Violencia y estrategia política

«Es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella.”
Julio Cortázar

Recordemos que el dominio, además de ejercerse mediante el consenso, también es impuesto a través de la violencia. Podemos ver esta violencia estructural en los desahucios, en la precariedad laboral, en las prisiones, en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en la desigualdad social y económica, etc. Esta violencia no es nada comparable a aquella que se ejerce desde las clases explotadas contra la clase dominante y siempre será legítima en cuanto suponga un medio de liberación, un freno a la opresión. Pero en torno a ella surgen voces discrepantes que cuestionan la violencia revolucionaria y provienen principalmente desde el moralismo pacifista. Esta es la falsa moralidad que no tiene en cuenta las relaciones de poder existentes en la realidad social y pone a la misma altura la violencia estructural con la violencia como medio de autodefensa y liberación. Los argumentos de ambas partes los tenemos bien sabidos y creo que no hace falta repetirlos. Partiendo de que la expropiación a la burguesía solo podrá realizarse mediante la violencia, así como las conquistas revolucionarias, ¿por qué existen numerosos casos de fuertes disturbios que no desembocaron en cambio social y político alguno? ¿La radicalidad se mide de acuerdo al grado de violencia desarrollada por los movimientos populares? ¿Por qué pese a su legitimidad la gente huye de los métodos violentos? Para contestar acertadamente a este tipo de preguntas, sería necesario trascender la dicotomía entre pacifismo y violencia, y por ello sería imprescindible que incluyamos un tercer componente para completar los análisis: la estrategia política.

La estrategia política se juega en el terreno social y va más allá de la confrontación directa con el sistema, es decir, en una lucha abierta de tú a tú. Implica buscar alianzas, definirnos ideológicamente, posicionarnos en el escenario político, crear estructuras orgánicas/organizativas, plantearnos por dónde comenzar a caminar, en qué frentes de lucha incidir, en qué espacios políticos meternos, cómo comunicar nuestras reivindicaciones a la sociedad, etc, que conformaría la estrategia de acumulación de fuerzas, crear movimiento y ser una fuerza política con capacidad material de cambio. Teniendo en cuenta ésto, la coyuntura social es determinante a la hora de optar por una táctica u otra. Pasemos ahora a incorporar el elemento «estrategia política» para un análisis más pormenorizado y sustancial de la violencia y el pacifismo.

La violencia revolucionaria no siempre ayuda al avance de la lucha social, incluso puede llegar a obstaculizarla. Esto se da cuando la violencia invisibiliza el trasfondo y las reivindicaciones políticas que haya detrás de una serie de protestas a través del culto a la violencia, o simplemente se mide la radicalidad con base en el grado de violencia desatada. Como suelo decir, «una turba cabreada de borrachos puede arrasar una ciudad entera sin provocar ningún cambio político y social a favor de la clase trabajadora». La violencia sin estrategia política es pura pantomima, una suerte de válvula de escape para desesperadas y aventureras que buscan el desahogo inmediato frente a la violencia estructural del sistema capitalista, aquellas personas que no ven más allá de romper escaparates y quemar sucursales, perdiéndose en el morbo de la destrucción y el fuego. Sin embargo, hay que reconocer que las luchas recientes como Gamonal y Can Vies, por nombrar las más cercanas en el Estado español, tuvieron éxito gracias al uso de la autodefensa. Pero esto no hubiese ocurrido de no ser por la existencia de un tejido social.

La vía pacífica es criticada desde el anarquismo como una táctica de lucha en las calles que no produciría ningún cambio radical, siquiera un cambio más o menos importante. Esto se puede corroborar en las protestas ciudadanistas totalmente pacíficas en las cuales solo han estado recibiendo porrazos y ninguna de sus reivindicaciones se llevaron a cabo. No obstante, también ha tenido sus puntos a favor y no podemos omitirlos: es accesible para diversas personas que compartan inquietudes comunes, lo que implica que la gente que esté cuestionándose el sistema pueda comenzar a actuar y crear nuevas relaciones; deja en evidencia que la violencia siempre la provocan las fuerzas represivas; y permite que los mensajes que se transmitan no se vean desplazadas y desacreditadas por los métodos usados para transmitirlas. Casos como los desahucios parados o las huelgas en algunos sectores podrían ilustrar que desde la vía pacífica o la resistencia pasiva también se pueden conseguir victorias, aunque sean pequeñas.

Una breve conclusión, que servirá como pincelada para unas nuevas perspectivas sobre el tema, podría ser; lo primero, superar los debates estériles entre violencia y no violencia, ir más allá y atender más al trasfondo de los actos y la estrategia política. Luego, que la violencia revolucionaria no sea objeto de culto, que es una táctica que debe emplearse cuando exista un soporte, es decir, un tejido social amplio que lo respalde y un pueblo fuerte que lo articule. Solo así permitirá que nuestras reivindicaciones no sean desplazadas por las calumnias y la criminalización del poder dominante. Y que la vía pacífica es una buena táctica en cuanto permite que la gente comience a movilizarse, conocerse para tejer lazos solidarios y su contacto con las luchas sociales. Tanto una vía como la otra tienen validez según qué coyunturas. No es la misma situación en el Kurdistán que en Chile, España, EEUU u Oaxaca. La cuestión es saber leer bien los mapas y mover adecuadamente nuestras fichas pero sin llegar a la obsesión de querer controlar todas las situaciones e ir dictando los métodos de lucha. Siempre hay que tener en cuenta que las acciones espontáneas pueden ocurrir, pero en el gran tablero del Risk que es el espacio político y social, nos vemos obligadas a jugar la partida, a no ser que queramos perdernos en el ostracismo para siempre.

Enlaces del mes: Julio 2014

  • ¿Cuál puede ser el aporte del movimiento libertario a una transición post-capitalista? A esta pregunta nos responde Emilio Santiago en su blog Los Niños Perdidos. Donde podemos leer: la acción anarquista siempre ha sido una militancia ligada a los movimientos de masas y las grandes luchas sociales.  Y esto significa, sencillamente y aunque no nos encontremos del todo cómodos, estar ahí, como dice Jorge Riechmann en una reflexión ética y poética cargada de sentido político: tenemos que estar ahí y participar no en el mejor de los procesos revolucionarios, no en la verdadera lucha que siempre parece que está ausente (como decía Rimbaud de la verdadera vida), sino en estos procesos y en estas luchas, que son los que tenemos y los que decidirán las cosas. También leemos en este blog una reflexión del autor sobre el manifiesto Última Llamada, que pretende llamar la atención sobre la urgente cuestión ecológica y que se presentó a principios del mes de julio con un importante apoyo de figuras mediáticas de la izquierda.
  • El manifiesto de la asamblea Orgullo Madrid 2014 en defensa de la diversidad sexual y de género y contra la precarización de nuestras vidas.
  • En el diario La Jornada, Raúl Zibechi nos relata el legado de represión dejado por el mundial de la FIFA en Brasil.
  • Rafael Narbona se pregunta en La Haine: ¿Es Podemos una alternativa de izquierdas?
  • Cooperativas, sindicatos, municipalismo, pueblos recuperados… ¿Con qué herramientas contamos para la superación del Estado? Leemos al respecto en alasbarricadas.org: Es decir, que siendo “posibilistas” respecto a lo que tenemos aquí y ahora, en realidad hay varios organismos que si se coordinaran en un proyecto coherente en realidad podrían gestionar la sociedad. Se necesitan grandes dosis de formación en todos los niveles, y de voluntad de derrotar el Estado, y no dejarlo a un lado. La lucha es multifacética y debe construir sus propias instituciones post-revolucionarias a partir de lo que hay. Este es el reto de nuestros días.
  • La soberanía alimentaria es la base para una autonomía popular real, nos lo argumenta Concepción Cruz en Borroka Garaia Da.
  • En La Marea, Antonio Baños repasa cómo las empresas tecnológicas, bajo la fachada del consumo colaborativo y el buen rollo, imponen entre las personas el capitalismo más salvaje.
  • ACTUALIZACIÓN: Entrevista a Francisco Sainz, del Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) en El Desconcierto.

 

 

Oda a la ociosidad

Una oda a la ociosidad presupone una crítica al trabajo[1]. Al ídolo trabajo, alabado por absolutamente todos. El debate y el problema entre ellos estriba en cómo organizar la producción; pero pocos ven el problema en el trabajo mismo. Una lección histórica es que no puede vencerse al enemigo apelando a su propia moral. La moral burguesa del trabajo no es una excepción. Por dos míseros puestos de trabajo, por dos empleados más, se justifica la destrucción de la naturaleza y de la persona. Todos, sin excepción, se ven arrodillados ante este ídolo que no acepta otro Dios a su lado.

Acometer esta crítica no es nada fácil. ¿Cómo hacerlo exactamente? Todo el mundo busca trabajo hoy en día, ¿y uno pretende criticarlo? Es tal la interiorización existente en cada uno de nosotros respecto al trabajo, a la productividad, a la ilusión cuantitativa del capital, que realmente es complicado darse cuenta. Lo rodea todo y a todas horas, incluso a uno mismo. Hasta el término «tiempo libre» es un concepto carcelario, que solamente sirve para que la fuerza de trabajo reponga energías y pueda seguir así produciendo infinitamente, fuera de toda lógica.

Cuando a cualquiera se le pregunta qué es (pregunta ambigua donde las haya, con una enorme cantidad de respuestas posibles), muy posiblemente, sin pensarlo siquiera, te responderá su oficio. «Yo soy peluquero». «Yo soy profesora». Eso es lo que somos. Nuestro trabajo. El capital, tras siglos de adiestramiento, ha sido terriblemente brillante al identificar por completo a la persona con su trabajo. De esta manera, la diversidad humana que se presupone que tenemos se ve reducida a su mínima expresión; al fin último de trabajar para conseguir dinero, para que de esta manera se pueda satisfacer la triste noción de libertad que se tiene actualmente; la de elegir qué mercancía escoger en los estantes de las tiendas.

En mitad de la ilusión cuantitativa del capital y de la abstracción metafísica del trabajo y del tiempo, surge una contradicción inmanente. Ciegos y sordos como son, se han perdido en el laberinto que ellos mismos han construido y no ven ni oyen los gritos de miseria de las tres cuartas partes de la humanidad. Por un lado, el sistema vive y sobrevive a raíz utilizar energía humana de forma masiva, mediante la explotación de la mano de obra en su maquinaria. Por otro lado, la ley de la competitividad empresarial impone un crecimiento constante de la productividad, en la que la fuerza de trabajo humana se sustituye con capital en forma de conocimientos científicos y tecnológicos. Esta contradicción ha hecho que el edificio se derrumbe por su propio peso, y a pesar de todas las evidencias, los gobiernos de todas las ideologías siguen queriendo «dar un empujón» y «hacer lo que sea» para que el edifico en ruinas dé más de sí.

Todos aluden al trabajo como fin humano absoluto que, pase lo que pase, ha de seguir vigente, aunque hoy en día sea innecesario. El desarrollo tecnológico de la microelectrónica está haciendo cada vez más prescindibles a la mayoría de «los proletarios». Este aumento del conocimiento tecnológico, junto con el aumento demográfico a nivel global, está produciendo que cada vez más sectores de la población queden excluidos de la vida moderna. Porque ya se sabe, el que no trabaja no es persona. No es útil, no es rentable, y por lo tanto es desechable. Surgen así núcleos de pobreza en medio de la abundancia, incluso dentro de las propias ciudades capitalistas. En medio de la riqueza reaparece la miseria. El capitalismo se está convirtiendo en un espectáculo global para minorías, y cada vez más minorías.

El trabajo no es una necesidad eterna, como quieren hacernos creer. No es una «ley natural», como los apologistas claman a los cuatro vientos. Si fuera de esta manera, ¿por qué tres cuartas partes de la humanidad sufren de miserias debido a que el sistema del trabajo ya no necesita su trabajo? Es la absurdidad en la que nos encontramos inmersos; que en un momento histórico en el cual el trabajo se está haciendo innecesario se nos inculca que el trabajo es el fin absoluto ante el cual todos debemos arrodillarnos, aunque por meras contradicciones uno nunca llegue a trabajar. Lo importante para el poder es crear la mentalidad adecuada que posibilite la alabanza hacia el trabajo. El hacernos sentir culpables si, simplemente, no hacemos nada. ¿Quién de nosotros no se ha sentido culpable alguna vez por no estar haciendo nada «productivo»? La interiorización de los valores del trabajo y de la productividad en las propias personas excluidas del sistema de producción, el hecho de reducir nuestras existencias a la mínima expresión posible, son los mayores logros del capitalismo.

Hace tiempo que los «nuevos mercados» fueron saqueados. En el pasado estos cumplían la función de compensar la racionalización de las empresas y de superar las contradicciones del sistema de trabajo. Pero actualmente se elimina más trabajo por motivos de racionalización del que se puede reabsorber con la expansión de los mercados. Como consecuencia lógica de la racionalización (impulsada esta a su vez por la competitividad), la electrónica sustituye la energía humana y las nuevas tecnologías de comunicación hacen el trabajo innecesario. Se impone de nuevo la contradicción, y como consecuencias el número de excluidos, de «personas sobrantes» en este mundo adorador del trabajo, crece de forma exponencial.

Por un lado más y más personas son desechadas del sistema productivo, y por otro se aumenta hasta un máximo nunca visto anteriormente la explotación de los que, por el momento, todavía conservan su preciado trabajo. El aumento de los conocimientos científicos y tecnológicos, junto con su aplicación práctica a la industria, presuponía lógicamente la disminución cada vez más pronunciada de los trabajos pesados y repetitivos. Oscar Wilde escribió que la tecnología sustituiría y liberaría a las personas de los trabajos pesados. Pero ha ocurrido lo contrario; las personas que todavía no han sido desechadas están más alienadas debido, precisamente, a la tecnología que supuestamente les liberaría. Las máquinas imponen su ritmo al trabajador en la fábrica, haciendo el tiempo así mucho más rentable debido a que la explotación crece enormemente. Con la aplicación de las máquinas en el proceso productivo, con el mismo tiempo se produce mucho más y a la persona se la comprime también mucho más. Por otro lado, la tecnología de las comunicaciones produce una completa dependencia del trabajo. Cuando el oficinista sale unos días, durante su «tiempo libre», de esa cárcel de ordenadores alineados y se marcha de vacaciones (para que recupere energías y para que sea eficiente en el trabajo futuro, obviamente) se marcha con su ordenador, con su móvil y con todos los aparatos necesarios, por si a última hora se le presenta algún proyecto que no puede esperar. La alienación de los -de momento- incluidos en el sistema productivo es más grande que nunca; su explotación y dependencia es total, y la tecnología, contrariamente a toda lógica, está siendo usada no como medio de liberación humana, sino como medio y fin al mismo tiempo de alienación en pos del trabajo.

La racionalidad de la economía de empresa exige que, por un lado, masas cada vez más numerosas se queden «sin trabajo» de manera permanente y, de esta forma, se vean apartadas de la reproducción de su vida inmanente al sistema; mientras que, por otro, el número cada vez más reducido de «empleados» se vea sometido a unas exigencias de trabajo y de rendimiento tanto mayores.

Se ha de superar la noción entendida por propiedad privada. Solamente pensando que ésta es simplemente un «poder de disposición» en manos de los capitalistas, pudo surgir otra idea como la de afirmar que puede superarse la propiedad privada sobre la base de la producción de mercancías. Se creyó que el Estado es opuesto a la propiedad privada, cuando realmente la propiedad del Estado no es sino una forma derivada de la misma propiedad privada, puesto que el Estado no es sino la imposición general y abstracta de los productores de mercancías. Tanto la propiedad privada como la propiedad estatal quedan obsoletas, ya que ambas presuponen y se basan en el proceso de explotación.

Para los economistas de todas partes y de todas las posturas su sistema funciona a la perfección. ¿Pero se puede afirmar, acaso, que el sistema impositivo del trabajo global ha traído el bienestar, aunque sea de forma remota, a una parte importante de la población? Basta con echar una mirada en las consultas de los psicólogos y psiquiatras. La falta de salud mental es pandémica, debido a que millones de personas languidecen realizando un trabajo sinsentido y enfermando física y psíquicamente, y otros tantos millones de seres se ven excluidos y condenados a la miseria y a la marginación. ¿Se puede llamar funcionar al hecho de convertir al mundo en un vertedero para que la producción siga indefinidamente y poder así sacar dinero a partir del propio dinero? Así es como su maravilloso sistema funciona. Su lema siempre ha sido y es «credo quia absurdum». Creo porque es absurdo.

Se argumentará, siempre falaces estos apologistas del trabajo, que sin propiedad privada, que sin competitividad y que sin los principios del trabajo, toda actividad se anularía. ¿Es esto la confesión de que todo su sistema se basa en la pura imposición? De ninguna manera cesará toda actividad cuando desaparezcan las imposiciones del trabajo. Lo que sí es cierto es que toda actividad cambiará su carácter, cuando ya no se vea encasillada en la esfera sin sentido y autofinalista de tiempos en cadena abstractos y cuando esté integrada en contextos de vida personales siendo la producción afín a las circunstancias y a las necesidades. Siempre habrá actividades necesarias y no todas serán agradables, pero esto no importa demasiado mientras estas mismas actividades ya no te consuman la vida ni se te imponga como «ley natural». ¿Tan difícil sería encontrar el equilibrio entre la realización de actividades necesarias, de ocio y de actividades libremente elegidas? Recordemos que tanto el ocio como la actividad son necesarias; el cuerpo humano necesita tanto desconectar y descansar como liberar la energía sobrante, y nuestra naturaleza social requiere que nos sintamos útiles para con la sociedad, pero el sistema impositivo del trabajo se ha aprovechado de esta necesidad de actividad y la ha comprimido hasta dejarla vacía y distorsionada.

Mientras los humanos poblemos la tierra, se harán todas las actividades necesarias para vivir. Se cultivarán huertos, se educará a los más pequeños, se hará ropa, se construirán casas, etc. Esto es algo obvio. No es esto lo que se pretende criticar, porque sería una tontería. Lo que no es tan evidente, lo que los aduladores del trabajo no ven, o no quieren ver, es que elevan el trabajo a un principio abstracto que determina las relaciones sociales, sin importar las necesidades o las voluntades de los implicados. Se crea de esta manera un mundo aparte, abstracto. El tiempo ya no es vivido; es puesto a disposición de la productividad, de la eficiencia, de la producción, del trabajo.

El trabajo es un cadáver al cual se niegan a enterrar, de manera que su olor pestilente nos afecta a todos, contaminando nuestras mentes, nuestras vidas y los ecosistemas naturales. Pero como buen cadáver que es, está rodeado de carroñeros dispuestos a aprovecharse de él. Tenemos que hacer ver que el uso sensato de las posibilidades no pueden ya ser dirigidas por una «mano invisible» abstracta e impredecible, sino simple y únicamente por una acción social consciente. La riqueza producida es aprehendida directamente según las necesidades, y no según la «capacidad de compra». Para poder aprehender según las necesidades, es necesario antes formar asociaciones libres y consejos que determinen cuándo y qué se coge. Junto con el trabajo, desaparece la generalización abstracta del dinero así como la del Estado. El trabajo ya no sería el eje central sobre el que gira el fin de la vida.

Radix

Notas

[1] El término «trabajo» no está usado en este artículo en el sentido de actividad natural y deseable, sino en sentido negativo de imposición autofinalista.

Apuntes existencialistas II: la ansiedad de Kierkegaard

Llega la segunda entrega de «Apuntes existencialistas», y como la primera, ésta tampoco te servirá de ensayo extenso y profundo sobre el pensamiento existencialista. Por las mismas, ni tan siquiera te serviría de chuleta pobre y cutre para pasar un examen simplón. Aun así aquí traigo la segunda parte que hablará un poco sobre Søren Kierkegaard (1813–1855), «padre» del existencialismo y filósofo que no se suele estudiar en el instituto (ni en muchas universidades, según tengo entendido).

Pariendo al existencialismo

Si pensabas que Sartre era el «padre» del existencialismo estabas muy equivocade. Si pensabas que Nietzsche era el «padre» del existencialismo, estabas parcialmente equivocade. De Søren Kierkegaard, filósofo natural de Copenhagen, se podría decir que es el «padre espiritual» del existencialismo al ser una de las primeras personas (si no la primera en hacerlo de manera más tenaz) que habló en Europa de la libertad humana a la hora de decidir. Kierkegaard se formó primero en teología, lo que no le impidió desarrollar una filosofía personal que adjudicaba al ser humane plena y absoluta libertad personal. Para él, toda persona era libre de decidir en todos los aspectos de la vida, todos menos uno: el propio nacimiento. Esta idea, y otras, incomodaron mucho a les otres pensadores de la época, quienes o no prestaron atención a Kierkegaard o se rieron directamente de sus ideas. No obstante, el tiempo ha probado que la humanidad necesitaba una dosis filosófica en contra del idealismo de Hegel, y así las ideas de Søren Kierkegaard influyeron en enorme medida a posteriores pensadores como Nietzsche o Heidegger. A pesar de existir algo de polémica al respecto de las influencias, lo cierto y verdad es que cronológicamente Kierkegaard habló con anterioridad de las ideas que caracterizarían al paradigma del existencialismo.

La ansiedad y el vértigo de la libertad

Kierkegaard y su filosofía se oponen de forma evidente a la de Georg Hegel, quien dominaba con comodidad la filosofía continental de la Europa de mediados de siglo XVIII. De una forma que a mí me parece bastante acorde con las ideas ácratas, Kierkegaard (ojo, no digo que fuera anarquista) comenzó a trabajar en la formulación de una contra-teoría a la autoritaria idea hegeliana de «historia.» Recordemos que el idealismo de Hegel establecía que la humanidad no era más que un barco de papel en un río incontrolable llamado «desarrollo histórico.» Kierkegaard, con la mosca detrás de la oreja (o tal vez solamente por llevar la contraria, ¡cuántas cosas se han conseguido en este mundo por querer llevar la contraria!) se empecinó en estudiar qué significa ser «ser humane» fuera de ese sistema totalitario y absoluto de la filosofía hegeliana. De esta forma, Kierkegaard se concentró en la formulación de une ser humane auto-determinade y libre. Este ser auto-determinade tendría la libertad absoluta de decidir sobre sus acciones, es decir, que les seres humanes nos definimos por poder tomar decisiones sobre nuestras vidas. Podemos decidir sobre esto o aquello, determinando así el devenir de nuestras vidas.

Aquelles que hayan leído un poco de Hegel se habrán percatado de que aquí hay un poco de trampa, pues Hegel también habló de tomar decisiones y esas cosas. Recordemos que en la época se maneja un concepto dicotómico de decisión moral: une podía tomar una decisión moral según su propio interés hedonista, o bien podría tomar una decisión ética. Hegel y Kierkegaard están de acuerdo hasta aquí, pero no más. Para el primero estas decisiones tomaban lugar en un contexto histórico, determinado, fijado por el «espíritu del tiempo» y esas cosas que algune se puede creer. Para Kierkegaard estás decisiones morales son resultado simple y llanamente de la decisión personal, es decir: de la libertad individual. Lo gracioso de esto, y lo dramático al mismo tiempo (que se lo digan al propio Kierkegaard), es que esta plena libertad crea vértigo y ansiedad, ¡anda, qué cosas! Para ilustrar todo esto, Kierkegaard pone un ejemplo muy ilustrativo (que yo voy a adaptar a los tiempos modernos, para que no digan que no nos actualizamos). Imaginemos pues una persona de pie en lo alto de un rascacielos, un rascacielos altísimo. Esta persona está en la azote, al borde, con ambos pies medio fuera, asomando al vacío. Kierkegaard postula lo siguiente: esta persona siente dos tipos de miedos, a saber:

  1. Miedo a caer desde la azotea del rascacielos y morir irremediablemente aplastade contra el asfalto de la ciudad. ¡Qué susto les abueles que contemplaban plácidamente la obra de la esquina!
  2. Miedo a saltar, al conocimiento de que si quiere esta persona puede saltar por voluntad propia y caer al vacío.

Con el segundo tipo de miedo Kierkegaard ilustra la ansiedad y el vértigo que provoca el saberse libre. ¡Somos libres! ¡Podemos saltar desde el rascacielos si nos da la real gana! Ni «espíritu de los tiempos», ni «desarrollo histórico», ni Dios (añadirían después otres). La persona salta si quiere como resultado de su individual y subjetiva decisión. Pero lejos de ser esto algo totalmente dramático, el propio Kierkegaard nos señala que no es todo tan mala como pinta. El sentir esta ansiedad nos hace conscientes de las decisiones que tenemos: podemos hacer el bien o podemos hacer el mal. Podemos ayudar o podemos perjudicar. Podemos decidir y la ansiedad que sentimos al sentirnos libres, al experimentar el vértigo de la libertad, nos pone «en alerta.» De esta forma conocemos que los resultados de nuestras acciones son completamente responsabilidad nuestra. Como ya decía cuando hablaba de Sartre, la libertad de decidir conlleva la responsabilidad de saberse libre y actuar individualmente. Y esto asusta, claro.

¿Y qué me quieres contar con esto?

Poco más de lo que ya sabías, supongo. Es sencillo escudarse en lo agregado, en lo social, o en la historia con tal de no hacernos responsables de nuestras propias acciones (sobre todo cuando éstas llevan a resultados terribles). Que si «solamente seguía órdenes», o que «si es que la gente hacía esto o aquello.» ¿Cuántas veces habremos escuchado la misma cantinela? Pero este mismo discurso se escucha de forma más sutiles, algunos ejemplos: «las masas no están listas para la revolución», o «el contexto histórico no es lo suficientemente maduro.» Cuando no más directamente: «¿pero qué vamos a hacer?» Bueno, no sé lo que querrás hacer, pero desde luego que si no haces lo que piensas en tu cabeza no es porque no puedas, o porque una fuerza inmaterial desde el exterior te lo impide. Es simplemente porque no te lo has propuesto de verdad, puesto que libre eres un buen rato de hacer lo que quieras (y apechugar con las consecuencias de tus actos). Puedes hablarme de educación, control social, o lavados de cerebros. Esas cosas funcionan, y muy bien. Pero también funcionan el pensar, el leer literatura crítica, y el experimentar.

Supongo que de Kierkegaard una cosa queda clara, y es que dio en el clavo cuando dijo que la libertad da vértigo. De repente nos vemos desnudes en la vida, sin el abrigo de la historia, de las instituciones, o de la comunidad. Lo que hacemos es por cuenta propia, es decir, porque queremos hacerlo (porque activamente queremos o porque activamente aceptamos las órdenes de otras personas o de una sociedad dominante). Y al frío de la intemperie desnuda de abrigos colectivos, vemos que tenemos todo un mundo al alcance de nuestra mano. Solamente hay que empezar a caminar por la cuerda floja haciéndonos amigues del vértigo. Tal vez por ello las personas que dieron su vida por la idea de libertad puedan definirse un poco como «locas.» ¿Quién sino se engancharía a la droga del vértigo? Una droga que te enloquece a los ojos de les que no se asoman al borde del rascacielos. Pero si no te asomas y experimentas esa sensación… ¿qué vas a ver en la vida?

Nota final

Aunque he venido hablando de «ansiedad», los textos en castellano creo que hablan, todos ellos, de «angustia.» Es cosa del idioma en el que yo leí a Kierkegaard, en el cual hablaban de ansiedad y preocupación (aunque supongo que por angustia se puede entender lo mismo). Ahí queda dicho.

Lecturas recomendadas

Kierkegaard, S. (1843), Temor y Temblor [Online] http://www.ataun.net/BIBLIOTECAGRATUITA/Cl%C3%A1sicos%20en%20Espa%C3%B1ol/Soren%20Kierkegaard/Temor%20y%20Temblor.pdf

Kierkegaard, S. (1982/1844), El Concepto de la Angustia, Madrid: Espasa-Calpe [Disponible online] http://www.scribd.com/doc/55924002/El-concepto-de-la-angustia-kierkegaard

[Recomendación] Lectura: Los anarquistas y la cuestión palestina

Algunos y algunas preguntarán por qué nos ponemos automáticamente del lado de Palestina siempre. Pero lo hacemos con razón: el pueblo palestino está sufriendo un genocidio por parte de Israel. Profundizando más en el tema, el anarquismo es poco conocido entre el pueblo palestino, así como en Israel la población no es toda sionista. También existen anarquistas israelíes. No obstante, el anarquismo no tuvo mucha incidencia social en esos lugares aunque sí existieron movimientos de inspiración anarquista tanto locales como internacionales contra la ocupación sionista y no existe un movimiento anarquista organizado. Entre las organizaciones en que participaron los anarquistas podemos destacar ISM (International Solidarity Movement), Anarchists Against The Wall, entre otros grupos y colectivos. Las acciones directas y de desobediencia civil fueron principalmente pacíficas pero también hubo momentos en que se tornaron resistencias activas. A partir de la década de 1990, confluyeron otros frentes de lucha como el anticapitalismo, el ecologismo, el feminismo y el queer y las luchas por los derechos de los animales.

No queda atrás tampoco la cuestión nacional, pues en un conflicto de este tipo se ven involucradas las identidades culturales. Desde algunas perspectivas anarquistas, predomina la idea de que el nacionalismo va ligado a una construcción ideológica artificial articulada desde el Estado y por ello hay veces que se omiten estos componentes o son tratados de manera secundaria. Esto genera que las luchas de liberación nacional sin Estado queden ciertamente desatendidas. Es por ello que no se puede concebir a un pueblo sin unas identidades culturales, que para nada tienen por qué ir ligados al Estado-nación. El otro concepto de nación de Rudolf Rocker precisamente trata de esas identidades culturales de un pueblo en base a su historia, territorio, lenguaje, etc. Estas identidades nacionales forjadas desde abajo pueden ser elementos aglutinadores que unan al pueblo en su lucha contra la opresión imperialista. Sin embargo, existe una contradicción en lo que concierne a la lucha palestina y es que muchos palestinos y palestinas están a favor de crear un Estado-nación y en este dilema estamos tratando de resolver. ¿Cómo apoyar la lucha del pueblo palestino contra la ocupación sionista pero sin apoyar la creación de un Estado palestino?

Como anarquistas, sería acertado nuestro apoyo a la causa palestina en su lucha contra Israel, pero tampoco debemos apoyarles desde el paternalismo diciendo qué tienen que hacer y cómo han de luchar. El pueblo palestino sabrá lo que quiere y a pesar de ciertas contradicciones, la solidaridad entre pueblos debería mantenerse. Sin más, animo al lector o la lectora a conocer más de fondo este tema:

Los anarquistas y la cuestión palestina

PD: Agradecería al personal que desease expresarse, no opine en base a mi reseña sino que lo haga tras haber leído el texto.

Enlaces del mes: Junio 2014

En La Marea, Anita Botwin hace un breve repaso del mes de junio, desde la imposición de un nuevo monarca a la mayoría a la entrada en prisión de Carmen y Carlos.

Desde Colombia nos llega una ponencia sobre la organización anarquista, presentada en el marco de las 3ras jornadas comunistas libertarias: «los anarquistas que nos pensamos construir socialmente estamos en el deber no solo de trabajar para organizarnos sino de estar dispuestos a construir con las demás anarquistas, con el resto de la izquierda y en general con la gente a nuestro alrededor. No tenemos por que estar de acuerdo en todo para trabajar juntos, podemos construir desde pequeñas afinidades, y con aquellas con que tengamos más afinidades planear más proyectos conjuntos.«

Una crónica del juicio a los encausados por rodear el Parlamento catalán. La encontramos en el periódico anarquista Todo por Hacer.

Una historia sobre la otra cara del mundial: La copa del pueblo: «La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo.«

La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo. – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/06/la-copa-del-pueblo/#sthash.EDELoqOT.dpuf
La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo. – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/06/la-copa-del-pueblo/#sthash.EDELoqOT.dpuf

Cerámica Neuquén (Argentina) será reactivada bajo control obrero después de 100 días de huelga.

Ya podemos escuchar el programa 33 de Radio Toma la Tierra, cargado de contenidos: Transgénicos, Candeleda en lucha, música antifracking y otras noticias y convocatorias. Sobre transgénicos, agricultura industrial y campesinas también nos habla Silvia Ribeiro en su artículo A Desalambrar: «se desprenden seis conclusiones: 1) la vasta mayoría de los que proveen alimentos son productores de pequeña escala, cada vez menos y más pequeños; 2) las campesinas y campesinos están confinados a un cuarto de la tierra agrícola global; 3) se están perdiendo más parcelas campesinas, mientras crecen grandes instalaciones agrícolas industriales; 4) las campesinas y campesinos proveen la mayor parte de la comida en el mundo; 5) las parcelas campesinas son en general más productivas que las grandes granjas industriales y 6) la mayoría de los campesinos son en realidad, campesinas.«

Añoranza de un pasado que no volverá, en Borroka Garaia Da!, que habla sobre las alternativas socialistas para los trabajadores y la necesidad de profundizar en las transformaciones sociales sin competir en los mismos términos que el capitalismo.

Por último, un pequeño video, fragmento de la película Samsara, que sin decir nada nos cuenta mucho sobre la producción industrial y el consumo.

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