Sociedades paralelas y poder popular

Seguramente en no muchas ocasiones hemos oído hablar de cooperativas integrales, de ecoaldeas, de proyectos de okupación (desde pueblos okupados hasta edificios abandonados en la ciudad), e incluso barrios autogestionados y comunidades enteras fuera de las redes mercantiles. Son espacios liberados dentro del sistema capitalista que demuestran que existen modelos alternativos de organización social y económica, que de alguna manera permiten experimentar, poner en práctica y dar ejemplo sobre alternativas al sistema capitalista. No obstante, muchos de estos proyectos no tienen una pretensión confrontativa contra el sistema, sino que más bien funcionan como vías de escape. Este tipo de pequeños espacios fuera de los centros de circulación de mercancías se conocen como sociedades paralelas. Ahora bien, ¿podrían estos proyectos ser una suerte de poder popular?

A diferencia de las sociedades paralelas, el poder popular lleva consigo la bandera de la confrontación contra el sistema dominante a través de la creación de un contrapoder que le desafíe. Este tipo de contrapoder supone la creación de movimientos populares los cuales articulan instituciones al margen del Estado que se traducen en asambleas de barrio, sindicatos, organizaciones estudiantiles, coordinadoras, etc… que pretenden sustituir y superar el orden establecido materializando un modelo de vida socialista libertaria. Esto quiere decir que el poder popular es una estrategia de confrontación y disputa en todos los niveles contra el dominio capitalista: social, económico, territorial y político. Otro matiz importante es que el poder popular también se articula a nivel político, es decir, que lleva un proyecto político de mayorías y se dotan de herramientas como los análisis de coyuntura, las hojas de ruta, las agendas, estrategias políticas y demás, que permitan el avance cualitativo de todo el movimiento popular. Esto por ejemplo, no se da en las sociedades paralelas, donde no existe una dirección política clara y se toma como fin la misma realización del proyecto, sin llevar ninguna política de confrontación. Sin embargo, podríamos apuntar que la línea entre sociedades paralelas y el poder popular no son bien marcadas, sino que hay ocasiones en que se ven difusas. Veamos algunos ejemplos.

En Grecia existen hospitales, clínicas y ambulatorios autogestionados debido a que el sistema de salud estatal está sufriendo ajustes muy agresivos. Por un lado, las experiencias autogestionarias pueden servir como parches ante la situación aguda de reestructuración neoliberal que vive el país. Pero por otro, podría suponer una salida hacia delante si estos proyectos se vinculan con otros sectores en lucha y sirvan como medios para crear un sistema de salud público no estatal. De manera similar, podríamos decir sobre la cuestión de las cooperativas integrales o la okupación de pueblos abandonados. Si bien estos modelos pueden servir para no tener que vivir del trabajo asalariado, y llevar una vida más sana, si carecen de vinculación con el conflicto de clases, no constituirían ningún problema para el sistema capitalista. De hecho, el capitalismo tolera las sociedades paralelas. No obstante, ¿y si se diese el caso de que las cooperativas integrales sirvieran como colchones para luchar contra el paro y tuviesen buenas relaciones con los sindicatos en las ciudades y vinculación con proyectos sociales en los pueblos y en los barrios? ¿Cuál sería entonces la delgada línea que los separa de ser sociedades paralelas o posibles instituciones de poder popular?

Las alternativas autogestionarias en las sociedades paralelas no son revolucionarias de por sí si no están vinculados a proyectos revolucionarios de confrontación a través de la lucha de clases. En Argentina en 2001 cuando ante el cierre masivo de empresas los y las trabajadoras se lanzaron a la autogestión, no se planteó el socialismo como proyecto político que supere el neoliberalismo que arruinó el país, aunque eso sí, gracias a la autogestión pudieron sobrevivir y se demostró que es una salida viable. Las zapatistas y el movimiento de liberación kurdo en Rojava serían los ejemplos más destacables de poder popular, puesto que, además de implementar una organización social distinta a la del capitalismo, llevan una orientación política por el cual crean sus propias instituciones que sustituyan a las del Estado en los territorios donde han declarado su autonomía.

Las sociedades paralelas son pues burbujas aisladas dentro del sistema capitalista que pueden funcionar con mayor o menor grado de independencia de los flujos mercantiles, lo que quiere decir también que carecen de cualquier vinculación con el conflicto de clases en los centros —entendiéndolos como no solo las grandes metrópolis, sino territorios donde el capital lanza sus ofensivas (desde las ciudades más grandes, pasando por pueblos, hasta las zonas donde se quieran hacer megaproyectos de extracción como megaminería, fracking, etc)—, en otras palabras, no tienen pretensión de disputarle terreno y espacios al sistema dominante donde mayores son los grados de conflictividad social y de clases. En cambio, el poder popular sí actúa en los centros del conflicto de clases y sí mantiene esa disputa al orden establecido, al contrario que las sociedades paralelas que actúan en las periferias, donde el capital no tiene tanto peso. Entonces, para que una cooperativa integral, un pueblo okupado, una clínica autogestionada o lo que sea, pase a ser una institución del poder popular, tendrían que romper la burbuja y orientarse como medios para crear un contrapoder efectivo al sistema dominante, asumiendo el papel de alternativas de confrontación en vez del de la evasión, o sea, crear vínculos entre diferentes sectores en lucha (multisectorialidad), pasar de verse como fin a verse como medios y dotarse de una orientación política cuyo fin sea el socialismo libertario.

Las colas griegas

Si todo sigue como hasta hoy, el próximo domingo habrá un referéndum en Grecia. La sumisa ciudadanía votará expresando «la voz del pueblo» una vez más. Dos opciones tendrá la ciudadanía griega: «no» (oxi) a las condiciones de la Troika, y «sí» (nai) a las mismas. El partido de Tsipras, Syriza, ya comenzó su campaña por el «no» aludiendo a la dignidad del pueblo griego. De la noche a la mañana Atenas se llenó de carteles por el «no.» Otros grupos, sobre todo redes de co-operación y solidaridad mutua, también pegaron sus carteles por el «no.» El cartel de Syriza muestra una bandera griega, por cierto. Del otro lado de la trinchera helena, la oposición parlamentaria también pegó el otro día sus carteles por el «sí.» Además, tienen todo el apoyo del establishment europeo que, por los medios de comunicación, hacen campaña por el «sí.» Desde Merkel hasta Juncker, pasando por Rajoy y el payaso de turno en el kiosko, la gente parece hablar en Atenas más del «sí» que del «no.»

El «capital control» parece haber sentado mal a la Troika, pero no tan mal como el «default» al que el Estado griego se puede enfrentar en un futuro próximo (ni hablar del maldito referéndum). Todo vale para hacer campaña por el neo-liberalismo de Alemania (en nombre de la Unión Europea, eso sí). El «corralito» empezó a crear miedos días antes de su adopción: la gente ya hacía colas largas en algunos cajeros automáticos bien antes de la medida adoptada. Tras ella, las colas solamente se multiplicaron en número y longitud. A todo esto, el otro día decía Jean-Claude Juncker que se sentía traicionado, así como apenado por las filas frente a los cajeros automáticos. «Qué barbaridad, esta gente de Syriza ha obligado a la gente a hacer colas en los cajeros.» Otras personas del ámbito político europeo también han mostrado su preocupación por las colas en los cajeros: que si el «capital control», que si esto, y que si lo otro. «Pobre pueblo griego que tiene que hacer colas en los cajeros.» «Menudo atropello a los derechos civiles, ¡te limitan el acceso a tu capital!»

Eso sí, las ilustres personas del establishment europeo, y la señora Christine Lagarde del FMI, no dicen nada de otras colas que ya llevan años dándose en Grecia (y con más intensidad en las grandes ciudades como Atenas). Las colas del paro, las colas en la sanidad pública, las colas en los comedores sociales, las colas en los contenedores de basura a las puertas de los supermercados que siguen tirando comida. Colas en todos lados, y estas colas, que yo sepa, ni son nuevas, ni son producto de «gobiernos populistas», ni naranjas de la China. Gente con tarjeta de crédito teniendo que hacer cola en el cajero: mal asunto. Las colas del 25% de desempleo, de la sanidad pública ahogada, de los comedores abarrotados, y de los sucios contenedores: no importa.

Se puso el grito en el cielo por el «capital control», y Syriza responde que no acepta más recortes en Defensa (que por cierto, tiene uno de los gastos militares más grandes de Europa, y en términos relativos con respecto a su PIB, el segundo más grande dentro de la OTAN antes de la crisis). Tanto la Troika como Syriza van a lo suyo, y que si no se lo digan a las personas que el otro día salieron a Syntagma con cierta decepción por todas las «líneas rojas» que el gabinete de Tsipras está cruzando.

Las colas en los cajeros se acabarán pronto: o bien porque se terminará con el «capital control», o bien porque la gente se aburrirá de sacar 60 euros al día. Pero las otras colas griegas, me temo, durarán mucho más. Y no dan aviso de disminuir, más bien parecen indicar todo lo contrario. Gane quien gane el referéndum.

Anarquía a pie de calle (I)

Dos anarquismos

“El anarquismo no es una fábula romántica, sino un duro despertar […]” (Edward Abbey, A Voice Crying in the Wilderness [Vox Clamantis en Deserto], 1990).

Periódicamente las dicotomías entre “anarquismos” se suceden. A finales del siglo XIX era entre colectivistas y comunistas, organizadores y anti organizadores, individualistas y sindicalistas, sindicalistas puros y anarcosindicalistas, etc. Actualmente esta reyerta teórica, que parece desarrollarse de forma cíclica, se ha establecido entre insurreccionalismo y anarquismo social.

En tiempos decimonónicos algunos anarquistas quisieron desatar el nudo gordiano hablando de “anarquismo sin adjetivos”, y ya avanzando el siglo XX de “síntesis”. Hoy día apremia evolucionar.

Las disputas, si no se enconan y enquistan, son positivas; el debate teórico es sano; lo que es insalubre y suicida es que el debate sustituya a la militancia. Ciertos anarquistas no tienen más problemas militantes que el propio anarquismo: o vigilar sus esencias o ponerlo al día, pero la disputa sigue fijándose en un marco erróneo, igual que en el XIX.

Sí, la disputa entre colectivistas y comunistas nos ayudó a vislumbrar cómo una parte del anarquismo de la época seguía ligado a cierta concepción de propiedad privada y salario y cómo otra quería transcender de eso y ser generosa; también cómo una parte trataba de ser realista y práctica y cómo otra podía pecar de optimismo exacerbado. Era una cuestión de fondo que dibujaba maneras y actitudes. Pero también era una disputa por algo que aún no se había producido: una revolución social que pusiera la economía en manos de los trabajadores. El debate quizás pudo ayudar a perfilar mejor lo que sucedería en situaciones revolucionarias como la del 36, pero el debate por el debate, sin transcender del plano teórico, puede dibujar el mejor de los futuros, pero no deja de ser una especulación, un discurrir sobre la nada, cuando falta crearlo todo. Puede también que el debate sobre las distintas concepciones sindicalistas tuviera una dimensión más práctica, pero seguía basándose en una premisa errónea: transformar la praxis ajena. Sólo nos es dado cambiar nuestra propia actividad; si algo no te gusta trabaja en sentido contrario y que la práctica demuestre si andas errado o acertado. En consecuencia, el debate no debe fijarse más –no desde luego prioritariamente– en el terreno ideológico; la validez de una idea debe medirse en el terreno práctico, en el terreno de los hechos.

No se puede discutir cual o tal teoría es mejor sobre el papel, cuál satisfará mejor nuestras necesidades sin transcender de la hipótesis; debe comprobarse empíricamente y que los resultados hablen. ¿Pero qué requiere esto? Trabajo de campo, duro trabajo de campo. Y es eso, y no otra cosa, lo que divide a los anarquismos en liza. Basta ya de supuestas divergencias en base a acuerdos, congresos, pensadores y modelos imaginarios.

Desde mi punto de vista sólo hay dos anarquismos: el contemplativo y el combativo. Ya pueden recibir el nombre de insurreccionalismo o anarquismo social, cualquiera de los dos puede representar a alguna de las dos tendencias en algún momento.

El anarquismo contemplativo vive a través de vidas ajenas, su terreno es el debate centrípeto. Se sienta a analizar y a discursar, a anatemizar enzarzado en eternas luchas internas. Su campo es el de la teoría y el quietismo, sea de comité, de asamblea, de manifestación, de red social o de quema de contenedor (un teórico del molotov no es menos contemplativo que un teórico de despacho). El inmovilismo como modus vivendi; la pontificación como modus operandi. Charlas y difusión de ideas es su terreno natural, el ambiente donde se siente cómodo; incapaz de transcender de ese hábitat y saborear los adoquines o el bancal. El propio anarquismo en su campo de batalla, su objeto de disección, el sujeto de su militancia. El anarquismo contemplativo es la etapa infantil e inmadura de la ideología anarquista; por muy seria, respetable y vetusta que parezca.

El anarquismo combativo, el que defendemos y practicamos desde la FAGC, es el anarquismo que se faja, el que está a pie de calle, el que lucha. Sea tensionando en una manifestación para evitar que la gente quede impasible ante una carga policial, sea forzando las circunstancias para que un conflicto laboral no acabe en armisticio. Es el anarquismo que se moja, el que se arremanga y se mancha las manos. El que lucha en la fábrica, en la asamblea de barrio, en la calle. Gamonal y Can Vies son ejemplos de esto, la Comunidad “La Esperanza” también. Es el que ha sobrepasado los límites de las tertulias y la militancia oral. Ya no cree que verbalizando algo se consiga cambiarlo. Su actividad es centrífuga, no va dirigida a complacer a los “iniciados”, a convencer a los “convencidos”; el circuito de los compañeros se le queda estrecho. El discurso de consumo interno se le antoja cacofonía. No milita para los anarquistas; milita para llevar la anarquía al suelo, para llevar la anarquía al pueblo. Diseña sus tácticas y su estrategia, su hoja de ruta, definiendo bien qué quiere y cuándo lo dará por conseguido, para poder avanzar a la siguiente etapa. Su hábitat es el barrio, la chabola, el parque, el tajo, el terreno abandonado, la casa expropiada. Es el anarquismo entendido como ideología adulta, por osada y audaz que sea su actitud, por nuevos que parezcan sus planteamientos.

En mi experiencia en estos últimos cuatro años en la FAGC, y especialmente en los dos últimos en la Comunidad “La Esperanza”, he llegado a concebir el anarquismo en esos términos, como una ideología adulta. El idealismo es necesario, pero no basado en irrealidades ni quimeras, sino en la capacidad real de aplicar las ideas pertinentes para transformar el entorno. Hay que descifrar los límites de los propios mitos, sean ideológicos, teóricos o de cualquier clase; descubrir la falsabilidad de los pensadores de referencia y tratar de aplicar las propias ideas teniendo en cuenta que por muchos antecedentes que tenga lo que te propones, y por más jugo que le saques a experiencias pasadas (la historia debe entenderse como pista, no como remanencia), la realidad es que esta experiencia, esta concreta, nadie la ha intentado antes; sólo tú y los que te acompañan. El discurso exclusivamente autorreferencial se diluye y queda la dura realidad. Es dura, pero es tuya.

Esta realidad lo es porque se asienta en algo tangible. En los siglos XIX-XX existía un anarquismo de fábrica, y esa fue su gran fuerza. Existió también en ese periodo fini/primisecular un anarquismo cultural que dotó de soporte teórico y literario la obra muscular. Nosotros proponemos un anarquismo de calle, un anarquismo callejero, de barrio, de exclusión social. El obrero salido del siglo XX y que despierta al siglo XXI se da cuenta, después de haber sobrevivido a la coartada capitalista de la crisis, que de obrero cualificado que fabricaba casas para otros ha pasado a ser un sin techo. Personas abocadas a la marginalidad porque sin apenas transición han sufrido un cambio: obreros ayer; indigentes hoy. Algunos no han mutado; de forma endémica han nacido condicionados socialmente para ser carne de asfalto. El discurso anarquista les complace en su utilidad: les es natural la hostilidad a la policía y el rechazo a la sacralidad de la propiedad privada; les es imprescindible sobrevivir a través de ciertas formas de apoyo mutuo, por lo menos en determinados estadios. Si este discurso se convierte en la práctica en un modelo eficiente de necesidades básicas plenamente satisfechas entonces la anarquía funciona, es útil para ellos, y con eso, sin necesitad de hacerse anarquistas, les basta.

No hace falta que se nos encuadre en el insurrecionalismo por nuestra radicalidad o el anarquismo social por nuestra labor. Somos anarquismo de combate y las etiquetas de ese tipo se nos quedan estrechas. Hemos recibido un baño de realismo y hemos descubierto que la anarquía llevada a la práctica funciona, que puede gestionarse una micro sociedad de 250 personas de manera eficaz siguiendo ese modelo. Pero también sabemos que ayudar a alguien no cambia necesariamente su mentalidad, y esto ya lo expondré en un futuro artículo.

Lo que importa ahora es saber que un anarquismo de barrio, sumergido en la marginación social, trabajando en el ghetto, es imprescindible; un anarquismo implicado en los problemas reales de la gente. Es imprescindible no porque suponga por sí mismo la “conversión de la gente”, sino porque es la mejor, si no la única, forma de llegar a ella. Para llegar a la gente no queda otra que tocar sus intereses y necesidades.

Pero si para esto no funciona la provocación vacua, que al menos remueve el avispero, menos funciona el discurso de reformar instituciones. En un momento en el que la gente está más desapegada de la política que nunca, nuestra misión es forzar la ruptura, no invitar a la conciliación con nuevas maneras dentro de las mismas estructuras. La situación es proclive para relanzar la organización popular desde abajo, para movilizar a la gente (movilizarnos con la gente) en base a sus necesidades y exigencias primarias, para estructurar el subsuelo, para dotar de cuerpo y músculo a los que no tienen (tenemos) nada. Enredarlos en promesas electorales, en aspiraciones de políticas locales, en la creación de instituciones, es un suicidio: primero, porque nunca se han sentido tan distantes de ellas; segundo, porque por fin son capaces de hacer otras cosas. A un enemigo herido que tiene que reestructurarse a toda prisa no se le refuerza, se le remata. Las instituciones deben ser vistas como el adversario al que se le arrebatan cosas por la fuerza, a través de la presión y el desgaste; el contrincante al que se mina hasta que se le pierda el temor y el respeto. No como el arma que es buena o mala en función de quién tenga la empuñadura. Más allá del maquiavelismo y el oportunismo de la hipótesis, tengo una cosa clara: también los ratones antes de ser devorados imaginan estar jugando con el gato. Eso es jugar a la política: creer que le estás dando cuartelillo al que está apunto de fagocitarte.

Yo no juego a juegos donde las reglas las imponen otros. Y hay un anarquismo que tampoco. Ese anarquismo sabe dónde está su lugar natural para incidir en la vida social, se aleja de las peleas de capilla y se une a las aspiraciones del pueblo para punzarlas, hostigarlas, y ver si pueden ir más lejos. Este anarquismo no se establece en unos parámetros de superioridad moral (y lamento si mi retórica lo da a entender, pero no es mi intención repartir sopas con hondas), no lo propongo porque sea “la última palabra” en revolución social; lo planteo por una simple cuestión de supervivencia. O nos abocamos a la endogamia de “la anarquía para los anarquistas” (cuando la anarquía debe ser para la gente de a pie) o nos dejamos matar metiéndonos en estructuras de poder que nos comerán y excretaran antes de darnos cuenta. Hasta ahora esas parecían ser las únicas opciones: o cerrarse en banda o entregarse con armas y municiones. No puede ni debe ser así, nuestra supervivencia y la de nuestro mensaje está en el combate, está en la calle, está en las necesidades más instintivas del pueblo. Es necesario detectar qué necesita, ver si nuestra praxis puede proporcionárselo, adaptar nuestras herramientas al momento, elaborar un programa que dé soporte teórico a nuestras conquistas y, una vez alumbrado el camino, compartir dichas herramientas y colectivizarlas (sabiendo cuándo hacerse a un lado).

No me importan las caricaturas; lo de “anarquismo barriobajero” o “anarco-lumpen” no es la primera vez que lo oigo. Me importan los resultados. El anarquismo callejero ha proporcionado la mejor carta de presentación de nuestra práctica en años. La mayor ocupación de inmuebles del Estado español no la ha conseguido un partido, una coalición electoral ni una organización pro-sistema; la ha iniciado una organización anarquista a través de herramientas anarquistas y haciendo funcionar un modelo anarquista sin necesidad de que los implicados lo fueran. Ese anarquismo de barrio ha dado 71 viviendas a 71 familias que equivalen a más de 250 personas. No habla la teoría; hablan los números, hablan los hechos, habla la tozuda realidad.

Ruymán Rodríguez | Federación Anarquista Gran Canaria

Lee aquí la segunda parte.

El pan de cada día

Vivimos en una sociedad donde las hambrunas ya no son causadas por las malas cosechas, sino por la miseria que genera el sistema capitalista al priorizar el beneficio privado incluso sobre las necesidades básicas. Así es como se tiran miles de toneladas de comida mientras muchos millones de personas se mueren de hambre. Desde el triunfo de las revoluciones burguesas y la sustitución del feudalismo por el capitalismo, la obtención del pan de cada día ha cambiado desde entonces. Actualmente, ya no es porque sea escaso sino porque, pese al aumento de la producción, el pan tiene un precio por el que hay que pagar y para la mayoría de la gente, la principal fuente de ingresos es el trabajo asalariado. Ahora con la crisis y la reestructuración capitalista, cada vez más personas se ven con mayores dificultades a la hora de conseguir saciar el hambre y, es necesario preguntarnos en estos momentos si nuestras propuestas revolucionarias serán capaces de satisfacer las necesidades más básicas, tanto actualmente como durante una situación revolucionaria y postrevolucionaria. Incluso ya no es solo el pan de cada día, sino también los problemas del acceso a la vivienda, a la energía, al agua, a la sanidad o a la educación.

Las circunstancias materiales son un condicionante muy grande en nuestras vidas y hace que muchas veces nos lleve a contradecirnos con nuestras ideas. Pero sean cual sean las ideas que tengamos, necesitamos alimentarnos, beber agua, vestirnos y cobijarnos para seguir vivas. Esto directamente nos obligaría a jugar nuestro papel en la sociedad para poder sobrevivir y cubrir dichas necesidades. Sí, también tenemos que pelear por nuestro pan día a día, sobre todo cuando nos vemos obligadas a trabajar porque existen muy pocas alternativas al trabajo asalariado, a no ser que sea emprendiendo un negocio y teniendo asalariadas o trabajar en una cooperativa integral. La realidad material no es ajena a nosotras, estamos dentro de ella y si queremos cambiarla, antes tenemos que mantenernos con vida.

Lo inmediato también es un campo de batalla donde podemos encontrar enemigos y amigos. Por tener ideas no significa que seamos inmortales. También enfermaremos o tendremos accidentes, algunos y algunas tendrán descendencia y tendrán que meterlos en la escuela, seguramente tendremos que ganarnos la vida trabajando por cuenta ajena o autoexplotadas siendo trabajadoras por cuenta propia, nos veremos obligadas a desplazarnos en la ciudad o a otro lugar, necesitaremos cobijo, ingresos, etc… Estos aspectos cotidianos pueden llegar a ser verdaderos problemas cuando hay en juego intereses mercantiles que choquen con nuestros intereses. Si lo que hacemos es criticar lo reformistas que son las luchas inmediatas y nos desentendemos de las mismas, estaremos sirviendo en bandeja a las ofensivas neoliberales que pretenden mercantilizar aún más nuestras vidas.

Pero todos estos problemas no se solucionan a base de ideología, de hecho, las ideas no llenan estómagos, al contrario, son los estómagos llenos, la dificultad que requiere y la conciencia sobre ello, los que alimentan los ideales. No estoy hablando de lujos, sino de las necesidades básicas satisfechas. Se está muy cómodo sentado en el sofá disfrutando del privilegio de tenerlo todo hecho diciendo qué lucha es reformista y qué no. Y es así como algunas personas que se declaran revolucionarias menosprecian, por ejemplo, las luchas en defensa de la Sanidad pública, que al parecer, les importan bien poco que se despida personal sanitario, se precaricen sus condiciones, se externalicen algunos servicios, aumenten las listas de espera, cierren quirófanos, camas y plantas, que mueran personas a causa de enfermedades curables… y todo ello para que la Sanidad privada haga negocio donde quienes puedan pagársela no tienen listas de espera ni ningún tipo de incidencias. Tampoco nos olvidamos de la defensa de la Educación, el cual estamos viendo que nos suben tasas, que las aulas se masifican, que las empresas cada vez estén metiendo más la mano… para poner la Educación al servicio de los mercados y reservada a los hijos e hijas de la burguesía mientras los hijos e hijas de clase trabajadora tendrán trabas económicas a la hora de acceder a una educación mejor.  Y no solo esto, también sufriremos el paro y la precariedad laboral fruto de los atropellos de las sucesivas reformas laborales con la complicidad de los sindicatos del régimen. Podría seguir alargando la lista, como la defensa del transporte público, el agua, los barrios, etc… pero el denominador común de todos los problemas cotidianos sigue siendo el capitalismo y el Estado. No obstante, las revoluciones no se producen por arte de magia ni surgen por espontáneos que se aventuraron hacia las montañas a montar sus propias comunas, sino por la continuidad en los conflictos de clase, en mantener una tensión constante contra el sistema dominante articulando siempre respuestas populares. En otras palabras, creando alternativas de confrontación que permitan reconstruir el tejido social perdido, uniendo las luchas sectoriales y acentuando la lucha de clases.

Sabemos que desde la caída de Lehman Brothers el capitalismo occidental entró en una fase de reestructuración que consiste en el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar de la postguerra, y que ya no habrá vuelta atrás. Por eso hay que plantear una salida hacia delante por la vía de la escalada de la conflictividad social en todos los ámbitos y poniendo sobre la mesa el componente de clase en las luchas. Ya no estamos como en los ’90, ni en el siglo de oro de las revoluciones obreras y populares. Estamos entrando en una nueva fase del neoliberalismo y tenemos que levantar cabeza para conquistar el pan de hoy y garantizarlo en el mañana.

Sobre la cuestión laboral y los recursos

A veces encontramos enfrentadas dos cuestiones sociales, las condiciones materiales de los trabajadores para poder llevarse algo a la boca y la cuestión ecológica del buen uso de los recursos naturales de los que disponemos. Será tarea de este artículo hacer un brevisimo análisis de este enfrentamiento que a veces surge en nuestra sociedad.

En 2011 según la FAO la producción mundial de pescados, crustáceos, moluscos y otros animales acuáticos alcanzó 156,2 millones de toneladas, cifra que no ha dejado de aumentar desde hace años. El crecimiento no ha dejado de aumentar, pasando de 34,6 millones de toneladas en 2001 a 52,7 millones de toneladas en 2011.

Los principales países pesqueros son: China, Perú, Indonesia, EEUU e India. En el 2011, el total de la captura en los Estados Unidos de América fue el más alto registrado en el país durante los últimos 17 años.

Si del Estado Español debemos hablar las cifras no son menos escandalosas, a pesar de la reducción en el número de buques de 10.847 en 2010 a 10.505 en 2011 las capturas pasan de 769 mil toneladas en 2010 a 860 en 2011, lo que supone un incremento de más del 10% en las capturas.

Atendiendo a las cifras de empleo, nos topamos con que solo 37.000 personas son empleadas en pesca-acuicultura en el Estado Español, es decir un 0,20% del total de personas empleadas en ese momento. Lo que vendría a suponer 23,34 toneladas por cabeza, lo que suponen algo más de 53.000 € al año por cabeza. Dinero que por supuesto no cobran las trabajadoras. Es decir, que básicamente estamos agotando el mar para que unas pocas acumulen capital.

Un 52 % de los recursos pesqueros marítimos del mundo están “plenamente explotados”, es decir, se han pescado hasta su nivel permisible máximo. Otro 28 % está “sobre explotado”, agotado o se está recuperando de haberse agotado.

En 1950, las capturas marinas fueron 16,7 millones de toneladas y representaron el 86 % de la producción total mundial de pescado. Las pesquerías marinas han experimentado diferentes etapas de desarrollo, pasando de 16,7 millones de toneladas en 1950 a un máximo de 87,7 millones de toneladas en 1996, y luego disminuyó hasta estabilizarse en alrededor de 80 millones de toneladas, con fluctuaciones interanuales.

Teniendo en cuenta todos estos datos, es de vital importancia entender que ya se están explotando los caladeros al máximo y que seguir sobre-explotando el mar, nos llevará a una catástrofe ecológica que afectará no solo a la economía, si no también a la soberanía alimentaria, muchísimas personas dependen en el mundo de la pesca para poder alimentarse, reproducir episodios como el de Somalía es no solo vergonzoso, sino un crimen contra la humanidad misma, destruir estos caladeros no solo ha hecho la pesca inviable en dicha zona, sino que ha dejado desamparadas a cientos de personas que subsistían a base de la pesca, puesto que Somalía es un país en el que, hoy por hoy, la mayor parte de la agricultura es inviable. Como este tenemos otros muchos ejemplos a lo largo del mundo.

Por esto, la exigencia de patronos para seguir mermando no solo los caladeros, recurso hoy por hoy indispensable para la seguridad alimentaria del mundo, sino la soberanía alimentaria de países como Mauritania o Somalía, es inadmisible. Reconducir la pesca a niveles que no sobre-exploten el mar es lo adecuado, pudiéndose apoyar en la implantación de cooperativas de acuicultura, respetando en lo posible la costa, no hablo ya solo de Europa sino de que de una vez las personas de precisamente los países más afectados por el expolio de recursos puedan recuperar su soberanía alimentaria y económica. Igualmente en el norte que se dispone de amplios recursos para una agricultura eco-responsable, debe dejar de consumir lo que no puede producir, promocionando una dieta que contenga más vegetales y menos animales.

Dr Alén Cea

¿Y si dejáramos de luchar?

Bajé corriendo al andén para entrar justo en el tren del metro que acababa de detenerse. Aunque podría esperar al siguiente, tenía ganas de volver antes a casa y no me gustaba esperar. En el vagón donde me metí, la mayoría estaba en silencio, pero unos pocos estaban cuchicheando y otros, contemplando los cables de los túneles que se veían a través de las ventanillas. Entre el traqueteo del tren, el chirriar de las ruedas metálicas y los murmullos empecé a escuchar una conversación más o menos nítida en los asientos de mi lado derecho separados por una barra metálica. Eran dos chicas.

—Mañana empezará una huelga en el metro, ¿para qué? Más reivindicaciones reformistas como «ni rebajas salariales ni despidos». Se sentarán en las mesas de negociación y continuarán el mismo juego. ¿No se supone que deberíamos luchar por el fin del trabajo asalariado?
—Natalia, las cosas no son tan fáciles…
—¿Que no? Tanto como irse de okupa y…
—Pero chica, no todas podemos hacer eso. Con la crisis hay gente que está espabilando y saliendo a luchar, aunque no todas lleven un discurso revolucionario acorde al nuestro. Todo tiene un comienzo y sigue un proceso, Lara.
—Pues poco están espabilando. Si no dejamos las luchas reformistas sería lo mismo que no hacer nada…
—Ya, claro… El todo o nada. Que nos pisen así en el presente y de mientras escapamos…

La conversación se interrumpe al llegar a la siguiente parada. En el vagón entra y sale gente, pero esas dos chicas siguen allí. Al reanudar la marcha de nuevo, tras pensarlo un poco, Lara prosigue.

—…O seguir con estrategias que nada tienen que ver con el contexto, perdernos en abstracciones ideológicas y situaciones revolucionarias inexistentes. Quizá tengas razón y dejemos de pelear, solo huir. Salir de los problemas cotidianos y vivir okupando viviendas, recogiendo la comida que tira el super… Irse al campo, al monte, a los pueblos abandonados… Quizá no sirvan de nada todas esas manifestaciones, huelgas y piquetes, sufriendo los palos que supone confrontarse con el sistema. Quizá entonces, cuando tiremos la toalla, la policía no encuentre resistencia para desahuciar a familias sin recursos y no pueda encontrar apoyo ni en el vecindario ni en los movimientos sociales. Quizá dejen de haber viviendas liberadas o casas okupa…
—Eh eh, frena un poco, exagerada. Dije que la okupación era una posible solución ni he dicho que debamos tirar la toalla.
—Es fácil decirlo. —Saca una botella de agua del bolso y bebe unos tragos— Es fácil desde la comodidad reivindicar maximalismos que no hay por dónde cogerlos y decir cómo han de proceder. Claro, claro que lo queremos todo: acabar con el sistema capitalista y el Estado. Pero tengo claro una cosa: nada se logra huyendo, sino presentando batalla. Y estas batallas forman parte de la lucha de clases. Tenemos que saber dar soluciones y vías de acción en lo inmediato pero con proyectos de futuro, no podemos mirar al horizonte si desatendemos el presente. Si no sabemos transmitir el mensaje ni nos preocupamos por la problemática social y estructural hoy, ¿de qué sirven tantas consignas prometiendo futuros paraísos terrenales donde no existen las clases sociales y todo marcha armónicamente? Porque si crees que son luchas reformistas, quizá sea mejor que los bancos sigan acumulando pisos y aumentando la lista de morosos. Quizá sea mejor que privaticen la Sanidad, que en la gestión de hospitales entren fondos buitre, que el personal sanitario sea precarizado y despedido, que sea un privilegio para gente que pueda pagársela y no universal. Quizá sea mejor que sigan desmantelando lo poco que queda de educación pública y acaben por elitizarla, imposibilitando la entrada a los hijos e hijas de clase trabajadora y por tanto, disputarles el dominio ideológico. Que acaben por ilegalizar las huelgas, por implantar el despido libre, suprimir el salario mínimo y restringir la libertad sindical…

Hubo un pequeño silencio. Pareció que Natalia iba a darle la razón…

—Quizá con todo eso la gente despierte y espabile de verdad. Cuando se vean en la miseria o vean que no podemos volver al 2005 y estén andando en círculos, se darán cuenta de lo inútil que fueron esas luchas parciales.

Me sorprendió que no. Cuando llegamos a la siguiente parada, me paré un momento a pensar las palabras de Lara. Esta vez salió más gente de la que entró. A mí me quedan cuatro paradas más todavía. Entonces sonó una alarma, las puertas se cerraron y el tren comenzó a acelerar.

—Madre mía qué fuerte —Lara frunce el ceño y hace un gesto mano derecha—. Natalia, baja al suelo. De la miseria no nacen revolucionarios, nacen de la toma de conciencia. Y esa toma de conciencia no es resultado del hambre, pues basta con ver que hay como algo más de un veinte por ciento de personas en el Estado español que están por debajo del umbral de pobreza y no veo que estén adquiriendo conciencia revolucionaria. La conciencia se adquiere en las luchas, en entender y analizar críticamente la realidad que nos rodea, ver que este sistema solo favorece a unas minorías a expensas de la mayoría social y a la vez saber dar los primeros pasos en la lucha.
—Ya me dirás tú qué utilidad tiene hablar de revolución y abolición del trabajo asalariado o la autogestión de empresas a gente que no sabe ni por dónde le llegan los tiros.
—A ver, no vamos a llegar a todo el mundo, está claro… Pero no podemos abandonar el escenario y hacer lo que nos dé la gana. Si no queremos que las luchas terminen en callejones sin salida, debemos aportar nuevas visiones y alternativas realizables, que permitan avances y victorias, tener momentos de alegría y motivarnos a aspirar a metas más ambiciosas. Toda revolución requiere un proceso anterior de acumulación de fuerzas, entiéndelo, no podemos pensar en la abolición del trabajo asalariado hoy ni es tan fácil autogestionar empresas dentro del sistema capitaista.
­—¿Quieres decir que nos metamos en las mareas, en los sindicatos y en los movimientos sociales, todos ellos reformistas?
—Sí y no. Podemos ir juntas, pero no mezclados. Desde nuestros colectivos, organizaciones y grupos anarquistas, podemos trabajar en acciones concretas. Si no, propondríamos el potenciar las estructuras de base y la organización popular frente a las tendencias jerarquizantes y oportunistas. Pero el caso es arrancarle terreno al poder establecido, no dejarnos doblegar y luchar en todos los frentes.

El tren comenzó a frenar y vi que las chicas se han levantado. Estaba dudando de si hablarlas y pedirle una forma de contactar con ellas pero no tuve el valor suficiente. Al llegar a la parada, ellas se bajaron. Estoy seguro de que en algún acto de protesta  o en alguna jornada que organicen las encontrare, o al menos a alguna de ellas. Me hubiese gustado escuchar qué respuesta tendría la Natalia, aunque me imagino que estará reflexionando sobre lo dicho. En esta conversación, me parece que la razón se la lleva Lara. No obstante, igual hay algunas lagunas en sus ideas. Aun así, me ha aclarado bastante las dudas. Probablemente, mañana tenga que usar el bus para ir al trabajo, y tal vez cuando vuelva, venga a apoyar a los y las trabajadoras del metro en huelga en vez de quejarme al no poder usar el metro para llegar a casa. Quizá sus luchas no tengan nada que ver conmigo a primera vista, pero llegará un día que me toque a mí y mis compañeras de curro. Entonces no querremos que nos pillen con el culo al aire. Si llegan, que nos vean en las trincheras, preparadas y bien organizadas; no desorientadas, desorganizadas y dispersas.

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