Las razones del anarquismo social. ¿Es necesario otra vez explicarlo?

Cuando alguien pregunta espontáneamente “Si el anarquismo de por sí es social, ¿por qué creáis otra etiqueta?”, la respuesta rápida viene a ser “Agárrate que vienen curvas” con los Creedence Clearwater Revival sonando de fondo. No precisamente por el tema de la etiqueta, ya que es lo de menos, sino por la explicación del contexto. De todos modos, si a alguien le importa la etiqueta, creo que puede venir de un libro que generó bastante polémica escrito en 1995 por Murray Bookchin y titulado “Anarquismo social o anarquismo personal. Un abismo insuperable”. Ahí es donde diferenció dos grandes corrientes por sus prácticas políticas: una en la que a la práctica no tiene como objetivo la revolución social, y la otra en que sí (lo explico más adelante). Ese libro nació de la frustración del autor de no encontrar ningún espacio anarquista que tuviese arraigo en el territorio, donde la gran mayoría de colectivos se dedicaban a vivir la vida pirata despreocupados de los problemas cotidianos de la clase trabajadora estadounidense.

Para empezar

Más en concreto haciendo hincapié en el mundo occidental, uno de los males que nos ha acompañado desde el fin del mayo del ‘68 y sobre todo desde el comienzo del s.XXI, es la costumbre de reinventar la rueda. Cada vez que se inventaba la misma rueda nacían nuevos mitos y romantizaciones de épocas pasadas, mientras se repiten fórmulas fracasadas de la anterior generación. Ésto impedía el estudio y conocimiento de las memorias reales sobre la militancia y la acción política de organizaciones anarquistas que tuvieron un papel importante en la historia. Pero, ¿no estamos inventando una nueva rueda con ésto del anarquismo social? No. Nuestra principal razón es recuperar la herencia del anarquismo que se materializó en organizaciones fuertes y en militantes comprometidos, capaces de hacer la revolución social e implementar un nuevo modelo de sociedad. Es la tradición socialista con el que nació el anarquismo y razón por la cual fueron posibles las revoluciones sociales.

Lo que hoy llamamos “anarquismo social” por la categoría que vino del libro de Bookchin, en verdad en otras épocas tenían otros nombres, pero encontramos similitudes en la práctica, los principios, los objetivos, las tácticas y estrategias. Una mirada hacia atrás, hace unos cien años, Piotr Arshinov escribió algo similar allá por la dédada de 1920 que viene relacionado con este tema: «La teoría anarquista de la libertad personal, lejos de estar aún suficientemente esclarecida, deja un vasto campo a los malentendidos. Evidentemenate los hombres de acción, que poseen una voluntad firme y un instinto revolucionario fuertemente desarrollado, verán en la idea anarquista de la libertad personal ante todo la idea de respeto hacia la personalidad ajena, la idea de la lucha infatigable por la libertad anarquista de las masas. Pero los que no conocen la pasión de la revolución y los que piensan en primer lugar en las manifestaciones de su propio ‘yo’ comprenden esa idea a su modo. Cada vez que se discute el problema de la organización práctica, de responsabilidad, dentro de la misma organización se escudan en la teoría anarquista de la libertad personal y fundándose en ella, tratan de sustraerse toda responsabilidad. Cada cual se retira en su oasis y practica su propio anarquismo. Las ideas y los actos de los anarquistas son pulverizados así en átomos mínimos.»

Y sin ir tan lejos en la misma época pasada, la militancia anarquista organizaba sindicatos, creaba ateneos populares, escuelas racionalistas, periódicos, …hasta algunos equipos de fútbol. Todas esas estructuras sociales estaban insertas en la clase trabajadora, y creaban a la vez una cultura obrera, atendiendo a las necesidades de la clase a la que pertenecían y trabajaban también en proyectos políticos como el comunismo libertario. A ésta práctica política es a la que denomino como tradición socialista, basada en la confrontación con el sistema capitalista teniendo como modelo de sociedad el socialismo libertario, entendiendo éste como un sistema basado principalmente en la democracia directa, en la planificación económica descentralizada y una sociedad igualitaria. En la actualidad, recuperar la tradición socialista pasa por nuestra participación activa en los movimientos sociales y sindicales, reforzando las dinámicas de lo común, la democracia directa y los lazos entre diferentes sectores en lucha. Encontramos esa similitud primero en el anarquismo organizado latinoamericano, que trabajaría recogiendo el legado dejado por el plataformismo de Makhno. Por mencionar algunas organizaciones, encontramos a la FAU (Uruguay), CAB (Brasil), Vía Libre (Colombia)… y llegando después a occidente las cuales encontramos a Black Rose (EEUU), UCL (Francia), Embat (Catalunya)…

Un abismo insuperable

Después de la destrucción del tejido sindical a finales de los ’70 a causa de las reconversiones industriales, la introducción de la cultura de masas y el consumismo, de algo había que beber. Y aquí importamos lo peor de cada casa: el insurreccionalismo italiano y las americanadas de libertad individual y máxima autonomía. Sí, la década de los ‘90 y ‘00 supusieron la desconexión del anarquismo con los problemas de clase en el mundo occidental, donde estaban de moda la idea de crear sociedades libres a pequeña escala y vivir al margen del sistema mientras la OTAN destruía Yugoslavia y Bosnia e invadía Iraq.

Entonces ese nuevo anarquismo abogó por organizarse en grupos informales o de manera individual, crear islas de libertad o dedicarse meramente a actividades culturales y educativas. Sin embargo, estas prácticas también se dieron en la historia: atentados individuales contra la patronal sin contar con la organización sindical, los grupos naturalistas o simplemente anarcoindividualistas que formaban sus pelotones de milicias independientes para combatir en la revolución. Tanto el insurreccionalismo italiano como el anarquismo vivencial fueron una salida hacia adelante resultado del estancamiento de las viejas guardias.

A pesar de todo, el hecho de haber superado el estancamiento fue positivo ya que evitó la muerte definitiva del anarquismo. No obstante, estas corrientes eran incapaces de influir en la lucha de clases y en algunos casos, ciertos colectivos en la práctica renunciaron a la revolución social, al verse tan lejana y tan poco probable que decidieron apostar por la libertad del aquí y ahora (anarquismo vivencial). Ésto puede tener dos lecturas: la parte positiva es poder experimentar modelos de sociedad no capitalistas que tengan potencial para conectarse con las luchas locales, y la contraparte es la reproducción de actitudes propias del sistema en los espacios y terminen siendo un ghetto. Esta pérdida de la tradición socialista por el inmediatismo (lo queremos aquí y ahora) los deja como un subproducto del liberalismo. El capitalismo tolera otros estilos de vida que no supongan una amenaza al statu quo.

Nuestras razones

Sin embargo, en nuestras razones no entra la confrontación con ese anarquismo, ya que ante la actual coyuntura es necesario destinar recursos y fuerzas a construir nuestro propio proyecto, siguiendo el legado de generaciones anteriores así como aprendiendo o aportando experiencias con quienes compartimos luchas inmediatas y proyectos de futuro. Del mismo modo, nos lleva a tener que compartir espacios y colaborar entre diferentes actores siempre y cuando podamos trabajar, ya que en la práctica se trabaja con quien se pueda y esté dispuesto. Lo que nos ha llevado hasta aquí es el fruto de reflexiones y debates originados en el ciclo de movilizaciones de las primaveras árabes y aquí del famoso 15M, allá por la década del 2010.

En la década del 2010, los debates giraron en torno a las esencias: ¿a favor o en contra del poder? ¿Y los nacionalismos? ¿Social o antisocial? ¿Cantidad o calidad? ¿Reformismo? ¿Etapismo?… Sin embargo, no es el tema a tratar aquí y se pueden consultar en la hemeroteca. Aun así, sí es necesario explicar otra vez las razones del anarquismo social, pero esta vez aterrizamos más en la realidad actual. Podemos resumir aquí las siguientes cuestiones claves:

– El nivel político. El gran olvidado

«La política son como los gases, los cuales tienden a ocupar el mayor espacio posible. Si una fuerza política abandona un espacio, otra la ocupará»

Hablar de hacer política fue un tema tabú en las últimas tres décadas. Los grupos de afinidad, los colectivos y el anarcosindicalismo lo eran todo. ¿Por qué montar organizaciones formales que parecen leninistas, si basta que nos juntemos los anarquistas para hacer cosas? Las acciones por entonces no dejaban de ser activismo con proclamas maximalistas y actos culturales. Estas dinámicas activistas no se diferenciaban tanto de otros activistas no ideologizados, que no pasan más allá de campañas concretas yendo a la defensiva y con objetivos cortoplacistas. Del mismo modo, el “hacer por hacer”, “hay que hacer algo”, y el medir la fuerza en base a la cantidad de movilizaciones, no nos lleva a ningún lado. Las lecciones aprendidas de las experiencias militantes recientes nos han demostrado las limitaciones del activismo y el movimentismo. También nos dimos cuenta que otras fuerzas políticas juegan en el terreno social y sindical. En casi todos los espacios amplios se encuentran militantes de distintos partidos políticos de la izquierda tanto institucional como extraparlamentaria. Y dependiendo de las intenciones de cada partido, habrán quienes los usen para tener algo de calle y/o para hacer de correa de transmisión al partido que predomine en tales colectivos, activando o desactivando luchas según intereses partidistas.

Aquí comenzamos a ver, tras el fin del ciclo del 15M y el inicio del asalto a las instituciones, que cuando no hacemos política, otros lo harán en detrimento nuestro. Y nos quedamos con cara de instrumentos de usar y tirar para que otros hagan sus carreras políticas. Tocó mudarnos al rincón de pensar. Así pues, ¿recordáis cuando la gran mayoría de anarquistas veían la Plataforma de Nestor Makhno como autoritaria? Pues resulta que la minoría de anarquistas que adoptaron el modelo plataformista consiguieron ser una fuerza política con una base social notable en Bulgaria. Volviendo a Makhno, la unidad ideológica, táctica y estratégica no fue un invento suyo para la plataforma. Eso ya vino de antes con otras nomenclaturas o implíticos en los documentos de Bakunin y la organización que fundó. Así es, hablo de la Alianza por la Democracia Socialista, considerada primera organización política anarquista. Nada nuevo bajo el sol, ahora toca trazar planes.

¿Hacia dónde apuntamos? ¡Objetivos! «Qué es lo que queremos». Si aspiramos al comunismo libertario necesariamente hemos de acabar con el capitalismo. Y ésto no basta con buenas intenciones o tener razón, hace falta ser una fuerza política organizada con capacidad material para implementar un nuevo modelo de sociedad, una cierta hegemonía cultural y una sociedad organizada. En todas las revoluciones de la historia veremos estos patrones comunes. Hay que traducir nuestra ideología política en objetivos y plasmarlos en un programa.

¿Cómo llegamos? ¡Estrategias y tácticas! «Cómo logramos nuestros objetivos». Esos programas no se implementan por arte de magia, hacen falta planes para poder llegar. Aquí es donde entra la necesidad de planificar las hojas de ruta, las campañas y las tácticas. Todo tiene un por qué, con qué objetivos hacemos tal o cual acción, cómo distribuimos nuestros recursos y fuerzas, con quiénes establecemos alianzas… En fin, todo aquello que nos sirva para aumentar nuestras fuerzas y, por ello, nos permita caminar con agenda propia y lanzarnos a la ofensiva, superando las limitaciones del activismo y el movimentismo.

¿Dónde está nuestro rincón de pensar? ¡Las organizaciones políticas! «La caja de herramientas. La caja, la caja». Para potenciar la lucha de clases hemos de ir organizadas, aprender en las luchas cotidianas, potenciar los movimientos sociales autónomos y de clase, tener respaldo político, encontrar herramientas como protocolos, documentación, análisis de coyunturas, mapas, etc. Finalmente, hay que dejar claro que el rincón de pensar no hará la revolución, sino la propia clase obrera. Las organizaciones políticas nos sirven para dar ese sentido revolucionario.

Otro punto muy importante son los datos y los análisis. Conocer e interpretar la realidad compleja en la que vivimos y las contradicciones del sistema capitalista es clave para poder desarrollar nuestro proyecto político.

– Cultura militante. Creer en lo que hacemos

«Somos sentimientos y tenemos seres humanos»

Desde julio del 2012 nos llegaron imágenes de milicianas con armas ligeras que rápidamente se ganaron nuestras simpatías. Tras indagar un poco sobre el norte de Siria llegamos a conocer Rojava y todo lo que había detrás montao. Desde el PKK, pasando por el cambio de paradigma, hasta las estructuras de la sociedad revolucionaria kurda, nos sorprendió la influencia de las ideas libertarias en ella. Luego nos dimos algunas hostias cuando algunas de nosotras habíamos llegado a participar en campamentos de convivencia y formaciones que organizaron personas del movimiento kurdo en Europa. La cultura militante estaba en otro nivel. Creen en lo que hacen, trabajan la autocrítica y la autodisciplina, tienen un alto grado de compromiso… y muchos dieron sus vidas por su pueblo.

Ciertamente son situaciones distintas, pero es muestra de que necesitamos trabajar ciertos aspectos para recuperar una cultura militante seria como (por mencionar algunas):

  • Trabajar por proyectos y no a salto de mata. Pasar de hacer microproyectos sin coordinación alguna a pensar proyectos donde cada organización tenga un papel en cada ámbito de actuación.
  • Interpretar la ideología política como base para el desarrollo de proyectos revolucionarios acorde a la coyuntura en la que vivimos. Ver más allá de lo local sin despegar los pies de la tierra y tener visión estratégica.
  • Tener el valor de hacernos autocrítica, mejorar nuestras actitudes, conocer nuestras limitaciones y ser capaces de asumir y confrontar nuestras propias contradicciones.
  • Asumir responsabilidades individuales y colectivas, trabajarnos la autodisciplina.
  • Pensar más en realizar alianzas en base a qué compartimos en común en vez de enemistarnos.
  • Ser capaces de resolver asertivamente las rupturas y diferencias estratégicas.
  • Ser el germen de sociedad que queremos construir. Eliminar los vicios del pensamiento capitalista.

En general, construir una cultura militante que nos permita desarrollar el proyecto político que queremos, no necesariamente desde sociedades paralelas, sino desde lo cotidiano y en contacto con la sociedad. Aunque sea fácil decirlo, aplicarlo es cuestión de voluntad y la claridad que le veamos al proyecto político que defendemos. Hoy más que nunca es necesario recuperar unos valores éticos que el capitalismo nos intenta arrebatar, comola defensa de lo común, el respeto, la humildad, la empatía, la diversidad…

– Inserción social. Meternos en el fregao

«No debemos bajo ningún pretexto, separarnos del pueblo, pues no importa cuán atrasada o limitada puedan ser las personas, son ellas y no el ideólogo, quienes son la fuerza motor indispensable de toda revolución social»

Quizás “inserción social” sea uno de los términos que haya causado bastantes malentendidos, dando a entender erróneamente como sinónimo de paracaidismo o entrismo en los movimientos sociales. Nada más lejos de la realidad, la frase que abre este capítulo es parte de una intervención de Amélée Dunois en el Congreso Anarquista de Amsterdam en 1907, donde salió el debate sobre la necesidad del anarquismo de participar en el sindicalismo.

Queremos que nuestro programa sea asumible por los movimientos sociales y podamos crecer mutuamente, y ésto solo será posible si la militancia anarquista se encuentra a pie de calle y participando activamente en los movimientos sociales. Nuestra manera de hacer política está en el trabajo de base, y hemos de ir organizadas no para instrumentalizar las luchas, sino para radicalizarlas a través de las propuestas y puestas en práctica de tácticas y estrategias que permitan el avance cualitativo de dichas luchas.

– Capacidad de convocatoria. Ganar la batalla cultural

«La neutralidad no existe»

El sistema constantemente está fabricando discurso y propaganda. La no-ideología es su ideología, es la ideología dominante. Cualquier fuerza revolucionaria debe disputarse la hegemonía. Necesitamos que nuestras prácticas tengan altavoces y sirvan como propaganda por el hecho, enfrentando nuestra alternativa política frente a la barbarie capitalista también a nivel discursivo, es decir, defender la legitimidad de nuestros discursos. Tenemos que ser capaces de crear una cultura obrera y un imaginario colectivo socialista libertario que cuestione de raíz este actual sistema. Esto implica que podamos tener capacidad para movilizar a la clase trabajadora ante determinadas coyunturas, tener músculo en la calle y marcar agenda en la acción social y política. En otras palabras, ser la fuerza política que lleve la iniciativa en la lucha de clases.

A modo de conclusión

La revolución no está a la vuelta de la esquina, sino que será un proceso largo que depende de multitud de factores. Nos encontramos actualmente un escenario difícil, con amenazas serias como la derechización de la socidedad y la crisis climática y de recursos. Pero mejor que nos pille lo más preparadas posibles o enfrentaremos escenarios mucho peores. El anarquismo no debería quedarse como ideología que solo sea aplicable a pequeña escala y solo valga para gestionar ecoaldeas, sino que debería ser un proyecto político que pueda implementarse también en las actuales sociedades occidentales complejas, a través de una planificación descentralizada y una sociedad organizada con altos grados de participación social.

Militancias sin norte

Los hechos acontecidos tras la sentencia del Procés son de sobra conocidos, por lo que me ahorraré la tinta en descripciones. En todo caso ahí estábamos el grupo de afines de siempre acudiendo a las manifestaciones de repulsa a dicha sentencia, heterogéneos en nuestros propios análisis de la situación aunque todas situadas en líneas libertarias. El recorte en derechos civiles escondido bajo el dictamen de castigo por el uno de octubre, así como el enésimo ejercicio de represión y criminalización de la protesta, nos obligaba a salir a la calle. Así pues marchábamos de nuevo al lado del independentismo; entre sus masas muchas caras conocidas de tantas luchas compartidas en el día a día anticapitalista catalán, y notábamos resurgir una inquietud interna que hacía tiempo que no sentíamos. La sensación de que hacíamos lo correcto equivocándonos, o que nos equivocábamos haciendo lo correcto.

Era necesario salir a la calle en oposición a la nueva jugarreta del estado para surtirse de armas jurídicas contra la disidencia, sin importar la ideología de esta, con vistas claras a la conflictividad social que nos trae el futuro. Pero nos presentábamos bajo un pavés ajeno.

Nuestros motivos no iban a ser leídos, nuestro discurso era mudo y nuestra presencia servía a los objetivos de otro proyecto político, que para algunas puede ser simpático, incluso afín, pero siempre ajeno.

Veíamos con ilusión la aparición en la escena política de una nueva generación capaz de llevar la aburguesada sociedad a la confrontación contra el poder represor. En medio de estos pensamientos la masa arrancaba a cantar otra vez Els Segadors, haciéndome cuestionar de nuevo el porqué de mi presencia en esta lucha. Podría ser por solidaridad, solidaridad hacia el pueblo con el que convivo a diario, el pueblo con el que sueño construir una utopía anarquista y el mismo que salía ese día a la calle a defenderse. En general cuando una manifestación corea algo con lo que no estoy plenamente de acuerdo me quedo en silencio, pero este himno expresa la transversalidad de las gentes ahí reunidas, si quería reivindicar mi entidad propia ese era el momento. Decidí pues alzar las manos haciendo el símbolo de la solidaridad obrera entre un mar de puños y manos de cuatro dedos. La respuesta que recibo: “Què significa això que fas amb les mans?” (¿Qué significa esto que haces con las manos?).

No nos entienden. Ni falta que les hace. Vuelvo a mi casa después de unas horas con la sensación de haber realizado un acto de colegueo ideológico. En realidad en esa manifestación era un actor de segunda, ni se me ha pedido que vaya ni les ha hecho falta mi presencia. Yo he decidido adherirme, ¿Por qué? No podíamos quedar pasivos ante las injusticias que se estaban produciendo; a algún lugar teníamos que ir. La triste realidad es que si gorroneamos la trinchera de otro es porque nos falta la nuestra propia. Y esto ya es más grave.

Esta juventud que sube indignada necesitará un discurso que explique su realidad, de precariedad impuesta y represión política, en el marco del colapso ecosistémico global y la lucha por la hegemonía capitalista imperial. Por contra, en ausencia de esta guía de comprensión, caen en promesas reformistas que ofrecen, a más estirar, subidas discretas del salario mínimo vendidas como logros revolucionarios, o promesas de regeneración social a través de proyectos de nuevos estados libres y populares, que aún está por ver cómo se configurarían, pero muy probablemente lograrían asegurar la supervivencia de la estructura de poder burguesa, dada la actual sociología.

Si pensamos sinceramente que el anarquismo tiene respuestas y soluciones a esta realidad, ¿Por qué estamos abandonando la juventud al nihilismo o la militancia estatista?

Yo, aun joven, me afilié de la mano de Salvador Seguí, quien me convenció de que era en el sindicato el único lugar donde el pueblo trabajador podía representarse a sí mismo, usando la libre federación y el papel basal de la proletaria en el esquema productivo para conquistar poder político. Lejos de partidos de vanguardia que por ir en cabeza no van con el pueblo, o parlamentarismos que desmovilizan a las trabajadoras a base de esperanzas infundadas de reforma radical; mano a mano, tejiendo una red de solidaridad que aspire a dinamizar el pulso al poder.

Por el contrario, lo que he visto en mi escaso tiempo de militancia es un movimiento quebrado internamente por no poder evitar replicar las mismas dinámicas sociales que debería, supuestamente, combatir. Militantes más veteranas podrán analizar mejor esta situación, por lo pronto se me ocurre lo siguiente: la lucha interna es consecuencia de la falta de un proyecto propio.

Sin una propuesta libertaria alrededor de la cual aglutinar militancia, afiliación y simpatizantes nuestra gente se pierde, nos perdemos. Nuestro sujeto político, la unión libre de individuos que es el pueblo trabajador, no ha desaparecido, pero ya no tiene orejas para nuestro discurso. Trata de sobrevivir impulsando proyectos con más vitalidad, aparente por lo menos. En esta época de espectáculos la apariencia lo es todo. El pueblo se encuentra dividido por la heterogeneidad que le caracteriza, creando la base para la batalla entre las diferentes opciones políticas por conseguir la hegemonía para sus propios objetivos.

Nosotras, al ser pueblo y querer cerrar filas con él, pues sin él no somos nada, reproducimos sus cismas en nuestras organizaciones. La militancia hace gimnasia ideológica para acomodarse a la facción que le parece más útil, cuando no elije bando por simpatías o directamente se pierde en el laberinto que es la ideología. Estos posicionamientos generan tensiones en el sino de la organización, dando pie a la lucha intestina en la que todas, más novatas o veteranas, nos hemos visto involucradas. El ambiente de asedio es asfixiante.

Esto no es nuevo. Ya lo vimos, salvando muchas distancias, en la encrucijada que se encontraron los anarquistas ucranianos ante la guerra en el Donbáss. La realidad de un movimiento infantil en sus planteamientos, desorganizado y disperso, impidió formalizar una respuesta seria a tan grave situación. Ante esta falta de proyecto y referentes toda elección era un error:

– La crueldad de la guerra hacía de la no-intervención la actitud de la inmoralidad, ¿Estaban los anarquistas de acuerdo con el baño de sangre?, ¿O les era ajeno? En todo caso, la pasividad les alejaba del pueblo que pretendían representar. Ni siquiera se podía perdonar perder el tiempo en juegos cuando la sangre se desperdiciaba en otro conflicto imperialista.

– El frente ucraniano permitía responder la injerencia imperialista rusa sobre la soberanía ucraniana, así como compartir trinchera con las peligrosas facciones fascistas que se alzaron, con sospechosa facilidad, durante el Maidán.

– El frente ruso permitía enfrentar de cara el alza del fascismo en Kiev, a la vez que servir los intereses geopolíticos de la Federación Rusa, actor conocido por ser represor de las libertades civiles.

Podemos extraer una enseñanza de este ejemplo: Es vital acudir a las luchas históricas con un proyecto propio. La militancia en una organización anarquista debería ser un acto con contenido propio, relegando los votos útiles y los “mejor que nada” a la marginalidad. ¿A caso hemos dado por caducado el proyecto emancipador que proponía el comunismo libertario?

De ser así, si hemos aceptado relegarnos a sindicatos dedicados únicamente a la batalla laboral, asambleas de posmodernos trasnochados, huertos urbanos y conciertos de puretas alcoholizados, más nos valdría emprender la diáspora militante definitiva para migrar allá donde más caliente el sol. Parecería que el pensamiento libertario ha perdido toda capacidad de impulsar un cambio revolucionario, pero si la experiencia kurda ha de servir para algo en la historia que sea para demostrar que un proyecto basado en líneas libertarias, si es disciplinado y cuenta con objetivos claros, tiene, aún en estos tiempos aciagos del siglo XXI, mucha batalla por presentar.

Las kurdas consiguieron presentar un programa coherente con su contexto histórico. Supieron dar voz a los anhelos del pueblo, aglutinándolo en su discurso. Así han podido construir una realidad revolucionaria digna de defenderse. El crimen será destruirla, no defenderla; la legitimidad de su movimiento es total, sus frutos son positivos. Han creado vida en un mundo que languidece.

No olvidemos que una de las inspiraciones del faro ideológico kurdo, Abdullah Öcallan, para crear su Confederalismo Democrático no es otro que Murray Bookchin con su Municipalismo Libertario, una recuperación y actualización de los postulados del viejo Kropotkin. El sueño sigue vivo aunque nuevas generaciones lo imaginen diferente.

Mientras tanto aquí seguiremos con militancias diluidas, dando bandazos entre proyectos ajenos ya que el quietismo ante la ignominia es la más rastrera maldad; cuando no encerrándonos en la tarea sindical esperando que “La Conquista del Pan” se convierta en éxito de ventas por intervención divina.

Al fin en casa, asistía a las imágenes de la protesta, amenizadas con el discurso criminalizador de los medios oficiales en bloque, ante las que no podía evitar pensar que con toda probabilidad entre las capuchas se escondían anarquistas, jugándose su libertad e integridad física en la barricada. No esas anarquistas italianas que anuncian por televisión con trompetería de apocalipsis, sino de las que viven vidas corrientes con la mente despierta y el corazón compungido. En algún momento veremos qué impacto en nuestra realidad provocará esta revuelta, mientras tanto la gran esperanza parlamentaria morada pugna por ser reconocida por los partidos de orden como actor político legítimo y la cúpula de mi sindicato muestra dificultades para empatizar con una generación agitada, aun con represalias de cárcel y amputaciones por en medio.

Son tiempos malos para la esperanza en la comarca anarquista.

Nuestras mejores militantes acaban apostando por proyectos estatistas, de ámbito español o catalán, cuando no son directamente purgadas en las luchas internas, mientras aun debemos congraciarnos porque el sindicato fue capaz de adherirse, poco a poco y empujado por la represión policial, a una huelga ajena. Pues ese viernes muchas secundamos la convocatoria de huelga de otra organización, que se llevará la simpatía del pueblo que pretendemos emancipar. Y aun hubiera sido peor si nos hubiéramos quedado en casa. No hay opción correcta.

Vienen tiempos duros en que el capital se revolverá violentamente en su agonía. O cavamos nuestra propia trinchera, la de la libertad y la justicia, o la realidad nos pasará por encima a todas.

Carles

“Contra” el anarquismo. Un aporte al debate sobre las identidades

«Volver a empezar quiere decir: salir de la suspensión. Restablecer el contacto entre nuestros devenires». Tiqqun.

Muchas de nosotras llevamos tiempo preguntándonos sobre las identidades: ¿qué es la identidad? ¿Cómo se articula? ¿Es interesante o estratégicamente recomendable enarbolar las banderas identitarias dentro del marco de los procesos revolucionarios? Trataremos en este texto de aportar otra mirada al debate.

Entendemos por identidad el proceso simbólico y estructural de identificación o pertenencia, y por lo tanto también de separación. Es necesario realizar una distinción entre identidades impuestas por el biopoder (mujer, negro, gordo, etc) e “identidades revolucionarias” que son dadas a sí mismas por diversidad de organizaciones, colectivos o individualidades (anarquista, comunista, nihilista, etc), es decir, son identidades que no vienen impuestas por símbolos discursivos, sociales y lingüísticos históricamente determinados por el poder, sino que son dadas por los propios individuos.

En muchos casos, las identidades impuestas por el biopoder son categorías de opresión. Ser llamada mujer no te hace mujer, pero sí otorga una categoría social con lo que ello significa y conlleva. Reapropiarse, resignificar las categorías dadas por la opresión es, en la mayoría de los casos, un paso necesario para articular un empoderamiento colectivo desde la identidad. Como dice Nxu Zana, mujer indígena y feminista:

«es decir me impusieron una serie de disposiciones que debía cumplir por el hecho de ser mujer y de no hacerlo sería juzgada, castigada, marginada, estigmatizada y hasta violentada, con esto no estoy de acuerdo pero jamás negaría la realidad de mi cuerpo y lo que conlleva en mi grupo, historia, vida personal y colectiva, porque desecharlo implica negar una realidad y mi experiencia al respecto tratando de abandonarme en una mentira»

Nada tenemos que decir sobre estas identidades impuestas, pues tanto su función coactiva como su reapropiación están claras en el marco de una lucha discursiva, simbólica y material que se libra todos los días, en todas partes. Por otro lado, las “identidades revolucionarias” esconden tras de sí una serie de sutilidades que de cerca nos apestan.

Afirmamos sin que nos tiemble la voz que declararse “antisistema”, “anarquista” o cualquier otra etiqueta similar, representa hoy entrar en la lógica del poder. Esta declaración no es una simple provocación; es ante todo una necesidad tanto estratégica como conceptual. En pocas palabras, en el momento que alguna individualidad o colectivo se designa a sí mismo como “anarquista” (o cualquier otra etiqueta similar, se entiende), lo que está haciendo es dotarse voluntariamente de un rostro reconocible a ojos del poder y, de paso, se está separando del resto de la población. Recordemos que la lógica de la separación es siempre la lógica del poder. Con esta asignación identitaria se están señalando a sí mismos, están llamando la atención, y el poder se aprovecha de que se revistan con estas máscaras tan identificables. De esta forma al poder le resulta mucho más sencillo aislar, reprimir y discursivamente erigir un monstruo a ojos de los demás para mantener la separación que los propios anarquistas han creado. El resultado previsible de asumir esta estrategia es aislamiento, identificación y represión. Y mucha impotencia, de postre.

El poder, lejos de querer destruirnos (como en ocasiones leemos en algunos textos repartidos por las okupas de nuestros barrios), busca más bien “producirnos”. Producirnos como sujetos políticos; como anarquistas, antisistemas, radicales, etc. Producirnos para posteriormente poder neutralizar fácilmente cualquier tentativa de organización. Es hora de dejar atrás todo este lastre. Frente a la separación que generan las “identidades revolucionarias”, tan solo queda disolvernos. Disolverse significa: devenir indiscernibles, pasar inadvertidos, mantenerse apartados del radar mientras se actúa en los lugares donde habitamos, junto con la gente que nos es cercana, sin proclamar nada pero dejando que la práctica hable por nosotros.

La dialéctica que se sigue es la siguiente; se parte desde una cierta ideología preestablecida (con la consiguiente identidad anclada) y de forma completamente aislada, desde esa exterioridad, desde ese vacío, uno pretende bajar a la materialidad del mundo para “dirigirse a las masas” y conseguir tal o cual objetivo. Esto es política de extraterrestres y forma parte del fracaso en curso; es necesario invertir esta dialéctica. Más bien partimos de una cierta situación común, de unas ciertas necesidades y acompañados de ciertas personas heterogéneas sin ningún tipo de “identidad revolucionaria”, y es desde ahí, desde nuestra cotidianidad, desde los lugares que habitamos y junto con las personas de nuestro alrededor, donde construimos mediante la práctica colectiva una estrategia revolucionaria que puede apuntar al ideal más libertario que se quiera. Como dicen unos amigos; una comunidad no se experimenta jamás como identidad, sino como práctica, como una práctica común.

En el transcurso del conflicto, nos sorprende que una pregunta tan esencial como “¿qué aporta exactamente el hecho de que nos declaremos anarquistas?” no se formule. Anclados como estamos en viejas tradiciones revolucionarias, perdemos la claridad de lo que acontece ante nuestros ojos. Poner este aspecto sobre la mesa nos parece fundamental. Proclamarse anarquista (o cualquier otra “identidad revolucionaria”) no aporta ni facilita absolutamente nada, no incrementa nuestra potencia revolucionaria ni ayuda a una mejor o mayor organización. En cambio, nos aisla y nos hace un blanco fácil para la represión. Las identidades ideológicas son un pilar sobre el cual el enemigo se apoya, por lo tanto está en nuestras manos renunciar a ello. Foucault escribía acertadamente que «sin duda el objetivo principal hoy en día no es el de descubrir, sino el de rechazar lo que somos». Asumir esta premisa tan solo es un ejercicio de humildad y sinceridad. Esto no significa olvidar, y mucho menos a nuestros muertos, sino empezar de otra manera.

Nosotros partimos del siguiente punto; el contenido de una lucha reside en las prácticas que adopta, no en las finalidades que proclama. De nada sirve cargar con una mochila repleta de intransigencia identitaria, de purismo refinado y de radicalidad moral si seguimos anclados en esta parálisis colectiva. Actuando desde los lugares que habitamos y desarrollando formas de vida, no nos unen tanto las grandes pretensiones ideológicas sino más bien las pequeñas verdades comunes, dentro de un proceso complejo, dinámico y en ocasiones hasta contradictorio. Es en este punto donde nuestra potencia revolucionaria crece y puede devenir en algo más.

Finalmente, queremos señalar el divorcio que en muchas ocasiones se produce entre el mundo militante del ghetto (con todas sus identidades ideológicas) con la centralidad de la vida cotidiana. En otras palabras; en estos espacios no se abordan aspectos tan básicos y necesarios para la vida de cualquiera como son por ejemplo la vivienda, el transporte o el trabajo. Hacer charlas, debates y movilizarse pero descuidando organizarnos sobre la base de nuestras necesidades y situarse en un marco puramente ideológico e identitario es parte del problema. Tenemos que volver sobre la tierra. Es necesario demoler los muros que nosotros mismos hemos construido a nuestro alrededor. Esta escisión entre el mundo militante/identitario con la centralidad de la vida y sus necesidades son un obstáculo a superar; debemos operar un desplazamiento necesario hacia otro eje de coordenadas, y basar nuestra organización en lo verdaderamente político, es decir, en construir otras formas de vida junto con las personas que nos rodean. Esta escisión también es lo que permite que muchos militantes puedan abandonar la lucha al mínimo atisbo de duda individual y “retirarse”, ya que su actividad no gira en torno a aspectos centrales de la vida. Tan solo esa exterioridad con respecto a la vida puede permitir que eso sea posible. De lo contrario, no podría retirarse de aquello que vive cada día. No puede haber una esfera militante o identitaria y otra esfera apartada que corresponde a “la vida”; nuestra tarea es disolvernos, pasar desapercibidos, organizarnos en base a las necesidades de nuestras vidas y colectivamente poner en práctica nuestras aspiraciones.

Creemos firmemente que la lucha es otra cosa a lo que estamos acostumbrados. No nos sorprende que en ciertos espacios, muchas personas terminen quemadas de su actividad militante, hartas, vaciadas por la impotencia a la que se ven reducidas. No se puede disociar lucha y vida, de la misma manera que no podemos separarnos de los demás en base a no se qué identidad ideológica. Las relaciones de vecindad y amistad, simple y llanamente, constituyen la argamasa sobre la cual se asienta la llama de la insurrección. Son estos vínculos los únicos capaces de sostener una situación de emergencia revolucionaria, y por lucha y político también entendemos la proliferación de estos vínculos y su puesta en organización. El juego de la identidades ideológicas supone un lastre para que estos vínculos se constituyan, de manera que es hora de renunciar discursivamente y conceptualmente a esa parte de nosotros que tanto nos frena a avanzar en la construcción de otra forma de habitar este mundo.

 – Bari Dz –  [ @Bari_Dz  y @NombreFalso1231 ]

Fotografía: Christine Spengler

El anarquismo según su relación con la realidad material

Hemos conocido ya, leyendo los clásicos, las tres principales corrientes del anarquismo según su modelo económico: individualista/mutualista, colectivista y comunista, que de ello derivan los debates en torno a los modelos organizativos del anarquismo, en los que destaco: informal/rechazo a la organización, de masas (anarcosindicalismo) y a dos niveles específica/plataformismo (que incluye la organización de masas con relación directa con la específica), que tiene relación directa con las tres actuales grandes corrientes: nihilismo/insurreccionalismo, anarcosindicalismo y anarquismo social. Pero faltaría por definir su relación con la realidad material, es decir, en su nivel de inserción social e influencia en las luchas sociales que tiene también relación con el punto anterior.

Antes de continuar, querría matizar que, seguramente, en más de una ocasión habremos oído la coletilla de que hay tantos anarquismos como anarquistas, pero ¿no nos hemos parado a pensar en preguntárnoslo si es cierto o no? Realmente, cada vez tengo más certeza de que la afirmación cabe en las sociedades hiperindividualizadas como las actuales de los países occidentales, donde cada cual busca validar su propio anarquismo en el microcosmos libertarios. Es lo equivalente a las opiniones que cada opinólogo busca validársela dentro del cosmos de las opiniones y sus respectivos culos. La búsqueda de las diferencias en vez de los puntos en común, del concepto del individuo soberano y no como parte de un colectivo soberano, así como de la identidad individual frente a la colectiva…, son síntomas de un problema endémico donde el individualismo ha permeado en las capas más profundas de las sociedades capitalistas occidentales.

No obstante, las opiniones personales no son hechas a sí mismas e independientes del espacio-tiempo, sino que encajan dentro de un marco común que los caracteriza si son conservadores, prejuiciosos/tópicos, de izquierdas, de derechas, falacias, machistas, faministas, clasistas, etc. Asimismo, los conceptos sobre el anarquismo que construya cada cual encajará dentro de una de las principales corrientes mencionadas al principio. Es por eso que, efectivamente, no hay infinitos anarquismos, sino que según su relación, conexión y enfoque sobre la realidad material, adquirirán unas u otras características. Partiendo de estos criterios, establezco tres grandes grupos:

Anarquismo filosófico

Nestor Makhno en sus memorias criticó a los anarquistas rusos de quedarse en sus ateneos discutiendo sobre la moralidad de la revolución, mientras los bolcheviques habían tomado el Palacio de Invierno. Piotr Arshinov tampoco se quedó atrás en su crítica hacia ese anarquismo ruso que no se organizó. En su libro Historia del movimiento Makhnovista escribió que cuando Makhno formó su Ejército Negro para defender la revolución, en vez de recibir el apoyo de los anarquistas rusos, recibió críticas y alentó discusiones alrededor de la disciplina y la estructura militar. Ese anarquismo que criticaron los makhnovistas sigue siendo de actualidad, pues es un anarquismo que no sale de la academia ni de las cuatro paredes del ateneo. Su relación con la realidad material es puramente teórica y solo está en los libros y debates de salón, y no tiene más objetivo que alimentar complejos debates de academia sobre la filosofía, con nula o casi nula conexión con la coyuntura actual.

El reflejo que tenemos hoy del anarquismo filosófico lo encontramos en ciertos grupos tanto de las redes sociales como de ciertos ateneos, donde los cuatro gatos con mayor disponibilidad de tiempo se reúnen a debatir sobre cualquier tema por el mero hecho de filosofar.

Anarquismo de estilo de vida

De nuevo, encuentro en la descripción de Murray Bookchin un paralelismo con las críticas del makhnovismo en su época. Este concepto fue definido por él como un anarquismo que no actúa sobre la problemática real de la clase trabajadora en la actual coyuntura, sino que consiste en una suerte de anarquismo que no hace política de cara a la comunidad local donde residen. En otras palabras, no participa en los movimientos locales tanto si es a nivel individual o desde algún colectivo. Esta suerte de anarquismo solo hace política para el mismo grupo cerrado de amistad con unos mismos códigos de conducta, lenguaje y pensamiento. Ni siquiera diría que hiciesen política, sino que se dedican a practicar el anarquismo en el ya dentro de su reducido espacio de amistad, independientemente de su relación con la problemática de la clase trabajadora. Aquí se les reconoce como el ghetto anarco para el contexto del Estado español, ya que incluimos el anarquismo ortodoxo y nostálgico del ’36 y el anarquismo purista e identitario, que claramente se diferencia del ghetto en EEUU en que se enmarca la crítica de Bookchin.

Anarquismo materialista

Continuando con Nestor Makhno y Bookchin, las críticas que han escrito no fueron de ninguna manera destructivas. Detrás de ellas existió y existe una propuesta con mucho potencial. Tanto la plataforma de Makhno como el municipalismo libertario y el anarquismo social de Bookchin, son un gran aporte a un anarquismo que no es considerado una filosofía o un estilo de vida, sino un proyecto político revolucionario y modelo de sociedad que aspire a superar el actual sistema capitalista. He aquí el por qué hablo del anarquismo materialista. A diferencia de los anteriores, el anarquismo materialista se caracteriza por la participación directa en las luchas sociales (por ejemplo, el anarcosindicalismo en el ámbito laboral, el «anarquismo a pie de calle» de la FAGC, las luchas en defensa del territorio…), además de trabajar por la construcción de un proyecto político que dé respuestas y hojas de ruta a las luchas sociales en todos sus ámbitos.

Veremos notablemente que está estrechamente relacionado con el modelo de la organización dual: la organización de masas y la organización política. Precisamente, el anarquismo materialista se caracteriza también por el nivel político, que es clave para su desarrollo y crecimiento como fuerza política en los tiempos que vivimos.

Notas finales

No obstante, estos tres grupos no son clasificaciones aisladas entre sí, sino que tienen ciertas conexiones. Por ejemplo, ¿dónde clasificaríamos un proyecto de okupación rural como Fraguas, donde unos jóvenes se vuelcan en recuperar la vida de un pueblo abandonado, en el cual, está visibilizando la situación del abandono de pueblos que vivimos en territorio español? ¿Dónde entrarían los proyectos de cooperativas integrales? Sobre estos temas los he tratado en otro artículo diferenciando entre lo que son sociedades paralelas y el poder popular. Aun así, dependiendo de las finalidades que tengan, los podríamos clasificar dentro del anarquismo de estilo de vida o del anarquismo materialista.

Con estas reflexiones pretendo aclarar unas cuestiones que considero claves, tales como ir superando el problema del individualismo de la diferencia y la división hasta el infinito, de los personalismos con base en dicho individualismo, y que cada concepción del anarquismo no es una construcción individual, sino que tendrá unas bases comunes que encajará mejor en uno de los tres grupos mencionados. Pretendo que de allí surjan nuevas dinámicas basadas en lo colectivo, en lo común y sobre la realidad material en que vivimos. Claramente soy partidario de un anarquismo materialista, por la simple razón de que considero que es la vía más acertada para producir cambios en la coyuntura que vivimos. Necesitamos un anarquismo organizado, con vocación ganadora pero humilde, con visión estratégica y criterios de análisis materialistas, amplitud de miras e inserto en las luchas sociales, capaz de generar discurso, proyectos políticos y de influir positivamente en los movimientos sociales en clave de avance cuantitativo y cualitativo.

Desatomizar lo atomizado. Las claves para comprender el anarquismo social

 

Hace poco la Federación Anarquista de Gran Canaria, compartía con nosotros/as por las redes sociales unas interesantes características que ayudasen a comprender de manera sencilla a qué nos referimos más o menos cuando hablamos de anarquismo social:

  1. Son colectivos y proyectos que, sin importar la estructura, nuevos o viejos, se definen por su trabajo más que por corriente ideológica.
  2. Generar teoría les importa mucho menos que a sus antecesores. Prima el trabajo y la práctica y es esta la que define el discurso.
  3. Su marco de actuación es el barrio o el pueblo, y no los clubes cerrados.
  4. Su militancia no es para los afines ideológicos. Militan con la gente del barrio.
  5. El identitarismo anarquista no es lo suyo. El anarquismo es más bien una práctica que una identidad excluyente.
  6. Trabajan en las necesidades básicas. En laboral, vivienda, etc. Y en problemas que afectan al barrio.
  7. Participan en luchas populares con intención de radicalizarlas.
  8. Detrás de su actividad hay un objetivo revolucionario. La idea de crear tejido para poder gestionar recursos de forma directa.
  9. Se niegan a comprar el discurso institucionalista y partidista que promueve alianzas con el poder y prefieren construir desde abajo.

 

Sobre la atomización del anarquismo.

Los ataques de estos últimos años al movimiento libertario reflejan que la clase dominante lo ve débil y atomizado, aunque el anarquismo como pensamiento transformador tenga un potencial social y político fundamental. Encontremos las claves en los puntos arriba expuestos, y trabajemos unas estrategias claras para hacer de nuevo del anarquismo un movimiento amplio.

La atomización refleja una ausencia de unidad, y la mayor de las flaquezas es la falta de encuentro, por lo que deberemos indagar espacios comunes de coordinación y sobre todo acercarnos a conocer otros proyectos. Esforzarnos por salir de nuestros espacios de confort militantes y mezclarnos en eventos que no supongan una continua demostración de autorreferencialismo libertario. Si creemos verdaderamente en el anarquismo como herramienta de transformación social profunda a todos los niveles, nuestra actuación más importante debe ser en este ámbito, debemos conquistar los espacios sociales cotidianos, lúdicos, deportivos etc…, y generar dinámicas comunes. Un paso en esta dirección podría ser recuperar el concepto nacido hace pocos años tras el movimiento 15M, las asambleas interbarrios o interpueblos, que podrían ser relanzadas pues su potencial tiene mucho que aportar a la configuración de comunidades locales que se establezcan como un contrapoder real a las instituciones municipales.

Padecemos de sobremilitancia en muchísimos aspectos de nuestra vida activista, lo que nos traslada a un evidente cansancio, a la desconfianza en los grupos de personas y en los proyectos, pero sobre todo nos impide reconocer los pequeños hechos libertarios en la cotidianeidad, que serían aquellos puntos que más tendríamos que potenciar como ejemplo y referente social. Este alejamiento de la realidad social nos conduce a la creación de guetos ideológicos, profundamente elitistas, donde nos puede separar la estética en ocasiones, y con un lenguaje distanciado de las clases populares. Nos quedamos en espacios de confort del militante político, donde generamos dinámicas poco abiertas a la inclusión de compañeros y compañeras que no manejen nuestros códigos, y tampoco dotamos de herramientas de análisis sencillas para dar a entender fácilmente nuestras reflexiones ideológicas. Se hace fundamental bajar del nivel del mundo de las ideas y hacer un anarquismo práctico, construyendo una didáctica transformadora con objetivo de convergencia entre los movimientos populares cuyas pretensiones sean el empoderamiento y la horizontalidad, y no la conquista de las instituciones.

La mejor propaganda es el mismo hecho, hacer mientras caminamos y construimos proyectos reilusionantes vinculados a las necesidades sociales, economía alternativa, pedagogía libre, es decir, generar alternativas sociales reales. Encontrar el espacio común para germinar trabajo cuyo fruto sea construido desde abajo, desde las personas de una comunidad local, rompiendo los estrechos límites de nuestros colectivos minoritarios y conectando con la práctica social. Una estrategia clara debería trascender nuestra participación individual a la realidad social que nos rodea, atendiendo a los problemas comunes. Volver a poner en valor las herramientas que ofrece el anarquismo en las luchas anticarcelarias, psiquiatría y salud mental, laboral… Nuestra realidad no es aislada, pero necesita de un gran movimiento de base y una reorganización amplia, encontrando sinergias con otros grupos semejantes. De poco sirve tener una nostalgia mítica del pasado, o una tentación paternalista con la sociedad. Falta muchas veces verdadero compromiso e implicación real, debiendo asumir las consecuencias de nuestras acciones dirigidas a dar respuestas a las problemáticas de la clase trabajadora.

Con algunas aportaciones y colaboración de la Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC)

@FAGC_Anarquista

Los mitos y las experiencias (II)

Retomando (perdón por el retraso obligado) la segunda parte (primera parte: aquí)de esta serie de artículos me he dado cuenta que parece que quiero “machacar” a las anarquistas. Nada más lejos de la realidad, de hecho, la mayoría de mitos sirven para anarquistas y activistas de movimientos sociales varios. Porque en el Estado Español, para la bueno y para lo malo, el activismo a bebido mucho del mundo libertario. Así que, salvo algunos mitos muy “identitarios” del anarquismo de esta zona del globo, en el resto de casos podéis cambiar el susodicho palabro por, por ejemplo activista.

Sin más, sigo con esta segunda parte.

Empezando, o continuando con:

– las jerarquías informales sólo se reproducen cuando no hay estructuras claras.

Ojalá fuese así, pero siento decepcionar a quien tiene muy idealizadas las estructuras orgánicas. Porque hay otras estructuras paralelas, informales, que tienen más que ver con la cultura política que mamamos desde hace…ni sabría ponerle una fecha. Dónde las propuestas de las asambleas, congresos, y reuniones varias, “se ganan” (sí, ganar, vamos a llamar las cosas por su nombre) mediante reuniones previas, encuentros “casuales” (o no tanto), en bares, pasillos, etc. Llamadas y correos más propios de comerciales de cualquier operadora de telefonía que de gente racional, crítica y comprometida con un programa/objetivo común.

Entrados en este juego, vale desde la vertiente marrullera típica de un congreso, ridiculizando otras propuestas o personas, jugando con el victimismo para forzar una cesión de posiciones por la otra parte, etc, etc, etc.

Es decir, la estructura no lo es todo sin un cambio de paradigma en las maneras de hacer, y la cultura política que practicamos. Si hacemos de la estructura un fetiche pero no cambiamos esa cultura: con formación y prácticas completamente diferentes, estaremos creando organizaciones con pies de barro.

– las anarquistas no siguen ninguna norma, sólo las que una misma se marca

A pesar de parecer muy fuera de lo común esta frase la he escuchado por gente que al mismo tiempo reclama, advierte, y persigue, hasta llegar al acoso, a quien se plantea posiciones diferentes o sigue tácticas/estrategias que no concuerdan con su pensar. Creando el paradigma de que nunca nadie cumplirá SUS normas, seguramente ni esa misma persona, pero a ella misma se lo disculpará. De hecho, es una realidad bastante común en los entornos “politizados”, o por lo menos esa es mi percepción, que cuando alguien desarrolla una práctica con la que no se concuerda, dependiendo si esa persona es “amiga” o “enemiga” se justifica o se minimiza, o por contra se ataca con toda la vehemencia posible. Demostrando una vez más hasta que punto importa poco la ideología y la política, y la percepción subjetiva de las personas o cosas.

En mi caso he defendido que, aún no coincidiendo con las ideas de otro, reconozco que: comunica bien, le está saliendo bien su estrategia, etc. Y eso no me pone de su lado automáticamente. La política no puede ser un todo o nada continuo; primero porque es imposible, y segundo porque es una fábrica de autoislamiento que corta el aprendizaje y el conocimiento de raíz.

– las anarquistas nunca han hablado de democracia siempre de revolución

Este mito es bastante especifico, por lo menos en su uso reciente, de la época de los 90′ en que todo era un “anti”. Y había que romper con todo para no dejar nada, y nada (o poco) fue quedando.

Por suerte, el abandono de términos para dejar la alfombra tendida a sus recuperadores se está dejando atrás, y se trata de devolver o impregnar de otros valores términos que son claramente identificados por cualquiera. Sin tener que inventar meta-lenguajes crípticos, muy habituales en ambientes universitarios y activistas embriagados de posmodernidad.

Las anarquistas han hablado de democracia no representativa, de democracia directa, de transformación social, revolución y no por ello son términos excluyentes. Y si usas uno eres, pongamos, “reformista”; y si usas otro eres “revolucionario”. Por cierto, palabras éstas que de tan gastadas si que han perdido su significado.

Por otro lado, el descartar un término u otro tendría que venir determinado por el contexto, uso y capacidad de disputa del mismo. Términos que son entendidos de una forma, de manera “natural” en la sociedad se pueden ir disputando para acercar su significado hacia postulados revolucionarios. Pero para eso requiere estrategia e incidencia.

– las anarquistas no se plantean etapas intermedias, van a por todas: revolución

Quizás esta frase sea una derivación de las “conclusiones” y “aprendizaje” del manido 36, que comentaba en el texto anterior. Pero no se puede ser medianamente serio en política (o en un juego, aprendizaje, o casi en cualquier cosa) sin plantearse escenarios posibles. En una partida de ajedrez no puedes realizar un movimiento sin plantearte cual será el siguiente.

Si alguien tuviese un interruptor, y pudiese apagar el sistema actual de capitalismo y estructuras de representación estatales; y acto seguido le diese al interruptor de activar la revolución, honestamente, me imagino un desastre copado por fuerzas bien preparadas, y estructuras de corte fascista, con simbología del tipo que fuere pero con prácticas netamente fascista. Porque al fin y al cabo el fascismo puede funcionar perfectamente como resorte protector del bloque en el poder, cuando el sistema pierde el control ideológico y las tensiones sociales se agudizan.

Vamos, una tragedia y una vuelta atrás enorme. Más, cuando, recuperando anotaciones de mitos anteriores nos dejamos guiar por percepciones subjetivas e impulsivas. Sin construir un discurso sólido y una cultura política que cambie el paradigma social, profundizando en más libertades y decisiones colectivas para el bien común, sin hacer que la realidad se ajuste a la idea, haciendo una construcción/proceso de esa transformación. En definitiva, generando escenarios propicios para el siguiente escenario, que lleve a otro más cercano a una ruptura y una transformación social real. El ser humano no es un animal que destaque por su rápida adaptación al medio, por nacer y ponerse a correr y trepar a los minutos de salir del vientre de su madre… Todo cambio, todo aprendizaje, toda transformación está envuelta de un proceso continuo. La diferencia más significativa es: ser capaces de darle unos objetivos y unas aplicaciones prácticas aquí ahora para llegar a donde queremos.

– en el anarquismo no hay lideres ni dirigentes.

Esta es buena, la negación de la realidad esconde, o pretende esconder, muchas miserias. Aunque creo que ya pocas niegan que existen liderazgos informales, todavía queda quien se empeña en negar que alguien pueda dirigir una acción, comisión, comité, asamblea, etc. Dile dirigir, dile orientar, ser la persona responsable, que centralice un poco la información, etc.

A veces, de hecho pretende ser negado por aquella(s) persona(s) que está(n) llevando a cabo ese rol. Lo cual hasta puede ser chistoso. Pero básicamente no interesa que se descubra claramente, en un ambiente supuestamente hostil a reconocer ese tipo de cosas, que aquello se escapa a ‘la Idea’. Ser descubierta(s). A veces es el colectivo de personas que forman parte de ese espacio quien niega, porque sería reconocer que están lejos de ese ideal precioso que rompería en mil pedazos la auto-estima del grupo o su ‘cohesión’ basada en premisas idealizadas.

El caso es que las personas con aptitudes de liderar procesos, grupos, etc existen. Y nunca fue problema dentro del anarquismo la existencia de esas capacidades. Diría que al contrario, se intentaba potenciar las aptitudes de cada persona para el beneficio común, entendido éste como aquello que propicie llegar a un escenario de ruptura o transformación social. Pero ahí seguirán quien el mismo día que te niega todo ésto publica frases con foto incluida de Emma Goldman, Berkman, Durruti, etc.

He visto en alguna ocasión una especie de ‘caza’ a quien destaca dentro de un grupo. Para mantener al grupo lo más uniforme posible, con un pensamiento único (no confundir con consenso).

O a quien se le asigna una tarea la asamblea y tiene que ‘comerse el marrón’ y además aguantar las zancadillas de las personas que conforman el grupo, o la presión de éste, cuestionando hasta la última coma. Una hiperfiscalización que llega al absurdo. Es decir, siempre se ha de fiscalizar a quien asume una tarea, pero no a cada segundo, minuto u hora. Esto mina la confianza y provoca que nadie quiera asumir responsabilidades (consciente o inconscientemente). Ah, pero también se puede caer en lo opuesto, el dejar hacer sin pautar o orientar la tarea, y esperar que la persona que ha asumido esa responsabilidad ya lo haga todo, y además que lo haga como ‘tú’ tenias en mente que debía de realizarse (‘tu’, en sentido de cada persona del grupo).

En definitiva, si hay liderazgo se persigue; y si alguien se lo curra demasiado se quema por no haber respaldo y recibir zancadillas constantes. Convirtiendo el participar en un colectivo/espacio/asamblea etc en una fábrica de personas quemadas, que en el mejor de los casos acaba dando apoyo de forma simbólica y distante, o irse para casa definitivamente.

Y estos procesos no se diferencian ni mucho menos de cualquier partido político al uso, parlamento, ayuntamiento, empresa, etc. Lo digo porque a veces se pretende que los espacios anarquistas, activistas, etc se ven así mismos como muy “especiales” pero pueden incluso ser peores a nivel de sentirse integrada, participe, apoyada y respetada.

Para mi, la solución es bien simple: hay quien diseña, quien habla mejor, potenciemos a esas personas, y formémonos el resto para no depender exclusivamente de los primeros. Además, como grupo proporcionemos unas pautas claras establecidas, unos protocolos que afiancen la confianza tanto de la persona que desarrolla la tarea como del resto del grupo, conociendo todas cuales son las pautas que se han marcado colectivamente; dejando margen y confianza para la improvisación táctica. Siempre hay tiempo, para más tarde, evaluar en que se ha errado, sin cargar a la persona, porque las decisiones fueron colectivas.

– en el anarquismo no se delega nunca.

A colación del punto anterior sobre liderazgo, habrá que dejar a un lado esto de que no se delega. Porque todo el rato se está delegando y dando la confianza necesaria para que una compañera o compañero realicen una tarea con tranquilidad. Porqué hacer todo, conjuntamente, al mismo tiempo…como qué no. Delegar, per se, no es negativo, y menos en tareas prácticas. Otra cosa es en cuestiones generales, de toma de decisiones. Ahí si que puede haber un tema de debate. Pero la realidad es que por operatividad se suele delegar las cuestiones diarias, siempre que exista un marco general. Unos acuerdos que actúen de marco en el cual tengan margen para los cambios, o ajustes tácticos. Esto se lleva a cabo en sindicatos, organizaciones políticas, y también en las informales. Aunque cuando conviene, a veces, alguien levanta la bandera de la “horizontalidad” para poder tumbar o cuestionar decisiones. Pero eso último cada vez “huele” más y va dejando de colar como forma de control social.

(Continuaré con más mitos…)

Nota: tenía pensando hacer sólo dos artículos de esta serie, pero una entrevista que estoy elaborando a ratos con un personaje que he conocido…y que transcribiré para publicar aquí, me ha llevado a extraer más mitos. Intentaré que sean tres y ya!

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