Un análisis de la coyuntura post-procés desde la Esgueva

Entre septiembre y noviembre del pasado otoño hemos vivido una situación política excepcional. Primero en Barcelona, luego en Cataluña y después en el resto de las españas. Todo el mundo nos hemos visto inmersas en la crisis política derivada de la convocatoria catalana de un referéndum de autodeterminación. Se ha escrito y debatido mucho al respecto, pero echamos en falta algunas refexiones desde el anarquismo que queremos poner en común.

YA LO SABÍAMOS. AHORA LO SABEMOS TODAS

Desde el movimiento anarquista hemos visto otras veces cómo algunas de nuestras consignas se popularizaban cuando sectores importantes en lucha las hacían suyas. El ejemplo reciente más evidente es el del 15M, en el que la, hasta entonces minoritaria, “asamblea” y la aún más minoritaria “acción directa” se convertían en una herramienta de miles de personas movilizadas. Estos meses hemos visto como se popularizaba otra idea que, si bien no es exclusiva del anarquismo, también nos hemos hartado de repetir: “esta democracia es una falacia”. Llevamos décadas siendo hostiles a las elecciones de distintos ámbitos hasta casi hacer de ello un dogma, un tic abstencionista e irrefexivo. En septiembre de 2017 esa hostilidad se vuelve inocua porque la convocatoria del referéndum no era una convocatoria electoral al uso. Es por ello que nuestra postura al respecto tampoco podía ser la misma. Esta convocatoria ha mostrado las contradicciones del Estado, en especial con el enfrentamiento entre la “voluntad popular expresada con urnas” y el-“imperio de la ley”. Además, hemos visto al Estado mostrándose inestable y mostrándose en todo su esplendor como una organización de control social. Hemos visto a la prensa desatada, tratando a algunas políticas y políticos como hasta ahora sólo hacían con las de lejanos países. Hemos visto a la policía actuar como los ultras que son en su tiempo libre. Hemos visto a políticas en la cárcel por convocar manifestaciones y no comulgar con la Constitución vigente. ¿Qué más necesitamos para demostrar que “esta democracia es una falacia”?

En esa coyuntura gran parte de la militancia social ha visto una brecha en la que forzar posiciones de ruptura que puedan provocar la caída del Régimen del 78. De ahí el apoyo decidido al referéndum de gran parte de los movimientos sociales. Por nuestra parte, entendemos que en mucha gente, especialmente entre la que nos hemos criado de fnales de los setenta a esta parte, hay una necesidad de ver una “modernización” de un sistema que tiene muchos tics franquistas. Compartimos esa sensibilidad. Por eso vemos normal y apoyamos que haya movilizaciones que busquen generar los cambios que en la “transición” no se implantaron. Creemos que podría haber sido el momento de poner sobre la mesa el Régimen del 78, la herencia del nacionalcatolicismo, el porqué de la existencia del Senado o del actual Código Penal, el borrado de la memoria histórica, la monarquía o el entramado político corrupto construido sobre la represión y el crimen. No nos apasiona la idea de vivir en una democracia “más moderna” que sea más de lo mismo, pero mucho menos vivir con todo el estado franquista en funcionamiento.

LA INESTABILIDAD YA NO ES NUESTRO TERRITORIO

Durante estos meses de crisis catalana, el sistema de gobierno español se ha visto expuesto a una inestabilidad que parecía que podía tumbarlo. Sin embargo, ha superado la prueba y ha salido fortalecido. El 2018 el primer resultado a nivel político es la aniquilación del autogobierno catalán que había dentro del marco de la comunidad autónoma, que hoy en la práctica sigue suspendida. Esto tampoco tiene mayor trascendencia en un contexto de falsas democracias en las que mandaban y mandan las mismas oligarquías capitalistas mundiales. Nos inquieta más el resultado social: impotencia en la población movilizada, reforzamiento de los cuerpos policiales (estatales o autonómicos), normalización de la implicación política de supuestos entes neutrales (jueces, policías y monarcas), una enorme capacidad de infuencia de la prensa y los medios de comunicación en la sociedad… Llevamos ya una década desde el estallido de la gran crisis de 2008 y el régimen del 78 se ha habituado a capear crisis: la crisis económica, la crisis de gobierno de 2016, la crisis de seguridad antiterrorista y ahora esta. El régimen ha hecho de la necesidad virtud y ya no capea las oleadas que le van viniendo, sino que ha hecho de la crisis una manera de gobernar. Las crisis van regenerando al Régimen, sustituyendo sus peones más obsoletos por otros más útiles.

La idea de fragilidad del Régimen ha sido un espejismo. Tal vez más que un espejismo, hemos vivido un test de stress como al que se sometió el Estado Alemán el pasado julio en Hamburgo. Una demolición planeada, con una ejecución chapucera, pero con resultado satisfactorio. No queremos trasladar una teoría de la conspiración que presuponga que todo estaba bajo control en todo momento, porque creemos que evidentemente eso no es así. La capacidad de control del Estado, aunque bastante grande, no es ilimitada. Nos referimos a que la política del Estado Español ha atizado y alentado la crisis para poder desatar lo que ha venido después.

El anarquismo, en toda su diversidad e historia, ha puesto muchas esperanzas en esos momentos de crisis en los que todo parece posible. Ninguna tendencia tiene patrimonio de esto. El anarcosindicalismo más pragmático sobrevive de entrar en confictos laborales y ser la herramienta más útil para la defensa y el ataque. El insurrecionalismo siempre hizo suya la idea de sembrar focos de inestabilidad en los que insertar su mensaje y su praxis. Hasta el plataformismo que más gala hace de planifcación y estrategia a plazos se desvive por aprovechar coyunturas de crisis para hacer fuertes sus posiciones programáticas. Sin plantear en ningún caso dejar de incidir para recluirnos a nuestros espacios de comodidad, sí que creemos que la idea que muchas nos planteamos de que el Régimen estaba a punto de quebrarse ha sido una ilusión y que hemos caído en el engaño por no tener sufciente perspectiva. Hubo un momento en octubre en que se propagó más allá de Cataluña la consigna de movilizarse masivamente para “desbordar” al Régimen español. No tuvo mucha acogida en el entorno militante, tampoco en el anarquismo. Entre otros motivos, había uno que pesaba más que cualquier excusa ideológica y era la intuición que estamos constatando: el régimen estaba muy fuerte a todos los niveles y nosotras en horas muy bajas.

LA PLURINACIONALIDAD DESDE LA NO-NACIÓN

En las siguientes líneas vamos a entrar en el tema que más incómodo es para las izquierdas, para los movimientos sociales y para el anarquismo y que es el que ha enturbiado todos los debates y encendido los ánimos.

Nosotras no somos catalanas, nuestra realidad es bien distinta. En nuestro contexto el hecho nacional tiene una manifestación muy distinta a la que tienen en otros territorios, con o sin estado propio. Independientemente de las sensibilidades nacionales que pueda tener cada compañera de nuestro grupo, o del movimiento libertario, o de toda la vecindad que nos rodea, aquí no hay un espejo que contraponer al catalán. No hay un “otro” en igualdad porque aquí no hay un sujeto consistente que esté al mismo nivel que el catalán.

A nuestro alrededor la mayoría de la población tiene una sensibilidad española, aunque esta no es uniforme sino que tiene muchos matices. Esa sensibilidad no puede contraponerse a una parte de si, por lo que no se puede reconocer un “otro” territorial, tan sólo un “otro” político o ni siquiera eso: un “otro” irracional e incomprensible. Esto es consecuencia de una historia reciente en la que se extirpó, de manera brutal, cualquier otra concepción territorial o política a del movimiento nacional (español), cuyas consecuencias vemos ahora. Queda el espectro de “las dos españas”, que está completamente vivo y hace que dentro de la sensibilidad española haya posiciones irreconciliables. Ya sabemos que una de estas dos españas tiene el poder a todos los niveles, mientras que la otra españa tiene calado en las capas populares y por lo general es una sensibilidad mucho más sana y alejada del nacionalismo fanático. La sorpresa de estos meses es que ambas sensibilidades hayan coincidido en dar la espalda al proceso catalán, aunque con distintos grados de fanatismo y con algún matiz.

El mes de septiembre fue vivido por las gentes de Castilla y más allá como una afrenta personal al ver como se tambaleaba algo con lo que contaban a un nivel inconsciente y en muchos casos inconfesable. Ese “algo” no era solo la unidad del territorio español. Era la propia estabilidad de sus vidas proyectada en la estabilidad de sus marcos de referencia: el país, la democracia, la normalidad. Esta sensación de crispación circula por toda la sociedad, alimentada desde la prensa.

Este clima de tensión explica que las apariciones del españolismo más oscuro hayan tenido un respaldo mucho mayor del que podría esperarse unas semanas antes. Esas apariciones, furiosas e inconscientes, tienen además la seña de ser profundamente antipolíticas: se señalaba al PP y a “los políticos” por no haber hecho nada para solucionar el problema. Esta lectura antipolítica fue el principal motor de la indignación en los meses de septiembre y octubre.

A la vez, y en la misma medida, se fue construyendo la imagen de un salvador que pone orden: el policía, el guardia civil y el Rey. Estas instituciones son las que salen mejor paradas de cara a la población. Los meses posteriores han vuelto a acercar al PP al puesto de mando del españolismo del que se alejó en octubre, sin que hayan podido consolidarse. Este españolismo no acaba de confar de nuevo en el PP por el fracaso de Soraya en la prometida reconquista y estabilización.

Las movilizaciones del españolismo que hemos visto han demostrado la extrema debilidad del área patriota española. Pocos, cobardes, indisciplinados, enfrentados entre sí y, aún contando con todo el apoyo mediático del régimen, sin ninguna proyección. Por otro lado, está más que consolidado desde hace más de una década el poder mediático y agitador de la llamada “caverna mediática”, cuya capacidad de crear y difundir conceptos es enorme y, sin embargo, son muy difíciles de tomar en serio para la inmensa mayoría de la población.

Lo inquietante es el surgimiento de movilizaciones y de mensajes que surgen del entorno y directamente de los propios cuerpos policiales alentados por esa imagen que se ha creado a su alrededor. Hay que señalar que esas movilizaciones del españolismo han sido promovidas desde cuerpos del estado –policías y militares. Ellos mismos convocan movilizaciones, salen en la prensa y hacen la labor de comunicación política que ni el gobierno ni las fuerzas políticas del españolismo han hecho. Esto es una novedad que tiene siniestros antecedentes en Grecia o Francia o en nuestra propia historia.

Pero como ya hemos ido dejando entrever, más allá de esta coyuntura, el problema político que supone “la cuestión nacional” en estas tierras está lejos de ser tan simple como “posicionarse”, si es que en alguna latitud es así se sencillo. Por otro lado, renegar de este factor, despreciarlo y considerarlo irrelevante frente a “las cosas importantes” es un error de bulto para cualquiera que quiera incidir en la sociedad. Hemos visto especialmente en nuestro movimiento a compañeras defendiendo la contraposición entre las luchas “de clase” y las luchas “nacionales”, como si fueran dinámicas completamente independientes o incompatibles. Además, que desde los medios se machaque con Cataluña, con Operación Triunfo o con la corrupción parece que no tiene mayor importancia para que haya más o menos luchas sociales. Quién tenga memoria lo podrá ver. Las luchas en la sociedad son complejas y afectan muchos factores. Uno de ellos es el terreno emocional, en el que se junta desde la identidad de una misma hasta la concepción del país que cada cual tiene. Querer barrer de forma intolerante las sensibilidades de la población, bien para imponer un nacionalismo uniformador, bien para imponer un anacionalismo cosmopolita, está en la antítesis de lo que podemos defender.

CAMPO AMARILLO

Si nuestra la lucha es por la libertad y la vida, la cabida que tienen todas estas cuestiones parece secundaria ante la grandeza de nuestras aspiraciones. Por suerte vivimos inmersas en una realidad en la que tenemos parientes, compañeras de trabajo, de estudios, de lucha, parejas, amigas y un montón de personas a nuestro alrededor con las que queremos construir un mañana mejor partiendo de estas contradicciones. Si hacemos públicas nuestras refexiones es para aportar nuestra percepción a esta situación que parte de nuestra gente ha vivido con tristeza, otra parte con miedo, otra parte con angustia y la gran mayoría con hartazgo y pocas certezas.

Como no queremos pasar de puntillas por determinados temas que en principio son ajenos a nuestras luchas cotidianas, creemos que es importante poner en común cómo afrontar toda esta coyuntura desde nuestra realidad. Eso signifca que las lecciones que saquemos de esta situación debemos aplicarlas sobre nuestras luchas. El horizonte es hacer que esas luchas pequeñitas y limitadas vayan engarzándose con otras, buscar y encontrar su denominador común para fortalecerlo en su perspectiva anticapitalista y contra el Estado y así trazar nuestra estrategia hasta forzar desde todas las luchas los mismos límites últimos del sistema. Pero las respuestas difícilmente se dan en los libros, se encuentran en la calle y al calor de la revuelta.

Valladolid, Febrero de 2018

Grupo Anarquista Cencellada

Reformulación urgente de la cuestión nacional

¿Por qué el anarquismo no ha casado bien con la cuestión nacional? Es una de las preguntas que rondan en mi cabeza cada vez que oigo hablar de Catalunya en los ambientes libertarios. Por suerte, entre parte del movimiento libertario catalán y del resto del Estado español, se tiene claro qué implica todo esto. Antes de nada, la cuestión nacional no significa solo una bandera, un sentimiento, una patria o un Estado con una serie de características sociales y culturales. La cuestión nacional de la que quiero tratar y que se debe reformular en los ambientes libertarios trasciende lo superficial. Y es que más allá de toda identidad nacional, hay detrás una coyuntura política y una serie de actores políticos y sociales en disputa. Partiendo de aquí, podemos decir que es imposible desligar el nacionalismo con las condiciones materiales dadas en el mismo territorio.

Lejos queda ya atrás los primeros movimientos nacionalistas del s.XIX, y el internacionalismo del s.XX. En pleno s.XXI, las luchas de liberación nacional en algunas zonas del planeta son articulados desde el pueblo, como es el caso de Rojava bajo el Confederalismo Democrático. Lo que hace 200 años tenía un caracter burgués, actualmente se abre la posibilidad al pueblo para iniciar procesos de liberación nacional desde las naciones periféricas, y por supuesto, desde abajo. Esta nueva coyuntura de posibilidades nos debe hacer repensar el discurso antinacionalista decimonónico y el internacionalismo, en la cual, cada vez que se oye hablar de la cuestión nacional, se apelen siempre a los principios, a argumentos de autoridad de anarquistas del s.XX y a un cosmopolitanismo universalista que solo encaja en las conciencias tranquilas, pero no en la realidad material ni en la coyuntura actual. Es por ello que necesitamos una reformulación urgente de este tema, porque estamos quedando como nostálgicos del anarquismo decimonónico, conservadores y guardianes de las esencias del anarquismo. Los tiempos cambian, y si nosotras no sabemos cómo encajar estos cambios y nos resistimos a adaptar nuestra teoría y praxis políticas a la actual coyuntura, nos convierte en conservadores.

Urge pues un cambio de criterios de análisis y de visiones. La reformulación de la cuestion nacional pasa, primero, por pasar de una visión con base en principios universalistas, a tener una visión estratégica sobre la coyuntura que estamos atravesando. No es solo una cuestión de sentimientos e identidades, también hay detrás una serie de acontecimientos (antecedentes) que han llevado al actual escenario, y por ello, qué oportunidades tenemos para incidir. Como dije en párrafos anteriores, la cuestión nacional tiene como trasfondo una serie de condiciones materiales, tanto referente a la situación actual, como a unas nuevas condiciones materiales futuras. Y no solo de condiciones materiales, sino de qué actores políticos están impulsando los conflictos nacionalistas: éstos pueden ser desde la burguesía más conservadora, pasando por las clases medias, ser trasnversal, hasta ser impulsadas por las clases populares. Todo ello implica que cada actor, a través de la cuestión nacional, trata de implementar una serie de condiciones materiales que le favorezcan como clase social bajo el paraguas de un sentimiento e identidad nacional. Esto me lleva a otra pregunta: ¿por qué las luchas de liberación nacional-popular de las últimas décadas las han liderado los marxistas? La respuesta no es porque sean autoritarios, sino que nos lleva a pensar el por qué hemos sido incapaces de capitalizar las luchas de liberación nacional para escalarlas hacia una lucha  por la autodeterminación de los pueblos y en aras de construir un pueblo soberano.

Y como de tal palo tal astilla, la reformulación de la cuestión nacional también nos lleva al internacionalismo. Como tal, el internacionalismo debe basarse en el reconocimiento de la existencia de naciones oprimidas y su derecho a la autodeterminación, así como la hermandad entre los pueblos de distintas naciones y territorios. El internacionalismo que deberíamos reconocer es aquel que reconoce y defiende lo dicho anteriormente, y no aquel que se basa en un cosmopolitanismo cargado de valores universalistas que no encajan con la realidad coyuntural de las luchas de liberación nacional o lo niegan.

Volviendo al tema de Catalunya, el septiembre de este año nos ha venido como un vendaval en tiempos en que las movilizaciones sociales estaban bajo mínimos. Fueron días de cambios acelerados y las calles volvieron a activarse en Catalunya viendo cómo el desafío independentista pasaba a ser un mero conflicto independentista a ser una cuestión de derechos civiles. Este vendaval como agua de mayo significó la oportunidad de activación de un nuevo ciclo de movilizaciones. Entonces llegó el 1-O y la situación fue esperanzadora al ver la autoorganización vecinal desplegada para defender los colegios electorales, incluidos los y las anarquistas, que incluso llegaron a votar. La brutal represión desatada aquel día dio como resultado que la huelga general convocada el 3-O fuese desbordada a pesar de que CCOO y UGT se desmarcaran. Tras ese día de desborde, la situación pasó por momentos de impass, y pareció por un momento que las movilizaciones se iban a desinflar cuando Puigdemont declaró la independencia y la suspendió 8 segundos después. Después de que el artículo 155 llegase al Senado y el mareo institucional, finalmente se aprobó la declaración de independencia, con la consiguiente disolución del Parlament para convocar unas elecciones el 21 de diciembre.

En medio de este vendaval, corrieron ríos de tinta de posturas muy diversas al respecto. No voy a hablar de la evidente actitud totalitaria de los unionistas, sino de los libertarios en sí. Dejando de lado el españolismo más rancio de Unidos Podemos, el cual su discurso encaja ya perfectamente con el Régimen del ’78, lo que hemos visto va desde un antinacionalismo esencialista y con olor españolista, pasando por un apoyo a la autodeterminación de los pueblos sin Estado, hasta la defensa estratégica de la construcción de la República catalana y de allí avanzar hacia un Procès Constituent cuyo protagonista sea el pueblo. Aunque nos parezca a todas la evidente contradicción de la última postura, realmente se trata más de una cuestión estratégica más que de principios, y es que todo estos acontecimientos han sido respondidos desde la autoorganización popular para defender el Referéndum, que ahora han pasado a ser Comités de Defensa de la República. Y remarco que a pesar de las innumerables contradicciones que implica siempre avanzar con el pueblo (lidiar con el interclasismo, intenciones de control de asambleas por parte de organizaciones verticales, sentimientos nacionalistas separados de la realidad material, aliarnos con otras fuerzas políticas autoritarias…), nuestra responsablidad como libertarias es acabar con ellas ensuciándonos y luchando junto al pueblo para conseguir que las reivindicaciones puramente nacionalistas y/o independentistas tengan un contenido materialista y socialista libertario sin ir por delante.

Muchas hemos dicho en ocasiones anteriores de que no debemos dejar pasar oportunidades de ruptura como habíamos dejado pasar el ciclo de movilizaciones abierto por el 15M, y hemos acertado. Sabemos pues que la República no será el final, sino un inicio para la mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora, y sabemos que tampoco será el socialismo libertario en un solo país, sino que deberá ser el inicio de un ciclo de movilizaciones en el resto del Estado español.

La independencia de Catalunya, al margen de todos los memes y parodias que se han hecho sobre el tema con los cuales nos hemos alegrado estos días, nos ha demostrado que, primero, no es ya solo una mera cuestión nacionalista; segundo, que en el s.XXI en Europa aún hay posibilidades de cambios y rupturas en donde el pueblo sea un actor importante en los acontecimientos; y por último, que la unidad de España no será para siempre y que es posible romperla, y con ella, el Régimen del ’78. Esta ruptura pasará por una ofensiva popular en favor de una república federal en España que acabe con los resquicios del franquismo y establezca un nuevo marco coyuntural que implique una mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora del Estado español. La actual izquierda española, por desgracia, está demostrando no estar a la altura de las circunstancias al atrincherarse en posturas defensivas en medio de la polarización de la sociedad. Esta izquierda débil está dejando que el fascismo crezca y por ello, que acaben con cualquier otra vía de ruptura.

En resumen, no podemos permitir ahora una regresión, y por todo esto es necesario que los y las libertarias atajemos la cuestión nacional desde una perspectiva estratégica, que aunque llena de contradicciones, nos permita trascender el mero independentismo y poner así sobre la mesa temas materialistas tan importantes como la mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora, construcción de un nuevo modelo de institucionalidad a partir de los organismos populares (CDRs, sindicatos de clase, AAVV, cooperativas, …), la defensa de la soberanía popular (con ello, las soberanías polícia, económica, territorial, alimentaria, socio-cultural, energética…) antes que la soberanía nacional, y así avanzar hacia el modelo de sociedad socialista libertario por la que luchamos.

¿Existe un partido ultraderechista español relevante?

Es una pregunta recurrente, pero inevitable. Hace poco me la hicieron unas conocidas venidas de Francia, donde el Frente Nacional ha cumplido 45 años y ya ha llegado dos veces (2002 y 2017) a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
En la región española, los partidos ultranacionalistas consiguen resultados muy pobres tanto en las elecciones como a la hora de movilizar a la población. Existen varias posibles respuestas para esta excepción española, respuestas que no se excluyen unas a otras. Una es que casi cuarenta años de franquismo habrían vacunado a la población española contra la tentación ultraderechista. Otra es que el PP –y antes Alianza Popular, del que es refundación– incluiría entre sus votantes a casi todo el arco político a la derecha del PSOE, desde los liberales cuyo catecismo viene de Adam Smith y de Hayek más que de la Conferencia Episcopal hasta los reivindicadores del franquismo que asumieron el paso a un régimen liberal (contenido) como un cambio de época que trascendía las ideas o como un mal necesario. Para la segunda mitad de esta última crisis hay quien señala también la emergencia de Podemos como un posible factor de contención: un partido en principio soberanista, de ámbito español y que, al centrarse en la representación institucional, llama a sus simpatizantes a ser votantes más que militantes (con la comodidad pueril que eso implica). Me atrevería a añadir otro elemento de explicación, también complementario y no excluyente de los otros: la misantropía de la ultraderecha, su desprecio por el ser humano en tanto que tal. Si bien la misantropía es hoy casi parte de la atmósfera general, es en la extrema derecha donde alcanza su máxima concentración. Estos sectores, históricamente, han crecido y perseverado entre el miedo a las tendencias socialistas de la plebe (Juan Donoso Cortés fue en 1848-1853 el primer gran exponente por aquí), la nostalgia romántica por un pasado mítico, la idea mesiánica de una aristocracia (militar o paramilitar, por lo general) que devolvería la nación o la raza a su puesto de preponderancia y la culpabilización del conjunto de la población por haber permitido la penetración del Mal (hoy día, la globalización y el contacto entre culturas, antes, el socialismo y el liberalismo judeomasónicos) y, en general, la degeneración de la sociedad y de la civilización. Ante la aceleración de la globalización y ante su propio desmoronamiento como movimiento de masas y su ghettización como grupúsculos llevados por el antifascismo hasta una semiclandestinidad, la ultraderecha parece dar más importancia a la nación/raza y menos a la jerarquía; esto puede haber suavizado esa visión negativa del ser humano, pero no tanto como para haberles movido a encontrar un programa común del que pudiera haber surgido ese hipotético partido. Su mito fundador es el de la escasez –que les retrata como hijas del liberalismo económico–, si bien ellas, para resolver ese problema creado por el mercado, no confían sólo en la mano invisible, sino también (a veces, principal o exclusivamente, incluso) en la exclusión parcial o total de otras nacionalidades o razas. Su tendencia a usar el término «buenismo» –común con buena parte de la derecha no considerada extrema– ya da una idea de su concepto de las relaciones humanas: no se tratará de ser buenas unas con otras, sino de adaptarse y sobrevivir en una guerra de todas contra todas.

Hasta aquí, parecería que las noticias son buenas. No existe un partido de ultraderecha relevante, ¿verdad?; propongamos un brindis. Lo malo es que no creo que las noticias sean tan buenas.

En un intercambio de cartas con el antifascista (entonces preso) Yves Peirat, allá por 2002, decía él que el éxito de LePen en las elecciones presidenciales francesas de aquel año era también el éxito de la lepenización de la política. En la década de 1980, la existencia del Frente Nacional era considerada un desafortunado accidente que no había que agravar; sus candidatos no eran reconocidos como interlocutores por los otros partidos, que boicotearon debates en que el FN había sido invitado y evitaron hablar con ellos en público. Fuese contraproducente o no esta estrategia, para antes de 2002, algunos de los estribillos lepenistas más habituales como el endurecimiento de la lucha contra la inseguridad (esto es, más cárcel, más policía, menos control de sus resultados) o la restricción de la inmigración empezaban a convertirse en lugares comunes de la política institucional. Lo que el FN no ganaba en las elecciones, lo ganaba ideológicamente en los medios de comunicación y desde ahí, claro, en muchas tertulias familiares de sobremesa y barras de bares. Cuando los problemas son reales y las cristianodemócratas y socialdemócratas hablan del «fin de la historia» y de dirigir un país como se gestiona una empresa, las preguntas –viscerales, superficiales, torpes– las hacen los medios de comunicación y su sensacionalismo. Y las respuestas –viscerales, superficiales, torpes, pero sin una población más exigente que eso y sin apenas manchas en el expediente del partido por no haber tenido que detentar el Poder– las da la extrema derecha. Así, el partido de la derecha convencional –y, en menor medida, el llamado socialista– acababa compitiendo con el FN en su mismo terreno.

En España, como en Francia o en EEUU, el liberalismo ha hecho todo lo posible por vaciar moral y políticamente tanto a la derecha como a la izquierda liberales. Tras sucesivas crisis y el auge y declive del movimiento obrero, lo que queda es el darwinismo social. Y aquí resulta que los extremos no se tocan, sino que el liberalismo convierte un millón y medio de paradas de larga duración en un millón y medio de casos aislados de holgazanería. El caos económico (paro, pobreza) no se puede abordar; las responsabilidades de grandes empresarios y accionistas y de sus gobiernos no se pueden abordar, hay que culparse a una misma y, si otra está peor (por su situación, por su grado de dependencia, por pertenecer a una minoría o por ser mujer), hay que culparla a ella aún más. Por lo general, seguimos queriendo las respuestas más sencillas que sean posibles, aunque no sean sinceras, y eso en parte lo ha conseguido la candidatura de Donald Trump y lo pueden conseguir otras similares. ¿«La verdad antes que la paz»? Nada de paz, salvo con la clase opresora, y cualquier cosa antes que la verdad. No hay un afán de igualdad entre géneros y sexualidades, es una conspiración «feminazi» y del lobby LGBT. No hay un afán de igualdad entre razas, es la conspiración del racismo antiblanco y de la corrección política (¿?) para que los hombres blancos heterosexuales se sientan mal. Etcétera. Como la derecha ha renunciado a toda preocupación moral, cualquier convicción aparece como una cuestión de moralismo progresista. Y ese progresismo, cuando llega a puestos de poder, lo hace rendido al liberalismo, acomplejado e incapacitado. Se diría que las clases sociales no existen. Sólo se habla de las trabajadoras como cualidad personal (ser trabajador/a, por oposición a ser vago/a) y no como condición social que determina lo que se puede y se necesita. El hombre blanco heterosexual, el menos desfavorecido, se convierte por arte de magia (victimista) en el desdichado objetivo de una campaña que los líderes tradicionales no han querido o no han sabido parar, se impone un liderazgo que devuelva las cosas a su sitio. «We will not be replaced» («No nos van a remplazar»), gritaban las racistas y nostálgicas de la esclavitud negra en Charlottesville hace bien poco mientras cierta ultraderecha habla de un «gran remplazo» por el que Europa se vería desbordada por la combinación de las inmigrantes extraeuropeas y la alta natalidad de estas. No son organizaciones de ultraderecha fuertes, son estados de ánimo colectivos construidos laboriosamente.

Un partido puede ser una organización como tal o puede ser el conjunto de personas que toman partido por algo o alguien, como era originalmente. Y eso sí parece existir aquí y ahora. Alimentado por una derecha sin complejos que dice que el franquismo ya hace mucho que terminó y que el postfranquismo está siendo una orgía de progresismo cultural, entre el miedo a las musulmanas y ese miedo al buenismo, gentes del PP se dan la mano con quienes preferirían el saludo romano. Existe un partido serio de ultraderecha, pero no se presenta a las elecciones, no tiene estructura formal, siglas ni logo. Es un partido informal y transversal, presente en los grupúsculos del ghetto ultra, pero también en Vox, el PP, UPyD, Ciudadanos o incluso el PSOE. Un partido que no se limita a rechazar los subsidios y defender cualquier endurecimiento represivo, sino que va desde el revisionismo histórico de corte franquista para consumo de masas (García Isac, vinculado a una escisión por la derecha del PP, el falangista Nacho Larrea o el ex-GRAPO converso Pío Moa) y el asistencialismo con criterio nacional en lugar de social hasta las constantes agresiones del nuevo escuadrismo, desde la recurrente tolerancia judicial y policial con estas hasta la increíble equidistancia de los medios. Esta ultraderecha no tiene divisiones blindadas ni de infantería, pero sí crece en el sensacionalismo mediático y tiene su hueco en grupos mediáticos como Libertad Digital (presuntamente salvado en 2004 de la quiebra, entre otras, por la caja B del PP y que incluye la web homónima, Libremercado y EsRadio), Intereconomía (vinculado al sospechoso dirigente pepero Ignacio González y que comprende la televisión homónima, donde la portavoz del Hogar Social Madrid participa como tertuliana, dos radios y media docena de ciberpanfletos webs como La gaceta) o el diario y la radio Ya (que retoman la cabecera del antiguo diario católico del mismo nombre), donde trabajan tanto el mencionado Nacho Larrea o Martín Sáenz de Ynestrillas (de esos famosos Sáenz de Ynestrillas) bajo la batuta del franquista Rafel López-Diéguez (de la también mítica familia ultra Piñar), así como opinólogos y periodistas multiactivistas como Cristina Seguí (ex-Vox), Inma Sequí (ídem), Hermann Tertsch (otro converso, que en su día militó en el PCE), Alfonso Rojo (un converso más, ex-CNT), Álvaro Ojeda o el secretario general de cierto sindicatillo policial.

El colmo, claro, es cuando se contraataca a los escuadristas y se les presenta como meros portadores de la bandera de la monarquía española y también es la equidistancia de medios de comunicación que en teoría ni siquiera se consideran de derechas, pero que dejaron la bandera del antifascismo en cuanto el régimen se liberalizó. Esa equidistancia de quienes creen que no hay nada que temer del fascismo –porque ellas no tienen nada que temer de él– se convierte en causa y efecto, en la dialéctica social y política, del trato de favor judicial y policial y de la normalización de quienes ven la vida como una sucesión de amenazas comunistas, independentistas, «feminazis» y filoyihadistas y ven el mundo como algo a transformar en una cárcel, para mayor seguridad de todas. El resultado es el, digamos, churchillismo actual. Winston Churchill ha pasado a la historia como un antifascista por haber dirigido el Reino Unido cuando este se enfrentaba al eje nazifascista, pero, salvo por ese imperativo geopolítico, era de los que defendían que los liberales habían de unirse a fascistas y nazis contra comunistas y socialistas (por no hablar de sus crímenes en la periferia del imperio británico, no muy por detrás del propio genocidio nazi). Los émulos de Churchill, los que temen más una barricada que una cuchillada, que prefieren cualquier desorden conocido a cualquier orden por conocer –aquí también tuvimos republicanos franquistas a lo Unamuno o Queipo de Llano– no presentan a un candidato ultra a las elecciones, por lo general. Pero están trabajando para que avance su agenda política gobierne quien gobierne.

Anarquismo y movida nacional

Anarquismo y movida nacional

Leo con sorpresa el último texto de @borjalibertario, sobre Anarquismo y Cuestión Nacional. Sorpresa porque frente al rigor de otros textos de este autor tengo que decir que en este texto se juntan una serie de supuestos pomposos en clave doctrinaria anarquista y que responden al enésimo intento de conciliar el sueño por parte de quién se mueve en la militancia libertaria catalana, algo que nos ha pasado a muchas. Sumarse a la ola de la autodeterminación, de los postulados más simplones del independentismo catalán y condimentar todo con la liberación de clase es un lugar muy común no solo de cierto anarquismo sino de gran parte del movimiento popular. La defensa del derecho de autodeterminación en abstracto para luego aplicarlo sin miramientos sobre el contexto inmediato en el que nos movemos no es suficiente. Por muy aguda que sea la contradicción que se vive en la sociedad catalana, la consigna de la «liberación nacional y de clase» se nos queda pesquera a la vista de los resultados y los riesgos de que haya planteamientos burgueses filtrándose en las contradicciones de ese discurso. Sirvan estas líneas para agitar el debate más allá de lo ya escrito.

Que la relación entre movimiento libertario y cuestión nacional ha tenido idas y venidas no es algo obvio para quienes consideran que existen unos principios anarquistas entre los que están la radical autodeterminación de cada individuo, sin más matices. En este texto defendí la idea basada en diversas fuentes de la existencia de una compleja relación entre un Internacionalismo propio de distintas corrientes socialistas que admiten el hecho nacional y un Cosmopolitismo de corte individualista que lo cuestiona, como forma de sintetizar las posturas que predominan ante la llamada cuestión nacional en nuestro ambiente. A mayores de esas posturas merece la pena subrayar las tesis al respecto que maneja el llamado «comunismo de izquierda» o «consejismo», cuyas tesis principales se pueden sacar de Lucha de Clases y Nación, de Pannekoek, donde se desprende la idea de la existencia de comunidades de destino que están completamente insertas y subordinadas al conflicto de clases y que por lo tanto, no hay liberación nacional a la vista que no sea una simple estrategia de la liberación de clase. Es importante contemplar esta postura porque combate la idea esencialista de la nación que está en el texto que motiva estas líneas.

Con esto tendríamos 3 posturas entre «los clásicos»:

  • un «cosmopolitismo» que abarcaría las posturas desde el individualismo al liberalismo y que parte de la radical universalidad existencia del individuo esencialmente humano

  • un «internacionalismo» que se bifurca entre quienes entienden las luchas nacionales como algo completamente dependiente de las luchas de clase o quienes señalan que la cuestión nacional tiene «cierta autonomía»

Salta a la vista para cualquiera que lo conozca que el texto de Borja nace del contexto catalán, no sólo por que se cite explícitamente sino porque las consignas que maneja son muy comunes para distintas vertientes de la izquierda, incluida la libertaria. La idea de que existe una “cuestión nacional”, paralela a la opresión de clase o de género y que todas se interrelacionan es el núcleo de esta interpretación, en contraposición a quienes –como Pannekoek y otras corrientes comunistas- defienden que la cuestión nacional está completamente subordinada a la contradicción de clase. La postura de Borja, predominante en las izquierdas catalanas, supone automáticamente asumir los presupuestos de la autodeterminación propia de la lucha anticolonial del siglo XX. Pero si la pregunta está mal planteada la respuesta difícilmente es correcta.

La complejidad del caso catalán en parte lo invalida para generar soluciones universales partiendo sólo de ese caso, si es que tales existen. El nudo catalán está profundamente atravesado por la historia de los últimos 50, que condiciona la percepción actual más que de los últimos 300. Es en estos últimos 50 años de desarrollismo, migraciones y transformaciones sociales profundas en las que se ha construido una visión de la realidad nacional catalana que ha afectado muy profundamente al resto de percepciones de las españas. En el caso catalán hay una fuertísima influencia de las posturas burguesas, que por cierto llegan tocar la caricatura. Aunque hay otras cuestiones que están en disputa entre las fuerzas vivas catalanas sobre el proyecto de país o la relación con el resto de pueblos, hay un elemento construido desde posiciones burguesas que desgraciadamente se ha hecho hegemónico y que se cita como ejemplo en el texto que motiva estas líneas. Es la contraposición entre nación española y nación catalana, entendidas como pueblos. Esta tesis es una auténtica trampa que si bien puede entenderse en términos de propaganda no puede tener ni un pase a la hora de hacer análisis serios sobre nuestra historia y menos sobre los conflictos de nuestra época.

Mal que les pese a los imperialiebers, el origen de la España rojigualda del siglo XX y XXI no está en las glorias imperiales del siglo XVI, aunque hayan servido de mito fundacional. Esa España surge en el siglo XIX, como forma de diferenciarse de La Gran Francia y como herramienta para el despliegue del dominio liberal en la península. Para ello no sólo se define en contraposición a lo de fuera -Francia, Portugal- sino a lo interior -las españas, lo diverso, lo atrasado. La construcción de esa nación española se hace desde entonces sumando las distintas fuerzas hegemónicas de los distintos pueblos y para finales del siglo ya había parido una configuración estable. Como bien teoriza Iñaki Gil de San Vicente se da una alianza entre las burguesías industriales vascas y catalanas con las oligarquías caciquiles rurales de Castilla y Andalucía, poniendo el tablero de la actividad política a su disposición mientras les dejen operar en sus respectivos territorios. Así es como se funda la España que surge de la desaparición del «sueño imperial». Esto provoca contradicciones en País Vasco y Cataluña por tener desarrollados estratos sociales intermedios entre la gran burguesía españolista y el proletariado migrante, que empezaron a poner en marcha sus propios intereses locales, construyendo a su alrededor una nación con perspectiva moderna.

Las intensas luchas populares de la primera mitad del siglo XX se articulan para disputar el marco nacional recién creado, aunque haya contradicciones en determinados territorios. Los grandes movimientos populares se movieron en torno al proyecto de país español y eso es algo que aunque hoy cueste hay que admitir. Sin hacer una radiografía muy extensa y quedándonos con el movimiento libertario de los años 30, resulta evidente:

a) que había proyecto de país
b) que ese país era España. Una.

Aunque en las declaraciones y acuerdos, como el del mítico congreso de Zaragoza de CNT, se hablara de península, Confederacion Ibérica, etc…esto en la práctica no tuvo ningún reflejo, siendo la relación del movimiento popular de las españas con el portugués igual o menor al mantenido con otros pueblos. Así se trasluce de la propaganda y los textos de entonces. Como máximo exponente de esta realidad habría que rescatar el texto de Los Amigos de Durruti del año 1938, «Hacia una nueva revolución«. En ese texto, lúcido con su época en general, se incluye un capítulo entero en defensa de «La independencia de España», donde se describe la épica española y refleja nítidamente la percepción del propio país que manejaba el movimiento popular en aquellos tiempos.

Lo cierto es que en paralelo a esto y como explica también Iñaki Gil, es en las luchas de aquellos años 30 en las que la conciencia nacional en el caso vasco empieza ya no a empapar desde fuera, sino a emerger desde dentro de las luchas obreras. Este proceso continuo casi sin ruptura durante el franquismo. Eso explica que tras 30 años de represión, exilio, autodestrucción y capitulación el tablero nacional hubiera cambiado sustancialmente en Cataluña y País Vasco, donde la lucha contra la dictadura se había vertebrado fusionando la idea de España a la idea de España de Franco, como se relata en el reciente libro de Emmanuel Rodriguez. Esa idea-fuerza del antifranquismo se adopta desde posiciones burguesas para plantear un nacionalismo construido como diferencia a esa España y se convierte en uno de los discursos más exitosos de los 70 por la extensión que adquiere, pero que entra en contradicción flagrante con la realidad histórica de los territorios donde ese planteamiento tiene éxito por ocultar que estos fueron parte fundadora y fundamental de esa España. Entonces toda una maquinaria intelectual empieza a construir mitos y relatos que expliquen las diferencias históricas entre España y Cataluña/País Vasco, que aunque se basen en realidades históricas indiscutibles, ocultan el hecho de que esa España Una es también hija de lo peor de sus pueblos: sus oligarquías.

El marco nacional actual se asienta sobre lo que ocurre en parte en los 70 y principalmente en los 80, porque a la vez que ese proceso de construcción de discursos y mitos para algunos pueblos, en otros se daba otro proceso que hoy se mantiene intacto porque es la piedra de toque del régimen del 78. Hay una gran variedad de casos entre los pueblos ibéricos que se han dado con el régimen del 78, donde por contraste se puede aprender mucho de cómo la construcción de relatos nacionales/regionales partiendo de una realidad institucional se utiliza como herramienta de domesticación -País Valenciano, Navarra, Comunidad de Madrid- o para la acumulación de fuerza popular -Canarias, Galicia, Asturias. Merece la pena detenerse en el caso andaluz y castellano, por su relevancia en la construcción de la España moderna y postmoderna, en el pasado y en el presente.

El caso andaluz nace de una leve conciencia regional en los 70 que con la creación de las autonomías y por equiparación, especialmente, con Cataluña va creciendo hasta convertirse hoy en una realidad indiscutible: Andalucía existe como pueblo y por lo tanto como marco de disputa de intereses de clase. Este hecho se aprecia en cualquier campaña política –sea electoral o no- que se dé donde Andalucía es el marco de referencia y sirve como entidad política que equilibra España frente a las otras entidades políticas de su mismo nivel en el Reino de España.

Por contra el caso castellano, país en el que operan las fuerzas más brutales del españolismo político y donde el franquismo fue especialmente quirúrgico con el fin de extirpar toda memoria rebelde, se desbarató como país y llegó al siglo XXI como una reliquia turística de museo. No es casualidad, y así se percibe cuando se analiza el proceso de descomposición en autonomías de lo que hasta entonces fueron las castillas. La segregación de lo que a partir de entonces fueron Cantabria, La Rioja y la Comunidad de Madrid, mientras se mantenía dentro de la tradicional diversidad de las castillas a La Mancha y a León hizo que las 5 comunidades autónomas haya generado o bien regionalismos sin fundamento ni capacidad ni movilización o bien en la idea de que las autonomías son simplemente como aparatos de «gestión» pública sin un contenido más que casual -lo que, por cierto, explica en parte la furia antiautonomías del cuñadismo. La desaparición de Castilla como realidad política, social y cultural hoy es un hecho cercano, la señal es que ya ha sido dada por muerta por todas las fuerzas políticas significativas que sin embargo la consideraban como tan en los 70/80. Esto se puede explicar por la enorme complejidad, y por tanto riesgo político, del caso castellano por su diversidad y sus conflictos «provincianos», cuya contradicción más estridente se da en las comarcas del País Leonés. Por otro lado en los 80 era imprescindible para las élites gobernantes que no se produjera en Castilla el fenómeno que ya empezaba a darse en Andalucía y a la vez que se aislara Madrid para una «gestión mas eficiente», de la que ya hemos visto resultados, siendo estas dos condiciones un elemento central para el régimen del 78, cosa que aún hoy quienes hablan de romper candados no han puesto en duda. Ese abandono por parte de toda fuerza política del marco castellano produce una asimetría que supone que varios millones de paisanos se vean sin más referente nacional ni territorial sólido que España, lo que dispara un conflicto irreal entre «nacionalistas periféricos» y «españoles del centro» cuando se plantea la cuestión nacional, lo que crea esa imagen de que Cataluña o el País Vasco se independizan de España como si esta fuera una metrópolis colonial, confundiendo ahí a España con Castilla y generando una situación incómoda que mira su reflejo en Yugoslavia. Esto le hace el caldo gordo tanto al españolismo político como a quienes han construido relatos nacionales que ocultan que un sólo empresario catalán tenía más intereses en la victoria de Franco que todo el proletariado agrario castellano junto.

Dicho esto quede por delante que analizar como se articula el régimen del 78 no supone entederlo como neutro e inevitable y señalar sus carencias no supone posicionarse del lado de un «modelo territorial» distinto. El hecho de que Portugal, Aragón o Andalucía sean hoy marcos políticos disputables por su movimiento popular y que Castilla no lo sea es una realidad que nos condiciona completamente a las Castellanas, pero también al resto de nuestra gente súbdita de los Reyes de España y eso es lo que aquí se quiere señalar. Que Castilla se convierta y se identifique con el bastión del españolismo no nos puede convenir a nadie y para ello, en ese puzzle de pueblos que es la península de los últimos 30 años, habrá que trazar estrategias para la «liberación nacional y de clase» contemplen esa realidad. Plantear cualquier “liberación” en Olot o Gerona que implique considerar que existe una España de la que separarse y que está compuesta por un magma de pueblos mesetarios desestructurados más alguna región anexa es un torpeza estratégica que nos tiene con los pies atados, porque no puede haber una solidaridad de tú a tú entre Cataluña y España porque efectivamente el hecho de que Cataluña haya sido parte fundamental de España la sitúa en otro nivel de referencia, otro marco mental, independientemente de la materialización institucional de estos procesos. Que se pretenda hacernos españoles a algunas para después decirnos que “una parte de nosotros se va” provoca esa desagradable contradicción en la que se nos sitúa y que tan bien manejan para tenernos jodidas los encorbatados de La Caixa y Bankia.

Siguiendo con el hilo temporal, hay que reconocer y asumir que en esta época de transición y conflictos esto de la «cuestión nacional» no es un campo inmutable donde nos sirvan las categorías del siglo XIX. Entonces el desarrollo de los mercados nacionales y del imperialismo -con una determinada capacidad técnica de producción, distribución y comunicación- generó unas lógicas y unas dinámicas de gobierno para la sociedad que necesitaban de las herramientas «nación» y «estado moderno». Hoy, con otra capacidad técnica, son otras las herramientas que se están poniendo en marcha. Que el proyecto neoliberal está superando los marcos estatales y por tanto, los proyectos nacionales e incluso el concepto de sociedad, el algo ampliamente sabido. Todas las descripciones apuntan a que el territorio se está reordenando en centros y periferias, haciendo del territorio capitalista una red de metrópolis hipercomunicadas y conectadas por grandes infraestructuras y un espacio fragmentado física y socialmente de periferias de donde extraer recursos. Estos análisis se pueden encontrar desde el mundo sindical a las «vanguardias» teóricas anticapitalistas. ¿qué espacio deja esto para la «cuestión nacional»? ¿de qué sirve conjurar la «liberación nacional y de clase» cuando las naciones dejan de ser territorios en disputa? Tener esta perspectiva es imprescindible para preveer estrategias, porque aunque las transiciones entre estadios de desarrollo nunca son perfectas hay que ser conscientes de en cual nos encontramos. Esto es, igual que hoy vivimos con una reliquia feudal como jefe de un estado moderno, mañana podemos vivir en el sueño neoliberal con gobernanzas nacionales.

Pero aparte de carencias en el análisis concreto de nuestra realidad y de cuales son los nudos a los que nos enfrentamos, es más estimulante cuestionar la idea de que «lo nacional» es un terreno de disputa preexistente sobre el que se da una lucha de clases que hay que ganar, que subyace en todo el texto de Borja. Esta es otra idea clásica, el esencialismo nacional, que cuestionarla abre un abanico de posibilidades para nuestros intereses. En el pequeño y supersimplificado resumen que hay unas líneas más arriba del desarrollo del tablero nacional actual de las españas se cita la idea de que en el caso vasco la identidad emerge de las luchas obreras, osea, que la nación vasca no es un sujeto histórico con miles de años de historia común, sino que es una comunidad que se ha forjado hace menos de cien años en torno a algunos mitos y rasgos comunes e históricos pero sobre todo, en torno a la lucha y el conflicto. Podríamos decir lo mismo en el caso catalán, en el que la lengua y la lucha en defensa de la lengua ha sido el principal eje de conflicto en la historia reciente y que de hecho es el nexo que fundamenta el proyecto de Paises Catalanes. Y lo mismo de la identidad asturiana y sus conflictos obreros o andaluza con los conflictos del campo. Si la identidad nacional surge en la lucha y no tanto en los mercados, textos académicos y en el revisionismo histórico, la pelota está en nuestro tejado. Si es el conflicto nuestra herramienta para poner el tablero político, de la misma forma que quien gobierna lo pone mediante instituciones, la lucha nacional y de clase se funden en una a medio plazo, aunque sea sin la consideración o la designación de nacional. Se le llame cuestión nacional o con el nombre que sea, son de plena actualidad las luchas «situadas», insertas en realidades territoriales, culturales y sociales concretas y no universales. Las llamadas «luchas en el territorio» son el mejor ejemplo de estas, pero los conflictos más llamativos de nuestro tiempo nos enseñan esto sin parar: desde Chiapas a Kôbane pasando por la defensa del territorio ante las grandes infraestructuras en Europa. El hecho de que haya justificaciones históricas, culturales o incluso étnicas o que no las haya -dicho de otro modo, que los elementos del conflicto sean modernos o postmodernos- son elementos a valorar en cada situación y a cada nivel, pero lo importante es que estamos en un tiempo en el que las luchas ceden cierta pretensión universalista para centrarse en su situación concreta, y ahí lo que en las izquierdas castellanoparlantes llamamos «cuestión nacional» se pone de plena actualidad para definir programas y proyectos rupturistas y revolucionarios, que a nivel país van a tener que cruzarse necesariamente con las identidades históricas de los pueblos peninsulares.

@botasypedales

La prioridad nacional… A estas alturas

El “área patriota” española sigue a la deriva, entre la fragmentación y el pandillismo navajero de los últimos 30 años. Sin embargo, de ese pandillismo a veces emergen líderes e ideas capaces de aglutinar al suficiente número de antisociales como para hacer pasar a su pandilla de larva a mosca cojonera.

Estos días nos encontramos en prensa con la última genialidad de los ultras del Elche, la campaña #lonuestro. Desde enero y con el correspondiente lavado de cara, esa agrupación local de pandilleros ha ido poniendo en marcha una campaña de marketing para difundir unas ideas muy concretas y que se hace eco de la iniciativa más sonada del “área patriota”, los “Hogares Sociales” del MSR.

Tanto la campaña que el pasado 16 de abril a rellenado minutos telediario como los mensajes del partido que anda detrás de los “Hogares Sociales” de Madrid y Zaragoza, el MSR, circulan en torno al concepto de la “prioridad nacional”. Pero no sólo estos grupúsculos. La prioridad nacional es un punto común de los programas del “área patriota”, aunque con divergencias. Alianza nacional, como buenos nazis sacados de un museo, la vincularían al “derecho de sangre”¹. Plataforma per Catalunya para no empantanarse mucho en su contradicción nacional, lo cual es muy duro para un partido nacionalista, apuesta por un discreto “primer els de casa”. Democracia nacional también lo lleva por bandera, después de muchos años de hacernos pasar por el museo del terror de las campañas de propaganda.

Pero eso no es todo. El afamado Jorge Vestrynge cada vez que puede [1] [2] no hace más que plantear la cuestión de una supuesta “prioridad nacional”, o “nacional-popular” si lo prefieren, para “tratar bien a los de aquí y a los que vienen”.

Pues a estas alturas, con el Mediterráneo ensangrentado, hay que decirlo alto y claro: la “prioridad nacional” YA EXISTE. La población trabajadora migrante se enfrenta a bastantes más barreras que la nativa frente al empleo y no sólo el empleo, también para las ayudas sociales. Existen ciertos requisitos para acceder a un puesto de trabajo (permisos, seguridad social, nivel educativo…), existen largos trámites para obtener permisos de residencia y no digamos ya la nacionalidad, existen barreras según el nivel educativo que son aún más altas cuando hay que convalidar, existen barreras culturales más relevantes que el idioma y que se apoyan en lo que se conoce como racismo, y que está bastante más enraizado de lo que parece. La propuesta de los “patriotas” consiste entonces en endurecerlas, sin más.

¿La “prioridad nacional” nos ha evitado el paro a los no-migrantes? ¿Nos ha evitado que los barrios se conviertan en guetos? ¿Nos ha evitado los desahucios, la precariedad, los bajos salarios…? Vamos a ver por qué no.

La línea argumental de todas estas posturas parte de ver el mundo del trabajo como si fuera un mercado perfecto. “Entra mano de obra a menos precio, el coste de la mano de obra baja porque la demanda de trabajo prefiere pagar menos por el mismo servicio.”, “Entra mano de obra barata a un mercado en el que hay una mano de obra más cara, por lo que la más cara se va quedando fuera del mercado”. Son afirmaciones básicas de la “economía” de mercado. Pero como cualquiera que conozca economía sabrá que si bien estas afirmaciones son válidas en lo que se conoce como “micro-economía”, al escalar estas relaciones la cosa se complica y por la “macro-economía” no sigue reglas tan simples. En el mundo “macro” las cosas no son tan sencillas y por eso la economía neoclásica a este nivel es un sinsentido que no es capaz de predecir 2008 en 2007. Hay quién considera que si las reglas del mundo “micro” no funcionan en el mundo “macro” es porque hay imperfecciones a las que llaman intervencionismo, socialismo, estado, chemtrails o cualquier chorrada. A esa gente la llamamos liberales. Los liberales al menos saben cómo funciona su teoría económica, para aplicarla a un mundo imaginario.

Este caso es un ejemplo en donde la lógica “micro”, en lo “macro” hace aguas. ¿en serio creéis que en el mercado de trabajo sólo interviene el precio, la cantidad de oferta y la cantidad de demanda?¿un conjunto de mano de obra es sustituible de forma perfecta y completa por otro? Claro que no. Los liberales culparían de que esto no fuera así a alguna fuerza maligna: el estado, los vagos, los monopolios, los sindicatos… Otra gente pensamos que simplemente, en el mundo “macro”, no se puede hablar de nada en economía sin contemplar su Historia. No hay leyes inmutables en la economía del mundo “macro”. Así que tenemos que ceñirnos a la realidad que contemplamos. Y eso vamos a hacer.

A principios de siglo, con la llegada de millones de personas como mano de obra a los países centrales del orden económico global, no pasaron millones de personas al paro automáticamente. Ni bajaron inmediatamente los salarios. De hecho, cuando finalmente esto ocurrió no fue por una “saturación” de mano de obra, cosa que podría darse según esas “matemáticas nacionales”, sino que ha ocurrido por un proceso de crisis sistémica del capitalismo. Resulta que las cuentas no salen. Resulta que la “prioridad nacional” no nos protege de nada a las trabajadoras de aquí, puesto que estamos expuestos a fuerzas que nos llevan al paro, a la miseria, a la precariedad y que al final nos llevan a la migración. No conviene perder de vista que las migraciones son consustanciales a la condición de trabajador. Aquí lo explican con palabras que hasta Manolo Canduela entenderá:

LA MAYOR PARTE DE LOS TRABAJADORES SON INMIGRANTES (EN SU PROPIO PAÍS), LES GUSTE O NO.
Los trabajadores no podemos permanecer ligados a nuestras “raíces”. Trabajamos donde hay empleo, pues no nos dan nada más para poder vivir. Cuando la industria del acero del noroeste de Inglaterra cerró porque no lograba beneficios, la gente se trasladó a Londres para encontrar trabajo. Cuando la construcción estaba mejor pagada en Alemania, en los años 90, miles de trabajadores británicos acudieron allí. Ni que decir tiene que cuando el desempleo llegó al 20-30% en Polonia en los 90, nos fuimos de allí. No fuimos nosotros quienes empezamos la guerra en Siria, Ucrania o Somalia, y no queremos combatir por este o aquel contendiente. Así que tenemos que huir de allí. Todos somos inmigrantes en cierto sentido…”

Si la “prioridad nacional” no sólo no nos sirve de nada a los de aquí tan sólo sirve para complicar aún más la vida a nuestros iguales y agravar la diferencia entre identidades. Esto tampoco sale de la nada. De la misma forma que para entender la macroeconomía hay quienes apostamos por contemplar la Historia, para entender que lleva a los pandilleros de rojigualda y navaja a apostar por una campaña así como banderín de enganche hay que ver en qué contexto estamos. La reacción a la mundialización de la economía por un lado y del avance de los movimientos sociales post-68, especialmente feminismo y ecologismo, se está materializando en una vuelta a los fundamentalismos religiosos, incluidos los laicos. En Israel el judaísmo más ultra, el Estado Islámico en el mundo árabe, los neofascismos en Europa, las grandes sectas en China…todos coinciden en aglutinar a grupos sociales descontentos en torno al refuerzo de la identidad excluyente y del patriarcado. En Castilla y otros países de Europa la presión popular contra el fascismo ha mantenido durante años en la marginación a los grupos que abanderan esa reacción identitaria y patriarcal, sin que consigan ser masivos y manteniéndolos en una constante autodestrucción puesto que su composición social se basa en un puñado de antisociales resentidos por su pérdida de estatus ante el avance del feminismo, principalmente.

Pero como vemos eso no es todo, sino que esta lógica envenenada que como ya se ha señalado aquí hay gente en Podemos que defiende y que está arrasando electoralmente en distintos estados de Europa. Pues nada, habrá que mantener la presión sobre el “área patriota” para que su mundo y sus matemáticas sigan en 2 dimensiones.

Valladolid. Abril de 2015.
@botasypedales

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1.– https://anlostuyos.wordpress.com/que-queremos/
Nota: no ponemos el enlace directo por evitar el trackback.

Per on començar?

¿Por dónde empezar? Anarquismo e independencia

Aquí se puede encontrar la versión original en catalán. El artículo fue escrito antes de que CIU echara para atrás la consulta del 9N.

Puede que este sea el problema, que no hemos empezado. Que casi no ha habido una respuesta libertaria o esta ha sido la negación. Que hemos vivido de espaldas, no solo a este fenómeno, sino en general al día a día de la sociedad.

Da la sensación de que hemos estado más ocupados en discutirnos en quién es el autentico revolucionario (ya sea con otros anarquistas o con otras personas de otras ideologías) en debates endogámicos, creando una identidad que parece que está más ocupada en legitimarse como verdadera, que en trabajar para el cambio social. En líneas generales, no tenemos ninguna estrategia definida, y no tenemos ninguna capacidad comunicativa, de ir mas allá de nuestro mensaje e intentar conectar con el resto de gente no afín a nuestras maneras y lenguajes.

Otro punto sería que a menudo articulamos nuestro pensamiento en la constante negación. Con esto me refiero a que demasiadas veces nos centramos en la crítica y en el rechazo más que en la alternativa, causando una sensación de que este hecho a veces domina nuestra propaganda y nuestros escritos. Nuestros medios deberían estar llenos de propuestas para ir más allá de “estar en contra de”. ¿Tan atomizados estamos que solo podemos estar criticando esta sociedad sin poder ofrecer alternativas? Y desde esta perspectiva llegamos al contexto actual de Catalunya. Creo que no hemos sido capaces de ver posibilidades para extender nuestra praxis, en la línea de la negación que comentaba antes.

Esto se puede conectar con la actualidad. Encontramos dentro del cajón de sastre qué es el “independentismo” toda una serie de discursos y prácticas heterogéneas que incluso se enfrentan. Creo que ha sido un error analizar este como un movimiento dirigido por la burguesía y descuidar ciertos procesos que ahora mismo se están dando.

Una temptativa d’anàlisis

Ahora mismo tenemos que situar un movimiento heterogéneo que reclama poder votar el 9N, votando para qué modelo de Estado debería ser Catalunya. Continuar como ahora (No), un Estado federal (Si-No) o un Estado independiente (Sí-Sí) Esta consulta es vista como un derecho democrático y serviría como una legitimización para que las estructuras políticas trabajen en este sentido, aunque también hay voces que apuestan (a la vez) por un discurso más directo (1,2).

Ahora mismo el gobierno de CIU está pinzado. Estamos viendo dudas y cómo empiezan a vacilar delante del escenario político. Como partido burgués, tienen miedo a saltarse la legalidad, al mismo tiempo que crecen las tensiones internas. La historia moderna nos demuestra cómo la burguesía ha intentado ir de la mano del gobierno central para asegurarse los bolsillos. Mucha gente dice que ellos no son realmente independentistas, y creo que tienen razón. O al menos tienen claro sus prioridades por encima de cualquier bandera, quieren asegurarse el poder económico.

Pero en este sentido no podrán controlar el espacio parlamentario. Tienen miedo de ir mas allá en el llamado proceso, ya que ellos no quieren una confrontación real con el Estado central, situándose entre una posición donde perderían el espacio de diálogo con sus detractores, y un posible y relativo liderazgo del proceso entre la gente partidaria de la consulta. Si a este escenario le sumamos sus políticas neoliberales y represivas, el hundimiento de CIU continúa en la línea de las ultimas elecciones que ellos ya anticiparon. La condición del PP de abandonar la consulta para poder negociar no es una opción porque serían desbordados.

Si CIU convoca unas elecciones plebiscitarias como sustituto de la consulta perdería poder, mientras que tardar en hacerlo podría precipitar aún más su caída. Y este agujero lo llenaría ERC mayoritariamente. No conozco hasta qué punto de desobediencia (dentro de sus parámetros) Esquerra está dispuesta a asumir, pero seguramente el conflicto entre el movimiento ciudadano y el PP irán aumentando progresivamente en la rotunda negativa de negociar.

No tenemos que olvidar que en el próximo año 2015 entraran en juego las elecciones generales y las municipales, con la entrada de diferentes candidaturas municipalistas y el crecimiento de las CUP, una continuación del descenso del bipartidismo y la posible llegada de Podemos como tercera fuerza. En esta futura coyuntura, pueden pasar muchas cosas, pero seguramente la mayoría absoluta del PP se acabará.

También me gustaría comentar que una mayor fuerza del catalanismo seguramente generaría más movimiento reaccionario, y siendo el PP incapaz de parar éste, nos tenemos que preparar para el aumento del fascismo. Recordemos que también se están actualizando en el ámbito discursivo y práctico, intentando salir de su propia gueto.

El independentismo como un movimiento social

El independentismo, junto al 15M (y el post-15M electoralista), ha sido uno de los movimientos de masas de los últimos años que más personas han movilizado. De la misma manera, en el interior de estos tienen en común que conviven muchas perspectivas políticas diferentes. Pero un elemento central es su perspectiva ciudadanista, cada movimiento con sus particularidades. Resaltaría, como características generales, los siguientes aspectos:

—Transversalismo: Puede que a escala discursiva no tan marcado en el movimiento de las plazas (Somos los de abajo contra los de arriba, contra la casta, etc.) Pero de todas maneras, por pura estadística, el grueso tiene que ser de clase trabajadora o de clase mediana (como dice Delgado, 3). Pero otra cosa es quien dirige.

—Pacifismo: Ambos son movimientos pacifistas. Pienso que para romper con el capitalismo, tarde o temprano se tiene que llegar a un conflicto violento por la (no tan) vieja cuestión llamada “guerra de clases”. Romper con España, como he comentado antes, también significa una reacción (fascista), y creo que ésta se dividirá difícilmente por la vía democrática. No está de más recordarlo.

—Socialdemocracia: Más o menos radical dependiendo de qué sectores. Se exige una profundización de la “democracia” ya sea para conseguir una nueva ley electoral, listas abiertas o una consulta. Por un lado se exige una gestión pública de los servicios frente al neoliberalismo, sin cuestionar de raíz el capitalismo y proponer las colectivizaciones de los medios de producción.

El peligro de todo esto es su integración en aparatos estatales, que reproduzcan las desigualdades en el ámbito económico y en el de la toma de decisiones. Es la cultura del falso diálogo, ya que no se puede negociar con quien tiene más poder porque no estará nunca dispuesto a cederlo. Se prima la manifestación simbólica en contraposición a la capacidad real y material de boicotear al dominador y dar un golpe sobre la mesa en condiciones menos desiguales.

¿Pero esto no es el alma del reformismo, y los anarquistas estamos en contra de esto? Si, y no. En vez de criticar eso que no nos gusta y darle las espaldas, critiquémoslo de manera pedagógica y trabajemos para la superación de esta concepción, ya que muchas veces podemos llegar a pensar de manera parecida, pero no utilizamos los mismos términos, aportando una perspectiva revolucionaria. Construyendo un movimiento con consciencia de clase, no es fácil gracias a la hegemonía cultural hiperindividualista a la que estamos sometidos. Con el transcurso del tiempo es posible que los posicionamientos se vayan haciendo más nítidos, ya que en el ámbito político los burgueses intentaran pactar y la crisis y los recortes irán continuando, con la posibilidad de ofrecer escenarios para radicalizar un movimiento de clase.

En mi opinión, para superar la socialdemocracia, hay dos vías: tenemos que construir estructuras propias de los oprimidos. Ya sean asambleas populares municipales (con una estructura de democracia directa bien definida, para evitar la dictadura de la informalidad y también las burocracias), sindicatos de clase, cooperativas, grupos feministas, casales, ateneos, espacios de ocio alternativo, ocupaciones en masa de casas… No dejan de ser propuestas que ya se están dando con mayor o menor éxito, pero enredadas en un proyecto común (que no homogéneo). Así quizás podremos construir una autonomía para combatir su dominio. Por otro lado, no tenemos que olvidar de defender aquello que se paga con nuestros impuestos y que no nos dejan gestionar: los servicios públicos. Obviamente, están diseñados dentro de una lógica de reproducción capitalista, pero la cuestión es caminar hacia la colectivización de éstos y no dejarlos en manos de neoliberales (4,5,6)

Si a las revolucionarias (en general) no donamos un contenido de transformación radical a largo plazo (porque hoy la revolución es impensable), a las perspectivas “reformistas” que tanto a veces nos gusta criticar, difícilmente estas irán más allá. Puede ser que no sea tan agradable o radical pedir que las trabajadoras necesiten 10 minutos más para descansar, pero si no tenemos capacidad de cambiar nuestro día a día inmediato, no creo que podamos hacerlo a gran escala. Y con esta visión juntamente con otras propuestas que quizás sí podamos plantearlas, podremos ir colando sueños de superar manifestaciones y peticiones a los políticos de turno. Quizás un día seamos capaces de tomar y hacer, en vez de pedir y esperar.

Una raya para recordar

Vemos que todo el mundo está moviendo ficha. ¿Y los anarquistas? Como muchos sabéis, el 11 de setiembre hubo un acción que intentaba unir la V con la raya, para convertirla en una A. La acción suscitó tanto elogios como criticas (7), pero sobretodo (al menos para mí, y seguramente para muchas otras personas) puso en la meso un debate, y con eso la agradezco. Y coincidiendo con el análisis que hace la compañera en el enlace anterior, hace falta capacidad de análisis, estrategia, y de generación de propuestas. Con todo eso no digo que sea fácil, pero si alguna cosa es cierta es que llegamos tarde.

Pero eso sería hacer asunciones a una pregunta. ¿Como anarquistas tenemos o podemos aportar alguna cosa en todo esto? ¿El nacionalismo no era sinónimo de fascismo?

Yo opino que sí, que podemos aportar una perspectiva libertaria con un objetivo emancipador. No se trata de reescribir nuestro pasado y subirnos a su carro y decir que hemos sido independentistas toda la vida, sino que la gente que está subida en un movimiento determinado mire hacia otras vías.

Si la palabra democracia es un constante término en disputa para legitimar las diferencias acciones de los diferentes actores políticos, lo mismo pasa con la independencia. Porque no es la misma independencia la que quieren CIU o las CUP. Nosotros podemos plantear la nuestra propia, nuestra propia vía, la libertaria.

De hecho, todo este escenario tiene un poco de componente libertario. No, ahora no quiero calzarlo todo y decir que todos son anarquistas, sino que simplemente hay una serie de gente que cree que su voluntad tiene que ser expresada y materializada, a la vez que se está planteando la desobediencia. La segunda parte quizás no nos gusta tanto, ya que se quiere legitimar unas estructuras representativas y estatales. Pero quizás sería hacer un poco de pedagogía en vez de girar la espalda.

Algunas aclaraciones e interrogantes

No entiendo si el anarquismo es tradicionalmente federalista, porque se supone un ámbito ibérico de manera predeterminada en las proyecciones organizativas incluso hasta cuando no hay grupos dentro de Portugal de las diferentes organizaciones que se reclaman como ‘iberistas’. (¿Alguien ha preguntado a los portugueses?) ¿No es otra forma de nacionalismo encubierto? (que encima se utiliza para criticar a otro). Yo no parto de territorios estancos y definidos, así que en un contexto donde un sector importante de la población pone esta cuestión sobre la mesa, algo tiene que hacerse. No sé si mediante una votación que ganase por un determinado porcentaje de votos seria el mecanismo para hacer efectivo el federalismo, pero lo cierto es que hemos de buscar uno. Y si después Tarragona se quiere independizar y Vall d’Aran se quiere unir a Colombia, adelante.

Respecto a la dimensión cultural, estoy en contra de cualquier organización (Estado o no) esencialista. Dentro de un territorio, las diferentes culturas tienen que tener cabida, en un marco de respeto y de no dominación. Por otro lado, podemos observar que dentro de cualquier movimiento nacionalista exige un modelo cultural concreto: ahora mismo se está vendiendo la catalanidad como una cultura pacifica, de consenso e integradora. No hace falta que me extienda a hablar de CIEs, clases sociales, mossos d’esquadra…

En ese sentido soy partidario de un movimiento multicultural, de clase. Ahora que se está hablando de la dicotomía “español vs catalán” podríamos ponernos a ver que la dominación puede que se acentúe más en otra banda “blanco vs inmigrante” (Todos sabemos que los europeos y occidentales que vienen de fuera no son llamados inmigrantes). En ese sentido, hace falta trabajar en que el problema no es la gente que se siente española, sino el Estado español, de la misma manera que también lo sería un eventual Estado catalán.

– Para el carro, lo que la gente está pidiendo, ¿no es un Estado propio?-

Una tentativa de discurso y posicionamiento

Pues sí. Entonces las y los anarquistas no deberíamos de pintar nada. A menos que seamos hábiles.

Se puede ver que se pide un Estado propio, pero también una descentralización y que la voluntad popular sea ejercida a través de una votación. Podemos recordar que los Estados son enemigos de estos factores y que hemos de construir nuestras propias instituciones. Se puede ver como una batalla entre españoles y catalanes, pero tenemos que recordar que los mismos problemas que sufren los habitantes de Cataluña, son los mismos que los que sufren al resto del Estado. Se puede ver como un movimiento dirigido por burgueses. Hasta que un día pueda quizás se plantea una huelga general recordando que no queremos amos de ningún tipo…

Ahora mismo es un momento de conflicto que no deberíamos desaprovechar. Debatámoslo, posicionémonos y avancemos hacia la construcción de herramientas liberadoras. Porque recordemos, que se está planteando desobediencia a la búsqueda de la libertad. Tenemos que ser críticos con todo esto y explicar lo que las y los anarquistas entendemos por libertad, nunca en clave evangelista y mirando por encima de las espaldas. Quizás así nos demos cuenta de que tenemos más en común de lo que pensamos, porque sin lo común, no hay comunidad, no hay anarquía.

Y por si no queda claro, ningún pacto con la burguesía.

Víctor A

7 de Octubre de 2014.

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