Construyamos un movimiento libertario juntas

El rumor de diferentes amigos y amigas, personas queridas, que quieren ir a buscarse la vida en otro país de la Europa rica crece día a día. Algún colega joven ya le ha tocado, sus dos padres están en paro. Compañeras que dejan de estudiar porque no se lo pueden permitir. Compañeros migrantes que frecuentan los container en busca de cualquier cosa para vender o para comer, y les toca menos porque cada vez hay más competencia, con diferentes perfiles cada vez más diversificados. Podría seguir describiendo los tiempos que nos han tocado vivir, el mundo en el que vivíamos se está hundiendo.

Lo sabemos, el capitalismo no se detendrá. No saldremos de la crisis. Quizá vuelva a reducirse el paro (o no …) pero la precarización aumenta con cada reforma laboral a medida que el capital no encuentra una respuesta capaz de plantarle cara, aunque lo intentamos detener con todas nuestras fuerzas . La competencia aumenta entre las clases populares para acceder a los bienes materiales. El sistema era genocida antes, y ahora está enseñando su verdadero rostro al «Primer Mundo». ¿Cómo podemos hacer frente a esta situación, desde una óptica libertaria?

Construyendo un proyecto colectivo. Al capital le interesa la destrucción del tejido solidario, un hito que en buena parte ha conseguido, y con la crisis resurgen mecanismos para cubrir  las necesidades de las personas que no pueden ser satisfechas por el dinero ni el desapareciendo «Estado del Bienestar». Obviamente no existen las recetas mágicas, y la dirección de este proyecto debe ser fruto del consenso de las integrantes, pero es muy posible que si no logramos construir un movimiento propio y no conseguimos incidir con nuestro discurso, otros lo hagan. Siendo conscientes de que hablamos de diferentes contextos, podemos ver el ejemplo de «Amanecer Dorado».

¿Movimiento Libertario?

Para empezar, debo explicitar que escribo desde una experiencia joven. Cuando quise empezar mi referente era la CNT y más tarde me crecer y esperé a entrar en la FEL, pero nunca llegué a entrar en esta porque desapareció. Por motivos geográficos nunca pude acercarme a un sindicato, y cuando lo hice vi que su realidad y la mía eran totalmente diferentes, y después de formar una asamblea libertaria con la gente cercana propusimos hacer alguna manifestación unitaria (con otros colectivos como CGT) y la contestación fue una apasionada respuesta recordando viejos tiempos de la Transición. A pesar de tener cosas en común, la realidad de cada sindicato es diferente en cada localidad (algo que  se debería recordar siempre) y aquí me defraudaron mucho.

Cito el tema sindical porque durante los últimos dos años aproximadamente se han ido constituyendo asambleas y colectivos libertarios en diferentes barrios, ciudades y universidades. Estas estructuras quizás pueden facilitar más la entrada de jóvenes que quizás hasta ahora no podían entrar a un sindicato por sus propias dinámicas, produciendo así dificultades al recambio generacional. Aunque es importante lo que sucedió, tenemos que ser conscientes de que hablamos de dos contextos diferentes,  y a veces las posturas no se acercan por peleas estancadas en décadas anteriores, y si esto le sumamos el misticismo del 36, parece que algunos vivimos aun en el pasado. La historia es importante, pero si queremos cambiar el presente no podemos vivir en ella, vivimos en tiempos diferentes.

Dejando de lado estos temas, ¿podemos hablar de movimiento libertario? La sensación que hay ahora, que quizá empezará a cambiar, es la falta de red y de mecanismos colectivos entre los afines, y por otro lado la gran diferencia ideológica. Personalmente creo que como anarquistas deberíamos valorar las diferencias positivamente como un ejercicio antidogmático, pero siempre encontramos posturas que se contraponen en dicotomías que fácilmente terminan peleándose en vez de intentar comprender al otro, a buscar los puntos en común y saber aceptar las diferencias, siendo conscientes de que todo el mundo tiene contradicciones y que nunca las podremos salvar todas. Dicotomías clásicas como «Aislamiento» vs «Sumar luchas», «Anarquismo social» vs Insurrecionalismo, Lucha política en la ciudad vs proyecto utópico en el campo…

Organización y Anarquismo

Conectar colectivos es conectar experiencias y recursos, y así podremos crecer cualitativamente en nuestra capacidad de incidencia en la sociedad. Aunque algunas personas sientan aversión hacia las siguientes palabras, unas estructuras sólidas permiten conectar la experiencia generacional, que de otra manera es más difícil de mantener, y así los colectivos se crean y se destruyen cíclicamente perdiendo energías. En mi opinión, en algún momento también se deberá conectar la lucha con los sindicatos libertarios e intentar romper el estancamiento que todavía se produce en algunas localidades…esto quizá implicara mucha reflexión y trabajo de replanteamiento por parte de las «dos partes».

Por otro lado si la palabra organización nos da miedo, debemos tener en cuenta que (al menos la gente que se declara anarquista que conozco) en su visión sobre una utopía libertaria, las decisiones las tomarían entre todas, de manera organizada. La organización no es mala por sí misma, sólo tenemos que ser conscientes de la cultura en la que hemos nacido e intentar combatir los posibles autoritarismos que aparecían, hacia fuera y hacia adentro, aunque no sea fácil.

Y finalmente, para combatir la situación que nos ha tocado vivir, hacen falta mensajes positivos. Ya tenemos claro que queremos destruir este mundo, pero con la alienación diaria que nos toca luchar para que no se apoderen de nosotros nos hace falta ser capaces de imaginar un mundo mejor y pensar de que es posible. Hablar en clave positiva también es una manera de que la gente sea capaz de salir de la resignación y conectar con nuestras ideas.

*Este artículo esta escrito desde una visión de un joven y desde el ámbito de Catalunya.

Anónimo

Entre anarquistas

«Somos ricos en palabras y en ideas. Seamos ricos en hechos, que es así como mejor se afirma el ideal.»  Con esta frase de Ricardo Mella marco el tema central de este artículo, fruto de la reflexión y el debate, y que desde aquí planteamos la cuestión del salto de la rica teoría anarquista a la praxis, de cuál es el método más adecuado para ser una herramienta efectiva en la lucha social. En torno a este tema surgieron muy diversos métodos organizativos que han sido resultados de análisis sobre la realidad. A partir de allí, se debería haber acumulado suficiente material teórico y experiencias como para dar ese importante salto a la práctica. Ciertamente, existe en casi todo el mundo presencia anarquista en la sociedad, pero sigue habiendo anarquistas que todavía no han encontrado una manera de dar ese salto y se debaten entre uno u otro método.

Entiéndase que no es una batalla entre anarquistas organizados contra anarquistas anti-organizadores, no es necesario echar más leña al fuego y avivar un conflicto innecesario. En aspectos teóricos existe una enorme diferencia entre los corpus teóricos desarrollados por el anarquismo social y el individualista/antisocial, pero solo en el campo de la praxis corroboraremos quiénes han conseguido resultados positivos en la lucha, en qué habremos fallado y qué métodos organizativos, tácticas y estrategias resultarán efectivas como herramientas para el avance en la lucha social, si los esfuerzos y el trabajo invertidos habrán valido la pena en pos de la creación de bases sociales revolucionarias.

Teniendo en cuenta que el principio fundamental del anarquismo es la libertad, deberíamos dejar que las distintas corrientes se desarrollen en la praxis, pero sin olvidar la autocrítica y el debate entre las ellas dentro del anarquismo. Con el tiempo, finalmente verificaremos, tras haber reflexionado y hecho unos balances en torno a la trayectoria práctica, quiénes han acertado en sus análisis de la realidad social y material, quiénes habrán sabido articular una respuesta capaz de hacer frente al capitalismo y al Estado, quiénes habrán sido capaces de generar una situación revolucionaria y comenzar en la construcción de una sociedad nueva.

En estos momentos, el movimiento anarquista en general sigue siendo minoritario, pero es fundamental que sepamos salir de los márgenes, de los chiringuitos y los ghettos para dar el salto a la participación activa en los movimientos sociales populares, sobre todo en estos tiempos en que el neoliberalismo está avanzando con la excusa de la crisis. El papel de las minorías revolucionarias no es el aislamiento del resto de la sociedad ni de constituirse en una supuesta vanguardia que vaya a guiar las masas hacia su liberación, sino la de radicalizar las luchas sociales estando presentes en ellas, fomentando la participación activa de todo aquel que desee un cambio y esté dispuesto a luchar conjuntamente con el resto, de pasar a exigir y pedir a plantear soluciones desde perspectivas no autoritarias y en base a la cooperación y la solidaridad.

Por todo ello, es de vital importancia que los anarquistas nos organicemos y nos planteemos como una alternativa política posible y necesaria en la sociedad, no al margen de ella. En definitiva, crear poder popular, entendido ésto como a capacitación del pueblo para conseguir sus reivindicaciones.

Sentando las bases

El maremagnum de grupos, colectivos, sindicatos y organizaciones anarquistas (o que comparten métodos o finalidades con el anarquismo) ha sido incapaz en los últimos años de sentar unas bases comunes que marquen su actividad conjunta. Como resultado de esta carencia, no resulta raro el espectáculo de grupos pretendidamente afines que defienden públicamente posiciones contrarias, bien a nivel de objetivos o bien a nivel de estrategias. Incluso existen grupos objetivamente cercanos que pasan a considerarse enfrentados por diferencias de una importancia bastante relativa. No son despreciables las rupturas y otros problemas derivados de toda esta oposición.

Sin querer acabar con la heterogeneidad del movimiento, sí que considero esencial empezar a expresarnos públicamente de manera colectiva, en base a un programa de mínimos concreto y asumible por todos, que hable de qué sociedad aspiramos a construir los libertarios y cómo vamos a avanzar hacia ella en el corto plazo. Para alcanzar dicho consenso resulta fundamental llevar los debates y la diversidad de propuestas al seno del movimiento, de manera que de las conclusiones de esos debates salgan unas nociones comunes para expresarnos políticamente. ¿Qué pasos vamos a dar en los próximos meses y años los anarquistas? ¿Qué estrategias vamos a seguir? Es necesario un proceso que eleve estas preguntas desde la asamblea del colectivo en la que participamos a un nivel superior, el del movimiento en el que esa asamblea se enmarca. A ese nivel nunca hay debate, porque apenas existen espacios para desarrollarlo.

Este mismo sitio web, Regeneración, ha sido un modesto intento de conseguir un espacio para el debate razonado entre libertarios de tendencias diversas. Aunque nace lastrado por la dificultad de expresar conclusiones en el medio virtual, lo cierto es que algunos de los debates que se han abierto resultan necesarios y están todavía sobre la mesa. Solo se echa en falta que más tendencias dentro de lo libertario se animen a expresar sus posiciones. Por supuesto existen otros espacios, cada uno con sus particularidades: El foro alasbarricadas.org, la revista Estudios…

Otra problemática que se repite en los pocos debates que tienen lugar dentro del movimiento es la posición de trincheras, la incapacidad de aceptar los argumentos contrarios. También una tendencia a reproducir los enfrentamientos personales en enfrentamientos políticos sinsentido. Una serie de prácticas que pesan como una losa a la hora de tratar de avanzar. Eso solo puede solucionarse con la apuesta firme de todos los implicados en este tipo de miserias por acabar con ellas, demostrando una altura de miras suficiente que ponga el interés general por encima de las aspiraciones particulares.

Finalmente, el desarrollo de un movimiento necesita de unos actores que no aparezcan súbitamente, ardan durante un par de años como máximo y desaparezcan repentinamente sin dejar apenas rastro (bien por cansancio, por un cambio en las condiciones vitales de sus miembros o por la incapacidad de asumir el golpe represivo derivado de su actuación). La dinámica de los grupos efímeros es incompatible con la construcción de unas líneas comunes de actuación. Estos grupos pueden tener su papel, pero en ningún caso pueden sustituir la necesidad de organizaciones que trabajen de manera continuada en temáticas diversas, de manera que acumulen experiencia, contactos, etc. Precisamente por su capacidad de mantenerse en el tiempo estas organizaciones podrán constituir las bases de un proyecto colectivo que no desaparezca a las primeras de cambio y tenga que reinventarse reiteradamente.

Una propuesta práctica para iniciar el trabajo en común

Para el avance cualitativo de nuestras prácticas resulta esencial un proceso amplio de debate, que ponga sobre la mesa los objetivos a corto plazo, las lineas estratégicas sobre las que trabajar y las formas de organización desde las que realizar dicho trabajo. Dicho debate debe partir de diversos análisis sobre la realidad presente y concretarse finalmente en unas conclusiones que definan el proyecto político de los anarquistas. Análisis que, al estilo de las diferentes comisiones existentes en algunas asambleas del 15M, pueden centrarse en temáticas concretas: Laboral, Barrio, Juventud, Economía…

Asímismo deben surgir espacios donde compartir los distintos análisis y confrontarlos unos con otros. Espacios desde donde extraer unas conclusiones compartidas que marquen nuestra actividad futura. En todo este proceso deberán participar todos los grupos libertarios que, en un sentido amplio, aspiran a un cambio social que parta de la sociedad misma (o de una gran parte de esta).

Sobra decir que todo este trabajo está por hacer. En general, nuestros análisis son escasos, anticuados o simplistas. El análisis del capitalismo o del Estado que hacen muchos autores clásicos no se adapta al contexto presente, por mucho que nos empeñemos en adecuar el presente con calzador a nuestros esquemas. Nuestros panfletos son una serie de lugares comunes repetidos decenas de veces, verdades autoasumidas que rara vez ayudan a clarificar posiciones o a saber qué tenemos que hacer. Desde esta incapacidad para analizar la realidad presente es imposible influir positivamente en la sociedad. De ahí también que en ocasiones acabemos haciéndole el juego a la derecha o a la socialdemocracia, incapaces de presentarnos como una fuerza en sí misma.

También, como ya hemos indicado, están por definir los tiempos y los espacios en los que dichos debates podrían tener lugar. Los medios de contrainformación (virtuales o en papel) son una buena herramienta para comenzar, pero en ningún caso son suficiente. Es necesario desarrollar encuentros presenciales a nivel local y regional, con unas líneas de debate y unos textos conocidos de antemano, con un funcionamiento acordado por los grupos participantes. Encuentros que se desarrollen con la voluntad de llegar a acuerdos que sean de algún modo vinculantes para las organizaciones.

Por último, resulta necesario ser capaces de trasladar estas conclusiones a la sociedad. Exteriorizar qué es a lo que aspiramos, por qué, cuáles son nuestras propuestas de futuro a corto y medio plazo, nuestras estrategias… Solo de ese modo podremos ir más allá de la difusión ideologizada y empezar a enganchar con las prácticas de los movimientos sociales. Volviendo a ser un actor político relevante con ideas y propuestas para mejorar las cosas desde hoy mismo. Para que este proceso de ruptura con el gueto pueda tener lugar resulta esencial participar en los movimientos sociales, desde un propuesta específicamente libertaria pero sin pretender forzar sus tiempos y dinámicas. Tenemos que ser capaces de potenciar las propuestas más avanzadas del movimiento sin aspirar a dirigirlo o ejercer de vanguardia. Defender nuestras posiciones y no quemarnos si no son aceptadas. Comprometernos a trabajar y no poner trabas si las decisiones no son las que desearíamos. Ser críticos sin ser destructivos.

¿Por dónde empezamos?

Esta quizá sea la pregunta clave. Son muchas cosas por hacer y la mayoría no sabemos ni por dónde empezar. Lejos de tratarse solo de construir, los problemas enquistados dentro del movimiento muchas veces tiran abajo cualquier intento antes incluso de echar a andar.

A nivel individual, es fundamental repensar qué dinámicas negativas estamos reproduciendo: enfrentamientos personales, actitudes intransigentes, falta de compromiso y de humildad… Son problemas que no tienen otra solución que volverlos conscientes en uno mismo y comprometerse a cambiarlos, empezando a participar de una manera más constructiva, abierta y honesta.

También resulta necesario acabar con los chiringuitos, tan comunes en la izquierda, montados ante todo para reafirmarnos a nosotros mismos. Tenemos la tendencia a movernos en los espacios donde tenemos cierto reconocimiento y nos sentimos cómodos. En el momento en el que esos espacios se abren y entra gente nueva, surgen problemas debido a que esa renovación pone en cuestión nuestro antiguo estatus dentro del grupo. Esto da lugar a escisiones que, justificadas de las formas más rocambolescas, no son más que chiringuitos montados únicamente por cuestiones personales y no por diferencias políticas de calado.

Por cuestiones similares, tendemos a crear nuevos grupos antes de participar en los ya existentes. La mayoría de grupos desaparece, más que por una decisión consciente, por una falta de relevo. Es hasta cierto punto comprensible que conforme cambia la situación vital de los militantes de un proyecto, estos se vean obligados a abandonarlo o minimizar las responsabilidades que pueden asumir respecto al colectivo. Es necesario que los grupos gestionen este relevo, pero también que las personas que puedan dárselo se comprometan con los proyectos ya existentes más que comenzar desde cero y duplicar trabajo. Para ello también es necesario, por parte de los antiguos miembros, saber llegar a acuerdos respecto a los cambios en las lineas generales del colectivo ante la entrada de nuevos miembros y, por parte de quien entra a participar, respetar las decisiones y el trabajo acumulado durante la existencia del grupo.

A nivel colectivo, debemos asumir una visión de conjunto e ir más allá del trabajo de nuestra propia asamblea. Empezar a desarrollar análisis en el terreno en que nos movemos y compartirlos con el resto de grupos. Empezar a organizar espacios de debate con colectivos cercanos (ya sea geográficamente o de temáticas tratadas) para construir redes de apoyo y de debate. Utilizar los medios que ya existen para presentar estos análisis y para confrontarlos con los de otras organizaciones afines, de manera que se genere un proceso de debate con perspectivas de cierta confluencia, con el objetivo de desarrollar las líneas de un programa común de los libertarios.

Si sabemos hacerlo, puede que recuperemos el anarquismo como movimiento con capacidad de influenciar la realidad social y alterar el futuro. En definitiva, está en nuestras manos abandonar la marginalidad y reconstruirnos como movimiento revolucionario.

Vía institucional, falsas ilusiones y organización popular

Eduardo Pérez

 “A los jóvenes del 15-M: fundad un partido y nosotros os lo financiaremos para que seáis como el resto” (El Roto)

De un tiempo a esta parte, se vienen repitiendo en algunos ámbitos de los movimientos sociales de izquierda análisis que propugnan, de una forma u otra, dar el salto hacia la política institucional. Por otro lado, la socialdemocracia clásica (IU y sus variantes) redobla su discurso, ya conocido, de intentar cooptar a estos movimientos sociales. Mientras que los intentos de IU, presa del recelo que despierta su papel histórico y su estructura interna, por el momento no han tenido mucho éxito, Catalunya ha sido el espacio de experimentación del autodenominado “caballo de Troya” en las instituciones del régimen. Características específicas de Catalunya, como el auge autodeterminista y la “necesidad de posicionarse en un momento histórico”, así como la habilidad por parte del independentismo de izquierda para abrirse a sectores de los movimientos sociales de los que ya formaba parte, con una práctica más horizontal que la acostumbrada por las verticales estructuras partidistas, ha favorecido que el “salto” se haya producido allí antes que en otro territorio.

Es probable que entre los activistas que defienden la participación institucional podamos encontrar personas ávidas de poder, fama o simplemente un sueldo digno, cuestiones que el ingrato activismo de base desde luego no garantiza. Sin embargo, para entender este cambio de discurso en unos movimientos sociales que tradicionalmente rechazaban o al menos ignoraban la participación en los órganos políticos del régimen, no basta con reduccionismos simplistas sino que hay que referirse a la situación política que se vive en el Estado español.

En primer lugar, ésta se caracteriza por una clase política, capitaneada por el bipartidista PPSOE, muy deslegitimada por su papel de gestora del huracán neoliberal en que nos ha sumido la dinámica del capitalismo global. No parece probable que a corto plazo éstos puedan ser sustituidos por partidos satélites como IU y UPyD, que por diversas circunstancias están lejos de alcanzar a sus hermanos mayores y desde luego no prometen nada especialmente diferente. La clase política o partitocracia nunca ha sido muy popular, manteniéndose sin problemas debido a la falta de alternativas y el sentimiento del “mal menor” en uno u otro sentido del espectro ideológico, pero ahora vive una de sus horas más bajas.

En segundo lugar, el proceso de movilización, tanto del 15-M como en sus repeticiones más o menos periódicas, como en la resistencia a las políticas neoliberales de saqueo generalizado impuestas primero por José Luis Rodríguez Zapatero y después por Mariano Rajoy, ha logrado escasas victorias.

Considerando ambas circunstancias, el razonamiento para entrar en las instituciones políticas del régimen puede argumentar fácilmente dos cuestiones. Primero, “si no nos representan, busquemos una nueva representación”. Segundo, “si no nos hacen caso en la calle, intentémoslo en las instituciones”.

“Una nueva representación”

Siempre quedó la duda de a qué se referían los millones de personas que en mayo-junio de 2011 gritaban “No nos representan”. ¿Quién no nos representa? Si son los políticos actuales, se pueden buscar otros que actúen de otra manera. Si es el sistema político

como tal, no hacemos nada ahí dentro. Quienes abogan por la participación institucional parecen inclinarse por la primera respuesta y, según versiones, proponen una entrada en las instituciones pero teniendo en cuenta consideraciones como la necesidad de una base asamblearia y participativa, con representantes obligados a respetar las decisiones desde abajo, etc.

El problema con este argumento es que considera al Estado como un órgano neutro, el cual puede virar hacia un lado u otro teniendo en cuenta la voluntad de quien ocupa sus cargos. Es un razonamiento sin base histórica y completamente utópico, que se olvida de que todas las formaciones que han intentado hacerse con el Estado han mutado de forma más o menos rápida, independientemente de su radicalidad inicial, y se han convertido en engranajes del Estado capitalista, llamado así precisamente porque sirve a quien sirve. Quizá deberíamos repasar la historia de movimientos sociales mucho más potentes y radicales que los nuestros que, tras la oleada de contestación de los ’60 y ’70 en distintos países, decidieron convertirse en “caballos de Troya”. Resultó que el caballo de Troya se lo habían metido a ellos. Lo mismo podemos decir de la socialdemocracia original: el PSOE, por extraño que parezca, no ha sido siempre este engendro capitalista, sino que en sus inicios tenía como objetivo conseguir una sociedad gestionada por los trabajadores. Pero buscaba hacerlo a través de las instituciones, y así ha acabado.

Además, es idealista (en el peor sentido de la palabra) pensar que el funcionamiento de unos cargos públicos puede someterse a los designios democráticos. Precisamente todo el entramado institucional español está diseñado para que funcione de forma antidemocrática, y los cargos públicos son absolutamente independientes de quienes les han colocado ahí con sus votos o con su trabajo de base. No son movimiento, son partitocracia. El Estado no es un centro social ni una asamblea en la Puerta del Sol, y no entiende ni de democracia, ni de participación ni de horizontalidad. La deformación total o parcial de la forma de funcionamiento que se defiende como justa es un riesgo que por lo menos deberían valorar quienes apuesten por la vía institucional.

“No nos hacen caso”

El segundo argumento es más comprensible. En efecto, el ciclo de movilizaciones 2011-2013 ha sido bastante potente en comparación con el período anterior. Los resultados de la movilización, del cansancio, los porrazos y las multas no son precisamente maravillosos. De hecho, cada vez estamos peor. Así que, ¿por qué no intentar entrar en las instituciones?

Responderé primero a la pregunta antes de adentrarme en nuestra falta de efectividad. Insistimos de nuevo en la memoria histórica, que no consiste sólo en saber a cuánta gente mató Franco sino en analizar el pasado para no repetir lo que no funciona. El mayor número de diputados y cargos públicos procedentes de los “movimientos sociales”, léase sindicatos, movimiento estudiantil y asociaciones vecinales de la época, se dio a principios de los ’80. Ésa fue precisamente la época conocida como “desencanto”, donde no sólo no se dio ningún auge en la conquista de derechos sino que se iniciaron los grandes vicios que hemos padecido durante 30 años: un sindicalismo burocratizado que más bien parece un ministerio y unas asociaciones vecinales esclerotizadas en su inmensa mayoría. Algo parecido ocurrió con otros movimientos populares de los ’60-‘70 como parte del ecologismo revolucionario alemán o, en Estados Unidos, con el Partido Panteras Negras. Este último caso fue especialmente curioso. Tras varios años despreciando la pugna electoral y estando en la punta de lanza

del movimiento revolucionario estadounidense, cayó bajo la represión. Después de ello, con el partido destrozado y derrotado, alcanzó sus mejores resultados electorales.

En cuanto a la falta de efectividad, primero hay que señalar que ésta no es absoluta. Las grandes mareas contra la privatización han conseguido en ocasiones frenar algunas medidas del saqueo. En el ámbito laboral, se han conseguido varias victorias defensivas en los últimos meses, tanto en sectores como la limpieza urbana como en otros como la informática. Mención aparte merecen la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y los grupos Stop Desahucios del 15M, que han conseguido situar en todas las portadas el derecho a la vivienda y sus reivindicaciones, además de dar soluciones prácticas a miles de familias.

Ahora bien, hay que reconocer que, en general, vamos perdiendo. Y de goleada. Pero ¿de verdad podíamos esperar otra cosa tras décadas de dependencia de una izquierda institucional que en realidad es derecha o es inoperativa? ¿con unos sindicatos mayoritarios que no se merecen ese nombre y asociaciones profesionales corporativas que siguen siendo demasiado necesarios para que echen a andar formas relativamente novedosas como las mareas? ¿con una izquierda radical en buena parte dedicada, durante años, a buscar conflictos en su interior y empeñada en organizar cinefórums o manifestaciones en solidaridad con el país más recóndito del planeta, sin hacer el menor caso a la guerra de clases desde arriba que estábamos viviendo? Lo extraño es que no estemos peor.

¿Qué hacemos entonces?

La solución no está en la vía institucional. Como dice Carlos Taibo, “pretender que desde esa atalaya, o desde alguna parecida, podemos salir de esto me parece más ingenuo y trabajoso que la apuesta por la vía autogestionaria. Es, más allá de ello, una garantía sólida de que acabaremos absorbidos por lo que queremos contestar”. La solución está en crear, con las bases de las que disponemos, un movimiento popular potente que esté en posición de agrupar a las víctimas del sistema tanto en el terreno de la producción como en el del consumo. Tenemos sindicatos combativos que avanzan poco a poco y han mejorado sus relaciones. Tenemos cooperativas, redes de consumo y financiación solidarios. Tenemos las PAHs y un 15M proletarizado en base a la lucha por la vivienda. Tenemos organizaciones como Juventud Sin Futuro que están entrando en la arena de la lucha contra la precariedad.

El reto es mejorar y unificar esas redes económicas de cooperación y autodefensa. Buscar un programa de avance que, con las tácticas adecuadas, nos permita defendernos de forma efectiva y acumular fuerzas. Consensuar el tipo de sociedad en el que queremos vivir, la democracia real en la que disfrutemos de propiedad común, igualdad y libertad organizada de abajo hacia arriba.

Sí se puede

La transformación radical de la sociedad es posible. En medio de la crisis es más necesario que nunca recordar que podemos impulsar un cambio hacia una vida y unas formas de relación más justas, más solidarias y más libres. Pero no es fácil, exige pelear día a día en el barro político y social de hoy, plagado de frustraciones y desencantos, pero también de gente con capacidad, imaginación e ideas.

El período esperanzador que se abrió con el 15M da la impresión de cerrarse poco a poco. Las bofetadas del gobierno, en forma de recortes, han llegado sin pausa y las mareas, ocupaciones y otras formas de lucha van decreciendo en intensidad, a pesar de algunas victorias parciales y ciertas luchas que constituyen excepciones notables en su crecimiento. El resto, necesitamos retomar fuerzas y recuperar las ganas para afrontar el futuro.

Tenemos las formas de organización y la seguridad de que el descontento es generalizado ¿Qué falta? Demostrar cómo mediante el compromiso pueden cambiarse las cosas y que la exigencia da sus frutos. Para ello debemos ofrecer una práctica de lucha que demuestre capacidad y con objetivos claros, que no espere más para concretarse. En la situación que nos encontramos solo nos queda darlo todo.

Unas pautas para reflexionar sobre nuestra acción colectiva:

-Sobre nuestra incidencia: ¿Tenemos los objetivos claros y bien definidos? ¿Son concretos, podemos conseguirlos y que sirvan como escalón para objetivos más elevados? ¿Son adecuados los medios que utilizamos? ¿Estamos trabajando con lo que tenemos o paralizados esperando por gente con la que no podemos contar?

-Comprometerse con la defensa de lo común, los servicios de todos y para todos: Sanidad, educación, agua… Cubren las necesidades esenciales de los trabajadores. De lo poco construido en base a valores comunitarios en un mundo donde la insolidaridad manda. Esenciales tanto a nivel práctico como de valores. Al mismo tiempo, debemos aspirar a transformar su funcionamiento de acuerdo a las propuestas y necesidades de todos, sin dejarlos en manos de los gobernantes.

-Construir alternativas de subsistencia que sean ejemplificantes y profundicen la autonomía revolucionaria. Las cooperativas deben trabajar conjuntamente y participar en las luchas, para construir redes de apoyo mutuo y solidaridad que cubran las necesidades que el Estado abandone a causa de los recortes.

Hay un mundo por cambiar. De todos nosotros depende.

De organización y otras cuestiones

La asociación de los seres humanos responde a una necesidad de realizar algo en común. En cuanto a los anarquistas, existe hoy en día una gran controversia en torno a qué método organizativo resulta más adecuado. Este artículo es en realidad una respuesta a un comentario aparecido en las redes sociales. Cito textualmente:

«Respecto a lo de que es necesaria una organización formal, ya sabes lo que pienso. Creo que esa labor la pueden hacer colectivos autónomos sin necesidad de siglas y centralismos burocráticos que de hecho, demostraron no funcionar y derivar en dinámicas nada propias en mi opinión del anarquismo. No hay que dar de lado a la situación social, pero tampoco creo que haya que obcecarse en dinámicas obsoletas y fracasadas. Hay que sentarse e idear herramientas nuevas recogiendo lo positivo de cada experiencia y probando, y dejarnos de ir de anarco-leninistas santificando que si la “organización formal”, que si “sentar las bases en el futuro inexistente”, que si “legalismo queda-bien”… No hablo de ilegalismo por ilegalismo, pero como dice Folie a Trois:

“Mantener la estructura por la estructura es burocracia pura y si me apuras una postura inmadura”

Y siempre hablas de sentar las bases desde esa perspectiva legalista y activo-pasiva, pero olvidas que la acción insurreccional ha aportado muchas veces a sentar esas bases, por lo que es cierto que no es oro todo lo que reluce, pero muchas cosas sí lo son.

Amplitud de estrategias y cooperación entre las distintas tendencias revolucionarias para que la práctica insurrecta no choque con la labor cultural y vice-versa. No hay tiempo que perder y está todo por hacer.»

¿Te parece que el FEL chileno, una organización que lleva 10 años inserto en la lucha estudiantil, una organización burocrática? ¿Te parece que la FAU uruguaya, la específica con más años, una organización anquilosada? Por desgracia, la FAI española está muerta y a nivel europeo, la corriente especifista no pasa por buenos momentos. Esto es debido a la escasa dinamización de los militantes, que tras perder el norte, no supieron elaborar un programa político de carácter libertario viable. Veo que tu crítica va hacia aquellas organizaciones que han quedado enquistadas. Sin embargo, no todas las organizaciones formales derivan en estructuras pétreas y estancadas, como está sucediendo en general en Europa. Pese a todo, están saliendo iniciativas organizativas -muy tímidas- de esta tendencia inspirada en las experiencias de las específicas latinoamericanas.

Tengo esperanzas en la organización formal porque pienso que es la mejor herramienta que nos permitirá el aprendizaje mutuo, adquirir experiencias en la lucha, creciendo como colectivo conforme vayamos avanzando y acumulando fuerzas. Esto es lo que entiendo por “sentar las bases”, no me refiero a quedarse en el salón debatiendo en aspectos teóricos y difundiendo textos sobre teoría política, teniendo como objetivo crecer únicamente, y que por arte de magia llegue la Revolución. No. Soy consciente de que el ser humano no tiene un destino predeterminado y que por sí sola, la sociedad no tiende a avanzar hacia el comunismo. Todo es fruto de las voluntades de la sociedad y es preciso que sepamos articular una respuesta social capaz de transformar esas voluntades en una fuerza revolucionaria que aspire a acabar con el capitalismo y el Estado para construir una sociedad sin clases.

Así que, cuando hablo de “sentar las bases” digo que se ha de aplicar la teoría a la práctica y participar de las diferentes luchas sociales, y por supuesto, en la lucha de clases. No, no la santifico, pienso que la organización formal es la mejor manera para poder materializar nuestros objetivos, pudiendo elaborar nuestros propios programas políticos y que el anarquismo no quede en restos marginales que se dedican a criticar al resto y a realizar atentados.

¿El anarquismo necesariamente tiene que estar en la ilegalidad? ¿Si nos movemos dentro de los márgenes legales somos esos “legalistas queda-bien”? Antes de responder a tu afirmación, he de hacer una distinción entre lo legal y lo legítimo: lo legal es todo aquello que no viola la ley (obvio) pero lo legítimo no expresamente está reconocido por la legalidad. Un ejemplo: la ley que prohíba el asesinato puede ser obedecido por ser ley o puede ser respetada porque es legítima. En cambio, una ley a favor de la tiranía es ilegítima porque atenta contra los intereses de la mayoría en favor de una élite dominante. En lo que a mí me respecta, debemos atender más a la legitimidad que a la legalidad, y si nos movemos dentro de los márgenes de la ley, no significa que necesariamente estemos obedeciéndola.

No puedo negar que la acción insurreccional haya podido generar una cohesión social en las luchas por la tierra en Val di Susa, Italia, pero hemos de atender al contexto también. Pienso que a nivel del Estado español sería más conveniente apostar por un anarquismo social y organizado, para tener más presencia en los movimientos sociales que actualmente están siendo acaparados por la izquierda institucional y el ciudadanismo. Solo acabamos de empezar y todavía nos queda mucho trabajo por delante.

Estamos de acuerdo en la construcción de una sociedad libre pero en lo que diferimos es en los métodos organizativos y también estamos de acuerdo en que las luchas intestinas no ayudan a fortalecernos. Sin embargo, compartir diferentes puntos de vista sin llegar a calumniarnos siempre resulta enriquecedor.

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