¿Que por qué soy materialista?

Hay gente que piensa que ser materialista es ser un tipo simple que solo ve lo material o lo relaciona con el individualismo y lo superfluo. Es casi como sinónimo de consumista. No obstante, realmente no va en ese sentido. De hecho, ni siquiera le veo sentido a ese significado que le dan. ¿Por qué es superfluo lo material? ¿Acaso se es más profundo creer en espíritus, la suerte, el horóscopo o apreciar cosas aparentemente inmateriales como la literatura y el arte? Lo material, en el sentido de todo aquello que es tangible y cuantificable tal y lo conocemos actualmente, es base de toda la existencia, de todas las formas de vida y de todo aquello inorgánico presente en la naturaleza y en el Universo. Aunque, ¿es la energía materia? Allí no voy a entrar. Partiendo de la definición dicha anteriormente, y unido al materialismo histórico y dialéctico marxista, podemos afirmar que todas las creaciones humanas están condicionadas por las relaciones de producción y el régimen de propiedad sobre los medios de producción predominantes en una sociedad.

Y partiendo desde esa base, todas las formas de pensamiento, las costumbres culturales, las creaciones artísticas y literarias a lo largo de la historia… están condicionadas materialmente. No se puede concebir todo aquello sin tener en cuenta el factor de la infraestructura, es decir, las relaciones de producción. E incluso fuera de éste, los factores territoriales y geográficos también influyen sobre las costumbres de las sociedades y por ende, de las huellas que va dejando. El pensamiento es materia, la personalidad es materia, y la creatividad también, y todo ocurre en el mundo material, incluidas las ciencias formales. ¿Disfrutamos leyendo libros? ¿Escuchando música? ¿Contemplando cuadros? ¿Acaso estos ejemplos no son materiales, no solo por el medio físico sino también la información que procesamos y nos produce una serie de reacciones en nuestro cerebro?

Dejando a un lado el tema filosófico, soy materialista porque pienso que los problemas actuales y el capitalismo como sistema económico origen de estos problemas, no son productos de fuerzas sobrenaturales, ni de la existencia del bien y el mal, sino que tiene sus raíces u orígenes en la realidad material. De hecho, afirmaría que el capitalismo ha sido —y sigue siendo— fruto de la apropiación de los comunes donde podemos destacar el expolio de las tierras de las Américas, Asia y África, el saqueo de materias primas como el petróleo en Oriente Próximo o minerales en el Congo… y en los países capitalistas avanzados se traduciría en privatizaciones de los servicios públicos. Y no solo eso, este sistema necesita de un aparato político-ideológico como un Estado que mediante la ley y el monopolio de la violencia, defienda la propiedad sobre los medios de producción, y una ideología hegemónica con base en el individualismo y la competencia que justifique el statu quo.

Como hemos dicho, el capitalismo es producto de unas dinámicas que se han dado a lo largo de la historia y tiene su origen en la realidad material. Si esta realidad es dinámica, será susceptible de ser cambiada o subvertida. Los cambios que se produzcan en esta realidad depende de las relaciones de poder entre diversas fuerzas políticas y sociales que se disputan la hegemonía. Aquí es a donde quiero llegar, que por muy difícil que nos parezca actualmente un cambio en favor de nuestra clase (la trabajadora), no es imposible. El «no hay alternativa» se lo dejamos a los derroteros, pero tampoco podemos caer en falsas ilusiones ni en triunfalismos. A partir de ahora, son muchas otras preguntas que nos van surgiendo y la del millón es ¿cómo logramos este cambio o cómo lo impulsamos? Unos primeros pasos: un cambio de perspectivas y culturas militantes, unas cuantas dosis de realidad, la necesidad de trazar planes estratégicos y hojas de ruta a partir de los análisis que extraigamos de nuestro entorno, y consolidar una línea política socialista libertaria que dispute lo existente a través del poder popular.

A vueltas con la terminal

A aquellas personas que hayan oído hablar de GNU/Linux les sonarán qué es una terminal y por qué es imprescindible usarla en cualquier distribución GNU/Linux. Lo cierto es que leyendo los hilos (primero éste “El excesivo amor por el terminal” y luego este otro), me ha venido unas reflexiones acerca de cómo se percibe desde fuera el mundo del software libre y GNU/Linux. Sinceramente, en todos esos hilos de discusión tienen su parte de razón, pues por un lado, aunque la terminal sea una herramienta muy potente e imprescindible para cualquier distribución GNU/Linux, no lo es todo, y hay tareas que se realizan mejor o se realizan con mayor facilidad desde una interfaz gráfica (ventanas, botones y clicks de ratón). Por otro lado, se habla mucho de los perfiles de usuario y se tiende a pensar en perfiles que no son siempre ajustados a la realidad. Mi aporte a esta discusión está enfocada a tratar sobre la imagen que damos los «linuxeros» a quienes no lo son, y mi impresión es que parecemos frikis.

Lo primero, contaré un poco algunas experiencias personales que tuve cuando hablé del tema con otras personas. Una buena parte de usuarios de ordenadores lo quiere todo hecho y no tener que estar peleándose con su ordenador para que funcione adecuadamente. Bueno, me atrevería a decir que todo el mundo. Recuerdo una anécdota cuando instalé un Lubuntu a un amigo, le dije que las tareas administrativas se hacían por terminal y le dije algunos comandos básicos. En el entorno gráfico, estaba algo perdido aunque era más o menos intuitivo. Luego, al no saber usar la línea de comandos, finalmente abandonó el Linux y volvió a Windows otra vez. Y sí, la gente no está acostumbrada a usar la línea de comandos, lo quiere todo con ventanitas y botoncitos. Ante esta situación, saqué una pequeña conclusión: no se puede decir a alguien acostumbrado al entorno gráfico a que de golpe y porrazo se aprenda comandos y los atajos de teclado en la terminal  o shell.

Lo segundo, hay que admitir que la gran mayoría de la gente usa el ordenador solamente para navegar por Internet, ver el Youtube, las redes sociales y poco más. Y parece que se quiera excluir a este tipo de gente. Obviamente, entiendo que da cierta mala gana que un usuario de este perfil vaya a un foro a preguntar una duda nimia y espere una respuesta tipo «Siguiente, siguiente, Fin». He leído en los comentarios de los hilos mencionados en los links del principio donde dijeron de mandar a usuarios así a que vuelvan a Windows. Por un lado, lamentable, por otro, en cierto modo se entiende. En este caso, es razonable que un recién llegado a GNU/Linux ponga un poco de su parte leyendo algún manual o la documentación sobre el sistema que ha instalado, es tan de lógica como cuando compras un mueble desmontado y te lees el manual de instrucciones para montarlo.

Tercero, no entiendo por qué exigir a quienes quieran usar GNU/Linux, aunque sea solamente para enchufar el ordenador y abrir el navegador, que se compliquen la vida destripando el sistema usando la línea de comandos o tener que contribuir obligatoriamente a la comunidad del software libre. Tenemos que asumir que los ordenadores no solo lo usan informáticos, que son considerados herramientas para realizar tareas tanto comunes como profesionales, tales como diseñar carteles, escribir documentos, editar multimedia, gráficos en 3D, programar, compilar, etc… Y no tienen por qué estar enterados de la parte técnica, sobre todo aquel usuario que solo utiliza el navegador y pasa del resto. Por algo existen muchísimas distribuciones GNU/Linux con todos los sabores que se quieran: Arch Linux para quienes prefieran montarse su propio sistema, Linux Mint para quienes quieran tener un Linux usable sin complicaciones, Debian, Gentoo o Slackware para servidores, Kali Linux para hackers… Hay gente que critica a Ubuntu y Mint por ser distribuciones que tienen más aplicaciones gráficas para administrar el sistema, pero yo lo veo muy positivo porque permite que cualquiera con unos conocimientos mínimos se los pueda instalar y funcionar sin tirarse de los pelos configurando su sistema desde la línea de comandos.

En mi caso, abandoné Windows XP para usar Ubuntu sin tener ni idea de cómo manejarse en la línea de comandos, luego pasé por otras distribuciones como Bodhi Linux y Manjaro hasta llegar a Arch. De no ser por Ubuntu, posiblemente me haya quedado en Windows y no estaría usando Arch. Sin embargo, hay casos y casos, pero lo que vengo a decir es que cada cual tiene su ritmo y ganas de aprendizaje, no a todos les va el trastear en la terminal ni todo el mundo tiene tiempo para estar horas leyendo documentación y experimentar.

De todos modos, GNU/Linux está evolucionando bastante bien, y entornos como KDE, Gnome o XFCE cada vez tienen mejores aplicaciones gráficas, que junto a la línea de comandos, se convierte en un sistema muy completo, con buen rendimiento, robustez y seguridad. Ahora el asunto es que a cada tarea le corresponde su adecuada herramienta y su adecuada interfaz, sea gráfica o por línea de comandos, no tenemos por qué ceñirnos a una sola. Finalmente, respecto a los usuarios novatos y de cara al exterior del mundo de GNU/Linux, me parece que, al igual que en la militancia política y las líneas estratégicas que tracemos, es muy importante no encerrarse en sí, por lo que es positivo acercar los sistemas GNU/Linux como alternativas reales y funcionales a los sistemas privativos. Y la mejor manera, guste o no, es mostrando que es posible manejarse en GNU/Linux gráficamente, sin tener que tocar la línea de comandos. Yo aprendí de mis propios errores explicando cómo va la consola de primeras, y por eso a la gente que le pica la curiosidad con GNU/Linux, mejor les recomiendo Mint o Xubuntu. Y conforme se vayan acostumbrando, ya verán si les sería conveniente echar mano de la línea de comandos si quieren explorar herramientas potentes.

PD: La imagen de la cabecera de este artículo es un pantallazo del comando cowsay -e @@ -f turkey «¿Por qué la línea de comandos? ¿No es más fácil hacerlo todo con clicks?»

PD2: Si queréis saber la estructura de cualquier terminal, aquí os dejo una imagen;

La terminal

En torno a Ajoblanco: Crònica en roig i negre

Saludamos todo proyecto de recuperación de la memoria sobre los años de la Transición en España, especialmente cuando en dichos proyectos se intenta mostrar la otra cara de la narración oficial de la historia. Crònica en roig i negre es uno de estos proyectos y su autor elige como tema central la aventura de la revista barcelonesa Ajoblanco. Como tal, el reportaje es rico en imágenes y entrevistas, apoyándose en documentos de época y testimonios de algunos de los principales protagonistas. Como es sabido, la revista Ajoblanco se editó en dos épocas, de 1974 a 1980 y de 1987 a 1999, pero teniendo en cuenta el título del documental, podría decirse que éste concede una mayor dimensión a la primera época, sin embargo más breve, cuando Ajoblanco era una publicación enmarcada en el contexto del renacimiento libertario y contracultural catalán de los años setenta.

El primer Ajoblanco era, como Pepe Ribas, su principal animador, lo ha calificado alguna vez, una “revista-movimiento”. Desde su primera aparición en 1974, influido por la contracultura norteamericana, se fue abriendo paso hacia una filosofía anarquista que impregnaba la época. El segundo Ajoblanco fue más bien una revista cultural de izquierda, con entrevistas y reportajes de fondo, que combinaba seriedad y frivolidad, crítica y espíritu de modernidad. Es verdad que muchos, desde un punto de vista profesional y periodístico, incluso gráfico, preferirán la segunda época de la revista. Pero no hay duda de que políticamente los años setenta fueron una época mucho más apasionante y es inevitable que los que no vivimos aquellos años nos sintamos más atraídos por el primer Ajoblanco, que fue el catalizador de tantas energías y esperanzas. Tal vez sea también el caso del realizador del documental.

En ese sentido, nos parece que el documental de Fdez de Castro deja en segundo lugar aspectos esenciales del primer Ajoblanco. Se insiste más en ciertos hechos sonados (el subversivo número dedicado a las Fallas) y se olvida mencionar, por ejemplo, el importante debate sobre la “muerte de la contracultura” que tuvo lugar en el seno de la revista. Es verdad que los hechos históricos siempre tienen varios lados y según los criterios que elijamos privilegiaremos unos lados u otros. Nosotros creemos que el primer Ajoblanco tuvo su gran momento entre 1976 y 1978, dos años y pico que marcaron una época en la contestación política. Es entonces cuando la revista conoció su mayor auge, encarnando los deseos colectivos de construir una sociedad sobre otras bases radicalmente diferentes. En el documental, por dar ejemplos, no se muestra el apoyo que Ajoblanco dio a la ecología, a las comunas, al naturismo, a la educación alternativa o a los ateneos. Tampoco el apoyo a los presos en lucha, a la autogestión, a la literatura subterránea… Tenemos la impresión de que el documental privilegia más el lado subversivo, que sin duda existió, pero que nos parece menos importante frente al ideal de construcción de una sociedad nueva que era central en esta publicación durante sus años gloriosos.

También hay que advertir que los personajes que ofrecen su opinión en el documental no son siempre los más indicados para poner de relieve lo que venimos diciendo. Personajes como F. Savater o K. Marchante pueden ser muy representativos de la sociedad de hoy pero en Ajoblanco sólo tuvieron un papel anecdótico. Félix de Azúa ni siquiera eso. Aportar testimonios más sustanciosos habría implicado convocar a personas que hoy están fuera de escena o que simplemente han fallecido. Contar incluso con algunos de los miles de lectores que seguían la revista o mantenían una correspondencia en aquella época habría resultado un empeño provechoso.

Pese a todo lo dicho, nos parece que el documental tiene el mérito de volver sobre una época mal conocida y peor interpretada; una época sobre la que se echó rápidamente un manto de olvido al organizarse el montaje de la movida madrileña a principios de los años ochenta.

Reivindicar esta crónica en rojo y negro es de hecho llamar la atención sobre un deseo de libertad no muy extendido en nuestra sociedad actual.

José Ardillo

Dando vueltas en la rotonda

Pareciese que el 1 de enero fuese ayer y a la vez mañana. Pronto este año pasará a las páginas de la historia, y siempre nos viene la vena de mirar por el retrovisor. A veces, o muchas, nos da cierta impresión de que las cosas se repiten: los Reyes, la Semana Santa, la riada del Ebro, las vacaciones de verano, la vuelta al cole y las Navidades, al igual que la rutina de siempre: levantarse, desayunar, ir al cole o al trabajo, hacer cosas, cenar y echarse a la cama, que también se repite semanalmente: madrugar en entre semanas y en los findes no dar un palo al agua. Eso es lo habitual, el relato que se repite en las conversaciones de los bares. Pero en realidad existen otras aventuras más allá de lo que se cuenta normalmente. Solemos oír, por otro lado, esa expresión de que la historia se repite, o que tropezamos dos veces (o más) con la misma piedra. Sí y no. La historia no expresamente se repite, pero sí existen ciertos paralelismos y reminiscencias, acontecimientos que nos recuerdan a sucesos pasados. En cambio, sí caemos más de una vez y repetimos errores.

Mucho ha llovido este 2015, que de refilón me vienen recuerdos como la victoria de Kobanê a finales de enero, el éxodo de refugiados sirios huyendo de la guerra, las elecciones municipales, las huelgas de las BRIF, la caída de los mercados de valores chinos, el derrame de residuos tóxicos de la minería en Brasil, los atentatos en París, el XI Congreso de la CNT, las pérdidas de Arabia Saudí en la guerra de Yemen, la cumbre del clima, las victorias electorales de la derecha en Argentina, Venezuela y Francia, las elecciones generales que han dado una situación de ingobernabilidad… Y aquí estamos, viendo pasar ante nuestros ojos otro año más con una coyuntura agitada aunque a nivel de calle se viva bastante tranquila, al menos en mi entorno cercano.

La parábola de las vueltas a la rotonda hace alusión a nuestro propio entorno político y militante. Pues todavía existen dinámicas que beben de la mitología del ’36 o de la literatura situacionista y nihilista de los ’70 o de los escritos de Stirner. Y repetimos esquemas que se están viendo inútiles, movidos por inercias, unas veces a rebufo de lo que hacen los demás y otras, siendo la pescadilla que se muerde la cola, o como aquella vez que Homer Simpson entró por primera vez en una rotonda no sabiendo cómo salir de aquella trampa de circulación rotatoria. Por suerte, estas dinámicas ya se están abandonando y cada vez hay más gente que está viendo esos problemas y trata de encontrar las soluciones. Parecerá sencillo tomar una de las cuatro salidas que suele tener una rotonda, pero lo difícil quizá sea escoger por cuál salir. Así estamos prácticamente casi toda la izquierda: además de llevar cada cual su coche, se chocan unos con otros y cambiando de carril sin poner intermitente ni ceder el paso.

Pero no todo lo llovido sabe amargo. Nos dejan un buen sabor de boca los ejemplos de los movimientos sociales: la lucha de los mineros asturianos, las Marchas de la Dignidad, las mareas ciudadanas, la PAH, diversas huelgas como las de Movistar, la de Alumalsa, la de los barrenderos de Madrid, etc. Aunque por otro lado, la deriva hacia el asalto institucional fue una salida hacia delante en un período de reflujos. Ahora que va a terminar el ciclo electoral (si es que no vuelven a convocar otras elecciones por no haber posibilidad de formar gobierno), tocará volver de nuevo a las calles. Unas calles que no están tan llenas como hace dos o tres años durante los años más activos de los movimientos sociales y el 15M.

Creo que hemos dado ya muchas vueltas y se nos acaba el fuel, así que hay que ir tomando las salidas adecuadas y tomar con decisión el camino hacia un proyecto político socialista, un modelo territorial y de país construido a través del poder popular. ¿Nos queda organizar el pesimismo? El proceso estará lleno de obstáculos y dificultades, y tenemos que romper dinámicas y esquemas repetidos que solo funcionan en coyunturas de otras épocas. Tocará mojarse, salir de nuestros espacios de confort militantes, asumir numerosas contradicciones, saber llevar a cabo tareas en espacios amplios, escuchar, ser humildes,… en definitiva, a recuperar la calle para los movimientos populares. Consolidar nuestro proyecto político y nuestras líneas estratégicas, construir pueblo y movimiento político, conquistar la hegemonía y ganar. Esta será la salida que veo más acertado tomar y así dejar atrás de una vez por todas la maldita rotonda.

Yo siento mi identidad. Transexualidad en menores

En recuerdo de Alan

Hace pocos días hemos conocido la noticia del suicidio de Alan, un joven transexual de tan solo 17 años de edad y que vivía en Barcelona. Alan se quitó la vida al no poder soportar el acoso escolar y la presión social a la que era sometido, tras haber decidido tomar la identidad sexual con la que se sentía plenamente a gusto.

Numerosas concentraciones y manifestaciones de repulsa se han sucedido estos días en diversas ciudades del Estado español, e incluso la noticia de este caso particular ha tenido repercusiones internacionales.

Alan decidió poner fin a su vida, pero muchas personas sabemos que la transfobia es la verdadera asesina en estos casos. Esta transfobia tiene rostro de personas, de aquellas que deciden llevar una actitud intolerante y acosadora, y a quienes debemos parar los pies en nuestro día a día, siempre que detectemos el más mínimo indicio de esta realidad. Conscientes de esta situación, reconocemos que por delante tenemos una importante labor de pedagogía social y cultural, debemos acercar el discurso transfeminista y queer a las personas que nos rodean.

Hay que romper barreras cimentadas sobre el rechazo a la diversidad en igualdad, mantener viva la memoria de personas como Alan, que nunca se pierdan en el olvido, y que estos desgraciados hechos nos catapulten hacia la consecución de un altavoz social y hacia la unidad entre personas que nos reconocemos diversas e iguales.

Organizarse para luchar contra el estigma social.

En el último tiempo viene siendo cada vez más conocido el arduo trabajo que llevan a cabo colectivos transgénero como la Fundación Daniela, que acoge en su seno a distintos adolescentes y jóvenes transexuales, mostrando sus casos particulares como ejemplo social y lección de vida. Esta fundación ha realizado en alguna ocasión jornadas afectivo-sexuales, a una de las cuales personalmente acudí y comprobé la labor organizada que realizan estos jóvenes junto a profesionales de la psicología.

También destaca Chrysallis, asociación de familias de menores transexuales, es decir, un colectivo de madres y de padres de menores transexuales que han decidido unirse para romper estigmas sociales. Aportan información y recursos educativos como videos, cuentos y folletos, además de un contacto cercano a cualquier persona interesada en formarse.

Una sencilla y muy útil herramienta en este sentido es el documental grabado hace escasamente dos años: “El sexo sentido”, ayuda perfectamente a abrir los puntos de vista, a darse cuenta que es más común de lo que pensamos que un niño o niña con escasa edad, quizá cinco o seis años, sea plenamente consciente sobre cómo siente su identidad. Nos pueden aportar pistas para actuar convenientemente, reunirnos con otras personas que puedan aconsejarnos y dotarnos de información sobre un tema tabú en nuestra sociedad… la transexualidad en menores.

La educación que tenemos por delante en este camino.

La transexualidad siempre se vincula a la salud mental, y no caemos en la cuenta de que la verdadera enfermedad social es la intolerancia. Sin embargo, para estudiar un caso de deseo voluntario de cambio de sexo, se deriva siempre al análisis de trastornos mentales como primer paso, y de manera secundaria se envía a la persona al endocrino.

La toma de conciencia de la identidad sexual se puede ver enfrentada a los roles o estereotipos de género como construcción social, esto nos lleva a preguntarnos ¿cómo es un cuerpo prototipo? ¿Acaso la creación de estéticas diferenciadas no es la primera violencia a la que se ven sometidas las niñas y niños? No debemos caer en el error de pensar que la transexualidad es un capricho o una elección inmadura, cada cual en su proceso de formación de la personalidad y evolución psicosocial decide qué hacer con su identidad, pero en el caso de menores transexuales se ven afectados y afectadas por una gran presión social y mensajes contradictorios debido al desconocimiento.

En los casos de indicios de transexualidad en la infancia es imprescindible la comprensión familiar. Es necesario difundir la información existente y profundizar, pues en muchos casos algunos padres y madres no formadas lo suficiente llegan a confundir transexualidad con homosexualidad, es decir, se mezclan identidades con atracciones sexuales.

En los casos de niños y niñas transexuales, se pueden producir tensiones cuando llegan los cambios de la pubertad, actualmente la inhibición de la pubertad queda cubierta por la seguridad social. Sin embargo, no es hasta los 16 años la edad legal permitida para comenzar a hormonarse, y a los 18 años es la edad legal para la operación conocida como cambio de sexo, tratándose en realidad de un «tránsito social», comenzando a vivir de acuerdo a su sexo sentido. Además, no existe una correspondencia clara entre la identidad sexual y la documentación oficial, el cambio de nombre sigue siendo un escollo en menores a día de hoy. Todos estos procesos y obstáculos en la pubertad de un adolescente o una adolescente transexual suponen un desgaste psicológico muy grande, tanto para ellas como para sus familias. Y a esto hay que añadirle la incomprensión social, el ensañamiento y las actitudes intolerantes en muchas situaciones de la cotidianeidad de estas personas.

A modo de breve conclusión, me gustaría indicar algunas de las estrategias pedagógicas que debemos enfrentar cuanto antes. La educación de los niños y niñas en un futuro por nosotras debería incluir las siguientes claves:

  • Eliminación de estereotipos y constructos sociales.
  • Romper el binarismo hombre-mujer.
  • Creación de espacios mixtos de libre ejercicio de la igualdad.
  • Total libertad, experimentación y no juzgar, sino acompañar en el aprendizaje.

A vueltas con la violencia machista

Este texto se publica también en El Desperttador y se muestra aquí por decisión del propio autor.

Esta semana, después de que un hombre muriese a manos de su esposa, las redes se inundaban de carteles, imágenes y publicaciones negando la existencia de la violencia de género o que esta sea solo del hombre hacia la mujer con frases extraídas de páginas web dedicadas a alimentar este tipo de mitos. Pese a que estamos hablando de algo ya aceptado más allá de los círculos del feminismo, parece que sigue siendo necesario aclarar que no, cuando una mujer mata a un hombre, por la razón que sea, no es violencia de género, ni violencia hembrista ni se trata de un fenómeno del mismo calado que los asesinatos por violencia machista.

¿Por qué sencillamente esto es así? A menudo hemos visto u oído opiniones respecto a este tema en el que alguien, generalmente un hombre, sostiene que, en su opinión, o según cree, el uso de la violencia es siempre reprochable, todos los asesinatos son iguales y debe darse una misma respuesta. En definitiva, que no existe la violencia machista o de género como tal, sino que existen episodios de violencia entre personas aparentemente en igualdad de condiciones, pudiendo acoger bajo el mismo paraguas una riña entre grupos de chavales en la calle y una paliza de un hombre hacia una mujer.

Otro de estos típicos argumentos falaces es aquel que afirma conocer casos individuales, generalmente de algún amigo o conocido, en el que su novia o esposa le maltrata psicológicamente, le pega, le prohíbe ver a los niños, etc, y de alguna manera esto imposibilitaría hablar de violencia machista. A menudo estos comentarios se acompañan también de aquel que alega que existe una peligrosa cantidad de denuncias falsas en temas de violencia de género, ya que la ley resulta excesivamente ventajosa para las mujeres, y estas, retorcidas por naturaleza, utilizan esta ventaja para denunciar gratuitamente a diestro y siniestro con el fin de quedarse el coche, la casa, el perro y los niños. Este último ejemplo, lamentablemente no poco común, ya fue rebatido nada menos que por la Fiscalía General del Estado, que aseguró que el porcentaje de denuncias falsas en violencia machista solo representaba un 0,005% del total.

En primer lugar, debemos tener en cuenta que aquí las opiniones, creencias y pareceres tienen una importancia muy limitada. Que opines que la violencia machista no es tal porque existen episodios de violencia de una mujer hacia un hombre no tiene relevancia alguna. Lo primero debería ser acercarse a estas cuestiones desde la humildad y el respeto, y partiendo de ello, reconocer que no somos los primeros que pensamos en este tema, por lo que convendría ver qué tienen que decir más de 100 años de lucha feminista sobre la violencia machista. De esta manera, escuchando otras voces con experiencia, podremos apreciar que la violencia machista es tal no por el hecho violento en sí, sino porque se asienta sobre un sistema de dominación de los hombres sobre las mujeres, el patriarcado, que abarca todos los aspectos de la vida, y porque estos hechos violentos se producen de manera sistemática y en virtud de los preceptos establecidos por el patriarcado; se las mata por ser mujeres.

Tenemos, por tanto, que si la violencia machista se inscribe en la misma esencia del sistema patriarcal, entonces, ¿qué pasa con estos hombres que mueren a manos de mujeres? Podrían pasar dos cosas. Por un lado, es altamente probable que la mujer en cuestión lleve años sufriendo las vejaciones y las agresiones del hombre y que viese en la muerte de este individuo la única manera de terminar con su agonía y librarse de la opresión. En otros casos, pueden ser múltiples los motivos que lleven a una mujer a agredir o matar a un hombre pero, en cualquier caso, no determina un fenómeno social sistemático y producto de relaciones de poder. Se trata de un hecho aislado y anecdótico. Muchos dirán “¿Pero cómo va a ser aislado y anecdótico si han muerto ya 24 hombres a manos de su pareja?”. Lo es. ¿O pensamos que existe alguna relación entre todas las muertes violentas y peleas que se dan en multitud de situaciones y por miles de motivos? Es determinante la existencia de un sistema de dominación sostenido por relaciones de poder favorables para los hombres al hablar de violencia machista.

Mientras no estemos dispuestos a reconocer esto, lo que estamos demostrando es un nulo entendimiento de una relación de desigualdad que nos beneficia y nos otorga unos privilegios que, a la vista de los argumentos, no estamos por la labor de abandonar.

Arriba me he referido a la muerte de este hombre de forma impersonal. Es decir, aunque sabemos por el contenido que no ha muerto, sino que alguien lo ha matado, la forma de enunciarlo ha evitado señalar ningún sujeto de la acción. Lo he querido mostrar así, de forma provocadora, para fijar la atención sobre el punto de que es esta la manera habitual con la que los medios se refieren a los asesinatos machistas. Las mujeres mueren, mueren acuchilladas, mueren de una paliza, mueren tiroteadas, mueren atropelladas… Sin embargo, las noticias se refieren a todo tipo de hechos violentos señalando de forma mucho más clara al agresor exceptuando este caso. Esto llegó al punto álgido cuando, al recoger la noticia del asesinato con el que abría este artículo, se indicaba sin sonrojos que una mujer había asesinado a su marido.

Esta forma de referirse los medios a los asesinatos machistas forma parte de todo aquello que no se ve tanto pero que es la base necesaria para llegar a la situación extrema de la violencia machista. Es decir, al igual que si de un iceberg se tratase, es muy fácil ver la punta, lo visible, lo que sobresale. En este caso los asesinatos. A estas alturas, prácticamente nadie justificará hechos como estos. Sin embargo, si vamos bajando en esta pirámide nos podemos encontrar con el control en la pareja, la minusvaloración, el desprecio, la humillación y otras situaciones de violencia que, pese a no ejecutarse de forma física, constituyen sin duda agresiones contra las mujeres de un carácter mucho más cotidiano. Si seguimos bajando encontraremos aquellos ladrillos de este bloque que, a pesar de formar parte de él, generan un rechazo mucho menor. Podemos hablar aquí de los piropos de hombres desconocidos, del cuestionamiento de las decisiones personales, ninguneo, infantilización, etc.

En definitiva, que antes del asesinato existen toda una serie de situaciones y comportamientos propios del sistema patriarcal que construyen esta pirámide de la opresión y sustentan estas muertes, algo que no se da en el caso de las muertes de hombres. Es tarea nuestra hacer lo posible por derribar esa pirámide. Pero no se termina con la violencia machista a base de victimismo y falta de visión, sino siendo conscientes de nuestro papel, de nuestros privilegios y todo lo que ello implica. Trabajar por eliminar estos privilegios es solo el primer paso.

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