Otra Ley de Amnistía al servicio del poder

Llevamos meses oyendo críticas a una ley de amnistía que provienen casi en su totalidad de la extrema derecha. No es la primera en España; la transición y el régimen del 78 se fundamentaron sobre una ley, ley de amnesia, que no incendió tantas pasiones entre la extrema derecha como lo está haciendo esta. A su vez, como decimos, no son tantas las voces que se han alzado desde posiciones de la izquierda radical como cabría esperar. Para muchos está resultando difícil posicionarse políticamente ante una medida de gracia, que tiene como objetivos últimos la obtención de los apoyos suficientes para revalidar el gobierno por el PSOE y el de solucionar la cuestión legal de las élites burguesas nacionalistas catalanas.

Silencio que resulta complicado de entender porque hay mucho que decir y sobre lo que pensar al respecto. Desde su contenido más concreto, ¿a quién afectará esta ley y quién ha quedado fuera?, hasta sus implicaciones más amplias, ¿qué supone políticamente este cierre en la cuestión catalana y sus reclamaciones democráticas? Y, sobre todo, porque nos permite entender cómo sus leyes y su supuesta inmodificable constitución no son tan sagradas como nos pintan y están al servicio de los intereses de las minorías capitalistas y sus expresiones institucionales. Dicho de otro modo, desde el anarquismo social y revolucionario entendemos que posicionarnos políticamente sobre estas cuestiones es esencial porque muestra las contradicciones propias del sistema y los intereses de clase puestos en juego.

 

¿Qué dice la ley de amnistía?

 

La propuesta de ley redactada por el PSOE y consensuada con Junts afectará a unos 300 encausados del movimiento democrático catalán. Sin embargo, dejará fuera a más de 2500 activistas por los derechos sociales, laborales o climáticos que fueron encausados en el mismo periodo y en el mismo territorio. Por supuesto, en su obsesión de convertir Europa en una fortaleza inexpugnable y blanca, deja fuera a todos los migrantes sin papeles. ¿Qué nos dice esto? Que es una ley que solo pretende resolver las cuestiones relativas al conflicto independentista, en particular, allí donde afecta a líderes políticos de la burguesía catalana y que no pretende ampliar su impacto a cuestiones sociales donde se evidencia el conflicto de clases.

Es importante aclarar que siempre se habla de “burguesía catalana” como un concepto inseparable, como si no hubiera una burguesía gallega o castellana. Son élites. Y en Catalunya, las élites no estuvieron a favor de la independencia sino que sacaron las empresas de aquí en cuanto lo vieron negro. Quienes apoyaban la independencia eran la pequeña burguesía y la parte catalanoparlante de la aristocracia obrera. [Y el mundo rural catalán y gran parte de la juventud.] Junts son tan indepes como el PSOE es socialista. ERC representa mejor las clases medias.

Dicho de otro modo, más claro. Permite a Junts reaparecer en el tablero político y hacerlo libre de los procesos judiciales con los que fueron atacados, sin que esto suponga el mínimo reconocimiento a las luchas sociales por el derecho a la vivienda, los derechos laborales, las luchas ecoambientales, las peleas por los derechos de igualdad y reconocimiento de las migrantes y las luchas por la extensión de los derechos democráticos. Junts debe hacer equilibrios entre la presión popular que previa al Procés soberanista y el hecho de que el independentismo contradice sus intereses de clase, y también equilibrios entre los intereses de su base electoral y los intereses de la burguesía para la que trabajan.

Sin embargo, esta ley sí se encarga de exonerar de su responsabilidad penal a 73 policías. Teniendo en cuenta lo difícil que es que un policía se siente en el banquillo de los acusados en este país, podemos imaginar el alcance de la brutalidad de sus acciones para estar citados ante un juez. Fue tan alto el nivel de violencia empleado, tan brutales las imágenes de violencia de estado contra los manifestantes y ciudadanos que apoyaron el referéndum del 1 de octubre de 2017 y todas sus movilizaciones, que no pudieron contener. Ya se encarga esta ley de equiparar dichos delitos de estado con la participación en movimientos populares por el derecho a decidir. En esto sí se parece mucho a la ley de amnistía anterior.

 

¿Por qué esta ley?

 

Para el PSOE, era la condición de partida para poder conseguir los apoyos mínimos para sacar adelante cuatro años más de gobierno. Sabemos perfectamente que los “socialistas” no tienen problemas para mover sus posiciones entre la aplicación del artículo 155 y la redacción de una ley de amnistía. No se les caen los anillos. Lo segundo que consigue el partido de Sánchez es venderse como una formación moderada y con altura de estado. Saca de los tribunales el conflicto político, pero no para devolverlo a la calle. Ellos son más de pasillos, restaurantes de lujo y mesas de maderas nobles. Exonerando a los dirigentes burgueses y manteniendo la presión sobre los activistas sociales roban el potencial político de la protesta y lo rentabilizan ellos.

Con Junts pasa algo parecido. Además, consiguen mostrarse ante la sociedad catalana como duros negociadores que no se rinden ante las presiones del estado español y no se venden por cuatro pesetas. Junts no pretende posicionarse mejor ante el independentismo sino ante el empresariado de Catalunya. Está volviendo al papel del “peix al cove” de Jordi Pujol, de negociar cosas con Madrid. El independentismo radical ha quedado huérfano. Por eso han aparecido opciones ultraderechistas y racistas como FNC y similares que sacan los votantes del espacio político de Junts.

No olvidemos que no solo existe el acuerdo para la Amnistía, también hay el lado económico: cesión de impuestos a Catalunya, traspaso de Renfe y… que el PSOE y el Gobierno se trabajen la vuelta a Catalunya de las empresas que trasladaron su sede social: Caixa, Banco de Sabadell, Aigües de Barcelona, Freixenet, Catalana Occidente, Gas Natural, etc. Junts escenifica de alguna manera la vuelta de la Convergència autonomista del régimen del 78. La verdad es que es un intento de cierre del problema independentista desde las instituciones porque el acuerdo incluye la renuncia de cualquier vía que no cumpla con la constitución vigente. Y ya sabemos que la constitución está escrita en piedra para las mayorías sociales. Esto evidentemente supone un afianzamiento de la democracia burguesa y monárquica española. Con todas sus instituciones. Con todas sus corruptelas.

 

¿Por qué reacciona tan airadamente la derecha si no supone una amenaza contra la unidad de España y el régimen burgués?

 

Pues sencillamente porque no lo han tramado y realizado ellos. No pueden anotarse el tanto. Y porque esperaban hacer este mismo cierre, pero aparentando dureza, solidez y contundencia. Porque no debemos olvidar que el Procés mostró que en este sistema que parece infranqueable se abren grietas que pueden servir a los proyectos emancipadores para darle la vuelta a la relación de fuerzas.

Así que banderas de todos los tipos, cánticos fascistas, racistas, homófobos y machistas, muñecas hinchables y saludos romanos. Hablan de golpe de estado, de dictadura, de represión, de ataque sin precedente a las instituciones del estado, pero… nada, de eso no hay nada. Esta es la forma en la que se ha construido la españolidad. Una forma que no permite otras interpretaciones de la idea de España que el proyecto imperial unitario. Desde la periferia ibérica se entendía España como una confederación de pueblos. Desde el centro, se entendía una España construida a expensas de Castilla, extendiéndose entre todos los demás pueblos, al borrar sus identidades. Esta forma de ver las cosas permea desde la expulsión de los judíos, el final del reino de Granada, la expulsión de los moriscos, hasta las guerras entre el absolutismo y el liberalismo, el colonialismo y las guerras coloniales o el franquismo. Es todo un hilo histórico que caracteriza la derecha desde hace siglos.

Para la derecha, no existe el perdón. El perdón es debilidad. Su tradición histórica es arrasar a su rival, obligarle al exilio o llenar el país de tumbas. Por eso, la derecha centralista genera tanto rechazo en la periferia que en las elecciones pasadas la gente de Catalunya y Euskalherria votó al PSOE más que a sus propias opciones. Es una cuestión de supervivencia. También hay que entender que en cuanto vuelva a gobernar la derecha (PP y Vox, por ejemplo), se reactivará inmediatamente el Procés independentista, ya que nadie querrá quedarse en una España así.

 

El anarquismo social ante la ley de amnistía

 

Como decíamos en la introducción, este es uno de esos temas que a muchos anarquistas se nos hace bola. Al fin y al cabo, es una jugarreta dentro del sistema de partidos, disputándose una posición dentro del estado, citando a sus fuerzas represivas, hablando de nacionalismos… sí, no es un tema fácil para aquellos que soñamos con un mundo sin clases, sin dominio, sin naciones y sin estados.

Pero la realidad es la que es. Ignorarla es una irresponsabilidad y un acto de sectarismo. Aquellos proyectos revolucionarios que entienden que la posibilidad de superar a este sistema pasa por la acumulación de fuerza social no pueden ignorar ni todo el potencial que se movilizó en Cataluña en torno al proceso independentista ni las brechas que se abren en este nuevo momento político. Y siempre sin que esto suponga ni un ápice de posibilismo.

Estamos viendo que la ley se hace y se deshace al antojo de las élites. Luchemos y clamemos porque la ley deje de perseguir a los luchadores por la justicia social y reclamemos una amnistía para todas las luchadoras. Estamos viendo que la judicatura y la represión de estado son herramientas al servicio de las élites y del statu quo. Denunciemos una vez más su carácter instrumental para este sistema criminal. Estamos viendo que multitudes ciudadanas y populares se suman a demandas por la democratización de la sociedad. Unámonos a ellas, apoyémoslas y empujemos esas demandas más allá de las reclamas nacionalistas con un posicionamiento socialista e internacionalista, que junto con el derecho a decidir y participar incluya las reclamas por igualdad y justicia.

Escrito por militantes de Embat y Liza

Rezos, saludos fascistas e insultos homófobos por la unidad de España

La extrema derecha toma las calles de Madrid

Estas semanas hemos podido presenciar el dantesco espectáculo que se producía en torno a la sede del PSOE en la calle Ferraz, situado en el “noble” barrio madrileño de Argüelles. Muchos de los que leerán este artículo que sean de la capital sabrán que es una zona conocida para salir de fiesta y tomar algo, pero que tiene el ligero inconveniente de que, de vez en cuando, es parte del recorrido de neo-nazis es sus cacerías nocturnas. En principio no parece el sitio más idóneo para ubicar la sede de un partido que se autodenomina socialista y obrero, pero sabiendo qué entiende por ambos términos y cuál es su función, se convierte en un lugar como cualquier otro.

El contexto lo conocemos: se preparan las negociaciones entre el PSOE y Junts, se comienza la redacción de una ley de amnistía como condición para recibir los apoyos necesarios para revalidar la toma del gobierno, la derecha mediática y política de toda índole y ralea azuza el avispero y las calles arden durante casi dos semanas.

Pero antes de avanzar en un breve análisis de los diferentes sectores allí reunidos y de ofrecer alguna reflexión sobre cuestiones que nos parecen interesantes debemos matizar eso de “las calles arden”. Sin subestimar la gravedad de las imágenes que nos han ofrecido los medios de comunicación y los propios manifestantes, sin ignorar el asco que producen sus cánticos y pancartas y sin rebajarle ni un ápice de importancia a las declaraciones golpistas de algunos de sus protagonistas, estamos hablando de un apoyo social muy limitado, las cifras como siempre bailan, pero en las estimaciones más abultadas no suelen superar los 2000-3000 participantes.

Madrid es la capital de la derecha y de la extrema derecha

Esto es una obviedad. La ciudad que consiguió frenar el avance del fascismo en una de las defensas más heroicas de las guerras modernas, una vez derrotada, fue transformada en el cortijo del nacional catolicismo, el capitalismo que se enriquecía a su costa, el fascismo más rancio, el tradicionalismo cristiano criminal, centro de las fuerzas armadas represoras y también la monarquía que lo sucedería. Madrid fue el centro de la reconstrucción del poder reaccionario tras el proceso revolucionario y sus calles derrotadas acogían a tullidos de la división azul y a nazis que huían tras su derrota.

Madrid supuso la recentralización del poder territorial para castigar y controlar a los disidentes periféricos y el núcleo desde el que se irradiaba la ideología franquista de la raza, el honor y los valores tradicionales. Y esto estaba planeado antes de que consiguiesen doblegar al pueblo madrileño a base de hambre y bombardeos, por eso el mapa de la ciudad muestra que el hostigamiento desde los aires no afectó a todos los barrios por igual. No bombardearon sus casas en el barrio de Salamanca, para poder llenarlas con lo saqueado una vez traspasasen las defensas.

Desde entonces hasta ahora han cambiado muchas cosas. Pero Madrid sigue siendo una ciudad donde el conservadurismo impera y donde sus formas más oscuras operan. Pijos y nazis. Empresarios y fascistas. Donde las excepciones fiscales hacen del impuesto de sucesiones a las herencias un chiste. Un paraíso para la burguesía y el empresariado del país.

Los objetivos políticos de los diferentes actores

Pero ojo, en este artículo pretendemos ofrecer algunas claves analíticas que quedarían completamente arruinadas si cayésemos en generalizaciones populistas. Nuestra tesis es que la ley de amnistía que han negociado las elites nacionalistas catalanas con el partido socialista es un intento de cierre de la crisis política que estalló el primero de octubre de 2017 con el Referéndum de autodeterminación. Ambas fuerzas políticas quieren sacar partido a ese asunto o, mejor dicho, dependen de que aquello quede “resuelto” para poder proseguir con su actividad. Mientras las elites catalanas quieren poder regresar a su actividad y mostrarse como los protagonistas de las demandas independentistas, Sánchez necesita sus apoyos para poder mantener el gobierno y de paso mostrarse como un político de “talante” negociador y un hombre de Estado.

Evidentemente, a la derecha institucional española esto no le viene nada bien. Entre otras cosas porque les quita la oportunidad de apuntarse el tanto de la resolución del “problema catalán”, sin olvidar que las narraciones de los acuerdos hablen de “lawfare”, es la continuación de la batalla PSOE vs PP por el control del poder judicial.

Por otro lado, tenemos a Vox que quiere adelantar por la derecha a los populares y eleva el tono aún más. Su objetivo es aumentar la crispación y capitalizar el descontento, y como sabemos tiene cierta ventaja en este terreno. La formación popular tiene al menos una mano atada. Tiene que mostrarse como un partido de orden, constitucional, moderado… Vox sabe que su crecimiento institucional le convierte a lo sumo en un partido bisagra para condicionar los gobiernos a los que aspire el PP, y dada la debacle de apoyos electorales que ha sufrido y sus muchos escándalos y fracturas internas, juega esta baza para recolocarse en el tablero.

Nazis, tradicionalistas, fanáticos radicales y cayetanos

Este es el perfil de las manifestaciones que asedian la sede del PSOE. Tenemos a hooligans del Real Madrid y del Atlético, pijos con fachaleco y pulserita, carlistas, conspiranoicos, ultraliberales, fanáticos cristianos, machistas, homófobos, racistas, empresarios de la extorsión y la agresión como desokupa…

Hemos visto gracias a su propia prensa -Ok Diario- a frikis, gente que no se entera de nada, invocaciones a la virgen para que interceda, gritos contra la monarquía y la masonería, peticiones de insurrección a los policías… es difícil no ridiculizarlo, pero hacer bromas sería un error por nuestra parte que nos puede costar caro. Si bien es cierto que han llevado a cabo en sus propias carnes el lema de su heroico legionario Millán-Astray “muerte a la inteligencia”. Hay intereses claros y bien tramados detrás de estas movilizaciones no tan espontaneas.

Los estrategas operando

Como adelantábamos, podemos entender estos sucesos callejeros como parte de una lucha de posiciones entre las diferentes fuerzas de la derecha. Nuestra hipótesis es que Vox, y la parte más populista y radical del PP, logró adelantarse a los movimientos de los populares y llevar las movilizaciones a unos términos en los que poco puede rascar el PP.

Veréis que los voceros mediáticos en los medios de comunicación repiten que el PSOE está perdiendo apoyos por llevar a cabo esta ley de amnistía, y puede que sea cierto, aunque a menor escala de la que vaticinan los opinologos expertos. Pero tampoco es menos cierto que ese fascismo televisado les hace un grato favor a las bases más moderadas del PP. Esta es la razón que ha empujado a realizar concentraciones masivas impulsadas por el PP donde el tono es otro.

Los jueces

La separación real de poderes es un mito fundacional de las sociedades burguesas al servicio del capital tan importante como su supuesta imparcialidad. Los jueces en España, por tradición, por parentesco y por las condiciones que impone su propio nombramiento (años de estudio y de oposición que son incompatibles con las necesidades de las familias trabajadoras), hacen del poder judicial una fuerza principalmente conservadora, cuando no directamente reaccionaria.

Lo hemos visto mil veces: qué difícil es que se juzguen los delitos de corrupción o de violencia policía y que fácil que se condene a los trabajadores que hacen política y luchan por sus derechos, las sentencias asquerosas que exculpan a violadores, o cómo se intentan tumbar leyes en los tribunales que reconocen derechos sociales.

Aquí debemos centrarnos en tres aspectos. El primero es que la judicatura burguesa es irreformable. Al igual que la policía y las prisiones, su función es servir a los intereses de las élites capitalistas. El segundo punto es incidir en que se está produciendo una pelea por el control de este poder del Estado. El PP bloque la renovación del Tribunal Supremo contra el mandato institucional y el PSOE se ve obligado a cuestionar el principio de imparcialidad. En tercer lugar, y por mucho que se empeñen en negarlo, el lawfare es una práctica corriente en el Estado español, que se lanzó contra los independentistas catalanes y que se usa frecuentemente contra todo proceso que cuestione el statu quo. No se restringe, como nos quieren hacer pensar, a ciertas interpretaciones judiciales, hechas por jueces particulares, donde se cuela su ideología normalmente reaccionaria. Es una práctica común y organizada contra cualquier cuestionamiento al sistema.

Los jueces son un agente político y como tal han actuado. Declaraciones de prensa, denuncias públicas de una ley que todavía no se había presentado, oposición al gobierno…

La actuación policial

Los que conocemos bien cómo se desarrolla la actuación policial para disolver y contener protestas sabemos que lo que estamos viendo estos días en la tele es un chiste de mal gusto. Hemos visto a agentes pedir por megafonía que por favor no se arrojasen objetos contra los policías, y sabemos que esta no es una práctica habitual. Lo habitual en manifestaciones donde se llegan a producir más de 40 heridos entre las fuerzas de seguridad es que la otra parte cuente por decenas sus detenidos y heridos y esto no está pasando.

Nosotras sabemos bien que una manifestación no autorizada y violenta jamás sería escoltada por una de las vías principales del centro de la ciudad. Sabemos muy bien que la policía dispone de archivos y registros de militantes y que, si quiere, y normalmente lo hace, continua su represión en los siguientes días tirando puertas de viviendas y llevando a los calabozos a los manifestantes.

Jamás pediremos más represión a la policía ni más contundencia en su función. Pero no podemos dejar de señalar que lo que está pasando no es lo habitual en este tipo de concentraciones y que estamos seguros de que se debe a que desde sus direcciones se les ha pedido no actuar como normalmente lo hacen y que también está suponiendo un problema para muchos de los policías tener que reprimir a sus compañeros políticos. Ya lo dicen los cánticos “Nazi de día, de noche policía.”

El Frente Obrero

El frente obrero se ha presentado en las manifestaciones con banderas republicanas. Esto ya no sorprende a nadie, pero desde la extrema izquierda deberíamos plantearnos cómo hemos actuado ante el crecimiento de este engendro. El miedo a su matonismo, cierta connivencia con sus planteamientos y sobre todo mucho mirar a otro lado ha permitido que la bestia crezca y salga de su guarida.

Ahora toca enmendar el error y combatirles sin cuartel.

La derechización del sentido común y la izquierda institucional y reformista

Muchos periodista, intelectuales y representantes políticos de la izquierda institucional están poniendo el grito en el cielo y pidiendo más presión policial y más democracia. La pregunta es ¿Qué entienden por democracia cuando piden más? La democracia es justo esto: jueces, policías, prensa y legisladores al servicio del sistema capitalista.

Estamos viendo como políticos de Sumar, Podemos, Más País y otras fuerzas reformistas están creando argumentos que criminalizan la protesta. Dicen, por ejemplo: no está bien protestar contra procesos democráticos y legales. Dicen también: no está bien realizar manifestaciones no autorizadas o enfrentar a las fuerzas de seguridad. Debemos señalarles públicamente y preguntarles ¿Lo que estás diciendo es que no debemos movilizarnos contra leyes aprobadas democráticamente como la Ley Mordaza? ¿Qué no debemos participar en el paro de desahucios y frenar a la policía? ¿Qué no debemos tomar las calles si no nos autorizan?

Es imperativo entender que la extrema derecha se fortalece y el sentido común se derechiza cuando la izquierda institucional hace políticas reaccionarias, tiene peticiones represivas y, en definitiva, traslada el sentido común hacia la derecha. Quizás este sea uno de los resultados más desastrosos políticamente hablando de la coalición de gobierno: una vez dentro de él han realizado un éxodo sin precedentes de los posicionamientos más progresistas.

Hemos visto como el PSOE del 155 y del “a por ellos” se intenta mostrar como el conciliador de la ley de amnistía y esto es posible porque la izquierda institucional le ha hecho la cama con tal de asegurarse carteras en su gobierno.

Miguel Brea, militante de Liza

 

Díselo con contenedores

Qué extraña imagen: Pedro Sánchez quemando contenedores, Rajoy prendiendo fuego a papeleras, la élite política entregada en pleno al vandalismo. Suena imposible, el vandalismo es cosa de gente desharrapada: chavales aburridos y/o hooligans políticos, ¿no? Después de según qué huelgas o manifestaciones, oímos hablar de destrozos, ¿cuánto cuestan? He intentado averiguar cuánto cuesta un contenedor de basura nuevo y veo una gama de precios que oscila muchísimo (entre 200 y algo más de 1.000 €) en función de la marca, el modelo y, cabe suponer, el volumen de los pedidos, el transporte y -quién sabe- quizá prefiramos comprárselos a algún amigo o familiar que casualmente se dedique a ese ramo. Suspicacias aparte, el resultado es interesantísimo.

Por ejemplo, el regalo que le hizo el Estado al BBVA al venderle Catalunya Caixa-Catalunya Banc (fusión de Caixa Catalunya, Caixa Manresa y Caixa Terrassa), por ejemplo, que ascendió a 11.400 millones de euros -es la diferencia entre el precio que se les pidió y el precio de mercado- son casi doce millones de contenedores-de-los-caros quemados, más de 50 millones de los más baratos. Los 15.000 millones de euros que los vándalos de la Comisión Europea reclamaban que nos recortaran a corto plazo cuestan, pues, al menos quince millones de contenedores quemados, hasta 75. Podríamos seguir con los recortes en sanidad, que en el periodo 2009-2016 fueron de 33.167 millones de euros, serían de al menos 33 millones de contenedores -insistimos, hasta 165 millones de ellos- o el esperpento de los submarinos S-80 del ejército español. La diferencia entre el coste previsto y el que finalmente han tenido los bochornosos submarinos -no se hicieron de forma que se pudiera garantizar que volvieran a la superficie- estaría entre 1.771.000 y 8.500.000 contenedores quemados de sobrecostes. Las obras en el muelle de Cartagena para que entren los dichosos submarinos, entre 16.000 y 80.000 contenedores.
La joya de la corona, por supuesto, es el rescate de Bankia, estimado en 147.800 millones de euros entre capital, avales y otros, así que nos está saliendo por entre 150 y más de 700 millones de contenedores (pero ¿hay tantos contenedores en toda la región española?).

Si buscamos el morbo, no será por cálculos: al sueldo de un juez español (unos 4.000 €/mes) le podemos descontar el de un pobre diablo (salario mínimo interprofesional = 655,20 €/mes), y la sobrealimentación de más de 5.000 jueces nos sale como quemar 16.000-80.000 contenedores al mes. La manida «equiparación» salarial de Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía con Mossos y Ertzaintza costará 366,7 millones de € (al año), que es como 350.000-1.833.333 contenedores. La elusión fiscal (fraude fiscal legal practicado por multinacionales), entre casi 5 y 25 millones de contenedores. Las subvenciones para que los sindicatos siguieran dando la patita y pasando por el aro de fuego en 2016 (10,33 millones), un poco más caras que la familia Borbón, nos salen a 10.000-50.000 contenedores churruscados  y las de los ayuntamientos a la tauromafia (20.116.278 € en 2013), 20.000-100.000 contenedores on fire.
Quien después de todo eso considere más preocupantes los disturbios que el vandalismo presupuestario tiene un problema de percepción aún mayor que el de echar cuentas.

[Colombia] Entre la guerra y la paz [Parte I]

Una aproximación teórica e histórica desde lo libertario; pinceladas frente al conflicto colombiano y la nueva etapa para la lucha

A Antonio Camacho Rugeles, Beatriz Sandoval Sáenz, Nicolás Neira y Augusto Tihuasusa, compañeras libertarias acalladas por el Estado en medio de esta guerra, cuyo único delito fue atreverse a pensar y luchar por un mundo nuevo. Y como a ese mundo nuevo, a ellas también las llevamos en nuestros corazones…

Parte I: Génesis e historia

Introducción:

Para nadie es un secreto que durante la actual coyuntura de diálogos de paz y su implementación que vive el país, las anarquistas hemos brillado por la ausencia de perspectivas y propuestas que se exterioricen más allá de las conversaciones informales o una retórica fuera de las necesidades del momento. Ya se encuentra en fase de implementación el desarme e incorporación a la vida civil (y electoral) de la insurgencia de las FARC, quienes negociaron desde hace 5 años con el gobierno en cabeza de Juan Manuel Santos, además de que en ese tiempo se ha explorado (por lo menos con cierto optimismo) un proceso similar con el ELN que ya empieza a caminar, lo que significaría que las dos mayores guerrillas del país se encontrarían en la misma dinámica pero a otros tiempos, quedando en vilo una eventual negociación similar con el EPL.

Esta ausencia de propuestas no debemos dejar de mirarla desde una actitud que lea el actual estado del movimiento libertario en nuestro país, que a pesar de encontrarse en realce y con nuevas inclinaciones a influir en el vector social, aun adolece de una terrible dispersión, producto tanto de una desunión de estrategias y tácticas como de terribles patologías de sectarismo y personalismos. Así pues, la carencia de referentes teóricos frente al tema, como una inconstante lectura de coyuntura, nos han dificultado la tarea de encontrarnos para pensarnos la dinámica de negociaciones, el conflicto en si mismo y, aunque sea como mínimo, una serie de propuestas de corto y mediano plazo frente a un eventual éxito de los diálogos y los cambios que traerán para las de abajo, para las víctimas de la guerra y el reacomodamiento de las fuerzas armadas que quedan en disputa, tanto de derecha como de izquierda.

El presente texto se sitúa como un aporte, aunque corto y quizás limitado, a la necesidad que tenemos los sectores antiautoritarios de suplir esta deuda histórica y política que tenemos hace un par de años con las luchas en el país, que son atravesadas por un conflicto social y político que inició hace más de 5 siglos, pero que se materializó con una guerra civil de baja intensidad que lleva carcomiéndonos un poco más de 50 años. No ahí que dejar de ver este como un aporte personal: muchas compañeras pueden tener su visión, más o menos lejana o cercana, sobre ciertos puntos, pero este texto quiere pretender ser una síntesis subjetiva de, con la mayor de las humildades, una suerte de conversaciones, definiciones y decisiones de quienes hemos venido acumulando desde abajo una nueva alternativa libertaria para estas tierras.

Una aproximación teórica:

Para las anarquistas, el origen de la miseria, el hambre, la desigualdad, la falta de oportunidades y los otros problemas inherentes a la sociedad actual empiezan con la imposición autoritaria en las sociedades humanas. Aunque parece un comentario simple, realmente no lo es: Examinar en que punto de la historia surge la autoridad como forma de relación social jerárquica (algunas la compaginan con el nacimiento del Estado, del patriarcado o de las élites religiosas) es realmente complejo, así como calificar este punto en una definición sólida. Valga hacer la claridad, de la que ya nos advierte Bakunin, que no es lo mismo autoridad en términos de autoritarismo o de influencia, lo que nos desvela que el problema de la desigualdad jerárquica en las sociedades no nace con la aparición de “autoridades” espirituales o “sabias” ancianas, sino con el principio de autoridad, es decir, con la puesta encima de las demás de cargos a un nivel socio-económico y político, haciendo referencia a la génesis del Estado y el patriarcado, que no maduran en todas las sociedades tribales, pero en las que si, se transforman rápidamente en lo que llamamos la «gestión organizada y centralizada de la desigualdad», en épocas clásicas, directamente como Estados.

Esta autoridad administrativa, o que en los términos más propios del anarquismo social se refiere a la autoridad como jerarquía, es la generadora de las problemáticas sociales: Al crear una diferenciación entre quienes tienen la capacidad de decidir por las que no (gobernantes-gobernadoras, respectivamente), la sociedad a su vez asume la desigualdad como principio regidor de las relaciones sociales, que se vincula directamente con el ordenamiento de los privilegios. Este privilegio organizado es lo que derivará directamente en el Estado que nos hereda la tradición greco-romana, que no es otra cosa que la administración territorial de las oportunidades, los derechos o la falta de ellos.

El nacimiento del Estado se da con una mayor organización de la autoridad, que se liga fundamentalmente con la religión, el poder militar y la concentración de recursos en pocas manos. Bakunin estudia profundamente su relación con la iglesia y el poder divino, al punto de calificar al Estado como “hermano menor de la iglesia”, lo que muestra la imposibilidad de hacerle un “momentum” al estudio de los problemas de la gestión pública como si no se relacionaran con los aspectos económicos, culturales e incluso psicosociales. Pero una definición concreta de Estado, en los términos más sencillos posibles, hay que buscarla en la edificación de los modernos Estados-nación, que son la construcción, a partir de la abstracción, de la patria y su difícil solidificación en un cuerpo administrativo, jurídico y militar. No es de extrañar, por lo menos en la gran parte de la periferia mundial, que cualquier consolidación de un Estado pasa por una época de crisis, guerra civil o pugna social interna, donde el principal objetivo es el aniquilamiento de las raíces culturales y territoriales internas bajo la estandarización de una serie de símbolos que no representan más que la necesidad de organizar el globo bajo la lógica de las élites gobernantes y no de los pueblos, imponiendo una forma cultural sobre otras (como en la unificación de Italia o Alemania) o directamente el genocidio o intento de él contra quienes no sienten como suyos los intereses de los dominantes (como en indoamerica).

Esta consolidación del Estado pasa además por un aspecto profundamente importante: la construcción de una economía capitalista. No es de extrañar que los Estados donde vivimos nacieran de la mano con revoluciones políticas en Europa y Norteamerica hace un par de siglos, mientras existía a la par una revolución tecnológica que repercutía en los modelos de producción, quedando no solo reemplazado parcialmente el feudalismo como sistema económico, sino la antigua nobleza clerical como casta administrativa, dando paso a una burguesía comerciante y banquera, que sin embargo se mezcla con sus predecesores, creando tanto modelos capitalistas semi-feudales como monarquías burguesas en muchas partes del mundo. El Estado moderno, así pues, no se puede consolidar sino es con la consolidación misma del capitalismo moderno, bien sea en cualquiera de sus papeles: como exportador de materia prima, como ofertador de servicios (tal es el caso del joven Singapur), como comerciante de altas tecnologías, como potencia económica militar, siendo el caso de Israel, o en muchos de los casos, bajo economías clandestinas y criminales como en nuestro país. Entonces, la elitización de la sociedad, que descansa sus decisiones políticas en un sector gobernante minoritario, viene de la mano con la desigualdad económica y la fabricación de grandes cinturones de miseria: los empresarios son potencialmente gobernantes y viceversa. Aquí, el conflicto armado adquiere sus dos aristas que, tarde o temprano, diferentes guerras a lo largo del mundo adquieren: es un conflicto social, pero también político.

No solo significa darle la razón a los coroneles prusianos cuando señalaban que la guerra es la continuación de la política por otros medios, sino que la política estatal (y con ella la economía capitalista) es la continuación de la guerra por otros medios, bien sea con los dispositivos de control, el conflicto armado de baja intensidad o la explotación de la inseguridad. En esta premisa podríamos pecar si señalamos que el destino de toda sociedad es la guerra civil, a menos de que se cedan libertades básicas a un aparato ordenador de todo, garante de la seguridad y poseedor del monopolio de la violencia, como lo es el Estado; pero haciendo la salvedad, no nos equivocaríamos más bien si, y bajo la experiencia de los siglos, nos atrevemos a señalar que ningún Estado consolidado ha hecho llegar la paz con su fuerza, sino que por el contrario, su construcción ha iniciado cruentas guerras civiles, étnicas y políticas a lo largo del mundo, incluso, varias de los Estados más pacíficos son «exportadores» de guerra, bien directamente a través del imperialismo militar, o indirectamente ampliando la brecha de desigualdad y favoreciendo las élites nacionales de países en conflicto. La peor de las pesadillas de Hobbes se materializa en el mayor de sus sueños: la creación del Estado soberano es la fuente de la guerra civil entre humanos. Más bien, y sin temor a equivocarnos, podemos señalar que no solo la construcción del Estado descansa bajo el conflicto armado, sino que nunca es capaz de terminarlo, solo de redireccionarlo, pues el Estado se encuentra en permanente construcción y consolidación, no como caso particular sino como concepto general. La guerra es eterna bajo la organización estatal, y con ella las economías que promueve (la apertura de mercados, la caída de precios, la elaboración de crisis, etc), sí los Estados (y también las uniones ínter-estatales como la Unión Europea) aparecen, desparecen, se modifican y se dividen permanentemente, dentro de la estrategia actual de “balcanización” que pareciera aumentar el caos sistémico y con ello mantiene dinámico el capitalismo, es decir sus mercados, a través de la guerra.

Y he aquí la razón que explica la guerra contemporánea, pero que también, nos puede dar luces de nuestra paz revolucionaria, que no pasa por otra cosa que el fin definitivo de las guerras. Como apunta el EZLN: el primer objetivo de un ejército revolucionario es desaparecer.

La guerra de los cien años de soledad:

Precisamente, la construcción del Estado colombiano nace de una guerra de independencia que, más allá de la retórica bolivarista sobre el ejército libertador, se da por la puja entre una metrópolis europea en constante crisis y una burguesía criolla cada vez más capaz de asumir las riendas de una nueva patria. Es de señalar que el primer intento independentista de 1810, impulsado por intelectuales que llamaron a una soberanía cívica, fue aplastado por el terror español, dando pasó luego a la época de los militares repúblicanos (Bolívar y Santander), que se saldaron con la victoria en 1819.

Esta nueva república, ya como lo señalábamos arriba, perseguía la construcción de un Estado que, si o si, para garantizar control económico regional tenia que pasar por el desconocimiento de las territorialidades propias que se habían fraguado. No solo de los ancestrales pueblos indígenas, que de una u otra manera fueron traicionados en su confianza luego de luchar mano a mano con los criollos, sino de los palenques y cimarrones afros y de la cultura propia establecida en las periferias de Bogotá, Caracas y Cartagena. Construir este Estado, bajo banderas e himnos artificiales para la mayoría del país, tenia que pasar por la dominación de las disidencias culturales que no se identificaban con los intereses de los centralistas. Esto dio paso a sucesos como la navidad sangrienta en Pasto de 1822, donde las tropas de Bolívar aniquilaron no solo a los fortines pro-españoles del suroccidente del país, sino a una cultura regional que se identificaba más con Quito que con Bogotá, así como la persecución racista contra los pardos de la costa Caribe bajo ordenes de los padres de la nueva patria.

Naturalmente, este clima era insostenible, y para evitar futuros conflictos la Gran Colombia desaparece y da lugar a tres nuevas repúblicas (Colombia, Venezuela y Ecuador). Pero de nuevo, esto no finaliza el conflicto; es más, en la nueva república de Colombia se suceden guerras civiles, una tras otra, que parecen no terminar. El ingeniero y astrónomo Julio Garavito en sus estudios sobre ciencias actuariales en Colombia crea una ecuación matemática para seguros agrarios donde se establece que en el país, luego de la independencia, cada 10 años había una guerra civil que duraba aproximadamente un año, dato que se cumple a cabalidad dentro de las teorías estadísticas y le servía a las empresas para otorgar seguros a agricultores1, lo que entre otras cosas, nos adelanta que el conflicto en Colombia ha sido siempre eminentemente rural y hasta cierta perioricidad. Estas guerras, primero entre centralistas y federalistas, y luego entre conservadores y liberales (herederos respectivamente, por supuesto, de los primeros), sumieron al país en una violencia como ninguna otra en la región. Quizás la guerra más famosa de estas fue la de los mil días, que además tuvo como ingrediente extra la injerencia del naciente imperio de los Estados Unidos, quien pujó para garantizar la independencia de Panamá, alejada geográfica y políticamente por el Darién de las disputas internas de los colombianos, con el fin de luego construir el canal interoceánico, obra culmine de la ingeniería imperialista.

1200px-1862IglesiaSagustinBogota

Luego de su independencia, Colombia sufrió cruentas guerras civiles durante casi un siglo. En la imagen, catedral de Bogotá afectada durante la lucha entre centralistas y federalistas de 1862.

Esta periódica guerra civil fue luego apaciguada con una virtual victoria conservadora, que inicia el periodo conocido como la “hegemonía”, donde los azules se hicieron con el poder hasta 1930 por más de 40 años, los últimos 20 con relativa tranquilidad sobre sus rivales los liberales. Si bien las capas populares, sobre todo de campesinos, indígenas y artesanos, habían hecho parte de la guerra del bando liberal cuando se mezclaban sus intereses de clase o del conservador cuando se apelaba a la tradición religiosa de los pobres, nunca lo habían hecho como fuerza propia medianamente organizada. Esto cambia para la década de los 20, sobre todo con el aparecimiento del anarcosindicalismo y socialismo revolucionario en variadas regiones del país. Desde la segunda mitad de la década de los 10 y hasta 1927-28, la hegemonía de los gremios de artesanos y el joven sindicalismo estaba bajo la orbita de los anarquistas, quienes tenían expresiones organizativas en ciudades como Bogotá y Neiva, pero también en lugares remotos como la zona bananera del magdalena o los pozos petroleros de Barrancabermeja.

Siguiendo la línea del anarcosindicalismo de revuelta de la región, este activismo obrero no era, de lejos, gremialista: tenia una fuerte actitud política e ideológica, que se manifestaba en análogos a lo que en otros países se conocieron como “huelgas de revuelta”, si bien con menor intensidad: se sucedieron paros obreros con enfrentamientos armados con la policía en Cartagena, Bogotá, Barranquilla, Santa Marta y Medellín, que en la mayoría de los casos se saldaba con grandes represiones pero con la victoria parcial de los trabajadores. Esta fuerza va adquiriendo cada vez más empuje, y poco a poco, en las regiones no andinas del país el anarquismo revolucionario va ganando empatía, mientras que en las ciudades centrales va perdiendo influencia ante el naciente Partido Socialista Revolucionario, de cierta matriz marxista y luego convertido en el Partido Comunista, bajo la orbita de la Unión Soviética.

Esta fuerza social tenia que ser frenada de una vez por todas por la hegemonía conservadora, como bien lo hicieron sus pares en Iquique (Chile) y la Patagonia (Argentina). Entre el 5 y 6 de diciembre de 1928, soldados del ejército colombiano masacran a cientos o miles de huelguistas bananeros del departamento costeño del Magdalena, que habían tenido el apoyo del Grupo Libertario de Santa Marta, quienes llevaban casi un mes manifestándose contra condiciones precarias laborales impuesta por la estadounidense United Fruit Company. La masacre se da, como no puede ser de otra manera, por la amenaza estadounidense de invasión si el gobierno colombiano no protegía los intereses del imperialismo de la multinacional. Al parecer de muchos estudiosos de los movimientos sociales, este suceso marca el fin de la primera era del sindicalismo revolucionario en Colombia, pero no es otra cosa que el primer hito de la nueva era del conflicto social y armado en el país, que ya no solo es entre liberales y conservadores, sino que involucra al pueblo colombiano organizado, si bien con el precedente de desbaratar, por cerca de 70 años, a las tendencias anarquistas inmersas en los movimientos sociales.

Este hecho le pasa cuenta de cobro al partido conservador, que pierde su hegemonía en 1930 y abre paso a una sucesión de gobiernos liberales de carácter más social, atrapando al sindicalismo dentro de la jurisprudencia laboral y estableciendo cierta tranquilidad. Si bien la primera década del poder liberal se da con calma, la radicalización de un sector interno, que se identifica ambiguamente con el socialismo (si se quiere más “nacionalista” que marxista) y encabezado por el caudillo Jorge Eliécer Gaitán, comienza a preocupar a la élite conservadora e incluso a los sectores liberales de derecha. Luego de tensiones preelectorales y escaramuzas en regiones del país, el 9 de abril de 1948 inicia de nuevo una guerra civil con el asesinato de Gaitán en el centro de Bogotá, lo que estalla en una asonada popular llamada el “Bogotazo”, y que, a pesar de ser fuertemente reprimida por el ejército, se extiende como pólvora por todo el país: inicia la época de la violencia. Tras largos años de trabajo en sindicatos y gremios agrarios, el Partido Comunista logra entrar en la arena político-militar hasta ahora bipartidista, estableciéndose en zonas de influencia guerrillera con predominación liberal y montando una infraestructura de apoyo desde las ciudades. Esta época estuvo marcada por ser de las más sanguinarias del país, que se saldó con cerca de 200.000 muertes en unos pocos años y la fragmentación de la economía nacional.

01

La muerte de Gaitán significó, primero, una insurrección general en la capital conocida como el “Bogotazo”, mientras los liberales empezaron a armarse en las zonas rurales del país contra el gobierno conservador, dando inicio a la época de “la violencia”, antecesor inmediato de la fundación de varias guerrillas.

Tras el gobierno del fascista Laureano Gómez, que era el líder del sector más godo del partido conservador, la paz pareciera restablecerse con el golpe de estado del general Rojas Pinilla, que se da tras un acuerdo entre liberales y conservadores no laureanistas, quienes saben que la guerra está desangrando el país y no parece apuntar a un horizonte favorable para alguno de los bandos, por el contrario, arruina la economía necesaria para luego aumentar sus arcas. Las guerrilleras liberales se desmovilizan y el conflicto armado se detiene temporalmente, si bien en muchos casos con el posterior asesinato de líderes rebeldes, tal como le pasó a Guadalupe Salcedo en las calles de Bogotá. Muchos estudiosos señalan que el conflicto moderno empieza precisamente con la violencia, pero siendo rigurosos históricamente, este lapso de la única dictadura en Colombia genera distancia con la situación política y militar que se daría luego, donde en este caso la tormenta (y no la calma) precede al huracán.

Ya no siendo útil para las clases dominantes, y mostrando ciertas simpatías con una nacionalismo revolucionario, Rojas Pinilla abandona el poder para darle paso a lo que es la génesis de la actual guerra civil: el Frente Nacional. Por 16 años, y alternándose en el poder, liberales y conservadores por primera vez se ponen de acuerdo para gobernar el país e impulsar la economía ahora en seguridad contra la guerra civil, dejando por fuera no solo al creciente populismo de Rojas Pinilla (luego establecido en el partido Alianza Nacional Popular, ANAPO), sino a los sectores comunistas que se habían logrado atrincherar en regiones del sur-occidente y centro del país, dentro de las llamadas “repúblicas independientes”.

El Frente Nacional implicó una dictadura de dos partidos, que dejó por fuera cualquier forma de disidencia política que se encaminaba en la ruta electoral, bien sea por insuficiencia de fuerzas o abiertamente por fraude, como en 1970 sucedió con el triunfo del conservador Misael Pastrana sobre Rojas Pinilla. Esto hizo que los sectores contestatarios se radicalizarán en el país, sobre todo a partir de la luz de esperanza que en 1959 alumbró desde Cuba para los revolucionarios de América Latina. Así, y bajo la batuta de los manuales guerrilleros maoístas y foquistas, nació una nueva fuerza guerrillera. El Partido Comunista, muy al contrario de sus pares regionales estalinistas que se enfrascaban en el «frentepopulismo», se enfrasca en la teoría de que la resistencia armada podía llevar a la toma del poder, razón por la cual establece todo su apoyo a las repúblicas independientes, regiones campesinas donde el ejército aun no había podido establecer su monopolio y, de una u otra manera, se establecían servicios populares autorregulados. Si bien el Frente Nacional nace en 1958, el inicio de la guerra civil actual se da solo hasta que la balanza en disputa cede y sus partes entran en confrontación abierta en 1964, luego de una reestructuración de las fuerzas armadas legales apoyadas por el ejército norteamericano, curtido en la guerra contrainsurgente que mantenía en Vietnam:

Más de 15.000 soldados nacionales se enfrentaron a 50 guerrilleros mal armados en Marquetalia, república independiente más inclinada a la influencia comunista que liberal, establecida en el sur del Tolima. A pesar del cerco y el bombardeo con napalm, la fuerza guerrillera se desplaza hasta la vecina república independiente de Riochiquito, ubicada en el Cauca, dando nacimiento formal a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC, y con ello, a la guerra civil que podemos rastrear hasta nuestros días. Esta guerra, diferente a las anteriores, se caracteriza porque los sectores comunistas y revolucionarios asumen abiertamente la guerrilla móvil como forma de resistencia y estructura militar, instaurando la disciplina de un ejército y asumiendo la lucha política ahora en la orbita de confrontación violenta. Aunque el mito fundacional del conflicto armado colombiano es Marquetalia, posteriormente nacen nuevas fuerzas guerrilleras con sus particularidades políticas y militares.

Las FARC era la guerrilla más mediática por entonces, se habían establecido en el sur-occidente y centro colombiano, dominando zonas tan estratégicas como el sumapaz (retaguardia rural de Bogotá). En el nororiente, otra de las regionales clave de los conflictos sindicales y agrarios de Colombia, estudiantes universitarios entrenados en Cuba crearon el Ejército de Liberación Nacional también para 1964, con una notable militancia proveniente del Movimiento Liberal Revolucionario, por entonces ala izquierdista del liberalismo, para luego beber de la creciente corriente cristiana de la teología de la liberación y del guevarismo internacional. El ELN se caracterizaba por la instalación de focos guerrilleros y una estrategia de conexión urbana, mostrado esto en su gran influencia en sindicatos petroleros y universidades por los años 70 y 80. De otro lado se encontraba el Ejército Popular de Liberación (EPL), brazo armado del Partido Comunista Colombiano – Marxista Leninista, escisión maoísta del Partido Comunista, que lograría establecer su lugar de influencia en el noroccidente, tanto en Medellín con en el Urabá, influenciando sindicatos bananeros; su estrategia se enfocaba más en la guerra popular prolongada, que buscaba el paso efectivo de guerrillas móviles a la guerra de masas, tal como lo planteaba Mao Tse-Tung. Finalmente en 1970 nace el Movimiento 19 de Abril, M-19, guerrilla muy particular que viene del seno de los seguidores de Rojas Pinilla y disidentes de las FARC, que se caracterizaba por su accionar mayoritariamente urbano en su primer etapa, lo que la hizo muy mediática y con gran influencia en los futuros procesos de paz.

Republicas_marquetalia.svg

Ubicación de las repúblicas independientes durante comienzos de los 60. La más representativa era la de Marquetalia, ocupada por el ejército en 1964, marcando así el inicio de las FARC.

Esta nueva guerra civil se enmarca en una estrategia gubernamental de clásica contrainsurgencia militar, que buscaba el aniquilamiento de las fuerzas guerrilleras bajo las premisas norteamericanas de la guerra fría. Sin embargo, la dimensión social que tenia el conflicto hizo imposible la derrota vía militar de las insurgencias, incluso luego de ofensivas tan violentas como la del Anorí contra el ELN en 1973, que deja con solo cerca de 40 guerrilleros a la organización, así como la creación del estatuto de seguridad de Turbay de 1978, que golpeó fuertemente al M-19 dejando casi un tercio de su estructura en la cárcel y prácticamente toda la dirigencia. A pesar de sus ataques, las bases sociales y las causas objetivas de la rebelión estaban intactas, lo que le daba facilidad a las insurgencias para recuperarse luego con una estrategia de trabajo político mientras volvían a rearmarse, aprovechando también el optimismo regional con los sucesos que pasaban en el Cono sur y centroamérica (especialmente en Nicaragua, donde hubieron varios colombianos combatiendo y luego trajeron bastante experiencia).

Esta dimensión social se pone de manifiesto en el paro cívico de 1977, donde el pueblo salió con entereza a las calles a enfrentarse a las fuerzas gubernamentales. La entonces cúpula militar señalaba que al pueblo solo le faltó fusiles para que el paro hubiera terminado con la toma del poder, destacando más bien la falta de eficiencia de las insurgencias para lograr llevar la coyuntura a puerto revolucionario. Esto marca también una época donde, de cierto modo, pareciera que el conflicto armado se encontraba sobre el conflicto social, intentando subordinarlo según la mayoría de las insurgencias, o en el mejor de los casos, alejándose estas de las organizaciones de masas. Esto sobre todo a razón del profundo foquismo de todas las insurgencias, quizás menos del M-19 (sin embargo con un alto culto a la clandestinidad) y las guerrillas más pequeñas y regionales, mientras las grandes maquinarias insurgentes concentraron sus esfuerzos en un éxodo de cuadros de las ciudades a los campos, donde pretendían establecer vanguardias armadas que agudizarán las contradicciones, tal como sucedió en Cuba o Nicaragua, estrategia que a la larga nunca funcionó como se quiso por la equivocada comparación con la geografía Colombiana, mucho más grande y donde, a voz popular, se terminó estableciendo para la guerra dos colombias: la urbana y la rural.

La apuesta del Estado colombiano cambió en los años 80, luego de finalizado el periodo Turbay: ante la dificultad de finalizar la guerra por medios militares se negociaría la apertura democrática. Ello estaba en sintonía con la estrategia de negociación que se daba en Guatemala y El Salvador, donde las burguesías nacionales preferían ceder un poco de su poder a perderlo completamente, ya que el impulso que dio la revolución sandinista en 1979 daba muestras de que el socialismo por vía armada seguía siendo una posibilidad en América Latina. Esto, a su vez, permitió que las insurgencias volvieran a abrirse al pueblo colombiano a través de frentes sociales y electorales donde no solo se encontraban los actores armados, particularmente la Unión Patriótica (Nacida las FARC), la coordinadora “A Luchar” y el Frente Popular. En los 80, la lucha política de masas volvió a dejar de lado la estrategia militar del mero control territorial. Sin embargo, los sectores fascistoides del ejército nacional y de la burguesía se encargaron de torpedear el proceso de paz, pero no para volver a la antigua guerra antiinsurgente, sino incorporando la estrategia proveniente desde la escuela de las Américas y luego de los escándalos de las dictaduras implantadas por el plan cóndor, llamada la “mano negra”, que era el uso de ejércitos cívico-militares financiados desde las elites millonarias y que ejecutaban la guerra sucia a sus anchas.

Así, a finales de los años 80, terrateniente regionales, mandos del ejército y con el apoyo de mercenarios israelíes y estadounidenses, fueron armando grupos paramilitares (presentados muchas veces bajo la formula legal de empresas de seguridad, “Convivir” como se conocerían) en bastas regiones del país, quienes se encargaban no solo de confrontar militarmente a los guerrilleros sino de masacrar a procesos populares que podrían simpatizar con sus ideales. Esto hizo que hacia finales de los 80 se presentará a una insurgencia dividida: por un lado el M-19, la mayor parte del EPL, así como un sector del ELN y todas las guerrillas más pequeñas (como la Autodefensa Obrera o el Partido Revolucionario de los Trabajadores) se habían desmovilizado, con un saldo que a la postre se convertiría en masacres y magnicidios; y de otro lado, las FARC y el ELN se encontraban ante un enemigo que no habían combatido, lo cual hizo que la guerra adquiriera ahora una nueva etapa de posiciones, con el añadido que significó el boom de la cocaína, que financió no solo ciertos grupos guerrilleros sino, sobre todo, a paramilitares y terratenientes locales que pasaron luego a ser narcotráficantes de renombre.

Los 90 podría bien ser la etapa donde la guerra de guerrillas pasó abiertamente a una guerra territorial clásica, tanto por el despliegue militar que logró las FARC (que llegaron a tener desde 1998 hasta el 2001 la mayor extensión geográfica y en tropas, sobrepasando los 20 mil miembros armados y otras decenas de miles entre milicianos y cuadros políticos desarrollando militancia desde la economía, la academia y el trabajo comunitario), como también por la avanzada paramilitar que se pretendía dar en el país desde la esquina del Urabá. Los mayores golpes militares de la insurgencia se pueden rastrear en estas época, así como también una nueva clandestinidad (luego de la masacre contra la UP) que le permitió ganar fuerza militar a costa de perder fuerza política, más por obligación que por decisión. Si bien la guerrilla en los 80 tuvo un componente social electoral, sería los 90 donde se militarizan sus bases en nombre de una toma del poder que parecía estar a la vuelta de la esquina (y donde era tan real la esperanza, que era un miedo permanente para las élites colombianos y las imperialistas). Aunque los análisis varían, muchos estrategas militares del ejército señalaban empezando el gobierno Uribe, que si no hubiera sido por el Plan Colombia (financiado por los Estados Unidos), las FARC efectivamente estarían tomándose el poder a comienzos del nuevo siglo, con un ejército nacional sin capacidad de frenar el avance guerrillero y ya prácticamente con regiones enteras perdidas y en manos de la insurgencia.

447673_225453_1

Durante el comienzo del nuevo milenio, las guerrilla tuvo su máximo despliegue, logrando cercar varias ciudades del país y dominando bastas zonas. Su retroceso solo fue posible con la intervención de Estados Unidos por medio del plan Colombia, que modernizó las fuerzas armadas legales.

Sin embargo, esta avanzada guerrillera que se manifestaba en lo táctico con el “cerco” a las ciudades, estableciendo zonas de dominio a pocos kilómetros de grandes urbes como Bogotá o Cali, o simplemente dominando zonas periféricas urbanas como en Medellín, fue detenida por una estrategia militar renovada. El ejército colombiano no solo se encontraba a finales de los 90 mal armado: además estaba desmoralizado. Por un lado, la modernización militar del Estado colombiano no se pudo haber dado si no es con las sumas de dinero inyectadas desde Estados Unidos a través del Plan Colombia; y de otro lado, la desmoralización se superó con una estrecha colaboración con los paramilitares, quienes ante cualquier derrota o desventaja en un territorio simplemente asesinaban decenas de campesinos o indígenas en retaliaciones, echando para atrás futuras avanzadas que podían contar con el apoyo de las masas. Sin embargo, con hacer retroceder las insurgencias no era suficiente, incluso teniendo ya una estructura nacional consolidada (las Autodefensas Unidas de Colombia), sino que además, producto de grandes ganancias del narcotráfico, había nacido un nuevo sector dentro de la burguesía nacional vinculado a terratenientes y narcos del norte y nororiente del país que tenían como objetivo “refundar la patria”.

Así, en 2002, Álvaro Uribe logra llegar a la presidencia con una alianza electoral de sectores del conservadurismo y del liberalismo más godo, que en el plano de lo concreto no era otra cosa que burgueses urbanos aliados con el paramilitarismo terrateniente y narcotraficante. Esta toma del poder se pone de manifiesto en la parapolítica, fenómeno por el cual las AUC lograron dominar un tercio del parlamento colombiano, además ser dueños y reyes de prácticamente toda la zona Norte del país, siendo muchas tierras despojadas a campesinos, afros e indígenas por medio de sus grupos paramilitares. La estrategia de la extrema derecha, contrario a lo que opinan muchos intelectuales cercanos a su influencia, no fue una mera guerra contrainsurgente: era la toma del país de ese sector militarista y fascistoide. Por ejemplo, no se explica porque ocurrieron despojos de tierras y masacres atribuidas a paramilitares en regiones donde la guerrilla no tenía presencia o era mínima, como en las regiones del Perijá, donde ya se había logrado expulsar las insurgencias, pero hubo un gran despojo que favoreció a las multinacionales carboneras.

La guerra civil en Colombia pasó entonces por dos fases en el nuevo milenio: la guerra paramilitar abierta de posiciones y la guerra antiinsurgente clásica, estando vinculadas respectivamente a los dos gobiernos de Uribe. Para el primer caso, del 2002 al 2005, se concentró en llevar a las FARC a las periferias del país, sacarlas de lugares estratégicos como la serranía del Perijá o el Urabá y efectuando las peores masacres conocidas del país, obligando a la insurgencia a pasar de nuevo a la guerra de guerrillas y de comandos pequeños, abandonando gran parte de su influencia en los sectores populares urbanos; luego de culminada esta fase, las AUC hicieron un pseudoproceso de desmovilización, que en sí era una pantalla que disimulaba tensiones internas que se venían presentando en su cúpula, para luego pasar a la aparición de grupos neo-paramilitares con un carácter más descentralizado y dominados regionalmente por capos y políticos, más eficaces en el control territorial. En esta segunda fase, del 2006 al 2010, la estrategia militar, una vez retrocedidas las FARC, fue “dejar sin agua al pez”. A sabiendas de las dificultades para aniquilar definitivamente la insurgencia, los programas sociales del ejército se concentraron en desbaratar las bases populares en las cercanías a las ciudades, así como desmoralizar al enemigo con una fuerte propaganda para la dejación de armas y la incorporación a la vida civil dentro del programa de desmovilización, quedando las FARC relegadas a apartadas zonas del país, donde sin embargo, seguían teniendo fuerte influencia pero al mismo tiempo, eran más susceptibles a los ataques del ejército, que ahora concentraba su fuerza ofensiva por medio aéreo, con mayores garantías para «arrasar» con la selva sin preocupaciones que podía tener en lugares más poblados. Si se mira histórica y geográficamente, estas dos fases pueden parecer un “arrinconamiento” de las grandes estructuras de las FARC al sur del país, que empieza desde el Urabá, pasa por Medellín (luego de la operación Orión en el 2002), baja hacia el Valle del Cauca, Cundinamarca y los llanos, y encuentra su limite en el Macizo colombiano y la selva amazónica, región entre el Cauca, Sur del Tolima, Huila, Meta, Caquetá y Guaviare, zona de influencia de los más grandes bloques de las FARC, que hasta el día de su desmovilización era su su bastión.

Todo lo anterior es para llegar a la última fase de la guerra, que es en la que nos encontramos (en la puerta de salida) y empieza desde el 2010, cuando Juan Manuel Santos sube al poder, bajo la tutela de Uribe y luego apartado de la misma. Dentro del análisis neoliberal que hace contempla que, aunque las FARC dominan zonas recónditas del país, es allí donde se concentran la mayor parte de recursos naturales de explotación minero-energética, por lo cual es necesario negociar, comenzando en un primer momento con el aniquilamiento de cabecillas (entre ellos Alfonso Cano, heredero de la comandancia mayor) para luego sentar a la insurgencia, debilitada pero no derrotada, a conversar. Este proceso de paz, si bien no significa el fin de la guerra civil, si es un reacomodamiento del conflicto armado. No solo porque la principal guerrilla del país se concentra en zonas veredales, dejando de cierta forma a la “intemperie” regiones de histórica presencia fariana, sino porque cambia la balanza. Esto tiene mucho que ver con la dicotomía en el bloque dominante, que de una parte busca la negociación con las insurgencia, detrás de objetivos económicos en regiones de explotación extractivista, y el otro polo que pretende de nuevo la paramilitarización del país: es el santismo contra el uribismo, que sin embargo, fácilmente pueden converger.

Esta etapa está en sintonía, junto como los demás momentos históricos del conflicto, con el contexto internacional: guerrillas importantes como el ETA vasco o el IRA irlandés renunciaron a la lucha armada, y los triunfos legales del socialismo del siglo XXI en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Venezuela parecían hablarle a las insurgencias colombianas, así como en su tiempo les habló la revolución cubana y la insurrección sandinista: podrían haber otros caminos más efectivos para el poder, si bien era necesario primero que la oligarquía abriera las puertas de la democracia representativa con garantías de no hacer la guerra sucia. Quizás bajo esa lógica el conflicto de las FARC comienza a cambiar para buscar su desmovilización militar e incorporación a la política legal.

Así se fortalece, y de nuevo desde el golfo de Urabá, otro ejército paramilitar reciclado de las falsas desmovilizaciones y bandas de narcotráfico locales, llamadas cínicamente Autodefensas Gaitanistas de Colombia, que vienen ocupando regiones antes dominadas por las FARC. Pero también ganan relevancia las insurgencias aun no desmovilizadas, sobre todo el ELN, que logra ocupar posiciones ex-farianas con relativa calma, y en menor medida el EPL, así como ciertas disidencias de las FARC no contentas con lo alcanzado en la mesa con el gobierno. Esto pone en aprietos de una u otra forma al Estado, no solo porque fue incapaz de ocupar militarmente la mayor parte de zonas de las FARC, sino porque ahora presenta una guerra abierta contra neo-paramilitares, que de una u otra manera, jalan desde dentro del ejército y la policía a su favor, y por otro, porque el ELN, que se pensaba se subiría con mayor facilidad al bus de la paz, sigue ganando fuerza en territorios estratégicos (y anteriormente más suyos que de las FARC) como en Arauca o el sur del Chocó.

Precisamente queda sobre la mesa pensarnos esta nueva etapa, donde los movimientos sociales han presentado un realce y la principal insurgencia deja las armas. Más allá de las críticas que se puedan hacer al proceso, es menester analizar la situación como una oportunidad para tener otros despliegues militantes, en nuestro caso libertarios, que puedan jugar dentro del tablero de la lucha de clases con otra fuerza para las de abajo, que puedan empoderarse más de sus habilidades y entiendan las repercusiones históricas y sociales que ha dejado el conflicto. Pero para ello, habría también que estudiar críticamente el conflicto del lado de la insurgencia, entender sus expresiones y posicionarnos como sujetos históricos en nuestro tiempo, buscando los aportes, los errores y las experiencia que deja medio siglo de guerra, labor que se hará en la siguiente parte de este texto.

Steven Crux

*****
1 Garavito, J. Seguro agrícola, ensayo presentado al Congreso de Agricultores de 1911. Sobresale como dato extra, que Garavito intenta también adentrarse en el estudio de las causas de las guerras civiles, hallando una endeble economía que desfavorecía a las de abajo y políticas agrarias inefectivas para subsanar el hambre en los campos.

¿Qué es el territorio?

Aproximación a un concepto necesario de definir

000_0002[1]

Desde hace un par de años el movimiento libertario ha retomado uno de los ejes más antiguos que se ha visto presente a lo largo de Colombia en lo que respecta a un proceso de transformación radical: el trabajo comunitario. El principal problema a la hora de abordar este debate se centra en la necesidad de caracterizar que son las comunidades, que paradigmas universales y particulares presentan y cual es su relación ínter-dimensional, es decir, su diálogo reciproco con la política, la economía, la participación social y la geografía, por medio del puente territorial.

Sin lugar a dudas entender el territorio en el que se enmarca una comunidad es dar un paso adelante en esta tarea, que a pesar de parecer abstracta, toca elementos certeros en lo inmediato que muchas veces dejamos por fuera de nuestros análisis. Este artículo es una humilde contribución que pretende sintetizar algunas reflexiones, aportes, criticas, preguntas y situaciones al detalle que se han venido recopilando desde hace un par de meses, y pretende servir como insumo al debate que se ha venido dando en diferentes organizaciones sociales identificadas con una apuesta clara por la construcción de una autonomía anticapitalista, especialmente aquellas identificadas con el anarquismo o las prácticas libertarias.

Además, antes de empezar quiero dejar constancia sobre el objetivo de este pequeño texto, que no pretende teorizar a profundo sobre el tema ni es una tesis que busca desentrañar las complejas relaciones del tema, tanto por una falta aun de bagaje para quien escribí, como por miles de experiencias que aun se desconocen y puedan profundizar en el tema del escrito. Aunque no es diferente, el objetivo final si pasa por una suerte de pequeña sistematización militante que parte de análisis concretos, reflexiones políticas y una postura claramente identificada con las necesidades actuales de una gesta libertaria en Colombia, por tal razón, tampoco se profundizará sobre un eventual paradigma territorial en una sociedad ya emancipada, por ejemplo, a la hora de como entender los conglomerados poblacionales en una nueva estructura social libertaria (como lo ha hecho hace ya años Miguel Amorós), sino de lo que se trata es de partir de una situación particular actual y desde ahí tener miras hacia el futuro en el corto y mediano plazo, haciendo a su vez la aclaración de que este texto se escribe desde los barrios populares y las periferias urbanas, intentando hacer un ejercicio más vivencial aunque fuertemente teórico. Esto no niega la necesidad de pensarse los territorios en el largo plazo en una correlación de fuerzas favorable para las revolucionarias, por eso se exhorta a otras compañeras y organizaciones a animarnos en dar ese debate.

El territorio más allá de lo espacial:

Uno de los grandes problemas que tenemos las revolucionarias y libertarias en la actualidad ha sido encontrarnos con una hegemonía establecida, casi que legitimada y con mucha fuerza en el ámbito superestructural, es decir, en la concepción ideológica del mundo, contrario a un capitalismo todavía embrionario como el que era el del siglo XIX y la primera mitad del anterior, que se caracterizaba por ser endeble y se enfrentaba a múltiples desafíos. Así, es bastante común que cuando queremos referirnos al territorio nos encontramos de lleno con una dimensión física que está íntimamente ligada con el Estado (excluyendo, por supuesto, las definiciones biológicas y las meramente geográficas), donde este asume su soberanía aplicándola a lo largo y ancho del mismo (lo que se suele llamar “territorialidad” del Estado). De esa forma, instituciones como las iglesias, los movimientos políticos de comienzos de la modernidad o las organizaciones multilaterales pueden prescindir de la definición del territorio en cuanto a particularidad, pues la exceden, pero es precisamente el nacimiento del Estado-Nación moderno el que nos ubica al territorio en su subjetividad (es decir, un territorio determinado y no cualquiera), que lo diferencia de los demás (sobre todo bajo la configuración de las fronteras) y lo reafirma bajo una identidad (la nación, la patria o ambos, dependiendo del origen del mismo).

Enfrentarnos a este concepto anteponiendo otro es una obligación para entender las ideas plasmadas aquí. Para ello debemos superar unas visiones de antaño y anticuadas que tampoco nos permiten definir el territorio de ahora, diferente al de hace décadas (más relacionado con el concepto geopolítico de “región”). Así, el conjunto de relaciones que se han establecido en las sociedad actuales, por lo demás basadas en su mayoría por el auge del neoliberalismo, la hegemonía de los Estados sociales de derecho, y en síntesis, de la economía de mercado, han sido transformadas, mostrándose ello traducido en la planificación del espacio moderno (urbano y rural), donde la segregación socio-económica, la descentralización y el establecimiento periferial de un nuevo sistema son el conjunto dominador de los actuales territorios.

No en vano muchos de los movimientos de izquierda revolucionaria en Latinoamerica de avanzada (o sea, los que mayores resultados obtuvieron) del periodo de la guerra fría pusieron su ojo sobre el paradigma de los territorios, sin olvidar por supuesto a los sectores sociales clásicos (como los trabajadores o el campesinado). No falta ir mucho más allá de nuestro país para ilustrarlo, por ejemplo, con el movimiento popular pro-vivienda que se extendió en los años 80 y 90 fundando diferentes barrios en varias ciudades, o la arremetida político-social del movimiento campesino e indígena para el mismo periodo, que pusieron un fuerte énfasis sobre la cuestión del territorio rural y su administración en manos de las comunidades. De otro lado nos encontramos con un sin fin de ejemplos y situaciones coyunturales similares, sobre todo en el cono sur (donde predominó el marxismo heterodoxo sobre la linea soviética), tales como el campamento Nueva Habana (Chile), Cerro-La Teja o la Comunidad del Sur (Uruguay) o la autogestión comunitaria durante el Cordobazo (Argentina); en estos casos, la perspectiva fresca, joven y no dogmática del poblador como sujeto político (que entre otras cosas le daba un papel más justo en la lucha popular a la mujer, las estudiantes, las desempleados, las niñas y ancianas en contraste con el culto ultra-obrerista del estalinismo e incluso del anarquismo más tradicional) permitió que en dichas experiencias se radicalizaran, afianzaran o salieran a la luz vivencias marxistas heterodoxas, anarquistas e incluso vislumbros de liberación nacional de carácter socialista y no alineados con la URSS. Evidentemente no debemos olvidar que esta perspectiva ha sido también una constante dentro del movimiento libertario, incluso en el anarcosindicalismo, pues las ligas de inquilinos en los años 10 y 20 del siglo anterior fueron una preocupación especial para militantes antiautoritarios en países como Brasil, Perú, Argentina y Colombia.

La caída progresiva del telón de acero y la irrupción del neoliberalismo fuerte, a través de la doctrina del Shock y el plan cóndor, permitió que dicha idea ocupará un nuevo rol en una nueva lucha (o vieja, pero con otra cara). Ahora mismo los movimientos por vivienda digna parecen florecer en muchos países de Latinoamerica, las asambleas comunitarias se esparcen sobre todo en espacios rurales, los ejes ambientales, educativos y de género ganan fuerza cuando tienen los pies en territorios determinados. Sin cabida a duda los territorios quedan equiparados con los anteriores lugares de acción política concreta, llámense fábricas, centros de estudio o latifundios extendidos.

Claro, si partimos de esta premisa casi que aseguramos a priori que las fábricas, los centros de estudio y los latifundios no son territorios comunitarios, y aunque efectivamente dichos espacios tienen cosas similares con los barrios o veredas, existe una serie de diferencias. Podríamos pensar en los latifundios y fábricas como los lugares donde están los medios de producción por definición, es decir, donde las relaciones económicas (capital-trabajo) son el común denominador, enmarcadas dentro de la alienación del trabajador con el producto y el consumidor. En ese sentido, y aunque otro tipo de relaciones florecen también en grandes centros industriales y de cultivo, para entender un territorio comunitario no basta con ver las relaciones económicas de capital-trabajo que estén presentes allí, pues por ejemplo, la tienda de barrio que existe en dichos lugares genera un tipo de relación comercial no necesariamente de alienación respecto al diálogo oferta-demanda (contrario a las empresas); dicho de otra forma: si se compra un par de zapatos en un centro comercial, estos pueden ser fabricados igualmente en China, India, Colombia o en un carguero en el mar, no importando la relación que tiene el comprador con el productor, mientras que si se compran cerca a la casa de residencia no es lo mismo en que sitio se compré, pues se puede generar otro tipo de relaciones con el vendedor si este trabaja o vive en el mismo barrio, relaciones de carácter más personal. Ello no quiere decir que exista en los barrios la artesanía en si misma (aunque sobrevive en muchas de las periferias rurales y urbanas, incluso con fuerza), sino que es diferente comprar de forma despersonalizada a hacer el intercambio con una persona conocida, más aun si es un vecino, siendo diferente comprar los zapatos en un centro comercial o en un punto de fábrica a hacerlo en la tienda del barrio.

Por otro lado, en muchos centros de estudio se presenta algo similar pero con la diferencia que la relación es básicamente académica, aunque en países latinoamericanos las escuelas secundarias y primarias están enmarcadas generalmente dentro de un contexto territorial concreto, hacen parte de un complejo que no es únicamente académico: un barrio o una vereda, sobre todo. De otra forma, muchas universidades que por concepción están ubicadas en lugares centrales y alejadas de los barrios de mayor confluencia popular pasan por ser espacios con población flotante, donde el tipo de relaciones que se dan no son necesariamente de trabajo pero tampoco poblacionales (es decir, de compartir lugar de vivienda). Si examinamos los anteriores dos casos pareciera existir una relación evidente: los lugares de trabajo y estudio, aunque pueden desarrollar relaciones sociales e interpersonales, no pueden definir aun otro tipo de relaciones que si nos da el territorio. Es más, si nos extendemos más allá, nos encontramos que algunos de los lugares de residencia y de confluencia (como los centros comerciales) ni siquiera nos dan algún tipo de relación personal; es lo que se denomina ‘no-lugares’: sitios con falta de trascendencia, donde las personas transitan de forma circunstancial, como por ejemplo en los conjuntos cerrados, donde viven múltiples personas pero a penas se saludan.

Entonces, ¿Qué relaciones existen en el territorio? Se debe empezar por mirar dos extremos que nos son inconvenientes: la negación del espacio físico y la negación de las relaciones interpersonales. En el primer caso existe una sobre-valoración de los habitantes del territorio, que son quienes le definen por excelencia, y del otro lado, una visión particularmente biologicista o geograficista nos llevan al error de entender el territorio solo en su dimensión física. El territorio es un conjunto de relaciones que exceden lo que se limita a las relaciones humanas: es también un entendimiento con el entorno, que construye a las sociedades de maneras particulares, diferenciando al territorio de una comunidad o de un hábitat. Así, incluso los pisos térmicos o las condiciones climáticas pueden hacer diferente un territorio de otro, no solo en su composición física sino en sus características sociales; del mismo modo, una comunidad humana sobre un territorio le da características propias: puede cambiar su composición (por ejemplo, a través de la urbanización) y acomodarlo a las necesidades sociales o del mercado por medio de la técnica y la tecnología.

Un territorio es un espacio físico donde se propician un conjunto de relaciones económicas, culturales, políticas, sociales, biológicas y geográficas, todas a la vez, de forma dialéctica. La falta de alguna de ellas nos lleva a ver un territorio incompleto, más cercano a un ‘no-lugar’ que es funcional solo o en gran parte a uno de estos parámetros. Por ejemplo, las universidades donde no hay tejido social terminan siendo meros territorios académicos (por extensión, culturales) o las empresas donde la interlocución social es mínima no pasan más que por zonas productivas. Esta tesis se desarrollará más adelante y pondrá sobre la mesa la contradicción entre un lugar funcional y territorio comunitario, que no es otra cosa que la contradicción entre capitalismo y comunitarismo.

El territorio es una configuración espacial del poder:

Se señalaba anteriormente que el concepto de territorio está íntimamente relacionado con el de Estado, aunque un falso consenso impuesto en los círculos académicos, intelectuales y de administración pública lo ha limitado allí. Sin embargo, en la otra dirección, el Estado si es un concepto ligado con fuerza al de territorio. Ha sido un error común, sobre todo desde el anarquismo y ciertas posturas de nueva izquierda, pensar al Estado en sus componentes generales y con ello definirlos con recetas fáciles, particularmente a los Estados modernos (a veces incluso reducimos eso ingenuamente a creer que el Estado es algo palpable que se puede destruir). Es decir, ver esta macro-institución como un mero aparato de dominación de clase (por tanto, ideológico) o de administración nacional (social y económica) es simplificarlo. Y aunque estas definiciones son acertadas, aun se quedan insuficientes: es preciso agregar la dimensión espacial al concepto estatal para poder darle la complejidad que expresa en realidad. Ello no implica que los diferentes niveles de poderes y decisiones estén desarticulados o alejados, pues es precisamente la configuración político-territorial del capitalismo que parte de lo micro hacia lo macro la que configura un poder jerárquico, que dentro de los Estados actuales no es nada más que el orden de mando: el presidente manda al gobernador, y este a su vez al alcalde, en analogía a la secuencia política nacional, departamental y municipal.

Recordemos también que la gran economía mundial es una economía territorial, pues el flujo de reservas y la transposición de deudas y complejos industriales se realiza entre países, siendo afectado el comercio global por la distribución de estos factores en el sistema-mundo, sobre todo cuando el capitalismo central empieza a verse agotado en la acumulación originaria, buscando reubicar el mapa productivo mundial1. Obviamente la lucha política de diferentes ordenes tiene una manifestación territorial y espacial: desde la defensa de un páramo hasta las disputas porque un parlamento tenga representación ponderada o igualitaria por cantidad de habitantes de un país, son coyunturas históricas que moldean un Estado, un territorio o una sociedad en base al papel que juega lo espacial y lo político.

En definitiva, el Estado no es otra cosa que la administración espacial del poder, un gestor y administrador que a través de la burocracia y la jerarquía (si, y solo si, a través de ellas) en manos de una clase dominante organiza estratégicamente la miseria, los derechos, las desigualdades y las oportunidades.

Sin embargo, si nos pensamos un tipo de relaciones que no necesariamente vayan por este lado, sino que por el contrario sean contra-hegemónicas (una suerte de ética libertaria, que toca entre otras cosas aspectos económicos, políticos y sociales), estaríamos pensando indudablemente otros nuevos territorios. Retomando la concepción actual del poder desde Holloway o Focault, como una relación ínter-personal y tras-personal que se manifiesta en las formas cotidianas, este abanico de posibles territorios cambian en función del poder que se manifieste ahí. Si correlacionamos el aspecto físico/geográfico y el social, político y económico, nos encontramos que el territorio es una configuración espacial del poder, una configuración que es una construcción histórica, que evoluciona dialécticamente por mecanismos transitorios o revolucionarios, pacíficos o violentos, dependiendo del curso de los hechos y las fuerzas en disputa. Esta configuración permite la aparición de identidades, culturas y formas de resistencia que comparten grandes rasgos a mayor cohesión territorial, y que enfrentándose a diferentes expresiones de dominación ha permitido el florecimiento de procesos de liberación nacional, antiimperialistas, autonomistas e incluso de procesos revolucionarios criollos, muchos de ellos con fuertes raíces libertarias en sus prácticas.

Así, la lucha territorial que se gesta desde los sectores autónomos y anti-capitalistas debe ser por un nuevo territorio, y aunque tanta palabrería pareciera hasta ahora algo elevada, es aquí donde adquiere particular sentido una apuesta revolucionaria; En otras palabras: lo que diferencia a quienes apuestan por una verdadera transformación de los programas reformistas, social-demócratas y con nula intención de cambio es la concepción del territorio, donde estos últimos pretenden cambiar la forma de administrarlo y no su configuración hasta ahora vigente. Nos encontramos con gobiernos de diferentes ordenes (nacionales, locales, regionales) que muchas veces se centran en las reformas de gestión (sobre todo constitucionales o de decretos) sin alterar la relación particular del territorio y sus habitantes con los paradigmas estructurales y macro-estructurales, es decir, económicos e ideológicos respectivamente. No hay mejor ejemplo que los gobiernos progresistas de América Latina, que han centrado todo su programa en fortalecer el gasto social, el sector público y aumentar la política subsidiaria, mientras en los territorios se reproducen las más viles manifestaciones capitalistas, llámese de centros-periferias, estatalización de las decisiones y manutención de una fuerte burocracia partidista, muchas veces amalgama civil y militar. Así, la lucha por una alternativa territorial es una lucha revolucionaria cuando se pretende cambiar la configuración del espacio y no solamente su administración.

Para ello se hace necesario re-pensarnos otro tipo de configuraciones políticas y espaciales que exceden el limitado papel que ha cumplido el Estado moderno, que efectivamente ha sabido desposeer sistemáticamente a las productoras de la riqueza social y marginar a los sectores que son tangenciales dentro de la gran maquinaria capital.

La soberanía y la autonomía:

Esta forma de realizar una acción territorial alternativa, que hasta ahora hemos caracterizado como contra-hegemónica, debe tener un cuerpo teórico mucho más robusto, con una mirada estratégica determinada y precisa. A lo largo de los años, y producto del curso mismo de la historia que nos ha correspondido a diversos grupos militantes, la autonomía se nos ha mostrado como un paradigma que puede recoger a grandes rasgos las apuestas populares que incluyen, y por supuesto exceden, al anarquismo.

Esto no solo por lo que nos ha enseñado las zapatistas, el pueblo kurdo en Siria y Turquía, la lucha Mapuche en Chile o los procesos de autogestión obrera en países como Grecia y Argentina, sino de la misma historia del pueblo colombiano que ha tejido varias formas de resistencia desde la autonomía, pasando por el movimiento encabezado por Quintín Lame a comienzo de siglo anterior en la cordillera occidental y central (y por supuesto, con el el Movimiento Armado Quintín Lame de la década de los 80, así como la actual lucha del pueblo Nasa en el Cauca), hasta las más recientes iniciativas en pro de las Zonas de Reserva Campesina o la defensa de las consejos comunitarios afrodescentdientes; tampoco sobra olvidar los diversos experimentos comunitarios creados en los años 80 y 90 en ciudades como Bogotá y Medellín, que aunque limitados por el vanguardismo leninista, lograron ciertos grados de asamblearismo admirables. Estas historias de lucha por la autonomía generalmente van acompañadas de los conceptos de autogestión, autodefensa2 y autodeterminación, y a pesar de las contradicciones y errores, han logrado ubicar a los pueblos en nuevas dimensiones de ofensiva por sobre la mera puja electoral o los momentos históricos de retroceso, donde contrario a la apuesta libertaria, se disputa el poder de la territorialidad (quien lo administra) y no del territorio (como se administra).

Pero esta autonomía se ha de proponer como un concepto, si bien no necesariamente antagónico, si alejado de la acción estatal, diferenciándolo de la autonomía que se enuncia desde arriba (por ejemplo la llamada autonomía regional). Y ello básicamente responde al desarrollo mismo del Estado moderno: Desde Maquiavelo, y con mayor énfasis en la obra leviatanistica de Hobbes, el Estado ha sido caracterizado como un gigantesco cuerpo institucional (no solamente en el concepto de administración pública, sino también en su forma social y psicológica) desde donde un poder soberano ejerce y monopoliza el poder. Este poder soberano es preciso entenderlo, naturalmente, dentro del concepto de soberanía, que ya podemos decir, es antónimo al de autonomía.

Y como en la portada del Leviatán de Hobbes, el poder soberano es un poder que se ejerce a través de una espada (el monopolio de la fuerza) y un báculo (el ritualismo propio de la burocracia, anteriormente -y aun en diversos lugares- ligada al poder divino). Como síntesis de ambas manos, la soberanía se decanta en la fuerza legal, subordinada a la obediencia civil como eje fundamental sobre el que se erige cualquier Estado moderno. La soberanía3 solo puede aplicarse mediante una fuerza inter-territorial (es decir, un “país” limitado por sus fronteras) que le defiende de amenazas exteriores y tiene toda la capacidad de mantener el status-quo hacia adentro con la fuerza militar, policial y judicial, y en ese mismo aspecto, da la oportunidad al pueblo de “elegir” a sus gobernantes dentro de las reglas impuestas por un poder indiscutible, de nuevo, soberano. Así, el soberano existe y se explica siempre para y por sí mismo, como una totalidad indiscutible y universal, en el sentido modernista de la palabra4.

Así, por ejemplo, mientras la soberanía de un Estado le permite poseer un ejército que apunta hacia afuera y adentro (a veces más adentro que afuera, como en el conflicto colombiano), con el fin de someter las expresiones contrarias a las de clase dominante por medio de las armas y las leyes, desde la autonomía se ha planteado una diferenciación entre poder civil y poder militar (representado en muchos lugares bajo la forma de autodefensa), donde este último está limitado por el primero, que se construye a partir de una matriz deliberativa, participativa y medida éticamente, tal como se ha evidenciado en la rica historia del anarquismo (con un especial énfasis en la liberación de Manchuria, Baja California, la revolución Ucraniana, la Española y la resistencia libertaria Búlgara y Uruguaya) y diferentes experiencias de diversa matrices (como el EZLN, el PKK o las YPG/YPJ, incluso, como los Comando Armados del Pueblo en Medellín y el ya mencionado Movimiento Armado Quintín Lame en Cauca, con sus respectivas distancias).

Otra forma de ilustrar esto es respecto a la política internacional: mientras la soberanía permite que un Estado defienda su posición más allá de su situación particular (como el reclamo de la dictadura militar Argentina frente a las Malvinas en los 80), la autonomía se extiende hacia la autodeterminación. De esa forma, para la autonomía no importa la decisión de un gobierno o Estado respecto a sus asuntos, sino que a la larga es el derecho libre del pueblo a asumir su rumbo histórico lo que le da fuerza a la autodeterminación. Esto es conflictivo sobre todo cuando se plantea el debate frente a apuestas de izquierda parlamentaria, que generalmente buscan ejercer la soberanía a partir de la fuerza burocrática y no desde la legitimidad del pueblo, conflicto evidenciado en la fracasada política chavista de convertir el aparato estatal oleo-dependiente de Venezuela en un Estado comunal, pues la mayor parte de esfuerzos se dedicaron a las reformas constitucionales y legales y no a la acumulación efectiva en la base social, lo que terminó por llevar a la consolidación de una burocracia boli-burguesa sin interés alguno sobre la distribución justa de la riqueza y el poder.

Ahora bien, y en consonancia con el tema del artículo, la autonomía al igual que la soberanía se aplican a territorios concretos. Pero para poder ejercer una real autonomía en un espacio físico debemos apuntar a las tácticas y estrategias que nos permitan dar la disputa dentro del territorio y no por encima o afuera de él.

El territorio como campo de disputa por excelencia: democracia directa, poder popular y esferas públicas no estatales

Quién halla tenido la oportunidad de revisar la literatura política de Murray Bookchin se habrá dado cuenta que este texto camina casi que paralelo a sus propuestas, aunque con particularidades respectivas, sobre todo en lo que tiene que ver frente al Municipalismo Libertario. Y partiendo de ese hecho podemos ver que hasta cierto punto Bookchin desarrolla una critica certera al obrerismo de antaño, no solo soviético sino también anarcosindicalista, que sin embargo, no deja de entender al trabajador como sujeto político y revolucionario de vital importancia (y por sobre todo estratégico) a la hora de plantear la forma de lograr la victoria definitiva.

El municipalismo libertario parte básicamente de esa premisa: el poder político estatal se ha desplazado desde las concentraciones de riqueza productiva (en forma de tierra, centros industriales y demás) hacia formas cada vez descentralizadas, que se bajan hacia lo particular y municipal: lo que antes eran grandes extensiones de tierra ahora son un conglomerado de varios pueblos, y lo que antes eran centros urbanos industriales en forma de archipiélagos con un centro ahora son las grandes metrópolis con decenas de zonas industriales y francas5. Por supuesto que esta descentralización no está completa, pues el sistema capitalista debe mantener cierto grado de unidad impuesta de manera centrípeta.

A partir de este paradigma económico el poder estatal se ha vuelto complejo y se extiende sobre la base piramidal, llegando a lugares donde anteriormente no había podido sacar el mayor provecho de materias primas, por medio de la tercerización y la acumulación agresiva minero-energética. Partiendo de ese hecho, la acción territorial (que a su vez incluye o por lo menos acerca la acción sindical, educativa, ambiental, de género, etc) permite afrontar al enemigo de cerca, en un campo de batalla para el cual no tiene ventaja si se le responde de manera organizada: la lucha de clases.

Frente al proceso hegemónico de construcción capitalista y neoliberal moderna (que tanto ha teorizado David Harvey), que moldea el territorio en base a intereses morales y económicos propios, debemos anteponer una configuración espacial y política con una clara propuesta clasista de base, es decir, en favor de las históricamente oprimidas. Aquí, la autonomía la podemos decantar a través de estrategias que nos permitan materializarla de a poco. Varios conceptos, entre ellos el de democracia directa y poder popular, pueden sernos de gran utilidad, pero para no extender demasiado este texto es preciso ubicarlos en su composición pragmática territorial:

La democracia directa ha sido objeto de múltiples debates dentro del anarquismo, pero como experiencia organizada de diferentes etapas históricas promocionada por pueblos alrededor del mundo ha mostrado resultados hasta ahora excepcionales. Para poder explicar este tipo de democracia es preciso tener en mente principios como el asamblearismo, la acción delegativa y la deliberación. Contrario al sistema actual de democracia representativa donde el poder es ejercido directamente por un pequeño grupo de representantes que pueden actuar con total independencia de la iniciativa popular, la democracia directa le da al pueblo un papel de decisión, que se coordina en diferentes instancias a través de delegados con mandato limitado a la voz del espacio de donde provienen (por supuesto, territorial). Además, toda decisión parte de la deliberación y no del simple ejercicio de fuerza cuantitativa expresada a través del voto o la imposición (como en la mayor parte de debates parlamentarios o algunas asambleas sociales, donde importa más el tamaño de la bancada que los argumentos). De esa manera, los caracoles zapatistas han hecho viable una democracia que, aunque con sus limitaciones, ha permitido que todos los habitantes de un territorio puedan tomar las decisiones que les concierne, incluyendo por supuesto a niños, ancianos y mujeres, sujetos históricamente olvidados. La democracia directa es la relación menos alejada y más cercana entre el sujeto social y la decisión social.

Aunque la democracia directa nos plantea la forma metodológica de la toma de decisiones, falta un componente estratégico que permita empalmarla con el objetivo de construcción de autonomía efectiva en el territorio: El poder popular (que ha sido más discutido dentro del anarquismo con muchas más llagas) puede ser ubicado aquí. Y ya se apuntaba anteriormente que experiencias del cono sur parece que nos hablaran para definir una acción territorial en base a la autonomía, o por lo menos, a la autodeterminación, donde curiosamente muchas de estas iniciativas se han enmarcado dentro de la estrategia de poder popular.

El poder popular no es nada más que una apuesta estratégica que permite recuperar la incidencia política del pueblo sobre sus decisiones, empujada por una profunda conciencia revolucionaria. La creación de un poder popular pasa por la transferencia de los asuntos sociales y económicos manejados históricamente por el Estado y el mercado hacia consejos comunitarios organizados, que tengan la capacidad de administrar (autogestionar) estas responsabilidades. Y aunque el objetivo de este texto no es definir ni la democracia directa ni el poder popular, y mucho menos continuar el debate que se ha dado alrededor de esos conceptos, si se hace preciso darle cabida práctica a los mismos:

El ejercicio de democracia directa y poder popular solo se puede materializar en un espacio determinado: las esferas públicas no estatales (EPNE). Podemos pensar en esta figura como aquel lugar donde es posible desarrollar la autonomía a pequeña escala, y que interrelaciona sujetos sociales en un territorio determinado. Así pues, las EPNE pueden ser las asambleas donde los vecinos toman decisiones, los consejos donde los campesinos resuelven temas respecto a la lucha por la tierra o una reunión donde los estudiantes definen líneas políticas, pero también puede ser un simple encuentro en una calle con otras personas, un evento cultural y artístico en un barrio o una discusión entre vecinos sobre cualquier temática, siempre y cuando el Estado no tenga la capacidad de ejercer su poder (soberanía) ahí y prime el poder civil, expresado desde y a través de lo compartido y colectivo, es decir, de lo público. Así, la tarea táctica de las libertarias es poder crear EPNE en los lugares donde nos sea posible, que actúen de forma constante, sin vacíos temporales y, obviamente, con la mayor amplitud necesaria, en concordancia con la democracia directa (es decir, espacios abiertos a los sujetos populares del territorio, sin vetos artificiales propios de sistemas patriarcales, racistas, xenófobos o nacionalistas).

A diferencia de las Zonas Autónomas Temporales expuestas por Hakim Bey, los EPNE son instituciones no coercitivas que permiten garantizar cierta continuidad espacial e histórica, que se materializan a través de diversas formas: comités, asambleas, congresos, seminarios, encuentros, reuniones periódicas, etc (incluso un encuentro entre familiares o vecinos alrededor de un tinto o una cerveza), teniendo en mente la ya citada apuesta democrática, y que además tengan capacidad de decisión, así sea mínima y aun en presencia del Estado, sobre un territorio y algunos de sus aspectos, es decir, que posean “vocación real de transformación”, en contraste con las iniciativas meramente experimentales. Esta vocación va de la mano de la recuperación y ejercicio de derechos negados sistemáticamente a las oprimidas por los sistemas de centro-periferia, intentando crear (aunque sea de manera somera) espacios para la salud, la recreación, el deporte, la educación y el ocio, que generalmente están alejados del grueso de la población oprimida, que resaltan no solamente distancias físicas o de tiempos de desplazamiento cada vez mayores sino también brechas simbólicas e intelectuales que alejan la seguridad, el bienestar y el placer de los territorios periféricos, mientras se mantienen cerca de los centros habitados por las clases altas.

Finalmente, y al mejor estilo de Bookchin, estos territorios se irán uniendo a través de nuevas EPNE, por ejemplo, de federaciones, comunas o redes, donde se replicará la acción política por la autonomía para finalmente estar en disputa directa con el Estado en condiciones similares: el poder soberano versus el contra-poder comunitario.

Podemos imaginarnos el Confederalismo Democrático, apuesta política esbozada por el PKK para la lucha kurda, como un hijo del municipalismo libertario, que a través de un arduo trabajo militante de años logró crear EPNE en diferentes cantones y pueblos sirios, iraquíes y turcos, que creció exponencialmente hasta encontrarse con un poder soberano que está en contraposición suya (el Estado Islámico, el Sirio o el Turco, en este caso), donde la confrontación se da en principio sobre el propósito de la autonomía (una defensa de “nuestro” derecho a decidir contra un sometimiento al otro) y se ha extendido al ejercicio militar de la autodefensa, legitimada y limitada por el poder civil (popular), expresado a través de las ligas y asambleas de barrios, municipios, cantones y regiones, que guardan independencia de las armas (en contraposición a la arenga clásica maoísta que señala que el poder nace del fusil)6.

Para ello, muchas veces es táctico (aunque no deseable) que el Estado respete, hasta donde sea posible, las EPNE, con el fin de que no pueda aniquilarlas tan fácil antes de que acumulen suficiente fuerza. Esto ya nos lo adelantaba Bookchin al pensarse la legalización (pero no intervención) de muchas de las asambleas populares, y que hoy nos trae a colación la pronta solución jurídica al establecimiento de Zonas de Reserva Campesina en diferentes regiones del país, incluso a algún blindaje humanitario contra las incursiones paramilitares en estos territorios. Y por supuesto, en el plano micro-político, un espacio tradicionalmente estatal puede convertirse en una EPNE, como lo puede ser una Junta de Acción Comunal donde las figuras legales burocráticas se van desvaneciendo con la fuerza de una apuesta democrática amplia y de multitudes.

Territorializar las luchas es hacerlas anticapitalistas; luchar desde las comunidades es luchar contra el Estado:

Se decía que el capitalismo moderno neoliberal parece una maquina aniquiladora de culturas (expandiéndose cada vez más por medio de la globalización), que impone una visión de mundo particular, única, estandarizada y universal. Los ya mencionados ‘no-lugares’ son pruebas de ello: un conjunto residencial cerrado de condición socio-económica similar en Medellín, Bogotá o a las afueras de Pasto no se diferencia mucho más allá de los acentos, así como un McDonalds en Buenos Aires, Nueva York, Moscú o Pekín no se diferencia más que en el idioma y la moneda de intercambio con sus precios, aunque siempre existan intentos de hacer platos típicos en dichos lugares. No podríamos pensar en ciudades más “occidentales” como Londres, París o Chicago… o Seúl, Tokio o Shangai. En resumen, podríamos pensar que el mercado capitalista mundial no es más que una espacialidad global, una forma de administrar el poder a nivel macro.

Pensarse los territorios como lugares donde pasan cosas, donde hay construcciones históricas particulares, donde existe un tejido cultural, social y ambiental propio, y que como ya hemos visto se relaciona con su entorno físico, es pensarlo en términos anticapitalistas. Claramente esto no quiere decir que proyectos de supremacismo nacional que se han opuesto al sometimiento del mercado global sean en sí mismos anticapitalistas, sin embargo, pensarse estar dentro del sistema económico mundial y mantener ciertas identidades particulares es una contradicción insustentable en el largo plazo, que finalmente nos lleva a tomar una posición anticapitalista como una posición alter-mundista.

De esa forma, si nuestra lucha tiene bases fuertes en territorios concretos, con todas y sus complejidades, se hace resistencia efectiva contra el capitalismo, rescatando identidades que hasta ahora estaban a la defensiva, que pasaban más como un artilugio viejo y empolvado. La creación o fortalecimiento del tejido social es una tarea necesaria que precede cualquier intento de levantar un EPNE, pues las distancias artificiales impuestas entre compañeros de trabajo o vecinos hace imposible establecer un diálogo horizontal en miras a construir pueblo organizado.

En esa misma linea, la lucha contra el aparato estatal (que evidentemente no se encuentra limitado a un edificio, un cuerpo policial/militar o una práctica institucional) solo es posible darla en todas sus dimensiones y en su característica espacial: sobre el territorio donde ejerce soberanía. Así, establecer un programa de acción libertaria en las comunidades con el fin de poder practicar grados de autonomía cada vez mayores pasa por restarle ese poder soberano al Estado, y por tanto, hacerle perder credibilidad, legitimidad y fuerza, lo que al largo plazo es lo que permite obtener ciertas garantías, pues un territorio que es mera trinchera de repliegue o bolsa de donde se sacan militantes es fácilmente desarticulable cuando la gente no se involucra en las disputas que se dan, cuando no las siente propias (esto ha sido señalado en casos históricos como la Operación Anorí en Colombia, o incluso por la muerte del Ché en Bolivia, en ambos casos, pensarse el territorio y las comunidades como componente militar -basados en el foquismo- les dio más desventajas que ventajas frente al enemigo).

Debemos recuperar el vector social en su dimensión territorial, y en lo concreto, asumir el trabajo barrial y comunitario como una necesidad imperiosa, obviamente sorteando muchas de las dificultades que se nos presentan en una etapa aun joven (donde en muchas ocasiones debemos concentrar las fuerzas y no dispersarlas, haciendo que muchas activistas no vivan precisamente en los territorios desde donde construimos). En el corto plazo, la edificación de actividades que permitan la construcción de tejido social (como aquellas de índole cultural, familiar y artístico, acompañadas de iniciativas educativas y ambientales) con miras a crear poder popular a través de la democracia directa, es un camino que nos da ciertas certezas para acumular en términos de autonomía, coordinando ello multisectorialmente con otros actores (estudiantiles, sindicales, agrarios, indígenas, feministas, ecologistas y demás) para poder así encontrar un proceso de transformación radical, de revolución social, donde desde los territorios se geste un otro mundo nuevo.

Steven Crux
Diciembre 2015

 

1Esta es una tesis que es abordada a mayor profundidad por el profesor Darío Restrepo, cuyos invaluables aportes fueron también decisivos para escribir el presente texto. Link:

Restrepo, Darío I., (2013), “Espacio y Poder”, Documento de trabajo No. 1, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia, p. 25. Link: http://direstrepo.com/?p=3160

2No sobra decir que esta autodefensa es la que está ligada al concepto ya expuesto de autonomía, diametralmente diferente al proyecto paramilitar y antisubversivo creado en los años 90 en el Urabá Antioqueño, que se ha identificado falazmente como Autodefensas.

3 Aunque existe una diferencia sutil entre el concepto de soberanía popular y nacional, para los fines prácticos de este escrito basta con saber que terminan por confluir en un mismo punto.

4Es decir, que la concepción de soberanía puede ayudar a legislar a lugares donde no hay presencia estatal, pues su definición se aplica en términos globales y no particulares. Esta es una de las razones  de porque el Estado debe poseer el monopolio de la fuerza para mantenerse de forma legal sobre todo un territorio.

5A excepción de contados casos, casi que exclusivamente Medellín, Colombia aun no ha logrado consolidar grandes metrópolis al mejor estilo brasileño (de zonas industriales y francas descentralizadas, y suburbios plenamente establecidos), en muchos casos por la resistencia popular, por ejemplo, contra el plan ciudad-región de la Sabana de Bogotá, que no ha sido aceptado por completo por las comunidades que allí habitan y su aplicación ha sido más bien lenta.

6Ha sido una constante histórica dentro de muchos movimientos marxistas-leninistas, especialmente foquistas y maoístas, poner la autonomía popular en función de la confrontación armada, lo que ha llevado a una militarización fuerte de los procesos sociales y niega las oportunidades políticas que ha tenido el pueblo sobre su propio destino.

¿Cómo legitima la violencia un poder que es ilegitimo para el pueblo?

Para responder esta pregunta debemos tener en cuenta varios elementos. El primero es lo que entendemos por pueblo y el desarrollo de legitimidad. Así pues, el pueblo –entendido en las dinámicas actuales en la mayor parte del mundo, sobre todo para nuestro caso inmediato- no es un ente homogéneo, sino que por el contrario, en él se visualizan muchas expresiones que pueden o no legitimar la violencia de un determinado poder en determinados momentos. Sin embargo, y como excepción a la regla, los pueblos que han alcanzado un mayor grado de autodeterminación y organización pueden conseguir niveles de legitimidad más o menos consensuados para poderes que ejercen o se ejercen sobre ellos, especialmente cuando se refiere a la seguridad y supervivencia frente a un poder externo.

Para desarrollar mejor esta idea podríamos empezar por explicar mejor el primer caso. Así pues, dentro de las sociedades modernas regidas por un Estado moderno, liberal, de bienestar y entretejidos en el mercado mundial, es este quien mantiene el monopolio de la fuerza y la violencia. Como lo explica Weber, este monopolio se sustenta en la aparente estabilidad que ofrece un Estado, quien es el responsable de la seguridad de sus ciudadanos. Esta idea, que ya nos la esboza Hobbes desde hace siglos, parte de la premisa de que la naturaleza humana es malévola (“el hombre es lobo al hombre”), y por tanto, las personas deben ceder su libertad a un soberano mayor1, quien es el encargado de garantizar el derecho primario a la vida (evitando que los seres humanos se asesinen entre sí por su propia naturaleza, que se ilustra mejor con un estado permanente de guerra civil) y la seguridad de la propiedad privada. Este soberano, que se puede también traslapar con el Estado moderno, debe ser entonces el único garante de la seguridad, monopolizando así el ejercicio de la violencia y ejerciéndolo a través de las leyes.

Para poder garantizar ello, el Estado se muestra a sus ciudadanos como un ente que les puede garantizar la seguridad a cambio de ceder parte de su libertad. Se hace preciso recordar aquí también a Maquiavelo, quién nos señala que esta actividad no es sinónimo directo de justicia, que termina siendo un anexo deseable pero no necesario para la existencia y permanencia del Estado. Entonces, que los ciudadanos cedan su libertad al soberano superior para que garantice que no entren en una “guerra civil” permanente es lo que permite que solo el soberano pueda establecer las reglas necesarias para cumplir el objetivo que le fue encomendado, tanto desde una perspectiva de legislación que establece normas, como la definición de castigos de forma punitiva (a través de las sanciones y la cárcel), que solo son posibles sí el soberano tiene también la capacidad de someter a cualquier infractor por mecanismos esencialmente violentos. El monopolio de la fuerza es, automáticamente, el monopolio de las leyes y normas que permiten su subsistencia.

Cuando el monopolio de la violencia garantiza la seguridad de los ciudadanos y sus propiedades, es cuando se legitima esta violencia. Sin embargo en la práctica este monopolio de la violencia se establece también para la manutención de privilegios de la clase que posee los medios de producción y administra el aparato estatal. Así, se derivan dos casos: que la violencia del soberano sea ejecutada para mantener la injusticia, y por tanto en el largo plazo no se puede mantener a si misma, o que el monopolio de la fuerza sea desafiado por la aparición de otras fuerzas violentas, siendo el original ya no un monopolio (como el caso colombiano, con múltiples actores armados no estatales).

Respectivamente, del lado de los sectores productores de base aparecerán con el solo curso de la historia –como lo señala Marx- aquellos quienes critiquen la supuesta legitimidad de esa violencia, declarándose en rebelión al rechazarla como ley; o en su defecto, cuando esta rebelión o factores externos (como otro soberano exterior, por ejemplo una nación enemiga) atacan directamente el monopolio de la violencia, esta no puede cumplir su objetivo, y pierde legitimidad a los ojos de los ciudadanos, quienes entonces se encuentran desprotegidos, a menos que el ejército interno tenga la suficiente fuerza para repeler ataques, usando cantidades inhumanas de violencia a ser necesario. Así bien, y dicho de manera coloquial, el Estado Soberano garantiza su monopolio de la fuerza ganando la empatía de sus ciudadanos (legitimidad, en mayor o menor grado) o imponiéndola, y en la mayor parte de casos, a través de una combinación de ambas formas.

Caso contrario es cuando el pueblo ha logrado llegar a niveles superiores de autonomía y autodeterminación. Así por ejemplo, las comunidades más organizadas y que protagonizan altos grados de resistencia (como las del Norte del Cauca colombiano o las Zonas de Reserva Campesinas) solo encuentran legitimidad en la violencia cuando nace producto de su propia decisión colectiva, que es mucho mayor cuando la democracia se vuelve más descentralizada y permea la mayor parte de capas (democracia participativa, deliberativa, ampliada y directa). Ejemplo de ello en la actualidad son las comunidades zapatistas en Chiapas (México) o el pueblo kurdo en Rojava y Turquía, que solo legitiman la violencia que nace de su autodeterminación, y por consiguiente, es relacionada estrechamente con el concepto de autodefensa (contrario al monopolio de la fuerza, al utilizar las armas en su plano únicamente militar y no como forma de defender un otro tipo política2).

Si entramos en detalle para los ejemplos citados, la violencia estatal es mucho más legitimada en los centros de los sistemas (como en los grandes centros urbanos o para los ciudadanos “de primera”), mientras en sus periferias parece perder apoyo. Esto se puede derivar de la misma finalidad de los sistemas centro-periferia, donde el objetivo principal es desarrollar las fuerzas productivas estratégicas como lo son actualmente las grandes industrias y la economía terciaria (de servicios), mientras los sectores marginados quedan relegados, sean por razonas étnicas, culturales, socio-económicas o geográficas. La violencia estatal se despliega con mayor fuerza mediática en los centros (sobre todo a través de un fuerte trabajo ideológico de propaganda, acompañada de campañas sociales de acercamiento con los ciudadanos), donde pueda actuar con cierta tranquilidad (es una “autoridad mucho más respetada”, o por lo menos, menos desafiada), mientras su presencia en las periferias se da básicamente en el terreno militar, teniendo mucha menor legitimidad e incluso encontrándose en entredicho como monopolio constantemente.

En resumen, la única manera en que un poder legitime una violencia que no es aceptada por el pueblo solo sucede cuando es ejercida. Bien por la violencia simbólica e ideológica, o con la fuerza física cuando se hace necesario. Pero para ambos casos, se hace necesario un pueblo sin autodeterminación (subyugado) y no organizado (dominado), en otro caso, favorable para quienes queremos la sociedad no estatal como forma de avanzar, se hace necesario que no exista el monopolio de la fuerza sobre las comunidades, sino el consenso de convivencia mutua entre ellas.

Steven Crux
Octubre, 2015

1 Que no necesariamente es solo una persona. De hecho, Hobbes nos introduce aquí el concepto de Estado Absoluto, como un aparato supremamente vertical, que compara con el famoso monstruo bíblico “Leviatán”.

2 Esto también nos trae a colación otros temas, porque el concepto de autodefensa difiere bastante de la construcción de la vanguardia armada según Mao Tse Tung. Así pues, para los ejemplos citados, las armas cumplen una labor de defensa de los procesos políticos construidos, de manera tal que no se sigue la máxima leninista-maoista que asegura que “el poder nace del fúsil”, lo que a la larga ha significado que los mismos Estados “socialistas reales” han tenido que recurrir al monopolio de la fuerza contra el pueblo en determinados momentos y lugares para garantizar su supervivencia, como lo es el caso de Checoslovaquia (1968) y la conquista del Tibet (1950).

1 2 3 7