Cuando vendes el país a los mercados

"Requiere menos esfuerzo intelectual el condenar que el pensar". —Emma Goldman

En los últimos años hemos visto como el turismo ha subido como la espuma en todo el Estado, en especial en zonas que ya estaban fuertemente turistificadas como Barcelona, Balears, el Levante y Canarias. Esto se debe al traslado de los productos turísticos ofertados en el Norte de Europa que hicieron los touroperadores desde el Norte de África al Sur de Europa después de un auge del terrorismo islámico y los diversos atentados que se produjeron, convirtiendo en objetivos especialmente a turistas como pasó en Túnez o Egipto.
El turista que sigue viniendo es el clásico: miembro de la mal llamada “clase media”, habitante del Norte de Europa y obviamente blanco. Es así independientemente del turismo que vengan a consumir, ya sea de borrachera, familiar, rural… Podemos decir claramente que vienen los “privilegiados”. Si en sus países pueden disfrutar de un nivel de vida decente y sin carencias al venir aquí dispuestos a gastar tienen un poder adquisitivo mucho superior al de la mayoría de gente que puede vivir sin ninguna preocupación económica, así que imaginad la diferencia comparados con el 27% de personas que actualmente están en el mal llamado «riesgo de pobreza» . Esto provoca grandes subidas del coste de vida a los que vivimos en lugares turísticos, ya que sube el alquiler, el precio de la vivienda y casi cualquier cosa con la que se pueda comerciar y especular. Cada vez que un turista viene sube el pan.
Muchas veces en manifestaciones contra la turistificación se dice estar en contra del turismo de borrachera y a favor de promover un turismo cultural responsable, pero el problema de ese turismo y de cualquiera, es que los turistas vienen a consumir un producto, i en el caso del turismo cultural este producto somos nosotros. El turista visita calles, bosques, iglesias, mercados, etc. como si fuera un museo, fotografiando aquí i allá, posando y consumiendo cultura. Puedo decir que he visto turistas hacerse fotos en callejuelas sin ningún interés particular de Palma como quien se la hace con la Mona Lisa o ir al mercado a tocar el pescado como si fuera un juego interactivo. El turista cultural viene a saciar su ganas de “lo típico” por eso fotografían hasta a gente paseando el perro, van a paso de procesión por las calles e invaden nuestros barrios. Sea como sea el turista no está en su casa y aquí vive gente a la que le gusta hacer su vida sin molestas interferencias de extraños que se creen que todo está a la venta.
Pero desgraciadamente el turista viene aquí a ser el amo, el paga por estar aquí (y el cliente siempre tiene razón), el manda aquí y debemos rendirle pleitesía porque sin ellos la gran mayoría nosostros no nos podríamos llevar el pan a la boca. Muchos se comportan como si fuera su casa cuando en realidad están aquí de invitados. Llevan al extremo el “en este pueblo podemos hacer lo que queramos porque nadie nos conoce”, basta dar una vuelta por Benidorm o Magaluf. Y no es solo el turista de borrachera el que se comporta como un indeseable sino la gran mayoría. A muchos si les preguntas en un inglés chapurreado en su país se ofenderian y lo mínimo que te dedicarían es un fuck off, pero si no sabes inglés para responderles cuando te preguntan algo donde tu vives se sienten ultrajados de que no conozcas la lengua del Imperio. Vienen aquí a disfrutar de su descanso de ser explotados en sus países y van a hacerlo cueste lo que cueste, si tienen que atropellar a alguien lo harán y esto lo aplican literalmente cuando arrollan señoras de más de 80 años en el mercado.
Los turistas como colonos light que son, consumen y explotan los recursos de los lugares que colonizan. Por ejemplo, los turistas consumen el cuadruple de agua que los residentes, esto no lo digo yo sino un buen número de estudios[1]. Y con otro bien básico como es la vivienda también son partícipes en su especulación. Siendo este uno de los negocios más seguros, los extranjeros invierten a diferentes niveles en comprar propiedades, desde el pequeño propietario que compra una casa, al banco o empresario que compra edificios enteros, castillos, bosques y terrenos inmensos. Todos están explotando el recurso básico de la vivienda y la tierra, por supuesto que no podemos comparar lo que afectan los pequeños propietarios que compran una casa de vacaiones con los grandes inversores cuyo único fin es la especulación.
El diseño económico español está basado en el turismo, gran parte de la industria de muchas zonas dependen del turismo ya porque se dedican a la fabricación y mantenimiento de productos dedicados al turismo. Podríamos incluir hasta la agricultura, a la que el turismo aporta grandes beneficios, ya sea en forma de turismo rural o comprando los productos típicos en cualquier chiringuito o supermercado. Si este modelo se hunde nos vamos todos a pique, porque en el momento que haya una crisis económica que afecte gravemente el Norte de Europa o pase como con el terrorismo en el Norte de África, va a ser un efecto dominó y no va a quedar nadie al que no le salpique. Y parece una tontería, pero donde yo vivo si ahora mismo dejaran de venir turistas se pasaría hambre de verdad.
Todo esto no es nada más y nada menos que el producto de un capitalismo tardío feroz, que consume todo a su paso y lo convierte en producto listo ready-to-eat. No se debe enfocar la lucha contra el turismo porque es tener una visión cortoplacista y reduccionista del problema y como siempre hay que ir más allá y buscar el por qué, el cual no hace falta para ir muy lejos para encontrarlo. Para luchar contra el turismo hay que luchar contra el capitalismo, porqué el resto son intentos reformistas tan inutiles como poner un parche y pintar por encima una rueda con mil agujeros.
1: Articulo
Para más material contra el turismo os recomiendo:
Jodidos turistas de Antipersona
El turisme mata els barris por Oca de Gracia
Articulos de Ruyman Rodriguez en La Soli: Parte I y Parte II
Tenemos la idea de que el del cine de terror es un género para la evasión. Un mero entretenimiento que nos proporciona ficticios monstruos, asesinos o maldiciones y así nos ofrece un respiro del mundo real, donde no faltan los motivos para el miedo.
No es ese el caso de Dream Home (2010), película de 90 minutos de duración, con guión de Derek Tsan, Jimmy Wan y Pang Ho-cheung y dirigida por este último. Se puede encontrar subtitulada en castellano y gratis en algunas webs como esta.
Cheng, la joven protagonista, vive en el Hong-Kong de 2007, en un contexto de mucha inestabilidad entre el mercado laboral y el inmobiliario (progresivamente gentrificado), diez años después del traspaso de Hong-Kong de manos británicas a chinas y en plena cresta de la burbuja financiera global. El tratamiento de la acción es sensacionalista, no escatima en sangre, dolor ni zooms rápidos, pero transcurre en su mayor parte casi en tiempo real, lo que todavía deja tiempo para flashbacks con los que conocer a Cheng. Así veremos que es una mujer normal, de clase trabajadora, que se ve a sí misma como un sujeto separado de los demás y que cree en la competitividad, el trabajo duro y el ahorro.
Por eso mismo, al darse ciertas condiciones, Cheng acuchilla, desmiembra y destripa. Si queréis ver cómo nos cuentan la brutalidad de que es capaz y la que ha vivido antes de llegar hasta ahí, tendréis que ver la película; pocas veces una película del subgénero slasher se molesta en hacernos empatizar con la asesina dándonos a conocer sus alegrías y penas.
¿Matar sin sed de sangre? «Es el mercado, amigo».
La transición entre el feudalismo y ese nuevo modelo de organización económica y social que acabaríamos por llamar capitalismo fue un proceso lento y terriblemente violento. Una parte importante de esa violencia debe atribuirse a la guerra de clases, expresada en la resistencia activa de una mayoría de la población a perder sus modos de vida y sus costumbres, a ser desplazada de sus tierras, a convertirse en fuerza de trabajo asalariado y, en definitiva, a proletarizarse. En este momento histórico, ampliamente analizado por socialistas de diversa índole para descubrir los terrenos de explotación capitalista y también aquellos de resistencia, cabe recuperar especialmente el papel vivido por las mujeres. Eso es lo que hace con gran maestría Silvia Federici en su libro “Calibán y la bruja”.
Su subtítulo, “Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”, aporta ya varias claves del asunto. Acumulación originaria es uno de los conceptos fundamentales de El Capital, la obra de Karl Marx. Hace referencia a un proceso generalizado y fundamental para el surgimiento del capitalismo, consistente en la privatización de todo tipo de medios de producción: Cercamientos de tierras, expropiaciones al campesinado, políticas de represión y encarcelamiento para asegurar la fuerza de trabajo, monetización y mercantilización de las relaciones sociales, etc. Las relaciones de servidumbre precapitalistas que establecían los campesinos con sus señores feudales suponían una vinculación directa de estos con la tierra trabajada ya que, si bien podían ser expulsados, no era algo común en una economía cerrada y donde las luchas sociales se emprendían de manera colectiva. Eso generaba una experiencia de autonomía campesina que, unida a la existencia de espacios comunes (praderas, bosques, lagos, pastos…) imprescindibles para la economía, constituía las bases de un modo de vida a extinguir en pro del capitalismo. El primer capítulo del libro (El mundo entero necesita una sacudida. Los movimientos sociales y la crisis política en la Europa medieval) se detiene precisamente en estudiar las expresiones de resistencia llevadas adelante por las comunidades agrarias europeas y también los movimientos milenaristas y heréticos como expresión reiterada de esta resistencia. También expone cómo las luchas contra los cercamientos o la mercantilización fueron, en multitud de ocasiones, lideradas por mujeres: «Cuando se perdió la tierra y se vino abajo la aldea, las mujeres fueron quienes más sufrieron. Esto se debe en parte a que para ellas era mucho más difícil convertirse en vagabundos o trabajadores migrantes: una vida nómada las exponía a la violencia masculina, especialmente en un momento en el que la misoginia estaba en aumento».
Federici advierte también en este capítulo frente a los riesgos de idealizar la comunidad servil medieval como ejemplo de comunalismo. Esta no alcanzó los objetivos de tierra para quien la trabaja, compartición de bienes y solidaridad, en lugar de lucro personal, como fundamento de relaciones sociales. La sociedad no controlaba sus medios de subsistencia, ni todos los miembros de la misma tenían igual acceso. La aldea medieval no era una comunidad de iguales: Existían diferencias sociales entre campesinos libres y aquellos con estatuto servil, entre campesinos ricos y pobres, entre aquellos con seguridad en acceso a la tierra y jornaleros sin tierra que trabajaban en la demesne (tierra del señor), y por supuesto también entre mujeres y hombres, siendo estos últimos quienes heredaban y recibían entregas de tierra.
El capítulo finaliza con un análisis de la herejía popular como movimiento de resistencia. Las sectas heréticas como los cátaros, los valdenses, los “pobres de Lyon” y otras muchas eran conformadas en esta época por el campesinado pobre. «Tenían un programa social que reinterpretaba la tradición religiosa y, al mismo tiempo, estaban bien organizadas desde el punto de vista de su sostenimiento, la difusión de sus ideas e incluso su autodefensa». Se trataba, por tanto, de todo un movimiento amplio de protesta que aspiraba a una democratización radical de la vida social.
El segundo capítulo (La acumulación de trabajo y la degradación de las mujeres. La construcción de la diferencia en la transición al capitalismo) dibuja el capitalismo como la contrarrevolución que destruyó las posibilidades que habían surgido de esta lucha antifeudal. Aquí, Federici extiende el concepto de acumulación originaria de lo productivo hasta lo reproductivo y argumenta cómo el cuerpo de las mujeres se convirtió en un espacio más de conquista. El cuerpo se convirtió en fuerza de trabajo, y las mujeres debieron ser sometidas para la reproducción de esta fuerza de trabajo. Como resume Amparo Moreno Sardá en una reseña que merece la pena revisar, «la crisis de población de los siglos XVI y XVII convirtió la reproducción y el crecimiento poblacional en objeto de debate intelectual y asunto de Estado. Para regular la procreación, y quebrar su control por parte de las mujeres, se intensificó la persecución de las “brujas”, se demonizó cualquier forma de control de la natalidad y de sexualidad no-procreativa, y se impusieron penas severas a la anticoncepción, el aborto y el infanticidio». En palabras de Federici, los úteros de las mujeres «se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista».
«[los úteros de las mujeres] se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista»
Del mismo modo, en la América colonial, la trata de esclavos fue la respuesta del poder a los problemas de mano de obra tras el genocidio de los pobladores originarios. La violenta sobreexplotación de esclavos (originarios y africanos) en las plantaciones imprimió un fuerte empuje a las economías europeas, que estaban desarrollándose en una dirección capitalista con una tasa de acumulación sin precedentes. El capitalismo nunca hubiese despegado sin la sangre y el sudor de los esclavos, que producían más y a un ritmo mayor que los trabajadores europeos. Además, estas prácticas prefiguraron algunas de las relaciones comerciales y de producción que definen al capitalismo. Por ejemplo, la división internacional del trabajo o la orientación de la producción a la exportación. «Con esta inmensa concentración de trabajadores y una mano de obra cautiva, desarraigada de su tierra —que no podía confiar en el apoyo local—, la plantación prefiguró no sólo la fábrica sino también el posterior uso de la inmigración y la globalización dirigida a reducir los costes del trabajo». Esta y otras claves permiten a Federici destacar cómo de estrechamente conectadas estaban la vida de los trabajadores esclavizados de América y la de los asalariados en Europa, a pesar de la incapacidad para generar una comunidad de intereses entre ambos.
«Con esta inmensa concentración de trabajadores y una mano de obra cautiva, desarraigada de su tierra —que no podía confiar en el apoyo local—, la plantación prefiguró no sólo la fábrica sino también el posterior uso de la inmigración y la globalización dirigida a reducir los costes del trabajo»
Federici cuestiona también la posibilidad de haber desarrollado lazos entre las mujeres europeas, indígenas y africanas en base a una experiencia común de discriminación sexual. «¿Podría haber sido diferente el resultado de la conspiración de Calibán si sus protagonistas hubiesen sido mujeres?». No ocurrió así. «Fuera cual fuera su origen social, las mujeres blancas fueron elevadas de categoría, esposadas dentro de las filas de la estructura de poder blanco. Y cuando les resultó posible, ellas también se convirtieron en dueñas de esclavos, generalmente mujeres, empleadas para realizar el trabajo doméstico». Lo cierto es que el racismo, al igual que el sexismo, fue una estrategia para crear las condiciones necesarias para la expansión del capitalismo. Una estrategia que se apoyaba en un bagaje sexista y xenófobo importado de Europa, pero que también se impuso a golpe de legislación.
En el tercer capítulo (El gran Calibán. La lucha contra el cuerpo rebelde) la autora complementa el análisis de Foucault sobre el disciplinamiento de los cuerpos, ese «intento por parte del Estado y de la Iglesia para transformar las potencias del individuo en fuerza de trabajo». Ahí donde el filósofo francés hace un análisis histórico indiferenciado por género, Federici pone sobre la mesa una perspectiva feminista aludiendo a la persecución extremadamente violenta sufrida por las mujeres acusadas de brujería. El cuarto capítulo (La gran caza de brujas en Europa) es una genealogía de la caza de brujas, así como un análisis de sus motivaciones principales. Moreno Sardá lo resume de nuevo a la perfección: «La caza de brujas fue […] una guerra para degradar, demonizar y destruir el poder social de las mujeres. En las cámaras de tortura y en las hogueras se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad. Las prácticas perseguidas en la caza de brujas coinciden con las prohibidas en las leyes que regularon la vida familiar y las relaciones de género y de propiedad en Europa Occidental».
«La caza de brujas fue […] una guerra para degradar, demonizar y destruir el poder social de las mujeres. En las cámaras de tortura y en las hogueras se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad».
El libro finaliza con un análisis de la colonización y la cristianización en el nuevo mundo (La colonización, la cristianización y la caza de brujas en el Nuevo Mundo) como un proceso, similar al vivido en Europa, de desposesión, cercamiento, persecución y desestructuración comunitaria. Una ofensiva capitalista lanzada sobre los pobladores originarios supervivientes y las mujeres que contó con todo el repertorio incluyendo, por supuesto, la caza de brujas. La Iglesia difundió, como un medio de deshumanización, la imagen de los “indios” como adoradores del Diablo, caníbales y sodomitas. Justificó de ese modo el genocidio y el expolio, frente a los que surgieron (también aquí) movimientos milenaristas de resistencia. Uno de los primeros conocidos, Taki Onqoy en el actual Perú, se formó en favor de una alianza pan-andina contra la colonización, lo que pudo suponer una amenaza seria al construir una identidad capaz de sobrellevar las divisiones vinculadas a la organización familiar tradicional. Como respuesta, el poder colonial redobló su persecución. Se hicieron comunes los juicios anti-idolatría como el ocurrido en la península de Yucatán en 1562, donde más de 4500 personas fueron capturadas bajo el cargo de practicar sacrificios humanos y torturadas públicamente para quebrar sus cuerpos y su moral. El Estado aumentó el régimen de explotación, dislocó los modos de vida originarios y reestructuró la sociedad de acuerdo a sus prejuicios misóginos. Se entregaron tierras comunales en propiedad a los jefes locales, expropiando a las mujeres de sus derechos de uso sobre la tierra y el agua. «En la economía colonial, las mujeres fueron así reducidas a la condición de siervas que trabajaban como sirvientas —para los encomenderos, sacerdotes y corregidores— o como tejedoras en los obrajes. Las mujeres también fueron forzadas a seguir a sus maridos cuando tenían que hacer el trabajo de mita en las minas —un destino que la gente consideraba peor que la muerte». A pesar de ello, «La caza de brujas no destruyó la resistencia de los colonizados. Debido, fundamentalmente, a la lucha de las mujeres, el vínculo de los indios americanos con la tierra, las religiones locales y la naturaleza sobrevivieron a la persecución, proporcionando una fuente de resistencia anticolonial y anticapitalista durante más de 500 años».
«La caza de brujas no destruyó la resistencia de los colonizados. Debido, fundamentalmente, a la lucha de las mujeres, el vínculo de los indios americanos con la tierra, las religiones locales y la naturaleza sobrevivieron a la persecución, proporcionando una fuente de resistencia anticolonial y anticapitalista durante más de 500 años»
El libro finaliza con la advertencia de que persecuciones similares perviven, dirigidas hacia nuevas sociedades colonizadas. Ciertamente vivimos un nuevo proceso de acumulación primitiva que amenaza a las personas trabajadoras en todo el mundo. En África, en Latinoamérica, en Asia y en tantos otros lugares sufrimos (y seguiremos sufriendo si no lo detenemos) las mismas consecuencias del capitalismo: expropiación de tierras, privatización y destrucción de bienes comunales, apropiación del cuerpo de las mujeres, empobrecimiento masivo, desestructuración de comunidades cohesionadas, saqueo de bienes públicos…
El reino es una película española de 2018 dirigida por Rodrigo Sorogoyen, sobre un guión realizado por él mismo e Isabel Peña. Se trata de un thriller centrado en una trama política sobre la corrupción en España. Se estrenó en España el 28 de septiembre de 2018. Esta película estuvo presente en la 65º edición del Festival de cine de San Sebastián, dónde se llevó a cabo la presentación oficial de un fragmento del largometraje a la que acudieron los protagonistas de la película.
Sinopsis: El protagonista de esta historia es Manuel Gómez Vidal, un influyente vicesecretario autonómico que lo tiene todo a favor para dar el salto a la política nacional, y observa cómo su perfecta vida se desmorona a partir de unas filtraciones que le implican en una trama de corrupción. Manuel es expulsado, señalado por la opinión pública y traicionado por los que hasta hace unas horas eran sus amigos.
Su director se saca de la manga un guión sobresaliente sobre el que plasma una obra con gran poderío visual, una inyección de tensión inesperada y una necesaria trama sobre la corrupción política en España. En esta película no hay buenos ni malos, es la perfecta descripción cinematográfica de un cesto de manzanas podrido hasta el último mimbre que lo compone. Ni siquiera parece ficción, sino un filme documental, donde si bien caben muchos nombres de burócratas de las instituciones que puedan venirnos a la cabeza de golpe, la narración compone un relato que no se ampara en el cliché, sino en la más escrupulosa realidad. Es una historia auténtica, descarnada, e incómoda, una pedrada a las estatuas de muchos personajes, pero también un decidido golpe a sus pedestales.
La interpretación de los personajes es estimulante, realizan un retrato de la corrupción a un ritmo vertiginoso marcado por su apartado musical, donde la electrónica manda sobre el resto de posibilidades musicales que pudieran haber escogido como conductora inigualable de la trama. Un talento incuestionable que convierte a la película en una mirada de rabia incisiva contra un sistema que lleva en los genes la característica de corrupto. No deja lugar a dudas en torno a la corrupción política en España, el sistema no es reformable, no ha derivado en un esperpento de sí mismo, huye del buenismo y nos muestra que la corrupción es la razón de ser el sistema político, es la particular manera que tiene de respirar el capitalismo.
Un desenlace arriesgado pero decididamente acertado, precedido de unas escenas de tensión y persecución que nos ponen la piel de gallina. El debate final en un plató televisivo entre el político corrupto que quiere mostrar las fallas del sistema a la opinión pública, y la periodista al servicio de unos intereses determinados por los lobbies comunicativos, es la exposición de las dos partes que tienen en común un mismo espejo. En realidad, no existe un diálogo enfrentado entre dos posturas distintas, aunque la película corte la respiración con una discusión enconada entre ambos personajes, en ese final abrupto el guión se pone al servicio de una crítica demoledora hacia el sistema en su conjunto, y hacia cada una de las patas que le sostienen.
La película incluso consigue que sintamos compasión por el individuo, y desarrollemos una rabia visceral y argumentada hacia la maquinaria, hacia ese reino político donde los líderes pueden caer, pero jamás debe hundirse el sistema. Aunque pueda recordar a la trama judicial Gurtel, más específicamente al caso de los papeles de Bárcenas, en realidad el filme construye un retrato particular de la historia de la corrupción en España.
Una lectura clara de esta película es que debemos modificar los conceptos dentro y fuera, aquello de que no se pueden cambiar las cosas desde fuera. La realidad social es el afuera, que debemos reconceptualizarlo, es evidente que lo que hasta ahora conocemos como el adentro, es decir, las instituciones, no son más que una deformación diseñada de una rutina mecánica. Aprender a desapegarse de aquello que está putrefacto solo porque es lo único que conocemos, es como quedarse siempre en una casa atenazante por miedo a construir nuevas realidades más allá de los límites que llevamos en nuestra cabeza; porque el Estado lo llevamos incorporado en nosotros/as, se materializa en nuestro comportamiento social y cultural.
Película que roza el diez, y que merece la pena ver para sacar conclusiones propias, yo compartí con vosotros/as las mías y que seguramente deban complementarse a otras que enriquecerían la opinión colectiva. Nunca más una corrupción sin un debate profundo y a la altura de nuestros padecimientos como pueblo trabajador.
Los cuidados son un punto de reciente creación en las agendas políticas internacionales, previamente los cuidados no eran considerados como un problema público sino que se asumía como una actividad familiar, privada, cuya máxima responsable era la mujer, atendiendo a su papel como cuidadora y trabajadora dentro del espacio doméstico.
Las estrategias políticas por llevar a cabo programas de conciliación e igualdad se quedan escasos, ya que no resulta una ayuda real para las familias, que se ven en la situación de tener que cuidar de personas con problemas de dependencia. Más aún, las políticas públicas contribuyen a definir las ideologías de género y de clase, puesto que no sufren las mismas condiciones ni necesidades, a la hora de enfrentarse a esta situación, mujeres y hombres ni tampoco las mujeres obreras o las mujeres pertenecientes a clases económicas acomodadas. De hecho, las mujeres obreras muchas veces suelen hacerse cargo de los cuidados de los familiares dependientes de familias con mayor poder adquisitivo. Esta diferenciación también se produce dentro de las familias obreras en relación a mujeres migrantes.
Además de la invisibilización social general, se sufre el desprecio y minusvalorización de la no titulación académica. Si situamos sobre una balanza de reconocimiento social a mujeres que ejerzan los cuidados de personas dependientes, podremos observar que una mujer migrante no cualificada tendrá menos prestigio que una mujer migrante cualificada, y que una mujer migrante cualificada tendrá menos prestigio que una mujer no migrante sin cualificación y ésta mucho menos prestigio que una mujer no migrante cualificada. Así bien si las dos mujeres cualificadas entendemos que deberían tener el mismo reconocimiento, podemos observar que en la realidad no es así.
Toda esta desprestigización e invisibilización de los cuidados, dejan a la mayoría de las familias en una postura de indefensión y marginación. A veces incluso contribuyen al empeoramiento de la situación económica, dejándolas en riesgo de exclusión. Las familias obreras deben hacer grandes esfuerzos económicos para contratar personal de apoyo que complemente los cuidados que dan. Cuando no pueden acceder a la contratación de este servicio básico, las mujeres trabajadoras se ven obligadas a pedir bajas, excedencias, reducciones de jornada o incluso renunciar a sus puestos de trabajo, minimizando aún más la economía familiar, para poder dedicarle el tiempo que necesitan a sus familiares. No sólo la fuerza humana cuesta dinero, muchas de las personas dependientes necesitan medicamentos o material específico así como ortopedias, sillas de ruedas, camas de hospital, etc.
Al Estado le conviene que el peso de los cuidados siga recayendo únicamente en las familias, de esta forma no tiene que dedicar dinero público a subvenciones, ayudas, ni creación de centros especializados con su correspondiente personal público y mantiene cifras de empleo cómodas, sin justificar que a los millones de parados del Estado español hay que sumar las miles de mujeres relegadas al ámbito doméstico por incompatibilidad laboral y por una estructura cultural que bebe directamente del patriarcado y sigue sometiendo al género femenino.
A todo ello se suma la obligación moral impuesta por la tradición judeocristiana de amor y altruismo vinculados con los cuidados, donde la familia es el pilar de la sociedad sobre el cual recae el peso de la sostenibilidad y el desarrollo. El progreso social se alcanza, por tanto, por el compromiso y sacrificio de las mujeres. Unas mujeres invisibles e inexistentes en la historia del progreso. Unas mujeres a las que se ha enseñado e identificado siempre con el plano de lo emocional, lo natural, lo privado; mientras que los hombres se vinculan con lo racional, lo cultural, lo público. Esta vinculación no es fortuita. Este enmascaramiento de lo culturalmente aprendido como algo natural y biológico ha potenciado las desigualdades de género, la división de trabajos y obligaciones.
Rompiendo con esta concepción ilusoria sobre los roles de género, se rompe también con la división sexual del trabajo y se aboga por un reparto más justo e igualitario de las responsabilidades sociales. Los cuidados de las personas dependientes dejarían de ser un problema privado y pasarían a formar parte de la responsabilidad y el compromiso de toda la sociedad, se romperían las barreras ideológicas de la obligación moral.
La presión cultural que supone considerar que es nuestra obligación cuidar de un ser querido con dependencia, sólo por mantener un vínculo sanguíneo o afectivo, repercute enormemente a la dimensión emocional y psicológica de una persona, que en un momento dado puede verse sobrepasada por las circunstancias y no encuentra una escapatoria ni una solución a su situación. También supone un desgaste físico ya que los cuidados ejercidos no consisten solo en “estar ahí y dar amor”, sino que muchas veces nos encontramos con personas con problemas de movilidad. Las malas posturas o los sobreesfuerzos físicos acaban desgastando también a las cuidadoras. Podemos ver por tanto cómo en este ámbito patriarcado, capitalismo y religión se dan la mano y cercan el espacio femenino en unas dimensiones ínfimas no reconocidas ni respetadas.
Nuria E.