Las miserias de la marginalidad política

Antes que nada, aunque el título pueda parecer una respuesta al artículo de La Colectividad (aquí), en realidad no lo es expresamente. En este artículo pretendo expresar la necesidad de salir del estancamiento y el inmovilismo, causa además de que seamos una corriente ideológica marginal, que llevamos años arrastrándolo desde el desmoronamiento del movimiento libertario de los años ’70 y ’80 en el Estado español.

Cuando las aguas de un río se estancan empiezan a pudrirse. El mismo charco de agua que día tras día cambia de color y se hace más pequeño. Nadie le importará ese charco, salvo unos biólogos aficionados que van allí a recoger muestras. De esas aguas no beberá ningún ser vivo que no sean simples bacterias y algunos hierbajos. No así pasa con las aguas que fluyen, rápidas en las montañas y calmadas en las llanuras. Pero que constantemente fluyen y en ocasiones llegan a desbordar. Cada segundo se renuevan y en torno a ellas se nutren una gran variedad de seres vivos. ¿Qué demonios tiene que ver esto? Pues bien, una buena parte del anarquismo actual en el Estado español constituye uno de esos charcos malolientes que un día fueron riachuelos, arroyos e incluso grandes ríos de aguas bravas. Después de cuarenta años de dictadura franquista y un plus de más de treinta y cinco años de dictadura capitalista, todavía siguen esas aguas estancas que se niegan a fluir para seguir actuando de depósito de sedimentos de toda clase. Y desde ese montón de mierda reprochan a ciertos militantes que empiezan a navegar por aguas dinámicas, usando toda clase de improperios contra quienes formamos ríos.

Dejando de lado las metáforas, parece ser que no hemos sabido encajar las duras derrotas en el pasado siglo, cuando el movimiento obrero y el movimiento libertario estaba en su apogeo en el viejo continente. Ahora nos quedamos, por un lado, con resquicios de mitos y formas de hacer política anquilosadas que languidecen sin saber adaptarse a las nuevas dinámicas sociales, encerrándose en una suerte de «anarquismo oficial» únicamente con el objetivo de mantener su pureza ideológica y la organización por la organización. Y por otro, el insurreccionalismo que, pese a haber criticado esas viejas fórmulas anarquistas, no aportó realmente aires nuevos de cara a la lucha social, sino palos de ciego como muestra de desesperación e impotencia ante la incapacidad de sacar el anarquismo del anquilosamiento. Así seguimos erre que erre tropezando con la misma piedra y tirándonosla entre unas y otros mientras contemplamos desde los márgenes cómo crecen el ciudadanismo y la izquierda institucional ante la perplejidad, la confusión y desorganización de los movimientos revolucionarios, entre ellos el anarquista. ¿Por qué no estamos en primera línea desde que estalló la crisis capitalista? ¿Por qué una buena parte de sectores anarquistas siguen sin ser un movimiento social ni una fuerza política?

La teoría puede ser perfecta y pura donde todo puede marchar sobre ruedas en un entorno ideal, donde quienes la escriben pueden jugar a ser Dios determinando que a dicha estrategia le sigue tal consecuencia y si no es así, estará condenado a fracasar de antemano. Pero la praxis es bien distinta y muy condicionada por la coyuntura en que se desarrolle. Por eso aquí muchos y muchas resbalan. La incapacidad de conectar una teoría con una praxis, y que ambas se retroalimenten, que suponga salir de la marginalidad sin perder el norte es una gran debilidad por nuestra parte. Pero ya no es solo en la teoría, sino también en la praxis. En muchas ocasiones, no sabemos comunicar nuestro mensaje al resto de la sociedad, siquiera a nuestro entorno cercano ni a los movimientos sociales locales. Es más, nos autoaislamos tratando siempre de diferenciarnos del resto mirándoles por encima de sus hombros. Que ellos son reformistas y nosotros los revolucionarios y si no se nos unen es que son cobardes, ignorantes, reaccionarios o simplemente eso, reformistas.

Sin embargo, una mirada hacia otras partes del mundo nos aclarará quizá mucho las cosas y podamos tomar de ellas soplos de aire fresco para nuestras praxis en el aquí y en el ahora. Un repaso, por ejemplo, al anarquismo organizado en Latinoamérica podemos ver el grado de avance que existen en sus luchas y su presencia en las luchas sociales. Este es el caso de la FeL Chile como una importante fuerza estudiantil de inspiración libertaria, aunque actualmente, por desgracia, haya optado en parte por participar en las elecciones. No queda atrás tampoco el EZLN, que aunque no se declaren anarquistas ni sus formas tampoco tengan la aprobación de los guardianes de la pureza ideológica, son un paradigma de lucha muy respetable y su organización social y política evolucionó hacia el socialismo libertario. Cabe señalar igualmente la lucha pueblo kurdo, un pueblo sin Estado-nación de Oriente Medio y organizado bajo el confederalismo democrático que se inspira en el municipalismo de Bookchin y tiene bases socialistas libertarias, ecologistas y feministas.

También la historia está allí para que extraigamos de ella las lecciones más importantes y no para que la glorifiquemos o la olvidemos. Mencionaré principalmente los casos de la Revolución Rusa y la Revolución Social del ’36 por ser casos más conocidos y posteriormente extraeré de ellas las conclusiones:

-Caso de la Revolución Rusa.

¿Por qué los bolcheviques llegaron a ser la primera fuerza política en la revolución? En el período revolucionario comprendido entre febrero y octubre de 1917, los bolcheviques eran otra fuerza política más entre las otras que había como los mencheviques, los socialrevolucionarios de izquierda (SR) y los anarquistas. Los bolcheviques siguieron entonces una estrategia distinta a cuando llegaron a tomar el poder político y estuvieron organizando los soviets en base al lema «todo el poder para los soviets», mostrando además un cierto rechazo al Estado y favorable a la democracia obrera de los soviets, reivindicaciones que entrarían dentro del socialismo libertario. Cuando los mencheviques y el ala derecha de los SR salieron de la escena revolucionaria, quedaron los bolcheviques, el ala izquierda de los SR y los anarquistas. Éstos primeros, apoyados en los soviets y el haber estado más organizados que los anarquistas -que al estar fragmentados, no haber levantado una organización política y no construido una fuerza política entre los soviets, no tuvieron esa capacidad para saltar al escenario como fuerza mayoritaria- y los SR de izquierda, en el momento que derrocaron el gobierno provisional, pudieron los bolcheviques tomar el poder político con el apoyo de los soviets. Entonces, cuando comenzaron a organizarse los anarquistas, ya era demasiado tarde porque los bolcheviques ya tenían la sartén por el mango, comenzaron a reprimir a la disidencia y ganaron muchos más adeptos a su partido.

No nos podemos olvidar aquí de la makhnovitschina. Al contrario que los anarquistas rusos, parte de los y las campesinas del sur de Ucrania se levantaron contra el saqueo que se produjo por la entrada de los austro-alemanes a consecuencia del tratado de Brest-Litovsk. Desde entonces, comenzaron a organizarse destacamentos guerrilleros que posteriormente, formaron el Ejército Negro encabezado por Néstor Makhno, hijo de campesino que abrazó el anarquismo en la adolescencia. El movimiento makhnovista suscitó muchas críticas por parte de intelectuales anarquistas, que llegaron casos en que dejaron de apoyarlos por no verlos como anarquistas. No obstante, mucha población campesina que no tenía muchas afinidades con el anarquismo dieron su apoyo al makhnovismo. El peso militar, la organización del ejército y las pocas experiencias de construcción de una nueva sociedad podrían ser una de las razones por la cual ciertos anarquistas se mostraron escépticos. Sin embargo, la coyuntura de guerra constante que amenazaba la libertad de la población campesina y obrera libre obligaron a que el makhnovismo dedicase más esfuerzos en frenar a la reacción tanto monárquica, capitalista y bolchevique. Pese a la dureza de la situación, en los territorios liberados sí existieron labores constructivas de organización de la producción y creación de cultura popular, aunque se encontraban constantemente amenazadas y saboteadas por la reacción.

-Caso de la Revolución social del ’36

Como bien sabemos, a la llegada del golpe militar orquestado por los generales Mola y Franco, en zonas donde la CNT-FAI era la fuerza mayoritaria, el levantamiento militar fracasó. Esto se debe precisamente a un trabajo previo de más de 30 años en el ámbito sindical llevado a cabo por la CNT, sin olvidar el campo cultural, pedagógico y político que desarrollaron los y las anarquistas de aquellos tiempos. Pero en la CNT no se metían solo los y las anarquistas, sino simplemente trabajadores que vieron en la CNT un sindicato que realmente defendía los intereses de la clase trabajadora. Las colectivizaciones no hubiesen sido posibles de no ser por ese trabajo de base previo a la revolución social, de la organización a nivel social y la orientación política libertaria. Aun así, el grandísimo error que cometieron la CNT-FAI fue no abolir la Generalitat cuando llegaron a ser la primera fuerza política en Catalunya y no haber creado un programa político propio para no tener que colaborar con el gobierno burgués de la república.

Aunque la historia es historia, en ambos casos podemos extraer unas valiosas lecciones: el anarquismo necesita ser un movimiento social organizado para llegar a ser una fuerza política que dispute la hegemonía al resto de fuerzas políticas. En la revolución rusa, a causa de la desorganización del anarquismo, pereció y lo pagó bien caro. En cambio, no ocurrió lo mismo con el movimiento makhnovista, levantado principalmente por campesinos y campesinas en armas pero finalmente fueron derrotados por el bolchevismo; ni con la revolución social del ’36, aunque el error fundamental de los y las anarquistas del Estado español ha sido el de no abolir el Estado cuando pudieron y el no haber elaborado un programa político anarquista para profundizar la revolución social. Además, en aquellas épocas donde el anarquismo constituyó una fuerza revolucionaria y pudo por ello realizar la revolución, fue porque llegó a ser un movimiento de masas, pero no unas masas amorfas, homogéneas que conocemos en las sociedades capitalistas avanzadas sino unas masas conscientes que supieron organizar la vida social en libertad. De lo contrario, si estuviese fragmentado y desorganizado como lo estuvo en Rusia en 1917, o como lo está actualmente en el Estado español y similarmente en otros estados del mundo, siquiera llegaríamos a construir movimiento, mucho menos fuerza política y aún menos hacer la revolución, lo cual nos llevaría pues a la marginalidad, aislados y aisladas de la realidad social y política, lo que facilita además la represión del Estado y arrojarnos por ello al baúl de los recuerdos.

El anarquismo no es una bella utopía con la que soñar, ni revoluciones que han de esperarse en el sofá, ni teorizaciones de situaciones ideales y propicias para la revolución, ni un estilo de vida de tribus urbanas, ni aventuras desesperadas de ataques a los símbolos del Estado y el capital. El anarquismo debe servir como una herramienta teórico-práctica encaminada a la emancipación social de las clases explotadas y los pueblos oprimidos, que dé respuestas en las luchas inmediatas y tenga proyectos de futuro. En este panorama de crisis capitalista y agresiones neoliberales, seguimos teniendo mucho que aportar. Por suerte, cada vez más anarquistas estamos viendo que podemos incidir en la realidad material para salir de la marginalidad política y entrar en el escenario político y social, participando en cada lucha y celebrando cada victoria parcial lograda mediante organización popular y la acción directa. Cada desahucio parado, cada bloque de vivienda liberado, cada nueva okupación, cada abuso laboral frenado, cada despido anulado, cada empresa recuperada y autogestionada, cada barrio radicalizado, cada detenida liberada, cada huelga ganada, en general, cada lucha ganada en favor de las clases explotadas, son victorias que nos permiten avanzar y a partir de allí, hacer del anarquismo un movimiento social con fuerte presencia entre la clase trabajadora y a la vez, una fuerza política articulada desde las bases caminando hacia el socialismo libertario.

No prometemos futuros paraísos terrenales, los tenemos que construir día a día en la lucha social y en la lucha de clases.

Sobre Podemos y otras cuestiones

Irab Zaid

Mayo 2014, Madrid

El triunfo de “podemos” no nos debería sorprender. Tras el 15m se abrió un escenario político bien distinto, ya no vale la cultura política post 78, tampoco el bipartidismo, y la abrumadora crisis del capitalismo, la corrupción sistemática (no son corruptos por una cuestión moral, sino que se trata de algo sistemático) son cuestiones que están a la orden del día, y los grandes partidos del régimen caducos de ideas y proyectos de estado (más aun cuando el capital financiero se impone sobre el estado-nación) parecen lanzar sus últimos aletazos. No obstante y desgraciadamente una gran parte la clase trabajadora del estado español no está pensando en grandes revoluciones que derroten al capitalismo, sino que trata de luchar de cualquier forma contra la mísera cotidianidad, la del desahucio, la del despido, la del miedo. “Podemos” ha sabido jugar sus fichas en este escenario, ha sido una bocanada de aire fresco y de diferencia. Los que apostamos por la lucha no electoralista (asambleas de vivienda, centros sociales, colectivos de barrio, sindicatos no pactistas…) tenemos que pararnos a reflexionar. Mirar a nuestro alrededor e intentar jugar nuestras cartas de la mejor forma posible en la realidad existente.

La desesperación y falta de confianza en el sistema electoral sigue presente con más del 50% de abstención. Pero no podemos pasar por alto la victoria de “podemos”, es ahora, tras el triunfo, cuando “podemos” se puede construir como otro partido más existente, o como una extensión del movimiento, “podemos” puede ser movimiento. Que “podemos” sea movimiento significa que traspase su aspiración electoralista y de la institución, para conformarse como un órgano semi horizontal de participación directa en la política de los barrios. Los círculos bien podrían ser asambleas post 15m. No negamos el carácter reformista y socialdemócrata de podemos, ni su liderazgo, pero en esta situación, ya solo nos quedan dos caminos, pensando siempre en estrategia, ya no nos vale ser autorreferenciales, ni quedarnos en nuestros pequeños colectivos de afinidad, en esta fase de crisis del capitalismo financiero, todo es posible. O nos conformamos como un actor político visible o seremos un cadáver, o intentamos crear un proceso de unificación en torno cuestiones básicas como “anticapitalismo” “no participación en la democracia del capital” “horizontalidad” o tendremos que ocupar esos espacios de participación en donde el movimiento reside, por muy reformistas que sean.

Son duros momentos para los revolucionarios, pero debemos pararnos a pensar, dejar ortodoxias aparte, e intentar buscar la fórmula para dar un salto tanto cualitativo como cuantitativo.

Sentando las bases

El maremagnum de grupos, colectivos, sindicatos y organizaciones anarquistas (o que comparten métodos o finalidades con el anarquismo) ha sido incapaz en los últimos años de sentar unas bases comunes que marquen su actividad conjunta. Como resultado de esta carencia, no resulta raro el espectáculo de grupos pretendidamente afines que defienden públicamente posiciones contrarias, bien a nivel de objetivos o bien a nivel de estrategias. Incluso existen grupos objetivamente cercanos que pasan a considerarse enfrentados por diferencias de una importancia bastante relativa. No son despreciables las rupturas y otros problemas derivados de toda esta oposición.

Sin querer acabar con la heterogeneidad del movimiento, sí que considero esencial empezar a expresarnos públicamente de manera colectiva, en base a un programa de mínimos concreto y asumible por todos, que hable de qué sociedad aspiramos a construir los libertarios y cómo vamos a avanzar hacia ella en el corto plazo. Para alcanzar dicho consenso resulta fundamental llevar los debates y la diversidad de propuestas al seno del movimiento, de manera que de las conclusiones de esos debates salgan unas nociones comunes para expresarnos políticamente. ¿Qué pasos vamos a dar en los próximos meses y años los anarquistas? ¿Qué estrategias vamos a seguir? Es necesario un proceso que eleve estas preguntas desde la asamblea del colectivo en la que participamos a un nivel superior, el del movimiento en el que esa asamblea se enmarca. A ese nivel nunca hay debate, porque apenas existen espacios para desarrollarlo.

Este mismo sitio web, Regeneración, ha sido un modesto intento de conseguir un espacio para el debate razonado entre libertarios de tendencias diversas. Aunque nace lastrado por la dificultad de expresar conclusiones en el medio virtual, lo cierto es que algunos de los debates que se han abierto resultan necesarios y están todavía sobre la mesa. Solo se echa en falta que más tendencias dentro de lo libertario se animen a expresar sus posiciones. Por supuesto existen otros espacios, cada uno con sus particularidades: El foro alasbarricadas.org, la revista Estudios…

Otra problemática que se repite en los pocos debates que tienen lugar dentro del movimiento es la posición de trincheras, la incapacidad de aceptar los argumentos contrarios. También una tendencia a reproducir los enfrentamientos personales en enfrentamientos políticos sinsentido. Una serie de prácticas que pesan como una losa a la hora de tratar de avanzar. Eso solo puede solucionarse con la apuesta firme de todos los implicados en este tipo de miserias por acabar con ellas, demostrando una altura de miras suficiente que ponga el interés general por encima de las aspiraciones particulares.

Finalmente, el desarrollo de un movimiento necesita de unos actores que no aparezcan súbitamente, ardan durante un par de años como máximo y desaparezcan repentinamente sin dejar apenas rastro (bien por cansancio, por un cambio en las condiciones vitales de sus miembros o por la incapacidad de asumir el golpe represivo derivado de su actuación). La dinámica de los grupos efímeros es incompatible con la construcción de unas líneas comunes de actuación. Estos grupos pueden tener su papel, pero en ningún caso pueden sustituir la necesidad de organizaciones que trabajen de manera continuada en temáticas diversas, de manera que acumulen experiencia, contactos, etc. Precisamente por su capacidad de mantenerse en el tiempo estas organizaciones podrán constituir las bases de un proyecto colectivo que no desaparezca a las primeras de cambio y tenga que reinventarse reiteradamente.

Una propuesta práctica para iniciar el trabajo en común

Para el avance cualitativo de nuestras prácticas resulta esencial un proceso amplio de debate, que ponga sobre la mesa los objetivos a corto plazo, las lineas estratégicas sobre las que trabajar y las formas de organización desde las que realizar dicho trabajo. Dicho debate debe partir de diversos análisis sobre la realidad presente y concretarse finalmente en unas conclusiones que definan el proyecto político de los anarquistas. Análisis que, al estilo de las diferentes comisiones existentes en algunas asambleas del 15M, pueden centrarse en temáticas concretas: Laboral, Barrio, Juventud, Economía…

Asímismo deben surgir espacios donde compartir los distintos análisis y confrontarlos unos con otros. Espacios desde donde extraer unas conclusiones compartidas que marquen nuestra actividad futura. En todo este proceso deberán participar todos los grupos libertarios que, en un sentido amplio, aspiran a un cambio social que parta de la sociedad misma (o de una gran parte de esta).

Sobra decir que todo este trabajo está por hacer. En general, nuestros análisis son escasos, anticuados o simplistas. El análisis del capitalismo o del Estado que hacen muchos autores clásicos no se adapta al contexto presente, por mucho que nos empeñemos en adecuar el presente con calzador a nuestros esquemas. Nuestros panfletos son una serie de lugares comunes repetidos decenas de veces, verdades autoasumidas que rara vez ayudan a clarificar posiciones o a saber qué tenemos que hacer. Desde esta incapacidad para analizar la realidad presente es imposible influir positivamente en la sociedad. De ahí también que en ocasiones acabemos haciéndole el juego a la derecha o a la socialdemocracia, incapaces de presentarnos como una fuerza en sí misma.

También, como ya hemos indicado, están por definir los tiempos y los espacios en los que dichos debates podrían tener lugar. Los medios de contrainformación (virtuales o en papel) son una buena herramienta para comenzar, pero en ningún caso son suficiente. Es necesario desarrollar encuentros presenciales a nivel local y regional, con unas líneas de debate y unos textos conocidos de antemano, con un funcionamiento acordado por los grupos participantes. Encuentros que se desarrollen con la voluntad de llegar a acuerdos que sean de algún modo vinculantes para las organizaciones.

Por último, resulta necesario ser capaces de trasladar estas conclusiones a la sociedad. Exteriorizar qué es a lo que aspiramos, por qué, cuáles son nuestras propuestas de futuro a corto y medio plazo, nuestras estrategias… Solo de ese modo podremos ir más allá de la difusión ideologizada y empezar a enganchar con las prácticas de los movimientos sociales. Volviendo a ser un actor político relevante con ideas y propuestas para mejorar las cosas desde hoy mismo. Para que este proceso de ruptura con el gueto pueda tener lugar resulta esencial participar en los movimientos sociales, desde un propuesta específicamente libertaria pero sin pretender forzar sus tiempos y dinámicas. Tenemos que ser capaces de potenciar las propuestas más avanzadas del movimiento sin aspirar a dirigirlo o ejercer de vanguardia. Defender nuestras posiciones y no quemarnos si no son aceptadas. Comprometernos a trabajar y no poner trabas si las decisiones no son las que desearíamos. Ser críticos sin ser destructivos.

¿Por dónde empezamos?

Esta quizá sea la pregunta clave. Son muchas cosas por hacer y la mayoría no sabemos ni por dónde empezar. Lejos de tratarse solo de construir, los problemas enquistados dentro del movimiento muchas veces tiran abajo cualquier intento antes incluso de echar a andar.

A nivel individual, es fundamental repensar qué dinámicas negativas estamos reproduciendo: enfrentamientos personales, actitudes intransigentes, falta de compromiso y de humildad… Son problemas que no tienen otra solución que volverlos conscientes en uno mismo y comprometerse a cambiarlos, empezando a participar de una manera más constructiva, abierta y honesta.

También resulta necesario acabar con los chiringuitos, tan comunes en la izquierda, montados ante todo para reafirmarnos a nosotros mismos. Tenemos la tendencia a movernos en los espacios donde tenemos cierto reconocimiento y nos sentimos cómodos. En el momento en el que esos espacios se abren y entra gente nueva, surgen problemas debido a que esa renovación pone en cuestión nuestro antiguo estatus dentro del grupo. Esto da lugar a escisiones que, justificadas de las formas más rocambolescas, no son más que chiringuitos montados únicamente por cuestiones personales y no por diferencias políticas de calado.

Por cuestiones similares, tendemos a crear nuevos grupos antes de participar en los ya existentes. La mayoría de grupos desaparece, más que por una decisión consciente, por una falta de relevo. Es hasta cierto punto comprensible que conforme cambia la situación vital de los militantes de un proyecto, estos se vean obligados a abandonarlo o minimizar las responsabilidades que pueden asumir respecto al colectivo. Es necesario que los grupos gestionen este relevo, pero también que las personas que puedan dárselo se comprometan con los proyectos ya existentes más que comenzar desde cero y duplicar trabajo. Para ello también es necesario, por parte de los antiguos miembros, saber llegar a acuerdos respecto a los cambios en las lineas generales del colectivo ante la entrada de nuevos miembros y, por parte de quien entra a participar, respetar las decisiones y el trabajo acumulado durante la existencia del grupo.

A nivel colectivo, debemos asumir una visión de conjunto e ir más allá del trabajo de nuestra propia asamblea. Empezar a desarrollar análisis en el terreno en que nos movemos y compartirlos con el resto de grupos. Empezar a organizar espacios de debate con colectivos cercanos (ya sea geográficamente o de temáticas tratadas) para construir redes de apoyo y de debate. Utilizar los medios que ya existen para presentar estos análisis y para confrontarlos con los de otras organizaciones afines, de manera que se genere un proceso de debate con perspectivas de cierta confluencia, con el objetivo de desarrollar las líneas de un programa común de los libertarios.

Si sabemos hacerlo, puede que recuperemos el anarquismo como movimiento con capacidad de influenciar la realidad social y alterar el futuro. En definitiva, está en nuestras manos abandonar la marginalidad y reconstruirnos como movimiento revolucionario.

Vía institucional, falsas ilusiones y organización popular

Eduardo Pérez

 “A los jóvenes del 15-M: fundad un partido y nosotros os lo financiaremos para que seáis como el resto” (El Roto)

De un tiempo a esta parte, se vienen repitiendo en algunos ámbitos de los movimientos sociales de izquierda análisis que propugnan, de una forma u otra, dar el salto hacia la política institucional. Por otro lado, la socialdemocracia clásica (IU y sus variantes) redobla su discurso, ya conocido, de intentar cooptar a estos movimientos sociales. Mientras que los intentos de IU, presa del recelo que despierta su papel histórico y su estructura interna, por el momento no han tenido mucho éxito, Catalunya ha sido el espacio de experimentación del autodenominado “caballo de Troya” en las instituciones del régimen. Características específicas de Catalunya, como el auge autodeterminista y la “necesidad de posicionarse en un momento histórico”, así como la habilidad por parte del independentismo de izquierda para abrirse a sectores de los movimientos sociales de los que ya formaba parte, con una práctica más horizontal que la acostumbrada por las verticales estructuras partidistas, ha favorecido que el “salto” se haya producido allí antes que en otro territorio.

Es probable que entre los activistas que defienden la participación institucional podamos encontrar personas ávidas de poder, fama o simplemente un sueldo digno, cuestiones que el ingrato activismo de base desde luego no garantiza. Sin embargo, para entender este cambio de discurso en unos movimientos sociales que tradicionalmente rechazaban o al menos ignoraban la participación en los órganos políticos del régimen, no basta con reduccionismos simplistas sino que hay que referirse a la situación política que se vive en el Estado español.

En primer lugar, ésta se caracteriza por una clase política, capitaneada por el bipartidista PPSOE, muy deslegitimada por su papel de gestora del huracán neoliberal en que nos ha sumido la dinámica del capitalismo global. No parece probable que a corto plazo éstos puedan ser sustituidos por partidos satélites como IU y UPyD, que por diversas circunstancias están lejos de alcanzar a sus hermanos mayores y desde luego no prometen nada especialmente diferente. La clase política o partitocracia nunca ha sido muy popular, manteniéndose sin problemas debido a la falta de alternativas y el sentimiento del “mal menor” en uno u otro sentido del espectro ideológico, pero ahora vive una de sus horas más bajas.

En segundo lugar, el proceso de movilización, tanto del 15-M como en sus repeticiones más o menos periódicas, como en la resistencia a las políticas neoliberales de saqueo generalizado impuestas primero por José Luis Rodríguez Zapatero y después por Mariano Rajoy, ha logrado escasas victorias.

Considerando ambas circunstancias, el razonamiento para entrar en las instituciones políticas del régimen puede argumentar fácilmente dos cuestiones. Primero, “si no nos representan, busquemos una nueva representación”. Segundo, “si no nos hacen caso en la calle, intentémoslo en las instituciones”.

“Una nueva representación”

Siempre quedó la duda de a qué se referían los millones de personas que en mayo-junio de 2011 gritaban “No nos representan”. ¿Quién no nos representa? Si son los políticos actuales, se pueden buscar otros que actúen de otra manera. Si es el sistema político

como tal, no hacemos nada ahí dentro. Quienes abogan por la participación institucional parecen inclinarse por la primera respuesta y, según versiones, proponen una entrada en las instituciones pero teniendo en cuenta consideraciones como la necesidad de una base asamblearia y participativa, con representantes obligados a respetar las decisiones desde abajo, etc.

El problema con este argumento es que considera al Estado como un órgano neutro, el cual puede virar hacia un lado u otro teniendo en cuenta la voluntad de quien ocupa sus cargos. Es un razonamiento sin base histórica y completamente utópico, que se olvida de que todas las formaciones que han intentado hacerse con el Estado han mutado de forma más o menos rápida, independientemente de su radicalidad inicial, y se han convertido en engranajes del Estado capitalista, llamado así precisamente porque sirve a quien sirve. Quizá deberíamos repasar la historia de movimientos sociales mucho más potentes y radicales que los nuestros que, tras la oleada de contestación de los ’60 y ’70 en distintos países, decidieron convertirse en “caballos de Troya”. Resultó que el caballo de Troya se lo habían metido a ellos. Lo mismo podemos decir de la socialdemocracia original: el PSOE, por extraño que parezca, no ha sido siempre este engendro capitalista, sino que en sus inicios tenía como objetivo conseguir una sociedad gestionada por los trabajadores. Pero buscaba hacerlo a través de las instituciones, y así ha acabado.

Además, es idealista (en el peor sentido de la palabra) pensar que el funcionamiento de unos cargos públicos puede someterse a los designios democráticos. Precisamente todo el entramado institucional español está diseñado para que funcione de forma antidemocrática, y los cargos públicos son absolutamente independientes de quienes les han colocado ahí con sus votos o con su trabajo de base. No son movimiento, son partitocracia. El Estado no es un centro social ni una asamblea en la Puerta del Sol, y no entiende ni de democracia, ni de participación ni de horizontalidad. La deformación total o parcial de la forma de funcionamiento que se defiende como justa es un riesgo que por lo menos deberían valorar quienes apuesten por la vía institucional.

“No nos hacen caso”

El segundo argumento es más comprensible. En efecto, el ciclo de movilizaciones 2011-2013 ha sido bastante potente en comparación con el período anterior. Los resultados de la movilización, del cansancio, los porrazos y las multas no son precisamente maravillosos. De hecho, cada vez estamos peor. Así que, ¿por qué no intentar entrar en las instituciones?

Responderé primero a la pregunta antes de adentrarme en nuestra falta de efectividad. Insistimos de nuevo en la memoria histórica, que no consiste sólo en saber a cuánta gente mató Franco sino en analizar el pasado para no repetir lo que no funciona. El mayor número de diputados y cargos públicos procedentes de los “movimientos sociales”, léase sindicatos, movimiento estudiantil y asociaciones vecinales de la época, se dio a principios de los ’80. Ésa fue precisamente la época conocida como “desencanto”, donde no sólo no se dio ningún auge en la conquista de derechos sino que se iniciaron los grandes vicios que hemos padecido durante 30 años: un sindicalismo burocratizado que más bien parece un ministerio y unas asociaciones vecinales esclerotizadas en su inmensa mayoría. Algo parecido ocurrió con otros movimientos populares de los ’60-‘70 como parte del ecologismo revolucionario alemán o, en Estados Unidos, con el Partido Panteras Negras. Este último caso fue especialmente curioso. Tras varios años despreciando la pugna electoral y estando en la punta de lanza

del movimiento revolucionario estadounidense, cayó bajo la represión. Después de ello, con el partido destrozado y derrotado, alcanzó sus mejores resultados electorales.

En cuanto a la falta de efectividad, primero hay que señalar que ésta no es absoluta. Las grandes mareas contra la privatización han conseguido en ocasiones frenar algunas medidas del saqueo. En el ámbito laboral, se han conseguido varias victorias defensivas en los últimos meses, tanto en sectores como la limpieza urbana como en otros como la informática. Mención aparte merecen la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y los grupos Stop Desahucios del 15M, que han conseguido situar en todas las portadas el derecho a la vivienda y sus reivindicaciones, además de dar soluciones prácticas a miles de familias.

Ahora bien, hay que reconocer que, en general, vamos perdiendo. Y de goleada. Pero ¿de verdad podíamos esperar otra cosa tras décadas de dependencia de una izquierda institucional que en realidad es derecha o es inoperativa? ¿con unos sindicatos mayoritarios que no se merecen ese nombre y asociaciones profesionales corporativas que siguen siendo demasiado necesarios para que echen a andar formas relativamente novedosas como las mareas? ¿con una izquierda radical en buena parte dedicada, durante años, a buscar conflictos en su interior y empeñada en organizar cinefórums o manifestaciones en solidaridad con el país más recóndito del planeta, sin hacer el menor caso a la guerra de clases desde arriba que estábamos viviendo? Lo extraño es que no estemos peor.

¿Qué hacemos entonces?

La solución no está en la vía institucional. Como dice Carlos Taibo, “pretender que desde esa atalaya, o desde alguna parecida, podemos salir de esto me parece más ingenuo y trabajoso que la apuesta por la vía autogestionaria. Es, más allá de ello, una garantía sólida de que acabaremos absorbidos por lo que queremos contestar”. La solución está en crear, con las bases de las que disponemos, un movimiento popular potente que esté en posición de agrupar a las víctimas del sistema tanto en el terreno de la producción como en el del consumo. Tenemos sindicatos combativos que avanzan poco a poco y han mejorado sus relaciones. Tenemos cooperativas, redes de consumo y financiación solidarios. Tenemos las PAHs y un 15M proletarizado en base a la lucha por la vivienda. Tenemos organizaciones como Juventud Sin Futuro que están entrando en la arena de la lucha contra la precariedad.

El reto es mejorar y unificar esas redes económicas de cooperación y autodefensa. Buscar un programa de avance que, con las tácticas adecuadas, nos permita defendernos de forma efectiva y acumular fuerzas. Consensuar el tipo de sociedad en el que queremos vivir, la democracia real en la que disfrutemos de propiedad común, igualdad y libertad organizada de abajo hacia arriba.

1 2 3 4