Obsesión por grabar

"Requiere menos esfuerzo intelectual el condenar que el pensar". —Emma Goldman

Cuando hablamos de heteropatriarcado solemos entenderlo como un sistema de opresión hacia las mujeres que las posiciona en una situación de inferioridad frente al hombre. Sin embargo, en esta concepción olvidamos que, si bien es cierto que nosotras somos las principales afectadas, esto no significa que los hombres no sufran ninguna consecuencia de este sistema desigual. Así, de la misma forma que el patriarcado construye e impone unos cánones y una forma de ser específica para las mujeres, también los hombres (en su posición de machos dominantes) se ven obligados a seguir unas reglas que les conviertan en “hombres de verdad”.
La idea de cómo debe ser un “hombre” es conocida en la actualidad como “masculinidad”, descrita desde el feminismo como la construcción cultural de género que designa el rol de los varones en la sociedad (estrechamente relacionada con la “feminidad”, el papel que el patriarcado otorga a las mujeres). Uno de los elementos claves que conforman la masculinidad es la violencia, y todo lo que ello engloba: desde pensar que se es físicamente más fuerte hasta eliminar los sentimientos en detrimento de la otorgada superioridad de género, pasando por la obtención de poder a través de esa supuesta fuerza.
Esta construcción del hombre como ser fuerte se inicia desde la infancia, con imposiciones como “los niños no lloran, eso es de chicas”. ¿Cuántas veces no habremos oído esa frase? Desde pequeños se nos enseña que los niños no pueden mostrar sus sentimientos, mientras que las niñas deben ser completamente sentimentales. Esta idea lleva al niño a ocultar todo aquello que no demuestre dureza, fuerza (en el fondo, violencia), convirtiéndose después en un adulto ahogado por sus sentimientos: incapaz de expresar su malestar, acumulará interiormente el dolor y el daño de toda una vida. Este tipo de enseñanzas, sumadas a la capacidad de los niños para imitar todo lo que ven (padres que no lloran, que son fuertes, verdaderos machos), suponen el principio de una formación de la persona completamente condicionada por la presión social y el machismo imperante.
Conforme vamos creciendo, la presión se hace cada vez mayor y comienza a aparecer de forma más evidente. La forma en que actúas, cómo te comportas, todo tiene un significado y, si te sales de los patrones establecidos, unas consecuencias. De esta forma, en la adolescencia la construcción de la masculinidad a través de la violencia se orienta en mayor medida hacia la construcción corporal. Partimos de la base de que el físico, la forma en que nos vemos y nos ven los demás nos afecta en la construcción del género, no solo a las mujeres (concebidas como bellas, delgadas, etc.) sino también a los hombres. La sociedad actual percibe al hombre como un ser de complexión fuerte, que es bueno en los deportes (en especial en el fútbol) y un competidor nato. Los hombres, y en especial los jóvenes, por lo general se relacionan entre sí a través de la competición, intentando demostrar quién tiene más fuerza, quién corre más, quién salta más… en definitiva, quién es el más macho de todos. La visión de algunos adolescentes ante esta competitividad, en el caso de que se den cuenta de su existencia, es la de relacionarla con el deseo de sobresalir entre el resto para impresionar a las chicas. De esta forma, el hombre humano hace como el macho animal, compiten entre ellos porque el más fuerte es quien se lleva a las mujeres. No solo encontramos aquí la conversión de la mujer en un objeto, un trofeo que puede ser ganado en una competición; sino que observamos también la presión a la que están sometidos los jóvenes a la hora de “conquistar” a una chica. En vez de enseñarles que cuando se quiere a una persona lo mejor es decírselo, tratarle bien, etc.; se les enseña, primero, que hay que ganar a una mujer y, segundo, que para ganarla hay que demostrar que se es el más fuerte, el más macho. Asumir estos principios, como sucede en la sociedad actual, conlleva a pensar que la violencia del hombre, su masculinidad, no es una construcción social que puede ser modificada, sino que viene dictaminada por la biología. Es decir, nos lleva a biologizar la situación masculina, aceptando que el hombre es violento por naturaleza y la mujer es pasiva y débil por lo mismo, asumiendo con ello la superioridad del hombre.
Es interesante en este punto retomar el tema del deporte, mencionado levemente en el inicio de la construcción corporal dentro de la masculinidad. Desde las clases de educación física hasta la vida adulta posterior, los chicos consideran vergonzoso el hecho de ser vencidos en cualquier ejercicio físico, más aún si la ganadora es una mujer. Vemos por tanto de nuevo la importancia del físico y la fuerza en la formación del género masculino. No obstante, existe un daño mayor para los hombres dentro del deporte y, en concreto, del fútbol: el culto al cuerpo. En la época actual, amar el futbol como deporte estrella es uno de los pilares básicos de la masculinidad, y el sistema se aprovecha de ello para construir mejor esa idea de lo masculino. De esta forma, se nos muestra la figura del hombre perfecto como el futbolista fuerte, musculoso, exitoso, que tiene a todas las mujeres a sus pies, que no se deja ganar por nadie. Esto es lo que ven los niños, los jóvenes y los adultos día tras día y lo que luego tratan de reflejar en su vida. Pero la realidad es que no existen hombres «perfectos» (entendiendo como perfecto lo que dicta el sistema), lo cual lleva a los adolescentes a entrar en una espiral de presión e infelicidad cuando no son lo suficientemente musculosos, no les gustan las mujeres o no se les da bien los deportes. La consecuencia es que unos se convertirán en machos que se presionan a sí mismos por ser como esos deportistas de la tele, mientras que otros se culparán y se sentirán mal por no poder ni tan siquiera acercarse a ese canon de perfección.
El resultado final, tras las imposiciones en la infancia y la adolescencia, es un adulto fuerte, valiente, viril, triunfador, seguro, competitivo… en definitiva, un hombre. Este, forzado por la sociedad a ser de esta manera (a riesgo de ser humillado y marginado), levanta una fachada de macho tras la que se esconde su verdadero ser, ese que le enseñaron que debía estar oculto. Después de un aprendizaje de años y años, las ideas de violencia, fuerza y superioridad están tan arraigadas en el cerebro que el verdadero yo oculto tras la máscara se siente como algo despreciable, en vez de como lo bueno. Es en esta zona donde más vemos las consecuencias negativas que tiene el machismo para los hombres, en ese intento por guardar el equilibrio en ellos mismos. Todo gira en torno al miedo a la exclusión social por salirse de las reglas establecidas: es una lucha constante entre lo que deben ser y lo que verdaderamente son y sienten; entre intentar ser libres y vivir bajo la presión social que no les deja serlo.
Es por esto que una de las acciones básicas para romper con el heteropatriarcado y el machismo es romper con las masculinidades hegemónicas, y no solo con la feminidad; es decir, romper con los esquemas de género, permitiéndonos ser personas, ni hombre ni mujer. Es importante que comprendamos que no somos dos seres que se complementan, es decir, la mujer no le da la parte femenina que no tiene el hombre, al igual que el hombre no le da la parte masculina que no tiene la mujer, y ninguno de los dos tiene algo que el otro jamás podrá tener. Hombre y mujer se reflejan el uno al otro, ambos son masculinos y femeninos al mismo tiempo, porque tanto la masculinidad como la feminidad no son sino simples construcciones sociales cuya única función, en el fondo, es oprimirnos y distanciarnos.
Dedicado a una persona que me recordó que ellos también sufren, haciendo que rescatase este artículo del baúl de los recuerdos.
Nota de la autora: este artículo es sólo una aproximación a la construcción de la masculinidad, por lo que sus ejemplos y temas tratados se deben entender como una pequeña parte de un todo más complejo aún de lo presentado aquí. Es decir, que debido a la falta de espacio me he dejado muchas cosas en el tintero sobre las que trataré de escribir en otra ocasión.
La niña que grita
Creo que, en vista de que voy a hablar de la valentía y la cobardía (o al menos eso deduzco viendo el titulo), lo primero que debería hacer es decir cuales no son mis intenciones al escribir este texto. Como una muestra de valor. O algo así, digo yo.
No quiero escribir un nuevo artículo/panfleto, plagado de términos “revolucionarios” que entran por un oído y salen por otro. No quiero escribir un texto moñoso, de estos que llegan a hacerte sentir algo que se te olvida a los dos minutos. No es un texto para tods, ni es un texto para nadie. Posiblemente poca gente lo entienda. Ahora mismo me da igual. Por una vez no escribiré ni para llamar, ni para animar, ni para que todo el mundo comprenda mis palabras. Simplemente escribiré, y el que quiera entender, que entienda.
En estos días de lucha, algo que no puede faltarnos a ninguno es el valor. Valor para gritar hasta quedarnos afónicos; valor para ponernos delante de la policía; valor para pintar aquí y allí, pegar carteles donde queramos; valor para luchar. Eso lo sabemos tods, eso lo decimos tods. Tods hablamos de ello, creamos mil teorías sobre qué será lo mejor, pensamos el cómo, el cuándo, el porqué. Pero hace falta mucho más valor para llevarlo después a la práctica. Actuar sin miedo en consecuencia con nuestros pensamientos. Eso es valor. Que de intelectuales está lleno el mundo.
Alguns pensarán “claro, pero no todo el mundo tiene los suficientes ovarios (que no cojones, que esos están ya muy vistos) para ir a un piquete, por ejemplo”. Cierto es. Yo misma soy una acojonada de la vida a veces, y me echo para atrás ante situaciones de peligro. Lo malo no es serlo, lo malo es no reconocerlo. Valiente es también aquel que tiene miedo y lo dice. Cobarde es aquel que tiene miedo y se calla, haciéndose el gallito. No vale ser el más intelectual de los intelectuales, promulgar la lucha obrera a diestro y siniestro, decir las ganas que tienes de demostrar tu valentía obrera… para que llegue el día señalado y tú salgas por patas en la primera acción. Como dirían los niños pequeños, eso no se vale.
Por desgracia nos ha tocado vivir en una época en la que tenemos que ser valientes en todos los aspectos de nuestra vida, y no solo en los momentos de lucha. Nos han quitado todo, la casa, el curro, incluso la sanidad y la educación. Y encima nos ponen mil impedimentos para cortar nuestras relaciones sociales. Es aquí donde más creo que hay que actuar en consecuencia con nuestras ideas. Las intelectualidades están muy bien, pero hay que bajarlas a la realidad. Teorizar sobre el piquete, la manifestación o la reunión, incluso ir a ella está muy bien. Pero no sirve de nada si en tu día a día eres un cobarde. No solo hay que luchar junto a la gente que quieres, sino que hay que luchar por ells también. Y si surgen problemas, hacer lo de siempre, lo de los de la época de los revolucionarios, debatir, hablar. Que hablando se entiende la gente. Porque al igual que en los momentos de lucha, hay que afrontar los problemas personales con valentía. Luchar contra los impedimentos que te pongan la vida, o mejor dicho, el sistema. Porque huir, en la vida o en la lucha…
Huir es la valentía de los cobardes.
La niña que grita
«Es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella.”
Julio Cortázar
Recordemos que el dominio, además de ejercerse mediante el consenso, también es impuesto a través de la violencia. Podemos ver esta violencia estructural en los desahucios, en la precariedad laboral, en las prisiones, en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en la desigualdad social y económica, etc. Esta violencia no es nada comparable a aquella que se ejerce desde las clases explotadas contra la clase dominante y siempre será legítima en cuanto suponga un medio de liberación, un freno a la opresión. Pero en torno a ella surgen voces discrepantes que cuestionan la violencia revolucionaria y provienen principalmente desde el moralismo pacifista. Esta es la falsa moralidad que no tiene en cuenta las relaciones de poder existentes en la realidad social y pone a la misma altura la violencia estructural con la violencia como medio de autodefensa y liberación. Los argumentos de ambas partes los tenemos bien sabidos y creo que no hace falta repetirlos. Partiendo de que la expropiación a la burguesía solo podrá realizarse mediante la violencia, así como las conquistas revolucionarias, ¿por qué existen numerosos casos de fuertes disturbios que no desembocaron en cambio social y político alguno? ¿La radicalidad se mide de acuerdo al grado de violencia desarrollada por los movimientos populares? ¿Por qué pese a su legitimidad la gente huye de los métodos violentos? Para contestar acertadamente a este tipo de preguntas, sería necesario trascender la dicotomía entre pacifismo y violencia, y por ello sería imprescindible que incluyamos un tercer componente para completar los análisis: la estrategia política.
La estrategia política se juega en el terreno social y va más allá de la confrontación directa con el sistema, es decir, en una lucha abierta de tú a tú. Implica buscar alianzas, definirnos ideológicamente, posicionarnos en el escenario político, crear estructuras orgánicas/organizativas, plantearnos por dónde comenzar a caminar, en qué frentes de lucha incidir, en qué espacios políticos meternos, cómo comunicar nuestras reivindicaciones a la sociedad, etc, que conformaría la estrategia de acumulación de fuerzas, crear movimiento y ser una fuerza política con capacidad material de cambio. Teniendo en cuenta ésto, la coyuntura social es determinante a la hora de optar por una táctica u otra. Pasemos ahora a incorporar el elemento «estrategia política» para un análisis más pormenorizado y sustancial de la violencia y el pacifismo.
La violencia revolucionaria no siempre ayuda al avance de la lucha social, incluso puede llegar a obstaculizarla. Esto se da cuando la violencia invisibiliza el trasfondo y las reivindicaciones políticas que haya detrás de una serie de protestas a través del culto a la violencia, o simplemente se mide la radicalidad con base en el grado de violencia desatada. Como suelo decir, «una turba cabreada de borrachos puede arrasar una ciudad entera sin provocar ningún cambio político y social a favor de la clase trabajadora». La violencia sin estrategia política es pura pantomima, una suerte de válvula de escape para desesperadas y aventureras que buscan el desahogo inmediato frente a la violencia estructural del sistema capitalista, aquellas personas que no ven más allá de romper escaparates y quemar sucursales, perdiéndose en el morbo de la destrucción y el fuego. Sin embargo, hay que reconocer que las luchas recientes como Gamonal y Can Vies, por nombrar las más cercanas en el Estado español, tuvieron éxito gracias al uso de la autodefensa. Pero esto no hubiese ocurrido de no ser por la existencia de un tejido social.
La vía pacífica es criticada desde el anarquismo como una táctica de lucha en las calles que no produciría ningún cambio radical, siquiera un cambio más o menos importante. Esto se puede corroborar en las protestas ciudadanistas totalmente pacíficas en las cuales solo han estado recibiendo porrazos y ninguna de sus reivindicaciones se llevaron a cabo. No obstante, también ha tenido sus puntos a favor y no podemos omitirlos: es accesible para diversas personas que compartan inquietudes comunes, lo que implica que la gente que esté cuestionándose el sistema pueda comenzar a actuar y crear nuevas relaciones; deja en evidencia que la violencia siempre la provocan las fuerzas represivas; y permite que los mensajes que se transmitan no se vean desplazadas y desacreditadas por los métodos usados para transmitirlas. Casos como los desahucios parados o las huelgas en algunos sectores podrían ilustrar que desde la vía pacífica o la resistencia pasiva también se pueden conseguir victorias, aunque sean pequeñas.
Una breve conclusión, que servirá como pincelada para unas nuevas perspectivas sobre el tema, podría ser; lo primero, superar los debates estériles entre violencia y no violencia, ir más allá y atender más al trasfondo de los actos y la estrategia política. Luego, que la violencia revolucionaria no sea objeto de culto, que es una táctica que debe emplearse cuando exista un soporte, es decir, un tejido social amplio que lo respalde y un pueblo fuerte que lo articule. Solo así permitirá que nuestras reivindicaciones no sean desplazadas por las calumnias y la criminalización del poder dominante. Y que la vía pacífica es una buena táctica en cuanto permite que la gente comience a movilizarse, conocerse para tejer lazos solidarios y su contacto con las luchas sociales. Tanto una vía como la otra tienen validez según qué coyunturas. No es la misma situación en el Kurdistán que en Chile, España, EEUU u Oaxaca. La cuestión es saber leer bien los mapas y mover adecuadamente nuestras fichas pero sin llegar a la obsesión de querer controlar todas las situaciones e ir dictando los métodos de lucha. Siempre hay que tener en cuenta que las acciones espontáneas pueden ocurrir, pero en el gran tablero del Risk que es el espacio político y social, nos vemos obligadas a jugar la partida, a no ser que queramos perdernos en el ostracismo para siempre.
«El temor de que el movimiento anarquista asentado en nuestro país retome su campaña de violencia ha crecido exponencialmente en los últimos días» – El Mundo (27/07/2014)
Asco de prensa burguesa que solamente busca perpetuar la dominación y explotación desde su tribuna podrida por tanta autoridad moral. Nada bueno puede salir de sus salones, así que no te fíes de sus (des)informaciones, de sus recomendaciones culturales, ni tan siquiera de sus recetas de cocina. Publicarán lo que beneficie a la clase dominante y su sistema de esclavitud. Hablarán de anarquistas terroristas o jóvenes peligrosamente armades (¡con cerebros, diría yo!). Hablarán de tal o cual proyecto de ley como si les polítiques y los Congresos pensaran en la gente que les vota (piensan en elles cuando se acerca la hora de meter el dichoso papelito en la urna). Hablarán de la policía como la compañía sacrosanta encargada de velar por la seguridad de todas las personas (me meo). En definitiva, te presentarán una realidad perturbadora, maléfica, y amenazadora de la que solamente el orden, la ley, y aquellas personas que velan por estas cosas son capaces de salvaguardarte (física y moralmente).
No dirán que la violencia genera familias desahuciadas, que la violencia vive en la esencia de las hipotecas bancarias y, con más visibilidad, en la acción física de les payases con placa y pistola que te tiran la puerta y te sacan a las malas. No dirán que la violencia se aloja en esa casa de bufones llamada Congreso, donde una elitista minoría elige a otra élite todavía más minoritaria que decide sobre el futuro y las vidas de millones de personas. No dirán que la violencia impregna todas y cada una de las letras de las firmas de eses bufones tan prestigioses que se ganan la vida a costa del sudor y sangre del resto. No dirán que los mismos leones que guardan el Congreso están hechos con un material que supura pura violencia. No dirán que el barrio en el que se decide gran parte de la política de esta parte de la Península respira el violento hedor de la gentrificación y el «desarrollo» capitalista. No dirán que los coches de gama alta que conducen esos gorilas con gafas de sol y pinganillos en las orejas han sido fabricados a base de violencia y explotación. Para qué hablar del material que los propulsa, extraído a base de violencia contra el planeta y el futuro de nuestra especie, incluso promoviendo absurdas guerras contra pueblos tan inocentes que une se pregunta si es que realmente les seres humanes son inteligentes.
Tampoco te dirán que la violencia adorna los estantes coloridos de los supermercados, tan llenos de marcas vistosas, productos novedosos, y ofertas mega-fantásticas. O que la violencia fluye por la megafonía comercial de los grandes almacenes para controlar tus deseos consumistas y dictarte el ritmo al que debes caminar. No dirán lo violento que es ver solamente a personas blancas en los telediarios de un país que debe tanto a personas de otras latitudes. No dirán que su lenguaje es asquerosamente violento para con las mujeres, como si lo general y positivo fuera de género masculino y lo negativo y lascivo de género femenino. No dirán que la publicidad de sus programas de televisión, o los anuncios impresos en las páginas de sus periódicos llevan integrada la violencia de un sistema que chupa la vida a personas explotadas. No dirán que poder escoger entre Pepsi y Coca-Cola no es ni libertad, sino esclavitud en botellas de plástico. No dirán que todo el entretenimiento estúpido al más puro estilo romano del «pan y circo» es violencia contra la dignidad de cualquier persona que se sabe medianamente inteligente. No dirán que la delgadez de les niñes de ciertos barrios es violencia, más todavía cuando se contrasta contra la obesidad barriguera del vino y marisco de ciertas personas que gustan de chupar cámara en televisión. No dirán que la violencia se aplica en las escuelas, institutos, y universidades, donde además también te enseñan a que te guste dicha violencia y a agachar la cabeza ante las personas que la sustentan. En definitiva, no dirán que este podrido mundo suyo se basa única y exclusivamente en la violencia que unas clases ejercen sobre otras para poder vivir fagocitando a seres humanes adiestrades para ser devorades.
Cuando la violencia se institucionaliza, cuando se vuelve estructural, sistémica, y hasta «esencia» de la humanidad, les explotades tienen dos alternativas, y escoger entre ellas depende última y definitivamente de elles mismes. Una es agachar la cabeza, decir a todo que «sí», y seguir comiendo la mierda que nos echan. La otra es decir «no, ya basta.» Violencia no puede ser el acto de resistencia. Violencia no puede ser el acto de supervivencia. A ver si es que los medios de (des)información no saben distinguir entre actos violentos y poemas escritos en botellas flamígeras.
Estructura, poder y dominio son conceptos íntimamente relacionados y que debemos comprender para tener las herramientas de análisis para la transformación radical de la sociedad. Uno de los temas centrales en el anarquismo ha sido la cuestión del poder, donde se han escrito numerosos textos que apuntaban a que el ejercicio del poder resulta pernicioso y de ahí está el origen de todos los males y desigualdades en esta sociedad. Sin embargo, no podemos atendernos solo a la cuestión del poder, lo cual, he planteado ampliar el tema tratando la estructura y el dominio. ¿Es lo mismo poder y dominio? ¿Qué es la estructura? ¿Qué tienen que ver el dominio con la estructura? ¿Y el poder con la estructura? Cuestiones como éstas las iremos desarrollando a continuación.
Tenemos claro que vivimos en una sociedad con profundas desigualdades a todos los niveles: desde lo económico hasta lo político y social. Las desigualdades se producen por la existencia de grupos sociales dominantes y otros subordinados que sufren esa dominación. Dicha dominación se ejerce a través de unas bases materiales, como, por ejemplo, una posición económica ventajosa, a las cuales podemos denominar estructura o infraestructura y también ideológica llamada superestructura, en términos marxistas. Entonces, cuando hablamos de algo estructural en general, hacemos referencia a todas aquellas formas de opresión provenientes de los grupos sociales dominantes. Así por ejemplo, cuando hablamos de violencia estructural, hablamos de aquella que ejerce la clase dominante contra nosotras a través de la represión física de los porrazos, la criminalización de la pobreza, condenarnos a la miseria, etc. También, lo estructural puede hacer referencia a aquello que tiene causa directa en las bases materiales de un sistema, como por ejemplo, cuando hablamos de crisis estructural del capitalismo.
Hasta ahora, el concepto de poder en el anarquismo clásico ha ido asociado al dominio, pero las tesis sobre el poder de Foucault han abierto nuevas perspectivas para entender dicho concepto que rompe con el esquema clásico de poder igual a dominio. Según Foucault, el poder es, básicamente, una fuerza social que está presente y fluye en todo el cuerpo social sin unas direcciones determinadas, lo cual no es ejercido siempre desde el Estado o la clase dominante, sino que también puede provenir de instituciones organizadas fuera del Estado. Además, el poder no solo es meramente destructivo, también es creador, crea conocimientos y saberes en favor de los grupos sociales que los crean. Por tanto, podemos distinguir entre poder-dominio, aquel que se ejerce a través de la clase dominante y de carácter impositivo mediante la violencia y la creación de hegemonía y consenso para imponer los intereses de esa clase dominante; y el poder-fuerza social que es ejercido desde las clases explotadas a través de las organizaciones populares, la creación de contra-hegemonía y ruptura con el orden dominante para materializar los intereses de emancipación social.
Una vez aclarados los términos, es hora de relacionarlos y posteriormente ver su aplicación en la realidad social. La diferencia clave entre dominio y poder es que el dominio es un poder ejercido desde una posición ventajosa, es decir, el dominio se ejerce en un contexto donde no hay equidistancia en las relaciones de poder. Esa posición de ventaja lo da la estructura material e ideológica. Se podría decir entonces que el dominio es un poder estructural, aquel poder que se ejerce a través de una estructura material e ideológica construida a medida por aquel grupo social dominante. Es aquí donde tiene origen todas las opresiones que hoy en día conocemos: la opresión -o explotación- de clase, la heteropatriarcal y la racial. Todas estas opresiones comparten un común denominador que es la existencia de una base estructural mediante la cual se ejerce el dominio.
Así pues, en el plano económico podemos reconocer la dominación capitalista en el cual, los o las poseedoras de los medios de producción -la clase capitalista- les confieren una posición dominante frente a la clase obrera que carece de dichos medios. Es por ello que un o una trabajadora siempre está en una posición de desventaja frente al capitalista, lo que se traduce en una relación desigual de poder. No obstante, si la trabajadora se organiza junto con sus semejantes y construye a la vez un discurso que desafíe el discurso dominante, esta relación de poder puede cambiar en favor de la clase obrera mediante la lucha de clases. Asimismo, encontramos en la organización popular otra forma de articular un poder desde abajo.
Por supuesto que la opresión central es la de clases, pero no podemos restar importancia a las opresiones no clasistas, pues también sustentan el sistema capitalista. En este caso, el heteropatriarcado es una estructura socio-cultural en el cual los hombres heterosexuales adquieren una posición dominante respecto a los y las homosexuales y la mujer. Como en la opresión clasista donde la clase obrera está en una posición desfavorecida, la mujer y aquellas personas que se salen de la heteronormatividad se encuentran en una relación de poder con los hombres heterosexuales desfavorable. Consecuencia de ello es el machismo y la homofobia, manifestaciones de esta dominación heteropatriarcal. Lo mismo sucede con el racismo, en el cual el hombre blanco occidental se posiciona como dominante frente a otras etnias no blancas y no occidentales, juzgándolas en base a las concepciones sociales eurocentristas y etnocentristas, caracterizándoles principalmente como salvajes, delincuentes y esclavos.
La importancia de conocer estos conceptos nos permite reconocer correctamente las opresiones y no cometer errores como usar la misma vara de medir para un lado y para otro cuando las relaciones de poder son asimétricas. Para ello, pondré unos ejemplos breves que ilustren esta premisa: la violencia policial es ejercida desde la clase dominante y responde a sus intereses, al contrario que la violencia utilizada para la autodefensa. No es nada comparable robar artículos en un supermercado con el fraude fiscal, la fuga de capitales y con la explotación asalariada. El absentismo laboral o cualquier acto de «indisciplina» no es nada comparable a los ataques a los derechos de los y las trabajadores mediante las reformas laborales. Se culpa a la mujer de ser violada y que tiene que andarse con cuidado para evitarlo, cuando el culpable es el hombre quien comete las agresiones sexuales y que es él quien debe dejar de violarlas. Que una persona no blanca desprecie a un blanco o blanca por serlo no es nada comparable a las redadas racistas, la criminalización de la inmigración, su exclusión y discriminación, etc… Aquí de nuevo nos encontramos con el denominador común: lo estructural.
Una vez que sepamos en qué posición estamos y conozcamos las relaciones de poder en la realidad social, el siguiente paso es cómo articular respuestas contra ellas, no para crear nuevas formas de dominio sino en equilibrar la balanza de las relaciones de poder. Así por ejemplo, en el campo económico, solo podrá existir una relación de poder equidistante aboliendo el sistema capitalista e implantando un sistema socialista libertario que ponga los recursos, medios de producción e instrumentos de trabajo en común; en el político, en la abolición del Estado sustituyéndose por instituciones horizontales (asambleas, consejos, comités, confederaciones…) en las cuales los y las productoras y consumidoras sean quienes tomen las decisiones políticas; y en el plano socio-cultural, por el empoderamiento de las mujeres, homosexuales y minorías étnicas junto con la deconstrucción de los privilegios patriarcales y raciales. Suprimir el dominio implica destruir las estructuras del poder-dominio y crear otras estructuras materiales e ideológicas y junto a ello el poder popular, que sería el poder socializado donde las relaciones de poder entre distintos grupos sociales sean equidistantes.