La Universidad Autónoma de Madrid se pregunta: ¿Monarquía? No, gracias…

Algo se está cocinando lentamente en el Estado español desde los barrios y universidades, huele  sutilmente a Borbones chamuscados; un movimiento popular sin precedentes está tomando forma y cuerpo para derrocar al principal pilar del régimen: la institución monárquica. Sin querer menospreciar al trabajo que históricamente se viene haciendo por mantener viva una crítica a la monarquía borbónica, y enraizada en la lucha antifascista y la memoria colectiva del movimiento obrero; la actual coyuntura tiene su punto de partida el 23 de junio de 2018. En los albores del verano tuvo lugar un referéndum por la plataforma ‘Vallekas Decide’, donde más de doscientos voluntarios sacaron treinta y tres urnas a las calles en un referéndum sobre la monarquía y el derecho a decidir.

Durante los dos últimos meses se ha estado gestando un referéndum sobre la monarquía en la Universidad Autónoma de Madrid a través de una asamblea abierta de estudiantes, es el primer centro universitario que lleva a cabo esta iniciativa, a la cual le seguirán otras veinticinco universidades de todo el Estado español durante el mes de diciembre. Aunque la atención mediática se la está llevando el movimiento estudiantil, este próximo domingo 2 de diciembre tendrá lugar una consulta popular sobre la monarquía en doce distritos de Madrid capital, siete municipios madrileños, y dos municipios más fuera del territorio: Miranda de Ebro (Burgos) y Talavera de la Reina (Toledo).

El éxito de participación el jueves 29 de noviembre en el referéndum en la UAM ha sido total, se contabilizaron 7.303 votos, de los cuales 6.111 votos fueron favorables de abolir la monarquía, y 6.038 votos a favor de la apertura de procesos constituyentes; 43 votos en blanco y 51 votos nulos. Fueron un total de ocho mesas con urnas, una por cada facultad, que estuvieron abiertas desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la tarde ininterrumpidamente, además de dos urnas móviles en el campus de Cantoblanco. Debido a que el rectorado no facilitó un censo oficial, y cumpliendo la Ley de protección de datos, la comunidad universitaria ha votado bajo la honestidad propia de los movimientos populares y haciendo una marca simbólica en la mano para que no se pudiera votar más de dos veces. Muchas estudiantes opinaban que esto no suponía un problema porque no es un referéndum vinculante, pero que legítimamente estaban realizando un ejercicio de acción directa, toma de decisión y autonomía; es decir, un acto político con valor en sí mismo por ser un movimiento organizado desde la base. El 83% ha votado por la abolición de la monarquía, pero los datos no solamente se quedan en ese aporte cuantitativo absoluto, sino que además, comparando con las elecciones a rector del 2017, que acudieron a las urnas 3.727 personas en total, esta consulta ha doblado casi la participación de unos órganos oficiales. Además, si bien en la universidad hay en torno a 30 mil personas matriculadas, y se estima que a lo largo de un día normal son 15 mil las personas de la comunidad universitaria que acuden al campus, esto significa que la mitad de las personas que acudieron hoy a la Universidad Autónoma de Madrid han participado de la consulta.

El objetivo sin duda de dar protagonismo a un sentimiento cada vez más amplio, generalizado y profundo de rechazo a la monarquía, se ha conseguido con creces. El movimiento estudiantil por primera vez en mucho tiempo no se ha organizado tan solo contra algún elemento coyuntural como bien pudiera ser una ley educativa o una subida de tasas universitarias (realidades materiales que también afectan duramente al estudiantado), sino que ahora están actuando contra la espina dorsal del régimen, es decir, su monarquía y su Constitución de 1978, que en pocos días será su aniversario, y que más que nunca recuerda la herencia franquista. Este movimiento está acaparando la acción política en las universidades, en los barrios y quién sabe dónde más podrá extenderse próximamente. Se está construyendo una red amplia, sólida e imparable que está tomando un camino propio, y además, ligada a todas y cada una de las reinvidicaciones del pueblo trabajador, tanto laborales, como sociales, culturales…

Ya fuera por los pasillos de las facultades, en los trenes de la renfe o en los despachos de trabajo del personal docente y administrativo, hoy no se hablaba de otra cosa. Son bien curiosas algunas de las conversaciones o comentarios que podían escucharse, y que también dice mucho de nuestras resistencias políticas e inacción, los pedestales y dogmas que nos sostienen muchas veces, y la falta de análisis global sobre el potencial libertario que pueda tener un movimiento popular.

‘―Pues yo la verdad que como anarquista no quiero ninguna forma autoritaria de Estado, ni republicano,  ni monárquico.― Anda, claro, ni yo tampoco quiero cambiar uno por otro ni que los nuevos dirigentes digan representar a la clase obrera, pero el objetivo primero es echar abajo la monarquía.―’

‘―Yo la verdad que no participo porque detrás hay partidos políticos marxistas, y no me fío ni un pelo.― Ya, y qué importará dónde se posicionen quienes participen activamente en la iniciativa desde el comienzo, si esto es un movimiento que trasciende las siglas y las rencillas que poco preocupan a las trabajadoras en su día a día.―’

―Yo no creo que vaya a servir de nada votar o no votar, si total todo seguirá igual mañana mismo tras la consulta.― Bueno, no tendrá base legal de acuerdo a sus reglas de juego, pero es un acto político directo y legítimo, igual que pudiera serlo una manifestación por las calles, se trata de practicar un empoderamiento colectivo y la toma de decisiones en nuestra vida.―

A pesar del desinterés que podamos achacarle a los movimientos universitarios actualmente, y aunque en las facultades podamos comprobar que haya estudiantes que reproducen una ideología sumamente conservadora, más que antes cuando los hijos e hijas de la clase media llegaban rechazando esa ideología de comodidad de sus progenitores; hoy, la comunidad universitaria ha reclamado que pueden organizarse y que pueden marcar un camino con profundas raíces antimonárquicas. Si bien otras estudiantes de otras universidades de Madrid han acudido como voluntarias a echar una mano en el referéndum de la Autónoma, las próximas semanas ellos y ellas recibirán el apoyo de muchas para que este movimiento popular continue creciendo. No ha habido contratiempos en las urnas, tampoco percances reseñables, en general se ha desarrollado en un ambiente tranquilo y animado el referéndum; es la institución monárquica la que parece tener un tiempo marcado a contrarreloj, y muchas de nosotras no estamos dispuestas a perdérnoslo.

[Crítica teatral] Muerte accidental de una okupa

La obra de teatro ‘Muerte accidental de una okupa’ está organizada por el colectivo teatral universitario Res Non Verba, vinculado a la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid. La dirección montaje, texto original y escenografía fue realizado por la compañera Alma Lerma.

Sinopsis: Un grupo de jóvenes okupas intenta preparar una obra teatral de Darío Fo en el centro social de un barrio popular, mientras se ven continuamente inmersos/as en problemas cotidianos: las dinámicas de las asambleas, las relaciones sociales y amorosas, la acogida de desahuciadas… e incluso deberán resistir el intento de desalojo por parte de la policía antidisturbios.

La obra pretende rendir un homenaje al dramaturgo italiano Darío Fo fallecido en el año 2016, a través de su obra teatral ‘Muerte accidental de un anarquista’, estrenada en Italia en 1970. Según el propio autor los hechos narrados en la obra se basan en un suceso real ocurrido en Estados Unidos en 1921. ​Igualmente se ha encontrado inspiración en las circunstancias que rodearon el fallecimiento del ferroviario Giuseppe Pinelli en Milán un año antes del estreno de la obra, después de que la policía afirmara que cayó accidentalmente de un cuarto piso de la comisaría mientras se encontraba en un interrogatorio.

Esta obra se inspira especialmente en la situación que padecen desde hace tiempo los conocidos como Centros Sociales Okupados Autogestionados (C.S.O.A.) con la nueva estrategia represiva impuesta por el gobierno del Ayuntamiento de la marca política Ahora Madrid. Una estrategia consistente en proponer la legalización a las asambleas de los centros okupados; en el caso de que las asambleas se nieguen a regularizar la situación de sus respectivos centros sociales, el Ayuntamiento de Madrid recurre a la violencia para ejecutar el desalojo.

Este ha sido ya el caso de las amenazas de desalojo notificadas al E.S.O.A. La Dragona en La Elipa, el C.S.O. La Enredadera de Tetuán, o el C.S. La Ingobernable. Los diversos colectivos que gestionan el uso y las actividades de estos espacios populares entienden que legalizar la okupación significa claudicar ante un sistema que quiere individualizarnos y estrangular los espacios comunitarios, razón por la cual resisten hasta las últimas consecuencias. El concepto de okupación es eminentemente político y va ligado inevitablemente al mismo, se trata, en definitiva, de reconquistar parcelas y herramientas robadas por el sistema económico capitalista y el Estado.

Además, la Rosa Negra Ediciones presenta escrita esta pieza teatral perteneciente no solo al género literario crítico, sino más concretamente al género literario de temática libertaria. En este sentido, «Muerte accidental de una okupa», de Alma Lerma, es una denuncia libertaria de la situación represiva que durante los últimos años está padeciendo el colectivo okupa en general y el madrileño en particular. Entre sus páginas, existe además una crítica constructiva dirigida a las personas que integran el mencionado colectivo.

El estreno de esta obra se realizó el pasado 27 de abril en el Centro Cultural El Pozo, en el barrio de Vallekas. Casi un mes más tarde ha tenido una segunda representación en el paraninfo de la facultad de Filosofía de la UCM, donde quienes asistimos pudimos ver una representación de poco más de una hora continuamente cómica y verdaderamente entretenida. Temáticas tratadas desde el afecto social, combinando situaciones cotidianas de las relaciones entre personas con pequeñas dosis de esperpecto teatral. Las actuaciones del elenco eran resueltas, con algunas improvisaciones perfectamente hiladas y que hacían soltar más de una carcajada entre el público. Sobre todo consiguen, en general, que te encariñes con los personajes porque realmente creen en su personaje. El atrezzo era totalmente casero o cotidiano, haciendo de cuatro sillas escolares y una tela un perfecto sofá, la decoración también era de ‘háztelo tú misma’, encajando estupendamente con el valor autogestionado que va implícito en la representación.

Es seguro que realizarán nuevas representaciones en Madrid, e incluso la posibilidad de que vayan a otras ciudades (Burgos, Valencia…), por lo que aconsejamos que os mantengáis bien atentas/os a futuras noticias.

La Universidad Pública de nuestros días: el reino del capitalismo académico

¿Os acordáis cuando de adolescentes nos decían eso de “estudia para tener un futuro”?… Ese relato forma parte ya de la historia. Se ha desvanecido. Forma parte de los valores de la modernidad pasada donde existían relatos estables, previsibles, donde existía un horizonte y certezas.

El proceso de privatización y decadencia de la Universidad Pública empezó en el 2000 con las reformas del Plan Bolonia. Con estas reformas las funciones culturales, críticas, educativas en su significado más integral y transversal, terminarían reducidas a su mínima expresión, aumentando la tendencia profesionalizante y pragmática de las titulaciones académicas dirigidas a emplear a los ejércitos mujeres y hombres que pasan por las aulas de las universidades. Esa masa de mujeres y hombres estudiantes no sólo están dirigidos a su empleabilidad en un contexto tan difícil y salvaje como en la fase del capitalismo actual, sino que también se inocula al alumnado la ambición y el sacrosanto valor de la competencia dentro y fuera de las aulas basada en la falacia de la meritocracia. Una competencia atroz que vacía de contenido la propia finalidad esencialmente educativa y crítica que antaño tenían las universidades, sobre todo, nuestras universidades públicas.

Pero la peor “batalla” que vengo a denunciar con este escrito es lo que pasa en el interior de la estructura universitaria. Lo que ocurre en las estructuras de poder, en los departamentos, en las áreas de conocimiento, lo que ocurre con nuestras condiciones laborales del profesorado y con la calidad educativa. La precariedad socioeconómica y existencial del profesorado en la Universidad es tan cruda, expandida y perversa que se ha llegado a naturalizar tanto que una pasea por los pasillos pensando ¿qué ha pasado para que exista este pacto de silencio en esta institución? En esta situación, la figura del Profesorado Sustituto Interino (PSI) es el último eslabón de la cadena de precariedad de la Universidad Pública, sin que los sindicatos mayoritarios (UGT, CCOO, CSIF) que copan estos espacios parezcan mover un solo dedo por una lucha sindical que dignifique nuestro trabajo. Parece haberse afianzado como una “ley” que sistemáticamente se vulneren nuestros derechos laborales y sociales. Sí, en las universidades, y en los departamentos se vulneran derechos laborales constantemente. Las condiciones laborales de un PSI pasan en primer lugar por contratos inestables, precarios, y muy pero que muy mal pagados para toda la formación y currículum que se exigen. Las condiciones laborales del Profesorado Sustituto Interino son susceptibles de estar sujetas a la arbitrariedad de mando de las direcciones de los departamentos donde te adscribas. Se produce un limbo ético en el que pasas a ser una ficha que mueven según los intereses de competencia que convengan en cada momento. En este contexto, damos la docencia que sobra, sin capacidad de elección, lo que no quieran el resto del departamento mejor posicionado, en una jerarquía y actitud de sumisión constante. Un departamento puede convertirse en un cortijo de relaciones de influencias que recuerda más a relaciones feudales que al siglo XXI. El profesorado que no queramos comulgar y pasar por esas “tragaderas” estamos condenados al ostracismo, a tener más obstáculos para la promoción de nuestra carrera académica o, directamente, a abandonar esa trayectoria laboral.

Las reformas universitarias impulsadas en los últimos años por los sucesivos gobiernos se inscriben en la matriz de las políticas públicas neoliberales propias del contexto en el que vivimos. La era del sujeto neoliberal se plasma en la Universidad pública en todos los rincones. Un espacio donde la solidaridad se convierte en competencia, la igualdad en arbitrariedad autoritaria, la dignidad en relaciones de influencia… Todo esto es consecuencia y reflejo de cómo ha sido todo el proceso de implantación de las reformas universitarias, donde ha habido un evidente déficit democrático representando un nuevo autoritarismo tecnocrático que acompaña al modelo neoliberal imperante en la sociedad de hoy. Como dice el sociólogo Juan Irigoyen, la neutralización del pensamiento crítico que ha producido la universidad es una cuestión esencial para el avance del proyecto neoliberal, así como la absorción de las élites universitarias por el proyecto global y las fuerzas transversales que lo impulsan. Así nace el capitalismo académico, que determina una relación de intercambio entre la industria y los/as investigadores/as, maximizando la producción de conocimiento a fines industriales y comerciales, y minimizando los saberes tradicionalmente críticos que han identificado a la universidad moderna. La implementación de este modelo tiene como consecuencia principal la reprofesionalización del profesorado, el establecimiento de una jerarquía entre los mismos y la precarización máxima.

La racionalidad sobre la que se asienta la gestión de nuestras universidades es la evaluación permanente que es el instrumento principal para establecer un orden equivalente al del sagrado mercado. Aquí emergen las ideologías de la “calidad” y la “excelencia”, imprescindibles para instituir una cultura y un imaginario profesional que respalde los procesos de competencia atroz que se da en cada ámbito universitario. En España la ANECA (Agencia Nacional de la Evaluación de la Calidad y la Acreditación) es el “monstruo que llama a la puerta” y evalúa bajo unos ítems adecuados a este capitalismo académico si nuestra trayectoria, nuestro curricular como profesorado e investigadoras/es son válidos o no. Esto no hace más que producir sujetos vulnerables, sujetos frágiles articulados para la competencia. Lo importante es ganar siempre en la competencia con los iguales. Así se debilita el tejido colectivo y se produce una subjetivación disciplinada que se funda en el miedo.

Es vital e imprescindible desarrollar una nueva sociabilidad en la Universidad que supere la jungla de la competitividad en la que la han convertido. Es necesario respaldar unas condiciones laborales dignas del profesorado que apueste por garantizar una educación superior de calidad e impregnada de los valores democráticos que tanto se dice defender.

Vanessa Gómez Bernal,

es trabajadora social, antropóloga. Máster en Género, Identidad y Ciudadanía y Doctora en Estudios de Género y de la discapacidad. Actualmente trabaja como Profesora Sustituta Interina en la Universidad de Cádiz. Cobra 328’10€/mes por un contrato parcial como tanto profesorado en la absoluta precariedad que trabaja en las universidades españolas…

Análisis de la plurivisión del sistema universitario, desde una perspectiva antropológica

Los motivos que han llevado a la realización de este artículo de opinión, han sido basados en la observación de un contexto universitario, del cual participo como estudiante, pero que parece ser transversal a las diferentes universidades madrileñas. Esta observación viene dada a través de encuentros y conversaciones informales, con universitarias de otras ramas formativas y otras Universidades. Con el tiempo y la repetición de este tipo de encuentros y conversaciones, pude percibir un patrón que se reproducía sistemáticamente en las diferentes experiencias de los estudiantes. Por ello, este artículo es presentado, no tanto como crítica a un sistema cuyo mal funcionamiento es estructural, sino como llamada de atención sobre una realidad que puede ser transformada, si se aprovecha la oportunidad de entablar relaciones de diálogo y performatividad entre los diferentes estratos universitarios, principalmente entre alumnos y profesores.

Cuando hablamos de la plurivisión del sistema universitario, nos referimos a las diferentes formas en que éste es percibido, centrándonos específicamente en las diferencias generacionales y sociales.

Desde siempre, la Universidad como entidad, ha sido reconocida colectivamente como un espacio de formación intelectual y reconocimiento social. Cuando los hijos de los obreros empezaron a poder acceder a ella, se agudizó aún más esta perspectiva, diferenciándose como obreros de primera categoría. No obstante, también sirvió para que la Universidad se llenara de contenido social y político, que abogaba por una sociedad más justa.

La generación de nuestros padres y profesoras, creció bajo esta perspectiva, donde poco a poco la universidad iba adquiriendo un matiz ideológico de base marxista y revolucionaria. Una universidad, donde las diferencias de clase seguían siendo evidentes, pero se luchaba por erradicarlas y por dotar de herramientas a un pueblo que salía de una dictadura de más de 40 años. Los obreros dejaban de quedar relegados a mano de obra y trabajos de poca categoría y empezaban a ascender socialmente. Esta realidad, fue adquiriendo peso en la ideología de superación obrera, haciendo que aquellas que habían accedido a estudios superiores y, especialmente, aquellas que no habían conseguido cursarlos, pretendieran garantizar un futuro económico y educativo superior a las generaciones futuras.

En consecuencia, se crea un imaginario colectivo que idealiza la universidad como germen de las luchas sociales, como el último escalón hacia una vida de éxito social y económico, como la garantía ante todas las dificultades venideras. Cuántos de nosotros no habremos crecido con el eslogan de “debes ir a la universidad para ser alguien en la vida”, como si los millones de personas que no han podido o querido, estudiar en la universidad se anularan a sí mismas por el mero hecho de seguir siendo obreras. Como si un hijo con titulación universitaria, valiera más simbólicamente que sus padres, y el esfuerzo de los mismos por garantizar sus privilegios. Cuántas estudiantes no se han visto arrastradas a la universidad sin tener claro en verdad, qué es lo que querían conseguir en sus vidas, sólo porque es “lo que se espera de ellas”.

Pero nos encontramos aquí, cursando estudios universitarios. La generación mejor formada de nuestra historia. La que menos claro tiene su futuro, la que menos se moviliza, la que más pasividad acumula y más murmulla en los pasillos su descontento formativo, sin saber focalizarlo. ¿Dónde ha quedado la promesa de un futuro profesional estable? ¿Por qué nuestro título nos hace “más alguien en la vida” trabajando tras el cajero automático de un centro comercial, que al resto de compañeros no titulados? ¿Dónde ha quedado el germen de las luchas obreras en una universidad donde, si trabajas a la vez que estudias, te penalizan por no asistir a clase?

No pretendo sonar derrotista, sino evidenciar las realidades que cruzan los pasillos de cualquier facultad universitaria. Las dudas que nos planteamos las jóvenes estudiantes, que no tenemos definido el futuro y que nos siguen vendiendo el cuento del tradicional capitalismo, cuando la nueva realidad supera y destruye cualquiera de esas percepciones neoliberales. Evidenciar la declive situación en que sentimos que se encuentran nuestras universidades y la monótona resignación, con la que cada día acudimos a un aula donde copiamos pasivamente las mismas diapositivas que el docente de turno nos quiere leer; donde el lugar a la crítica y el libre pensamiento se acallan con “es que eso no es así y punto”, o profesores que te animan a que des tu opinión, especialmente si es contraria a la suya, para humillarte en público y de manera nada pedagógica.

Por supuesto, estos casos no son la totalidad, también hay profesoras que en su idealismo, intentan venderte una imagen que se desarma en su propia bondad, profesores que te contagian su pasión o aquellas que, a sabiendas de que este proceso es puro trámite, intentan facilitártelo con nuevas ideas y propuestas. Algunos, aunque pocos son los casos, apoyan ideológica y posicionalmente algunas de las propuestas alternativas, fomentadas desde el germen universitario. Algunas intentan romper y deconstruir el elitismo intrínseco a la formación universitaria, e incluso los hay que aún se resisten a implementar en sus metodologías docentes, las abusivas restricciones de los nuevos planes de estudios, facilitando la comunicación, el trabajo y el aprendizaje colectivo.

No creo que esta situación, se deba sólo a un problema generacional o de elitismo académico, sino a un problema de pérdida de contacto con la realidad. Muchos profesores dicen entender la situación de los estudiantes menos privilegiados, si bien nunca tuvieron la misma situación o quizás ya la han olvidado y guardan un recuerdo difuminado y romántico al respecto. La sensación que queda en el estudiantado es la de no tener acceso real a sus profesores, la de no aprender, la de perder la ilusión por aquello que, bajo una imaginario hegemónico y heredado, habían idealizado.

No es sólo un problema en la relación entre docentes y alumnas, cuya comunicación no rompe las jerarquías formativas y queda restringida a un aula; sino algo que va más allá, que afecta a la estructura global del sistema educativo, que permite jóvenes cada vez más preparadas según dicen, pero peor formadas según parece. Un problema que, si bien no es fácil de resolver, es necesario, y pasa por una renovación absoluta y desde la base, del sistema educativo, social y legal.

Nuria E.

La Mutualidad de Estudiantes

Víctor T.P. – Colectivo Brumario

Más textos de este colectivo pueden leerse en https://colectivobrumario.wordpress.com/

A principios de 2013 un grupo de estudiantes de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM decidimos involucrarnos en la construcción de una herramienta que fuese capaz de evitar la expulsión de nuestras compañeras de la universidad por no poder hacer frente a los pagos de la matrícula, desorbitados ya incluso para la lastimera socialdemocracia. Las autoridades universitarias, plenamente informadas de la existencia de este problema, no solo mantuvieron una descarada inactividad en la línea de la solución del problema, sino que, actuando de forma consecuente con su condición de cargos políticos, tomaron una posición enfrentada a la nuestra al ejecutar en última instancia las expulsiones de nuestras compañeras.

Así, consideramos necesario dotarnos de herramientas capaces de vincularse a la materialidad y de conseguir victorias reales o, al menos, frenar realmente los ataques a los que nos veíamos sometidas. Asimismo, esta debería ser una especie de nodo que aunase  la lucha estudiantil para, partiendo de esas victorias materiales, pasar al ataque. Así concebimos la Mutualidad de Estudiantes. Como un instrumento al servicio de las estudiantes y en las que estas participasen haciendo de las redes de solidaridad más que una mera enunciación, volviéndolas reales.

De esta manera, el eje central en torno al que se movía toda la estrategia era precisamente algo tan material y tangible como un fondo económico financiado por las aportaciones de las participantes en el proyecto. Se vio necesario establecer un sistema de cuotas por la simple razón de que si ese fondo no estaba bien nutrido, la Mutualidad perdía pie. La idea no era otra que, con ese fondo, responder a las necesidades económicas de las compañeras haciendo frente a los pagos que estas no pudieran efectuar. Por la misma naturaleza de la idea, entendíamos que no podía ser algo abarcado solo por un grupo, sino que si queríamos tener algo útil, debía tener cierto carácter de amplitud o, si se quiere, masividad. De hecho, solo así, al menos de la forma en la que estaba planteada la idea, hubiésemos podido hacer frente a la subida de tasas que posteriormente dinamitó el proyecto, siéndonos imposible abarcar la magnitud de los pagos.

Como es intrínseco a una iniciativa de este tipo, veíamos que existía un riesgo importante de que este cayese en el asistencialismo hacia personas que acudiesen a resolver su problema y se marchasen una vez se hubiese solucionado. No obstante, y aún sin tener muy claro de qué manera evitar esto, decidimos que era un riesgo que bien valía la pena correr. Para minimizar este pretendimos trasladar el espíritu de la lucha por la vivienda y otros ejemplos en los que las redes de resistencia y solidaridad toman protagonismo. Consideramos que en estos casos se había conseguido reducir los casos de asistencialismo al mínimo posible, logrando implicar en mayor o menor medida a las afectadas y proyectando esa energía nacida de la solidaridad hacia otros casos o problemáticas, convirtiendo lo que hasta entonces eran casos individuales en organización o movimiento, entendiendo estos en un sentido amplio.

Mutualidad

Como se ha mencionado brevemente más arriba, este era también el objetivo de la Mutualidad. Observando que el movimiento estudiantil, el que participábamos, se encontraba sumido en una continua derrota que no parecía tener visos de revertirse haciendo  lo mismo una y otra vez y sin capacidad para conseguir victorias concretas, pensamos que era sobre estas últimas sobre las que debíamos centrarnos. No quisiera que esto se entendiese como si un grupo elevado por razón divina mirase desde arriba lo que hacían el resto de sus compañeras y lo juzgase erróneo. Quienes trabajamos en esta iniciativa también participamos en las asambleas estudiantiles y en muchos casos fuimos partícipes de sus errores. La razón de separar la Mutualidad de la Asamblea radica en que pensamos que la primera necesitaba de una dedicación que no podía ser asumida por la asamblea sin ralentizar su funcionamiento o asumir un importante giro estratégico que no estábamos seguras de que esta fuese a aceptar.

Algo que consideramos reseñable es que las primeras asambleas abiertas que tuvimos atrajeron especialmente a compañeras que no ubicaríamos en el perfil de típica activista o que, desde luego, no participaban en la Asamblea de facultad. Esto parecería confirmar lo que dijimos unas líneas atrás de que en la Asamblea operaba otro tipo de estrategia, distinto a lo que se quería plantear desde la Mutualidad. Entendemos esto como debido a que una, la Mutualidad, y otra, la Asamblea, toman el problema del acceso a la universidad desde perspectivas distintas, partiendo la primera de la más estricta realidad material, y la otra, de disquisiciones sobre la naturaleza de lo público, consignas de abajo los recortes y cierta premilitancia de futuros cargos políticos. Dejando a un lado el tono sarcástico o caricaturesco, lo que queremos decir es que la lucha estudiantil durante estos últimos años y en un sentido amplio rara vez ha conseguido vincular a gente más allá de los círculos activistas debido a sus escasos resultados, producto, a su vez, de una observación maximalista de la realidad que dejaba a un lado nuestra cotidianidad y, consecuentemente, nuestro mayor potencial.

Este texto quiere rescatar brevemente una experiencia también de muy corta existencia, que no consiguió sus objetivos al no conseguir vincular la gente necesaria, no poder hacer frente a la subida de tasas o un conjunto de estos y otros factores que se nos escapen. Sin embargo, pese a su aparente fracaso, creemos que este es, al menos, el camino que debieran recorrer las próximas iniciativas en el campo universitario, o fuera de él, donde parece que sí están teniendo mejores frutos. Hacer efectivas la resistencia y la solidaridad, pasar a la ofensiva, transformar la realidad.

Si alguien quiere echarle un vistazo a la página de Facebook de la mutualidad, es esta https://www.facebook.com/MutualidadDeEstudiantes?fref=ts

Reflexiones sobre la lucha estudiantil

Introducción

La lucha estudiantil sigue estando presente a día de hoy en gran cantidad de universidades y centros educativos varios, forma parte de ese conjunto de luchas parciales que conforman el panorama activista actual, pero, no obstante, no da muestra de importantes avances que permitan hablar de un salto cualitativo en esta lucha que faciliten la obtención de ciertas victorias materiales o de consideración. La falta de estas, el queme de muchas participantes en esta lucha y ciertos aspectos o dinámicas que hemos podido observar quienes hemos estado participando de esta lucha invitan a establecer un marco de discusión y debate absolutamente enfocados a la resolución o el esclarecimiento de algunas de estas cuestiones

Este texto quiere ser un primer paso en ese debate y parte de la base de una experiencia concreta y particular asentada en los últimos 4 años de movilizaciones en Madrid. Por tanto, el contexto en el que se desenvuelve esta es el de las asambleas de facultad en la mayoría de los centros y la coordinación de las mismas a través de Tomalafacultad.

La universidad que tenemos

La universidad y las estudiantes ya han sido suficientemente bien caracterizados en el texto Sobre la miseria en el medio estudiantil, de Mustafá Kayati y publicado por la Internacional Situacionista, texto del cual recomiendo lectura, y en el que se considera que en la universidad las estudiantes se encuentran sometidas a una especie de iniciación al mundo del trabajo asalariado, tanto por su papel de estudiantes como por las condiciones de los trabajos a los que estas acceden, así como que las estudiantes tienden a pensar la universidad como un espacio autónomo y creador de conocimiento, cuando esta se halla inmersa en todas las dinámicas del mundo capitalista, siendo entonces otra expresión de la dominación del capital, del Estado y del patriarcado. Estas ideas y otras son perfectamente aplicables en su mayor parte al momento actual, especialmente cuando en los debates en el seno de la lucha estudiantil se muestra la visión descrita sobre la universidad, así como otras que demuestran una especial ilusión por la promoción vital o profesional.

Para no ser reiterativo, aquí quiero atender principalmente a lo que algunas llaman movimiento estudiantil y yo voy a considerar que son luchas estudiantiles, por considerar que es dificultoso en este caso hablar de un único movimiento con una identidad propia y que perdura en el tiempo.

Las luchas estudiantiles

La idea de los estudiantes como vanguardia del movimiento obrero que circulaba en los últimos 60 y que chocó con la derrota del 68 queda ya lejos y, sin embargo, parece todavía estar presente en ciertas mentalidades que pueblan la lucha estudiantil. El pensarse como un grupo con amplia formación gracias a la universidad implica considerar esta como productora y acumuladora principal de conocimiento, cuando realmente lo que predomina en la universidad es la miseria intelectual, y considerarse como un conjunto con una perspectiva aventajada de la realidad. Lo cierto es, sin embargo, que en las luchas que se ponen en marcha desde la universidad por parte de las estudiantes, rara vez nos jugamos más que una detención ocasional o un expediente, teniendo en la mayoría de los casos amplia libertad para llevar a cabo las huelgas y movilizaciones al menos en los terrenos universitarios. Esta forma de desenvolverse las luchas universitarias dificultan que se puede conseguir una visión de la realidad parecida a la de una trabajadora o una activista de otro ámbito, aunque solo sea por lo que esta pone en juego en cada conflicto y las obligaciones a las que la somete la vida diaria. Esto no quita que muchas estudiantes se vean implicadas ya en el proceso del trabajo asalariado en situaciones realmente precarias, pero es raro encontrar alguna sin ningún tipo de apoyo familiar o que tenga que sacar adelante a su propia familia o a sí misma.

Esta caracterización se suma a la realidad de que la lucha estudiantil se manifiesta principalmente a través de huelgas y movilizaciones en las calles o en los centros educativos, siendo las primeras de ellas una herramienta prestada del mundo del trabajo pero con escasa funcionalidad allí donde no se produce nada. Algunas dirán que se para la producción de conocimiento u otros argumentos de la misma cuerda que vienen a no decir nada y que huyen de confrontar los resultados de las huelgas llevadas a cabo en los últimos años. Solo aquellas que han sido acompañadas de otros elementos han podido mostrar ciertos resultados satisfactorios, especialmente aquellas que han manifestado su intención de entablar negociaciones con decanatos o rectorados. Cuestiones de táctica que, desde luego, han superado por el lado de los resultados los pudorosos aspavientos de quienes veían en ello una actitud reformista o traidora.

En el caso de las movilizaciones, como en cualquier otro caso, si no se produce algún tipo de colapso que cortocircuite la circulación de mercancías en la ciudad, éstas quedan simplemente como una demostración de fuerza que, dependiendo del caso y de la posición del ministerio o la consejería, podrá tener un resultado o no. Si estas suceden en el terreno universitario, podemos tener en cuenta en esta y otras acciones una labor de concienciación, de mostrar la existencia de un conflicto al resto de compañeras y a quienes tenemos enfrente, nada despreciable.

No obstante, parece evidente, y por mi experiencia he podido constatar, que la lucha estudiantil adolece de importante limitaciones, estas principalmente porque su impacto en el proceso productivo es escasísimo, porque tienden a no conectar con el resto de luchas en curso y mirarse a sí mismas y porque se ven sometidas a una renovación constante debida a los ciclos educativos que impiden o al menos dificultan una transmisión adecuada de las experiencias, de forma que vemos que cada curso se repiten las mismas estrategias que ya demostraron su inutilidad el anterior.

Estos límites solo podrán superarse partiendo de un rechazo de las ideologías como totalidad dada, fuera de la cual todo es herético o no existe, y apostando por la organización de las tareas. Esto es asentar la lucha sobre la práctica, la organización y los objetivos y dejar de lado los debates infructuosos, los ataques personales, los malos rollos expuestos en asamblea y, en definitiva, toda una serie de palos en la rueda de estas luchas. Para quienes venimos del anarquismo, probablemente sea más interesante no pensar éste desde el nombre, sino desde las ideas y valores que lo conforman, así como perder el miedo a meternos en el barro que supone confrontar con otras formas de ver y hacer las cosas y no retirarnos enfadadas porque no salen como nos gustaría, sino estar allí porque esa es la realidad sobre la que se tendrá que implantar cualquier proyecto revolucionario.

Por supuesto, esta confrontación debe hacerse sin renunciar a las asambleas de facultad, pues son el único órgano legítimo y soberano para decidir sobre la dirección que deben llevar las luchas estudiantiles, y la única posibilidad, que no garantía, de conseguir un movimiento estudiantil independiente y autónomo. Sin duda, encontraremos la oposición que ya hemos visto durante estos últimos años, la de quienes ven en las asambleas únicamente un mal menos y temporal hasta que puedan redirigir la lucha a través de asociaciones estudiantiles de marca blanca o partidos sin careta. Cada cual conoceremos a alguno, pero no está de más recordar por aquí a la UJCE, CJC o RC como enemigos de las líneas aquí apuntadas. No así sus militantes en tanto sean capaces de separar la participación en una asamblea de la participación en un partido, ejemplo de los cuales, afortunadamente, también hemos visto.

Estos grupos acusarán a las asambleas de poco prácticas o inútiles por enfrascarse en debates irresolubles y no conseguir resultados, como si ellos sí lo hiciesen, con el fin de arrimarse el ascua a su sardina y poder asumir una actitud dirigista de las luchas estudiantiles. No hace falta decir que la mayoría de estos grupos son inexistentes fuera de las universidades, haciendo de ellas poco más que un parque de atracciones de la izquierda española.

Conclusiones

Nuestra principal tarea no es luchar contra estos esperpentos, sino tratar de construir ese movimiento estudiantil que mencionaba más arriba, incluso con esta gente, tratando de aunar también a ese sector del anarquismo al que las asambleas de facultad le parecen aburridas y reformistas y, no podemos olvidarnos, a esa mayoría de estudiantes pasivas para las que las asambleas son solo grupos de frikis a los que odiar cuando hay piquetes.

En definitiva, la lucha estudiantil, como todas, debe hacer lo posible para superar sus propios límites, conseguir su autonomía y confluir con el resto de luchas del panorama político en lo concreto a fin de conseguir un movimiento real que anule y supere el estado de cosas actual, es decir, un movimiento por el comunismo.

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