Contra el ghetto y el derrotismo en lo libertario

Quisiera escribir un pequeño artículo a vuelapluma sobre una cuestión de actitud importante en el anarquismo actual. Se trata de la falta de militancia en espacios amplios. No quiero entrar en lo de los espacios políticos amplios, como pueden ser las campañas o las coordinadoras de grupos distintos que tratan una problemática común, ya que poco a poco el sector libertario va estando cada vez más presente; se trata de la falta de inserción en espacios sociales. Yo lo achaco a dos causas que aparentemente se contradicen: al elitismo y al derrotismo.

Comencemos. Considero que el movimiento libertario ha sido el eterno perdedor de las izquierdas durante el siglo XX. Esto nos ha llevado a una situación de marginalidad política en la mayoría de sociedades en las que tenemos presencia. Afortunadamente las ideas y los colectivos anarquistas en nuestros tiempos tienen ya un alcance mundial. Pero seguimos perdidos políticamente, sin capacidad de incidencia, más allá de campañas puntuales o de protestas callejeras visibles.

Esta situación nos conduce a dos conclusiones:

—Una es la que somos lo mejor de la sociedad. Que los demás no están a nuestro nivel teórico o que no han acertado históricamente a dar con las soluciones que han aportado las libertarias, exceptuando posiblemente consejistas, autónomas, luxemburguistas, comunistas de izquierda y otros tipos de marxismos libertarios. De aquí se desprende uno de los grandes problemas de las izquierdas a la hora de hablar con «la gente normal», el elitismo. Inevitablemente nos consideramos mejores que nuestras vecinas por el hecho de ser anarquistas. Y esto se puede trasladar a la hora de cómo consideramos a las demás tendencias políticas que hay en la sociedad. Resultado: «Yo no me junto con ésta o esta otra porque no está a mi altura y no nos entendemos».

—La otra conclusión es la opuesta. Si nos juntamos con otra gente es muy posible que nuestras ideas y prácticas queden diluidas en la cacofonía de las muchedumbres. Nuestra idea es una de tantas y no es probable que se imponga sin una larga, desagradable y desgastante pugna de ideas. Hay quien va más allá y defiende que no merece la pena entrar en espacios plurales porque otras fuerzas políticas se mueven como pez en el agua en esos terrenos. Por tanto, nuestro esfuerzo solo servirá para contribuir a la victoria de esas fuerzas. El resultado es que «yo no entro en esto porque no merece la pena el esfuerzo».

Ambas conclusiones son hijas de un hecho bastante palpable, que es la falta de seguridad, o directamente la negación de la posiblidad de una transformación social (llámese revolución) en un plazo de tiempo breve. Y como este cambio social es para dentro de muchos años, pues los años que nos quedan los aprovechamos en nuestros espacios de confort, que se suele conocer como el «ghetto» o el mundillo. ¿Para qué mezclarse con gente que no te va a comprender? ¿para qué entrar en espacios sociales donde tu existencia será una guerra constante con otras visiones? La respuesta fácil es vivir tranquilamente los años que dure tu socialización como anarquista.

Si el movimiento anarquista ha dejado de creer en la posibilidad del cambio social, ¿a qué juega? Pues a lo que puede jugar: a vivir la anarquía aquí y ahora, dentro del capitalismo. Esto no es otra cosa que dar la espalda a la sociedad que no te comprenderá e intentar una coherencia libresca que te alejará aún más de la sociedad que no te comprende.

La gente que está en los espacios plurales y comunes con otras personas de otras tendencias políticas es raro que esté de otra manera que a título individual. Participas como persona interesada en X, y no como miembro del movimiento libertario que también se interesa en X. Como digo esto cada vez más se va superando en lo social y en el activismo.

Pero donde no se está superando es en la vida cotidiana. Y por ello vemos cosas como que los padres y madres del entorno libertario prefieren crear una escuela libre desde cero a luchar desde el AMPA del cole por una educación decente en una escuela pública. O crear un grupo excursionista desde el Ateneo Libertario que durará 1 año a lo sumo, a integrate en la unión excursionista de tu ciudad. O que es mejor montar un ciclo de cine-forum en tu CSO que no entrar a participar en el grupo de cine de barrio que monta las cosas en el Centro Cívico. O que mejor tener una asamblea popular agonizante o una coordinadora de colectivos que recuperar y revitalizar las asociaciones vecinales. Todo esto son ejemplos de lo expuesto: no nos creemos el cambio social que proclamamos y no buscamos extender nuestras ideas más allá de las paredes de nuestros locales.

Por que si no haríamos como nuestros sobre-mitificados antecesores que no creaban ateneos libertarios sino ateneos obreros (hasta casi la Guerra civil no hubo el primer ateneo apellidado libertario), que participaban en las agrupaciones esperantistas, en los grupos corales, en las uniones excursionistas, en los equipos de fútbol, en los certámenes literarios y poéticos, en los juegos florales…

Por poner las cosas en su lugar, en 1870 cuando se funda la FRE, sección de la Internacional en España, el congreso decidió abrir un debate público sobre el socialismo con sus oponentes políticos. Invitaron a varios tertulianos burgueses y llevaron a cabo un debate durante varias horas. Creían en lo que hacían. Creían sinceramente en la revolución social. Querían convencer. Querían englobar en su movimiento a su vecindario, a sus compañeros de trabajo, a sus familiares… Y no querían separarse simbólica o estéticamente de su entorno. Y si lo hacían era porque estaban convencidas de su hegemonía total en el territorio.

Fue a partir de los años 50, 60 o 70 (dependiendo del país) cuando apareció la dinámica del consumismo, del individualismo, del querer diferenciarnos de los de al lado. El capitalismo nos representaba como consumidoras únicas e irrepetibles. Nos hablaba a cada una para vendernos sus productos. Con aquella bonanza (más o menos) económica llegó la educación pública para casi todo el mundo. Generaciones de jóvenes recibieron instrucción y fueron socializadas por la publicidad. En aquellos años se iba configurando una identidad juvenil que fue ayudada por la cultura popular de su tiempo, la cultura que iban creando en base a la música y a sus gustos estéticos.

La exaltación del «yo» y definir tu identidad en base a tus gustos estéticos y musicales traspasó a los movimientos contestatarios. Y cuando las opciones radicales fueron derrotadas a finales de los 70, solamente quedó una radicalidad estética y cultural, o subcultural. De esta forma el ghetto activista, izquierdista y anarquista ha estado poderosamente influido por la estética, incluso estética del lenguaje. Al tener la certeza de que tu opción política no cambiará las cosas, te pones a pulir el lenguaje y te encierras en los principios; que obviamente excluyen al resto de la población, que se rige por otros principios.

El ghetto anarquista no es algo nuevo, llegado en los 90. Escritores anarquistas nos definen muy bien el ghetto en París en 1890, en Barcelona en 1905 y en 1931, en Buenos Aires en 1925 o incluso en Moscú en 1918. El crear ghettos es una tendencia incluso lógica en el comportamiento humano que se basa en juntarte con quien tienes afinidad. El problema es cuando te consideras un movimiento revolucionario. Entonces el ghetto supone un freno en las expectativas del cambio social, ya que solamente te interesa tu gente.

Y el ghetto, que se basa en unos clichés, en unas normas sociales de comportamiento, de lenguaje y en unos cuantos principios compartidos, se vuelve en contra de toda posibilidad de cambio social. Cualquier lucha de la gente común no es lo bastante radical. Cualquier cambio, es inútil. Cualquier nuevo movimiento social masivo es reformista. Y así sucesivamente, en una dinámica de apariencia derrotista, ya que no importa lo que se haga, que no servirá para nada.

La pregunta final es, ¿queremos realmente un cambio social o nos gusta vivir la vida pirata dentro del capitalismo?

@blackspartak

¿Es posible? Activismo y autocrítica

¿Es posible construir un proyecto, más social que político, que reagrupe a los sectores más jodidos del proletariado?

Esta pregunta es lanzada a través de la cuenta de Klinamen a través de la red. Y es que en pocas semanas he podido leer diferentes artículos que van en una línea autocrítica dentro del “activismo” motivados posiblemente por la insuficiente respuesta por parte de este a las problemáticas sociales, criticando un perfil y una manera de hacer, que parece que no ha cambiado durante la crisis.

No sé en que medida el debate a través de internet refleja la realidad, pero ciertamente algo debe manifestar: unas tendencias, un contexto social, una situación política… así que las ideas de estos textos creo que no deben pasar desapercibidas no sólo por lo que dicen, sino por las consecuencias que pueden tener hacia nuestras prácticas hacia el cambio social.

Y es que, ¿quién conforma la izquierda y los movimientos sociales? Personas con mucho tiempo libre. En los colectivos que he militado y cercanos a mi entorno abundamos los universitarios blancos y jóvenes, con curros esporádicos o ligeros, sin gente al cargo. Que con el paso de los años, se reduzca el número de personas militando es un síntoma de que algo va mal. Fallamos en algo. No sé si la manera en la que nos organizamos, nuestras actividades y nuestra estética es causa o consecuencia del perfil anterior, pero la cuestión es que asambleas interminables en las que sólo se debate, o fiestas en las que priman una cultura concreta (estética, música, relaciones sociales) limitan mucha la percepción sobre la utilidad de un colectivo o ideología determinada. Nuestro activismo se convierte en un estilo de vida que no sólo se ve inefectivo con los supuestos objetivos, sino que además alejado de los problemas de la cotidianidad de la clase trabajadora, hace que esta deje de identificarse con los símbolos y discursos de la “izquierda”.

Así que este texto va dirigido fundamentalmente a este extracto de población, pues dudo que otro perfil llegue a leer esto (o quizás sí). Un público que sus padres pudieron aspirar a una vida más o menos cómoda, a diferencia de los abuelos que vivieron las miserias de la guerra civil. Un público que quizás ha podido acceder a estudios universitarios, que participa de “entidades culturales” o que aun dispone de ciertas comodidades y en caso de emergencia aun puede disponer de un colchón familiar en el que podría satisfacer sus necesidades básicas. Los hijos de los trabajadores acomodadas y parte del funcionariado y profesiones liberales (profesores, médicos…) que ahora van hacia “precarios”.

Así que en los tiempos en que nos ha tocado vivir, en el retroceso del llamado Estado del Bienestar, aumenta el paro, la protección social y se reducen los sueldos. Gente que años atrás se había hipotecado, ahora ha tenido que recurrir a la PAH junto a un migrante, cosa totalmente impensable hace unos años. Se conforman dos polos, cuando antes todo el mundo creía que era “clase media”. Y aunque las desigualdades y las consecuencias del capitalismo nos afectan a todos, no lo hacen de la misma manera. Desde el activismo clásico la famosa frase de “ir a los barrios” es un buen ejemplo, que nos señala un error de partida pues establece un nosotros y ellos. Eso implica una superioridad moral (saber como se tienen que hacer las cosas y de manera mejor) a la vez que marca una distancia y expone el no formar parte de ese sitio o gente. También expresa una desconfianza hacia la clase trabajadora pues se puede caer en una actitud evangelizadora. Y en caso de que el proyecto marche bien se puede caer en el peligro del asistencialismo: solucionar problemas ajenos a corto plazo sin que esas personas adquieran un método para resolver estos a medio-largo plazo, causando dependencia.

Sin embargo, dicho argumento llevado al extremo (el no actuar por la diferencia) nos llevaría a cerrarnos a nosotros mismos. La propuesta va por otro camino: desde nuestras diferentes posiciones, caminar hacia un espacio. En otras palabras, luchar en las problemáticas comunes que sufrimos y no en la que otras sufren. Por ejemplo, para mi no tiene sentido que una persona que ha heredado una vivienda se meta en la PAH de manera activa. Eso no significa que pueda apoyar en las acciones o realizar donaciones, pero creo que tiene que tener un plano totalmente secundario.

¿Qué hacer pues? Suelo escribir que no existen recetas mágicas, y este no será una excepción. Sin embargo, si creo en alguna otra certeza más es en la metáfora que cita Emilio Santiago en su artículo “El tiro por la culata”: nada que no pueda contar con el apoyo decidido de tu madre es socialmente viable. Eso significa no realizar grandes castillos revolucionarios para el día del mañana. Es despejarse un poco de la radicalidad imaginaria y realizar curro en lo cotidiano, que nos defienda hoy y si puede ser nos ponga en mejor posición para afrontar el mañana. Las mismas dinámicas del capitalismo ya tensarán la cuerda lo suficiente para que la gente puede aspirar a cambiar dicho sistema, pero sin una base sólida, que hoy en día carecemos, no creo que vayamos muy lejos y las oportunidades se nos escaparán de las manos. O quizás serán otros movimientos los que cojan estas, como el fascismo.

Finalmente, un punto en el que parece que no hemos sabido articular una respuesta adecuada, ha sido en los espacios de trabajo. Aunque esto daría para otro artículo, habría que preguntarse si es posible generar un movimiento similar a la PAH en materia laboral, trascendiendo los sindicatos de clase y sus siglas. Sin pan y techo, no hay revolución.

Víctor A, con aportaciones de Adri

Artículos de referencia

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El lastre de la coherencia

«El único anarquista coherente es el anarquista muerto»

¿Cuántas veces nos hemos encontrado con apelaciones a la coherencia como justificación a casi todo? A falta de argumentos, qué mejor que apelar a la coherencia como último recurso para negar la realidad y así utilizarla como arma arrojadiza para descalificar y para quitar carnets de anarquista, porque resulta que para ciertas personas, la realidad es la que se tiene que adaptar a los sacrosantos principios y ser coherentes con ellos, cuando en la práctica sucede todo lo contrario y eso lo dijo un compañero, que cuando la realidad choca con los principios, son los principios los que se rompen. El exigir coherencia acaba llegando al absurdo de las cosas, lo que finalmente terminaríamos en la cita que abre este artículo. ¿Y por qué es un lastre? Veamos algunos ejemplos.

Todas conoceréis Rojava y el movimiento de liberación kurdo, y a muchas os fascinarán las guerrillas con sus fusiles y aplaudiréis las victorias sobre el Estado Islámico. Ahora bien, resulta que si queremos aplicarles el cuento de la coherencia, nos daríamos con que las armas entran de contrabando a través de Iraq, que llevan un programa ecologista pero utilizan gasoil, se desplazan en vehículos motorizados, y que tienen pozos petrolíferos o que se alían con toda fuerza armada que comparta objetivos tácticos como las FSA, que ideológicamente no tienen nada que ver con el confederalismo democrático. ¿Qué pasaría? Si les queremos aplicar ese cuento, tendrían que luchar con piedras y palos, y como mucho, con arcos y flechas. Madre mía, tendrían que ser semidioses para poder vencer al ISIS con ese armamento desfasado… Luego, el petróleo. Resulta que en Rojava no hay mucho bosque, ni tampoco tienen minas de sicilio para hacer paneles solares ni pueden importar aerogeneradores porque sufren un embargo por todos los lados. Además, les sale muy barato el gasoil, pero claro, igual para ser coherentes tendrían que llevar ametralladoras montadas en triciclos o carros tirados por caballos. Dentro de la guerrilla ni os cuento: hay rangos y disciplina, cosa que a muchas anarquistas les chirriarían. Eso sí, es muy diferente a la de los ejércitos convencionales puesto que existe un gran compañerismo y tienen momentos para hacer terapias de grupo. ¡Ay!, luego las alianzas, ¡menudo marrón! Lo suyo sería que combatieran solas y sin apoyos de nadie, veremos así cuánto aguantan (nota importante: no son vascos).

Sin ir tan lejos, dos cosas que me hacen gracia son que se alardee mucho de la acción directa en los conflictos laborales y el anarcosindicalismo que predica esa vía, cuando prácticamente todos los conflictos laborales tienen que pasar por la vía legal, empezando por poner una denuncia en Inspección de Trabajo, porque con solo piquetes es casi imposible ganar un conflicto, a no ser que el sindicato tenga tanta fuerza que imponga a la dirección de la empresa las demandas de su plantilla, pero no, se tiene que negociar y en las mesas presentar tablas reivindicativas, pedir que cumplan convenios, etc. Luego de allí salen las críticas a los y las abogadas y toda esa parafernalia pseudorrevolucionaria del legalismo. Porque vaya, si no fueran por esas abogadas, una buena parte de trabajadoras estarían en la calle, así como que en el tema antirrepresivo caerían muchas más activistas encarceladas o ahogadas a multas. Sí, muy legalista todo e incoherente, pero pasa que en la realidad nuestra legitimidad apenas tiene fuerza para imponerse a su legalidad, y hay que saber jugar con las cartas que te dan. Hablando de legalismo, me suena ridículo que las acciones ilegales sean vistas como más radicales, como robar en supermercados, atracar bancos, defraudar a Hacienda, plantar maría, trapichear con drogas, matar personas, maltratar animales y hacer todas esas cosas que subviertan la ley es ¿radical? y por tanto, ¿un anarquista tiene que hacer acciones ilegales para serlo de verdad? ¿Qué tiene de revolucionario eso si nada más sirve para que te cojan y te pudras en la cárcel sin alterar realmente un ápice del statu quo?

La asambleitis es otro vicio más que se lleva en el mundillo anarquista, pues hay veces que se confunden las asambleas con reuniones, tertulias y debates, y entonces hacen de un órgano para la toma de decisiones algo completamente inoperante donde las horas pasan a ser completamente improductivas para debatir nimiedades, terminando al final con todas cansadas de estar sentadas para hablar del sexo de los ángeles en vez de sacar adelante decisiones importantes. ¿Todo se tiene que pasar por la asamblea por que si no, no es anarquista? Pues no. Si hay cosas importantes, se tendrán que implementar. Cuestión de agilidad. Y por supuesto, si para algo se hace la asamblea es para tomar decisiones de manera horizontal, y no para perderse en debates estériles.

Otro ejemplo que puede tocar la moral es el antiespecismo, que si bien sus planteamientos éticos son acordes al anarquismo, hay veces que se llega hasta el absurdo, como el caso de los conflictos de ganaderos y pescadores locales en Galicia, pretendiendo que dejasen su «oficio» y se mueran en la miseria. Pero vaya, resultaría entonces que la carne, la leche y el pescado vendrían importados de otros países, o llegarían multinacionaes a construir macrocomplejos industriales ganaderos y pesqueros que agravarían mucho más la situación, poniendo a los ganaderos y pescadores locales a trabajar como esclavos en esas nuevas industrias. ¿Se acabaría la explotación animal? No, se desplazaría. Hace tiempo, en el encuentro internacional de anarquistas en Saint Imier en 2012, hubo un grupo de gente vegana que bloquearon las barbacoas y las comidas carnacas que montaron otras personas causando casi enfrentamientos. ¿Eso ayudaba a que el veganismo sea bien visto? ¿Activismo por los animales? Y no digamos la penosa movida que hubo por las redes cuando la FAGC puso una foto de una cabrita y un huertito y lo llamó «granjita»: que si están explotando a los animales ahí metidos, que si tienen que revisarse los privilegios por comer carne… Si desde el antiespecismo se hace este tipo de pantomimas es normal que la gente se burle y le tenga ascos al veganismo, porque se aleja de la realidad en vez de insertarse en movimientos afines como los movimientos ecologistas, territoriales, por la soberanía alimentaria de los pueblos y que se preocupen por los lobos, los buitres y los linces, que son fauna autóctona que está siendo amenazada en este país.

El tema de las drogas siempre está a la orden del día por estos lares, sobre todo salta esta cuestión cuando se hacen fiestas para conseguir algo de financiación. Obviamente no hablo de pasar coca y drogas duras, sino de alcohol como cervezas. Han habido experiencias de que en las fiestas sin alcohol, la gente se la traía de fuera o directamente no vendían, o al terminar las fiestas, la gente termina yendo a otros sitios de birreo, así que mucho efecto no tendrán. Hay una consigna que se repite mucho en cuanto a estos temas es que el consumo de cualquier tipo de droga desactiva la lucha. En parte es cierto y en parte no. Es cierto a nivel estructural, y el más conocido fue la guerra del opio, el cual acabó con la resistencia china ante el imperialismo británico. Para casos más recientes, podemos hablar de la introducción de drogas como la heroína, la coca o similares en barrios obreros conflictivos, que por un lado, destruye el tejido social y por otro, sirve de justificación para aumentar el control social en el barrio. Pero no es realmente cierto a nivel individual, salvo excepciones. Muchas activistas militantes fuman y/o beben, pero no por ello son menos luchadoras que quienes no lo hacen, es más, hay quienes son abstemias y no pegan un palo al agua, y hay quienes están en casi todas las movidas y tienen cierta formación política y militante pero beben y/o fuman. Desde luego, sería mucho más productivo fomentar las excursiones a la naturaleza, el deporte y otras formas de vida sana como alternativas al consumo de drogas, que increpar al entorno cercano por beberse una cerveza.

Hablando de la FAGC, si nos pasáramos por la Comunidad La Esperanza, un edificio okupado en el cual viven unas 200 personas, las abanderadas de la coherencia se tiraría de los pelos y se darían cabezazos contra la pared viendo que son lo que habitualmente consideramos «desclasadas», que en su mayoría son personas que no saben quién es Malatesta, Kropotkin o cualquier otro anarquista destacado, ni qué es el anarquismo, el veganismo y el transfeminismo, ni escucharán rap social ni punk ni música alternativa. Posiblemente reproducirán actitudes machistas y racistas, pero eso sí, a pesar de esas múltiples imperfecciones que contradicen al modelo de anarquista perfecto, saben qué significa la solidaridad, la autogestión, la autoorganización, el apoyo mutuo e incluso me atrevería a añadir la pedagogía para trabajarse esas actitudes tóxicas, cosa que lo han vivido en primera persona, pero que quienes tienen el privilegio de ser mantenidas por sus padres no saben lo que es criticar desde una posición en que se tiene tres platos de comida al día y techo hacia personas que acaban de salir de la miseria gracias al trabajo que hace la FAGC. Críticas que son vertidas desde una «libertad» pequeñoburguesa y privilegiada que no tiene nada de socialismo como dijo Bakunin.

La conclusión para quienes quieran aplicar a rajatabla la coherencia anarquista es que no tratéis de hacer cosas útiles como la inserción social, la formación de cuadros para generar discurso y el trabajo de base tratando de dar respuestas en lo inmediato y arrancar pequeñas victorias en los movimientos populares porque sino, seréis incoherentes que se sancionarán con retirada definitiva del carnet de anarquista. Lo suyo sería hacer asambleas interminables, ser 100% abstemia, vegana, no trabajar y qué se yo, el modelo perfecto de anarquista y no un desclasado contento de ser un esclavo asalariado. Mejor predicar en el desierto tratando de que el contexto se adapte a tu discurso en vez de generar discurso a partir de la coyuntura que tenemos delante.

No obstante, la conclusión real que saco de este tema es que la coherencia realmente es un verdadero lastre en un mundo lleno de contradicciones, y sobre todo es una losa que pesa a la hora de la praxis. Estos problemas hacen del anarquismo una ridiculez utópica sin propuestas reales para la transformación social basada en una suerte de práctica religiosa y espiritual por la pureza y la perfección, cuya causa principal es porque se toma el anarquismo como un estilo de vida —ese anarquismo que hace que cada cual quiera vivir del anarquismo y llega hasta el extremo del cada anarquista es un mundo, que no es más que la asimilación de los valores individualistas del neoliberalismo— en vez de una tendencia política transformadora, que es como nació y por lo que pretendemos recuperar esta línea: el de la de transformación social que persiga el socialismo libertario como fin y utilce los medios más acertados en cada coyuntura para lograrlo, como es el de tener un proyecto de mayorías que va unido a una estrategia de poder popular basada en la inserción social.

No tengo principios

Cuando terminé 2º de bachillerato y me preparé para presentarme al examen de selectividad (las PAU), cuatro chavales y dos chavalas estaban en la entrada del centro escolar donde tenía lugar dichos exámenes. Eran bastante jóvenes y no llevaban muchas pintas. Uno de ellos hablaba por un megáfono criticando las PAU y la Universidad, así como la educación en general. Uno de ellos llevaba una bandera anarquista y una chica me dio una octavilla que acepté gustosamente. En esa época tenía una mente muy volátil. Tan pronto como me interesaba el leninismo como la socialdemocracia o el anarquismo. Pero no me preocupaba de tener una tendencia política marcada y siempre me definía como de izquierdas. No obstante, esa octavilla me convenció. Era un breve texto que llamaba a no entrar en la Universidad, porque allí es una fábrica de mano de obra cualificada que servirían para satisfacer las demandas empresariales. Pero hice las PAU igualmente y al final decidí irme a FP.

En dos años cabé mis estudios y la empresa donde hacía las prácticas me hizo el indefinido. Desde entonces, pude emanciparme y ser independiente con un trabajo que medianamente me gustaba y sueldo aceptable. Nada más domiciliar mi nómina, el banco me ofreció una ganga de hipoteca que no dudé en firmar ya que pensé que con este sueldo y trabajo estable, lo podría pagar sin problemas. Eran los felices años 2002, en el que podías creerte clase media sin serlo y hacerte amiga del jefe porque él también trabajaba, te pagaba tu salario religiosamente, no te exigía horas extras, hacía cenas de empresa bastante a menudo y nos integraban, te dejaban cogerte más días de vacaciones… No sabía entonces los peligros que suponían hacerte más amiga del jefe que de tus compañeras, pero fue así. Éramos tan colegas que la explotación asalariada se disimulaba demasiado bien.

Pero llegó la crisis y la cosa cambió. Nos tocaron la jornada, los salarios y los horarios. Despidieron a algunas compañeras pero no hacíamos nada porque nos impedía razonar adecuadamente por el buen trato de la dirección que han tenido con nosotras durante mucho tiempo. A esto hay que añadirle su chantaje emocional: «tengo familia», «todos tenemos que apretarnos el cinturón», «me duele mucho más que a ti», «estamos en el mismo barco», «si cierro te vas a la calle»… Cosas así nos repetía el jefe. Las cenas de empresa dejaron prácticamente de hacerse, quedábamos en plantilla algo más de la mitad y haciendo horas extras sin cotizar. Pero callábamos. Ninguna quería irse al paro. Hasta que un día perdí la cabeza e insulté y amenacé al jefe. No aguantaba más y me dieron la patada. Unos días más tarde, una compañera de trabajo me comentó que debía haberme sindicado puesto que, según ella, el sindicato es la organización de los y las trabajadoras para defensa de sus intereses como clase.

—Da igual, ya es tarde y estoy en el paro —le respondí—. Posiblemente no encuentre trabajo.
—No te rindas todavía. Ve echando currículums y tirando de contactos, que algo saldrá. Por cierto, no perdamos el contacto tampoco, querida.

Seguí su consejo y en unos meses, me llamaron desde una ETT. Me vi forzada a aceptar cualquier cosa ya que hace un mes que tenía agotada la prestación por desempleo. A partir de entonces, decidí afiliarme a un sindicato que se decía anarquista para ver si podía luchar contra esta precariedad. No obstante, el sindicato no cumplía las expectativas que puse en él, pues los y las compañeras del ‘sindi’ dedicaban más tiempo a hacer otras actividades propias de colectivos sociales que sindicalismo. A mí me interesaba hacer cosas en el curro y en las asambleas siempre proponía el cómo afrontar el problema de la subcontratación con pocos resultados. Pero casi siempre allá donde aterrizaba me era imposible hacer algún tipo de actividad sindical, porque cualquier pequeño indicio de sindicalismo era motivo de calle. Así de gratis y por las buenas: calle. Aunque lo peor de todo, era lo poco que ayudaban las compañeras del sindicato. La volatilidad era terrible y me sentí sola. Al rato, la ETT quiso prescindir de mí. Por esta vez, gracias al sindicato conseguí una indemnización por despido. Y vuelta a empezar, esta vez tirando de cursillos del INEM y como no tenía suficientes días cotizados, solo pude coger el subsidio de desempleo: 426 míseros euros.

De aquí a unas semanas, el banco comenzó a acosarme con el desahucio. Estaba soltera, no quería tener pareja por miedo a perder la independencia que tengo gracias a la soltería. No obstante, una casualidad de la vida me jugó una buena pasada. Cuando volvía de hacer una compra una mañana, me encontré a unos 100m un grupo de gente gritando «no toleramos ni un desahucio más», rodeada por decenas de policías buscando alguna manera de dispersar a las personas allí concentradas sin que se note demasiado porque pasaban entonces mucha gente. Era una avenida bastante concurrida. Cuando me acerqué a ellas, un policiía me paró para identificarme sin motivo alguno. Querían intimidar a todas aquellas que quieran sumarse a la convocatoria de Stop Desahucios, aunque no lo consiguieron porque cada vez más personas se paraban a observar y las vecinas se asomaron a la ventana gritándoles a los policías que se vayan. Cuando llegó la comisión judicial, les notificaron que aplazarían el desahucio y podrían sentarse a negociar con el banco. Todo acabó bien y entonces hablé con personas allí concentradas para explicarles mis problemas y qué podía hacer.

A partir de entonces, me hice activista anti-desahucios y participaba a menudo en la asamblea de vivienda. Dejé finalmente el sindicato y mientras estaba en el paro, las compañeras de esta asamblea me ayudaban en lo que podían, incluso a negociar un alquiler social con el banco. Estuve con ellas unos meses parando desahucios, solidarizándome con las reperesaliadas y participando en manifestaciones convocadas por otros colectivos y organizaciones.

Unos días más tarde, pude encontrar trabajo gracias a un compañero de la asamblea. Durante el período de prueba, he estado bastante explotada pero observando la actividad sindical en la empresa, y hablando con sindicalistas de distintas centrales a la salida del trabajo contándoles mi situación. Necesitaba un sindicato que funcione como tal y que defienda los intereses de la clase a la que pertenezco, que sea participativo y acoja nuevas propuestas, que sea operativo en la empresa y pelee. Da igual si es anarquista o no, si participa en el comité de empresa o no. La cuestión es que sea funcional, que sirva como herramienta de lucha porque este es el papel de un sindicato, y el sindicato ni es un grupo de amigos ni son redes clientelares ni organizaciones políticas.

Cuando superé el período de prueba, me hicieron un contrato de año y medio, con salario más o menos decente y cotizando por fin. No dudé en sindicarme unos días después de haber escogido el que más se adecuaba a mí y donde me sentí más cómoda. A partir de entonces, comencé mi actividad sindical en la empresa y poco a poco estaba consiguiendo simpatizantes que venían a mi centro por una ETT. Mi idea era la de integrar al mismo centro de trabajo a las trabajadoras subcontratadas con las de plantilla. Durante este tiempo, tampoco dejé la asamblea de vivienda que se integró en la asamblea de barrio. Entonces llegó una convocatoria de huelga a nivel regional y estuvimos trabajando en prepararla para que se lleve con éxito.

Para el día D paralizamos casi toda la empresa y nos hemos llevado también a todas las subcontratadas. Nuestra central sindical consiguió ser la más representativa de la empresa, y la más combativa, a pesar de participar en el comité de empresa, cosa que no me terminó de convencer del todo pero lo asumí por cuestiones tácticas. En una manifestación, se me acercó un chaval de otro bloque de una manifestación paralela a increparme.

—¿Tu ahora qué haces allí? ¿No eras anarquista o es que no sabes que tu sindicato está en los comités de empresa?
—Sí. ¿Y qué importa eso cuando los miembros del comité no deciden sobre la asamblea? Quise un sindicato que pelee en la empresa y por eso…
—¡Venga ya! Eres una vendida, ¡no tienes principios!

Aquello último me marcó mucho. No sabía qué responderle y volví con mi gente. Sin embargo, estaba segura de que si existiera un sindicato igual de combativo y sin participar en las elecciones sindicales, me iría allí.

Cuando volví a casa, al ordenar un poco mi habitación encontré ese panfleto que repartieron el día de las PAU. Lo volví a leer y me tumbé en la cama a reflexionar. «No tienes principios»— me resonaba aquella voz. Sí. No tengo principios. Nunca los tuve. ¿Para qué? ¿Para reafirmarse en el grupo de amigos? ¿Postureo? Las circunstancias de mi vida me han llevado hasta aquí: a haber sido engañada por las falsas ilusiones burguesas, luego a plantar cara a los problemas sociales cotidianos, a ayudar a las más desfacorecidas, a aquellas que les amenazan con quitarles la casa, a las que tienen problemas en el trabajo, a quienes dan la cara y sufren los porrazos, las multas y las penas de prisión, a quienes les niegan la atención sanitaria y ésta se vea cada vez más deterioradas… En mi efímera adolescencia soñaba con el fuego de la revuelta y las miradas de complicidad en cada disturbio, con okupar casas y vivir del pillaje, no trabajar nunca y simplemente vivir la vida salvaje, errante, viajando por el mundo de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. O si no es eso, dejar el trabajo asalariado e irme a una cooperativa integral a hacer mi vida, a encerrarme en la burbuja de una sociedad paralela y pasar de las luchas reformistas, esas que paran desahucios, negocian alquileres sociales, piden aumentos de salario, cumplimientos del convenio, no privaticen los servicios públicos… y dedicarme a la realización personal y espiritual. Todo para tener principios y ser coherente.

Pero la realidad fue un duro revés para mí. Esos sueños adolescentes se desvanecen cuando contacté con la realidad, cuando me di cuenta que aquello en lo que creía en la adolescencia no era más que literatura o de unas cuantas aventureras que quieren su libertad en el ya, o de personas sensatas que experimentan modelos de vida alternativos. A pesar de todo, la realidad en la que me ha tocado vivir tiene otras dinámicas y jamás coincidirá con mis expectativas y mis caprichos. Me ha tocado esta situación, no puedo cambiar el pasado y corregir los errores que cometí. Ahora se trata de salir adelante.

Envuelta en un mar de dudas, me pregunto, ¿dónde está esta gente con principios? ¿Dónde están que no las veo en las asambleas de barrio? ¿Dónde están cuando damos la cara parando desahucios u ocupando sucursales bancarias? Incluso, ¿dónde están cuando liberamos un edificio entero para realojar a las familias desahuciadas? ¿Dónde están cuando pedimos solidaridad con unas compañeras represaliadas, sin importar sus ideologías políticas, pero luego nos increpan por desconocer los casos de encarcelamiento de sus compañeras anarquistas? ¿Dónde están cuando se necesita apoyos en las huelgas indefinidas? ¿Dónde están, en general, cuando apostamos por la construcción de movimientos populares, por contribuir al crecimiento del sindicalismo combativo en los centros de trabajo, por el crecimiento del movimiento estudiantil y en general, por extender las luchas? De hecho, la gente de los movimientos sociales en general (incluidas algunas anarquistas) que no resaltaba sus principios era la que estaba en primera línea dando batalla, aunque hay excepciones… Otras simplemente aparecen encapuchadas en las manifestaciones para tirar piedras y luego desaparecer, para que luego, las que no van preparadas para la guerrilla urbana se coman la brutalidad policial y las represalias. ¿Quiénes son esa gente con principios? ¿La vanguardia del proletariado? ¿La revolución de unas minorías?

Definitivamente, no tengo principios. Al menos no aquellos que se tienen como excusa para no dar un palo al agua. El problema es que, parece ser, que esa gente con principios se desentiende de todo. Pasa de todo lo que no entren en sus principios. Su pedantería les hacen ser las mismas personas que ellas mismas critican. Porque los principios deberían servir como base para construir alternativas políticas reales, para la intervención social y el fortalecimiento de los movimientos populares, para elaborar estrategias políticas, hojas de ruta, programas y proyectos de mayorías. En definitiva, para construir y no para el postureo, el folclore y los sectarismos. Y lo que le falta a esa gente con principios es que bajen de su pedestal o de sus altares y sean humildes, que se preocupen por los problemas sociales y participen en buscar soluciones, que se manchen como lo hacemos todas las que luchamos, que dejen de excusarse todo el rato y transmitir actitudes derroteras y, en su lugar, transmitan motivaciones y ambición aportando sus granitos de arena.

Reflexiones sobre un pueblo fuerte

En mi anterior artículo ya hablé de la necesidad de que les anarquistas dejáramos de estar a la defensiva para pasar a la acción. Lo que yo expuse en mi anterior artículo puede que fueran mis reflexiones personales e individuales, pero sé a ciencia cierta que eso mismo lo pensaban y lo piensan muchas personas más. Análisis, debates y artículos que reflexionan en torno al problema del movimiento-ghetto anarquista que, guste o no, hemos creado o, al menos, es lo que tenemos en buena parte, abundan. Se torna manifiestamente claro que si nuestras ideas actualmente no tienen más seguidores entre el pueblo no es principalmente por acierto de les que nos oprimen, sino por defecto nuestro. Llevamos mucho tiempo sin una estrategia clara y haciendo muchas cosas mal o con un objetivo diferente al de convertir al movimiento libertario en un movimiento de masas, capaz de transformar nuestros anhelos en algo real. Que también se han hecho otras muchas cosas bien es obvio, pero para tirarnos flores nos sobra tiempo, para reaccionar y posibilitar alcanzar otro mundo, no.

Ha surgido Construyendo Pueblo Fuerte . Por ahora no es más que un manifiesto firmado por militantes y activistas sociales que buscan superar al capitalismo y al Estado y conseguir una democracia de verdad (directa, económica, participativa, inclusiva: libertaria ) luchando desde abajo al margen de los cauces institucionales, pero puede llegar a ser mucho más: puede llegar a ser lo que pretende.

La cosa está clara. Ante el eterno retorno de la socialdemocracia, les que no nos identificamos con las instituciones de este sistema y no creemos en las vías electoralistas y en los parlamentos, necesitamos organizarnos, reconocernos y visibilizarnos . Pero no merece la pena que nos visibilicemos si no tenemos nada que proponer. Sí, abolir el Estado y el capitalismo; comunismo libertario, democracia directa y asociación libre. Vale, muy bien, pero igual necesitamos algo más . Igual necesitamos ponernos manos a la obra a elaborar un programa específico para las necesidades políticas, económicas y sociales de nuestro tiempo . Igual necesitamos juntarnos alrededor de una iniciativa confluyente para poder tener fuerza de verdad, poder popular , sin abandonar nuestros principios (al revés, reafirmándolos) ni nuestras organizaciones. Igual necesitamos estar dispuestes a lanzarnos al barro y ponernos de mierda hasta las orejas, como han hecho todes aquelles a les que admiramos y que ya solo son palabras en libros o en nuestras bocas.

Este mundo es complejo. Como diría una gran persona, «no escogemos el tiempo que nos toca vivir, solo lo que hacemos con el tiempo que nos ha sido dado». Nuestro tiempo nos ha puesto en una situación realmente complicada, una muy difícil, pero eso no debe asustarnos ni hacer que nos quedemos resguardades dentro de nuestro caparazón, aunque las condiciones sean adversas y nada bueno se augure. Yo estoy hasta las narices de esperar . Estoy ya cansado y no tengo… mejor dicho, no tenemos (tanto) tiempo. Entre nosotres no hay jerarquías, ni órdenes ni jefes, construiremos lo que nosotres mismes queramos construir , así que basta de excusas y basta de cobardías.

Cada une que haga lo que crea conveniente para sí. Yo lo tengo claro.

@LuisAcrata

Reflexiones de un estudiante anarquista

Suena el despertador. Otro día que empieza. Como cada mañana, en un silencio oscuro, busco en mi mente una razón para levantarme. A veces no la encuentro y es un momento muy duro. Me siento solo. Esperando el bus, la misma gente. Dependiendo del mes es día o noche, pero ahora hace frío y es de noche. Solo las gotas de los días en los que llueve pueden darle a la escena un punto más dramático.

Segundos, minutos, horas, días, mucho tiempo mirando por la ventana, como un espectador de la vida. Veo gente, coches, fábricas, nubes, pero pocas sonrisas. Es normal, ¿A quién le gusta madrugar?

Llego pronto a la escuela, cosas de horarios. Una vez en clase veo a la misma gente de siempre. Unos hablan del partido de ayer, otros de la próxima excursión. Se comparten las notas de los exámenes y se hacen planes de futuro. “A ver si apruebo esta y así…”, “Para el año si cojo estas pues ya
acabo…”… Yo estoy sentado, dejándome llevar por la dinámica de la conversación, pero no estoy allí.

En mi mente recuerdo lo que me costó dormir, lo que me costó levantarme y lo que me cuesta motivarme para memorizar esas cosas que luego te preguntan para saber si tienes que pagar otra vez o si puedes pagar a otras palabras que representan asignaturas. Tengo otras preocupaciones.

La LOMCE, el paro, la ley de protección ciudadana, ¿en qué se está convirtiendo la universidad? ¿Cuál será el futuro dentro de 5 años? ¿A nadie le preocupa nada o quizás no le afecta? Su ropa, sus preocupaciones, sus ganas de que llegue el fin de semana para “salir a reventar”… me siento a años luz de los demás. Me siento solo.

La ley de enjuiciamiento criminal, la EU 2015, la ley esa por la que las bibliotecas tienen que pagar en función del número de usuarios y préstamos, la ley de propiedad intelectual. Miro por la ventana mientras no llega el profesor. A mi lado hay un paragüero para cuando llueve que las goteras no mojen todo el suelo, pero a nadie le parece importar. Veo montañas y molinos. Edificios y casetas. Montes y agua. Un océano y un lago. Torres de corriente, serán de REE supongo. Una ciudad que exhala nubes marrones que se quedan como boinas cubriendo a sus habitantes.

Empieza la clase, hablamos de leyes, normativas, fórmulas… bueno, habla el profesor, yo escucho. Hace algunas preguntas, me sé las respuestas pero me callo, así, entre silencio y silencio puedo pensar en que está pasando. ¿Al que tengo al lado no le importa la reforma laboral o simplemente no sabe lo que es? Lo miro… probablemente su familia tiene una empresa y su aspiración es vivir de rentas o pensar en el pequeño sueño burgués americano.

Recuerdo que este año comenzaba con un BOE diciendo que la iglesia va a recibir algo así como trece millones al mes del estado. Suelto una carcajada, fueron los “socialistas” los que aprobaron ese BOE. La risa se convierte en depresión… ¿Cómo hay “socialistas” que solo quieren volver a los maravillosos años de principio de siglo?

Alguien pregunta cómo va a ser el examen. Sonrío internamente. La misma pregunta de siempre, la misma respuesta de siempre. ¿Aprender? No, aprobar. Recuerdo los últimos exámenes, ese taco de folios en blanco que se abre y que contendrán el poder de decir quién paga más y quien simplemente paga. Cómo sufro cuando los veo. Ya no por el jugártelo todo a una carta, sino porque no son reciclados. Valientes árboles murieron de pie ofreciendo su vida y su cuerpo sin que les preguntaran si querían hacerlo. El plástico que los contenía se tira a la única papelera que hay en la j aula fría e incómoda que tenemos por clase.

Termina la clase, el profesor se va. Hoy no tengo más clase, toca esperar el bus. Veo carteles, veo una chapa del Ché. Aunque no lo pregunté se me dice que esa chapa es para ligar más. Tranquilo, ya lo sabía hace tiempo, tu comportamiento y tus preocupaciones no engañan a nadie, por lo menos a mí. «¡Gana dinero, aplasta a la competencia y fóllate al mayor número de chicas!» Esas son los eslóganes que veo en el día a día entre mis compañeros (por supuesto cuéntalo, sino no sirve).

Hace frio, no viene el bus, aún queda tiempo para pensar más. Sigo pensando en el tío chapa. Lo vi en alguna de las manifestaciones. No, era broma, perdón. En alguno de los paseos que hubo estos pasados cursos en contra de la LOMCE, paseos o desfiles, como os guste más. En el piquete que habíamos hecho no estaba. Bueno, más que un piquete, fue un «paseo en el zoo”. “Las concentraciones son misas y las manifestaciones son procesiones” Cuán anonanado me quedé cuando me dijeron esto: No le falta razón. Pero claro, si vuelcas un contenedor te llaman fascista (fui espectador de esta escena). Ya de vuelta, miro mi reflejo en el cristal. ¿Qué pasó? ¿Cómo puede ser para mí algo normal y totalmente legítimo algo que para otras personas les parece de “locos”? Hablo de organizarse entre iguales, sin tener que pedir permiso a nadie para poder hacer algo. Hablo de reaccionar ante una situación. Yo creo en que hablando se entiende la gente, pero del mismo modo pienso que ante un abuso e imposición con violencia de algo, el hablar no consigue nada. Esto lo aprendí en mis carnes. Pero qué fácil sería optar por considerarme la “vanguardia” de algo o alguien. Que fácil sería justificarme. Que fácil sería dormir… Pero hace tiempo que considero que nadie me debería decir lo que tengo que hacer, y por coherencia, no seré yo quien bajo la etiqueta de un cadáver del principio del SXX le diga a los demás lo que tienen que hacer.

Supongo que lo que toca es compartir mi forma de pensar respecto de cómo nos deberíamos organizar y cómo deberíamos luchar. Si, luchar. Porque luchar es pedir algo, pero pedirlo de corazón y estar dispuesto a sufrir para conseguirlo, que en toda lucha hay pérdidas. ¿Qué puedes perder cuando está todo perdido? ¿La vida? No. Si solo hay una entonces no hay nada que perder. Pero ahora es cuando entra en juego la confianza. ¿Cómo no caer en sectarismos y poder confiar en alguien anónimo que participa contigo en una lucha de “masas”?… (Sí, hay masas y siempre habrá masas, otra cosa que solo se aprende cuando sales de tu habitación. Por cierto, que decepción me llevé). Llego a mi parada, bajo y voy a casa. El resto del día no os lo cuento, no os importa la verdad. Lo único que os confesaré es que esa noche, al igual que la anterior, me costó dormir por las mismas cuestiones de siempre, y como siempre, entre sábanas me sentí solo, y como siempre al día siguiente tocará buscar otra razón para levantarse.

W.

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