Un nuevo enfoque sobre las drogas, desde la Antipsiquiatría

Por Cherry ( https://twitter.com/metcherry )

Durante décadas hemos luchado en la guerra contra las drogas, iniciada por Richard Nixon en 1970. Y tiene sentido que lo hiciéramos. Habíamos visto cómo las drogas destrozaron a colegas, familias, barrios, movimientos sociales y hasta países enteros. Pero nos dejamos engañar. Era una guerra con intereses imperialistas, como casi todas.

Ha llevado a encarcelamientos masivos, corrupción, inestabilidad política y violencia por todo el mundo; destinando miles de millones cada año a mantener un sistema carcelario inhumano y a las fuerzas represivas del Estado. Mientras que sigue consumiéndose tanto (o más) que antes. La guerra contra las drogas es un gran fracaso, porque ha sido enfocada desde una perspectiva simplista, culpabilizadora y condescendiente. En definitiva, la visión capitalista.

Primero, hay que distinguir entre «adicción» y «droga».

Según la OMS, la definición de droga es: «toda sustancia que (…) produce una alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central«. Por tanto, incluso el café o el azúcar son técnicamente drogas. Y sin olvidar que los medicamentos también. Pero nadie se alarma por eso. Nuestra concepción sobre las drogas es infundada y moralista, una construcción social. Además existen adicciones a cosas que, a priori, ni siquiera son sustancias. Por ejemplo existe la adicción a los juegos de azar, a la pornografía, e incluso a lavarse las manos compulsivamente

Por tanto: ¿Existe relación entre «droga» y «adicción»?

No. Evidentemente hay personas que son adictas a algunas drogas, pero no por los motivos que se han creído éste tiempo. No existe un elemento químico que te «enganche» al consumo de cierta sustancia. Ésta convicción surgió a raíz de un experimento que hicieron a comienzos del siglo pasado.

Pusieron a ratas en jaulas, con dos botellas de agua. Una con agua normal, y la otra agua mezclada con heroína o cocaína. Las ratas se obsesionaron con la droga, hasta que acabaron muriendo por sobredosis. Pero el profesor de psicología Bruce Alexander descubrió que el experimento no estaba bien planteado: la rata no tenía nada más que hacer, sólo drogarse. Así que creó el «Parque de Ratas», una jaula grande con juguetes, túneles y (lo más importante) muchas otras ratas con las que relacionarse. De nuevo, también tuvieron las dos botellas de agua. Pero ahora ninguna empezó a consumirla de forma habitual.

También existió el experimento en humanos: durante la Guerra de Vietnam, el 20% de las tropas estadounidenses consumía mucha heroína. La gente tuvo miedo de que, cuando volviesen, hubiera miles de drogadictos por las calles. Así que el Archivo de Psiquiatría General hizo un minucioso seguimiento de los soldados, cuando volvieron a casa. Y vieron que el 95% simplemente dejó el consumo, sin mostrar síntomas de abstinencia. Los militares consumían cuando estaban viviendo momentos desesperados, en constante tensión, donde peligraba su vida y mataban a otras personas diariamente. Pero si regresas a un hogar seguro y estás rodeado de familia y amigos que te quieren, el consumo se hace innecesario.

Las condiciones sociales determinan los actos individuales.

Otro psicólogo llamado Peter Cohen planteó que ni siquiera deberíamos llamarlo «adicción», sino «conexión». El ser humano tiene una necesidad natural de conectarse con otras personas. Pero cuando no se pueden establecer esas conexiones porque estamos traumatizados, aislados o golpeados por la vida, se establecen conexiones con algo que nos ofrece sensación de alivio ante una vida insoportable. No es casualidad que los principales consumidores sean personas con problemas sociales o personales.

Por si fuera poco, casi siempre se les trata como culpables, en vez de como víctimas (que es lo que realmente son). Les castigamos, les avergonzamos y les creamos antecedentes penales. Ponemos a personas que no están bien en una situación que les hace sentir peor. Y los odiamos por no recuperarse. En otras palabras: les negamos el acceso al «Parque de Ratas» y ponemos barreras para que no puedan tener conexiones sanas.
Aunque hay buenos ejemplos que nos enseñan otra realidad:

En los años 80, Suiza sufrió una crisis pública por el creciente consumo de heroína. Pero hicieron algo diferente: En vez de perseguir, reprimir y provocar el rechazo social a los drogodependientes; crearon la estrategia de reducción de daños. Abrieron centros gratuitos de desintoxicación, donde los consumidores serían rehabilitados. Allí les darían heroína gratis, de alta calidad, con agujas limpias y acceso a duchas, camas y supervisión médica. Las infecciones por VIH disminuyeron drásticamente, las muertes por sobredosis cayó un 50% y también se redujo enormemente el crimen callejero. Dos tercios de las personas tratadas consiguieron puestos de trabajo fijos. Y además, fue un método más barato y que (a diferencia de la guerra contra las drogas) no ocasionaba más problemas de los que pretendía reducir.

Otro ejemplo, aún mejor:
En el año 2000, Portugal tenía uno de los peores problemas de drogas en Europa. Hasta entonces habían utilizado el método estadounidense de castigar y humillar a las víctimas; pero cada año el problema iba a peor. Ese año decidieron hacer totalmente lo contrario: despenalizaron todas las drogas, desde marihuana hasta la heroína, para dejar de culpabilizar a sus víctimas. Se convirtió en el primer país en hacerlo. Pero, lo más importante, decidieron reasignar el dinero que antes gastaban en reprimir a los adictos y destinarlo en rehabilitaciones, para reconectarlos a la sociedad. No sólo se limitaron a las sesiones de psicoterapia, también hicieron un programa masivo de empleo y microcrédito para adictos. El objetivo era asegurarse de que tuvieran un motivo para levantarse de la cama y crear vínculos sociales, conexiones. Según reconoce el doctor João Goulão (creador del programa) se busca “las políticas de reducción de daños y de reinserción social”. Tras 15 años, el uso de drogas inyectables se redujo un 50%. Hoy Portugal tiene la segunda menor tasa de muertes por drogas ilegales en toda Europa, después de experimentar una de las peores tasas durante la prohibición.

La adicción a las drogas no son problemas criminales que deba resolver la policía. Son problemas psicológicos que solucionan profesionales médicos y trabajadores sociales. La solución es algo tan simple, pero necesario, como el cariño y la comprensión. El mensaje debería ser: «te quiero, uses drogas o no. Y haré lo posible para que no te sientas a solas». Tenemos que dejar de pensar en el consumo de drogas como una decisión personal; necesitamos comprenderlo como una implicación social y con una recuperación social.

Porque lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión.

La lucha y la Estrella

Es curioso ver como los propios movimientos de la izquierda anticapitalista -y dentro de estos la mayoría de grupos o colectivos que se podría decir que los forman- obvian de manera sistemática toda reflexión, crítica o polémica relacionada con el consumo, especialmente relacionada con el consumo de drogas y el consumo que llevamos a cabo en nuestros espacios y momentos de “ocio” (tanto haciendo referencia a los productos que consumimos como a los mismos espacios a los que vamos para consumirlos). Personalmente no me gusta hablar de momentos de ocio, ya que es perpetuar la división entre faena/ocio, trabajo/ocio, dando alas así al esquema que la propia dependencia y esclavitud del trabajo asalariado nos marca. Pero eso ya daría para otro artículo.

Si volvemos al tema del consumo, normalmente al consumo de drogas –incluyendo aquí evidentemente el alcohol- entramos en un terreno pantanoso que parece que conscientemente se quiera dejar de lado. Un debate que daría para mucho pero que ni tan siquiera hemos empezado a abrir. No son poco relevantes las consecuencias físicas que estas substancias conllevan y como afectan a las capacidades de los propios individuos, a los círculos sociales, familiares y de lucha. ¿Cuántas personas se han quedado por el camino directamente o indirectamente por el consumo de drogas? ¿Cuántas personas han abandonado la lucha y la implicación directa o indirectamente a causa de este consumo? Pero yendo más allá podemos encontrar muchísimas otras repercusiones negativas, que nos encasillan, que no nos dejan avanzar. ¿Cuántos espacios y causas son sustentados prácticamente de manera única gracias a la venta de estas sustancias? ¿No da para pensar la facilidad con que la mayoría de gente se gasta el dinero en tabaco, marihuana, alcohol y otras, y lo que les cuesta pagar por una camiseta antirepresiva, contribuir a un bote solidario, implicarse en un proyecto de productos “hazlo de mismx” o comprar un tíquet para una comida de un grupo autogestionado? Cada vez que vuelvo a ver cómo la gente pide latas de birra a la barra, mientras la hucha de resistencia o las paradas de fanzines, libros, ropa o música mueren por falta de recursos y por aburrimiento, se me agrieta alguna cosa dentro. Grietas que van haciendo un agujero cada vez más profundo y que llevan a plantearme, en consecuencia, muchas otras cosas de la resistencia, los ideales y de todas las personas que en teoría les damos vida. Y si aún damos un paso más, podemos debatir y analizar cómo, aunque llegásemos a considerar que anosotrxs y en nuestro espacio este consumo no nos afecta de esta forma, sí que inevitablemente deberíamos afrontar la parte de responsabilidad que tenemos al seguir perpetuándolo como parte indispensable de las relaciones sociales, de los momentos de “ocio”, de nuestras interacciones. ¿Qué es lo que estamos fomentando cuando vendemos/servimos alcohol por ejemplo? ¿Cuando decidimos gastarnos 3 euros en unas copas como forma de relacionarnos o quedar con lxs compañerxs?¿Cuando en un espacio liberado la mayoría de gente tiene en las manos una cerveza o un cigarrillo? ¿Qué es lo que poco a poco vamos interiorizando en nosotrxs mismxs y en las futuras generaciones que vendrán en los contextos de lucha y resistencia? Todas estas cuestiones y muchas otras son las que de forma cada vez más directa se me estampan en el cerebro. Las que ya no puedo hacer ver que no veo, ni puedo esconderlas más tiempo detrás de excusas y justificaciones, las que ya no puedo disimular más echándoles encima el aliento cargado de humo.

Pero creo que es difícil abordar este complejo tema, con el que la mayoría de gente se pone rápido a la defensiva, si ni tan siquiera se ha hecho el paso de cuestionar de donde viene ese alcohol que ingerimos, o el tabaco con el que nos liamos el canuto, o la mierda con la que nos destrozamos la nariz. Y es de eso de lo que me gustaría poder verter alguna cosa en estas líneas. Porqué el tema ya no es que los grupos de la izquierda anticapitalista no hagan crítica ni cuestionen como el consumo afecta a nivel individual, social, de grupo, de lucha, de saber construir alternativas… sino que tristemente ni tan siquiera se ha dado el primer paso, que haya un planteamiento de quien verdaderamente hay detrás, quien se enriquece, a qué estamos contribuyendo con todo eso que ingerimos, que vendemos, que forma parte de nuestros momentos y que tenemos prácticamente incorporado en nosotrxs mismxs.

Es paradoxal que Casales, Ateneos, sindicatos horizontales y otros colectivos que de manera directa atacan, combaten y tienen posiciones de confrontación –cada uno con sus matices y maneras de hacer- con el orden social establecido y el capitalismo que nos traga y devora, que en este tema se pase de puntillas, silenciosamente, casi como si no existiera. Seguramente el producto por excelencia que representa esta brutal incongruencia entre lo que defendemos y lo que después hacemos, es el alcohol. Y como ya he comentado no entraré ahora en hacer una crítica sobre su venta y su consumo. Sino que me centraré en el primer escalón del análisis de porqué cuesta tanto hacer un cambio en positivo, y que supuestamente, iría más concorde con lo que pensamos y por lo que luchamos. He podido observar incontables veces como las grandes marcas son las reinas de paraditas de sindicatos, de fiestas alternativas, de Casales de la izquierda independentista y de grupos varios de confrontación.Mientras que sobre papel y en nuestros lemas repudiamos multinacionales y marcas colonizadoras, explotadoras y expendedoras de miseria, cuando se trata de llevarlo a la práctica, sobre todo cuando se trata de ponerlo en práctica en nuestro ocio y consumo, le quitamos toda importancia, somos capaces de relativizarlo e incluso hacer mofa de los pocos grupos que por lo menos intentan no alimentar a los grandes monstruos que se han hecho con el control absoluto sobre todxs nosotrxs y han sabido acabar formando parte, curiosamente, tanto de los ambientes más selectos o institucionales, como de los ambientes más suburbanos o marginales.

Podemos encontrar la similitud con muchas personas que forman parte de grupos anticapitalistas o que ellas mismas se definen como tal, pero visten sin cuestionamiento pantalones o bambas adidas, nike o cualquier otra marca a la que se le tendría que vomitar encima. Y en la mayoría de veces no se trata de que aquella persona se haya encontrado unos pantalones, o un colega le haya regalado unos zapatos que no le van bien, sino que se compran enriqueciendo a los mismos poderes que después criticamos. Y se lucen hasta con orgullo. Pero incluso me pregunto, en los pocos casos en que realmente estos pantalones nos los hemos encontrado o han acabado en nuestras manos de formas casuales, si realmente tendríamos que ser un producto publicitario andante, trabajando gratis para estas asquerosas y asesinas empresas, mientras después decimos estar en contra de la explotación laboral, del imperialismo y de la destrucción del medio ambiente y de la tierra, entre muchas otras cosas. Pues lo mismo pasa –o aun peor- con el alcohol. Cuando vamos a manifestaciones con latas de xibeca compradas en el Mercadona, cuando hacemos comidas populares y ponemos sobre la mesa botellas de Coca Cola o cuando financiamos nuestros proyectos y espacios de resistencia con la venta de Estrella Damm (o otras grandes marcas corporativas) y vino cualquier supermercado que explota a sus trabajadrxs. Y es que en el caso del alcohol no es solo que nosotrxs consumamos estas marcas y por tanto hagamos publicidad cada vez que levantamos el codo, sino que encima las vendemos en nuestros espacios, las vendemos en las jornadas que nosotrxs mismxs organizamos, y las vendemos en los conciertos y espectáculos autogestionados y que intentan alejarse de las líneas convencionales y del consumo de masas.

Normalmente el debate es inexistente; ya ni tan siquiera se pone encima de la mesa el tema de porqué se está comprando Estrella Damm, Moritz, o qualquier otra. Y lo mismo podría aplicarse a los zumos, por ejemplo –si es que llegamos a ofrecerlos-. Ni tan siquiera se pregunta si hay alguna alternativa a comprarlos en cualquier supermercado, y de cualquier marca que llena botellitas con fruta de cámaras congeladas que viene de vete a saber dónde y añadiéndole toneladas de azúcar. O botellas de cristal conlúpulo cargado de pesticidas y agua contaminada del rio Llobregat, engordando aún más a la franquista familia Carceller. Las veces que se saca el tema las respuestas acostumbran a ser dos: decir que no hay alternativa, o decir que el cambio sería demasiado caro. En relación a la primera respuesta se puede estar de acuerdo en cierta parte. Encontrar bebidas de proximidad y fuera de las grandes multinacionales es más complicado. Pero no es imposible, ni tan siquiera diría que es muy difícil.

Especialmente por lo que hace a los productos alcohólicos cada vez es más fácil encontrarlos fuera de los engranajes habituales. Ya que dentro de los espacios “no oficiales”, dentro de los movimientos revolucionarios y de los grupos de lucha, la mayoría de personas hacen uso de las botellas –y no precisamente para lanzarlas contra la policía o los cristales de La Caixa-, también han nacido proyectos y opciones para adquirir alcohol. En relación a la segunda respuesta también decir que es cierta. Pero eso precisamente nos lleva, creo yo, a uno de los centros del debate, a uno de los pinchos más afilados que intentamos bordear para no pincharnos, pero que nunca nos atrevemos a quitar. Una botella de cerveza local, artesana, echa por una pequeña empresa o, aún mejor, por un grupo autogestionado, cooperativa o por algunos colegas en la casa que tienen en el pueblo, puede ser más cara. Pero es aquí donde debemos posicionarnos una vez más, como hacemos en muchos otros aspectos de nuestra vida, cuando tomamos decisiones que no dejan de ser política y declaraciones de principios. ¿Qué es lo que queremos? ¿Que la gente vaya a los espacios a emborracharse? ¿O lo que queremos es que sean y seamos conscientes de lo que hacemos, lo que tragamos, con qué y donde nos gastamos el dinero? Decir que si se vende esta clase de birra la gente no la va a comprar, es pensar y fomentar que las personas solo beban para emborracharse, para dejar en casa su consciencia o pisarla hasta enterrarla bajo el cemento. Por un lado estamos alimentando el circulo de que mejor vender y consumir mucho y barato, siendo una mierda, que vender y consumir menos pero de calidad, de la forma lo más coherente posible con lo que en la teoría pensamos. Es cierto que a menudo las personas prefieren tener en las manos todo el rato una lata llena, que comprar la mitad y degustar un producto con otra historia detrás, siendo conscientes de dónde va el dinero que sacan del bolsillo y volver a casa sin caerse por la calle. Pero precisamente esta cultura del alcohol como base para nuestras relaciones y fiestas, es con lo que deberíamos querer y poder ir rompiendo, aunque sea lentamente. Por otro lado, comentar que a veces el caro o barato son términos relativos y que van en función del valor personal que damos a cada cosa. Más de una vez he oído a alguien diciendo que “no se puede permitir” gastarse dos euros en una bebida local y casera, pero después veo que esta misma persona no parece tener problemas en dejarse 6o 8 euros tragando birras Estrella en la terraza de un bar pijo progre del centro un sábado por la tarde.

Personalmente, hasta que no empecé a plantearme toda una serie de cuestiones y a dejar de lado cervezas, porros y tabaco, no pude ver de manera fría como estaba de enganchada ya no solo a esas mierdas, sino a las relaciones basadas en esas mierdas. Hablando claro, me costaba estar dos horas sociabilizando con alguien sin tener entre las manos un vaso o un cigarro para ir llevándome a la boca. Y esto me condujo a ver lo poco libres que somos y la toxicidad en las formas con que nos relacionamos y llenamos nuestro tiempo. Creo que será difícil plantear un debate serio entorno al consumo de drogas, especialmente en nuestros espacios y en nuestros compañeros y compañeras de lucha, si ni tan siquiera nos queremos plantear qué estamos vendiendo, cómo lo estamos vendiendo y con qué finalidad. Abandonar las comodidades puede costar, pero sinceramente, si no somos capaces de renunciar a cosas como ir a llenar la nevera del local con latas del Spar, aún menos confió que podamos renunciar a privilegios más grandes que nos vienen dados, como los derivados del género o de nuestra piel blanca. O que seamos capaces de dejar de lado otras comodidades o maneras de hacer en pro de la lucha contra este sistema.

Diciembre 2016
Laia M.M.

Opinión: La revolución colocada [+ Recomendación de lectura]

«¡Hagamos autocrítica!» decimos siempre las anarquistas. Pero cuando llevamos a buen puerto esa premisa, solemos acabar tratando temas teóricos, históricos o incluso, metodológicos, pero el que más nos cuesta tratar, muchas veces, es el tema actitudinal: deconstrucción del machismo, lucha antiespecista y anti-antropocéntrica, consumo de drogas… En esta entrada nos centraremos en este último punto: el consumo de drogas desde el prisma libertario.

¿Es sólo una decisión individual?

 Simpre que analizo este tema desde una perspectiva crítica, las compañeras suelen tratar de rebatir mi posición con argumentos un tanto simplistas. Uno de ellos, repetido hasta la saciedad vendría a ser el siguiente: «pero somos anarquistas, no podemos decirle a la gente que no se drogue, cada uno es libre de hacer lo que quiera».

La fuerza del argumento se halla en la última parte «cada uno es libre de hacer lo que quiera».
Estamos constantemente tratando de mejorar nuestra perspectiva de cara a las masas y no hacemos más que repetir, una y otra vez, una serie de consignas que no se distinguen mucho de las de aquellos que atacan con palabrería nuestro ideal, como es en este caso.
Libertad no es libertinaje.

Las drogas (tomando como definición de estas, todas aquellas sustancias capaces de inhibir o alterar ciertas capacidades físicas y mentales) suelen afectar a más de un individuo y por lo tanto, pueden convertirse en un problema social.
En el caso de las drogas legales, como el alcohol y el tabaco, es inevitable observar cómo no son sólo una decisión individual (realmente sí, pero la consecuencia es colectiva), sino que afectan a terceras personas (o animales no humanos).

En este punto tocaremos la primera variable, ya que todas las drogas son distintas: su afectación en función del ámbito de uso.

El ejemplo más claro del factor «tercerpersonista» del alcohol lo vemos en los accidentes de tráfico  aunque también, en menor medida, en casos de violaciones o acoso sexual (teniendo en cuenta que al desinhibirte, te conviertes en una persona capaz de hacer cosas que en un estado de sobriedad posiblemente no harías).

En el caso del tabaco también nos encontramos con dos ejemplos de afectación a terceros: complicidad con la experimentación en animales y creación del «fumador pasivo».
Si bien es cierto que el primero nos lleva a pensar «pero también existen tabacos no testeados» (cierto, pero suelen ser pequeñas empresas filiales a grandes marcas que si que testean), el segundo es un caso irrebatible. Fumar al lado de un no fumador es inferir en su salud, no hay más, y eso es profundamente egoísta y contrario a un ideal colectivo.

Teniendo en cuenta esto, nos encontramos con otro argumento «pero si lo hago en mi casa, sin molestar a nadie, no afecto tanto».
Es cierto, en gran medida, ya que reduces la afectación sobre personas (no sobre animales no humanos, aún así). Pero seamos realistas, si bien el tabaco sí puede emplearse en soledad, ¿cuánta gente abusa del alcohol en esa situación? Una minoría. Por ello hablamos de que el alcohol es una droga social la cual, difícilmente se empleará siguiendo el argumento de más arriba.

Dentro del campo de las drogas ilegalizadas, nos encontramos en una situación similar. Gran parte de las drogas son exportadas e importadas por mafias que se dedican a la elaboración, comercio y/o distribución.
Supongo que puedo omitir el motivo por el cual estas mafias son todo lo contrario a lo que el anarquismo propone…

Sin entrar más en profundidad, puesto que tan sólo quiero tocar cada punto por encima, también haré de abogado del diablo diciendo que no es lo mismo comprarle unos gramos a un camello en una rave que fumar un porro en casa de una planta tuya.

Contrarias a la liberación

Para este parágrafo quiero dejar clara una cosa: no todas las drogas afectan de la misma forma y por lo tanto, también su capacidad adictiva es distinta en cada sustancia.

En este punto podemos analizar otra variable: su afectación en función de la adicción.

El anarquismo propunga la abolición de toda autoridad sobre la totalidad del colectivo y con ello también, sobre cada uno de los individuos.
Partiendo de esta premisa, ¿si nuestro némesis es la autoridad moral, religiosa, económica o política (o en cualquier forma), no es contrario a nuestro ideal, precisamente, la creación de una nueva autoridad, esta vez, encima, artificial?

Una porcentaje de las drogas genera adicción mediante aditivos artificiales (el tabaco es su máximo exponente), generalmente, con la intención de que vuelvas a consumirlas debido al hecho de estar esclavizado a lo que ya no se distingue entre necesidad y vicio.

Otro porcentaje genera una adicción más débil (por el hecho de que no hay un aditivo que influya a seguir consumiéndola o incluso, dañándote a la salud cuando dejas de consumirla, como son el alcohol o las benzodiacepinas).
Esta adicción «débil» está estrechamente vinculada con el efecto que produce tras su consumo (generalmente placentero o relajante). Dentro de estas se encuentra la marihuana, la cual puedes dejar de consumir fácilmente, pues no crea una adicción por aditivos.

En resumen, en ambos casos estás sometido a su uso: en el primero por adicción, en el segundo por gusto.

Financiando al capitalismo

Sé que sonará tan repetitivo como lo de «un anticapitalista no ha de pisar un McDonalds», pero me parece una simple cuestión de coherencia.

Por desgracia, diariamente nos enfrentamos a situaciones que nos crean una tremenda disonancia cognitiva en relación a nuestra ideología y con las que debemos lidiar (trabajo asalariado, sistema de mercado…).
Pienso que, precisamente, por el hecho de estar sometidos a tantas situaciones que se contradicen con lo que promulgamos, debemos evitar todas aquellas que podamos.
Aquí entra mucho en juego la ética de cada uno y la consideración del entorno. Nadie es mejor que nadie por escoger una, otra o todas las opciones, pero si que me parece un ejercicio de madurez considerar su evitabilidad.
Esto engloba tanto nuestras actitudes (evitar actitudes segregacionistas, machistas, racistas, capacitistas…) como nuestro consumo diario y su procedencia (que puede implicar temas de comercio justo, veganismo y antiespecismo, o porque no, drogas).

No creo que haga falta añadir nada más, en el primer punto ya he hablado sobre el vínculo entre algunas drogas y las mafias sobre el cual me gustaría incluir también la mayor mafia: el estado (mediante los impuestos «extra» sobre tabaco y alcohol).

También se puede hacer hincapié en su potencial históricamente contrarrevolucionario: página 45 del PDF.

Este tema es tremendamente extenso y no considero necesario extenderme más en este post, ya que solo pretendo analizar un tema, por encima, que mucha gente rechaza tratar (porque de alguna manera, se sienten atacados, incluso).
Tampoco pretendo erigirme de gurú ni llamar «contrarrevolucionarios» a aquellos que se drogan, como ya he dicho, me parece un asunto más a tratar dentro de la autocrítica y la madurez como anarquistas.

Por último, animo a cualquiera a exponer sus opiniones y por supuesto, a reflexionar sobre el tema y recomendaros la lectura de «Drogas ¿Una opción personal?» (un genial análisis de una variedad de drogas desde el punto de vista revolucionario).

[Recomendación] Narcos, la ruta de la impunidad

Una producción de Miatzen SARL para Kale Gorria

Ya es sabido por mucha gente que las razones de Estado mueven el cotarro. Pero no siempre es conocido el entramado mafioso que mueve a un Poder constituido. Por suerte, este documental nos abre los ojos y demuestra fehacientemente la implicación de altos mandos de la clase política, los cuerpos represivos del Estado, los medios de comunicación oficiales y, sobre todo, poderosos grupos económicos en el negocio del narcotráfico y la prostitución. Impresionante, revolucionario y atrevido trabajo de Kale Gorria.

Este video desvela datos y conexiones inéditas, narradas desde dentro por los propios capos a través de documentos excepcionales: sus pactos con los políticos, los policías que tenían a sueldo, los crímenes cometidos, sus negocios millonarios…

 

Anarquismo y drogas: última vuelta de tuerca

Con este artículo pretendo poner fin a las reflexiones que estas últimas semanas he venido haciendo sobre anarquismo y consumo de drogas. Lo expresado en el primer y segundo artículo está sujeto a ser modificado en un futuro, pues lo bonito de todo esto es que la opinión personal cambia como el viento. En este tercer artículo daré mi punto de vista personal sobre una dimensión del consumo de drogas que, a mi parecer, no se suele tocar mucho (o no tanto como a mí me gustaría). Ésta es la «salud de nuestro cuerpo». Para ello presentaré un argumento utilitarista que, hoy por hoy, me convence bastante. Aquí os lo presento.

En los anteriores textos expuse que el consumo de drogas es una forma de control social que ejerce el Estado (como garante del capital) sobre la población, y que además era más bien irresponsable consumir drogas porque éstas están ligadas a redes de explotación humana y animal. Eliminando el componente de explotación, pero también el de beneficio capitalista, llegamos al ejemplo del amigue que cultiva marihuana y la regala. Para este ejemplo expuse el argumento sobre el control personal, por el cual opiné que la libertad individual de cada une se ve suprimida al estar bajo los efectos de las drogas (sin control no hay libertad).

Hasta aquí el pequeño resumen de lo que he venido argumentando hasta ahora. Hoy nos toca hablar de los efectos nocivos para la salud que supone el consumo de drogas. Indudablemente, y no hace falta que me ponga a dar datos científicos, las drogas producen algún tipo de malestar en nuestro cuerpo, el cual puede ser más o menos grave. (Si estáis interesades en los efectos de las drogas sobre nuestro organismo os recomiendo este libro sobre drogas editado por compas anarquistas). Mi argumentación sobre este punto, la cual fue brevemente presentada en los comentarios del primer artículo, defendía una postura utilitarista al respecto. En otras palabras:

  1. Las drogas perjudican nuestra salud física y mental. Su consumo acorta nuestra esperanza de vida y, lo que es más importante, la calidad de vida.
  2. Un estado físico y mental debilitado no permite desarrollar todo el potencial humano que tenemos.
  3. El Estado y el capital no se van a marchar por decisión propia. Hay que resistir y darles cara (en todos los planos: en la calle, en las huelgas, en los grupos de lectura, en Internet, etcétera).
  4. Por lo tanto: cuanto más vivamos, cuánto mejor vivamos, y cuánto mejor podamos desarrollar nuestras capacidades humanas mejor podremos combatir al Estado y al capital. Así pues, es responsabilidad individual de cada anarquista intentar maximizar su colaboración con la revolución social.

Del cuarto punto se saca que mi argumentación tiene tintes utilitaristas, pues pretende maximizar el bien común ante todo. Ese bien común lo defino en términos de la revolución social, y el medio que propongo para alcanzarlo es individual (el no-consumo de drogas). En mi segundo artículo ya argumenté que no deberíamos forzar a nadie a no consumir drogas, por ello que aquí habla de «medios individuales». Cada une tiene que preguntarse a sí misme sobre el papel que quiere jugar en la revolución social, cómo, y hasta dónde. Esto es lo que llamé «responsabilidad revolucionaria» en textos anteriores.

No obstante, en el primer artículo un lector me comentaba que eso de «no consumir drogas para mantener un cuerpo sano» era la lógica del capital, pues éste lo que quiere es trabajadores en buenas condiciones. Desde aquí expreso mi más firme desacuerdo con lo que comentó el compañero. El capital no busca trabajadores sanes, mucho menos el Estado, pues en las sociedades capitalistas avanzadas siempre hay una importante bolsa de desempleo que crea graves problemas estructurales. Ni al capital ni al Estado les importa realmente el desempleo, no en el aspecto humano, pero saben muy bien que un gran porcentaje de personas desempleadas es la mecha que prende el polvorín de la sublevación.

Es por ello que no quieren una población sana, sino una población decayente. En términos demográficos hay un problema de superpoblación, y en términos económicos esto se traduce en desempleo. El juego de la socialdemocracia no es tan sencillo como «opresores» versus «oprimides». El juego de la socialdemocracia es mucho más complejo, y en él podemos encontrar sinceras y genuinas muestras de humanidad provenientes de las instituciones estatales, y maquiavélicas estrategias de control estatal. El juego tiene estas dos caras, de ahí que existan campañas anti-tabaco o anti-drogas entre los jóvenes.

Ahora, dicho esto no quiero decir que el Estado quiera proteger completamente nuestra salud (si fuera así prohibiría completamente el tabaco y el acohol). Desde mi perspectiva, el tabaco y el alcohol juegan un papel muy importante en el control demográfico, y sobre todo «revolucionario», de la población. 6 millones de parades es un gran problema para un Estado que tiene unas reglas (la Constitución) a seguir (se sigan mejor o peor, eso es otro asunto). ¿Qué puede hacer el Estado? Mantener distraída a esa masa de gente: fútbol, tabaco, alcohol, juerga… Pongamos un ejemplo histórico: en 1848 la población de París se alzó en armas contra Louis-Philippe de Orléans. Las bajas se cifraron desde las 16.000 personas muertas hasta las 50.000. Sea como sea, el general Cavaignac pudo haber negociado desde el principio y haber evitado tan atroz baño de sangre. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué además esperó a que más gente se sumara al movimiento revolucionario? Porque Francia tenía un problema gravísimo de desempleo. ¿Cómo se solucionó? Haciendo desaparecer a les desempleades. Con este ejemplo histórico no quiero decir que el Estado-nación moderno aniquile de la misma forma a les parades. Pero sí que opino que esa aniquilación sigue existiendo, bajo otras formas, bajo otras sutilezas, pero bajo la misma lógica.

Anarquismo y consumo de drogas: otra vuelta de tuerca

Hace un tiempo publicaba un texto sobre juventud, militancia, y consumo de drogas. No era el primer texto que escribía sobre el tema, por lo tanto no iba desprevenido de los comentarios que podría levantar. Antes de empezar este otro texto sobre consumo de drogas me gustaría lanzar un aviso para navegantes: esto es un texto personal que no intenta sentar cátedra ni dar lecciones morales a nadie. Tampoco es un texto que exprese una férrea opinión personal, pues he de admitir que mi pensamiento a este respecto ha evolucionado muchísimo en los últimos doce meses, por lo tanto, lo que escriba hoy aquí puede que no se aplique a lo que escriba mañana allí. Dicho esto, empecemos.

En el texto ya mencionado expresaba una idea favorable al consumo libre y responsable. Defino el consumo libre y responsable como aquel consumo que se realiza con conocimiento crítico de las causas y consecuencias de dicho consumo. Esto es lo que le hace responsable. El consumo ideal que tengo en mente sería además libre porque se realiza de forma crítica, decidiendo une misme de forma racional qué, cómo, cuándo, y por qué toma una droga.

En las últimas semanas, no obstante, he venido dándole vueltas a una idea que alguna gente dentro del ámbito libertario comparte: el consumo de drogas no puede ser responsable porque, a día de hoy, no es una cuestión personal. Y no les falta razón. En todo el proceso de producción de una droga toman parte muchas personas y animales, entre les cuales muches fueron, son, y serán explotades. Las drogas no solamente son probadas en animales de laboratorio, sino que además las drogas, si no están legalizadas por un Estado controlador, implican redes humanas que explotan a productores, vendedores, transportistas, etcétera. Por lo tanto, consumir estas drogas es hacerse, conscientemente, cómplice de la misma explotación.

Bien, alguien podría argumentar: ¿acaso no compras ropa producida por niñes explotades en China? ¿Acaso no compras en cadenas comerciales que explotan a les trabajadores? Y a primera vista la argumentación podría parecer válida. Pero no lo es. Llevar ropa en invierno es necesario, pues de otra forma mueres de frío. Consumir drogas no es necesario para vivir. Así que aquí estamos hablando de necesidad, y la necesidad muchas veces nos fuerza a realizar cosas que no nos gustan. De ahí que mucha gente en vez de comprar en Mercadona prefiera comprar su fruta al frutero del mercado local: con ello no se soluciona el problema del capitalismo, pero se minimiza el daño realizado (y dado que la fruta es necesaria para una dieta equilibrada y sana, no vamos a dejar de comprar fruta hoy por hoy). Sin embargo, la misma lógica no se puede aplicar al consumo de drogas… ¿o sí?

Digamos ahora que un amigue cultiva marihuana y lo regala a les amigues, es decir, no obtiene ningún beneficio económico por ello. En este ejemplo eliminamos de la ecuación la explotación humana y el aspecto económico-capitalista. Así que nos quedamos llanamente con el consumo de una droga. Algunes anarquistas dirían que el consumo es igualmente reprochable en este caso, pues el problema es que la droga: 1) nos priva de nuestra libertad individual al perder el control sobre nuestro cuerpo y mente, 2) potencialmente nos hace más inútiles para resistir al Estado, 3) con el tiempo potencialmente disminuye nuestra gana de militar. Si habéis leído mis otros artículos sobre el tema sabréis que no me creo los puntos 2º y 3º (de ahí que aquí haya escrito «potencialmente»). No obstante, no los niego, y afirmo que en algunos casos el consumo de drogas produce apatía por las causas políticas y vaguería general (es decir, conformidad).

Lo que aquí me interesa discutir ahora es el primer punto (un tanto filosófico), que es: 1) consumir drogas nos priva de nuestra libertad individual al perder el control sobre nuestro cuerpo y mente. Nadie puede dudar que una de las cosas más preciadas, sino la que más, por une anarquista es la libertad. De ahí que muches estemos en contra de las cárceles, de los colegios (que son cárceles para la mente hoy por hoy), y de toda institución explotadora (como el ejército, la policía, etcétera). En todos estos casos la limitación a nuestra libertad es obvia y clara: en las cárceles no te puedes mover libremente. En los colegios no puedes pensar libremente (en los ejércitos ni puedes moverte ni pensar). Pero, ¿y qué con las drogas? El consumo de estas sustancias, como es sabido por todes, proporcionan un estado mental y anímico determinado, el cual muchas veces no se puede prever dependiendo de la naturaleza de la droga. Cuando tomamos «cristal» y sentimos esa sensación de hiperactividad, super-sociabilidad, y bienestar general, estamos experimentando una sensación «artificial» en tanto que estamos induciendo a nuestro cuerpo (y mente) dicha experiencia. Y esto no lo podemos controlar. Lo mismo se aplica al alcohol: cuando nos emborrachamos perdemos el control de nuestros actos (hasta diversos puntos dependiendo la persona). La pérdida de control es, bajo esta argumentación, una pérdida de libertad, pues actuamos de forma no-consciente y no-buscada in situ. Y digo in situ porque alguien podría decir que la borrachera y lo que hagamos estando borraches es «buscado» en tanto que decidimos previamente, y de forma libre, emborracharnos.

Si bien yo personalmente favorezco la idea de que el consumo de drogas nos priva de libertad y agencia individual, también es cierto que no pretendería nunca imponer dicha visión del asunto. He aquí la crítica que haría a muches compañeres anti-drogas, quienes con un discurso moralista y más bien paternalista intentan imponer su visión (la cual comparto y creo acertada). Es aquí donde toma importancia lo que escribía antes de consumo libre y responsable. No podemos, ni deberíamos, obligar a nadie a dejar de consumir drogas, pero lo que sí que podemos hacer es apelar a la responsabilidad (recordemos aquello de que consumir drogas es, hoy por hoy, hacerse cómplice de redes mafiosas, de explotación, de abuso animal, etcétera). Ahora, queda en el aire el punto al que apelaba en mi anterior texto (en la sección de comentarios) sobre un enfoque utilitarista-anarquista. Alguien me replicó que ésa era la visión del sistema, y por tanto, deberíamos evitarla. Dejo el asunto para el siguiente texto, puesto éste ya va para largo.

Sin drogas también se vive… y no se aburre une.

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