El placer de la capucha

Algo que nos enseñan a olvidar desde pequeñes es que la vida, después de todo, puede ser juego, exploración, disfrute… En definitiva, la vida puede ser placer. Y cuando se juega, en un sentido amplio del término, parece que disfrutamos mucho más esto de vivir. Para muchas personas cansadas de la aburrida monotonía del despertador a las siete de la mañana, la capucha es una forma de jugar, de explorar, y de disfrutar la libertad de vivir. Pero no nos vamos a engañar; la capucha no goza de un buen estatus hoy en día. No solamente nuestres enemigues de clase se empeñan en retransmitir a través de sus medios de comunicación imágenes tergiversadoras, sino que también algunes de les que podríamos esperar comprensión y apoyo demonizan la figura de la capucha.

Sin duda es una cuestión de cultura política. La capucha tiene un estatus más saludable en estados europeos como el de Grecia o Alemania, que en estados como los de España o el Reino Unido. En los Estados Unidos de Norteamérica encontramos regiones en las que la capucha está bastante aceptada—entiéndase el norte de California, Washington, y Oregón—, y otras regiones en las que no lo está tanto. En la región de Chile encontramos una fuerte presencia de capuchas, pero la aceptación social fluctúa—pareciera—según lo que diga le tertuliane de turno. Así que son muchas las formas de entender a la capucha, pero capucha solamente hay una. Decía antes que la capucha es una forma de disfrutar, de gozar, de explorar… en definitiva, la capucha es una forma de jugar. La capucha tiene el mágico poder de hacernos invisibles a los ojos del Estado y, a la vez, hacernos más visibles a los ojos de la historia—aquella que nosotres mismes trazamos. La capucha nos ayuda a confraternizar con aquelles que están dispuestes a romper con la monotonía del capitalismo; nos ayuda a identificarnos en el juego que es la creación de una sociedad nueva; nos ayuda a gozar de la vida porque nos permite hacer ciertas cosas que el Estado, y el capital, nos prohíben. Es más, la capucha nos ayuda a impedir que tanto Estado como capital sigan prohibiéndonos cosas.

De estas palabras sabrán les que alguna vez se hayan puesto una capucha en el hermoso goce de crear una sociedad nueva. La capucha es amigable pero también es engañosa, precisamente, por todo lo que la escuela, la televisión, y les adultes nos enseñan cuando somos pequeñes. Nos enseñan a ser mujeres y hombres que «dan la cara», que «toman responsabilidad de sus actos.» Con todo el aparato estatal impartiendo hegemonía a diestro y siniestro no es de extrañar que estas ideas también florezcan entre aquelles que, honestamente, intentan crear otra sociedad más justa y libre. «Dad la cara, cobardes» sea, tal vez, la frase más escuchada en cualquier manifestación donde las capuchas hacen su juego. Como dos amantes del mismo sexo besándose en la vía pública, las capuchas pueden producir rechazo a la gente que las rodea. Pero ambas, les amantes y las capuchas, no entienden de rechazo, pues saben que el goce y disfrute del juego que ofrece la vida valen la pena arriesgarse a unos cuantos comentarios—incluso a unas cuantas agresiones.

«Cobardes» son aquelles que tras máscaras políticas y supuestos intereses comunes se esconden tras escaños parlamentarios. «Cobardes» son aquelles que tras palabras de revolución se esconden en la conformidad de lo que dicen estar en contra. «Cobarde» no puede ser la capucha por esconder un rostro humano que, de otra forma, no podría ejercer su libertad. Demasiadas son las cámaras que nos vigilan. Demasiades son les traidores que esperan a delatar. La capucha permite gozar y esto parece molestar a aquelles que no se atreven a dejar de lado la moral hegemónica. Y en todo esto, como en casi todo, encontramos dos varas de medir: la persona blanca europea que goza de la capucha es violenta y contra-productiva para «el movimiento.» Les indígenas zapatistas, sin embargo, son de admiración y mayúscula exclamación. No entendieron les que reaccionan contra las capuchas en esto que llamamos malamente «primer mundo» que, la capucha, crea una identidad colectiva, solidaria, libertaria, y gozosa. ¿Y qué hay de malo en gozar de la vida, más aun cuando se busca la libertad?

La capucha, actualmente, es como el sexo en la moral victoriana. ¿Cuestión de tiempo para que esto cambie? No, sin duda, si las capuchas sucumben ante la apatía que las rodea. Hemos de estar tranquiles, no obstante: una vez puesta la capucha es difícil dejarla. Los seres humanos disfrutamos gozando de la libertad. Sí, la capucha nos proporciona una libertad que nos puede llevar de cabeza a cárceles, centros de internamiento, comisarias, y salas de tortura. Pero también nos hace entender que es una libertad más digna, y merecedora, que la libertad de los despertadores a las siete de la mañana, las cientos de marcas distintas de cereales en los supermercados, o las comedias de risas enlatadas en la televisión. La capucha permite, momentáneamente, escapar de todas esas prisiones que imponen a nuestro día a día.

Grupos no-mixtos

El otro día leía con cierto asombro un debate entre varias personas en Twitter—sí, sí, ya sé que no es el mejor lugar para debatir—sobre una manifestación feminista no-mixta. Tal vez, lo que más me sorprendió fue la virulencia con la que algunas personas defendieron la manifestación, una virulencia que, a mi parecer, adoptó tintes nada anarquistas.

Nadie va a negar que la separación de la sociedad en géneros es problemática, sobre todo si esta separación es jerárquica. Recordemos que los géneros son construcciones sociales en base al sexo biológico—que por cierto, no tiene por qué ser binario como nos enseñan en la escuela. Vivimos en sociedades machistas donde los roles sociales asignados a las mujeres son degradantes respecto a la dignidad inherente de cualquier ser humano, sea del sexo que sea. Desde mi personal visión anarquista de la vida, no veo ni útil, ni moralmente aceptable, dividir la sociedad en géneros jerarquizados, pues a fin de cuentas todas las personas, sean del sexo que sean, tienen las mismas potencialidades en casi todos los aspectos de la vida—digo «en casi todos» porque, por ejemplo, los hombres no pueden parir.

Como individuos, todos los seres humanos, independientemente de su género, tienen la misma dignidad, la misma necesidad de libertad y, sobre todo, la misma capacidad para encontrar ésta. Una de las cosas que más me atrae de la filosofía anarquista es su clara argumentación en favor a la cooperación, a la ayuda mutua, a la solidaridad entre individuos, especies, géneros, etnias, o lo que sea. El anarquismo rechaza esa concepción furibunda y competitiva del capitalismo y del darwinismo. La vida florece en todos los lugares gracias a la cooperación; no hace falta competir por recursos escasos; no hace falta competir por mejorar, por ser les mejores. La vida es un camino que se puede caminar de la mano, sin cadenas y sin grilletes.

De ahí que me extrañe que una persona se considere anarquista y, al mismo tiempo, rechace con tanta virulencia la presencia de hombres en una manifestación, en una asamblea, o en un grupo de acción. Tonto no soy, y entiendo los motivos por los que algunas de estas personas defienden los grupos no-mixtos. Es más, comparto dos de las argumentaciones, las cuales yo resumiría en:

  • Los grupos no-mixtos empoderan a las personas oprimidas.
  • Los grupos no-mixtos enseñan a las personas oprimidas a desarrollar tácticas de lucha más efectivas.

El segundo punto tiene su razón de ser si se piensa que las personas no-oprimidas juegan un papel paternalista en los grupos mixtos. No obstante, sería muy estúpido pensar que toda persona no-oprimida tiene una actitud paternalista, como también es muy estúpido—y se lee, escucha, y vive muchas veces—pensar que cualquier persona que intenta ayudar en una causa se comporta de forma paternalista.

El machismo es algo internalizado, socializado, e institucionalizado. Eso nadie lo niega. Decir que el machismo está socializado significa decir que los comportamientos machistas puedes darse de manera subconsciente. Un grupo feminista no-mixto puede, potencialmente, evitar este machismo subconsciente al rechazar la presencia de ciertas personas. De ahí que, personalmente, sí que defienda la creación puntual de grupos no-mixtos y la realización de acciones de lucha no-mixtas. Pero me gustaría resaltar el adjetivo puntual por una razón obvia: una filosofía anarquista consistente no casa muy bien con la exclusión sistemática de individualidades dispuestas a luchar.

El problema, a mi parecer, surge cuando se confunde la exclusión con la expulsión. En un grupo de afinidad, por ejemplo, podemos encontrar personas autoritarias cuyo quehacer no es de agrado. En este sentido, el grupo expulsa a dichas personas, pero no las excluye a priori—o las personas que no se sienten cómodas abandonan el grupo y forman otro. De esta manera, lo que me sorprendía de aquel debate en Twitter era la facilidad con la que ciertas personas excluían, sistemáticamente, cualquier opción de participación «masculina» en grupos feministas—desde luego, con esto no quiero decir que toda persona feminista opte por esta exclusión, ni que toda persona que opte por grupos no-mixtos lo haga siempre de forma sistemática.

Una vez más, y para dejarlo claro, los grupos no-mixtos tienen una gran utilidad en muchas ocasiones, pero no es así de forma sistemática. Siguiendo la lógica de las personas que deciden excluir sistemáticamente a otras personas de ciertos grupos de acción, entonces, me gustaría que estas mismas personas se abstengan de participar en manifestaciones pro-derechos de les migrantes, por poner un ejemplo. ¿No es acaso la etnia de las persona otro frente de batalla en nuestras sociedades capitalistas? ¿Qué pinta una persona del grupo étnico dominante en una manifestación de grupos minoritarios? Espero que se vea lo absurdo de estas dos preguntas.

Para finalizar, me gustaría dar una vuelta de tuerca más a la cuestión del empoderamiento. Sigamos con el ejemplo de les migrantes. Es cierto que estos grupos minoritarios tienen una limitada capacidad de acción por multitud de razones—un ejemplo puede ser la condición irregular en un Estado que les puede deportar, encarcelar, e incluso matar. Ninguna persona anarquista sensible al tema negaría que un escenario ideal para estas personas migrantes sería un espacio de acción autónomo en el que elles mismes pudieran organizarse y luchar, sin necesidad de personas pertenecientes al grupo étnico dominante. No obstante, también sería absurdo decir que todas las personas no-migrantes que a diario luchan en este frente de batalla son, o se comportan, de manera paternalista. Desde luego puede haber paternalismo en un sinfín de ocasiones, pero no tiene sentido subsumir, de manera sistemática, el comportamiento de todas las personas en el paternalismo.

La ayuda mutua y la solidaridad no conoce de géneros, sexos, etnias, edades, o lo que quiera que sea, pues son cualidades inherentes a la raza humana—y solamente hay una única raza humana. Habrá hombres honestos que luchen en el frente del feminismo, y habrá otros que lo hagan de forma paternalista, autoritaria, y sexista. O tal vez encontremos hombres honestos que quieran genuinamente librarse de la lacra del machismo socializado. Y si algo creemos les anarquistas, pienso yo, es que se aprende haciendo; es decir, mediante la acción.

Fuego al patriarcado mediante la ayuda mutua entre seres humanos, sin distinción de género o sexo, pues nosotres somos la medida de nuestras jaulas personales.

Acción directa y desobediencia civil: diferencias

Publicaba la otra semana un artículo sobre acción directa (que podéis leer de nuevo haciendo click aquí). En aquel texto presentaba las ideas básicas de la acción directa, así como ésta se relaciona directamente con el anarquismo. De pasada mencionaba que acción directa y desobediencia civil no son exactamente la misma cosa, lo que generó cierta reacción en algunes lectores. En este artículo pretendo explorar de mejor manera las diferencias entre estos dos elementos. [1]

Tomemos de nuevo el ejemplo que puse en el texto sobre acción directa. [2] Supongamos ahora que la función social que cumple la discoteca (es decir, la función de proporcionar diversión musical y un espacio para relacionarse con otras personas) es considerada como necesaria por el barrio. Ante esta situación les vecines pueden optar por un sinfín de acciones. Supongamos que deciden bloquear por la noche la entrada de la discoteca. Hasta aquí estaríamos ante un ejemplo de desobediencia civil en tanto que se está desobedeciendo la ley impuesta (bloquear la entrada a un establecimiento «correctamente» regulado). Sin embargo, el problema del ruido sigue presente.

Así pues, imaginemos que les vecines deciden no solamente bloquear la entrada, pero también cortar el suministro de electricidad de la discoteca (de esta forma el ruido cesa). Una vez más, teniendo en cuenta lo que hemos dicho de «la función social de la discoteca», estamos ante un ejemplo de desobediencia civil. ¿Por qué? Porque no se está supliendo la función social del establecimiento ahora bloqueado y «cortado» de la red eléctrica. No hay ruido, es cierto. Pero tampoco hay un espacio óptimo en el que divertirse, escuchar música, y relacionarse con otras personas.

Como se puede derivar del ejemplo anterior, la desobediencia civil simplemente desacata la normativa de la Administración (por la razón que sea), pero no cuestiona la autoridad legal y moral del Ayuntamiento y de la policía. La acción directa que proponemos les anarquistas es muy diferente: no solamente queremos bloquear y «cortar» a la ruidosa discoteca, sino que también proponemos suministrar (por nuestra propia cuenta) la misma función social que proporcionaba el establecimiento. Entonces, ¿qué sería acción directa? Siguiendo con el mismo ejemplo, acción directa sería bloquear la discoteca, «cortar» la música, y abrir una nueva discoteca que no haga ruido y cumpla solidariamente con las necesidades del barrio. Así de sencillo.

Me vais a permitir ahora un poco de disertación teórica para ahondar un poco más en la cuestión. Como hemos dicho, la desobediencia civil no cuestiona la autoridad del Ayuntamiento o del Estado. La desobediencia civil se limita a señalar y mostrar que cierto grupo de personas no está conforme con la legalidad vigente. No obstante, se deriva que este grupo de personas está a la espera de que la Administración predisponga de nuevas leyes que satisfagan las expectativas de dicho grupo movilizado.

Por otro lado, la acción directa planteada por el anarquismo no solamente señala las injusticias de la legalidad vigente, sino que además incita a las personas a vivir sus vidas como si no existiera ningún aparato estatal o administrativo que impongan leyes y normas de comportamiento. La acción directa nos hace ser libres, o mejor dicho, nos hace vivir nuestras vidas como si fuéramos libres. Si necesitamos un colegio público en nuestro barrio, la acción directa propone abrir uno (para satisfacer las funciones que proporciona un centro escolar) por nuestra cuenta. La desobediencia civil propondría bloquear el Ayuntamiento o acciones similares. La diferencia es más que clara: la desobediencia civil depende de la autoridad y poder de la Administración, mientras que la acción directa niega todo poder y autoridad vertical.

En conclusión, la desobediencia civil no llevará a las personas más allá de la reforma del sistema imperante. La acción directa, por su parte, no solamente bloquea el funcionamiento del sistema vigente, sino que además propone un marco de acción más libertador, pues se basa en la concepción del ser humano como un ente libre y creador de su propia realidad, sin necesidad de Administración, Estado, policía, o representantes. Lo que queremos, lo creamos nosotres mismes.

Notas

[1] Convendría mencionar que la diferencia entre acción directa y desobediencia civil va más allá de los debates teóricos. Es decir, ésta también es una cuestión práctica.

[2] Recordemos de manera rápida: en un barrio encontramos una discoteca con todos los permisos del ayuntamiento. No obstante, los niveles de ruido son insoportables (por mucho que la Administración diga que el nivel de decibelios cumple con la normativa). Ante esto, les vecines deciden cerrar la discoteca por la fuerza.

¿Qué es la acción directa?

Sin duda alguna, el concepto de acción directa es uno de los más usados en el vocabulario anarquista. No obstante, ante la creciente (relativamente) nueva actividad política de asambleas vecinales, mareas, colectivos, y redes, creo conveniente definir una vez más que es eso de la acción directa, sobre todo porque existe una concepción negativa entre la gente y los grandes medios capitalistas de comunicación sobre el proceder anarquista. Empecemos.

Acción directa y anarquismo van íntimamente de la mano. El anarquismo propone una forma distinta de participar en política y sociedad: les anarquistas no aceptamos la autoridad del Estado y su maquinaria institucional, así como tampoco nos contentamos con delegar nuestra voluntad y responsabilidad en terceras personas (como polítiques, representates, partidos etcétera). La filosofía anarquista propone la existencia de individuos libres, responsables, y autónomes. Actuar acorde con esta visión sería, en pocas palabras, acción directa, y se me hace difícil imaginar otra forma en la que actuar desde una filosofía anarquista.

La praxis anarquista reflejada en la acción directa apunta a la resolución de los problemas de une misme por une misme. Imaginemos que vivimos en un barrio donde una discoteca atormenta a les vecines por las noches con su música a todo volumen. Ante este problema tenemos dos opciones: 1) denunciar a la policía el excesivo ruido del establecimiento, o 2) resolver el problema por nosotres mismes. Si optamos por la segunda opción (seamos o no anarquistas) estamos actuando de manera directa. Ahora, como es obvio, existen muchas maneras de «resolver el problema por nosotres mismes.» Podríamos optar por hacerlo de manera individual (aunque en este caso no sería muy eficiente) o de manera colectiva (con el resto de vecines). Podríamos optar por hacerlo de manera pacífica (ir a hablar con el o la dueña de la discoteca, suponiendo que esto pone fin al problema) o de manera no-pacífica (entrar en el establecimiento, ocuparlo, bloquear el acceso, o hasta destruir el equipo de sonido). Sea como sea que actuásemos estaríamos haciéndolo de manera directa.

En el ejemplo anterior, optar por la segunda opción es el resultado lógico de aceptar nuestra autonomía como personas libres. Llamar a la policía o poner una denuncia en comisaria sería aceptar la autoridad legal y moral de las instituciones estatales. El anarquismo y la acción directa no ven en esta opción una solución moralmente óptima. ¿Por qué? Veámoslo con el mismo ejemplo. Supongamos que en la localidad en la que vivimos es legal el nivel de decibelios que atormenta a nuestra comunidad de vecines, por lo que esa discoteca que no nos deja dormir está operando dentro de la legalidad impuesta por la Administración. Además, supongamos que el establecimiento tiene todos los documentos y permisos necesarios para desarrollar su actividad en el barrio. Aun así, no podemos dormir por la noche porque escuchamos mejor su música que nuestra propia respiración en la cama. ¿Qué hacemos ante esto? La opción de presentar una denuncia sería inútil, y llamar a la policía terminaría en una medición de decibelios que cumple con la ley. Resultado: el problema no se soluciona. El anarquismo y la acción directa no ven autoridad alguna en la discoteca, en la policía, o en la ley burguesa, para decidir qué nivel de decibelios es aceptable o no. Son les vecines del barrio les que sufren de insomnio y son elles mismes les que han de decidir qué hacer al respecto. Así pues, cerrar la discoteca por la fuerza se convierte en una opción moral, afirmativa, y reconstitutiva de la libertad y autonomía de las personas del barrio.

A menudo los medios de comunicación del capital muestran una imagen destructiva, violenta, y caótica de la acción directa. Siguiendo con el ejemplo de la discoteca: imaginemos ahora que les vecines deciden cerrar la discoteca por su cuenta, ocupándola, desconectando el equipo de sonido, e impidiendo por las noches el acceso a la gente hasta que les responsables del establecimiento no decidan bajar el volumen de la música. Una decena de cámaras se traslada hasta el lugar y empieza a emitir imágenes de vecines enfurecides entrando en una «propiedad privada», tirando los altavoces al suelo, y forcejeando con les clientes del local a sus afueras. Los titulares rezan: «masa enfurecida de vecinos arrasa propiedad privada y agrede a ciudadanos libres que quieren bailar.» Así, queda muy claro que esto de la acción directa es cosa de «vándales» y «radicales anti-sistema.» Lo que los medios de comunicación no muestran, en este ejemplo, es que la fuerza de las personas autónomamente organizadas y actuando acordemente es no solamente moralmente superior a la injusta ley de decibelios, sino que además es suficiente como para poner del revés la administración civil y económica de la localidad.

Si la acción directa está tan negativamente concebida en la democracia burguesa (y así lo internalizan las personas mediante procesos de socialización institucionalizados), es porque la autoridad del sistema requiere de personas sumisas y pasivas. Si tenemos un problema se nos enseña a denunciar, a llamar a la policía, a buscar la ayuda de una persona mediadora. En definitiva, se nos enseña aquello de «no tomar la justicia por nuestra mano.» ¿Pero qué hay más justo que buscar justicia por une misme? Actuar directamente es afirmar nuestra condición de seres humanos libres, sin reconocer la autoridad de instituciones o machotes en uniforme azul. Acción directa es solucionar nuestros problemas de forma digna.

Por otro lado, debido a que la acción directa deriva a menudo en confrontación física, los medios de comunicación y las personas complacientes de vivir sus vidas con obediente sumisión no encuentran problema para aborrecer la praxis de las personas autónomas y libres (que todes lo somos, pero algunes parecen no querer aceptarlo). La persona que decida actuar de forma directa (es decir, libre) tiene que aceptar que las probabilidades de conflicto físico son muy altas. Volvamos al ejemplo: hemos ocupado y bloqueado la discoteca, pero a la hora la policía se ha sumado a las cámaras de televisión. De buena fe decidimos hablar con les agentes de policía para anunciar nuestras demandas: no queremos tal ruido en nuestro barrio. No obstante, el sargento (o lo que sea) nos dice que la ley es la ley y nosotres la estamos incumpliendo (de hecho, como estos monos de azul no piensan mucho, nos demandarán que entreguemos a les líderes de la acción para que vayan a comisaria. ¡Como si un vecindario no pudiera organizarse sin representantes o voceres de turno!). Ante esta situación podemos actuar de dos maneras: 1) rendirnos ante la policía y cesar la acción, y 2) resistir y seguir con la acción. Si optamos por la primera opción estaríamos ante un caso de desobediencia civil. La segunda opción es la única manera consecuente de aceptar nuestra libertad y autonomía (además que muches vemos en esta opción una decisión mucho más digna).

La diferencia entre desobediencia civil y acción directa es más bien sutil, pero claramente la última lleva la búsqueda de justicia mucho más lejos, hasta las consecuencias finales de actuar libremente. Es por ello que decía que las personas que decidan actuar de manera directa tienen que tener claro que la confrontación física (y la represión estatal subsecuente) son consecuencias frecuentes de querer ser una persona libre. No obstante, han de tener también claro que el nivel moral de dichas acciones justifica tal confrontación (sea más o menos violenta). He aquí otro punto clave: el anarquismo, mediante la acción directa, aúna medios y fines en un mismo ente. La moralidad de nuestros medios ha de ser afín a la moralidad de nuestros fines. «Actuar de manera consecuente», que diríamos. ¿Por qué un armario en uniforme azul tiene más autoridad moral para decidir con qué nivel de ruido puedo dormir por las noches? O para tal caso, ¿qué autoridad tiene un remilgado juez para imponer su criterio sobre mi sueño? Nosotres decidimos cómo queremos dormir, y el barrio decidió poner fin al ruido de la discoteca. Es por ello que la confrontación física con aquellas personas represoras que intenten imponernos su criterio es una opción moralmente aceptable. Y nadie debiera rechazar dicha confrontación.

Finalizando. Son muchos, sin embargo, los problemas a la hora de definir acción directa. Históricamente se ha desarrollado un intenso y grandísimo debate entorno a esta cuestión. Ya a principios del siglo veinte, muchas voces anarquistas afirmaban que una huelga, por ejemplo, no es acción directa por no mediar directamente con la fuente del problema (argumentaban que una huelga busca unos fines que  no solucionan el problema, sino que lo reforman). Este texto solamente pretende presentar de forma sencilla la definición más laxa de acción directa. Dejemos para otro día estas otras cuestiones de mayor calado.

Clases sociales y análisis social

El concepto de clase social es de vital importancia para el estudio y compresión de la realidad capitalista. No dejan de sorprender aquellos comentarios que argumentan, o bien, la inexistencia de las clases sociales, o su invalidez analítica por ser elementos de un contexto pasado ya no aplicable a la sociedad de nuestros tiempos. Con este artículo pretendo argumentar todo lo contrario: que la vigencia de la sociedad de clases sigue siendo evidente y palpable. No obstante, este artículo no pretende ni profundizar en debates técnicos o académicos [1], ni establecer una tipología definitiva de clases. Me contento con señalar que las sociedades capitalistas en las que vivimos están estratificadas, y que el avance hacia la revolución social pasa por ser conscientes de ello.

Lo primero que hay que resaltar es que el concepto de «clase social» es una mera herramienta analítica, y por lo tanto tiene una función heurística que ayuda a la persona que se embarca en el estudio social. Como tal herramienta, puede ser concebida de múltiples formas en función al marco teórico desde el que se trabaje. Tener en cuenta esto significa saber que no existe una única manera de aprehender lo que llamamos «estratificación social.»

Las sociedades (y más en la actualidad) están estratificadas de una manera u otra: siguiendo lógicas diferentes, basándose en conceptos clasificadores distintos, etcétera. En las sociedades capitalistas dicha estratificación sigue una lógica predominantemente económica al estar centrada (pero no exclusivamente) en la producción. Así pues, aunque nos empeñemos en negar la existencia de clases sociales, difícilmente podremos negar la existencia de dicha estratificación social: nos basta con dar un paseo por cualquier ciudad capitalista para ver los efectos materiales de dicha estratificación. De esta manera encontramos barrios pobres y barrios ricos; personas que tienen que trabajar 12 horas diarias para sobrevivir, y personas que se bastan con firmar unos papeles a la semana para vivir holgadamente; grupos que son discriminados por el color de su piel, y grupos que son privilegiados por su credo religioso. Las sociedades capitalistas en las que vivimos están estratificadas, y al estarlo, es útil para la persona que se embarca en el análisis social establecer unas categorías analíticas que permitan agrupar a personas con similares características.

Ya he dicho antes que existen múltiples formas de aproximarse a la estratificación de las sociedades capitalistas. Una de ellas, la iniciada por Karl Marx, es la que pienso es la más conveniente para un análisis realmente radical y revolucionario (por lo tanto, la más útil para les anarquistas).[2] La tipología de clases que promueve la teoría marxista es con frecuencia malinterpretada por anarquistas y marxistas de a pie (sobre todo les últimes). Para ello, tengamos en cuenta los siguientes puntos:

  • Las clases sociales no son homogéneas internamente: existen contradicciones y conflictos dentro de cada clase social. Un error típico, por ejemplo, es pensar que el proletariado en su total conjunto persigue los intereses de su clase. La contradicción resalta a la vista cuando vemos la cantidad de personas consideradas como «trabajadoras» que votan a partidos conservadores.
  • Las clases sociales no son compartimentos estancos: otro error típico es pensar que las clases sociales designan a personas de una manera estática y hasta «natural.» De tal forma, se tiende a pensar que si una persona nace en el barrio madrileño de Vallecas (por ejemplo) y trabaja de peón en la construcción es, de forma automática, «clase trabajadora» y por ello aúna las características conceptuales que se le asignan a dicha clase.
  • No solamente hay dos clases sociales (o tres si se quiere incluir a la manida «clase media»): pensar la sociedad capitalista en términos binarios (proletariado vs capitalistas), o con una triada (trabajadores, clase media, y capitalistas), es a todas luces un análisis simplista que reduce demasiado la complejidad de las dinámicas humanas que se dan en el capitalismo.

Teniendo en cuenta estos tres puntos estamos algo más preparades para desarrollar un análisis social mucho más rico y exhaustivo. Los siguientes puntos, son a mi parecer, vitales para realizar un análisis social más acertado:

  • Las clases sociales son posiciones estructurales: una clase social no es una categoría que define la «naturaleza» de un individuo ni su condición existencial en sociedad. No se es de una clase social como se es fan de un equipo de fútbol. Decir que una persona es «capitalista» implica situar a dicha persona en el complejo entramado de relaciones productivas que se dan dentro del capitalismo. Para ello imaginemos un «mapa del capitalismo» en el que situamos a las personas según la relación que tienen con la producción económica y el control de los medios de producción y el trabajo del resto de personas.
  • Si las clases sociales son posiciones estructurales, éstas están dialécticamente relacionadas entre sí: es útil y necesario definir una clase social en relación con el resto de posiciones estructurales dentro de la organización social de la producción. La persona clasificada como «proletaria» está relacionada con las personas clasificadas como «capitalistas» en tanto que la primera: 1) no es propietaria de los medios de producción, y 2) no dispone de autoridad en la organización de la producción.
  • Dado que las clases sociales son posiciones y relaciones estructurales, podemos encontrar una enorme variedad dentro de cada posición estructural: pensemos en la amplia categoría «clase trabajadora» (aquella que no es propietaria de los medios de producción y vende su fuerza de trabajo a otras personas). De esta manera encontramos que la clase trabajadora se puede, asimismo, diferenciar internamente en términos de: 1) nivel educativo y formación, y 2) existencia de responsabilidades dentro de la organización de la producción. Así podemos hablar de trabajadores no-cualificades, trabajadores no-cualificades con niveles medios de responsabilidad (como la persona encargada dentro de una cafetería pero que, no obstante, no es dueña del establecimiento), trabajadores muy cualificades sin responsabilidad directa sobre otres trabajadores, etcétera y más etcétera.
  • La clase social también se percibe de forma subjetiva: es muy útil diferenciar entre «clase social objetiva» (aquella dada por la posición real dentro de la organización social de la producción), y «clase social subjetiva» (aquella que las personas piensan que son). Mirando a las diversas encuestas sociales de las que disponemos, observamos que mucha gente se auto-denomina como «clase media» a pesar de estar posicionada en los niveles más bajos de la jerarquía productiva. De la misma manera, gente «más privilegiada» (como profesionales con estudios universitarios y puestos de trabajo que incluyen responsabilidad sobre el trabajo de otras personas) se auto-clasifican como «clase trabajadora.»[3]

Como se puede ver, el análisis de clases no es una tarea sencilla (y ríos de tinta se han escrito sobre el asunto). Dentro de cada posición estructural podemos diferenciar personas (capitalistas con empresas de 0 a 10 trabajadores, trabajadores cualificades con puestos de responsabilidad, trabajadores súper-cualificades con altos salarios pero que no son propietaries de los medios de producción, etcétera), así como podríamos también usar un marco teórico diferente para abordar la estratificación social (en vez de centrarnos en relaciones estructurales podríamos, como hace el análisis weberiano, centrarnos en los salarios percibidos y las relaciones laborales en el mercado de trabajo).

Sea como sea, si pienso que el análisis marxista es útil para la revolución social es porque es (seguramente) el único análisis exhaustivo que incluye una dimensión moral. Es decir, dentro de toda la complejidad que supone la estratificación social, hay personas que actúan de manera inmoral (explotando) y personas que sufren dicha explotación (explotades). Este tipo de análisis estructural nos permite, además, diferenciar de forma compleja el entramado de relaciones humanas que se dan dentro de la organización social de la producción.[4] Esto último nos permite discernir con mayor precisión las dinámicas que se institucionalizan y perpetúan las desigualdades sociales, económicas, y políticas.

Finalmente añadir que, si bien es cierto que el análisis marxista de clase es útil, nosotres les anarquistes le podemos dar una vuelta de tuerca más. Poco podemos añadir al análisis «objetivo» (con muchas comillas) de la estratificación social. No obstante es en el plano subjetivo y, sobre todo, en el análisis de las relaciones de autoridad y responsabilidad dentro de la organización productiva, donde la teoría anarquista puede avanzar el análisis social del capitalismo.

¿Y de qué nos sirve esto? Para algunes puede ser una mera forma de ganarse la vida en la academia; para otres puede ser una manera de pasar el tiempo. Pero estaríamos muy ciegues si no viéramos todo el potencial revolucionario que ofrece el «conocer a nuestres enemigues».[5] Cuanto más sepamos sobre las complejas maneras en las que se desarrolla el capitalismo, más oportunidades tendremos de construir un mundo nuevo donde la raza humana pueda vivir con libertad.

Notas

[1] Para un análisis en profundidad de las distintas maneras en las que se puede estudiar la sociedad de clase se puede leer a Erik Olin Wright.

[2] No seré la primera persona que se considera anarquista y que piensa, al mismo tiempo, que la economía política iniciada por Karl Marx (y desarrollada por un sinfín de marxistas, neomarxistas, y anarquistas) es el mejor intento de desentrañar el funcionamiento del capitalismo. Ojo, esto no significa que comulgar con los análisis económicos marxistas signifique también comulgar con las teorías políticas y organizativas que normalmente se asocian al marxismo.

[3] Las razones de esta percepción subjetiva que no concuerda con las posiciones estructurales de las personas en la organización social de la producción se debe a una miríada de factores que no entran en el contenido de este artículo. De forma somera, algunos de estos factores podrían ser: 1) la percepción de lo que es digno o no en sociedad, 2) la definición de «clase» únicamente en relación con el salario que se percibe, o 3) influencias sociales del entorno social (como familia, amigues, barrio en el que se vive, etcétera).

[4] Nótese además que siempre se habla de organización social de la producción, lo que recalca que el capitalismo es una invención humana y contingente históricamente hablando. Esto implica, como es obvio, que dicha organización es sustituible por otra mucho más justa.

[5] Y obviamente digo «enemigues» porque las distintas clases sociales tienen distintos intereses en esta vida.

Algunas aclaraciones sobre el anarquismo insurreccionalista

Muchas veces tendemos a perdernos en el mar de etiquetas que se ponen a la palabra ‘anarquismo’, sin preguntarnos tan siquiera si aquellas son realmente verdaderas, útiles, o beneficiosas. Una de las etiquetas que más llaman la atención es aquella de ‘insurreccionalista’, ya sea por la propia palabra en sí, por las personas que estereotípicamente son asociadas a ella, o por las acciones que son calificadas como ‘insurreccionarias.’ No obstante, las etiquetas, en muchas ocasiones, llevan a confusiones y rupturas entre personas que realmente son ideológicamente más cercanas de lo que pensarían. Las etiquetas se vuelven así una forma sencilla de ignorar los pensamientos de otras personas, pues nos facilitan encasillar y juzgar a les demás. Es por ello que pretendo con este texto aclarar, de forma muy somera, eso que tenemos por llamar ‘anarquismo insurreccionalista’ (AI). Además, al final de este texto encontraréis una lista de lecturas insurreccionalistas para profundizar en el tema, os animo a leerlas con atención y sin prejuicios.

En líneas generales, el AI se diferencia de otras posturas en términos de organización y acción, y no tanto en términos teóricos o filosóficos. La crítica a la organización formal y permanente, junto a la defensa de la acción directa (incluyendo la que cae en la ilegalidad de los distintos sistemas jurídicos que el capitalismo crea), serían los dos elementos más característicos del AI. Así pues, el AI aboga por la organización informal de afinidad frente al sindicato; el AI defiende el ataque directo (y violento cuando sea necesario) contra el capital, el Estado, la autoridad, y todos los símbolos de estos elementos.

Para el AI cualquier momento es bueno para comenzar la revolución social. En tanto que vivamos en una sociedad autoritaria, explotadora, y alienante (como lo es la sociedad capitalista), existirán razones suficientes para empezar a movernos en busca de nuestra libertad. Las crisis pueden acelerar los procesos revolucionarios, pero las razones ya existen a día de hoy, haya crisis o no. ¿Por qué esperar para actuar? ¿Es que no hablamos en serio cuando decimos que necesitamos construir una sociedad mejor?

Lo anterior nos lleva a la continua búsqueda de la sociedad anarquista. Dado que nosotres, les explotades, somos las contradicciones vivientes del capitalismo, la lucha ha de ser diaria y en todos los aspectos de nuestras vidas. El AI promueve la constante crítica de la realidad en la que vivimos, lo que incluye superar todo aquello que es considerado como ‘bueno’ y como ‘malo.’ El anquilosamiento mental que produce la tradición y la inmovilidad es lo que el AI quiere dejar atrás. Haz las cosas por ti misme, con quienes quieras, cómo quieras, y cuándo quieras. La revolución social no necesita de jueces que juzguen la moralidad de tus acciones ni el momento adecuado para empezar a buscar tu libertad.

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La distinción entre ‘anarquismo individualista’ y ‘anarquismo social’ es vacía y carente de utilidad. Las personas individuales no existen sin la comunidad, ni ésta sin aquéllas (por lo que el individualismo y el comunismo pasan a ser dos caras inseparables de la misma moneda, no hay contradicción entre ellas como a menudo se dice). La revolución social nace de los deseos libertarios de personas individuales que buscan romper con la realidad material y simbólica que les oprime cada día. Mientras que la libertad viene dada por una realidad en la que el acceso a los recursos y oportunidades/potencialidades de nuestras existencias son verdaderamente iguales para todes. Lo individual y lo comunitario no son contradictorios, sino que son interdependientes.

La revolución social no llegará jamás por medio de la organización formal permanente ni por ‘revolucionaries profesionales.’ El AI sostiene que las organizaciones permanentes terminan anquilosándose en su praxis, es decir, que la propia organización en sí acaba por convertirse en la razón de ser de la organización (o en otras palabras, «organizarse» se convierte en la meta final). Esto deriva en inmovilidad e inoperancia al deificarse la propia estructura del sindicato, la federación, o el partido. En muchas ocasiones la acción viene una vez que la organización se ha creado, es decir, primero se crea la organización permanente y luego se busca una causa por lo que pelear. El AI defiende que la organización ha de ser un medio en todo momento, nunca una meta final, y como medio, es susceptible de cambio y extinción.

Frente a la organización formal permanente, el AI propone la organización informal de afinidad. Los grupos de afinidad son por naturaleza flexibles, cercanos, y orientados exclusivamente a la acción. La asociación de individualidades con experiencias de explotación similares facilita la creación de marcos de acción que van desde la defensa de unos intereses (una plaza en un barrio popular) hasta al ataque directo (expropiación de un banco). El grupo informal de afinidad, al estar basado en lazos humanos de carácter íntimo, proporciona mayor seguridad a las personas que lo componen. La solidaridad y la confianza dentro de este tipo de grupos potencia el apoyo mutuo que permite llevar la lucha a niveles de mayor compromiso. De esta manera, para el AI el grupo es un «caldo de cultivo» que potencia el desarrollo individual, el cual es únicamente posible mediante la cooperación con otras personas. Cuando el grupo deja de ser un catalizador para la acción o para el desarrollo crítico de la individualidad, desaparece (sus componentes se disuelven y forman otros grupos). Mejor cambiar de gente y seguir avanzando la lucha, que anquilosarse en estructuras formales que idolatran la falsa «armonía» de las relaciones humanas.

Por otro lado, el AI no solamente trata de quemar coches patrulla, lanzar cócteles molotov, o expropiar bancos.  El AI no pretende idolatrar al ilegalismo ni convertir a les insurreccionaries en héroes o mártires. El ilegalismo es un medio más que ha de ser empleado según el contexto y según la valoración de cada grupo de afinidad (o individuo). Es por ello que el AI no defiende estar en la ilegalidad continuamente, pues todes nos vemos forzades a ser cómplices del capitalismo en algún punto de nuestras vidas. No obstante, el AI tiene presente que la ilegalidad y el ataque a los mecanismos del poder son dos medios siempre al alcance de nuestras manos.

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Tal vez la consigna más famosa del AI sea «ataca al Estado, ataca al capital, ataca a la autoridad, ¡no van a desaparecer por sí solos!» El AI se opone enérgicamente a las posturas (ya sean anarquistas, comunistas, etcétera) que abogan por «esperar», por «madurar la consciencia social», por «crear mayores movimientos de masas.» El AI no cree en la revolución social como una revolución de masas caída del cielo. La revolución social, para el AI, llegará por medio de insurrecciones diarias in crescendo. La idea de que la revolución social llegará una vez que una amplia mayoría de la población esté dispuesta a cambiar la sociedad es, desde el AI, simplemente irreal. ¿Cómo se empieza una revolución si no se tiene experiencia en la acción? Así pues, el AI entiende la insurrección diaria como la mejor propaganda: no solamente se adquieren experiencias que nos enseñan a ver nuestros errores, sino que adquirimos habilidades y destrezas que no se pueden adquirir de otra manera. Además, la insurrección muestra a la gente que se puede atacar al Estado, que éste no es intocable. Si un puñado de grupos pueden expropiar un banco, ¿qué podría hacer toda una población? En definitiva: el AI sostiene que se aprende actuando y que la acción es la única manera de perseguir nuestras metas. No esperes a que «las masas se levanten», porque si nunca se han levantado no sabrán qué hacer. Actúa. Aprende. Comparte. No te quedes parade.

Finalmente, de lo anterior se deriva que las insurrecciones son simplemente modestos intentos para llegar a la revolución social. Para el AI la revolución social es una meta constante. Sin embargo, no deifica la revolución ni la considera una utopía lejana. Para el AI la revolución social es algo concreto, y es por ello que podemos avanzar hacia ésta en todo momento. La insurrección diaria es la materialización de esta consciencia, por modesta y pequeña que sea. Sabotajes, pequeñas expropiaciones, difusión de zines, arte callejero… la insurrección está en todas partes y puede manifestarse de muchas maneras, pues la insurrección es la ruptura con la normalidad que nos ahoga. Solamente si rompemos con la alienante normalidad de nuestras vidas cotidianas podremos llegar a la revolución social. La importancia de las insurrecciones radica en su naturaleza «vírica.» Al ser acciones pequeñas, éstas son fácilmente replicables, y la replicación conlleva aprendizaje y mejora.

La revolución no es ninguna utopía-fetiche: es una necesidad vital.  ¡Esperar es morir!

Lecturas

El Placer Armado – Alfredo M. Bonanno

Anarquismo, Insurrecciones, e Insurreccionalismo – Andrew Flood

Propuesta para Entender la Organización de una Manera Distinta – Insurrection

Desarrollar Relaciones de Afinidad – Willful Disobedience

Actions Speak Louder than Words – Derrick Jensen [Inglés]

Some Notes on Insurrectionary Anarquism – Killing King Abacus, no. 2 [Inglés]

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