[Recomendación] Lectura: Las clases en la sociedad capitalista

De nuevo, clases sociales. Si bien los tiempos han cambiado y que la actual coyuntura no se puede equiparar a los pasados siglos, las estructuras económicas permanecieron invariables pese a sus formas. Hablar actualmente de sociedad de clases y lucha de clases no es para nada descabellado, puesto que el sistema económico dominante sigue siendo el capitalista. El argumento principal que sostiene el concepto de clase es que la sociedad está dividida entre las que carecen medios de producción y solo pueden vender su fuerza de trabajo, y las que los poseen y por tanto, se llevan el fruto del trabajo ajeno a cambio de pagarles un salario. Esta base escueta, no obstante, nos llena de lagunas, sobre todo cuando actualmente los límites entre clase trabajadora y burguesía se han vuelto difusos y se suele tomar el nivel de rentas como medida para clasificar de qué clase social eres. Aunque sí es cierto que las clases sociales no son homogéneas, pero clases sociales solo hay dos. Las diferencias en su interior se debe, por tanto, a las capas sociales, y aquí si se tendría en cuenta el nivel de rentas. Por ejemplo, un ingeniero sigue siendo clase trabajadora aunque cobre 3000€ netos al mes, pero por muy buenas condiciones laborales que pueda tener, no posee medios de producción ni puede tomar decisiones sobre él y además, el fruto de su trabajo no le pertenece. A la misma clase trabajadora pertenece el temporero sin contrato que recoge naranjas en una época de cosecha, pues comparte con el ingeniero la no posesión de medios de producción, ni puede tomar decisiones sobre éste ni su trabajo le pertenece. La diferencia está en sus condiciones coyunturales, lo que hace que pertenezca a una capa social más baja. Pero entonces, ¿dónde situamos a las trabajadoras por cuenta propia, es decir, autónomas? ¿Existe realmente la clase media? ¿Y la pequeña burguesía? ¿Cómo se relaciona el conflicto capital-trabajo?

Por otro lado, es interesante cómo en el texto las clases sociales no se asocian expresamente a un grupo social sino como una relación social mediada por cosas, sean medios de producción, capital o dinero.

De todos modos, animamos a profundizar en la cuestión en este artículo que rescato de la hemeroteca de materiales generados en el mundillo libertario:

Las clases en la sociedad capitalista

PD: Agradecería al personal que desease expresarse, no opine en base a mi reseña sino que lo haga tras haber leído el texto.

Alcorcón, epicentro de la catástrofe

En noviembre de 2013, algunos nos despertamos con la noticia de que un terremoto de 3,5 grados en la escala de Ritcher había sacudido Alcorcón y el sur de la zona metropolitana de Madrid. No fue el primero, pero sí el más destacado, de una serie de pequeños seísmos que se estaban produciendo en una zona caracterizada precisamente no por su elevada actividad sísmica. Aunque la explicación pertinente nos dejó algo “fríos”¹, el suceso no pasó de ser una mera anécdota para la población y la noticia simpática del día para los telediarios. Sin embargo, no pasó tan inadvertida para el gobierno municipal, que enseguida puso en marcha su maquinaria mercadotécnica para hacer de ello algo para recordar. A comienzos de 2014, el ayuntamiento –con su alcalde David Pérez a la cabeza‐ anunciaba que el próximo año Alcorcón sería el escenario de un simulacro de terremoto. Más allá de la hilaridad que puede producir la visión de un simulacro en un municipio con más de 170.000 habitantes, la idea parece que tomó cuerpo entre diversos organismos y ya no asistiremos a una mera exhibición sino que el evento ha ascendido a la categoría de Congreso Internacional de Intervención en Grandes

Catástrofes

Este Congreso nace supuestamente bajo la necesidad de “coordinar, preparar y entrenar a nuestros profesionales” (fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sanitarios, organismos públicos…) para dar una respuesta “rápida y eficaz” a las situaciones de emergencia y se reduzcan sus “trágicas consecuencias”. El mega‐evento de cinco días incluirá talleres y ponencias de diferente tipo con la presencia de especialistas en emergencias, ong’s, bomberos y militares de diversas partes del mundo y estará presidido por la mismísima reina en persona.

Lo terrorífico es la normalidad

Todas las estadísticas confirman que las catástrofes naturales son un suceso excepcional. No obstante, la proliferación de congresos de esta índole y la toma de medidas legislativas de carácter excepcional en todos los ámbitos parecen indicarnos que caminamos en la dirección opuesta. Casi a diario nos llegan  noticias  sobre  catástrofes  naturales  de  todo  tipo  a  lo  largo y ancho del planeta (algunas de ellas, y sin disimulo alguno, consecuencia directa  o indirecta  de  guerras). La  elección  misma  de  la  expresión  catástrofe  natural  lleva  implícito el sentido de aleatoriedad, de azar, de imposibilidad de prever. Bajo este paraguas  quedan,  por  tanto,  incluidas  en  teoría  todos  aquellos  accidentes  producidos  por  la  naturaleza.

Como  se  entenderá,  el  problema  podría  pasar  por  definir  qué  puede  considerarse  catástrofe  natural  y  qué  no². Sin  embargo,  bajo  la  óptica  en  la que  nos  encontramos  –la  óptica  de  los  congresos  y  de  los  profesionales  de  la  emergencia‐  la  importancia no radica en si son producto de la propia naturaleza o son producidas por  efecto  de  la  acción  humana  sobre  el  medio  sino en  su  inclusión  y  asimilación  como  contratiempo inevitable en nuestro devenir cotidiano. No nos encontramos ya en la época  de  la  negación  de  las  catástrofes:  éstas  se  producen  sin  más  y,  por  lo  tanto, se  hace  necesaria  su  gestión.  Y  ésta,  pasa  por  acostumbrarnos  a  su  presencia,  es  decir,  a  aprender a convivir con ellas³.

No  albergamos  esperanza  alguna  de  que  ponencias  como  “El  accidente  de  Fukushima: lecciones  identificadas” cuestione  de  raíz  todo  lo  relacionado  con  la energía nuclear más allá de consideraciones preventivas o de carácter técnico. Tampoco  esperamos  que  hablar  sobre «La  importancia  de  los  sistemas  de  agua  potable autogestionados”  nos  dote  de  las  herramientas  colectivas  necesarias  que  nos  permitan  concebir dicho recurso de una manera distinta a la actual. Lo substancial de todos estos  encuentros  y  congresos  y  de  las  enseñanzas  de  las  situaciones  de emergencia  reside únicamente  en  la  adquisición  de  mayores  conocimientos  sobre  el  desastre  para  su divulgación, convirtiendo la emergencia en normalidad.

Esta  adaptación  a  la  catástrofe  se  manifiesta  de  múltiples  formas  y  avanza  en todos  los  campos.  La  presencia  en  el  Congreso  de  militares,  y  de la  funesta  Unidad Militar de Emergencias (UME) en particular, sólo puede ser conducente a la aceptación de  la  soldadesca  en  labores  que anteriormente realizaba  población  civil  y  a  su normalización en cada vez más facetas de la vida cotidiana, haciéndolos más útiles, más cercanos,  en  definitiva: humanizando  lo  militar.  La  clásica  imagen  de  militares  en contiendas  bélicas  ha  sido  transformada  por  la  estampa  de  las  misiones  de  paz  y  de ayuda  humanitaria  en  zonas  de  conflicto,  sumándose  ahora  las  de  auxilio y  salvamento  en zonas  de  catástrofe  natural,  convirtiendo  algo  que antaño  se  antojaba  excepcional  –la presencia militar fuera de los cuarteles‐ en una circunstancia cada vez más habitual. Y lo  que  tiene  aún  mayor calado:  convirtiendo  su  presencia  en  necesaria  dentro  de  los esquemas  de  las  situaciones  de  emergencia.  El  estado  de  alarma  implantado  en  Barajas durante  la  huelga  de  controladores  aéreos  (2010),  el  terremoto  de  Lorca  (2011),  los incendios  forestales,  su  inclusión  en  los  cuerpos  de policía  local (2014)…son  sólo  la cara más visible de esta incursión de lo militar. Siguiendo esta senda de excepcionalidad, podríamos hacer mención a la escalada represiva llevada a cabo tanto a golpe de legislación como de actuaciones policiales. La implantación del nuevo código penal y de la ley de seguridad ciudadana constituyen un paso más hacia la normalización de lo excepcional. La repugnante masacre del Charlie Hebdo, escenificada en forma catástrofe, es decir, como situación inevitable –no sabemos si natural o no‐ debe ser asimilada y nos debe hacer a todos partícipes de la constante situación de criminalidad permanente en la que vivimos. La presencia policial y militar en las calles de Francia, Bélgica o Dinamarca no nos tendría que sorprender; su falta es lo que nos debería empezar a preocupar, puesto que presagia la próxima llegada de algún tipo de cataclismo.

A partir de este momento, lo extraño será no pasear por las calles bajo la atenta mirada  de  funcionarios  públicos  y  cientos  de  cámaras  de  seguridad.  La  simple existencia  de  peligros  inminentes  que  penden  sobre  nuestras  cabezas  cual  espada  de Damocles justifica que así sea. Las numerosos redadas policiales llevadas a cabo a nivel local  e  internacional  (presentes  o  futuras),  convertidas  en  espectáculos públicos masivos al  ser televisadas y radiadas  prácticamente  en  directo,  lo  deberían  poner  de manifiesto. El ideal de seguridad aspira a imponerse como el principal y hegemónico, si no lo ha hecho ya. Como vemos, todas estas medidas auguran un nuevo período de planificación y control social –dentro de la normalidad‐ que alcanzará su culminación en el momento en que ya no sea posible distinguir entre normalidad o emergencia, cuando lo excepcional sea la regla.

Alcorcón, Estado de emergencia

La  elección  de  Alcorcón  como  lugar  para  celebrar  este  congreso  no  podía  ser más adecuada. No entendida en el sentido de sus altos índices de desastres naturales producidos por terremotos, inundaciones, actividad volcánica o incendios de miles de hectáreas,  sino  como  metáfora  visionaria que bien  han  sabido  captar  nuestros dirigentes municipales.

A diferencia de experimentos anteriores, el evento en cuestión no supondrá la creación de miles de puestos de trabajo ni será un motor de primer nivel para el desarrollo económico de la región. En esta ocasión, el Congreso de Catástrofes lo que logrará será situar  en  el  mapa  a  Alcorcón  como  una  ciudad comprometida  en  la  “protección  de  la vida,  la  seguridad  y  la  solidaridad  humana”.  Dirigido  a  autoridades,  directivos  y cuerpos de emergencia, no supondrá siquiera la dinamización de la economía local (a no  ser  que  queramos  entender  con  ello  el  pago  de  los  250€  que  cuesta  asistir)  pero  nos reportará  prestigio  de  cara  a  nuestra  capacidad  de  organización  futura  en  eventos  de similares dimensiones.  Lo  de  situar  un  territorio  en  el  mapa no  es  algo  que  nos  coja  desprevenidos.

Viene  siendo  costumbre,  con  cierta  antigüedad  ya  en  tierras  ibéricas,  lo  de promocionar  el  pueblo  de  uno  ya  sea  mediante  expos, eventos  deportivos, parques temáticos o infraestructuras de cualquier  tipo.  Competir  con  otros  lugares  (por  otra parte,  idénticos  en  esencia  al  tuyo) para  convertirlo en único y diferenciarlo de todos los demás es el guión asumido en casi todas partes: Alcorcón se limita a hacer, ni más ni  menos, lo que  hacen  el  resto  de  poblaciones.  En  este  sentido,  Alcorcón  no  es paradigmático  en  lo  que  se  refiere  a  su  comportamiento  como  entidad  municipal particular sino como modelo normalizado de funcionamiento.  La  construcción  de  una  imagen  diferencial  asociada  a  un  territorio  forma  parte de la  necesaria  adecuación  de  las  urbes  de  cara  a  poder  competir  en  el  mercado internacional de ciudades si lo que se quiere es acceder a inversiones y a la llegada de empresas e industrias. Esto, lo único que viene a demostrar es que las ciudades son un reflejo  más  de  los  cambios  producidos  en las relaciones  económicas,  cuya manifestación  más  palpable  se  da  en  forma  de  transformación del espacio urbano (tanto en lo que se refiere a su estructura como a su organización social). La ciudad se trasmuta en producto, producto que mercantiliza todo lo que ella contiene, habitantes incluidos.

Si la imagen que ahora se pretende proyectar es la asociada a la “protección de la  vida”  y  la  “seguridad”,  antaño  lo  fueron  la  cultura,  el  deporte  de  base,  la  familia,  la integración o la multiculturalidad. Transitados ya todos estos escalones, imaginamos que algunos se repetirán en el futuro. (Únicamente echamos de menos –aunque seguro que por  falta  de  memoria  del  que  escribe  esto‐  el  argumento  de  la  sostenibilidad,  el  medio ambiente y la ciudad verde).  Lo  cierto,  es  que  la  imagen  que  transfiere  Alcorcón  a  sus  habitantes  en  la actualidad –insisto, la misma que podría arrastrar otra población de cualquier latitud ibérica‐  se  encuentra  más  cercana  al  concepto  de  decadencia.  Quizá  el  calificativo  de nicho  sea  excesivo,  pero  expresa  bien  la  capacidad  para  almacenar  personas  en  un mismo  lugar  y  está  más  próximo  al  ideal  securitario  que  las  condiciones  actuales confieren.  Pasear  por  Alcorcón  es  ver  cientos  de  locales  y  naves  industriales  vacías, desarrollos  urbanos  a  medio  hacer  y esqueletos  de  edificios  abandonados;  es  ver suciedad  en  las  calles,  arbolado  enfermo,  policía  y  banderas  patrias  ondeando  en cualquier  rotonda.  Si  a  todo  esto  se  le  suma  nuestra  experiencia  en  proyectos megalómanos de la peor especie, podemos concluir que, efectivamente, Alcorcón no es noticia  por  sus  cientos  de  casos  de ébola  sino  porque  nos  encontramos  sumidos  en  la catástrofe más absoluta. El perpetuo ruido de sirenas de ambulancia y policía solamente visibiliza  el  estado de emergencia permanente  en  el  que  nos  encontramos (y no debido precisamente a los  altos índices de criminalidad).  No  esperemos,  pues,  diluvios universales ni plagas apocalípticas, el desastre en ciernes que se nos anuncia no es tal, estamos instalados en él desde hace tiempo.

La  transformación  del  espacio  urbano  en  Alcorcón  ha  llevado  siempre  el  sello indiscutible  de  la  urbanización,  de  la  expansión  geográfica  más  allá  de  todo  límite como receta única. Así podemos encontrarnos hectáreas completas dedicadas a centros comerciales (Parque Oeste y CC Tres Aguas) y kilómetros de atascos en torno a ellas, además de centros de ocio nocturno cerrados desde hace años (CC Opción), entre otros… Si  por  algo  nos  hemos  caracterizado  en  los  últimos  tiempos,  es  por  el  empeño  de nuestros regidores municipales por dejarnos grandes obras para la posteridad. Si a uno se  le  ocurrió  la  magnífica  idea  de  levantar  inmensas  moles  de  acero  y  hormigón  –todavía sin acabar y sin visos de hacerlo en un futuro próximo‐ para instalar un Centro de  Creación  de  las  Artes  (CREAA),  el  actual  soñaba  con  el  excitante  sonido  de  las máquinas  tragaperras  de  Eurovegas.

Después  de  estos  antecedentes,  ¿qué  mejor  sitio para albergar un congreso de catástrofes de carácter internacional? Aún así, no nos hemos desviado ni un ápice de esta fórmula y se continúa tras la  senda  del  progreso  materializado  en  nuevos  desarrollos  urbanos:  más  casas  para  la zona  de  Retamar de  la  Huerta  y  la  construcción  definitiva  del  polígono  industrial  El Lucero  (otro  proyecto  paralizado  desde  hace  años).  Por  si  esto  fuera  poco, empresas inmobiliarias  como  el  Atlético  de  Madrid  continúan  al  acecho  –más  aún  si  cabe después de saber que el magnate chino Wang Jianlin se ha hecho con los terrenos de Campamento‐  para  urbanizar  el  último  resquicio  libre  de  cemento  en  Alcorcón,  su zona  norte.  Si  esa  es  la  línea  a  seguir no  debemos  desfallecer  por  el  fiasco  que  ha supuesto  Eurovegas,  en  breve  será  sustituido  –de  forma  mucho  más  humilde‐  por  la nueva Ciudad del Bricolaje (¿o acaso pensabais que os ibais a quedar sin trabajar?). Más allá de todos estos episodios, concretos pero en esencia comunes a muchas zonas  de  las  áreas  metropolitanas  de  las  grandes  ciudades,  la  preocupación  por  la catástrofe  pasa  a  nuestro  entender  por  el  papel  que  juegan  las  personas  en  este escenario.  No  hay  peor  situación  que  aquella  en que  la  imagen  proyectada  por  la ciudad es asumida en la práctica (y no hacemos referencia a la imagen de gran ciudad promovida  por  los  ayuntamientos  sino  a  la  más  cercana  a  la  realidad,  la  decadente).

Conseguir  que  espacios  y  calles  que  todavía  conservaban  algo  de  bullicio  y  de encuentro entre las vecinas hayan sido reducidas al mero tránsito o sustituidas por la permanencia  en  nuestras  casas,  nos  debería  llevar  a  interrogarnos  sobre  nuestras verdaderas  necesidades  y  deseos  y  el  lugar  al  que  han  sido  relegados.  En  definitiva, preguntarnos,  tal  y  como  lo  hacía  una  canción  de  los  años  ochenta,  cómo  nos  han convencido para llevar esta ridícula vida.

Tal  vez  este  congreso  no  suponga  una  transformación  urbana  al  estilo  de  la vislumbrada en el proyecto Eurovegas, pero sí trasluce el deseo de normalizar cada vez más  el  desastre  (este  desastre  cotidiano),  de  hacernos  vivir  bajo  una  cultura  de  la emergencia  permanente.  Somos  conscientes de  que  un  mayor  grado  de  conocimiento sobre la catástrofe por sí mismo no mejorará nuestra vida ni presupone de entrada un factor de rebelión, más bien nos prepara para hacerla más sostenible e incorporarla a la cotidianidad.  Por  ello,  si  hemos  de  imponernos  la  tarea  de  reconstruir  el  territorio,  de gestionar de manera  común el espacio, deberemos ante todo arrebatarle su condición de mercancía: potenciar los pequeños espacios existentes que permanecen refractarios y ajenos al mercado, poner límites a lo urbano, paralizar todos los planes de ordenación territorial rechazando la institucionalización ‐por definición integradora y normalizadora‐ y combatir la degradación social recuperando la facultad usurpada para tomar decisiones y ponerlas en práctica desde lo colectivo. En las circunstancias actuales, no cabe duda de  que  caminar  entre  las  ruinas  (metafóricas  y  no  metafóricas)  formará  parte  de  este periplo,  lo  que  dependerá  de  nosotros  mismos  –los  afectados‐  es  determinar  durante cuánto tiempo.

Alcorcón, febrero 2015.

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Notas
1.- Según el Jefe de Área de Geofísica de la Red Sísmica del Instituto Geográfico Nacional, el terremoto se produjo por la rotura de “una pequeña falla fría que no está cartografiada”. Otros científicos y expertos lo relacionan incluso con el Proyecto Castor.

2.- Para una visión de ello, puede leerse el texto ‘No existen catástrofes naturales’ incluido, entre otros, en el libro Si vis pacem. Repensar el antimilitarismo en la época de la guerra permanente (Ed. Bardo, 2011).

3.- Pasos para vivir con la catástrofe: 1º) Al principio, no hay ningún peligro en absoluto; 2º) Con el paso del tiempo, aparecen peligros pero la ciencia y la técnica serán capaces de dominarlos; 3º) Por último, es preciso considerar esos peligros como algo natural y vivir con ellos, pues no hay forma de dominarlos.‐Roger Belbeoch: Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de servidumbre (Malapata Ed./ Hermanos Quero, 2011).

4.- Palabras del alcalde David Pérez en la bienvenida del congreso.

5.- Algunas quizás recuerden aquel “Alcorcón, municipio abierto” de los socialistas, cuando nos hermanábamos con ciudades latinoamericanas (viajes de confraternización incluidos).

6.- Nos han convencido para llevar una ridícula vida….‐ Incorruptible, canción del grupo RIP.

Precariedad juvenil y el viejo sindicalismo

Al referirme a sindicatos en este artículo me referiré exclusivamente a los de tradición anarcosindicalista, ya que no quiero gastar más de dos líneas en esa traición a los trabajadores que suponen los actuales UGT y CCOO.

Tengo 21 años. Estoy cursando mi último curso de una carrera de ciencias sociales, de escasa salida laboral, y trabajo tres horas en la Biblioteca de mi universidad como becario. Es decir, como trabajador encubierto. Me pagan 350 euros al mes y no tendré derecho a paro, porque la escasa cotización a la seguridad social no lo cubre. Cuando acabe todo esto, no sé que será de mi vida. He perdido la expectativa de que el mercado o el estado me garanticen bienestar. Los jóvenes, en este juego trucado, no importamos mucho.

Ante esto, mis pensamientos vuelven al romanticismo del 36, a las colectivizaciones de fábricas y campos y las siglas de sindicatos pintadas en todas las paredes de Barcelona, mientras las bombas caen sobre las obreras que esperan el regreso de sus hijos, enrolados en milicias. Hoy todo eso es Historia. Estamos en el siglo XXI, nací en en una isla donde la gente no trabaja en fábricas o campos, sino en hoteles llenos de turistas dispuestos a emborracharse y dormir la mona en la playa.

La economía sumergida, los trabajadores sin contrato, los falsos autónomos, o como yo mismo, los estudiantes en prácticas, somos los herederos de ese mundo de fábricas. Esas fábricas todavía existen, evidentemente, pero ya no están aquí. Se fueron todas a tierras más “rentables”, como China o Vietnam. Si estás leyendo esto en un móvil u ordenador, es posible que haya pasado por las manos de un trabajador de ojos rasgados, encerrado en esas grandes fábricas-residencias orwellianas que tan barato producen. La producción del campo es anecdótica, la comida que comemos ha viajado más que nosotros. Viene de esos otros países, más baratos, en los que se puede explotar como un esclavo al trabajador y contaminar el medio ambiente sin temor a que alguien se queje…

Aquí quedamos nosotros. Los tele-opeoradores (controlados por grandes empresas especializadas en “externalizar” servicios), los cajeros de supermercado (ni se te ocurra ponerte enfermo en Mercadona, enfermar es de malos trabajadores), el que tiene un bar o un pequeño negocio y ve que el dinero se le va en impuestos, cuotas de un préstamo y pagos del alquiler del local; los profesores, enfermeros, administrativos, comerciales, informáticos y funcionarios interinos expuestos a ser despedidos en cualquier momento. Quedan algunos trabajadores industriales, cada vez menos y más especializados. Y luego está el campo, que apenas puede competir con los precios de los países “baratos”.

Finalmente, un sinfín de pobres que se buscan la vida en la economía sumergida, que comen en comedores sociales, rebuscan en la basura, reciclan chatarra, roban carteras, venden coca-cola en zonas turísticas, hacen top-manta, trapichean drogas, tocan música en el metro, van a servicios sociales a pedir la Renda Mínima, se prostituyen. Piden limosna. Duermen cerca del cajero que nos escupe dinero y nos cobra odiosas comisiones. Los marxistas tienen la cara de llamar a esta gente “lumpen” y decir que son una clase que hace una alianza con la burguesía contra la clase obrera. Es evidente que no han conocido a esa mujer sin-techo, Paqui, que lanzó un huevo a Urdangarín el día de su declaración al juez. Llevaba una bandera republicana en el cuello.

Y en medio de todo este jaleo que suponen la globalización, las privatizaciones y el aumento de policías, prisiones y cámaras de seguridad, queda el sindicato. Dos anarco-sindicatos, que dicen ser herederos de esa épica organización que luchó en la guerra civil. Enfrentados desde los años ochenta sobre si se debe participar o no en las elecciones sindicales. No entraré en ese debate estéril.

—¿Qué tal en el curro?
—Mal. Tengo la espalda jodida de tanto cargar libros en la librería.
—Ostia, y ¿has pensado en montar una sección sindical o algo?
—No. ¿Para qué? Si dentro de un mes se me acaba el contrato.

Quien decía esto no era una persona apática y despolitizada. No, era un estudiante de Humanidades, amante de la Historia e involucrado activamente en el movimiento estudiantil y las organizaciones libertarias. No se decidió a sindicarse porqué simplemente, en su contexto, no le era útil.

Los sindicatos parecen estar montados siguiendo los esquemas de la antigua estructura fordista-keynesiana. Empresas grandes pertenecientes a un mismo sector y funcionarios de las cuatro ramas del casi destruido Estado del Bienestar: educación, sanidad, asistencia social y seguridad social. Así pues, se crea una organización que sube desde la sección sindical de la empresa hasta la federación sectorial y territorial, llegando finalmente a una confederación estatal o incluso internacional.

La realidad del año 2015 no puede ser más obstaculizadora para este sindicalismo. Personas que no constan como trabajadoras y por tanto, es igual para ellas los convenios que se hayan podido acordar. Currantes que están contratadas por subcontratas de otras subcontratas. Manpower, Adecco, etc. Una legión de estudiantes en prácticas. Trabajos temporales (ay, la temporada de verano y las campañas de Navidad) y la gran mayoría a media jornada. Captador de socios para ONGs que cobran por objetivos. Clases particulares para sacar cuatro duros. Comerciales a los que sus jefes intentan convencer de que “tenéis que pensar como empresarios”.

Si bien es cierto que los sindicatos intentan adaptarse como buenamente pueden a este nuevo paradigma, les cuesta. Mi expectativa es trabajar en diferentes empresas de diferente sectores y por poco tiempo, lo cual es complicado compaginar con una militancia en cada una de las secciones sindicales en las que tendría que participar o directamente intentar montar. La única manera que tendría de comprometerme es llegando a una situación de mayor rango en la empresa, que me permitiera la estabilidad necesaria para preocuparme por sindicarme en vez de cual va a ser el siguiente sitio donde me tocará trabajar. Lamentablemente, sindicarse está pasando de ser una necesidad a ser un lujo en un mundo de economía sumergida, trabajos basura y un paro desbordante.

Pero nuestro deber es ganar. Y para ganar debemos reconfigurar las categorías en las que se estructura el sindicalismo combativo. Debemos buscar la afinidad biográfica, hacer sentir a los precarios que no están solos, que hay otros que están teniendo un curso de vida similar. Y pasar al ataque. Es demasiado tarde para resistir, la mejor defensa contra la miseria que nos imponen no es reclamar una legalidad que se puede cambiar en despachos de Bruselas, sino un buen ataque.

Mi propuesta, como joven precario y sin nada que perder, es crear redes de apoyo mutuo entre personas con la misma situación biográfica (no tiene sentido juntar al funcionario a punto de jubilarse con el becario que durará un año) y dispuestas a formar cooperativas, ya sean nuevas o sean empresas colectivizadas. Para mí, el objetivo a corto plazo de un libertario es conseguir que todas las empresas se conviertan en cooperativas auto-gestionadas por sus trabajadores y orientadas al bien de toda la sociedad. Ejemplos de estas prácticas las encontramos en la “toma de empresas” sucedidas en Argentina o en Grecia. En la Catalunya de los pistoleros pagados por la patronal, Joan Peiró de la CNT fundó la Coopertativa Cristales de Mataró para apoyar a los trabajadores despedidos. Estas colectivizaciones, a mi parecer, deberían ser llevadas a cabo por asambleas autónomas, que los anarco-sindicatos pueden apoyar pero no dirigir y que tengan un planteamiento basado en la democracia directa y el bienestar para todos. En definitiva, solidaridad entre precarios y autonomía financiera frente al neoliberalismo.

Cuando no hay nada que perder, está todo por ganar.

Anónimo

Sobre la cuestión laboral y los recursos

A veces encontramos enfrentadas dos cuestiones sociales, las condiciones materiales de los trabajadores para poder llevarse algo a la boca y la cuestión ecológica del buen uso de los recursos naturales de los que disponemos. Será tarea de este artículo hacer un brevisimo análisis de este enfrentamiento que a veces surge en nuestra sociedad.

En 2011 según la FAO la producción mundial de pescados, crustáceos, moluscos y otros animales acuáticos alcanzó 156,2 millones de toneladas, cifra que no ha dejado de aumentar desde hace años. El crecimiento no ha dejado de aumentar, pasando de 34,6 millones de toneladas en 2001 a 52,7 millones de toneladas en 2011.

Los principales países pesqueros son: China, Perú, Indonesia, EEUU e India. En el 2011, el total de la captura en los Estados Unidos de América fue el más alto registrado en el país durante los últimos 17 años.

Si del Estado Español debemos hablar las cifras no son menos escandalosas, a pesar de la reducción en el número de buques de 10.847 en 2010 a 10.505 en 2011 las capturas pasan de 769 mil toneladas en 2010 a 860 en 2011, lo que supone un incremento de más del 10% en las capturas.

Atendiendo a las cifras de empleo, nos topamos con que solo 37.000 personas son empleadas en pesca-acuicultura en el Estado Español, es decir un 0,20% del total de personas empleadas en ese momento. Lo que vendría a suponer 23,34 toneladas por cabeza, lo que suponen algo más de 53.000 € al año por cabeza. Dinero que por supuesto no cobran las trabajadoras. Es decir, que básicamente estamos agotando el mar para que unas pocas acumulen capital.

Un 52 % de los recursos pesqueros marítimos del mundo están “plenamente explotados”, es decir, se han pescado hasta su nivel permisible máximo. Otro 28 % está “sobre explotado”, agotado o se está recuperando de haberse agotado.

En 1950, las capturas marinas fueron 16,7 millones de toneladas y representaron el 86 % de la producción total mundial de pescado. Las pesquerías marinas han experimentado diferentes etapas de desarrollo, pasando de 16,7 millones de toneladas en 1950 a un máximo de 87,7 millones de toneladas en 1996, y luego disminuyó hasta estabilizarse en alrededor de 80 millones de toneladas, con fluctuaciones interanuales.

Teniendo en cuenta todos estos datos, es de vital importancia entender que ya se están explotando los caladeros al máximo y que seguir sobre-explotando el mar, nos llevará a una catástrofe ecológica que afectará no solo a la economía, si no también a la soberanía alimentaria, muchísimas personas dependen en el mundo de la pesca para poder alimentarse, reproducir episodios como el de Somalía es no solo vergonzoso, sino un crimen contra la humanidad misma, destruir estos caladeros no solo ha hecho la pesca inviable en dicha zona, sino que ha dejado desamparadas a cientos de personas que subsistían a base de la pesca, puesto que Somalía es un país en el que, hoy por hoy, la mayor parte de la agricultura es inviable. Como este tenemos otros muchos ejemplos a lo largo del mundo.

Por esto, la exigencia de patronos para seguir mermando no solo los caladeros, recurso hoy por hoy indispensable para la seguridad alimentaria del mundo, sino la soberanía alimentaria de países como Mauritania o Somalía, es inadmisible. Reconducir la pesca a niveles que no sobre-exploten el mar es lo adecuado, pudiéndose apoyar en la implantación de cooperativas de acuicultura, respetando en lo posible la costa, no hablo ya solo de Europa sino de que de una vez las personas de precisamente los países más afectados por el expolio de recursos puedan recuperar su soberanía alimentaria y económica. Igualmente en el norte que se dispone de amplios recursos para una agricultura eco-responsable, debe dejar de consumir lo que no puede producir, promocionando una dieta que contenga más vegetales y menos animales.

Dr Alén Cea

Violencia

«El temor de que el movimiento anarquista asentado en nuestro país retome su campaña de violencia ha crecido exponencialmente en los últimos días» – El Mundo (27/07/2014)

Asco de prensa burguesa que solamente busca perpetuar la dominación y explotación desde su tribuna podrida por tanta autoridad moral. Nada bueno puede salir de sus salones, así que no te fíes de sus (des)informaciones, de sus recomendaciones culturales, ni tan siquiera de sus recetas de cocina. Publicarán lo que beneficie a la clase dominante y su sistema de esclavitud. Hablarán de anarquistas terroristas o jóvenes peligrosamente armades (¡con cerebros, diría yo!). Hablarán de tal o cual proyecto de ley como si les polítiques y los Congresos pensaran en la gente que les vota (piensan en elles cuando se acerca la hora de meter el dichoso papelito en la urna). Hablarán de la policía como la compañía sacrosanta encargada de velar por la seguridad de todas las personas (me meo). En definitiva, te presentarán una realidad perturbadora, maléfica, y amenazadora de la que solamente el orden, la ley, y aquellas personas que velan por estas cosas son capaces de salvaguardarte (física y moralmente).

No dirán que la violencia genera familias desahuciadas, que la violencia vive en la esencia de las hipotecas bancarias y, con más visibilidad, en la acción física de les payases con placa y pistola que te tiran la puerta y te sacan a las malas. No dirán que la violencia se aloja en esa casa de bufones llamada Congreso, donde una elitista minoría elige a otra élite todavía más minoritaria que decide sobre el futuro y las vidas de millones de personas. No dirán que la violencia impregna todas y cada una de las letras de las firmas de eses bufones tan prestigioses que se ganan la vida a costa del sudor y sangre del resto. No dirán que los mismos leones que guardan el Congreso están hechos con un material que supura pura violencia. No dirán que el barrio en el que se decide gran parte de la política de esta parte de la Península respira el violento hedor de la gentrificación y el «desarrollo» capitalista. No dirán que los coches de gama alta que conducen esos gorilas con gafas de sol y pinganillos en las orejas han sido fabricados a base de violencia y explotación. Para qué hablar del material que los propulsa, extraído a base de violencia contra el planeta y el futuro de nuestra especie, incluso promoviendo absurdas guerras contra pueblos tan inocentes que une se pregunta si es que realmente les seres humanes son inteligentes.

Tampoco te dirán que la violencia adorna los estantes coloridos de los supermercados, tan llenos de marcas vistosas, productos novedosos, y ofertas mega-fantásticas. O que la violencia fluye por la megafonía comercial de los grandes almacenes para controlar tus deseos consumistas y dictarte el ritmo al que debes caminar. No dirán lo violento que es ver solamente a personas blancas en los telediarios de un país que debe tanto a personas de otras latitudes. No dirán que su lenguaje es asquerosamente violento para con las mujeres, como si lo general y positivo fuera de género masculino y lo negativo y lascivo de género femenino. No dirán que la publicidad de sus programas de televisión, o los anuncios impresos en las páginas de sus periódicos llevan integrada la violencia de un sistema que chupa la vida a personas explotadas. No dirán que poder escoger entre Pepsi y Coca-Cola no es ni libertad, sino esclavitud en botellas de plástico. No dirán que todo el entretenimiento estúpido al más puro estilo romano del «pan y circo» es violencia contra la dignidad de cualquier persona que se sabe medianamente inteligente. No dirán que la delgadez de les niñes de ciertos barrios es violencia, más todavía cuando se contrasta contra la obesidad barriguera del vino y marisco de ciertas personas que gustan de chupar cámara en televisión. No dirán que la violencia se aplica en las escuelas, institutos, y universidades, donde además también te enseñan a que te guste dicha violencia y a agachar la cabeza ante las personas que la sustentan. En definitiva, no dirán que este podrido mundo suyo se basa única y exclusivamente en la violencia que unas clases ejercen sobre otras para poder vivir fagocitando a seres humanes adiestrades para ser devorades.

Cuando la violencia se institucionaliza, cuando se vuelve estructural, sistémica, y hasta «esencia» de la humanidad, les explotades tienen dos alternativas, y escoger entre ellas depende última y definitivamente de elles mismes. Una es agachar la cabeza, decir a todo que «sí», y seguir comiendo la mierda que nos echan. La otra es decir «no, ya basta.» Violencia no puede ser el acto de resistencia. Violencia no puede ser el acto de supervivencia. A ver si es que los medios de (des)información no saben distinguir entre actos violentos y poemas escritos en botellas flamígeras.

Viejas y aburridas contradicciones del capitalismo

La lucha «sindical» (y meto en esta tanto la que ocurre en el centro de trabajo como la que defiende el salario «diferido» -pensiones, sanidad, educación, bibliotecas o demás servicios sociales-), además de influir desde sus inicios en una contradicción fundamental del capitalismo, la de capital-trabajo, resulta cada vez más esencial. Una parte del anticapitalismo, influido por la necesidad de incorporarse constantemente a nuevas modas militantes, pretende argumentar que dicha contradicción se encuentra superada e incapaz de generar conciencia revolucionaria. Frente a esta idea, defiendo la plena vigencia de la lucha sindical (entendida de la manera amplia que señalo arriba) como una forma de hacer política en el día a día. Una acción que es esencial (y lo va a ser cada vez más) dentro de cualquier estrategia revolucionara anticapitalista y libertaria.

Como revolucionarios anticapitalistas, debemos exponer las contradicciones generadas por el capitalismo en sus procesos principales de extracción de beneficios. Estos son fundamentalmente dos, la explotación del medio y de las personas.

Respecto a la primera, empezaré enunciando en términos clásicos la vieja contradicción (tan vieja como el propio capitalismo) entre capital y trabajo: los resultados de la producción no pertenecen a quienes en realidad son sus creadores (los trabajadores) sino a ciertas personas, los capitalistas, que concentran toda la riqueza social no interés de la sociedad, sino en obtener beneficios privados. Con el objetivo de aumentar sus ganancias, los capitalistas amplían la producción hasta un volumen enorme e intensifican la explotación de los trabajadores. Como resultado de esto, el capitalismo es incapaz de proveer de bienestar a una mayoría social, de modo que esta se ve cada vez más explotada y privada de aquello que ella misma produce. Sirvan como ejemplo los obreros de la construcción que, hoy despedidos tras la explosión de la burbuja inmobiliaria, no pueden pagar su hipoteca y se quedan en la calle.

Un análisis ecologista señala una segunda contradicción. Ese aumento de la producción y la aceleración del ciclo de producción y consumo, que permitió sostener durante años la farsa del bienestar capitalista en Occidente, supuso del mismo modo un aumento exponencial del gasto energético y de recursos. Las políticas neoliberales desreguladoras de las últimas décadas, que supusieron una huida hacia adelante del capital, ahondaron aún más en este problema ecológico, que lejos de solucionarse cada vez se manifiesta con mayor dureza.

Estas son también, por tanto, los centros principales donde ha de desarrollarse las resistencias contra el capitalismo: el terreno de la explotación laboral y el terreno de la explotación del medio.

Me gustaría a continuación argumentar por qué la cuestión sindical se va a tornar prioritaria en el futuro. No voy a repetir el argumento clásico de que resulta necesario mantener las condiciones de vida de hoy para poder, al menos, sobrevivir materialmente en el corazón del capitalismo, más que nada porque esto resulta evidente si no queremos caer en la exclusión y tener la posibilidad de afrontar luchas con capacidad (dar dinero a los colectivos, tener tiempo para la «militancia»…). Tampoco voy a repetir que esta lucha afecta, al igual que aquellas contra los proyectos desarrollistas, al capitalismo en sus procesos fundamentales de extracción de beneficios.

Sí voy a partir de este último hecho, la dependencia del beneficio capitalista de la explotación del medio y de los trabajadores, para argumentar la creciente importancia anticapitalista de la lucha por la reducción de la plusvalía en las dinámicas de explotación laboral.

Partiré para ello del análisis que realiza precisamente el ecologismo radical: El mantenimiento del medio material, ecológico, es esencial para poder construir cualquier futuro (ya no sólo revolucionario). El análisis que hemos realizado desde una visión antidesarrollista es que, por ello, resulta previsible que de aquí a unos años exista una reducción considerable en el consumo y una imposición de políticas ecológicas autoritarias. Aunque alcancemos el colapso, el capitalismo no se descompondrá sin más, el poder no se diluirá sino que tratará de adaptarse al contexto de escasez energética y de recursos. En definitiva, el desarrollismo como política de Estado va a entrar en crisis por un modelo acorde a las necesidades ecológicas. Esto indica que tarde o temprano pero inevitablemente y de manera creciente van a imponerse reducciones al consumo. Un descenso que llegará de cualquier modo.

¿No es este ya nuestro contexto inmediato? Ya vemos que algunos macroproyectos desarrollistas (puro despilfarro y destrucción) se van quedando sin realizar porque pertenecen a una planificación de otra época (y supongo que por eso vamos sumando noticias positivas sin apenas lucha, como el ejemplo de Eurovegas). Occidente va a ir abandonando el modelo desarrollista y de consumo que triunfó desde los 50 y también el modelo neoliberal financiero que permitió una economía ficticia basada fundamentalmente en la especulación (cuyas bases materiales eran, de nuevo, el desarrollismo urbanizador y el expolio de lo público). Por si esto fuese poco, se habla desde hace tiempo ya de que la crisis económica esconde en el fondo una crisis ecológica con base en la falta de petróleo. ¿Qué queda? El viejo primer capitalismo, declaradamente opresivo en la explotación laboral, que durante años se alejó de Occidente y se desplazó al tercer mundo. Es un hecho: Los recortes sociales y la escasez económica que vivimos (y que, sabemos, han venido para quedarse, hagamos lo que hagamos) están prefigurando una sociedad más desposeida y más docil; un modelo social más jerárquico y autoritario.

Mi primer punto es este: Si el análisis que hacía más arriba es correcto (la reducción del consumo, el abandono más o menos progresivo del desarrollismo sobre todo en occidente, etc.) se desprende de él que poco a poco el único medio de acumulación que va a mantenerse es aquel que caracterizó al primer capitalismo: la extracción de plusvalía en el mercado de mano de obra. Por ello afirmo que la vuelta a las luchas sindicales (tanto por el salario directo como por el diferido) serán fundamentales. Tanto más cuanto más se agote el recurso territorio como espacio de obtención de beneficio. Sabemos que esa tasa de beneficio va a caer, el consumo tampoco va a mantenerse y, por tanto, la ficción de libertad capitalista (que era permisible mientras la gente gastase su dinero en los productos que se les ofrecían) se acaba. Las medidas para robar a la gente serán cada vez más impuestas, aunque se disfracen de necesidades económicas, ecológicas o sociales. Y la explotación más brutal volverá (si no ha vuelto ya) al trabajo. Con esto no quiero decir que el modelo de explotación vaya a reproducirse y que debamos volver a viejas fórmulas. No. La globalización y la deslocalización de empresas, la separación lugar de vivienda-trabajo, la alternancia de periodos paro-trabajo, la inseguridad laboral congénita, la falta de comunidad… Son fenómenos que no eran propios del capitalismo original pero que probablemente sigan existiendo en este revival. Creo que el desafío está en afrontarlos, de algún modo que a mi también me cuesta enfocar. Negarnos la capacidad de hacerlo y negar, por tanto, la potencialidad que van a tener las luchas en el terreno laboral nos condena a la derrota.

Mi segundo punto es: La única resistencia con capacidad (no necesariamente con claridad, pero sí con fuerza) está en esa parte de la sociedad que se opone a estas imposiciones, a los recortes, a los despidos… incluso toda esa parte de la sociedad que defiende una vuelta al estado del bienestar se está oponiendo, sin conciencia de hacerlo, al capitalismo. Porque el capitalismo ha agotado sus cartas y ya no puede proporcionar ni siquiera el falso bienestar consumista de años atrás. Ese modelo nunca va a volver (y menos si aspira a generalizarse, con el crecimiento económico de China, Brasil o la India). Luego ¿Qué perdemos apoyando esas resistencias? Quizá sea una respuesta instintiva, pero es una respuesta desde la que construir conciencia. El bienestar futuro pasa por la construcción de un ecosocialismo libertario, la anarquía, que provea de bienestar a las personas. No el falso bienestar del consumo, sino el que puede aportar una sociedad justa, solidaria, libre y sostenible, donde la técnica vuelva a una escala humana y la economía se subordine a las decisiones políticas tomadas día a día de manera democrática.

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