Espacios de disputa

Ante una coyuntura de conflictividad social que involucre a diversas fuerzas políticas en pugna por ser la fuerza hegemónica, ¿qué papel tenemos como anarquistas? ¿En qué bando nos posicionamos y con quiénes trabajaremos? Preguntas así por el estilo nos llevan a la necesidad de espacios físicos en el cual llevar a la praxis nuestras aspiraciones a una sociedad libre. No basta con soñar modelos ideales de sociedad, pues no llegará inevitablemente con el paso del tiempo, sino que la posibilidad de su realización depende de la lucha que desarrollemos actualmente. No vivimos en universos paralelos, ni en mundos diferentes. Vivimos en una sola realidad material que compartimos con el resto de la clase obrera, que sufrimos la explotación capitalista y por tanto, las luchas populares en diversos ámbitos como la vivienda, la Educación, lo laboral, etc no nos son ajenas.

Es hora de aparcar la idea del «apaga y vámonos» solo porque dentro de un determinado espacio de lucha, los movimientos existentes no concuerde con nuestro corpus teórico y práctico. La coherencia se vuelve un lastre en tanto que obstaculiza el desarrollo de una orientación libertaria en dichos espacios y la inserción de los anarquistas en las luchas sociales. Requerimos de espacios de acción política, darles un contenido libertario ante su acaparamiento tanto por parte de la izquierda institucional como de los mercados. Dicho esto, vamos a repensar las tesis que algunos sostienen de actuar al margen de los movimientos sociales y populares en pos de avanzar hacia la idea de la inserción social y de crear espacios de disputa, de ganarnos un hueco en ella y no de abandonarlos. He aquí unos ejemplos que explicaré brevemente:

-El espacio educativo y la Universidad. Como es bien sabido, el actual sistema educativo no deja de ser un espacio de reproducción de la ideología dominante y que por ello, entre algunos colectivos, se opten por crear una educación alternativa al margen de éste. Sin embargo, estos proyectos educativos alternativos, pese a ser interesantes y demostrar que existe otro modelo educativo no basado en la competencia y la autoridad, bajo el sistema capitalista quedan como centros educativos privados y aislados de la conflictividad del mundo estudiantil. Si pretendemos un modelo educativo al servicio de la clase obrera y de carácter libertario, no podemos dejar un vacío político en los centros de enseñanza estatales, ni mucho menos apartarnos del movimiento estudiantil, de cuya estructura y orientación dependerá de las diversas fuerzas políticas que lo impulse. Ante el panorama actual de la ofensiva neoliberal sobre la Universidad, debemos responder que tenemos la necesidad inmediata de frenar su avance, pero a la vez, crear alternativas políticas y sociales encaminadas a la socialización del espacio universitario y de todo el ámbito educativo.

-Lo anterior nos lleva inevitablemente a conectar con el movimiento obrero y el sindicalismo, pues, además de que la mayoría de estudiantes se incorporarán en el mundo laboral, existe una clara contradicción en la existencia de una educación antiautoritaria en una sociedad capitalista. Desde el anarcosindicalismo, debe articularse un movimiento obrero que tenga fuerzas para hacer frente a las agresiones de la patronal y conseguir victorias en el terreno inmediato desde la autoorganización y la acción directa, y a la vez, que la clase obrera mediante el anarcosindicalismo y en el curso de las luchas, se prepare para la futura autogestión de los medios de producción en una futura sociedad anarquista. Las experiencias de las empresas autogestionadas en el capitalismo nos demuestran que la autogestión obrera es posible, como lo fue durante las colectivizaciones de gran parte de la industria catalana y del campo aragonés. Sin embargo, competir en el mercado capitalista como una empresa más, éstas acabarían siendo asimiladas por el sistema. Es por ello que vemos la necesidad de extender la lucha de clases.

-El problema de la vivienda y la okupación. No solo no vivimos del cuento, sino que al estar en dentro del sistema capitalista, también tenemos la necesidad de un techo. Y no todo el mundo puede marcharse a vivir al campo. Hoy más que nunca, el derecho a una vivienda digna se está convirtiendo -de hecho creo que ya lo está- en papel mojado, convirtiéndose éste en un privilegio y un negocio lucrativo para las inmobiliarias y la banca. Si bien la okupación es una respuesta directa contra el problema de la especulación, es necesario que conecte con las luchas por la vivienda y contra la especulación inmobiliaria.

El fútbol de tradición obrera. El deporte de élite en que se ha convertido actualmente el fútbol ha hecho que en los estadios prácticamente no existieran mensajes reivindicativos y de carácter anticapitalista, convirtiéndose en un espectáculo de masas y vehículo transmisor de la ideología dominante. Sin embargo, el fútbol constituye un elemento aglutinador que puede generar en torno a ello un fuerte sentimiento colectivo, base esencial para la creación de cualquier movimiento revolucionario. El ejemplo de Bukaneros es una muestra de ello, de cómo los mensajes como la exigencia de la libertad de los y las detenidas del 22M aparecen en los estadios, cosa que sería imposible transmitir un mensaje así de no ser por esa hinchada. O de cómo otros casos como el St. Pauli y aficionados del FC Manchester United crearon su propio equipo de gestión democrática. Antes de que los clubes de fútbol pasasen a ser Sociedades Anónimas Deportivas, eran clubes con cierta democracia interna y financiada por socios, en los cuales tenían cierto poder de decisión sobre el club. Hoy en día, ese modelo quedó apartado de la LFP, que no así de otros clubes de categorías inferiores. Aquí los y las anarquistas debemos recuperar el fútbol como deporte de tradición obrera, pese a que se nos presente muy difícil; pero al fin y al cabo, de transformar un espacio de transmisión de la ideología dominante en espacios que aglutine las organizaciones populares.

Las luchas de liberación nacional. No es posible concebir un internacionalismo homogéneo, con un marcado carácter eurocentrista. En cada territorio existe un componente sociocultural que caracteriza los numerosos pueblos del mundo. Así, el internacionalismo obrero debe construirse reconociendo esas particularidades socioculturales. Tanto el EZLN como el pueblo kurdo, o los pueblos indígenas latinoamericanos, llevan ese sentimiento de pertenencia a una comunidad, un territorio, una lengua, una historia y unas costumbres comunes que los une y que les impulsa a luchar contra imperialismo. En España, los pueblos catalán, andaluz, vasco, etc también llevan ese componente que no debemos dejar de lado, sino que debemos construir una alternativa libertaria en contra del concepto de nación Estado, haciendo hincapié en el pueblo trabajador.

Todos estos espacios nombrados responden a la necesidad de crear frentes de masas que conecten las reivindicaciones políticas del anarquismo con la lucha de clases y los movimientos populares, en pos de la construcción del socialismo libertario, que nos permitan mejorar las condiciones de vida en la sociedad capitalista, fortalecer las organizaciones populares y la creación de programas políticos de carácter libertario que nos permitan superar el capitalismo. No dejemos los espacios políticos vacíos, disputémonos, tanto a la izquierda institucional como al capital y la reacción fascista, un hueco entre ellos y desplacémosles.

Socialismo científico ¿Desde abajo?

Por Rafael Cid

Poco a poco los grupos y movimientos sociales que desde el principio de la crisis se han posicionado como alternativa al sistema frente a la rutinaria alternancia de los partidos políticos y sindicatos institucionales, que solo aspiran a comprometer a la ciudadanía en un proyecto que implica cambiar algo para que todo siga igual, van diseñando su modus operandifortalezas y debilidades. De lo que ya sabemos sobre las últimas jornadas “Alternativas desde Abajo” (AdA), celebradas recientemente en Madrid, parece tomar cuerpo un modelo político de “toma del municipio” por los valores de democracia de proximidad, acción directa y de corresponsabilidad de base que la impronta municipal conlleva. Una decisión que, a la par que consecuente con la idea de un nuevo proceso constituyente, despunta cuando desde el Poder se emprende una drástica contrarreforma del actual “régimen local” para podarle de sus potencialidades autogestionarias (por cierto que el documento elaborado por los diferentes grupos de trabajo de AdA no cita esta amenaza).

Y dado el espíritu abierto de dicho documento, su pluralismo y el carácter inclusivo que con acierto le convoca, me tomo la libertad de concurrir con unas líneas sobre su contenido con el exclusivo propósito de contribuir si cabe a elaborar una masa crítica que permita extender y divulgar sus propuestas más allá del estricto ámbito de las personas y colectivos que tan meritoriamente han contribuido a su redacción. Vaya por delante, pues, el agradecimiento por su abnegada y solidaria contribución a ese mundo mejor que muchos llevan ya en sus corazones.

Desde ese único punto de vista, y dejando claro como primera instancia la bienvenida a la convocatoria Alternativas desde Abajo, creo que lo más práctico será insinuar siquiera los vicios, carencias, errores o simples equívocos que, a mi modesto entender, aparecen en esa primaria declaración de intenciones de los cinco grupos de reflexión madrileños de AdA. Algunos son de carácter meramente formal, como equiparar los términos “neoliberal” y “liberal”, conceptos no concordantes, por más que haya una intencionalidad de fondo entre ambas propuestas epistemológicas para dotar de la pátina de “positividad” que conlleva el viejo referente “liberal” a lo que sólo es retitulación del capitalismo global (el “neoliberalismo”)

Otros temas parecen haberse caído del elenco de conclusiones, aunque del contexto se infiere que están presente en el ideario profundo que maneja. Me refiero, por ejemplo, al olvido del sindicalismo de base, el ecologismo, la desmercantilización social, el antipatriarcalismo, el pacifismo, el laicismo y el antimilitarismo. Especialmente este último tiene connotaciones de largo alcance dado que desde el final de la Segunda Guerra Mundial España es clave en el esquema defensivo que orbita alrededor de Estados Unidos y la Alianza Atlántica, esta último escudo armado del neoliberalismo occidental. Por cierto, un compromiso que los diferentes gobiernos habidos desde la aprobación de la Constitución en 1978, a diestra y siniestra. han potenciado hasta el punto de ser el partido socialista quien aportara uno de sus dirigentes a la OTAN como secretario general, y recientemente autorizara sin consulta popular la instalación en nuestro suelo de la sede operativa en el Mediterráneo del “escudo antimisiles” norteamericano.

Sin embargo, existe un aspecto que puede tener en el futuro un desarrollo desestabilizador por la contradicción que el mismo supone respecto a la idea-fuerza de promover “alternativas desde abajo” que dinamicen todo el proceso rupturista hacia una sociedad políticamente autosuficiente. E incluso interferir en la justa asignación de los recursos económicos y sociales al servicio de las necesidades reales, con priorización de objetivos y salvaguarda de los valores humanos y democráticos propios de una comunidad federada en la autonomía de sus miembros, la solidaridad, la libertad y la equidad. Me refiero a esa apelación que emite el Grupo 1, en su apartado Fines, capítulo Herramientas Políticas, para “construir una alternativa política anticapitalista que recoja las enseñanzas históricas del socialismo científico y el feminismo”. Soslayo la disfunción que entraña emparentar “socialismo científico” y “feminismo”, tanto en sus fuentes teóricas como en su desarrollo histórico, para no distraer el discurso de lo que considero esencial: el agiornamento del concepto “socialismo científico” como una categoría válida de interpretación social.

De entrada, dicha asunción programática del termino “socialismo científico” introduce un sectarismo de arriba abajo mediante el cual se soslaya cualquier otra “escuela o pensamiento” socialista, en la convicción doctrinal de que el socialismo como alfa y omega de la transformación social empieza y acaba en el denominado por Engels “socialismo científico”, que es el teorizado por Marx descartando al precedente tildándolo de “utópico”. Pero eso es casi irrelevante a los efectos de acumulación de fuerzas, experiencias y voluntades que buscamos para el ejercicio del “si se puede” en el siglo XXI. Lo que es más trascendente visto en perspectiva es la vigencia de los planteamientos de ese “socialismo científico”, al menos en los países afectos al tipo desarrollo de producción capitalista del neoliberalismo totalizante. Porque, si acaso ese instrumental predicado por el “socialismo científico”, ergo marxismo, no sirviera para analizar cabalmente la realidad imperante, estaríamos errando en los medios y en los fines, y además actuando fuera de nuestro tiempo histórico.

Primero, el ucase del “socialismo científico” presupone una formulación política de “socialismo autoritario”, porque si por “científico” se significa que es “inevitable”, independiente de la voluntad humana, una “ley histórica”, es lógico en cierta medida que haya guardianes de esa verdad dispuestos a evitar desviaciones y por tanto juramentados para su protección ante cualquier heterodoxia, que se recibiría como hostil, agresiva y enemiga. En esa deriva, aparece la organización vertical, la jerarquía, el liderazgo y el partido guía. El antídoto homeopático de la pretendida “alternativa desde abajo”. La historia es testigo.

Aunque si eso no fuera suficiente para sopesar la conveniencia de subsumir un planteamiento de gestión política horizontal, asamblearia, democrática y plural en el troquel del “socialismo científico”, está el problema de fondo de la recurrente y probada insolvencia histórica de ese “cientificismo” allí donde se instituyó. No voy a entrar en el socorrido debate tan al uso de las virtualidades epistemólógicas de si entonces no se daban las condiciones históricas o, como algunos quieren hoy, de si la crisis económica-financiera vigente anticipa ahora brotes verdes en sus vetustas frondas. No es el objetivo de esta exposición abrir heridas, sino contribuir a la clarificación para avanzar hacia la resolución de los ingentes problemas presentes con el mayor consenso social posible. Pero la verdad, aquella pharresia seminal de la democracia ateniense, debe presidir cualquier proyecto político que se pretenda coherente con la razón ilustrada por encima de otras fidelidades de menor cuantía. En la actualidad existe abundante argumentación académica (“científica”) para contra-argumentar la validez universal de aquella teorización.

En ese plano reticente hay que situar el “productivismo” cerrado del marxismo, que al igual que el “cientificismo”, el “desarrollismo” y el “industrialismo” era considerado como positivo sin matices; el catastrofismo del “suicidio” del capitalismo por sus propias contradicciones y el consiguiente estallido de la revolución en países atrasados económicamente frente a la previsión de que se diera en sociedades desarrolladas; la fe ciega depositada en el proletariado como clase elegida para abanderar la transformación social; la formulación de la dialéctica económica desde el lado casi exclusivo de la oferta obviando la demanda o, finalmente, esa especie de profecía autocumplida que sostenía el paradigma de que las relaciones económicas gobiernan lo político sin remisión, afán que contradecía la confianza puesta por los padres fundadores del “socialismo científico” en el sufragio universal para alcanzar el socialismo en Inglaterra.

Todo eso cabía en el “socialismo científico” y casi nada de ello ha resistido el paso del tiempo. No hay evidencia científica de su rigor, ni ha superado el necesario conflicto de prueba y error. Lo que implica obrar en consecuencia. Como el mismo Marx, que “no era marxista”, advirtió debemos evitar que “la tradición de generaciones muertas oprima como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Siglo y medio no transcurre en balde ni para los grandes pensadores. Ni el capitalismo ni el proletario del siglo XIX casan con el capitalismo y el productor-consumidor del siglo XXI. Entre otras cosas porque, como afirma Cornelius Castoriadis y la gestión de la crisis financiera actual ratifica, “la intervención del Estado es precisamente el factor compensador de los desequilibrios de que carecía el capitalismo clásico”.

Desde abajo a ciencia cierta. Pero sin arrogancia.

Pongamos los pies en el suelo

La historia es eso, historia. Que si bien es imprescindible la memoria histórica, no podemos seguir durmiendo en los laureles de las glorias del pasado y en sus logros. La historia nos ayuda a concer nuestro pasado y nuestros orígenes, y a la vez nos debe servir para ver en qué hemos fallado y en qué hemos acertado. Pero toca el ahora y el panorama actual no es para tirar cohetes ni por asomo. Nos encontramos con un movimiento anarquista reducido casi a la marginalidad dentro los conflictos sociales, ya no somos una fuerza política capaz de movilizar a las masas como lo fue antaño. ¿Qué es lo que nos ha pasado? Ante la actual coyuntura con la agudización de la crisis capitalista, urge que nos sentemos en la mesa, debatamos, valoremos y reflexionemos sobre nuestro papel hoy y cómo afrontar la situación en lo inmediato y de cara a la reconstitución como fuerza política con presencia en las luchas sociales, elaborando tácticas y estrategias que nos permitan avanzar y crecer tanto cuantitativamente como cualitativamente.

Hablando a nivel de España, la trayectoria del movimiento anarquista desde su desmoronamiento después del Caso Scala hasta hoy, ha estado en general marcado por la poca influencia en la realidad social que ha tenido. Sin embargo, en estos últimos años ha habido un cierto repunte y han emergido recientemente organizaciones de aspiraciones libertarias prometedoras. Aun así, queda mucho por hacer. Paralelamente, debemos reconocer, aunque desde un punto de vista muy crítico, el despertar de la ciudadanía con el 15M, pero al no haber una continuidad y ante la falta de objetivos y estructuras orgánicas más sólidas en muchas ciudades desaparecieron. Cabe especial mención las PAH que irrumpieron en el imaginario colectivo como un movimiento social que visibilizó el problema de la vivienda y toda la trama especulativa que se estaba detrás de ello y superó las espectativas de movilización incluso a los anarquistas, aunque nos duela reconocerlo. Y continúan hoy incansables en la defensa del derecho a la vivienda.

Ahora miremos hacia nosotros mismos. Nos hemos apartado de casi todo y lo que rescataría sería algunas CNTs y CGTs en el ámbito laboral. Pese a que nos duela, la autocrítica se hace imprescindible en estos momentos en los que más necesitamos estar presentes en los conflictos sociales. Si dejamos un vacío político en las calles, serán copados por otras fuerzas políticas que estén dispuestos a involucrarse, como pueden ser la izquierda parlamentaria, la izquierda marxista e incluso grupos filofascistas y neonazis. Sí es verdad que hay, en cierta medida, un anarquismo organizado, aunque en cierto modo de carácter endogámico y autorreferencial. ¿En qué fallamos? Sobrevivimos en gran parte como individualidades aisladas, ha habido cierta tendencia a atrincherarse cada grupito en sus chiringuitos, en algunos casos se llega al panfletarismo incendiario que solo leen la gente dentro del ghetto, a mantenernos al margen de los movimientos sociales por ser reformistas y alardear de nuestra pureza ideológica lanzando proclamas maximalistas… Incluso en algunos casos, el rechazo a la organización en sí y la renuncia a disputarnos un hueco entre los movimientos sociales que no se adapten a nuestro corpus ideológico. Ni tan siquiera algunos han sabido superar una rivalidad que en verdad no tendría mucho sentido entre las CNTs y CGTs. No digo que sean acertadas algunas críticas pero si nos ceñimos a eso, no iremos a ninguna parte.

Y nos preguntamos, ¿de qué nos ha servido mantener la pureza ideológica?  ¿De qué nos sirven organizaciones sobreideologizadas si no son capaces de dar una respuesta en lo inmediato? O lo mismo, ¿de qué sirve ir por nuestra cuenta separados de la realidad social y construyendo torres de marfil para sobrevivir? ¿De qué nos sirve encerrarnos en un individualismo autocomplaciente y reivindicar las acciones individuales? ¿Es que los movimientos sociales se tienen que adaptar a nosotros? Que el lector o la lectora se responda a sí mismo/a. Asumámolo de una vez: no tenemos la capacidad material para materializar nuestros intereses y reivindicaciones, es algo que hay que ir construyendo, en el cual, el primer paso que debemos dar es poner los pies en el suelo y analizar la realidad social que nos rodea, teniendo en cuenta la coyuntura en que nos desenvolvemos y escoger cuáles son las tácticas y estrategias adecuadas para llevarlas a cabo y trabajar conjuntamente con los movimientos sociales en todos los ámbitos como en lo laboral, lo estudiantil, la vivienda, etc. Asumamos también que la revolución social no será puramente anarquista ni la haremos los anarquistas, sino que será resultado del empoderamiento de la clase trabajadora y el conjunto de explotados como pueblo fuerte.

Derribemos las torres de marfil como refugio para mantenernos puros ideológicamente, derribemos los chiringuitos como muestra de atomización, destruyamos los mitos e idealizaciones nostágicas, dejemos de hacer un anarquismo endogámico solo para consumo propio. Dejemos los personalismos y las proclamas maximalistas, despojémonos la idea de llevar una lucha en solitario sin contar con el resto de fuerzas sociales, dejemos de medir si ésto es reformismo o no y planteemos desde el punto de vista táctico y saber arrancar victorias parciales por la vía de la lucha colectiva y no por la vía institucional. En definitiva, dejemos de actuar como una fuerza al margen, como una estética, como un estilo de vida o una simple filosofía para el desarrollo individual y reconstituyámonos como una fuerza político-social para comenzar a salir del letargo y a caminar sobre suelo firme. Esto supone estar insertos en las luchas sociales aportando nuestras alternativas y nuestras praxis, a la vez que vamos dotando, en la medida de lo posible, a los movimientos sociales de un carácter libertario y mantener en todo momento un horizonte revolucionario. Superemos de una vez por todas el inmovilismo y la inoperancia en que estamos envueltos y aprendamos a avanzar en medio de nuestras contradicciones superándolas. Hagamos de la organización anarquista una herramienta efectiva para la lucha social y clasista, tanto en el plano político como de cara a formar un frente de masas.

Tenemos las bases teóricas y hemos de ponerlas en práctica en el aquí y en el ahora, que a la vez servirá para enriquecernos en la teoría e innovar en la praxis.

Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un Colectivo Anarquista

M.G., participante del procés Embat

Las revoluciones son grandes transformaciones sociales que ocurren una vez cada varias generaciones. Al menos vienen sucediéndose así desde la Revolución francesa de 1789. Son fuertes cambios de relaciones humanas que trastocan lo establecido que tienen una poderosa influencia en el imaginario colectivo. De modo que cuando una revolución es derrotada, se desanima la intentona de nuevos ensayos revolucionarios durante mucho tiempo. Y al contrario, cuando hay una revolución ganadora otros pueblos se ven animados a intentar la suya propia.

Se puede intentar ganar un avance hacia la construcción de un proceso revolucionario mediante la vinculación simbólica, ideológica o estratégica con esa revolución triunfante. Paralelamente, de revolución derrotada hay que extraer todas las lecciones posibles y difundirlas. Corresponde a l@s revolucionari@s de aquí y ahora realizar análisis de los errores y aciertos que hayan cometido los movimientos revolucionarios de otras partes y de otras épocas, y asimilarlos para la propia experiencia política y estratégica.

En nuestros días hablar de estas cosas parece poco menos que fuera de lugar; una utopía lejana e inalcanzable. Pero la fuerza de la historia hace que se produzcan insurrecciones, revueltas y revoluciones sin que se lo espere nadie. Los procesos históricos son difíciles de predecir. Nadie en su sano juicio precedería un mayo del 68 el día antes de que estallase. Lo único que se puede hacer desde nuestra posición es estar lo mejor preparad@s posible para que estas insurrecciones puedan desembocar en un proceso revolucionario completo.

Hegemonía

La idea de que la revolución es imposible viene de la propia hegemonía que tienen hoy en día las ideas capitalistas. Se trata de una construcción cultural, igual que podría serlo, por ejemplo, la idea de que la revolución está a la vuelta de la esquina. ¿Acaso no se podía pensar eso en 1848, 1919 o en 1968?

La hegemonía es un concepto que elaboró el marxista italiano Antonio Gramsci. Viene a decir que para que una clase (o una parte de la sociedad) controle la dirección de un pueblo no solamente hace falta la fuerza bruta (lo que llama la dominación) sino que también hace falta una hegemonía. Esta hegemonía es un hecho cultural y se basa en la educación, en el control de los medios de comunicación y en la propaganda, de tal manera que la sociedad en su conjunto (la mayoría de la sociedad) asumirá los valores propios de la clase dirigente.

Marx y Bakunin por su parte también llegaron a la misma conclusión. Ninguno de los dos dio con una definición del concepto tan buena como Gramsci. Por ejemplo, Bakunin hablaba de la “dictadura invisible”, que tendrían que instaurar los revolucionarios en la sociedad. Pero el nombre que eligió no fue muy afortunado. El resto de anarquistas posteriores pasaron bastante por encima de este concepto, pero asumiendo que se podrían conformar “sociedades paralelas” dentro de la sociedad burguesa. Marx también entendía las cosas de este modo, es decir, que la sociedad nueva, la sociedad sin clases, se está cociendo ya dentro de la sociedad burguesa capitalista. Si Marx emplea el término hegemonía, sin embargo, lo hace para equipararlo a la dictadura del proletariado sobre la burguesía, y no para referirse al proceso en el cual ambos mundos conviven y se disputan la legitimidad social.

Hoy en día nos parece bastante normal el hecho de que unos señores y señoras con toga condenen a la gente a ser encerrada entre cuatro paredes por infringir normas impuestas por otros señores y señoras en un parlamento. El poder estatal ha normalizado la existencia de las cárceles, del poder judicial y de los parlamentos, que deciden sobre las vidas del común de los mortales. Y la sociedad ha interiorizado que todo este entramado es necesario para la buena convivencia. El Estado ya no se legitima por la fuerza bruta (aunque no la descartará nunca, ya que la deja como último recurso), sino que entran en juego otros factores más sutiles.

La creación de contra-hegemonías

Hace unos 40 años en el País Vasco y en Cataluña cuando se lanzaba el concepto de “Euskal Herria” o de los “Països Catalans” se pensaba en una utopía lejana. Lo que les rodeaba era la España “una, grande y libre” salida de la Cruzada Nacional de la Guerra Civil en la que no había sitio para disensiones exóticas. Hoy en día gran parte de la juventud catalana o vasca es capaz de responder que vive en los Països Catalans o en Euskal Herria a pesar del hecho de que siguen siendo entidades culturales, y que no están refrendadas por los poderes públicos. ¿Qué ha pasado aquí?

Se trata de un proceso de creación de una contra-hegemonía. Es una idea que ha sido impulsada durante más de 40 años, y que en Euskadi ya en los años 70 y en Catalunya entrados los 2000, logra calar entre una buena parte de la población. Se trata de una idea cultural y política, (de carácter inter-clasista) a la que ayudaron muchos factores. Desde los gobiernos de la derecha nacionalista y los partidos independentistas de izquierda, y también algunos movimientos sociales y, añadiríamos, una subcultura juvenil, musical y de referentes simbólicos autóctonos (idioma, tradiciones, nomenclatura, etc.). Sirva como ejemplo.

Así pues la hegemonía cultural no es eterna, siempre se tendrá que actualizar conforme la sociedad y el mundo van cambiando. Ahora se admiten legalmente los matrimonios entre personas del mismo sexo. Pero detrás hubo una larga lucha aún no acabada, y un lento proceso de educación social de gran parte de la población para tratar de normalizar la situación. El racismo o la xenofobia también son factores culturales y si la población es bombardeada mediática y políticamente estos “valores” serán normalizados. La sociedad se adapta a la visión o cosmovisión de diferentes sectores de la sociedad.

El movimiento libertario

Con el anarquismo también podemos hablar de algo parecido. A veces nos preguntamos, ¿cómo vamos a hacer una revolución social libertaria si en el estado español solo hay 10.000 anarquistas (y aunque hubiera 50.000)? Parece que en los últimos tiempos se llega a la conclusión de que si no tenemos más influencia es por que no estamos organizados. Pero falta entender que quien hace una revolución social es el pueblo organizado. Y la hace cuando existe un “ambiente” de revolución. No se entra en un proceso revolucionario de la noche a la mañana, sino mediante una lucha constante y creciente. Estas organizaciones (formales e informales) creadas por el pueblo serán la clave en el futuro.

En nuestra historia tenemos el caso de la CNT. No fue un invento en particular de los anarquistas, sino un lento proceso de gestación, maduración y unificación de sociedades obreras que duró más de una década. En algunas había anarquistas, pero en otras había republicanos, y en otras, socialistas, y en la mayoría gente sin ideología previa. Cuando se funda la CNT, ésta no es un sindicato “anarquista” aunque haya una fuerte corriente en este sentido, si no una herramienta útil para la clase trabajadora. Si la CNT acepta el anarquismo en el bienio 1918-19, será porque una gran parte de sus miembros ven que las ideas libertarias son un instrumento válido para la liberación de la clase trabajadora. Y es entonces cuando el movimiento obrero se empieza a identificar con el anarquismo. Si los anarquistas de la época hubieran sido militantes encerrados en los ateneos, habrían dejando los sindicatos en manos de otra gente de otra ideología.

El anarquismo logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contra-hegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas, en la acción comunitaria de los grupos excursionistas, naturistas, vegetarianos, esperantistas… que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias. Incluso cierta parte del movimiento se decantaba por llegar a la “anarquía” mediante la convicción y la educación del pueblo, y no mediante una revolución violenta. Crearon su propia contra-hegemonía que se desató en 1936.

Lo que se necesita para que las organizaciones populares aspiren a la revolución es que l@s revolucionari@s estén en ellas, que sean parte de ellas y no se comporten como agentes externos que les dicen a los demás lo que tienen que hacer. L@s militantes en su quehacer diario y en sus relaciones cotidianas van creando una “periferia” de simpatizantes, un grupo de personas que poco a poco ven que las ideas-fuerza de l@s militantes se pueden poner en práctica, y que se sitúan naturalmente como aliados receptivos.

Podríamos decir que hoy en día tenemos algunas de nuestras ideas-fuerza influyendo en los movimientos sociales y en ciertos sectores activistas. El mérito no fue de ningún movimiento libertario en concreto, sino del anarquismo aplicado a la práctica en los años 60 y 70. Los movimientos post-1968 fueron acogiendo progresivamente la forma de funcionar propugnada por l@s ácratas, que aplicaron a sus colectivos. Aunque el proceso tardara un par de décadas en madurar, desde el cambio de siglo casi cualquier colectivo que se crea hoy en día es asambleario, tienen tendencia a creer en la autogestión, algunos asumen la acción directa, otros creen en la democracia directa, son horizontales, y cuando se organizan en escalas superiores casi todos son federalistas… Se pudo ver de manera clara en la organización del 15M y de los movimientos Occupy, que tuvieron estructuras poco menos que anarquistas. Anarquistas de “a pequeña” que diría David Graeber.

Pero no es suficiente. No podemos caer en la auto-complacencia ni en pensar que el trabajo se hace solo. Realmente lo importante son los objetivos. Por ejemplo, cuando los Hermanos Musulmanes pierden el poder en Egipto, y pasan a la oposición, toman las plazas. Crean contrapoder en la calle y adoptan sin rubor la forma de protesta de sus rivales y enemigos políticos de la semana anterior. En este aspecto, hoy en día nos podemos encontrar con grupos socialdemócratas o trotskistas con una práctica asamblearia ejemplar, con neo-nazis que defienden la autogestión y la “autonomía” e incluso que adoptan la estética de sus enemigos, comunistas de partido con ideas horizontales y federalistas defendiendo la democracia directa… Adoptan rasgos anarquistas, pero no lo son en absoluto.

Lo que toca hacer (una vez visto que nuestras prácticas cotidianas se están asumiendo) es difundir nuestros objetivos. Porque si no lo hacemos, otros grupos políticos que tengan los objetivos bien claros lo harán, impondrán su agenda. Se trata de eso. Los anarquistas que estuvieron en aquella primera CNT del ejemplo tenían unos objetivos bien claros. La revolución social no se veía muy cercana y lo que tocaba era crear una organización de clase que la organizara y la dotara de fortaleza para colocarse en un escenario más propicio a lanzar el desafío definitivo a la burguesía. La CNT se creaba para que la clase obrera hiciera la revolución, pero ya que era un sindicato, tenía que ser útil y resolver los casos concretos del día a día. Se reconocían unos objetivos a corto plazo, inmediatos, que no dejaban a un lado a los objetivos finalistas.

El colectivo

Creo que por aquí pasa el camino que tiene que seguir un colectivo anarquista hoy en día. Primero formarse políticamente, y analizar lo que nos rodea. Luego ser consciente que un grupo anarquista está inserto en una sociedad. Hay que pararse a mirar qué tenemos por ahí, y o bien participar o bien organizar (si no hemos encontrado nada) movimientos sociales y populares. Situarnos fuera del pueblo que lucha es un grave error que nos lleva al aislamiento. Entrar en una lucha social y que éste sea cooptado por otro movimiento político es una derrota. Pero una derrota es mejor que no intentarlo, puesto que a veces se “gana”.

La creación de un pensamiento contra-hegemónico se dará por la propia lucha diaria que da fuerzas y ánimos y crea un ambiente de resistencia y de victoria, eso es el poder popular. El poder popular influye en la creación de esa contra-hegemonía, que a su vez se retroalimenta de las ideas-fuerza de los movimientos populares. Si estamos en ellos, nuestras ideas tienen una posibilidad de calar hondo y, de que además de nuestro funcionamiento, se asuman nuestros objetivos finalistas.

Pongo un ejemplo. Una asamblea de barrio. Cuando se monta una asamblea de barrio la gente que llega es muy diferente la una de las otras. Si hay anarquistas metidos por allí, normalmente tendrán que bregar mucho para que ciertas ideas se vayan consolidando (rotación de cargos, autogestión, acción directa). Y cuando se ha conseguido, se puede pasar a una tarea diferente. ¿Cuál puede ser un objetivo a medio plazo? Por ejemplo el de servir de contrapoder en el barrio. Es decir, un ambicioso proceso mediante el cual la gente del barrio vaya dándose cuenta que si quiere algo tendrá que luchar para conseguirlo. El proceso pasa por ir consiguiendo pequeñas victorias simbólicas que animen a seguir avanzando. Y así, hacemos que la gente que participa en la asamblea acepte y asuma que no vale quejarse del ayuntamiento simplemente sin hacer nada. Las victorias le dan “prestigio” a la asamblea en el barrio, generan una cultura de lucha y la van conformando en la práctica como un contrapoder legítimo. Este contrapoder (la asamblea de barrio vs. la institución oficial) a su vez sirve para preparar una comunidad para una etapa superior. La lucha y la organización generará poder popular, que es simbólico y cultural. La contra-hegemonía llegará cuando existan miles de pequeños contrapoderes y una cultura de resistencia hecha por y para un pueblo puesto en pie. Y la hegemonía, llegará cuando la mayoría social acepte esta cultura (que hemos contribuido a crear).

A l@s anarquistas nos queda la tarea de dotar de una visión de conjunto a todas estas luchas, que normalmente están dispersas. Habrá quienes peleén desde los sindicatos, otros entre los parados, otros en las luchas por una vivienda digna, otras en la enseñanza, en los barrios, en las luchas de género, en los ateneos, en la cultura, etc. Esta militancia, para cristalizar en un movimiento potente y sólido, tiene que tener una coherencia discursiva, unos objetivos claros (que no es simplemente hablar de comunismo libertario, sino trazar los pasos intermedios que hay que dar hacia él) y tiene que ser capaz de colocarse en un escenario en el que sea más propicio derrotar al estado y el capital. Que, por cierto, no dejan de ser otras relaciones humanas con estructuras orgánicas (gobierno, parlamento, policía, ejército, aparato judicial, medios de comunicación, empresas, patronal…).

Es una ardua tarea, pero nadie dijo que iba a ser fácil.

Sobre la espontaneidad de las revoluciones

Pareciera que hoy en día se ha perdido la creencia—en su día anarquista—en la espontaneidad de las revoluciones. Sin embargo, un estudio atento de éstas nos muestra todo lo contrario: la gran mayoría de revoluciones—europeas, al menos—ocurrieron espontáneamente. Para argumentar este texto usaré un ejemplo histórico, aunque la argumentación se puede aplicar, como he dicho, a la gran mayoría de revoluciones europeas. Este caso del que hablo es la Revolución de Febrero, la cual sucedió en Francia—París—en el año 1848. Si escojo este caso histórico es por su importancia para el resto de revoluciones proletarias que la siguieron, pero también porque muestra muy bien el carácter espontáneo de estas grandes revueltas populares. Dicho esto, vamos al caso.

La Revolución de 1830 trajo a Francia la monarquía parlamentaria de Louis-Philippe de Orléans, la cual no solamente cambió a los Bourbons sino que también dio el poder a la burguesía financiera que tomó control del parlamento—la burguesía industrial no era tan poderosa en aquellos tiempos debido al limitado desarrollo industrial de Francia. Durante esos años que llamamos la Monarquía de Julio la burguesía tomó por primera posesión real, y legal, del Estado. El régimen claramente diseñó una constitución que beneficiaba a la alta burguesía y de esto se dieron cuenta las clases populares—que poco a poco iban tomando contacto con las teorías socialistas—y la pequeña burguesía—que ni estaban completamente a favor de los cambios radicales que Louis Auguste Blanqui proponía, pero tampoco estaban por la labor de beneficiar a los estratos más ricos de la sociedad.

En términos económicos, la Monarquía de Julio gozó de buenos tiempos por lo general, sin embargo, en 1847 estalló la primera crisis financiera internacional, la cual se expandió como un cáncer desde Londres, pasando por Frankfurt y Viena, y llegando a París donde mostró su peor cara. Los buenos tiempos económicos pasados y los derechos civiles adquiridos tras la Revolución de 1830 se olvidaron pronto, pero si esto sucedió así no fue por determinación de las inestabilidades económicas sino de la integración de ideas socialistas y republicanas en el ideario común social.

Para el día 23 de Febrero de 1848, cuando la revolución estalló, Marx y Engels ya habían publicado su Manifiesto Comunista—de hecho un día antes en Londres. No obstante, las ideas del Manifiesto que ya habían tenido cierto «rodaje» por los ámbitos obreros no influyeron en lo más absoluto en el incipiente proletariado parisino que se lanzó a las barricadas el día 23. El contexto económico era de fuerte crisis económica, altísimo nivel de desempleo, y creciente pobreza entre las clases trabajadoras y medias. A esto le tenemos que sumar la represión policial y la falta evidente de derechos y libertades. Sin embargo, contrario a cualquier teoría de la miseria, el pueblo no alzó las barricadas porque no tenía pan alguno que comer ni trabajo alguno en el que trabajar. Si el pueblo se lanzó a las barricadas, en última estancia, fue por un hecho no planeado: el asesinato de varios trabajadores a manos del ejército.

Todo ocurrió cuando se organizó un banquete popular en París que fue prohibido por el ministro François Guizot. La gente, desoyendo la prohibición, salió a la calle a protestar y fue entonces cuando una partida de soldados abrió fuego sobre la muchedumbre. El resultado fue la Revolución de Febrero. Algo similar podemos encontrar en los disturbios populares en Atenas: la gente no empezó a tirar piedras y cócteles molotov hasta que en 2008 la policía asesinó en Exarheia a Alexis Grigoropoulos.

Para resumir mi argumentación esbozaré las principales ideas esquemáticamente:

  • La población parisina sufría en 1848 severas condiciones económicas. De hecho siempre las sufrió debido a las malas cosechas que se dieron en el primer cuarto de siglo. Sin embargo, no se alzaron a grito revolucionario meramente por las condiciones económicas adversas.
  • El proletariado parisino de 1848 ya tenía una conciencia obrera influenciada por los teóricos socialistas de la época. Dejando a un lado las especulaciones marxistas sobre «cuándo el proletariado está maduro o no para hacer la revolución», no se puede negar que las ideas existían y eran difundidas entre las cooperativas y demás asociaciones informales.
  • La represión del Estado existía pero aumentó en el momento en el que la crisis económica y la desilusión política creada por nuevas ideas socialistas tomaron fuerza.

Estos tres factores no son causa suficiente para que una revolución tenga lugar, pero seguramente sean causa necesaria (al menos el segundo y tercer punto claramente en la historia europea). La Revolución de Febrero ni se planeó ni se organizó de antemano. La idea existía; las condiciones económicas eran favorables en tanto que descontentaban a la gente; y el régimen incrementó el control social y la represión popular. No obstante, la revolución no sucedió hasta que un evento imprevisto tuvo lugar, y como una llama prendiendo la mecha de un polvorín, la revolución estalló—teniendo en cuenta el tiempo presente, los paralelismos con el caso griego actual son muy interesantes.

Finalmente, al tratar este tema creo que es de vital importancia definir claramente qué consideramos como «espontáneo» y qué consideramos como «organizado.» Las ideas revolucionarias claramente existían en Francia antes del año 1848, no obstante y en último término, fue la espontaneidad que un hecho contingente trajo lo que produjo que las masas populares se echaran a las calles de forma violenta. La historia nos muestra que los seres humanos somos capaces de asumir grandes dosis de malestar—¿acaso la sociedad española de hoy en día no sufre mucho? Sin embargo, se necesita algo extraordinario, algo que haga gritar a la gente «¡ya basta!», para empezar una revolución. Y estos eventos extraordinarios, por su naturaleza, ni se planean ni se prevén fácilmente. Con esto me refiero a algo «espontáneo», de la misma forma que una élite política revolucionaria puede organizar una revolución en petit comité pero igualmente necesitará de un evento espontáneo y extraordinario para levantar al resto de la masa popular que no forma parte de su élite.

Después de todo parece ser que las revoluciones tienen parte de organización pero también gran parte de espontaneidad. Sino que se lo pregunten a las millones de personas que hoy en día se manifiestan en Brasil, Turquía, o Túnez: ¿acaso no decidieron salir a la calle, seguramente, por algún mensaje en Facebook o Twitter a la hora del almuerzo? Supongo que es lo que tiene ser humano: que las cosas realmente importantes las decidimos a última hora y tirando con lo que nos dictan las entrañas.

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