Canibalismo y machismo: La carta de Sagawa

En junio de 1981, dos estudiantes internacionales ocuparon los titulares en los medios de comunicación franceses. Renée Hartevelt (en la foto), holandesa, por haber sido asesinada. Issei Sagawa, japonés, por haberla matado, haber comido parte de su carne y haber intentado deshacerse del resto en uno de los dos grandes parques de París, el bois de Boulogne.
Mientras él estaba internado como enajenado mental, en 1983,  Jūrō Kara, ya reputado como actor, escritor y director teatral, publicó el libro La carta de Sagawa, que supondría su consagración. En él, el escritor intercambia cartas con el feminicida –que le ha escrito a través de una persona que ambos conocen– donde le cuenta que no sólo ha sentido por su caso curiosidad y ganas de escribir un libro, sino que esa conocida común le ha dicho que Sagawa quería escribir un libro, sobre el caso, llamado La adoración.

Aquí es cuando se empiezan a poner las cartas boca arriba. Kara tiene cierto buen hacer literario, una manera de mirar las cosas que facilita la lectura y ayuda a que sigamos la historia. No obstante, esto es todo lo que hay. Issei Sagawa es un tipo enclenque que se siente atraído por las mujeres blancas y tanto más cuanto más le superen en envergadura; Renée era mujer, blanca y grande, era para Sagawa un objeto de adoración y para Kara, apenas una excusa por la que escribir.
Querría contar al lector otra cosa, pero esto es la vida real y, a menudo, los malos ganan y para las víctimas no queda ni la memoria. Sagawa, de familia burguesa, ya había sido condenado por intentar violar a una mujer (europea) en Japón, pero no consiguió pasar del allanamiento y, si bien quedó clara su intención sexual, no dijo nada sobre su intención de matar y devorar a aquella mujer. Años después, una vez detenido en Francia, pasaría tres años en reclusión psiquiátrica y sería deportado a Japón, donde su padre debió de utilizar sus influencias, pues el joven Issei fue, dos años más tarde, declarado «cuerdo, aunque malvado» y liberado.

Refugiado tras la libertad que da la literatura, Jūrō Kara escribe una obra donde la víctima desaparece pese a la centralidad de su holocausto y todo es elaboración poética sobre los azares y coincidencias de esta historia. Una obra que le valdría el premio Akutagawa y que es todo un ejercicio de insensibilidad hacia la muerta, sus seres queridos y hacia todas las mujeres, que, por lo que parece, sólo pueden ser objeto de deseo, objeto de adoración o de chuleo, de cortejo agresivo o caballeroso, de indiferencia, de deseo, de asesinato, siempre objeto.
La trayectoria posterior de Issei Sagawa tampoco deja mucho margen para el optimismo. Desde 1989 –en que los medios de comunicación nipones se interesaron por él a cuenta de otro asesino de mujeres–, ha escritos decenas de libros, reseñas gastronómicas y un manga, participado en tertulias de televisión, en una película pornográfica basada en su crimen y, cuando la revista Vice le dedicó este reportaje (subtitulado en inglés), seguía «sin oficio ni beneficio», por decirlo rápidamente, aunque con el confort propio de sus orígenes sociales. Entre Kara y Sagawa y ante la indiferencia del resto, Hartevelt quedaba sepultada bajo una avalancha espantosa de horror y frivolidad. Él mismo reconocía que su impulso de consumir a una mujer sólo era posible en la medida en que la cosificara, en que no la conociera lo bastante como para llegar a aceptarla como otro sujeto. Con todo, Sagawa, a sus 61 años, también reconocía sin orgullo ni demasiada preocupación que seguía albergando ese deseo sexual antropófago.
Aclaraba que lo había contenido mediante el desfogue sexual más convencional y que temía, eso sí, que la impotencia eréctil supusiera probablemente su regreso al canibalismo. Desde que se hizo este vídeo, Issei Sagawa ha sufrido un infarto cerebral (2013) y tal vez eso haya ayudado a contenerlo. Quizá no vuelva ya la sangre al río, pero, si llega a hacerlo, no podremos decir que no estábamos avisadas. Si nos preguntan qué hicimos al respecto diremos… que hicimos literatura.

Distopías en línea IV: Colapso, fascismo y supervivencia

En las anteriores entradas de esta serie hemos analizado el tecnooptimismo encarnado en la estética hacker; hemos hablado también del desastre relacional y humano al que nos dirige la dominación tecnológica; y, por último, entramos de lleno en las posibilidades de una futura sociedad opresiva, violenta y autoritaria. La ya ineludible crisis ecológica y social hacia la que nos encaminamos es un tema que ha recorrido el fondo de cada una de las distopías del marco cultural que hemos trazado. Este tema no aparece de manera explícita en la serie que tratamos en esta nueva entrada, The Walking Dead. Sin embargo, esta serie es el producto cultural que nos habla con mayor claridad sobre cómo determinados aspectos de la sociedad actual pueden desarrollarse ante un posible derrumbe de las estructuras sociales dando luz a un futuro distópico. Es más, lejos de plantear una crítica, TWD motiva en cada emisión nuestros impulsos más reaccionarios, animándonos a sobrevivir aceptando las consecuencias de la autoridad dictatorial, la división de tareas, la violencia patriarcal, la destrucción del medio, la violencia física y psicológica, la sumisión de quien nos amenaza… En realidad, prepara una moralidad retorcida frente previsibles crisis, una colección de valores absolutamente funcional al poder.

The Walking Dead lleva ya 8 temporadas a sus espaldas. Nació en pleno resurgir del fenómeno zombi en todas sus manifestaciones, pero ha seguido caminando una vez muertas buena parte de las expresiones que constituyeron esa moda. Lejos de mostrar signos de cansancio, hace unos años dio lugar a un spin-off llamado Fear The Walking Dead, cuya historia se desarrolla en el mismo contexto de holocausto zombi, aunque diverge por completo de la historia de los comics que inspiran a la original.

En esas 8 temporadas nos ha hablado de cómo enfrentarnos a un colapso civilizatorio, encarnado aquí en la expansión de una plaga misteriosa que convierte a las personas en fieras hambrientas. Los caminantes son seres irracionales reducidos a sus más bajos instintos, dedicados a caminar en masa hacia su objetivo y sin más capacidad para comunicarse entre sí que sus gruñidos. La descripción bien podría hacer referencia nosotros, seres humanos del capitalismo tardío, pero dado el abuso del zombi como metáfora social, será mejor no entrar ahí (muertos dentro). Lo cierto es que TWD desaprovecha en gran medida esa capacidad metafórica de sus caminantes para plantear hipótesis críticas.

Lo fundamental en la serie de los caminantes es que la verdadera amenaza no está en esos no-muertos cargados de maquillaje y posproducción; sino en las propias personas. El infierno son los otros; el hombre es un lobo para el hombre. Estas, junto a una calculada aleatoriedad a la hora de cargarse personajes, parecen ser las máximas que guían toda la trama. Lo más terrorífico es cómo se construye a partir de estos ingredientes una burda justificación del más brutal autoritarismo, con fuertes tintes patriarcales e individualistas. Atención a los spoilers: Durante las primeras temporadas un grupo aterrorizado acepta ser liderado por Rick, un sheriff texano abiertamente machista y violento (interpretado además por un actor mediocre). Lori, su mujer, es el arquetipo femenino de madre y esposa, carcomida por la culpa tras haberse acostado con el compañero de su marido, Shane, después de que este le asegurara que Rick había muerto. Rick se dedica con ahínco, violencia y asesinatos de por medio a la tarea de liderar con mano de hierro a un grupo necesitado de su tutela. Entre otras vicisitudes, Rick acaba por asesinar a Shane a sangre fría, con la excusa de que se había convertido en un amenaza para la supervivencia (sobre todo, de su ego y su autoridad). El triple salto machista posterior, por si lo de antes no hubiese sido suficiente, merece la pena ser comentado: Lori es rechazada después repetidamente por Rick, y finalmente muere en el parto de su hija Judith, cuyo padre podría ser Shane. Es decir, muere consumida por su “pecado” en un capítulo con el paradigmático nombre de “Killer within” (Asesino interior). Tras el parto y la muerte de la madre, un Rick arrepentido decide hacerse cargo del bebé. Es una forma de hablar, claro, porque los cuidados del bebé recaerán en adelante sobre cualquier mujer del grupo (excepto que, por exigencias del guión, se requiera mostrar a un Rick paternal).

Este arco argumental no es ni mucho menos la única referencia machista de la serie. El patriarcado goza de buena salud tras el apocalipsis. Desde los múltiples liderazgos masculinos de las distintas comunidades hasta personajes como Andrea, esa mujer que “no es como las demás chicas” y que, en lugar de quedarse en el campamento, sale de cacería con el resto de hombres. Uno de los escasos liderazgos femeninos que aparecen en la serie, representando un modelo político liberal, es fuertemente cuestionado por el modelo autoritario y patriarcal hegemónico en la serie, resultando este último legitimado por el desarrollo posterior de la trama.

Es el miedo a lo que hay afuera lo que justifica el comportamiento reaccionario y sumiso de la mayor parte de los personajes, el que asegura la autoridad de los fascistas de medio pelo como Rick. Una xenofobia alimentada por la trama, donde los zombis son una mera excusa. El argumento no tiene nada de novedoso, es el mismo que utiliza la derecha cuando hace uso de la amenaza terrorista para legitimar medidas racistas y de control social que perpetúan la desigualdad.

Los comportamientos de los personajes refuerzan este mensaje. Los individuos de TWD se comportan de forma egoista, irracional y ridícula cuando actúan por sí mismos. Son incapaces de cooperar. Nunca se rebelan de manera conjunta o mínimamente inteligente si no es bajo la batuta de una autoridad fuerte. Esta idea cínica y pesimista de la condición humana, que se pretende “realista”, es el sustrato del fascismo. El apoyo mutuo, la convivencia entre iguales o la misma democracia apenas tienen espacio más que como frivolidades de idealistas, mucho menos como realidades materiales fundamentales para la sociedad.

La aparición de Negan y los salvadores da alas a este mensaje con una defensa abierta del liderazgo dictatorial y violento que defiende cierto nivel de bienestar para una minoría. El poscapitalismo nos trae aquí un ascenso del fascismo. Al menos en ese sentido la serie puede funcionar como advertencia. ¿Qué ocurre cuando las estructuras sociales se desmoronan en una sociedad arruinada por el individualismo mezquino, absolutamente dependiente de fuentes energéticas decadentes y atravesada por el egoismo capitalista? Es una pregunta a responder, aunque TWD lo haga de forma simplista. Yo propongo una más ¿Qué vamos a hacer al respecto como demócratas, socialistas, libertarios y partidarios del poder popular? Porque aunque el apocalipsis zombi sea ficción, las amenazas ecológicas y económicas están muy presentes en el mundo real.

En definitiva, The Walking Dead se regodea en el darwinismo social y responde de forma zafia, machista y castrense a los dilemas morales que pretende plantear. “Es muy realista”, declaraba no hace mucho Danai Gurira, la actriz que interpreta a Michonne. “La serie muestra un panorama muy similar a cómo se comporta la gente en la guerra”. Tenemos regularmente en nuestras pantallas, por tanto, una justificación del fascismo, presentado además como el único camino para recuperar el bienestar de unos pocos.

Si los zombis son un reflejo de nuestros miedos, la respuesta no puede ser más aterradora.

Distopías en línea III: Violación sistemática

En la última entrada de esta serie, nombrábamos de pasada el auge del autoritarismo en las sociedades capitalistas durante los últimos años de crisis económica y social. Mucho se ha escrito sobre cómo los nuevos liderazgos reaccionarios crecen sobre el descontento de grandes sectores de población que se sienten amenazados por avances sociales promovidos por el feminismo, el activismo homosexual y transgenero, o los movimientos contra la discriminación racial, entre otros.

El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), serie de HBO basada en una novela de Margaret Atwood, nos da la oportunidad de reflexionar sobre el posible advenimiento de una sociedad profundamente autoritaria y patriarcal. Son muchas las reseñas que han trazado relaciones entre la teocracia que muestra la serie, Gilead, y la crecientemente autoritaria y machista sociedad norteamericana, comandada por el reaccionario Donald Trump. El hashtag #Gilead se ha asociado en twitter a la imagen de la comisión de la Casa Blanca que debatía sobre medidas relacionadas con la maternidad, formada completamente por hombres. Tampoco hay duda del profundo antifeminismo de la Alt-Right, la extrema derecha norteamericana que ayudó a aupar a Trump al poder. Dos ejemplos del machismo que manda y del que viene, que tiene su reflejo en los movimientos conservadores en auge en toda Europa.

En el contexto de España, el estreno de la serie irrumpe también en una época de debate político sobre la posibilidad de legislar el alquiler de vientres para la gestación subrogada. Muchas feministas, ante la retórica neoliberal y posmoderna en la que se envuelve el debate, y que esconde una mercantilización salvaje de la maternidad, están poniendo sobre la mesa el eje de clase que atraviesa esta cuestión en canal. La urgencia por legislar el alquiler de úteros surge, sobre todo, por el deseo de las clases altas de reproducirse genéticamente a costa de los vientres de las trabajadoras. La cuestión está impulsada además por la obtención de beneficios, componente encarnado en las agencias intermediarias y que no puede faltar nunca en las relaciones mercantiles que promueve el capitalismo. Algo que explica que, en cambio, no esté sobre la mesa la agilización del proceso de adopción.

Pero, volviendo a la serie, no se trata en Gilead de reproducción in vitro, si no de la reproducción forzada mediante una violación legalizada y sistemática que permita la supervivencia genética de la especie (o, más bien, de unos pocos). Para los comandantes de Gilead, la legalización de la violación es buena en tanto que es útil. Además, esta práctica pasa a ser aceptada internacionalmente desde el momento en que naciones extranjeras se deciden a comerciar con las criadas como medios de reproducción, ignorando cualquier tipo de juicio ético. No es casualidad tampoco que la diplomática mexicana representada sea una mujer, que además se entrevista en persona con las criadas. Esa elección refuerza la falta de empatía del momento y, por tanto, la derrota de los vínculos emocionales más innatos en favor de la solución técnica necesaria para la nación. Esto no es más que una versión, quizá más cruda, de lo que ocurre hoy cuando el empresariado encuentra beneficios en la precarización de empleos; la desvalorización del trabajo femenino; el uso y abuso de mano de obra infantil; la destrucción ambiental fruto de la sobreexplotación, el expolio de recursos, la contaminación y la proliferación de deshechos…

Y es que no se ha escrito tanto sobre cómo una sociedad embarazada de la razón técnica, que da respuestas unívocas a problemas sociales, y que camina directamente hacia el abismo ecológico por la senda de la fe inquebrantable en el progreso, gesta en su seno la semilla del autoritarismo antidemocrático. Porque hay también en este cuento de la criada un tema medular, que anida en lo profundo de la serie a pesar de que apenas se describe timidamente. Un tema al que, pese a todo, se hace referencia de manera constante.

Sabemos que, de manera previa a la fundación de Gilead, la infertilidad despertó los miedos de una amplia masa social. Esa condición material permitió el crecimiento de la secta religiosa que propugnaba una sociedad opresiva basada en el control social y la violación sistemática. Pero ¿Qué causó la infertilidad? ¿Por qué una amplia mayoría de mujeres son incapaces de gestar? El gran tema que se esboza es algún tipo de colapso ecológico, relacionado bien con el cambio climático o bien con la crisis de recursos. Un colapso inevitable para nuestro mundo real y del que ya sentimos los primeros efectos.

Lo más terrible de este cuento de la criada es que, de acuerdo a la interpretación técnica, la violación sistemática y la violencia sistémica del gobierno dictatorial no es más que una solución de manual para la mayoría de la sociedad. Sí, es una propuesta política de la secta victoriosa, pero se presenta con la envoltura de la inevitabilidad, de la única salida posible, y es quizás por eso tan capaz de volverse hegemónica. Como escribía la Encyclopédie des Nuisances, “un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación”. Es por eso tan importante oponer al desastre del colapso una propuesta radicalmente democrática, que discuta las razones técnicas y ponga la vida y la justicia social en el centro, que apueste por una tecnología y una organización social a escala humana, y que dibuje futuros que sean al mismo tiempo atractivos, realistas y sostenibles.

Porque sorprende que, finalmente, en contraposición al clima opresivo de Gilead y una vez superado el doloroso trance de escapar, la alternativa que muestra la serie sea una Canadá plenamente reconocible en cualquier sociedad capitalista liberal actual, incluyendo el paquete tecnológico necesario para la existencia y el uso de smartphones. No parece esta una sociedad post-colapso realista, y es triste la incapacidad de imaginar una sociedad próspera, sostenible y desligada de la hipertrofia tecnológica y urbana. Ese es el resultado, una vez más, de esa peligrosa fe inquebrantable en el progreso y sus ilusiones renovables.

El machismo en la música: consideraciones más allá del reguetón

La música es una expresión cultural, un reflejo social de los valores que una sociedad promueve y conserva. Con la globalización y un posmodernismo mal entendido y peor aplicado, hemos perdido muchas identidades, se nos han sido impuestas otras, mas la música sigue siendo un elemento determinante para la creación de nuevas identidades sociales y culturales. La música, a su vez, tiene la capacidad de cargarse de rebeldía contra el status quo, porque al igual que los rapsodas y juglares del pasado, el mensaje explícito e implícito de cada obra suele calar hondo en las personas, pues refleja las preocupaciones de una sociedad y, a su vez, es creadora de roles. Por ello, tampoco es casualidad que los artistas – también intelectuales – suelan ser las primeras víctimas en caer durante procesos represivos, como el caso Víctor Jara durante los primeros días de la dictadura de Pinochet.

Teniendo presente este contexto, desde las sociedades occidentales existe música estigmatizada y llena de prejuicios porque, teóricamente, no se adapta a los cánones sociales que una sociedad pretende defender. De ahí que, por ejemplo, se señale a los ritmos latinos en general, pero al reguetón en particular, como música machista por excelencia. Se le acusa de ser cosificadora y opresora hacia la mujer. Aplicar tal calificativo a este estilo musical es, y en palabras de Irantzu Varela en uno de sus vídeos del Tornillo: «un poquito racista, etnocéntrico, un pelín colonialista» y como afirma unos segundos después: «históricamente toda la música, como toda la cultura popular, ha sido bastante machista y un poquito, por no decir mucho, legitimadora de la violencia contra las mujeres»1

Por ello, y con el objetivo de romper con estos prejuicios racistas, veamos algunos ejemplos de música blanca no estimagtizada que hemos cantado y bailado pero a la que nadie le ha pedido responsabilidades por machista. Nadie ha acusado a Sting por acosador, como si se ha hecho contra, por ejemplo, Daddy Yankee, aunque ambos hayan alimentado de igual modo el machismo. Probablemente al ser blancos su música esté fuera de sospecha.

Así el machismo se viene reproduciendo desde hace décadas, tanto en la radiofórmula2 como en la música indie3 o en la escena underground4. Partimos con la premisa ya mencionada antes: toda expresión cultura nacida en una sociedad patriarcal va a ser, por ende, patriarcal. Vamos pues a analizar algunas pocas canciones.

Probablemente porque no nos hayamos parado a pensar en la letra o por desconocimiento del idioma, a The Police nunca se les tachó de machista, quizá por haber pertenecido a la nobleza del New Wave, pero contamos con canciones que son el reflejo de un acosador que somete a vigilancia a perpetúa a su compañera. La canción en concreto es Every breath you take de su álbum Synchronicity (1983)

Every breath you take                 Cada aliento que tomes

and every move you make         y cada movimiento que hagas

every bond you break                 cada atadura que rompas

every step you make                    cada paso que des

I’ll be watching you                      te estaré vigilando.

Lo que es aún peor: ¡ganó un premio Grammy a canción del año!

Otro clásico es Guns N’ Roses, probablemente uno de las bandas de hard rock que mejor expresa la masculinidad y masculinización del género, solamente hay que ir a sus videoclips para entender cuál es la actitud que tienen hacia las mujeres5. Por un lado, tenemos aquella pegadiza canción Paradise City, en donde su ideal de ciudad se basa en un césped verde y chicas guapas (where the grass is green / and the girls are pretty), como si los hombres tuviéramos que calificar a las mujeres por su normatividad fisica.

Pero esta mítica banda estadounidense, llena de blancos, nunca ha sido perseguida por letras tan machistas como la de su canción You could be mine, el título ya nos da un adelanto de qué nos cantará aquí el caucásico Axel Rose. Un fragmento de la canción:

When I come home late at night                Cuando llegue tarde a casa

Don’t ask me where I’ve been                     no pregunte donde he estado

Just count your stars I’m home again      solo cuenta tus estrellas y ya estoy en casa

‘Cause you could be mine                              Porque podrías ser mía

But you’re way out of line                             pero estás fuera de lugar

With your bitch slap rappin’                        con tus golpes de puta

And your cocaine tongue                              y tu lengua de cocaína

You get nuthin’ done                                       Nunca terminas nada

I said you could be mine                                dije que podrías ser mía

La canción continúa y, ciertamente, no mejora en sus líneas posteriores. también de esta misma banda: Used to love her con estrofas esclarecedoras como las siguientes:

I used to love her                            Solía amarla

but I had to kill her                        Pero tuve que matarla

I had to put her                               tuve que meterla

Six feet under                                  A dos metros bajo tierra

En una entrevista posterior, la banda señaló que se trataba de una canción que tenía un tono jocoso, pero cuando a diario son asesinadas mujeres a manos de hombres, ¿dónde está realmente la ironía, la chanza y el humor detrás de unas estrofas que repiten durante varios minutos que ha de matarla y meterla bajo tierra?

Continuando con canciones que hacen apología clara y directa de violencia contra la mujer, tenemos a los celebérrimos The Beatles, su tema Run for your life, escrita por McCartney y John Lennon. Lennon expresó, tiempo después, que fue su canción menos favorita. Una parte del estribillo dice lo siguiente:

Well I’d rather                                 Preferiría verte muerte

See you dead, little girl                  chiquilla, antes que

Than to be with another man      con otro hombre

Dando un salto temporal a la música contemporánea, no está de más señalar a los alemanes Rammstein que actuaron hace pocos días en España y quienes a través de sus canciones y su estética perpetúan la imagen de macho dominante curtido a base de trabajos físicos y un cuerpo musculado. Solo nombremos dos canciones: Te quiero puta de su álbum Rosenrot (2005), canción enteramente en español y que es toda una cosificación de la mujer. Por si esta se quedaba corta, tenemos también su canción Pussy, de su álbum Liebe ist für alle (2009) que en directo, de hecho, es interpretada mientras un cañón, en forma de pene, expulsa espuma al público. Falocentrismo y cultura de la violación:

Just a little bit                          Solo un poco

be my little bitch                     Sé mi pequeña puta

you’ve got a pussy                 Tú tienes un coño

I have a dick ah                      Yo tengo una polla

so what’s the problem?        Así que ¿cuál es el problema?

Lets do it quick!                     ¡Hagámoslo rápido!

Y sobre violencia y misoginia contra la mujer conocemos muy bien unas cuantas canciones en nuestra lengua, el rock y el pop español está plagado con artistas que van desde Alejandro Sanz con una canción reciente No soy una de esas, donde el cantante madrileño dice lo siguiente: no deberías haberme tentado / te gusta jugar. O a Natalia Jiménez y su canción Por ser tu mujer, que promueve un estigma de la mujer profundamente conservador y sumisa, no sin antes pasar por encima de Sabina y toda la misoginia que destilan canciones como Contigo, o Leiva y su Sincericidio: Te quiero cuando me destrozas / te quiero reventar la boca. Canción que vio la luz en el año 2016…

Sin embargo, es de destacar que personajes como Loquillo que igual son capaces de sacar un álbum en 2005 titulado «Mujeres en pie de guerra» a canciones como La mataré en la que podemos escuchar lo siguiente: Solo quiero que una vez / algo le haga conmover/ que no la encuentre jamás o sé que la mataré. Canción, por cierto, de 1987.

Los Ronaldos, en el mismo año, estrenaba la siguiente estrofa: Tendría que besarte / desnudarte, pegarte / luego violarte/ hasta que digas sí / hasta que digas sí. La canción se titula Sí, sí. De nuevo cultura de la violación producida, por cierto, en España, por blancos caucásicos. Estopa , que tampoco podía quedarse atrás, con su La raja de tu falda en la que vemos a un músico que tiene un accidente en su coche y después se le rompen las cuerdas de su guitarra por culpa de la vestimenta de una mujer.

Lo de antes es una pequeña, muy pequeña, muestra de lo que existe realmente en el panorama musical, el problema es mayor, de dimensiones inabarcables para un artículo de estas características. Resulta también preocupante esta reproducción de roles en grupos escuchados por todas nosotras y que identificamos como aliados en los movimientos sociales. Es el caso por ejemplo de los raperos vallecanos H. Kanino, o del ilerdense Pablo Hasel, que una de sus canciones afirma abiertamente que no soy machista por llamarte puta. Tenemos el paradójico caso de Los Chikos del Maíz, cuyas letras han ido cambiando para adaptarse a un discurso feminista que, al parecer, no terminan de comprender. En su canción A D10s le pido, podemos escuchar versos como los siguientes:

me tiro a hippies que están forradas y tienen papis de derechas

¿Te has hecho mechas? ¿rayos uva? te metes ciclos, levantas pesas?

Yo levanto faldas y aparto compresas

(…)

Niñata, chúpamela y vete que esto del rap no te pega

y podrás presumir en clase: !eh, se la he chupado al Nega!

O la canción en solitario que el propio Nega estrenó en su disco Geometría y Angustia. Toda una apología a la virilidad sexual del rapero, al uso de la mujer como moneda de cambio, como botín de guerra, elemento de conquista contra el enemigo que es la derecha: follarse a pijas es follarse a la derecha, escuchamos en su Mi novia es de derechas. Además, con este tipo de afirmaciones se mantiene en el imaginario la concepción de que el coito y el acto sexual no es otra cosa que la sumisión absoluta de la mujer hacia al hombre, la penetración como elemento de castigo y no de placer bidireccional e igualitario. Si bien es cierto que en su momento los Chikos del Maíz se disculparon por estas letras, estas siguen presentes en el ideario cultural sexista.

Continuando con grupos «aliados», no se puede dejar todo el falocentrismo que el punk en general ha mostrado. Sin tener que ir directamente a canciones, nos podemos hacer una idea viendo las portadas de bandas como The Real Mckenzies, Fiddler’s Green, y todo el punk celta en los que hay una sexualización del cuerpo femenino, cuando no una exaltación de comportamientos y atributos propios de la masculinidad tradicional y la apología de la violencia o el alcohol, podemos remitirnos a bandas como Discharger, The Casualties o Non Servium.

Pero más preocupante resulta cuando hay bandas tocando en CSO. Es el caso de Penetrazion Sorpresa, banda de punk irónico que, escudándose en tal calificativo, han sacado canciones a la luz como «Zorra cadáver» o la «La puta de tu hermana», que rezan del siguiente modo:

¡Zorra Cadaver! Al instante mi polla de su boca saqué, y

de un golpe seco la aparté

(…)

Al poco tiempo, volví a enterrarla,

así nunca más podría mamarla

«La puta de tu hermana»:

Detrás de ella estaba y cuando se la fui

a meter me dijo: nooo,

He dejado de creer en la puta de tu hermana

Parece que el mensaje queda más que claro, cultura de la violación en su máxima expresión y por mucho punk que hagan, no están exentos, en absoluto, de caer en comentarios machistas. A pesar de la crítica solo nos queda, como hombres cis y músicos, hacer una cosa: pedagogía feminista. Replantearnos qué queremos promover con nuestras canciones, si queremos ser parte de la solución (feminista) o del problema. No podemos, naturalmente, querer estar en la vanguardia de una lucha que solamente les pertenece a ellas, pero, desde luego, no podemos tolerar la continuación de mensajes y actitudes que luego vamos a seguir repitiendo en nuestra cotidianeidad.

En realidad todo lo anterior no es más que un grano de arena de un problema de características amplias pero que se tiende a banalizar. Bajo la excusa de la broma, la paradoja, el chiste o la ironía se esconde toda una violencia sistemática que está dirigida contra aquellos colectivos que carecen de privilegios. Al fin y al cabo la música puede ser revolucionaria, sí, pero también puede ser profundamente reaccionaria y conservadora. Es el altavoz perfecto para el mantenimiento de los estándares tradicionales. Solo hay que echar un vistazo a los festivales que ahora en verano tenemos y preguntémonos: ¿cuántas mujeres están sobre el escenario? La cifra es irrisoria. Y desde luego no es por falta de talento y mujeres en la escena, sino por la camaradería masculina. Tampoco olvidemos que ellas cargarán con el estigma de tener que ser atractivas, infravalorando su talento interpretativo que es, desde luego, otra forma de violencia contra las mujeres. Aquí planteo un problema, pero en futuros artículos vamos a ver que también existe el reguetón y los ritmos latinos feministas. ¡Si no puedo perrear, no es mi revolución!

1Enlace al Tornillo 5×27: «Música machista»

2El térmimo radiofórmula define un tipo de radio de programación monotemático. Este puede ser deportivo, religioso, informativo, pero también, y especialmente, músical. Los 40 Principales es la radiofórmula musical por excelencia.

3Hay cierta confusión en lo que a la música indie respecta. Lo indie es entendedido como creación artística que busca estar fuera de los cánones y géneros tradicionales en los que se engloba la música. La palabra viene del inglés y viene a significar toda aquella expresión cultural (no tiene que ser músical) fuera y alejada de los círculos globales mercantiles y que promocionan su arte por sus propios medios. A veces es entendida como música de culto, al ser una expresión artística. Es el arte por el arte.

4Son también músicos independientes, pero que a diferencia del indie, no necesariamente expresan su música por el deseo de crear arte, sino por intención de manterse fuera de la cultura oficial o el mainstream.

5El heavy metal, el hard rock y el glam rock crearon una estética que marcaba una nueva masculinidad con patalones ajustados y pelo cardado, pero masculinidad al fin y al cabo que no se planteaba, en ningún caso, sus privilegios de hombre. Bandas como Bon Jovi, Whitesnake, Saxon, Iron Maiden, etc, marcaron ese camino. En este sentido tampoco se quedan atrás bandas españolas como Obús, Barón Rojo o Muro, por ejemplo.

Cese de colaboración con Ruptura Colectiva por agresiones machistas de uno de sus miembros

Desde el equipo de Regeneración nos hemos enterado recientemente de la denuncia pública de agresiones machistas graves por parte de Demián Revart. Hace pocos meses establecimos lazos de colaboración con el medio en el que participa, Ruptura Colectiva, por lo que al ser conscientes de estos graves hechos hemos decidido unánimamente suspender dicha colaboración y expulsar al agresor de inmediato.

Consideramos que cualquier tipo de actitud machista, y más aún tratándose de agresiones como las cometidas por Demián, no tiene cabida ni en nuestro medio ni en los movimientos populares. Dichas agresiones reproducen lo peor de esta sociedad patriarcal al perpetuar socialmente la violencia por razones de género, contra las cuales estamos luchando.

Debemos tener claro que si queremos construir una alternativa transformadora, no debemos dejar cabida a las violencias machistas, que hacen nuestros espacios solo habitables para hombres. Las mujeres han de ser la punta de lanza de cualquier proyecto que se defina revolucionario y los movimientos populares deben estar edificados por y para nosotras, no para el machismo. Por ello, respaldamos la denuncia pública realizada por las compañeras y mostramos nuestro apoyo a las compañeras agredidas.

Frente a las agresiones, ni un paso atrás.

Con lo tranquilitos que estamos

Este artículo aparece también en El Desperttador y se reproduce en esta web por decisión del autor.

A menudo tendemos a pensar que el machismo es un obstáculo insalvable, que de algún modo esto es así y así seguirá siendo. En este artículo quiero señalar, mediante el uso de ejemplos de situaciones cotidianas y bien conocidas por todos, determinadas prácticas sociales que redundan en un refuerzo de comportamientos machistas.

Este tipo de comportamientos no surgen de la nada ni se generan de una forma “natural”. De ninguna manera estamos los hombres determinados a tratar a las mujeres como si estuviesen en el mundo para satisfacer nuestras necesidades y deseos, ni tampoco hay ningún gen que nos obligue a pensar que tenemos derecho a decidir sobre lo que hacen o dejan de hacer. Todos estos comportamientos tienen su base en la creación de un sentido común asentado en la dominación de los hombres sobre las mujeres.Este, como la ideología, impregna todas nuestras acciones y nuestra forma de ver, sentir y estar en el mundo.

Como he señalado en ocasiones anteriores, este sistema de dominación tiene unos claros beneficiarios, que somos los hombres en conjunto, pues nos dota de una serie de privilegios que irían desde el no ser violados por grupos de mujeres de noche en un callejón oscuro hasta el que sistemáticamente se preste más atención a nuestras declaraciones, por insignificantes que sean, que a las de las mujeres. No obstante, aquí se encontraría la brecha sobre la que nos hombres podemos incidir y actuar en favor del feminismo y de la liberación de las mujeres. Se trataría de tomar acciones cotidianas que reproducen socialmente esta dominación y trabajar para “desnaturalizarlas”, para minar ese sentido común de manera que vayamos despejando parte del camino que nos queda por recorrer.

Por situarlo en lo concreto, pongamos el ejemplo de una típica conversación entre hombres que repasan una noche de fiesta. El escenario perfecto en el que se muestra, entre risas y palmadas en la espalda, un refuerzo de actitudes machistas de lo más habitual. Un amigo cuenta cómo llegó al bar con intención de follarse a una chica que ya tenía en mente, para lo que se pasó toda la noche emborrachándola hasta que finalmente, ella, con la voluntad anulada por el alcohol, no se resiste a sus manoseos y acaba con él en el baño o en la cama. O también otro cuenta cómo, en otra ocasión y de forma improvisada, se encontró también a una chica totalmente borracha y lo fácil que fue tirársela. Alguien cuenta que su novia no tiene ganas de follar y tiene que insistirle. Otro se queja de que no es capaz de salir de la friendzone. Otro afirma que aquella es una guarra.

Situaciones como estas y similares, quizá no tan explícitas, las vivimos a diario, formamos parte de ellas.Todos los hombres nos hemos visto en encuentros parecidos. Y lo normal es que no hayamos dicho nada contrario al consenso general que se ha creado en ese contexto. Incluso si estamos pensando que lo que acaba de decir alguien es una barbaridad o que no tendría que ser de esa manera. Es mucho menos habitual que nos hayamos plantado y llamemos la atención sobre que lo que se acaba de decir es machista o describe una situación machista en la que uno de los presentes se ha comportado mal. No solemos decirle a nuestro colega que ha emborrachado a una chica para follársela que la ha violado. Pero es así.

Es complicado, plantea situaciones incómodas, tensión e incluso es posible que ruptura de amistades, pero también es necesario cortocircuitar esa normalidad que legitima o hace ver como aceptable que un desconocido piropee a una mujer por la calle o que lo primero que nos digan los medios de un asesinato machista es que ella no había denunciado. Sin embargo, contestar a nuestros amigos, familiares o con quien estemos discutiendo que lo que hay en el primer caso que describía es una violación o que una mujer no tiene la obligación de amarte porque tú sí lo hagas es una buena manera de romper con ese consenso tan peligroso.

Lo cotidiano, lo banal, aquello a lo que no damos importancia porque “es normal” o porque ha formado siempre parte de nuestras vidas es el medio de reproducción más común del imaginario patriarcal,afirmando así las bases de su sistema de dominación. Es por ello que este escenario cuenta con múltiples posibilidades de intervención efectiva.

Si no tenemos muy claro qué es lo que podemos hacer por el feminismo o qué es lo que nos piden las mujeres al respecto, siempre podemos empezar por no dejar que nuestro colega haga chistes machistas o que se regocije contando cómo acosó a una mujer.

Seguro que otras personas tienen otras y mejores ideas sobre cómo provocar estas rupturas con lo establecido. Se trata de encontrar herramientas que nos permitan llevar a cabo esta labor de zapa en lo cotidiano. Aunque este no tiene porqué ser el único escenario en el que podemos intervenir, sí que es el que nos muestra sus posibilidades más a menudo. A por ello.

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