El Capital VII: Tipo de la plusvalía y jornada de trabajo

La magnitud proporcional de la plusvalía producida por un trabajador en un día de trabajo es la proporción entre la magnitud absoluta de plusvalía producida y el capital invertido para la compra de la fuerza de trabajo. Esta magnitud proporcional es lo que llamamos tipo de la plusvalía. Si el salario de un día de trabajo se fija en cuatro euros y la plusvalía absoluta obtenida en ese día por ese trabajador también es de cuatro euros, el tipo de la plusvalía es de un 100%.  Esta relación expresa el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital.

Trabajo necesario y sobretrabajo

Durante una parte de la jornada, el obrero reproduce el valor diario de su fuerza de trabajo (el valor de las subsistencias necesarias para su mantenimiento). No produce su subsistencia directamente, sino en la forma de mercancía particular cuyo valor equivale al de sus medios de subsistencia. A esta parte de la jornada en que la producción es mera reproducción la llamamos tiempo de trabajo necesario.

La parte de la jornada que traspasa los límites del trabajo necesario no implica ningún valor para el trabajador, solo constituye la plusvalía para el capitalista. Llamamos tiempo extra a esa parte de la jornada y sobretrabajo al trabajo realizado en ese tiempo. La plusvalía es la materialización de este trabajo. Las distintas formas económicas de la sociedad se distinguen por la forma de imponer y usurpar ese sobretrabajo.

Producto líquido

Llamamos producto líquido a la parte del producto que representa la plusvalía. El total del producto líquido se determina no por su relación con el producto entero, sino con la parte que representa el trabajo necesario. La magnitud relativa del producto líquido es la que mide el grado de elevación de la riqueza.

Límites de la jornada de trabajo

La jornada de trabajo varía entre los límites que imponen la sociedad y la naturaleza. Hay un mínimo, el tiempo de trabajo necesario, el tiempo en el que el obrero trabaja para su propia conservación. Puesto que el sistema capitalista descansa sobre la formación de plusvalía, nuestra organización social no consiente descender hasta ese punto. También hay un máximo marcado por los límites físicos de la fuerza de trabajo.

Cada comprador trata de sacar del empleo de la mercancía comprada el mayor partido posible. Así, el capitalista que compra fuerza de trabajo tiene como objetivo absorber todo el sobretrabajo posible. Asímismo el trabajador aspira a no gastar su fuerza de trabajo sino en ciertos límites, solo quisiera gastar cada día la fuerza que puede rehacer gracias a su salario.

Hay, pues, derecho contra derecho, ambos sustentados en la regulación del intercambio de mercancías. ¿Quién decide entre dos derechos iguales? La fuerza. He ahí por qué la reglamentación de la jornada de trabajo se presenta en la historia de la producción capitalista como una lucha entre la clase capitalista y la obrera.

Explotación del trabajador libre

El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Desde el momento en que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador está obligado a añadir al tiempo de trabajo necesario un exceso destinado a suministrar las subsistencias al poseedor de los medios de producción (sea esclavista, señor feudal o capitalista).

Mientras una sociedad considere la utilidad por encima del valor cambiable (el valor de uso por encima del valor de cambio) el sobretrabajo encontrará un límite en la satisfacción de necesidades determinadas. Sin embargo, si en el sistema económico pasa a dominar el valor de cambio, se generalizará el hacer trabajar todo lo posible, sin límites marcados por la utilidad del trabajo. No se tratará entonces de obtener cierta cantidad de productos útiles, sino de obtener más y más plusvalía. A partir de ahí el capital monopoliza el tiempo, reduce el dedicado a las comidas y al descanso hasta el mínimo según el cual el organismo deja de funcionar.

Parece que el interés del capital debería impulsarle a economizar una fuerza que le es indispensable, pero lo cierto es que a cada momento hay exceso de población con relación a la necesidades del capital. Es evidente cómo la producción capitalista explota al medio y a las personas hasta la extenuación. En todo período de especulación cada cual sabe que un día ocurrirá el estallido, pero uno espera librarse del mismo después de haber obtenido los beneficios. El lema de todo capitalista es ¡Después de mí, el desastre!

La lucha por la limitación de la jornada de trabajo

El fin real de la producción capitalista es la producción de plusvalía o sustracción del trabajo extra. Los trabajadores salen del dominio de la producción de distinto modo a como entraron en ella. Se había presentado en el mercado como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo». El contrato a merced del cual vendía su mercancía parecía resultar de un acuerdo entre dos voluntades libres. Concretado el negocio, se descubre que el trabajador no era libre, que el tiempo en que puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el que está obligado a venderla. Para defenderse contra esa explotación es preciso que los obreros se organicen para que, mediante un esfuerzo colectivo (una presión de clase), se decida socialmente cuándo termina el tiempo que vende el trabajador y cuándo comienza el tiempo que le pertenece.

Publicidad y roles de género

¿Qué pasaría si invirtiésemos los roles de género en la publicidad? De esa premisa parten Sarah Zelinski, Kayla Hatzel y Dylan Lambi-Raine para realizar este video. La idea es mostrar cómo los medios de comunicación retratan los esteoreotipos de género.

El contenido está en inglés, pero las imágenes hablan por sí solas. Cabe destacar la conclusión que nombran del estudio de Levin & Kilbourne sobre la sexualización de la infancia, que utilizan como fuente: Una fuerte exposición a los medios de comunicación altera la percepción de los espectadores sobre la realidad social de forma que coincida con el mundo de los medios.

Como nota curiosa, Youtube marca este video con una advertencia de contenido, informando de que su contenido puede ser «inadecuado» y limitándolo a mayores de edad. Sobra decir que los anuncios que reproduce son perfectamente públicos y visibles por personas de cualquier edad.

 

Merece la pena echar un vistazo a las fuentes que nombran en la descripción del video. Especialmente a las dos últimas, que enlazo también aquí:

The Objectification of Women in Mass Media: Female Self-Image in Misogynist Culture [PDF]

Women as Sex Objects and Victims in Print Advertisements [PDF]

Nociones antidesarrollistas

Desarrollismo: Fase actual del capitalismo, fundada sobre la necesidad constante de acelerar el progreso técnico para pervivir. Un modelo territorial de centro-periferia donde las macroestructuras urbanas concentran a la población, los centros productivos y de poder mientras que el entorno rural es excluido y queda partido por las infraestructuras de comunicaciones (vías de alta velocidad, autopistas, redes de muy alta tensión…) y de producción energética.

Antidesarrollismo: El anticapitalismo en su fase actual. Una apuesta por el restablecimiento de los valores comunitarios y de vida tranquila. La recuperación y defensa del territorio que habitamos. La lucha por una sociedad libre y responsable en contacto con su entorno. La oposición decidida contra los planes de imposición del modelo capitalista como modo único de vida. La propuesta de devolver la economía y la técnica a la esfera política y, las decisiones políticas, a los grupos humanos libremente organizados de manera asamblearia y federalista.

Negación: Toda lucha debe partir de una negación intransigente que impugne toda la realidad presente: No es posible convivir con la destrucción capitalista. No es posible escaparse o vivir al margen. La desolación del medio es un problema prioritario, pues ataca a las condiciones mínimas de supervivencia. Acabar con el capitalismo y las imposiciones del Estado equivale a disputar las luchas en su contra, a profundizar en sus contradicciones, a superar nuestras miserias y plantear la disidencia desde la urgente necesidad de cambio. No se trata sólo de sentirnos realizados personalmente, sino de acabar con el capitalismo antes de que este arrase con la posibilidad misma de la vida.

Escala humana: Volver manejable la organización social, técnica y económica sin depender de profesionales de la economía, la política o la técnica. La interdependencia es deseable, pero determinado grado de especialización se vuelve necesariamente opresivo. La libertad de decisión exige de la capacidad de entender los fundamentos de los procesos económicos y técnicos sobre los que se ha de decidir. Del mismo modo, las grandes concentraciones de población en enormes complejos urbanos suponen la destrucción de la sociedad (con la extensión del individualismo más destructivo) y del territorio (por la incapacidad de las grandes aglomeraciones urbanas para generar relaciones sostenibles con el entorno). Sin una vuelta de estas condiciones a una escala humana se hace imposible la formación de un mundo libre y socialista.

Comunidad y clase: Fundamental para la extensión de un proyecto anticapitalista y libertario, la comunidad se conforma en las luchas abiertas contra el capitalismo. Lejos de bastar con la condición material de clase desposeída (definida por la falta de acceso a los medios de producción), los trabajadores deben reconocerse como una comunidad anticapitalista. La formación de una conciencia comunitaria digna, rebelde e intransigente en las luchas antidesarrollistas es la semilla de una sociedad que sólo se concretará si sabe oponerse desde abajo a la mediación (siempre impositiva) del poder. Las soluciones impuestas desde arriba, aunque positivas en apariencia, resultan siempre de la debilidad de la comunidad para defender sus posiciones. Las conquistas arrancadas mediante la exigencia y la lucha colectiva, en cambio, motivan siempre el aprendizaje y el empoderamiento colectivo.

Enlaces del mes: Abril 2013

Una nueva colección de enlaces con contenido interesante para los libertarios que pudieron leerse en Internet a lo largo del pasado mes:

Apuntes sobre El Capital VI: Capital constante y capital variable

Propiedad del trabajo de conservar valor creando valor

Hallamos en el valor de un producto el valor de los medios de producción consumidos. Por ejemplo, el valor del algodón y las brocas en los hilos. El valor de los medios de producción se conserva y se transmite al producto por medio del trabajo. Esta transmisión depende del carácter específico del trabajo, que produce bienes útiles determinados a partir de los medios de producción necesarios.

Pero en el producto encontramos también un valor añadido al que ya portaban los medios de producción. El trabajador añade este valor como trabajo en general (como gasto de fuerza humana) no porque el trabajo tenga esta o la otra forma útil particular, sino porque ha durado cierto tiempo.

El acto de añadir valor al objeto de trabajo y el de conservar el antiguo en el producto son dos resultados distintos que se obtienen en el mismo momento. Esto es debido al doble carácter del trabajo.

Este doble carácter aparece claramente cuando consideramos una invención que permite trabajar, por ejemplo, tres veces más rápido. Supongamos que tras esta invención, en 6 horas hilamos 5kg de algodón, lo que antes nos llevaba 18 horas. La cantidad de valor añadida por las 6 horas de hilanza sigue siendo la misma, solo que ahora producimos 15kg de algodón en lugar de 5kg. De tal manera que el valor por kilo que nuestro trabajo genera es tres veces menor mientras que el valor por kilo aportado por la materia prima se conserva.

El medio de producción solo transmite al producto el valor que pierde, perdiendo su utilidad inicial. Esto es claro en el caso de las materias primas y auxiliares. Para el caso de las herramientas, se puede calcular su desgaste diario en función de su duración media.

Esto indica que aunque dicha herramienta entra integramente en el proceso de producción de un bien útil, no entra más que parcialmente (su desgaste) en la producción del valor. Del mismo modo, un medio puede entrar íntegro en la producción de valor y solo en parte en la producción del bien útil. Por ejemplo, si sabemos que al hilar 115kg de algodón, de media se pierden 15kg inevitablemente como deshecho, el valor de esos 15kg se transmite a los hilos (ese valor perdido es condición de la producción) aunque no lleguen a formar parte del producto útil resultante.

No transmitiendo los medios de producción al nuevo producto más que el valor que pierden bajo su antigua forma, solo pueden añadirle valor si ellos mismos lo poseen. Su valor no se halla determinado por el trabajo en que entran como medios de producción, sino por el trabajo de donde se derivan como productos.

Valor meramente conservado y valor reproducido y aumentado

Es la fuerza de trabajo en actividad, el trabajo vivo, lo que permite conservar valor añadiendo otro valor. El capitalista debe a esta propiedad la conservación de su capital. Las interrupciones del trabajo y otras crisis, deterioran su capital (sus materias primas, utensilios, etc.) al mantenerlos inactivos.

Recordamos que el valor de los medios de producción se conserva bajo los cambios de forma, que los objetos sólo desaparecen para revestir una nueva forma útil, siempre en el ejercicio de la producción. Recordamos también que la fuerza de trabajo, al ser consumida, no sólo reproduce su propio valor sino que produce también valor de más.

En la producción, la parte del capital inicial que sirve para obtener los medios de producción (materias primas o auxiliares e instrumentos de trabajo) no cambia la magnitud de su valor. El acto de la producción solo transmite ese valor a un nuevo objeto útil. A esa parte la llamamos capital constante.

La parte del capital transformada en fuera de trabajo transforma el valor en una nueva producción. En ese acto, por un lado, reproduce su propio valor y, por otro, produce un excedente, una plusvalía mayor o menor. Esa parte del capital la denominamos capital variable.

¿Solo 11 contra 11?

Hay quien define el fútbol, parafraseando a Von Clausewitz, como la continuación de la guerra por otros medios. Efectivamente, el fútbol no es más que la representación de un enfrentamiento entre oponentes, una batalla desarmada por lograr una victoria. Una representación que, sin embargo, supera con frecuencia el marco en el que se desarrolla para irrumpir con fuerza en conflictos mucho más tangibles y reales.

El ejemplo de la batalla en Port Said (Egipto) es paradigmático. En febrero de 2012, al término de un partido entre el Al-Masry (local) y el Al-Ahli (de la ciudad de El Cairo) los hinchas de ambos equipos de fútbol llevaron la batalla más allá del deporte. Los aficionados del Al-Ahli, visitante, luchaban como defensores de las revueltas árabes frente a los hinchas del Al-Masry, partidarios del régimen de Mubarak quienes asaltaron el campo tras la victoria de su equipo, con la permisividad de las fuerzas policiales. 74 personas murieron. Paradigmático fue también aquel partido que en el año 90 enfrentó al Dinamo Zagreb con el Estrella Roja de Belgrado y que acabó en una batalla sangrienta con trasfondo étnico, el enfrentamiento entre serbios y croatas.

El club de fútbol como símbolo propiamente político es una identificación que se ha vuelto natural con el tiempo. Vázquez Montalbán definió acertadamente al Barça como el «ejército simbólico desarmado de Cataluña» y hoy, la relación conceptual entre este club y buena parte del independentismo en Catalunya es innegable.

Tampoco extraña a nadie que la labor de Bukaneros, seguidores del Rayo Vallecano, tenga un claro componente político y social, muy ligado al barrio trabajador que da nombre al equipo. O que como resultado de tal compromiso, la represión a los grupos de izquierdas y revolucionarios en Vallecas se cebe especialmente con ellos. El ejemplo de Alfon, detenido durante la última Huelga General, es claro; así como el del resto de Bukaneros detenidos durante los últimos meses, con el único motivo de ser activos políticamente y parte de la izquierda.

Ken Loach también remarca esta relación de la clase trabajadora con el fútbol en Buscando a Eric. En ella, un cartero británico aficionado al Manchester United se apoya en su ídolo futbolístico, Eric Cantoná, para retomar las riendas de su vida. Más allá del equipo y del ídolo, el director nos recuerda la importancia del sentimiento comunitario que se genera en torno al fútbol. El mismo sentimiento que lleva a muchos chavales en su día a día a convertir un par de jerséis en una portería y un bote de refresco en una improvisada pelota.

Al otro lado del espectro son bien conscientes de la capacidad de este deporte como elemento propagandístico. A estas alturas resulta ya un lugar común repetir que el sentimiento españolista se ha multiplicado a raíz de las recientes victorias de la selección nacional. Por poner otro ejemplo, también muy claro, los grupos políticos más fachas y reaccionarios han sabido situar al Real Madrid como una institución de su entorno ideológico. Esto se deja notar tanto en el lenguaje que esgrime el club y sus mandatarios como, desde luego, en la actitud de la mayoría de sus aficionados. El franquismo dejó notar su influencia sobre un club que, en algún momento, llegó a ser una referencia para la izquierda. La imagen del Madrid republicano, con sus jugadores alineados puño en alto, refleja esto a la perfección. Sin embargo, tras la dictadura el ya de nuevo renombrado como Real Madrid queda retratado en la expresión atribuida a sus aficionados: «Yo solo creo en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu». Tal cambio también se dejaría notar en su escudo, que perdería en 2001 el color morado de su banda (color que había adoptado en 1931 en representación de su origen castellano).

La capacidad simbólica del fútbol está, por tanto, más allá de toda duda. Anima conversaciones y debates, enfrentamientos y acuerdos imposibles, pasiones desatadas y rechazo absoluto. Sorprende aún que el fútbol reuniese, en plena guerra mundial, a los soldados de ambos frentes en la Navidad de 1914. Quizá influido por este relato real, el Atlético de Madrid realizó un anuncio televisivo en el que dos combatientes de la Guerra Civil, militantes de bandos contrarios, se encontraban en el bosque. Cuando ambos tenían ya los fusiles apuntados y poco antes de lanzarse a matar o morir, descubren que son los dos aficionados del atlético. Esto cambia el desarrollo de los acontecimientos y los dos combatientes, antes enfrentados, se reconocen ahora como personas afines. El fútbol tendiendo puentes a pesar de la brecha ineludible de la guerra. Aunque se trate de ficción, su fondo remite a una idea muy real: la importancia cultural del fútbol en la psicología y la personalidad de muchos.

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La más grande de las cosas pequeñas parece convertirse a veces en lo único importante. Una vía de escape que no soluciona nada, pero que ocupa (o malgasta) grandes cantidades de tiempo. Pero el fútbol, más allá del espectáculo de los grandes clubs, es también una expresión cultural, una forma de socialización y una manera de hacer deporte considerada de manera positiva por muchos.

Un análisis sobre el verdadero papel social de este deporte (de todo el deporte, en realidad) y de los valores que porta está aún por desarrollar. Un análisis que valore tanto sus aspectos negativos como los positivos, que no son pocos.

La crítica al espectáculo y al negocio del fútbol está presente en mayor o menor medida en el movimiento libertario; sin embargo, existen aún muchas implicaciones que no han sido exploradas ni discutidas. Habría mucho que decir, por ejemplo, de la cultura del fútbol desde una óptica feminista y contraria a la heteronormatividad. También está por explorar la función del deporte en la formación cultural de muchos chavales que pasan horas pegando patadas a un balón. Sirvan estos apuntes como caminos abiertos a la exploración y al debate.

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