Ante la miseria, subida de impuestos

Congratulémonos; sí, hagámoslo con ahínco. La izquierda parlamentaria, toda vez ha abandonado la radicalidad, si es que alguna vez se supo dueña de ella, ha llegado a una nueva conclusión, a una nueva panacea contra el capitalismo: subir los impuestos a los más pudientes; pero no contentándose con esta medida, que ya por sí sola consigue que la mayoría de capitalistas del mundo, y en particular de España, recuperen su humanidad y se lancen a entregar todo su patrimonio a los desposeídos, han dado con otro remedio, a saber: que el Estado exija a las grandes fortunas, una vez éstas han usurpado y succionado toda la fuerza del trabajador, o como gusta decirlo ahora: una vez han creado riqueza, que estén fiscalizadas en su totalidad en su país de origen, es decir, que no evadan impuestos en uno de los diferentes paraísos fiscales que salpican la imperfecta esfera. ¡Menuda suerte! Seguro que los más miserables, contentos con las reformas, se arrojarán a los brazos de estos grupos en las siguientes elecciones. No obstante, el voto de todos vale lo mismo. Y es que en el parlamentarismo, lo más ridículo es siempre lo más democrático.

Hay que retomar, dicen, el espíritu de imposición fiscal en función a la renta. Sin duda, es esto lo más progresista, así pues lo más benigno para toda la sociedad. A más capital, más impuestos. Y ¿por qué no decirlo también? A mayor capital, mayor limosna. O peor que una limosna, pues ésta, dentro de lo repugnante de su aroma, al menos mantiene la voluntariedad del acto; el impuesto por el que declaman es una limosna obligada, requerida, por lo que pierde cierta, por llamarlo de alguna forma, virtud. Ambas deleznables, ambas sostenedoras de la inequidad y de la injusticia a través de los siglos siguen en plena vigencia. No creo que haya existido emperador, dictador, cacique, autócrata, déspota, amo, señor feudal o rey el cual no conociera la máxima que reza que cuando el pueblo está a punto de estallar en revuelta e insumisión hay que darle algo más de pan, holgarle un poco más las cadenas o, para el caso, repartir un poco mejor el pastel. Si funcionaba en la Roma fúlgida y en el Medievo oscuro, ¿por qué no iba a hacerlo ahora? ¿Ha cambiado en algo el alma del hombre? ¿No sigue igual de domada? ¿No piden ahora algunos sectores de la alta burguesía francesa y estadounidense, conscientes de esto que digo, que les suban los impuestos para así poder contribuir mejor al mantenimiento de los servicios sociales que necesita el pueblo? Es preferible que a uno le suban los impuestos un tanto por ciento mientras pueda mantener el control de los elementos de producción, pensarán en razón a sus intereses.

Ahora bien, que los que se supone representantes de los trabajadores, tanto partidos como sindicatos verticales y subvencionados, aboguen por tales medidas me resulta algo esperpéntico y escalofriante. No se olvide jamás: la riqueza que se crea en colectivo debe recalar en el propio colectivo. Sólo la riqueza que emerge individualmente puede y debe quedar en manos del productor original. Pero como no estamos ante este caso, pedir la colectivización autogestionaria, sin burocracia sindical o estatal, no puede quedarse en un grito del pasado, en un estandarte obsoleto; no, ahora más que nunca parece ser la autogestión de los propios trabajadores de sus herramientas de trabajo la única manera de llegar a abolir la miseria de forma definitiva. Fuera de esto, todo queda en medias tintas que bajo la llamada al progreso y a la conciliación buscan mantener la penuria, la escasez y la miseria; o a lo sumo: gestionarla con más humanidad.

#5AnarquistasBCN

Ayer, miércoles 15 de mayo, las fuerzas represivas del Estado, en este caso encarnadas en la policía autonómica catalana, los Mossos d’Esquadra, llevaron a cabo una operación orquestada por las instancias judiciales españolas (Audiencia Nacional) para acabar con las «organizaciones terroristas anarquistas» que, según dicen, y basando esta aserción en un escrupuloso estudio sin fundamento alguno, operaban alrededor del Ateneu Llibertari de Sabadell.

De este modo, en torno a las 9:00 de la mañana, la policía irrumpía en el Ateneo y se llevaba, como a posteriori se supo por la CNT de Sabadell, que también regenta dicho edificio, un par de discos duros de ordenadores y material de diversa índole. Al parecer, un colectivo llamado «Bandera Negra», que nada tiene que ver con el que actúa en Madrid como al principio aseveraban los medios de comunicación del Estado en su ignominia, tendría cierta relación, no se sabe cuál, con el Ateneo. Así también, se llevaron a cabo diversos registros en otros puntos de la geografía catalana, concretamente en Avinyó y Catallops. La relación entre sujetos de puntos tan diferentes podría estribar en una página de Facebook en la cual se realizaría el supuesto enaltecimiento del terrorismo. Aun así, las informaciones son difusas y contradictorias, por lo que nada se puede confirmar por el momento. Toda esta operación de estilo, que tan bien queda a ojos del buen ciudadano, se ha saldado con 5 detenidos, los cuales, en principio, comparecerán en la Audiencia Nacional este mismo viernes.

Pero ¿cuál puede ser el motivo ulterior de todo esto; y por qué es justamente en la efeméride del 15-M que se realiza susodicha operación? Sencillamente, para deslegitimar a todo el movimiento asambleario y autogestionario, y por extensión, a todo la tendencia ácrata que ha venido reforzándose en los últimos años. Siempre ha sido así, y no iba a cambiar de un día para otro. A poco que se alza el vuelo y el mensaje empieza a calar en ciertos sectores de la población, el Estado democrático actúa sin vacilación inventándose acciones violentas (no olvidemos el abyecto Caso Scala) o amplificando otras (todos esos violentos que fueron detenidos antes del Asedia el Congreso y que, contra toda lógica, fueron absueltos sin cargos son buena muestra de ello).

Es importante que el ciudadano de a pie tenga su buena dosis de lucha antiterrorista para que se sienta más tranquilo. Ah, ¡qué sería de vosotros, pobres diablos, si esos anarquistas consiguieran sus objetivos y os organizaseis libre y horizontalmente; sería, sin duda, vuestro –nuestro– fin!, parece susurrar tácitamente el telediario de turno. Para ser unos utópicos, mucha inquina y fijación se nos tiene.

En definitiva, no queda sino pedir la liberación inmediata de todos los detenidos sin que pese cargo o multa alguna sobre ellos.

¡Mientras haya Estado, habrá represión; mientras haya capitalismo, habrá miseria!

¡La lucha es digna!

¡Libertad!

La panarquía, una aproximación

El término «panarquía» es un concepto que hunde sus raíces etimológicas en el griego («pan»; todo y «arquía»; autoridad, principio o gobierno) y que, empero, fue originalmente propuesto por el economista Paul Émile de Puydt como símil de competición pacífica entre gobiernos de distinta índole en su artículo «Panarchie», publicado en julio de 1860 en la Revista Trimestral de Bruselas [1]. A pesar de que se ha usado, y supongo se usa, también como «gobierno de todas», me centraré en la primera significación dada, que en cierta manera es la que tanto libertarianas*, no confundir con libertarias**, como las sedicentes anarquistas capitalistas han tomado e incorporado a su corpus teórico. (¡Pero no nos alarmemos, esto sólo es un dato accesorio!).

Abordando más profundamente su definición, tal como escribirá Émile de Puydt, la panarquía no sería sino «[…] la libre competencia en materia de gobierno»; es decir, la libertad que tendría una misma para elegir la forma de gobierno bajo el que querría languidecer, sea un día, sea toda la vida, en un régimen contractual un pacto entre la propia individua y el marco gobernativo; este contrato sería siempre revocable al instante, no pudiendo impedir u obligar en ningún caso a la persona a permanecer bajo su estela más tiempo del que su corazón, razón, o ambas, le indicasen. Así, el economista político nos dice que «[…] uno se encontrará a su gusto, pasando de la república a la monarquía, del parlamentarismo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia e incluso a la anarquía del Sr. Proudhon». Sin embargo, no debemos pensar en este cambio de sistema sociopolítico como algo estático, como una mera migración a través de un territorio, sino como algo absolutamente voluble y disoluble; allá donde se encuentren un centenar de individuas con inquietudes similares se erige un sistema hecho a ellas mismas mediante un contrato revocable; ora se forma en aquel pedregal una república, ora una monarquía en aquel otro cenagal; por allí surge una anarquía y más adelante un sistema liberal, o un fascismo, según convengan; por supuesto, todos los gobiernos y Estados se diluyen con la misma facilidad con la que brotaron, o perduran a través de los años, si no siglos. La competencia entre los distintos gobiernos será la encargada de mantener los más prósperos en alza, así como de arrojar los más abyectos al abismo del olvido. Es, en fin, un mercado en toda su amplitud: un mercado que se autorregula, que no pone límite a la voluntad y a los apetitos vitales de las personas y que asienta todo su peso teórico bajo el conocido epígrafe liberal: «laissez faire, laissez passer» (literalmente: dejar hacer, dejar pasar). En efecto, el principio de no-agresión se torna piedra angular, inamovible, de este sistema; sin éste, todo el marco cae por su propio peso. Es así como el economista belga pretende solventar el problema que supone que gobiernos inherentemente imperialistas, expansivos, y nada respetuosos para con el resto de individuas o colectivos, tales como el fascismo, el comunismo estatista, la monarquía absolutista o la democracia liberal intenten anexionar, ocupar, explotar, etcétera., otros territorios libremente fundamentados.

En cualquier caso, sopesaré los principales inconvenientes, ya expuestos y contestados por el propio Puydt en el ensayo original, al cual podéis acceder más abajo, quizá en otro artículo. Ahora sólo pretendo bosquejar algunas trazas de esta idea, no tanto por rescatarla como panacea, sino como ejercicio que entiendo puede ser interesante para el replanteamiento del propio anarquismo.

Los intereses del belga al forjar este sistema son dos. Primero, extender la idea de libre mercado, a la que profesa mucha confianza, a los poderes políticos. Y segundo, eliminar cualquier atisbo revolucionario en el futuro. Pero por sobre todo es el segundo punto el que expone con más gusto: «Lo que es admirable en este descubrimiento [refiriéndose a la panarquía], es que suprime para siempre las revoluciones, motines, desórdenes callejeros y hasta las más mínimas emociones, la fibra política. ¿No está contento de su gobierno? Tome otro». La revolución y la rebelión son a ojos del economista algo execrable («detesto las revoluciones», afirma). El cambio no pasaría por una revuelta sangrienta, sino por un simple traspaso de competencias de un órgano social, gubernativo, a otro. «Pero si toda presión cesa; si todo ciudadano mayor es libre de elegir y no por una vez, como consecuencia de alguna revolución sangrienta, sino siempre y en todas partes, en el dédalo de los aspectos gubernamentales, los que corresponden a su espíritu y a su carácter o a sus necesidades personales; libre de elegir, entendámonos bien, pero no de imponer su elección a los demás: y todo desorden cesa, toda lucha estéril se vuelve imposible», dice más adelante. La estructura que se superpone y que cimenta todo esta doctrina es, reitero con la misma insistencia que de Puydt, la libre competencia entre gobiernos, la búsqueda original, individual, del orden que más case con las agitaciones intelectuales y emocionales de una misma; está sujeto, en fin, al libre examen de todas las personas, considerándose este modelo ley natural y sinónimo de progreso, de avance humano.

Max Nettlau, el Heródoto del anarquismo, fue uno de los que se sintieron atraídos por esta nueva cosmovisión del mundo. Si bien, como él mismo dice [2], no se identificaba con todas las premisas expuestas en las cuartillas originales de Émile de Puydt, quiero pensar que por sus connotaciones liberales, sí creía necesario al menos exponer la panarquía como idea ciertamente interesante. Y eso es lo que, humildemente y en mis limitaciones, he pretendido con este escrito. Si algún juicio personal se ha escurrido entre la tinta, lo lamento, pues no era ni mucho menos mi intención.

Ahora queda, ¡cómo no!, a juicio de cada una, en función a sus vicisitudes personales, el aceptar o no este modelo, el tomarlo como digno marco para el ideario ácrata, el renovarlo como molde de análisis, como sinónimo de libertad política absoluta; o bien al contrario: razonar que es imposible, que es una utopía contraproducente, reaccionaria, que podría llevar a sabe dios qué horrores y que, por todo ello, no merece ninguna atención, por lo que es mejor borrar todo lo leído y expuesto.

[1] Artículo de Paul Émile de Puydt.

[2] Artículo de Max Nettlau alrededor del mismo término.

*Para que no haya lugar a confusiones: me gustaría aclarar que en este artículo aquellas palabras que se refieran tanto a hombres como a mujeres (en este caso, libertarianos) serán escritas exclusivamente en la forma femenina. El motivo por el cual he decido llevar a cabo tal procedimiento es sencillo: visibilizar cómo el lenguaje es capaz de diluir o reforzar según qué actitudes y pensamientos. Espero, pues, que este uso impacte al lector y le anime a tener en cuenta el lenguaje inclusivo, o al menos que sea consciente de la importancia de éste. Si supone, por algún casual, un ejercicio demasiado arduo o un inconveniente de peso para una buena exégesis del ensayo, por favor, ruego se lo hagan mirar.

**Básicamente, los libertarianos, englobados en el más abstracto libertarismo, son liberales radicales que se están promulgando muy bien en según qué círculos de EEUU. Por contra, los libertarios son anarquistas socialistas.

Contra la PAH: Sobre la falsa moralidad burguesa

A raíz de los acontecimientos recientes, en los que se ha visto a los adalides de la legalidad soltando soflamas y sofismas contra la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), todas tan burdas como intentar asociar el escrache que ha venido desarrollando en las últimas semanas contra diversas personalidades políticas con lo acaecido con los nazis y su persecución sistemática a los judíos (he aquí el nivel político de la reacción) o, no menos absurdo e insultante, inventarse no se sabe muy bien qué vínculos con el entorno de ETA, táctica retórica que tan buenos resultados le ha dado siempre a unos y a otros, he decidido escribir este pequeño texto que espero sirva para hacer denotar al lector el fariseísmo de los que profieren tales exabruptos. Esta actitud desacreditadora la podemos ver plasmada en los dos partidos que pugnan por conseguir el voto derechista, incluyendo aquí al progresismo, a saber: UPyD y PP; personificado, a su vez, en algunos de sus miembros más ilustres: Rosa Díez, por el lado del primero, a la que le ha gustado siempre de las asociaciones lógicas ETA-nazismo, y la conocida represora Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno de España en Madrid, que representaba, no hace tantos años, el sector más liberal del PP, y que ahora vemos como lo que acaba por ser todo sujeto que se acerca siquiera un rumor al poder: un opresor, antes potencial, ahora fáctico. Sus deplorables declaraciones son conocidas por todos, así como sus intenciones desestabilizadoras, por lo que pasaré a otro aspecto que yace en el trasfondo del asunto y que creo que se está obviando.

 No es casualidad que justo ahora que los movimientos sociales se están radicalizando, aunque sea con liviandad, al ver lo falaz de la democracia burguesa y mercantil, los reaccionarios se guarden asustados bajo las mismas faldas, arguyendo continuamente y dirigiendo el debate hacia dos principios morales que creen, a todas luces, absolutos: El primero de estos dogmas de fe bebe directamente del cristianismo, y de hecho está recogido en los textos bíblicos, concretamente en Mateo 7:12, y dice así: ‘’Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley (…)’’. Fórmula coloquial que, a buen seguro, todos reconocemos bajo el siguiente aspecto: ‘’No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti’’. Son por lo menos tres las ocasiones en las que, en distintos debates televisivos, me he topado con esta cantinela cristiana, convertida en tótem moralizador para todo el mundo. De otro lado, y como anverso liberal, está la también conocida máxima moderna según la cual ‘’Mi libertad –la de todos– termina donde empieza la del otro’’; que el anarquismo recoge y potencia hasta los límites del infinito del ser humano.

A priori, ambas sentencias morales parecen no sólo deseables para todos los hombres, sino el súmmum de todo pensamiento que persiga unos fines mínimamente humanos. Dudo que haya alguien que no se halle atraído de una forma u otra por estos dos asertos. Incluso yo, que voy a intentar desentrañarlos como enunciados contraproducentes y falaces, me asombro por las vibraciones positivas que levantan en mí, aun cuando provengan de bocas y mentes de lo más aviesas y retrógradas. Y es que estos argumentos han sido usados por los sectores más conservadores desde hace, me atrevería a decir, cientos de años. De hecho, al empezar a bosquejar este escrito en la imaginación, me vinieron a la cabeza unas cuartillas escritas por el anarquista Antonio Faciabén, y que recoge Xavier Díez en su magnífico libro El anarquismo individualista en España [1], que tratan precisamente sobre estas leyes morales absolutas, particularmente de la primera, pero que sin duda puede extenderse a la segunda; en éstas, como digo, Faciabén afirma lo siguiente:

«Esta máxima, que parece encerrar la suprema ley moral, que todos deberían acatar para establecer la verdadera armonía de las relaciones humanas, si bien reflexiona, no es más que uno de tantos sofismas que existen en la sociedad autoritaria, tan apegada a las frases huecas y a la petulancia. Tendría algún valor ese postulado en una sociedad igualitaria, en la que todos se hallasen con las mismas facilidades externas para vivir y prosperar (…)».

En este breve fragmento, tomado de consideraciones más amplias, el autor sentencia, muy acertadamente, que toda la letanía moralizante por la que la burguesía ha optado, más cercana a la moralina barata, tendría alguna razón en una sociedad erigida en principios libertarios e igualitarios, pero no así en una autoritaria, asentada en principios mercantiles y cosificadores de la vida humana. En efecto, poco sentido tiene para el individuo que se ve abocado a la pobreza más miserable a causa de la insolidaridad y la falta de ética de unos cuantos, el respetar las convenciones que precisamente esa minoría parasitaria del esfuerzo individual del trabajador ha consolidado como evangelio. Han hecho de sus intereses particulares derecho y ley, perjudicando así a la mayoría.  Es más, puedo afirmar, pues no hace mucho yo mismo fui uno de ellos, un retrógrado, que estas ideas de igualdad ni siquiera asoman por su mente. La legalidad vigente les ha vuelto ciegos y mecánicos, haciendo tábula rasa con toda persona que se sale de sus cuentas economicistas, de sus parámetros, pasan a despreciar cualquier valor humano basado en la fraternidad y en la solidaridad. La libertad sin igualdad es una entelequia. ¿Con qué cara podría yo decirle al mendigo que duerme en frente del Palacio de Liria –el ejemplo no es casual, es real– que no asalte o se sienta violento para con los ricachones que podrían alimentar con sus sobras a miles de individuos? ¿Cómo se le podría decir a este compañero que ‘’Su libertad termina donde la del otro’’ o que ‘’No haga a los demás lo que no quiera que le hagan a él’’? Vergüenza me da este hecho del que me considero cómplice directo, no así que los hijos de un dirigente popular lloren por un escrache.

 Han tomado la educación y los medios de comunicación y con estos, la conciencia de la población, dándole la vuelta a la ética. Ya no son los insolidarios que acaparan toda la riqueza humana, aquellos que con su avaricia evitan la fortuna de otros, los que se deben sentir apesadumbrados por su actuar; no, ahora son los pobres, los desahuciados, los que no tienen nada que perder pero sí mucho que ganar, los que al parecer deben pedir disculpas por acciones que no llegan ni a lo que se merecen todos estos arribistas modernos. Hemos llegado a un punto totalmente kafkiano.

En definitiva, para no extenderme mucho más, finalizaré con una cita de Bakunin, la cual se ajusta a lo que quiero expresar en este texto: «No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres». Por tanto, no se debe aceptar ninguna moral –que no ética– hasta llegar a la mayor igualdad posible de todos los hombres, que no es sino la consecución de la libertad definitiva, máxima aspiración histórica de todo ser humano.

[1] DÍEZ, Xavier. El anarquismo individualista en España (1923-1938) (pg. 196-197)

A quién nos dirigimos

A todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Tan simple y anodino como esto. Decir que el anarquismo tiene otro objetivo que no sea conseguir las mejores condiciones materiales y mentales para el hombre sería mentir a sabiendas, bien por ignorancia bien por encono personal. Liberación individual y social; bienestar individual y social no son sino sus bases; la cultura, en sus dos sentidos, su método principal. ¿Pero –se pensará– quién no querría tal avance, tal vida para todos y cada uno de sus congéneres? A primeras tintas, me vienen a la mente sensaciones dispares, mezcolanza quizá de la confianza que profeso a la capacidad empática del hombre y, a su vez, la constatación de que las condiciones en las que éste se desenvuelve en la actualidad son, tanto física como moralmente, paupérrimas; por un lado, diría que sí, que todo el mundo, en términos generales y con infinitos matices, aspira a tales fines armónicos; pero, por otro lado, no veo  que esta voluntad esté, en efecto, materializada más que como lo inverso, es decir, como abulia del individuo ante la miseria social.

Todas las ideologías, al menos en apariencia, formulan los métodos que debe seguir el ser humano para alcanzar el mayor bienestar social y, por tanto, pretendidamente individual… Sin embargo, a poco que veamos su actuar, su devenir histórico, sus formas y sus oquedades teórico-prácticas, nos hallaremos en la terrible conclusión de que no pretenden en verdad acabar con la miseria; en todo caso pretenden ser sus gestores, y a lo sumo, los mejores en esta función. Todo queda en pura charlatanería. Un ejemplo relativamente meridiano de esto que digo es la irremediable contradicción que la mayor parte de ideologías cometen respecto a sus fines y sus métodos. Sus fines, como ya he dicho, parecen ser los mismos que los de los anarquistas, y se ajustan al querer humano. No obstante, y he aquí lo importante del asunto, todas divergen con el ideal ácrata en los métodos, que al final son los que determinan la forma en la que se llega a un objetivo y como éste se materializa. Mientras instan a buscar una sociedad más libre y justa, se valen de herramientas coercitivas tales como el Estado, el cual no es sino un aparato represivo al servicio de muchos o de pocos que aplasta al individuo, quedando en evidencia su hipocresía y sus verdaderas intenciones: obtener el poder, y una vez conseguido éste,  perpetuarse todo el plazo temporal que les sea posible. El anarquismo se ha cuidado mucho en este aspecto, buscando siempre una concordancia absoluta entre fines y medios. La máxima que reza que no se puede llegar a una sociedad sin imposición alguna mediante la autoridad efectiva sobre los sujetos que la compondrán con posterioridad es algo que los anarquistas, no así los marxistas, han comprendido siempre. El anarquismo es, en esencia, pacifista (aunque las condiciones históricas le hayan llevado a ejercer la violencia, ésta no es ni será parte de su código moral, ni podría serlo, ya que esta violencia ha respondido las más de las veces a ataques contra los propios anarquistas, es decir, ha surgido como autodefensa, lo que dista muchísimo de un método autoritario sistemático y arraigado). No busca, como otros, que el yugo de los muchos caiga sobre el cuello de unos pocos, por justificadas que pudieran ser o parecer las razones. Tampoco busca un pretendido orden basado en un implacable aparato represivo, como desean los diferentes fascismos, sean del tipo que sean. Y mucho menos se contenta con fórmulas que maquillan la explotación diaria, técnica que la socialdemocracia usa con gusto a diario. No, los libertarios, en palabras del filósofo ácrata Christian Ferrer: ‘’ (…) se parecían [los anarquistas] más bien a santos, es decir, a personas que evangelizaban en pos de su idea a las poblaciones, pero que sobre todo asustaban; lo que asustaba de los anarquistas no es tanto su supuesta violencia, sino sus demandas, y sus demandas era de traer el cielo a la tierra ya, algo que implicaba una transformación tal de la sociedad que asustaba a los poderosos’’. Nuestro compañero argentino usa el pasado porque se refiere, claro está, a momentos pretéritos del movimiento anarquista. De estas claras palabras se pueden extraer tres ideas primordiales para entender lo que es el anarquismo. Primero, es evangelizador (espero no se desprecie este término por sus connotaciones religiosas), es decir, cultural, pero no representa la cultura elitista del pensador académico que mira desde lo alto acontecimientos sociales que, aunque estudia con detenimiento, no vive, no palpa; se refiere a una labor casi de apostolado, como haría el anarquista gaditano Fermín Salvochea la mayor parte de su vida, yendo de cortijo en cortijo y de pueblo en pueblo hablando a las gentes analfabetas de otra forma de sociedad. Los ejemplos a este respecto son infinitos. Y segundo, reproduciendo la expresión de Ferrer, la cual me parece muy acertada para que sea entendido mediante una imagen mental contundente: ‘’traer el cielo a la tierra’’, esto es, reproducir las condiciones materiales mejores para que todo individuo, y por descontado todo grupo humano, pueda desarrollarse libremente. Todo ello sin necesidad de estructuras ajenas al propio individuo o al grupo, pues ese desarrollo debe lograrse en colaboración de unos con otros, lo cual entra en claro contraste con el resto de ideologías, que necesitan de líderes, de partidos, de estructuras opresivas, etcétera. La tercera idea a destacar sería su inmediatez, ese ‘’ya’’ que acompaña a la oración anterior y que la completa, así como esa radicalidad de transformación de la realidad que asusta, y asusta al poder. Las reformas, como ya se ha dicho, son mero maquillaje, vendas que se ponen a una enfermedad demasiado avanzada, en definitiva, son un método que se ha visto repetidamente fracasado para mejorar la condición vital de las personas. Por todo esto, el anarquismo preconiza la revolución del individuo de adentro hacia afuera, desde abajo hacia arriba, sin intermediarios, sin ningún tipo de férula que frene al hombre en su lucha por la libertad más absoluta.

Y, bueno, se me espetará, qué tiene que ver todo este circunloquio, este rodeo, con el asunto inicial. Tiene mucho que ver. Si visto está que el anarquismo tiene claras diferencias con el resto de fuerzas en tanto al método, también podríamos decir que guarda ciertas distinciones en cuanto a quién llama a la lucha. Y las guarda, precisamente, por ese fondo filosófico que se ha esbozado con ligereza en el párrafo anterior. A diferencia de otras fuerzas revolucionarias que llaman continuamente al proletariado, el anarquismo, aun cuando no se pueda obviar la importancia que éste le da, sobre todo desde la vertiente anarcosindicalista, clama al hombre y a la ética, a todo aquel que quiera un orden justo, pero sin tibieza ni moralina, sea de la clase que sea. Y es esto, a mí entender, lo que lo hace especialmente interesante, acertado y hermoso. Yo, que no soy ningún proletario, más bien lo contrario, me he visto embaucado por su filosofía por esta misma razón: por su llamada a la humanidad en general y al individuo en particular a construir unos con otros una sociedad más armónica. En este sentido, podríamos decir que es más interclasista que el marxismo; esto, que para algunos podría resultar una debilidad, para mí representa uno de sus principales atractivos. Por ello digo, al igual que empecé este escrito, que el anarquismo se dirige a todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Ni más ni menos.

Contra la Ley

“Yo doy vueltas a un peñasco que obstaculiza mi camino hasta que tenga bastante pólvora para hacerlo saltar; doy vueltas a las leyes de mi país en tanto no tenga la fuerza de destruirlas” —Max Stirner.

Resulta muy extraño, a la par que plausible, que muchos críticos con la religión, con el clero o con el teísmo en general, sean tan vehementes en sus pesquisas contra el antiguo y el nuevo Dios, contra su liturgia y sus voceros y que, no obstante, sean tan religiosos, tan dados a la veneración del rito y al postrarse ante una imagen absoluta y universal como aquellos. Extraño porque parecería lógico que en el momento en el que uno ha renegado de Dios, no se caiga en la misma burda trampa del pensamiento. Y plausible porque, a su vez, es una constante humana, del individuo concreto, la de buscar en un ente ajeno un punto de apoyo moral y ético, como así lo ha sido y lo es el concepto de divinidad. Pero que sea admisible no quiere decir que sea respetable, ni que se deba incentivar tal modo de actuar.

La mayoría de las ocasiones el ateísmo, la apostasía y la herejía quedan como mera superficialidad de otra forma de religiosidad aún más entroncada si cabe en la psique humana: la de la ley. Una ley que, por el hecho de basarse su creación en estructuras jerárquicas que no atienden al querer del individuo, no merece respeto ni consideración alguna. Es decir, leyes que no surgen como herramienta en favor del individuo y como consenso de un grupo social más o menos amplio, y que, por tanto, su condición, su existencia, atiende a otros avatares (da igual cuáles sean, en tanto que no nacen de mí o de un acuerdo con mis congéneres, son execrables) que deben ser sistemáticamente rechazados por el sujeto que añore la libertad más allá de donde la cifre un documento penal, jurídico, etcétera. Mil veces razón tenía Albert Libertad cuando proclamaba e invitaba a los ciudadanos a quemar sus documentos nacionales de identidad para, así, pasar a ser nuevamente personas, seres humanos en su plena acepción, que niegan su condición de esclavos del inventariado estatal, que niegan, en definitiva, su condición de números archivados bajo unos reglamentos legislativos acuñados bajo sinuosos, o muchas veces no tan sinuosos, parámetros.

De tal modo, y volviendo al argumento inicial, pululan en la actualidad caudales de ateos que arrogantes critican al teísta, al creyente, con superioridad moral mientras que son tan teístas como el que más. El católico arde en ascuas si se increpa a su Dios; de igual modo el ateo moderno se asusta, se bloquea y se le llevan los mil demonios cuando alguien le niega toda validez a sus leyes. Carcomidos por el contrato social generalizador de derechos y deberes, son incapaces de encontrar otro punto de apoyo fuera de la ley, fuera del Estado, que les permita retomar las riendas, no ya de sus vidas, que también, sino de lo más importante: el pensamiento individual, base de toda libertad. Mujeres y hombres regidos por designios ajenos a ellos mismos  y que, sin embargo, se creen libres de toda injerencia moral externa. ¡El siglo XIX, éste es un siglo sin duda de luz y ciencia, por lo que todo Dios ha muerto! No hay creencia más falaz que ésta. La amplitud moral del ciudadano genérico está coartada desde el mismo instante en el que nace, desde el momento en el que está predestinado a asumir unas obligaciones determinadas y una moralidad sesgada. Nada le diferencia del esclavo de Dios del hoy y del ayer. Nada, excepto su arrogancia. Puedo afirmar sin temor a caer en error alguno la siguiente máxima: Si bien antaño Dios era hacedor de leyes; hogaño son las Leyes las que son hacedoras de dioses.

Así, si asumimos que nos hallamos tan aherrojados a las leyes como se hallaban nuestros antepasados a Dios y sus ministerios, también podremos asumir que es tan primordial acabar con uno como con otro. Ya no estamos ante el si dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer de Miguel Bakunin; no, ahora sabemos que existe, sabemos qué quiere y a quién sirve: sólo hay que acabar con él. Las formas de hacerlo son diversas, pero si tuviera que quedarme con una, me quedaría con la descrita hace unos siglos por el filósofo Étienne de La Boétie, cuando dice en su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra uno (excepcional, por cierto, el último modelo titular) lo siguiente: Estad resueltos a no servir y seréis libres. No deseo que lo forcéis, ni le hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más; y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe. Y añadiría: si ves que ya es demasiado débil porque una parte sustantiva ya no la soporta, y aquí vendría el porqué de la cita inicial de Stirner: aplástala.

A partir de ahí, de su aniquilamiento, ya sería deber del nuevo hombre libre el de hacer su camino en función a una libertad compartida, a una igualdad hermana, evitando todo resquicio autoritario y jerárquico que pudiera servir de germen para el resurgimiento de nuevas (pero siempre antiguas) formas de dominación; es decir, a partir de la destrucción sería inevitable la labor de construcción antiautoritaria y armoniosa que el anarquismo siempre ha propugnado.

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