Dando vueltas en la rotonda

Pareciese que el 1 de enero fuese ayer y a la vez mañana. Pronto este año pasará a las páginas de la historia, y siempre nos viene la vena de mirar por el retrovisor. A veces, o muchas, nos da cierta impresión de que las cosas se repiten: los Reyes, la Semana Santa, la riada del Ebro, las vacaciones de verano, la vuelta al cole y las Navidades, al igual que la rutina de siempre: levantarse, desayunar, ir al cole o al trabajo, hacer cosas, cenar y echarse a la cama, que también se repite semanalmente: madrugar en entre semanas y en los findes no dar un palo al agua. Eso es lo habitual, el relato que se repite en las conversaciones de los bares. Pero en realidad existen otras aventuras más allá de lo que se cuenta normalmente. Solemos oír, por otro lado, esa expresión de que la historia se repite, o que tropezamos dos veces (o más) con la misma piedra. Sí y no. La historia no expresamente se repite, pero sí existen ciertos paralelismos y reminiscencias, acontecimientos que nos recuerdan a sucesos pasados. En cambio, sí caemos más de una vez y repetimos errores.

Mucho ha llovido este 2015, que de refilón me vienen recuerdos como la victoria de Kobanê a finales de enero, el éxodo de refugiados sirios huyendo de la guerra, las elecciones municipales, las huelgas de las BRIF, la caída de los mercados de valores chinos, el derrame de residuos tóxicos de la minería en Brasil, los atentatos en París, el XI Congreso de la CNT, las pérdidas de Arabia Saudí en la guerra de Yemen, la cumbre del clima, las victorias electorales de la derecha en Argentina, Venezuela y Francia, las elecciones generales que han dado una situación de ingobernabilidad… Y aquí estamos, viendo pasar ante nuestros ojos otro año más con una coyuntura agitada aunque a nivel de calle se viva bastante tranquila, al menos en mi entorno cercano.

La parábola de las vueltas a la rotonda hace alusión a nuestro propio entorno político y militante. Pues todavía existen dinámicas que beben de la mitología del ’36 o de la literatura situacionista y nihilista de los ’70 o de los escritos de Stirner. Y repetimos esquemas que se están viendo inútiles, movidos por inercias, unas veces a rebufo de lo que hacen los demás y otras, siendo la pescadilla que se muerde la cola, o como aquella vez que Homer Simpson entró por primera vez en una rotonda no sabiendo cómo salir de aquella trampa de circulación rotatoria. Por suerte, estas dinámicas ya se están abandonando y cada vez hay más gente que está viendo esos problemas y trata de encontrar las soluciones. Parecerá sencillo tomar una de las cuatro salidas que suele tener una rotonda, pero lo difícil quizá sea escoger por cuál salir. Así estamos prácticamente casi toda la izquierda: además de llevar cada cual su coche, se chocan unos con otros y cambiando de carril sin poner intermitente ni ceder el paso.

Pero no todo lo llovido sabe amargo. Nos dejan un buen sabor de boca los ejemplos de los movimientos sociales: la lucha de los mineros asturianos, las Marchas de la Dignidad, las mareas ciudadanas, la PAH, diversas huelgas como las de Movistar, la de Alumalsa, la de los barrenderos de Madrid, etc. Aunque por otro lado, la deriva hacia el asalto institucional fue una salida hacia delante en un período de reflujos. Ahora que va a terminar el ciclo electoral (si es que no vuelven a convocar otras elecciones por no haber posibilidad de formar gobierno), tocará volver de nuevo a las calles. Unas calles que no están tan llenas como hace dos o tres años durante los años más activos de los movimientos sociales y el 15M.

Creo que hemos dado ya muchas vueltas y se nos acaba el fuel, así que hay que ir tomando las salidas adecuadas y tomar con decisión el camino hacia un proyecto político socialista, un modelo territorial y de país construido a través del poder popular. ¿Nos queda organizar el pesimismo? El proceso estará lleno de obstáculos y dificultades, y tenemos que romper dinámicas y esquemas repetidos que solo funcionan en coyunturas de otras épocas. Tocará mojarse, salir de nuestros espacios de confort militantes, asumir numerosas contradicciones, saber llevar a cabo tareas en espacios amplios, escuchar, ser humildes,… en definitiva, a recuperar la calle para los movimientos populares. Consolidar nuestro proyecto político y nuestras líneas estratégicas, construir pueblo y movimiento político, conquistar la hegemonía y ganar. Esta será la salida que veo más acertado tomar y así dejar atrás de una vez por todas la maldita rotonda.

Enlaces del mes: Septiembre 2015

Sobre la guerra de Siria, traemos materiales sobre el curso de la guerra y los movimientos geopolíticos de las potencias regionales e imperialistas de la zona así como los conflictos del pueblo kurdo en Siria. Tenemos también una entrevista reciente a un grupo anarquista turco: las DAF, que nos cuentan sobre la historia del anarquismo en Turquía, en qué ámbitos operan dentro del país así como su compromiso de solidaridad y apoyo activo a la revolución social de Rojava. Del mismo modo, también nos llamó la atención la puesta en marcha de cine comunal en Rojava, que tiene su paralelismo histórico en la colectivización de la industria del espectáculo por parte de la CNT a los inicios de la guerra civil española.

¿Qué situación atraviesa actualmente la clase obrera global? Este artículo ofrece un repaso de las luchas obreras a lo largo y ancho del planeta a partir del ascenso del think tank neoliberal The Chicago Boys, en las décadas de los ’70 y los ’80 del siglo XX, época marcada por una reestructuración del capitalismo tras el fracaso del keynesianismo y el auge de la primera ola neoliberal, pasando el colapso de la URSS, los movimientos antiglobalización de los 2000, la ola de protestas de los movimientos sociales amplios y masivos después de la guerra de Iraq y la crisis económica mundial, hasta hoy, donde se menciona también al proletariado industrial del centro de China y el sudeste asiático. La globalización capitalista ha ido parejo a la construcción de una clase obrera a nivel grlobal, lo que plantea una nueva coyuntura y ver qué papeles jugarán la izquierda y el anarquismo ante ésta.

Durante el verano y tras la desconvocatoria de la huelga de técnicos de Movistar, volvieron al puesto de trabajo sin haber logrado sus reivindicaciones, aunque algo se ha conseguido avanzar. No obstante, no en todos los sitios cesaron las represalias. Con el inicio del curso, los y las técnicas de Movistar están valorando volver con las movilizaciones tras hacer un repaso de lo acontecido este verano después de haber repuesto fuerzas.

En esta entrevista a Mario Celis, repasan la trayectoria que ha pasado el movimiento anarquista chileno y lo que les llevó de pasar de un movimiento subcultural, de colectivos y voluntarista a un movimiento político y revolucionario de organizaciones y frentes, y con responsabilidades políticas y sociales. Fue entonces una época de cambios de tendencias que comenzó en los años ’90 con el Congreso de Unificación Anarco-Comunista (CUAC) hasta unos diez años más tarde cuando se consolidó y comenzó a andar la tendencia, reflejada en la OCL, la FeL y la Izquierda Libertaria principalmente. Llama la atención sobre todo que estas experiencias las estamos viendo en el anarquismo en el Estado esañol. Sin duda, una lectura muy recomendada para impulsar este cambio de tendencias que permitan articular el anarquismo como fuerza política y movimiento. “Arriba los que luchan y no luchan”. El Congreso de Unificación Anarco Comunista de Chile (CUAC) y la apuesta libertaria en el siglo XXI. Entrevista a Mario Celis.

Por otra parte, toda la UE estuvo pendiente de las elecciones generales del 20 de septiembre en Grecia, pais que ya votó en unas elecciones generales a comienzos de este mismo año y en un referéndum en julio. Con la bandera de la soberanía abandonada por Syriza y antes por el Pasok y la ND, la prensa neoliberal (El Mundo, en este caso) nos sirvio esta entrevista con un representante de Amanecer Dorado. Su mezcla de nacionalismo xenófobo y perspicacia a la hora de exponer su imagen a los medios puede explicar la persistencia de este partido como (pequeña) tercera fuerza en las instituciones y en la calle.

En clave estatal, una de las polémicas de final de verano fue la celebracion de la fiesta del «toro de la vega» en la localidad vallisoletana de Tordesillas. El hecho de que su alcalde lo sea por el PSOE ya había llevado a Pedro Sánchez a jugar con los medios y con la oposicion al «toro de la vega» en gran parte del Estado en una ocasión anterior. En esta, Jorge Armesto utilizó su tribuna de opinión en Diagonal para tomar este caso como ejemplo de la capacidad del PSOE y otros grandes partidos para crear una imagen que se sobrepone a la misma realidad de sus políticas.

[Recomendación] Abriendo camino a la superación del Estado, ¿Con qué contamos?

La izquierda libertaria en Europa necesita de un proyecto de sociedad contrario al capitalismo y capaz de ilusionar a una mayoría de la sociedad. Para el proceso de idear dicho proyecto y de levantar organizaciones que lo sustenten y marquen el programa para hacerlo realidad partimos de un acumulado de luchas y propuestas con mayor o menor relevancia, camino recorrido y capacidad transformadora sobre el que podemos y deberemos apoyarnos.

Buena parte de ese acumulado es la memoria de los procesos revolucionarios que movilizaron a grandes masas de la población en defensa de una sociedad libre, socialista y federal, como el anarcosindicalismo español, la revolución rusa o la ucrania de Makhno por poner ejemplos europeos clásicos. Una memoria que no debe ser mitificadora ni simbólica, sino una memoria crítica, capaz de entender la coyuntura y las dificultades a las que se enfrentaron los revolucionarios de esas épocas y cómo supieron levantar propuestas audaces adaptadas al momento histórico, que servirían como referentes para sus respectivos movimientos populares.

Más allá de estos aparejos históricos, el texto hace un repaso del contexto actual para los revolucionarios, analizando los mimbres sobre los que estos deberán construir su proyecto de transformación social: una clase obrera precarizada, la falta de formación militante y sindical, las asambleas, el lento despegue del cooperativismo, los pueblos okupados o el municipalismo.

¿Es suficiente todo esto para que se forme una cultura anticapitalista a la ofensiva? En el totum revolotum de vías de acción y proyectos de cambio social más bien se echa en falta una visión común, estratégica, multifacética pero dirigida y no dispersa, que enganche y movilice a una mayoría social. Ese es el proyecto aún por construir.

Abriendo camino a la superación del Estado. ¿Con qué contamos?

Cuando se habla de unidad de las luchas a menudo se tiende a pensar en grandes asambleas en las que todo el mundo converge y todas las organizaciones sociales y político-sociales se dan de tortas para que su opinión partidista y sectorial prevalezca. Apenas nos ponemos a pensar o debatir sobre estrategias de cómo superar esta sociedad capitalista y estatal. Sirva este artículo para comenzar a plantearnos cuestiones de este tipo.

Porque en primer lugar, ¿qué sustituye al Estado? ¿Nos planteamos esta cuestión alguna vez en tanto a movimiento? Y si nos la hemos planteado, ¿qué van haciendo las organizaciones libertarias en este sentido? Creo que este debate se tiene que ir configurando en los próximos años como un tema a tratar en los ámbitos militantes. Nunca nos valió la idea de Partido-Estado que en tiempos predominó en la izquierda, en cambio tenenos que proponer otros modelos viables.

La confluencia debe ser estratégica también y no sólo en el sentido de agrupar el máximo número de organizaciones para la enésima sopa de siglas en un cartel, sino de hacer encajar diversas tácticas revolucionarias en un mismo proyecto de transformación social. Las luchas convergen en sus distintas manifestaciones y formas y dan lugar a una nueva sociedad. En el proceso de convergencia y alianza se irá generando el modelo de la sociedad futura.

Pero pasemos ahora a hablar de qué formas organizativas de la sociedad podrían sustituir totalmente o en parte al Estado. Son las vías a seguir y fortalecer. Si nos vamos a la historia, y echamos un vistazo a la configuración de los movimientos sindicales, sociales y de forma de vida nos encontraremos con varios organismos que son capaces de garantizar el funcionamiento de la sociedad una vez haya caído el Estado. Estos son: los consejos obreros, los sindicatos, el municipalismo libertario, el cooperativismo y las comunas. Cada uno de estos organismos ha encabezado o bien procesos revolucionarios o bien ha generado sociedades paralelas en el seno de la sociedad capitalista.

Actualmente los consejos obreros (soviets en Rusia en 1905 y 1917, räters en la Alemania de 1919, cordones obreros en Chile en 1972, los comités de acción en Francia en 1968 o las Shoras en Irán en 1979, entre otras denominaciones), tienen poca influencia en la izquierda estatal. Se basan en la asamblea de trabajadores y trabajadoras de una misma empresa. Y se han utilizado en momentos en los que los sindicatos brillaban por su ausencia, o bien porque estaban ilegalizados, o bien porque eran organizaciones huecas, sin capacidad ni intenciones de transformar la sociedad.

En nuestros días las empresas prácticamente no tienen asambleas. Los sindicatos no las convocan, y la clase obrera ha caído en un desánimo y pasividad que hace que en estos momentos hablar de un movimiento de asambleas obreras sea completamente utópico. Lo que queda de aquel modelo en el estado español son instituciones corrompidas como Comisiones Obreras o los Comités de Empresa. En este sentido si los sindicatos tuvieran intención revolucionaria intentarían o bien promover la asamblea de trabajadores como forma de funcionamiento o bien desde los comités comenzar a hablar de autogestión de los medios de producción.

En este sentido se puede comenzar a avanzar en una línea autogestionaria y colectivizadora si desde los sindicatos que se dicen revolucionarios se empieza a abordar en serio esta cuestión, haciendo una formación metódica entre los trabajadores afiliados y que representan el sindicato en este tipo de instituciones como los ya nombrados Comités de Empresa. Para quien no lo sepa, hay bastantes coordinadoras de comités de empresa que unen empresas y fábricas de la misma corporación capitalista, o del mismo territorio. De esta forma se podría coordinar un sector productivo entero o bien un polígono o las empresas de toda una comarca. El caso es que, como acabo de decir, falta una formación sindical apropiada para quienes están en los comités.

De todas formas, si creemos en la asamblea de trabajadores, ésta debe nombrar a sus representantes, y éstos deben ser revocables en todo momento. El gran problema de fondo es que el asamblearismo tiene corta duración. La gente común está en procesos asamblearios mientras le dura el problema. Más allá de eso los movimientos asamblearios caen en manos de los sectores más ideologizados y politizados, convirtiendo los procesos asamblearios en luchas de poder entre las tendencias de la izquierda. Sin embargo, si queremos la autogestión generalizada tenemos que promover asambleas en los centros de trabajo de forma generalizada. Y también deben disputarse los comités, tanto para echarlos abajo si no representan los intereses de la plantilla, como para fortalecer la idea de la socialización y la toma de los medios de producción entre la clase trabajadora, cuestión clave si estamos hablando de iniciar un proceso revolucionario.

Otro de los movimientos que históricamente ha intentado la revolución social ha sido el anarcosindicalismo, o el sindicalismo revolucionario. Tuvo su apogeo como sabemos en la Revolución española de 1936, pero también importancia en procesos como las ocupaciones de fábrica en Italia en 1920, las ocupaciones también de fábricas en Francia en junio de 1936, en el Cordobazo argentino de 1966 y en numerosísimas huelgas generales de todo el mundo.

El sindicalismo con vocación de cambiar la sociedad ha sido capaz de generar toda una cultura radical a su alrededor, un aura de mística revolucionaria que atrae a la clase trabajadora más combativa. Pero tiene su peligro, que es el de caer en el sectarismo y no ver más allá de su propia organización. Hay que tener muy claro que el objetivo primordial es el de la toma de los medios de producción, distribución y consumo, cosa que hizo el anarcosindicalismo ibérico en tiempos. Pero esa conciencia vino a través de dos o tres décadas de formación constante en los sindicatos. Hay que comenzar a formar en general a las nuevas generaciones de militantes y de contrastar los conocimientos adquiridos con otras experiencias alrededor del mundo para prepararnos para cualquier eventualidad. Entidades como ICEA o los gabinetes técnicos de los sindicatos deben tomar las riendas en las formación sindical en sentido colectivista y socializador.

Si nos coordinamos de alguna manera con los procesos consejistas o semi-consejistas (de tipo de comités de empresa) de los que hemos hablado, se podrá derrocar el poder del delegacionismo en el seno del movimiento obrero. Hay que generar unos nuevos comités de empresa verdaderamente en manos de los trabajadores y no de las élites burocráticas de los sindicatos capitalistas. Esa es labor inmediata ahora que se da tanto descrédito del sistema sindical y de comités de empresa en el estado español. No sabemos si se podrán generar otros mecanismos de participación obrera, pero es necesario que los grandes sindicatos pierdan su capacidad de movilización y la ganen nuestras organizaciones.

Pero la clase obrera precarizada no tiene siquiera la capacidad de sindicalización, o al menos no ve necesidad, ya que su empleo dura lo que dura. En este caso se deben encontrar otras formas de actuación político-social. En este caso podremos hablar de dos organismos a tener en cuenta, por un lado el municipio libre, y por el otro el movimiento cooperativista.

Comencemos por el segundo, que guarda relación con la economía política. El cooperativismo ha sido históricamente visto como un movimiento poco o nada revolucionario. Pero es cierto que hubo un cooperativismo obrero que era un apoyo del movimiento revolucionario, de ese que convocaba grandes huelgas generales y movimientos insurreccionales. El cooperativismo tenía dos vertientes, una productiva, que daba trabajo a numerosos obreros (y tenemos que reconocer que algunos de ellos habían perdido su empleo y que estaban en listas negras patronales y tenían muy difícil volver a trabajar) y la otra distributiva o de consumo. Esta segunda podría llegar a ser tan potente que en sí misma era un contrapoder.

Si en vez de ir al Eroski o al Carrefour, la población de clase trabajadora fuera a la cooperativa, otro gallo cantaría. En esas estaban en la región de Bolonia en 1920, en pleno auge del cooperativismo promovido por el Partido Socialista Italiano. Fue un movimiento tan masivo que los comerciantes sentían que se les hacía boicot si no se apuntaban al cooperativismo. Y muchos acabaron en el fascismo, como consecuencia. El cooperativismo per se no es revolucionario, intenta vivir el día a día de la mejor forma posible, pero viviendo de forma parecida a la sociedad que se promueve. Aquí también se requiere un cooperativismo vinculado a la transformación social, arraigado, combativo, y que sirva de elemento de propaganda y conexión con otros sectores de la sociedad. Si en vez de tantos trabajadores autónomos, por cuenta propia, tuviéramos un movimiento cooperativista en condiciones, y politizado, también nos cantaría otro gallo.

Otra manifestación del cooperativismo era las mutualidades. En nuestros tiempos en los que los permanentes recortes amenazan con echar al traste el estado del bienestar podremos ver pronto algún resurgimiento de aquellas sociedades de socorro mutuo. Ya comienzan a abrirse algunas clínicas gestionadas por gente de nuestro ámbito y hay otros proyectos (exclusión social, residencias de ancianos, etc.). Pero lo que realmente importa, como decían algunos artículos de prensa del anarcosindicalismo de los años 70, es tomar la Seguridad Social en manos de las organizaciones populares. Hospitales y escuelas deberían estar en manos de sus trabajadores y usuarias. Eso sí que sería revolucionario. Tomar el estado del bienestar en nuestras manos es de por sí subversivo. Y eso lo decían en los años 70.

Antes las cosas funcionaban de otra manera. Por ejemplo el sindicalismo revolucionario siempre intentaba tener una bolsa de trabajo. Era como controlar el INEM. Si controlabas la forma en la que las empresas contrataban los trabajadores, habías ganado. Todo el mundo se tendría que afiliar a tu sindicato. Esta es una de las razones de la enorme fuerza del anarcosindicalismo en ciertos territorios en los que podían hacerlo. Un sindicato que tenía una bolsa de trabajo, un economato, y algunas cooperativas aliadas, y hasta sindicato de jubilados, era toda una sociedad paralela.

El municipalismo libertario funciona de otra manera. También se basa en generar un contrapoder al del Estado. Aunque Bookchin era partidario de tomar la institución del ayuntamiento en caso de que el movimiento popular fuera fuerte y necesitara crecer más, pienso que no es necesario llegar a ese punto. Lo necesario es tener una serie de asambleas de barrio con verdadera vocación de contrapoder, de control de su barrio. El municipio, tal como está montado en el estado español, no tiene tanta capacidad de maniobra como nos pensamos. Está muy limitado desde arriba, y en cuanto se haga algo que no conviene puede llegar a ser disuelto. De todas formas es necesaria una institución equivalente que sea la voz del municipio. Esto lo puede hacer bien una federación de barrios. Siendo una confederación de municipios a niveles mayores. En este caso nos podemos encontrar el mismo problema de participación que con las asambleas de trabajadores. El asamblearismo funciona en momentos importantes, pero más allá decae y solo queda la gente más convencida.

Desde luego, que ahora mismo un proyecto municipalista debiera intentar converger con los demás movimientos en un proyecto revolucionario. Es importante saber entenderse entre las diferentes visiones tácticas. Pero sobretodo intentando impulsar algunos factores importantes como el de los servicios públicos, la bolsa de trabajo, las mutualidades y una red de cooperativas de su territorio. Creo que esto se puede hacer aquí y ahora. Pero como siempre, nos falta formación.

Por último otro de los factores que actualmente existe en el estado español y del que podría salir también otro contrapoder, es el de los pueblos okupados, cedidos o comprados que se van convirtiendo poco a poco en focos de autogestión rural. El tema es que como son proyectos pequeños apenas se toma en serio sus posibilidades tácticas. Se trata de unos centenares de personas esparcidas por un gran territorio rural semi-despoblado.

Pero estamos hablando de gente que suele estar bastante politizada, y que tiene claros los conceptos de autogestión y asamblearismo. Quieren organizar su sociedad libre aquí y ahora, y lo están haciendo. Apenas existe difusión de su trabajo, pero tienen sus redes y sus coordinadoras. Si tienen algún proyecto de trascender a su comunidad apenas se sabe. Lo que sabemos es que algunas escuelas rurales (oficiales) funcionan casi como escuelas libres debido a que lxs únicxs niñxs son de la comunidad que bajan al pueblo más cercano. Y así en otros ámbitos. Queda la sensación de que si formaran un sindicato agrario serían el sindicato mayoritario en varias comarcas. Pero estamos hablando de gente que no se plantea ser un contrapoder, sino que la dejen vivir su vida en paz. En este caso el trabajo necesario para organizar la revolución en estos territorios es político (qué se quiere hacer, cómo, con quien, para qué).

Es decir, que siendo “posibilistas” respecto a lo que tenemos aquí y ahora, en realidad hay varios organismos que si se coordinaran en un proyecto coherente en realidad podrían gestionar la sociedad. Se necesitan grandes dosis de formación en todos los niveles, y de voluntad de derrotar el Estado, y no dejarlo a un lado. La lucha es multifacética y debe construir sus propias instituciones post-revolucionarias a partir de lo que hay. Este es el reto de nuestros días.

Anarquismo y movida nacional

Anarquismo y movida nacional

Leo con sorpresa el último texto de @borjalibertario, sobre Anarquismo y Cuestión Nacional. Sorpresa porque frente al rigor de otros textos de este autor tengo que decir que en este texto se juntan una serie de supuestos pomposos en clave doctrinaria anarquista y que responden al enésimo intento de conciliar el sueño por parte de quién se mueve en la militancia libertaria catalana, algo que nos ha pasado a muchas. Sumarse a la ola de la autodeterminación, de los postulados más simplones del independentismo catalán y condimentar todo con la liberación de clase es un lugar muy común no solo de cierto anarquismo sino de gran parte del movimiento popular. La defensa del derecho de autodeterminación en abstracto para luego aplicarlo sin miramientos sobre el contexto inmediato en el que nos movemos no es suficiente. Por muy aguda que sea la contradicción que se vive en la sociedad catalana, la consigna de la «liberación nacional y de clase» se nos queda pesquera a la vista de los resultados y los riesgos de que haya planteamientos burgueses filtrándose en las contradicciones de ese discurso. Sirvan estas líneas para agitar el debate más allá de lo ya escrito.

Que la relación entre movimiento libertario y cuestión nacional ha tenido idas y venidas no es algo obvio para quienes consideran que existen unos principios anarquistas entre los que están la radical autodeterminación de cada individuo, sin más matices. En este texto defendí la idea basada en diversas fuentes de la existencia de una compleja relación entre un Internacionalismo propio de distintas corrientes socialistas que admiten el hecho nacional y un Cosmopolitismo de corte individualista que lo cuestiona, como forma de sintetizar las posturas que predominan ante la llamada cuestión nacional en nuestro ambiente. A mayores de esas posturas merece la pena subrayar las tesis al respecto que maneja el llamado «comunismo de izquierda» o «consejismo», cuyas tesis principales se pueden sacar de Lucha de Clases y Nación, de Pannekoek, donde se desprende la idea de la existencia de comunidades de destino que están completamente insertas y subordinadas al conflicto de clases y que por lo tanto, no hay liberación nacional a la vista que no sea una simple estrategia de la liberación de clase. Es importante contemplar esta postura porque combate la idea esencialista de la nación que está en el texto que motiva estas líneas.

Con esto tendríamos 3 posturas entre «los clásicos»:

  • un «cosmopolitismo» que abarcaría las posturas desde el individualismo al liberalismo y que parte de la radical universalidad existencia del individuo esencialmente humano

  • un «internacionalismo» que se bifurca entre quienes entienden las luchas nacionales como algo completamente dependiente de las luchas de clase o quienes señalan que la cuestión nacional tiene «cierta autonomía»

Salta a la vista para cualquiera que lo conozca que el texto de Borja nace del contexto catalán, no sólo por que se cite explícitamente sino porque las consignas que maneja son muy comunes para distintas vertientes de la izquierda, incluida la libertaria. La idea de que existe una “cuestión nacional”, paralela a la opresión de clase o de género y que todas se interrelacionan es el núcleo de esta interpretación, en contraposición a quienes –como Pannekoek y otras corrientes comunistas- defienden que la cuestión nacional está completamente subordinada a la contradicción de clase. La postura de Borja, predominante en las izquierdas catalanas, supone automáticamente asumir los presupuestos de la autodeterminación propia de la lucha anticolonial del siglo XX. Pero si la pregunta está mal planteada la respuesta difícilmente es correcta.

La complejidad del caso catalán en parte lo invalida para generar soluciones universales partiendo sólo de ese caso, si es que tales existen. El nudo catalán está profundamente atravesado por la historia de los últimos 50, que condiciona la percepción actual más que de los últimos 300. Es en estos últimos 50 años de desarrollismo, migraciones y transformaciones sociales profundas en las que se ha construido una visión de la realidad nacional catalana que ha afectado muy profundamente al resto de percepciones de las españas. En el caso catalán hay una fuertísima influencia de las posturas burguesas, que por cierto llegan tocar la caricatura. Aunque hay otras cuestiones que están en disputa entre las fuerzas vivas catalanas sobre el proyecto de país o la relación con el resto de pueblos, hay un elemento construido desde posiciones burguesas que desgraciadamente se ha hecho hegemónico y que se cita como ejemplo en el texto que motiva estas líneas. Es la contraposición entre nación española y nación catalana, entendidas como pueblos. Esta tesis es una auténtica trampa que si bien puede entenderse en términos de propaganda no puede tener ni un pase a la hora de hacer análisis serios sobre nuestra historia y menos sobre los conflictos de nuestra época.

Mal que les pese a los imperialiebers, el origen de la España rojigualda del siglo XX y XXI no está en las glorias imperiales del siglo XVI, aunque hayan servido de mito fundacional. Esa España surge en el siglo XIX, como forma de diferenciarse de La Gran Francia y como herramienta para el despliegue del dominio liberal en la península. Para ello no sólo se define en contraposición a lo de fuera -Francia, Portugal- sino a lo interior -las españas, lo diverso, lo atrasado. La construcción de esa nación española se hace desde entonces sumando las distintas fuerzas hegemónicas de los distintos pueblos y para finales del siglo ya había parido una configuración estable. Como bien teoriza Iñaki Gil de San Vicente se da una alianza entre las burguesías industriales vascas y catalanas con las oligarquías caciquiles rurales de Castilla y Andalucía, poniendo el tablero de la actividad política a su disposición mientras les dejen operar en sus respectivos territorios. Así es como se funda la España que surge de la desaparición del «sueño imperial». Esto provoca contradicciones en País Vasco y Cataluña por tener desarrollados estratos sociales intermedios entre la gran burguesía españolista y el proletariado migrante, que empezaron a poner en marcha sus propios intereses locales, construyendo a su alrededor una nación con perspectiva moderna.

Las intensas luchas populares de la primera mitad del siglo XX se articulan para disputar el marco nacional recién creado, aunque haya contradicciones en determinados territorios. Los grandes movimientos populares se movieron en torno al proyecto de país español y eso es algo que aunque hoy cueste hay que admitir. Sin hacer una radiografía muy extensa y quedándonos con el movimiento libertario de los años 30, resulta evidente:

a) que había proyecto de país
b) que ese país era España. Una.

Aunque en las declaraciones y acuerdos, como el del mítico congreso de Zaragoza de CNT, se hablara de península, Confederacion Ibérica, etc…esto en la práctica no tuvo ningún reflejo, siendo la relación del movimiento popular de las españas con el portugués igual o menor al mantenido con otros pueblos. Así se trasluce de la propaganda y los textos de entonces. Como máximo exponente de esta realidad habría que rescatar el texto de Los Amigos de Durruti del año 1938, «Hacia una nueva revolución«. En ese texto, lúcido con su época en general, se incluye un capítulo entero en defensa de «La independencia de España», donde se describe la épica española y refleja nítidamente la percepción del propio país que manejaba el movimiento popular en aquellos tiempos.

Lo cierto es que en paralelo a esto y como explica también Iñaki Gil, es en las luchas de aquellos años 30 en las que la conciencia nacional en el caso vasco empieza ya no a empapar desde fuera, sino a emerger desde dentro de las luchas obreras. Este proceso continuo casi sin ruptura durante el franquismo. Eso explica que tras 30 años de represión, exilio, autodestrucción y capitulación el tablero nacional hubiera cambiado sustancialmente en Cataluña y País Vasco, donde la lucha contra la dictadura se había vertebrado fusionando la idea de España a la idea de España de Franco, como se relata en el reciente libro de Emmanuel Rodriguez. Esa idea-fuerza del antifranquismo se adopta desde posiciones burguesas para plantear un nacionalismo construido como diferencia a esa España y se convierte en uno de los discursos más exitosos de los 70 por la extensión que adquiere, pero que entra en contradicción flagrante con la realidad histórica de los territorios donde ese planteamiento tiene éxito por ocultar que estos fueron parte fundadora y fundamental de esa España. Entonces toda una maquinaria intelectual empieza a construir mitos y relatos que expliquen las diferencias históricas entre España y Cataluña/País Vasco, que aunque se basen en realidades históricas indiscutibles, ocultan el hecho de que esa España Una es también hija de lo peor de sus pueblos: sus oligarquías.

El marco nacional actual se asienta sobre lo que ocurre en parte en los 70 y principalmente en los 80, porque a la vez que ese proceso de construcción de discursos y mitos para algunos pueblos, en otros se daba otro proceso que hoy se mantiene intacto porque es la piedra de toque del régimen del 78. Hay una gran variedad de casos entre los pueblos ibéricos que se han dado con el régimen del 78, donde por contraste se puede aprender mucho de cómo la construcción de relatos nacionales/regionales partiendo de una realidad institucional se utiliza como herramienta de domesticación -País Valenciano, Navarra, Comunidad de Madrid- o para la acumulación de fuerza popular -Canarias, Galicia, Asturias. Merece la pena detenerse en el caso andaluz y castellano, por su relevancia en la construcción de la España moderna y postmoderna, en el pasado y en el presente.

El caso andaluz nace de una leve conciencia regional en los 70 que con la creación de las autonomías y por equiparación, especialmente, con Cataluña va creciendo hasta convertirse hoy en una realidad indiscutible: Andalucía existe como pueblo y por lo tanto como marco de disputa de intereses de clase. Este hecho se aprecia en cualquier campaña política –sea electoral o no- que se dé donde Andalucía es el marco de referencia y sirve como entidad política que equilibra España frente a las otras entidades políticas de su mismo nivel en el Reino de España.

Por contra el caso castellano, país en el que operan las fuerzas más brutales del españolismo político y donde el franquismo fue especialmente quirúrgico con el fin de extirpar toda memoria rebelde, se desbarató como país y llegó al siglo XXI como una reliquia turística de museo. No es casualidad, y así se percibe cuando se analiza el proceso de descomposición en autonomías de lo que hasta entonces fueron las castillas. La segregación de lo que a partir de entonces fueron Cantabria, La Rioja y la Comunidad de Madrid, mientras se mantenía dentro de la tradicional diversidad de las castillas a La Mancha y a León hizo que las 5 comunidades autónomas haya generado o bien regionalismos sin fundamento ni capacidad ni movilización o bien en la idea de que las autonomías son simplemente como aparatos de «gestión» pública sin un contenido más que casual -lo que, por cierto, explica en parte la furia antiautonomías del cuñadismo. La desaparición de Castilla como realidad política, social y cultural hoy es un hecho cercano, la señal es que ya ha sido dada por muerta por todas las fuerzas políticas significativas que sin embargo la consideraban como tan en los 70/80. Esto se puede explicar por la enorme complejidad, y por tanto riesgo político, del caso castellano por su diversidad y sus conflictos «provincianos», cuya contradicción más estridente se da en las comarcas del País Leonés. Por otro lado en los 80 era imprescindible para las élites gobernantes que no se produjera en Castilla el fenómeno que ya empezaba a darse en Andalucía y a la vez que se aislara Madrid para una «gestión mas eficiente», de la que ya hemos visto resultados, siendo estas dos condiciones un elemento central para el régimen del 78, cosa que aún hoy quienes hablan de romper candados no han puesto en duda. Ese abandono por parte de toda fuerza política del marco castellano produce una asimetría que supone que varios millones de paisanos se vean sin más referente nacional ni territorial sólido que España, lo que dispara un conflicto irreal entre «nacionalistas periféricos» y «españoles del centro» cuando se plantea la cuestión nacional, lo que crea esa imagen de que Cataluña o el País Vasco se independizan de España como si esta fuera una metrópolis colonial, confundiendo ahí a España con Castilla y generando una situación incómoda que mira su reflejo en Yugoslavia. Esto le hace el caldo gordo tanto al españolismo político como a quienes han construido relatos nacionales que ocultan que un sólo empresario catalán tenía más intereses en la victoria de Franco que todo el proletariado agrario castellano junto.

Dicho esto quede por delante que analizar como se articula el régimen del 78 no supone entederlo como neutro e inevitable y señalar sus carencias no supone posicionarse del lado de un «modelo territorial» distinto. El hecho de que Portugal, Aragón o Andalucía sean hoy marcos políticos disputables por su movimiento popular y que Castilla no lo sea es una realidad que nos condiciona completamente a las Castellanas, pero también al resto de nuestra gente súbdita de los Reyes de España y eso es lo que aquí se quiere señalar. Que Castilla se convierta y se identifique con el bastión del españolismo no nos puede convenir a nadie y para ello, en ese puzzle de pueblos que es la península de los últimos 30 años, habrá que trazar estrategias para la «liberación nacional y de clase» contemplen esa realidad. Plantear cualquier “liberación” en Olot o Gerona que implique considerar que existe una España de la que separarse y que está compuesta por un magma de pueblos mesetarios desestructurados más alguna región anexa es un torpeza estratégica que nos tiene con los pies atados, porque no puede haber una solidaridad de tú a tú entre Cataluña y España porque efectivamente el hecho de que Cataluña haya sido parte fundamental de España la sitúa en otro nivel de referencia, otro marco mental, independientemente de la materialización institucional de estos procesos. Que se pretenda hacernos españoles a algunas para después decirnos que “una parte de nosotros se va” provoca esa desagradable contradicción en la que se nos sitúa y que tan bien manejan para tenernos jodidas los encorbatados de La Caixa y Bankia.

Siguiendo con el hilo temporal, hay que reconocer y asumir que en esta época de transición y conflictos esto de la «cuestión nacional» no es un campo inmutable donde nos sirvan las categorías del siglo XIX. Entonces el desarrollo de los mercados nacionales y del imperialismo -con una determinada capacidad técnica de producción, distribución y comunicación- generó unas lógicas y unas dinámicas de gobierno para la sociedad que necesitaban de las herramientas «nación» y «estado moderno». Hoy, con otra capacidad técnica, son otras las herramientas que se están poniendo en marcha. Que el proyecto neoliberal está superando los marcos estatales y por tanto, los proyectos nacionales e incluso el concepto de sociedad, el algo ampliamente sabido. Todas las descripciones apuntan a que el territorio se está reordenando en centros y periferias, haciendo del territorio capitalista una red de metrópolis hipercomunicadas y conectadas por grandes infraestructuras y un espacio fragmentado física y socialmente de periferias de donde extraer recursos. Estos análisis se pueden encontrar desde el mundo sindical a las «vanguardias» teóricas anticapitalistas. ¿qué espacio deja esto para la «cuestión nacional»? ¿de qué sirve conjurar la «liberación nacional y de clase» cuando las naciones dejan de ser territorios en disputa? Tener esta perspectiva es imprescindible para preveer estrategias, porque aunque las transiciones entre estadios de desarrollo nunca son perfectas hay que ser conscientes de en cual nos encontramos. Esto es, igual que hoy vivimos con una reliquia feudal como jefe de un estado moderno, mañana podemos vivir en el sueño neoliberal con gobernanzas nacionales.

Pero aparte de carencias en el análisis concreto de nuestra realidad y de cuales son los nudos a los que nos enfrentamos, es más estimulante cuestionar la idea de que «lo nacional» es un terreno de disputa preexistente sobre el que se da una lucha de clases que hay que ganar, que subyace en todo el texto de Borja. Esta es otra idea clásica, el esencialismo nacional, que cuestionarla abre un abanico de posibilidades para nuestros intereses. En el pequeño y supersimplificado resumen que hay unas líneas más arriba del desarrollo del tablero nacional actual de las españas se cita la idea de que en el caso vasco la identidad emerge de las luchas obreras, osea, que la nación vasca no es un sujeto histórico con miles de años de historia común, sino que es una comunidad que se ha forjado hace menos de cien años en torno a algunos mitos y rasgos comunes e históricos pero sobre todo, en torno a la lucha y el conflicto. Podríamos decir lo mismo en el caso catalán, en el que la lengua y la lucha en defensa de la lengua ha sido el principal eje de conflicto en la historia reciente y que de hecho es el nexo que fundamenta el proyecto de Paises Catalanes. Y lo mismo de la identidad asturiana y sus conflictos obreros o andaluza con los conflictos del campo. Si la identidad nacional surge en la lucha y no tanto en los mercados, textos académicos y en el revisionismo histórico, la pelota está en nuestro tejado. Si es el conflicto nuestra herramienta para poner el tablero político, de la misma forma que quien gobierna lo pone mediante instituciones, la lucha nacional y de clase se funden en una a medio plazo, aunque sea sin la consideración o la designación de nacional. Se le llame cuestión nacional o con el nombre que sea, son de plena actualidad las luchas «situadas», insertas en realidades territoriales, culturales y sociales concretas y no universales. Las llamadas «luchas en el territorio» son el mejor ejemplo de estas, pero los conflictos más llamativos de nuestro tiempo nos enseñan esto sin parar: desde Chiapas a Kôbane pasando por la defensa del territorio ante las grandes infraestructuras en Europa. El hecho de que haya justificaciones históricas, culturales o incluso étnicas o que no las haya -dicho de otro modo, que los elementos del conflicto sean modernos o postmodernos- son elementos a valorar en cada situación y a cada nivel, pero lo importante es que estamos en un tiempo en el que las luchas ceden cierta pretensión universalista para centrarse en su situación concreta, y ahí lo que en las izquierdas castellanoparlantes llamamos «cuestión nacional» se pone de plena actualidad para definir programas y proyectos rupturistas y revolucionarios, que a nivel país van a tener que cruzarse necesariamente con las identidades históricas de los pueblos peninsulares.

@botasypedales

Superar las puñaladas de ayer

Nota preliminar:

Antes que nada, voy a dejar claro que este artículo no pretende levantar discusiones ni abrir viejas heridas para crear acaloradas polémicas, sino para la reflexión y cómo afrontar el presente aprendiendo las lecciones del pasado.

Ha llovido mucho desde que la facción bakuninista de la I Internacional fuese expulsada por la facción marxista. Entristece y da mucha rabia cuando leemos la historia del movimiento anarquista en el primer tercio del s. XX ver cómo las revoluciones anarquistas eran aplastadas también por el marxismo-leninismo y cómo los logros realizados por la revolución social hayan sido pisoteados y ninguneados tanto por la historiografía oficial como por ciertos marxistas. Leemos la historia del movimiento makhnovista y la participación del movimiento anarquista durante la revolución rusa, y lo que nos encontramos es que el makhnovismo fue un movimiento principalmente campesino que se levantó en armas contra la antigua aristocracia y luchaba también contra las diferentes burguesías que trataban de conseguir su trozo de pastel. Los y las makhnovistas consiguieron un territorio libre, sin Estado, y un ejército dedicado a defenderlo, pero esta historia bastantes leninistas la desconocen por completo y menos saben que fueron traicionadas por el bolchevismo. Luego viajamos al Estado español plena guerra civil y ya nos suenan los sucesos de mayo del ’37, la persecución de militantes libertarios en Catalunya y la destrucción de las colectividades aragonesas (Camilo Berneri también sería asesinado en esos tiempos). La contrarrevolución fue orquestada por agentes stalinistas, siendo el PSUC la cabeza visible. Finalmente, lo que me llevó a escribir este artículo fue una breve lectura sobre la Comuna de Shinmin, una desconocida historia llegada del sudeste asiático en la cual se narraba de un movimiento anarquista organizado previo, con núcleos tanto en Corea, Manchuria, Taiwán, Japón, entre otros, lucharon contra la ocupación japonesa a la vez que contra la burguesía local y los nacionalistas, construyendo así un territorio donde el Estado fue sustituido por Consejos federados y estructuras asamblearias en 1929. Tres años después más o menos, fue aniquilada por el régimen de Stalin junto con las fuerzas imperiales japonesas.

A pesar de todo, estamos en el siglo XXI, con la mayoría de movimientos revolucionarios derrotados en los países capitalistas avanzados. Tenemos una coyuntura que está cambiando rápidamente y estamos viviendo una reestructuración capitalista que está destruyendo lo poco que nos queda de derechos sociales. El pasado ya no se puede cambiar, ya no recuperaremos las tierras que liberó Makhno y su Ejército Negro, ni las colectividades de Aragón, ni los territorios que se liberaron en Manchuria… Tenemos que pasar página pero no olvidar, tenemos que salir del estancamiento en el pasado y de las peleas ínútiles y plantear alternativas en el presente. En esta coyuntura, marcada por nuevas formas de movilización social, comienzan a brotar nuevas tendencias dentro del anarquismo. Ya no valen los métodos tradicionales, tenemos delante una nueva situación en el cual las batallas en el terreno social constituyen un factor importante a la hora de fortalecer un movimiento popular. Pero en el camino seguimos encontrando miserias en la misma trinchera (hablando entre anarquistas y marxistas). Entre reyertas por cuestiones del pasado y tirarnos piedras entre las que se supone que somos compañeras, lo único que se consigue es que sigamos en la marginalidad malgastando fuerzas en plantar cara, no al sistema capitalista, sino entre compañeras. Entre el machismo que divide al anarquismo en particular y la izquierda en general, entre la priorización del partido sobre todo lo demás, los sectarismos, los juegos sucios, peleas de egos y demás, son mucha mierda que tenemos que ir limpiando para avanzar mínimamente en algo.

Y de nuevo, las lecciones de la historia: el makhnovismo fue anterior a la llegada de los bolcheviques a Ucrania y fueron una fuerza política capaz de lograr el comunismo libertario sin necesidad de un Estado proletario y a la vez combatir a diferentes fuerzas reaccionarias. Pero llegó la traición, derramaron mucha sangre campesina y el resultado fue la restauración del viejo orden de explotación de los terratenientes. Así también como que en la Revolución social del ’36, el frente antifascista se debilitara por los sucesos de mayo del ’37 y la destrucción de las colectividades, suponiendo así la vuelta de los privilegios de la pequeña burguesía propietaria, generando desabastecimiento y desmoralización en los frentes donde combatían las milicias de la CNT-FAI. Todo aquello terminaría en la derrota de la izquierda misma y la instauración de la dictadura franquista. Y lo mismo podríamos decir de Shinmin; derramamiento de sangre por asesinatos selectivos de militantes libertarios bajo las órdenes de Stalin y posterior barbarie del régimen imperial japonés al ocupar ese territorio y llevar a la burguesía japonesa a explotar los recursos de la zona. Así que, ¿qué ganaríamos la clase trabajadora si nos traicionáramos por cuestiones ideológicas e intereses partidistas? Podemos asegurar que ninguna.

Y la gran pregunta del millón, ¿sería posible una unión entre marxistas y anarquistas? Esta cuestión puramente ideológica realmente no debería ocupar el plano central en estos momentos. Recordemos que todavía queda que los y las anarquistas nos consolidemos como un movimiento inserto en los movimientos sociales y una fuerza política real, con capacidad para oponer el poder popular contra el sistema capitalista. En este aspecto, nos queda mucha tela que cortar y piedras que pulir. ¿Y una posible alianza? Sí. Considerando nuestra propia situación y nuestras capacidades, una alianza táctica —que no necesariamente política— sería una estrategia bastante acertada de cara a articular un movimiento autónomo y de clase, esto es, reconstruir el movimiento obrero a partir de los movimientos sociales y las luchas inmediatas. Por estas razones, no nos interesa crear más hostilidades, ni perder el tiempo con discusiones ideológicas. No se nos hace prioritario la confrontación con marxistas, pues tenemos un enemigo más poderoso que combatir y un movimiento popular y una fuerza política que construir.

Manifiesto por una convergencia revolucionaria antiestatal

Es nuestra intención animar un proceso de convergencia revolucionaria previa definición de lo que consideramos Revolución.

Entendemos por Revolución el derrocamiento del Régimen vigente, económico, político y social, y su sustitución por un nuevo orden libremente acordado. Esto sólo puede venir por un proceso de lucha popular que mine la autoridad del Estado desde los cimientos, y para ello nos sobran los parlamentos, los ayuntamientos y los distintos gobiernos autonómicos y regionales. Este proceso debe ser impulsado por organismos populares horizontales autoorganizados que funcionen de manera asamblearia, que deben rechazar cualquier intento de absorción por parte de partidos y sindicatos si quieren continuar siendo libres a la hora de tomar decisiones y autónomos en la forma de funcionar. Entendemos pues que colaborar con las instituciones legitimando su función mediante las urnas y los mecanismos de participación acordados por el propio Sistema (como los partidos políticos y los sindicatos, sean éstos más o menos transparentes) es caminar en dirección opuesta a la de la Revolución Social.

Es absolutamente imprescindible que este proceso revolucionario tenga sus defensores, que la opción revolucionaria, rupturista, radical…. tenga voz propia, que exista, se manifieste y se dé a conocer enfrentándose dialécticamente con sus contrarios y enemigos, no ya el mismo Estado, el Régimen, el Orden, al que hay que denunciar y al que hay que enfrentarse a porfía con una estrategia meditada sino también a las diversas facciones que enmascaran y maquillan tras una apariencia más ó menos contestataria, asamblearia, opositora o antisistema, proyectos de legitimación de esta Dictadura Parlamentaria, de «regeneración democrática», de perfeccionamiento de la democracia, en resumen de apuntalamiento y sostenimiento del orden vigente. Esta es la labor de la izquierda del Capitalismo, parlamentaria ó extra-parlamentaria según convenga, más ó menos «extrema» y que ahora mismo cosecha éxitos en su programa de «reiniciar el Sistema», lema que no deja lugar a dudas sobre sus prístinas y aviesas intenciones, es un «volver a empezar», un «y vuelta la burra al trigo».

Por lo tanto, quienes tomamos partido por la Revolución hemos de criticar, denunciar y enfrentar el izquierdismo y a las izquierdas, sin complejos ni vacilaciones, con argumentos y públicamente. Debemos separarnos de la falsa oposición, la que sólo oposita al poder, quienes francamente nos oponemos a él y anhelamos no administrarlo sino combatirlo y eliminarlo, defendiendo la Revolución con vehemencia. Estar por la Revolución es estar contra el Capitalismo y contra el Estado, vístanse como se vistan. La denuncia de este régimen como una dictadura con la que hay que acabar y a la que hay que enfrentarse sin tregua, la defensa de su superación revolucionaria nos lleva a no aspirar a participar en sus instituciones y a boicotear y renunciar a la representación electoral y al entramado institucional no colaborando bajo ningún concepto en la gestión de este sistema de explotación, no justificándolo ni integrándolo.

La defensa de las asambleas como órganos soberanos de organización y poder popular es incompatible con la defensa del parlamentarismo, expresión máxima de la delegación. O auto-gobierno del Pueblo o dictadura del Estado. Quienes pretenden la coexistencia relajada de asambleas populares con las instituciones de la Dictadura Parlamentaria como proyecto de perfeccionamiento democrático, caricaturizando y reduciendo las asambleas a meros órganos consultivos y decorativos, son los defensores del Estado, son los mismos que las temen como instrumento de lucha y fortalecimiento popular, y de esta forma pretenden destruirlas como herramienta de combate y organización del pueblo. Las asambleas populares serán el legítimo auto-gobierno del Pueblo que ha de enfrentarse al gobierno dictatorial del Estado. Las asambleas no colaboran con el poder, lo deslegitiman, enfrentan y desprecian. La soberanía no puede ser representada, ninguna política es legítima democráticamente a menos que sea propuesta, discutida y decidida por el pueblo, no por representantes o sustitutos. Una democracia participativa no puede ser alcanzada por la sociedad en su conjunto mientras la vida pública esté disponible solo para aquellos con el suficiente tiempo libre para participar en ella.

Las soluciones dadas desde arriba se reducen a prometer trabajo, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y una dependencia absoluta. Desde la Izquierda la alternativa es mendigar trabajo, subsidio ó Renta Básica, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y unadependencia absoluta. Quienes sólo hablan el lenguaje económico del bienestar, de las necesidades materiales, de los derechos, son los que realmente no pasan de prometer una vida quizás materialmente aceptable pero ética e intelectualmente degradante y miserable. La carestía y el hambre, por sí mismas, no producen revoluciones sino enfermedad y muerte, la Revolución es un asunto de conciencia, de valores, de justicia social… no del monedero. Los revolucionarios hemos de hablar alto y claro contra el trabajo asalariado, contra la explotación y la legitimación del empresariado, en un momento histórico donde por primera vez han conseguido imponer el salariado generalizado y que éste no se viva como una imposición si no como la primera necesidad de la existencia. Desbaratar el maniqueismo de los defensores del Capitalismo que pretenden que solo se puede escoger entre trabajo asalariado o paro, derechas o izquierdas, monarquía o república…

Creemos que es urgente abandonar el lenguaje derechista que utiliza sobre todo la Izquierda, tener derechos, derecho al trabajo, a la educación, a la sanidad, al aborto…. es una perversión que los explotados y gobernados exijan serlo. Los pueblos, las comunidades, son capaces de ocuparse de lo suyo, de organizarse por su cuenta, de funcionar y satisfacer sus necesidades reales sin la tutela del Estado que vende cara su gestión y que como todo tutor administra los bienes del tutelado hasta su mayoría de edad, tratándonos a todos como incapaces, inútiles e inmaduros… y en este caso, la tutela del Estado es a perpetuidad.

Como enemigos del Estado lo somos del Estado del Bienestar. El bienestar del Estado es el bienestar del ganado. La humanidad que sueña con ser libre, con la igualdad y la justicia aspiramos a algo más que a un mejor establo. Se nos vende como el único freno a la sobreexplotación, el único capaz de controlar los
desmanes y excesos del “Capitalismo Salvaje” y de regalarnos derechos como la sanidad (sobremedicación, errores médicos, yatrogenia), educación (encierro forzoso desde temprana edad hasta la edad adulta para ser domesticados y encajar en el infame engranaje), … que en realidad nos salen muy, muy caros. El Estado del Bienestar funciona en una pequeña parte del mundo coyunturalmente, se construyó desde arriba y no es fruto de pretendidas luchas sino de «favores», concesiones unilaterales que compraron la paz social y la renuncia al cambio social y a la justicia integral a cambio de ciertas mejoras que ya sin presión revolucionaria, como vienen se van. Esto ha permitido gobernar y explotar sin apenas conflicto ni contestación. Los actores y métodos políticos necesarios para perpetuar este pacto son los partidos, los sindicatos y las elecciones que no sirven en absoluto para otra cosa que no sea para sostener el sistema de explotación. Si se pretende luchar contra y no sostener al, se tiene que abandonar la defensa del Estado del Bienestar y no ceder a la tentación de aspirar a ralentizar su desmantelamiento. Esto no ha de ser tenido como victoria de los de abajo y menos aún como un objetivo deseable.

La defensa del Estado, del bienestar o no, de sus ministerios, de lo público, o sea, de lo estatal, es la defensa cerrada del orden vigente, ya sea la defensa de la educación pública, de la policía pública ó de la sanidad pública. Quienes hoy hablan de lo público, lo hacen como sinónimo de lo estatal. Esto nada tiene que ver con lo común, lo popular, es más, son términos enfrentados. El Estado destruye y esclaviza al Pueblo, domina, somete, explota, ningunea mediante jueces, policías, profesores, asistentes sociales, funcionarios de prisiones, psiquiatras, etc. El Estado del Bienestar produce adicción e inacción en sus “beneficiarios”, acomodaticios e inútiles a la hora de resolver sus problemas, satisfacer sus necesidades por si mismos o en colaboración con sus iguales. El Estado Social aplasta al individuo como garante de su propia conservación y neutraliza a la comunidad como ámbito de la ayuda mutua y la autogestión.

El Estado es, según el derecho, el administrador de la única violencia legítima en Democracia y en los últimos tiempos algunos movimientos sociales han tenido mucho interés en respetar este estado de las cosas, criminalizando a los manifestantes que se defienden de la policía y tratando de que las movilizaciones no rompan el decorado de las buenas maneras, siendo éstas movilizaciones el complemento de la única vía legítima de cambio social para él: la que salga de las urnas. No respetamos este Estado de Derecho que, al contrario, definimos como Estado de Excepción permanente, donde la propia ley legitima la violación de sus principios de igualdad ante la justicia.

La totalidad de los defensores del orden defienden, justifican y aplauden el uso de esta violencia, las amenazas y la coacción estatal contra quienes les cuestionan: Asesinatos, palizas, cárcel, multas… además, otro tipo de violencia mucho más sutil, la estructural, hoy se hace sentir con toda su fuerza: el terror impuesto en las clases populares mediante el binomio paro/trabajo precario, los desahucios, la marginación, etc.Entendemos la violencia como una herramienta más de lucha y en ciertos momentos y lugares ha de ser estratégicamente utilizada. La violencia por la violencia, el exhibicionismo y su mitificación son despreciables. Su uso no es obligatorio (pero sí necesario en ocasiones), como no puede serlo su renuncia. Puede haber sectores revolucionarios que nunca participen de ella, por precaución, por falta de compromiso, de decisión, por no asumir los riesgos o por defender activamente la desobediencia civil no violenta. Siempre ha pasado y siempre sucederá. Al enemigo se le puede enfrentar de muchas formas pero quienes conformamos el bando revolucionario hemos de respetarnos mutuamente, diferentes estrategias y acciones no son incompatibles sino complementarias. La falta de respeto sí lo es.

Es un buen momento para iniciar este proceso de convergencia revolucionaria: hoy en día el Sistema Democrático está pasando por una seria crisis de legitimidad, los viejos partidos se contraen carcomidos por la corrupción, escándalo tras escándalo la reputación negativa de los políticos y hombres públicos se deteriora más y más ante el hastío y la indignación de la gente. Por momentos parece que la población despierta, debate, discute, se interesa, se inclina a la reivindicación…Y es precisamente en este momento cuando tras casi cuatro décadas de Dictadura Parlamentaria la Democracia, los partidos, los políticos, el Sistema, se encuentra más débil, más devaluado que nunca, en peor posición, más cuestionado por todos, es ahora cuando en vez de hacer leña del árbol caído las izquierdas ven su oportunidad y estas izquierdas de todo tipo, hasta hace poco “anticapitalistas” e incluso algunas antiparlamentarias, echan un flotador al Sistema y nos pretenden convencer de que no falla el Régimen sino las personas y de que, qué casualidad, son ellos los más indicados para salvarnos, es decir, para explotarnos y oprimirnos más suave y éticamente (eso sí). Nos quieren convencer de que no hay alternativa a las instituciones del Estado y al Capitalismo, que pueden ser a lo sumo algo mejoradas, perfeccionadas, vestidas con “rostro humano”, pero nunca superadas, abolidas.

Ante el frentepopulismo nacionalista, ante el irresistible atractivo de los nacionalismos disfrazados de alternativa y de solución a ciertos problemas insistir en que sólo pretenden perpetuar idéntico sistema de dominación, repartírselo entre nuevos reyezuelos ansiosos de su propia taifa. No perderemos el tiempo dividiendo estados capitalistas en otros más pequeños ni haciéndolos más grandes. Lo principal para nosotros sigue siendo la cuestión social, o sea, el trabajo asalariado, la explotación del hombre por el hombre, el sistema de clases, el monopolio del poder político y económico, y los nacionalismos no la resuelven, la Revolución sí.

Nuestra lucha no tiene fronteras y como antaño seguimos creyendo que los oprimidos de todos los países y regiones deben unirse por encima de los nacionalismos chovinistas y que debemos establecer fuera de pactos políticos partidistas con fuerzas reaccionarias la solidaridad de la acción revolucionaria. Buscamos la formación de una comunidad en lucha, que se reconozca a sí misma, por si misma y en sí misma frente al enemigo, en la que caben disparidad de formas de acción, compartiendo la misma tendencia revolucionaria. Hemos de ser irrecuperables para la Izquierda, o sea para el Sistema. La comunidad en lucha reconoce, ampara, protege y apoya a quienes en la pelea sufren el acoso ó caen en manos del enemigo y desconfía y desprecia a quiénes le defienden y justifican. Tratamos de unir esfuerzos para el desarrollo y fortalecimiento del único proceso constituyente que consideramos necesario e inaplazable, el de la construcción de esta comunidad en lucha contra el poder con aspiraciones de justicia, libertad y equidad, regida por el apoyo mutuo, lo común, que sabe que la unión hace la fuerza y que separados estamos perdidos y vendidos, que sueña con un porvenir diferente y mejor para los suyos.

Se ha de ir esbozando el futuro, no posponer la solución de todo al día siguiente de la Revolución. Elaborar un proyecto revolucionario creíble, proponer, perfilar, premeditar cómo el pueblo autogobernado hará frente en la práctica a los diferentes asuntos de la problemática social (administración de la justicia, sanidad, defensa, logística, reparto a las comunidades de los nuevos bienes comunes –tierras, infraestructuras, viviendas–, qué se desmantela y qué se mantiene…). Hay mucho sobre lo que discutir y acordar, mucho que aprender, y por fortuna o no, tenemos tiempo de hacerlo. Somos conscientes de que es éste un proyecto a largo plazo (aunque la historia siempre da sorpresas) pero es el único por el que merece la pena pelear.Divulgar, hacer pedagogía revolucionaria, exponer, defender y debatir públicamente, existir, combatir, hacerse oír, para lograr más pronto que tarde tener entidad propia, ser identificados como fuerza por la sociedad y por nuestros enemigos de todos los colores. Por nosotros hablarán nuestras palabras y nuestros actos, nos cuidaremos de no caminar junto a quienes no aspiran a más, a ser más, más conscientes, unidos y mejores para llegar más lejos.

El reto no es pequeño : ¿Seremos capaces de romper el silencio, de acabar con esta paz de cementerio, de poner fin a la docilidad y a la apatía social ? , ¿Capaces de iniciar un sincero movimiento revolucionario en estos tiempos de derrota, de rendición y traición ? ¿Capaces de conseguir que parte del descontento madure en crítica social radical, en ansias de cambio real, en ilusión, en esperanza, en ganas de pelear y no sea cíclica e inexorablemente reabsorbido y reintegrado al Sistema, o sea, liquidado, quedando fuera únicamente una presencia residual, atomizada, paralizada, descorazonada, sin ambición alguna?

Quienes apostamos por la vía revolucionaria vivimos también sumergidos en el mundo del sexismo, del dinero, del consumo, la propiedad privada, lo material, las necesidades creadas, las comodidades. Acostumbrados a lo fácil, a recibir, a pedir, a competir y a asumir, inmersos en el mundo que ansiamos superar, vivimos en la contradicción, no podemos cuestionar este mundo sin cuestionarnos a nosotros mismos, combatirlo sin combatirnos. Todos estamos de uno u otro modo involucrados en los mecanismos de reproducción del Sistema, sabotearlo y atacarlo es, en ocasiones, atacar nuestra propia subsistencia. Vivir en esta contradicción sin que nos paralice y atempere es un reto tanto personal como colectivo que no podemos pasar por alto. Partiendo de las bases expuestas en este texto, invitamos a todas las personas de libre conciencia que sinceramente deseen acabar con el Capitalismo y el Estado, y que crean necesario, imprescindible e ineludible propagar por doquier la necesidad de un cambio revolucionario, a contactarnos para poder encontrarnos y discutir directamente y en profundidad sobre como empezar a avanzar con paso firme en esta dirección.

Salud y Anarquía,
¡Viva la Revolución!

Madrid, noviembre 2014.
CONTACTO:
cra@riseup.net

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