Nikos Romanós, la lucha sigue

Muchas cosas han pasado en Grecia en estas dos últimas semanas. Comenzando con la manifestación de estudiantes del 17 de noviembre, el ambiente ya se iba caldeando en relación a dos eventos de suma importancia. Uno de ellos era la situación del compañero Nikos Romanós, en huelga de hambre por un mes y con un deterioro físico muy notable. El otro evento, relacionado hasta cierto punto con el primero, era el asesinato a sangre fría de Alexis un 6 de diciembre de 2008. Del 17 de noviembre al 6 de diciembre las acciones anarquistas se sucedieron por todo el territorio del Estado griego. La solidaridad se expandió en múltiples formas: concentraciones a las afueras del hospital donde Romanós se encuentra, acciones contra cajeros automáticos, barricadas incendiarias en el barrio de Exarheia, varios compañeros presos se sumaron a una huelga de hambre solidaria con Romanós, etcétera. Hace unos días, un numeroso grupo de personas se concentró en Syntagma para pedir justicia. Aquella noche, el encargado griego de Justicia iba a hablar en el parlamento sobre la situación del compañero Nikos. Entre las personas que se congregaron aquella noche se encontraba el padre del compañero, Giorgos, quien instó a la gente a desplazarse a eso de la medianoche al hospital donde su hijo se encuentra preso. A pesar de las horas, y a pesar de la espontaneidad de toda la noche, un gran número de personas volvió a gritar a las afueras del hospital que «nuestro deseo de libertad es más fuerte que las cárceles.»

El día 10 de diciembre el gobierno conservador cedió: Nikos irá a la universidad con una de esas pulseras de seguimiento. La propuesta de la «pulsera» surgió de los grupos parlamentarios de izquierda. Aunque al principio el gobierno no la aceptó, finalmente el 10 de diciembre por la razón que fuera terminó por ser aprobada en el parlamento. La alegría se expandió entre los círculos anarquistas, aunque dudo que alguien piense que todo ha acabado. Para empezar, el compañero Nikos está por recuperarse de su larga huelga de hambre, quién sabe cuáles serán las consecuencias en el futuro de su lucha por un «aliento de libertad.» Las miradas siguen puestas en él, y la prensa (y las mentes esclavizadas de les estúpides en Internet) siguen vertiendo porquería contra la lucha anarquista. Segundo, numerosos compañeros siguen tras las rejas del Estado sufriendo humillaciones y torturas a diario, por lo que la lucha no acabará hasta que todos y cada uno de los tentáculos del Estado sean incinerados hasta sus mismos cimientos. La solidaridad desencadenada por Romanós y su lucha no es sino una minúscula parte de una lucha todavía más grande, más profunda, y más dura: la lucha por la libertad, la lucha anti-autoritaria contra el poder de la sociedad estatista.

La resistencia mostrada el 6 de diciembre deja claro una vez más que cierta gente no se deja doblegar por el Estado. Tras la manifestación en las calles del centro varias centenas de personas se concentraron en Exarheia para sacar a la policía del barrio. 296 personas detenidas fue el resultado de tal resistencia, de las cuales, si la memoria no me falla, 25 serán llevadas a juicio (solidaridad para ellas). No todo era cuestión de sacar a la policía del barrio, sino también sacar al Estado de nuestras individualidades adoctrinadas en sociedad. Era y es cuestión de crecer juntes en la experiencia revolucionaria, aprender juntes en el camino de la resistencia activa, devolviendo golpe tras golpe los embates del Estado y sus instituciones. Es así que se crea una individualidad revolucionaria que se ve reflejada en los grupos de solidaridad anarquista, una individualidad que tiende a la libertad sin dejarse influenciar por las palabras de les esclaves del sistema. Ahí esperanza, sobre todo cuando en el 6 de diciembre se pudo ver un gran número de adolescentes (entre 12 y 16 años) activamente participando en la destrucción de la sociedad que nos oprime. Algunes dirán que sólo son «críes» jugando a ponerse la «capucha», sin contenido político, sin consciencia crítica. Me da igual si es así. Me da igual si eses «críes» solamente vinieron el 6 de diciembre para romper cristales y tirar piedras. Me da igual porque eses chavales (niñas y niños) no se quedaron en casa jugando a la maldita Xbox o bebiendo en el parque. Eses «críes», con o sin política en sus mentes, ya han alcanzado algo que muches adultes nunca soñarán tener: la libertad espiritual de actuar contra la autoridad, porque participar en un disturbio requiere mucho más que política, requiere romper con todos los esquemas mentales en los que nos han adoctrinado desde la cuna. Bravo por elles.

Luego vinieron, y vendrán más, las voces que plantean la utilidad de todo esto, hablando de números y resultados, de estrategias y programas políticos… Hablando de teorías y planes idealizados sin tener la mínima experiencia. Es decir, hablando de ser revolucionarie en un futuro nada concreto sin aceptar que se puede ser une ya mismo. Esas voces ya no importan, o al  menos no creo que tengan una gran influencia en el movimiento anarquista griego. Quien quiere hacer, hace. Quien quiere hablar, habla. Los hechos siempre han tenido un mayor impacto que las palabras, y hechos no faltan en el Estado griego. Cada cual decide cómo vivir su vida, dónde poner los límites al Estado, y cómo expulsar al poder de nuestros cuerpos y mentes. Estas dos semanas de lucha han sido vitales para ver quién es quién cuando llega la «hora de la verdad.» Pero estas semanas han sido todavía más importantes para crear nuevos y renovados lazos de solidaridad, como también han sido fundamentales para revitalizar, en lo espeso del gas lacrimógeno, la confianza que se tiene en las ideas anarquistas puestas a funcionar. Aquí y ahora.

Nikos Romanós y la solidaridad

La región griega, y en concreto la ciudad de Atenas, viven momentos de tensión importante. Resumo en un par de párrafos la situación. Como sabréis, Nikos Romanós, quien fue detenido, torturado, y acusado a principios de 2013 por un caso de expropiación bancaria, sigue firme en huelga de hambre desde el 10 de noviembre. Tras pasar los exámenes de entrada a la universidad, al compañero Nikos (de 21 años de edad) le ha sido denegada la asistencia a la universidad sin ningún tipo de excusa, buena o mala, inteligente o estúpida, por parte de las autoridades griega. De ahí su huelga de hambre: el mismo sistema y sus leyes represivas que encarcelan a las personas que luchan por la libertad, deniega al mismo tiempo la aplicación de sus propias «normas de juego.»

Desde finales de la semana pasada, en Atenas se han dado numerosas asambleas para poner en marcha la solidaridad anti-autoritaria, a la cual numerosas individualidades se han ido sumando de forma independiente. La marcha motorizada que partió el sábado pasado desde el centro de la ciudad al hospital donde se encuentra confinado nuestro compañero, terminó por congregar a un par de millares. A las motos se le unieron numerosas personas que llegaron a pie, bicicleta, metro, etcétera, formando así una gran concentración a las afueras del hospital Gennimatas, que se ubica al norte de la ciudad, muy cerca de una gran base militar y de los barrios de clase alta del norte. Varias personas encaramadas a la valla conversaban con Nikos, quien escuchaba las últimas noticias de boca de los compañeros. De rato a rato se le animó con eslóganes y vítores, lo cuales retumbaban con fuerza en el patio del hospital. Un hombre con acento inglés también le comunicó que en Londres hubo una concentración solidaria. La gente aplaudió con ganas mientras más pacientes del hospital salían a la ventana para ver qué sucedía afuera. La madera se concentró en gran número frente a la entrada principal, haciendo gala de su equipamiento represivo y sus caras llenas de odio. Todo tipo de gente se pudo ver en aquella concentración del sábado, la cual se desplazó hacia las 18:20 al otro hospital donde el compañero Yannis Michailidis también se encuentra en huelga de hambre solidaria. La noche se cerró con disturbios en Exarheia, donde el fuego intentó morder con rabia a las fuerzas represoras del Estado.

A todo esto se suman numerosas acciones de solidaridad que van más allá del territorio griego. En Atenas los cajeros automáticos arden en llamas solidarias, avisando que si Nikos no recibe justicia la rabia anti-autoritaria seguirá expandiéndose más allá de las máquinas. Ayer un grupo anti-autoritaria hizo una visita a domicilio al vice-presidente Venizelos, y más personas presas se suman a la huelga de hambre solidaria. Hoy 2 de diciembre hay convocada una marcha solidaria en Atenas, de la cual se espera renovar la solidaridad anarquista con aquellas personas que se encuentran tras los barrotes del Estado. Y a la vuelta de la esquina, el 6 de diciembre (que es el próximo sábado), llega el día en el que el compañero Alexis fue asesinado por la policía en Exarheia. Para aquellas personas que no conozcan demasiado el contexto griego, es importante recordar que el compañero Nikos era el mejor amigo de Alexis, quien murió a brazos del propio Nikos (ambos estaban celebrando el «santo» de éste último). Aquella experiencia debió marcar, sin duda, las convicciones políticas del compañero Nikos. Ahora nos toca al resto mostrar la solidaridad que se merecen las personas luchadoras. Ninguna cárcel, ninguna celda, es más fuerte que nuestra ansia de libertad.

17 de noviembre

El 17 de noviembre Atenas amanece repleta de policías que infestan calles y esquinas de manera ostentosa. Algunos ríen bajo el humo de un cigarro acompañado de su frappé. Otros tienen cara de estar diciendo «¡eh, escoria, ya estamos aquí para daros de leches!» Entre los grupos de uniformados también se pueden ver muchos maderos de paisano, hablando con los primeros, riendo, compartiendo alguna estupidez por el walki-talkie. El ambiente está calentito por lo que sucedió el fin de semana pasado. Se espera dura represión contra el bloque anarquista. La madera parece estar teniendo un buen día.

Llegan las 15.00 y la marcha por el 17 de noviembre todavía no arranca. La columna se divide como de costumbre por grupos, quedando el bloque anti-autoritario de les anarquistas bien por detrás del comunista de EAK pero por delante de una pancarta de SYRIZA. Esperando, la gente dice que han arrestado a 28 personas antes del inicio de la marcha. Terrorismo de Estado. Al final comienza la marcha bien entradas las 17.00. Hay mucha gente, algunes informan que más de 30.000 personas. Cada cual parece hacer suya la revuelta estudiantil del 17 de noviembre: unes dicen que fue el fin de la dictadura, otres que fue una avance para la socialdemocracia, otres que fue una insurrección anti-autoritaria. Total, que por una u otra cosa todes dicen que son herederes de aquel 17 de noviembre de 1973, da igual que unes quieran social-democracia liberal y otres comunismo libertario.

Ya desde el principio la madera anti-disturbios acompaña la marcha por ambos lados. A fila de a uno, con especial presencia a la altura del bloque anarquista. Las provocaciones se suceden constantemente. Hay muches jóvenes en el bloque anti-autoritario, y antes de entrar a Syntagma algunes empiezan a encapucharse. Los maderos no quitan ojo de encima al son de las órdenes emitidas por sus «walkies.» Les anarquistas no se dejan intimidar, gritan y canturrean frases con genio político; frases directas al grano; frases que no dejan lugar a dudas qué se quiere; frases que señalan a la madera asesina. Alguien dice por ahí: «nos van a dar bien duro para que el 6 de diciembre no tengamos ánimo.» Otra voz responde por otro lado: «cuanto más duro nos den, más ganas tendremos el 6 de diciembre.» Risas sin nerviosismo. A todo esto la madera sigue «acompañando» a les anarquistas con cara de muy pocos amigues. Algunes encapuchades se acercan a un límite lateral del bloque para mirar fijamente a los maderos. Les separan dos metros escasos. Silencio sepulcral, solamente miradas de odio, miradas llenas de rabia, las miradas de una juventud sin futuro.

La marcha se va deteniendo a cada rato para «rendir tributo» a ciertos edificios institucionales. Algunas personas se agolpan tras los maderos para ver el «circo» anarquista. Les anarquistas les increpan: seguramente son residentes de Kolonaki, uno de los barrios de clase alta del centro. La marcha va desfilando por delante de Kolonaki y al pasar el gran hotel Hilton se vuelve a parar. Por medio del bloque anarquista pasan dos ambulancias. La gente abre paso sin dificultad. Alguien grita: «¡Atropellad a los maderos!» Más risas. También más gente encapuchada. Otra parada. Silencio. La marcha está llena de silencios en los que nadie grita nada. Se reanuda el paso y la primera explosión sucede de repente. La madera carga con brutalidad contra el bloque anarquista. Todo sucede muy rápido en Vasilissis Sofias. Tres carriles de carretera es el único espacio que les anarquistas tienen para maniobrar. Por ambos lados una hilera de anti-disturbios cargan con todo, incluido gas lacrimógeno. La gente grita, cae al suelo, «¡no, no, no!» La marcha ha quedado rota a la altura del bloque anarquista, y las personas que huyen de la avenida se refugian en las calles aledañas con rapidez. Tras el hotel Hilton un gran grupo de anarquistas tose, llora, balbucea entre arcadas de vómito… Una ambulancia se acerca rápidamente para atender a una chica, muy joven, que sangra por la cabeza. Está en shock. Alguien dice que está teniendo una crisis nerviosa.

Rápidamente les anarquistas golpeades dan un rodeo por detrás de la avenida para unirse, de nuevo, a la marcha, la cual no ha llegado a su destino frente a la embajada de los EEUU. Una pancarta anti-fascista hace de punto de referencia para les anarquistas, pero lleva un tiempo al bloque unirse de nuevo. Se pueden ver encapuchades pululando en grupillos por todas partes. Corriendo. Mirando. Buscando a les suyes. Miradas de rabia una vez más, pero también miradas cruzadas de confianza y seguridad. Algunes se unen a la marcha a la altura de la pancarta de SYRIZA, ese partido de supuestes «revolucionaries» que seguramente llegarán al gobierno pronto. El pensamiento viene a la cabeza con naturaleza: «¿también reprimirán de esta forma estes cabrones?» Alguien expresa un pensamiento similar en voz alta, y varias personas se ríen. El contraste entre la juventud tras la pancarta de SYRIZA y les jóvenes con los ojos rojos y doloridos que se unen a la avenida es significativo. Lo dice todo sin decir nada.

El bloque anarquista llega a la embajada de los EEUU pero se detiene un poco más arriba. Es tradicional que muchas personas consideren el final del «espectáculo» a estas alturas, pero como también es costumbre el bloque anarquista regresará a pie, unido, a Exarheia. La gente se prepara para más represión. Se inicia la marcha «de regreso.» Algunos contenedores arden en la avenida Alenxandras. Algunes encapuchades portan piedras y palos. La marcha pasará por la comisaria central de Atenas. Se esperan muchos maderos. Con todo el bloque llega a Exarheia sin ningún altercado significativo. No gas, no cargas. La madera se queda a las afueras de Exarheia preparando el ataque al barrio. Esto da tiempo a las personas que no quieren participar en los disturbios a salir de la escena. Muches se dispersan por las calles y terminan por desaparecer en las sombras. Un grupo numeroso, sin embargo, se queda en la famosa plaza de Exarheia. Al llegar el bloque de la marcha a la plaza se ve gente encapuchada preparando barricadas. Según dicen, algunes anarquistas, les «mayores» no van a la «excursión escolar» que es la marcha. Les más militantes esperan en el barrio para preparar su defensa. Una barricada parece no estar funcionando bien: la basura quema demasiado rápido. Un vagabundo, habitual de la plaza, grita: «¡defensa, defensa, defensa!»

Al poco se escuchan más gritos, esta vez de alerta. La policía se acerca. Un grupo de koukoulofores se mueve hasta un extremo de la plaza para encarar a la madera. Algunes corren con botellas en las manos. El fuego está listo para ser desatado. Pero esto no sucede al instante en el que la madera lanza varias granadas y avanza unos metros hacia la plaza. Más explosiones de granadas. Alguien grita que maderos vienen por la retaguardia en moto. La gente corre en todas direcciones menos en dos. Dos motos con cuatro maderos hacen una pasada. La gente tuerce una esquina con rapidez. Más explosiones, y de repente otra vez el ardor infernal del gas sobre la piel. Más motos se unen a la persecución. Un vecino del barrio grita: «¡por ahí no, por ahí no!» El grupo cambia de dirección para escapar, pero al poco de torcer la esquina más motos de la madera bajando por la calle a toda velocidad. Una chica sostiene abierta la puerta de su portal. Unos metros más allá otro chico hace lo mismo. La solidaridad nunca se quedó corta en Exarheia. El grupo se refugia en el primer portal al ver que la madera se acerca a toda velocidad. Hay empujones y prisa. La chica cierra la puerta y, como en una película de zombies, un segundo después un madero golpea la puerta con la mano abierta. Es propiedad privada, tus leyes dicen que aquí no puedes entrar, cabrón.

Al minuto se debate la idea de salir de nuevo. Las explosiones se suceden, así que se decide que la madera estará ocupada en otro lugar del barrio. El grupo sale y corre calle arriba, pasando de largo a la gente que espera con la puerta abierta de su portal, por si alguien tiene que tomar refugio. La noche se salda con 7 detenciones, 5 de ellas a juicio, o eso dicen las noticias a la mañana siguiente. El espectáculo acaba de la forma esperada, después de todo no es más que un ritual anual. Alguien pensó en voz alta en aquel portal: «Nos quedamos a recibir palos y gas, o nos vamos ahora.» Muches se fueron. Otres se quedaron. Se hablaba de defensa y ataque, pero siempre es, en realidad, el juego del gato y el ratón. Es obvio quiénes eran quién, y el final también era obvio. A la mañana siguiente muches se llenarían la boca diciendo que les anarquistas, una vez más, no son más que una panda violenta de personas descerebradas. Algunes intentarán llevarse más votos al bolsillo, sobre todo el voto de la gente joven. Otres criticarán la continuación de la marcha en Exarheia, dirán que es innecesario y estúpido. Tal vez sea lo último, pues el escenario estaba ya predicho desde el principio. Aún así sucedió, y sucedió porque hubo gente que así lo quiso.

Todas las bocanadas de gas, todos los palos, todas las carreras y todas las penas sufridas merecieron la pena por esas miradas tras aquellos rostros cubiertos que incendiaron las calles una vez más. Esas miradas son producto de una única cosa a la que no se la puede poner precio: la determinación honesta y sincera; la determinación de la persona que tras la bocanada de gas no se va a casa vomitando para buscar una nueva razón teórica para terminar con este sistema, sino la determinación del que reafirma la convicción de que hay que hacer algo ya, aquí y ahora, materializando teoría en acción para ganar experiencia que refuerce nuestras ideas. El 17 de noviembre es un circo estúpido, lleno de rituales y proclamas vacías. Pero es un circo muy necesario para que esas miradas encapuchadas se den cita en la exploración mutua de la anarquía en acción. De grandes «estupideces» se alimenta la libertad humana, sobre todo si las estupideces son definidas por les que te oprimen.

Lo normalidad social como traba a la libertad

Retomando lo escrito en A razón del anarquismo social, me gustaría seguir expandiendo la reflexión crítica sobre cómo la que seguramente sea la actual vertiente dominante del movimiento conceptualiza el concepto «social.» Para ello seguiré en la misma línea que esbocé en el primer artículo: 1) la «sociedad» y el «Estado» no son dos cosas separadas, y 2) la idealización de las relaciones sociales no tienen ningún fundamento empírico en la actualidad. En este artículo me gustaría incidir específicamente en la cuestión de la individualidad, algo que normalmente se trata negativamente en los escritos/discursos del anarquismo social asociándolo así con otras ideas como el egoísmo o el sectarismo. Adelantando la conclusión del artículo, se dirá que la individualidad no es solamente un elemento propio de todo animal humano, sino que puede jugar (y juega) un papel más importante en el proceso revolucionario del que el anarquismo social admite. Como a veces advierto, poco o nada de lo que podáis leer a continuación es novedoso, yo me limito a realizar una síntesis de ideas existentes y expresarlas desde mi propia comprensión/experiencia. La crítica del anarquismo anti-social lleva rondando por el mundo, al menos con fuerza marginal, desde hace una buena década. Así que si queréis ir a la «raíz» de todo esto, os sugiero un buen punto de partida: los panfletos anarco-nihilistas griegos.

Empecemos tomando a Pablo Iglesias como punto de partida (ya se verá el porqué). A menudo, cuando escuchamos/leemos sobre las «hazañas» de Iglesias nos refieren a esta persona con términos como «referente social», «oposición social al bipartidismo», «representante social», etcétera. Aquí, la palabra «social» no hace referencia a la interacción humana en un espacio/tiempo concreto. Jugar al fútbol es una actividad social. Ver la televisión con tu familia es una actividad social. La devolución inhumana de migrantes en Melilla también es una dinámica que se da dentro de lo social. Cuando nos dicen que Iglesias es un «referente social» nos están queriendo decir que Iglesias representa (supuestamente) la voz y deseos de un mayor número de personas (no solamente los suyos o los de su partido). Iglesias habla por la sociedad. Iglesias «lucha» por la sociedad. Él es el «representante social» de un Estado español controlado por «la casta.» Cuanto menos este uso de la palabra «social» resulta en un gran problema de base: cómo entendemos qué es la sociedad. Cuando dicen Iglesias es el «referente social» se está acotando el rango de inclusión de la sociedad a un determinado sector de la población. La gente de Podemos hace bien explícita esta demarcación: la casta y la ciudadanía. Lo social queda aquí reducido al conjunto de personas que no disfrutan de tarjetas «black», favores personales del gobierno, vidas de lujo, etcétera. Este discurso se puede encontrar también en los siglos XIX y XX pero con distintos rangos de inclusión. En el siglo XIX, les líderes políticos hacían referencia a la clase trabajadora, a la masa proletaria, a los ejércitos asalariados. En el siglo XX el discurso se amplió y pasó a incluir a trabajadores del sector público, profesionales de poco poder económico, pequeños autónomos… Es decir, el discurso incluyó a las clases medias, eso que hoy se llama de manera todavía más inclusiva «ciudadanía.» Así pues, Iglesias siendo el «referente social» es el representante de toda esa gente que más o menos malvive en el Estado español: desde la limpiadora de una oficina, hasta el ingeniero adjunto de la misma oficina.

El primer problema que encontramos es la separación entre «casta» y las personas que componen lo «social.» Los movimientos sociales, en el ideario común, representan las voces de éstas últimas: la gente «normal», la gente que sufre, la gente que pierde sus trabajos, en definitiva, la gente «de a pie.» Se traza así una línea demarcadora que separa «lo social» y «lo depredador.» Lo social se piensa como algo oprimido, explotado, esclavizado. ¡Hay que recuperar lo social! ¡Hay que luchar por los intereses sociales![1] Si encontramos un problema en este planteamiento es porque la idealización de lo social pasa por alto las relaciones humanas (sociales) que se dan en el propio seno de la sociedad. La «casta», por seguir usando la palabra tan de moda en el discurso ciudadano, lejos de ser un elemento extraño a lo social, es parte fundamental de la sociedad contemporánea. Les explotadores no son externos a lo social, sino que se mueven dentro de la sociedad dándole forma y sentido. Como el Estado, que no es una traba externa para la sociedad, sino un elemento intrínseco de la propia sociedad actual, la «casta» compone, articula, y reproduce las relaciones sociales de explotación y servidumbre. No es que haya una parte «social» trabada por una parte «no-social» que se beneficia de la primera, sino que ambas partes son en realidad elementos de la misma cosa: la sociedad.

La idealización de lo social que realiza el discurso ciudadanista de Podemos, así como el del anarquismo social, proyecta en colectivos humanos abstractos las relaciones sociales que se dan en el espectáculo capitalista. De esta forma, cosas como la explotación laboral, la compra y venta de influencias, la subyugación de la vida material, etcétera, son depositadas en actores abstractos a les que se le dan forma y pensamiento. Así se habla de «casta» y «clase popular» (o lo «social»). Esta proyección/creación abstracta de actores sociales, además, se jerarquiza y agrupa alrededor de colectivos tan o más abstractos, lo que posibilita referirse en discursos políticos a un enorme número de personas que, supuestamente, comparten los mismos intereses, deseos, y necesidades. Claro que Pablo Iglesias goza de un amplísimo poder para influir en las personas, ¡si le estamos llamando «representante social»!

El anarquismo social de los movimientos sociales, de las asambleas ciudadanas, de los Centros Sociales[2], etcétera, participa de esta misma lógica resultante de idealizar la sociedad (o como ya se ha explicado, de idealizar una parte de lo social, la que interesa a estas personas). Tal vez no se hable de «castas», pero sí que se habla de «ciudadanía», «poder popular», «orientación socio-política de las luchas»… Realmente me es difícil distinguir, muchas veces, el discurso de Podemos y el de ciertos grupos anarquistas. Con la excusa de que les anarquistas somos «gente normal», nos terminamos metiendo en las mismas dinámicas de resistencia anti-capitalista olvidando así que el capitalismo no es el problema fundamental, sino la autoridad y el poder (sustituimos de esta forma anti-capitalismo por anti-autoritarismo). El problema que deriva de esto es la moderación complaciente del discurso revolucionario, y por tanto, de la práctica revolucionaria. Pareciera que para el anarquismo social «hacer la revolución» es crear talleres de idiomas en el barrio, publicar periódicos de «interés ciudadano», y/o mostrar la bandera roji-negra en todas las manifestaciones posibles. ¿Por qué? Porque se está del lado de lo «social», porque todes somes «normales» y estamos hasta el gorro de esa gente, y de ese Estado, que nos pisan la cabeza con botas forradas con billetes de quinientos euros.

Cuando una persona se deshace de esa idealización de lo social empieza a tejer un análisis bien distinto. «Normal» es la explotación laboral; «normal» es el odio racial; «normal» es la discriminación de género; «normal» son las relaciones familiares autoritarias; «normal» son las parejas celosas y posesivas. Lo «normal», por definición, es lo que caracteriza de forma general a una sociedad. «Anormal» es cuestionar la autoridad de la policía; «anormal» es negar el poder del Estado sobre las personas; «anormal» es querer destruir las relaciones humanas basadas en la exclusividad emocional; «anormal» es, en definitiva, querer ver (y vivir si se puede ser) el final de esta sociedad opresora. Dado que la normalidad conforma las normas y reglas de comportamiento social en sociedad, y viceversa, las normas y reglas de la sociedad definen lo que es «normal», el anarquismo social mediante su discurso y práctica termina reproduciendo todo aquello por lo que dice estar luchando. ¿Por qué lucha el anarquismo social cuando dice involucrarse en las Mareas ciudadanas? Dice que lucha por los valores anti-autoritarios del anarquismo, pero termina practicando la complaciente y sumisa rebeldía legalizada por el sistema.[3] Dentro de esta normalidad social les opresores también juegan su papel, es decir, son parte de lo «social.» No hay oprimides sin opresores, pero sobre todo, no hay oprimides sin personas que gustan de serlo. Los movimientos sociales están llenos de este tipo de gente. Gente que el sábado por la tarde protesta contra los recortes sanitarios, pero que luego no quiere perder «poder adquisitivo»; gente que protesta contra las devoluciones de migrantes, pero que luego no se plantea quiénes hicieron los bloques de viviendas en los que vive; o gente que protesta contra la «ley del aborto», pero que luego fundamenta sus relaciones de pareja en la autoridad opresora de la exclusividad.[4] Esto sí que es lo «normal», y ante la normalidad de lo social una postura anti-social plantea cuestionar las cosas dos, tres, y cuatro veces. Sin idealizar ni sin conceder atributos abstractos a masas amorfas de gente.

No obstante, esta crítica al anarquismo social, sus ideas, y sus prácticas, no es tan soberbia como pudiera parecer. No me cabe duda que las personas que abogan por esta tendencia realmente quieren experimentar una vida en libertad. Por ello se dejan innumerables horas de sus vidas en los Centros Sociales, o se rompen la cabeza tratando con gente que tiene una experiencia política muy distinta a la anarquista. Sin embargo las buenas intenciones no vienen libres de críticas, y así debiera ser para todo el mundo. Lo que a mí me parece que está realmente desarrollándose aquí, es una visión anarquista alternativa de la sociedad y su funcionamiento. Una visión que a mi pesar bebe demasiado de análisis economicistas resultantes de plumas marxistas. O una visión que toma prestados conceptos de dudosa validez como el de «poder popular.» Sin esto, me es difícil dar explicación en mi cabeza a la idealización de lo social que se viene sucediendo en los últimos tiempos. Una idealización que está, por otro lado, llena de tabúes. Un ejemplo claro es el trato que se da a la población migrante por parte del discurso social de ciertos grupos anarquistas. En dicho discurso se habla del migrante como de una víctima pasiva de la sociedad capitalista, cuyo comportamiento muchas veces se justifica por la dureza de las condiciones de vida que ha de llevar (explotación laboral, aislamiento social, incomunicación emocional con su familia, etcétera). Solamente de una idealización de lo social puede nacer una visión tan polarizada de un colectivo humano. Queda como tabú decir que les migrantes también delinquen de múltiples formas contra otros seres humanos: roban, intimidan, asesinan, violan, extorsionan… Queda como tabú decir que les migrantes también explotan laboralmente a otras personas, o que complacientemente aceptan los valores del capitalismo: gana más, cuanto más mejor, aspira a tener un gran coche y dos televisiones de plasma, vete de vacaciones, etcétera. En el mejor de los casos, cuando ciertos grupos reconocen que les migrantes también son parte de esta normalidad social, les excusan diciendo una vez más que son víctimas del sistema, los eslabones más débiles de la cadena.[5] Pero dicha idealización social se desmonta cuando encontramos otres migrantes que se niegan a ser partícipes del espectáculo capitalista, de la misma forma que algunas personas «autóctonas» delinquen, y otras no.

De todo esto se deriva que lo social no produce normas colectivas, homogéneas, de comportamiento y pensamiento. No existe la idílica clase obrera del pensamiento marxista, como tampoco existe el idílico movimiento social. Cabe también dudar de la supuesta «re-orientación» libertaria de los movimientos sociales que el anarquismo social pretende mediante la creación de lazos y puntos de contacto. Si el problema es la sociedad y lo «social» que genera, entonces haríamos mejor en plantearnos cómo destruir esa normalidad opresora que nos impone el sistema. Y aquí es donde el concepto de individualidad entra con fuerza. Lejos de pensar que la revolución será un gran golpe de las masas oprimidas contra el sistema autoritario, parece más razonable pensar que si algo puede hacer cada cual es empezar a desterrar lo social (lo normal) de su propia forma de vivir. Esto no se refiere a estilos de vida anarquista o modas vacías de contenido revolucionario, sino que directamente pone en la palestra el potencial de la individualidad humana, su capacidad de tomar decisiones y comprometerse con ideas y prácticas ilegalizadas por el espectáculo del poder. Se ha repetido numerosas veces que si la explotación capitalista y la sociedad autoritaria se reproducen en el tiempo y espacio es porque masas de gente sumisa siguen agachando la cabeza, ya sea por comodidad, por consentimiento, o por gusto. Las decisiones de vida pueden analizarse de manera social, pero a fin de cuentas la última y definitiva responsabilidad de los actos de una persona residen en la propia persona. No podemos decir que tal o cual colectivo está forzado a vivir de tal manera («roban porque no tienen qué comer», «se tiran a la droga porque están alienades»), de la misma forma que tampoco podemos decir que tal o cual colectivo tiene unos objetivos intereses («la clase trabajadora es antagonista de la clase burguesa»). Dichos antagonismos, dichos actos (robar, consumir drogas) se dan en un espacio social conformado por el propio sistema autoritario, espacio en el cual opresores y oprimides pueden jugar al mismo juego. Lo social, lo normal, la sociedad según está conformada, es el campo en el que la autoridad y el poder tienen rienda suelta. Sin embargo, en la individualidad, en el «ego», existe la posibilidad de deshacerse del sistema (lo que no significa que se realice en todos los casos).

Pensar en la anarquía desde el «ego» es abrir la existencia propia a todo un nuevo abanico de posibilidades. Cabe decir que el «ego» no es ese elemento «egoísta» que obvia a las demás personas y mira solamente por su propio bien sin tener en cuenta nada más allá de sus propios intereses. Un ego revolucionario, quiero pensar, lleva a las personas a relacionarse intensamente con otras personas: para descubrir, para explorar, para jugar, para disfrutar al máximo de la vida en rebeldía. Sin embargo, dicho ego revolucionario es amenazado en las grandes masas ciudadanas que ni tan siquiera se han planteado la cuestión del poder y la autoridad. Trabajando desde el ego y desde la relación con otros egos revolucionarios, una persona puede avanzar en la eliminación de todos los valores autoritarios que nos inculca la sociedad. Dicho avance personal es necesariamente obtenido mediante la interacción humana, pues el carácter autoritario de la sociedad se da a través de relaciones sociales. De ahí que hable de anti-social, de anti-normalidad, como una manera de rechazar las trabas que el poder pone a nuestra libertad. El «ego», es decir, tú misme, termina siendo el ente que tiene la última palabra sobre su propia existencia. El hombre que viola a una mujer al amparo de la noche no lo hace por estar alienado, sino por formar parte de la normalidad autoritaria de nuestra sociedad patriarcal. La persona necesitada que se lanza al robo de otras personas económicamente explotadas no lo hace por necesidad material, sino por no haberse desecho de los valores de competitividad y depredación humana que nos enseña la sociedad actual (recordemos que las personas ricas también roban, y que si éstas no son atracadas a diario por el ejército marginal de lo que ellas llaman «barrios bajos», es porque la gente de estos últimos no se ha desecho del respeto al poder y a la autoridad).[6] A pesar de que a menudo se dice que la sociedad actual es muy individualista, pudiera pensarse también que lo social (la sociedad) mediante numerosos mecanismos (instituciones estatales, leyes, normas morales que determinan las relaciones humanas, etcétera) reprime la creación de un ego fuerte y seguro capaz de romper con todas las constricciones sociales impuestas en sociedad.

La atomización de las comunidades poco tiene que ver con desarrollar y cultivar un ego crítico y revolucionario. Pareciera que la tendencia social-anarquista olvidase que para que haya una guerra de clases tiene que haber personas combatiendo a ambos lados del campo de batalla. Hoy por hoy la realidad es más bien un matadero («lobos y corderos», que dirían otres), donde la única verdadera conciencia de clase es la de la clase burguesa (y el resto se contenta con imitar el estilo de vida de les poderoses). Ésta es la realidad social. Esto es lo social de nuestras existencias. Y la individualidad, el ego revolucionario, no sucede fuera de esta realidad social sino en su seno más profundo. Producto de la adquisición de conciencia a través de experiencias humanas en el espectáculo capitalista, una persona empieza a desarrollar una individualidad que explota el potencial humano cuando queda liberado de normas sociales: «robar en el súper» ya no es tal, sino que ahora es «expropiar a les que nos explotan»; «vandalizar la vía pública con pintura» ya no es tal, sino que es «difundir la rebelión reclamando el espacio público», y la lista como imagináis continúa para rato largo. Ahora es también cuando el ego puede experimentar al máximo sus relaciones sociales mediante la búsqueda de otros egos revolucionarios, mediante la corrupción/perturbación de esa «normalidad social» pone cadenas a nuestra libertad.

Ahora, pensemos de nuevo: ¿qué nos quieren decir cuando dicen que Pablo Iglesias es el «referente social»? Y más importante: ¿qué pensamos cuando dicen que el anarquismo debe ser el motor de los movimientos sociales?

Notas

[1] Conste que en estos discursos «social» se intercambia muy a menudo por «popular», pero tengo la sensación de que éste último término se está dejando lentamente en desuso porque no concuerda en el imaginario común con las visiones que se tienen de las clases medias profesionales. De ahí que, tal vez, se use más «social» o «ciudadano» para incluir todavía a un mayor número de personas en las arengas políticas.

[2] Aclarar que no tengo nada en contra de las «okupas» cuando éstas funcionan como un centro de contra-información e intercambio de ideas y experiencias. En este texto hago referencia a esos Centros Sociales que se pueden encontrar a lo largo y ancho de Europa (y otros continentes) los cuales ejercen más bien como Centros Culturales para el barrio, no creando así una experiencia revolucionaria y subversiva, limitándose a aliviar las tensiones sociales y «moderar» sus ideas/prácticas bajo la lógica de «atraer a cuantes más vecines posibles.»

[3] Recordemos que en la sociedad autoritaria actual el sistema siempre deja un margen más bien ancho de disidencia. Es el propio sistema autoritario el que dicta contra qué se puede rebelar (hoy por hoy prácticamente todo), pero también dicta cómo se debe hacer dicha rebelión regulada (es decir, nada de nada, palabras que se desvanecen en el aire junto a las miles de manos desnudas de les indignades).

[4] Con esto no quiero decir que esta gente (la ciudadanía, lo «social») no tenga buenas intenciones o sus intentos de cambio sean despreciables. Todo lo contrario, sus luchas y actos no han de ser despreciados por el anarquismo, pero al mismo tiempo debemos criticar la «foto» en todo su conjunto, sin idealizar a ciertos colectivos sociales (como la llamada clase obrera), ni sus quehaceres diarios.

[5] Quien vea racismo en este comentario es que no ha entendido nada de lo expuesto. Sugiero seguir leyendo el artículo.

[6] Este texto de por sí ya se está alargando demasiado como para debatir ahora si la emancipación del ego se da con mayor o menor facilidad dependiendo del contexto vital de cada cual.

A razón del anarquismo social

Desde el estallido de la crisis se ha acelerado el proceso de socialización del movimiento anarquista. Con «socialización» me refiero a algo muy específico, a saber, el proceso de acercamiento del movimiento anarquismo a la ciudadanía. Dicho proceso se ha dado gracias a una gran variedad de dinámicas que han establecido lazos entre las personas del movimiento y la ciudadanía. Este anarquismo social habla así de politizar a los barrios, de orientar a las marchas ciudadanas, de influir en las asambleas de barrio (o crearlas y fomentarlas), de sumar gente, de llenar de contenido libertario a las distintas protestas ciudadanas (de currantes, de estudiantes, de personas en paro, de migrantes, etcétera), y la lista continúa. Hoy en día, este anarquismo social, me atrevo a decir, es el predominante donde el movimiento anarquista existe. Esta predominancia no viene libre de inconvenientes para aquellas personas que no comulgamos con lo que propone lo que ya se llama abiertamente «la corriente social del anarquismo.» Como corriente predominante, el anarquismo social se impone en el ideario común de las personas como la opción más válida en términos tanto morales como prácticos (entiéndase de eficacia); se impone, en definitiva, como opción y no como alternativa, generando así todo un sistema de discursos que lo validan, justifican, y que excluye a otras formas de vivir la anarquía. Con este texto me gustaría resaltar uno de los puntos del anarquismo social con los que estoy más en desacuerdo: la concepción de lo social.

A menudo escuchamos/leemos que la revolución social llegará cuando las masas de gente se conciencien y levanten contra la opresión del sistema. Para ello, dicen algunes, hay que trabajar con la gente; hay que estar de su lado; hay que involucrarse en sus proyectos de lucha y resistencia. A estas actividades, entre otras, las denominan «sociales», quedando las demás calificadas (normalmente de manera despectiva) como «individualistas», «pequeño-burguesas», «nihilistas», «sectarias», etcétera. Desconozco si esta apropiación del concepto «social» se hace de manera consciente y/o malintencionada, pero termina resultando en discursos excluyentes y, en definitiva, de poca capacidad para la auto-crítica. Aquellas personas tachadas con palabras como «nihilista» o «individualista» no negamos la existencia de lo social, sino que entendemos, en pocas palabras, dos cosas: 1) que la sociedad no es meramente la suma colectiva de todas las personas que la componen, y 2) la libertad humana viene dada cuando la individualidad de cada persona es potenciada y experimentada. Esto supone negar, criticar, y combatir la idealización de la sociedad que realiza el anarquismo social, idealización que bebe notablemente de las corrientes de pensamiento marxista y obrerista de los siglos XIX y XX. Entre otras cosas, dicha idealización desemboca (en casi todos los casos) en el flirteo con posturas vanguardistas. Por ejemplo, cuando leemos que el movimiento anarquista ha de colaborar en el Estado español con las Mareas ciudadanas para dar «contenido político» y «orientación anarquista» a sus dinámicas, estamos leyendo entre líneas que estas personas anarquistas saben algo que el resto no sabe, y eso que saben es ineludiblemente más acertado y superior. Es decir, se establece una jerarquía de ideas y pensamientos que en el mejor de los casos deriva en casos más o menos agudos de paternalismo intelectual. Por mucho que leamos que todo esto tiene que ver con «salir del gueto», la verdad es que no se puede negar el componente de superioridad (ya sea moral, teórica, intelectual, y/o práctica) que este discurso conlleva.

Con todo, la crítica a la participación del anarquismo social en los movimientos sociales y ciudadanos no puede realizarse exclusivamente con lo mencionado en el anterior párrafo. Otras corrientes anarquistas, específicamente aquellas denigradas por el anarquismo social, aceptan y realizan tareas de comunicación social para difundir sus ideas, experiencias, y proyectos. Pero también lo hacen para compartir espacios comunes de reflexión teórica y práctica. Lo que distingue a las últimas de la primera es la concepción moral de sus valores e ideas: el anarquismo social pareciera que en sus discursos entrevé un único análisis objetivo y acertado de la realidad humana, mientras que otras corrientes niegan la posibilidad sistemática de absolutos universales. Cuando el anarquismo social, por ejemplo, critica al anarco-nihilismo griego o italiano de «sectario» y «vanguardista» demuestra una clara ignorancia de lo que critica (y no será por falta de escritos). Pero lo que personalmente más me preocupa no es la supuesta ignorancia del anarquismo social, sino que dicha ignorancia sea más bien una purga de las ideas críticas con las suyas propias (y la última vez que me replanteé los valores de libertad del anarquismo no encontré mención alguna a la censura y a la difamación). No obstante, sí que es cierto que de vez en cuando tenemos el privilegio de leer críticas bien argumentadas provenientes del anarquismo social hacia otras corrientes, pero no corresponde a este texto hablar de esto. Lo que sí que corresponde a este texto es cuestionar la idealización de la sociedad de la que hablaba antes.

Retomando lo que parece la concepción más aceptada de «social» en los escritos/discursos del anarquismo social, cabe mencionar que, resultante de la ya mencionada idealización, en la mayoría de casos se termina separando «sociedad» y «Estado.» De esta manera parece que la «sociedad» para el anarquismo social es una comunidad idílica de personas bien-intencionadas por naturaleza pero que el Estado (y sus instituciones) corrompe y envenena. Ante esto cabe cuanto menos plantearse cómo se dieron los Estados-nación en primer lugar: ¿cayeron del cielo sin más? ¿O se pensaron, impusieron, y reprodujeron desde el interior de la sociedad? ¿Es el Estado el único problema de la humanidad? ¿O lo es también la propia sociedad en sí? El anarquismo social con su discurso idealizado y ciudadanista[1] muchas veces cae así en el problema de contradecirse en la fluctuación que se da entre su teoría y la práctica.[2] Si aceptamos que la sociedad en sí está llena de comportamientos y valores repugnantes, y que todo esto no se mantiene solamente porque el Estado así lo dice mediante leyes y porrazos, sino que el espectáculo de la explotación se sustenta por masas de gente pasiva, sumisa, y complaciente con las migajas que el sistema les da, entonces no cabe la posibilidad de argumentar con coherencia que la participación social del anarquismo sea beneficiosa (y cabe también preguntarse cómo se puede pensar lo primero y hacer lo segundo sin sufrir una crisis de valores internos).

Como ya se ha mencionado, aquellas corrientes tachadas despectivamente de «individualistas» (como si hubiera algo malo en reconocer la individualidad de cada persona) no niegan la dimensión social de la vida humana. Todes hemos nacido en sociedad, nos han educado en sociedad, hemos crecido en sociedad, y seguramente moriremos en sociedad. Pero esto no quita para que vivamos en sociedad sin criticar, rechazar, y por qué no, impedir la reproducción de aquellas dinámicas y valores que tanto nos repugnan: racismo, sexismo, clasismo, conservadurismo religioso, etcétera. De ahí que algunas personas dentro del movimiento anarquista hablen de un pensamiento «anti-social», que no quiere decir que se niegue la actividad humana en relación con otras personas, sino que resalta la negación más contundente de la sociedad explotadora que fomenta cualquier sistema autoritario. Lo social resulta hoy que no es las comunas obreras viviendo en armonía y felicidad, sino personas de clase obrera que no dudan en condenar a las personas migrantes por todos los males que sufren. Lo social resulta hoy que no es las asambleas donde todo se decide por consenso pacífico, sino las reuniones donde se buscan soluciones intermedias para mendigar unos pocos centímetros más de cadena. Lo «social» con lo que tanto sueña el anarquismo social resulta que no se adapta a sus análisis de corte marxista, donde las condiciones materiales de existencia de cada persona (es decir, su clase social) determinan su comportamiento, sus ideas, y sus intereses. No habrá masas obreras que se levanten en nombre de la anarquía por mucho que levantemos las manos vacías en las Marchas de la Dignidad. No habrá asambleas libertadoras por mucho que intentemos autogestionar las miserias de este sistema productivo. He aquí la podredumbre de esta sociedad y su «social»: el poder y la resultante autoridad. Si lo «social» de nuestra sociedad pide mejores sueldos sin plantearse cambiar las relaciones de poder/autoridad en sus trabajos, en sus relaciones amorosas/familiares, y en sus amistades, entonces mejor estábamos sin la etiqueta de «social.» El poder y su autoridad están bien vivas en las asambleas del 15M, en las fábricas autogestionadas de Grecia, o en las mareas y movimientos sociales del mundo entero, si no se eliminan sus raíces y todas las diminutas ramificaciones autoritarias que se dan en la vida social cotidiana. Por ello hay que replantearse seriamente el concepto de «anti-social», no porque se niegue el aspecto colaborativo y comunitario del ser humano, sino porque no encontramos libertad en la sociedad actual.

Pero para seguir pensando y plasmando nuevas ideas en nuestro quehacer revolucionario hace falta querer escuchar y comprender a compañeres con ideas (y prácticas) distintas a las propias. El diálogo entre ideas es fundamental en el anarquismo, sino se tiende a caer en ortodoxias construidas sobre torres de marfil (y las torres de marfil están siempre defendidas por paladines de lo sagrado). Tener una actitud abierta sin soberbia ni pretensiones de universalidad es un buen camino para crear nuevas, dinámicas, y más eficientes formas de destruir la sociedad que nos oprime. Plantearse lo tabú, pensar en lo que no se suele pensar (por creer que ya está dado, como que el Sol sale por el este), y escuchar las experiencias de otres compañeres, son potentes armas contra el poder y la autoridad de esta civilización opresora. Sin que suene a recochineo el anarquismo social haría bien, aquí y ahora, en escuchar sin prejuicios a esas voces a las que que juzga y condena, porque en interés de muches está la destrucción de la autoridad. Y para esto necesitamos organización que desemboque en ataques eficaces contra el Estado y el poder.

Notas

[1] Ciudadanista porque termina participando de ideas y dinámicas propias de la ciudadanía actual, como las Mareas.

[2] Me consta (o quiero pensar) que solamente el rancio marxismo piensa que el Estado en manos de la burguesía es la única traba a la emancipación humana. Aunque es difícil pensar así cuando anarquistas hablan de autogestión obrera, empoderamiento popular, participación ciudadana, etcétera.

Koukouloforos

Paso a traducir unos artículos de un periódico ácrata de la ciudad de Tesalónica, Grecia, los cuales a su vez están recogidos en la colección de escritos «We Are an Image From the Future. The Greek Revolt of December 2008», editado por A. G. Schwarz, Tasos Sagris, y les compas de Void Network (es de la editorial AK Press, por si alguien lo quiere adquirir). Recordad que ya publiqué otra traducción de la Void Network hablando sobre las experiencias de diciembre de 2008 (la podéis leer aquí). Los extractos del periódico se recogieron bajo el nombre de «Koukouloforos», que viene a significar en griego «encapuchado.» El libro en cuestión, que se traduce como «Somos una imagen del futuro. La revuelta griega de 2008» recoge un número notable de artículos, entrevistas, artículos de opinión, sobre la rabia desatada tras el asesinato de Alexis en Exarcheia, Atenas. El libro también trata sobre diversos proyectos que fueron organizados tras el asesinato, así como cuenta las historias de diferentes grupos, personas, generaciones, de personas dispuesta a poner fin al capitalismo y al Estado. Sin más, os dejo con el texto.

Les invisibles tienen rostro

Éramos sombras. Sombras en eso a o que llamas «vida cotidiana.» Innumerables sombras de las que pasabas de largo en las calles. Caras que te recordaban algo de lo que nunca estabas segure.

La pinta de cerveza en el bar, llena de nuevo.

«He pedido una pizza hace media hora pero el chico del reparto todavía no ha llegado.»

Estanterías de supermercado y suelos relucientes.

«¿Dónde está la chica que vacía los ceniceros?»

Ponte el casco, el chubasquero, conduce tu moto por la ciudad.

«Posición 146, ¿en qué puedo ayudar?»

Tras las casetas, doblando ropa, en los pasillos ordenando libros en las estanterías.

«Parece un poco ajustado en la cintura.»

Enfrente de ordenadores contestando teléfonos.

Seleccionando anuncios pequeños, «se busca mujer con experiencia previa.»

Y algunas veces haciendo cola fura de la OAED [las oficinas de empleo y desempleo].

«Firmando cheques todos los lunes, miércoles, y viernes.»

 Programas sobre escenarios, seminarios, «nuevas ofertas de trabajo.»

Nunca aquí, nunca allí. En constante movimiento, en un infinito y angustioso estado de espera.

Vendiéndonos toda la vida para poder sobrevivir. Siempre presentes, siempre invisibles, extrañes en nuestras propias ciudades.

Y de repente un disparo…

«¿Has escuchado las noticias? Lo han matado, ¡esos cabrones!»

«¿A quién han matado?»

«¡Han matado a ese chico, tío!»

Asesinato. Violencia. Esta palabra es familiar. Sí, es familiar…

Temprano en la mañana, en pie para ir a trabajar. Los sellos que no me dieron. El alquiler que tengo que pagar todos los meses. De repente accionando los frenos y el escalofriante sonido al trepar en la carretera. Las noches a solas. Mi jefe llamando—joder… tengo que ir a trabajar mañana. Mi lucha para cobrar las horas que he trabajado. Los ojos de los clientes escrutando mi cuerpo mientras les sirvo. Contando mis sellos—¿puedo cobrar el paro? Anuncios clasificados. El reloj en el trabajo que parece estar atascado, y mi jefe recién se compró un coche nuevo. Y durante todo esto un disparo. Fue asesinado. ¡En las calles, tío! Rabia. Rabia por el asesinato, rabia por nuestras muertes cotidianas.

Nos reunimos en las calles. Gritamos a sus caras juntes. Construimos barricadas juntes. Rompemos las aceras y nos metemos piedras en los bolsillos. El gas lacrimógeno es asfixiante pero nosotres seguimos adelante. Nosotres seguimos adelante, todes nosotres, quienes hasta ayer hablábamos idiomas distintos, quienes hasta ayer éramos invisibles. Nosotres seguimos adelante porque tras esto nada volverá a ser lo mismo de nuevo. Lejos de todes aquelles que intentan representarnos, lejos de polítiques y sindicatos que hablando un idioma extraño, foráneo, lejos de les expertes de los medios de comunicación que todavía se siguen preguntando de dónde vinimos todes nosotres.

No tenemos ninguna demanda. No, no tenemos. Nosotres luchamos por todas las razones en el mundo. Queremos de vuelta la vida que nos roban todos los días. La violencia del madero que disparó al chaval es la violencia condensada que nosotres sufrimos todos los días. Contra esto nosotros nos rebelamos. Ya no somos sombras, aunque empezamos como tales…

Vivir en comunismo, difundir la anarquía

Vivir en comunismo, difundir la anarquía. No es la primera vez que los maderos asesinan, así que no es la primera vez que la gente se rebela, ataca a la madera, o quema oficinas bancarias. Pero esta vez las cosas son diferentes. La rabia que se desató lleva inscrita su propia historia. Sí, es una insurrección. Y lo que es característico de las insurrecciones es ala corazonada que todo cambiará, que nada volverá a ser lo mismo. Esto es lo que sentimos. La historia se está condensando, nuevas fuerzas se desatan, y la autoridad se congela. La pregunta inmediata es como tirar para adelante si ya no somos les mismes. ¿Qué hacemos cuando no haya ningún banco que destruir, ninguna comisaria intacta? ¿Dónde nos reunimos tras los disturbios? ¿Cómo continuamos implacablemente, como solíamos hacerlo, la destrucción del capitalismo en el mundo? Desde la primera noche tras el asesinato, la Escuela Politécnica de Atenas fue okupada por cientos de personas. Desde el 8 de diciembree la ASOEE también está okupada. Lo que sigue es un extracto del blog de la okupación: «Como parte del conflicto social entre clases, la okupada Universidad de Economía y Negocios se constituye como un espacio abierto de información y generación de acción colectiva en las calles. Al mismo tiempo, consideramos muy importante la okupación de instituciones académicas para crear espacios reorganizados y autogestionados de nuestras fuerzas en contra de la represión del Estado. Por esta razón, la okupación de la Universidad de Economía y Negocios permanece abierta y llama a una asamblea el lunes día 8 a las 20:00. Declaramos que la okupación se alargará hasta que no dejen en libertad a todes y cada une de les arrestades por la madera en todo el país.»

La Escuela de Teatro de Tesalónica es okupada el sábado por la noche tras los disturbios en las calles Aristotelous y Egnatia. Lo siguiente es de su blog: «El sábado por la noche, tras la manifestación en Tesalónica en respuesta al asesinato de Alexandros, antiautoritaries okuparon la Escuela de Teatro de Tesalónica para proveer contra-información a les protestantes de la ciudad. Desde el principio, el MAT intentó en vano invadir el edificio. Al día siguiente de la asamblea, la okupación fue respaldada por estudiantes de drama y por personas que no pertenecían a ninguna asociación política.» La Escuela de Teatro de Tesalónica se ha convertido en un centro de convocatorias, de intercambio de ideas, un espacio para organizar acción. Al siguiente día el edificio de la Asociación de Abogades de Tesalónica también fue okupado. Allí, varias asambleas tuvieron lugar, sobre todo asambleas de estudiantes, y funcionará como un centro de contra-información hasta la huelga a nivel estatal del día 10 de diciembre—cuando okupaciones sin precedentes, y sin demanda alguna, tomarán muchas escuelas e instituciones académicas del Estado.

Durante el 12 de diciembre el edificio del Ayuntamiento de Aghios Dimitris en Atenas fue okupado y se convocó una asamblea pública. Del blog de la okupación: «Nos insurreccionamos. Funcionamos con los principios de la democracia directa porque así es como queremos vivir. Hemos tomado el control de nuestras vidas. Nos desharemos de nuestres jefes y ayudaremos a les detenides a librarse de sus cargos. Usamos este edificio público como un centro abierto de contra-información, como un lugar de encuentro donde personas que han decidido cambiar sus vidas puedan venir en grandes números y formar ideas y acciones de forma colectiva.» Trescientas personas acudieran a la primera asamblea. Se planearon acciones, se discutieron eventos de actualidad, personas de diferentes generaciones se dieron lugar allí, personas de diferentes contextos sociales se encontraron, y se organizaron actividades culturales y clases de griego para migrantes. Desde el principio, la Asociación de Funcionaries de la municipalidad de Aghios Dimitrios se mostró favorable a la okupación y está activamente involucrada en su defensa. Ésta es la primera vez en la que el ayuntamiento está realmente abierto, como un espacio político, para el vecindario. No tiene sentido mencionar aquí las reacciones, esperadas, del alcalde y de la madera.

En el mismo día, fue okupado el antiguo Centro de Información y Servicios Ciudadanos [KEP] en la plaza de Halandri. En un blog se puede leer: «La tristeza y la rabia que todes nosotres sentimos no se puede expresar haciendo zapping en la televisión desde el sofá. Decidimos okupar el antiguo KEP del Ayuntamiento en la plaza de Halandri, espacio de reunión de concejales, y transformarlo en un espacio de contra-información y discusión de futuras acciones. Invitamos a les vecines de Halandri, y a las personas de áreas circundantes, a defender este espacio okupado y tomar parte en las actividades abiertas, igualitarias, y autogestionadas.» Una asamblea pública se convocaba todos los días hacia las 7.00pm, así como se defendían numerosas acciones y protestas. El lunes, día 15, el edificio del Ayuntamiento de Sykies en Tesalónica fue okupado. Se convocó una asamblea pública ese mismo mediodía. El lema principal que se puede ver en la pancarta que cubre la fachada del edificio demanda la inmediata puesta en libertad de todas las personas arrestadas por las fuerzas policiales.

Lo que cuenta para que estos ejemplos se difundan, para que la gente empiece a tomar control sobre sus propias vidas, es que se cuestionen las propias ideas de representatividad, de responsabilidad, de pertenencia a un partido político. Ahora es el momento. Ahora, cuando todo ha cambiado. Las okupaciones espontáneas de muchos espacios académicos y no-académicos—no necesariamente realizadas por estudiantes—nos otorgan la posibilidad de encontrarnos los unes con les otres. Pero estos espacios ya no pueden alojarnos más. Por ello tenemos que okupar edificios de Ayuntamientos, casas vacías, edificios públicos, y transformar estos espacios en lugares de encuentro para organizarnos. Más espacios de este tipo han de ser creados, más espacios han de ser liberados, nuevos espacios de comunicación y resistencia han de ser fundados. Todas las okupas anarquistas deberían pensar cómo pueden hacer sus espacios más accesibles para los vecindarios. Los colegios deben paralizarse y ser transformados en espacios libres de educación capitalista-nacionalista. Los espacios de trabajo deben ser bloqueados por les trabajadores, y los medios de contratación deben ser discutidos y re-inventados. Las ideas de autogestión y solidaridad deben ser llevadas a todos y cada uno de los colectivos. No necesitamos jefes, no necesitamos ningún tipo de guía, no queremos ningún representante. Es hora de empezar a vivir en anarquía, de crear las comunas del futuro.

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