Cinco observaciones sobre las movilizaciones por el derecho a asilo

En los últimos meses, el flujo de personas que intentan llegar a la Unión Europea sin los papeles exigidos por las autoridades ha alcanzado cantidades enormes. El tema ha conseguido una creciente visibilidad mediática a base de acumular naufragios en el Mediterráneo oriental y en el mar Egeo, así como de traer –y en abundancia– a la UE imágenes especialmente duras de personas agolpadas en masa en las fronteras macedonias y húngaras, flotando a la deriva o muertas al naufragar. Esta situación ha provocado un cierto revuelo, inusual, que, en la región española, ha propiciado que sectores de la población presionaran a los ayuntamientos de sus municipios en favor del derecho de asilo, lo que ha permitido a su vez a estos presionar al gobierno central en este sentido y llevar el tema a las portadas de los periódicos. Todo ello mientras, en el caso concreto de Madrid, se convocaban asambleas la primera y segunda semana de septiembre donde la población intentaba movilizarse en lo explícitamente político y preparar la acogida en un sentido más material.

A pesar de lo inmediato que pueda resultar, la asistencia a esas dos asambleas y a la manifestación del sábado 12 nos empuja a unas cuantas observaciones, que pretenden ser rápidas, pero no apresuradas.

1) Se constató que había una gran vocación de organizarse y movilizarse por el derecho a la libre migración, sin entrar en debates tramposos sobre quién es migrante y quién exiliada… pese a lo cual hubo voces en todo momento, y siguen ahí, que quisieron marcar esa diferencia, entendiendo que las instituciones están mucho más comprometidas con las refugiadas por factores como la legalidad internacional y que la presión será mucho más eficaz si se trata de evitar que las refugiadas sean devueltas a sus países, internadas en CIEs o algo así. Entendemos que esto obvia el agravio comparativo que supone para quienes todavía hoy huyen del hambre, la miseria o, simplemente, la precariedad –y seguirán haciéndolo– y para quienes ya han llegado aquí y, en muchos casos, llevan adelante su propia lucha contra CIEs, abusos policiales y demás y/o se integran en aquellas luchas de nuestra clase aquí y ahora que no entienden de orígenes geográficos, administrativos ni étnicos.

2) Dada esta fijación con las refugiadas en general y con las sirias en particular, cuando se intenta señalar la hipocresía de la UE se olvida el caso libio (no menos crucial y donde las autoridades españolas se mancharon más las manos), las inquietantes relaciones de nuestra clase dirigente con la de estados que no están siendo muy cuestionados y también son clave en el tema (por ejemplo, Marruecos) y se intenta hacer un análisis maniqueo de más de cuatro años de guerra civil en aquel país del Mediterráneo asiático. Es insultante y además aburrido tener que escuchar, todavía en septiembre de 2015, que lo que hay en Siria es «una revolución donde 200.000 personas han sido masacradas por el régimen de Bashshar Al-Asad» –cosa que hoy día no dice ni la oposición siria más deshonesta– o, al contrario, como dijo cierto dinosaurio del PCE que nos honró con su presencia y la de un grupo de palmeros y palmeras (sobre todo para repetir lo que ya había dicho un interviniente anterior), que lo que hay en Siria son sólo «grupos terroristas financiados por Occidente» y punto. No obstante lo cual, algún tipo de visión política de las causas de la emigración es necesaria, no sólo para entender la situación, sino para presionar a quienes en nombre nuestro siembran hoy las crisis que nos traerán las oleadas de personas (exiliadas o migrantes, poco importa) del mañana.

3) La asociación que las convocó (Asociación Sin Papeles Madrid) tuvo la apertura y generosidad de convocarlas como asambleas abiertas. Una idea tan bienintencionada, por otra parte, fue de la mano de una falta de dinamización casi total, lo que condujo a una esterilidad ya conocida en el asamblearismo: personas que se extienden demasiado, otras que intervienen sin siquiera tener algo que aportar, otras que consumen muchos más turnos de palabra que ninguna otra persona, una primera asamblea convocada sin propósito claro ni orden del día (ni siquiera aproximado), más de cien personas intentando oírse en una plaza de Lavapiés sin megáfono (en el caso de la primera asamblea; alguien, a título personal, llevó uno a la segunda), ningún tipo de recordatorio a las intervinientes sobre estos u otros aspectos fundamentales, …

4) Se habló de apoyo material para las refugiadas que vengan, tanto mantas, ropa, comida y similares, como espacios donde puedan vivir de manera más transitoria o más a medio o largo plazo. ¿Por qué se enfoca así? Apenas hubo alguna intervención para recordar que ya existen iniciativas de clase como las RSPs y otros bancos de alimentos, los grupos de apoyo muto o las asambleas de vivienda y PAHs donde participamos juntas inmigrantes y nativas (venidas, por lo general, de la migración interna, por otra parte), ¿cómo se explica? Ese afán por doblar esfuerzos innecesariamente es incomprensible, además de servir de munición a esa extrema derecha que nos imagina más preocupadas por las nacidas fuera que por las nacidas aquí.

5) Por último, es verdad que esta reacción es una buena noticia. La falta de reacción que ha habido hasta ahora era indignante y, no obstante, la reacción en contra parece apoyarse en prejuicios, como que estos náufragos (mayoritariamente árabes, kurdos, etc.) nos preocupen más que los más habituales náufragos negros o que el que puedan estar a merced de policías de Europa del este y central (con los tópicos heredados de la Guerra fría en el imaginario colectivo) nos preocupe más que la suerte de quienes se las ven con la Guardia Civil, Carabinieri, etc. La geopolítica europea, donde a nadie le gusta el actual gobierno nacionalista húngaro, también parece haber ayudado a favor de la preocupación por las refugiadas. No obstante, por los factores superficiales mencionados y por nuestro propio funcionamiento como masa, existe un claro riesgo de que esta movilización se convierta en una moda y decaiga rápidamente (quizá antes de que lleguen la mayor parte de refugiadas, incluso) y, visto el perfil de las movilizadas en Madrid, una moda casi circunscrita a quienes ya participamos en otras iniciativas. La invisibilidad de que han sido objeto hasta ahora las exiliadas colombianas (incluso comparadas con las que ahora vuelven allí desde Venezuela) o las 260.000 huidas de Ucrania –en plena Europa– en menos de dos años da ejemplos bastante elocuentes.

El modelo organizativo del nuevo movimiento libertario

Desde hace tiempo quienes desde el campo libertario estamos apostando por un modelo organizativo diferente al tradicional llevamos avisando que un movimiento político basado en colectivos no funciona como movimiento político. Casi todos los colectivos libertarios están formados por personas con diversas inquietudes que se traducen en distintas tendencias dentro del anarquismo. Así, encontramos colectivos que mezclan el comunismo libertario con tendencias individualistas, o el insurreccionalismo con la autonomía obrera y el comunismo antiautoritario. En pocos casos existen colectivos con una línea concreta de cara afuera, salvo algunos colectivos exclusivamente insurreccionalistas o bien el anarcosindicalismo en general. Por tanto la mayoría de los colectivos se dedican a temas culturales, sociales o de ámbito exclusivamente local.

Las nuevas organizaciones libertarias que poco a poco van floreciendo en el estado español planteamos que el movimiento debe evolucionar desde los colectivos hacia las organizaciones. No es un paso fácil de realizar, ya que los colectivos suelen ser por naturaleza afinitarios. Y aunque no lo fueran en un principio con el tiempo es lógico que surjan las afinidades personales que marcarán la línea política del grupo. Los liderazgos informales, el asamblearismo ad infinitum en el que toman las decisiones quienes más tiempo tienen, la falta de empoderamiento de personas por miedo a no pasar por la asamblea, la adscripción a unas ideas en base a una estética y un lenguaje estético… nos parecen problemáticas. Un movimiento libertario basado en colectivos y grupos de afinidad lo lógico es que se organice en base a federaciones en las que los grupos serán autónomos. Las federaciones son así una especie de suma de recursos entre grupos diferentes y realmente suponen un avance puesto que se supera el campo de visión basado en lo local.

Pero los colectivos libertarios son fuertemente celosos de su autonomía y no estarán dispuestos a renunciar a ella. Ni en cuanto a su manera de funcionar, ni a su identidad, etc. Por ello las federaciones de grupos autónomos no acaban de ser todo lo ágiles que debieran. Las federaciones se ven limitadas por la apuesta por la autonomía total o casi total de los grupos y dejan de ser ágiles por ello. Parte del colectivo no se siente parte integrante de la federación y le parece un freno para su trabajo local, otra parte del colectivo es la que se cree la federación y va asumiendo el rol de estar en contacto con el resto de los colectivos. Entre la pasividad de una parte y la delegación en la otra se produce un desequilibrio que a la larga dificulta cualquier evolución de las federaciones.

Por ello creemos que el movimiento libertario, o la parte de él que esté dispuesta, debiera caminar hacia un modelo como el que sigue:

Organización de militantes. Sería la base fundamental del modelo. Se basa en un grupo de personas que tienen las mismas líneas de actuación e inserción social. Habrán llegado a ellas en base a un debate sobre tácticas y estrategias y no tanto en base a la ideología. Esta organización requiere de una cohesión táctica y estratégica, y no vale una convivencia entre tendencias. Antes bien, es mejor formar dos organizaciones si las diferencias internas son demasiado grandes. Es más fácil colaborar entre organizaciones que vivir en una eterna pelea interna. La organización de militantes sirve para elaborar líneas estratégicas y para planificar una inserción social adecuada de las prácticas e ideas libertarias. Al fin y al cabo nos organizamos para proyectar mejor la acción libertaria.

Organización feminista. Dada la tendencia a marginar o impedir tácitamente la participación de las mujeres inherente a la mayoría de los
colectivos y movimientos, ocurre que la mujer no se anime a participar en colectivos y organizaciones libertarias. Por tanto es necesario un espacio político propio donde podamos desarrollarnos políticamente. Será una organización tanto de formación como de debate político. En nuestro caso su enfoque debería ser hacia el feminismo de clase, dado que hay que buscar hablarle a la mayoría de las mujeres. Enfocarse en cuestiones que afectan a una pequeña fracción de ellas es un error y de cierta manera contribuye a la atomización de las luchas y la especialización. Se pueden llevar a cabo luchas propias del feminismo típico como el tema del aborto, la lucha contra la violencia de género, la discrimininación laboral, los roles de género, crianza y maternidad, la presión de la estética, etc. Pero además en denunciar cómo le afecta el capitalismo a la mujer trabajadora. Se trata de que el feminismo traspase las barreras del activismo y llegue a los barrios obreros y sus entidades. En América Latina esto lo intentan a base de obras de Teatro del Oprimido, yendo a sindicatos a hacer educación popular, creando sindicatos de mujeres, concretando cómo le afectan a la mujer los problemas que crea el capitalismo…

Organización juvenil. Es necesaria una organización juvenil que vaya formando a la juventud en las ideas libertarias y en la forma de actuar que propone la organización de militantes. La organización debería enfocarse en los problemas que tiene la juventud (paro masivo, estudios, barrios y comunidades, cultura y ocio, etc.) y debería intentar generar organismos juveniles unitarios de barrio y de comunidad como asambleas de jóvenes y otras. La función de la organización es ir empoderando y preparando a la juventud para la acción política y social. Es un campo de experimentación en y de la militancia. Se puede complementar con la gestión de locales y espacios, la organización de eventos festivos y de jornadas de formación política. Nuestro punto de vista es que hay que crear un movimiento juvenil ajeno a las corrientes antiorganización y tendientes al ghetto de autoconsumo presentes en el anarquismo.

Las organizaciones deben ser entendidas como algo compacto, cohesionado. Y se subdividen en núcleos o grupos locales y territoriales compuestos por personas de la organización que viven en una zona determinada. No debería empezarse un grupo local cuando no lo conforma gente que comparte todas las estrategias y tácticas de la Organización. La función del núcleo es llevar a cabo las líneas de la organización adaptándolas a su realidad concreta. No se trata de un colectivo más, sino que el grupo es la Organización en ese territorio.

Los Frentes

Se trata de lo que hace la militancia cuando sus líneas políticas se aplican a un campo de acción. Normalmente no se tratan de organizaciones independientes, sino que se supeditan a las necesidades de inserción social del movimiento político y son orientadas por éste. Recordemos que no queremos construir un movimiento social bajo premisas libertarias desde cero sino ayudar a fomentar el movimiento social tal como es, y que éste una vez fuerte y consolidado sea políticamente autónomo y por sí mismo evolucione a líneas libertarias. Desde luego respetamos a quienes intentan hacer lo primero, pero nos parece que hay que priorizar esfuerzos.

Se pueden plantear una serie de frentes:

Frente Estudiantil. Es el campo de acción del estudiantado en su globalidad y pluralidad. Se trata de aplicar las líneas de actuación a lo estudiantil, que generalmente es un mundo que lleva una vida propia en paralelo a los ritmos de la sociedad en general. Por lo general debería haber una relación estrecha entre la organización juvenil y este frente. También tanto la organización política como la organización feminista deberían realizar tareas de formación entre el estudiantado.

Frente Laboral. Se trata del campo de actuación del movimiento político en el mundo del trabajo. Aquí hay que buscar una pluralidad en las formas de actuación ya que buscará la adecuación a los proyectos de la organización y no será un sindicato más.

La diferencia con el anarcosindicalismo, es que éste, debido a ser un Sindicalismo Revolucionario entiende que la sociedad Socialista a la que aspira deberá tener como columna vertebral el sindicato para poder funcionar. De esta forma entiende que los distintos sectores de la población (estudiantes, jubilados, amas de casa, inquilinos…) se deben organizar sindicalmente. El anarcosindicalismo de esta forma es a la vez una organización política. Por eso se ve a sí mismo como una sociedad paralela alternativa donde todo el mundo debería militar.

Nuestro punto de vista es que hoy por hoy la sociedad no se puede organizar entera de forma sindical. Por tanto hay que partir desde los distintos puntos de vista y conectarlos en una lucha hacia el socialismo libertario. Por ello tenemos que tener una inserción en las cooperativas, entre las asociaciones de parados y paradas, entre las pensionistas y también en los sindicatos (en el movimiento obrero en general). Pero no es nuestra idea crear otro sindicato más, sino que la clase obrera organizada vaya asumiendo poco a poco las líneas de nuestro movimiento político. Y por ello también hay que dirigirse a los barrios, a los institutos y a los espacios de relación y socialización de la clase. El anarcosindicalismo es por tanto aliado, pero no somos lo mismo.

El frente laboral se entiende a sí mismo como un organismo amplio de conexión de luchas que fomentan un poder popular obrero y una conciencia de clase, que contemplan avances económicos y mejoras materiales inmediatas como pasos a dar en busca del empoderamiento colectivo.

Frente Comunitario. Este frente va hacia el resto de ámbitos de actuación que afectan a la gente: salud, vivienda, educación, cultura, energía, medio ambiente, etc. La idea es conectar las distintas luchas entre sí hacia la generación de un movimiento popular comunitario capaz de tener voz propia a nivel político. Alguno de estos ámbitos se puede convertir en Frente en sí mismo, dependiendo de lo grande que sea la militancia o de las necesidades específicas. Por ejemplo:

Frente Municipalista. Si la militancia de los barrios decidiera llevarlo a cabo se podría realizar un frente municipalista que tuviera como objetivo dar la batalla en lo local para generar contrapoderes comunitarios. En este sentido se articularía a la militancia que está en asambleas populares, asociaciones vecinales, ateneos, etc. e incluso a las militantes que participen en las instituciones con programa similar al nuestro (y que asuman nuestras líneas – al fin y al cabo mejor tenerlas de aliadas que al servicio de otros movimientos políticos). Esos contrapoderes embrionarios se deberían coordinar y fortalecer para hacerlos mayores y más estables ya que serán medios de generar poder popular.

Los grupos de trabajo

El movimiento político necesitará de accesorios que faciliten o mejoren tanto su funcionamiento como su proyección pública. En este caso nombraré algunos aspectos que me parecen interesantes y que se pueden ir implementando.

Centro de Estudios. Todo movimiento político debería tener un lobby, Think tank o un organismo que sirva para engarzar la teoría y la ideología con las líneas políticas del mismo. Además servirá para elaborar un programa formativo para la militancia.

Medios de comunicación. Cualquier movimiento político tiene sus propios medios de comunicación, sean boletines o sean redes sociales. Hay que tener una estrategia mediática y comunicativa adecuada a las intenciones del movimiento. Los medios pueden ir desde boletines hasta una editorial propia de libros, revistas de pensamiento y teoría o bien publicaciones orientadas hacia la población en general.

Unidades culturales. En línea con lo anterior se puede tener de colaboradores o pertenenciendo al movimiento político algunos grupos culturales como pueden ser muralistas, teatro social, grupos de música, etc.

Línea gráfica. El movimiento en general, o sea, tanto las organizaciones como los frentes deberían tener una misma identidad visual o línea gráfica. De esta manera las ideas fuerza lanzadas por cada una de las partes del movimiento serán reconocibles rápidamente por parte de la población.

Organismo antirrepresivo. Sea una comisión, una organización o una caja de resistencia, el caso es que un movimiento político debe disponer de este tipo de organismos. En un principio se puede asumir el de otros movimientos populares, pero con el tiempo debería haber un grupo de personas que trabajen el tema y que cubran las necesidades de todo el movimiento así como el de los colectivos afines y los movimientos sociales y populares.

En resumen, puede haber todo tipo de grupos de trabajo o comisiones que lleven a cabo tareas concretas o cortas en el tiempo. Por ejemplo un grupo de sociología o antropología social puede llevar a cabo un informe. O un grupo de periodistas afines publicar alguna cosa concreta en consonancia con las necesidades comunicativas o las campañas. Se trata de ser flexibles en la medida de lo posible.

Organización amplia

Por último cabría hablar de posibles organizaciones o frentes «de masas» impulsadas por nuestro movimiento. En principio las organizaciones de masas que buscamos son las propias que crea el movimiento popular. Pero en un momento dado podemos querer crear una organización-movimiento. Se podría crear en base a sumar todas las partes componentes anteriormente descritas que deberían funcionar coordinadas. De esta manera se sellaría la pertenencia a este movimiento y se daría entrada a toda la gente simpatizante con el mismo y no sería ya un movimiento de militantes, sino de militantes y simpatizantes. O se podría crear en base a una organización que sigue las líneas políticas del movimiento pero que se creará en base a asambleas abiertas y públicas.

@BlackSpartak

Preguntas sin respuesta (y III): ¿hegemonía de qué proyecto en qué plazo?

Llegadas a este punto, se nos quedan cortos la crítica superficial al estado de las cosas y el moralismo, no menos superficial. No podemos decir que hay una supuesta, difusa, «casta» y que el sujeto político que puede cambiar las cosas es todo aquel que se oponga a ella. No podemos hacerlo porque, en el momento en que la dirigencia anticasta ocupe el Poder, si eso llega a ocurrir, y acuse la tremenda presión de la herencia recibida (véase el caso de Syriza en Grecia), de los acreedores y de la patronal, cualquier enfrentamiento entre facciones se puede convertir en una competición sobre quién es más o menos casta. No podemos porque a nadie se le escapa que ninguna dirigencia política, por muy sagaces que sean sus miembros y muy buenas sus intenciones, puede cambiar a quien no quiere cambiar. Aunque cambien otras cosas, las relaciones cotidianas en el trabajo, en los centros de estudio, en las asociaciones, los bares, las familias, parejas y cuadrillas de chavales de los parques y escaleras no superarán el «todas contra todas», la mezcla de egocentrismo, apatía y desconfianza que llamamos «normalidad».

Se nos puede decir que esta mezcla de valores, actitudes y posiciones políticas es complicada, que es querer abarcar demasiado. Sostenemos exactamente lo contrario. Tampoco es que digamos que de cada grupo, formal o informal, deban salir normas éticas que marquen qué es lo correcto y qué lo incorrecto. Más bien, defendemos un discurso –y, por tanto, un discurrir– que además de criticar lo inadmisible señale lo admisible y busque lo deseable y que, además de analizar el pasado, proponga un futuro desde el presente. Casi nada, ¿eh? En realidad, no entendemos que esto sea tan ambicioso como nos puede parecer por nuestra cultura política, sino que podría darnos cohesión, siempre que no nos empeñemos en tenerlo todo organizado desde el principio y sepamos tener paso corto y mirada larga.

Una de las cosas en que damos la razón a las podemitas, así como a las compas del Procés Embat, Aunar y Apoyo Mutuo es en que pensar con lógica no basta. De nada sirve nuestro discurrir si nuestro discurso es agresivo o incomprensible; no nos basta con tener la razón, queremos compartirla con el máximo posible de personas. En este sentido, como comunista libertario, este articulista saluda la evolución que ha visto en los últimos años, tanto en grupos informales como en la actual Federación Estudiantil Libertaria, en esta misma Regeneración o en el proceso de convergencia popular de Embat y compañía, evolución de un anarquismo más moral (más centrado en tomar posiciones) a otro más social (más centrado en ser motor de cambio social). No obstante, nos estamos dejando en el tintero explicar un poco más qué aclaración política (¿y ética?) estamos defendiendo e incluso de qué cambio estamos hablando todo el tiempo.

Cuando hablamos de cambio, hablamos de un cambio profundísimo y que implicará seguir esforzándonos a corto, medio y largo plazo. Se nos está diciendo que estamos ante una «ventana de oportunidad» que puede cerrarse en cualquier momento, ya que, según quienes lo dicen, la población no puede estar en estado de efervescencia permanente y, en lo económico, la crisis podría estar remitiendo, lo que podría fortalecer la idea de que el ciclo anterior se ha terminado y se entra en uno nuevo, cosa que favorecería cierta desmovilización masiva. No podemos estar de acuerdo con nada de esto. No podemos tomarnos en serio el supuesto final de la crisis porque: 1) un gran número de personas ya han descubierto que las grandes cifras de la economía (macroeconomía) no se corresponden con lo que ven en sus carteras y las de las personas cercanas, en el día a día (microeconomía), así que sería suicida rendirnos en este terreno; 2) algunos de los elementos más conocidos de la recuperación macroeconómica son el aumento de las exportaciones (España, dentro de su contexto, es un estado que produce barato y con una moneda, como es el euro, debilitada), las restricciones a las deslocalizaciones (o sea, que trabajamos tanto por tan poco dinero y exigiendo tan pocas garantías a las empresas multinacionales que hacemos mejor que antes la competencia a estados de Europa del este, Latinoamérica y África) y una nueva burbuja inmobiliaria, esta vez más ligada a la clase alta, pero no sólo a la española, sino de todo el mundo (que es como decir que nos estamos echando al cuello una de las sogas que empezamos a notar hace seis años, pero decimos que es una corbata para tranquilizarnos) y 3) dentro del mercado global, independientemente de que la posición española sea un poco mejor o peor, no hay ningún cambio significativo –como sí lo hubo con otras grandes crisis, por ejemplo, las dos últimas–: no hay manera de aumentar el consumo sin alimentar el endeudamiento o reducir el margen de beneficio de las empresas, todo ello mientras la gesta la crisis energética. En rigor, nadie se atreve a decir que la actual recuperación sea algo más que una pausa momentánea y, si alguien puede contar con que lo sea, no somos nosotras; no porque ser anticapitalistas nos obligue a ser agoreras en lo macroeconómico, sino por esta falta de motivos y por lo peligroso de hacerse esperanzas.

Vaya, que debemos confiar en nuestras fuerzas como clase social y no en un estado más o menos desfavorable de la economía y que, además, no debemos agobiarnos demasiado con la supuesta ventana de oportunidad. Es posible, ciertamente, que quienes más crean opinión pública –medios de comunicación y personajes con visibilidad en esos medios– consigan, pese a nosotras, extender dentro de un tiempo la idea de que la etapa de crisis económica y política se ha terminado para invitar a los sectores movilizados de la sociedad a volver a casa. No obstante, entendemos que es nuestra responsabilidad evidente oponernos a esta idea, tanto por el desmentido económico ya dicho como por la vertiente más claramente política: no sólo las demás hacen política, la hacemos todas. Si algo hemos aprendido en espacios de lucha como el actual movimiento por la vivienda, las redes de solidaridad popular o el sindicalismo de clase es el valor de lo colectivo en todo momento y lugar. Quienes se resignan a funcionar en base a ventanas que se abren un tiempo cada treinta o cuarenta años y entienden la desmovilización masiva como algo natural, parte de la historia que siempre vuelve, tendrán que asumir sus responsabilidades si consiguen convertir eso en una profecía autocumplida, como amenazan con hacer. Entendemos la inestabilidad como un ingrediente del momento presente, del funcionamiento del capitalismo e incluso de la vida misma, en menor medida, y no vemos tanta diferencia entre las perspectivas a corto, medio y largo plazo. No firmaremos ninguna paz social ni ningún cheque en blanco y nos gustaría creer que quienes hablan de asaltar las instituciones tampoco firmarán esa paz; si lo hacen, de nuevo, estaremos hablando de una decisión asumida y no de una especie de inevitable cambio meteorológico. No estamos en esto para cerrar ventanas y entendemos que uno de los mayores, en estos años de repunte de la resistencia por los derechos básicos (vivienda, alimentación, salud) es pasar de esa resistencia a un contraataque más ambicioso.

Y, aun entendiendo todo esto, ¿podemos, sin llevar el carnet de anarquista en la boca, intervenir como anarquistas? ¿Qué es lo que podríamos ofrecer a quienes no son anarquistas?

En primer lugar, no se trata de ofrecer una especie de nueva receta de algún producto, ni siquiera de recitarles definiciones de la Anarcopedia o pasajes de Errico Malatesta (por más que ambas sean fuentes de lo más interesante). Tampoco se trata de una invitación para que añadan «anarquista» a la lista de adjetivos con que se describen ni de una imposición apocalíptica para que se conviertan o, de no hacerlo, mueran en la apatía o la ingenuidad. El anarquismo, con este nombre o cualquier otro, puede y quizá deba ser un llamamiento. Sabemos que no inventamos nada, sólo subrayamos el planteamiento que, existiendo ya, nos parece que vale la pena conservar y potenciar.

En segundo lugar, quizá haya mucho que aprender del anarcosindicalismo. Probablemente lo más interesante de esta herramienta es que fue pensada en gran medida desde el anarquismo y por anarquistas, pero no necesariamente para anarquistas. El anarcosindicalismo ha tendido a definirse en base a tres ejes bastante sencillos: una finalidad (la instauración del comunismo libertario), presente como objetivo último; unos principios (apoyo mutuo, federalismo, solidaridad), que dan sentido a esa finalidad dentro de un concepto de las relaciones humanas, para hoy día y para cualquier época, y unas tácticas (acción directa, autogestión), que permiten abordar conflictos laborales, y no sólo laborales, aquí y ahora y, a la vez, avanzar hacia esa finalidad última.

En tercer lugar, entendemos, como ya se ha insinuado, que la intervención política no responde sólo a la resistencia contra problemas prácticos e inmediatos (conflictos en el trabajo, por la vivienda, por que no falte comida), sino que lucha contra esos problemas desde una cosmovisión que aporta ese horizonte y esos principios. Si en el primero de estos tres textos hablábamos del relato político que analiza el pasado reciente para explicar el presente y en el segundo lo relacionábamos con su contexto histórico para que ese pasado reciente no parezca una mera casualidad o un accidente, ahora nos atrevemos a ir un poco más lejos. La intervención política de cara a las elecciones necesita cierto relato político para ganárselas a quienes las han ganado en las últimas décadas; la intervención con voluntad revolucionaria puede buscar cierta cosmovisión para explicar por qué las elecciones no bastan y, sobre todo, para luchar contra la apatía y el derrumbe social que hemos visto y aún vemos: desprecio por la gente (así, en general), apatía, nihilismo (que lleva o bien a la apatía o, en el mejor de los casos, al rechazo anti-todo o, por compensación, a huir del propio nihilismo abrazando algún fanatismo tradicionalista o de otro tipo)… Habrá diferentes enfoques y cada cual tendrá sus matices, pero, en términos generales, el funcionamiento horizontal, sin dirigentes, no es sólo el más abierto a todo el mundo y el que más permite ahondar en lo colectivo –insistimos, el gran descubrimiento de los últimos años, algo tan antiguo como que no estamos solas con nuestros problemas y que la unión hace la fuerza–. Es además el funcionamiento inevitable si se está ensayando una cultura política donde las decisiones sean de todas, ya que de todas serán sus consecuencias. La autogestión, el apoyarnos sólo en nuestras propias fuerzas, no es una especie de ombliguismo o de elitismo político, ya que ese nosotras está abierto y depende de qué proyecto (acción, campaña, organización, etc.) estemos hablando; es parte del proceso por el que nos fortalecemos colectivamente y nos preparamos para hacer cada vez mejor las cosas y cada vez más cosas. Es el camino del autogobierno por el que, a la larga, podremos prescindir de los gobiernos. El apoyo mutuo, la cooperación, no es sólo que yo te apoye si te quieren desahuciar y tú lo hagas si mi patrón no me quiere pagar: es la razón de ser de la misma sociedad. No abandonamos a las personas ancianas, débiles o gravemente enfermas, quizá eso no sea rentable económicamente, pero ni lo sabemos ni lo queremos saber. Si vivir en sociedad tiene algún sentido es que quienes mejor se encuentren cuiden de las que en ese momento estén enfermas o sean ancianas y provean para ellas, es compartir en las duras y en las maduras. Somos una especie que nace en un estado de total dependencia, incapaz de comer por sí misma en meses, incapaz de andar hasta al cabo de aproximadamente un año, pero preparadísima para desarrollar lazos emocionales y mentales y comunicarse con otras humanas. No debería hacer falta decir más para aclarar que, contra la obsesión liberal por la competencia (Adam Smith, Darwin, …) que alimenta la desconfianza y generaliza la dependencia, el apoyo mutuo es parte de la vida misma (Kropotkin ya lo explicó largo y tendido) y promueve una generosidad que no es un contrato laboral ni un imperativo por decreto, sino la savia misma de la vida en sociedad.

Postulamos, pues, seguir dando respuesta a los problemas inmediatos y a cuantos vemos a corto, medio y largo plazo desde esa cosmovisión humanista y, en fin, disputando al Enemigo algunos de sus conceptos habituales para ampliar la resistencia a un contraataque a medida que el empoderamiento colectivo funciona y avanza.

En cuanto a esos conceptos habituales, el de ciudadanía, sin ir más lejos, está falseado. Ya dijimos por qué tiene más sentido hablar de personas que de ciudadanas en el primer texto, pero es que, además, a cada persona se le supone sometida a las leyes, cuando a nadie se le puede exigir que cumpla compromisos que no ha adquirido y apechugue con decisiones que no ha tomado. Mejor haremos en seguir reivindicando a la persona como primer sujeto político, base de la soberanía, y el pacto federativo, la asociación entre iguales sin amenazas ni chantajes, como base de la sociedad. Directamente relacionado con esto están los conceptos de responsabilidad y poder, que hay que disputar, sobre todo a los sectores más conservadores y a los reaccionarios. El hecho de que tengamos tan poco poder, limitados por los poderes del estado y los del mercado, nos ha enseñado a algunas a atacar al Poder, a las instituciones enemigas, pero no a distinguirlo del poder, que es tanto la capacidad pura de pensar, desear, actuar y demás como la de decidir y la de trazar y llevar a cabo planes a cualquier plazo, en lo personal y en lo colectivo. A veces nos olvidamos de que lo que queremos probablemente sea todo el poder para todas y que, en ese camino de empoderamiento, podemos llegar a hacer innecesarios todos esos parlamentos, gobiernos y demás conformados por gestores profesionales. Y que no tiene por qué ser fácil, porque estamos acostumbradas a considerarnos menores de edad que pueden dejar que otras tomen las decisiones y criticarlas desde la calle cuando las consecuencias no nos gustan. No obstante, esta búsqueda del autogobierno personal y colectivo es lo único que puede garantizar que los avances no sean sólo momentáneos ni los retrocesos, permanentes. El de liderazgo es otro concepto con el que no solemos estar cómodas, pero con el que tenemos que lidiar. Lo rápido es decir «abajo los líderes» o incluso «muerte a los líderes» y pasar al siguiente tema, pero sabemos que el que haya iniciativas es a menudo bueno, casi siempre necesario, y que tendemos a reproducir papeles de líderes y de seguidoras. No nos parece problemático el que ocurra esto en ningún momento, sino el ver que el liderazgo se instala y no sabemos salir de ahí: en el funcionamiento colectivo, a muchas les falta iniciativa e implicación y a otras, por compensación, les sobra. Eso, a veces alimentado por cualidades personales, lleva fácilmente a que algunas personas sean vistas en su entorno como líderes, no sólo por lo mucho que «tiran del carro» o guían –esa es la traducción literal del inglés leader, «guía»–, sino porque se les ve como tales y dan, incluso, ganas de seguirles. Todo esto ocurre a veces también entre personas con experiencia activista y personas sin ella, las primeras pueden convertirse en un incentivo de lucha para las segundas, sin embargo, nos parece una pieza clave el combinar esta iniciativa y valía personales con el discurso igualitario y nunca paternalista; animar a quienes empiezan a luchar y a quienes ni han empezado ni quieren empezar: en estos tiempos en que también existe una gran desconfianza hacia las organizaciones sistémicas, nosotras no pedimos el voto, no queremos subvenciones, no queremos liberadas, somos lo que parecemos y parecemos lo que somos. En el fondo, lo sabemos: lo que ofrece la lucha cansa y a veces aburre, pero es un camino de chifladas que apuestan por la honestidad, mucho más atractivo para quienes se han estrellado contra el sistema o han visto a otras hacerlo que la apuesta electoral.

De hecho, contra lo que parecen pensar los Iglesias Turrión y demás, un líder, en la historia de nuestra clase, no es un buen comunicador (aunque esto ayude) que aparece mucho en los medios y sube en los sondeos a fuerza de pulverizar a alguna cagarruta intelectual como F. Marhuenda o E. Inda, sino más bien alguien cuyas conductas van en consonancia con sus palabras y que, por esas acciones y actitudes, sostenidas en distintas circunstancias a lo largo del tiempo, encarna sus ideas y estimula a sus compañeras. Más que un funcionamiento sin líderes, probablemente nos interese ser todas líderes e intentar compensarnos mutuamente. Lo que sirve al comparar personas con inquietudes políticas con aquellas otras personas que se consideran apolíticas, insistimos, probablemente sirva al comparar a las más y las menos activistas. No pasa de moda la consigna, atribuida a Txabi Etxebarrieta, del «Demos todos un poco para que unos pocos no tengan que darlo todo».

Siguiendo con lo polémico, no vemos por qué no disputar los conceptos de democracia y poder popular. Sabemos que el modelo de la antigua Atenas no era muy envidiable y que, en general, asociamos «democracia» al actual sistema político, pero no nos consta que se haya acuñado ninguna otra palabra que permita sintetizar igual la idea de autogobierno colectivo, ni el fracaso de la democracia llamada «formal» o «indirecta». Si algo ha contribuido a generar malestar social y rechazo ha sido, precisamente, prometernos una soberanía, un poder, que en la práctica nos es a la vez negado. En este sentido, no entendemos que el poder popular consista en movilizaciones para apoyar a gobiernos más o menos progresistas, como algunas temen, sino en lo que vamos ganando durante todo un proceso de empoderamiento popular cuyo objetivo no sería intimidar a sectores adversos de nuestra clase, sino fortalecernos colectivamente al margen de las instituciones. Respecto a cuál es nuestra clase, nos parece interesante no definirla demasiado en función del trabajo. No es que queramos dejar de hablar de la clase trabajadora, pero sí matizar que este término ha ido muy de la mano de cierta moral del trabajo que, como ya apuntábamos, ha servido para enfrentar a quienes más seguían esa moral con quienes, en mayor o menor medida, no se la han creído, desde quien se cuela en el transporte público o roba en el lugar de trabajo, pasando por quien okupa o se niega a seguir pagando las letras de la hipoteca, hasta quien vive parcial o totalmente de un trabajo alegal o ilegal. Estas personas, de clase trabajadora en términos generales, son a veces rechazadas como vagas o antisociales, pese a que, si en algo consiste la conciencia de clase, no es sólo en tener consciencia de qué lugar ocupa una en la organización social, sino también en querer cambiarlo, querer acabar con la sociedad de clases en lugar de resignarnos a ser víctimas. De igual modo, no entendemos que la clase media tenga intereses opuestos, aunque muchos de sus miembros parezcan creerlo, ni vemos por qué habría que firmar cheques en blanco a quienes pretenden ser alcaldesas, diputadas o ministras procediendo de la clase trabajadora o de la clase media. Es por este tipo de motivos, como por los estados de tipo leninista –donde las dirigentes dicen serlo de la clase trabajadora–, por lo que algunas preferimos afirmarnos como clase dirigida, gobernada u oprimida, frente a la pequeña clase dirigente, gobernante u opresora. No sin relación con esto, el de economía es otro concepto que el Enemigo tiene casi acaparado. La economía, que podría ser la administración de los recursos, está convertida en un mundo misterioso, inaccesible y amenazante. Nos parece fundamental recordar la diferencia ya comentada entre macro- y microeconomía y recordar constantemente que economía también es lo que hacemos todas cada vez que vamos a trabajar o que compramos o consumimos algo, mientras la propiedad de sus medios más importantes está en manos de muy pocas personas y que la acción colectiva es posible y eficaz. En este sentido, cada huelga, cada okupación, cada desahucio parado, cada dación en pago y alquiler social arrancados son intervenciones en la economía y pasitos que damos hacia una democracia económica, sin la cual la democracia política es sólo un espejismo. No es menos fundamental recordar que toda actividad se da en la realidad, donde los recursos son limitados, y no en el mundo virtual del capitalismo, donde el mercado puede seguir funcionando con agujeros de deuda que superan toda la riqueza del mundo y donde entre la mitad y el 80% de las operaciones bursátiles las hacen ordenadores.

Los conceptos de ley y derecho también están en zona de contienda. Hemos aprendido a aceptarlos tal como funcionan en la práctica, pero es que, en la práctica, la supuesta ley es sobre todo la ley del más fuerte y el derecho, el derecho a competir en igualdad de personas y colectivos que no tienen recursos iguales, ni siquiera parecidos. Otras ya han hablado de este tema más y posiblemente mejor, así que no abundaremos mucho: no aspiramos a gobernar a nadie disimuladamente, a base de fuerza e iniciativa; si, al contrario, asumimos asambleas y debates que a veces parecen interminables es porque nuestra cultura política es de respeto, inclusión y acuerdo. Nuestras leyes no están en boletines oficiales o sentencias, sino en acuerdos respetados y en toda una cultura política que puede convertirse, en última instancia, en un pacto social en el sentido en que se ha entendido los últimos siglos. En este sentido, nunca nos cansaremos de decir que la anarquía que algunas defendemos es la ausencia de autoridad, lo cual no implica necesariamente el desorden o el caos y que, al contrario, en esa línea de pacto social, es la única fuente de orden que conocemos. «Orden» no quiere decir para nada que tenga que haber un funcionamiento social especialmente lleno de reglas ni especialmente estricto, pero es importante subrayarlo dada la capacidad del capitalismo de generar caos y dada la herencia estatal que finge cubrir el inmenso caos que genera el mercado con el relativo orden de las reglas emanadas de sus instituciones, la vigilancia de su aparato represivo y demás, rematado con la imagen de las dirigentes del sistema invocando una justicia que no llegará y un orden que ni saben ni quieren construir. En el estado de descomposición social en que nos encontramos, los sectores más conservadores, reaccionarios o directamente tradicionalistas buscan culpables en el dedo que señala la Luna, pero nunca en la Luna. La inmigración, el lumpen, el mestizaje étnico o el relativismo cultural tienen que ser culpables del desorden que perciben, incapaces como se ven de asumir la necesidad de otra cosa. Por ejemplo, de construir entre todas un nuevo orden económico y político desde el aquí y ahora.

Preguntas sin respuesta (II): ¿cuál es el sujeto político?

En la práctica, ¿existe ese pueblo español de que nos hablan o, al menos, esos pueblos españoles? ¿Existe ese supuesto sujeto colectivo?

Aquí la cosa se vuelve más delicada. Las nuevas formaciones y estructuras institucionalistas (Podemos, Guanyem BCN, etc.) han tomado buena nota de la ola de indignación moral borrosa de la que hablábamos y la están alimentando, sin por ello conducirla a un revanchismo violento; más bien, la están canalizando hacia su apuesta electoral. No obstante, esa no es una apuesta política clara y no está agrupando a su alrededor un sujeto político claro. Pensamos que no lo está haciendo, en primer lugar, porque existen sectores de la población que, si bien tal vez no aplaudan las prácticas corruptas, mafiosas y demás de quienes detentan el Poder, sí parecen estar dispuestos a tolerarlas indefinidamente y a esperar, en el caso de quienes tienen un partido preferido, el fin de esas prácticas. En segundo lugar, porque esas prácticas se dan a diferente escala en todos los estratos sociales y van trenzadas con los valores que las alimentan (egocentrismo, autoindulgencia, materialismo), dentro de estructuras con cierto grado de opacidad que, por tanto, las alientan en alguna medida y estamos hablando de cosas –valores y estructuras– que no se pueden cambiar legislando, sino que necesitan un cambio social que sería a la vez una serie de cambios individuales. En tercer y último lugar, por las limitaciones de las otras patas de esa mesa vagamente regeneracionista: meritocracia y rechazo de la Transición como marco en el que nació el régimen actual.

La meritocracia, muy asociada al rechazo de la élite actual como un hatajo de vagos e incompetentes –idea compartida incluso por la extrema derecha– y la denuncia de la emigración y el paro juveniles está, sostenemos, demasiado vinculada a la clase media. Entendemos que son las personas más acostumbradas a la estabilidad (personal funcionario, trabajadores de mediana edad con estudios superiores, etc.) quienes más tienden a rechazar la situación actual como una estafa y a tomar la anterior a 2008 como algo aceptable tal cual era o que necesita meras reformas y que las consignas que se oyen desde esas nuevas formaciones institucionalistas ahondan en esa meritocracia de arriba abajo. Desde la defensa de «que gobiernen los más preparados» (¿cómo podrían unas cuantas personas estar preparadas para gestionar lo de todas?), tan antigua como Platón o más, hasta sobreentendidos mil veces repetidos en nuestra cultura, como que el derecho a una vivienda implica el derecho a comprar una vivienda o que quien más estudios tiene debe cobrar más por su trabajo, como si tener menos cualificaciones diera descuentos a la hora de pagar.

Algo parecido pasa con el enfoque generacional. Es cierto que quienes tienen 58 y más años, además de haber votado la Constitución de 1978 y haber vivido la Transición (con todo lo que eso implica), han disfrutado en general de más y mejores convenios y han conocido mucho más los contratos fijos y mucho menos las últimas reformas laborales, la creciente oleada de EREs o la llamada new economy: ETTs, becas de prácticas, trasvase de asalariadas al régimen de trabajadoras autónomas, etc. Sin embargo, el paso de un modelo a otro ha sido bastante gradual y no es sólo que la evolución de la población española no permita el análisis generacional que se intenta importar de otros países (Francia y EEUU, por ejemplo), sino que enfocarlo así nos lleva a un falso conflicto: ni toda la generación preconstitucional abrazó la Transición –o el franquismo–, ni se puede reclamar a quienes sí lo hicieron que se retracten, cosa que a veces parece que se pretenda y que tendría más tintes de arrepentimiento religioso que de proceso sociopolítico. Si somos herederas de toda una historia, su crítica no puede hacerse limitada a la Transición, ni, desde luego, al franquismo, trauma casi obsesivo de casi toda la izquierda de la región española. El análisis crítico del pasado, sostenemos, empieza ahora y llega tan atrás como el conocimiento de ese pasado y está, en todo caso, al servicio de un proyecto que también empieza ahora, proyectado hacia el futuro. «Crítica» no es lo mismo que «reproche» y, desde luego, evitar cometer errores del pasado con variaciones que los disimulan no es lo mismo que consolarnos en nuestra miseria con el «teníamos razón» y el «ya os lo dijimos». Un partido como Podemos, que corteja a los votantes de IU pero ha evitado acercarse demasiado a su dirigencia (la de una formación clave en el régimen del 78, no lo olvidemos), ahora que ambos amenazan con derrumbarse, está llegando mucho mejor a los jóvenes que a sus madres y padres… Y ¿por qué no? La audacia, la estudiada arrogancia de los Iglesias, Errejón, Monedero o Teresa Rodríguez contra esa supuesta casta, ¿no transmite cierta imagen de rebelión generacional? Sin un discurso que hable de estructuras y relaciones, ¿cómo se explica la putrefacción de liderazgos como los del PSOE y UGT (González, Chaves, Redondo, padre e hijo…), CCOO y otros? ¿Cómo se les explica ese proceso a quienes lo han vivido y aún no saben, o no quieren, explicárselo?

Otro escollo importante de estas formaciones, a la hora de encontrar un sujeto al que dirigirse, es su nacionalidad. Podemos ha nacido en el ámbito estatal y las demás formaciones a que nos referimos, en el municipal. Ahora bien, si la hegemonía del relato oficial se está tambaleando, como decíamos en el texto anterior, y lo está haciendo más en el País vasco y, sobre todo, en Cataluña, ¿cómo posicionarse? La cultura política de la izquierda es más partidaria del derecho de autodeterminación y la española, del «esto siempre ha sido así». Si no se quiere disgustar a posibles electores, lo cómodo en Cataluña es una cosa y en la mayor parte del estado, la otra. Por más que provengan de la izquierda, los ideólogos de Podemos no quieren ser esos progres locos que se mean en la sopa y, allá donde vive en torno al 75% de sus posibles votantes, así es como se les puede percibir cuanto más hablen de federalismo, derecho de autodeterminación o de una soberanía que no sea española o europea. Además, no pueden descalificar como «casta» al bloque soberanista catalán porque este incluye a las CUP, criticable sin salir del tono que estamos siguiendo, pero cuya credibilidad crítica, rupturista y democrática es innegable. Nos guste o no en el resto de la región española, lo que ocurre en Cataluña es, aún más que en otras partes, un proceso destituyente y también constituyente, que se solapa con el de ámbito español, pero que se articula allí en un sentido más nacional. Particularmente, nos parece un proceso destituyente de la incomprensión y hostilidad españolas y del expolio fiscal, así como constituyente de un escenario de alguna posibilidad de cambio, con lo que eso implica de apertura. A nadie se le escapa que el papel que pueden jugar tanto las CUP en lo institucional como los sectores afines o más autónomos en la calle es muy limitado, pero esa extraña alianza nacional-popular interclasista, a la hora de tomar posiciones en el marco que salga de este proceso, puede beneficiar a cualquiera de sus dos polos. Dentro del bloque soberanista, en cada momento se irá viendo si parece que la élite convergente ha utilizado a los sectores populares para fortalecer sus posiciones o ha sido al contrario.

En cualquier caso, ambos procesos, la emergencia de formaciones como Podemos a escala española y la posible hegemonía soberanista en Cataluña, están funcionando en la medida en que están siendo motores de ilusión. No obstante, la sensación de que algo esté cambiando parece ser mucho más importante que el que esa sensación corresponda a un cambio real o que el que ese posible cambio se contemple de manera pasiva en vez de ser algo de lo que una pueda realmente participar.

Hasta este momento, hemos obviado a quienes, como el autor de este texto, no votan pero tienen posiciones políticas y hablado de los sectores con distintas preferencias partidistas, hemos considerado a la clase media y a buena parte de la clase trabajadora, hemos hablado de jóvenes y de no tan jóvenes y, sin embargo, aún quedan muchas personas, ¿quiénes son? Son las abstencionistas pasivas. Hablamos de un sector quizá minoritario, pero muy significativo, cuyas posiciones políticas y morales son desconocidas. Se les oye hablar en algunas barras de bar, en tertulias de sobremesa, corrillos de jubilados y conversaciones de transporte público o ascensor y tienen el poder, como cualquier otro, de tomar posición, de cara a las elecciones como el resto del tiempo. Y su posición, para quienes se presentan a las elecciones como para quienes no lo hacemos, se resume en «no, casi nada, casi nunca».

Si hay perfiles difíciles, el de estas personas es de los más difíciles. No vamos a aventurarnos en la sociología de andar por casa más de lo que ya lo hemos hecho; no obstante, y por descarte, sí nos atreveremos a esbozar una cosa: una parte importante de ellas pueden estar en los sectores que menos nos gustan de nuestra propia clase. Nos referimos a aquellos sectores quue suelen ser clasificados como una especie de subcultura (los canis de aquí, relativamente equivalentes a los chavs británicos o incluso a los beaufs franceses o la white trash estadounidense). Sectores que viven en barrios populares o incluso en barriadas periféricas de la última hornada y de los que casi todo lo que se percibe es despreciado por uno u otro motivo: sin conciencia de clase, sin costumbre de analizar su realidad en términos políticos, ni de analizar casi nada en casi ningún tipo de términos, tan reproductores de la cultura dominante (con su machismo, consumismo y demás) como el que más, incluso un poco más permeables al discurso ultraderechista que a cualquier otro, ruidosos y molestos en sus formas, a menudo acusados de depender más que nadie del asistencialismo o de ser lumpenproletariado (con el estigma moralizante que ambas cosas implica)… Estos sectores, si no son los únicos que se niegan a ocupar ningún papel político, sí son emblemáticos en este sentido: por su abundancia, por su evidente carácter proletario pese a todo y por ser, a menudo, satanizados por todo izquierdista más o menos culto y de clase media (o que se cree de clase media). Hacer de ellos votantes parece difícil, aunque no tanto como conseguir convertirles en activistas, pero de nuevo ¿hasta qué punto tiene sentido para estas personas el populismo meritocrático y vagamente keynesiano de Podemos y similares? El discurso anticorrupción de estas formaciones resistirá el tiempo que sus cargos públicos resistan la tentación de abusar de esos cargos, pero ¿qué más tienen? ¿El aumento de la inversión en educación? ¿Palmadas en el hombro a la clase media, propuestas de resistencia a estructuras (FMI, BCE) que muchas de ellas conocen poco o nada, alusiones –no menos oscuras– a la inversión en I+D o el fortalecimiento del tejido productivo?

Ni todos los llamados canis son pasotas políticos ni mucho menos todos los que pasan de lo político son canis, pero son el emblema de los límites de todas las izquierdas, institucionales o antiinstitucionales, y del gran problema de todo proyecto de auténtica democracia: la falta de aspirantes a demócratas. No es tanto que la voluntad popular esté fragmentada por tendencias sindicales o políticas, ni mucho menos por religiones o algo así, es que hay más apatía popular que voluntad popular. No hay revolución si nadie quiere ser revolucionario, no hay república si nadie quiere ser ciudadano y ni siquiera hay sociedad si nadie quiere ser un agente social. A día de hoy, y por más que queramos pensar que estas nuevas fuerzas son, no una revolución, pero al menos un posible cambio de hegemonía hacia la izquierda, los hechos nos obligan a ser muy prudentes incluso con esta última posibilidad. El gran crecimiento de Podemos como partido parece haber tenido una parte de moda política y, más aún, el ritmo de las elecciones, los sondeos y las tertulias de las TVs parece llevar inevitablemente a un crecimiento donde la cantidad prima sobre la calidad. Así, Podemos no tiene tiempo ni para evitar reproducir lo que intenta en teoría combatir: aun en el cénit de su espiral de entusiasmo (otoño de 2014), la abstención de los socios (laspersonas que en otras organizaciones serían llamadas «afiliadas») en su congreso fue de casi el 50%. No es menos elocuente que hayan asumido, y lo han dicho abiertamente, un hiperliderazgo para fomentar su capaz de desestabilizar formalmente el régimen; no está claro cómo pretenden que ese empoderamiento de su liderazgo se convierta en empoderamiento de todo su partido y de toda la población, ni cómo quieren evitar, en definitiva, el evidente riesgo de que esa desestabilización sólo sea formal.

Principios y estrategia

Cuando el jefecillo de Recursos Humanos dijo a la nueva trabajadora que tiene que domiciliar su nómina para recibir el pago de su salario, ella se negó a hacerlo. El jefecillo, sorprendido, le preguntó por qué, que él no puede pagar en negro y además facilitaba la transacción. Ella le contestó que no, que rechaza tener cuenta bancaria por principios. Al poco rato, le pegaron la patada. Y en lo que había podido ser su primer trabajo, ahora le tocó volver con la familia. Su sufrida madre tendrá que mantenerla humillándose por encontrar un trabajo ya que con la prestación por desempleo a duras penas pasaba el mes. El padre no trabaja, tuvo un accidente gordo y está en silla de ruedas. La pobre madre que ya tiene que cargar con el marido, ahora tiene que cargar también con la hija, que por principios no quiso entrar a la Universidad, solo terminó el bachillerato y no encuentra trabajo ni aunque se lo ofrezcan. Ella, que tiene tres platos de comida al día y tiene todo el tiempo libre del mundo, da lecciones a su madre por estar afiliada a un sindicato que no es anarquista y dar guerra desde ese sindicato, le habla de libertad, de revolución y cosas de esas mientras la madre prepara las comidas, limpia la casa, cuida del padre, tiene que ir a trabajar, paga la hipoteca religiosamente y todos los gastos de la casa. Ah, y critica luego a su madre su autoritarismo y mal caracter sin saber el estrés que lleva ella sometida y que la lleva a llorar en silencio por las noches para desahogarse.

Con esa ficticia historia, introduzco este artículo para reflejar unas contradicciones típicas entre la dichosa coherencia y la triste realidad, contradicciones que se dan también cuando se habla de principios y estrategias. Vaya, otra vez este chalao que nos viene a dar la chapa con la maldita estrategia. Dicen. Y cuando dije que la estrategia tenía que estar por encima de los principios ya saltaron a mi cuello, obvio, porque fue una provocación algo sobrada. Pues resulta que fue un toque de atención para ciertas personas que practican la contemplación y juegan a ser Dios en su mundo teórico, y no ven que la realidad no es la que ellas interpretan. Me explico de otro modo viendo algunos casos prácticos;

Una de las afirmaciones que hice en las redes sociales fue El consenso y la unanimidad puede ser menos horizontal que el voto. Y me quedé más ancho que largo. Al poco rato llegó un ruido de fondo que sonó ¿EEEEEHH? Con muchas caras de sorpresa y asco mirándome. Antes de decir algo más, he de aclarar antes que las asambleas son órganos para tomar decisiones colectivamente y sacar adelante propuestas y acciones. Como tal, la asamblea debe ser tomada como una herramienta y no como un fin en sí, ni una especie de folclore o ritual tradicional que practican anarquistas. Esto se entiende si hablamos de tratar de llegar a una postura unánime o a un consenso entre más de cien personas. La dinámica es distinta cuando en una asamblea participan una gran cantidad de personas, pues es seguro que habrán distintas opiniones. ¿Qué ocurre entonces? Que como siempre, entrarán juegos de poder. Hay quienes hablan mejor en público y saben explicarse mejor. Hay otras que se cortan por vergüenza y se bloquean. Entonces la ventaja se la llevan aquellas personas con mejores dotes carismáticos. ¿Resultado? Eso es: liderazgos informales. A través de esto, las personas que más alto hablen, terminarán creando en la asamblea un consenso forzado, es decir, un consenso alcanzado por la incapacidad de oponerse a los argumentos de una parte discrepante, insistencia de aquellas que más hablan o el cansancio/desgaste. O las tres cosas a la vez. Lo mismo puede ocurrir con la unanimidad. Entonces, ¿dónde está la horizontalidad? ¿Serían operativas este tipo de asambleas? Rotundamente no. Ahora bien, imaginemos una asamblea de veinte personas. ¿Tendría sentido votar propuestas? Ninguno, sería completamente inoperante, absurdo y hasta antidemocrático, a no ser que haya un gran disenso y se necesiten sacar adelante decisiones importantes.

No me junto con Fulanito y Menganito porque son, o colaboran con, comunistas/refors/lo-que-sea-que-no-sean-anarquistas. Esto se suele oírse mucho en nuestros ambientes con la excusa de no querer colaborar con traidores, reformistas, ciudadanistas o cualquier otra etiqueta que se ponen a colectivos, grupos e individualidades que no sean anarquistas. En prácticamente todos los casos, esta posición termina con que las anarquistas se queden al margen de todo y acaben por hacer anarquismo para anarquistas, a veces siquiera eso, sino mantener una simple pose poniendo excusas a todo para no hacer nada. Aquí cabe mencionar el caso de Can Vies, donde un sector del movimiento anarquista de Barcelona se desvinculó totalmente del conflicto del CSO contra el ayuntamiento porque Can Vies había recibido apoyos de la CUP y algunas independentistas. El resultado de esto fue que ese sector que se dedicó a criticar la colaboración entre vecinas de Sants, anarquistas, la CUP y otros colectivos sociales, acabaron quedando en evidencia tras la victoria de Can Vies con la paralización del derribo.

En algunas ocasiones he leído críticas con sesgo ideológico a las milicias kurdas y al movimiento de liberación kurdo en general, tales como que las YPG/YPJ compran armas de contrabando. ¿Cómo pueden pensar en la paz si tienen armas y van a la guerra? EEUU y su coalición les ayudan, no son anarquistas, etc.. críticas que darían para artículos enteros para desmentirlas, pero aquí solo trataré de quitar ese sesgo ideológico. Situémonos primero en un contexto de guerra, lo que quiere decir que si tienes un proyecto político que implementar y careces de fuerzas armadas, acabarías sucumbiendo a las armas enemigas, tanto de grupos terroristas como de gobiernos reaccionarios. En este sentido, la única vía que les quedó a las YPG/YPJ es conseguir armas de donde sea para poder tener unas milicias que defiendan un proyecto político como es la revolución de Rojava. El confederalismo democrático es precisamente un proyecto para la paz en Oriente Próximo, pero no puede ser que en medio de la guerra reclames la paz con banderas blancas, porque te pasarán por encima a ráfaga de metralleta. Para mantener la paz en Rojava, es preciso mantener a raya los grupos terroristas y otras fuerzas armadas hostiles. EEUU les ayuda con apoyo aéreo de manera vaga, y porque le sale más barato que ayudar al ejército iraquí, además de servirles para lavar su imagen.

Las anarquistas no votan. Este posiblemente sea el punto más polémico. La abstención que es entendida como una postura, se convirtió en un dogma incuestionable, y cualquiera que se declare anarquista y se atreviese a votar, acaba automáticamente excomulgado de ser anarquista. Así, el voto se ve como si fuera el Pecado Capital con el pretexto de que votar legitima el sistema. Entonces, ¿no sería acaso legitimar el sistema denunciar una irregularidad o abuso en el trabajo ante Inspección de Trabajo, denunciar una agresión en comisaría, pedir un indulto, recurrir sentencias judiciales, etc? Podríamos acabar en el absurdo si nos quedamos en discusiones eternas, otra vez por principios y repitiendo una y otra vez los mismos argumentos. La cuestión para salir del círculo retórico pasa precisamente por poner sobre la mesa la visión estratégica, cosa que ya se habló aquí.

Cuando los principios se elevan a dogmas y fe, nos creamos losas y lastres impidiéndonos ser operativas y ágiles en la elaboración de estrategias. En los ejemplos anteriores, la asamblea debe ser una herramienta operativa y eficiente, no una suerte de ritual que se tiene que practicar para demostrar horizontalidad o que así funcionamos. Para ello hay que usar los medios adecuados en los momentos adecuados: usar el consenso cuando hay que usarlo, no usarlo porque sea más anarquista que el voto así como un acto de fe. Lo mismo ocurre cuando tenemos que compartir espacios de lucha con otras tendencias políticas y sociales, que cuando ponemos por delante los principios terminamos marginadas y fuera de los espacios de lucha. En el caso del movimiento de liberación kurdo, el sesgo ideológico impide que se realicen críticas fundamentadas y acaban por exigir que sigan unos principios universales ajenos a su movimiento, que luchen con piedras o sean directamente arrasados por el Daesh/ISIS, que no se alíen con ninguna otra guerrilla o grupo armado… terminando por dejar de apoyar una revolución social en medio de la guerra y las contradicciones por las que tienen que pasar y superar. Quizás a ciertos guardianes de las esencias les interese que, o satisfagan sus caprichos de coherencia y perfección, o se hundan cualquier revolución o cualquier iniciativa, proyecto o movimiento que no sea perfectamente anarquista como piensan.

La estrategia no se rige por principios, sino por eficiencia. No parte del vacío, sino del análisis de coyuntura con el fin de escoger los métodos adecuados a los momentos adecuados. A través de ella se pretende aprovechar el potencial y las fuerzas que tenemos, para así superar la improvisación y el ir siempre por inercia y forzadas por la coyuntura siguiendo el esquema de acción-reacción, para pasar a marcar agendas, hojas de ruta e implementar programas para poder avanzar. La estrategia también implica ambición y astucia, avanza en medio de las contradicciones para conseguir unos objetivos que permitan alcanzar otros más ambiciosos, siempre enfocado a ganar, a acumular fuerzas, disputar espacios y construir un anarquismo verdaderamente revolucionario: con capacidad de movilización, inserto en las luchas sociales, con proyectos políticos y vocación de mayorías. Mediante la estrategia se toman diferentes medios, los que más se adecúen a la coyuntura, se juega a la política de alianzas para conseguir objetivos inmediatos compartidos con otras tendencias políticas y sociales e intervenir en la realidad social dotando a los movimientos sociales, primero, de las herramientas para mantener su autonomía y, segundo, de una orientación política revolucionaria. Los principios solo son unas bases para que la estrategia política no se pierda en una suerte de pragmatismo extremo, sino para la articulación de movimiento y el avance de las luchas sociales, no para obstaculizarlas ni frenar propuestas estratégicas.

Una guerra no se gana con principios, se gana con estrategia.

Análisis de conflictos sociales. Una aproximación

La conflictividad social ha existido desde los inicios de la humanidad hasta la actualidad y seguramente en el futuro, y va a continuar sucediéndose mientras sigan desigualdades sociales estructurales provocados por las relaciones de producción capitalistas. Empezamos con lo básico: ¿Qué es un conflicto? Un conflicto, en términos generales, se da cuando existen dos o más partes enfrentadas, lo que en este caso sería el enfrentamiento colectivo entre dos o más grupos humanos dentro de una misma sociedad. Hay muchos tipos de conflictos: bélicos (guerra popular, guerra civil, guerra imperialista…), laborales, vecinales/barriales, de clases, etc en el cual están involucrados numerosos actores, pero en este artículo vamos a trazar unas líneas básicas para el estudio y análisis de los conflictos sociales, ya que es importante que desde el anarquismo nos dotemos de herramientas analíticas para obtener información sobre el cual trabajar en la creación de hojas de ruta orientadas a la transformación social.

En varias ocasiones, hemos visto análisis tan simples como, por ejemplo, que la intensidad de unos disturbios marcaba la radicalidad de los conflictos así como algo que se utilizaba como baremo para medir cuán politizada y luchadora era una parte de esa población. Estos análisis tan pobres solo sirven para construir espacios de confort y autocomplaciencia en el cual se disfruta del espectáculo de las revueltas. No obstante, un conflicto social es mucho más complejo que lo que se ve, que casi siempre suelen ser las acciones que más resaltan del conflicto, es decir, las acciones simbólicas y espectaculares. Para tener una buena base para el análisis de conflictos, necesitamos pues tener en cuenta los siguientes factores, los cuales, los acompañaremos con un breve ejemplo de la guerra de Kobanê como supuesto práctico:

Antecedentes. Este es el punto de partida de nuestro análisis. En este apartado, tendremos que analizar la evolución histórica de la población en donde se dieron origen los conflictos. Una vez tengamos los datos de su historia, procederíamos a encontrar las causas que dieron lugar al estallido del conflicto y sus detonantes.

Kobani es una ciudad de mayorías kurdas. La etnia kurda constituye uno de los pueblos sin Estado más grandes de Oriente Próximo que han tenido una cultura de resistencia que impidió que sean aplastados o absorbidos por los Estados-nación de la región. En concreto, Kobani es uno de los tres cantones que forman Rojava, el Kurdistán occidental, que recientemente han declarado la autonomía democrática, proyecto político llevado a cabo a iniciativa del PYD, partido hermano del PKK que opera en Turquía. Entonces, Kobani funciona bajo el confederalismo democrático, cuyas bases son el feminismo, el ecologismo y un comunalismo inspirado en el zapatismo, que en la práctica se traduce en un sistema de democracia directa en el cual las bases son las asambleas que actúan en diversos ámbitos de la vida cotidiana (género, comunidad, economía,…) en donde se toman las decisiones que atañen a la población.

Al estallar la guerra civil siria, la región de Rojava eligió no participar en ninguno de los bandos enfrentados y así conseguir una relativa paz en el norte de Siria. No obstante, esa relativa paz fue perturbada, a mediados de septiembre de 2014, por la invasión del Estado Islámico que venía desde Iraq y pasando por Siria. Atacaron Kobani ya que querían primero conseguir un respiro tras algunas pérdidas en Iraq y alcanzar la frontera turca, lo que supondría también dividir los cantones que formaban Rojava. Las milicias kurdas YPG e YPJ no tardaron en reaccionar.

Espacio y tiempo. Los conflictos siempre se dan en un espacio en concreto y en un período de tiempo determinado. Aquí tendremos que situar en el mapa las zonas en las cuales se dan los conflictos, la expansión a otros territorios, las retiradas o sus desplazamientos; así como marcar en la línea temporal los inicios, los acontecimientos y su continuidad en el presente o su finalización.

La batalla en Kobani duró aproximadamente cuatro meses, siendo el día 27 de enero del 2015 el día de la declaración oficial de la liberación de la ciudad. No obstante, el conflicto no termina aquí, pues los combates todavía continúan hoy a las afueras de la ciudad.

¿Dónde se sitúa Kobani? Kobani es una ciudad fronteriza con Turquía al norte de Siria y toma esta posición en el mapa:

Al anterior mapa habría que complementarlo con otros más que muestran la variación de los frentes de batalla, como por ejemplo, éstos: 1, 2, 3, 4 y 5.

Tejido social y actores involucrados. El tejido social es la composición social de los territorios en conflicto, es decir, cómo están distribuidas las clases sociales, la distribución de la riqueza, su componente cultural y étnico, el grado de organización popular y cohesión entre las clases populares, etc. Y cuando hablamos de actores aquí, hablamos de entidades colectivas que se articulan como una fuerza política que juega un determinado papel en el conflicto. Un actor político es aquella fuerza que interviene en el escenario político y social, y su nivel de fuerza se caracteriza primero por la base social y el apoyo popular que tiene, y luego, por su grado de cohesión interna (unidad teórica, organizativa y de acción).

A lo largo de un conflicto, las fuerzas de los actores varía en función de quiénes tienen una mejor estrategia política y por tanto, influir más en el tejido social y los movimientos populares. Hay que tener en cuenta primero que, como los gases, toda fuerza o actor político tiende a ocupar todo el espacio posible y, por tanto, los vacíos políticos no existen. Tampoco podemos pensar en solo dos opuestos enfrentados, sino que hay que verlo como un conjunto de relaciones entre las fuerzas políticas en el tablero, como la neutralidad, las alianzas tácticas/estratégicas o políticas, las rivalidades y las enemistades o de confrontación directa. Además de esto, tendremos que distinguir entre actores principales, quienes protagonizan el conflicto en el cual participan, y actores secundarios, que forjan alianzas con los principales o son independientes sin llegar a tener influencias decisivas. Durante un conflicto, pueden irrumpir en escena nuevos actores (fuerzas políticas que van ganando base social, jugando acertadamente la política de alianzas y aumentando su capacidad ofensiva) y/o que otros actores bajasen del escenario (debilitamiento interno, escisiones, estancamiento, aislamiento de su base social…, en otras palabras, pérdida de fuerzas e influencia en el escenario).

La composición social de Kobani no solo es de mayorías kurdas, sino también en la región conviven otras etnias como asirias, turcomenas, árabes, entre otras, que también han sido incluidas en la participación política y la sociedad de la región. También, conviven diferentes confesionalidades religiosas, como cristianas, musulmanes, laicas, entre otras. En Kobani no podría señalar con exactitud la composición de clases, aunque una aproximación a ella nos diría que predominan prácticamente las clases populares con capacidad para administrar la economía y la política. Rojava en general y en concreto Kobani están en una situación de embargo llevado a cabo por Turquía y el gobierno del KRG con Barzani a la cabeza y aliados de Turquía y Occidente. Hay que decir que no toda la población se adscribe al confederalismo democrático, aunque tienen voz igualmente y pueden participar en las asambleas.

Los principales actores en este conflicto son, en un lado: el PYD como fuerza política, las YPG-YPJ junto con otras milicias kurdas menos conocidas como fuerzas político-militares. Y en el otro lado, se encuentra el Estado Islámico (ISIS). Los actores secundarios serían, por un lado, fuerzas aliadas de las kurdas: Pershmergas (la milicia del KRG que decidieron finalmente ofrecer apoyo militar a Kobani pese a sus diferencias políticas), el Ejército Libre Sirio (entrada posterior) y EEUU (aunque jugó un papel muy pasivo, pero con la excepción de algunos bombardeos y envíos de suministros para las YPG/YPJ). Y en el otro, se encontraba Turquía que ofrecía apoyo logístico al ISIS así como económico comprándoles el petróleo. 

Escenario y acontecimientos. La configuración de los movimientos populares y su fuerza real dependerá de los actores políticos principales en el escenario, así como de las fuerzas políticas enemigas con quienes están directamente enfrentadas. El escenario son los lugares donde se dan los acontecimientos que forman parte del conflicto, es decir, donde tienen lugar los enfrentamientos directos y la implementación de las estrategias de los actores políticos y movimientos populares en escena.

Los acontecimientos forman parte del desarrollo de los conflictos, los cuales son todas las acciones llevadas a cabo en el transcurso de un conflicto. Además, serían la parte más visible, y es por el cual se entran a conocer los conflictos. En esta parte, se analizan las acciones, reacciones y los movimientos de cada parte involucrada, así como las tácticas y estrategias llevadas a cabo por los actores políticos y los movimientos populares.

Ante los ataques terroristas del ISIS, gran parte de la población civil huyó de la ciudad buscando refugio tras la frontera turca. La salida de la población civil permitió a las milicias hacer más agilmente sus maniobras militares. Quienes se quedaron, ofrecieron todo su apoyo, tanto logístico como de cobijo a las milicias para que puedan realizar sus misiones. De hecho, las YPG/YPJ estaban totalmente integradas con aquellas personas que decidieron quedarse en la ciudad para ofrecer todo el apoyo posible. Gracias a la perfecta sincronía entre fuerzas político-militares y la población civil, resistieron y pudieron vencer, y esto es, el pueblo articulado políticamente.

La guerra se desarrolló en la misma ciudad de Kobani, donde en los días más críticos el ISIS dominó más de la mitad de la ciudad, y en los alrededores. Militarmente, el ISIS fue superior ya que traía armamento pesado de Iraq y tenía afluencia de nuevos militantes que entraban a Siria sin muchos problemas a través de la frontera turca. Entraron con tanques, atacaron con morteros y lanzacohetes, además de utilizar coches bomba y atentados, así como matanzas hacia la población civil. No obstante, el ISIS no pudo contra la articulación político-militar del pueblo. Las YPG e YPJ, armados solo con armamento ligero y algunos lanzacohetes, pudieron con mucho esfuerzo y sacrificio, aguantar los embates del ISIS e incluso lanzar contraofensivas exitosas contra los terroristas, entre ellas, una que liberó una gran zona al oeste de Kobani en octubre. Relatar todos los sucesos y batallas daría para largo si además tenemos que incluir las acciones que siguieron otros actores políticos secundarios.

Trasfondo. Aquí realizaremos el análisis a un nivel más teórico y estructural, donde tendremos en cuenta los intereses, las motivaciones y aspiraciones de cada bando enfrentado, así como sus tendencias políticas (bases ideológicas), hojas de ruta, objetivos, reivindicaciones y programas. Incluso podría añadir los significados que tenga tal conflicto, lo representativo que puede llegar a ser, sus similitudes con conflictos pasados y el valor simbólico.

David Graeber escribió acerca de la similitud entre la guerra de Kobani con la Revolución Social de 1936 en España, en el cual, se compara la pasividad de la comunidad internacional y la poca repercusión y cobertura mediáticas que tuvo así como la vida en Rojava. Además de ello, la guerra tuvo un valor simbólico de un enfrentamiento entre los fanatismos y totalitarismos representados en los yihadistas y la libertad de los pueblos en Kobani y las milicias. Esta guerra retrató también que a la comunidad internacional no le interesa que exista una verdadera democracia en Oriente Próximo, donde tiene cabida la diversidad religiosa y étnica que conviven pacíficamente. Por otro lado, también demuestra que el socialismo libertario (aunque no perfecto debido a la difícil situación) no es una utopía, que es posible por mucho que lo nieguen los capitalistas. Las YPG e YPJ se comprometieron a defender la revolución hasta la muerte y en ningún momento renunciaron a este compromiso ni abandonaron a su gente, a la base social que confió sus esperanzas en las milicias, mientras que el ISIS es utilizado por las potencias occidentales para mantener constantemente una situación de guerra y tener excusa para intervenir en ella y disputarse los recuros petrolíferos. 

Al liberar oficialmente la ciudad de Kobani gracias a la ayuda de los Pershmergas y parte del Ejército Libre Sirio, los combates a partir de entonces fueron más holgados, ya que además capturaron mucho armamento y municiones que dejaron los terroristas derrota tras derrota. Rápidamente, se liberaban los pueblos de alrededor y poco a poco, la gente iba regresando a Kobani y a los pueblos liberados. Todas estas victorias dan unas inyecciones brutales de moral para el pueblo kurdo y las etnias oprimidas de Oriente Próximo, además de servir como ejemplos y motivaciones para la lucha de los pueblos del resto del mundo.

Consecuencias, finalización o continuidad, y «lo que deja». En todos los conflictos siempre hay daños, tanto materiales y físicos como psicológicos y morales. Por ejemplo, en el caso de los bélicos, deja muertes, ruinas, caos, desabastecimiento, éxodos, barbarie… Luego, hay coflictos que terminan y otros que continúan o entran en un nuevo ciclo con nuevos actores y nuevos intereses enfrentados. En la finalización, veríamos los resultados y consecuencias tanto en la población local como en otras partes cercanas o con vinculación a las zonas de conflicto, quiénes salieron victoriosos y quiénes tuvieron que cargar con la derrota, así como qué experiencias (errores y aciertos) dejaron en las luchas. Todo ello formaría parte del «lo que deja». Son las enseñanzas que quedarán grabadas en las páginas de la historia. En caso de que continuara, lo más acertado es buscar un hueco para intervenir a favor siempre de las clases explotadas, sea apoyando un conflicto lejano o intervenir directamente si nos queda muy cerca.

A pesar de la victoria sobre el ISIS en Kobani, la ciudad está completamente destrozada. Son solo ruinas y cadáveres y se ha convertido en un lugar prácticamente inhabitable como la ciudad de Homs, arrasada por la guerra. No obstante, surgieron muchas iniciativas de reconstrucción de Kobani en el cual participan colectivos e individualidades, entre ellos, la DAF, un colectivo anarquista turco muy afín al confederalismo democrático que ha estado apoyando a la lucha kurda desde tiempo atrás. Por entonces, al menos Kobani ya logró la paz con la eliminación del ISIS, pero les quedan la ardua tarea de reconstrucción.

Por una vez en la historia, el pueblo ha conseguido una victoria bien merecida y lograda que festejamos también el resto de pueblos del mundo. Esta victoria nos demuestra también que la guerra y la revolución se han de hacer a la vez, que solo el pueblo en armas puede lograr este importante acontecimiento, sin requerir de gobernantes ni ejércitos profesionales, sino una fuerza armada emanada desde el corazón de las clases populares. Seguramente les quedarán muchos retos incluso dentro del propio territorio. Sin embargo, aún el conflicto no ha concluido, pues la amenaza del ISIS sigue allí y los combates también. La situación del conflicto ha cambiado y se ha vuelto favorable para las kurdas por ahora, aunque no por ello tengamos que relajarnos.

Estos factores constituyen las líneas generales para el análisis riguroso de conflictos sociales, y decimos generales porque habrá conflictos en que se necesitarían añadir más factores u omitir ciertos puntos. Añadir también que todos los factores anteriormente mencionados están estrechamente relacionados entre sí, no pueden ser utilizados aisladamente. Por otro lado, he omitido bastantes datos en el supuesto práctico debido a que he tratado de ser lo más breve posible para no alargar demasiado el artículo, y que por lo visto, un análisis completo de un conflicto social requeriría un artículo muy muy extenso. He escogido este ejemplo porque creo que los conflictos bélicos de esta índole ilustran mejor la metodología de este tipo de análisis, lo que no quita que se pueda aplicar esta herramienta analítica para extraer información rigurosa y detallada de otros conflictos sociales, como las huelgas, las de barrio, territoriales, indígenas, etc.

Otro dato que tengo que señalar es que cualquier conflicto social tiene base en la lucha de clases, por lo tanto, es imposible entender bien un conflicto social sin tener una perspectiva de clase en los análisis. Estos conflictos sociales son manifestaciones coyunturales, con mayor o menor grado de intensidad, de la lucha de clases.

El objetivo principal del que deriva la dotación de herramientas analíticas es la intervención social y política de las anarquistas de cara a construir un proyecto de mayorías y revolucionario, no para quedarse única y exclusivamente en el mundo académico. Este análisis tampoco es neutral porque la neutralidad solo es la reproducción de los valores del sistema dominante, por lo tanto, nosotras la rechazamos. No obstante, sí pretende ser objetivo, imparcial y riguroso, ya que solo partiendo de estas bases podremos conseguir información veraz sobre la que trabajar y partir de bases sólidas para construir nuestras estrategias políticas. Por último, podéis probar a aplicar estas bases para analizar los conflictos en Gamonal, Can Vies y la huelga de técnicos y técnicas de Movistar y observad luego los resultados obtenidos.

Versión en pdf aquí

1 8 9 10 11