La tiranía del reloj [George Woodcock]

A lo largo de estos días que vienen iré presentando varios textos anarquistas que contemplan uno de los más potentes instrumentos de control masivo que tiene el capitalismo: el tiempo. Como concepto abstracto, el tiempo capitalista esclaviza a millones de personas a través de una herramienta material, que viene a ser el reloj. El reloj como objeto material no solamente presenta un problema para la libertad personal, sino que refuerza e impone las relaciones sociales que el concepto abstracto que existe detrás crea en el marco capitalista. Para introducir a aquellas personas que nunca antes se habían planteado el problema que se deriva del mismo concepto de tiempo, qué mejor que empezar con un texto del siempre interesante George Woodcock. «La tiranía del reloj» (The tiranny of the clock) es un ensayo corto originalmente publicado en War Commentary en el año 1944. Sin más, ahí os lo dejo.

La tiranía del reloj (George Woodcock)

No hay ninguna característica que separe con mayor claridad la sociedad que ahora existe en Occidente de las antiguas sociedades, tanto europeas como orientales, que su concepto de tiempo. Para los antiguos chinos y griegos, para los pastores árabes o los actuales peones mejicanos, el tiempo queda representado por los procesos cíclicos de la naturaleza, la alternancia de la noche y el día, el paso de una estación a la siguiente. Los nómadas y granjeros medían y aún miden su día desde el amanecer hasta la puesta de sol, y su año en términos de siembra y cosecha, de caída de las hojas y de deshielo de lagos y ríos. El granjero trabajaba según los elementos, el artesano durante todo el tiempo que le pareciera preciso para la perfección de su producto. El tiempo era visto como un proceso de cambios naturales, y la humanidad no se preocupaba por la exactitud con que fuera medido. Por este motivo, unas civilizaciones altamente desarrolladas en otros aspectos dedicaban instrumentos sumamente primitivos para el cómputo del tiempo: el reloj de arena o de gotas de agua, el reloj de sol, inútil en los días nublados, y las velas y candiles, cuyo remanente de aceite o cera indicaba las horas. Todos estos utensilios, aproximativos e inexactos, devenían con frecuencia inútiles a causa del clima o del grado de pereza de la persona a su cargo. En ninguna parte del mundo de la Antigüedad o del Medioevo se hallará sino una minoría de hombres que se preocupe por el tiempo en términos de exactitud matemática. El hombre moderno, occidental, habita sin embargo un mundo regido por los símbolos mecánicos y matemáticos del tiempo cronometrado. El reloj dicta sus movimientos e inhibe sus acciones. El reloj transforma el tiempo, que pasa de ser un proceso natural a una mercancía que puede ser medida, comprada y vendida como si de jabón o pasas se tratara. Y debido a que sin los medios para medir con precisión el tiempo nunca se hubiera llegado a desarrollar el capitalismo industrial ni podría seguir explotando a los trabajadores, el reloj representa un elemento de tiranía mecánica en las vidas de los hombres modernos mucho más poderoso que cualquier explotador en tanto individuo o que cualquier otra máquina. Es de utilidad recordar el proceso histórico mediante el cual el reloj ha influido en el desarrollo social de la civilización europea moderna.

Es un hecho frecuente en la historia que una cultura o civilización desarrolle la herramienta que posteriormente será propiciará su destrucción. Los antiguos chinos, por ejemplo, inventaron la pólvora, la cual fue desarrollada por los expertos militares de occidente y eventualmente condujo a la destrucción de la propia civilización china mediante los fuertes explosivos del armamento bélico moderno. Del mismo modo, el logro supremo del ingenio de los artesanos de las ciudades medievales europeas fue la invención del reloj mecánico, que, al trastocar revolucionariamente el concepto de tiempo, colaboraron materialmente con el crecimiento del capitalismo explotador y a la destrucción de la cultura medieval.

Según algunos relatos, el reloj apareció en el siglo XI, como dispositivo para hacer sonar las campanas a intervalos regulares en los monasterios, los cuales, con la vida organizada que imponían a sus internos, fueron el modelo más próximo de la edad media a las actuales fábricas. El primer reloj propiamente dicho, no obstante, apareció en el siglo XIII, y tan sólo a partir del siglo XIV comenzaron los relojes a adornar las fachadas de los edificios públicos de las ciudades alemanas.

Estos relojes primerizos impulsados pesas no eran especialmente precisos, y no se alcanzó un cierto grado de fiabilidad hasta el siglo XVI. Por ejemplo, se dice que el primer reloj preciso de Inglaterra fue el de Hampton Court, fabricado en 1540. E incluso la precisión de los relojes del siglo XVI resulta relativa, dado que sólo estaban equipados con manecillas para las horas. Ya en el siglo XIV habían pensado los primeros matemáticos en medir el tiempo en minutos y segundos, pero con la invención del péndulo en 1657 se obtuvo la precisión necesaria para la adición de una manecilla que señalara los minutos, mientras que la manecilla destinada a los segundos no fue introducida hasta el siglo XVIII. Ambos siglos, se observará, son aquellos en que el capitalismo creció en tal grado que le fue posible aprovechar la tecnología de la revolución industrial para así establecer su dominio sobre la sociedad.

El reloj, como ha señalado Lewis Mumford, representa la maquinaria cardinal de la era de la maquinaria, tanto por su influencia sobre la tecnología como por su influencia en las costumbres humanas. Técnicamente, el reloj fue la primera máquina auténticamente automática que adquirió verdadera importancia en la vida de las personas. Antes de su invención, las máquinas habituales eran de tal naturaleza que su manejo dependía de alguna fuerza externa y de escasa fiabilidad, como la musculatura humana o animal, el agua o el viento. Es cierto que los griegos habían inventado ciertos mecanismos automáticos primitivos, pero sólo se los empleaba, como ocurría con la máquina de vapor de Herón, para procurar efectos “sobrenaturales” en los templos o para entretener a los tiranos de las ciudades orientales. Pero el reloj fue la primera máquina automática que consiguió importancia pública y una función social. La fabricación de relojes se convirtió en la industria a partir de la cual fueron aprendidos los rudimentos de la fabricación de máquinas y se obtuvo la habilidad técnica necesaria para la revolución industrial.

Socialmente el reloj tuvo una influencia más radical que la de cualquier otra máquina, en tanto era el medio por el cual se podía obtener mejor la regularización y organización de la vida necesaria para un sistema industrial de explotación. El reloj proporcionaba los medios para que el tiempo —una categoría tan elusiva que ningún filósofo ha podido hasta el momento determinar su naturaleza— pudiera ser medido concretamente en los términos tangibles del espacio representado como circunferencia por la esfera de un reloj. Se dejó de considerar el tiempo como duración, comenzándose a hablar y pensar permanentemente de “tramos” de tiempo, como si se estuviera hablando de retales de tela. Y el tiempo, ahora mensurable en símbolos matemáticos, pasó a ser visto como una mercancía que podía ser comprada y vendida del mismo modo que cualquier otra.

Los nuevos capitalistas, en particular, devinieron rabiosamente conscientes del tiempo. El tiempo, que en este caso quería decir el trabajo de los obreros, era visto por ellos casi como si constituyera la materia prima principal de la industria. “El tiempo es dinero” se convirtió en uno de los eslóganes cruciales de la ideología capitalista, y oficial cronometrador fue el más representativo de los empleos creados por la administración capitalista.

En las primeras fábricas los patronos llegaron a manipular sus relojes o a hacer sonar las sirenas en momentos distintos a los indicados a fin de defraudar a sus trabajadores esta valiosa y nueva mercancía. Más adelante semejantes prácticas se hicieron menos frecuentes, pero la influencia del reloj impuso una regularidad en las vidas de la mayoría que previamente sólo se había conocido dentro de los monasterios. Las personas pasaron a ser de hecho similares a relojes, actuando con una regularidad repetitiva carente de parecido con la vida rítmica de un ser natural. Pasaron a ser, como reza el dicho victoriano, “puntuales como relojes”. Únicamente en los distritos rurales, donde las vidas naturales de animales y plantas y los elementos aún dominaban la vida podía librarse una parte mayoritaria de la población de sucumbir al mortífero tic-tac de la monotonía.

En un principio esta nueva actitud ante el tiempo, esta nueva regularidad de la vida, fue impuesta por los señores propietarios de relojes sobre los pobres, que se resistían a ella. El esclavo industrial reaccionaba en su tiempo libre viviendo en una caótica irregularidad que caracterizaba las barriadas empapadas en ginebra del industrialismo de principios del siglo XIX. Se huía hacia un mundo sin tiempo de bebida o de inspiración metodista. Pero gradualmente la idea de regularidad se fue extendiendo hasta llegar a las capas más bajas de los obreros. La religión del siglo XIX y la moral desempeñaron un papel nada desdeñable al proclamar que “perder el tiempo” era un pecado. La introducción de relojes y relojes de bolsillo producidos masivamente en los años 1850 extendió la conciencia del tiempo entre aquellos que previamente habían meramente reaccionado al estímulo de unos golpes en la puerta o de la sirena de la fábrica. En la iglesia y en la escuela, en la oficina y en el taller, se consideraba la puntualidad la mayor de las virtudes.

A partir de esta esclava dependencia del tiempo mecánico, que se extendió insidiosamente por todas las clases en el siglo XIX, creció la desmoralizadora regimentación de la vida que caracteriza el trabajo industrial de nuestros días. El hombre que no se adapta a ella se aboca a la censura de la sociedad y la ruina económica. El trabajador que llegue con retraso a la fábrica perderá su trabajo e incluso, en los días en que nos encontramos, puede verse encarcelado.[1] Las comidas presurosas, el periódico apiñarse en trenes y autobuses cada mañana y cada tarde, la tensión de tener que trabajar de acuerdo con horarios, todo ello contribuye a los desórdenes digestivos y nerviosos, a la ruina de la salud y a la brevedad de las vidas.

Tampoco puede decirse que, a largo plazo, la imposición financiera de regularidad conduzca a un mayor grado de eficacia. De hecho, la calidad de los productos es habitualmente muy inferior, debido a que el patrón, al considerar el tiempo una mercancía por la cual ha de pagar, obliga a sus operarios a mantener tal velocidad que necesariamente han de escatimar su trabajo. El criterio principal es preferir la cantidad a la calidad, y del trabajo en sí mismo desaparece todo disfrute. El trabajador no hace sino vigilar el reloj, preocupado únicamente por el momento en que pueda escaparse hacia el magro y monótono ocio de la sociedad industrial, en que se dedica a “matar el tiempo” atracándose de goces tan planificados y mecanizados como el cine, la radio y los periódicos en la medida que su salario y su cansancio se lo permitan. Únicamente si es capaz de aceptar los riesgos de vivir conforme a sus convicciones o su ingenio puede un hombre sin dinero salvarse de vivir como un esclavo del reloj.

El problema del reloj es, en general, similar al de la máquina. El tiempo mecánico es valioso como medio para coordinar las actividades en una sociedad altamente desarrollada, lo mismo que una máquina es valiosa como medio de reducir el trabajo innecesario al mínimo. Tanto el uno como la otra son valiosos por la contribución que realizan al buen curso de la sociedad, y sólo han de utilizarse en la medida en que sirvan a la humanidad para eliminar eficientemente entre todos el esfuerzo monótono y la confusión social. Pero no ha de permitirse que ninguno de los dos dominen la vida de las personas como ocurre hoy día.

Por ahora el movimiento del reloj establece el ritmo de las vidas humanas. El hombre se convierte en un criado del concepto de tiempo que él mismo ha creado, y en cuyo temor se le mantiene, como le sucedió a Frankenstein con su propio monstruo. En una sociedad cuerda y libre, semejante dominación de las funciones humanas por relojes y máquinas sería, como es obvio, impensable. La dominación del hombre por una creación del hombre resulta incluso más ridícula que la dominación del hombre por el hombre. El tiempo mecánico sería relegado a su verdadera función de instrumento para la referencia y coordinación, y la humanidad recobraría una visión equilibrada de la vida, que ya no estaría dominada por la adoración al reloj. Una plena libertad implica la liberación de la tiranía de abstracciones del mismo modo que rechaza las reglas humanas.

Notas

[1] El autor se refiere, evidentemente, a las regulaciones de guerra vigentes en el momento de la publicación de este artículo en War Commentary. Nota del ed.

Explicando con números IV

En la última entrega de «Explicando con números» vimos los diferentes niveles de medición con los que podemos trabajar, así como tres medidas distintas de tendencia central. Describir un conjunto de datos es, a menudo, interesante de por sí, pero la estadística social tiene mucho más que ofrecer. En este artículo vamos a introducirnos en la asociación de datos, y para ello es muy importante que se tengan en mente todos los conceptos explicados en los últimos tres artículos.

De una variable a dos o más variables

Hasta ahora hemos visto cómo hablar y describir con propiedad una variable (algunos ejemplos usados: salario de futbolistas, número de casas en una sociedad). Sin embargo, en el mundo social que nos interesa estudiar las cosas no suceden independientemente las unas de las otras. Una variable puede estar estrechamente relacionado con otra, por ejemplo: cuando una variable incrementa su valor, otra variable decrece en cierta proporción. En definitiva, nos interesa ver el efecto que algo tiene sobre otra cosa (o conjunto de cosas). Cuando nos interesa saber si una variable afecta a otra variable (y en qué medida) usamos lo que llamamos medidas de asociación. Las medidas de asociación, al igual que las descripciones o las medidas de tendencia central, se diferencian en base al nivel de medición de los datos, por lo que cada nivel de medición tiene su medida de asociación.

En este artículo vamos a comenzar con la asociación de categorías, y lo haremos de la forma más sencilla: comparando dos categorías. A esto lo llamamos análisis bivariable porque solamente nos interesa estudiar la asociación entre dos variables (el efecto que una puede tener sobre la otra). Aunque rara vez nos interesa pararnos en el análisis bivariable (el análisis multivariable ofrece, como es lógico, mucho más), en muchas ocasiones nos basta con estudiar, rápidamente, la asociación entre dos variables de la vida cotidiana que nos llaman la atención.

Conceptos importantes a tener en cuenta

Como he dicho más arriba, en este artículo vamos a ver cómo estudiar la asociación entre dos categorías simples. Nos interesa saber si dos variables están relacionadas y, si lo están, en qué medida (o qué efecto tiene una variable sobre la otra). A esto lo hemos llamado asociación, pero seguramente hayáis leído/escuchado el término correlación por ahí. «Correlación» y «asociación» tienen mucho que ver, pero a efectos prácticos (y para los intereses de este artículo) no nos interesa entrar en los detalles minuciosos. Así pues, digamos que ambas, correlación y asociación, tienen que ver con la relación existente entre dos (o más) variables las cuales cambian conjuntamente de una forma u otra (por ejemplo, siguiendo un patrón lineal, una tendencia no-lineal, etcétera).

Por otra parte, hay un concepto que reviste máxima importancia en estadística. Este concepto es el de causalidad. Decir que el aumento de la renta per cápita en una sociedad está relacionado con el aumento del voto de derechas es establecer una correlación/asociación. Otra cosa bien distinta es decir que el aumento de la renta per cápita es la causa del incremento del voto de derechas. La causalidad implica un afirmación mucho más consistente (o fuerte) que la estadística social no puede sostener por sí sola. Explicado de una forma sencilla: establecer una relación de causalidad entre una variable X, y otra variable Y, implica decir que Y no sucedería si X no sucede antes (es decir, X es la causa de Y). La estadística estudia lo que observamos, es decir, lo que ha sucedido (aunque se pueden hacer predicciones sobre el futuro, pero siempre reconociendo cierto margen de error), por lo que lógicamente no se puede establecer con total seguridad que X es la causa de Y (pues no podemos comprobar lo contrario, es decir, el resultado de algo que nunca ha sucedido). Para ello la estadística social (el estudio de datos) tiene que estar acompañado de teoría social, de ahí que la sociología hoy en día sea una potente herramienta para estudiar multitud de cosas. Cuando juntamos estadística social (el estudio de lo que pasa), con teoría social (el estudio del porqué las cosas pasan), entonces llegamos a explicaciones mucho más potentes y sólidas.

Finalmente, el último concepto que tenemos que tener en cuenta es el de dependencia. Las variables de nuestro interés pueden estar relacionadas y conformar una relación estadística de dependencia, y aunque no podamos decir que X causa Y, sí que podemos decir (tal vez) que X es independiente de Y. Una ejemplo clásico que se usa cuando hablamos de dependencia/independencia es el de sexo y salario. En las sociedades capitalistas sabemos que las mujeres cobran mucho menos por el mismo trabajo realizado por hombres. Podemos decir que tu salario está relacionado con tu sexo, como también podemos estudiar la dirección de esa relación (salarios más altos para los hombres, y salarios más bajos para las mujeres). Pero también podemos decir con seguridad que tu sexo no es dependiente de su salario (sería un disparate). Un truco sencillo para ver si una variable es independiente de otra es ver la temporalidad de las variables. En el ejemplo de sexo y salario, el sexo de una persona viene dado antes en el tiempo que su salario.

La asociación entre dos categorías

Estudiar la asociación de dos variables es el primer paso, y más sencillo, a dar. Para ello tenemos que crear una tabla en la que las categorías de ambas variables se crucen. Para ilustrar este ejemplo he tomado los datos correspondientes al Estado español de la encuesta European Social Survey del año 2012. La variable «votación» proviene de preguntar a las personas si votaron en las últimas elecciones nacionales, y la he simplificado a dos categorías: «sí» y «no.» El resultado de cruzar esta variable con el sexo de las personas resulta en la tabla de más abajo (además, he suprimido los casos de aquellas personas que no podían votar por razones de edad o no contestaron a una de las dos preguntas en cuestión).

[etable caption=»Participación electoral por sexos, Estado español (European Social Survey 2012)» width=»500″ colwidth=»20|100|50″ colalign=»right|center|center|center»]
,Mujeres,Hombres,Total

Sí votó,693 (76%),653 (77%),1346

No votó,220 (24%),196 (23%),416

Total,913,849,1762
[/etable]

El siguiente paso para analizar la asociación entre dos variables es fijar qué variable es la independiente, y cuál es la dependiente (en otras palabras, qué variable influye sobre la otra). En este ejemplo las cosas están muy claras: sexo es la variable independiente (no tiene sentido decir que el hecho de haber votado o no en las últimas elecciones nacionales determine el sexo de una persona). Cabe mencionar que es costumbre colocar la variable independiente en la parte superior de la tabla, es decir, en las columnas. Para estudiar la asociación entre las dos variables, lo siguiente que realizamos es calcular el porcentaje a lo largo de la variable independiente (esto es muy importante). Como se puede observar en la tabla de más arriba, los porcentajes corren en columnas, y no en filas. El porcentaje, aquí, no es respecto al total de casos observados (1.762 personas), sino respecto a los marginales (913 y 849). El siguiente paso es comparar los porcentajes en filas, es decir, el porcentaje de mujeres que votaron (o no) con el porcentaje de hombres que votaron (o no). Cuanto más grande la diferencia, mayor la asociación. En este ejemplo la diferencia es nula, por lo que no se podría concluir que el sexo de una persona importa mucho a la hora de ir a votar o no.

Palabras finales

La tabla expuesta más arriba tiene el formato típico de las tablas que normalmente se presentan en la prensa convencional: dos variables, dos categorías por cada variable (lo que se llama una tabla 2×2). Aunque el ejemplo no mostró diferencia alguna entre hombres y mujeres, la lógica aplicada es la misma que se ha de usar en todas las tablas de este tipo (en otros artículos por venir veremos como analizar tablas más complejas). Lo importante a recordar es que asociación o correlación no significa causalidad, y que a la hora de analizar una tabla hay que tener bien en mente qué variable es la independiente y cuál es la dependiente (puesto que se podría llegar a conclusiones erróneas, o también se podrían calcular los porcentajes en la dirección errónea). Finalmente, a la hora de leer/analizar una table presentada en la prensa, es importante no poner tanta atención en los números totales (número total de personas, número total de tal o cual cosa) sino en los porcentajes relativos a los marginales, pues con ellos podemos ver cómo dos o más variables se relacionan.

Pero, ¿dónde está la madera?

Ganó Syriza las elecciones generales en el Estado griego y muches se preguntaron: «¿pero dónde está la madera?» Y es que el grupo de maderos anti-disturbios (armados hasta los dientes, incluyendo subfusiles automáticos) que «vigilaba» el barrio ateniense de Exarheia ha desaparecido de sus esquinitas. Se notan los aires de cambio, el renovado espíritu progresista que llevará a la humanidad a una sociedad justa e igualitaria. Votar a Syriza ha sido la mejor decisión de mi vida, pensarán muches. Syriza cambiará las cosas: eliminará las «nuevas» prisiones de alta-seguridad, garantizará derechos sociales a migrantes y explotades, mejorará la calidad de vida de las personas en Grecia. Votar a Syriza, en definitiva, fue lo mejor.

El capitalismo neoliberal y sus políticas de austeridad que ahogan a la gente ya son cosa del pasado. La banca alemana y los intereses burgueses internacionales han pasado a mejor vida. Les buenes gobernantes pueden cambiar las cosas, pueden darnos ilusión y ganas de participar en política. El capitalismo se va a humanizar a partir de ahora; el Estado del bienestar volverá a recobrar su misión original; la humillación será sustituida por la dignidad del pueblo libre. Y todo esto con tan poco como el pequeño esfuerzo de meter un papelito un domingo por la mañana. ¡Aquí viene el cambio! ¡Recobremos el futuro con dignidad! Yo confío en que les polítiques de Syriza aportarán lo mejor para la sociedad libre del mañana. Elles saben cómo hacer las cosas; elles saben más que la gente. Su mirada es limpia, y sus horizontes prístinos. Si han pactado con la chusma nacional-conservadora de Anel es por pura estrategia, un mal menor necesario para garantizar el cambio y la recuperación de la dignidad. Syriza mira por nosotres, si eso han decidido será por algo.

Pero, «¿dónde está la madera de Exarheia?» Tranquiles, ya no necesitamos anti-disturbios para vigilar a les rares que visten de negro. Las papeletas de las elecciones han hecho de cada votante un madero más comprometido con el sistema. No hay nada más efectivo que la esclavitud bien inculcada mediante disfraces de libertad. Hoy Syriza en el Estado griego, mañana Podemos en el Estado español. Por una sociedad sin maderos, por una sociedad de ciudadanes garantes del sistema explotador.

Explicando con números III

En la segunda entrega de «Explicando con números» comentaba las distintas formas de describir un conjunto de datos numéricos. Veíamos que existen distintas formas de expresarse, y que no es lo mismo el salario de un «jugador de fútbol promedio» que el «salario promedio de los futbolistas.» De ahí llegábamos a que existen distintos niveles de medición y, por lo tanto, distintas medidas de tendencia central. En este artículo vamos a seguir con estadística descriptiva y nos centraremos en dichos niveles de medición y sus medidas de tendencia central. Vamos a ello.

Niveles de medición

Normalmente, para facilitar las cosas a la persona  que se acerca por primera vez a la estadística descriptiva, se habla solamente de tres niveles de medición. Personalmente no creo que haya necesidad de esto, así que aquí vamos a hablar de cuatro distintos niveles de medición, que son: el nominal, el ordinal, el intervalar (de intervalo), y el racional (también llamado de radio o de razón).

El primer nivel de medición, el nominal, es aquel que consta de categorías. Por ejemplo, en las encuestas sociales tenemos muchos ejemplos de datos nominales: sexo (normalmente hombre/mujer en las encuestas), nacionalidad, religión, etcétera. Estos datos, aunque se pueden tratar de forma numérica en el análisis estadístico, no conllevan implícitamente una ordenación numérica, sino que simplemente se refieren a las cualidades de lo observado. Cuando realizamos un clasificación nominal de algo nos interesa que dicha clasificación sea exhaustiva y coherente, lo que significa que una persona/cosa no puede pertenecer a dos categorías al mismo tiempo, y el número de categorías comprende todas las posibilidades existentes. El nivel nominal también se denomina «cualitativo», y con él se pueden hacer más bien pocas cosas en estadística, lo que no significa que sea complemente insignificante.

El nivel ordinal implica un orden de lo que estamos observando o estudiando. Esto no se aplica, como es lógico, al nivel nominal, ¿qué sentido tiene ordenar sexos, religiones o estados maritales? Los datos de nivel ordinal, pues, se pueden ordenar de mayor o menor, lo que también nos permite hablar de que algo es mayor/menor que otra cosa. De nuevo, las encuestas tienen muchos datos ordinales. Las escalas son, por lo general, datos ordinales. Ejemplo: «¿Cómo de contento/a está con su trabajo?» Y las respuestas podrían ser: «muy poco», «poco», «algo», «mucho», «extremadamente.» De estos datos podemos decir que «poco contento/a» implica un menor nivel que «mucho» o «extremadamente contento/a.» La categoría «algo» estaría en el medio, y mucha gente gusta de poner una categoría media para marcar el «centro» de las respuestas, aunque otra mucha gente no gusta de tener un número impar de categorías de respuesta. Otro ejemplo de datos/variables de nivel ordinal sería la clase social.

El nivel intervalar complementa, de alguna forma, al nivel ordinal. Podemos decir que «poco contento/a» es menor que estar «muy contento/a», pero nos es imposible decir qué distancia separa a «poco» y «mucho.» De la misma forma, podemos decir que «clase trabajadora» está por debajo de «burguesía» en la escala socio-económica, pero no podemos cuantificar dicha diferencia. Por lo tanto, los datos/variables de nivel intervalar se pueden ordenar como los de nivel ordinal, pero además se puede cuantificar la distancia que separa cada categoría. La temperatura es un ejemplo de variable intervalar: una habitación a 20 grados Celsius es más caliente que una a 15 grados Celsius, y las separa 5 grados Celsius.

No obstante, el nivel intervalar no es tan «completo» como pueda parecer, pues no podemos decir que una temperatura sea el doble que otra. Por ejemplo: no podemos decir que la temperatura de una habitación es el doble que la de otra tan a la ligera. Si tenemos 30 grados Celsius no podemos decir que es el doble que los 15 grados Celsius de otra habitación, pues otra persona puede medir la temperatura en grados Fahrenheit. Si esto sucede es porque las variables de nivel de intervalo (como la temperatura) no tienen un valor cero inherente, sino que es arbitrario y no significa ausencia de nada. Por ello no podemos decir que una temperatura es el doble, o la mitad, que otra. No obstante, los intervalos de medición son constantes y nos permiten hacer operaciones aritméticas como sumas y restas.

El último nivel es el racional, en el cual sí que se puede decir que algo es el doble (o la mitad) que otra cosa. Hay que pensar en el nivel racional como un nivel intervalar con un cero absoluto significativo. También es útil pensar en el nivel racional como «números» según se presentan en el ideario común. Un ejemplo de variable/dato racional es el salario. Al tener un cero absoluto, estas variables racionales se pueden también multiplicar y dividir (os habréis dado cuenta que los niveles superiores incluyen las características de los anteriores más algunos añadidos). Otro ejemplo de variable/dato racional es la edad: si yo tengo 40 años y tú tienes 20, entonces mi edad es el doble que la tuya (y ambas empiezan en 0 años). Lo mismo se puede decir de los salarios: si yo gano 400 euros al mes y tú ganas 800, entonces tú ganas el doble que yo al mes. Además, como es obvio estos datos se pueden ordenar de mayor a menor: tu salario de 800 euros está por encima del mío (400 euros).

Modas, medianas, y medias

Cada nivel de medición tiene una medida de tendencia central propia, aunque los niveles superiores suman las medidas de los niveles anteriores. En el artículo anterior ya dimos un primer vistazo a las medidas de tendencia central, recordemos: moda, mediana, y media. La moda es simplemente el valor más popular, o la observación más repetida. Pongamos que tenemos una lista de las revueltas sociales sucedidas en la Francia del siglo XIX clasificadas por el principal motivo que las promovió:

\[gobierno, precios pan, guerra, precios pan, gobierno, precios pan\]

En este ejemplo los datos son nominales (recordemos: categorías que hablan de la cualidad de algo) y el valor modal, o moda, es \(precios pan\) pues es la categoría más observada. Otro ejemplo: pongamos que tenemos clasificadas a las personas de nuestra asamblea por edades:

\[26, 25, 30, 19, 32, 24, 23, 21, 29, 20, 24, 32, 25\]

En este ejemplo estamos hablando de edades (recordemos que es una variable racional), y tenemos tres modas, \(32\), \(25\), y \(24\). Los valores modales, de por sí, nos dicen poco sobre los datos que tenemos. Simplemente señalan las observaciones más recurrentes en nuestra muestra (que no obstante es útil para describir un fenómeno).

La mediana, por su parte, señaliza la observación que tiene antes y después (por arriba y por abajo) el mismo número de observaciones. Es decir, la mediana separa el 50% más bajo del 50% más alto, lo que implica que los datos que tenemos pueden ser ordenados de alguna manera (por lo que no podemos obtener la mediana de variables nominales). Su cálculo es útil para ver cuál es el valor central de la distribución de observaciones ordenadas. Usemos un poco de álgebra esta vez para ver su cálculo. Digamos que tenemos una lista de protestas sociales ordenadas por el número de demandas exigidas al gobierno de turno:

\[1, 3, 3, 4, 6\]

En este ejemplo la mediana es 3. Pero no cualquier 3, pues hay dos protestas que exigieron 3 demandas. El valor de la mediana, pues, sería el 3 que corresponde, digamos, a la protesta social ocurrida en la ciudad de Barcelona (que resulta ser la observación número 3). Al haber un número impar de observaciones el cálculo de la mediana es:

\[\mu_{1/2}=x_{(n+1)/2}\]

donde la mediana es designada por \(\mu_{1/2}\) la cual equivale a la posición \(x_{(n+1)/2}\) (recordemos que \(n\) es el número de observaciones). Tomemos de nuevo el ejemplo de las protestas sociales y las demandas exigidas. Aplicando la sencilla fórmula tenemos que:

\[\mu_{1/2}=x_{(5+1)/2}=x_{3}=3\]

donde \[x_{3}\]

es la observación que ocupa la posición número 3 en nuestra lista ordenada de ciudades y protestas sociales. Ahora imaginemos que tenemos 6 ciudades (es decir, 6 protestas) en vez de 5:

\[1, 3, 3, 4, 6, 8\]

Al haber un número par de observaciones el cálculo de la mediana sigue la siguiente forma:

\[\mu_{1/2}=\frac{x_{n/2}+x_{(n/2)+1}}{2}\]

que es lo mismo que calcular la media aritmética de los dos valores centrales (en nuestro ejemplo estos valores son 3 y 4). El cálculo sería:

\[x_{n/2}=x_{6/2}=x_{3}=3\]

\[x_{(n/2)+1}=x_{(6/2)+1}=x_{4}=4\]

\[\mu_{1/2}=\frac{3+4}{2}=3.5\]

En este ejemplo vemos que la mediana es 3.5. La mediana es importante en estadística porque es una medida bastante robusta. Es decir, la mediana no se ve tan afectada por una distribución de valores muy dispersos, por lo que es muy útil para examinar de manera segura los valores centrales de una distribución.

Finalmente, la media (aritmética) es normalmente definida como el valor característico de una distribución, y su cálculo se realiza de la siguiente manera:

\[\bar{x}=\frac{1}{n}\sum\limits_{i=1}^n x_{i}=\frac{x_{1}+x_{2}+x_{3}+\ldots +x_{n}}{n}\]

donde vemos que la media \[\bar{x}\]

es simplemente el valor que resulta de sumar todos los valores de nuestras observaciones, y dividir por el número de observaciones (nada nuevo para nadie, supongo). La media aritmética es útil para describir variables racionales: edades, salarios, etcétera, pero no podemos obtener la media de variables nominales u ordinales. No obstante, hay un problema bastante grande cuando describimos cosas con la media aritmética, y es que ésta es muy sensible a distribuciones poco simétricas (o muy dispersas), resultando así en valores que no dicen mucho. Por ejemplo, digamos que tenemos una población de 6 personas y las ordenamos según el número de casas que tienen:

\[0, 1, 1, 1, 4, 10\]

En este ejemplo la media es \(2,83\) casas. Lo primero que tenemos que saber es que no se pueden tener 2,83 casas (no al menos en nuestro ejemplo). Lo segundo que podemos observar es que la media no refleja muy bien la realidad social de nuestra mini-sociedad. Podemos ver que el número de casas (\(17\)) no está muy bien distribuido entre las 6 personas que viven en esta mini-sociedad: una persona no tiene techo, mientras que otra tiene diez casas. No obstante, si solamente tuviéramos el dato de 2,83 casas podríamos estar inclinados a pensar que en esta mini-sociedad la gente vive relativamente bien (pero al ver la distribución en su totalidad, su dispersión, y rango, nos damos cuenta que es una mini-sociedad muy injusta).

Tomando el mismo ejemplo de las casas podemos usar la moda y la mediana para describir de una manera más acertada la composición de esa mini-sociedad. La moda es \(1\), lo que nos indica que el número de casas más observado (por persona) es 1. La mediana también toma el valor 1, y en este caso (al estar los datos ordenados) nos indica que la distribución de casas no es muy igualitaria.

Resumen y una última cuestión

Como hemos visto, existen 4 niveles de medición distintos y tres medidas de tendencia central. Las variables racionales pueden darnos la moda, la mediana y la media aritmética, pero las variables ordinales solamente nos dan la moda y la mediana (y las variables nominales solamente la moda). El ejemplo de la mini-sociedad y las casas nos muestra que una única descripción de algo puede dar lugar a ideas sesgadas, por lo que es muy importante tener más datos de aquello que estamos estudiando (los periódicos, por ejemplo, pecan muchas veces de simplificar y crear ideas sesgadas cuando nos muestran datos estadísticos).

No obstante, os habréis percatado que una variable de nivel racional se puede medir en el nivel ordinal o nominal. Es decir, podemos tomar una variable de nivel superior y «rebajarla» a un nivel inferior. Esto es útil es ocasiones muy específicas, pero por lo normal no es deseable hacerlo dado que limitamos el análisis estadístico de los datos. Con palabras sencillas: se pueden hacer más cosas en estadística con una variable racional que con una nominal. Sin embargo, muchas veces nos puede resultar difícil establecer el nivel de medición de algo. Por ejemplo, digamos que estamos estudiando las subvenciones que el gobierno central da a distintos municipios de una región en relación al número de personas paradas existentes. Podríamos ordenar estos datos y decir que el municipio A recibió 5 subvenciones, y que el municipio B recibió 3 (etcétera). Podríamos tener la obvia tentación de pensar que esta variable (subvenciones recibidas) es ordinal, pero estudiando un poco más el caso vemos que en realidad las subvenciones se otorgaron vía favores políticos a caciques afines al gobierno central, por lo que algunos municipios con menos gente parada recibió más subvenciones de lo debido. En este hipotético caso (o no tan hipotético) tendríamos que plantearnos seriamente si podemos tratar en nuestro análisis estadístico dicha variable de forma ordinal. Ciertamente podríamos, pero tal vez llegaríamos a resultados poco reales si aplicamos alguna técnica estadística más avanzada.

Con los cojones hinchados de caminar

«Estamos esperando para irnos a nuestra casa. Estamos cansados de caminar. ¡Cansados de caminar! […] ¡Con los cojones hinchados de caminar!» – Ejemplar ciudadano expresándose el 22 de marzo de 2014 en Madrid tras/durante los disturbios acontecidos en la capital del Estado español [click aquí para ver el vídeo. La cita está sacada de los últimos segundos del mismo].

Tener «los cojones hinchados de caminar» es, ciertamente, muy duro. Horas y horas de caminata bajo el sol, sobre el duro y rugoso asfalto que atraviesa los campos, machacándote los pies y la espalda, mientras cantas una y otra vez los mismos eslóganes que alguien diseñó. También hay que sumar el peso de la mochila, del agua, de la comida, la banderita de turno, y la pancarta si te toca echar una mano en la cabecera. Kilómetro tras kilómetro se hacen los mismos chistes, se escuchan las mismas quejas, los mismos chascarrillos… Y en el horizonte la meta todavía no se vislumbra. Tiempo después (mucho tiempo después), llegas a la capital del glorioso Estado español, ya no tan glorioso porque la Casta lo ha arruinado.[1] ¿Qué habrá sido del bienestar de antaño? ¿Por qué la Casta tiene que envenenar todo lo que toca? Esa panda corrupta que usa el dinero público para forrarse nos está haciendo la vida imposible. Por eso caminamos. ¡Por eso marchamos! Y por fin la meta está en el horizonte. Por fin llegaremos a Madrid a confluir con el resto de marchas. Seremos miles. ¡Decenas de millares! Colapsaremos las calles con nuestros cánticos, nuestras banderitas, y nuestras pancartas. Al fin la voz de la gente parada, de la gente explotada, de la gente humillada y esclavizada, tendrá una oportunidad de rugir en el mismísimo centro geográfico de los problemas. ¡Al fin!

Luego llegaron esos niñatos. Salieron de la nada, ¡yo no los vi mientras caminábamos! Se les podía ver por todas partes, corriendo, gritando, armando jaleo. Las fuerzas de seguridad del Estado molían a palos a la gente, intimidaban con su presencia amenazante desde las esquinas: escudos en alto, formación de a dos. Los niñatos se pusieron la capucha y empezaron a tirar piedras, botellas, sillas, petardos… Los agentes de policía tuvieron que retroceder en varias ocasiones, incluso varias furgonetas se vieron completamente rodeadas y atacadas sin compasión. Salvajes. Son unos salvajes estos jóvenes radicales. Nosotros tuvimos que correr (todavía más) cuando los agentes empezaron a disparar con las escopetas de bolas. Rebotaban por todas partes, podías ver a la gente caerse al suelo de dolor. ¡Ay qué dolor! (Tanto o más que el de mis molidos pies). Luego vinieron las porras, cayendo con dureza sobre las cabezas de esos radicales salvajes, que no contentos con tirar cosas empezaron a montar barricadas para cortar el tráfico. Los salvajes estos se motivaron tanto que hasta cargaron contra un grupo de agentes anti-disturbios. Ahí es cuando  llegó el gas lacrimógeno, y entonces tuvimos que correr más (todavía).

Estos jóvenes, que no todos, son unos descerebrados radicales. Son tan malos, o peor, que los de la Casta. Destrozan inmobiliario de la vía pública, escaparates, bancos, vitrinas, tiran objetos a la policía… No cantan, no llevan banderitas, no portan pancartas… Seguro que no han atendido a ninguna de las asambleas ciudadanas. ¡Seguro que no saben ni leer estos perroflautas! Porque estos sí que son perroflautas, son hooligans que sus padres no saben lo que hacen, porque si lo supieran más de uno estaría intimando con el cinturón paterno. Radicales… Si ya lo decían en La Sexta: los radicales de extrema izquierda han aumentado en número este año. A ver si el Évole hace un Salvados sobre esta gentuza, a ver si así se destapa toda la mierda que hay detrás y nos los quitamos de encima. Lo que no entiendo es como en El Intermedio todavía no han hecho ninguna parodia.

Pero da igual. Yo ya he cumplido. Yo ya he mostrado toda mi rabia contra el sistema corrupto de la casta. He venido hasta Madrid, caminando, he gritado unos eslóganes, y ahora me marcho para casa, que me esperan para cenar. España cambiará si la gente honrada sale a las calles. ¡Tenemos que movilizar a las masas de gente honrada! Esto tiene que cambiar, porque con tanto paro y con tanta miseria la gente ya no tiene ni un duro para poner algo sobre la mesa. Esta mafia de políticos hay que cambiarla, ¡ya! Que hable el pueblo. ¡Que hable el pueblo soberano en las urnas! Mientras tanto caminaremos, marcharemos, gritaremos en las calles para mostrar nuestro malestar. No importa el calor, el frío, la lluvia o la nieve. No importan los kilómetros. Nosotros marcharemos hasta ver justicia en este país de corruptos. No pararemos hasta ver entre rejas a todos esos mafiosos. ¡Defensa! ¡Defensa popular! El pueblo debe estar unido en tiempos de crisis. El pueblo debe permanecer unido cuando el enemigo nos ataca. ¡Movilización! ¡Marcha ciudadana! ¡A rodear el Congreso!

¡Eh, eh! ¡Tú, niñato de las narices! ¡Qué haces tirando piedras! ¿No ves que ellos cumplen órdenes? Escucha a esta señora, ellos también son trabajadores. Hay que hacerles entrar en razón, el problema es que todavía no saben la de mierda que la gente tiene que aguantar hoy en día. Eres un violento, un radical violento. ¡Violencia es lo que haces! ¿Cómo? ¿Que estaban pegando de hostias a la gente? ¡Mira, mira! Vete a liarla a otro lado que yo tengo los cojones hinchados de luchar caminar.

Notas

[1] Se dice «Casta» aunque el término todavía no estaba popularizado, como lo está hoy, por aquel entonces. No obstante, conviene usarlo dado que si el término se ha hecho tan popular es porque ha encontrado arraigo entre amplios sectores de la sociedad, lo que también viene a sugerir que ya existía una concepción (mejor o peor articulada) de la idea que va detrás de «Casta.»

Movimientos sociales. Algunos apuntes

En estos últimos años hemos visto/leído el término «movimiento social» en todos lados. De repente, como setas tras la lluvia, nos han surgido movimientos sociales por todas partes. Es cierto que en tiempos recientes la participación ciudadana en protestas políticas ha aumentado, así como el número de protestas en sí. También se han creado nuevas redes de activistas y renovado discursos políticos que animan a la participación de una forma u otra. No obstante, el indiscriminado uso del término «movimiento social» ha emborronado el significado sociológico del mismo, convirtiendo a toda protesta política en movimiento y configurando toda participación política como tal.

Habría que empezar reconociendo que una protesta política no es un movimiento social de por sí. Una protesta, en el mejor de los casos, es una técnica dentro del repertorio de técnicas de normal uso de los movimientos sociales occidentales. La protesta por tal o cual bosque en las montañas, o la protesta por tal o cual ley injusta, no son movimientos sociales ni tienen por qué darse desde movimientos sociales. En la historia de eso que llamamos Occidente, el término «movimiento» ha venido a significar «cambio»: nos vamos de un punto a otro, no se sabe tal vez a qué punto llegaremos, pero nos ponemos en marcha. Frente a una concepción cíclica o estática de la sociedad, como la que se tenía en la antigüedad, la sociedad industrial empezó a concebir que grupos humanos podían poner en «movimiento» el cambio social, es decir, moverse hacia un punto deseado produciendo asimismo un cambio esperado. Aquí nacen los movimientos sociales «modernos» (relativamente modernos, pues el término también es usado para aquellos movimientos sociales centrados en valores post-materiales que surgen desde la década de 1960). Lo que caracteriza, pues, a un movimiento social son tres características comúnmente aceptadas en la sociología actual. Estas características son: prolongación en el tiempo de sus campañas colectivas, enfocadas a instituciones o autoridades oficiales, sentimiento de pertenencia a un grupo caracterizado por una serie de objetivos concretos e ideas/valores compartidos, y finalmente un repertorio más o menos flexible de prácticas de participación política bien conocidas (desde manifestaciones, pasando por recogidas de firmas, hasta apariciones en los medios de comunicación). La esencia, pues, de un movimiento social es su carácter colectivo y demandante, así como su prolongación en el tiempo con la finalidad de «mover» a la sociedad hacia un destino deseado por el movimiento.

Dicho esto, queda claro que una manifestación puntual no tiene por qué suponer la existencia de un movimiento social. Por ejemplo, profesionales de clase media protestando puntualmente por tal o cual medida del gobierno no significa, automáticamente, que conformen un movimiento social. Dichas personas pueden muy bien defender el sistema socio-económico y las estructuras políticas en su conjunto global, protestando al mismo tiempo contra medidas puntuales y específicas que realmente no modifican el sistema vigente. Pero por el contrario bien podrían conformar un movimiento social si se cumple con lo definido más arriba. Un ejemplo de movimiento social de clase media podría ser el movimiento anti-nuclear en Alemania, el cual sostiene a lo largo de varias décadas una campaña en contra de la energía nuclear, realizando para ello apariciones en los medios de comunicación, recogiendo firmas, organizando marchas, etcétera. A la dimensión temporal se le suma también una dimensión emocional o sentimental de corte personal (que se extiende a lo colectivo). Una persona siente, pues, que es ecologista, «verde», o tal o cual etiqueta, encontrando comodidad en la afinidad de descripciones que se manejan dentro del movimiento social. Otro ejemplo típico de movimiento social es el movimiento sufragista en Inglaterra a principios del siglo pasado.

Ahora, el estudio de movimientos sociales no es tarea fácil por el mero hecho de tener una definición más o menos aceptada universalmente. Los movimientos sociales, aunque siguen usando el repertorio de técnicas de participación/influencia «tradicionales», también pueden incorporar nuevas tácticas a medida que la sociedad cambia (sobre todo en el plano tecnológico, aunque la tecnología a menudo no trae nada nuevo sino que re-define lo ya existente). Por otro lado vemos cambios en lo que se demanda desde los movimientos sociales (ya mencioné el cambio en los sesenta de una cultura de demanda materiales, a una cultura de demanda post-materialista). Pero lo que, tal vez, puede fascinar más es la imbricación histórica de movimientos sociales, los cuales pueden beber unos de otros heredando (y transformando) viejas ideas y tácticas de participación/influencia. Habiendo dicho esto, y teniendo en cuenta las tres características clásicas expuestas más arriba, queda por pensar (con actitud crítica) qué ha sido, o qué ha quedado, de los movimientos sociales clásicos como, por ejemplo, el movimiento obrero. Desde el principio de la historia de estos movimientos sociales ha existido, en la mayoría de casos históricos, un fuerte deseo de influir en las instituciones del Estado (desde las cuales se organiza la vida de la ciudadanía de un estado-nación). Para ello, muchos movimientos sociales optaron por una de dos alternativas: o bien influenciar un partido político ya existente en el juego parlamentario, o crear un partido nuevo (los partidos socialistas europeos son un buen ejemplo de esto). Hoy en día también vemos estas dinámicas, siendo el ejemplo en el Estado español muy claro.

En definitiva, esto viene a ser el resumen escueto de cómo algunas personas entendemos el estudio de los movimientos sociales. Sin duda es un campo de estudio apasionante y que necesita todavía recorrer un largo camino, pues mucho ha cambiado desde la sociedad industrial de antaño (incluyendo, por supuesto, la forma en la que las personas se asocian y demandan cosas). Sin embargo, una faceta en el estudio de los movimientos sociales queda todavía por explorar con seriedad: la deriva institucionalista que observamos hoy en día en lugares como el Estado español. ¿Qué consecuencias a medio/largo plazo tiene la institucionalización de movimientos sociales? ¿Qué resultados reales para los estratos más desfavorecidos de la sociedad tiene la parlamentarización de sus demandas? A fin de cuentas nos topamos, otra vez, con la misma cuestión que el anarquismo siempre ha planteado: el poder del Estado.

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