La epidemia de gripe de 1918 en los medios de la Confederación

La famosa epidemia de gripe de 1918, llamada “gripe española”, apareció por primera vez entre los soldados americanos que iban a las trincheras de la Primera Guerra Mundial. A causa de la gran movilidad de tropas de aquellos días la dolencia pudo extenderse con gran libertad entre nuevas poblaciones. De este modo mató la barbaridad de 50 millones de personas en todo el mundo. Se dice rápido. Constituye un poderoso ejemplo del potencial destructivo que tiene una pandemia.

En el Reino de España la dolencia llegó entre abril y mayo de 1918. Se conoce que al no existir una censura en la prensa, los medios españoles informaron de la epidemia a las pocas jornadas de su aparición. Por eso al principio se pensaba que la dolencia venía de España y se había contagiado hacia Europa, cuando fue al revés. Para contextualizar la dolencia, esta tuvo un rebrote en septiembre y octubre de 1918 que fue la época con mayor mortalidad. Y más tarde otro repunte en febrero de 1919, que duró un par de meses. Finalmente, en 1920 hubo otra oleada de la epidemia. En total murieron alrededor de 150.000 personas en España y el año de 1918 fue el único hasta la Guerra Civil en el cual la población total del país descendió.

Pero bien es verdad que la epidemia llegó a una España que apenas sobrevivía a la miseria. La prensa de la época destaca los aciertos de las autoridades, como, por ejemplo, la organización de brigadas de limpieza o el cierre de las escuelas. Pero siendo realistas, la mayoría de la infancia apenas pisaba una escuela, teniendo que ir a trabajar desde edades muy tempranas. Las organizaciones obreras no pudieron preocuparse de la dolencia y la solían atribuir a las pésimas condiciones higiénicas en las cuales vivía la clase obrera. De esta forma los sindicatos catalanes afectos a la CNT celebraron el Congreso de Sants, en el verano de 1918 (cuando la primera oleada de la epidemia había remitido), los mineros asturianos el suyo en septiembre y la UGT celebró su congreso nacional a Madrid en octubre de 1918 (en pleno rebrote de la dolencia).

Hay que entender que no se descubrirían los virus hasta 1935 y que la clase obrera del momento conocía los efectos del cólera, de la tuberculosis, de las diarreas y fiebres, del tifus, la polio o la viruela. Cada epidemia se cobraba las vidas de miles de personas, y se cebaba especialmente con las capas sociales más pobres. Pobreza y carencia de higiene suelen ir íntimamente unidas y esta una de las razones de la alta tasa de mortalidad. A este factor se le puede asociar también el hambre, que acompaña los periodos de crisis, y 1918, lo era. Europa vivía los últimos episodios de la “Gran Guerra” y las fábricas iban echando el cierre. Esto agravaba la situación de las familias que veían un futuro incierto. Las continuas muertes iban dando pie a procesiones religiosas y a oraciones públicas “por nuestros pecados”, como había tenido lugar durante las epidemias anteriores.

Pero también hay que tener en cuenta que se da en un periodo de altísima conflictividad política y social, como es el final de la guerra europea. La pandemia se cobró millones de vidas a Europa siente el marco en el cual se dieron las revoluciones de 1918-19. No es nada osado considerar que la gripe fue un factor más del estallido huelguístico de 1919 en Cataluña, que se abriría con la famosa huelga de la Canadiense en febrero de aquel año.

En Solidaridad Obrera – hacia octubre – aparecían cada día publicadas noticias referentes a la epidemia. Se hablaba de muertes cada día, en las calles de Barcelona y también en los pueblos españoles. Se constataba la muerte de doctores, y el traslado de sanitarios desde unos lugares poco azotados por la dolencia hacia otros más necesitados. Y se notificaban protestas ante el abandono sanitario de la villas y ciudades. Es un contraste evidente hacia el que decían las autoridades que estaban haciendo. Es obvio que no hacían bastante. El pueblo exigía el cierre de locales insalubres o establecimientos alimentarios que provocaban fuertes malos olores – recordemos que no se sabía exactamente de donde vendía la gripe. La propia Solidaridad Obrera respondía a un artículo que ante su local se vendían plátanos medio podridos. Otro factor eran las aguas negras de las ciudades que proliferaban después de los días de lluvia o de aquellos riachuelos urbanos totalmente insalubres de la época industrial.

Además se constata el colapso de los hospitales y las pompas fúnebres. En este caso hubo una huelga en Barcelona producida por el despido de 21 trabajadores para protestar ante las durísimas condiciones que tuvieron que afrontar. El Sindicato de la Madera hizo suya la protesta y convocó una huelga del sector en octubre de 1918, que ganó en pocos días. También los ebanistas de València hicieron lo mismo. En el caso barcelonés se constata la pérdida – por gripe – de Josep Escofet (15 de Octubre), uno de los principales militantes del Sindicato de la Madera. Otros ramos también hicieron huelga (caldereros de cobre, tranvías, Casa Girona, fabricantes de vehículos – todos de Barcelona, vidrio de Gijón, mineros asturianos, campo andaluz, empresas de Terrassa, Mataró, Sabadell, Sitges, etc.), en aquellos tiempos sin confinamientos. Incluso estuvo rondando por Barcelona una huelga de alquileres impulsada por la Unión de Inquilinos (con local social en c/ Santo Pablo, 83 – suyo del sindicato de fideuers) ante el encarecimiento de los pisos y habitaciones. Las reivindicaciones eran similares: además de los precios las quejas eran por pisos sin retretes ni agua corriente.

Cuando hicieron públicas estas peticiones a los propietarios, estos las recibieron con risotadas mientras el Ayuntamiento se encogía de hombros. Las propuestas de las organizaciones obreras eran totalmente lógicas. No discutían la necesidad de ir a trabajar. Están en una época a la cual quien “no trabaja no cobra”. Se pedía trabajar menos horas para tener más fuerzas para afrontar la epidemia, puesto que se pensaba, con razón, que la falta de fuerzas debilitaba los cuerpos y los hacía blancos fáciles de la dolencia. También se pedía que se instalaran lavabos en los talleres para lavarse las manos. Otra petición era instalar cocinas en las empresas para poder comer caliente. Era normal comer alimentos fríos sentados en el suelo. Además se incidía en mejorar la ventilación de los centros de trabajo, que solían estar cargadísimos de polvo en suspensión, microtejidos o humos.

En València la Sociedad Vegetariana Naturista se ofreció al gobernador de la provincia para prestar auxilio a los enfermos de gripe. El ofrecimiento fue rechazado por la Junta de Sanidad por cuestiones morales. Hablamos de la mal llamada moral cristiana, está claro. El movimiento higienista, naturista o vegetariano se fue extendiendo despacio, en parte a causa de esta epidemia, de la cual acusaban directamente el estado por haber fracasado al velar por la salud pública. También acusaban la ignorancia de la población por no saber combatir la dolencia, que entendían que se resolvía con dietas vegetarianas.

En resumen, en 1918, la epidemia fue un factor más en un mundo en plena convulsión. Esta sería una diferencia con nuestra pandemia actual: el coronavirus es el “choque”, mientras que la gripe de 1918 se daba en medio de otros “choques”. El fin de la guerra mundial produjo una profunda crisis económica y el fantasma de la revolución recorrió el mundo. No sabemos con certeza la influencia de la gripe en las revoluciones de la época. Solo se conoce que tuvo impacto en el Brasil como preludio a su insurrección (los burgueses se fueron a sus lujosas villas, mientras el proletariado moría a miles). Es conocido que después de una epidemia la vida cobra un nuevo valor y esto da pie a nuevas luchas sociales antes impensables. Veremos el que nos ofrece esta pandemia que vivimos.

@Blackspartak

Canibalismo e imperialismo: Ravenous

En 1846, EEUU era aún un país a medio industrializar, por detrás de Francia o Bélgica y muy por detrás del Reino Unido. Su superficie era bastante más reducida que la actual, incluidos los territorios no organizados, y la gran migración (irlandesa, escasamente) apenas comenzaba. El país tenía unos veinte millones de habitantes y, salvo por grandes centros como Nueva York o Boston, parecía aún esa imagen que tenemos de la época colonial: una gran masa de pequeños propietarios rurales protestantes.
Ya antes el presidente Monroe había lanzado esa consigna, que sería conocida como «doctrina Monroe», según la cual todo el continente americano había de ser para los american (entiéndase «estadounidenses»). Ese espíritu daría lugar, en 1835-1836, al apoyo estadounidense a la guerra de independencia de Texas, entonces un estado mexicano reacio a abolir la esclavitud y abundante en colonos venidos del norte y, en un segundo momento, a su incorporación a los EEUU (1846), que las autoridades mexicanas consideraron un agravamiento de la agresión, lo que llevó a la guerra de dos años que supondría la pura y simple anexión del norte de México y su propia incorporación como Estados cuya identidad estadounidense hoy día nos parece obvia: Utah, Arizona, Nuevo México, Nevada, Colorado y California.

En esa primera expansión imperial empieza esta película, en 1847. John Boyd es un soldado obediente, pero incapaz de hacer carrera en el ejército o ser considerado un héroe. Le falta la brutalidad propia del oficio y ni siquiera tiene más ambición en su carrera militar que ganarse un jornal.
Por eso, aunque tenga la satisfacción de haber sobrevivido a una batalla y haber conseguido después una victoria para los suyos, lo cierto es que sobrevivió haciéndose el muerto y fue sólo tras ser arrastrado a la base enemiga como otro de los cadáveres y recibir en la boca la sangre de un compañero muerto, cuando se lanzó a su gesta bélica.
En medio de una banda sonora extraña compuesta por Michael Nyman y Damon Albarn, Ravenous nos muestra a esta especie de héroe cobarde, el capitán Boyd, enviado a un fuerte de las montañas californianas donde se encuentra rodeado de extraños personajes. Vemos el contraste entre Boyd y la sospecha de que otro personaje quizá también se haya alimentado de sus semejantes y, en un desarrollo de la trama que no queremos destripar al lector, conocemos la leyenda iroquesa del wendigo y lo mucho que nos dice del papel de EEUU en el mundo e incluso del capitalismo en sí mismo. Esto último es más nuestra interpretación, pero el carácter caníbal del imperialismo es muy explícito pese a tratarse de una producción de Hollywood con actores tan conocidos como Guy Pearce o Robert Carlyle. Algo que no es menos importante es que, si desde Hannah Arendt se habla de la «banalidad del mal», en esta película se muestra la banalidad del bien. El mal permite actuar con menos límites o sin ninguno, la preocupación por el bien, la ética, carece de ese atractivo y puede parecernos castrante, ser una fuente de limitaciones y sentimientos de culpa. Sin embargo, nos permite ser humanas y no monstruos.

Calibán y la bruja

La transición entre el feudalismo y ese nuevo modelo de organización económica y social que acabaríamos por llamar capitalismo fue un proceso lento y terriblemente violento. Una parte importante de esa violencia debe atribuirse a la guerra de clases, expresada en la resistencia activa de una mayoría de la población a perder sus modos de vida y sus costumbres, a ser desplazada de sus tierras, a convertirse en fuerza de trabajo asalariado y, en definitiva, a proletarizarse. En este momento histórico, ampliamente analizado por socialistas de diversa índole para descubrir los terrenos de explotación capitalista y también aquellos de resistencia, cabe recuperar especialmente el papel vivido por las mujeres. Eso es lo que hace con gran maestría Silvia Federici en su libro “Calibán y la bruja”.

Su subtítulo, “Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”, aporta ya varias claves del asunto. Acumulación originaria es uno de los conceptos fundamentales de El Capital, la obra de Karl Marx. Hace referencia a un proceso generalizado y fundamental para el surgimiento del capitalismo, consistente en la privatización de todo tipo de medios de producción: Cercamientos de tierras, expropiaciones al campesinado, políticas de represión y encarcelamiento para asegurar la fuerza de trabajo, monetización y mercantilización de las relaciones sociales, etc. Las relaciones de servidumbre precapitalistas que establecían los campesinos con sus señores feudales suponían una vinculación directa de estos con la tierra trabajada ya que, si bien podían ser expulsados, no era algo común en una economía cerrada y donde las luchas sociales se emprendían de manera colectiva. Eso generaba una experiencia de autonomía campesina que, unida a la existencia de espacios comunes (praderas, bosques, lagos, pastos…) imprescindibles para la economía, constituía las bases de un modo de vida a extinguir en pro del capitalismo. El primer capítulo del libro (El mundo entero necesita una sacudida. Los movimientos sociales y la crisis política en la Europa medieval) se detiene precisamente en estudiar las expresiones de resistencia llevadas adelante por las comunidades agrarias europeas y también los movimientos milenaristas y heréticos como expresión reiterada de esta resistencia. También expone cómo las luchas contra los cercamientos o la mercantilización fueron, en multitud de ocasiones, lideradas por mujeres: «Cuando se perdió la tierra y se vino abajo la aldea, las mujeres fueron quienes más sufrieron. Esto se debe en parte a que para ellas era mucho más difícil convertirse en vagabundos o trabajadores migrantes: una vida nómada las exponía a la violencia masculina, especialmente en un momento en el que la misoginia estaba en aumento».

Federici advierte también en este capítulo frente a los riesgos de idealizar la comunidad servil medieval como ejemplo de comunalismo. Esta no alcanzó los objetivos de tierra para quien la trabaja, compartición de bienes y solidaridad, en lugar de lucro personal, como fundamento de relaciones sociales. La sociedad no controlaba sus medios de subsistencia, ni todos los miembros de la misma tenían igual acceso. La aldea medieval no era una comunidad de iguales: Existían diferencias sociales entre campesinos libres y aquellos con estatuto servil, entre campesinos ricos y pobres, entre aquellos con seguridad en acceso a la tierra y jornaleros sin tierra que trabajaban en la demesne (tierra del señor), y por supuesto también entre mujeres y hombres, siendo estos últimos quienes heredaban y recibían entregas de tierra.

El capítulo finaliza con un análisis de la herejía popular como movimiento de resistencia. Las sectas heréticas como los cátaros, los valdenses, los “pobres de Lyon” y otras muchas eran conformadas en esta época por el campesinado pobre. «Tenían un programa social que reinterpretaba la tradición religiosa y, al mismo tiempo, estaban bien organizadas desde el punto de vista de su sostenimiento, la difusión de sus ideas e incluso su autodefensa». Se trataba, por tanto, de todo un movimiento amplio de protesta que aspiraba a una democratización radical de la vida social.

El segundo capítulo (La acumulación de trabajo y la degradación de las mujeres. La construcción de la diferencia en la transición al capitalismo) dibuja el capitalismo como la contrarrevolución que destruyó las posibilidades que habían surgido de esta lucha antifeudal. Aquí, Federici extiende el concepto de acumulación originaria de lo productivo hasta lo reproductivo y argumenta cómo el cuerpo de las mujeres se convirtió en un espacio más de conquista. El cuerpo se convirtió en fuerza de trabajo, y las mujeres debieron ser sometidas para la reproducción de esta fuerza de trabajo. Como resume Amparo Moreno Sardá en una reseña que merece la pena revisar, «la crisis de población de los siglos XVI y XVII convirtió la reproducción y el crecimiento poblacional en objeto de debate intelectual y asunto de Estado. Para regular la procreación, y quebrar su control por parte de las mujeres, se intensificó la persecución de las “brujas”, se demonizó cualquier forma de control de la natalidad y de sexualidad no-procreativa, y se impusieron penas severas a la anticoncepción, el aborto y el infanticidio». En palabras de Federici, los úteros de las mujeres «se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista».

«[los úteros de las mujeres] se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista»

Del mismo modo, en la América colonial, la trata de esclavos fue la respuesta del poder a los problemas de mano de obra tras el genocidio de los pobladores originarios. La violenta sobreexplotación de esclavos (originarios y africanos) en las plantaciones imprimió un fuerte empuje a las economías europeas, que estaban desarrollándose en una dirección capitalista con una tasa de acumulación sin precedentes. El capitalismo nunca hubiese despegado sin la sangre y el sudor de los esclavos, que producían más y a un ritmo mayor que los trabajadores europeos. Además, estas prácticas prefiguraron algunas de las relaciones comerciales y de producción que definen al capitalismo. Por ejemplo, la división internacional del trabajo o la orientación de la producción a la exportación. «Con esta inmensa concentración de trabajadores y una mano de obra cautiva, desarraigada de su tierra —que no podía confiar en el apoyo local—, la plantación prefiguró no sólo la fábrica sino también el posterior uso de la inmigración y la globalización dirigida a reducir los costes del trabajo». Esta y otras claves permiten a Federici destacar cómo de estrechamente conectadas estaban la vida de los trabajadores esclavizados de América y la de los asalariados en Europa, a pesar de la incapacidad para generar una comunidad de intereses entre ambos.

«Con esta inmensa concentración de trabajadores y una mano de obra cautiva, desarraigada de su tierra —que no podía confiar en el apoyo local—, la plantación prefiguró no sólo la fábrica sino también el posterior uso de la inmigración y la globalización dirigida a reducir los costes del trabajo»

Federici cuestiona también la posibilidad de haber desarrollado lazos entre las mujeres europeas, indígenas y africanas en base a una experiencia común de discriminación sexual. «¿Podría haber sido diferente el resultado de la conspiración de Calibán si sus protagonistas hubiesen sido mujeres?». No ocurrió así. «Fuera cual fuera su origen social, las mujeres blancas fueron elevadas de categoría, esposadas dentro de las filas de la estructura de poder blanco. Y cuando les resultó posible, ellas también se convirtieron en dueñas de esclavos, generalmente mujeres, empleadas para realizar el trabajo doméstico». Lo cierto es que el racismo, al igual que el sexismo, fue una estrategia para crear las condiciones necesarias para la expansión del capitalismo. Una estrategia que se apoyaba en un bagaje sexista y xenófobo importado de Europa, pero que también se impuso a golpe de legislación.

En el tercer capítulo (El gran Calibán. La lucha contra el cuerpo rebelde) la autora complementa el análisis de Foucault sobre el disciplinamiento de los cuerpos, ese «intento por parte del Estado y de la Iglesia para transformar las potencias del individuo en fuerza de trabajo». Ahí donde el filósofo francés hace un análisis histórico indiferenciado por género, Federici pone sobre la mesa una perspectiva feminista aludiendo a la persecución extremadamente violenta sufrida por las mujeres acusadas de brujería. El cuarto capítulo (La gran caza de brujas en Europa) es una genealogía de la caza de brujas, así como un análisis de sus motivaciones principales. Moreno Sardá lo resume de nuevo a la perfección: «La caza de brujas fue […] una guerra para degradar, demonizar y destruir el poder social de las mujeres. En las cámaras de tortura y en las hogueras se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad. Las prácticas perseguidas en la caza de brujas coinciden con las prohibidas en las leyes que regularon la vida familiar y las relaciones de género y de propiedad en Europa Occidental».

«La caza de brujas fue […] una guerra para degradar, demonizar y destruir el poder social de las mujeres. En las cámaras de tortura y en las hogueras se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad».

El libro finaliza con un análisis de la colonización y la cristianización en el nuevo mundo (La colonización, la cristianización y la caza de brujas en el Nuevo Mundo) como un proceso, similar al vivido en Europa, de desposesión, cercamiento, persecución y desestructuración comunitaria. Una ofensiva capitalista lanzada sobre los pobladores originarios supervivientes y las mujeres que contó con todo el repertorio incluyendo, por supuesto, la caza de brujas. La Iglesia difundió, como un medio de deshumanización, la imagen de los “indios” como adoradores del Diablo, caníbales y sodomitas. Justificó de ese modo el genocidio y el expolio, frente a los que surgieron (también aquí) movimientos milenaristas de resistencia. Uno de los primeros conocidos, Taki Onqoy en el actual Perú, se formó en favor de una alianza pan-andina contra la colonización, lo que pudo suponer una amenaza seria al construir una identidad capaz de sobrellevar las divisiones vinculadas a la organización familiar tradicional. Como respuesta, el poder colonial redobló su persecución. Se hicieron comunes los juicios anti-idolatría como el ocurrido en la península de Yucatán en 1562, donde más de 4500 personas fueron capturadas bajo el cargo de practicar sacrificios humanos y torturadas públicamente para quebrar sus cuerpos y su moral. El Estado aumentó el régimen de explotación, dislocó los modos de vida originarios y reestructuró la sociedad de acuerdo a sus prejuicios misóginos. Se entregaron tierras comunales en propiedad a los jefes locales, expropiando a las mujeres de sus derechos de uso sobre la tierra y el agua. «En la economía colonial, las mujeres fueron así reducidas a la condición de siervas que trabajaban como sirvientas —para los encomenderos, sacerdotes y corregidores— o como tejedoras en los obrajes. Las mujeres también fueron forzadas a seguir a sus maridos cuando tenían que hacer el trabajo de mita en las minas —un destino que la gente consideraba peor que la muerte». A pesar de ello, «La caza de brujas no destruyó la resistencia de los colonizados. Debido, fundamentalmente, a la lucha de las mujeres, el vínculo de los indios americanos con la tierra, las religiones locales y la naturaleza sobrevivieron a la persecución, proporcionando una fuente de resistencia anticolonial y anticapitalista durante más de 500 años».

«La caza de brujas no destruyó la resistencia de los colonizados. Debido, fundamentalmente, a la lucha de las mujeres, el vínculo de los indios americanos con la tierra, las religiones locales y la naturaleza sobrevivieron a la persecución, proporcionando una fuente de resistencia anticolonial y anticapitalista durante más de 500 años»

El libro finaliza con la advertencia de que persecuciones similares perviven, dirigidas hacia nuevas sociedades colonizadas. Ciertamente vivimos un nuevo proceso de acumulación primitiva que amenaza a las personas trabajadoras en todo el mundo. En África, en Latinoamérica, en Asia y en tantos otros lugares sufrimos (y seguiremos sufriendo si no lo detenemos) las mismas consecuencias del capitalismo: expropiación de tierras, privatización y destrucción de bienes comunales, apropiación del cuerpo de las mujeres, empobrecimiento masivo, desestructuración de comunidades cohesionadas, saqueo de bienes públicos…

Las cinco rosas de Manacor

Para ponernos en situación, empezamos por el 16 de agosto de 1936, mañana en la que Bayo y sus tropas desembarcan en Portocristo, llegando a conquistar una franja de unos 7 Km alrededor de la zona del desembarco. Esta operación, que fue totalmente llevada a cabo por la Generalitat, las autoridades republicanas dieron el visto bueno pero no fueron avisados de cuando se haría, probablemente porqué si salía bien sería una muy buena propaganda política. Junto a los 8.000 milicianos que participaron en esta operación estuvieron allí el buque hospital Marqués de Comillas y nombrosos efectivos médicos, entre los que están nuestra protagonistas.

Despues de la llegada de tropas fascistas italianas dirigidas por el Conde Rossi, conocido como el León de Son Servera, que convirtió la isla en su feudo privado durante la Guerra Civil, llegando a ser más influyente que cualquier miembro del ejercito en la isla, las fuerzas de Bayo reembarcan durante la noche del 4 al 5 de septiembre, dejando a cientos de milicianos abandonados a su suerte y que tristemente morirían fusilados casi todos, la gente que lo vivió cuenta que el torrente bajaba rojo de sangre.

Entre toda la gente que quedo en Mallorca cuando la operación se vio fracasada estaban cinco enfermeras republicanas que fueron detenidas en la playa de Sa Coma la noche del 5 septiembre en plena confusión por el reembarco de las tropas que dejaba numerosos compañeros atrás. Una de ellas, de la qual desconocemos su identidad, empezó a escribir un diario a la salida del puerto de Barcelona. Gracias a ella sabemos quienes fueron las otras enfermeras y muchos detalles sobre el desembarco.

Daría y Mercé Buxadé i Adroher eran dos hermanas nacidas en Puebla de Zaragoza, México, las dos de raíces catalanas. Se ofrecieron como como enfermeras de Cruz Roja ya que creían que no correrían ningún riesgo si eran capturadas por su procedencia mejicana y su trabajo para la Cruz Roja. Fueron asesinadas con 18 y 22 años. María Garcia, se cree que tenía 53 cuando fue asesinada, y la otra se llamaba Teresa, de la cual no sabemos nada más. Y por último nuestra anónima narradora, gracias a la que conocemos hoy esta horrible historia.

Al dia siguiente de ser capturadas fueron exhibidas por todo Manacor por los falangistas y los miembros de la CEDA en un camión descubierto como trofeos de guerra. Tras ser interrogadas y mandar comprobar si eran vírgenes por un grupo de monjas fueron violadas varias veces por los falangistas. Las tuvieron así durante unas dos semanas hasta que se las fusiló i enterró en el cementerio de Manacor, aunque no se sabe con certezada donde están sus cuerpos.

Estas mujeres eran simples enfermeras que trabajaron en la possessió de Sa Torre Nova, que fue el hospital para los milicianos y milicianas heridos en el transcurso de la batalla. Su cruel final no fue parado por nadie, y muchos menos por el Conde Rossi, tristemente celebre por masacrar a sus prisioneros, denunciado hasta por el servicio secreto italiano y algunos falangistas.

Esto nos demuestra una vez más la crueldad con la que hacían la guerra los fascistas, usando el miedo como su mejor arma, como el mismo Queipo de Llano promovía en sus discursos radiofónicos. En Mallorca no hubo guerra más allá del desembarco y los bombardeos republicanos, lo que si hubo es una represión de las duras de todo el Estado, como el campo de concentración de Campos, la prisión de Can Sales donde se suicido Matilde Landa o el Castell de Bellver, que darían para muchos más artículos.

[Colombia] Entre la guerra y la paz [Parte I]

Una aproximación teórica e histórica desde lo libertario; pinceladas frente al conflicto colombiano y la nueva etapa para la lucha

A Antonio Camacho Rugeles, Beatriz Sandoval Sáenz, Nicolás Neira y Augusto Tihuasusa, compañeras libertarias acalladas por el Estado en medio de esta guerra, cuyo único delito fue atreverse a pensar y luchar por un mundo nuevo. Y como a ese mundo nuevo, a ellas también las llevamos en nuestros corazones…

Parte I: Génesis e historia

Introducción:

Para nadie es un secreto que durante la actual coyuntura de diálogos de paz y su implementación que vive el país, las anarquistas hemos brillado por la ausencia de perspectivas y propuestas que se exterioricen más allá de las conversaciones informales o una retórica fuera de las necesidades del momento. Ya se encuentra en fase de implementación el desarme e incorporación a la vida civil (y electoral) de la insurgencia de las FARC, quienes negociaron desde hace 5 años con el gobierno en cabeza de Juan Manuel Santos, además de que en ese tiempo se ha explorado (por lo menos con cierto optimismo) un proceso similar con el ELN que ya empieza a caminar, lo que significaría que las dos mayores guerrillas del país se encontrarían en la misma dinámica pero a otros tiempos, quedando en vilo una eventual negociación similar con el EPL.

Esta ausencia de propuestas no debemos dejar de mirarla desde una actitud que lea el actual estado del movimiento libertario en nuestro país, que a pesar de encontrarse en realce y con nuevas inclinaciones a influir en el vector social, aun adolece de una terrible dispersión, producto tanto de una desunión de estrategias y tácticas como de terribles patologías de sectarismo y personalismos. Así pues, la carencia de referentes teóricos frente al tema, como una inconstante lectura de coyuntura, nos han dificultado la tarea de encontrarnos para pensarnos la dinámica de negociaciones, el conflicto en si mismo y, aunque sea como mínimo, una serie de propuestas de corto y mediano plazo frente a un eventual éxito de los diálogos y los cambios que traerán para las de abajo, para las víctimas de la guerra y el reacomodamiento de las fuerzas armadas que quedan en disputa, tanto de derecha como de izquierda.

El presente texto se sitúa como un aporte, aunque corto y quizás limitado, a la necesidad que tenemos los sectores antiautoritarios de suplir esta deuda histórica y política que tenemos hace un par de años con las luchas en el país, que son atravesadas por un conflicto social y político que inició hace más de 5 siglos, pero que se materializó con una guerra civil de baja intensidad que lleva carcomiéndonos un poco más de 50 años. No ahí que dejar de ver este como un aporte personal: muchas compañeras pueden tener su visión, más o menos lejana o cercana, sobre ciertos puntos, pero este texto quiere pretender ser una síntesis subjetiva de, con la mayor de las humildades, una suerte de conversaciones, definiciones y decisiones de quienes hemos venido acumulando desde abajo una nueva alternativa libertaria para estas tierras.

Una aproximación teórica:

Para las anarquistas, el origen de la miseria, el hambre, la desigualdad, la falta de oportunidades y los otros problemas inherentes a la sociedad actual empiezan con la imposición autoritaria en las sociedades humanas. Aunque parece un comentario simple, realmente no lo es: Examinar en que punto de la historia surge la autoridad como forma de relación social jerárquica (algunas la compaginan con el nacimiento del Estado, del patriarcado o de las élites religiosas) es realmente complejo, así como calificar este punto en una definición sólida. Valga hacer la claridad, de la que ya nos advierte Bakunin, que no es lo mismo autoridad en términos de autoritarismo o de influencia, lo que nos desvela que el problema de la desigualdad jerárquica en las sociedades no nace con la aparición de “autoridades” espirituales o “sabias” ancianas, sino con el principio de autoridad, es decir, con la puesta encima de las demás de cargos a un nivel socio-económico y político, haciendo referencia a la génesis del Estado y el patriarcado, que no maduran en todas las sociedades tribales, pero en las que si, se transforman rápidamente en lo que llamamos la «gestión organizada y centralizada de la desigualdad», en épocas clásicas, directamente como Estados.

Esta autoridad administrativa, o que en los términos más propios del anarquismo social se refiere a la autoridad como jerarquía, es la generadora de las problemáticas sociales: Al crear una diferenciación entre quienes tienen la capacidad de decidir por las que no (gobernantes-gobernadoras, respectivamente), la sociedad a su vez asume la desigualdad como principio regidor de las relaciones sociales, que se vincula directamente con el ordenamiento de los privilegios. Este privilegio organizado es lo que derivará directamente en el Estado que nos hereda la tradición greco-romana, que no es otra cosa que la administración territorial de las oportunidades, los derechos o la falta de ellos.

El nacimiento del Estado se da con una mayor organización de la autoridad, que se liga fundamentalmente con la religión, el poder militar y la concentración de recursos en pocas manos. Bakunin estudia profundamente su relación con la iglesia y el poder divino, al punto de calificar al Estado como “hermano menor de la iglesia”, lo que muestra la imposibilidad de hacerle un “momentum” al estudio de los problemas de la gestión pública como si no se relacionaran con los aspectos económicos, culturales e incluso psicosociales. Pero una definición concreta de Estado, en los términos más sencillos posibles, hay que buscarla en la edificación de los modernos Estados-nación, que son la construcción, a partir de la abstracción, de la patria y su difícil solidificación en un cuerpo administrativo, jurídico y militar. No es de extrañar, por lo menos en la gran parte de la periferia mundial, que cualquier consolidación de un Estado pasa por una época de crisis, guerra civil o pugna social interna, donde el principal objetivo es el aniquilamiento de las raíces culturales y territoriales internas bajo la estandarización de una serie de símbolos que no representan más que la necesidad de organizar el globo bajo la lógica de las élites gobernantes y no de los pueblos, imponiendo una forma cultural sobre otras (como en la unificación de Italia o Alemania) o directamente el genocidio o intento de él contra quienes no sienten como suyos los intereses de los dominantes (como en indoamerica).

Esta consolidación del Estado pasa además por un aspecto profundamente importante: la construcción de una economía capitalista. No es de extrañar que los Estados donde vivimos nacieran de la mano con revoluciones políticas en Europa y Norteamerica hace un par de siglos, mientras existía a la par una revolución tecnológica que repercutía en los modelos de producción, quedando no solo reemplazado parcialmente el feudalismo como sistema económico, sino la antigua nobleza clerical como casta administrativa, dando paso a una burguesía comerciante y banquera, que sin embargo se mezcla con sus predecesores, creando tanto modelos capitalistas semi-feudales como monarquías burguesas en muchas partes del mundo. El Estado moderno, así pues, no se puede consolidar sino es con la consolidación misma del capitalismo moderno, bien sea en cualquiera de sus papeles: como exportador de materia prima, como ofertador de servicios (tal es el caso del joven Singapur), como comerciante de altas tecnologías, como potencia económica militar, siendo el caso de Israel, o en muchos de los casos, bajo economías clandestinas y criminales como en nuestro país. Entonces, la elitización de la sociedad, que descansa sus decisiones políticas en un sector gobernante minoritario, viene de la mano con la desigualdad económica y la fabricación de grandes cinturones de miseria: los empresarios son potencialmente gobernantes y viceversa. Aquí, el conflicto armado adquiere sus dos aristas que, tarde o temprano, diferentes guerras a lo largo del mundo adquieren: es un conflicto social, pero también político.

No solo significa darle la razón a los coroneles prusianos cuando señalaban que la guerra es la continuación de la política por otros medios, sino que la política estatal (y con ella la economía capitalista) es la continuación de la guerra por otros medios, bien sea con los dispositivos de control, el conflicto armado de baja intensidad o la explotación de la inseguridad. En esta premisa podríamos pecar si señalamos que el destino de toda sociedad es la guerra civil, a menos de que se cedan libertades básicas a un aparato ordenador de todo, garante de la seguridad y poseedor del monopolio de la violencia, como lo es el Estado; pero haciendo la salvedad, no nos equivocaríamos más bien si, y bajo la experiencia de los siglos, nos atrevemos a señalar que ningún Estado consolidado ha hecho llegar la paz con su fuerza, sino que por el contrario, su construcción ha iniciado cruentas guerras civiles, étnicas y políticas a lo largo del mundo, incluso, varias de los Estados más pacíficos son «exportadores» de guerra, bien directamente a través del imperialismo militar, o indirectamente ampliando la brecha de desigualdad y favoreciendo las élites nacionales de países en conflicto. La peor de las pesadillas de Hobbes se materializa en el mayor de sus sueños: la creación del Estado soberano es la fuente de la guerra civil entre humanos. Más bien, y sin temor a equivocarnos, podemos señalar que no solo la construcción del Estado descansa bajo el conflicto armado, sino que nunca es capaz de terminarlo, solo de redireccionarlo, pues el Estado se encuentra en permanente construcción y consolidación, no como caso particular sino como concepto general. La guerra es eterna bajo la organización estatal, y con ella las economías que promueve (la apertura de mercados, la caída de precios, la elaboración de crisis, etc), sí los Estados (y también las uniones ínter-estatales como la Unión Europea) aparecen, desparecen, se modifican y se dividen permanentemente, dentro de la estrategia actual de “balcanización” que pareciera aumentar el caos sistémico y con ello mantiene dinámico el capitalismo, es decir sus mercados, a través de la guerra.

Y he aquí la razón que explica la guerra contemporánea, pero que también, nos puede dar luces de nuestra paz revolucionaria, que no pasa por otra cosa que el fin definitivo de las guerras. Como apunta el EZLN: el primer objetivo de un ejército revolucionario es desaparecer.

La guerra de los cien años de soledad:

Precisamente, la construcción del Estado colombiano nace de una guerra de independencia que, más allá de la retórica bolivarista sobre el ejército libertador, se da por la puja entre una metrópolis europea en constante crisis y una burguesía criolla cada vez más capaz de asumir las riendas de una nueva patria. Es de señalar que el primer intento independentista de 1810, impulsado por intelectuales que llamaron a una soberanía cívica, fue aplastado por el terror español, dando pasó luego a la época de los militares repúblicanos (Bolívar y Santander), que se saldaron con la victoria en 1819.

Esta nueva república, ya como lo señalábamos arriba, perseguía la construcción de un Estado que, si o si, para garantizar control económico regional tenia que pasar por el desconocimiento de las territorialidades propias que se habían fraguado. No solo de los ancestrales pueblos indígenas, que de una u otra manera fueron traicionados en su confianza luego de luchar mano a mano con los criollos, sino de los palenques y cimarrones afros y de la cultura propia establecida en las periferias de Bogotá, Caracas y Cartagena. Construir este Estado, bajo banderas e himnos artificiales para la mayoría del país, tenia que pasar por la dominación de las disidencias culturales que no se identificaban con los intereses de los centralistas. Esto dio paso a sucesos como la navidad sangrienta en Pasto de 1822, donde las tropas de Bolívar aniquilaron no solo a los fortines pro-españoles del suroccidente del país, sino a una cultura regional que se identificaba más con Quito que con Bogotá, así como la persecución racista contra los pardos de la costa Caribe bajo ordenes de los padres de la nueva patria.

Naturalmente, este clima era insostenible, y para evitar futuros conflictos la Gran Colombia desaparece y da lugar a tres nuevas repúblicas (Colombia, Venezuela y Ecuador). Pero de nuevo, esto no finaliza el conflicto; es más, en la nueva república de Colombia se suceden guerras civiles, una tras otra, que parecen no terminar. El ingeniero y astrónomo Julio Garavito en sus estudios sobre ciencias actuariales en Colombia crea una ecuación matemática para seguros agrarios donde se establece que en el país, luego de la independencia, cada 10 años había una guerra civil que duraba aproximadamente un año, dato que se cumple a cabalidad dentro de las teorías estadísticas y le servía a las empresas para otorgar seguros a agricultores1, lo que entre otras cosas, nos adelanta que el conflicto en Colombia ha sido siempre eminentemente rural y hasta cierta perioricidad. Estas guerras, primero entre centralistas y federalistas, y luego entre conservadores y liberales (herederos respectivamente, por supuesto, de los primeros), sumieron al país en una violencia como ninguna otra en la región. Quizás la guerra más famosa de estas fue la de los mil días, que además tuvo como ingrediente extra la injerencia del naciente imperio de los Estados Unidos, quien pujó para garantizar la independencia de Panamá, alejada geográfica y políticamente por el Darién de las disputas internas de los colombianos, con el fin de luego construir el canal interoceánico, obra culmine de la ingeniería imperialista.

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Luego de su independencia, Colombia sufrió cruentas guerras civiles durante casi un siglo. En la imagen, catedral de Bogotá afectada durante la lucha entre centralistas y federalistas de 1862.

Esta periódica guerra civil fue luego apaciguada con una virtual victoria conservadora, que inicia el periodo conocido como la “hegemonía”, donde los azules se hicieron con el poder hasta 1930 por más de 40 años, los últimos 20 con relativa tranquilidad sobre sus rivales los liberales. Si bien las capas populares, sobre todo de campesinos, indígenas y artesanos, habían hecho parte de la guerra del bando liberal cuando se mezclaban sus intereses de clase o del conservador cuando se apelaba a la tradición religiosa de los pobres, nunca lo habían hecho como fuerza propia medianamente organizada. Esto cambia para la década de los 20, sobre todo con el aparecimiento del anarcosindicalismo y socialismo revolucionario en variadas regiones del país. Desde la segunda mitad de la década de los 10 y hasta 1927-28, la hegemonía de los gremios de artesanos y el joven sindicalismo estaba bajo la orbita de los anarquistas, quienes tenían expresiones organizativas en ciudades como Bogotá y Neiva, pero también en lugares remotos como la zona bananera del magdalena o los pozos petroleros de Barrancabermeja.

Siguiendo la línea del anarcosindicalismo de revuelta de la región, este activismo obrero no era, de lejos, gremialista: tenia una fuerte actitud política e ideológica, que se manifestaba en análogos a lo que en otros países se conocieron como “huelgas de revuelta”, si bien con menor intensidad: se sucedieron paros obreros con enfrentamientos armados con la policía en Cartagena, Bogotá, Barranquilla, Santa Marta y Medellín, que en la mayoría de los casos se saldaba con grandes represiones pero con la victoria parcial de los trabajadores. Esta fuerza va adquiriendo cada vez más empuje, y poco a poco, en las regiones no andinas del país el anarquismo revolucionario va ganando empatía, mientras que en las ciudades centrales va perdiendo influencia ante el naciente Partido Socialista Revolucionario, de cierta matriz marxista y luego convertido en el Partido Comunista, bajo la orbita de la Unión Soviética.

Esta fuerza social tenia que ser frenada de una vez por todas por la hegemonía conservadora, como bien lo hicieron sus pares en Iquique (Chile) y la Patagonia (Argentina). Entre el 5 y 6 de diciembre de 1928, soldados del ejército colombiano masacran a cientos o miles de huelguistas bananeros del departamento costeño del Magdalena, que habían tenido el apoyo del Grupo Libertario de Santa Marta, quienes llevaban casi un mes manifestándose contra condiciones precarias laborales impuesta por la estadounidense United Fruit Company. La masacre se da, como no puede ser de otra manera, por la amenaza estadounidense de invasión si el gobierno colombiano no protegía los intereses del imperialismo de la multinacional. Al parecer de muchos estudiosos de los movimientos sociales, este suceso marca el fin de la primera era del sindicalismo revolucionario en Colombia, pero no es otra cosa que el primer hito de la nueva era del conflicto social y armado en el país, que ya no solo es entre liberales y conservadores, sino que involucra al pueblo colombiano organizado, si bien con el precedente de desbaratar, por cerca de 70 años, a las tendencias anarquistas inmersas en los movimientos sociales.

Este hecho le pasa cuenta de cobro al partido conservador, que pierde su hegemonía en 1930 y abre paso a una sucesión de gobiernos liberales de carácter más social, atrapando al sindicalismo dentro de la jurisprudencia laboral y estableciendo cierta tranquilidad. Si bien la primera década del poder liberal se da con calma, la radicalización de un sector interno, que se identifica ambiguamente con el socialismo (si se quiere más “nacionalista” que marxista) y encabezado por el caudillo Jorge Eliécer Gaitán, comienza a preocupar a la élite conservadora e incluso a los sectores liberales de derecha. Luego de tensiones preelectorales y escaramuzas en regiones del país, el 9 de abril de 1948 inicia de nuevo una guerra civil con el asesinato de Gaitán en el centro de Bogotá, lo que estalla en una asonada popular llamada el “Bogotazo”, y que, a pesar de ser fuertemente reprimida por el ejército, se extiende como pólvora por todo el país: inicia la época de la violencia. Tras largos años de trabajo en sindicatos y gremios agrarios, el Partido Comunista logra entrar en la arena político-militar hasta ahora bipartidista, estableciéndose en zonas de influencia guerrillera con predominación liberal y montando una infraestructura de apoyo desde las ciudades. Esta época estuvo marcada por ser de las más sanguinarias del país, que se saldó con cerca de 200.000 muertes en unos pocos años y la fragmentación de la economía nacional.

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La muerte de Gaitán significó, primero, una insurrección general en la capital conocida como el “Bogotazo”, mientras los liberales empezaron a armarse en las zonas rurales del país contra el gobierno conservador, dando inicio a la época de “la violencia”, antecesor inmediato de la fundación de varias guerrillas.

Tras el gobierno del fascista Laureano Gómez, que era el líder del sector más godo del partido conservador, la paz pareciera restablecerse con el golpe de estado del general Rojas Pinilla, que se da tras un acuerdo entre liberales y conservadores no laureanistas, quienes saben que la guerra está desangrando el país y no parece apuntar a un horizonte favorable para alguno de los bandos, por el contrario, arruina la economía necesaria para luego aumentar sus arcas. Las guerrilleras liberales se desmovilizan y el conflicto armado se detiene temporalmente, si bien en muchos casos con el posterior asesinato de líderes rebeldes, tal como le pasó a Guadalupe Salcedo en las calles de Bogotá. Muchos estudiosos señalan que el conflicto moderno empieza precisamente con la violencia, pero siendo rigurosos históricamente, este lapso de la única dictadura en Colombia genera distancia con la situación política y militar que se daría luego, donde en este caso la tormenta (y no la calma) precede al huracán.

Ya no siendo útil para las clases dominantes, y mostrando ciertas simpatías con una nacionalismo revolucionario, Rojas Pinilla abandona el poder para darle paso a lo que es la génesis de la actual guerra civil: el Frente Nacional. Por 16 años, y alternándose en el poder, liberales y conservadores por primera vez se ponen de acuerdo para gobernar el país e impulsar la economía ahora en seguridad contra la guerra civil, dejando por fuera no solo al creciente populismo de Rojas Pinilla (luego establecido en el partido Alianza Nacional Popular, ANAPO), sino a los sectores comunistas que se habían logrado atrincherar en regiones del sur-occidente y centro del país, dentro de las llamadas “repúblicas independientes”.

El Frente Nacional implicó una dictadura de dos partidos, que dejó por fuera cualquier forma de disidencia política que se encaminaba en la ruta electoral, bien sea por insuficiencia de fuerzas o abiertamente por fraude, como en 1970 sucedió con el triunfo del conservador Misael Pastrana sobre Rojas Pinilla. Esto hizo que los sectores contestatarios se radicalizarán en el país, sobre todo a partir de la luz de esperanza que en 1959 alumbró desde Cuba para los revolucionarios de América Latina. Así, y bajo la batuta de los manuales guerrilleros maoístas y foquistas, nació una nueva fuerza guerrillera. El Partido Comunista, muy al contrario de sus pares regionales estalinistas que se enfrascaban en el «frentepopulismo», se enfrasca en la teoría de que la resistencia armada podía llevar a la toma del poder, razón por la cual establece todo su apoyo a las repúblicas independientes, regiones campesinas donde el ejército aun no había podido establecer su monopolio y, de una u otra manera, se establecían servicios populares autorregulados. Si bien el Frente Nacional nace en 1958, el inicio de la guerra civil actual se da solo hasta que la balanza en disputa cede y sus partes entran en confrontación abierta en 1964, luego de una reestructuración de las fuerzas armadas legales apoyadas por el ejército norteamericano, curtido en la guerra contrainsurgente que mantenía en Vietnam:

Más de 15.000 soldados nacionales se enfrentaron a 50 guerrilleros mal armados en Marquetalia, república independiente más inclinada a la influencia comunista que liberal, establecida en el sur del Tolima. A pesar del cerco y el bombardeo con napalm, la fuerza guerrillera se desplaza hasta la vecina república independiente de Riochiquito, ubicada en el Cauca, dando nacimiento formal a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC, y con ello, a la guerra civil que podemos rastrear hasta nuestros días. Esta guerra, diferente a las anteriores, se caracteriza porque los sectores comunistas y revolucionarios asumen abiertamente la guerrilla móvil como forma de resistencia y estructura militar, instaurando la disciplina de un ejército y asumiendo la lucha política ahora en la orbita de confrontación violenta. Aunque el mito fundacional del conflicto armado colombiano es Marquetalia, posteriormente nacen nuevas fuerzas guerrilleras con sus particularidades políticas y militares.

Las FARC era la guerrilla más mediática por entonces, se habían establecido en el sur-occidente y centro colombiano, dominando zonas tan estratégicas como el sumapaz (retaguardia rural de Bogotá). En el nororiente, otra de las regionales clave de los conflictos sindicales y agrarios de Colombia, estudiantes universitarios entrenados en Cuba crearon el Ejército de Liberación Nacional también para 1964, con una notable militancia proveniente del Movimiento Liberal Revolucionario, por entonces ala izquierdista del liberalismo, para luego beber de la creciente corriente cristiana de la teología de la liberación y del guevarismo internacional. El ELN se caracterizaba por la instalación de focos guerrilleros y una estrategia de conexión urbana, mostrado esto en su gran influencia en sindicatos petroleros y universidades por los años 70 y 80. De otro lado se encontraba el Ejército Popular de Liberación (EPL), brazo armado del Partido Comunista Colombiano – Marxista Leninista, escisión maoísta del Partido Comunista, que lograría establecer su lugar de influencia en el noroccidente, tanto en Medellín con en el Urabá, influenciando sindicatos bananeros; su estrategia se enfocaba más en la guerra popular prolongada, que buscaba el paso efectivo de guerrillas móviles a la guerra de masas, tal como lo planteaba Mao Tse-Tung. Finalmente en 1970 nace el Movimiento 19 de Abril, M-19, guerrilla muy particular que viene del seno de los seguidores de Rojas Pinilla y disidentes de las FARC, que se caracterizaba por su accionar mayoritariamente urbano en su primer etapa, lo que la hizo muy mediática y con gran influencia en los futuros procesos de paz.

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Ubicación de las repúblicas independientes durante comienzos de los 60. La más representativa era la de Marquetalia, ocupada por el ejército en 1964, marcando así el inicio de las FARC.

Esta nueva guerra civil se enmarca en una estrategia gubernamental de clásica contrainsurgencia militar, que buscaba el aniquilamiento de las fuerzas guerrilleras bajo las premisas norteamericanas de la guerra fría. Sin embargo, la dimensión social que tenia el conflicto hizo imposible la derrota vía militar de las insurgencias, incluso luego de ofensivas tan violentas como la del Anorí contra el ELN en 1973, que deja con solo cerca de 40 guerrilleros a la organización, así como la creación del estatuto de seguridad de Turbay de 1978, que golpeó fuertemente al M-19 dejando casi un tercio de su estructura en la cárcel y prácticamente toda la dirigencia. A pesar de sus ataques, las bases sociales y las causas objetivas de la rebelión estaban intactas, lo que le daba facilidad a las insurgencias para recuperarse luego con una estrategia de trabajo político mientras volvían a rearmarse, aprovechando también el optimismo regional con los sucesos que pasaban en el Cono sur y centroamérica (especialmente en Nicaragua, donde hubieron varios colombianos combatiendo y luego trajeron bastante experiencia).

Esta dimensión social se pone de manifiesto en el paro cívico de 1977, donde el pueblo salió con entereza a las calles a enfrentarse a las fuerzas gubernamentales. La entonces cúpula militar señalaba que al pueblo solo le faltó fusiles para que el paro hubiera terminado con la toma del poder, destacando más bien la falta de eficiencia de las insurgencias para lograr llevar la coyuntura a puerto revolucionario. Esto marca también una época donde, de cierto modo, pareciera que el conflicto armado se encontraba sobre el conflicto social, intentando subordinarlo según la mayoría de las insurgencias, o en el mejor de los casos, alejándose estas de las organizaciones de masas. Esto sobre todo a razón del profundo foquismo de todas las insurgencias, quizás menos del M-19 (sin embargo con un alto culto a la clandestinidad) y las guerrillas más pequeñas y regionales, mientras las grandes maquinarias insurgentes concentraron sus esfuerzos en un éxodo de cuadros de las ciudades a los campos, donde pretendían establecer vanguardias armadas que agudizarán las contradicciones, tal como sucedió en Cuba o Nicaragua, estrategia que a la larga nunca funcionó como se quiso por la equivocada comparación con la geografía Colombiana, mucho más grande y donde, a voz popular, se terminó estableciendo para la guerra dos colombias: la urbana y la rural.

La apuesta del Estado colombiano cambió en los años 80, luego de finalizado el periodo Turbay: ante la dificultad de finalizar la guerra por medios militares se negociaría la apertura democrática. Ello estaba en sintonía con la estrategia de negociación que se daba en Guatemala y El Salvador, donde las burguesías nacionales preferían ceder un poco de su poder a perderlo completamente, ya que el impulso que dio la revolución sandinista en 1979 daba muestras de que el socialismo por vía armada seguía siendo una posibilidad en América Latina. Esto, a su vez, permitió que las insurgencias volvieran a abrirse al pueblo colombiano a través de frentes sociales y electorales donde no solo se encontraban los actores armados, particularmente la Unión Patriótica (Nacida las FARC), la coordinadora “A Luchar” y el Frente Popular. En los 80, la lucha política de masas volvió a dejar de lado la estrategia militar del mero control territorial. Sin embargo, los sectores fascistoides del ejército nacional y de la burguesía se encargaron de torpedear el proceso de paz, pero no para volver a la antigua guerra antiinsurgente, sino incorporando la estrategia proveniente desde la escuela de las Américas y luego de los escándalos de las dictaduras implantadas por el plan cóndor, llamada la “mano negra”, que era el uso de ejércitos cívico-militares financiados desde las elites millonarias y que ejecutaban la guerra sucia a sus anchas.

Así, a finales de los años 80, terrateniente regionales, mandos del ejército y con el apoyo de mercenarios israelíes y estadounidenses, fueron armando grupos paramilitares (presentados muchas veces bajo la formula legal de empresas de seguridad, “Convivir” como se conocerían) en bastas regiones del país, quienes se encargaban no solo de confrontar militarmente a los guerrilleros sino de masacrar a procesos populares que podrían simpatizar con sus ideales. Esto hizo que hacia finales de los 80 se presentará a una insurgencia dividida: por un lado el M-19, la mayor parte del EPL, así como un sector del ELN y todas las guerrillas más pequeñas (como la Autodefensa Obrera o el Partido Revolucionario de los Trabajadores) se habían desmovilizado, con un saldo que a la postre se convertiría en masacres y magnicidios; y de otro lado, las FARC y el ELN se encontraban ante un enemigo que no habían combatido, lo cual hizo que la guerra adquiriera ahora una nueva etapa de posiciones, con el añadido que significó el boom de la cocaína, que financió no solo ciertos grupos guerrilleros sino, sobre todo, a paramilitares y terratenientes locales que pasaron luego a ser narcotráficantes de renombre.

Los 90 podría bien ser la etapa donde la guerra de guerrillas pasó abiertamente a una guerra territorial clásica, tanto por el despliegue militar que logró las FARC (que llegaron a tener desde 1998 hasta el 2001 la mayor extensión geográfica y en tropas, sobrepasando los 20 mil miembros armados y otras decenas de miles entre milicianos y cuadros políticos desarrollando militancia desde la economía, la academia y el trabajo comunitario), como también por la avanzada paramilitar que se pretendía dar en el país desde la esquina del Urabá. Los mayores golpes militares de la insurgencia se pueden rastrear en estas época, así como también una nueva clandestinidad (luego de la masacre contra la UP) que le permitió ganar fuerza militar a costa de perder fuerza política, más por obligación que por decisión. Si bien la guerrilla en los 80 tuvo un componente social electoral, sería los 90 donde se militarizan sus bases en nombre de una toma del poder que parecía estar a la vuelta de la esquina (y donde era tan real la esperanza, que era un miedo permanente para las élites colombianos y las imperialistas). Aunque los análisis varían, muchos estrategas militares del ejército señalaban empezando el gobierno Uribe, que si no hubiera sido por el Plan Colombia (financiado por los Estados Unidos), las FARC efectivamente estarían tomándose el poder a comienzos del nuevo siglo, con un ejército nacional sin capacidad de frenar el avance guerrillero y ya prácticamente con regiones enteras perdidas y en manos de la insurgencia.

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Durante el comienzo del nuevo milenio, las guerrilla tuvo su máximo despliegue, logrando cercar varias ciudades del país y dominando bastas zonas. Su retroceso solo fue posible con la intervención de Estados Unidos por medio del plan Colombia, que modernizó las fuerzas armadas legales.

Sin embargo, esta avanzada guerrillera que se manifestaba en lo táctico con el “cerco” a las ciudades, estableciendo zonas de dominio a pocos kilómetros de grandes urbes como Bogotá o Cali, o simplemente dominando zonas periféricas urbanas como en Medellín, fue detenida por una estrategia militar renovada. El ejército colombiano no solo se encontraba a finales de los 90 mal armado: además estaba desmoralizado. Por un lado, la modernización militar del Estado colombiano no se pudo haber dado si no es con las sumas de dinero inyectadas desde Estados Unidos a través del Plan Colombia; y de otro lado, la desmoralización se superó con una estrecha colaboración con los paramilitares, quienes ante cualquier derrota o desventaja en un territorio simplemente asesinaban decenas de campesinos o indígenas en retaliaciones, echando para atrás futuras avanzadas que podían contar con el apoyo de las masas. Sin embargo, con hacer retroceder las insurgencias no era suficiente, incluso teniendo ya una estructura nacional consolidada (las Autodefensas Unidas de Colombia), sino que además, producto de grandes ganancias del narcotráfico, había nacido un nuevo sector dentro de la burguesía nacional vinculado a terratenientes y narcos del norte y nororiente del país que tenían como objetivo “refundar la patria”.

Así, en 2002, Álvaro Uribe logra llegar a la presidencia con una alianza electoral de sectores del conservadurismo y del liberalismo más godo, que en el plano de lo concreto no era otra cosa que burgueses urbanos aliados con el paramilitarismo terrateniente y narcotraficante. Esta toma del poder se pone de manifiesto en la parapolítica, fenómeno por el cual las AUC lograron dominar un tercio del parlamento colombiano, además ser dueños y reyes de prácticamente toda la zona Norte del país, siendo muchas tierras despojadas a campesinos, afros e indígenas por medio de sus grupos paramilitares. La estrategia de la extrema derecha, contrario a lo que opinan muchos intelectuales cercanos a su influencia, no fue una mera guerra contrainsurgente: era la toma del país de ese sector militarista y fascistoide. Por ejemplo, no se explica porque ocurrieron despojos de tierras y masacres atribuidas a paramilitares en regiones donde la guerrilla no tenía presencia o era mínima, como en las regiones del Perijá, donde ya se había logrado expulsar las insurgencias, pero hubo un gran despojo que favoreció a las multinacionales carboneras.

La guerra civil en Colombia pasó entonces por dos fases en el nuevo milenio: la guerra paramilitar abierta de posiciones y la guerra antiinsurgente clásica, estando vinculadas respectivamente a los dos gobiernos de Uribe. Para el primer caso, del 2002 al 2005, se concentró en llevar a las FARC a las periferias del país, sacarlas de lugares estratégicos como la serranía del Perijá o el Urabá y efectuando las peores masacres conocidas del país, obligando a la insurgencia a pasar de nuevo a la guerra de guerrillas y de comandos pequeños, abandonando gran parte de su influencia en los sectores populares urbanos; luego de culminada esta fase, las AUC hicieron un pseudoproceso de desmovilización, que en sí era una pantalla que disimulaba tensiones internas que se venían presentando en su cúpula, para luego pasar a la aparición de grupos neo-paramilitares con un carácter más descentralizado y dominados regionalmente por capos y políticos, más eficaces en el control territorial. En esta segunda fase, del 2006 al 2010, la estrategia militar, una vez retrocedidas las FARC, fue “dejar sin agua al pez”. A sabiendas de las dificultades para aniquilar definitivamente la insurgencia, los programas sociales del ejército se concentraron en desbaratar las bases populares en las cercanías a las ciudades, así como desmoralizar al enemigo con una fuerte propaganda para la dejación de armas y la incorporación a la vida civil dentro del programa de desmovilización, quedando las FARC relegadas a apartadas zonas del país, donde sin embargo, seguían teniendo fuerte influencia pero al mismo tiempo, eran más susceptibles a los ataques del ejército, que ahora concentraba su fuerza ofensiva por medio aéreo, con mayores garantías para «arrasar» con la selva sin preocupaciones que podía tener en lugares más poblados. Si se mira histórica y geográficamente, estas dos fases pueden parecer un “arrinconamiento” de las grandes estructuras de las FARC al sur del país, que empieza desde el Urabá, pasa por Medellín (luego de la operación Orión en el 2002), baja hacia el Valle del Cauca, Cundinamarca y los llanos, y encuentra su limite en el Macizo colombiano y la selva amazónica, región entre el Cauca, Sur del Tolima, Huila, Meta, Caquetá y Guaviare, zona de influencia de los más grandes bloques de las FARC, que hasta el día de su desmovilización era su su bastión.

Todo lo anterior es para llegar a la última fase de la guerra, que es en la que nos encontramos (en la puerta de salida) y empieza desde el 2010, cuando Juan Manuel Santos sube al poder, bajo la tutela de Uribe y luego apartado de la misma. Dentro del análisis neoliberal que hace contempla que, aunque las FARC dominan zonas recónditas del país, es allí donde se concentran la mayor parte de recursos naturales de explotación minero-energética, por lo cual es necesario negociar, comenzando en un primer momento con el aniquilamiento de cabecillas (entre ellos Alfonso Cano, heredero de la comandancia mayor) para luego sentar a la insurgencia, debilitada pero no derrotada, a conversar. Este proceso de paz, si bien no significa el fin de la guerra civil, si es un reacomodamiento del conflicto armado. No solo porque la principal guerrilla del país se concentra en zonas veredales, dejando de cierta forma a la “intemperie” regiones de histórica presencia fariana, sino porque cambia la balanza. Esto tiene mucho que ver con la dicotomía en el bloque dominante, que de una parte busca la negociación con las insurgencia, detrás de objetivos económicos en regiones de explotación extractivista, y el otro polo que pretende de nuevo la paramilitarización del país: es el santismo contra el uribismo, que sin embargo, fácilmente pueden converger.

Esta etapa está en sintonía, junto como los demás momentos históricos del conflicto, con el contexto internacional: guerrillas importantes como el ETA vasco o el IRA irlandés renunciaron a la lucha armada, y los triunfos legales del socialismo del siglo XXI en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Venezuela parecían hablarle a las insurgencias colombianas, así como en su tiempo les habló la revolución cubana y la insurrección sandinista: podrían haber otros caminos más efectivos para el poder, si bien era necesario primero que la oligarquía abriera las puertas de la democracia representativa con garantías de no hacer la guerra sucia. Quizás bajo esa lógica el conflicto de las FARC comienza a cambiar para buscar su desmovilización militar e incorporación a la política legal.

Así se fortalece, y de nuevo desde el golfo de Urabá, otro ejército paramilitar reciclado de las falsas desmovilizaciones y bandas de narcotráfico locales, llamadas cínicamente Autodefensas Gaitanistas de Colombia, que vienen ocupando regiones antes dominadas por las FARC. Pero también ganan relevancia las insurgencias aun no desmovilizadas, sobre todo el ELN, que logra ocupar posiciones ex-farianas con relativa calma, y en menor medida el EPL, así como ciertas disidencias de las FARC no contentas con lo alcanzado en la mesa con el gobierno. Esto pone en aprietos de una u otra forma al Estado, no solo porque fue incapaz de ocupar militarmente la mayor parte de zonas de las FARC, sino porque ahora presenta una guerra abierta contra neo-paramilitares, que de una u otra manera, jalan desde dentro del ejército y la policía a su favor, y por otro, porque el ELN, que se pensaba se subiría con mayor facilidad al bus de la paz, sigue ganando fuerza en territorios estratégicos (y anteriormente más suyos que de las FARC) como en Arauca o el sur del Chocó.

Precisamente queda sobre la mesa pensarnos esta nueva etapa, donde los movimientos sociales han presentado un realce y la principal insurgencia deja las armas. Más allá de las críticas que se puedan hacer al proceso, es menester analizar la situación como una oportunidad para tener otros despliegues militantes, en nuestro caso libertarios, que puedan jugar dentro del tablero de la lucha de clases con otra fuerza para las de abajo, que puedan empoderarse más de sus habilidades y entiendan las repercusiones históricas y sociales que ha dejado el conflicto. Pero para ello, habría también que estudiar críticamente el conflicto del lado de la insurgencia, entender sus expresiones y posicionarnos como sujetos históricos en nuestro tiempo, buscando los aportes, los errores y las experiencia que deja medio siglo de guerra, labor que se hará en la siguiente parte de este texto.

Steven Crux

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1 Garavito, J. Seguro agrícola, ensayo presentado al Congreso de Agricultores de 1911. Sobresale como dato extra, que Garavito intenta también adentrarse en el estudio de las causas de las guerras civiles, hallando una endeble economía que desfavorecía a las de abajo y políticas agrarias inefectivas para subsanar el hambre en los campos.

Argelia: ¿otra descolonización era posible?

No es ningún secreto que la historia la escriben quienes vencen.
El nacimiento de Argelia como Estado tras tres siglos de dominación otomana y más de un siglo de colonización francesa, dice la historia, tiene un primer preámbulo cuando, en mayo de 1945, un número indeterminado de argelinas fueron masacradas por colonos armados por el ejército francés o por los propios militares y, consecuentemente, no pocas argelinas se echaron al monte. El segundo preámbulo fue el cambio ofensivo de las nacionalistas argelinas, el 1 de noviembre de 1954, pasando del maquis a los atentados urbanos (sin renunciar al monte) y anunciándolo todo bajo el paraguas de un Frente de Liberación Nacional que, dos años después, absorbería a dos de las principales organizaciones argelinas (la UDMA y el PCA). Durante más de siete años –sigue la historia– el FLN dirigiría esa guerra contra Francia hasta conseguir llevarla a la cumbre de Évian-les-Bains que permitirían pactar esa independencia, consagrada en 1962.
En la foto de ese proceso de independencia, sus padres: el político Ferhat Abbas, los militares convertidos en un Gobierno Provisional de la República Argelina, como A. Ben Bella o K. Belkacem, y militares a secas como H. Boumédiène o M. Boudiaf. La letra pequeña de la historia nos recuerda que estos últimos se impusieron a partir de 1965 y enviaron a las demás a la muerte, la prisión o el destierro (en los casos en que no habían sido ya enviadas), pero apenas hablan de las otras independentistas.

Las seis personas que fundaron el FLN, delegadas a su vez de otras dieciséis («el grupo de los 22») pertenecían al MTLD o Movimiento por el Triunfo de las Libertades Democráticas, pero un sector del MTLD había sido en gran parte relegado junto con su principal fundador, Messali Hadj.
Ahmed Mesli, verdadero nombre de Messali Hadj, nació tal día como hoy de 1898 en una familia pobre de la ciudad de Tlemcen o Tremecén. En aquel entonces, Francia seguía oscilando entre tendencias colonialistas duras y otras más suaves, que pretendían favorecer la asimilación de la población indígena, musulmana y judía, tendencia esta última que enfurecía a los colonos más supremacistas. Estos últimos llegaron a plantearse una Argelia independiente para asegurarse de que Francia no reconociera a las indígenas los mismos derechos y oportunidades que las francesas; si bien este «independentismo blanco» no fue reprimido, como lo sería el indígena. Volviendo a Mesli/Messali, el servicio militar obligatorio le llevaría a Francia, donde descubrió el racismo y la superior calidad de vida de la clase trabajadora metropolitana sobre la colonizada, pero donde también conoció a Émilie Busquant (1901-1953). Busquant, anarcosindicalista, le da a conocer el marxismo y, tras una cierta simpatía por el nacionalismo turco kemalista, Messali se acerca al PCF y acaba uniéndose al partido, al igual que al sindicato revolucionario CGTU (escisión de la CGT protagonizada por anarquistas y, sobre todo, por leninistas). En esta época en que, bajo el liderazgo de Stalin, la KomIntern atacaba el colonialismo, los magrebíes del PCF crearon la ENA (Estrella Norteafricana), organización que les aglutinaba en el seno del PCF, pero en función de su problemática específica, como una especie de sección francesa del Partido Comunista de Argelia. Luego vendría el distanciamiento por el que la ENA sería finalmente expulsada tanto del PCF como del PCA (algún miembro del PCA, como Albert Camus, abandonaría el partido en solidaridad con las expulsadas) y la ENA sería ilegalizada dos veces (1929 y 1937) por el gobierno francés. Precisamente en tiempos del Frente Popular francés (1936-38), del que formaba parte el PCF, la ENA idearía la futura bandera argelina –según algunas fuentes, fue Émilie Busquant quien la diseñó– y aquella segunda ilegalización y la detención de sus líderes tuvo por respuesta la creación de una nueva organización, el Partido Popular Argelino o PPA.
La historia del PPA como tal (1937-1946) y del MTLD (1946-1954), que fue su refundación tras la ilegalización de 1939, la segunda guerra mundial y las matanzas de 1945, va en paralelo a la de Hadj y Busquant: detenciones, destierros, persecución. Ciertamente, otras corrientes también se propagaron, como la UDMA, laicista y republicana, más arraigada entre la clase media argelina o el PCA, que consideraba la descolonización algo secundario en las épocas frentepopulistas de la KomIntern (1934-1939 y 1941-1945) y que, quizá por ello, tenía entre los pieds-noirs –las argelinas de ascendencia francesa, española, etc., que constituían en torno al 10% de la población– tanta o más influencia que entre las indígenas –el 90%–. No obstante, y cada vez más, la causa de la clase trabajadora argelina indígena era el independentismo de ENA, PPA y MTLD y aún más lo era entre las argelinas de Francia, pero este movimiento aparentemente cohesionado se basaba en realidad en una ambigüedad sobre cuestiones importantes a nivel de identidad (relaciones entre árabes y bereberes, dilema entre laicismo o identidad islámica) y la relación entre las diferentes instancias organizativas.

En medio de este panorama y haciendo frente a pucherazos electorales y represión, factor que siempre dispersa núcleos y dificulta que se coordinen, Messali y sus partidarios cayeron en la falsa solución del dirigismo consagrado (llegando al puro culto al líder) y acabaron separándose del resto del MTLD y cavando sus propias tumbas.
Con otro sector lanzándose a la insurrección armada y el poder colonial lanzándose a la represión, incitando a todas las nacionalistas a cerrar filas en torno a ellas, al sector messalista se le puso difícil seguir oponiéndose. Se refundaron como MNA, que en un principio era Movimiento Nacional Argelino, si bien se rebautizarían Movimiento Norteafricano (1957), entendiendo que el internacionalismo era muy necesario y tanto más después de que la independencia de Marruecos y Tunicia parecía utilizarse para aislar la «cuestión argelina». Con el recién nacido FLN dotándose de estructura y de discurso político, la UDMA, el PCA y el MNA fueron llamados a elegir: con el FLN o contra él. Los dos primeros eligieron disolverse y llamar a sus militantes a integrarse en el FLN, mientras que el MNA se negó. Más aún, a partir de 1956 el MNA aprovechó su fuerza en Francia para crear la Unión Sindical de Trabajadores Argelinos, USTA, que intentaría enlazar la lucha de liberación nacional con las luchas laborales de las trabajadoras de Francia, argelinas o no. Eso supuso una competencia con la CGT, cercana al PCF, que, sumada al rechazo tanto de la influencia que ejercía el nasserismo egipcio sobre el FLN como a la posible influencia de la URSS, facilitó el doble enfrentamiento de la USTA con la sección de argelinas de la CGT, la AGTA, y el sindicato del FLN, la UGTA.

Contra los panfletos y pancartas de USTA y MNA y el apoyo de grupitos como el Movimiento Libertario del Norte de África, el FLN tenía el altavoz diplomático nasserista (Egipto, pero también todo un movimiento panárabe), eficaz a la hora de internacionalizar su causa mientras emprendían una campaña de asesinatos de miles de militantes y líderes rivales tanto en Francia como en Argelia. El resultado, llegadas las negociaciones de Évian, fue la negativa del FLN a incluir en ellas al MNA, su aceptación por los representantes franceses y un MNA diezmado. La independencia sería finalmente pactada, seguirían los ajustes de cuentas entre líderes y militantes independentistas y la inmensa mayoría de judías argelinas y de pieds-noirs huirían de su país, al igual que lo intentarían aquellos soldados que habían combatido en el ejército francés (los llamados harkis, perseguidos en Argelia y abandonados por Francia). El país se convertiría en una dictadura de partido único, más bien reacio a cualquier democratización, construido en torno a una identidad árabe (a despecho de las tuareg y bereberes) y musulmana y con una relación confusa con la religión que, junto a sus otros problemas, facilitaría que las primeras elecciones libres (1991) dieran lugar a una guerra civil de años.
Entretanto, Ahmed Mesli había muerto en Francia, sin poder volver a su tierra y sin que se le reconociera la nacionalidad hasta un mes antes. Había muerto, también, idealizado por sus simpatizantes y derrotado en un terreno como el de la historia, que alienta crímenes, pero no admite errores.

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