Las miserias del colaboracionismo

«Nosotros no estamos por una mayor libertad, una mayor libertad se da al esclavo cuando se le alarga la cadena, nosotros estamos por la abolición de la cadena, consecuentemente estamos por la libertad, no por una mayor libertad. Y la libertad quiere decir ausencia de cadenas, quiere decir ausencia de límites con todo lo que de esta afirmación se desprende.» – Alfredo M. Bonanno (La tensión anarquista)

No dejan de sorprender les que se ilusionan por esas cosas como las «plataformas ciudadanas» o las «mareas.» No sorprende cualquier, sino les que se dicen anarquistas, anti-estatistas, o anti-autoritaries. Entre Podemos y el 15M ya nos han dado dos (o tres) tazas de caldo. Que si «poder popular», o que si «empoderamiento de las masas»; que si «la política ahora se hace desde abajo», o que si «lo que se necesita es un frente de unidad popular»… Todo parece querer apropiarse del vocabulario más vacío e inútil, del vocabulario más oportunista y populista. Si algo aporta el pensar ácrata al análisis de la realidad social es la certeza de que la autoridad y el poder son dos cosas a erradicar, pues son dos elementos que generan y perpetúan situaciones sociales de explotación y opresión. De ahí que empiece con Bonanno: no tiene sentido alguno (en otras palabras, es una gilipollez máxima) querer más libertad, porque la libertad no se puede medir ni dosificar. Une es libre o no lo es, pero no se es más o menos libre (como si hubiera un mínimo y un máximo cuantificables). Por la misma razón un Estado no puede ser más o menos opresor: todo Estado es opresor (y por extensión su sistema de leyes, su entramado institucional, y por supuesto sus brazos armados).

Hasta aquí las pajas filosóficas, vayamos a lo que interesa que es la acción o el hacer (o más bien cómo el pensar y el hacer se entrelazan de maneras complejas e inseparables). Partiendo de la base de que la opresión, la autoridad, el poder, la libertad, etcétera, son conceptos que no tienen sentido ser cuantificados (aunque la gente y el sistema lo hagan), que alguien me explique la coherencia ética de une supueste libertarie que jalea a les compañeres para que se unan a tal «marea» o a tal partido político (todes tenemos el nombre en la punta de la lengua, ¿no?). Que alguien me explique también eso de «los frentes de unidad» y «el empoderamiento de las masas.» Todo esto me parece tan poco productivo como consecuente. Las «masas» difícilmente me representan (creo que nunca representaron a nadie más que a les charlatanes que van de guías espirituales del proletariado), y no estoy tan segure de si me gustaría colaborar con ciertas personas por algo que me imponen como «causa común.» Porque no creo que tengamos una causa común, vamos a decirlo de una vez alto y claro. No veo qué causa nos une con les marxistas-leninistas, con les socialdemócratas, o con le «ciudadane» de turno de buen hacer y mejor pensar. Mi causa, como ácrata, es la libertad; su causa, como no-ácratas, es la libertad falsamente cuantificada (o, para el caso, la libertad tutelada). Así que no sé yo qué gano (más que enfadarme y hacer a mi patata desgastarse más rápidamente) con las «mareas», con «los frentes de unidad», o con las «masas empoderadas.»

Si aceptamos que nuestras causas son distintas, tampoco veo el porqué de no aceptar que también somos tipos de personas contradictorias. A veces leo cosas, o escucho a compañeres decir cosas, que parecen más el discurso de una monja de beneficencia. ¿Hasta cuándo seguiremos creyéndonos eso de que las personas son buenas por naturaleza? ¿De que hay une ácrata en potencia en todes nosotres? Además que ciertos planteamientos suenan bastante elitistas: que si hay que trabajar en los barrios para enseñar a la gente cómo funciona la anarquía, que si hay que abrir los ojos a la gente, que si hay que esto, o que si hay que lo otro. Y con esto no quiero dar a entender que pienso que nacemos sabiendo. No, la idea de la anarquía y de la libertad nos llega de forma contextual: amigues que nos introducen al tema, vivencias individuales que nos hacen pensar y buscar, y también organizaciones (para que mentir) que nos muestran, nos desilusionan, o nos insinúan. En definitiva, sea la experiencia negativa o positiva, la idea de la libertad puede venir por muchos caminos. Pero quiero hacer ver la diferencia entre «llegar a la idea de libertad y anarquía» y «querer meter en las cabezas la idea.» Pero bueno, digamos que ese «trabajo de barrio» con el vecine secretamente racista, con le otre que se siente celose por los éxitos de su pareja, o con el que pasa de causalidad y no sabe muy bien si quiere montar su propio negocio u opositar a funcionarie, tiene más de «hacer llegar a la idea libertaria» que de «meter en la cabeza.» Aun así, trabajando en proyectos que no atacan directamente la raíz de los problemas (es decir, proyectos como la petición de una ley «más justa», unos precios «más baratos», etcétera), lo único que se consigue es agrandar el problema y perpetuar la causa originaria.

Con todo esto quiero decir dos cosas que resumo a continuación (porque a veces se me va y me enrollo demasiado). Una es que hay que trazar, de una vez por todas, la línea que separa a les que queremos libertad y anarquía, y a les que no quieren libertad (ya sea porque piensan en ella en términos cuantitativos, dosificados, o porque simplemente son unes fascistas). En este segundo grupo incluyo a les «progres» demócratas que con sus discursos envenenados de falsa tolerancia y paz social emponzoñan las mentes de las personas. Esta línea la creo necesaria, e implica admitir que no todo el mundo piensa (ni pensará) como nosotres, es decir: que la vida es conflicto y nunca paz, incluso entre nosotres y/o con nosotres mismes. De este conflicto nace la tensión de la que hablaba Bonanno en el texto que citaba al principio. La otra cosa que quería mencionar es que de dicho conflicto, de dicha delineación de posiciones, nace la identidad y la solidaridad, las cuales llevan a la organización revolucionaria. Sin líneas que demarquen todo vale, y si todo vale no somos más distintes que le demócrata populista de turno que un día da agua, y al otro veneno. No tenemos que amar a todes, ni tenemos que complacer a todes, porque la existencia de ciertas personas ponen en peligro nuestra idea de libertad y anarquía. Finalmente, de la organización y solidaridad revolucionaria nace la posibilidad de «llegar a la idea de libertad.» Y aquí enlazo con el «trabajo de barrio.» Es inútil integrarse en colectivos que no operan con la idea de libertad, porque al final se termina perdiendo el rumbo y diciendo cosas como «votad a Podemos» (y en casos extremos haciéndolo). La organización anarquista pienso que debe ser eso, anarquista. Que se acerque quien quiera, que se organicen «jornadas a puertas abiertas», ferias y eventos abiertos. Las personas al otro lado de la línea que pasen a éste otro si quieren (como hicimos nosotres en su día). Pero nadie podrá decir que colaboramos con las personas al otro lado de la línea o que nosotres nos pasamos allá para traer gente acá.

No os dejo en paz sin mencionar a todas aquellas personas que luchan, fuera y dentro de las cárceles, por una idea clara, sencilla, y cualitativa de libertad, siendo consecuentes hasta el final con la relación pensar-actuar. A les que actúan como piensan, salud y rebeldía.

Enlaces del mes: Junio 2014

En La Marea, Anita Botwin hace un breve repaso del mes de junio, desde la imposición de un nuevo monarca a la mayoría a la entrada en prisión de Carmen y Carlos.

Desde Colombia nos llega una ponencia sobre la organización anarquista, presentada en el marco de las 3ras jornadas comunistas libertarias: «los anarquistas que nos pensamos construir socialmente estamos en el deber no solo de trabajar para organizarnos sino de estar dispuestos a construir con las demás anarquistas, con el resto de la izquierda y en general con la gente a nuestro alrededor. No tenemos por que estar de acuerdo en todo para trabajar juntos, podemos construir desde pequeñas afinidades, y con aquellas con que tengamos más afinidades planear más proyectos conjuntos.«

Una crónica del juicio a los encausados por rodear el Parlamento catalán. La encontramos en el periódico anarquista Todo por Hacer.

Una historia sobre la otra cara del mundial: La copa del pueblo: «La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo.«

La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo. – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/06/la-copa-del-pueblo/#sthash.EDELoqOT.dpuf
La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo. – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/06/la-copa-del-pueblo/#sthash.EDELoqOT.dpuf

Cerámica Neuquén (Argentina) será reactivada bajo control obrero después de 100 días de huelga.

Ya podemos escuchar el programa 33 de Radio Toma la Tierra, cargado de contenidos: Transgénicos, Candeleda en lucha, música antifracking y otras noticias y convocatorias. Sobre transgénicos, agricultura industrial y campesinas también nos habla Silvia Ribeiro en su artículo A Desalambrar: «se desprenden seis conclusiones: 1) la vasta mayoría de los que proveen alimentos son productores de pequeña escala, cada vez menos y más pequeños; 2) las campesinas y campesinos están confinados a un cuarto de la tierra agrícola global; 3) se están perdiendo más parcelas campesinas, mientras crecen grandes instalaciones agrícolas industriales; 4) las campesinas y campesinos proveen la mayor parte de la comida en el mundo; 5) las parcelas campesinas son en general más productivas que las grandes granjas industriales y 6) la mayoría de los campesinos son en realidad, campesinas.«

Añoranza de un pasado que no volverá, en Borroka Garaia Da!, que habla sobre las alternativas socialistas para los trabajadores y la necesidad de profundizar en las transformaciones sociales sin competir en los mismos términos que el capitalismo.

Por último, un pequeño video, fragmento de la película Samsara, que sin decir nada nos cuenta mucho sobre la producción industrial y el consumo.

[Recomendación] Lectura: Cuestiones organizativas del anarquismo

Mucha gente cree que los y las anarquistas renegamos de la organización y la política. No obstante, la realidad es que las cuestiones organizativas y el cómo articular una estructura de manera horizontal y federativa han sido y son principales entre anarquistas, aunque hayan corrientes anarquistas que defiendan la desorganización y las acciones espontáneas e individuales o en pequeños grupos. Este texto documenta las principales formas y posiciones organizativas del anarquismo, las cuales destacamos:

  • La organización informal o el antiorganizacionismo. Sin estructuras fijas y basadas en la afinidad, reniegan de cualquier formalización de las mismas, son volátiles y dadas al espontaneísmo.
  • La organización de masas o el sindicalismo/comunitarismo. Articulada a nivel sindical y comunitario, pretende ser una herramienta de lucha a nivel popular y de masas sin marcar una clara orientación política.
  • La organización específica o dualismo organizacional. Esta corriente defiende la necesidad, además de la articulación del movimiento a nivel sindical y comunitario, una organización específicamente anarquista que dote a los frentes de masas una orientación política anarquista.

La defensa de la organización informal viene porque creen que la mera existencia de estructuras formales y fijas, acuerdos y estatutos suponían coartar la libertad individual. Por eso, pretenden que sea en grupos pequeños y mediante la afinidad articular las acciones. Sus tesis son principalmente defendidas por Luigi Galleani. La estrategia organizacional a nivel sindical y comunitario viene dada porque se cree que con la participación de los y las anarquistas en el sindicalismo revolucionario era suficiente como para darles orientación revolucionaria y llevar a las masas trabajadoras y al pueblo a hacer la revolución, lo cual prescindirían de una organización específicamente anarquista. Entre las figuras destacadas que defienden esta postura está Pierre Monatte. No obstante, desde el dualismo organizacional sí se ve esa necesidad de articular una organización a nivel político-ideológico además del nivel sindical y comunitario, puesto que el sindicalismo revolucionario es de por sí insuficiente y requiere de una línea política para su avance en la lucha de clases. El dualismo organizacional es defendido por Bakunin y Errico Malatesta.

Sin más, animo al lector o la lectora a profundizar en estos temas, ya que constituye uno de los más importantes entre el anarquismo y sirva para dotarnos de las herramientas necesarias para constituirnos como una fuerza política y social revolucionaria.

Cuestiones organizativas del anarquismo

Can Vies. Poder popular o insurreccionalismo

Recientemente, con la victoria del barrio de Sants en defensa del CSA Can Vies tras haber sufrido un desalojo y posterior derribo parcial del edificio un día después de las elecciones europeas, ciertos insurreccionalistas han salido justificando que es con la violencia insurreccional la que ha conseguido estos resultados. Sin embargo, esa justificación se queda muy corta y omite toda esa acumulación de fuerzas que dio como resultado esta respuesta. Además, la violencia revolucionaria no es exclusiva del insurreccionalismo aunque sea una táctica de acción directa principal en esta corriente. La violencia no es el único factor determinante ni decisivo en el éxito de una batalla, pese a que sin esta violencia revolucionaria, probablemente el desalojo de Can Vies hubiese quedado en derrota, ni hubiese saltado a las primeras planas en los medios tanto burgueses como independientes. Esto requiere un análisis más profundo que ver solo la intensidad de los disturbios.

Repasemos brevemente la historia de Can Vies. El edificio, construido en 1879, antiguo almacén de las obras del metro y posterior lugar para la reunión de los trabajadores del metro, fue ocupado en 1997 por un grupo de jóvenes del barrio de Sants en Barcelona por la falta de espacios donde realizar actividades culturales y políticas. Desde entonces, el CSA Can Vies ha sido -y lo sigue siendo hoy en día- un punto de encuentro entre distintos colectivos y movimientos sociales y personas del barrio, en el cual se realizan talleres, sesiones de teatro, debates, presentaciones de libros, cinefórums, comidas populares, etc. Todas estas actividades se realizan en colectivo y al ser el Can Vies un referente cultural, político y social para el barrio, se crea en Sants un tejido social vivo, politizado y solidario, algo muy diferente a los barrios muertos donde casi nadie se conoce y no hay ese tejido social. Este punto es clave para entender la contundente respuesta ante el desalojo, desatando una ola de solidaridad y protestas cuando se ejecutó la orden de desalojo.

¿Por qué la respuesta violenta tuvo más aceptación social? Precisamente por ese tejido social en el barrio. Diecisiete años creándolo da como consecuencia esa respuesta organizada, que a la vez desata la solidaridad de otras personas de otros barrios obreros que seguramente habrán pasado por Can Vies. No solo nos tendríamos que fijar en los disturbios al caer la noche, ya que bajo la luz del sol, numerosas calles de Barcelona fueron colapsadas por gente solidaria que acudieron a las convocatorias de manifestaciones. Incluso en otras ciudades del territorio español convocaron manifestaciones en solidaridad con Can vies. La idea de que unos cuantos gatos decidieron salir a liarla y le siguieron detrás otras personas llamadas por el fuego y la destrucción queda desmentida cuando vemos que detrás existe una rabia organizada, de gente que se ha hartado de sufrir la violencia estructural de este sistema. Podemos comparar la batalla ganada de Can Vies contra el alcalde Xavier Trías con la batalla ganada en Gamonal contra el alcalde de Burgos: el común denominador desde el cual se han articulado las protestas ha sido el tejido social y la organización popular. Incluso podríamos llegar más lejos al comparar la resistencia turca en defensa del parque Gezi.

El mural del poder popular en Can Vies ilustra perfectamente el tejido social que se ha creado ahí, el de un barrio empoderado que ha sido y es capaz de hacer frente al poder-dominio burgués y echar atrás sus ataques.

La violencia revolucionaria será una táctica efectiva en cuanto exista un tejido social y una organización popular que la articule. Esta violencia tiene que verse legitimada entre la clase trabajadora y no verse como algo ajeno a ella, reivindicada desde personas anónimas y colectivos desconocidos con poca o nula vinculación con los barrios. Por sí sola, practicada de manera aislada y fruto del espontaneísmo no daría ningún resultado positivo ya que, después de la calma, las experiencias en la lucha se van perdiendo y han de empezarse de cero cuando aparezcan situaciones similares que han causado esa respuesta violenta. Por eso, por muy adversas que sean las situaciones, por muy agudas que se vuelva la crisis, sin sentimiento colectivo, ni conciencia de clase, ni tejido social ni organización popular, no hay revolución posible por mucha violencia que se desate en las calles. Esta es la clave: el poder popular y no la vía insurreccional.

La abstención es un gesto pasivo: La política del día a día.

La abstención es un gesto pasivo. Un no-hacer. Da igual que lo acompañemos del adjetivo «activa» porque, al final, sigue expresando un dejar de hacer, más que un hacer activamente. El gesto activo, en cambio, es la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base: anarcosindicalismo, defensa de los servicios sociales, construcción de espacios de socialización y alternativas económicas, resistencia frente a procesos destructores de medio, enfrentamiento político… Quiero poner en duda que, al defender la abstención, incluso al incluir ese adjetivo de activa, estemos consiguiendo de manera efectiva transmitir un mensaje movilizador, que llame a la población a activarse. Quiero ponerlo en duda porque, desde mi punto de vista, la defensa de la abstención eclipsa, más que dar luz, a esa defensa de la toma de conciencia que se expresa de manera constante. Ese que es, en definitiva, el programa de los libertarios respecto a la participación en los asuntos comunes.

Vaya por delante que soy abstencionista, por si la cuestión personal resultase relevante para el debate. Considero que es la posición más coherente entre aquellos que rechazamos este modelo de participación política, además de la más util a nivel estratégico en el contexto actual. Pero entre anarquistas esta ha sido siempre una cuestión estratégica más que de principios. Por ello, tampoco creo que la abstención sea la posición más útil en todo contexto, aunque sí en la mayoría (si no todos) los contextos electorales en que pueda verse inmerso hoy día cualquier lector habitual de este artículo.

Pero lo que me interesa cuestionar es lo siguiente: si lo que pretendemos es defender la lucha diaria y de base, ¿por qué lo ocultamos tras la idea de la abstención? ¿De qué forma nos beneficia hablar de abstención (incluso de abstención activa) en lugar de hablar de organización y lucha, de participación directa en política, de devolver esta a una escala local y federalista?

Vale la pena dar una vuelta a la diferencia abstención/abstención activa. El argumento mil veces repetido es que añadir el adjetivo activa cambia el carácter del gesto de una decisión pasiva a una decisión resultado de una toma de conciencia. Bien pero ¿es la abstención requisito o, más bien, resultado del proceso de toma de conciencia y movilización? Porque si se trata de lo segundo, como defiendo, me parece más estratégico trabajar por difundir una toma de conciencia y apelar a la movilización. De tal modo que es ese mismo proceso, más fundamental, el que se concretará en un gesto abstencionista.

¿Por qué defiendo que añadir el adjetivo de «activa» no basta para mejorar la labor movilizadora del concepto? Porque no es lo mismo lo que queremos transmitir que aquello que efectivamente transmitimos. En esto vuelvo a una idea recurrente: La recepción correcta del mensaje no depende sólo de la intencionalidad del emisor, si no también y fundamentalmente de la capacidad del receptor para interpretar el mensaje. Para buena parte de la gente la abstención ACTIVA es aquella que se lleva adelante como gesto político consciente de rechazo al sistema, es decir, diferenciada de aquella abstención que ocurre por pasividad o vagancia. Hasta ahí de acuerdo. Sin embargo, eso no dirige necesariamente (como pretenden algunos) a la idea de la participación diaria y directa en política que defendemos los anarquistas. Valga el ejemplo de la izquierda abertzale que ha llamado a la abstención activa, consciente, cuando su partido de referencia ha sido ilegalizado, pero que no estaban por ello haciendo una defensa de la participación directa (no delegada) en política. De hecho, probablemente haya sido uno de los llamamientos a la abstención activa más exitosos (a nivel cuantitativo) de los últimos años en el estado español.

Otro ejemplo más de la poca capacidad movilizadora del concepto es que, en los pocos debates en los que participamos, se plantea la dicotomía como votar/abstenerse. En ese caso estamos dando lugar a un equívoco que resulta necesario explicar una y otra vez, que no basta con abstenerse sino que además hay que luchar. Sin resultado, porque la idea mayoritaria que permanece es que, simplemente, los anarquistas no votamos. Mi impresión es que la idea que debemos transmitir es que los anarquistas defendemos la participación diaria y directa en política y que por ello el voto nos parece secundario. Mi propuesta es hablar de «Política del día a día» en lugar de «Abstención activa». De otro modo, parece que defendemos la abstención como una alternativa efectiva (en términos de utilidad) al voto, cuando no es tal. La alternativa real está en lo que ya se ha nombrado y que merece la pena repetir: la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base… El objetivo está en difundir este mensaje de manera clara y sin vuelta de hoja; hacerlo el día de las elecciones, el día previo a las elecciones y, sobre todo, los días posteriores.

Un argumento recurrente en defensa de la abstención es que esta deslegitima al sistema. Tampoco me parece del todo correcto, si bien es el argumento más profundo en favor de su utilidad. La legitimidad de un gobierno con un porcentaje de voto ínfimo podría (y debería) ser puesta en entredicho: Este gobierno carece de apoyo para gobernar. Hasta ahí bien, puesto que es una importante baza con la que jugar, que además el resto de la izquierda se niega a contemplar cuando presenta sus propuestas electorales fragmentadas y con un margen de maniobra mínimo (y este es el caso incluso en el reciente «triunfo electoral» de Podemos). Con todo y haciendo un análisis realista, los gobiernos muy minoritarios siguen gobernando sin que su falta de legitimidad se lo impida. ¿Por qué? Porque si bien la abstención sirve para no-legitimar, el desgaste y la paralización real de los gobiernos solo puede venir de un movimiento organizado que trabaje de manera constante, que haga política en el día a día. Para ese movimiento la abstención podría ser un arma más, por supuesto. Pero de nuevo volvemos sobre la prioridad fundamental de potenciar la movilización, el trabajo diario y de base frente al gesto de la abstención. Gesto que sin movimiento real que lo justifique carece de potencia.

¿Qué aspectos positivos presenta, a cambio, el hecho de una defensa de un concepto como la política del día a día? Fundamentalmente, que activa el marco teórico de que la lucha es un compromiso constante. Que pone lo fundamental por encima: No el gesto abstencionista, si no el compromiso que lleva a cuestionar el voto.

Lo que quiero decir, en definitiva, es que la idea que ha calado es que el anarquismo no vota, frente a la idea que nos interesaría proyectar de que el anarquismo, ante todo, prima la organización y la lucha diaria. Afirmo que el uso del concepto abstención activa tiene mucho que ver en ese problema, ocultando lo fundamental y poniendo por delante lo accesorio. Que faltan conceptos que hagan referencia a la organización permanente en política, falta comunicarlos y desarrollarlos (¿Cómo nos organizamos? ¿Cómo se lucha?) y falta llevar estas propuestas a la práctica. La idea-fuerza que debe calar es que las cosas solo se consiguen luchando cada día y que esto es una evidencia práctica, no un principio rector ni un empeño teórico. Para ello, propongo adoptar el concepto de política del día a día, dándole forma como alternativa libertaria al voto desde el apoyo mutuo y la acción directa.

Entre votantes y abstencionistas

Desde el arranque de la campaña electoral para las europeas, las calles y las redes se van inundando de propaganda electoral. A la par, la abstención empieza a preocupar tanto a partidos políticos de toda índole como personalidades de izquierdas y votantes. Mientras, a los y las anarquistas nos preocupan más el voto y no los datos de abstención que superan incluso al partido más votado, llevando el discurso de siempre a favor de la abstención activa. No obstante, urge también que repensemos la cuestión electoral más allá de repetir las consignas de siempre cada vez que se acerquen las elecciones. ¿Siempre es mejor no votar y dejar de participar en el juego electoral? ¿En qué circunstancias el voto sería una táctica más acertada? ¿Qué es mejor: un gobierno de derechas o uno de izquierdas? Esta última cuestión será tratada al final del artículo.

Bien es sabido que participar en el juego burgués es como «las herramientas del amo no van a desmontar la casa del amo», en ciertas ocasiones puede llegar a favorecer en parte, aunque simbólicamente, a la clase trabajadora o al menos llevar voces anticapitalistas al parlamento, como es el caso de las CUP catalanas, o en el caso de la CNT pidiendo el voto para el Frente Popular en 1936 para derrocar a la derecha y conseguir la libertad de los y las militantes presas. Debemos recordar que no somos ajenas a las políticas que salgan del parlamento. Nos afectan igual que al resto de mortales.  Sin embargo, ante prácticamente el monopolio de los grandes partidos, solo den a elegir entre neoliberalismo cercano a Margaret Thatcher o neoliberalismo con tintes socialdemócratas, sin que llegue a haber una ruptura radical con el sistema capitalista. Mientras, los partidos pequeños no consiguen casi pisar el parlamento, y más si se tratan de partidos a la izquierda de la socialdemocracia.

Entre votar o no, ronda una cuestión fundamental: la lucha de clases llevada a cabo desde las bases sociales, así como la lucha en el terreno político en las calles. Obviamente, el votar o pedir el voto para partidos minoritarios como Podemos, Izquierda Anticapitalista, Los Pueblos Deciden; e incluso IU, no implica necesariamente que solo se tome esa vía y se olvide de la lucha en las calles, aunque son casos que ocurren, en que ciertas personas solo se centran en la cuestión electoral olvidándose de la lucha en las calles. ¡Hasta hay votantes que, ante la impotencia de no poder cambiar nada, echa la culpa a los y las abstencionistas de que la derecha llegue al poder! ¿Quién es el enemigo? ¿El y la abstencionista o la injusta ley electoral y el capitalismo? Cada cual que saque conclusiones, pero las respuestas son claras: el orden burgués y el sistema capitalista. Por otro lado, la abstención de por sí no resulta nada concreto. Puede ser por pasividad, por desconfianza en las instituciones políticas, por negación a participar en el circo electoral, por no tener simpatías hacia ningún partido o porque, en el caso de los y las anarquistas, pensamos que la lucha no se puede delegar en ningún partido político, sino que se realiza en las calles a través de la organización popular y que la lucha política emane del pueblo. Es por ello que reivindicamos una abstención activa, que ponga énfasis en la autoorganización y no en el voto, en el empoderamiento (capacitación) del pueblo y no en las soluciones desde arriba. También, unos índices altos de abstención podrían significar la deslegitimación de las instituciones burguesas.

A quienes arremeten contra quienes optamos por la abstención, conviene recordarles que el derecho a la libre asociación se conquistó asociándonos; el derecho a la huelga, haciendo huelgas; así como la libertad de prensa, la jornada de 8h, los domingos festivos… ¡Incluso el mismo voto femenino! se consiguieron luchando y no votando, y que en el curso de esas luchas, derramaron mucha sangre obrera. Es en la clase trabajadora donde reside el poder y que solo se hará efectivo si se organiza y lucha contra el sistema capitalista desde las bases. Conviene recordar la frase de Voltairine de Cleyre la cual dice «los trabajadores tienen que aprender que su poder no está en la fuerza de su voto, sino en su capacidad de parar la producción».

¿Es entonces compatible el voto y la lucha en la calle? Si existe un peso mucho mayor en las bases sociales y es a través de esas bases donde se impulsan proyectos políticos, las acciones y las decisiones, siempre que la fuerza real resida en esas bases, podríamos decir que sí, como se da en el caso de la FeL Chile. De lo contrario, si no existe esa base social desde donde se articulan los movimientos sociales, es completamente inútil el voto. A partir de esta respuesta, elaboramos la contestación a la pregunta hecha en la introducción. Si bien diríamos que nos importará bien poco que gobierne la derecha o la izquierda, pues ambas posturas siguen manteniendo el sistema capitalista, nos sería más favorable un gobierno de izquierdas que uno liberal-conservador, ya que nos permitiría una mayor libertad a la hora de organizarnos y luchar que si estuviese un gobierno de derechas, que nos dificultaría más poniendo trabas legales a las organizaciones y las acciones. Por contra, un gobierno de izquierdas juega un papel apaciguador y de conciliación de clases en favor de la clase dominante, lo que se traduce en la neutralización de la lucha de clases y en la desmovilización del movimiento obrero dejándolo sin capacidad de respuesta ante las ofensivas neoliberales y/o fascistas, como ocurrió con la República de Weimar, que ante la reacción nazi, no pudieron pararles los pies.

A modo de conclusión. No obligamos a nadie a abstenerse, pero tampoco vamos a tolerar que nos obliguen a votar. Que la lucha social y de clase se gana en las calles, en los tajos, en los institutos y en las universidades y en todas partes donde el sistema capitalista pretenda abrir mercados. Pero quien quiera votar un partido minoritario o votar nulo, que sea libre de hacerlo, sin olvidar, claro está, que la lucha de clases no la ganaremos en las urnas.

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