Otra vuelta al tema de la soberanía

En otra ocasión os hablé aquí sobre este asunto, en donde planteaba la cuestión acerca de la noción de soberanía y qué implicaría. Ahora mismo, me parece interesante rescatar este tema para que se vaya puliendo un poco más ya que, al menos personalmente, podría tener tirada de nuevo para abrir un nuevo ciclo de luchas en este nuevo curso político. Como sabemos, tras las elecciones, la actividad de los movimientos sociales ha bajado bastante en estos últimos meses. Y no solo por el parón veraniego, habrá otros factores y uno de ellos es la falta de una dirección política desde fuera de las instituciones, en el sentido de una alternativa desde las calles que recoga los descontentos y las ilusiones de la clase trabajadora y no se termine apostando por la vía institucional. Bueno, esto ya es agua pasada, ahora necesitamos algo potente como base para ir tirando adelante y me parece acertado hablar de soberanía popular como un «norte» cuando hablamos de poder popular y queremos concretar qué es lo que queremos como clase, lo que servirá también para definir hacia qué modelo de sociedad aspiramos.

La clave está en que toque todos los problemas de la vida real hoy en el capitalismo. Así pues:

  • Soberanía política: control sobre los asuntos políticos que afecten al pueblo, tal que el pueblo soberano tenga el poder real de decidir qué políticas aplicar, los organismos a constituir, la diplomacia, el método de toma de decisiones, la participación, etc, de modo totalmente independiente de cualquier Estado. Un ejemplo de ello puede ser el establecimiento de una administración basada en la democracia directa y estructurado de abajo a arriba.
  • Soberanía económica: control sobre la economía del territorio, tal que el pueblo soberano decida sobre qué, cómo y para qué producir, a la vez que no dependa de las exportaciones e importaciones. Esto no quiere decir una autarquía, sino que el modelo económico esté sustentado localmente. Para ello, también implica que los medios de producción pasen a manos de quienes trabajen en ello, logrando una economía socialista de planificación descentralizada. Aquí tocaríamos temas importantes como trabajo, vivienda, modelo productivo, importaciones/exportaciones, …
  • Soberanía socio-cultural: capacidad para mantener y expresar toda la diversidad cultural del pueblo soberano, en la cual, dicha sociedad sea un «mundo donde quepan muchos mundos». En nuestro caso sería pues defender y aplicar los valores de la solidaridad, el apoyo mutuo, el feminismo, el internacionalismo, etc.. Aquí se podría tocar cuestiones como la religión, las tradiciones, culturas de otros pueblos, …

Lo anteriormente mencionado incluirá implícitamente lo siguiente:

  • Soberanía nacional: puede que a priori suene mal por estos lares, pero se trata más bien de la cuestión territorial donde el pueblo ejerza su soberanía, lo que en este caso se traduciría en la capacidad del pueblo para ejercer los tres tipos de soberanía mencionadas anteriormente. Además del control territorial, también habrá de tenerse en cuenta la cuestión del medio ambiente y la ecología, que entrará en lo que es la ordenación del territorio.
  • Soberanía energética: capacidad del pueblo a producir su propia energía sin tener que importarla o depender de ello.
  • Soberanía alimentaria: capacidad del pueblo para cultivar sus alimentos, producir lo suficiente para la población y decidir sobre qué producir, cómo distribuirlos, el modelo de consumo, y el control sanitario sobre los mismos.
  • Soberanía individual: no menos importante, cada individuo de la nueva sociedad será libre y podrá desarrollar todas sus capacidades como persona.

En definitiva, la soberanía popular sería una cuestión a tener en cuenta a la hora de construir poder popular y durante este nuevo ciclo de luchas que deberíamos abrir por responsabilidad política, ya que sabemos que se ha cerrado el ciclo electoral y tenemos que salir con proyectos políticos que ilusionen a la clase trabajadora, no con cantos de sirena como el «asalto institucional», sino en la conquista de la soberanía y en la lucha del día a día: sindicalismo de clase (el cual se englobarían desde los sectores más precarios como las Kellys y los manteros, hasta el sindicalismo social de los barrios, el del sector servicios y nuevas tecnologías, etc), la vivienda y contra la gentrificación, las remunicipalizaciones, la amnistía social, etc… Y, como he dicho al principio, sería interesante llevar este tema a los movimientos sociales, hablando de soberanía no en el sentido de reforzar el Estado burgués, sino en la construcción del poder popular y un nuevo modelo de sociedad como salida anticrisis y anticapitalista.

La economía capitalista: conflicto, poder… y revitalización sindical

Si a cualquier estudiante de ciencias económicas se le pide que defina y ubique en el plan de estudios conceptos cómo “economía capitalista”, “poder”, “lucha de clases”, “distribución de renta y riqueza”, “sindicalismo” o “democracia económica” seguramente nos encontraremos con el decepcionante resultado de su desconocimiento o al menos de su identificación en los “márgenes” del tronco analítico central de la contabilidad, la economía de empresa, la micro y macroeconomía o la política económica. Con toda probabilidad se desconocerán profundamente corrientes de análisis económico y políticas alternativas cómo el postkeynesiano, institucionalista, neomarxista, regulacionista y radical, ecológico o feminista, de economía socialista o economía libertaria y autogestionaria, impulsadas solventemente por economistas tanto de fuera de nuestras fronteras [1], cómo también por multitud de economistas críticos de ámbitos académicos o sindicales en el propio Estado español [2].

Todo ello es, sin duda, una mala noticia. Sin embargo, pese a la tenaz voluntad de quienes detentan el poder académico y de discurso político en economía por marginar, esconder y silenciar dichas corrientes, la realidad es que la economía capitalista real -y desde luego las relaciones laborales existentes- aquellas que conoce cualquier persona trabajadora, se entienden principalmente con los conceptos antedichos, que se resumen en el título de este artículo, que a su vez da nombre a un curso de introducción a la economía [3], que a su vez se ubica en una de las corrientes citadas, de economía radical, fructífera para abordar los temas aquí planteados [4]. En efecto, el sistema económico capitalista con sus aparatos políticos coadyuvantes, y máxime la empresa capitalista, se sustenta en lo que autores radicales denominan “dimensión vertical”, esto es, en el autoritarismo y el ejercicio del poder de los empresarios sobre los trabajadores y trabajadoras, de la patronal sobre la clase trabajadora, aspecto que condiciona y determina transversalmente las decisiones u organización de la producción, inversión y distribución entre salarios y beneficios [5].

Cómo posiblemente puede parecer muy abstracto y académico lo relatado hasta ahora, quizás con un par de ejemplos vividos sea posible engarzar la caracterización sistémica con la realidad económica y de las relaciones laborales.

En un caso de una mediana empresa del sector de los cuidados, sobre negociación de reducción salarial por dificultades financieras de liquidez y económicas de viabilidad, el economista de la empresa apuntaba que el peso de los salarios en la estructura de costes de la misma era muy superior al de otras empresas del sector, por lo que era imprescindible acometer la reducción salarial planteada a las trabajadoras. La respuesta de la parte social planteó que desde luego era así, pero porque la estructura salarial estaba desproporcionada por arriba, pues los cargos de dirección doblaban el nivel de salarios de referencia en la negociación colectiva sectorial, lo que implicaba que su reducción a nivel de convenio permitía cuasi-equilibrar las cuentas. Entonces se hizo el silencio en la sala y todas las presentes nos dimos cuenta que sin duda habíamos llegado al punto de expresión de un conflicto de poder, el clásico conflicto distributivo en el sistema capitalista entre salarios y beneficios -disfrazados de altos salarios- aplicado al caso recesivo de la crisis empresarial. Finalmente este conflicto se resolvió con la convocatoria de una huelga indefinida de toda la plantilla, que forzó efectivamente a la dirección a reducirse sus salarios a convenio sectorial cómo primera acción previa a evaluar otras medidas, entre otros elementos del pacto de empresa conseguido, relacionados con el control sindical productivo y económico.

Un sindicalismo fuerte implica mejores condiciones salariales, de empleo, protección social, equidad de género y defensa de la salud laboral, así como caminar hacia mayores equilibrios ecológicos.

En otro caso, un grupo empresarial del sector de la construcción de tamaño medio, planteó un despido colectivo de un tercio de la plantilla, en un contexto de muchos años de ingresos no declarados y contabilidad B, que en cualquier caso permitían la viabilidad empresarial. Este despido colectivo cómo caso paradigmático de “violencia del poder privado” utilizando términos que titulan una obra de Antonio Baylos, se tuvo que resolver judicialmente en el Tribunal Superior de Justicia, siendo ratificada la nulidad y readmisión de los despedidos por el Tribunal Supremo. A esta situación se llegó sin duda por una actitud patronal autoritaria. La postura empresarial en la negociación colectiva, defendiendo que concurría causa económica y productiva para el despido colectivo, mientras ganaban dinero de forma ilícita, desembocó en la judicialización del proceso. Se trataba pues del intento de imponer su poder de clase despidiendo a trabajadores cómo mecanismo para eliminar el sindicalismo combativo en la empresa.

Ni que decir tiene que, en general, la reacción sindical a las contrarreformas laborales impuestas vía parlamentaria, así como a las diferentes estrategias empresariales en casos concretos de reestructuraciones y despidos, algunos ya emblemáticos por implicar confrontación solvente ante deslocalizaciones productivas (Coca – Cola en Fuenlabrada, Celsa Atlantic en Gasteiz y Urbina, Zardoya Otis en Mungia, etc.), nos ha dejado una pléyade de experiencias sindicales y de huelgas que bien analizadas nos ayudan para sintetizar algunas conclusiones de interés de cara al debate sobre la revitalización del poder sindical, aquel que efectivamente hace frente a la discrecionalidad del poder empresarial y patronal, elementos indisociables de la dinámica económica capitalista.

Es necesario pues que el sindicalismo combativo gane capacidad de intervención en sus múltiples dimensiones: afiliativa, militante y organizativa, programática, de capacidad de acción colectiva y confrontación con los poderes político-económicos hostiles a la clase trabajadora. Mientras que el voto ciudadano se está demostrando excesivamente voluble y escorado hacia el mantenimiento de mayorías parlamentarias que apuestan por la servidumbre al poder económico, en cambio la militancia y afiliación sindical siguen siendo la principal garantía para recuperar derechos, condiciones salariales y de empleo, consolidando orientaciones de políticas económicas que nos dirijan a mayores cotas de democracia económica y bienestar social. No en vano, múltiples analistas avalan que un sindicalismo fuerte implica mejores condiciones salariales, de empleo, protección social, equidad de género y defensa de la salud laboral, así como caminar hacia mayores equilibrios ecológicos [6].

Una mirada sistemática a estas reflexiones, propuestas y experiencias acumuladas, nos permite centrar algunas cuestiones fundamentales para caminar hacia una recuperación solvente del poder sindical. Sin ánimo de dejar fuera aspectos importantes, pero con objetivo de priorizar recogiendo el núcleo esencial de las fuentes imprescindibles de poder sindical, es preciso fijarse en cuatro pilares que dependen fundamentalmente del propio sindicalismo: negociación colectiva y política sindical; gestión del conflicto laboral, huelgas y repertorios de presión; política social, empleo y economía social; formación sindical, asesoría sindical y técnica, teniendo también cómo base de la arquitectura de un sindicalismo combativo, la financiación sindical.

Lluís Rodríguez Algans. Economista asesor laboral en la cooperativa Maiatzaren Lehena Aholkularitza / Consultoría Primero de Mayo. Profesor de postgrado en la Facultad de Relaciones Laborales y Trabajo Social de la UPV/EHU.

Artículo visto en Radicaleslibres y Borroka garaia

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Notas:

[1] Entre otros muchos, Robinson, Kalecki, Minsky, Goodwin, Lerner, Bahduri, Wray, Stockhammer, Onaran Baran, Sweezy, Gordon, Bowles, Sherman, O’Connor, Marglin, Shaikh, Pollin, Hahnel Aglietta, Boyer, Jessop Glyn, Gough, Silver Jackson, Forstater, Beneria, Matthaei economistas sindicales cómo Rehn, Meidner, Palley Liberman, Kardelj, Horvat, Lange, Bettelheim, Vanek, Schweickart, Guillén, Albert… También de corrientes económico-políticas cómo el operaísmo italiano, con Negri (Operai e stato, La forma Estado, Los libros de la autonomía obrera o El poder constituyente), Tronti, Bologna o Fumagalli cómo algunos de sus exponentes, o también autores provenientes del sindicalismo que realizan interesantes aportaciones al análisis sindical del capitalismo post-fordista y una orientación de salida socialista cómo Bruno Trentin.

[2] Agrupados en la Asociación de Economía Critica o participantes del Foro de profesionales del asesoramiento laboral y social de la UPV/EHU dónde se pretende generar inteligencia colectiva desde perspectiva laboralista (también en ámbitos mercantil, administrativo o penal) para juristas, economistas, asesores sindicales, trabajadores y trabajadoras, a la vez que relacionar las experiencias de acción colectiva y sindical con los ámbitos de intervención profesional, académica e investigadora.

[3] “La economía capitalista: conflicto y poder”. Una descripción del curso, con objetivos y plan de estudios se puede encontrar en Edwards y MacEwan. Un enfoque crítico de la enseñanza actual en economía: bases para un nuevo currículo, en el libro “Critica a la ciencia económica”. Periferia, Buenos Aires, 1972. Las lecturas del curso se editaron en los manuales de Edwards; Reich y Weisskopf. “The capitalist system. A radical analysis of american society. Prentice Hall (1ª Edición 1972; 2ª Edición, 1978; 3ª Edición 1986, las tres con lecturas complementarias).

[4] Más correctamente, Economía Política Radical, corriente vertebrada por la asociación creada en 1968, Union for Radical Polítical Economics (URPE), en el marco de la cual se creó una revista de ámbito académico y un centro de economía popular dirigido a militantes sindicales y sociales, el Center for Popular Economics, aparte de otras iniciativas de ámbito universitario cómo el Political Economy Research Institute (PERI), donde se ponen en común líneas de análisis e investigación a corto y largo plazo, así cómo para propuestas de política económica relacionada con inversión socialmente útil además de ecológica o respecto a incrementos de salarios mínimos. Los principales temas tratados por dicha corriente son “economía y poder”, “sistemas económicos comparados” -socialismo, comunismo y autogestión-, “estado capitalista, lucha de clases y distribución de la renta”, “segmentación de los mercados de trabajo” y “estructuras sociales de acumulación” para entender la dinámica medio placista del sistema capitalista.

[5] Bowles y Edwards. Introducción a la economía: competencia, autoritarismo y cambio en las economías capitalistas. Alianza, Madrid. 1990.

[6] Por ejemplo Mikel Urrutikoetxea en ¿Para qué sirve un sindicato? Reflexiones , Juan Torres desde una perspectiva económica en ¿Para qué sirven los sindicatos? o estudios cómo el de Hamann y Kelly, Andrew Glyn, Wilkinson y Pickett, Onaran et. al. a largo plazo relacionando poder sindical y distribución de la renta y riqueza. Especialmente interesante al respecto es el artículo de John Bellamy Foster “Marx, Kalecki, Keynes y la estrategia socialista: la superioridad de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital”.

Clase

 

El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases. El proletariado, reducido en el capitalismo al estatus de productor y consumidor en la sociedad capitalista, se convierte en una categoría pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista.  No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada. Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como COMUNIDAD DE LUCHA. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto y caduco

Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.

El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En España forman parte del proletariado los seis millones de parados y los dieciséis millones de asalariados que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema. ¿A qué intereses sirve esa aberración ideológica que considera que el proletariado es sólo el proletariado industrial, excluyendo a parados, jubilados, trabajadores precarios, marginados, estudiantes o jóvenes sin trabajo, mujeres discriminadas o sin derechos laborales, y a todos aquellos sometidos a decisiones políticas ajenas, que afectan profundamente a todos los aspectos de su vida cotidiana?

La clase obrera es una clasificación social OBJETIVA, que designa a todo aquel que mantiene una relación SALARIAL con un patrón (ya sea privado o estatal) al que vende su fuerza de trabajo (sus brazos y su inteligencia). La clase obrera forma parte del proletariado, que incluye además a parados, jubilados y marginados. Los proletarios no son propietarios de medios de producción. El salario es la principal forma de esclavitud moderna. LA RELACIÓN SALARIAL no es sólo de carácter social y económica, sino también política, puesto que determina el modo de existencia de quienes no tienen ningún poder de decisión sobre su propia vida.

La clase media incluye, hoy, a algunos trabajadores “autónomos”, esto es, trabajadores independientes y “autoexplotados”, algunos técnicos y profesionales altamente cualificados y a los empresarios sin asalariados. La alta clase media estaría formada por empresarios con algunos trabajadores asalariados, pero sin influencia política decisiva.

Capitalistas serían todos los propietarios de medios de producción, o altos gerentes con poder de decisión (aunque fueran asalariados) de grandes empresas privadas o estatales. Constituyen menos del uno por ciento de la población, pero su influencia política es absoluta, y determinan las líneas económicas que se aplican y afectan a la vida cotidiana de la totalidad de la población. Su lema sería: “Todos los gobiernos al servicio del capital; cada gobierno contra su pueblo”.

La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2008), en una partitocracia “nacionalmente inútil”, autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema (no tanto por convicción, como por exclusión). Los Estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos (pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación) de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales.

La sociedad capitalista actual, que nos permite la anterior clasificación social en tres clases fundamentales, aún admite en el seno de cada clase una infinita gradación de situaciones económicas, sociales, políticas y culturales, pero se identifica con la EXPLOTACIÓN de los trabajadores por los capitalistas, y tiende a una rápida polarización entre el proletariado (más la clase media proletarizada) y la ínfima minoría de los todopoderosos dirigentes (inferior al uno por ciento y apátrida).

Todo el mundo entiende que existe explotación cuando se habla del trabajo infantil esclavo en manufacturas de la India o China, que producen zapatillas o ropa de marca para multinacionales, con jornadas de 18 ó 20 horas, sin más paga que alimento y jergón en el mismo lugar de trabajo, que venden sus productos en USA o Europa. Y se escandalizan, con razón, ante esa explotación del trabajo infantil esclavo.

Hay que entender que la EXPLOTACIÓN del trabajo asalariado es la ESENCIA de la sociedad capitalista. Todos los asalariados padecen la explotación capitalista (no sólo los niños hindúes). Cuanto más desarrollada es la productividad del trabajo colectivo de una sociedad, mayor grado de explotación experimentan sus trabajadores, aunque puedan consumir más mercancías. La feroz lucha entre los capitalistas por superar y sobrevivir al competidor, impulsa el incremento de la explotación de los trabajadores, al margen de la buena voluntad o ética de cada empresario individual. Los capitales se fusionan y concentran, atacando sin límites las condiciones de vida y laborales de los trabajadores, amenazando con irse a otro país o con contratar más barato entre los millones de parados sin recursos. En cada país un puñado de transna­cio­nales efectúa ventas anuales que superan amplia­mente los presu­puestos nacionales y empuñan el poder de dar trabajo, o no, a millones de desposeí­dos.

El proletariado, que tiende a abarcar hoy a un 75/80 por ciento de la población española, se puede clasificar en asalariados, precarios, parados, prejubilados, jubilados y marginados. La clase media sufre una fortísima proletarización, con amplios sectores de profesionales (en el ámbito de la medicina, arquitectura, enseñanza, tecnologías y servicios sociales), funcionarios y medianos o pequeños empresarios (colectivos que hace cinco años percibían elevados ingresos) que se proletarizan, o incluso quedan marginados económica y socialmente.

El elevadísimo número de parados y el estadísticamente desconocido número de excluidos (por paro de larga duración y/o no percepción de ingreso alguno) hace que los asalariados, en su conjunto, se precaricen colectivamente en sus condiciones laborales y existenciales hasta extremos impensables hace unos años en España y Europa. Incluso desaparece la negociación de los convenios colectivos por sectores o empresas, que son sustituidos por condiciones mínimas y miserables de contratación. Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el Estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de “todos los que sobran”, con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.

La tesis neosituacionista y milenarista de la desaparición del proletariado muestra no sólo su irracionalidad y falsedad, frente al inmenso incremento CUANTITATIVO del proletariado en países como China, Sudáfrica, Brasil, Rusia o la India, por no hablar las maquilas centroamericanas, sino su falta de comprensión de la nueva realidad europea, y de la proletarización de las clases medias, surgida con la depresión iniciada en el 2008. Primitivistas y “pro-situs” se han quedado anclados en sus trasnochados análisis, tan desmovilizadores como artificiales e inútiles, confundiendo las características propias de las fases keynesiano/fordista (1945-1975) y neoliberal/toyotista (1976-2007) del capitalismo, con su esencia. Catastrofistas, ludditas, antidesarrollistas, profetas, tecnófobos e idealistas de distinto pelaje y orientación, coinciden en un punto fundamental, que nos desarma como clase revolucionaria en lucha contra el sistema capitalista: afirman que el proletariado ha desaparecido y/o ha dejado de ser el sujeto revolucionario. Identifican una parte con el todo. Confunden clase obrera industrial con proletariado. Creen que el proletariado es una cosa, una estadística o una comunidad de intereses, y no una comunidad de lucha. No comprenden que HISTÓRICAMENTE el proletariado aparece, y ha surgido siempre, de su acción autónoma en la guerra de clases, formándose en la lucha como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo. Desprecian como a bárbaros groseros y desclasados al proletariado de los guetos. Son reaccionarios brillantes y coherentes, muy útiles hoy al capital; pero que pronto desaparecerán en la nada de la necedad y la extravagancia.

Sostener que el proletariado ha desaparecido y que no existe, ni existirá ya nunca más como sujeto revolucionario, en el preciso momento en que empieza a resurgir y brotar del suelo de la lucha de clases, enfrentado a vida o muerte contra el partido del capital, no es sólo una gravísima ceguera teórica y política, sino que les sitúa del otro lado de la barricada. Esos milenaristas confunden una pasajera sequía con el desierto.

La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la decadencia del sistema capitalista, hoy obsoleto y criminal, que además se cree impune y eterno. Revolución o barbarie; lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.

Agustín Guillamón

La paradoja del reformismo. Una llamada para los bloqueos económicos

(Nota del traductor). Artículo del sindicato del Reino Unido Solidarity Federation, también publicado en Libcom en 2011. Aquí puede leerse un texto en inglés debatiendo y criticando sobre los argumentos de este texto sobre los bloqueos como herramienta de lucha, en el contexto de las huelgas y bloqueos de Francia en 2010 del cual se habla.

La ideología neoliberal es un montón de mierda y todo el mundo que aun está en el Partido Laborista lo sabe. Los críticos han señalado sus asunciones erróneas respecto la competencia perfecta, el acceso de los consumidores a la información, la naturaleza humana y una serie de otros factores que no se aplican en ninguna parte del mundo real. También han señalado que, cuando se han aplicado políticas neoliberales, los resultados han sido a menudo desastrosos y rara vez han alcanzado los resultados prometidos de prosperidad para los ricos y de goteo1 para los pobres. Un famoso ejemplo es el llamado modelo de la curva J para la transición de la antigua URSS al capitalismo hacia un estilo occidental. La ‘J’, una pequeña bajada en la transición seguido de una larga fase de expansión, se convirtió en algo más parecido a una ‘L’ cuando las políticas neoliberales hicieron su magia, sumiendo a millones a la pobreza peor que antes.

Y luego llegaron los recortes.

En este caso también se señala cómo la desregulación neoliberal en el sector financiero llevó a la clase de travesuras especulativas que desencadenó la crisis financiera – y más neoliberalismo se prescribe como el remedio. El sindicato PCS y los activistas del UKUncut2 señalaron la masiva de 120 billones de libras más o menos de ‘brecha fiscal’, que si se recogieran fácilmente podría ahorrar más que la austeridad (en su lugar, el gobierno está recortando en recaudadores de impuestos). Se señala que el Estado de bienestar fue fundada en momentos en que Gran Bretaña estaba en bancarrota y muy endeudados de la Segunda Guerra Mundial, pero ahora está siendo desmantelado en la fase de expansión de una recesión relativamente menor y una deuda nacional modesta. En resumen, no hay escasez de argumentos en cuanto a la ineficacia o falta de razonabilidad de las políticas neoliberales. ¿Por qué no estamos ganando?

El discurso de que la razón no nos lleva a ninguna parte, es que la política no se basa en buenos argumentos, sino en relaciones de poder. Las democracias institucionalizan las luchas de poder, hasta cierto punto, ya que es más perjudicial tener golpes de estado y guerras civiles periódicas cada vez que es necesario que haya un cambio de gobierno. Pero sólo ciertos intereses son institucionalizados. Aquí va una pista: no son los nuestros. Por lo tanto ninguna de los partidos en cualquier lugar cerca del poder se opone a los recortes (el Laborista incluido). Los demócratas liberales son un ejemplo clásico de lo que sucede cuando los partidos minoritarios se acercan al poder – se convierten en todo menos algo indistinguibles del resto. Ya que nuestros intereses no figuran en este sistema, el argumento razonado no nos lleva a ninguna parte. Ganamos el argumento, pero los recortes van adelante de todos modos y lo mejor que podemos sentir es una sensación de indignación justificada con argumentos.

Si queremos ganar, tenemos que reconocer que tener la razón no es suficiente. Es una cuestión de poder. Un ejemplo de ello: es cierto que el estado de bienestar británico fue fundada en momentos en que las finanzas nacionales estaban en un estado mucho peor. Pero vale la pena mirar lo que la clase dominante decía cuando se fundó el Estado de bienestar. Para evitar cualquier duda, vamos a escuchar a un Tory: «Debemos darles reformas o nos darán la revolución«, dijo Quintin Hogg en 1943. Cuando la clase dominante teme la clase obrera, un estado de bienestar era un precio que valía la pena pagar. Ahora no nos temen, se sienten confiados para desmantelarlo. Así que la paradoja es que sin la amenaza de la revolución, el reformismo es un imposible.

Por otro lado, con una multitud rebelde en las calles y una mano de obra propensa a la huelga, estos reformistas razonadores de golpe se convierten en compañeros de negociación con los que trabajar con quienquiera que esté en el gobierno… Ellos, sin duda, afirman que fueron sus protestas «responsables» que les llevaron allí.

Es una cuestión sobre el equilibrio de fuerzas entre las clases. Es principalmente una lucha por el poder, no un argumento moral. Podremos tener la razón de nuestro lado, pero la fuerza determinará el resultado. Para la lucha contra los recortes, hay varias implicaciones. Las protestas simbólicas no los detendrán. Si acciones como las de UKUncut cambian de las mayoritarias movilizaciones para la sensibilización hacia el reino de los bloqueos económicos, entonces, vamos a estar llegando a alguna parte. Y el Estado va a reaccionar en consecuencia, así que debemos estar preparados para más violencia policial, si nos ponemos serios en ganar. Sin duda este tipo de tácticas también serán condenados por los que ficticiamente están a ‘nuestro lado’, al igual que Aaron Porter, que condenó los disturbios de Millbank, que dieron el empujón inicial a este movimiento. La ironía es que sin un movimiento así, no tienen poder alguno. Pero dado que el TUC3 es esclavo del Partido Laborista, y la falta de organización de los trabajadores independientes, una huelga sostenida y coordinada contra la austeridad parece poco probable. Por otro lado, los bloqueos económicos se han utilizado con gran éxito en Francia tanto como una táctica independiente y como en apoyo de la acción huelguística.

La idea esencial es que bloquear objetivos económicamente importantes, desde centros comerciales a centro de trenes, pasando por depósitos de carburante, con el fin de infligir daño económico comparables a una huelga. Para ser eficaces, deben haber acciones de masas, de lo contrario la policía es propensa a detener a los participantes, sobre todo si están encadenados o pegados4 al estilo activista. ¡No necesitamos mártires, necesitamos resultados! Ya hemos visto que las grandes multitudes pueden ser capaces de defenderse contra los ataques de la policía, sobre todo si se ve preparado para saber qué esperar (como parte de la ropa de protección que ha aparecido en manifestaciones de Londres). Ganar los argumentos y hacer críticas razonadas está muy bien, pero esto no va a parar a los recortes. Como un hombre que pasó la mayor parte de su vida haciendo críticas dijo, «no es la crítica pero sí la revolución el motor de la historia».* Cuando la clase dominante no tema, vamos a empezar a ganar concesiones.

*Karl Marx, La ideología Alemana – En su ataque filosófico en aquellos que en su día pensaban en que solamente las ideas conducen el curso de la historia.

@a_bandazos

1 (N. del T.) Se refiere a la teoría económica del goteo (trickle-down economics) que argumenta que una mejor situación de ganancias para los más ricos de un país, acabara generando riqueza hacía abajo hasta llegar a las capas más bajas de la población, sostenida en buena parte para los países “en vías de desarrollo”

2 (N. del T.) Movimiento contra la austeridad

3 (N. del T.) Sindicato mayoritario del Reino Unido

4 (N. del T.) Se refiere a engancharse con pegamento a un lugar, en vez de encadenarse.

¿Que por qué soy materialista?

Hay gente que piensa que ser materialista es ser un tipo simple que solo ve lo material o lo relaciona con el individualismo y lo superfluo. Es casi como sinónimo de consumista. No obstante, realmente no va en ese sentido. De hecho, ni siquiera le veo sentido a ese significado que le dan. ¿Por qué es superfluo lo material? ¿Acaso se es más profundo creer en espíritus, la suerte, el horóscopo o apreciar cosas aparentemente inmateriales como la literatura y el arte? Lo material, en el sentido de todo aquello que es tangible y cuantificable tal y lo conocemos actualmente, es base de toda la existencia, de todas las formas de vida y de todo aquello inorgánico presente en la naturaleza y en el Universo. Aunque, ¿es la energía materia? Allí no voy a entrar. Partiendo de la definición dicha anteriormente, y unido al materialismo histórico y dialéctico marxista, podemos afirmar que todas las creaciones humanas están condicionadas por las relaciones de producción y el régimen de propiedad sobre los medios de producción predominantes en una sociedad.

Y partiendo desde esa base, todas las formas de pensamiento, las costumbres culturales, las creaciones artísticas y literarias a lo largo de la historia… están condicionadas materialmente. No se puede concebir todo aquello sin tener en cuenta el factor de la infraestructura, es decir, las relaciones de producción. E incluso fuera de éste, los factores territoriales y geográficos también influyen sobre las costumbres de las sociedades y por ende, de las huellas que va dejando. El pensamiento es materia, la personalidad es materia, y la creatividad también, y todo ocurre en el mundo material, incluidas las ciencias formales. ¿Disfrutamos leyendo libros? ¿Escuchando música? ¿Contemplando cuadros? ¿Acaso estos ejemplos no son materiales, no solo por el medio físico sino también la información que procesamos y nos produce una serie de reacciones en nuestro cerebro?

Dejando a un lado el tema filosófico, soy materialista porque pienso que los problemas actuales y el capitalismo como sistema económico origen de estos problemas, no son productos de fuerzas sobrenaturales, ni de la existencia del bien y el mal, sino que tiene sus raíces u orígenes en la realidad material. De hecho, afirmaría que el capitalismo ha sido —y sigue siendo— fruto de la apropiación de los comunes donde podemos destacar el expolio de las tierras de las Américas, Asia y África, el saqueo de materias primas como el petróleo en Oriente Próximo o minerales en el Congo… y en los países capitalistas avanzados se traduciría en privatizaciones de los servicios públicos. Y no solo eso, este sistema necesita de un aparato político-ideológico como un Estado que mediante la ley y el monopolio de la violencia, defienda la propiedad sobre los medios de producción, y una ideología hegemónica con base en el individualismo y la competencia que justifique el statu quo.

Como hemos dicho, el capitalismo es producto de unas dinámicas que se han dado a lo largo de la historia y tiene su origen en la realidad material. Si esta realidad es dinámica, será susceptible de ser cambiada o subvertida. Los cambios que se produzcan en esta realidad depende de las relaciones de poder entre diversas fuerzas políticas y sociales que se disputan la hegemonía. Aquí es a donde quiero llegar, que por muy difícil que nos parezca actualmente un cambio en favor de nuestra clase (la trabajadora), no es imposible. El «no hay alternativa» se lo dejamos a los derroteros, pero tampoco podemos caer en falsas ilusiones ni en triunfalismos. A partir de ahora, son muchas otras preguntas que nos van surgiendo y la del millón es ¿cómo logramos este cambio o cómo lo impulsamos? Unos primeros pasos: un cambio de perspectivas y culturas militantes, unas cuantas dosis de realidad, la necesidad de trazar planes estratégicos y hojas de ruta a partir de los análisis que extraigamos de nuestro entorno, y consolidar una línea política socialista libertaria que dispute lo existente a través del poder popular.

Recomendación: Arcadia

Dentro del cine negro, la posición de los personajes en la sociedad de clases suele quedar un tanto desdibujada y esto es aún más frecuente en el subgénero de los asesinos en serie. American Psycho fue una gran excepción, al centrarse en un yuppy niño de papá con un hambre narcisista por el homicidio y que permitía retratar la década de 1980 como el culmen de la frivolidad y del egocentrismo. Pues bien, Costa-Gavras daría en 2005 un paso más allá –como director y coguionista, junto a Jean-Claude Grumberg– al adaptar al cine la novela The Ax, de Donald E. Westlake, con el título Arcadia.

Lo que en principio podría ser la historia de un trabajador parado de los que llaman «de larga duración» (más de un año sin encontrar trabajo), Bruno Davert, se convierte en algo muy distinto una vez que el escenario social de atomización, de competencia fratricida de todas contra todas, se lleva más lejos. Bruno había trabajado quince años en la misma empresa cuando le echaron en un ERE para trasladar la producción a un país más barato. Cuando hace más de dos años que busca un puesto similar al perdido, sin éxito, su sueño lo encarna una empresa llamada como la idílica tierra de los pastores de la Grecia clásica, Arcadia, pero ese puesto ya está ocupado y, después de tantos procesos de selección en vano, sabe que hay algún que otro buen aspirante aparte de sí mismo. Los parados que hemos visto en otras películas –Los lunes al sol, Full Monty– están inseguros, heridos en su autoestima, pero sienten el apoyo de su círculo personal. Bruno no quiere apoyarse en su familia para sobrellevar su situación, quiere arreglar esta para que todo vuelva a ser como antes (su Arcadia personal) sin necesidad de contar a nadie cómo lo ha hecho. Es un ingeniero acostumbrado al confort de la clase media francesa y no quiere buscar un trabajo que no sea en su antiguo sector ni quiere apoyo alguno. Su plan, pues, es tan retorcido como sencillo: ir al encuentro de quien tiene el puesto de sus sueños y al de los cinco hombres cuyos curriculums pueden competir con el suyo y matarlos a todos. Una vacante abierta y ningún competidor a la altura.

A partir de aquí se abre una historia de casi dos horas que no puede tener la riqueza de la serie Breaking Bad –con la que guarda un ligero parecido en el planteamiento– ni el gancho de la intriga o del carisma de tantos asesinos en serie del cine (Bruno Davert no es, desde luego, Hannibal Lecter, Patrick Bateman ni el John Doe de Seven). Lo que sí tiene es la honestidad política de llamar a las cosas por su nombre, cosa que no abunda en el cine y menos en una película de este género y presupuesto. Arcadia se puede descargar aquí.

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