El turismo como nuevo colonialismo light

En los últimos años hemos visto como el turismo ha subido como la espuma en todo el Estado, en especial en zonas que ya estaban fuertemente turistificadas como Barcelona, Balears, el Levante y Canarias. Esto se debe al traslado de los productos turísticos ofertados en el Norte de Europa que hicieron los touroperadores desde el Norte de África al Sur de Europa después de un auge del terrorismo islámico y los diversos atentados que se produjeron, convirtiendo en objetivos especialmente a turistas como pasó en Túnez o Egipto.

El turista que sigue viniendo es el clásico: miembro de la mal llamada “clase media”, habitante del Norte de Europa y obviamente blanco. Es así independientemente del turismo que vengan a consumir, ya sea de borrachera, familiar, rural… Podemos decir claramente que vienen los “privilegiados”. Si en sus países pueden disfrutar de un nivel de vida decente y sin carencias al venir aquí dispuestos a gastar tienen un poder adquisitivo mucho superior al de la mayoría de gente que puede vivir sin ninguna preocupación económica, así que imaginad la diferencia comparados con el 27% de personas que actualmente están en el mal llamado «riesgo de pobreza» . Esto provoca grandes subidas del coste de vida a los que vivimos en lugares turísticos, ya que sube el alquiler, el precio de la vivienda y casi cualquier cosa con la que se pueda comerciar y especular. Cada vez que un turista viene sube el pan.

Muchas veces en manifestaciones contra la turistificación se dice estar en contra del turismo de borrachera y a favor de promover un turismo cultural responsable, pero el problema de ese turismo y de cualquiera, es que los turistas vienen a consumir un producto, i en el caso del turismo cultural este producto somos nosotros. El turista visita calles, bosques, iglesias, mercados, etc. como si fuera un museo, fotografiando aquí i allá, posando y consumiendo cultura. Puedo decir que he visto turistas hacerse fotos en callejuelas sin ningún interés particular de Palma como quien se la hace con la Mona Lisa o ir al mercado a tocar el pescado como si fuera un juego interactivo. El turista cultural viene a saciar su ganas de “lo típico” por eso fotografían hasta a gente paseando el perro, van a paso de procesión por las calles e invaden nuestros barrios. Sea como sea el turista no está en su casa y aquí vive gente a la que le gusta hacer su vida sin molestas interferencias de extraños que se creen que todo está a la venta.

Pero desgraciadamente el turista viene aquí a ser el amo, el paga por estar aquí (y el cliente siempre tiene razón), el manda aquí y debemos rendirle pleitesía porque sin ellos la gran mayoría nosostros no nos podríamos llevar el pan a la boca. Muchos se comportan como si fuera su casa cuando en realidad están aquí de invitados. Llevan al extremo el “en este pueblo podemos hacer lo que queramos porque nadie nos conoce”, basta dar una vuelta por Benidorm o Magaluf. Y no es solo el turista de borrachera el que se comporta como un indeseable sino la gran mayoría. A muchos si les preguntas en un inglés chapurreado en su país se ofenderian y lo mínimo que te dedicarían es un fuck off, pero si no sabes inglés para responderles cuando te preguntan algo donde tu vives se sienten ultrajados de que no conozcas la lengua del Imperio. Vienen aquí a disfrutar de su descanso de ser explotados en sus países y van a hacerlo cueste lo que cueste, si tienen que atropellar a alguien lo harán y esto lo aplican literalmente cuando arrollan señoras de más de 80 años en el mercado.

Los turistas como colonos light que son, consumen y explotan los recursos de los lugares que colonizan. Por ejemplo, los turistas consumen el cuadruple de agua que los residentes, esto no lo digo yo sino un buen número de estudios[1]. Y con otro bien básico como es la vivienda también son partícipes en su especulación. Siendo este uno de los negocios más seguros, los extranjeros invierten a diferentes niveles en comprar propiedades, desde el pequeño propietario que compra una casa, al banco o empresario que compra edificios enteros, castillos, bosques y terrenos inmensos. Todos están explotando el recurso básico de la vivienda y la tierra, por supuesto que no podemos comparar lo que afectan los pequeños propietarios que compran una casa de vacaiones con los grandes inversores cuyo único fin es la especulación.

El diseño económico español está basado en el turismo, gran parte de la industria de muchas zonas dependen del turismo ya porque se dedican a la fabricación y mantenimiento de productos dedicados al turismo. Podríamos incluir hasta la agricultura, a la que el turismo aporta grandes beneficios, ya sea en forma de turismo rural o comprando los productos típicos en cualquier chiringuito o supermercado. Si este modelo se hunde nos vamos todos a pique, porque en el momento que haya una crisis económica que afecte gravemente el Norte de Europa o pase como con el terrorismo en el Norte de África, va a ser un efecto dominó y no va a quedar nadie al que no le salpique. Y parece una tontería, pero donde yo vivo si ahora mismo dejaran de venir turistas se pasaría hambre de verdad.

Todo esto no es nada más y nada menos que el producto de un capitalismo tardío feroz, que consume todo a su paso y lo convierte en producto listo ready-to-eat. No se debe enfocar la lucha contra el turismo porque es tener una visión cortoplacista y reduccionista del problema y como siempre hay que ir más allá y buscar el por qué, el cual no hace falta para ir muy lejos para encontrarlo. Para luchar contra el turismo hay que luchar contra el capitalismo, porqué el resto son intentos reformistas tan inutiles como poner un parche y pintar por encima una rueda con mil agujeros.

1: Articulo

Para más material contra el turismo os recomiendo:

Jodidos turistas de Antipersona

Tot Inclos

El turisme mata els barris por Oca de Gracia

Articulos de Ruyman Rodriguez en La Soli: Parte I y Parte II

 

Alcorcón, epicentro de la catástrofe

En noviembre de 2013, algunos nos despertamos con la noticia de que un terremoto de 3,5 grados en la escala de Ritcher había sacudido Alcorcón y el sur de la zona metropolitana de Madrid. No fue el primero, pero sí el más destacado, de una serie de pequeños seísmos que se estaban produciendo en una zona caracterizada precisamente no por su elevada actividad sísmica. Aunque la explicación pertinente nos dejó algo “fríos”¹, el suceso no pasó de ser una mera anécdota para la población y la noticia simpática del día para los telediarios. Sin embargo, no pasó tan inadvertida para el gobierno municipal, que enseguida puso en marcha su maquinaria mercadotécnica para hacer de ello algo para recordar. A comienzos de 2014, el ayuntamiento –con su alcalde David Pérez a la cabeza‐ anunciaba que el próximo año Alcorcón sería el escenario de un simulacro de terremoto. Más allá de la hilaridad que puede producir la visión de un simulacro en un municipio con más de 170.000 habitantes, la idea parece que tomó cuerpo entre diversos organismos y ya no asistiremos a una mera exhibición sino que el evento ha ascendido a la categoría de Congreso Internacional de Intervención en Grandes

Catástrofes

Este Congreso nace supuestamente bajo la necesidad de “coordinar, preparar y entrenar a nuestros profesionales” (fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sanitarios, organismos públicos…) para dar una respuesta “rápida y eficaz” a las situaciones de emergencia y se reduzcan sus “trágicas consecuencias”. El mega‐evento de cinco días incluirá talleres y ponencias de diferente tipo con la presencia de especialistas en emergencias, ong’s, bomberos y militares de diversas partes del mundo y estará presidido por la mismísima reina en persona.

Lo terrorífico es la normalidad

Todas las estadísticas confirman que las catástrofes naturales son un suceso excepcional. No obstante, la proliferación de congresos de esta índole y la toma de medidas legislativas de carácter excepcional en todos los ámbitos parecen indicarnos que caminamos en la dirección opuesta. Casi a diario nos llegan  noticias  sobre  catástrofes  naturales  de  todo  tipo  a  lo  largo y ancho del planeta (algunas de ellas, y sin disimulo alguno, consecuencia directa  o indirecta  de  guerras). La  elección  misma  de  la  expresión  catástrofe  natural  lleva  implícito el sentido de aleatoriedad, de azar, de imposibilidad de prever. Bajo este paraguas  quedan,  por  tanto,  incluidas  en  teoría  todos  aquellos  accidentes  producidos  por  la  naturaleza.

Como  se  entenderá,  el  problema  podría  pasar  por  definir  qué  puede  considerarse  catástrofe  natural  y  qué  no². Sin  embargo,  bajo  la  óptica  en  la que  nos  encontramos  –la  óptica  de  los  congresos  y  de  los  profesionales  de  la  emergencia‐  la  importancia no radica en si son producto de la propia naturaleza o son producidas por  efecto  de  la  acción  humana  sobre  el  medio  sino en  su  inclusión  y  asimilación  como  contratiempo inevitable en nuestro devenir cotidiano. No nos encontramos ya en la época  de  la  negación  de  las  catástrofes:  éstas  se  producen  sin  más  y,  por  lo  tanto, se  hace  necesaria  su  gestión.  Y  ésta,  pasa  por  acostumbrarnos  a  su  presencia,  es  decir,  a  aprender a convivir con ellas³.

No  albergamos  esperanza  alguna  de  que  ponencias  como  “El  accidente  de  Fukushima: lecciones  identificadas” cuestione  de  raíz  todo  lo  relacionado  con  la energía nuclear más allá de consideraciones preventivas o de carácter técnico. Tampoco  esperamos  que  hablar  sobre «La  importancia  de  los  sistemas  de  agua  potable autogestionados”  nos  dote  de  las  herramientas  colectivas  necesarias  que  nos  permitan  concebir dicho recurso de una manera distinta a la actual. Lo substancial de todos estos  encuentros  y  congresos  y  de  las  enseñanzas  de  las  situaciones  de emergencia  reside únicamente  en  la  adquisición  de  mayores  conocimientos  sobre  el  desastre  para  su divulgación, convirtiendo la emergencia en normalidad.

Esta  adaptación  a  la  catástrofe  se  manifiesta  de  múltiples  formas  y  avanza  en todos  los  campos.  La  presencia  en  el  Congreso  de  militares,  y  de la  funesta  Unidad Militar de Emergencias (UME) en particular, sólo puede ser conducente a la aceptación de  la  soldadesca  en  labores  que anteriormente realizaba  población  civil  y  a  su normalización en cada vez más facetas de la vida cotidiana, haciéndolos más útiles, más cercanos,  en  definitiva: humanizando  lo  militar.  La  clásica  imagen  de  militares  en contiendas  bélicas  ha  sido  transformada  por  la  estampa  de  las  misiones  de  paz  y  de ayuda  humanitaria  en  zonas  de  conflicto,  sumándose  ahora  las  de  auxilio y  salvamento  en zonas  de  catástrofe  natural,  convirtiendo  algo  que antaño  se  antojaba  excepcional  –la presencia militar fuera de los cuarteles‐ en una circunstancia cada vez más habitual. Y lo  que  tiene  aún  mayor calado:  convirtiendo  su  presencia  en  necesaria  dentro  de  los esquemas  de  las  situaciones  de  emergencia.  El  estado  de  alarma  implantado  en  Barajas durante  la  huelga  de  controladores  aéreos  (2010),  el  terremoto  de  Lorca  (2011),  los incendios  forestales,  su  inclusión  en  los  cuerpos  de policía  local (2014)…son  sólo  la cara más visible de esta incursión de lo militar. Siguiendo esta senda de excepcionalidad, podríamos hacer mención a la escalada represiva llevada a cabo tanto a golpe de legislación como de actuaciones policiales. La implantación del nuevo código penal y de la ley de seguridad ciudadana constituyen un paso más hacia la normalización de lo excepcional. La repugnante masacre del Charlie Hebdo, escenificada en forma catástrofe, es decir, como situación inevitable –no sabemos si natural o no‐ debe ser asimilada y nos debe hacer a todos partícipes de la constante situación de criminalidad permanente en la que vivimos. La presencia policial y militar en las calles de Francia, Bélgica o Dinamarca no nos tendría que sorprender; su falta es lo que nos debería empezar a preocupar, puesto que presagia la próxima llegada de algún tipo de cataclismo.

A partir de este momento, lo extraño será no pasear por las calles bajo la atenta mirada  de  funcionarios  públicos  y  cientos  de  cámaras  de  seguridad.  La  simple existencia  de  peligros  inminentes  que  penden  sobre  nuestras  cabezas  cual  espada  de Damocles justifica que así sea. Las numerosos redadas policiales llevadas a cabo a nivel local  e  internacional  (presentes  o  futuras),  convertidas  en  espectáculos públicos masivos al  ser televisadas y radiadas  prácticamente  en  directo,  lo  deberían  poner  de manifiesto. El ideal de seguridad aspira a imponerse como el principal y hegemónico, si no lo ha hecho ya. Como vemos, todas estas medidas auguran un nuevo período de planificación y control social –dentro de la normalidad‐ que alcanzará su culminación en el momento en que ya no sea posible distinguir entre normalidad o emergencia, cuando lo excepcional sea la regla.

Alcorcón, Estado de emergencia

La  elección  de  Alcorcón  como  lugar  para  celebrar  este  congreso  no  podía  ser más adecuada. No entendida en el sentido de sus altos índices de desastres naturales producidos por terremotos, inundaciones, actividad volcánica o incendios de miles de hectáreas,  sino  como  metáfora  visionaria que bien  han  sabido  captar  nuestros dirigentes municipales.

A diferencia de experimentos anteriores, el evento en cuestión no supondrá la creación de miles de puestos de trabajo ni será un motor de primer nivel para el desarrollo económico de la región. En esta ocasión, el Congreso de Catástrofes lo que logrará será situar  en  el  mapa  a  Alcorcón  como  una  ciudad comprometida  en  la  “protección  de  la vida,  la  seguridad  y  la  solidaridad  humana”.  Dirigido  a  autoridades,  directivos  y cuerpos de emergencia, no supondrá siquiera la dinamización de la economía local (a no  ser  que  queramos  entender  con  ello  el  pago  de  los  250€  que  cuesta  asistir)  pero  nos reportará  prestigio  de  cara  a  nuestra  capacidad  de  organización  futura  en  eventos  de similares dimensiones.  Lo  de  situar  un  territorio  en  el  mapa no  es  algo  que  nos  coja  desprevenidos.

Viene  siendo  costumbre,  con  cierta  antigüedad  ya  en  tierras  ibéricas,  lo  de promocionar  el  pueblo  de  uno  ya  sea  mediante  expos, eventos  deportivos, parques temáticos o infraestructuras de cualquier  tipo.  Competir  con  otros  lugares  (por  otra parte,  idénticos  en  esencia  al  tuyo) para  convertirlo en único y diferenciarlo de todos los demás es el guión asumido en casi todas partes: Alcorcón se limita a hacer, ni más ni  menos, lo que  hacen  el  resto  de  poblaciones.  En  este  sentido,  Alcorcón  no  es paradigmático  en  lo  que  se  refiere  a  su  comportamiento  como  entidad  municipal particular sino como modelo normalizado de funcionamiento.  La  construcción  de  una  imagen  diferencial  asociada  a  un  territorio  forma  parte de la  necesaria  adecuación  de  las  urbes  de  cara  a  poder  competir  en  el  mercado internacional de ciudades si lo que se quiere es acceder a inversiones y a la llegada de empresas e industrias. Esto, lo único que viene a demostrar es que las ciudades son un reflejo  más  de  los  cambios  producidos  en las relaciones  económicas,  cuya manifestación  más  palpable  se  da  en  forma  de  transformación del espacio urbano (tanto en lo que se refiere a su estructura como a su organización social). La ciudad se trasmuta en producto, producto que mercantiliza todo lo que ella contiene, habitantes incluidos.

Si la imagen que ahora se pretende proyectar es la asociada a la “protección de la  vida”  y  la  “seguridad”,  antaño  lo  fueron  la  cultura,  el  deporte  de  base,  la  familia,  la integración o la multiculturalidad. Transitados ya todos estos escalones, imaginamos que algunos se repetirán en el futuro. (Únicamente echamos de menos –aunque seguro que por  falta  de  memoria  del  que  escribe  esto‐  el  argumento  de  la  sostenibilidad,  el  medio ambiente y la ciudad verde).  Lo  cierto,  es  que  la  imagen  que  transfiere  Alcorcón  a  sus  habitantes  en  la actualidad –insisto, la misma que podría arrastrar otra población de cualquier latitud ibérica‐  se  encuentra  más  cercana  al  concepto  de  decadencia.  Quizá  el  calificativo  de nicho  sea  excesivo,  pero  expresa  bien  la  capacidad  para  almacenar  personas  en  un mismo  lugar  y  está  más  próximo  al  ideal  securitario  que  las  condiciones  actuales confieren.  Pasear  por  Alcorcón  es  ver  cientos  de  locales  y  naves  industriales  vacías, desarrollos  urbanos  a  medio  hacer  y esqueletos  de  edificios  abandonados;  es  ver suciedad  en  las  calles,  arbolado  enfermo,  policía  y  banderas  patrias  ondeando  en cualquier  rotonda.  Si  a  todo  esto  se  le  suma  nuestra  experiencia  en  proyectos megalómanos de la peor especie, podemos concluir que, efectivamente, Alcorcón no es noticia  por  sus  cientos  de  casos  de ébola  sino  porque  nos  encontramos  sumidos  en  la catástrofe más absoluta. El perpetuo ruido de sirenas de ambulancia y policía solamente visibiliza  el  estado de emergencia permanente  en  el  que  nos  encontramos (y no debido precisamente a los  altos índices de criminalidad).  No  esperemos,  pues,  diluvios universales ni plagas apocalípticas, el desastre en ciernes que se nos anuncia no es tal, estamos instalados en él desde hace tiempo.

La  transformación  del  espacio  urbano  en  Alcorcón  ha  llevado  siempre  el  sello indiscutible  de  la  urbanización,  de  la  expansión  geográfica  más  allá  de  todo  límite como receta única. Así podemos encontrarnos hectáreas completas dedicadas a centros comerciales (Parque Oeste y CC Tres Aguas) y kilómetros de atascos en torno a ellas, además de centros de ocio nocturno cerrados desde hace años (CC Opción), entre otros… Si  por  algo  nos  hemos  caracterizado  en  los  últimos  tiempos,  es  por  el  empeño  de nuestros regidores municipales por dejarnos grandes obras para la posteridad. Si a uno se  le  ocurrió  la  magnífica  idea  de  levantar  inmensas  moles  de  acero  y  hormigón  –todavía sin acabar y sin visos de hacerlo en un futuro próximo‐ para instalar un Centro de  Creación  de  las  Artes  (CREAA),  el  actual  soñaba  con  el  excitante  sonido  de  las máquinas  tragaperras  de  Eurovegas.

Después  de  estos  antecedentes,  ¿qué  mejor  sitio para albergar un congreso de catástrofes de carácter internacional? Aún así, no nos hemos desviado ni un ápice de esta fórmula y se continúa tras la  senda  del  progreso  materializado  en  nuevos  desarrollos  urbanos:  más  casas  para  la zona  de  Retamar de  la  Huerta  y  la  construcción  definitiva  del  polígono  industrial  El Lucero  (otro  proyecto  paralizado  desde  hace  años).  Por  si  esto  fuera  poco, empresas inmobiliarias  como  el  Atlético  de  Madrid  continúan  al  acecho  –más  aún  si  cabe después de saber que el magnate chino Wang Jianlin se ha hecho con los terrenos de Campamento‐  para  urbanizar  el  último  resquicio  libre  de  cemento  en  Alcorcón,  su zona  norte.  Si  esa  es  la  línea  a  seguir no  debemos  desfallecer  por  el  fiasco  que  ha supuesto  Eurovegas,  en  breve  será  sustituido  –de  forma  mucho  más  humilde‐  por  la nueva Ciudad del Bricolaje (¿o acaso pensabais que os ibais a quedar sin trabajar?). Más allá de todos estos episodios, concretos pero en esencia comunes a muchas zonas  de  las  áreas  metropolitanas  de  las  grandes  ciudades,  la  preocupación  por  la catástrofe  pasa  a  nuestro  entender  por  el  papel  que  juegan  las  personas  en  este escenario.  No  hay  peor  situación  que  aquella  en que  la  imagen  proyectada  por  la ciudad es asumida en la práctica (y no hacemos referencia a la imagen de gran ciudad promovida  por  los  ayuntamientos  sino  a  la  más  cercana  a  la  realidad,  la  decadente).

Conseguir  que  espacios  y  calles  que  todavía  conservaban  algo  de  bullicio  y  de encuentro entre las vecinas hayan sido reducidas al mero tránsito o sustituidas por la permanencia  en  nuestras  casas,  nos  debería  llevar  a  interrogarnos  sobre  nuestras verdaderas  necesidades  y  deseos  y  el  lugar  al  que  han  sido  relegados.  En  definitiva, preguntarnos,  tal  y  como  lo  hacía  una  canción  de  los  años  ochenta,  cómo  nos  han convencido para llevar esta ridícula vida.

Tal  vez  este  congreso  no  suponga  una  transformación  urbana  al  estilo  de  la vislumbrada en el proyecto Eurovegas, pero sí trasluce el deseo de normalizar cada vez más  el  desastre  (este  desastre  cotidiano),  de  hacernos  vivir  bajo  una  cultura  de  la emergencia  permanente.  Somos  conscientes de  que  un  mayor  grado  de  conocimiento sobre la catástrofe por sí mismo no mejorará nuestra vida ni presupone de entrada un factor de rebelión, más bien nos prepara para hacerla más sostenible e incorporarla a la cotidianidad.  Por  ello,  si  hemos  de  imponernos  la  tarea  de  reconstruir  el  territorio,  de gestionar de manera  común el espacio, deberemos ante todo arrebatarle su condición de mercancía: potenciar los pequeños espacios existentes que permanecen refractarios y ajenos al mercado, poner límites a lo urbano, paralizar todos los planes de ordenación territorial rechazando la institucionalización ‐por definición integradora y normalizadora‐ y combatir la degradación social recuperando la facultad usurpada para tomar decisiones y ponerlas en práctica desde lo colectivo. En las circunstancias actuales, no cabe duda de  que  caminar  entre  las  ruinas  (metafóricas  y  no  metafóricas)  formará  parte  de  este periplo,  lo  que  dependerá  de  nosotros  mismos  –los  afectados‐  es  determinar  durante cuánto tiempo.

Alcorcón, febrero 2015.

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Notas
1.- Según el Jefe de Área de Geofísica de la Red Sísmica del Instituto Geográfico Nacional, el terremoto se produjo por la rotura de “una pequeña falla fría que no está cartografiada”. Otros científicos y expertos lo relacionan incluso con el Proyecto Castor.

2.- Para una visión de ello, puede leerse el texto ‘No existen catástrofes naturales’ incluido, entre otros, en el libro Si vis pacem. Repensar el antimilitarismo en la época de la guerra permanente (Ed. Bardo, 2011).

3.- Pasos para vivir con la catástrofe: 1º) Al principio, no hay ningún peligro en absoluto; 2º) Con el paso del tiempo, aparecen peligros pero la ciencia y la técnica serán capaces de dominarlos; 3º) Por último, es preciso considerar esos peligros como algo natural y vivir con ellos, pues no hay forma de dominarlos.‐Roger Belbeoch: Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de servidumbre (Malapata Ed./ Hermanos Quero, 2011).

4.- Palabras del alcalde David Pérez en la bienvenida del congreso.

5.- Algunas quizás recuerden aquel “Alcorcón, municipio abierto” de los socialistas, cuando nos hermanábamos con ciudades latinoamericanas (viajes de confraternización incluidos).

6.- Nos han convencido para llevar una ridícula vida….‐ Incorruptible, canción del grupo RIP.

¿Y si la República hubiera ganado la guerra? (II)

En la primera parte analizamos que hubiera ocurrido si la victoria del bando republicano hubiera ocurrido en las primeras fases de la guerra, concluyendo que, con un bando sublevado que aún no se hubiera estructurado y recibido la ayuda del fascismo internacional, un Estado republicano débil y un PCE todavía poco influyente la balanza se habría decantado a favor de las fuerzas revolucionarias, encabezadas por el anarcosindicato CNT.

Como dije en el anterior artículo, los resultados podrían haber variado enormente de acuerdo a en que fecha hubiese ganado la república. Examinaremos ahora que hubiera podido ocurrir si la victoria se hubiera producido algo después, en 1937. Advierto, como en el anterior artículo que todo lo que aquí se diga, aunque producto de un análisis histórico, es pura especulación.

2. Victoria en el 37: un equilibrio inestable.

Supongamos que la victoria de los republicanos se hubiera producido en una etapa más avanzada del conflicto militar. En 1937 el bando sublevado se ha estabilizado políticamente, otorgando el completo mando militar a Franco. Ha ejercido una efectiva represión en su retaguardia y ha recibido la inestimable ayuda de Alemania (la mayor parte de la Legión Condor llega en noviembre de 1936) y de Italia (el CTV lo hace en diciembre del mismo año).

Sin embargo, los sublevados aún no se han impuesto. El frente se encuentra estabilizado en una guerra de posiciones que en ciertos lugares recuerda a las inamovibles trincheras de la primera guerra mundial (caso del Frente de Aragón, donde ni se avanza ni se retrocede). La República ha obtenido importantes victorias en la defensa de Madrid y la batalla de Guadalajara y se ha logrado, mientras los milicianos aguantaban en primera línea, organizar las primeras brigadas mixtas del Ejército Popular. En su mayor parte localizadas en el centro y con mandos salidos del PCE, que a mediados de este año alcanza los 250.000 afiliados.

En tal situación, el Estado republicano ha recuperado buena parte de su fuerza, estancándose los avances de los revolucionarios e impulsándose la progresiva militarización de las milicias antifascistas. Existe pues un equilibrio entre los dos bandos de la guerra: mientras Franco ha conseguido ayuda exterior y meter en cintura a su bando, la República atesora muchas victorias militares.

¿Qué habría permitido, en esta situación, que se rompiera el equilibrio a favor del bando republicano? Juega un papel fundamental aquí la ayuda internacional. La República tan solo había recibido ayuda de la URSS (a parte de su papel en la organización de las brigadas internacionales, vendió armas a la república, a un precio bastante alto, por cierto) y de México (una ayuda bastante testimonial). Inglaterra y Francia llevaban a cabo una política de apaciguamiento, dejando abandonada a la República española para evitar disgustar a una Alemania de Hitler cada vez mejor armada. ¿Y si no hubiera sido así? Es difícil que Inglaterra hubiera movido un dedo, pero Francia estaba entonces gobernada por un Frente Popular, una coalición de partidos de izquierdas similar a la que se daba en España. Era intención de León Blum, primer ministro de Francia durante el gobierno del Frente Popular, enviar ayuda militar a la República española, en forma de aviones y armamento. Esta ayuda se vio muy limitada por el consejo de ministros, contrario a enviarla. Tan solo un puñado de aviones fueron enviados y el material de guerra que fue vendido a la República eran, en su mayor parte, excedentes de la Gran Guerra. Si Blum hubiera logrado imponerse y se hubiera enviado ayuda efectiva a la República en 1937 el equilibrio entre los dos bandos podría haberse roto.

Existían, además de la escasa ayuda internacional, otros dos factores que impedían la victoria de los republicanos. Uno de ellos era la falta de iniciativa de los altos oficiales de la República. Estos altos mandos, comprometidos con la República burguesa pero poco motivados a la hora de colaborar con anarcosindicalistas o comunistas, se mostraban generalmente poco impetuosos en el avance (tan solo una ciudad, Teruel, fue tomada por la República en toda la contienda, a pesar de que su ejército se mostró muy  hábil en acciones defensivas) y poco fiables, llegando al punto de ser agentes fascistas en algunos casos. Este es el caso de la ofensiva de Huesca, que se vió frustrada por la alerta dada por un oficial republicano, provocando un enorme número de bajas. La CNT, o mejor dicho, los sectores de la CNT que aceptaban el Ejército Popular, se mostraron muy críticos con este aspecto, demandando que los oficiales fueran sometidos a revisión de la tropa y a control obrero. Con una efectiva purga de los mandos del Ejército Popular, es del todo probable que éste se hubiera mostrado más efectivo en su avance.

El segundo factor es la división del bando republicano. Esta división, producto de la lucha política entre un gobierno cada vez más controlado por el PCE y el sector filocomunista del PSOE y los revolucionarios (CNT-FAI y POUM), tuvo como consecuencias, más allá de los enfrentamientos en mayo de 1937, la paralización del Frente de Aragón. Al mantener a las milicias catalanas y aragonesas en un pésimo estado logístico, mal armadas y peor abastecidas, el gobierno republicano impidió cualquier avance en ese frente. Para cuando quiso hacerlo, enviando refuerzos desde Madrid, ya era demasiado tarde y no se lograron grandes avances. Si las tensiones políticas del bando republicano hubiesen sido menores (quizás con un gobierno de concentración que no excluyese a los sindicatos y con una más prematura integración de las milicias confederales en el Ejército Popular), ese frente habría gozado de un mejor abastecimiento, siendo posible el avance y la unión con el frente norte antes de que este cayera. Por desgracia, el gobierno republicano no supo ver la importancia estratégica de unir los frentes, prefiriendo mantener sus esfuerzos en Madrid, poco valiosa estratégicamente, pero con un gran valor moral.

Con la confluencia de estos factores: la distensión política, la depuración del Ejército Popular y la ayuda de Francia, la República hubiera podido, con toda seguridad, ganar la guerra a finales de 1937. ¿Cuál habría sido el resultado de esta victoria?

Como me he referido en el título: el equilibrio inestable. Es difícil de adivinar, pero yo considero como posibles tres posibilidades. Los sindicatos tenían todavía un gran peso, así como los sectores del PSOE poco amistosos con el PCE (¿Qué decir de Izquierda Republicana?), habría sido posible, pues, la formación de una especie de República sindical. La propia CNT se muestra favorable a esta clase de régimen, en su proyecto de Estatuto de Autonomía de Valencia de 1937, donde propone la inclusión de los sindicatos en el gobierno, a fin de asegurar el control obrero y los logros de la socialización. De este modo, una República de izquierdas con gran influencia sindical habría logrado asegurar la paz social tras la guerra, al menos durante algún tiempo. La reforma agraria y la socialización se producirían, dentro de un marco de legalidad, pero bajo fuerte presión de los sindicatos.

Otra posibilidad es que las tensiones habidas entre la CNT y el PCE afloraran tras la guerra. El Pravda anunciaba en 1936 que sería necesaria la «limpieza de elementos trotskistas y anarcosindicalistas con la misma energía que en la URSS». Atendiendo a la ilegalización y persecución del POUM, es evidente que tal afirmación no se quedaba en una mera intención. Podría pues, acabada la guerra, haber estallado una segunda guerra civil entre los elementos revolucionarios (estancados, pero aún muy presentes) y una alianza entre la izquierda burguesa y el PCE. Tal cosa, en momentos en los que se realizaría la represión contra los franquistas, produciría un elevado coste de vidas y agravaría la destrucción provocada por la guerra. El gobierno que saliera de tal situación es difícil de decir, pero probablemente fuera una República popular con la participación del PCE y la izquierda burguesa y un Estado fuerte, un solo sindicato y un sistema penitenciario saturado debido al aumento de la represión.

Otra posibilidad, aunque creo que es la menos probable, es la restauración de la República burguesa. Con la ayuda internacional, la República habría tenido que hacer esfuerzos por moderar su política, reprimiendo los radicalismos, despolitizando al ejército y promoviendo una alianza entre Izquierda Republicana, los sectores no filocomunistas del PSOE y la UGT. De la guerra saldría un gobierno autoritario de izquierdas, pero más cercano al republicanismo burgués, con la propiedad privada garantizada.

¿Y después? Creo que llegados a este punto la guerra europea se desataría más rápido aún si cabe. ¿Habría podido evitar una alianza entre las repúblicas españolas y francesas la invasión Nazi? ¿Habría terminado por colapsar la República, caso de no suceder una segunda guerra civil inmediatamente después de la primera? Es posible que en este caso la política exterior de la Unión Soviética se altersase, siendo mucho más favorable en enviar ayuda para evitar un ataque fascista sobre una República más moderada. De igual modo, habría sido posible que las democracias liberales no se hubieran mostrado hostiles a ésta. Dejo a los lectores que lo deseen contestar a estas cuestiones antes de entrar en la tercera parte del artículo y en las conclusiones.

¿Y si la República hubiera ganado la guerra? (I)

Hacer historia ficción es siempre un ejercicio interesante. Utilizar las herramientas de análisis histórico para tratar de adivinar en qué habría cambiado la historia si alteramos tal o cual factor. Una mariposa da un aleteo en el extremo oriente y de pronto un huracán arrasa la Costa Este de los EEUU…

La Guerra Civil ha sido un campo fecundo para el género de la ucronía. Obras como la del falangista Vizcaíno Casas Los rojos ganaron la guerra, o el documental de la Sexta Viva la República, hacen este ejercicio. En el primero se muestra España convertida en una brutal dictadura del PCE y la judeo-masonería, en el segundo se muestran situaciones tan ridículas como una España gobernada, a principios del siglo XXI, por Zapatero y Aznar como presidentes del gobierno y de la República respectivamente, en un régimen de tipo liberal más rico, pero muy similar al actual.

¿Habría acabado la República, en caso de ganar, convertida en un monstruoso satélite de la URSS o en una idealizada democracia liberal? Son quizás las dos visiones más extendidas, pero ninguna de las dos corresponden a un análisis mínimamente serio de la situación política y social de la guerra. ¿Qué clase de país habría salido, entonces, de ella? Todo depende de en qué momento hubiese vencido el bando republicano.

Intentaré en este artículo mostrar tres posibilidades de acuerdo a tres momentos diferentes, atendiendo a la situación política del bando republicano en cada uno de ellos y a qué habría tenido que pasar para que se produjera la victoria. Advierto sin embargo que, conforme más me aleje del punto de partida en este intento de hacer historia ficción, más probable es que cometa errores en mis predicciones.

1. Victoria en el 36: el triunfo de los revolucionarios.

¿Habría sido posible que la revolución sindicalista (o más correctamente, anarcosindicalista), que se desata en la España republicana como respuesta al golpe militar hubiese salido victoriosa de la contienda?

Considero que para que tal cosa se hubiera podido producir tendría que haber ocurrido en las primeras fases de la guerra, antes de que los golpistas lograran organizar una retaguardia  fuerte, antes de que llegara a ellos la ayuda del fascismo internacional. En tal momento la correlación de fuerzas era favorable a los republicanos. Contaban éstos con la mitad del ejército peninsular, la mayor parte de la aviación y la marina, dos tercios de las fuerzas de orden público y un impulso voluntario muy superior al de los golpistas (aproximadamente formaron parte de las milicias antifascistas el doble de efectivos que los que integraron las falangistas y carlistas).

En este momento se da también el hecho de que el Estado republicano se encuentra en una situación delicadísima. Habiendo perdido a la mayor parte de oficiales del ejército, ha perdido el monopolio de la violencia y sus brazos no llegan todo lo lejos que debieran. En Cataluña el poder efectivo lo ejerce el Comité Central de Milicias Antifascistas, en Aragón, Asturias, Valencia y buena parte de Andalucía el poder pasa también, en mayor o menor medida, a las organizaciones obreras, principalmente a la CNT y la UGT. La producción se socializa y el control obrero se hace hegemónico.

¿Qué tendría entonces que haber pasado para que los revolucionarios hubieran ganado la guerra al fascismo y salvaguardado la revolución?  Camilo Berneri, anarquista italiano exiliado en España, publicó una carta (recientemente reeditada en la Biblioteca Anarquista) dirigida a Federica Montseny enumerando los errores que, consideraba, habían cometido los anarcosindicalistas hasta 1937. Según Berneri, los ministros de la CNT deberían haber aprovechado su posición en el gobierno para forzar a la República a otorgar la autonomía a Marruecos. Una revuelta nacionalista marroquí habría causado un desbarajuste en la retaguardia facciosa que les habría impedido movilizar a su principal baza: el ejército africano de Franco. De igual modo, la amenaza sobre sus intereses coloniales habría obligado a Francia a dejar a un lado la política de no intervención para, o bien acabar prestando apoyo a una rápida victoria republicana que restableciera el orden, o bien invadir el norte de Marruecos.

Otra cuestión que denuncia Berneri es el hecho de que la CNT fuera reticente a la militarización. Considera que la CNT debía haber emprendido la formación de un Ejército Popular del noroeste que permitiera la victoria en el Frente de Aragón. La CNT emprendió finalmente la militarización, pero lo hizo tarde y a remolque, cuando los altos mandos estaban ya monopolizados por el PCE, a mediados de 1937. De este modo, la formación de un ejército bien entrenado y pertrechado en Cataluña, liderado por los anarcosindicalistas, habría permitido por un lado conquistar Zaragoza (ciudad estratégicamente vital por sus comunicaciones y uno de los polvorines más importantes de España), lo que habría facilitado enormemente unir el frente y, por otro lado, habría reducido la influencia del PCE, que, apoyado en el Ejército Popular, se estaba convirtiendo en un partido importante.

Así, con un frente unido por un ejército confederal, un PCE menos influyente y el bando nacional privado de la ayuda africana, la victoria republicana habría sido cuestión de poco tiempo.

De aquella guerra habrían salido los revolucionarios con un enorme peso en el Ejército Popular y con la organización del nuevo orden económico en cada territorio conquistado. Una unión con UGT (objetivo siempre presente para la CNT) no habría sido muy extraña teniendo en cuenta la reducida influencia de los comunistas. El gobierno republicano se convertiría, como fue la Generalitat, en un simple títere de los revolucionarios, una máscara ante la Sociedad de Naciones. El desarrollo de las colectividades, la profundización de los cambiosmde orden económico y social y la represión de los elementos contrarrevolucionarios habrían venido tras ello.

Con tal correlación de fuerzas no habrían tardado mucho los revolucionarios en derribar por completo y definitivamente al gobierno, dando el poder a las organizaciones obreras. Gritos de viva el comunismo libertario se oirían en cada población de la península. Lo que ocurriera con esta España tras la guerra es difícil de decir. ¿Una nueva invasión del fascismo internacional? ¿Se hubiera atrevido Hitler a invadir Checoslovaquia o, posteriormente, Francia, con una España en su contra? ¿Cuál habría sido la política de la URSS o de las democracias liberales ante una revolución obrera de tipo libertaria? ¿Se habría contagiado el proceso revolucionario a otros países? ¿Cómo habría soportado la CNT desarrollar todas las contradicciones de la guerra revolucionaria? ¿Habría caído en el autoritarismo? Dejo al lector el contestar a estas preguntas.