Sus guerras, nuestros muertos

No solo es un atentado.

A lo largo del mundo, semana tras semana, se producen actos de violencia masiva y masacres como la ocurrida el pasado 13 de noviembre en París. Sin ir más lejos, en el último tiempo, hemos presenciado atentados como el de Ankara (con 132 muertes) o el de Beirut (con 41 muertes). Pero parece que en Europa, solo nos preocupamos de los problemas internacionales cuando afectan directamente a nuestros territorios; como por ejemplo con el caso del Ébola o en lo que nos atañe la guerra de Siria. Esta actitud denota nuevamente el etnocentrismo europeo, nos acercamos con desprecio a otras culturas y magnificamos los hechos dolorosos en la nuestra, sin tener en cuenta los daños que provocamos en el resto del mundo. Es curioso el cinismo de bastante gente que nos rodea que al minuto de la tragedia de París ya tenía su foto de perfil con la bandera francesa, sin embargo cuando esto ocurre en otro lugar mundo la indiferencia sale a relucir.

No podemos sino condenar y repudiar un atentado como el ocurrido en París, en Beirut  o en Ankara, no tanto por una cuestión moralista sino porque son ataques a nuestra gente, a jóvenes parisinos que estaban en un concierto, a familias libanesas que acudían a realizar la compra semanal al mercado, o jóvenes revolucionarios en una manifestación en Ankara.

No se tratan de ataques aislados, sino de ataques a la clase trabajadora, ya sea mediante los bombardeos occidentales en Siria o los atentados en Paris. Frente a esto entendemos que no podemos quedarnos anclados en posiciones simplistas del tipo: “no a la guerra”; por supuesto que no queremos guerras y que las guerras tan solo traen desgracia a los pueblos que las sufren, pero de poco servirá para solucionar el conflicto que un grupo de progresistas europeos digan NO a la guerra, la guerra existe y no va a dejar de existir por este tipo de posiciones, hay que tomar partido y solidarizarnos con quien la aborda desde una perspectiva revolucionaria, desde nuestra manera de analizarlo, el pueblo kurdo. Debemos luchar tanto contra las mentiras mediáticas difundidas por los gobiernos occidentales, como por una lucha incondicional contra el Estado Islámico, procurando dirigirla hacia el ahogo financiero y militar.

Un atentado, varias consecuencias.

El atentado ocurrido en Paris el pasado mes también se traduce, evidentemente, en respuestas políticas y sociales. Vemos fundamental señalar estas cuestiones en cuatro puntos principales:

  1. Auge del racismo y la islamofobia tanto social como institucional. Presenciamos cómo en el resto de Europa los partidos racistas y de extrema-derecha están en un proceso de expansión y aumento de sus fuerzas, utilizando desgracias como la de París para justificar su intolerancia, al mismo tiempo los ataques violentos hacia personas refugiadas o migrantes se incrementan.
  1. Cierre de fronteras. Precisamente en esta línea de xenofobia inducida, y mediante la doctrina del shock utilizada contra la población, se ofrecen respuestas como el cierre de las fronteras para evitar la entrada de refugiadas y migrantes, poniendo como excusa los atentados y endureciendo las leyes de inmigración. Sin embargo, debemos tener claro que estas personas llegan jugándose la vida a través del mar, y no en primera clase en avión como quienes cometen estos atentados. Una vez más, las victimas de todo esto es nuestra gente, los que huyen de la barbarie de la guerra, para nosotras las fronteras sí que existen, para los que tienen los bolsillos llenos no.
  1. Intervención internacional. Ya hemos comentado que estos atentados, suponen la perfecta excusa y legitimidad de los gobiernos occidentales para bombardear sin escrúpulos regiones de Sira e Irak, donde mueren cientos de civiles que nada tienen que ver con el Estado Islámico. La lucha contra el Estado Islámico no comienza bombardeando ciudades indiscriminadamente sino cortando su financiación, no nos olvidemos que la mayor parte del petróleo que vende el ISIS, es a los mismos Estados con los que supuestamente está enfrentado.
  1. El afianzamiento del control social autoritario. Al calor de estos hechos, los gobiernos europeos, aprovechan estos sucesos para iniciar un profundo receso de las libertades colectivas. Se aumenta la presencia policial en las calles, la videovigilancia y el aumento del acoso legal a personas con rasgos árabes. Estamos viendo la paralización total de ciudades como Bruselas y el establecimiento de estados de excepción que pretenden inocular el miedo más absoluto al pueblo, haciéndole creer indefenso y buscando su conformidad a la hora de establecer mayores restricciones.

Con las manos manchadas de sangre y dinero.

El escenario geopolítico de la guerra de Siria se ha convertido en una representación en miniatura de una guerra internacional, en donde diversas potencias luchan por sus intereses. Vamos a ser breves pero claros, entendemos que hay tres ejes fundamentales con alianzas cambiantes en esta guerra:

– El eje EEUU/Europa/Israel, financiando en un primer momento a los grupos que luego han acabado constituyendo el ISIS y a las fuerzas sirias rebeldes incluida Al-Nusra (red Al Qaeda en Siria).

-Eje Iran/Rusia apoyando al gobierno sirio de Bashar Al Assad.

-Turquia/Arabia-Saudi/Qatar/Kuwait eje aliado de EEUU, que financian, arman y contribuyen casi sin mascaras al Estado Islámico.

Entendemos que aparte de estos ejes hay otros actores fundamentales en el proceso de guerra, pero pretendemos este artículo como una introducción y una primera puesta en contacto. Quedan fuera pero habría que tener en cuenta actores como Hezbolá o el pueblo kurdo, estos últimos fundamentales para marcar nuestra referencia y horizonte en el territorio y el plano revolucionario.

Todos estos actores tienen intereses por la inestabilidad de la región, en base a sus planes geoestratégicos marcados por el capitalismo. Cuanto mayor sea esa inestabilidad, y también sea mayor la confusión entre las poblaciones occidentales, más sencillo resultará la justificación de las agresiones y la intervención, que tiene por objetivo principal construir un mercado al margen de leyes internacionales para comerciar petróleo, armas y otros productos, en una retroalimentación perfecta para las elites capitalistas internacionales. Ya sabemos el refrán popular: «a río revuelto, ganancia de pescadores».

Avanzar en la crítica, esbozar las respuestas.

Entendemos que como personas activas en política y con numerosas inquietudes debemos establecer un análisis claro y profundo, por lo que queremos compartir algunas de las conclusiones fundamentales y acciones a desarrollar como cuestiones pendientes de vital importancia:

– Apoyo mutuo y solidaridad con las personas refugiadas y migrantes. Tenemos que avanzar en construir soluciones desde el apoyo mutuo y la solidaridad desde diversos frentes. Actualizar rutas seguras de tránsito de personas y garantizar la libre circulación por Europa, algo que se enfrenta directamente con el tratado de Dublín (que prohíbe el traslado de personas refugiadas a otro país que no sea en donde haya pedido asilo) y las leyes de migración europeas. Generar espacios de confluencia con las personas que vienen de fuera, teniendo en cuenta siempre la perspectiva psicosocial y fomentando la mutua adaptación. En Grecia, por ejemplo, se han ocupado edificios junto con refugiadas y personas migrantes. Una cosa que tenemos que aclarar es que no apoyamos de ninguna manera la diferenciación que se está realizando desde los medios de masas  en torno a las personas refugiadas de guerra/migrantes por pobreza, creemos que la raíz del problema de ambas situaciones son las mismas, y que la diferenciación tan solo ayuda a separarnos más y a potenciar la invisibilidad de otras situaciones de opresión.

– Fracaso de planes multiculturales en las ciudades europeas. Los planes socialdemócratas de la multiculturalidad han fracasado, el típico dicho de “que se adapten los de fuera” solo ha servido para generar ghettos. Frente a esto debemos de plantear proyectos interculturales en nuestras ciudades, la mutua adaptación tiene que ser la respuesta frente a las políticas etnocéntricas de los Estados.

– Transversalidad en el apoyo al pueblo kurdo. No podemos dejar de apoyar a las nuestras, a las que analizan la guerra de Siria desde una perspectiva revolucionaria. El apoyo al pueblo kurdo no puede pasar únicamente por la creación de plataformas de apoyo, sino en dotarnos de transversalidad y que los movimientos sociales se posicionen respecto a su lucha.

– Combatir tanto en las calles como comunicativamente los discursos islamófobos y racistas que se encuentran en auge; el Frente Nacional en Francia, los más de cien ataques incendiarios a centros de refugiadas en Alemania, el partido nazi Amanecer Dorado en Grecia o proyectos en el Estado español como el del Hogar Social. Frente a esto debemos de tener continuidad en la lucha como hemos venido haciendo hasta ahora, ser capaces de continuar teniendo las calles a nuestro favor y de combatir sus discursos.

– Comenzar a analizar la guerra también desde una perspectiva de clase, de género y del territorio, algo que los kurdos han sabido desarrollar con sus propuestas políticas en torno al confederalismo democrático.

– Señalar a los estados/empresas que por un lado financian al ISIS y por otro rentabilizan la guerra en términos económicos. Además, los medios de comunicación son habituales cómplices de desinformar a la población. Les conviene mantenernos en la ignorancia de un conflicto, que como hemos comprobado, tiene demasiados actores y un desarrollo velado y supeditado a los intereses de la clase dominante.

Continuar adelante con nuestros principios éticos y organizándonos frente al terror que nos impone este sistema capitalista es una necesidad que debemos desarrollar en comunidad; de nada sirve caminar solos por las calles junto al miedo que pretenden inocularnos. Cuanto más claras sean nuestras propuestas, más cerca estaremos de emanciparnos libremente junto a nuestra gente.

 

Artículo de opinión elaborado por @Bari_Dz y Ángel Malatesta

Fútbol, fascismo y culturalidad

El caso del asesinato de Jimmy.

Se ha cumplido un año de que el aficionado del club Deportivo de la Coruña, conocido como Jimmy, fuera asesinado por el Frente Atlético a orillas del río Manzanares, después de que le propinaran una paliza y lo arrojaran al propio río. Inmediatamente la maquinaria de los mass-media se puso en funcionamiento, inventando hechos cuyo beneficio social favorece al espíritu acrítico que quieren inculcarnos.

En las televisiones y la prensa comenzaron a afirmar con total seguridad, que había sido una pelea concertada por ambas hinchadas futbolísticas, que no pudo ser evitada por la policía y que son cosas de la violencia en el fútbol, además de situar al chico asesinado en la posición de un ultra radical, haciendo desaparecer el análisis social y político profundo que habría que aplicarle correctamente a este hecho. Un año más tarde, muchas de estas afirmaciones se demostraron que fueron mentira, pero no han sido aclaradas ni rectificadas, por lo que esa ha sido la información que quedó retenida en la cabeza de la mayoría de las personas.

Si confiamos en los medios de comunicación, nos harán creer que las víctimas son los culpables. Hay que llamar a las cosas por su nombre, y lo sucedido hace un año fue una agresión fascista que se llevó por delante la vida de un muchacho y seguidor de fútbol. El fútbol como deporte y elemento cultural tiene una vertiente de incidencia sobre la sociedad, nos guste o no ese deporte es una realidad innegable. El fútbol debería servir para exportar valores antirracistas y antifascistas, y servir de cohesión en torno a valores humanos, solidarios y de apoyo mutuo frente a las injusticias. Labor con fuerte contenido social y de barrio que pretenden realizar grupos como Bukaneros, Riazor Blues, Biris, Celtarras, Herri Norte, etc.

Sin embargo, muchos grupúsculos nazis de la sociedad aprovechan, por el contrario, el fútbol y la condescendencia de los clubes y la policía para difundir un ideario autoritario, racista y nacionalista. Introduciendo en ese marco sus agresiones de índole fascista, que son presentados a la sociedad por estos mass-media como reyertas ocasionales y que nada tienen que ver con un problema social como es el auge del fascismo y su terrorismo. En esta vida nuestras decisiones son importantes y somos granitos de arena, podemos decidir actuar en pos de construir una organización y una lucha con valores alternativos a este sistema social, o podemos apoyar al capitalismo con nuestro silencio, y a su brazo armado de carácter fascista.

Un concepto como ultra de la izquierda no es un término aséptico, lleva una carga ideológica evidente pues ha sido elaborado por la propia prensa burguesa. No creo que sufrir una agresión nazi organizada, y permitida por la policía, haga a nadie responsable de su propia muerte, pero al fascismo en este país se le justifica hasta límites insospechados siempre. Ante esos valores antifascistas y solidarios en el fútbol que tratan de transmitir algunos grupos e hinchadas, les convierte en grupos ultras a ojos del capitalismo que combaten.

Una enseñanza de los principios antifascistas y antirracistas, es que frente al nazismo, la unión hace la fuerza y el apoyo entre compañeros es fundamental. Evidentemente entre aficiones de izquierdas existen buenas relaciones, son grupos que pretenden denunciar públicamente el racismo y luchar contra el fascismo en el fútbol. Por lo tanto si sufren agresiones de esa índole, es completamente legítimo para plantar cara a ese autoritarismo con la unión entre antifascistas. No se trata de violencia en el fútbol, se trata de autodefensa y acción directa contra una ideología criminal. La violencia en el fútbol está presente de otras muchas maneras completamente normalizadas, consecuencia de permitir una competitividad agresiva y antideportiva en el mismo.

El fútbol moviliza una cultura social con grandes potenciales.

Mezclar política y deporte puede ser intentar inculcar a través del fútbol valores como solidaridad, antirracismo, unión frente a injusticias. El fútbol es un deporte de masas que no puede ser entendido como un elemento ajeno a la cultura social, por lo tanto esa acción política sobre el fútbol no solo me parece positiva, sino necesaria. Por otro lado, y cosa muy distinta es aprovechar el fútbol como excusa para difundir un ideario nazi. Las perspectivas y maneras de actuar de ambas posturas frente al fútbol me parecen completamente antagonistas, en ningún caso comparables. A la vista han quedado los intereses económicos y mafia que ha tenido montada durante años Ultras Sur con el club Real Madrid, mientras otros en el barrio de Vallekas se dedican a ayudar a personas desahuciadas de sus casas. Los valores humanos son evidentemente distintos, y me reitero en lo anterior, si no se vierten actitudes políticas humanas en el fútbol, por mucho que se quiera evitar mezclar política y fútbol, el fascismo lo instrumentaliza y lo utiliza como medio para cometer agresiones.

Los comportamientos inducidos por los clubes, federaciones y personalidades futbolísticas son inútiles, puesto que dependen de unos intereses económicos y de poder. Es parte del entramado fútbol-mafia que muchas personas conocemos, pero también existe un fútbol entendido de manera popular, activa y en el que podemos ser partícipes. El surgimiento por lo tanto de seguidores que se agrupen en torno a un equipo de fútbol y unos valores conscientemente sociales, no implica actitud fanática o ultra, sino todo lo contrario, la difusión cultural de unos principios humanos y solidarios a través de un evento tan masivo como el fútbol, y la incisión en barrios para generar unidad y tejido social comunitario en torno al deporte.

Enlaces del mes: Octubre 2015

El mes empezaba con un repaso a las bases del sistema económico-politico y su (o sus) crisis que no dejaba mucho margen al optimismo. Teniendo en cuenta la energía, las materias primas, el cambio climático y la conflictividad entre los distintos estados y facciones, el otoño empezaba con un horizonte claramente complicado, como se explica en este artículo de crisis concéntricas. Por suerte o por sensatez, también parece una tendencia el debilitamiento del deseo de propiedad, como apuntaba Toño Fraguas en El ocaso de la propiedad, donde destaca que incluso en los EEUU, país donde está más extendida la cultura del consumo y la felicidad de lo material, cada vez más personas están tomando el tener propiedades como una carga.

En el ámbito laboral, octubre vino un tanto agridulce. En el mismo mes en que Forbes ha coronado a Amancio Ortega como el hombre más rico del mundo, no faltaban los recordatorios sobre cómo se forjan esas fortunas. Lo que se ha tratado como escándalos de imagen respecto a las actividades de Inditex en Brasil o, en general, en Latinoamérica y Asia, parece ser que la sobreexplotación obrera de la de toda la vida, con las pistas un poco difuminadas a base de deslocalización y de delegación en capataces casi esclavistas que son, sobre el papel, los que se manchan las manos.

Lo poco que tuvo de dulce lo pusieron los llamados «manteros» en Barcelona. Pese a las condiciones de desarraigo, clandestinidad y racismo normalizado en que trabajan, varios de ellos se han unido en un Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes con vocación de sindicato de ramo, pero también de organización que les dote de tejido comunitario.

Por el lado de las posiciones y decisiones políticas, Emmanuel Rodríguez (miembro de la Fundación de los Comunes, asi como de Ganemos Madrid y Ahora Madrid) se preguntaba qué lecciones extraer de la institucionalización de parte de los movimientos sociales y la previsible derrota de Podemos el próximo 20 de diciembre. Mientras, en Portugal, la gestión de los resultados de las últimas elecciones generales volvían a plantear la falta de democracia en la UE.

En lo represivo, el estado español no deja de demostrar de lo que es capaz: La directa publicaba una entrevista, traducida al castellano en Diagonal, al secretario general de Sortu y líder independentista vasco Arnaldo Otegi, preso desde hace años.

Y, cuando se cumplieron dos años de encarcelamiento preventivo de las anarquistas chilenas Mónica y Francisco, menos de un año después de las operaciones Pandora y Piñata, todas por las dos mismas bombas, una operación de los Mossos, ejecutada bajo las órdenes de la Audiencia Nacional la mañana del 28 de octubre, se saldó con 9 detenciones y registros en domicilios y Ateneos Libertarios como el de Sants de Barcelona y en Manresa. La respuesta solidaria no se hizo esperar. Hubo concentraciones espontáneas en Barcelona y se lanzaron convocatorias para solidarizarse en varias ciudades como Madrid, Compostela, Huesca, Zaragoza… con los y las detenidas. También ha habido repercusión en varios medios de la rueda de prensa de Embat junto a militantes del Ateneu Llibertari de Sants, Grup de Suport a Joaquim y la Assemblea de Barri de Sants. Unos días después, otra operación de la Guardia Civil en Galicia contra independentistas acabó con arrestos a los cuales se les acusan de «enaltecimiento del terrorismo».

Tampoco podemos olvidarnos de la Federación Anarquista de Gran Canaria. La organización está siendo duramente golpeada por la represión por ayudar a numerosas familias sin recursos a encontrar un techo ocupando y recuperando viviendas que los bancos dejan vacío. Algunos militantes han sufrido palizas de la policía, les acribillan a multas y sufren un acoso policial constante solo por el hecho de realojar a numerosas personas y familias, que según calculan, en 2013 más de 400 personas han conseguido techo gracias a la FAGC y también más de 200 viviendas expropiadas y socializadas. En este último año, han realojado a 102 personas en un sólo trimestre. Pero estos maravillosos resultados les están costando sangre, palizas y multas, y hacen un llamamiento a la solidaridad para afrontar la sangría económica que están sufriendo (el nº de cuenta es: ES45 0239 2026 6130 40048866 así como ven la necesidad de formar una red antirrepresiva.

Cinco observaciones sobre las movilizaciones por el derecho a asilo

En los últimos meses, el flujo de personas que intentan llegar a la Unión Europea sin los papeles exigidos por las autoridades ha alcanzado cantidades enormes. El tema ha conseguido una creciente visibilidad mediática a base de acumular naufragios en el Mediterráneo oriental y en el mar Egeo, así como de traer –y en abundancia– a la UE imágenes especialmente duras de personas agolpadas en masa en las fronteras macedonias y húngaras, flotando a la deriva o muertas al naufragar. Esta situación ha provocado un cierto revuelo, inusual, que, en la región española, ha propiciado que sectores de la población presionaran a los ayuntamientos de sus municipios en favor del derecho de asilo, lo que ha permitido a su vez a estos presionar al gobierno central en este sentido y llevar el tema a las portadas de los periódicos. Todo ello mientras, en el caso concreto de Madrid, se convocaban asambleas la primera y segunda semana de septiembre donde la población intentaba movilizarse en lo explícitamente político y preparar la acogida en un sentido más material.

A pesar de lo inmediato que pueda resultar, la asistencia a esas dos asambleas y a la manifestación del sábado 12 nos empuja a unas cuantas observaciones, que pretenden ser rápidas, pero no apresuradas.

1) Se constató que había una gran vocación de organizarse y movilizarse por el derecho a la libre migración, sin entrar en debates tramposos sobre quién es migrante y quién exiliada… pese a lo cual hubo voces en todo momento, y siguen ahí, que quisieron marcar esa diferencia, entendiendo que las instituciones están mucho más comprometidas con las refugiadas por factores como la legalidad internacional y que la presión será mucho más eficaz si se trata de evitar que las refugiadas sean devueltas a sus países, internadas en CIEs o algo así. Entendemos que esto obvia el agravio comparativo que supone para quienes todavía hoy huyen del hambre, la miseria o, simplemente, la precariedad –y seguirán haciéndolo– y para quienes ya han llegado aquí y, en muchos casos, llevan adelante su propia lucha contra CIEs, abusos policiales y demás y/o se integran en aquellas luchas de nuestra clase aquí y ahora que no entienden de orígenes geográficos, administrativos ni étnicos.

2) Dada esta fijación con las refugiadas en general y con las sirias en particular, cuando se intenta señalar la hipocresía de la UE se olvida el caso libio (no menos crucial y donde las autoridades españolas se mancharon más las manos), las inquietantes relaciones de nuestra clase dirigente con la de estados que no están siendo muy cuestionados y también son clave en el tema (por ejemplo, Marruecos) y se intenta hacer un análisis maniqueo de más de cuatro años de guerra civil en aquel país del Mediterráneo asiático. Es insultante y además aburrido tener que escuchar, todavía en septiembre de 2015, que lo que hay en Siria es «una revolución donde 200.000 personas han sido masacradas por el régimen de Bashshar Al-Asad» –cosa que hoy día no dice ni la oposición siria más deshonesta– o, al contrario, como dijo cierto dinosaurio del PCE que nos honró con su presencia y la de un grupo de palmeros y palmeras (sobre todo para repetir lo que ya había dicho un interviniente anterior), que lo que hay en Siria son sólo «grupos terroristas financiados por Occidente» y punto. No obstante lo cual, algún tipo de visión política de las causas de la emigración es necesaria, no sólo para entender la situación, sino para presionar a quienes en nombre nuestro siembran hoy las crisis que nos traerán las oleadas de personas (exiliadas o migrantes, poco importa) del mañana.

3) La asociación que las convocó (Asociación Sin Papeles Madrid) tuvo la apertura y generosidad de convocarlas como asambleas abiertas. Una idea tan bienintencionada, por otra parte, fue de la mano de una falta de dinamización casi total, lo que condujo a una esterilidad ya conocida en el asamblearismo: personas que se extienden demasiado, otras que intervienen sin siquiera tener algo que aportar, otras que consumen muchos más turnos de palabra que ninguna otra persona, una primera asamblea convocada sin propósito claro ni orden del día (ni siquiera aproximado), más de cien personas intentando oírse en una plaza de Lavapiés sin megáfono (en el caso de la primera asamblea; alguien, a título personal, llevó uno a la segunda), ningún tipo de recordatorio a las intervinientes sobre estos u otros aspectos fundamentales, …

4) Se habló de apoyo material para las refugiadas que vengan, tanto mantas, ropa, comida y similares, como espacios donde puedan vivir de manera más transitoria o más a medio o largo plazo. ¿Por qué se enfoca así? Apenas hubo alguna intervención para recordar que ya existen iniciativas de clase como las RSPs y otros bancos de alimentos, los grupos de apoyo muto o las asambleas de vivienda y PAHs donde participamos juntas inmigrantes y nativas (venidas, por lo general, de la migración interna, por otra parte), ¿cómo se explica? Ese afán por doblar esfuerzos innecesariamente es incomprensible, además de servir de munición a esa extrema derecha que nos imagina más preocupadas por las nacidas fuera que por las nacidas aquí.

5) Por último, es verdad que esta reacción es una buena noticia. La falta de reacción que ha habido hasta ahora era indignante y, no obstante, la reacción en contra parece apoyarse en prejuicios, como que estos náufragos (mayoritariamente árabes, kurdos, etc.) nos preocupen más que los más habituales náufragos negros o que el que puedan estar a merced de policías de Europa del este y central (con los tópicos heredados de la Guerra fría en el imaginario colectivo) nos preocupe más que la suerte de quienes se las ven con la Guardia Civil, Carabinieri, etc. La geopolítica europea, donde a nadie le gusta el actual gobierno nacionalista húngaro, también parece haber ayudado a favor de la preocupación por las refugiadas. No obstante, por los factores superficiales mencionados y por nuestro propio funcionamiento como masa, existe un claro riesgo de que esta movilización se convierta en una moda y decaiga rápidamente (quizá antes de que lleguen la mayor parte de refugiadas, incluso) y, visto el perfil de las movilizadas en Madrid, una moda casi circunscrita a quienes ya participamos en otras iniciativas. La invisibilidad de que han sido objeto hasta ahora las exiliadas colombianas (incluso comparadas con las que ahora vuelven allí desde Venezuela) o las 260.000 huidas de Ucrania –en plena Europa– en menos de dos años da ejemplos bastante elocuentes.

La Mutualidad de Estudiantes

Víctor T.P. – Colectivo Brumario

Más textos de este colectivo pueden leerse en https://colectivobrumario.wordpress.com/

A principios de 2013 un grupo de estudiantes de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM decidimos involucrarnos en la construcción de una herramienta que fuese capaz de evitar la expulsión de nuestras compañeras de la universidad por no poder hacer frente a los pagos de la matrícula, desorbitados ya incluso para la lastimera socialdemocracia. Las autoridades universitarias, plenamente informadas de la existencia de este problema, no solo mantuvieron una descarada inactividad en la línea de la solución del problema, sino que, actuando de forma consecuente con su condición de cargos políticos, tomaron una posición enfrentada a la nuestra al ejecutar en última instancia las expulsiones de nuestras compañeras.

Así, consideramos necesario dotarnos de herramientas capaces de vincularse a la materialidad y de conseguir victorias reales o, al menos, frenar realmente los ataques a los que nos veíamos sometidas. Asimismo, esta debería ser una especie de nodo que aunase  la lucha estudiantil para, partiendo de esas victorias materiales, pasar al ataque. Así concebimos la Mutualidad de Estudiantes. Como un instrumento al servicio de las estudiantes y en las que estas participasen haciendo de las redes de solidaridad más que una mera enunciación, volviéndolas reales.

De esta manera, el eje central en torno al que se movía toda la estrategia era precisamente algo tan material y tangible como un fondo económico financiado por las aportaciones de las participantes en el proyecto. Se vio necesario establecer un sistema de cuotas por la simple razón de que si ese fondo no estaba bien nutrido, la Mutualidad perdía pie. La idea no era otra que, con ese fondo, responder a las necesidades económicas de las compañeras haciendo frente a los pagos que estas no pudieran efectuar. Por la misma naturaleza de la idea, entendíamos que no podía ser algo abarcado solo por un grupo, sino que si queríamos tener algo útil, debía tener cierto carácter de amplitud o, si se quiere, masividad. De hecho, solo así, al menos de la forma en la que estaba planteada la idea, hubiésemos podido hacer frente a la subida de tasas que posteriormente dinamitó el proyecto, siéndonos imposible abarcar la magnitud de los pagos.

Como es intrínseco a una iniciativa de este tipo, veíamos que existía un riesgo importante de que este cayese en el asistencialismo hacia personas que acudiesen a resolver su problema y se marchasen una vez se hubiese solucionado. No obstante, y aún sin tener muy claro de qué manera evitar esto, decidimos que era un riesgo que bien valía la pena correr. Para minimizar este pretendimos trasladar el espíritu de la lucha por la vivienda y otros ejemplos en los que las redes de resistencia y solidaridad toman protagonismo. Consideramos que en estos casos se había conseguido reducir los casos de asistencialismo al mínimo posible, logrando implicar en mayor o menor medida a las afectadas y proyectando esa energía nacida de la solidaridad hacia otros casos o problemáticas, convirtiendo lo que hasta entonces eran casos individuales en organización o movimiento, entendiendo estos en un sentido amplio.

Mutualidad

Como se ha mencionado brevemente más arriba, este era también el objetivo de la Mutualidad. Observando que el movimiento estudiantil, el que participábamos, se encontraba sumido en una continua derrota que no parecía tener visos de revertirse haciendo  lo mismo una y otra vez y sin capacidad para conseguir victorias concretas, pensamos que era sobre estas últimas sobre las que debíamos centrarnos. No quisiera que esto se entendiese como si un grupo elevado por razón divina mirase desde arriba lo que hacían el resto de sus compañeras y lo juzgase erróneo. Quienes trabajamos en esta iniciativa también participamos en las asambleas estudiantiles y en muchos casos fuimos partícipes de sus errores. La razón de separar la Mutualidad de la Asamblea radica en que pensamos que la primera necesitaba de una dedicación que no podía ser asumida por la asamblea sin ralentizar su funcionamiento o asumir un importante giro estratégico que no estábamos seguras de que esta fuese a aceptar.

Algo que consideramos reseñable es que las primeras asambleas abiertas que tuvimos atrajeron especialmente a compañeras que no ubicaríamos en el perfil de típica activista o que, desde luego, no participaban en la Asamblea de facultad. Esto parecería confirmar lo que dijimos unas líneas atrás de que en la Asamblea operaba otro tipo de estrategia, distinto a lo que se quería plantear desde la Mutualidad. Entendemos esto como debido a que una, la Mutualidad, y otra, la Asamblea, toman el problema del acceso a la universidad desde perspectivas distintas, partiendo la primera de la más estricta realidad material, y la otra, de disquisiciones sobre la naturaleza de lo público, consignas de abajo los recortes y cierta premilitancia de futuros cargos políticos. Dejando a un lado el tono sarcástico o caricaturesco, lo que queremos decir es que la lucha estudiantil durante estos últimos años y en un sentido amplio rara vez ha conseguido vincular a gente más allá de los círculos activistas debido a sus escasos resultados, producto, a su vez, de una observación maximalista de la realidad que dejaba a un lado nuestra cotidianidad y, consecuentemente, nuestro mayor potencial.

Este texto quiere rescatar brevemente una experiencia también de muy corta existencia, que no consiguió sus objetivos al no conseguir vincular la gente necesaria, no poder hacer frente a la subida de tasas o un conjunto de estos y otros factores que se nos escapen. Sin embargo, pese a su aparente fracaso, creemos que este es, al menos, el camino que debieran recorrer las próximas iniciativas en el campo universitario, o fuera de él, donde parece que sí están teniendo mejores frutos. Hacer efectivas la resistencia y la solidaridad, pasar a la ofensiva, transformar la realidad.

Si alguien quiere echarle un vistazo a la página de Facebook de la mutualidad, es esta https://www.facebook.com/MutualidadDeEstudiantes?fref=ts

Insurrección abierta

«Nos parece que lo que verdaderamente quita la libertad
y hace imposible la iniciativa,
es el aislamiento que vuelve impotente»
Errico Malatesta.

Se tiene una idea cuantitativa de revolución, algo así como una sobreproducción de actos de revuelta individual. Émile Henry escribió: «No perdamos de vista que la revolución no será sino el resultado de todas estas revueltas particulares». La historia desmiente abiertamente esta tesis. La revolución es el choque de un acto cualquiera (la toma de una prisión, una nueva okupación, el suicidio de alguien desahuciado) y la situación en general, y no la suma aritmética de actos de revuelta por separado. Aquellos que parten de esta tesis cuantitativa tienen el camino señalizado, ya que su desenlace es previsible: uno se agota en un activismo que no va a ninguna parte, uno se abandona a un discurso agotador de la acción donde todo gira entorno a actualizar su identidad radical. Esto dura un tiempo (el tiempo de la depresión o la represión). Y resulta que uno no ha cambiado nada. Su condición parece ser el autohundimiento permanente. Ninguna forma de acción es en sí misma revolucionaria. El sabotaje ha sido practicado tanto por reformistas como por fascistas. El grado de «violencia» en una manifestación no dice nada de su pretensión revolucionaria. No se mide el grado de «radicalidad» por el número de vitrinas rotas; este criterio únicamente es utilizado por aquellos preocupados en medir cuantitativamente los fenómenos políticos.

Un gesto es revolucionario no por su contenido propio, sino por los efectos que engendra. Revolucionario es aquello que efectivamente causa revoluciones. Es por el sentido que toma al entrar en contacto con el mundo que una acción es subversiva, o no. La verdadera actividad para los revolucionarios es la de hacer crecer las potencias en las que participan, en tratar bien a todas las personas susceptibles de abarcar una situación revolucionaria, independientemente de su ideología. Aquellos que oponen los «radicales» a los «ciudadanos», los «rebeldes» a la «población pasiva», solamente consiguen construir obstáculos para que se abarque dicha susceptibilidad. Y de paso anticipan el trabajo de la policía al señalarse a sí mismos como «revolucionarios profesionales». Es bastante sencillo entender que no están ocupados en construir una fuerza revolucionaria real, sino en mantener una fantasmal carrera hacia la radicalidad. Se teme ya no ser radical, como se teme en otras partes no ser cool o hipster. El aislamiento de estos medios es algo estructural: han puesto entre ellos y el resto del mundo el criterio de la radicalidad, y mientras no se entienda esto solo seremos impotentes con muchas ganas de perder el tiempo. Tiempo que, por otro lado, corre en nuestra contra.

Separar a los gobernados de su potencia de actuación política es lo que hace la policía cada vez que, al finalizar una manifestación, trata por todos los medios de «aislar a los violentos». Para aplastar una insurrección nada es más eficaz que producir una escisión en el seno de la población insurrecta, entre la minoría militarizada, generalmente clandestina y pronto «terrorista», y el resto de la población. Resulta interesante analizar los hechos ocurridos en Irlanda del Norte a finales de los años sesenta y principios de los setenta. En agosto de 1969, la fuerza del IRA formó un bloque con los barrios católicos que se habían declarado autónomos. Los guetos se habían sublevado, habían levantado barricadas en cada entrada y estaban cerradas a la policía. Algunos compraban comida para aquellos que ya no podían moverse libremente debido a su clandestinidad. Otros jóvenes alternaban la escuela por la mañana y las barricadas por la tarde. El IRA se fundió con el tejido extremadamente denso de esos guetos. En 1972 todo parecía posible. La respuesta de Gran Bretaña no se hizo esperar; vaciaron los barrios, seccionaron las comunicaciones y lograron separar a los revolucionarios profesionales del resto de la población amotinada, arrancándoles así las mil complicidades que habían logrado tejer. De esta manera se constriñó al IRA para que no fuese más que un grupo paramilitar, una fracción armada condenada al agotamiento, al encarcelamiento y a las ejecuciones. La táctica de la represión consistió en hacer existir a un sujeto revolucionario radical, para luego separarlo de todo lo que hacía de él una fuerza viva de la comunidad. Todo esto sumado a los falsos atentados atribuidos al IRA produjo que este fuese visto como un monstruo políticamente desligado. Conclusión: el aislamiento (producido por nosotros mismos o por el Estado) conduce al fracaso de cualquier levantamiento o insurrección.

No pensemos que se busca «destruirnos». Partamos más bien de que se busca «producirnos». Producirnos como sujetos políticos. Como «anarquistas», como «Black Bloc» o como «antisistemas». Disolvamos de una vez al sujeto-terrorista que el Estado se toma tanto trabajo en imitar.En el fondo esto abre el viejo debate de saber si hay que ir al encuentro de la sociedad para cambiarla, proponiéndole y dándole el ejemplo de otros modos de organización, o si hay simplemente que destruirla sin tomar en cuenta a aquellos que, por su pasividad o sumisión, aseguran que se perpetúe. Un error común es que los revolucionarios tratan de concienciar a la «población» desde la exterioridad vacía de no se sabe qué «proyecto de sociedad».

Es imposible establecer una comunicación eficaz cuando una de las partes es completamente ajena a la otra.

La minoría consciente tiene que partir más bien de su propia presencia, de los lugares que habita, de los territorios que les son familiares y cotidianos, de los vínculos que los unen a su alrededor. Raúl Zibechi escribía tras la insurrección de Bolivia en 2003: «Acciones de esta envergadura no pueden consumarse sin la existencia de una densa red de relaciones entre las personas; relaciones que son también formas de organización. El problema es que no estamos dispuestos a considerar que en la vida cotidiana las relaciones de vecindad, amistad, compañerismo, camaradería, son organizaciones de la misma importancia que el sindicato o el partido. Las relaciones y acuerdos pactados y codificados formalmente suelen tener más importancia que las fidelidades tejidas por vínculos afectivos. Son los mismos órganos que sostienen la vida cotidiana (asambleas de barrio) lo que sostienen el levantamiento».

Tenemos que conceder a los detalles más cotidianos, más ínfimos de nuestra vida común, el mismo cuidado que concedemos a la revolución. La mayoría de organizaciones y sindicatos hablan estando separados, aislados de toda vida comunitaria, y de esta manera es imposible incrementar potencia alguna. Al contrario, nos quema y al mismo tiempo el aislamiento nos señala ante el Estado como «sospechosos». El tacto con los demás, hoy en día, es el aspecto cardinal de todo revolucionario que se precie.

«La lucha está en la calle» no quiere decir solamente ir a tropecientas manifestaciones, pasearse por la ciudad o romper escaparates. La lucha en la calle tiene otro componente más simbólico, pero no por ello menos importante. Calle es vivirla, sentirla y estar con la gente, compartir, escuchar, aprender. Es recrear comunidades y barrios mediante la secesión. Es establecer vínculos, redes, solidaridades. Es disolverse en la comunidad para no tener un rostro reconocible que facilite el trabajo del Estado. A menudo la militancia nos aparta del mundo y de la calle real. Es hora de desembarazarse de toda la morralla mental que arrastramos y partir de lo que se da. La historia del movimiento revolucionario es, en primer lugar, la historia de los lazos que le otorgan su consistencia. La tarea revolucionaria se ha convertido en una tarea de traducción. No hay un «esperanto» de la revuelta. No se trata de que los demás aprendan a hablar anarquista, sino de que los anarquistas seamos políglotas.

Tampoco se trata de escoger entre el cuidado hacia lo que construimos y nuestra fuerza de choque política. Nuestra fuerza de choque está hecha de la intensidad misma de lo que vivimos, de las formas de expresión que se inventan, de la capacidad colectiva para soportar la prueba de aquello a lo que se enfrenta. Lo real es lo que resiste.

«¿Qué es la felicidad?
El sentimiento de que la potencia crece;
de que un obstáculo está a punto de ser superado»
Friedrich Nietzsche.

Radix

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