[Recomendación] ¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria?

Dado que esta recomendación de domingo llega un poco tarde, os dejo un texto más bien cortito (pero de gran interés). Es un extracto del Ateneo Virtual que podéis visitar en ALasBarricadas.org, y lleva por título «¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria?»

En este texto encontraréis referencias a los roles que la familia, el nacionalismo, y el patriarcado tienen sobre la génesis de la mente autoritaria. Una buena lectura para cerrar una buena semana.

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La base del fascismo griego no nos dista tanto

«Gracias, Grecia. Nuestra Herencia» es el título del famoso vídeo que unes estudiantes de instituto en Murcia hicieron en honor a la «cultura griega.» En un intento de dar ánimo a la sociedad griega—que tan malamente lo está pasando a causa de la crisis capitalista—, les chavales enumeran en el vídeo una gran lista de elementos altamente valorados: que si filosofía, que si dialéctica, que si democracia… Pero con tanto «que si esto» y «que si lo otro» lo que hicieron no fue otra cosa que reproducir, una vez más, la base del ultranacionalismo griego que todo el mundo acepta sin rechistar.

El primer atropello que me viene a la cabeza es el querer identificar la sociedad actual del Estado griego con la sociedad ateniense—entre otras polis independientes—de la época clásica. Nada, absolutamente nada, tiene que ver la una con la otra, y si hoy en día la historia oficial dibuja un continuo histórico entre la Atenas de Sócrates y la Atenas del capital en crisis es por cuestiones nacionalistas. Si atendemos un poco a la historia de la creación del Estado griego, veremos con facilidad que el movimiento nacionalista se sirvió desde un primer momento de la historia de las personas que vivieron en la península siglos atrás, aunque poco o nada tuvieran en común. Las gentes de eso que hoy llamamos «Grecia» estuvieron por siglos separadas en ciudades independientes, para posteriormente pasar a estar bajo dominio Otomano por unos cuatro siglos. En esos cuatrocientos años nada de lo que se cocía en Europa pasó a «Grecia.» Ni el Renacimiento, ni la Ilustración, ni la Revolución Industrial.

La idea de que la sociedad moderna griega desciende directamente de la «Grecia clásica» coge fuerza a principios de siglo XIX, y no lo hace precisamente en territorio griego sino en Europa, donde la gente ilustrada traza una genealogía del pensamiento occidental que lleva directamente a los filósofos de la Grecia clásica. De esta manera se empieza a hablar con fuerza de «la herencia griega», de «las raíces griegas», de «nuestros padres griegos.» La democracia, esa forma de organización política que tantas mentes radicales agitaba en el siglo XIX también era asociada directamente con la Grecia clásica. Esto indudablemente alentó a las fuerzas liberales y conservadoras de Grecia para luchar por la unificación pan-helénica, librándose así del yugo turco. Hasta mediados de siglo XIX no se realiza en la academia ninguna conexión directa entre la «Grecia clásica» y la «moderna.» Lo hace Konstantinos Paparrigopoulos, a pesar de las dudas que el historiador austriaco Fallmerayer—quien dudaba de esta «herencia griega»—puso años antes, específicamente en 1830. El movimiento nacionalista adquirió mucha fuerza dentro de las fronteras, pero sobre todo fuera de ellas—¿sabíais que la «herencia griega» alcanzó tanto caché que en los primeros años de independencia estadounidense se planteó instaurar el griego como idioma oficial en vez de el inglés?

Esta obsesión por lo clásico se refleja muy bien en la educación del Estado griego. Hasta 1976 les chavales aprendían en el colegio una forma «purificada» del griego moderno—o katharevousa. La gente hablaba en su vida cotidiana otro griego, el «griego hablado o demótico.» Pero si algo ha propiciado esta obsesión con las «glorias del pasado» es una sociedad profundamente nacionalista, segura y orgullosa de eso que llaman «su pasado», lo que es indudablemente un gran factor propiciador de cosas como el fascismo—aunque no el único, ni suficiente elemento, desde luego. Pero como todo nacionalismo—todos ellos artificiales y sesgados—, el nacionalismo griego sólo coge del pasado lo que le interesa, y así se olvida de cuatrocientos años de influencia otomana. Ya desde el siglo XIX, cuando se empezó a elaborar el discurso nacionalista-conservador, se identificaba «turco y Turquía» con «barbarie y retraso»—como si las gentes de Grecia hubieran vivido al margen del Imperio Otomano. De la noche a la mañana todas las gentes de la región griega quedaron unificadas bajo el paraguas de un «dorado pasado común», el cual era profundamente anti-turco. El mantenimiento de la estructura de la iglesia ortodoxa también influyó en el sentimiento nacional, pues es otro elemento que les distingue de muchas gentes de Europa.

Y de todo esto bebe el fascismo de Amanecer Dorado. Que si la democracia es un invento suyo. Que si son los maestros de la política y la dialéctica. Que si la civilización europea no es nada sin Grecia. En definitiva, que si lo uno y que si lo otro—lo más estúpido que he leído al respecto es que el sushi japonés es una copia de las dolmades griegas. Vamos, que la humanidad entera estaría perdida sin la Grecia clásica. Gracias Dios por mandarnos a los gladiadores de Amanecer Dorado que protegen nuestra raíces. «Nuestra  herencia.»

El discurso se reproduce por todo el mundo de boca en boca, y lo hace sin despertar sospecha ni crítica. Me consta muy bien que el vídeo de les estudiantes del instituto murciano no fue muy bien recibido por los movimientos anarquistas y de izquierdas, precisamente porque elles están intentando romper con esta idea nacionalista. Los diferentes estados del planeta ya se encargan, a través de los medios de comunicación y de educación, de inculcarnos estas ideas nacionalistas que justifican la existencia de esos aparatos represores que son los estados—los mismos aparatos que alimentan, protegen, y utilizan a grupos fascistas para ejercer su dominación.

Cerrando ya esta opinión, lo peor de todo, diría yo, es que los discursos nacionalistas atraviesan fronteras y adquieran una existencia tan objetiva que la gente los toma por verdades absolutas. Que la «democracia» es un invento «griego» es tan verdad como que el sol saldrá mañana—o así lo piensan muches. Pero lo que es mucho peor: la gente, alentada por la propaganda nacionalista-fascista, acepta que esos «inventores griegos» son los «abuelos de los griegos de hoy.» Alguien les debería recordar los cuatrocientos años de influencia otomana. Pero sobre todo alguien nos debería recordar a todes que todos los nacionalismos son artificiales; no existe en el mundo ni tan siquiera una nación «natural.» Si se quiere, la única nación: la raza humana.

De Atapuerca al Euro

Más de una vez hemos podido escuchar a les polítiques del Partido Popular del Estado español decir que España es una nación antigua, una nación indivisible y única aunque esté dividida, de entre otras formas, en diecisiete comunidades autónomas. De esta manera podíamos escuchar hace más bien poco tiempo a la señora Esperanza Aguirre decir que la nación española tenía no-sé-mil-años, como si se pudiera hablar de «España» como algo identificable a lo largo y ancho de la historia humana.

La derecha española con su característico modo de pensar no tiene ningún problema en trazar la historia de la nación española de Atapuerca al Euro, como si fuera un único continuo sólido e indivisible. España siempre ha existido (al menos desde que a unos monos les dio por ponerse a dos patas y comenzar a patearse todo el planeta desde África). Por su parte, la izquierda institucional, es decir el PSOE, es incapaz de articular un discurso histórico ya sea por una cosa o por otra, pero a mí lo que me da es que la Transición y el tema de la memoria histórica les impide establecer claramente ese discurso histórico que tantes adeptes gana. Porque no nos vamos a engañar; decir que España es una y única desde tiempos de Cristo llama la atención—y por ahí hay mucho despistade.

No obstante, lo cierto y verdad es que las naciones del mundo tienen a lo sumo poco más que trescientos años de antigüedad, de hecho la inmensa mayoría de ellas no llegan ni a los cien años. El concepto de nación nace en la historia moderna como un concepto clave para el desarrollo del capitalismo y su dominación explotadora. Lo primero de todo es no confundir «Estado» con «nación», mucho menos con «Estado-nación.» Los Estados existen desde hace mucho tiempo, milenios, pero a ellos no se les añade una «nación» hasta mediados del siglo XVII con la Paz de Westfalia. El Estado, en pocas palabras, vendría a ser el conjunto de instituciones sociales y jurídicas que administra un territorio dado y ciertas dinámicas que en ese territorio se dan. Sin embargo, el Estado moderno o Estado-nación delimita su territorio claramente sobre el mapa, adjudicándose como propio terrenos, recursos, personas, y economías, sobre todo economías. Hasta entonces, recordemos que por ejemplo Europa estaba fragmentada en un batiburrillo de feudos y territorios gobernados por familias nobles y demás gente de alcurnia.

Pero para convencer a les campesines franceses de que elles son franceses—cuando solamente una minoría menor a un tercio hablaba francés—, o para convencer a la gente de Escocia de que elles también eran parte del Reino Unido, se necesitaba mucho más que un conjunto de instituciones estatales para administrar la vida política y económica del territorio. Y así es como nace la idea de la nación: ese concepto abstracto que une a tantas personas que hasta entonces eran cada una de su padre y de su madre. Y de esta forma en Francia se instaura un sistema centralizado de educación pública que obliga a todes les niñes a aprenderse el mapa de «Francia» así como estudiar la lengua francesa. Así es como a les escoceses se les hace ver que les ingleses no son tan males porque son protestantes como elles, que les males son los franceses porque son católiques. Así nace la gran idea de la nación alemana con dramaturgos y demás escritores que realzan el «sentimiento común» del pueblo alemán.

De esta forma la «nación», que no deja de ser un concepto abstracto y socialmente construido, se interioriza y se integra en la vida diaria de las personas. Así no es de extrañar que la gente piense que Francia ha existido «de toda la vida de Dios.» Qué vamos a decir de España, que al parecer ya hasta los celtíberos sentían los colores de la Selección y gustaban del buen vino a la sombra del ruedo de toros. Lo dicho, España una y grande desde Atapuerca hasta el Euro…

A vueltas con la cuestión nacional

«Trabajadores del mundo, ¡uníos!»
-El manifiesto comunista, Karl Marx

Vivimos en este país un auge de los nacionalismos: tanto de los llamados periféricos (como el vasco o el catalán) como del nacionalismo español y centralista. Es necesario examinar cuales son las consecuencias del fenómeno del nacionalismo para la clase trabajadora y qué intereses lo mueven.

Las candidaturas vasquistas, y aún las soberanistas, obtuvieron buenos resultados en las elecciones generales del año pasado, sumando entre el PNV y Amaiur más de 650.000 votos. De igual modo, este pasado once de septiembre, la «diada«, reunió a un millón y medio de catalanes en una convocatoria nacionalista de corte independentista. Pero ésta es solo una cara de la moneda, también crecen las posturas que desean una España centralizada y en la que no haya lugar para los nacionalismos periféricos.
Ante esta coyuntura, veo necesario realizar un análisis en profundidad del desarrollo del nacionalismo, del propio concepto de nación y de la postura obrera y libertaria al respecto de este movimiento.

¿Qué es nación?
Habitualmente se distingue nación de patria y nacionalismo de patriotismo.
Una nación se suele definir como un conjunto humano con una historia y cultura común, así como con unos intereses comunes. La patria suele denominar a la tierra natal de uno, aquella en la que se crió. Sin embargo, vemos que los llamados patriotas suelen reinvindicar con actitud nacionalista. Ese patriotismo español que defiende la unidad de España, su destino manifiesto, su lengua, sus tradiciones ¿En qué se distingue de lo que hemos dicho del nacionalismo? Consideraré pues que nacionalismo y patriotismo son términos perfectamente sinónimos, cuya única diferencia está en el uso político que se hace de ellos. Yo no soy patriota, soy nacionalista, dice el catalán. Yo no soy nacionalista, soy patriota, dice el español. Yo no soy patriota, soy abertzale (patriota), dice el vasco.
Quiero destacar que he dicho aquí que en la definición de nación suele incluirse que reune a un conjunto humano con unos intereses comunes. ¿Son los mismos intereses los del capitalista industrial catalán que los del obrero catalán? ¿Los del pescador gallego que los del patrón gallego? ¿Los del jornalero andaluz que los del terrateniente andaluz? No, en absoluto. El nacionalismo cumple aquí una función: La negación de la lucha de clases. Cuando capitalista y trabajador son reunidos bajo la misma bandera olvida el trabajador que pertenece a una clase con intereses contrarios.

El origen del nacionalismo.
Éste es un fenómeno de origen burgués. Se desarrolla en Francia durante su revolución burguesa con el objetivo de que las clases populosas supeditaran sus intereses a los de la burguesía revolucionaria, participando en sus procesos y en sus fuerzas militares «Aux armes, citoyens!». De tal forma, el político de la revolución Abate Sieyès consideraba que solo eran parte de la nación francesa los sectores no privilegiados (el tecer estamento: burguesía y clase trabajadora).[1] Así conseguía la burguesía que los trabajadores actuaran según los intereses de la nación, que no eran otros que los de la propia burguesía, dejando fuera a los estamentos privilegiados a los que se quería desplazar. Un fenómeno similar se daría en los Estados Unidos, donde la nación se crea durante su guerra de la independencia.
Durante las guerras napoleónicas el nacionalismo se desarrollaría como oposición al invasor, de nuevo para que los intereses de los trabajadores y campesinos se unieran a los de las oligarquías antinapoleónicas. Este es el caso por ejemplo de España, donde se dan procesos de construcción de una identidad española como oposición a «lo francés» (Si el francés era liberal, laico y republicano, el español debía ser tradicionalista, católico y monárquico).
Posteriormente se darían procesos de construcción nacional paralelos a la construcción de nuevos Estados. Es el caso de Alemania o de Italia. De nuevo encontramos aquí a un elemento popular participando de los intereses de la oligarquía de construir Estados desde los que explotar mercados nacionales.

Nacionalismo en España.
Hemos hablado ya de cómo surge el nacionalismo español como respuesta a la invasión napoleónica. Este nacionalismo iría evolucionando, teniendo como siempre al ejército español como garante, hacia una visión que ha podido ser, según variaba el componente dominante: liberal o conservador, monárquico o republicano, pero casi siempre centralista, pues a la oligarquía española nada le ha venido mejor que un Estado centralizado.
Pero no todo aquí es la oligarquía del centro de la península. Hay dos lugares donde se desarrollan rápidamente núcleos industriales: El país vasco y Cataluña. Es por ello que florece aquí una burguesía que, para defender sus intereses frente a la oligarquía española, se vuelve nacionalista y pretende construir naciones. ¿Quiere decir ésto que no existía la nación vasca o catalana antes de ello? Si, exactamente. Lo que si que existía era el pueblo vasco y catalán, con particularidades culturales y lingüísticas propias, pero como veremos posteriormente nación no es igual a pueblo.
En otros lugares como Galicia, Andalucía o Aragón se darían también estos procesos nacionalistas, aunque a una menor escala. El nacionalismo periférico llegaría a convertirse, a comienzos del siglo pasado, en el principal rival de las organizaciones obreras, enfocando a la clase trabajadora contra la burguesía española, en lugar de contra la burguesía en general.

Pueblos y naciones.
Decía Bakunin que el Estado había logrado confundirse con el pueblo, de tal forma que los intereses de un pueblo coincidieran con los del Estado.[2] Considero que decir esto es incompleto. Habiendo examinado los orígenes del nacionalismo no nos equivocaríamos si dijéramos que si el Estado es la herramienta de opresión estructural de la clase dominante, el nacionalismo o patriotismo es una herramientra de opresión ideológica de la misma forma que lo es la religión y que es utilizada por las clases dominantes de la misma forma.
Existen sin embargo formas culturales que podemos identificar como pueblos, y que en ocasiones coinciden con las construcciones nacionales. Así, por ejemplo, antes de que surgiera el PNV y el nacionalismo vasco, ya existía un pueblo vasco con una lengua propia, unas tradiciones propias y unas formas económicas y políticas propias, que abominaban de aquellos maquetos que venían de fuera a imponerles su idioma y legislación. Y ésto es aplicable a muchos otros pueblos.
Sin embargo, al contrario de las naciones, los pueblos no tienen fronteras. Las naciones, como construcciones ideológicas, son excluyentes y tienen unos límites marcados, que en el caso de los Estados-Nación corresponderán a los límites de esos Estados. Pero los pueblos, que son realidades culturales, no las poseen, pues la cultura posee graduaciones. ¿Tiene culturalmente más que ver un gallego con un portugués del norte o con un murciano? La respuesta para muchos es obvia y, sin embargo, el nacionalismo español quiere incluirlos en la misma nación. ¿Un habitante del valle de Arán, que habla lengua occitana, pertenece a la nación catalana o a la occitana? Es difícil decirlo, los pueblos no son compartimentos estancos y existe un intercambio cultural perpetuo entre ellos. Son los pueblos, y no las naciones, los que pueden hermanarse y llevar a cabo relaciones de igual a igual.
Queda clara con esto la diferencia entre los pueblos, producto de un desarrollo histórico, social y cultural, y las naciones, que son construcciones ideológicas.

Internacionalismo.
Identificando el problema de la división de la clase trabajadora en múltiples naciones, los padres del socialismo moderno (en sus vertientes marxista o anarquista) no tardaron en defender que la fuerza del proletariado radicaba en su unión internacional.
Marx participaba en 1864 en la AIT, primer proyecto de organización del proletariado mundial, en la que se defendía que «la emancipación del trabajo no era un proceso ni local ni nacional, sino social«[3] y que por ello comprometía a los trabajadores de todos los países. Bakunin, que también participó en la AIT, defendía por su parte que, al igual que los burgueses se agruparon internacionalmente (a través de la francmasonería) durante su periodo revolucionario, los trabajadores, la nueva clase revolucionaria, debían también unirse internacionalmente, superando el patriotismo local y alcanzando la fraternidad de los pueblos.[2][4]
Se crea pues la postura del internacionalismo proletario, que pone por encima de las naciones los intereses de la clase trabajadora internacional. El líder bolchevique Vladimir Lenin sostenía que, si bien es necesario realizar una lucha nacional, pues es a nivel de los Estados-nación como se organiza la burguesía, no deja por ello de ser igualmente necesaria la unión internacional del proletariado. Se hace de igual modo importante atender a las realidades nacionales de cada territorio, producto de «la correlación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado locales [5]. Esto tiene especialmente relación con el fenómeno del imperialismo. Lenin analiza cómo el capitalismo, en sus últimas fases de desarrollo, se caracteriza por el surgimiento de la burguesía imperialista que derriba naciones para conquistar nuevos mercados a explotar[6], lo que provoca relaciones de sumisión económica de los pueblos que sufren el imperialismo por parte de aquellos que lo ejercen.
Llegados a este punto es donde entran en juego las luchas de liberación nacional, que no son otras que aquellas que buscan la liberación de estos pueblos del imperialismo que sufren. Sin embargo, estas luchas pueden estar encabezadas por la burguesía local, que impulsa a los trabajadores a seguir sus intereses. Es importante pues que éstas luchas de liberación nacional estén impulsadas por la clase trabajadora y vayan hacia la creación del socialismo. Destacarían, actualmente, la lucha de los indígenas de Chiapas encabezada por el EZLN o la lucha del pueblo kurdo que lleva el PKK y que ha adoptado los principios del confederalismo democrático, de inspiración libertaria.
Existe una postura que va más allá del internacionalismo proletario: el anacionalismo, también conocido por su nombre en esperanto: sennaciismo. Tal defiende que los trabajadores no deben atender a nacionalidades, sino únicamente a su hermanamiento como clase trabajadora internacional. Es una postura defendida clásicamente por el sector obrero del esperantismo[7], así como por ciertos anarquistas y otros socialistas.

Aquí y ahora.
Como decía a principios de este artículo, en España se están fortaleciendo las posturas nacionalistas (españolas o periféricas). Esto no es extraño si consideramos que vivimos en una época de reacción generalizada, en la que la burguesía está propinando fuertes golpes en forma de eliminación de las conquistas laborales y sociales.
Es muy conveniente para la burguesía catalana alzar la bandera de la independencia, presentando a España como el problema, consiguiendo que la clase trabajadora catalana, el pueblo catalán, olvide por un momento que su derecho a una sanidad pública es violado por esa misma burguesía. También le viene muy bien a la oligarquía española el señalar a Cataluña o a Euskadi, provocando odios xenofóbios entre los propios habitantes del Estado español (no hablar ya de su política contra los extranjeros) y la división de los trabajadores cuyas conquistas ataca a diario.
No debemos olvidar que pertenezcamos al pueblo catalán, vasco, aragonés o castellano nuestros intereses deben ser los mismos: La emancipación de los trabajadores como clase y que nuestra división es nuestra debilidad. Como dijo cierto personaje «debemos remar todos en la misma dirección» si, y esa dirección es justo la contraria a la que reman ellos.
En una época en la que la burguesía europea derriba las naciones (lo estamos viendo: la construcción de un nuevo Estado-nación europeo que ya ha absorvido al sur de Europa) construidas hace siglos, la división del proletariado en naciones solo puede ser contraproducente.

[1] SIEYÈS, J. Enmanuelle, ¿Qué es el Tercer Estado?, París, 1789.
[2] BAKUNIN, Mijail, La libertad, «Obras Completas», México, Grijalbo, 1972.
[3] Asociación Internacional de los Trabajadores, Estatutos provisionales, Londres 1864.
[4] BAKUNIN, Mijail, Sobre el patriotismo, «Le Progrès», Ginebra, Febrero-Octubre 1869.
[5] ILICH, Vladimir «Lenin», Notas críticas sobre la cuestión nacional, Moscú, Progreso, 1974.
[6] ILICH, Vladimir «Lenin», El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, Ediciones en lenguas extranjeras, 1975.
[7] Sennacieca Asocio Tutmonda (Asociación Mundial Anacional), http://www.satesperanto.org/

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