Esperanza

Nos movemos en la más absoluta vacuidad,
aun cuando pretendamos lo divino,
y ansiemos rozar lo eterno,
somos poros de la realidad vacía;
despojos que pululan cabizbajos,
languideciendo entre el frío asfalto,
soñando permanecer impertérritos,
mientras la vida todo lo asfixia;
vida que se deslíe en muerte,
que deviene en engranaje maquinal
de acero, óxido, lágrima
y latido usurpado.

El poder todo lo aflige,
todo lo contamina,
todo lo turbia…

Tenemos existencias aherrojadas
al vil querer del poseído,
que torna irrebatible
[lo desconocemos]
en querer del desposeído,
al que le ha sido arrebatada toda luz,
toda gracia y toda humanidad,
al que hemos tomado por nuestra
oscuridad y coronado con nuestra indeferencia…,
es a ése al que nos debemos,
al que brilla más hondo que nosotros mismos,
pero todo lo ve negro,
como exánime viviente;
como una orquídea diurna…,
al que la burla cercaría si pudiere,
[y puede]
al que la savia le ha sido negada,
pero que guarda,
en cerca recóndita,
alguna ignota pasión…,
ése que no posee reflejo en la mirada
mientras la fija en la infinita viscosidad
de un procesador mental,
de una máquina martilleante
o de un ruido mercantil…,
a ése nos debemos,
[somos hermanos]
pues en lo putrefacto de su carne,
perenne,
se encuentra la pureza
del gesto revolucionario.

BÁRCENAS, LOS SOBRES, LOS SOBRESUELDOS, ¿Y QUÉ MÁS?

Con el caso Bárcenas, el pútrido aroma del sistema parlamentarista ya llega a las fosas nasales de una buena parte de la sociedad. La indignación salpica, en mayor o menor medida, a todos los medios de comunicación; hasta los más serviles parecen dar cierta concesión a la rabia desestructurada y desideologizada de una gran parte de la población. Sueldos en B, sobres con sumas de 1.000 euros a la bases hasta 15.000 euros a la cúpula del partido —de los que no se salva ni el mismísimo presidente del Gobierno; los veintidós millones de euros de Bárcenas en Suiza, su posible aprovechamiento de la amnistía fiscal para limpiarlos, sus chalets y propiedades repartidas por toda la geografía ibérica… Y sin embargo, algo no se oye en los medios. Los tertulianos se mesan las barbas y los cabellos reclamando dimisiones inmediatas, auditorías internas e investigaciones de la fiscalía con vehemencia. Los sectores populares medianamente críticos piden la cabeza del líder popular y de todos sus adláteres reaccionarios; se crean peticiones populares para tal fin que llegan al cuarto de millón de firmas a menos de un día de su creación; se realizan concentraciones en las sedes del PP en las principales ciudades del país; hasta se pretende ocupar de nuevo las plazas públicas en una especie de resurgimiento romántico de la rebeldía ciudadana… Pero algo queda por contar, o al menos es esa la impresión que queda después de tragarse todo el fervor periodístico y de regeneración pretendidamente democrático del sistema.

Empero, ¿qué es lo que no está acaparando una cuota de pantalla siquiera igual a toda la retahíla de cosas que he nombrado anteriormente? Evidentemente se esconde lo más desestabilizador del asunto: el papel y la influencia del gran capital, de las grandes empresas nacionales y supranacionales, en los gobiernos de la democracia capitalista y estatal. De tal manera, el Estado no es más que una suerte de títere que intercede a favor de los grandes bolsillos  y que se reflejan fehacientemente en el parqué bursátil. Todavía no he visto a ningún comentarista y creador de opinión pública echar pestes sobre las grandes empresas con tanta fuerza con la que tira guijarros punzantes a la cabeza de, según su propia terminología, la casta política, que no es sino el brazo ejecutor de la casta capitalista, es decir, del capital. Más que centrar la crítica sobre los sobres, las cuentas en Suiza, etcétera, acciones que son sólo consecuencias, se debe centrar ésta sobre la causa, que, como digo, no es otra que, nuevamente, el paradigma mercantil y estatal. No es casualidad que se concedan ventajas de todo tipo a empresas como Mercadona, del idolatrado capitalista Juan Roig —de la cual todos sabemos su currículo de explotación laboral y denigración humana—, Sacyr Vallahermosa, OHL, Ploder, Bruesa, entre tantas otras. Este hecho no se puede achacar, sería extremadamente irresponsable, a un caciquismo exclusivo del ámbito nacional, pues este corporativismo fuerzas estatales-fuerzas capitalistas viene dándose desde el mismo inicio de este modelo crematístico, es decir, de ponderación de la mercancía.

De este modo, una crítica radical, en cuanto que va a la raíz del dilema, no puede quedarse en la superficialidad socialdemócrata o en la estulticia de los sectores de la derecha, no, como siempre ha de ir más allá, ha de apuntar directamente a los culpables: el Estado y sus dueños, a los que de verdad éste primero representa en cada una de sus decisiones. La corrupción, por tanto, es imposible de erradicar mientras existan estos dos entes interdependiente el uno del otro. Pretender su eliminación con un simple cambio de actores en el teatro parlamentario responde, simplemente, a una concepción obtusa del papel del Estado. En definitiva, no hay cabida para buenismo ni confianza en un sistema que se ha demostrado incapaz de moldearse a sí mismo. Se ha de reclamar lo que se viene reclamando desde hace mucho en los ambientes antiautoritarios: ¡Autogestión, autogestión y autogestión! Autogestión de los trabajadores de su medio de trabajo, autogestión de las gentes de sus relaciones sociales y democráticas y autogestión, en fin, de nuestra propia vida.

¿Es eso lo que llamáis «vivir»?

El siguiente texto ha sido transcrito en función al texto original, publicado en el número 370 de «La Revista Blanca», a fecha de febrero de 1936. Traducido por E.Muñiz y escrito por Émile Armand, histórico anarcoindividualista francés. A continuación el escrito en cuestión:

El amanecer, levantarse; al paso  largo o poniendo a contribución algún medio de locomoción rápido, dirigirse al «trabajo». Esto es, encerrarse en un local, espacioso o reducido, aireado o falto de aire. Sentado ante una máquina de escribir, teclear para transcribir cartas de las cuales no se escribiría la mitad si hubiese que escribirlas a mano. O bien fabricar, accionando un aparato mecánico, piezas siempre semejantes. O también no alejarse más de cierta distancia de un motor del cual se trata de asegurar la marcha o vigilar su funcionamiento. O finalmente, mecánica y automáticamente, de pie ante un telar, repetir los mismos gestos y hacer los mismos movimientos. Y esto durante horas y horas sin variar, sin gozar de ninguna distracción y sin cambiar de atmósfera. Todos los días.

 ¿Es eso lo que llamáis «vivir»? ¡Producir! ¡Producir más! ¡Producir siempre! Como ayer, como anteayer,  como mañana si no está uno enfermo o muerto. ¿Producir? Cosas que parecen inútiles, pero cuya superfluidad está prohibido discutir. Objetos complicados de los cuales sólo se tiene en las manos una parte, una parte ínfima y de los que ignoramos el conjunto de las fases de fabricación. ¿Producir? Sin saber el destino de su producto. Sin poder negarse a producir para quien no es de vuestro agrado y sin poder hacer exposición de la menor iniciativa individual. Producir pronto, con rapidez. Ser un útil de rendimiento que se estimula, que se apremia, que se atropella, que se agota hasta que ya no puede extraerse nada de él, ni un céntimo de beneficio.

 ¿Es eso lo que llamáis «vivir»? Salir desde por la mañana a caza de la clientela. Perseguir y acosar al comprador serio. Saltar del Metro a un taxi, de un taxi a un autobús, de un autobús a un tranvía eléctrico, a menos que esto no sea en un río cenagoso. Hacer cincuenta visitas en su jornada. Gastar la saliva en ponderar su mercancía y desgañitarse depreciando la de los otros. Volver a casa por la noche, tarde, sobreexcitado, extenuado, inquieto, haciendo desgraciados a cuantos le rodean, vado de toda vida interior y de todo estimulo hada un mejor ser moral.

 ¿Es eso lo que llamáis «vivir»? Palidecer entre las cuatro paredes de una celda; sentir, prevenido, lo desconocido del porvenir que os separa de los que son vuestros y sentís vuestros, por lo menos, por el afecto o por la comunidad de riesgos. Experimentar, condenado, la sensación de que vuestra vida se os escapa y que ya no podéis hacer nada por determinarla. Y esto por espacio de meses y de años. No poder luchar ya. No ser más qué un número, un juguete, un andrajo, un objeto matriculado, vigilado, espiado y explotado. Todo esto mucho más allá de la equivalencia del delito cometido. ¿Es esto lo que llamáis «vivir»?

 Vestir una librea. Durante uno, dos o tres años repetir los gestos del matador de hombres. En plena flor de la juventud, en plena explosión de la virilidad, encerrarse en inmensos edificios, de donde no se sale y donde no se vuelve a entrar sino a hora fija. Consumir, pasearse, despertarse y hacer todo y nada, a hora fija. Todo esto para aprender a manejar los instrumentos que quitan la vida a desconocidos. Para prepararse a caer un día, herido por algún proyectil venido de leguas de distancia, proyectado también por manos. Entrenarse para perder o para hacer perecer. Triunfo y peón en manos de los Privilegiados, de los Poderosos, de los Monopolizadores y de los Acaparadores. Mientras que uno no es privilegiado, ni poderoso, ni poseedor de maldita la cosa. ¿Es a esto a lo que llamáis «vivir»?

No poder aprender, amar, aislarse ni deambular a su antojo. Tener que permanecer encerrado cuando luce el sol o cuando las flores de la pradera exhalan sus aromas. No poder trasladarse al Mediodía cuando el cierzo es glacial y cuando la nieve azota nuestras ventanas. Ó al Norte cuando el calor es tórrido y cuando la hierba arde en los campos. Ver ante sí, siempre y por todas partes, leyes, postes fronterizos, morales, convenciones, guardas campestres, jueces, fábricas, cárceles, cuarteles; hombres uniformados que protegen, mantienen o defienden un orden de cosas que entorpecen u obstaculizan la expansión del Individuo.

¿Es a esto a lo  que llamáis «vivir», oh enamorados de la «vida intensa», turiferarios del «progreso», poseedores a la rueda del carro de la «civilización»?

Yo llamo a esto vegetar, llamo a esto morir.

La anarquía como sublimidad democrática (y III)

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA COMO FALACIA GENERALIZADA.

La palabra «democracia» y, por ende, el mismo concepto que ella designa, tienen su origen en Grecia. Parece, pues, lícito, y aun necesario, recurrir a la antigua lengua y cultura de la Hélade cuando se intenta comprender el sentido de dicha palabra, tan llevada y traída en nuestro tiempo.

Para los griegos, «democracia» significaba «gobierno del pueblo», y eso quería decir simplemente «gobierno del pueblo», no de sus «representantes». En su forma más pura y significativa, llevada a la práctica en la Atenas de Pericles, implicaba que todas las decisiones eran tomadas por la Asamblea Popular, sin otra intermediación más que la nacida de la elocuencia de los oradores. […] Se trataba de una democracia directa, de un gobierno de todo el pueblo.

Así comienza, muy acertadamente, Ángel Capelletti, filósofo anarquista argentino y profundo conocedor del periodo clásico, su célebre artículo ‘’Falacias de la democracia’’, publicado en el periódico de la CNT de Bilbao [1]. Es muy significativo que antes de iniciarse a desmontar los motivos por los que la democracia liberal y parlamentaria no es verdaderamente una democracia, introduzca su etimología, así como la concepción que se tuvo en principio de aquella, como elementos que se tornan necesarios de conocer. Dejando de lado la falla que supone, y él así lo denota a continuación, que el pueblo griego se reducía a un grupo insignificante de la sociedad (exclusivamente ciudadanos libres se situaban amparados por el término), es importante rescatar esta concepción de democracia como «gobierno del pueblo» y no como «gobierno de sus representantes.»

Pero Capelletti no se detiene ahí, y prosigue:

La democracia moderna, […], a diferencia de la originaria democracia griega, es siempre indirecta y representativa. El hecho de que los Estados modernos sean mucho más grandes que los Estados-ciudades antiguos hace imposible -se dice- un gobierno directo del pueblo. Este debe ejercer su soberanía a través de sus representantes […].

Pero en esta misma formulación está ya implícita una falacia. El hecho de que la democracia directa no sea posible en un Estado grande no significa que ella deba de ser desechada: puede significar simplemente que el Estado debe ser reducido hasta dejar de serlo y convertirse en una comuna o federación de comunas.

Es decir, se asume que funciones organizativas superiores tales como el Estado necesitan de forma indefectible un orden de representatividad inferior, pues sino no son capaces de funcionar debidamente. Por tanto, se acepta una relativa pérdida de libertad —aun cuando esta sea total en tanto que  se pierde la autonomía en favor de un ente supraindividual— con el fin de que el sistema pueda mantenerse y no colapse y lleve al «caos».  Ésta es para el pensador argentino la primera falacia del discurso bien-pensante y pseudodemocrático que se vierte desde las cúpulas políticas y económicas. Las razones que le llevan a tal conclusión parecen claras: el criterio de elegibilidad no representa en última instancia el querer de aquellos a los que dice representar, es más, se podría decir, y mucho más en los virulentos tiempos que corren, que es justo al contrario, esto es, que su motor representativo no es el pueblo, sino vectores económicos que adquieren en algunos casos nociones casi divinas.

En cualquier caso, y dando por válida la opción de que no puede existir sociedad humana basada en principios no autoritarios y jerárquicos (afirmación fácilmente desmontable), nos encontraríamos ante otra falla en el planteamiento de la democracia representativa como panacea democrática, a saber: que la representatividad no abarca a toda la población, dejando a un importante colectivo (minorías sociales e individualidades de toda índole) fuera del sistema. Así, tal y como viene denunciando el anarquismo a lo largo de los últimos decenios, nos movemos entre periodos de dictadura económica —revestida, eso sí, bajo el fino manto de respetabilidad que pudiera conferirle una votación periódica—, que no difieren en exceso de tiempos pasados donde la libertad era una mera ensoñación. Y, para mayor escarnio, no sólo es ese el problema, pues aceptando que la voluntad mayoritaria es el mal menor, el mal que siempre, por defecto, hay que valorar en tanto que supuestamente posee la razón misma de la democracia, toparíamos en seguida con otro dilema: ¿Cuándo se delega la voluntad individual o colectiva en otro sujeto o grupo, se hace porque se cree que en verdad representará con fidelidad tus inquietudes, o más bien a modo de desentendimiento? Con poco que miremos cómo funcionan las dinámicas democráticas burguesas, nos percataremos que, en última instancia, el motor no es el primer caso sino el segundo. De esta forma presenta Capelletti la problemática:

La democracia representativa se enfrenta así a este dilema: o los gobernantes representan real y verdaderamente la voluntad de los electores, y entonces la democracia representativa se transforma en democracia directa, o los gobernantes no representan en sentido propio tal voluntad, y entonces la democracia deja de serlo para convertirse en aristocracia.

De este modo, vivimos regidos por una aristocracia que no sigue, y aunque su voluntad fuese tal no podría, el querer del pueblo. La población, sobre todo en esta crisis sistémica, empieza a darse cuenta poco a poco de la sinrazón democrática en la que vive; sin embargo, nos enfrentamos a otro nuevo dilema: esta desazón bien puede dirigirse hacia el autoritarismo político, económico, etcétera., o bien puede dirigirse hacia métodos más democráticos.

En general, muy pocas personas de este país, a menos que estén altamente politizadas, lo cual es la excepción y no la regla, pensarían en la anarquía como el sistema más democrático. Las razones por las que lo hace ya se han bosquejado brevemente en textos anteriores. Ahora bien, no por ello se debe dejar de reiterar que es ésta realmente la que impronta una mayor cota de libertad en el hombre y, por tanto, en la sociedad. El bello aserto «cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad» que lo comunistas libertarios del siglo pasado gritaban con vehemencia; el afán ilustrado de igualdad, libertad y fraternidad; la consecución de la autonomía individual sin esto menoscabar la libertad social; todos estos ideales, asentados sobre el apoyo mutuo y la cordialidad humana, no pueden, en definitiva, verse obviados en la actualidad. Por todo ello, la labor de regeneración —lo que desde aquí se intenta— ha de ser febril; la agitación continua y la organización anarquista incipiente. Como dice el filósofo argentino en el texto que he utilizado para vertebrar este artículo en su final:

Sólo la democracia directa y autogestionaria puede abolir los privilegios de clase y, sin admitir ningún liderazgo, reconocer los auténticos valores del saber y de la moralidad en quienes verdaderamente los poseen.

Y, decidme todos, anarquistas y no anarquistas, ¿qué es la anarquía sino la forma más sublime de democracia directa y autogestionaria por y para los seres humanos?

[1] Capelletti, Ángel. Falacias de la Democracia.

Sociedad como negación

La verdad de esta sociedad no es otra cosa que la negación de esta sociedadGuy Debord.

El nacionalismo es, sin duda, la negación de la sociedad a la que dice representar, entendida ésta como el conjunto de individuos que se asocian voluntariamente para proporcionarse una mejor vida los unos a los otros; pues, mientras que los políticos estadistas e idolatras de su poder arrojan todas sus alabanzas, éste, solemne, aniquila el querer del cúmulo de individuos que lo conforman. Estos son importantes en tanto producen riqueza para la nación. Podemos afirmar entonces que el conjunto real-sociedad está subyugado al conjunto irreal-nación. Pero, ¿hasta qué punto es esta sociedad real y tangible? ¿No resulta igualmente una entelequia? ¿Qué lazos se extienden entre nosotros más allá de languidecer bajo el mismo Estado o nación? De ningún modo podemos separarlos y hacer una distinción clara de qué es cada uno. Ambos son negación del otro. Podemos definir nación como sociedad y sociedad como nación, son términos ambivalentes que tienen como fin común la negación de la singularidad vital. Siendo esta doble negación la afirmación de la infausta situación a la que se ve abocado el sujeto que la forma, ya sea por voluntad propia o por imposición. Resumiendo: ambos son lo mismo y su finalidad es compartida: engullir la vitalidad de los individuos que contiene, así como el esfuerzo de los pequeños grupos afectivos que en esta máquina aséptica se puedan desarrollar.

De tal forma, por ejemplo, el derecho a vivienda es un elemento aplicado al conjunto social, y por ende pretendidamente individual, aun cuando no sea así, que es, y esto es innegable, incumplido sistemáticamente o, mejor dicho, sistémicamente, ya que podemos ver mendigos e indigentes en cada esquina, de cada barrio y de cada ciudad del país. Probablemente estos individuos sepan de su derecho a la vivienda, surgido de su inalienable derecho a la vida, como así también lo son su derecho a la alimentación, a la vestimenta u otras, mas no son capaces de proporcionársela, pues están sujetos y atados de pies, manos y pensamiento por la sociedad que se lo niega. Las viviendas desocupadas son consecuencia de la iniciativa individual, corporativa o propiamiente estatal (ente social) y surgen por el no pago, por la invalidación de ésta, por su embargo, etcétera., pero es la sociedad la que evita que sean ocupadas por el que no posee nada. No es otra más que la sociedad la que teme que se ocupen de forma ilegal, ya sea por inseguridad, por supuestos principios morales, o porque a sus integrantes es lo que le han soplado al oído desde que tienen recuerdos, esto es, que no es relativamente importante que el congénere humano muera aterido de frío a la puerta del Palacio de Liria, siempre y cuando el cadáver no caiga en la propiedad privada de la duquesilla ni la podedumbre del exánime mancille sus suntuosos jardines nobiliarios. Por tanto, el individuo que no posee bienes vitales no ha de confiarse el conjunto irreal nación o sociedad, Estado, Dios, etcétera., [1] sino que ha de confiarse a sí mismo. ¿No tengo techo bajo el que abrigarme los gélidos días de invierno? Bien, lo ocuparé. ¿No poseo hoy qué comer? Bien, lo tomaré. ¿No tengo actividad que realizar? Bien, la realizaré. ¡Basta de conciliar el frío, el hambre o la abulia con la creencia de que vendrán a rescatarnos! Es bien seguro que llegará reiteradamente la nación, la sociedad, el Estado, a tirarte a la calle, a apresarte entre muros, a humillarte, pero no puede nadie cejar en su empeño de vivir con dignidad. ¡Si el sistema está tan degradado que no puede procurar vida digna a todos, que no sean todos los que se arrodillen, sumisos y asustados, a un futuro incierto! Y no nos confundamos, lo vital no es una televisión, ni un coche, ni un frigorífico, ni un opulento habitáculo, ni majestuosas viandas, etcétera., no pretendas quedarte ahíto de caviar todos los días, empero si no tienes qué llevarte a la boca, ¡no caigas en la limosna! (¿Hasta qué punto de degradación humana hemos llegado que podemos vivir, lastimosamente eso sí, mientras nuestros hermanos mueren por doquiera?) Únete a otros como tú y ocupa, roba, lo que sea, con tal de conseguir un sustento que te permita subsistir; y no te escondas, es más, ¡haz saber por qué robas comida, por qué ocupas viviendas, por qué, en fin, quieres vivir con dignidad! Haz saber a la sociedad, a la nación, que, o te procura lo mínimo para vivir o tú mismo, siendo humano e inteligente, lo tomarás.

Y se me podrá tildar de ser parcial y demagogo, de fomentar la violencia irracional o incluso de ser un sujeto antisocial. También se me podrá echar en cara que ciertas sociedades más avanzadas, dígase países nórdicos o helvéticos, sí cubren las necesidades mínimas a sus conciudadanos. ¿Cómo poder renegar de esas idílicas sociedades paternalistas? ¡Sólo un loco lo haría! Pues bien, yo reniego de esas cálidas y tiernas sociedades, tan deleznables como las sureñas o cualquiera que siga el modelo parlamentarista-capitalista. ¿Por qué? Porque, como se dijo en la introducción de la anterior reflexión, estas sociedades no son en verdad más que naciones con ciudadanos exaltados. Es decir, no van más allá de naciones, de estados, parasitarios del esfuerzo individual y colectivo de su pueblo, renegando del concepto humano. Estos países succionan con tanta vehemencia el esfuerzo colectivo e individual que después, ahítos de todo, procuran darles lo mismo a sus ciudadanos; regocijándose estos últimos de su lamentable suerte. ¡Todos, absolutamente cada país del mundo tiene como paradigma a los Estados nórdicos! Son el paraíso capitalista hecho asfalto, edificio, compañía, impuesto y lágrima. Sin embargo, de lo que no parecen percatarse estos ávidos políticos nacionales y supranacionales, tertulianos todos, y demás secuaces, es que es inviable, por no decir esperpéntico, el pretender la impronta de este modelo al mundo: ¡Es imposible! Para que esos nórdicos disfruten de su bienestar, y no digo yo que sólo sean ellos, otros han de sostenerlos. Es la clásica dicotomía capitalista: unos sujetan el peso de otros, los más de los menos, los muchos de los pocos. Así que esos países tan idolatrados y perseguidos por los progresistas de todos los lares no son sociedades en el sentido hermoso de la palabra, es decir, comunidades de individuos con lazos afectivos palpables y fraternales, sino industrias fiscales arraigadas en la psique humana mediante el concepto de nación, por lo cual resultan altamente repugnantes. Abrazarse o confiarse a tales concepciones quiméricas sólo nos podrá llevar a caer nuevamente en el pútrido parlamentarismo, en el inicuo capitalismo y en el anacrónico nacionalismo como, por otra parte, nos ha demostrado no pocas veces la historia.

[1] Creo que convendría aclarar que uso indistintamente sociedad, Estado y nación porque, a pesar de los fructíferos debates que se han llevado a fin de delimitarlos, son un todo. Al igual que Dios en la liturgia cristiana está conformado por otros entes quiméricos tales como el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo, y estos a su vez se encuentra dispersos de forma ecuánime en toda la realidad; para mí, Estado, sociedad y nación son un mismo todo que se reparte indistintamente entre los individuos, oprimiéndolos y subyugándolos, ya sea por creencia en uno u otro.

La anarquía como sublimidad democrática (II)

El cuándo y el porqué: breve genealogía.

Aunque podemos atisbar rasgos claros del pensamiento ácrata desde los propios inicios de la labor filosófica, no es hasta la primera mitad del siglo XIX cuando se empieza a asentar el ideario anárquico como ideología política, con su consiguiente contenido moral y filosófico, en torno a la figura de uno de los padres del anarquismo: el pensador  francés Pierre-Joseph Proudhon que, a la sazón, fue el primero en referirse a sí mismo como anarquista (si bien es cierto que el término ya es usado durante la Revolución Francesa para referirse a los socialistas utópicos que profesaban un pensamiento extremadamente radical, es éste último, como digo, quien lo sella como cosmovisión política [1]), evidentemente desde un ángulo todavía algo ambiguo, en su obra «¿Qué es la propiedad?».

Muy pronto, debido al carácter resuelto, radical y crítico de los llamados anarquistas para con el poder y las autoridades que lo sustentan, la palabra va adquiriendo una connotación cada vez más desvirtuada y alejada de la realidad idiosincrática del prístino movimiento, pues se asume, errónea y falazmente, que el poder vigente es necesariamente armónico: ordenado, y por tanto, todo lo que lo provoca y se personifica públicamente contra él ha de ser lo contrario: caótico, desordenado. Este hecho es rápidamente aprovechado y alimentado por la propaganda estatal de todos los países, que pronto empezarán a injuriar contra todo lo que desprenda el aroma libertario. Así, a mediados del siglo XIX, durante la ola revolucionaria que salpica a la mayoría de países europeos, y debido al trasfondo cada vez más peyorativo que va envolviendo todo lo acrático, se dispara el número de publicaciones, líbelos y artículos que defienden con vehemencia la anarquía. En Francia podemos resaltar el lacónico líbelo escrito por el anarcoindividualista Anselme Bellegarrigue en 1850: el conocido como «Manifiesto de la Anarquía» [2] (Manifeste de l’Anarchie), publicado en pleno periodo revolucionario en el periódico libertario L’anarchie, journal de l’ordre –lo cual da buena muestra del interés que ha tenido el anarquismo en desligarse de su falsa acepción ya desde sus orígenes–; en este manuscrito, considerado como el primer manifiesto anarquista, Bellegarrigue recoge en su punto inicial, bajo el título «La anarquía es el orden», una serie de consideraciones que no pretende sino esclarecer el entuerto etimológico en el que se encuentra el término. El anarquista francés arremete con genialidad lógica y casi poética contra la significación fratricida que por aquel entonces pesaba sobre el ideal libertario, con la siguiente correlación de ideas:

En efecto: quien dice anarquía dice negación del gobierno; quien dice negación del gobierno, dice afirmación del pueblo; quien dice afirmación del pueblo, dice libertad individual; quien dice libertad individual, dice soberanía de cada uno; quien dice soberanía de cada uno, dice igualdad; quien dice igualdad, dice solidaridad o fraternidad; quien dice fraternidad, dice orden social.

Al contrario: quien dice gobierno, dice negación del pueblo; quien dice negación del pueblo, dice afirmación de la autoridad política; quien dice afirmación de la autoridad política, dice dependencia individual; quien dice dependencia individual, dice supremacía de clase; quien dice supremacía de clase, dice desigualdad; quien dice desigualdad, dice antagonismo; quien dice antagonismo, dice guerra civil; por lo tanto, quien dice gobierno dice guerra civil.

La tesitura léxica del momento no parece alejarse, revoluciones aparte, demasiado de la de nuestra cotidianeidad.

También es destacable el libro L’Humanisphère, Utopie anarchique, escrito por el anarquista protofeminista Joseph Déjacque que, siguiendo la línea literaria utópica y antiautoritaria (muy alejada, por ejemplo, de la obra de Tomás Moro) del Manifeste des Égaux, del anarquista primigenio  Sylvain Maréchal, desarrollará un modelo de sociedad armónico y pleno de libertad, muy en contra de cómo se ve en su momento un posible porvenir anarquista.

Los ejemplos de escritos que surgen como defensa a todas las injurias y sofismas vertidas sobre el concepto de anarquía son bastos y se dan, en mayor o menor forma, en todos los países de Europa, mas queriendo ser escueto en el desarrollo de este ensayo, creo que resaltando los más conocidos de la época se entenderá que esta polémica terminológica ha sido cuestión más que relevante en el desarrollo del pensamiento ácrata.

Dirigiéndonos a otro punto clave:

La Revolución Francesa, que acaba con una vorágine autoritaria digna de los más fervientes autócratas divinos,  da paso, como ya se ha dicho, a un ambiente revolucionario de aspiración liberal radial y/o socialista utópica que pretende conseguir un objetivo claro: la libertad definitiva para vivir y convivir en fraternidad, máxima aspiración humana. Esta aglomeración de devoción revolucionaria popular, de conspiración republicana  y de secretismo masónico contra el burocratismo culminará con la formación de la Comuna de París en 1871. Es en este punto, tras fracasar estrepitosamente la experiencia por factores más que analizados y aún cuestionados en los ámbitos académicos en los que no considero oportuno entrar, cuando se da un momento, a mi entender, clave en el devenir teórico y práctico del método anarquista y que tendrá, a posteriori, la culpa de que enraíce tanto y tan bien en la psique colectiva la concepción del anarquista como poco menos que Belcebú envuelto en bombas Orsini.

Rescatando la tesis desarrollada por Max Nettlau [3], diremos que en el periodo que abarca desde el fin de la Comuna de París hasta el asentamiento de la vertiente sindicalista libertaria, con separación incluida en el seno de la Internacional en dos tendencias bien diferencias y antagónicas: la autoritaria y la antiautoritaria, se produce un vacío en la teoría y en la praxis, sobre todo, en ciertos entornos marginales de las grandes urbes europeas. La quemazón por el tono autoritario que adquirió la Comuna, su brutal represión, los exilios obligados, la falta de un horizonte claro y las desavenencias en el movimiento revolucionario propiciaron el crecimiento de acciones de propaganda por el hecho individuales, singulares o en pequeños grupos, las cuales eran más hijas del hastío humano ante la injusticia, de la bestia animal que no soporta más sobre su pescuezo la bota de la opresión y de la miseria, que hijas de un horizonte político o filosófico claro: el ilegalismo endémico de finales del s. XIX y principios del s. XX [4]. Los regicidios, magnicidios atentados, la autodefensa, el robo y la acción directa violenta se convierten en la parte visible del anarquismo, quedando la inmensa labor pedagógica y cultural llevada a cabo entre el campesinado, sobre todo el italiano y español, y entre el ambiente fabril, en especial el inglés, alemán y americano, eclipsados para la opinión pública. Ciertamente ésta a veces veía con buenos ojos determinadas acciones violentas; pero no es analizar cómo se sentía aquella gente lo que pretendo, sino rescatar una idea muy simple y obvia: la historiografía estatal de todos los lugares y épocas hasta la actualidad es lo único que ha resaltado con alevosía del anarquismo.

A fin de no extenderme en exceso en un asunto que trataré en el próximo escrito diré que:

Al no ir el ilegalismo acompañado de una base teórica clara, y al no salvaguardarse bajo un grupo de pensadores que a su vez cubriese sus espaldas en la retaguardia mediática, éste se vio abocado al ostracismo, con tal suerte que se produjo una disgregación entre la intelectualidad anarquista: había una parte a la que le resultaba indiferente, otra lo rechazaba de plano, otra tanta  defendía la estrategia ora sí ora no, y otra, la menor, la hizo estandarte, despreciando al resto de doctrinas. Entre todo este desaire estúpido y ególatra, en el peor sentido del término, la imagen del anarquista, y por tanto la de la anarquía, ya estaba totalmente desfigurada. Y el tiempo no ha curado la herida, más bien lo contrario, ha hecho que supure con virulencia.

Es decir, mientras se perdía un tiempo valiosísimo para subvertir a la población en debates etéreos, en disputas intelectuales no menos fútiles, etcétera., el poder, que siempre tira de una (eso bueno hemos de admitirle, ¿no?), y gracias a su historiografía selectiva, ha pervertido el carácter de la idea, dándole un vuelco total.

Nuestra labor se ha de centrar en gran medida en paliar los errores pasados. La instrucción en Historia, en teoría política y en Filosofía se torna elementos, en verdad lo considero así, primordiales para subsanar esta lacra. Evidentemente la pragmática ha de estar al mismo nivel, sobre decirlo.  En definitiva, quien tiene la Historia de su parte es capaz de construir un futuro en la mente colectiva, y en tanto en cuanto esta historia siga falseada por el poder, no habrá futura acracia.

Blibliografía:

[1] Montseny, Federica. ¿Qué es el anarquismo?

[2]  Bellegarrigue, Anselme. Manifiesto de la anarquía.

[3] Nettlau, Max. La anarquía a través de los tiempos.

[4] Todavía no está claro el carácter anarquista de ciertas acciones pertrechadas por personajes de los más obscuros, como Ravachol, o ciertos grupos anarcocomunistas e individualidades ilegalistas de América y Europa, que parecían guiarse por principios de venganza y autosatisfacción. Pero como mi propósito no es polemizar: termínese de leer el texto.

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