Paseando por Atenas (V)

Con esta entrega cierro la serie de Paseando por Atenas, y lo hago hablando de dos okupas (centros sociales) magníficas que me dejaron alucinado: Villa Zografou y Prapopoulou.

Villa Zografou

villa_zografou_-201748

Tras unas cuantas cervezas en Exarchia decidimos coger un autobús en Akadimias para dirigirnos a Villa Zografou, que al parecer los sábados abre un bar para recaudar dinero para les preses polítiques. Son pasadas las once y media de la noche y, como en el Estado español, es hora de salir a pasarlo bien, por lo que cuando abandonamos Exarchia hay más jóvenes entrando que saliendo—todo lo contrario a las costumbres británicas, donde resido y no me hago a la idea de empezar a la fiesta a las ocho de la tarde.

De noche todos los gatos son pardos, o eso dicen, así que no me entero muy bien hacia dónde se dirige el autobús. En el autobús nos encontramos con una amiga de mi compañera que se nos une y nos bajamos en una calle más bien grande, desde donde caminas unos minutos hasta la villa. Es un terreno enorme, de dimensiones descomunales que no me esperaba. En el trayecto me iban contando cómo era el lugar, pero desde luego no adquirió esa forma en mi mente.

Villa Zografou—que lleva un par de años, si llega, abierta—está situada no muy lejos del centro, en un barrio de calles «normales» que alguien podría esperar de algún barrio madrileño como Arganzuela o Usera. Bloques de pisos a lo atenienses—blancos, con terrazas, más bien viejos—, coches aparcados de mala manera en las cuestas de las colinas, farolas que iluminan de poco a nada… Y allí, en medio de un barrio tan «normal», un terreno gigantesco se abre paso como si nada. Accedemos al jardín delantero por una entrada abierta en la que varias pancartas y convocatorias anarquistas nos dan la bienvenida. Dos mochileros están sentados en un terraplén, hablando, y con unas cervezas en las manos. Tras unos pasos me encuentro de bruces con la imagen de la villa: una casa enorme que perteneció en su día a algún burgués muy adinerado—véase la foto que encabeza este artículo.

La primera sensación que me viene al cuerpo al subir la escalinata de entrada y situarme en el porche soportado por columnas majestuosas es la de estar entrando en la mansión de uno de los villanos de las películas de James Bond. Las palmeras en el exterior le dan un aire latino al asunto, así que esa imagen de «mansión de villano» se torna en «mansión de capo de la droga.» Cosas mías, no me hagáis mucho caso. El interior de la mansión me deja todavía más alucinado: un enorme hall, majestuoso, de película, flanqueado por estanterías donde centenares de panfletos, carteles, pegatinas, y demás propaganda libertaria descansan esperando a ser leídos. Una puerta a la derecha da la bienvenida a la fiesta. Entramos sin antes tener que ser arrastrado por mis dos guías, pues yo sigo atontado ante tanto esplendor. ¡Cómo se lo montan les compas de Atenas!

El bar es sencillo: una mesa con las bebidas y un refrigerador al lado. La bebida es barata: un euro por una lata de cerveza y tres cincuenta por un «gin and tonic.» Una caja enorme preside la mesa, es la caja para depositar tu ayuda monetaria a les preses polítiques. La sala es grande pero está tan llena que casi no se puede respirar. Un perrito pasea alegremente entre las piernas de les allí presentes. Al final nos hacemos con un sitio en un sofá y nos ponemos a discutir primero de política y luego de nuestras vidas personales—me doy cuenta que la política y la vida sexual de une son los temas favoritos de les compañeres que he conocido en Atenas. Durante la conversación mis guías, y otras personas sentadas a nuestro lado, me explican que en Villa Zografou organizan todo tipo de eventos culturales y propagandísticos: desde conciertos y charlas políticas, hasta clases de castellano y clases de tango. ¡Wow!

Como soy curioso por naturaleza, me escaqueo de la conversación y me doy una vuelta por la mansión. Esto es enorme. En mi exploración me encuentro con al menos cuatro cuartos de baño enorme. Todo está muy limpio. El piso superior alberga una tienda libre donde la gente deja cosas que ya no necesita y coge algo que le guste del montón. Hay muchos libros, casi todos en griego. También hay ropa y zapatos. En la habitación que sigue han montado un lugar de juego para les niñes, así que me encuentro un montón de juguetes desperdigados por el suelo. Luego está la oficina y una sala con chimenea donde unos sillones y sillas descansan sin ser usados por nadie. Toda la gente está en el piso bajo, así que soy el único rondando por aquí arriba—lo que hace más excitante mi «aventura.»

El lugar es realmente grande. Para acceder al piso superior tienes que subir por una de esas escaleras enormes de madera que se abren en dos en el hall, ya sabéis, de esas escaleras que se enroscan un poco y desde las que une esperaría ver bajar a Isabel Presley con una bandeja llena de bombones. Todo es de película. Mi compañera me alcanza cuando cotilleo la oficina, y me traduce uno de los carteles que más llaman la atención: es una paloma con una frase debajo que dice «no puedo pensar en un animal más sucio que la paloma, no puede ser coincidencia que sea el símbolo de la paz.» Nos reímos.

Subimos  juntos a la azotea, que es igual de increíble que el resto de la villa. A todo esto, también cotilleamos un par de terrazas que me hacen sentir como un privilegiado al divisar desde las alturas el jardín—o parque, se podría decir—del recinto. Desde la azotea se ve gran parte de la ciudad, así que las vistas son de cine. Allí nos terminamos las cervezas, hacemos un poco de manitas, y nos bajamos de nuevo al bar, donde sigo mi conversación con la gente del lugar—la juventud de Atenas se defiende bastante bien con el inglés, por lo que no tengo problemas en comunicarme.

Antes de marcharnos, ya bien entrada la madrugada, decidimos pasear por la parte trasera de la villa, donde tienen plantados unos cuantos huertos—o eso me parece, porque se ve más bien poco. Sin duda éste es un lugar único para montar un centro social okupado, y pienso que lo mismo tendríamos que hacer les madrileñes con la mansión de Esperanza Aguirre en el centro de Madrid. No me marcho, eso sí, sin coger unas cuantas pegatinas que ahora adornan con orgullo el ordenador desde el que escribo.

Ya ha pasado una semana desde mi vista a Villa Zografou, y la noticia del ataque fascista me llega por correo. Al parecer, el sábado siguiente al que estuve yo, cuando la gente de Zografou celebraba el mismo «guateque» por les preses polítiques, un grupo de nazis atacó la villa. Los agresores fueron repelidos, y no me consta de que hubiera ninguna persona herida por nuestra parte.

Prapopoulou

prapopoulos

Prapopoulou es una okupa situada en Halandri, un barrio de clase media-alta en el norte de Atenas. Es una casa más bien grande—pero no una villa como Zografou—con un jardín igualmente grande. Aquí le dan mucha importancia a lo ecológico: tienen varios huertos, árboles frutales, un rincón con toboganes y juguetes para les niñes, y hasta un caballo que pasta alegremente por todo el recinto.

Al parecer el terreno y la casa estuvieron abandonados por varias décadas hasta que hace unos siete u ocho años un grupo anarquista decidió tomarlo para empezar un nuevo proyecto. Mi compañera, que se dejaba caer por allí todas las semanas cuando residía en Atenas, me comenta que la okupa organiza talleres y encuentros políticos, lo que terminó llamando la atención de los nazis quienes atacaron impunemente la casa—quemando el tejado, si recuerdo bien la historia. A Prapopoulou le dicen «okupa» pero en realidad no vive nadie allí, simplemente funciona como un centro político abierto a todo el mundo. En el interior tienen una biblioteca muy bien surtida, y entre las actividades que organizan me encuentro, de nuevo, con las clases de castellano—¡menuda sorpresa la mía!

Lo orgánico y la permacultura es, al parecer, una tarea muy importante para la gente de Prapopoulou. Organizan talleres en estos temas y además animan a la gente a pasarse y echar una mano en los huertos. Mi compañera me cuenta que una de las mejores cosas es el cine: al parecer proyectan películas y en verano el jardín delantero se llena de gente disfrutando mientras les niñes juegan en los toboganes o persiguiendo al caballo. Con todo, me quedo con la labor comunitaria que hace la gente de Prapopoulou en el barrio: organizan charlas, campañas de propaganda, colaboraciones con otros grupos vecinales, distribuyen parte de los vegetales cosechados, etcétera. El centro okupado está, al parecer, muy integrado en la vida del barrio,  y no parecer molestar a sus vecines de clase media-alta. «Al contrario», me cuentan, «la gente viene y se interesa por lo que hacemos.»

Tras unas horas de cotilleo y parloteo decidimos marcharnos a comer algo. Ahora, en mi mente solo hay lugar para un pensamiento: si se quiere, se puede. Bravo por nuestres compañeres atenienses.

Últimas palabras

Mi viaje a Atenas fue, a todas luces, una experiencia placentera y llena de sorpresas. Antes de ir pensaba que mi conocimiento de la situación griega y sus movimientos sociales era bastante nutrido—más que nada por mi compañera y mis amigos más cercanos en la ciudad donde resido, que también son de Atenas y anarquistas. Sin embargo, lo que me encontré allí superó mis expectativas. Cada encuentro, cada lugar, cada experiencia… todo fue muy enriquecedor.

Aunque no todo fue bonito, claro está. La pobreza, la indigencia, los problemas sociales… todos los problemas que el capitalismo y las políticas neoliberales generan están muy presentes en las calles de Atenas. Pasear por la calles de la ciudad es una experiencia única, pero por mucho que une se concentre en pensar positivamente al final siempre se termina con la cabeza en lugares más negativos. Mujeres con niñes pidiendo en la calle mientras millares de personas pasan sin tan siquiera mirar. Alguien podría decir: «bueno, eso también se puede ver en ciudades como Madrid o Barcelona.» Sí, contestaría yo, pero en Atenas la realidad supera a la ficción. No he visto tanta pobreza junta en mi vida. Por un lado te deprime, pero por otro te reafirma en tus ideas libertarias, y esto me quedó muy claro cuando conocí a los grupos políticos de Atenas—tanto les comunistas de ARAN, como a les anarquistas de las okupas.

De todo esto saco una idea en claro: Atenas es, seguramente, la esperanza de Europa. Si un día el movimiento libertario en la Península Ibérica fue el motor anarquista del mundo, hoy día es el turno para les atenienses. Sí, elles siguen viendo a la CNT como un ejemplo a seguir, pero me pregunto si no tenemos que ser nosotres quienes tengamos que mirar hacia nuestros  hermanos y  hermanas de Grecia. Elles tienen la rabia, la fuerza, y el coraje para decir ¡basta! Solamente espero que el entusiasmo y la energía de nuestres compañeres atenienses se transmita, cuanto antes, al resto de ciudades del mundo.

Paseando por Atenas (III)

Hoy publico mis experiencias del martes y miércoles—recordad que el segundo texto es solamente una parte del miércoles. En esta entrega podréis recorrer la Acrópolis, los barrios colindantes, Exarchia de nuevo, y un centro social okupado llamado Nosotros.

Acrópolis

Athens_Acropolis

La Acrópolis seguramente sea la mayor atracción turística de la ciudad de Atenas. El museo, que es nuevo y está a los pies de la colina, se puede visitar con detalle en unas tres horas. La entrada cuesta doce euros, pero por cosas de leyes europeas, les universitaries de la Unión entran gratis—así que paso con mi entrada en la mano y una gran sonrisa en el rostro, que no me hace gracia apoquinar doces euros.

Si la entrada me sale gratis el café en la cafetería de museo es otra cosa—siete euros por dos cappuccinos. Eso sí, las vistas son inmejorables porque todo el café da directamente a la colina de la Acrópolis. Hace un sol radiante y una ligera brisa que nos acaricia según subimos la colina por el parque público. El lugar está rodeado de casas antiguas que rezuman poder adquisitivo, de hecho mi compañera me explica que son de las casas más caras de toda Atenas—eso salta a la vista. En uno de estos lujosos edificios que tienen como vecina más próxima a la Acrópolis, una bandera del Estado español hondea tímidamente. Es la embajada—o una oficina de la misma, no estoy yo para leer chorradas. Es lo que tiene tener una reina griega, que te da el derecho de adquirir el mejor edificio de la ciudad para tus asuntos internacionales.

El parque que duerme a los pies de la colina es precioso. Está lleno de pequeños felinos callejeros que te miran con ojos atentos desde los árboles. Pero en medio de todo este despliegue de lujos, la pobreza vuelve a aparecer en Atenas. Mujeres mayores venden diez postales a un euro para ganarse la vida. Con voz quebradiza y toda una plétora de vivas y alabanzas a Atenas soy ofrecido un set de postales, el cual adquiero gustoso porque en el museo las postales estaban a cincuenta céntimos cada una—y no podían ser más feas, todo sea dicho.

De la Acrópolis diré poco más porque podéis leer la historia en Wikipedia—he dejado el link más arriba. Simplemente mencionar que desde las alturas se puede divisar toda la ciudad en su máximo «esplendor.» Yo me sorprendo ante la apariencia de la ciudad, muy distinta a mi Madrid natal. Mi compañera suspira y dice que desde aquí arriba «te das cuenta realmente de que Atenas es una bestia.» Me paro a pensarlo dos veces y le veo el sentido: una bestia de casas blancas—y más bien viejas—que se extiende devorando el paisaje tan bonito que la rodea con mordiscos de asfalto y hormigón. La ciudad, contando el área metropolitana, no llega a los cuatro millones, pero desde la Acrópolis me parece mucho más grande que Madrid—que tiene más o menos la misma población. Supongo que las colinas y montañas que rodean a la ciudad, más el mar en un costado, hacen crecer la densidad urbana. Lo dicho: Atenas la bestia blanca.

Anafiotika, Monastiraki

Anafiotika

Tras la Acrópolis soy guiado colina abajo  hacia una parte encantadora de la ciudad, un barrio de casas bajas, con jardines pequeños, y apiñadas en calles estrechísimas. Se llama Anafiotika en honor a una isla que se llama Anafi. La estampa me recuerda un poco a los pueblos Italianos, con grandes macetas de coloridas flores en las ventanas y puertas de colores. Las paredes están repletas de graffitis—de verdad, no he visto ciudad con tanta pintada en mi vida. Pocos de ellos son de carácter político. Casi no se ve ninguna consigna anarquista. En su mayoría las pintadas son obras muy artísticas: delfines, barcos, mariposas, Atenea con su escudo y lanza…

Bajamos el barrio, que está en la loma de la colina, y pasando por cafeterías muy apetecibles, llegamos a la plaza/barrio de Monastiraki, muy cerca del Ágora. Las calles se ensanchan aquí y mi compañera me indica uno de sus sitios favoritos para comer souvlaki, que viene a ser el «kebab» griego. Con la comida en las manos reanudamos nuestro camino calle abajo hacia Thissio, y para ello atravesamos un mercado en el que venden todo tipo de ropa, ajares, camisetas de fútbol, botas de montaña… Es algo así como el rastro de Madrid pero sin tenderetes. A lo largo de nuestro paseo por Monastiraki puedo ver un gran número de gente pidiendo dinero en la calle, sobre todo señoras con niñes en los brazos. Mucha de esta gente duerme tirada en el suelo de la plaza con el brazo estirado, tieso como un palo, sosteniendo el vaso de McDonald’s donde esperan recibir unos céntimos de euro.

Thissio, Keramikos

Llegamos a Thissio y el sol me achicharra con solemnidad—el tiempo está un poco loco estos días, llueve tan rápido como sale el sol para cegarte. En Thissio paseamos por una gran calle que da a la estación de metro. Una iglesia cercana y unas ruinas antiguas son la atracción del lugar, aunque mi compañera me cuenta que la gente suele venir a pasear y a tomar algo porque está a medio camino de Keramikos. En la plaza veo una gran congregación de sintecho que hablan jovialmente, aunque observo que varios de ellos están borrachos. Son hombres barbudos, de tez morena y ropa rota. Están sentados en el césped y escalinatas de la plaza, frente a un par de cafeterías con terraza donde varias familias europeas comen e intentan ignorar a sus «morenos» vecinos. Varios hombres de etnia gitana intentan vender cosas en la calle, y a esto que pasa un sacerdote ortodoxo con su larga barba, su sombrerete negro, y su sobria túnica a juego. Esto parece llamar la atención de les turistas.

Caminando por una ancha avenida rodeada de árboles se llega a Keramikos, donde se albergaba en su día el barrio de la alfarería. Desde el camino se pueden ver la ruinas que resisten al paso del tiempo, aunque no se puede bajar porque valla te impide el paso—así que me conformo con ver e imaginar que toco las columnas ruinosas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En la zona de Keramikos, me cuenta mi compañera, han desarrollado una de las zonas «para salir» más de moda de Atenas. El barrio gay se encuentra en la zona, y los bares y clubes modernos se apiñan por doquier. Son como las cinco de la tarde, y las terrazas están llenas de jóvenes «muy a la moda» tomando café y cerveza. Peinados estrafalarios, gafas de marca, camisetas muy apretadas… En la plaza unos chavales de origen inmigrante juegan al fútbol y las madres observan sentadas. Según me cuenta mi guía, el barrio tiene casas muy caras y casas viejas donde vive gente humilde. El barrio está formado por edificios de dos o tres plantas más bien concentrados, por lo que volvemos a las callejuelas estrechas. Los graffitis son de nuevo una atracción, y tanto preguntar por traducciones siento que mi compañera está a punto de soltarme un bofetón a ver si me callo de una vez. Tras un rato paseando decidimos coger el metro y volver a casa.

Exarchia, de nuevo

Tras la manifestación en la mañana del miércoles decidimos dar un largo paseo por el barrio de mi compañera y luego bajamos a Exarchia para tomar algo con unes amigues. Casi todo está cerrado—por la huelga, me explica Helena, una amiga. Las calles de Exarchia a la luz de las farolas pueden ser algo intimidatorias: callejones oscuros, pintadas artísticas, pero también agresivas, sombras escurriéndose en las esquinas… Pero con todo, el barrio es un lugar seguro, según asegura mi compañera. Las calles están medio-llenas de jóvenes—anarquistas por su vestimenta—que fuman y beben sentados o de pie. En la plaza principal se congrega el mayor grupo de jóvenes. Las motocicletas están aparcadas cerca de la gente—¡Atenas está llena de motocicletas! Los canes van de un lado para otro como quieren. Pasamos el jardín okupado y entramos en un bar abierto, uno de los pocos. Por si no he hablado antes del jardín okupado digo ahora un par de cosas: es un pequeño parque donde les anarquistas están plantando todo tipo de cosas y reformándolo para que sea un lugar bonito de encuentro. La entrada y la casita que hay dentro están cubiertas de consignas políticas y más graffitis artísticos. Todo en Exarchia te recuerda que estás en territorio subversivo.

Poco hay que contar de mi experiencia en el bar, rodeado de gente hablando en griego, sin enterarme de nada, y teniendo que recurrir a mi compañera o a les jóvenes que hablan inglés para poder abrir la boca. En mis cuatro días en Atenas he podido re-confirmar que les griegues son gente muy abierta, simpática, y amigable. Tienen un sentido del humor muy parecido al que yo consideraría «nuestro», así que me entiendo muy bien con elles.

Tras despedirnos de les amigues de mi compañera nos dirigimos, hacia las doces de la noche, a un centro okupado llamado Nosotros. Es una casa de tres pisos en la que han montado un bar muy majo. El lugar es enorme, y las paredes, como no, están cubiertas de arte callejero—aunque no tan agresivo como en los muros de Exarchia. En el bar tienen mesas con tableros de juegos, libros, panfletos… incluso tienen un pequeño espacio para tocar música. Una futbolín preside otra habitación, y del piso superior no sé nada porque las puertas están cerradas—así que mi cotilleo finaliza aquí.

Según me comenta mi compañera, aquí en Nosotros se organizan conciertos pequeños, charlas, talleres, potlatchs, etcétera. De hecho, una simpática voluntaria en el bar me sugiere que me pase un día de estos a cocinar algo típico castellano. Le digo que van listos si quieren que les cocine algo, pero ella insiste y me dice que en la «cocina comunal» todo es bien recibido, esté bueno o malo, y que si tiene el añadido de ser «de fuera» pues que mucho mejor. Me lo pienso y acepto a medias con la condición de que no quiero quejas si la comida no gusta. Ella sonríe y me invita a pasarme cualquier día a la hora de la comida para cocinar.

Nos tomamos unas cervezas con un dulce típico de Grecia que la gente de la okupa ha preparado, y tras esto plegamos el ala y nos marchamos a casa. Un día muy interesante, sin duda. Mañana me espera un «tour político», es decir, me van a llevar a ver varias okupas y a conocer las actividades que hacen allí. Atenas cada vez me gusta más.

PD: añadir que de vuelta a casa desde Exarchia tuvimos que pasar por el barrio de las universidades—donde se encuentra la facultad de Derecho y Ciencias Políticas, una de las más activas en el movimiento comunista. Aquí es donde decía el otro día que la policía ha metido a todos los elementos problemáticos del centro de la ciudad. Con tan sólo pasear por la avenida los puedes ver consumiendo, bebiendo, trajinando… Según me contaron el otro día, esto lo hacen para debilitar al movimiento juvenil que se solía encontrar allí, y que ahora, por ser demasiado peligroso, se han tenido que mover más al interior de Exarchia.

Cuando el fascismo crece

En una sociedad en la que las relaciones sociales se rigen por valores liberales la semilla del fascismo dormita latente en todos los aspectos de la vida humana. Y como toda semilla, una vez que dispone de todos los nutriente necesarios, el fascismo crece aprovechándose de las condiciones propicias para romper, primero, con brotes tímidos la superficie terrestre, para después seguir creciendo hasta completar su ciclo vital.

La sociedad griega es un claro ejemplo de cómo los valores que promueve la ideología liberal permiten la gestación de sentimientos intolerantes y destructivos. Moldeada por ideas que centran la importancia de la vida en el individuo, la sociedad griega se convierte en una máquina antropófaga que empieza por devorar a les que no son de «casa» para centrarse después en les que no cumplen con los cánones de pureza establecidos por un pensamiento puramente restrictivo: gays y lesbianas, transexuales, izquierdistas, libertaries, y una larga lista de etcétera.

Cuando digo «ideología liberal» hablo de aquel conjunto de ideas, conceptos, y valores que ensalzan el desarrollo humano en términos individuales, egoístas, y para nada solidarios. El «todo vale en la búsqueda de mi felicidad» que muches promueven como excusa sine qua non para el modo de producción capitalista es apenas contestado con tímidas reformulaciones por aquelles considerades como adalides del progreso del pensamiento liberal. De esta forma, dentro del campo liberal, encontramos un amplio abanico de propuestas morales y filosóficas que amplían la lista de derechos y deberes humanos de tal forma que parece que la situación cambia pero en verdad no lo hace.

Una de estas máximas aclamadas por «progresista» es la de que todo individuo tiene la obligación moral de asistir y promover el bien común. Eso sí, siempre y cuando el beneficio que se reporte a la comunidad no suponga un coste mayor o excesivo para el individuo que actúa. Otra máxima es la de que los seres humanos, que somos racionales, han de entender que en muchas situaciones las desigualdades sociales son permisibles si éstas resultan en una mejora para les más desfavorecides—ésta idea en concreto viene de uno de los campeones de la teoría liberal, John Rawls. Pero yo me pregunto: ¿cómo definimos «coste excesivo»? ¿Qué entendemos por «ser racional»? ¿Quién y cómo establece que «les más desfavorecides» se benefician por la desigualdad?

Y de esta forma nos vemos sumidos en una sociedad en la que se premia la individualidad egoísta, la persecución de los intereses personales—que casi nunca llevan al bien común—, la primacía de los derechos individuales sobre los grupales o sociales, como si la comunidad fuera una mera agregación de individuos o un obstáculo para el «desarrollo» de la persona. Y cuando todo va mal, cuando la economía se hunde y sume en la miseria a millones de familias, entonces empieza a crecer esa semilla del fascismo que aguardaba plácidamente a ser mimada y cultivada. Los derechos individuales pasan a ser «derechos para les que son como nosotres», ya que el contexto está tan jodidamente mal que la gente comienza a comprender que eso de «ganarse la vida por une misme» ya no funciona. ¿Y cómo definen su nueva amada comunidad? Pues como no podría ser de otra manera: de forma autoritaria, intolerante, y exclusiva.

En una sociedad capitalista, como la griega, en la que el deber moral dicta que «primero nos salvamos nosotres mismes y después, si eso, el resto», cuando las instituciones sociales se derrumban por el peso del capital, ese «resto» comienza a tomar más importancia, pues de las catástrofes no se sale sin esfuerzo colectivo. Pero en una sociedad despojada de solidaridad y de sentido colectivo, ese «resto» se configura acorde con los valores que imperaban previamente. Si me han enseñado que primero voy yo porque soy un ser excepcionalmente único, medida de todas las cosas habidas y por haber, entonces, ¿con quién me voy a juntar para salvar el pellejo? A todes veo como enemigues, pero oye, parece que mi vecino que es griego y habla sin acentos ni cosas extrañas puede echarme una mano para salir de ésta. Esa de allí no, que no es de aquí y seguro que no me es de utilidad.

Y una cosa lleva a la otra: empiezan por les de «fuera» y acaban por les de «dentro.» Y a todo esto, el poder, el capital, y la autoridad, que sumidos en los mismos valores ven amenazada su situación privilegiada, empiezan a mimar y a cuidar a les que intoleramente echan la culpa a les que no tiene nada que ver con el fregado. Les protegen cuando asesinan, amenazan, e intimidan. Les ocultan cuando la jugada les sale mal. Les dejan hacer para que no se note que elles están intentando perpetuar una situación de injusticia social.

De esta manera, en Atenas, son asesinados varies inmigrantes cada mes a manos de cerdos fascistas—prácticamente a un ritmo de une por semana. Cuando la policía detiene por cosas del azar a un fascista y se encuentran sesenta bombas caseras en casa de uno de sus amigos-colaboradores les sueltan con cargos menores y, hala, a seguir haciendo.

Mientras tanto, a les que por dignidad e inteligencia deciden definir ese «resto» de manera racional—es decir, como «nosotres, les que no tenemos nada más que nuestro cuerpo y cabeza para trabajar por un mísero salario»—se les persigue, encarcela, y tortura. Y así, en Atenas, más de veinte antifascistas eran apaleados en comisaría hace unos meses por intentar mantener las calles limpias de fascistas que apuñalan inmigrantes. Hace varias semanas varias decenas eran detenidas por promover espacios liberados donde se difundían los valores de la solidaridad, el apoyo mutuo, y la tolerancia. Y hace unos días eran torturados cuatro compañeros que decidieron llevar la lucha a un nivel superior, a la expropiación de bancos—para que después salga el ministro de Orden Público diciendo que las heridas fueron resultado de la confrontación en el momento del arresto. Claro, cuatro veinteañeros de  no más de sesenta kilos oponiendo resistencia a los gorilas fascistas de la policía armados hasta los dientes. Y no nos quejemos, que si hicieron públicas las fotos retocadas con Photoshop fue para que la gente les pudiera reconocer.

Pero si en la sociedad liberal-capitalista la semilla del fascismo aguarda a ser regada, la semilla libertaria-anarquista está siempre en continúo desarrollo. Si el fascismo es activado en momentos de profunda crisis socioeconómica, la semilla anarquista encuentra en la sociedad capitalista un continuo flujo de nutrientes con los que crecer: explotación laboral, represión estatal, injusticia social… La semilla anarquista siempre tendrá razones para seguir creciendo, la diferencia radica en que a les que tienen la regadera por el mango les interesa más regar al fascismo.

Como dijera uno de nuestros compañeros atenienses: «maderos, jueces, políticos, no tenéis razones para dormir tranquilos.» Y es que aunque no nos quieran regar, nosotres sabemos tomar lo que es nuestro por nuestra propia cuenta.

Viva la anarquía.

Utopía en el horizonte

En mayo de 2011, centenares de miles de griegos irrumpieron en la Plaza Sintagma en Atenas para protestar contra la liquidación de su país, de sus derechos laborales y de sus medios de subsistencia a las corruptas elites nacionales y los intereses financieros en el extranjero.

En cuestión de días, un campamento de protesta fue creado – organizado bajo los principios de democracia directa, autogestión y ayuda mutua – proporcionando una vislumbre de utopía en medio de una devastadora crisis financiera, política y social. El 28-29 de Junio, durante una votación parlamentaria sobre nuevas medidas de austeridad, el estado finalmente respondió con fuerza brutal, eventualmente desalojando a los manifestantes de la plaza y aplastando el potencial radical de su experimento social.

Un año más tarde, Leonidas Oikonomakis y Jérôme Roos – investigadores en el Instituto Universitario Europeo y coautores del blog activista ROARMAG.org – regresaron a Atenas para hablar con activistas involucrados en el movimiento y la ocupación de la Plaza Sintagma, así como el héroe de la resistencia en la Segunda Guerra Mundial, Manolis Glezos. Lo que sigue es este retrato dramático de un país al borde del colapso; y de las personas que decidieron luchar para construir un mundo nuevo sobre viejas ruinas.

ROAR

Dirección: Jérôme Roos y Leonidas Oikonomakis
Producción: Jérôme Roos y Andrés Cornejo
Duración: 28 mins. aprox.

Si el fascismo ataca, es que lo estamos haciendo bien

En los últimos días la policía fascista de Atenas ha detenido a más de un centenar de compañeres anarquistas que defendieron con admirable dignidad las okupas de Villa Amalias y Skaramanga. La primera, con más de dos décadas de servicio libertario, construyendo tejido social en el barrio, ofreciendo cultura libre y crítica, sirviendo como punto de encuentro para las personas libertarias de todo el mundo, fue doblemente asediada por los matones a sueldo del Estado griego.

Villa Amalias tras ser asaltada por la policía volvió a ser re-okupada con heroica valentía aprovechando que las fuerzas represoras del Estado se «entretenían» con una sustancial masa de anarquistas que protestaban y resistían en las afueras. Pero me temo que no duró demasiado, ni durará, pues si el Estado griego quiere ahora tirar abajo Villa Amalias usando su policía fascista—el adjetivo no es gratuito, todes sabemos las conexiones de la policía ateniense con el partido nazi Amanecer Dorado—es porque está asustado. Nos tienen miedo.

Y esto significa que lo estamos haciendo bien. Que la resistencia al capitalismo y al Estado opresor está funcionando. De otra forma no hubieran esperado veintidós años para cerrar Villa Amalias, pues los negocios y especulaciones con el inmueble que okupa siempre han estado ahí, presentes bajo la sombra de los avaros capitalistas.

Saben que es el movimiento anarquista en toda Grecia el que planta cara a los nazis que el Estado usa para suprimir las voces que se alzan en contra de sus medidas de ajuste económico. Saben que son libertarias y libertarios los que salen a la calle, sin miedo y con decisión, a parar los pies a los matones fascistas que apalean inmigrantes y  homosexuales. Saben que somos nosotres, y no lxs comunistas que mucho hablan pero poco  hacen en Grecia, quienes salimos a las calles a decir «¡ya basta!», a defender la libertad del género humano en nuestros intentos de recuperar una dignidad que nos fue arrebatada largo tiempo atrás.

La lucha de les compañeres de Atenas y de toda Grecia es también nuestra lucha. La solidaridad es una de nuestras armas más poderosas, pero no nos confundamos: es solidaridad sincera, porque identificamos su  lucha con nuestra lucha, porque identificamos su resistencia con nuestra propia resistencia. El Estado es el Estado sea griego o español. Sus fuerzas represoras son las mismas allá donde vayamos.

Si atacan con tanta fuerza les fascistas es porque lo estamos haciendo bien; porque estamos diciendo las cosas claras dejando sobre la mesa nuestras exigencias, que no pueden ser otras que globales, internacionalistas, y anticapitalistas. Sacarán a las personas de Villa Amalias a base de palos y violencia. Pero no conseguirán jamás sacar la justa rabia de nuestros corazones libertarios.

¡Arriba les que luchan!

Cerrando Villa Amalias; dando vía libre a Amanecer Dorado

Por MN

Plaza Victorias. Se expande la leyenda urbana de que Amanecer Dorado protege a las ancianitas de los malvados inmigrantes. Parece ser que el viejo cántico de «la gente no olvida, la gente cuelga a los fascistas» se ha olvidado. Como también parece que los miembros de Amanecer Dorado campan a sus anchas rompiendo las cabezas de todo aquel que es diferente y de forma impune.

Cuando sucede todo eso es cuando el Estado decide cerrar el centro okupado Villa Amalias. Así pues, la necesaria voz anti-fascista es silenciada. Mediante el cierre de Villa Amalias los miembros de Amanecer Dorado obtienen un pasaporte gratuito para llenar las calles del barrio con violencia.

Es completamente contradictorio que los periodistas defiendan el cierre de la okupación, aunque también es cierto que son ellos junto con los políticos quienes esconden y ocultan las acciones de Amanecer Dorado. No obstante, ¿quién convoca las marchas anti-fascistas? ¿Quiénes informan y quiénes organizan mesas de diálogo con los vecinos de los barrios? ¿Quiénes ofrecen seguridad a las minorías y a los débiles? Pues precisamente aquellos que son llamados «perroflauta» por los medios de comunicación.

Anarquía no es fanatismo como ellos proclaman a bombo y platillo en los medios. Anarquía significa mantener tu mente abierta, resistir contra cualquier tipo de violencia y fascismo. Anarquía significa informar y ser informado.

En un periodo de crisis económica y moral el Estado decide destruir este faro de resistencia que es Villa Amalias. No solamente estoy avergonzada de ser de Atenas, sino que también estoy asustada. Estoy asustada porque me imagino una ciudad sin okupaciones, sin centros sociales que promuevan el diálogo y hagan confluir a las personas en un mismo punto, que es lo que hace de un barrio un barrio propiamente dicho.

Traducción: La Colectividad

1 2 3 4 5