Breve repaso histórico a la creación del estado de Israel.

Tras la reactivación del conflicto armado en palestina hace unos meses, el mundo entero ha girado la cabeza, aunque sea por un momento, hacía este territorio ubicado en oriente próximo. Queremos aprovechar este interés por el conflicto, desatado por la escalada de la represión que lleva ejerciendo Israel desde hace tres cuartos de siglo, para hacer un breve repaso a la historia de este conflicto. La intención de este artículo no es otra que la de aportar un pequeño cronograma histórico, centrándonos principalmente en la situación previa a la creación del estado de Israel, ya que es aquí donde, en cierta medida, se asientan las bases del Israel actual. A lo largo del artículo podremos ver como muchas tácticas empleadas por Israel en la actualidad no son más que la continuación de los que se empleaban a principios del siglo pasado, como la burguesía sionista actúa en favor de sus propios intereses, de igual manera ,que lo hacía durante la Alemania Nazi. 

Palestina bajo el mandato británico.

Tras la primera guerra mundial ,y los acuerdos de Sykes-Picot,  los países aliados se reparten lo que anteriormente había sido el Imperio Otomano, de esta manera Gran Bretaña , en contra de anteriores pactos tanto con árabes como judíos, se instaura como potencia colonial en lo que actualmente sería Irak, Jordania, Palestina e Israel. 

El estado británico ya había promovido la creación de un estado judío en Palestina ,en 1917, en plena guerra mundial, el gobierno británico firma la declaración de Balfour. En esta declaración se defiende la creación de un “hogar nacional judío”, buscando generar una convivencia entre la población previamente asentada y la población judía. Es, en cierta medida, por esta declaración, que las naciones unidas le entregan a Gran Bretaña este territorio. 

El mandato británico busca desarrollar un estado en el cual pudieran convivir la población palestina y la nueva inmigración sionista. A raíz de esto, se empieza a fraguar una fuerte tensión entre las fuerzas británicas, las organizaciones sionistas y las palestinas. En este contexto se crean varias organizaciones paramilitares sionistas, como Haganah y, posteriormente Irgúno Leji.

Es en este contexto cuando ,en 1936 estallan las revueltas árabes, tras el aumento de la llegada de colonos sionistas a Palestina. Estos colonos empezaron a crear asentamientos y a comprar las tierras agrícolas en las cuales trabajaba población palestina, desplazando a estos y provocando una empeoramiento en sus condiciones de vida. Esto ayudó a ir generando una brecha económica entre colonos y palestinos. 

El estallido se alarga durante varios años,  reavivándose con distintos niveles de intensidad, hasta que en 1939 y después de una amplia y cruenta represión por parte de colonos sionistas y el ejército  británico, consiguen acabar con la revuelta. 

En 1939 , el gobierno británico publica el libro blanco de MacDonald, el cuál es rechazado por ambas partes, sionistas y palestinos. En él se detallan los planes británicos para con la colonia. Se decide abandonar la idea de dos estados y se busca la creación de un único gobierno en el cuál participen judíos y árabes, buscando respetar las proporciones demográficas. Por otro lado se defiende la limitación a la inmigración judía y el fin de la compra de terrenos por parte de las entidades judías. Estas medidas generan que Haganah ,y el resto de grupos, empiecen a llevar a cabo acciones contra el gobierno británico, ya que entienden que estás medidas, por un lado, les aleja de la constitución de un estado propio, y por otro, les restringe la táctica colonial fundamental del sionismo hasta el momento, como era la compra de tierras y el paulatino desplazamiento de la población local.

La ideología sionista y su auge.

El sionismo empieza a fraguarse al final de XIX como respuesta al crecimiento del antisemitismo que se da principalmente en Europa. Frente a estos ataques y el auge de la ideología nacionalista en el continente, se desarrolla la idea de que el pueblo judío es un sujeto nacional, se empiezan a fraguar organizaciones y publicaciones en la línea de la creación de unidad entre miembros de un pueblo ,el cuál ,estaba disperso  por medio mundo. En esta época se empiezan a desarrollar proyectos de inmigración judía hacia Jerusalén , la cuál ,recordamos, estaba bajo dominio del mandato británico, con el objetivo de ir desarrollando la colonización de esta tierra mediante la creación de asentamientos , con el fin último de crear el estado-nación judío. 

El auge de las organizaciones sionistas en Alemania, llega, en gran medida, con la instauración del III Reich. El partido Nazi, y en especial las SS, ven en la burguesía sionista el perfecto aliado. En este periodo se da una colaboración muy activa entre ambas corrientes, y en 1933 se da el acuerdo Haavara. 

En este, se decide facilitar la inmigración de la población judía en Alemania hacia Palestina beneficiándose económicamente, ya que, a parte de establecer acuerdos comerciales con empresas judías en Palestina,  las personas que salieron del país de esta manera se vieron en la obligación de vender sus propiedades a miembros del régimen alemán a cambio de bienes producidos en alemania que se exportaban a Palestina. En el marco de este acuerdo, se da apoyo militar a haganah por parte del III Reich , en forma de entrenamiento militar a sus fuerzas, para que estas pudieran desarrollar con mayor eficacia sus acciones tanto contra palestinos como británicos.

Es importante resaltar  esta colaboración .En la literatura sionista, haganah, es reconocido como la organización precursora a las fuerzas de seguridad israelies. Esta colaboración nos permite entender declaraciones como las de Netanyahu ante el congreso sionista mundial , donde defiende que hitler no quería exterminar a los judíos, si no que fueron los lideres palestinos quienes les incitarón a hacerlo. La burguesía sionista fue complice del holocausto, eran los comites sionistas quines controlaban los guettos y quienes decidían quienes eran deportados, fue la burguesía sionista quienes desarrollaron relaciones comerciales con el régimen alemán. En definitiva la burguesía sionista no tuvo ningún problema en ignorar las amplias críticas provenientes de la comunidad judía y colaborar con sus ejecutores, con tal de poder reforzar sus planes de colonización en Palestina, además de ,en muchos casos, sacar un reedito económico por ello .  

Fin del mandato británico

Tras el fin de las revueltas árabes y la promulgación del libro blanco la tensión entre las organizaciones sionistas y el mandato británico aumentan y se empieza a agudizar el conflicto armado entre el mandato británico y distintas organizaciones terroristas de corte sionista, como fueron Irgún y Leji .

Empezó un periodo en el cuál el terrorismo sionista no se limitó a atacar a la población palestina sino que se lanzaron numerosas campañas centradas en atacar y boicotear elementos claves de la administración británica así como a militares, policías y altos cargos británicos. Las actividades de Irgún y Leji pasaron por altibajos, hasta que, en el 46, se produce el atentado contra el hotel rey David en Jerusalem. Este hotel era la sede del cuartel general británico y del gobierno civil del mandato, Irgún coloca varios explosivos en el sótano del edificio los cuales llegan a volar las siete plantas del mismo dejando 91 muertos y una gran cantidad de heridos. Este atentado,  junto con todo el desgaste sufrido por la constante violencia que se vivía en la región, aumentó el hartazgo del gobierno británico, el cuál se veía en la necesidad de destinar amplios contingentes militares a un territorio el cuál ya no era nada rentable mantener. Por lo que  se empieza a promover la idea entre la política británica y la opinión pública de la necesaria salida de Gran Bretaña del territorio. 

En el año 1948 la ONU aprueba un resolución en la cuál se expone que Gran Bretaña debía abandonar Palestina y se proponía la creación de dos estados. Uno árabe y otro judío, siendo Jerusalem un territorio administrado por la ONU. El judío sería de aproximadamente el 55% del territorio del mandato , pese a representar únicamente poco más del 30% de la población total. Esta resolución fue ampliamente apoyada por la mayoría de las organizaciones judías, aunque hubo excepciones, como Irgún, mientras que la población palestina se opuso a esta de forma considerablemente unánime. 

Nakba.

A las pocas horas de que Gran Bretaña retirará lo que restaba de su personal desplegado en Palestina, el 14 de mayo de 1948, en Teal Aviv, el gobierno provisional declara la independencia de Israel . 

Comienza con esto la Nakba, el exilio de la población palestina huyendo de las fuerzas sionistas. Se estima que tres cuartas partes de la población palestina se vio obligada a abandonar sus casas en el 48. Tras esto las fuerzas israelíes arrasaban las aldeas  ,buscando borrar cualquier resto árabe en el nuevo estado, para posteriormente expropiarlas y entregarles  la tierra a los nuevos colonos.

Al día siguiente  las fuerzas de la liga árabe declaran la guerra a Israel, comenzando así una guerra que duraría más de un año. Israel convirtió a Haganah en la base de su nuevo ejército, dando paso a la creación de las IDF, el resto de grupos armados fueron paulatinamente integrados en estas, así como veteranos judíos de la Segunda Guerra Mundial. Israel acabaría saliendo reforzada del conflicto, consiguiendo mantener el territorio previo a la guerra y anexionando entorno a un 25% más de territorio con respecto al asignado en la resolución previa de las naciones unidas. 

Tras la guerra la ONU reconoció de los refugiados palestinos a poder volver a sus tierras (ahora bajo control israelí), teniendo que devolver Israel las propiedades confiscadas durante el Nakba a los exiliados o su descendencia. Israel, siguiendo su política de colonización, se negó, provocando que el exilio palestino nunca pudiera regresar a su tierra, y obligando a la población que permaneció en el territorio a vivir múltiples desplazamientos aún hasta día de hoy. 

Insurrección de 1933 en Zaragoza

Revuelta en la perla del anarquismo.

 

Las calles de Zaragoza agitaban la bandera rojinegra, el pueblo salía con sus armas a defender la insurrección, se había proclamado la huelga general que se extendería por un amplio territorio de Aragón. Si bien la fama de la Rosa de Foc revolucionaria la albergaba Barcelona como la cuna del anarcosindicalismo, Zaragoza era la perla del anarquismo colectivista.

El 8 de diciembre de 1933 se iniciaba la insurrección anarquista, organizada desde la CNT, y que sería la última del ciclo de insurrecciones anarcosindicalistas antes de la Revolución Asturiana de octubre de 1934. Previamente ya se había organizado la huelga revolucionaria del Alt Llobregat en Catalunya en enero de 1932, y la Insurrección de enero de 1933 en la que tuvieron lugar los sucesos de Casas Viejas al proclamarse el comunismo libertario en un municipio gaditano.

 

Frente a la República burguesa y elitista: boicot, huelga y sabotaje.

 

Tras la proclamación de la República española el 14 de abril de 1931, la clase obrera organizada había comprobado con desilusión que el gobierno progresista prometía un conjunto de reformas sociales para mejorar la vida de los sectores más vulnerabilizados de la sociedad, pero que de la estructura estatal solo se podía esperar injusticia social, más capitalismo clientelista y brutalidad militar. El problema de la reforma agraria, de la educación, y del ámbito laboral, no estaban siendo abordados por el gobierno azañista desde la raíz, y no por una cuestión de impotencia política, sino por falta de voluntad ideológica. Evidentemente, ese gobierno no pretendía transformar la sociedad, sino adaptarla y hacerla claudicar lo mejor posible a las necesidades de una clase liberal dominante que se reivindicaba ilustrada. Los sectores populares organizados y los sindicatos vinculados a la CNT contenían un potencial revolucionario enorme, y pronto establecerían una estrategia insurreccional frente a esta república burguesa.

Después de varios estallidos sociales previos, llegaron las Elecciones Generales del 19 de noviembre de 1933, y la coalición de derechas ganó unos comicios en los que la coalición socialista rápidamente responsabilizó a la CNT por su campaña de abstención activa, en lugar de realizar una autocrítica y ver la contundente derrota electoral en la práctica de la violencia que habían ejercido desde el aparato estatal contra el movimiento obrero organizado.

Todavía no se había constituido el nuevo gobierno de derechas, cuando estalló la insurrección anarquista, que pretendía no dar ni un respiro a las fuerzas burguesas vencedoras. La decisión de esta revuelta obrera se había tomado tan solo una semana después de conocerse el resultado electoral. Se reunió un Pleno Nacional de la CNT en Zaragoza el 26 de noviembre, donde se decidió nombrar un comité revolucionario encargado de organizar esta insurrección, y que estaría integrado, entre otros, por Buenaventura Durruti, Isaac Puente, Cipriano Mera o Joaquín Ascaso. La consigna era iniciar un levantamiento popular de masas que se extendiera por otros territorios, que derivara en un enfrentamiento directo entre clases sociales y que determinara el inicio de un proceso revolucionario. Si bien voluntad no faltaba, ni siquiera potencial obrero y una conciencia proletaria muy extendida, esa estrategia no matizaba el camino a recorrer para dar una salto cualitativo de la revuelta a la revolución, y a la defensa de los núcleos liberados.

 

Se inicia la huelga revolucionaria decembrina en Zaragoza y se extiende por Aragón.

 

El 8 de diciembre se reunían por primera vez las Cortes republicanas tras las elecciones, y todavía no se había formado el gobierno que estaría dirigido por la coalición de derechas. Ese mismo día por la mañana el Gobernador Civil de Zaragoza, Elviro Ordiales, un militar que sería posteriormente Director General de Prisiones, declaró el cierre de los locales de CNT en la capital aragonesa y desplegó a las fuerzas represoras por la ciudad. Se había proclamado la huelga general en Zaragoza bajo el lema «Frente a las urnas, la revolución social», y se llamó a la insurrección armada en otros territorios, con un gran seguimiento en las provincias aragonesas.

La misma tarde del 8 de diciembre tuvieron lugar en Zaragoza los primeros enfrentamientos entre los obreros y las fuerzas represoras, que tendrían como consecuencia la muerte de doce personas solamente en el primer día. Se había logrado la paralización total de la ciudad, y al día siguiente estos enfrentamientos se generalizaron cuando los anarquistas logran el control de barrios como el de San Pablo, Delicias, y San José. Los tiroteos se sucederán durante los siguientes seis días, y los revolucionarios instalaron su centro logístico en la iglesia de San Juan de los Panetes. Hubo incluso un intento de asalto a las prisiones de la ciudad donde se encontraban presos anarquistas para ser liberados, por un lado la cárcel en el barrio de Torrero al sur de la ciudad, y también el Palacio de la Aljafería que funcionaba como presidio, sin embargo, estos ataques son repelidos por la Guardia Civil.

El 11 de diciembre los anarcosindicalistas se hacen fuertes en la calle del Conde Aranda y resisten en la Plaza del Portillo, donde al lado se encontraba la Fundición de Averly, fábrica obrera en huelga. Desde ese punto estratégico se ataca un cuartel en el cercano Paseo de María Agustín, que necesitó ser auxiliado por un batallón de zapadores y minadores. Esa misma tarde los insurrectos anarquistas consiguen controlar la Estación del Mediodía, y solo tras fuertes combates una compañía de infantería con ametralladoras logra recuperarla. Las fuerzas policiales intentarán recuperar el barrio de San Pablo donde se encontraban numerosos anarcosindicalistas detrás de las barricadas levantadas, sobre todo en el entorno de la actual Plaza de Santo Domingo. También se desatan enfrentamientos en la Plaza Aragón, donde los anarquistas disparan a las fuerzas militares desde los tejados, habiendo también tiroteos en calles perpendiculares desde el Paseo Independencia hasta Plaza Constitución.

Durante una semana la ciudad está en disputa con las fuerzas represivas republicanas, el Gobernador Civil ordena el cierre de teatros, casinos y cafés; y los obreros habían paralizado parte de los transportes como autobuses, taxis o tranvías. El gobierno republicano enviará al Ejército para aplastar esta insurrección, situando ametralladoras en las calles de Zaragoza, llegando carros de combate y sobrevolando aviones militares el espacio aéreo de la capital maña. Finalmente la insurrección será sofocada el 14 de diciembre, y al día siguiente la propia CNT reconociendo la derrota estratégica decide poner fin a la huelga proclamada. El total de las cifras de estos sucesos serán un centenar de muertos, la mayoría de ellos revolucionarios anarquistas, aproximadamente 300 heridos, y casi 6 mil detenciones en todo el territorio español. Algunas semanas más tarde, el 24 de enero de 1934, una treintena de anarquistas maños asaltaron los juzgados donde se encontraba el Sumario de la insurrección y lo robaron para entorpecer las investigaciones judiciales represivas.

 

El fallido intento de un movimiento revolucionario insurreccional en otros territorios.

 

Este movimiento insurreccional tuvo su epicentro en Zaragoza, pero también trató de superar los límites de la territorialidad aragonesa. En la ciudad de Huesca y en municipios como Amudévar o Gurrea de Gállego, la insurrección resistió durante varios días. En Teruel capital y otras localidades turolenses como Valderrobres o Beceite, se proclamó el comunismo libertario. La proclamación del comunismo libertario en algunos municipios siempre seguía un mismo esquema: apoderarse del cuartel de la Guardia Civil, la detención y reducción de las autoridades o de las fuerzas de poder terrateniente, la quema de los archivos de propiedad y documentos oficiales, y el abastecimiento de productos según una economía de base comunista. Sin embargo, más allá de esas medidas, no se podían defender posteriormente las conquistas realizadas debido a la dura represión gubernamental y la imposibilidad de hacer frente a una fuerza brutal que siempre les superaba en número, en armamento y en estrategia militar.

Hubo igualmente alzamientos anarquistas en algunos puntos aislados de Extremadura, en la cuenca minera de León, o en Catalunya. También incluso en Andalucía, concretamente en la localidad cordobesa de Bujalance, donde tras proclamarse el comunismo libertario, hubo diez muertes y una docena de detenciones. En Euskal Herria, salvo algunos disturbios y sabotajes puntuales no hubo una especial incidencia, salvo en el municipio alavés de Labastida donde hubo un enfrentamiento directo de treinta revolucionarios contra las fuerzas de la Guardia Civil en la madrugada del 9 de diciembre, siendo sofocada en la mañana siguiente con la llegada de refuerzos de la Guardia de Asalto republicana. Una semana después en todos los puntos la situación había sido dominada por las fuerzas represivas republicanas.

 

Las consecuencias políticas inmediatas y el legado histórico anarquista emancipatorio

 

El balance de fuerzas revolucionarias caídas o detenidas en los enfrentamientos con las fuerzas represivas fue un coste demasiado alto a pagar por una insurrección que no consiguió unos objetivos revolucionarios de masa mínimos. A los implicados directamente en esta lucha obrera y su organización táctica se les aplicó una represión brutal a través de la recientemente aprobada Ley de Orden Público de 1933, deportando a bastantes revolucionarios anarcosindicalistas a Guinea Ecuatorial y las islas Canarias, entre otros a Buenaventura Durruti, en el barco mercante Buenos Aires.

Esta derrota insurreccional llevó a la CNT a una grave desarticulación de sus fuerzas más activas, viéndose afectados también sus órganos de expresión. Debió reorganizarse en tiempo récord el anarcosindicalismo para la preparación del Congreso Nacional de la CNT en mayo de 1936 en la capital aragonesa. La memoria social de las revueltas de militantes anarcosindicalistas en el pasado deben rescatarse desde la mirada estratégica en la lucha contra el capitalismo actual. Se elaboran mapas y caminos de aciertos y errores en la historia, y la realidad práctica es que insurrecciones mayoritariamente fueron derrotadas sin lograr una articulación de emancipación de masas. Nuestro desafío en la actualidad consiste en seguir construyendo caminos que superen esas brechas insurreccionales, articular los pasos que conduzcan a una fuerza social y no al vanguardismo desconectado de la realidad política común, porque decididamente nos va la vida en ello.

 

Agradecimiento a la compañera ilustradora y anarcosindicalista Ana Resya, que desde el territorio de Aragón ha inspirado y servido de fuente para la elaboración de este artículo de memoria libertaria.

 

Artículo escrito por Ángel, militante de Liza.

 

 

Bibliografía:

 

«Diario de una ciudad libertaria. Zaragoza, 1871-1936».

 

«La España rojinegra. La insurrección anarquista de diciembre de 1933», Fermín Escribano Espligares, Asociación Isaac Puente.

 

«La Zaragoza anarquista en los años 30. Guía anarcosindicalista de Zaragoza», editada por CNT Aragón y La Rioja.

 

https://www.zaragozamemoriahistorica.com/

 

 

Historia de Lavapiés. El latido de Madrid que resiste a lo largo del tiempo.

Lavapiés ha sido durante toda la historia de la ciudad de Madrid un barrio maldito socialmente. Siempre ha estado arrastrando de manera peyorativa la denominación de arrabal, barriada o barrio bajo. Condenado continuamente a ser un espacio social y político que se integra en la periferia del centro, en los márgenes del corazón de la bestia. En la actualidad pertenece al barrio de Embajadores administrativamente, y este a su vez al Distrito Centro de la capital madrileña. Un recorrido por la historia de Lavapiés nos ayuda a reconstruir una narración de las costumbres populares, la cotidianidad de las vidas comunitarias y las resistencias frente al estigma y otras opresiones.

La historia de un barrio como Lavapiés se rescata desde lo popular, vinculado desde su origen a la narración oral, a los sainetes, cuplés y leyendas, a las tradiciones atesoradas por generaciones a lo largo de un hilo temporal común. Esto es así porque la historia oficial, la única que se recoge, se estudia y se difunde, está escrita desde la mirada de las clases dominantes a lo largo de distintas épocas históricas. Este relato histórico no pone su foco (o si lo hace es desde la perspectiva de quien domina, y no en los códigos del pueblo) en espacios invisibilizados como un barrio de personas humildes. La historia crítica y social no es menos científica que el supuesto relato único académico, sencillamente se reescribe, se expresa y se autogestiona su valiosísima información desde otras miradas y códigos.

El topónimo de Lavapiés es completamente incierto, existen varias teorías ligadas por una parte a leyendas y por otra a razones topográficas evidentes. En este sentido, se argumenta que el nombre del barrio procedería de una fuente que habría antiguamente en la plaza, lo cual es bastante plausible, ya que todas las plazoletas del Madrid antiguo contaban con fuentes para suministrar agua a la población a través de los aguadores; y también para lavar las ropas. Sin embargo, esto no sería más que una aproximación parcial al origen del nombre; igualmente vinculado a una leyenda que asegura que la judería de Madrid habría estado situada en este lugar. Algunos estudios han querido avalar que la sinagoga judía se encontraba en el espacio que actualmente ocupa la iglesia de San Lorenzo y un antiguo cementerio judío en la calle del Salitre, sin embargo, ni documentos escritos ni excavaciones arqueológicas han podido demostrar este hecho. No obstante, de esta creencia popular sobre el pasado del barrio se asentaría la leyenda de que al abandonar cualquier cristiano la judería para regresar a zona cristiana en el interior de la muralla, debería lavarse los pies como gesto piadoso tras haber pisado un barrio ‘impuro’.

La explicación topográfica es la menos romántica, y también la que parece más lógica históricamente, pues este barrio de Madrid se encuentra completamente cuesta abajo hacia la zona de la glorieta de Embajadores, que antiguamente marcaba el límite de la ciudad al sur. Sí se ha encontrado, sin embargo, documentación acerca de los riachuelos que discurrían por las calles de esta zona fundamentalmente cuando llovía y que inundaba las estrechas callejuelas hasta desembocar en un arroyo que bajaba la calle Miguel Servet. Debido a la gran pendiente que existía, y sabiendo que la toponimia antiguamente se fijaba por cuestiones meramente cotidianas, no parece descabellado pensar que el origen del nombre se debe a una alusión a que las correntías de agua cuando llovía mojaban, es decir, lavaban los pies de quien se atreviera a pasear por sus calles.

Una vez aclarado (o quizá no tanto) el origen del nombre de Lavapiés, debemos buscar el origen poblacional del barrio. Esta cuestión también es bien complicada, porque como bien advertí anteriormente, los documentos oficiales tan solo mencionan en sus crónicas a Lavapiés relacionado con actividades de interés para las clases dominantes en cada época. Las primeras menciones del barrio en los archivos del Ayuntamiento de Madrid remiten al origen comercial de un asentamiento extramuros de la muralla a finales del siglo XV y vinculado con el camino real de Toledo y el camino de la Ermita de Nuestra Señora de Atocha. También se menciona la existencia de un primigenio matadero en lo que actualmente es la zona de El Rastro, donde se aprovechaba el gran desnivel de las calles hacia el río Manzanares para evacuar los rastros de sangre de los animales sacrificados. Anteriormente a estas cuestiones, y previa a la configuración de este barrio como arrabal con entidad propia, es más que probable que al encontrarse la antigua ciudad de Madrid rodeada por campos de labranza; esta zona comenzara siendo ocupada por apeaderos para herramientas relacionadas con las labores del campo. Tampoco es descartable el surgimiento de pequeñas chozas campesinas que alojasen a familias humildes llegadas como migrantes de otras regiones rurales para iniciar vida en una ciudad nueva; al fin y al cabo ha sido históricamente la manera en que han surgido las periferias de la periferia.

El cambio del siglo XVI al XVII conllevó una serie de transformaciones urbanísticas en Madrid, la antigua muralla cristiana se amplia para acoger a los arrabales que habían surgido. El fervor católico en estos tiempos de guerras religiosas internacionales dará nombre a algunas calles del barrio como calle de Ave María, calle de la Fe, o calle del Amor de Dios. Mientras tanto, otras calles continúan mencionándose extraoficialmente por hechos tan ociosos como, por ejemplo, la calle del Tribulete, cuya nomenclatura procede de un antiguo juego medieval que llamaba a la concurrencia de la gente del barrio en esa calle. Además, el establecimiento de la capitalidad de la monarquía hispana y su corte de manera permanente en Madrid comienza a construir un relato de opresiones y resistencias cotidianas que se expresan en el desarrollo concreto de sus barrios y la cultura de su población que sufre bien de cerca la presencia de facto y simbólica del poder imperial.

Las humildes viviendas unifamiliares con pequeños huertos particulares o compartidos dan paso a un tipo de edificación en altura y comunitaria especialmente típica en la villa de Madrid durante los siguientes siglos: las corralas. Casas corredor de varias plantas con armazón de madera y cuyos balcones dan a un patio interior, donde los vecinos y vecinas realizaban una gran actividad, e incluso celebraban festividades representando obras teatrales de comedia popular. A lo largo del siglo XVIII, algunos dramaturgos como Ramón de la Cruz, o cronistas como Mesonero Romanos recogieron a través de diferentes formatos desde sainetes o coplas hasta ensayos la tipología del barrio de Lavapiés. Será durante este tiempo cuando se construye la cultura castiza madrileña, siendo el barrio de Lavapiés uno de sus iconos; una cultura popular mezcla de la emigración propia del barrio con numerosos andaluces, castellanos o valencianos que dan como resultado un arquetipo social original y especialísimo llamado manolos y manolas, y también los majos y las majas. La posterior romantización de esta curiosa tipología popular caracterizada por una población llena de viveza, astucia, y picaresca fue reformulada en el ya mencionado casticismo madrileño. Cultura autogestionada inicialmente por el propio pueblo, y posteriormente enajenada por la nueva clase burguesa incipiente, que buscaba diferenciarse de la vieja aristocracia a la que se parecía cada vez más.

A comienzos del siglo XIX comienzan a instalarse en la zona sur del barrio de Lavapiés fábricas, edificios industriales y barriadas obreras que alojaban a esa nueva mano de obra fabril. Surgen así en este barrio la Real Fábrica de Coches, la Fábrica de Cerveza de Lavapiés o la Real Fábrica de Tabacos, actualmente el edificio autogestionado de la Tabacalera. Al mismo tiempo comienzan a surgir las incipientes asociaciones de lucha obrera en las mencionadas barriadas, con especial atención a las trabajadoras de la fábrica de tabacos como pioneras en una lucha de clase social y de género. También, y ligado al mismo proceso donde se planificaba este nuevo urbanismo burgués, surgían teatros y salas de variedades en torno a la calle Magdalena, al norte del barrio de Lavapiés.

Durante la Guerra Civil española en el siglo XX, el edificio religioso de las Escuelas Pías de San Fernando fue saqueado tras descubrirse por milicianos cenetistas que se había convertido en un polvorín de La Falange española; quedó en estado completo de ruina hasta hace pocos años que fue rehabilitado. Tras la contienda, el régimen franquista mantuvo en el absoluto abandono y olvido este barrio madrileño, convirtiéndose en un distrito chabolista en altura. Tanto fue así que, incluso una fuente con emblemas republicanos en la antigua plaza de Cabestreros, no sería ni siquiera derribada por el Franquismo.

Más tarde, se convirtió en centro de operaciones de mafias turcas que vendían droga en los años ochenta, y sacados de allí por el alcalde Tierno Galván para trasladarles convenientemente a barrios obreros periféricos como Vallekas, Carabanchel o San Blas. El progresivo abandono de los inmuebles y la proliferación de casas abandonadas hizo que en los años noventa se instalase en el barrio un tejido social okupa y libertario. En el inicio del siglo XXI es el barrio con mayor cantidad de asociaciones y movimiento vecinal de Madrid, también es un espacio de memoria y reconocimiento a los nadies que el capitalismo se lleva por delante. Una pequeña plazotela recuerda al preso ya fallecido Xosé Tarrío junto a la calle del Calvario; también una placa en la calle del Oso recuerda a Mame Mbaye, mantero muerto de un infarto por el racismo institucional mientras le perseguía la policía municipal.

Este tejido está siendo atacado actualmente por la gentrificación capitalista; un modelo que pretende convertir el barrio en un centro comercial y de consumo al aire libre, con pisos turísticos que expulsan a vecinos de toda la vida de sus casas como en el conflicto de la calle Argumosa; y también un concepto elitista y postmoderno que redefine el arte popular. Estas estrategias se traducen en un nuevo golpe a un barrio nacido para resistir en el corazón de la capital, y que necesita de una lucha en los códigos que podemos crear y comprender las clases populares. Son tiempos de reconocernos comúnmente, de mirarnos en el espejo de la memoria, y que nos devuelva el mismo reflejo que el de nuestro compañero o compañera con quien coincidimos cada día en el barrio.

Los Ascaso, una familia campesina comprometida con el anarcosindicalismo

A lo largo de los tiempos han sido millones de personas anónimas quienes han construido silenciosamente la historia; a veces tenemos la fortuna de habernos encontrado la mención en el relato histórico de algunos de estos hombres y mujeres gracias al esfuerzo por rescatar las memorias colectivas. Las biografías personales componen un todo más grande, nos ayudan a tirar del hilo rojo con el que se teje la historia de los pueblos, de sus maneras de sobrevivir, relacionarse, organizarse y resistir en la lucha contra el autoritarismo. En este caso el personaje es colectivo, se trata de la familia Ascaso, aunque destacando la figura de Francisco, militante destacado del anarcosindicalismo español, que integró junto a Buenaventura Durruti y Juan García Oliver el grupo de acción conocido como ‘Los Solidarios’.

Francisco Ascaso nació en 1901 en Almudévar, un pequeño pueblo aragonés de la provincia de Huesca, en el seno de una familia campesina, igualmente naturales de la misma comarca histórica, conocida como la Hoya de Huesca. Fueron un total de diez hermanos, pero tan solo sobrevivieron cuatro; entre los cuales Domingo y Alejandro, también estuvieron comprometidos con las ideas anarcosindicalistas, al igual que su primo Joaquín Ascaso, Presidente del Consejo Regional de Defensa de Aragón entre 1936-1937. Este también participó de un grupo armado conocido como ‘Los Indomables’, contemporáneo a ‘Los Solidarios’ que integró su primo Francisco. En mayo de 1936 había sido nombrado representante del sindicato de Construcción de CNT en Zaragoza, durante la guerra, y tras haber sido hecho preso por cuadros políticos marxistas, huye a Francia por Andorra, y más tarde se estableció en Venezuela junto a otros exiliados anarcosindicalistas. No tanta suerte tuvieron la madre de Francisco, su hermana María, y su compañero el anarquista Luis Riera, además de Sol, la hija en común de ambos, todo murieron en el exilio en los campos de concentración franceses. Alejandro Ascaso se asentó en Costa Rica con una identidad falsa, y Domingo fue asesinado por militantes marxistas en los Sucesos de Mayo de 1937, defendiendo el edificio de la Telefónica en Barcelona.

Desde muy joven, Francisco Ascaso, comenzó a trabajar como camarero y panadero, vinculándose temprano al sindicato CNT, y más concretamente al grupo de acción de ‘Los Justicieros’. Entre los años 1920 y 1922 estuvo preso en la cárcel de Predicadores en Zaragoza acusado de atentados y subvertir el orden social. Se trasladó ese mismo año a Barcelona, y se unió a Buenaventura Durruti y Juan García Oliver, formando el grupo ‘Los Solidarios’. Fueron un grupo de acción integrado por anarcosindicalistas que se enfrentaban a las violencias de los pistoleros pagados por los empresarios catalanes para asesinar a sindicalistas obreros.

Crearon una red perfectamente organizada con depósitos de armas para hacer frente a la represión patronal y del gobierno, y se financiaban mediante el atraco a sedes bancarias como la del Banco de España en Gijón en septiembre de 1923. Se les atribuyó a Francisco Ascaso y Rafael Torres Escartín la ejecución del cardenal zaragozano Juan Soldevilla el 4 de junio de 1923 como venganza por el asesinato del anarcosindicalista Salvador Seguí. Fueron detenidos más tarde por la Audiencia de Zaragoza, aunque Francisco Ascaso logró fugarse de la prisión antes de ser juzgado.

Con el inicio de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923, los tres amigos de ‘Los Solidarios’ decidieron huir a Francia, para después pasar a América Latina, donde continuarían atracando bancos y enviando dinero a la lucha contra la dictadura en España. Regresaron a Europa y se establecieron clandestinamente en París, donde organizaron un intento de atentado contra el rey Alfonso XIII durante una visita oficial a la capital francesa en junio de 1926, suceso por el cual fueron expulsados a Bélgica, donde se les permitió su residencia. Con el comienzo de la Segunda República española en 1931 regresaron a Barcelona, donde se integraron en la FAI con el nombre de ‘Nosotros’.

Francisco Ascaso participó activamente de las huelgas e insurrecciones obreras durante el periodo republicano, en concreto tras la rebelión en el Alto Llobregat fue detenido en 1932 y deportado a la isla Fernando Poo en la colonia española de Guinea Ecuatorial; posteriormente trasladado nuevamente a la Península, al penal del Puerto de Santa María. En 1933 fue puesto en libertad, y nuevamente detenido en Sevilla, sufriendo así varios episodios represivos por parte de las autoridades republicanas. En 1934 fue nombrado secretario general del Comité regional de la CNT en Catalunya.

Durante el Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Francisco Ascaso se encuentra en Barcelona, que vivió un estallido revolucionario organizado por los obreros, primeramente defendiendo el territorio de la amenaza fascista, y posteriormente tomando el control de la ciudad. Ascaso participó del asalto al cuartel de Atarazanas junto a otros compañeros de la CNT, sin embargo, será durante este suceso que recibirá un balazo mortal en la frente, muriendo el 20 de julio de 1936.

Entre las columnas de las milicias populares que se organizaron para liberar el territorio de Aragón, una de ellas llevó por nombre ‘Columna Ascaso’, y partió de Barcelona la tarde del 25 de julio, tan solo cinco días después de la muerte de Francisco. Fue la tercera columna de milicias que partieron desde la ciudad de Barcelona controlada por las organizaciones obreras; contaba con unos dos mil milicianos y milicianas, unas seis ametralladoras, y cuatro camiones blindados (conocidos como los ‘tiznaos’) transformados en la fábrica metalúrgica de Gavà. Además, a esta columna se incorporaron los grupos internacionales ‘Giustizia e Libertá’ y el ‘Batallón de la Muerte o Centuria Malatesta’, integrados por combatientes italianos antifascistas. Estuvo situada en el sector de la provincia de Huesca, entrando en combate en la ofensiva contra esta cpaital y también en la Batalla de Monte Pelado en agosto de 1936; la columna fue dirigida,entre otros, por Gergorio Jover, o el hermano de Francisco, Domingo Ascaso.

Actualmente, un memorial visitable en el cementerio de Montjuïc, junto a Durruti y Ferrer i Guardia, recuerda a este histórico luchador del pueblo.

El silencio de otros, la memoria de los nuestros

Anoche, 4 de abril de 2019, se estrenó con gran éxito en la televisión pública española la película-documental ‘El silencio de otros’, dirigido por Almudena Carracedo y Robert Bahar, un montaje narrativo seleccionado de cientos de horas de imágenes de video. 

Este documental retrata la lucha silenciada de las víctimas de la dictadura franquista.  Ha sido filmada a lo largo de seis años, acompaña a víctimas y supervivientes del Franquismo involucrados en la denominada “Querella Argentina” que se puso en marcha el 14 de abril de 2010 ante los tribunales de justicia de Argentina. El objetivo de esta acción legal era conseguir que se investigaran los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado español y los integrantes de la dictadura franquista, para que se identificara a sus responsables y se los sancionara penalmente.

La directora y el director entrevistan a personas que no han podido localizar a sus difuntos asesinados, deseando darles sepultura; también a mujeres cuyos hijos recién nacidos les fueron arrebatados, e igualmente aquellos que protestaban ante la dictadura y fueron torturados. En todos los casos se ponen nombres, rostros y muchas lágrimas a todas estas personas. Es un documental necesario de ver, como comunidad social necesitamos empatizar con el dolor para sobrevivir, debemos llorar a mares de rabia; es nuestra deuda irrenunciable con todos ellos y ellas.

Desde su estreno en noviembre de 2018, ha sido nominada y ha recibido premios en certámenes de cine nacionales e internacionales,​ y en febrero de 2019, consiguió el Premio Goya a la mejor película documental. Actualmente todo un movimiento social que apoyamos incondicionalmente a las víctimas del Franquismo estamos haciendo un esfuerzo muy grande para llevar este documental por todos los rincones del Estado español; y es esa fuerza social la que ha conseguido llevarlo a la televisión pública para verlo millones de personas. La nuestra es una lucha contra el tiempo. 

Conceptos como memoria e historia están íntimamente muy vinculados en el origen etimológico de los mismos. Memoria es traer al presente recuerdos del pasado, y el historiador/a convierte en relato la actividad de quien ha visto el pasado. La historia transforma la memoria en entendimiento y conocimiento común. La persistencia de la memoria es sobreponerse al olvido, lo contrario al olvido es la verdad, aquello que no es borrado y que permanece. Olvidar es dejarnos morir como sociedad, y por eso nuestro mayor tesoro humano ahora y siempre es recordar, incorporar esa memoria a nuestras biografías y transmitirla a nuestros/as hijos/as.

La memoria histórica es el esfuerzo de los grupos humanos por buscar su pasado. Los pasados traumáticos suponen un colapso en la búsqueda de la verdad, y es necesario recordar para paliar el proceso selectivo de hechos históricos. La memoria es personal. La amnesia obligada lleva a recuperar el pasado parcialmente porque el relato histórico oficial no se siente como propio por la comunidad. Debe haber un esfuerzo consciente por encontrar su pasado de acontecimientos no vividos directamente. Ocultar la memoria es un hecho intencionado, por lo que destaparla es un esfuerzo de activismo común.

La memoria colectiva tiene el objetivo de recuperar una historia con una finalidad legítima y aprovechable por el colectivo humano que reconoce buscar ese pasado. Se mueve entre el recuerdo de los testigos y los documentos. Es innegable la necesidad de buscar memorias robadas, bien porque se desconocen por estar en otros códigos o lenguas, bien porque no ha interesado recogerse anteriormente. Las memorias comunes comparten recuerdos y recursos, llevan a una autogestión del conocimiento y se ponen al servicio de unos intereses de clase popular y lucha que confrontan a la historia de la opresión.

Centenario de la Huelga de La Canadiense: Lección histórica sobre cómo conquistar derechos luchando.

El conflicto laboral que estalló en febrero de 1919 en la empresa de Riegos y Fuerzas del Ebro, más conocida como ‘La Canadiense’, y tras 44 días de huelga indefinida paralizando la industria catalana, acabó con la promulgación en el Boletín oficial del Consejo de Ministros de la jornada laboral máxima de ocho horas diarias. Posiblemente el ejemplo histórico de mayor éxito sindical a nivel internacional fruto del apoyo mutuo obrero y la organización desde abajo, que además consiguió la readmisión de los trabajadores despedidos y un aumento salarial.

Un relato histórico que ahora cumple cien años, y que es imprescindible rescatar de la memoria colectiva porque es un capítulo vital redactado desde la acción común y la solidaridad obrera. Un hecho que aún puede seguir guiándonos, porque las herramientas practicadas por quienes nos precedieron en la lucha suman experiencias esenciales en el largo camino de la resistencia popular. Cuando más culpabilidad quieren hacernos sentir por nuestra situación de clase, es necesario convencernos de que somos el pueblo trabajador quienes movemos la sociedad y que está en nuestras manos transformarla.

Movimiento obrero y organización sindical en España frente al capitalismo financiero.

Los inicios del movimiento obrero español quedaban ya lejos en el tiempo, tras casi cincuenta años desde la fundación en el Congreso de Barcelona en 1870 de la Federación Regional Española de la Primera Internacional (FRE-AIT). Después del estallido de la Comuna de París (1871) y su imitación peninsular con la eclosión del movimiento cantonalista (1873) vino un periodo oscuro de persecución durante el régimen monárquico de la Restauración española. La represión a miembros de esta Federación Regional Española de la AIT fue continuada, salpicada de exilio a las colonias, encarcelamientos, ejecuciones, torturas; y una resistencia persistente por parte de las agrupaciones obreras.

De hecho, habrá que esperar hasta 1910 para la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) fruto de dos factores fundamentales: Una cantidad considerable de sociedades de resistencia esparcidas por el Estado español que no querían integrarse en la UGT, pues entendían que sus tácticas sindicales no eran las más adecuadas. Estas sociedades tenían un núcleo principal en Catalunya donde ya se había formado una confederación regional, Solidaridad Obrera.

También influyó un cambio de mentalidad en algunos sectores del anarquismo español que creyeron conveniente el uso de los sindicatos como herramienta de resistencia y lucha, la creación a través del sindicalismo revolucionario, y no solamente en el ámbito laboral, de la construcción de un tejido social como un frente amplio que anticipara la sociedad que las clases populares querían.

Sin la labor sindical, política y cultural del anarcosindicalismo no es posible entender la historia reciente del Estado español ni la de su movimiento obrero, pues se impulsaron nuevas estrategias de lucha y organización en un largo periodo de rearme material y conceptual de la clase trabajadora, que eclosionarían dos décadas más tarde con la Revolución social española en 1936. Sin embargo, en el contexto histórico que nos atañe para comprender la situación social previa a la huelga de ‘La Canadiense’, es indispensable mencionar el impulso obrero internacional que supuso la Revolución Soviética en 1917. Independientemente de las críticas antiautoritarias que puedan realizarse, estimuló un ciclo internacional de luchas y levantamientos, pues las clases populares observando el ejemplo soviético de emancipación se vieron alentadas a dejar posiciones de reacción exclusivamente y tomar la iniciativa con una agenda revolucionaria propia. El proceso de huelgas laborales en el Estado español es un ejemplo de esto, pero también lo son hechos como el conocido ‘Biennio Rosso’ al norte de Italia, o el consejismo alemán en la República de Baviera, todos ellos sucedidos en el mismo año 1919.

Aterrizando ya en el contexto de la huelga que trajo la jornada laboral de ocho horas, la empresa Barcelona Traction, Light and Power Company, Limited fue fundada por el ingeniero norteamericano Frederick Stark Pearson el 12 de septiembre de 1911, en Toronto, Canadá. Ese mismo año 1911, esta empresa creó en Barcelona la sociedad Riegos y Fuerzas del Ebro, nombre con el que operaría en España, aunque a causa de su origen, esta empresa fue conocida popularmente como La Canadiense, o La Canadenca, en catalán. Rápidamente consiguió adquirir otras empresas como Tranvías de Barcelona o Ferrocarriles de Barcelona; de manera que en pocos años se erigió como un monopolio financiero y empresarial.

La solidaridad por la readmisión laboral de ocho despedidos hace estallar la huelga.

Antes del estallido de la huelga, en el mes de enero, la Confederación Regional de Cataluña de la CNT organizó una campaña de mítines y difusión de las ideas libertarias en el Levante y Andalucía, enviando a estos territorios a sindicalistas destacados como Salvador Seguí, Ángel Pestaña o Manuel Buenacasa. Esta iniciativa anarcosindicalista alarmó al gobierno del Conde de Romanones y suspendió las mínimas garantías constitucionales, deteniendo a los cenetistas, cerrando sindicatos locales e incluso el periódico Solidaridad Obrera.

El día 2 de febrero de 1919 ‘La Canadiense’ despidió a ocho trabajadores de la sección de facturación por protestar al ver su sueldo reducido tras ser contratados como indefinidos tras un periodo como trabajadores temporales, y además por intentar organizarse sindicalmente.

El día 5 de febrero, los 117 empleados de la sección acudieron a la fábrica para iniciar un boicot como protesta ante el despido de sus compañeros, y negando reincorporarse a su puesto laboral hasta la readmisión de los mismos. Decidieron nombrar una comisión que acudiera a solicitar la mediación del gobernador civil, el presidente de la Mancomunidad de Cataluña y el alcalde de la ciudad de Barcelona en el conflicto abierto. Sin embargo, la empresa llamó a la policía para desalojar esa sección de la fábrica, despidiendo inmediatamente a todos sus trabajadores.

Estas acciones represivas tomadas por la empresa de ‘La Canadiense’ motivó que se extendiera la huelga por solidaridad a otras secciones de la fábrica como los cobradores de recibos, que iniciaron un paro indefinido el 8 de febrero, día en el que ya eran más de dos mil los despidos. Se  nombró un comité de huelga formado por algunos obreros despedidos y anarcosindicalistas, y contactaron con trabajadores de otra empresa barcelonesa, Energía Eléctrica de Cataluña, que comenzaron a solidarizarse y plantearon también realizar un paro laboral. De esta manera también se trascendía la simple huelga laboral, sentando las bases de una huelga social por los derechos sindicales.

A los dos días la empresa respondió con un comunicado acusando a los sindicatos de aprovecharse políticamente del conflicto. La tensión social se incrementaba, pues la dependencia de muchos servicios e industrias de la energía de La Canadiense forzaba el paro laboral, el 17 de febrero el sector textil se sumó a la huelga.

La ciudad de Barcelona se queda sin luz y la huelga general se extiende. 

El director general, Fraser Lawton, seguía sin negociar acerca de las peticiones del comité de huelga, y el 21 de febrero la huelga en el sector eléctrico era ya general, habiéndose sumado los trabajadores de todas las compañías eléctricas. La industria catalana y los transportes se encontraban casi parados en su totalidad, en los dos siguientes días la ciudad de Barcelona se vio sumida en la oscuridad ante la falta de suministro eléctrico. Los obreros estaban demostrando que si lo desean pueden parar la normalidad social cotidiana, porque son los que sostienen el mundo. El gobierno del conde de Romanones decide incautar la empresa, enviaría a elementos del Cuerpo de Ingenieros y la Armada para poner fin a la situación de paro social y restablecer el servicio, pero no consiguió ese objetivo. Algunos militares como Milans del Bosch, capitán general de Barcelona, consideraba que era necesario declarar el estado de guerra. El día 27 de febrero la huelga en las compañías de electricidad, gas y agua es total. Ante la incapacidad para resolver el conflicto, el conde de Romanones declaró ese mismo día que dimitiría cuando se restableciera el orden en Barcelona.

El 1 de marzo el gobierno se incautó del servicio de aguas de la ciudad y el alcalde se puso en contacto con el comité de huelga. Este presentó sus condiciones, dando un plazo de dos días para contestar. Las condiciones del comité de huelga eran las siguientes: la libertad de los presos encarcelados y su readmisión, la apertura de los sindicatos y la inmunidad del comité de huelga, y el establecimiento de la jornada de trabajo de ocho horas diarias.

Las propuestas fueron rechazadas por el gobierno y las empresas implicadas anunciaron que todos los trabajadores que no regresasen a su puesto de trabajo el 6 de marzo serían despedidos para siempre. Bastante lejos de doblegarse ante estas exigencias partronales, el 7 de marzo comenzaron una huelga en el sector ferroviario que el día 12 ya era general. El gobierno accedió a publicar un bando de Milans del Bosch que instaba a la vuelta a sus puestos de trabajo a los obreros movilizados en la huelga bajo pena de cuatro años de cárcel para aquellos que no se presentasen en sus centros laborales. La inmensa mayoría de trabajadores no se presentaron y más de tres mil personas fueron encarceladas en el Castillo de Montjuïc.

El final de la huelga y a la aprobación de la jornada de 8 horas laborales.

Los días 15 y 16 de marzo, en presencia del emisario del gobierno español, José Morote, se reunieron los representantes de La Canadiense y del comité de huelga, y el 17 de marzo se llegó a un acuerdo definitivo aceptando las siguientes peticiones de los trabajadores como consecuencia de su resistencia tras un mes y medio de huelga: La libertad para los trabajadores encarcelados, la readmisión de los trabajadores en huelga sin represalias, el pago de la mitad de los días que había durado la huelga, se establecería la jornada de 8 horas, y tras el acuerdo definitivo se levantaría el estado de guerra.

Para suscribir este acuerdo, el sindicato de la CNT convocó el día 19 de marzo una gran asamblea en Barcelona donde asistieron veinte mil trabajadores, se aprobó el acuerdo al que se había llegado y se daba un plazo de tres días para que el gobierno liberase a los encarcelados. El 3 de abril un decreto del gobierno español estableció la jornada de trabajo de ocho horas, para todos los oficios. Además, el auge de la CNT en el sindicalismo revolucionario se vería incrementado, culminando con el Congreso Nacional en diciembre de 1919 en Madrid. La organización sindical había vivido una experiencia de huelga laboral de 44 días que sentaría las bases de las luchas y resistencias en los siguientes años, haciendo frente a los sindicatos blancos de la patronal que se dedicarían a asesinar a sindicalistas principalmente en Barcelona; los años del plomo habrían llegado.

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