores constructivas de organización de la producción y creación de cultura popular, aunque se encontraban constantemente amenazadas y saboteadas por la reacción.

-Caso de la Revolución social del ’36

Como bien sabemos, a la llegada del golpe militar orquestado por los generales Mola y Franco, en zonas donde la CNT-FAI era la fuerza mayoritaria, el levantamiento militar fracasó. Esto se debe precisamente a un trabajo previo de más de 30 años en el ámbito sindical llevado a cabo por la CNT, sin olvidar el campo cultural, pedagógico y político que desarrollaron los y las anarquistas de aquellos tiempos. Pero en la CNT no se metían solo los y las anarquistas, sino simplemente trabajadores que vieron en la CNT un sindicato que realmente defendía los intereses de la clase trabajadora. Las colectivizaciones no hubiesen sido posibles de no ser por ese trabajo de base previo a la revolución social, de la organización a nivel social y la orientación política libertaria. Aun así, el grandísimo error que cometieron la CNT-FAI fue no abolir la Generalitat cuando llegaron a ser la primera fuerza política en Catalunya y no haber creado un programa político propio para no tener que colaborar con el gobierno burgués de la república.

Aunque la historia es historia, en ambos casos podemos extraer unas valiosas lecciones: el anarquismo necesita ser un movimiento social organizado para llegar a ser una fuerza política que dispute la hegemonía al resto de fuerzas políticas. En la revolución rusa, a causa de la desorganización del anarquismo, pereció y lo pagó bien caro. En cambio, no ocurrió lo mismo con el movimiento makhnovista, levantado principalmente por campesinos y campesinas en armas pero finalmente fueron derrotados por el bolchevismo; ni con la revolución social del ’36, aunque el error fundamental de los y las anarquistas del Estado español ha sido el de no abolir el Estado cuando pudieron y el no haber elaborado un programa político anarquista para profundizar la revolución social. Además, en aquellas épocas donde el anarquismo constituyó una fuerza revolucionaria y pudo por ello realizar la revolución, fue porque llegó a ser un movimiento de masas, pero no unas masas amorfas, homogéneas que conocemos en las sociedades capitalistas avanzadas sino unas masas conscientes que supieron organizar la vida social en libertad. De lo contrario, si estuviese fragmentado y desorganizado como lo estuvo en Rusia en 1917, o como lo está actualmente en el Estado español y similarmente en otros estados del mundo, siquiera llegaríamos a construir movimiento, mucho menos fuerza política y aún menos hacer la revolución, lo cual nos llevaría pues a la marginalidad, aislados y aisladas de la realidad social y política, lo que facilita además la represión del Estado y arrojarnos por ello al baúl de los recuerdos.

El anarquismo no es una bella utopía con la que soñar, ni revoluciones que han de esperarse en el sofá, ni teorizaciones de situaciones ideales y propicias para la revolución, ni un estilo de vida de tribus urbanas, ni aventuras desesperadas de ataques a los símbolos del Estado y el capital. El anarquismo debe servir como una herramienta teórico-práctica encaminada a la emancipación social de las clases explotadas y los pueblos oprimidos, que dé respuestas en las luchas inmediatas y tenga proyectos de futuro. En este panorama de crisis capitalista y agresiones neoliberales, seguimos teniendo mucho que aportar. Por suerte, cada vez más anarquistas estamos viendo que podemos incidir en la realidad material para salir de la marginalidad política y entrar en el escenario político y social, participando en cada lucha y celebrando cada victoria parcial lograda mediante organización popular y la acción directa. Cada desahucio parado, cada bloque de vivienda liberado, cada nueva okupación, cada abuso laboral frenado, cada despido anulado, cada empresa recuperada y autogestionada, cada barrio radicalizado, cada detenida liberada, cada huelga ganada, en general, cada lucha ganada en favor de las clases explotadas, son victorias que nos permiten avanzar y a partir de allí, hacer del anarquismo un movimiento social con fuerte presencia entre la clase trabajadora y a la vez, una fuerza política articulada desde las bases caminando hacia el socialismo libertario.

No prometemos futuros paraísos terrenales, los tenemos que construir día a día en la lucha social y en la lucha de clases.

¿Por qué no hemos estallado?

Atrás quedaron las grandes rebeliones, insurrecciones y revoluciones de carácter obrero y popular. Ya no volverán las viejas glorias de ambientes de alta crispación social, grandes centrales sindicales, huelgas masivas, autogestión obrera a gran escala… Hoy en los países capitalistas avanzados, encontramos frecuentemente protestas en los bares que pocas veces van más allá. Estamos actualmente ante un panorama caracterizado principalmente por la alta movilidad, la gentrificación, el consumismo masivo, grandes flujos de información, y la tercialización de la economía. Ahora con la crisis en la que, de nuevo, es la clase trabajadora quienes estamos pagando los platos rotos y no estamos respondiendo de manera contundente ante todos los atropellos de la clase dominante.

Y nos preguntamos ¿por qué no hemos estallado? ¿Por qué mucha gente se da cuenta de que le están robando pero sueltan un «qué le vamos a hacer» o diciendo vagamente que debamos sacar las metralletas y al final acaban aceptando resignadamente su situación? La primera respuesta, aunque muy corta, que se me viene a la cabeza es la pasividad generalizada. Luego, al profundizar un poco más, doy con la indefensión aprendida, este estado psicológico en el cual las víctimas aceptan su destino resignadamente creyendo ciegamente que no pueden hacer nada para paliar su sufrimiento ni cambiar su situación. No obstante, estas primeras respuestas quedarían incompletas si no tenemos en cuenta el predominio del individualismo burgués, y por consiguiente, la atomización, en esta sociedad. A ello le podemos sumar que frente a la problemática social y estructural, desde la clase dominante nos propongan soluciones individuales culpando a los individuos de ser culpables de su propia miseria, y por tanto, «que cada cual se busque la vida». En la práctica, esto se traduciría en un «sálvese quien pueda» en que la mayoría perece en el camino y muy poca gente, a base de pisotear al resto, consiga escalar puestos en esta sociedad de clases, perpetuando así el status quo.

Si continuamos indagando, daríamos con las claves determinantes que responderían más acertadamente a las preguntas serían: la destrucción del tejido social en la mayoría de los barrios obreros, la descomposición de los campos y, por consiguiente, la atomización e individualización de la sociedad. No nos olvidemos de la neutralización de los grandes sindicatos de la era industrial provocada por la tercialización de la economía en los países capitalistas avanzados que supuso una serie de reestructuraciones y reconversiones ocasionando las deslocalizaciones, la entrada de las ETT y el trabajo cada vez más temporal y precario en el sector servicios. Por otro lado, la implantación del Estado del bienestar y el asistencialismo terminaron por destruir prácticamente cualquier atisbo de organización obrera y revolucionaria. La mayoría de los sindicatos quedaron domesticados y convertidos en gestoras de conflictos laborales, así como muchas las asociaciones vecinales dejaron de ser herramientas para la reivindicación política en los barrios. De igual manera, el reformismo socialdemócrata y socioliberal tampoco deja de ser un sedante contra las ideas revolucionarias.

Pero no todo está perdido. Hay sectores de la población que se están dando cuenta de que sí hay posibilidades de cambio y comienzan a organizarse y luchar. Ante la crisis estructural del capitalismo, la sociedad comienza a polarizarse y ello implica un aumento de la conciencia política y la necesidad de articular respuestas de manera colectiva, superando el individualismo burgués y llevando a la práctica valores como el apoyo mutuo, la solidaridad y las estructuras asamblearias. Esto es algo positivo, aunque ideológicamente no se adscriban al anarquismo. Paralelamente, no podemos olvidar que también el anarquismo comienza tímidamente a salir de la marginalidad.

Pese al aumento de la protesta social, si no vemos en ella una manera de incidir en ella para radicalizarla, lo más probable es que dicha protesta derive en el reformismo estéril y asimilable por el sistema. Los y las revolucionarias y concretamente los anarquistas, deberíamos haber estado y estando en primera línea a pie de calle, organizándonos, creando o fortaleciendo estructuras asamblearias para la lucha de clases, etc. Ante este panorama, no sería muy acertado ir dando palos de ciego lanzándonos al espontaneísmo y la destrucción por la destrucción. Como en todos los acontecimientos históricos y sociales, todo tiene antecedentes, procesos y dinámicas sociales en medio que juegan un papel importante y que debemos comprender para poder caminar hacia una transformación social radical. Aun así, solo el crecimiento cuantitativo no ocasionaría un estallido social. Por supuesto, la creación de tejido social es esencial y necesario, como un primer paso para construir un movimiento revolucionario, pero falta la orientación política para permitir el avance en las luchas y que esas luchas tengan continuidad.

Aun con todo lo mencionado, queda una laguna por resolver. Ya han habido estallidos sociales durante la historia reciente. Cabe mencionar algunos como los disturbios en Francia en el 2005 por la muerte de unos menores de edad al escapar de la policía, el diciembre del 2008 en Grecia por el asesinado de Alexis Grigoropoulos a manos de la policía, Londres en 2012 por el asesinato policial de Mark Duggan, Gamonal en enero de este año o los disturbios por la demolición de Can Vies. ¿Fueron realmente espontáneas y sin haber un tejido social detrás? No expresamente. En todos esos acontecimientos hubo detrás una serie de antecedentes que ocasionaron el descontento generalizado, sea la marginación social, el racismo, la brutalidad policial, la miseria, el acoso del Estado, etc que junto con un sentimiento colectivo que unan a esas personas que sufren estos problemas, conformaron un caldo de cultivo inflamable, el cual, bastaba solo una chispa para que todo estalle. No obstante, algunos de estos estallidos sociales no han derivado en una situación de alta crispación social porque falta la articulación de una clara orientación política que lleven esos estallidos a ser puntos de partida para seguir una lucha continuada contra el capitalismo.

Can Vies. Poder popular o insurreccionalismo

Recientemente, con la victoria del barrio de Sants en defensa del CSA Can Vies tras haber sufrido un desalojo y posterior derribo parcial del edificio un día después de las elecciones europeas, ciertos insurreccionalistas han salido justificando que es con la violencia insurreccional la que ha conseguido estos resultados. Sin embargo, esa justificación se queda muy corta y omite toda esa acumulación de fuerzas que dio como resultado esta respuesta. Además, la violencia revolucionaria no es exclusiva del insurreccionalismo aunque sea una táctica de acción directa principal en esta corriente. La violencia no es el único factor determinante ni decisivo en el éxito de una batalla, pese a que sin esta violencia revolucionaria, probablemente el desalojo de Can Vies hubiese quedado en derrota, ni hubiese saltado a las primeras planas en los medios tanto burgueses como independientes. Esto requiere un análisis más profundo que ver solo la intensidad de los disturbios.

Repasemos brevemente la historia de Can Vies. El edificio, construido en 1879, antiguo almacén de las obras del metro y posterior lugar para la reunión de los trabajadores del metro, fue ocupado en 1997 por un grupo de jóvenes del barrio de Sants en Barcelona por la falta de espacios donde realizar actividades culturales y políticas. Desde entonces, el CSA Can Vies ha sido -y lo sigue siendo hoy en día- un punto de encuentro entre distintos colectivos y movimientos sociales y personas del barrio, en el cual se realizan talleres, sesiones de teatro, debates, presentaciones de libros, cinefórums, comidas populares, etc. Todas estas actividades se realizan en colectivo y al ser el Can Vies un referente cultural, político y social para el barrio, se crea en Sants un tejido social vivo, politizado y solidario, algo muy diferente a los barrios muertos donde casi nadie se conoce y no hay ese tejido social. Este punto es clave para entender la contundente respuesta ante el desalojo, desatando una ola de solidaridad y protestas cuando se ejecutó la orden de desalojo.

¿Por qué la respuesta violenta tuvo más aceptación social? Precisamente por ese tejido social en el barrio. Diecisiete años creándolo da como consecuencia esa respuesta organizada, que a la vez desata la solidaridad de otras personas de otros barrios obreros que seguramente habrán pasado por Can Vies. No solo nos tendríamos que fijar en los disturbios al caer la noche, ya que bajo la luz del sol, numerosas calles de Barcelona fueron colapsadas por gente solidaria que acudieron a las convocatorias de manifestaciones. Incluso en otras ciudades del territorio español convocaron manifestaciones en solidaridad con Can vies. La idea de que unos cuantos gatos decidieron salir a liarla y le siguieron detrás otras personas llamadas por el fuego y la destrucción queda desmentida cuando vemos que detrás existe una rabia organizada, de gente que se ha hartado de sufrir la violencia estructural de este sistema. Podemos comparar la batalla ganada de Can Vies contra el alcalde Xavier Trías con la batalla ganada en Gamonal contra el alcalde de Burgos: el común denominador desde el cual se han articulado las protestas ha sido el tejido social y la organización popular. Incluso podríamos llegar más lejos al comparar la resistencia turca en defensa del parque Gezi.

El mural del poder popular en Can Vies ilustra perfectamente el tejido social que se ha creado ahí, el de un barrio empoderado que ha sido y es capaz de hacer frente al poder-dominio burgués y echar atrás sus ataques.

La violencia revolucionaria será una táctica efectiva en cuanto exista un tejido social y una organización popular que la articule. Esta violencia tiene que verse legitimada entre la clase trabajadora y no verse como algo ajeno a ella, reivindicada desde personas anónimas y colectivos desconocidos con poca o nula vinculación con los barrios. Por sí sola, practicada de manera aislada y fruto del espontaneísmo no daría ningún resultado positivo ya que, después de la calma, las experiencias en la lucha se van perdiendo y han de empezarse de cero cuando aparezcan situaciones similares que han causado esa respuesta violenta. Por eso, por muy adversas que sean las situaciones, por muy agudas que se vuelva la crisis, sin sentimiento colectivo, ni conciencia de clase, ni tejido social ni organización popular, no hay revolución posible por mucha violencia que se desate en las calles. Esta es la clave: el poder popular y no la vía insurreccional.

1 10 11 12 13