Recuperando el derecho a rebelión (III)

Aquí está la última entrega del ensayo sobre el derecho a la rebelión

La pregunta que hay que hacerse sobre el Estado es ¿Representa el Estado la voluntad general? Los juristas, intelectuales defensores de él dicen que es una cuestión de orden público, el Estado surge de un pacto social donde los individuos rechazan una parte de su libertad a cambio de seguridad reconociendo al Estado y a la ley que emana de él como la idea de justicia, los estatistas dicen que el Estado actúa en el bien del pueblo o de la voluntad general, conciben a la sociedad como un todo, como individuos iguales cuando ya hemos visto antes que la sociedad está dividida por asuntos económicos y que tienen intereses diferentes y contrapuestos, así que la idea de “voluntad general” es errónea y solo esconde los intereses de la clase dominante, la abstracción del Estado esconde la lucha de clases, niega el conflicto social y eso solo beneficia a los que se encuentran en una posición privilegiada, ya que se acepta esa situación como normal. Descartada la idea del Estado como representación de la voluntad general vuelve a surgir la pregunta de que es el Estado y de donde surge. Bakunin no vaciló en su definición del Estado:

“El Estado es la suma de la negación de la libertad de todos sus miembros”

La diferencia entre el Estado autoritario autárquico y el republicano reside en que en el primero la burocracia estatal oprime y explota al pueblo en beneficio de la clase dominante y lo hace en nombre del líder; en un régimen republicano hace exactamente lo mismo pero en nombre del pueblo o de la “voluntad general”.

Ningún Estado vela por los intereses del pueblo, ya que lo que éste busca es la libre organización de sus intereses sin interferencia o coacción de un ente superior. El Estado es un instrumento diseñado para gobernar desde arriba y dirigido por una minoría que impondrá sus intereses al pueblo, por esa razón el pueblo y el Estado son antagonistas y es una contradicción la concepción del Estado como popular.

Como el Estado no puede satisfacer los intereses del pueblo pues no le queda otra formar de asegurar su hegemonía que la violencia, el mismo papel que juegan las grandes empresas en el ámbito económico es desempeñado por el Estado en la sociedad, acaba con los estados pequeños y comunidades en beneficio de un gran Estado monopolizador, esto produce que cuando mas grande sea un Estado mas se alejará del pueblo y mas oprimirá a éste. Como hemos dicho antes una de las características principales del Estado es que éste tiene el monopolio de la fuerza, lo que quiere decir que toda violencia que se ejerza desde fuera de éste será considerada ilegal mientras que la que se ejerza en su nombre será considerada legal. Ante esta situación los explotados se encuentran indefensos porque la “justicia” está al servicio de la clase dominante.

¿Cómo se puede justificar el derecho a rebelión y el uso de violencia revolucionaria?  Los explotados se encuentran obligados a aceptar su situación por medio de la coacción que ejerce el Estado, esa situación es violenta ya que supone la imposición de una voluntad sobre la de los demás, frente a esa violencia algunos pensadores como Errico Malatesta justifican el uso de la autodefensa que no sería violencia como tal sino una respuesta a la violencia ejercida por un opresor.

“La violencia es justificable solo cuando es necesaria para defenderse a uno mismo o a los demás de la violencia[…] El explotado siempre está en estado de legítima defensa así que su violencia contra el opresor está moralmente justificada y tiene que ser regulada con el criterio de su utilidad y la economía del esfuerzo y sufrimiento humano […] No existe otro medio de defensa frente a la violencia que la propia violencia, pero no es violento quien ejerce la autodefensa, sino quien obliga a otros a utilizarla[…] La revolución debe ser necesariamente violenta porque sería una locura esperar que los privilegiados decidieran renunciar a su posición voluntariamente”

Para Malatesta, lo que empuja a la rebelión es la dignidad del individuo, la lucha contra el Estado estaría justificada ya que éste se basa en la fuerza para imponer su voluntad y genera una situación de desigualdad y opresión. El límite de opresión de un gobierno solo está limitado por la resistencia que el pueblo pueda oponer, puede haber un conflicto abierto o que pase mas desapercibido, pero siempre hay existencia de conflicto, cuando el pueblo se somete a la ley y no muestra resistencia el gobierno actúa a su antojo sin tener en cuenta las necesidades populares, solo cuando nota el peligro de insurrección es cuando se encuentra entre la disyuntiva de ceder o reprimir. Pero aunque ceda o reprima la revolución es inevitable ya que si no cede el pueblo acabará por rebelarse, pero si cede le valdrá para tomar confianza en sí mismo hasta que la pugna entre libertad y autoridad se haga evidente y se produzca el conflicto abierto.

Esta es la concepción clásica, hoy en dia podemos ver que no es así exactamente, la capacidad de recuperación del capitalismo y los nuevos métodos de control social han hecho que el poder sea capaz de gestionar las contradicciones , el sistema designa a la violencia revolucionaria como “terrorismo”, con este concepto pretende abarcar a todo lo que suponga una amenaza al Status Quo, los predicadores de la paz social manejan un discurso ideológico donde niegan el conflicto social y los mismos opresores se atreven de hablar de paz y fraternidad. Los medios de comunicación de masas difunden estas ideas y la opinión pública general coincide con ellas. El derecho a la rebelión es considerado como algo del pasado que fue útil en su momento pero ahora que se vive en “democracia” no tiene sentido ya que se gobierna por el bien de la sociedad.

El principal problema de justificar el derecho a la rebelión contra este sistema es enfrentarse a la opinión pública y al discurso mediático que tiene muchísimo más alcance y es hegemónico, en algunos medios se considera como “apología al terrorismo” y puede acarrear hasta consecuencias penales, la difusión de las teorías del derecho a la resistencia en la sociedad actual es marginal comparado con la que tiene la lógica del sistema.

Conclusión

Si se analiza el sistema de forma abstracta no podría ser considerado como una tiranía, pero en la práctica se cumplen las tres condiciones que citamos anteriormente en el primer apartado, ya que el Estado actúa como un gran tirano en beneficio de la clase dominante, es antipolítico porque pervierte el significado de la política que es la gestión de los asuntos del pueblo y como hemos visto el Estado no puede satisfacer los intereses de éste y se limita al uso de la fuerza, y está sujeto a leyes pero porque las leyes son el garante del mismo Estado, no suponen una limitación de su actuación sino una ampliación, el Estado se reserva la capacidad de actuar tiránicamente (la mayoría de ordenamientos jurídicos recogen los Regímenes de excepción donde las libertades individuales y políticas son suspendidas en caso de verse el Estado en peligro).

La tiranía del sistema actual no solo se sostiene con la fuerza física, principalmente utiliza medios de control social como los medios de comunicación de masas que manipulan la opinión pública y hacen que acepten las condiciones de vida existentes, además últimamente está apareciendo la figura del ciudadano-policia donde el  individuo se somete voluntariamente y cumple labores de control social sobre otros miembros de la sociedad, el mismo individuo rechaza a los que se rebelan contra el sistema y podría a llegar a servir al propio Estado. Se han dado varios casos donde los propios ciudadanos han denunciado a sus iguales, como recientemente en las protestas de Barcelona de la huelga general del 29M donde la policía llevó a cabo una campaña para identificar a manifestantes y se publicó una página web con fotografías de estos para que se recibieran denuncias anónimas. Cada vez se avanza más en el control social y éste toma carácter más totalitario, la definición de totalitarismo que dio Orwell en 1984 fue un régimen donde los mismos oprimidos renunciaran a rebelarse y se vieran incapaces de ello, donde el Estado se funde con la sociedad y resulta imposible distinguir una cosa de la otra, donde se acepte el Status Quo como una ley inmutable y se pierda toda esperanza de cambio, lo describió de esta manera:

“Si quieres hacerte una idea de como será el futuro imagínate una bota aplastando un rostro humano incesantemente”

Actualmente vamos por ese camino y lo único que puede cambiarlo es la recuperación de la legitimidad del derecho a rebelión, de la dignidad humana, pero sobre todo que se pierda el miedo que es la principal arma que utiliza este sistema para perpetuarse.

Bibliografía:

–          F. Engels, El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. (1884)

–          A. Tocqueville, La democracia en América (1840)

–          Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1967)

–          M. Bakunin, Escritos de filosofía política I, Crítica de la sociedad (1876)

–          Alfredo. M. Bonano, Errico malaesta y la violencia revolucionaria (2009)

–          G. Orwell, 1984 (1849)

–          M. Bakunin, Estatismo y anarquía (1873)

Violencias, propaganda y utilidad. La huelga de Barcelona

La última huelga general anarquista en Barcelona el pasado 31 de octubre, convocada por CNT-AIT, CNT- Catalunya, CGT Barcelona, COS y Coordinadora Laboral y por Apoyo Mutuo del 15M, deja una instantánea que difícilmente pudo pasar inadvertida en los medios de comunicación sistémicos y que ha sido debatida en el seno del anarquismo militante autóctono: individualidades ácratas provocando destrozos en una sucursal de Zara y otra de Apple.

En diferentes foros y asambleas del movimiento anarquista se ha debatido con cierta pasión la acción directa realizada el 31 de octubre contra Zara y Apple, en la que un grupo de activistas –organizado o espontáneo- entró en tropel boicoteando la mercancía de ambas firmas comerciales. Los focos de la discusión se han centrado, básicamente, en su utilidad y en la propaganda. Y ambas temáticas se encuentran, asimismo, conectadas.

Respecto a la utilidad de la acción surgen diferentes interrogantes. Por un lado, aparecen voces que critican el uso –injustificado– de la violencia en general y/o en particular, así como consideran inútil la operación por considerarla carente de contenido político sustancial. Le atribuyen cierto aire de infantilismo y vandalismo. En resumidas cuentas, anular varios productos de una sucursal de una multinacional tiene poco valor práctico, pues apenas contribuirá a las pérdidas económicas de la empresa -en algunos casos, incluso estas tiendas están aseguradas-, por lo que debería entenderse como una acción simbólica. Y de ser así, de tenerla en consideración como un ejercicio de imagen, ésta es negativa para el movimiento anarquista y para las convocantes de la huelga.

Por otro lado, no debemos descontextualizar el hecho, cosa que reivindican quienes se muestran favorables a esta acción concreta y a otras similares. El boicot a Zara y a Apple ocurre durante una jornada de huelga, por lo que se encuadra dentro de un piquete coercitivo. Es decir, es una respuesta a la insolidaridad de empleadas y empresarias con el resto de huelguistas, por lo que la represalia estaría justificada. Además, en la línea de un nutrido grupo de históricas y contemporáneas pensadoras anarquistas, el daño a la propiedad –y más aún a la propiedad privada y a los medios de producción burgueses- no puede considerarse violencia per se, puesto que ésta sólo puede ser ejercida contra seres vivos. No se trataría, por tanto, de un acto de violencia, sino de una respuesta coyuntural y estructural. De un lado, contra la actitud esquirol de los dos comercios, mientras que de otro, por ser célebres cabezas visibles del Capital. Si la huelga es un método de presión económica contra empresarias o gobiernos, el boicot de productos se ve legitimado por ser, simplemente, otra técnica más para conseguir el objetivo.

Respecto a la propaganda, las detractoras del hecho en cuestión aseguran que, puesto que la revolución será con el pueblo o no será, el movimiento anarquista debe tener siempre presente la receptividad del mismo a sus acciones. Y quienes abanderan esta opinión, aseguran que las imágenes tomadas ese día no hacen más que expandir la consideración de la anarquista como una simple encapuchada agresiva incapaz de proponer actos constructivos; como un ser marginal y violento. Por tanto, en opinión de estas compañeras, no hay que valorar tanto la razón –en toda su amplitud semántica-  de la acción como su inclusión negativa en el imaginario social popular. La crítica no sólo es estética –se ha llegado a poner en cuestión a las compañeras de Barcelona por la pertinencia de su vestimenta- sino también ética, pues cargan contra quienes sin formar parte de la convocatoria desoyen las directrices marcadas y actúan independientemente, provocando la criminalización mediática y judicial de, en este caso, los sindicatos anarquistas y movimientos asamblearios convocantes.

Como contestación a esta corriente de opinión surgen quienes, o bien minusvaloran la propaganda, o bien consideran a sus rivales dialécticos unas nuevas príncipes [sic] cuya razón de Estado es la propaganda. No entienden estas voces que el movimiento deba someterse a los gustos y apetencias de la sociedad -y medios de comunicación- burguesa, del mismo modo que no debe doblar las rodillas ante su arquitectura legal, pues no son más que expresiones lógicas de la clase dominante. Si las anarquistas gozasen de la simpatía de quienes sostienen activa o pasivamente al sistema, algo estarían haciendo mal. Tampoco piensan acertado el argumento de salvaguardar las siglas por encima de todo puesto que, aseveran, las convocantes no pueden desear y a la vez controlar al pueblo no organizado llamado a secundar la huelga.

No obstante, por encima de todo debate enriquecedor como este, que deja muchos interrogantes abiertos –y es objeto del texto que las lectoras rellenen cada hueco en blanco-, aquello en lo que no debe caer el activismo es en despreciar las diferentes y honestas opciones de lucha, sino, más bien, tratar de conseguir su convivencia o, al menos, su respeto. Construyamos un mundo nuevo desde la diversidad, defendiendo nuestros principios por los medios que consideremos convenientes, siempre desde el compañerismo y la fraternidad.

Vídeo relacionado: http://www.youtube.com/watch?v=hLFP6y9IoZk

Adrián Tarín

Resumen del 29S: Algo a recordar

La semana que ocurrieron los altercados del 25S hubo bastante revuelo en los medios de comunicación. Al estar en una carrera que gira en torno a éstos, es imposible no darle mil vueltas a lo que sucede en tu país. El jueves, curiosamente tras una clase de Derecho, decidimos dos amigas y yo ir a Madrid para vivir en persona el 29S

Una vez sábado, ya en la capital, fuimos dirección Plaza Neptuno, en la que a las 18:22 (miré el reloj justo al poner un pie allí) ya costaba entrar. Decidimos avanzar entre la gente hasta alcanzar la zona 0, las vallas situadas a las puertas del Congreso.

El principio fue un poco brusco. Para mi desilusión, nada más entrar me encontré de bruces a la famosa chica desnuda de las manifestaciones que se han dado a partir del 25S (chica que, en mi opinión, me parece la típica persona que se lucra de un momento culmen para hacerse famosa y ¡Oh! ¡Qué coincidencia! Es directora, actriz, y nadie hasta ahora sabía nada de ella. Hasta que se desnudó, claro) pero una vez pasado este momento, la cosa fue a mejor.

(Espero, nadie se ofenda más de lo debido por el comentario hacia esta mujer. No critico la calidad de su trabajo, sino su autopromoción)

La mujer desnuda

He de decir que me sorprendió el buen ambiente que en general se dio. Había una intensa lucha por mantener el orden, sin provocar a la policía y procurando que sus provocaciones no fueran retroalimentadas. En cuanto se veía a alguna persona con pasamontañas, capucha, pañuelo o cualquier cosa que usase para taparse la cara, se le avisaba de que aquello no era necesario y se le presionaba para que se descubriese la cara. Se descubrieron a su vez diversos policías infiltrados que no paraban de repetir que había que atacar las vallas, y que la violencia era el único modo de hacerse oír. Todo esto mientras, como en toda manifestación, se cantaba diferentes frases de reivindicación.

Por otro lado, quiero destacar la cantidad de personas mayores que había, nada de chavalería, no, hablo de personas de 60 y 70 años o más, que aguantaron allí hasta que pudieron. También sorprendió la presencia de varios bomberos, quienes se unieron a la manifestación.

Los dos bomberos, junto con los manifestantes

La cosa empeoró cuando alguien lanzó un petardo, lo que provocó que los antidisturbios, quienes llevaban inquietos largo rato, se pusieran alerta casco en cabeza y porra en mano. Hicieron el ademán de cargar con algunos gestos agresivos, aunque al final la situación se calmó de forma momentánea. Tras esto se armó algo de revuelo en la plaza, algunos pocos marcharon al darse cuenta de que todas las salidas estaban cubiertas por policía y antidisturbios. La verdad es que, cuando me percaté de esto, también me tembló el pulso: si por algún casual se diese alguna carga policial contra los manifestantes, apenas tendríamos salidas por las que escapar de los palos. Tras hablarlo con mis compañeras decidimos continuar en la plaza.

Se dieron diversos momentos de tensión en los que parecía que el ataque policial iba a ser inmediato, aunque finalmente se demoró, hasta que finalmente éstos decidieron entrar en Neptuno con gran parte de los furgones. La reacción ante esta provocación fue encararse a la policía, sin apartarse ni huír, gesto que me pareció magnífico y que demostró el poco respeto que nos obligan a tenerles con esa actitud que se gastan ante la ciudadanía. Incluso algunas personas se pusieron delante de los furgones, con las manos en alto y dni en ellas, recriminándoles la ausencia de su número de identificación.

Los antidisturbios rodearon la plaza hasta su totalidad, teniendo todas las entradas y salidas vigiladas. Este es un momento del que no me acuerdo demasiado bien debido a la cantidad de acontecimientos que se iban sucediendo. Solo sé que cuando quise quedar con mis compañeras en la que parecía la salida más despejada de Neptuno (subida al museo de El Prado) habían logrado agrupar a una grandísima parte de los manifestantes en una calle de… ¿cuánto? ¿25-30 metros de ancho por 100 de largo? Cuando te paras a pensar y te das cuenta de que durante toda la jornada esa había sido la única calle despejada de camiones antidisturbios, te das cuenta de que seguramente lo tuviesen planeado para acorralar a más de la mitad de los manifestantes en ese espacio para tenerles a tiro, ojalá me equivoque, pero es demasiada coincidencia. Vergonzoso.

Viendo el panorama de dicha vía, decidí ir por la carretera camino a Cibeles, ya que parecía el camino más despejado. Justo en esa calle en la que me había metido  por parecerme más o menos segura, fue por donde decidieron cargar de nuevo, por lo que tuvimos que correr hasta llegar a Cibeles, donde de nuevo siguieron las cargas policiales.

 Tras un largo rato, el conflicto pareció dispersarse y decidimos ir al Hotel en el que nos hospedamos, el cual estaba en Gran Vía. De camino aparecieron de nuevo los antidisturbios: durante toda la noche se están dedicando a cazar (sí, CAZAR) personas sin ningún tipo de criterio por el barrio de Lavapies. Los ven, los sacan de donde estén (bares, establecimientos, lo que sea) y sin más, les atacan. Penoso.

Policía antidisturbios momentos antes de cargar contra los manifestantes

He de decir que a nivel personal hacía tiempo que no vivía algo tan sumamente bonito, a pesar de los palos, los gritos, el dolor de espalda y las muchas carreras que me he tenido que hacer para huir de las porras. Hacía mucho que no encontraba ninguna esperanza para este país, pero viendo cómo están evolucionando las mentes, y que la gente poco a poco se está concienciando… tal vez no estemos enterrados en estiércol como yo creía.

En cuanto a fotografía, me ha ayudado a definirme algo más, yo creo. En gran parte fui para coger rodaje en temas de conflicto, vale, no es Kosovo, pero ahí está. No buscaba un resultado fotográfico espectacular, sino el trabajar bajo presión, rodeada de personas que te dificultan la movilidad, buscar continuamente por dónde poder escurrirte para que no te pille la policía, adaptarte a un ambiente en constante cambio tensión-relajación… y muchas más cosas que espero, vuelva a vivir, a poder ser en Madrid, y a poder ser este mismo mes que entra.

Confío en que sí.

Henar Domine.

Más cosas de Henar Domine en su blog y en su Flickr.

De victorias y derrotas: crónica del 29-S

Como respuesta a la represión sufrida el pasado martes 25 y miércoles 26 de septiembre, miles de personas nos desplazamos desde diferentes puntos del Estado a Madrid para rodear el Congreso, exigir la libertad de los detenidos y forzar la dimisión del Gobierno. ‘Hemos ganado’, exclamaron desde la organización. Esta es una crónica de esa victoria y de su irreal resultado.

La tercera jornada de protestas iniciadas por el movimiento Rodea el Congreso (uno de sus múltiples nombres) comenzó con los tintes habituales que caracterizan las movilizaciones masivas que desde mayo de 2011 se vienen realizando por todo el Estado español: plazas y calles adyacentes abarrotadas de individuos de heterogénea ideología, estética, extracción social, género y edad. El ambiente durante las primeras horas era un calco de otras protestas a las que ya estamos acostumbrados, pero que son visualmente muy diferentes a las de antaño. Apenas hay símbolos ideológicos, partidos políticos o banderas, más allá de algunas enseñas tricolores republicanas, y son muchas las pancartas y cánticos contra la clase política y la policía. No hay consignas tradicionales de lucha de clase y casi no se habla del capitalismo. Semióticamente esto también significa algo. El escepticismo de la postmodernidad puede respirarse entre una multitud que minutos más tarde abandonaría la Plaza de Neptuno dejando un reguero de latas de cerveza vacías por la acera.

El perímetro de vallado que rodeaba el Congreso se extendía desproporcionadamente, cortando las calles a gran distancia del que, a priori, parecía el objetivo de la concentración. El Paseo del Prado en dirección a Cibeles y a Atocha estaba rodeado de furgones policiales; en torno a unos 50 o 60 podían verse a simple vista. Donde no alcanzaba el mirar era seguro que había más. Hasta poco antes de que se pusiera el sol sólo provocaba la indignación de los presentes las apariciones cada quince minutos de un helicóptero que sobrevolaba Neptuno.

La gente seguía llegando en masa y la cantidad de horas de pie y de inactividad –más allá de los cánticos- daban pie a diferentes comentarios, la mayoría en torno a la conveniencia del uso de la violencia por parte de los manifestantes, así como a la posible presencia de infiltrados. Algunos de los congregados descansábamos sentados en el suelo e intermitentemente subíamos a las ventanas de los edificios colindantes para comprobar la afluencia. Por no disponer de telefonía con Internet, las únicas noticias “del exterior” las conocí a través de mensajes de texto: la policía amenazaba a los medios de comunicación advirtiéndoles de que debían abandonar la plaza ante la posibilidad de que se produjesen cargas policiales.

Una vez caída la noche, desde la megafonía de la coordinadora se desconvocó la manifestación. “Ya hemos ganado”, dijeron. Quienes resistiesen en la plaza lo harían bajo su responsabilidad. La medida se tomaba, según expusieron, para que no se repitiesen los altercados del 25 y del 26. En ese momento me pregunté: ¿Para qué he recorrido más de 500 kilómetros en autobús y he invertido parte de mi escaso salario? ¿Cuál era el objetivo político real de esta manifestación? ¿En qué momento puede finalizar un sitio al Congreso? ¿Qué es exactamente lo que hemos ganado permaneciendo cuatro horas de pie frente a una valla? ¿No nacía esta plataforma como un método de protesta indefinido? Todas estas cuestiones rondaban mi cabeza, defraudado, mientras comprobaba el poder de convicción de un megáfono. Aunque todavía seguíamos siendo legión, la mitad de los convocados abandonaron Neptuno. Algunos para cenar, otros a sus casas y un grupo de unas 150 personas a intentar realizar una patética cadena humana alrededor del Congreso atravesando la Calle Cervantes, con evidente e infructuoso resultado.

No es la primera vez que presencio cómo desde las organizaciones convocantes de una manifestación, cuando ésta empieza a tomar un cariz combativo, se anima a los asistentes a desmovilizarse. ¿Cuál es el objetivo de incitarnos a que tomemos una determinada actitud? ¿Por qué hay que coaccionarnos para que finalice un acto de protesta en el momento en que ellos elijan? Cuando esto ocurre sólo me queda sospechar que, en esos instantes, los convocantes están pensando más en la imagen de su plataforma y sus necesidades como organización que en los fines de la protesta.

A pesar del vaciado, como se ha dicho, todavía un nutrido grupo de personas ocupaba la plaza. Entonces ya eran abrumadora mayoría los jóvenes. Aparecían las primeras capuchas y verdugos, así como una mayor cantidad de personas con estética tradicional de izquierdas. Los cánticos contra la policía aumentaron. No podía ver lo que pasa en la bocacalle que orienta el tráfico hacia Cibeles, pero me constaba que había cierta provocación policial, aunque nada grave. Frente a la valla más próxima al Congreso comenzaron a volar los primeros objetos y algunos manifestantes fueron reprendidos. Se les acusó de estar infiltrados. Otros les defendieron. El ambiente se caldeaba y terminó de estallar con el lanzamiento de un petardo hacia el otro lado de la valla. Hubo mucha gente que no vio la trayectoria del explosivo y su detonación cogió por sorpresa a la mayoría de los asistentes, que huyeron al pensar que se había lanzado una pelota de goma. Algunos de los que vimos qué había pasado tratamos de arengar a quienes corrían para que se quedasen quietos, nos tapamos las caras y lanzamos botellas a los antidisturbios para evitar una posible carga al verles ponerse los cascos y cargar sus escopetas. Era absurdo pensar que los agentes podían agredirnos desde detrás de un triple vallado, pero las escenas de histeria colectiva y las carreras contagiosas se repitieron toda la noche.

Con este primer amago de carga se vació un poco más la plaza y volvió la calma. No obstante, quienes allí estábamos ya teníamos el convencimiento de que habría violencia, algo que no podía adivinarse con claridad horas antes. Más tarde, en un extremo de la plaza hubo movimiento, carreras, algún golpe seguro, pero desde donde me encontraba no podía verlo con claridad. Entre 6 y 10 furgones policiales subieron desde Atocha a Neptuno y entraron en el corazón de la misma, dividendo a los manifestantes en dos grupos. Uno orientado hacia Cibeles y otro hacia Atocha. Un pequeño colectivo permanecía todavía de cara al Congreso, en el centro. Parte de los manifestantes se situaron frente a las furgonetas para evitar que avanzaran. No sé qué ocurrió –más tarde lo vería por televisión- a los compañeros acorralados entre Cibeles y Neptuno, pero en la zona en la que quedé atrapado comenzó el lanzamiento de objetos. Un nuevo petardo, esta vez verde, estalló bajo los furgones. Los agentes bajaron de sus vehículos y corrieron hacia la multitud, que resistió como pudo y se refugió en la Calle Cervantes. Volcamos en la bocacalle algunos contenedores y se improvisó una barricada. Un grupo de policías aguardaba en la esquina del Palace y Cervantes, recibiendo el impacto de latas y botellas con una banda sonora antológica: El pueblo unido jamás será vencido. En el otro extremo de la plaza, aunque no pudimos verlo, le reventaron la cabeza a un joven que tuvo que ser hospitalizado y detuvieron a dos compañeros.

A partir de entonces todo fue un correcalles. En cada esquina en la que tuvimos que apostarnos tras retroceder levantamos una barricada, que al tiempo era sorteada por los agentes o bien por el mismo camino o por calles laterales. Poco a poco esto hizo que nos dividiésemos y que, por nuestra propia cuenta, acabáramos abandonando cualquier posibilidad de resistencia y de retomar Neptuno. Durante estas carreras recibimos algunos pelotazos de goma y varios destacamentos de agentes de la UIP entraron en locales de la zona amenazando a los clientes y golpeando a los manifestantes que se habían refugiado en ellos.

Según contaron los medios, después de desalojar a los manifestantes de Neptuno un grupo de pacifistas se apostaron, sentados, frente a la valla del Congreso. Allí permanecieron hasta que pactaron su salida sin consecuencias. Para haber ganado, como decían desde la coordinadora, el triunfo tuvo un sabor amargo.

Vídeo relacionado: http://www.youtube.com/watch?v=r1LYYaPk7zI

Anónimo.

¿Son los encapuchados realmente anarquistas?

Todos los infiltrados van encapuchados pero no todos los encapuchados son infiltrados, al igual que no todos los anarquistas van encapuchados ni todos los encapuchados son anarquistas. ¿Cómo distinguir unos de otros? Recientemente, durante las protestas del 25S  con el objetivo de rodear el Congreso, se produjeron altercados y enfrentamientos con la policía. Sí es cierto que hubieron estupas que incluso ayudaron a los de uniforme a realizar detenciones pero también hubo gente que se dignó a responder ante las cargas indiscriminadas y les hicieron retroceder ¹. Como también hubo gente con dos cojones² que se puso entre los que lanzaban objetos a la policía y los maderos que reciben la lluvia intentando que dicha lluvia cese.

Últimamente se está poniendo de moda reventar manifestaciones infiltrando secretas encapuchados que van rompiendo cosas, amenazando, agrediendo, insultando a… y en ocasiones dejando que sus propios compañeros les apaleen «¡que soy compañero, coño!». Ante deducciones simplistas que apuntan a que todos los encapuchado son secretas, es necesario tratar con mayor profundidad el tema con el fin de poder distinguir a los verdaderos manifestantes de los estupas, con el fin de evitar que los manifestantes sean reducidos por pacifistas (ironías de la vida) mientras que los infiltrados salgan de rositas e incluso arrastrando un detenido. Por lo tanto, es preciso señalar las diferencias destacadas que sirvan para evitar, pese a no ser preciso al 100% puesto que las apariencias engañan mucho ³.

Los infiltrados:

  • Si se obseva a alguno de ellos agrediendo o tirando al suelo a un civil (transeúnte o activista) es claramente un infiltrado.
  • En la mayoría de los casos, tienen una complexión atlética y suelen ir con sudadera de colores oscuros con capucha, la cara tapada con una braga, vaqueros y zapatillas (a veces botas). No tienen mucha variedad en la vestimenta, pocas veces llevan mochilas y no se ha visto ninguno ir en chándal (de momento) ni tampoco con máscaras antigas.
  • Muchos de ellos llevan pinganillo. Jamás llevarían tirachinas ni cócteles molotov, como rara vez tirarían piedras y en su lugar pueden traer una porra extensible.
  • Tienen un comportamiento agresivo al dirigirse tanto a los manifestantes como a los transeúntes, llegando incluso a agredirlos, pero pocas veces intercambia insultos con la policía sin llegar a atacarles. Hay que tener cuidado también con quienes incitan a los activistas pacíficos a atacar a la policía y a romper cosas.
  • Atacan los objetivos fáciles como bicis, ciclomotores, ventanillas de coches y pequeños comercios. Rara vez (quizás nunca) se les ve atacando a bancos y actuando junto con otros «violentos». Pueden ir solos o en grupos pequeños.
  • En ciertos casos, pueden llevar distintivos para que la policía no los confundan con «violentos».
  • Se ha llegado a observar que se acercan a los antidisturbios y éstos los ocultan en un furgón sin recibir ninguna tunda y sin esposarlos.

El objetivo de la infiltración es crear confusión y divisiones entre activistas violentos y pacíficos, creando hostilidades entre los manifestantes con diferentes tácticas de lucha. A la vez, sirve para justificar las cargas indiscriminadas y el terrorismo policial, cargando toda la culpa sobre quienes dan un paso más allá utilizando la autodefensa frente a la violencia directa del sistema y atacando a los símbolos del capital. A pesar de todo, no son tan fáciles de identificar pero sí es necesario hacer un esfuerzo para paliar este problema y expulsar a los infiltrados de las manifestaciones, no a quienes no son estupas sino personas dignas que se han hartado de recibir palos.

Los manifestantes:

  • Suelen ir en grupos numerosos, llegando a formar bloques compactos cuando no estén causando destrozos ni enfrentándose contra la policía. Cuando pasan a la acción, no se separan mucho y actúan en conjunto, aunque hay excepciones en que son pocos los que se dignan a pasar a la ofensiva y por ello se pueden ver en grupos pequeños.
  • Hay chicos y chicas. Los hay quienes llevan capucha y palestino, otros, camisetas envueltas en la cabeza dejando solo los ojos, algunos van con casco de moto o máscaras antigas, otros solamente con la braga… Incluso hay quienes van con gafas de sol. En muchos casos van equipados con mochilas y guantes, en ocasiones llevan consigo cócteles molotov, tirachinas, martillos y banderas.
  • Nunca se les ve agrediendo a civiles y evitan en lo posible enfrentamientos con personas que no son policías.⁴
  • Seleccionan sus objetivos y no van rompiendo cosas a lo loco. Atacan sobre todo a las sucursales y locales pertenecientes a multinacionales y grandes empresas, rompen las aceras para coger piedras y queman contenedores para hacer barricadas. Se enfrentan a la policía si se ven capacitados o se requiere contener una carga.
  • Si son apalizados por los antidisturbios significa que no son estupas.

Y ahora volvemos ahora a la polémica de siempre: la de atacar a la policía o dejarse hostiar por ella y alzar las manos. No siempre encararse con los maderos es conveniente como tampoco lo es quedarse en el suelo aguantando los golpes, hay que atender a las circunstancias y al contexto. Por ejemplo, en caso de carga policial, si hay pocas salidas o la multitud está tan apretada que resulta difícil apartarse para no recibir los porrazos o si hay ancianos, niños o mujeres, sería más conveniente arrojarles objetos a los antidisturbio al menos para detenerlos. Lo mismo ocurre en caso de que estén intentando arrestar a un compañero y es posible evitar su detención, pues más vale que no caiga bajo las garras de la policía y termine con cargos imputados. Por otro lado, no siempre es preferible usar la acción directa violenta, pues en muchos casos provocan el rechazo social y sería muy contraproducente si terminamos aislados.

Puede que a nivel mediático sea contraproducente pero aun siendo totalmente pacífica una manifestación, tratarán de buscarle la pera al olmo para descalificarla y en el peor de los casos, elogiando a los pacifistas para recuperar las protestas y hacerlas inocuas, dando como consecuencia la aparición de fanatismos y con ello, pacifistas dogmáticos que son hipócritas hasta la médula aunque no lo sepan, ¿por qué? porque proponen arremeter contra todo encapuchado sin tener en cuenta que hay gente noble detrás de las caras tapadas y pasan de diferenciar entre estupas y no-estupas metiéndolos en el mismo saco «¡¡Encapuchado, estupa, a por él!! ¡¡Violentos antisistema, a por ellos!!». Patéticos aquellos fanáticos de Gandhi que se ponen del lado de quienes poseen el monopolio de la violencia, es decir, de los policías. Desgraciadamente, esto conlleva a abrir cada vez más la brecha entre partidarios de la autodefensa y detractores, siendo que somos los mismos explotados. ¿Falta de conciencia política y de clase?

Nos están ganando terreno y las infiltraciones están causando mucho daño. Por lo tanto, tenemos una necesidad urgente de cuestionar las tácticas de lucha y llevarlas a debate con el objetivo de romper con fanatismos -sean pacifistas o a favor de la violencia-, pero sobre todo para hacer frente a los infiltrados, evitar que desestabilicen los actos de protesta y mantenernos unidos, respetando la libertad de actuación de cada  individuo o colectivo.

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Notas:

[1] Podéis echar un vistazo a la Videocrónica del 25S para ver los sucesos.

[2] La cursiva resalta el tono coloquial de la expresión o palabra y resaltando ella una cierta carga irónica.

[3] La lista está basada en esta viñeta elaborada por mí [link] pero lo detallo en este artículo.

[4] En EEUU, durante las protestas del movimiento Occupy, se han dado casos en que los Black Bloc fueron atacados por ¡¡pacifistas!! y los encapuchados intentaron evitar ser agredidos por esos hipócritas que jugaban a ser policías, no respondiendo a sus agresiones. Aquí el artículo

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