Una moción de censura a las instituciones del régimen

Después de semanas y meses de actividad en las instituciones del régimen del 78, y tras varios días de la sonada moción de censura presentada por Unidos Podemos, la aritmética parlamentaria sigue siendo la misma. Todas las fichas que defienden un cambio progresista desde las instituciones del régimen siguen cerca de la casilla de salida y tampoco las encuestas vaticinan grandes cambios a pesar de las maniobras tácticas de todos los partidos.

El inmovilismo parlamentario del PP contrasta con su actividad desatada dirigida a controlar los mecanismos judiciales. Es un comportamiento digno de los herederos del franquismo, que no tienen problemas en actuar como una banda mafiosa y menos cuando, como ahora, se encuentran asediados por su corrupción. Rivera y los suyos siguen cumpliendo su papel de sostenedores del régimen del 78 allí donde tienen presencia, apoyando al bipartidismo y ejerciendo de ariete contra la izquierda parlamentaria. Sus pobres malabares argumentales para vender como responsabilidad de estado las traiciones constantes a su programa y a sus promesas no parece que les estén costando demasiado.

En el caso paradigmático del PSOE, Pedro Sánchez vuelve a gobernar un partido que estuvo a punto de hundirse en manos de su ala más conservadora. Una vuelta al día de la marmota que nos deja la buena noticia de que la mayoría de simpatizantes socialistas ya no comulgan con El País, Felipe Gonzalez y demás altavoces del poder. Al menos eso. Las próximas reuniones anunciadas con Cs y UP no parecen ser más que confeti para legitimarse ante su militancia y distraer la atención. Aunque el anunciado giro a la izquierda pueda ser utilizado para arrancar alguna concesión mínima, el PSOE no va a moverse de su agenda neoliberal.

Por su parte, Unidos Podemos presentó una moción de censura que ha tenido atareados durante semanas a los medios de comunicación, mayoritariamente reaccionarios, que han vertido acusaciones y ataques de todo tipo. Una actividad frenética de derribo para una propuesta bastante inocua, lo que da muestras de la oposición que genera UP y, al mismo tiempo, de la debilidad mediática de la izquierda, que fuera de internet carece de medios de comunicación afines. Lo cierto es que la moción ha servido poco más que para marcar posiciones en la oposición parlamentaria y demostrar el machismo insoportable del PP. Tampoco se ha cumplido el objetivo declarado de «cavar trincheras en la sociedad civil» utilizando la iniciativa como elemento movilizador.

A sabiendas de que la propuesta de moción de censura dificilmente prosperaría en el parlamento, UP planteaba esta propuesta como un reclamo para la movilización popular. Sin embargo, la movilización no se construye a toque de corneta. Menos aún cuando buena parte de los efectivos de los movimientos sociales de los últimos años se encuentran entretenidos trabajando en instituciones posfranquistas. Lo cierto es que, a pesar de una menor proyección mediática, construyen más movilización los pasos efectivos dados en dimensiones distintas a la actividad parlamentaria, como es el caso de la ocupación de La Ingobernable en Madrid: participación frente a la pasividad y esperanza frente a la frustración.

En este sentido, la imagen de Podemos pactando la moción de censura con los sindicatos entraña una reflexión. Hay un grave problema de organización popular cuando son los sindicatos del régimen, plenamente integrados desde los pactos de la Moncloa, los principales interlocutores de la sociedad civil para la izquierda parlamentaria. ¿Qué organizaciones aparte de la PAH pueden jugar ese papel? ¿Qué necesitamos para fomentar esas organizaciones, para impulsarlas y legitimarlas? Esa pregunta es la que deberían realizarse aquellas propuestas que, como La Ingobernable y otras, quieran convertirse en vectores de construcción de poder popular.

Los escándalos judiciales de los últimos meses están retratando a algo más que al PP. Están retratando las formas de la dictadura económica que nos gobierna. Podemos lo ha llamado trama. Se trata de la élite oligárquica que, más que parasitar las instituciones, las dirige y controla, principalmente porque las diseñó a su medida. Sin mecanismos de participación popular, sin organizaciones fuertes de trabajadoras y trabajadores que funcionen como contrapoder efectivo y no como correa de transmisión vertical, no es posible hablar de democracia. Para ello, es fundamental actuar como pegamento de lo social. Aglutinar y organizar han de ser algo más que palabras. Han de ser hechos para la construcción de un proyecto comunitario de institucionalidad propia que, además, dispute la gestión de instituciones como los servicios públicos. Quienes apostamos por la democracia socialista tenemos por delante el desafío de concretar ese proyecto y echar de una vez a la mafia capitalista que nos gobierna.

La desbrutalización de la política

Vamos a permitirnos empezar con una cita muy larga, pero magnífica para introducir el tema. En su biografía de Joseph Fouché –destacado personaje de la Francia revolucionaria, luego de la imperial y luego de la absolutista– escribió Stefan Zweig lo siguiente:

Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. […] Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llegó a gritar estas palabras de desesperación con el alma atribulada: «Ser guillotinado antes que guillotinar». Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dio en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios, no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana.

Al menos desde 1990 se oye hablar de brutalización de la política, término que incluso ha dado nombre a un libro. El término es bastante claro y se referiría sobre todo a generaciones pasadas, especialmente a la década de 1910, rica en confrontación y violencia: la primera guerra mundial, la revolución rusa, el endurecimiento de luchas que en parte se hacen eco de ambas («años de plomo» italianos, españoles y argentinos, ocupaciones de fábricas y fincas también en estos estados, intentos revolucionarios en Alsacia, Brasil, Berlín, Baviera, Hungría, …), etc.
Sin embargo, la acción de sindicatos y demás grupos de trabajadores de la época también nos suscita a menudo mucha simpatía y nos inspira una mezcla de ganas de ser dignas de su legado con bochorno por el estado en que se encuentra hoy: un movimiento proletario escaso y tendente a la apatía, el sectarismo y la desorganización. Y no obstante, ¿es aquel movimiento el modelo de lo que queremos llegar a ser, aunque sea como etapa para aspirar a más (siempre a más)? ¿Hay algún aspecto al menos en que estemos haciendo las cosas igual de bien o mejor? Nuestra hipótesis es que sí hay un aspecto en que lo estamos haciendo mejor, de manera un tanto espontánea y que más nos valdría ser conscientes de ello y pulirlo. Nos referimos a una cierta desbrutalización de la política.

Antes de ir más lejos, nos parece importante aclarar la diferencia entre dos cosas. Existen al menos dos tipos de actitudes distintas que han tendido a echarse a perder con el tiempo y que tendemos a mezclar al pensar. Una es la que podríamos llamar seriedad (firmeza, constancia, una moral propia independiente de la del Enemigo) y otra es la agresividad. Como quizá se note, la una nos parece positiva y la otra, negativa. Aclaramos desde ya que no nos parece negativa desde una idea abstracta (y generalmente frívola) de condena-de-la-violencia. Muchas acciones pueden ser violentas en su contexto y, sin embargo, preferibles a otras aún más graves o, al menos, comprensibles o instintivas; no por deseo de paz vamos a hacernos pacifistas. Sin embargo, como voluntad general, podemos aspirar a relacionarnos con las demás tendiendo a evitar la violencia tanto como nos sea posible –postura que estamos defendiendo con este texto– y manteniéndola, cuando la defendamos o practiquemos, en esos cauces humanistas. Por otra parte, también podríamos asumir una visión nihilista-liberal (misántropa) según la cual la violencia es eso que hacen las demás porque son idiotas, el ser humano es malo por naturaleza, etc. o incluso la visión fascista según la cual la violencia entre personas no sería sólo inevitable, sino que se volvería positiva al ser utilizada militar o paramilitarmente en beneficio de la nación o la raza.
Pero descartadas estas posiciones esbozadas –rechazo moralista genérico, indiferencia apática o entusiasmo antihumanista–, volvamos al binomio seriedad-agresividad. Ambas actitudes nos parecen muy relacionadas con el modelo tradicional de virilidad, con la importancia que tenía y con aquella que ha perdido. El estereotipo (exagerado, que no ficticio) es que un militante, un hombre, tenía que ser serio: cumplir con sus compromisos, con la palabra dada, con las opiniones vertidas. Ahora bien, la brutalidad no empezaba en trincheras, tiroteos ni barricadas. Empezaba cualquier día al azar en la vida de un trabajador. ¿Cuánta violencia hay en levantarse para ir a trabajar en algo que una no disfruta ni valora, cuánta en hacerlo viendo constantemente a compañeras enfermar por las condiciones de trabajo, cuánta en ver accidentes laborales que hacen estragos? ¿Cuánta violencia hay en volver del trabajo sabiendo que mañana será igual y así todos los días de todas las semanas de todos los años? ¿Cuánta en ver lo mucho que gana la empresa y lo poco que gana quien trabaja para ella, lo ajustado de la economía de la propia familia? ¿Cuánta en ver el jornal robado por otro vecino, más o menos igual de miserable, o gastado en alcohol para intentar hacer más llevadera esa vida? Así las cosas, sometido a un ataque brutal todo el día, todos los días, una persona trabajadora sólo podía o bien interiorizar esas ideas y asumirse como una máquina que intenta no ser muy infeliz –muchas lo hicieron, no nos engañemos, y más son las que lo hacen hoy, en condiciones menos malas– o acusar recibo de esa declaración de guerra y, sí, asumir la lucha de clases como una guerra que ya le estaba costando la vida. Las ganas de desquite eran palpables y comprensibles y así, no sólo los magnicidios y otros atentados eran aplaudidos o comprendidos, sino que los sindicatos fueron a menudo batallones, las revueltas, combates apocalípticos («agrupémonos todos en la lucha final») y los enemigos –burgueses, pero también policías, curas o esquiroles–, carne de linchamiento o ejecución.

Desde entonces, al menos tres procesos han avanzado en paralelo: 1) la desbrutalización de las condiciones de vida de los trabajadores de muchos países (configurando, en gran medida, el llamado «estado del bienestar», bajo ataque estos últimos años), 2) el desmantelamiento de la industria, incluida la clase obrera, en beneficio del sector servicios y 3) la desbrutalización y desmantelamiento (parciales) del macho como concreción del varón en una cultura patriarcal (varón resolutivo, duro, heterosexual, etc.) que se ha visto, además, cada vez más acompañado de mujeres en el puesto de trabajo.
El papel de la violencia en la sociedad, no sólo en la conflictividad de clase, está ahora mucho más limitado y menos aceptado y generalmente las personas trabajadoras del sector servicios, así como las autónomas, ni siquiera tienen una cultura laboral propia –salvo sectores y empresas concretas–. La falta de vida colectiva lleva a relaciones puramente individuales con la empresa y con el mundo del mercado. Este escenario, en principio bastante catastrófico, ha favorecido que la poca organización que ha habido no fuera en torno a una violencia que además habría ido en su perjuicio como grupos en principio aislados y muy minoritarios, todo lo cual ha permitido desarrollar un concepto de esa seriedad activista que no tiene que ver con la violencia, sino con la firmeza. Más aún en el contexto post-15M, donde el nuevo movimiento de clase (PAH y demás grupos de vivienda, sindicatos de barrio, etc.), a su vez más feminizado que el tradicional, ha hecho bandera de su no-violencia, entendiendo que esta, para colmo, dejaba en mayor evidencia la violencia sistémica, empezando por la policial, cuando se vuelve visible.

Si este ya es el escenario, ¿qué es lo que proponemos?
En primer lugar, aceptarlo y hacer bandera de ello. No nos gusta la violencia, no nos gusta jugarnos la libertad, ni el físico propio o el ajeno. Tampoco necesitamos entrar en provocaciones para sentirnos más machos, ni más militantes, ni más nada. Nuestra épica es la de evitar crímenes –generalmente legales– y conseguir rescatarnos unas a otras de un mercado destructivo y unas instituciones públicas arbitrarias, una recuperación de la épica del esfuerzo, el compromiso, la convivialidad, el apoyo mutuo, la ética, la buena fe.
En segundo lugar, no pretender pasar por pacifistas. Que no nos guste la violencia no quiere decir que renunciemos a defendernos, mucho menos que vayamos a dedicarnos a emitir declaraciones de condena si entendemos que una de las nuestras ha recurrida a la fuerza sin necesidad. Estamos con nuestra gente, como diría la periodista socialista Séverine (1855-1929), «siempre; pese a sus errores, pese a sus faltas, ¡pese a sus crímenes!».
En tercer lugar, un buen equilibrio entre todos los elementos. La verborrea incendiaria y violenta es un calmante para la impotencia. Los discursos del cambio sonriente y la ilusión son una táctica de marketing electoral en sí misma incomprensible. Entendemos que existe un enfado profundo y bastante difundido que no debe ser negado, ni encajado a martillazos en otros moldes, sino convertido en energía de exigencia ante las promesas incumplidas de un sistema como el liberalismo, claramente fracasado, energía ante la necesidad de victorias parciales (cuantas más y cuanto más profundas, mejor) y de una seriedad como la que antes mencionábamos, a la altura del enorme desafío que tenemos entre manos.

Por un 1º de mayo que sirva para demostrar el poder obrero

Ha llovido muchísimo desde aquella revuelta de Haymarket y queda mucho por recuperar la fuerza que tuvo el movimiento obrero antes de la II Guerra Mundial. Pero el pasado ya es pasado, estamos en 2017 en un contexto en el que el PP ha vuelto a ganar las elecciones y se ha cerrado el ciclo electoral en España. Creo que más que hablar del sentido del primero de mayo habria que plantear este día no solo como día para movilizarnos en las calles, sino para hacer un repaso de los conflictos laborales en este año. Se ha criticado este dia que por las manifestaciones solo es reproducir un folclore, un ritual en el cual hay que salir a las calles a la manifestación de la ciudad para demostrar que se apoya a la clase obrera. Del mismo modo, se critica que mucha gente se vaya al Viña Rock por simple postureo revolucionario.

Cómo lo estamos haciendo

Sea cual sea la cuestión, estos últimos años el 1 de mayo, al menos en Barcelona, está siendo de todo menos obrero, demostrando la división y las luchas intestinas dentro de la izquierda radical: ronda de contactos desde diciembre para hablar sobre qué hacer el 1 de mayo, varias convocatorias para un solo día con diferentes horas y recorridos, manifestaciones con bloques de cada ideología cada cual con su bandera, reivindicaciones autorreferenciales y de cualquier cosa menos de clase, folclore hablando del pasado, disputas de a ver quién hace la acción más espectacular… Y con todo este panorama, no nos damos cuenta de dónde estamos la clase obrera y que nos estamos alejando de ella: paradas, camareras, el botones de los hoteles, las kellys, trabajadores y trabajadoraas del sector TIC y de la industria, manteros, reponedores, cajeros, bomberos … en general todas aquellas personas que están sufriendo la explotación laboral para poder vivir. Y sobre todo ellas, las cuales perciben de media un salario menor al del hombre además de tener que asumir tareas de cuidados que no son reconocidas ni remuneradas. Es penoso que ante esta coyuntura de precariedad generalizada no nos planteemos líneas de trabajo que vayan encaminadas a dar cobertura sindical ante una buena parte de la clase trabajadora abandonada por los sindicatos de concertación. Esta gran mayoria nos ve como frikis, vividores, radicales violentos, vagos y maleantes… en fin, algo ajeno a ellos.

Cambio de dinámicas. Una propuesta estratégica

Hemos de dejar de pensar que el 1 de mayo solo sea un día para tocarse los huevos, manifestarse, homenajes al movimiento obrero del siglo anterior o irse al Viña, para ir viendo más allá de un día. La clave está en que no debemos ver este día como especial y aislado de resto de días, sino como una fecha cuyo significado tenga que ver, y esté vinculado, con las luchas obreras en la actual coyuntura. De este modo, podemos tratar este día con contenidos que permitan la continuidad de la lucha:

  • Mapeo de la situación laboral en el último año: efectos de la reforma laboral, sectores, tasa de desempleo, condiciones laborales, situación de los sindicatos concertados y de los alternativos…

  • Análisis de los conflictos dados estos últimos años (el correscales, telemarketing, estibadores…) teniendo en cuenta los orígenes, su trayectoria, cómo han terminado (o siguen en pie) y qué experiencias podemos aprender de ello.

  • Situación del sindicalismo alternativo. Qué se está haciendo bien y qué no. Qué se ha avanzado respecto al año anterior en los sectores y cómo van evolucionando: artes gráficas y espectáculos, sector TIC, las kellys, sindicato de manteros…

  • Sobre los conflictos aún vigentes, aprovechar este día para darles visibilidad en las calles rompiendo el aislamiento y el corporativismo, demostrando que los problemas, aunque en distintos centros de trabajo, tienen una base común: el capitalismo.

  • Proyecciones de futuro en clave de trazar unas líneas de trabajo sobre cuestiones como cambiar las dinámicas que lastran, cómo afrontar la temporalidad, la subcontratación, las situaciones de indefensión, horarios interminables… Posibilidad de implantación más allá del centro de trabajo: el barrio, la vivenda y grupos de apoyo mutuo…

Otro punto importante viene de parte de las organizaciones sindicales, los cuales deberián de aparcar el afán de protagonismo, dejar de centrarse en marcar diferencias las unas con las otras y más buscar confluencias, dejar de criticar demasiado a los sindicatos concertados (en clave estrátegico: si CCOO y UGT abandona las calles, las ocupamos nosotras. Si abandonan un sector, buscaremos implantacián allá donde se hayan ido. Si venden a la plantilla, recogemos el descontento y le damos herramientas/alternativas…).

Nunca más un 1º de mayo sin lucha de clases

El objetivo de este día pues no es para pasear las banderas ni salir en procesiones, ni liarla, ni ver quién monta la acción más espectacular, sino decir que hoy hablar de clase sí tiene sentido, y demostrarlo visibilizando la unidad de la clase obrera, los conflictos que se han ganado y los que quedan por ganar. Todo ello debe ser fruto del traajo de hormiga en el día a día en los tajos con un horizonte revolucionario: que la clase obrera asuma el control de la economía enmarcado en un proyecto político socialista libertario. En este sentido, articular el movimiento obrero a través de los sindicatos (tanto laborales como de barrio) como sujeto político e interlocutor legítimo en la lucha de clases. Solo así podremos recuperar el significado del 1º de mayo para la clase obrera: un día para demostrar que la clase trabajadora organizada tiene el poder y es capaz de cambiar las cosas.

Este artículo también está disponible en la edición en papel del periódico Solidaridad Obrera

Los gases y la política. ¿Dónde está la izquierda revolucionaria?

Tras la primera ronda de las elecciones en Francia, en el mapa político del país vecino, Mélenchon queda fuera de la segunda ronda, el candidato de izquierdas que pudo haber sorprendido en estos comicios con un discurso que apuntaba a la clase obrera y también a disputar el nacionalismo a la derecha. No obstante, al no haber pasado esta ronda, quedan como finalistas el nacionalismo conservador y supuestamente ‘euroescéptico’ de Le Pen y Macron, un neoliberal pro-UE. Efectivamente, a la izquierda revolucionaria ni se le huele, como ya ha expresado el compañero Ángel en su artículo más los comentarios debajo del mismo que tenéis que leer antes de continuar con éste. Sabemos que a estas alturas algo falla y hay huecos vacíos que estamos dejando. Por eso quiero hacer una aportación más al debate.

Como dije hace tiempo, la política es como los gases, los cuales tienden a ocupar el mayor espacio posible. Así es cuando una fuerza política abandona un espacio, otra la ocupará. La política día a día en las calles, en los centros de trabajo, en el instituto o la Universidad, en los servicios públicos, en la vivienda, etc es un primer paso imprescindible de cara a la construcción de pueblo. Sobre ello no dudamos y estaremos de acuerdo prácticamente todas. No obstante, no he venido a hablar una vez más de la inserción social, sino de escalas: local, regional, nacional e internacional, o simplificando, de lo micro y lo macro. Cuando se habla desde un plano macro noto una ausencia desoladora. Una vez más, la metáfora de los gases nos indica una clara ausencia de la izquierda revolucionaria, pues ha dejado su vacío en lo que respecta a la política a escala nacional y la han ocupado los nacionalistas y neoliberales.

Siguiendo con Francia, las luchas que se han dado en este país el pasado primavera-verano han sido bastante potentes: las ZAD, la huelga general en rechazo de la propuesta de reforma laboral y Nuit Debout. No obstante, todo aquello no cristalizó en un proyecto político de país que se viese representado en algún programa de algún partido, hasta que apareció Mélenchon con un programa de izquierdas en el que quizás se pudiese ver representado todas esas luchas. Y continuando con la política nacional, ya mismo en el comentario de Black Spartak ha apuntado al tema de la soberanía nacional, concepto sobre el cual tanto el liberalismo como el nacionalismo de derechas tienen sus relatos y sobre el cual apoyan sus proyectos políticos. Si Podemos ha comenzado a hablar de patria y de España como Estado plurinacional, es precisamente para llenar ese vacío en lo que respecta a los debates sobre la cuestión nacional y al proyecto de país, ocupado por la derecha, la socialdemocracia y poco más. Eso me pregunté yo en su día aquí y aquí, ¿cómo un tema tan importante como la soberanía y la cuestión nacional generaba tal rechazo entre buena parte de la izquierda revolucionaria y más entre el anarquismo? ¿Porque no es algo que vaya con nosotras? ¿Porque es burgués? ¿O porque se nos escapa de las manos y no sabemos qué decir al respecto? Pues esto es un error garrafal, ya que en los debates sobre política a nivel nacional y de cara a la opinión pública nos quedamos fuera. No porque nos echen, sino porque nosotras mismas nos salimos al carecer de proyectos políticos y programas.

Volviendo a la política en lo macro, necesitamos recuperar este hueco si queremos avanzar y que nuestras alternativas se escuchen y sean tenidas en cuenta. Con esto no estoy diciendo que tengamos que abandonar los barrios. Al contrario, tenemos que seguir en las calles tratando de que los movimientos sociales avancen, abriendo otro ciclo de luchas y mantenerlo, ir construyendo pueblo, creando poder popular, y a la vez, organizarnos políticamente, trazar estrategias políticas e ir configurando un proyecto político sentado en la realidad. Y aquí es donde entran las claves de por qué hemos de incidir en la política a nivel macro:

1.- Legitimar las luchas en lo micro a través de la creación de discurso y relatos en favor de las luchas sociales influyendo en la agenda pública. Esto servirá para superar la inercia de esperar el golpe para responder, y así pasar a la ofensiva tomando la iniciativa.

2.- Crear un contrapeso a la derecha tanto conservadora como neoliberal en lo que respecta a la construcción de proyectos políticos, inclinando la balanza en favor de la clase trabajadora. Hay que evitar que la opinión pública vire cada vez más hacia la derecha.

3.- Construir un proyecto político que recupere la soberanía popular como proyecto de país en clave socialista libertario, cuyo programa incluya propuestas sobre la nueva institucionalidad (administración democrática, democracia obrera, como se le quiera llamar), con su modelo territorial, económico y social.

En resumen, si de verdad desde la izquierda revolucionaria nos planteamos salir de la marginalidad, deberíamos poner sobre la mesa la necesidad construir la política a nivel macro. Una mirada hacia el movimiento de liberación kurdo, hacia Izquierda Libertaria de Chile o el Congreso Nacional Indígena y los zapatistas, y veremos que tras años y años de luchas han dado el salto a la configuración de actores políticos a nivel macro, con sus programas, proyectos y líneas estratégicas acordes a la coyuntura de cada país.

Enlaces del mes: Marzo 2017

Comenzamos el mes con un repaso sobre los sectores más precarios de la clase trabajadora carente de representación sindical, que han comenzado a autoorganizarse: las Kellys, el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes y las Putas Indignadas. Aquí se habla de las periferias del sindicalismo y del trabajo: camareras de hoteles, un trabajo feminizado con salarios muy bajos. Vendedores ambulantes, inmigrantes que tratan de sobrevivir como pueden. Y las prostitutas, un trabajo estigmatizado y con pocas garantías de protección contra la violencia que sufren en las calles.

En este 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, se hace un repaso de la actual situación de la mujer: la violencia machista sigue cobrando muertes, los trabajos más precarios con los peores salarios siguen feminizados, tener que soportar los mensajes misóginos de la Iglesia, el desigual reparto de los cuidados en casa… Problemas que tienen sus raíces en el patriarcado y en el capitalismo. También, en esta fecha tendrán lugar movilizaciones no solo en EEUU que ha sido bastante multitudinaria contra Trump, sino en el resto del mundo igual.

Por fin, después de casi 500 días en prisión preventiva, sale en libertad Nahuel. Como todas sabremos, Nahuel es el chico al que detuvieron en una operación policial totalmente injustificada que desarticuló el colectivo Straight Edge Madrid, dedicado a la difusión del veganismo y la lucha contra las drogas en el movimiento libertario. Ahora, ¿quién le va a pagar este tiempo robado y todo este sufrimiento innecesario en la cárcel?

Hablando de injusticias, lo más sonado de este mes fue la condena de Cassandra por unos chistes sobre el fascista volador de Carrero Blanco. No fue solo la condena en sí, sino que le arruinó la carrera, demostrando que el franquismo vive en la Audiencia Nacional.

Nos vamos a Guatemala por un momento para atender el caso de 40 niñas calcinadas en el Hogar Seguro, lo que se supone que es un refugio gubernamental para menores. Ante los abusos sexuales por parte de trabajadores del refugio, unas cuantas adolescentes se amotinaron para exigir el cese de dichos abusos. El resultado fue un conflicto que se ha cobrado 40 vidas y los familiares exigiendo justicia al gobierno. En estos momentos, la lucha por la justicia para las víctimas continúa.

Mientras que en España los corruptos, los grandes empresarios y los banqueros son impunes, en Portugal no lo tienen tan fácil salirse de rositas. Carlos Alexandre es el juez que va a sentar en el banquillo a grandes banqueros, empresarios, abogados, exministros… por casos de delitos financieros.

Ante el déficit democrático de los Estados europeos actuales en la era global, una apuesta por los municipios podría ser una alternativa a explorar en aras de lograr una mayor participación ciudadana en las políticas locales, demostrando mayor eficacia frente a la política a nivel estatal.

La victoria de los estibadores ha dado de qué hablar. Pero esta vez hemos de conocer a las estibadoras y cuál es su situación en un sector en buena parte masculino. En esta entravista, Ana Corrales nos explica desde sus experiencias en el mundo de la estiba como mujer.

Aunque no compartamos todo lo que se diga, Daniel Bernabé publica una crítica en La Marea a una diversidad producto de la postmodernidad y el individualismo extremo del neoliberalismo que en vez de ser un aspecto positivo, divide las luchas y difumina los objetivos de las mismas al relativizarse todo.

Toda esta ola de privatizaciones que hemos sufrido de la mano del gobierno del PP son consecuencia de think tanks neoliberales de las escuelas de Austria y de Chicago. Algunos nombres como Milton Friedman, Hayek y Mises nos sonarán por su posicionamiento frente a la intervención del Estado en la economía como tapadera para justificar políticas como las privatizaciones de los servicios públicos y la total desregularización de los mercados. En resumen, del capitalismo salvaje cuyo eufemismo es nada más ni nada menos que «liberalismo».

Para cerrar los enlaces de este mes, contamos con una entrevista al historiador Julián Vadillo acerca del papel de los anarquistas durante la Revolución Rusa, una historia poco conocida y la cual los bolcheviques han intentado borrarla del mapa.

Libertarias y comunicación: asignatura pendiente

Por Joan García

Durante estos días saldrán decenas de comunicados sobre la nueva oleada represiva contra el movimiento libertario que se ha orquestado des de el Cuerpo de los Mossos d’Esquadra y la Audiencia Nacional. Antes de que salga otro comunicado anunciando que no nos rendiremos, seguiremos luchando, me gustaría hacer una reflexión sobre estos acontecimientos y una posible causa.

¿POR QUÉ NOSOTRAS?

Me pregunto ¿por qué es el movimento libertario, hoy en día, el punto de mira de la criminalización? Obviamente existe un componente de persecución ideológica y justificación de la represión y control pero, mi pregunta va dirigida hacia otra dirección: ¿por qué las libertarias somos de las únicas en entrar dentro de esta clasificación?

Es evidente que algunas visiones ácratas sobre el actual régimen pueden llegar a ser molestas por las élites pero, sin duda, hay muchas otras organizaciones que, por esta misma razón, podrían estar dentro del mismo saco. Sectores de la izquierda anticapitalista y antifascista, las PAH’s, grupos feministas, incluso algunos sindicatos de base y otros colectivos que practican la desobediencia han tenido un recorrido similar al del movimiento libertario de Barcelona y cercanías durante la última década pero no han sido víctimas de esta demonización. ¿Cómo sucede esto? Antes de expresar una hipótesis, un par de premisas:

• Estos grupos también son objetivos claros de la Ley Mordaza y la nueva Reforma del Código Penal y, en muchos casos, los medios también se han empeñado a deslegitimarlos, no obstante con resultados muy diferentes. Los escraches a políticos impulsados por la PAH fueron comparados con el nazismo, mientras que la derecha más casposa intentó conectar a la portavoz de la Plataforma en su momento, Ada Colau, con el entorno del terrorismo vasco.

• Es infantil y una completa falta de humildad asumir que el discurso o las prácticas del movimiento libertario son más peligrosas que el resto de apuestas antes descritas. Tenemos muy pocos ejemplos de victorias por parte de los anarquistas en los últimos años y no podemos, ni debemos asumir que estas se deban exclusivamente a nuestra intervención. Nada parece indicar que las prácticas autogestionadas hayan de convertirse en una fuerza a temer por parte del estado español en los próximos tiempos.

LA MARGINALIDAD

Si no somos tan peligrosos ni somos las únicas en recibir palos, entonces, ¿por qué hemos sido elegidas para ser el nuevo enemigo interno? Según a mi parecer, os diré que se debe, principalmente, a la marginalidad en la que nos hemos autosometido. Se trata de una marginalida en todos los niveles: con los problemas de las clases populares, con el resto de movimientos sociales, con la actualidad política y, sobretodo, con la era de las redes sociales y los medios de masas.

Creo que no hace falta resaltar las pocas propuestas frente a las luchas contra los deshaucios, los ERE’s o los servicios públicos que los libertarios hemos sabido proponer. Tampoco creo que sea necesario ver como en Barcelona existe un gran resentimiento hacia otras ideologías y lo poco flexibles que somos con las propuestas de alcance más reformista y los dogmas históricos que llevamos demasiado tiempo arrastrando. Nuestra propuesta siempre ha sido la abstención a trabajarcon estos sectores. Tampoco hemos sabido articular discursos de desafecto hacia los cambios políticos: los proyectos soberanistas y las nuevas propuestas electorales nos han pasado la mano por la cara.

Por último y, creo que se trata de lo más grave, ha sido no saber estar a la altura en el momento de trabajar nuevas formas de comunicación. Nuestros discursos son altamente maximalistas y parecen sacados del punk-rock más rabioso de hace 30 años, mientras que nuesta imagen exterior no dista mucho de la que nos intentan marcar. ¿Qué tipo de sociedad pretendemos construir si las únicas imágenes que tenemos son las de gente vestida de negro, caras tapadas y actos de tensión social?

Si bien algunas organizaciones, como la misma Embat, intentan romper esta microvisión sobre la pluralidad libertaria, aún hay sectores que defenderán los disturbios y el imaginario insurreccional como tácticas válidas. Puedo entender, en cierta manera, algunas de sus proclamas pero, debemos reflexionar sobre dos cosas:

• Primero de todo, que la Lucha no se delimita a la guerrilla urbana -por decirlo de alguna manera-. Hemos de recordar que, no solo las fuerzas represivas del Estado son quien nos hace la vida imposible. Las políticas neoliberales, la precariedad laboral, la violencia machista y el fantasma del fascismo son elementos tan peligrosos como la represión juridico-policial y no son precisamente elementos a combatir en las calles. Esta Lucha del que muchas ondean cual bandera debe estar luchada des de diversos frentes y espacios (en casa, en el trabajo, en una misma…) y con diferentes estrategias.

• En segundo lugar, hemos de ver que los medios son un frente en al que le debemos saber sacar partido. Las redes sociales y los mass-media son armas de doble o incluso, triple filo. Si bien hemos visto como muchas compañeras han terminado formando parte de las hordas en defensa de la democracia más banal o algunos periodista han sido cómplices directos de la represión sobre militantes, estos medios también han servido, en otras ocasiones para amplificar ciertos mensajes. Si la transmisión está bien ejecutada, el impacto puede ser mucho mayor que cualquier A dentro de un circulo.

Aquí se demuestra como otros sectores que las élites han intentado criminalizar han terminado siendo aceptados por el conjunto de la sociedad y la aparición de un enemigo interno ha sido anulada: su mensaje hacia el exterior ha sido de calma y empatía. Quien participa de estos espacios no es gente extraña ni violenta -en el sentido más ciudadanista que entiendo- y sus reclamaciones son básicas y necesarias. Esto quiere decir que, si no han caído en el hoyo del terrorismo ha sido porque se han legitimado.

LOS MALOS DE LA PELI

Si nos fijamos en cuál ha sido la respuesta del movimiento libertario de cara a su mala reputación, veremos que hemos tirado hacia un lado totalmente diferente, aceptando totalmente el papel de los malos de la película que nos han querido dar. Y alguien dirá: “pero participar del circo político-mediático es hacerse el juego a los poderes fácticos!”. ¿Pero es que a caso, asumir el rol de los malvados no es también colaborar con ellos y darles un enemigo contra el que luchar?*

Sinceramene creo que nunca se ha hecho una reflexión profunda entorno a este hecho ni se ha trazado ninguna linea estratégica sobre qué hacer ante los medios de comunicación. En la mayoría de los casos, la respuesta se ha resumido en asumir que todo periodista es un buitre en la cerca de carroña para las noticias de las 8 y se ha actuado imparcialmente de manera hostil hacia ellos. ¿Qué esperamos que finalmente terminen diciendo de nosotras?

Y pensaremos que lo que puedan decir los mass-media es algo que no nos interesa pero, si la política parlamentaria es un circo, debemos aceptar que nuestra política es también una obra de teatro en la calle. Hacer una pintada en una pared cualquiera o realizar una manifestación no tiene más objetivo que proyectar un mensaje muy concreto sobre un público que, en teoría, no llegaríamos a través de otros formatos. Gracias a la estética, el discurso y la reputación que nos rodea, el receptor de esta acción no dista mucho de ser el propio emisor.

Y aquí es donde entra el último factor a tener en cuenta, y es que hay demasiados autoproclamados anarquistas que se sienten cómodos dentro de la conformidad del gueto, siendo los más coherentes, letrados y críticos con todo lo que no entre en su círculo interno. Es por eso que reivindico que las ideas libertarias deben de estar al alcance de todo el mundo y debemos trabajar para acercarlas. Recordemos que ningún tipo de cambio revolucionario ha sido o será dado por la sola presencia de la ácratas, sino por su participación activa dentro de un marco mucho más amplio. Únicamente de nosotras dependerá si esta transformación tiene más o menos contenido autónomo y autogestionario o si la balanza cae por el otro lado.

CONCLUSIONES

Concluyo exponiendo una serie de propuestas para salir de esta marginalidad y, así, ser capaces de evitar ciertos grados de represión**:

1. Cambiar nuestra imagen, incluyendo la propaganda -carteles, pintadas, portavoces-, lenguaje, símbología y actos públicos

Hay suficiente en empezar con un par de clases de diseño de cartelería o bien copiando ideas ya usadas sobre el papel. L’Observador, la revista libertaria de la Garrotxa (Olot, Girona), copió su diseño de una revista escandinava que poco tenía que ver con sus ideales.

2. Trazar estrategias de comunicación efectivas

Saber aprovechas los medios radiofónicos, televisivos y digitales, sobretodo en momentos de represión y criminalización, sin caer en su mitificación ni en dejar de impulsar los medios propios o cercanos. También significa saber tratar con periodistas, cámaras y reporteras. Un buen ejemplo de ello es la rueda de prensa organizada por los grupos solidarios con las detenidas de esta nueva oleada de detenciones.

3. Flexibilizar nuestras políticas de alianzas y participar de los movimientos sociales de una manera amplia

Por mucho de nos duela, significa entender que nuestras ideas, por ahora, solo las practicamos nosotras y que, si queremos que sean adoptadas por las posiciones afines, no hay más remedio que introducirlas a través de la ósmosis y el ejemplo. Esta práctica nos puede servir para tejer nuevas alianzas y redes de solidaridad y realizar un flujo sano de militantes y proyectos que nos pueden favorecer mutuamente. También se trata de una práctica que nos permitirá romper con la hegemonía entorno al discurso, las movilizaciones y la lucha diaria. Es bien conocida la relación entre el anarcosindicalismo y la izquierda independentista en las comarcas catalanas, así como la histórica conexión que tubieron la CNT y la UGT en los años 20 y 30 del siglo pasado.

He escrito este texto des de una reflexión que lleva tiempo en mi cabeza y con la rábia de tener a compañeros muy cercanos represaliados en este caso. Toda la solidaridad, con el corazon però, sobretodo, con la cabeza.

______

*Se suele dibujar un discurso de ‘ni inocentes ni culpables’. Si bien este lema encaja perfectamente con la doctrina antiestatista, nadie parece entender el mensaje y, al no declararnos inocentes, somos por defecto culpables.

**Pese a que los grandos guerreros de la Anarquía insisten en la inevitable represión, somos muchas las hartas de dedicar el 90% de nuestro tiempo político a organizar actos recaudatorios -conciertos, cafetas con alcohol, comedores, colectas, cajas de resistencia- a causa de las malas praxis a las que estamos aconstumbradas y, si bien sabemos que siempre existirá cierta represión, también debemos intentar evitarla en gran medida. No olvidemos que una compañera encarcelada es una militante menos y somos pocas.

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