[Recomendación] Lectura: Análisis de coyuntura

Solo existe una sola realidad material, otra cosa son las interpretaciones de la misma. Se puede tener una visión idealizada de la realidad o focalizada al entorno individual, pero no influirá en la misma realmente. Así, las abstracciones ideológicas no ayudan a construir movimiento. Es por esto que para la transformación de esta realidad antes tenemos que conocerla. Pero no basta con conocerla por encima, hay que analizarla en profundidad, esto es, aportar información rigurosa sobre el entorno que nos rodea, lo cual significa conocer todos los campos: desde lo económico, pasando por lo político hasta lo social. En lo económico debemos analizar las estructuras económicas existentes, los sectores productivos, la situación laboral y económica de la clase trabajadora y la clase capitalista… En lo político debemos conocer las leyes, la administración del territorio, los partidos políticos, las leyes, el sistema judicial, las relaciones internacionales, la política interior, otros actores políticos extraparlamentarios… Y en lo social; grado de presencia de movimientos sociales, inserción de los mismos en los barrios, la relación con otros territorios, los ámbitos de actuación, etc… Después de conocer los métodos para ofrecer un análisis detallado de la coyuntura, el siguiente paso es utilizar todos los datos e información recabada para articular respuestas sociales y políticas, convertirnos en actores políticos revolucionarios y crear así proyectos de transformación social.

Este texto utiliza el marxismo como base para construir las herramientas de análisis materialista de la coyuntura que nos rodea y, aunque fue redactado en un contexto diferente al europeo, sino al centroamericano durante las últimas décadas del siglo XX, es perfectamente válido como para extraer sus bases y criterios para analizar el contexto europeo, y más concretamente, del Estado español. Este texto está estructurado en tres bloques principales, siendo los dos primeros enfocados más en lo teórico y el último en lo instrumental y práctico: el primero es el del individuo, el entorno cercano y lo cotidiano, el segundo trata sobre teoría y política, y el último, su utilización como herramienta de transformación social, es decir, su aplicación práctica. Además, la teoría, ciertamente algo pesada y que posee cierto nivel de sustancia argumental, se complementa con algunos ejercicios prácticos que podemos realizar individualmente o en grupo. Pienso que si realmente aspiramos a la revolución social, y que ésta se pueda materializar a través del avance de nuestras luchas en el presente, este ensayo es imprescindible para todo aquel o aquella que desee articular una fuerza política anarquista.

Fundamentos de formación política. Análisis de coyuntura.

PD: Agradecería al personal que desease expresarse, no opine en base a mi reseña sino que lo haga tras haber leído el texto.

¿Y si dejáramos de luchar?

Bajé corriendo al andén para entrar justo en el tren del metro que acababa de detenerse. Aunque podría esperar al siguiente, tenía ganas de volver antes a casa y no me gustaba esperar. En el vagón donde me metí, la mayoría estaba en silencio, pero unos pocos estaban cuchicheando y otros, contemplando los cables de los túneles que se veían a través de las ventanillas. Entre el traqueteo del tren, el chirriar de las ruedas metálicas y los murmullos empecé a escuchar una conversación más o menos nítida en los asientos de mi lado derecho separados por una barra metálica. Eran dos chicas.

—Mañana empezará una huelga en el metro, ¿para qué? Más reivindicaciones reformistas como «ni rebajas salariales ni despidos». Se sentarán en las mesas de negociación y continuarán el mismo juego. ¿No se supone que deberíamos luchar por el fin del trabajo asalariado?
—Natalia, las cosas no son tan fáciles…
—¿Que no? Tanto como irse de okupa y…
—Pero chica, no todas podemos hacer eso. Con la crisis hay gente que está espabilando y saliendo a luchar, aunque no todas lleven un discurso revolucionario acorde al nuestro. Todo tiene un comienzo y sigue un proceso, Lara.
—Pues poco están espabilando. Si no dejamos las luchas reformistas sería lo mismo que no hacer nada…
—Ya, claro… El todo o nada. Que nos pisen así en el presente y de mientras escapamos…

La conversación se interrumpe al llegar a la siguiente parada. En el vagón entra y sale gente, pero esas dos chicas siguen allí. Al reanudar la marcha de nuevo, tras pensarlo un poco, Lara prosigue.

—…O seguir con estrategias que nada tienen que ver con el contexto, perdernos en abstracciones ideológicas y situaciones revolucionarias inexistentes. Quizá tengas razón y dejemos de pelear, solo huir. Salir de los problemas cotidianos y vivir okupando viviendas, recogiendo la comida que tira el super… Irse al campo, al monte, a los pueblos abandonados… Quizá no sirvan de nada todas esas manifestaciones, huelgas y piquetes, sufriendo los palos que supone confrontarse con el sistema. Quizá entonces, cuando tiremos la toalla, la policía no encuentre resistencia para desahuciar a familias sin recursos y no pueda encontrar apoyo ni en el vecindario ni en los movimientos sociales. Quizá dejen de haber viviendas liberadas o casas okupa…
—Eh eh, frena un poco, exagerada. Dije que la okupación era una posible solución ni he dicho que debamos tirar la toalla.
—Es fácil decirlo. —Saca una botella de agua del bolso y bebe unos tragos— Es fácil desde la comodidad reivindicar maximalismos que no hay por dónde cogerlos y decir cómo han de proceder. Claro, claro que lo queremos todo: acabar con el sistema capitalista y el Estado. Pero tengo claro una cosa: nada se logra huyendo, sino presentando batalla. Y estas batallas forman parte de la lucha de clases. Tenemos que saber dar soluciones y vías de acción en lo inmediato pero con proyectos de futuro, no podemos mirar al horizonte si desatendemos el presente. Si no sabemos transmitir el mensaje ni nos preocupamos por la problemática social y estructural hoy, ¿de qué sirven tantas consignas prometiendo futuros paraísos terrenales donde no existen las clases sociales y todo marcha armónicamente? Porque si crees que son luchas reformistas, quizá sea mejor que los bancos sigan acumulando pisos y aumentando la lista de morosos. Quizá sea mejor que privaticen la Sanidad, que en la gestión de hospitales entren fondos buitre, que el personal sanitario sea precarizado y despedido, que sea un privilegio para gente que pueda pagársela y no universal. Quizá sea mejor que sigan desmantelando lo poco que queda de educación pública y acaben por elitizarla, imposibilitando la entrada a los hijos e hijas de clase trabajadora y por tanto, disputarles el dominio ideológico. Que acaben por ilegalizar las huelgas, por implantar el despido libre, suprimir el salario mínimo y restringir la libertad sindical…

Hubo un pequeño silencio. Pareció que Natalia iba a darle la razón…

—Quizá con todo eso la gente despierte y espabile de verdad. Cuando se vean en la miseria o vean que no podemos volver al 2005 y estén andando en círculos, se darán cuenta de lo inútil que fueron esas luchas parciales.

Me sorprendió que no. Cuando llegamos a la siguiente parada, me paré un momento a pensar las palabras de Lara. Esta vez salió más gente de la que entró. A mí me quedan cuatro paradas más todavía. Entonces sonó una alarma, las puertas se cerraron y el tren comenzó a acelerar.

—Madre mía qué fuerte —Lara frunce el ceño y hace un gesto mano derecha—. Natalia, baja al suelo. De la miseria no nacen revolucionarios, nacen de la toma de conciencia. Y esa toma de conciencia no es resultado del hambre, pues basta con ver que hay como algo más de un veinte por ciento de personas en el Estado español que están por debajo del umbral de pobreza y no veo que estén adquiriendo conciencia revolucionaria. La conciencia se adquiere en las luchas, en entender y analizar críticamente la realidad que nos rodea, ver que este sistema solo favorece a unas minorías a expensas de la mayoría social y a la vez saber dar los primeros pasos en la lucha.
—Ya me dirás tú qué utilidad tiene hablar de revolución y abolición del trabajo asalariado o la autogestión de empresas a gente que no sabe ni por dónde le llegan los tiros.
—A ver, no vamos a llegar a todo el mundo, está claro… Pero no podemos abandonar el escenario y hacer lo que nos dé la gana. Si no queremos que las luchas terminen en callejones sin salida, debemos aportar nuevas visiones y alternativas realizables, que permitan avances y victorias, tener momentos de alegría y motivarnos a aspirar a metas más ambiciosas. Toda revolución requiere un proceso anterior de acumulación de fuerzas, entiéndelo, no podemos pensar en la abolición del trabajo asalariado hoy ni es tan fácil autogestionar empresas dentro del sistema capitaista.
­—¿Quieres decir que nos metamos en las mareas, en los sindicatos y en los movimientos sociales, todos ellos reformistas?
—Sí y no. Podemos ir juntas, pero no mezclados. Desde nuestros colectivos, organizaciones y grupos anarquistas, podemos trabajar en acciones concretas. Si no, propondríamos el potenciar las estructuras de base y la organización popular frente a las tendencias jerarquizantes y oportunistas. Pero el caso es arrancarle terreno al poder establecido, no dejarnos doblegar y luchar en todos los frentes.

El tren comenzó a frenar y vi que las chicas se han levantado. Estaba dudando de si hablarlas y pedirle una forma de contactar con ellas pero no tuve el valor suficiente. Al llegar a la parada, ellas se bajaron. Estoy seguro de que en algún acto de protesta  o en alguna jornada que organicen las encontrare, o al menos a alguna de ellas. Me hubiese gustado escuchar qué respuesta tendría la Natalia, aunque me imagino que estará reflexionando sobre lo dicho. En esta conversación, me parece que la razón se la lleva Lara. No obstante, igual hay algunas lagunas en sus ideas. Aun así, me ha aclarado bastante las dudas. Probablemente, mañana tenga que usar el bus para ir al trabajo, y tal vez cuando vuelva, venga a apoyar a los y las trabajadoras del metro en huelga en vez de quejarme al no poder usar el metro para llegar a casa. Quizá sus luchas no tengan nada que ver conmigo a primera vista, pero llegará un día que me toque a mí y mis compañeras de curro. Entonces no querremos que nos pillen con el culo al aire. Si llegan, que nos vean en las trincheras, preparadas y bien organizadas; no desorientadas, desorganizadas y dispersas.

Las miserias de la marginalidad política

Antes que nada, aunque el título pueda parecer una respuesta al artículo de La Colectividad (aquí), en realidad no lo es expresamente. En este artículo pretendo expresar la necesidad de salir del estancamiento y el inmovilismo, causa además de que seamos una corriente ideológica marginal, que llevamos años arrastrándolo desde el desmoronamiento del movimiento libertario de los años ’70 y ’80 en el Estado español.

Cuando las aguas de un río se estancan empiezan a pudrirse. El mismo charco de agua que día tras día cambia de color y se hace más pequeño. Nadie le importará ese charco, salvo unos biólogos aficionados que van allí a recoger muestras. De esas aguas no beberá ningún ser vivo que no sean simples bacterias y algunos hierbajos. No así pasa con las aguas que fluyen, rápidas en las montañas y calmadas en las llanuras. Pero que constantemente fluyen y en ocasiones llegan a desbordar. Cada segundo se renuevan y en torno a ellas se nutren una gran variedad de seres vivos. ¿Qué demonios tiene que ver esto? Pues bien, una buena parte del anarquismo actual en el Estado español constituye uno de esos charcos malolientes que un día fueron riachuelos, arroyos e incluso grandes ríos de aguas bravas. Después de cuarenta años de dictadura franquista y un plus de más de treinta y cinco años de dictadura capitalista, todavía siguen esas aguas estancas que se niegan a fluir para seguir actuando de depósito de sedimentos de toda clase. Y desde ese montón de mierda reprochan a ciertos militantes que empiezan a navegar por aguas dinámicas, usando toda clase de improperios contra quienes formamos ríos.

Dejando de lado las metáforas, parece ser que no hemos sabido encajar las duras derrotas en el pasado siglo, cuando el movimiento obrero y el movimiento libertario estaba en su apogeo en el viejo continente. Ahora nos quedamos, por un lado, con resquicios de mitos y formas de hacer política anquilosadas que languidecen sin saber adaptarse a las nuevas dinámicas sociales, encerrándose en una suerte de «anarquismo oficial» únicamente con el objetivo de mantener su pureza ideológica y la organización por la organización. Y por otro, el insurreccionalismo que, pese a haber criticado esas viejas fórmulas anarquistas, no aportó realmente aires nuevos de cara a la lucha social, sino palos de ciego como muestra de desesperación e impotencia ante la incapacidad de sacar el anarquismo del anquilosamiento. Así seguimos erre que erre tropezando con la misma piedra y tirándonosla entre unas y otros mientras contemplamos desde los márgenes cómo crecen el ciudadanismo y la izquierda institucional ante la perplejidad, la confusión y desorganización de los movimientos revolucionarios, entre ellos el anarquista. ¿Por qué no estamos en primera línea desde que estalló la crisis capitalista? ¿Por qué una buena parte de sectores anarquistas siguen sin ser un movimiento social ni una fuerza política?

La teoría puede ser perfecta y pura donde todo puede marchar sobre ruedas en un entorno ideal, donde quienes la escriben pueden jugar a ser Dios determinando que a dicha estrategia le sigue tal consecuencia y si no es así, estará condenado a fracasar de antemano. Pero la praxis es bien distinta y muy condicionada por la coyuntura en que se desarrolle. Por eso aquí muchos y muchas resbalan. La incapacidad de conectar una teoría con una praxis, y que ambas se retroalimenten, que suponga salir de la marginalidad sin perder el norte es una gran debilidad por nuestra parte. Pero ya no es solo en la teoría, sino también en la praxis. En muchas ocasiones, no sabemos comunicar nuestro mensaje al resto de la sociedad, siquiera a nuestro entorno cercano ni a los movimientos sociales locales. Es más, nos autoaislamos tratando siempre de diferenciarnos del resto mirándoles por encima de sus hombros. Que ellos son reformistas y nosotros los revolucionarios y si no se nos unen es que son cobardes, ignorantes, reaccionarios o simplemente eso, reformistas.

Sin embargo, una mirada hacia otras partes del mundo nos aclarará quizá mucho las cosas y podamos tomar de ellas soplos de aire fresco para nuestras praxis en el aquí y en el ahora. Un repaso, por ejemplo, al anarquismo organizado en Latinoamérica podemos ver el grado de avance que existen en sus luchas y su presencia en las luchas sociales. Este es el caso de la FeL Chile como una importante fuerza estudiantil de inspiración libertaria, aunque actualmente, por desgracia, haya optado en parte por participar en las elecciones. No queda atrás tampoco el EZLN, que aunque no se declaren anarquistas ni sus formas tampoco tengan la aprobación de los guardianes de la pureza ideológica, son un paradigma de lucha muy respetable y su organización social y política evolucionó hacia el socialismo libertario. Cabe señalar igualmente la lucha pueblo kurdo, un pueblo sin Estado-nación de Oriente Medio y organizado bajo el confederalismo democrático que se inspira en el municipalismo de Bookchin y tiene bases socialistas libertarias, ecologistas y feministas.

También la historia está allí para que extraigamos de ella las lecciones más importantes y no para que la glorifiquemos o la olvidemos. Mencionaré principalmente los casos de la Revolución Rusa y la Revolución Social del ’36 por ser casos más conocidos y posteriormente extraeré de ellas las conclusiones:

-Caso de la Revolución Rusa.

¿Por qué los bolcheviques llegaron a ser la primera fuerza política en la revolución? En el período revolucionario comprendido entre febrero y octubre de 1917, los bolcheviques eran otra fuerza política más entre las otras que había como los mencheviques, los socialrevolucionarios de izquierda (SR) y los anarquistas. Los bolcheviques siguieron entonces una estrategia distinta a cuando llegaron a tomar el poder político y estuvieron organizando los soviets en base al lema «todo el poder para los soviets», mostrando además un cierto rechazo al Estado y favorable a la democracia obrera de los soviets, reivindicaciones que entrarían dentro del socialismo libertario. Cuando los mencheviques y el ala derecha de los SR salieron de la escena revolucionaria, quedaron los bolcheviques, el ala izquierda de los SR y los anarquistas. Éstos primeros, apoyados en los soviets y el haber estado más organizados que los anarquistas -que al estar fragmentados, no haber levantado una organización política y no construido una fuerza política entre los soviets, no tuvieron esa capacidad para saltar al escenario como fuerza mayoritaria- y los SR de izquierda, en el momento que derrocaron el gobierno provisional, pudieron los bolcheviques tomar el poder político con el apoyo de los soviets. Entonces, cuando comenzaron a organizarse los anarquistas, ya era demasiado tarde porque los bolcheviques ya tenían la sartén por el mango, comenzaron a reprimir a la disidencia y ganaron muchos más adeptos a su partido.

No nos podemos olvidar aquí de la makhnovitschina. Al contrario que los anarquistas rusos, parte de los y las campesinas del sur de Ucrania se levantaron contra el saqueo que se produjo por la entrada de los austro-alemanes a consecuencia del tratado de Brest-Litovsk. Desde entonces, comenzaron a organizarse destacamentos guerrilleros que posteriormente, formaron el Ejército Negro encabezado por Néstor Makhno, hijo de campesino que abrazó el anarquismo en la adolescencia. El movimiento makhnovista suscitó muchas críticas por parte de intelectuales anarquistas, que llegaron casos en que dejaron de apoyarlos por no verlos como anarquistas. No obstante, mucha población campesina que no tenía muchas afinidades con el anarquismo dieron su apoyo al makhnovismo. El peso militar, la organización del ejército y las pocas experiencias de construcción de una nueva sociedad podrían ser una de las razones por la cual ciertos anarquistas se mostraron escépticos. Sin embargo, la coyuntura de guerra constante que amenazaba la libertad de la población campesina y obrera libre obligaron a que el makhnovismo dedicase más esfuerzos en frenar a la reacción tanto monárquica, capitalista y bolchevique. Pese a la dureza de la situación, en los territorios liberados sí existieron labores constructivas de organización de la producción y creación de cultura popular, aunque se encontraban constantemente amenazadas y saboteadas por la reacción.

-Caso de la Revolución social del ’36

Como bien sabemos, a la llegada del golpe militar orquestado por los generales Mola y Franco, en zonas donde la CNT-FAI era la fuerza mayoritaria, el levantamiento militar fracasó. Esto se debe precisamente a un trabajo previo de más de 30 años en el ámbito sindical llevado a cabo por la CNT, sin olvidar el campo cultural, pedagógico y político que desarrollaron los y las anarquistas de aquellos tiempos. Pero en la CNT no se metían solo los y las anarquistas, sino simplemente trabajadores que vieron en la CNT un sindicato que realmente defendía los intereses de la clase trabajadora. Las colectivizaciones no hubiesen sido posibles de no ser por ese trabajo de base previo a la revolución social, de la organización a nivel social y la orientación política libertaria. Aun así, el grandísimo error que cometieron la CNT-FAI fue no abolir la Generalitat cuando llegaron a ser la primera fuerza política en Catalunya y no haber creado un programa político propio para no tener que colaborar con el gobierno burgués de la república.

Aunque la historia es historia, en ambos casos podemos extraer unas valiosas lecciones: el anarquismo necesita ser un movimiento social organizado para llegar a ser una fuerza política que dispute la hegemonía al resto de fuerzas políticas. En la revolución rusa, a causa de la desorganización del anarquismo, pereció y lo pagó bien caro. En cambio, no ocurrió lo mismo con el movimiento makhnovista, levantado principalmente por campesinos y campesinas en armas pero finalmente fueron derrotados por el bolchevismo; ni con la revolución social del ’36, aunque el error fundamental de los y las anarquistas del Estado español ha sido el de no abolir el Estado cuando pudieron y el no haber elaborado un programa político anarquista para profundizar la revolución social. Además, en aquellas épocas donde el anarquismo constituyó una fuerza revolucionaria y pudo por ello realizar la revolución, fue porque llegó a ser un movimiento de masas, pero no unas masas amorfas, homogéneas que conocemos en las sociedades capitalistas avanzadas sino unas masas conscientes que supieron organizar la vida social en libertad. De lo contrario, si estuviese fragmentado y desorganizado como lo estuvo en Rusia en 1917, o como lo está actualmente en el Estado español y similarmente en otros estados del mundo, siquiera llegaríamos a construir movimiento, mucho menos fuerza política y aún menos hacer la revolución, lo cual nos llevaría pues a la marginalidad, aislados y aisladas de la realidad social y política, lo que facilita además la represión del Estado y arrojarnos por ello al baúl de los recuerdos.

El anarquismo no es una bella utopía con la que soñar, ni revoluciones que han de esperarse en el sofá, ni teorizaciones de situaciones ideales y propicias para la revolución, ni un estilo de vida de tribus urbanas, ni aventuras desesperadas de ataques a los símbolos del Estado y el capital. El anarquismo debe servir como una herramienta teórico-práctica encaminada a la emancipación social de las clases explotadas y los pueblos oprimidos, que dé respuestas en las luchas inmediatas y tenga proyectos de futuro. En este panorama de crisis capitalista y agresiones neoliberales, seguimos teniendo mucho que aportar. Por suerte, cada vez más anarquistas estamos viendo que podemos incidir en la realidad material para salir de la marginalidad política y entrar en el escenario político y social, participando en cada lucha y celebrando cada victoria parcial lograda mediante organización popular y la acción directa. Cada desahucio parado, cada bloque de vivienda liberado, cada nueva okupación, cada abuso laboral frenado, cada despido anulado, cada empresa recuperada y autogestionada, cada barrio radicalizado, cada detenida liberada, cada huelga ganada, en general, cada lucha ganada en favor de las clases explotadas, son victorias que nos permiten avanzar y a partir de allí, hacer del anarquismo un movimiento social con fuerte presencia entre la clase trabajadora y a la vez, una fuerza política articulada desde las bases caminando hacia el socialismo libertario.

No prometemos futuros paraísos terrenales, los tenemos que construir día a día en la lucha social y en la lucha de clases.

Apolíticos en el país de las maravillas.

El «apoliticismo» no existe, lo que si existe es la indiferencia que es una posición política en sí, por mucho que se pase de la política la política seguirá estando ahí porque en inseparable de la sociedad. La política es la gestión de las relaciones sociales, sin relaciones sociales no sería posible la vida en comunidad. Esas posiciones ultraindividualistas de negación de la política son abstracciones teóricas incapaces de materializarse.

La aceptación general que tiene este concepto se debe principalmente a que se confunde política con el parlamentarismo o el electoralismo y estos a su vez con la corrupción, no se tiene la visión social de la política que expliqué anteriormente. Esto es fruto (en el contexto del Estado español) de la dictadura (recordando a Franco y su «Haga como yo, no se meta en política»), de la «transición democrática» que se simplifica a un pacto entre élites y el derecho a participación de los ciudadanos queda reducido a meter un papel en una urna cada cuatro años,  y de los años que le siguieron hasta la actualidad donde esa identificación de la política con el ámbito institucional es una constante.

Otra de las causas que explican el rechazo de la gente común a la política es que la ven como algo demasiado complejo y lejos de su alcance, es uno de los argumentos que más se repiten entre quienes declaran su indiferencia, (la política es muy difícil, para entender eso hay que estudiar mucho…). Esto está relacionado con lo anterior ya que al concebir la política como la actividad institucional pues se considera la dificultad de la gestión pública burocrática, pero aún así es un argumento muy cuestionable vista la manifiesta incompetencia de gran parte de los que nos gobiernan.

Aunque cada vez más gente parece haberse dado cuenta de que si no haces política te la hacen y además en contra de tus intereses en la mayoría de los casos, aunque todavía sigue existiendo una mayoría silenciosa como se ha demostrado en las últimas movilizaciones a raíz de la abdicación del Rey, una gran masa popular salió a la calle a exigir que se respete su derecho a decidir y una ridícula minoría reaccionaria salió a defender un régimen caduco, pero el grueso de la población se quedó en casa, indiferente aunque probablemente se declaren a sí mismos como «apolíticos».

La «apolítica» vende, solo hay que mirar el interés que suscita cualquier iniciativa que se declare así. Los que manejan ese discurso no lo hacen de forma inocente ni por ignorancia, su intención es seguir manteniendo esa identificación y alejar a la política de su carácter social y potencial real de cambio.

Como conclusión, detrás del apoliticismo o la «antipolítica» se encuentra el elitismo, la negación en sí de la democracia. Perdamos el miedo a hacer política y a reivindicarla, ya sea desde las plazas o desde las instituciones quien pueda, hagamos política en defensa de los nuestros, del bien común, porque si no la hacemos seguirán haciéndola los de siempre y en beneficio de la minoría responsable del saqueo a gran escala al que estamos sometidos.

Y no seamos indiferentes (vista la imposibilidad de ser apolítico), como bien dijo Gramsci: la indiferencia es el peso muerto de la historia.

La abstención es un gesto pasivo: La política del día a día.

La abstención es un gesto pasivo. Un no-hacer. Da igual que lo acompañemos del adjetivo «activa» porque, al final, sigue expresando un dejar de hacer, más que un hacer activamente. El gesto activo, en cambio, es la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base: anarcosindicalismo, defensa de los servicios sociales, construcción de espacios de socialización y alternativas económicas, resistencia frente a procesos destructores de medio, enfrentamiento político… Quiero poner en duda que, al defender la abstención, incluso al incluir ese adjetivo de activa, estemos consiguiendo de manera efectiva transmitir un mensaje movilizador, que llame a la población a activarse. Quiero ponerlo en duda porque, desde mi punto de vista, la defensa de la abstención eclipsa, más que dar luz, a esa defensa de la toma de conciencia que se expresa de manera constante. Ese que es, en definitiva, el programa de los libertarios respecto a la participación en los asuntos comunes.

Vaya por delante que soy abstencionista, por si la cuestión personal resultase relevante para el debate. Considero que es la posición más coherente entre aquellos que rechazamos este modelo de participación política, además de la más util a nivel estratégico en el contexto actual. Pero entre anarquistas esta ha sido siempre una cuestión estratégica más que de principios. Por ello, tampoco creo que la abstención sea la posición más útil en todo contexto, aunque sí en la mayoría (si no todos) los contextos electorales en que pueda verse inmerso hoy día cualquier lector habitual de este artículo.

Pero lo que me interesa cuestionar es lo siguiente: si lo que pretendemos es defender la lucha diaria y de base, ¿por qué lo ocultamos tras la idea de la abstención? ¿De qué forma nos beneficia hablar de abstención (incluso de abstención activa) en lugar de hablar de organización y lucha, de participación directa en política, de devolver esta a una escala local y federalista?

Vale la pena dar una vuelta a la diferencia abstención/abstención activa. El argumento mil veces repetido es que añadir el adjetivo activa cambia el carácter del gesto de una decisión pasiva a una decisión resultado de una toma de conciencia. Bien pero ¿es la abstención requisito o, más bien, resultado del proceso de toma de conciencia y movilización? Porque si se trata de lo segundo, como defiendo, me parece más estratégico trabajar por difundir una toma de conciencia y apelar a la movilización. De tal modo que es ese mismo proceso, más fundamental, el que se concretará en un gesto abstencionista.

¿Por qué defiendo que añadir el adjetivo de «activa» no basta para mejorar la labor movilizadora del concepto? Porque no es lo mismo lo que queremos transmitir que aquello que efectivamente transmitimos. En esto vuelvo a una idea recurrente: La recepción correcta del mensaje no depende sólo de la intencionalidad del emisor, si no también y fundamentalmente de la capacidad del receptor para interpretar el mensaje. Para buena parte de la gente la abstención ACTIVA es aquella que se lleva adelante como gesto político consciente de rechazo al sistema, es decir, diferenciada de aquella abstención que ocurre por pasividad o vagancia. Hasta ahí de acuerdo. Sin embargo, eso no dirige necesariamente (como pretenden algunos) a la idea de la participación diaria y directa en política que defendemos los anarquistas. Valga el ejemplo de la izquierda abertzale que ha llamado a la abstención activa, consciente, cuando su partido de referencia ha sido ilegalizado, pero que no estaban por ello haciendo una defensa de la participación directa (no delegada) en política. De hecho, probablemente haya sido uno de los llamamientos a la abstención activa más exitosos (a nivel cuantitativo) de los últimos años en el estado español.

Otro ejemplo más de la poca capacidad movilizadora del concepto es que, en los pocos debates en los que participamos, se plantea la dicotomía como votar/abstenerse. En ese caso estamos dando lugar a un equívoco que resulta necesario explicar una y otra vez, que no basta con abstenerse sino que además hay que luchar. Sin resultado, porque la idea mayoritaria que permanece es que, simplemente, los anarquistas no votamos. Mi impresión es que la idea que debemos transmitir es que los anarquistas defendemos la participación diaria y directa en política y que por ello el voto nos parece secundario. Mi propuesta es hablar de «Política del día a día» en lugar de «Abstención activa». De otro modo, parece que defendemos la abstención como una alternativa efectiva (en términos de utilidad) al voto, cuando no es tal. La alternativa real está en lo que ya se ha nombrado y que merece la pena repetir: la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base… El objetivo está en difundir este mensaje de manera clara y sin vuelta de hoja; hacerlo el día de las elecciones, el día previo a las elecciones y, sobre todo, los días posteriores.

Un argumento recurrente en defensa de la abstención es que esta deslegitima al sistema. Tampoco me parece del todo correcto, si bien es el argumento más profundo en favor de su utilidad. La legitimidad de un gobierno con un porcentaje de voto ínfimo podría (y debería) ser puesta en entredicho: Este gobierno carece de apoyo para gobernar. Hasta ahí bien, puesto que es una importante baza con la que jugar, que además el resto de la izquierda se niega a contemplar cuando presenta sus propuestas electorales fragmentadas y con un margen de maniobra mínimo (y este es el caso incluso en el reciente «triunfo electoral» de Podemos). Con todo y haciendo un análisis realista, los gobiernos muy minoritarios siguen gobernando sin que su falta de legitimidad se lo impida. ¿Por qué? Porque si bien la abstención sirve para no-legitimar, el desgaste y la paralización real de los gobiernos solo puede venir de un movimiento organizado que trabaje de manera constante, que haga política en el día a día. Para ese movimiento la abstención podría ser un arma más, por supuesto. Pero de nuevo volvemos sobre la prioridad fundamental de potenciar la movilización, el trabajo diario y de base frente al gesto de la abstención. Gesto que sin movimiento real que lo justifique carece de potencia.

¿Qué aspectos positivos presenta, a cambio, el hecho de una defensa de un concepto como la política del día a día? Fundamentalmente, que activa el marco teórico de que la lucha es un compromiso constante. Que pone lo fundamental por encima: No el gesto abstencionista, si no el compromiso que lleva a cuestionar el voto.

Lo que quiero decir, en definitiva, es que la idea que ha calado es que el anarquismo no vota, frente a la idea que nos interesaría proyectar de que el anarquismo, ante todo, prima la organización y la lucha diaria. Afirmo que el uso del concepto abstención activa tiene mucho que ver en ese problema, ocultando lo fundamental y poniendo por delante lo accesorio. Que faltan conceptos que hagan referencia a la organización permanente en política, falta comunicarlos y desarrollarlos (¿Cómo nos organizamos? ¿Cómo se lucha?) y falta llevar estas propuestas a la práctica. La idea-fuerza que debe calar es que las cosas solo se consiguen luchando cada día y que esto es una evidencia práctica, no un principio rector ni un empeño teórico. Para ello, propongo adoptar el concepto de política del día a día, dándole forma como alternativa libertaria al voto desde el apoyo mutuo y la acción directa.

Seguirá habiendo injusticia

Acabadas las elecciones al Parlamento Europeo, Pablo Iglesias de Podemos decía que no habían ganado al PP ni al PSOE, pero que seguirían «luchando» porque les banqueres corruptes (entre otres) seguirán existiendo. Se deduce de esto que la cuestión de les banqueres corruptes, les males policías, y les males polítiques es cuestión de quién gobierne. El contexto institucional no importa. El funcionamiento burocrático del Estado tampoco. Lo que importa es quién gobierna y cómo lo hace. O esto parece ser lo que piensan todes les candidates del partido político que sea. Y es que no hay mayor ceguera que la de la persona que no quiere ver. La historia contemporánea está repleta de ejemplos en los que las mejores intenciones políticas acabaron en estrepitoso fracaso. Quien no lo quiera ver, que no lo vea.

Los sistemas democráticos de eso que llamamos «países capitalistas avanzados» se basan en una tensión irresoluble: la tensión que existe entre política y mercado. En términos formales, la democracia representativa que plantea el liberalismo se basa en la igualdad política. Es decir, todes tenemos los mismos derechos políticos como votar, presentarse como candidate, expresar nuestras ideas, etcétera. No obstante, la democracia liberal sustenta un sistema económico, el capitalista, que no está basado en la igualdad económica de las personas. En el capitalismo algunas personas tienen más que otras (y algunas no tienen absolutamente nada). Y esto está bien, porque el capitalismo no aboga por ningún tipo de igualdad económica. ¿Cómo influye esto sobre el ejercicio político?

Lo que les candidates polítiques de «izquierda» parecen no ver es que los mercados y la política se entrelazan en multitud de niveles. Tenemos leyes aprobadas en parlamentos que claramente favorecen los intereses materiales de las personas que tienen más. Pero también tenemos personas en política que o bien tienen intereses personales en ciertos mercados, o bien conocen a gente que sí los tienen (y normalmente esta «gente» tiene suficientes recursos materiales como para comprar un traje aquí, una cena allá, una casa más allá… etcétera). Como las dinámicas capitalistas no pueden funcionar sin estados-nación que regulen los flujos de capital, de forma inevitable intereses económicos e intereses políticos terminan encontrándose.

Cuando Pablo Iglesias habla de banqueres corruptes da a entender que une banquere puede ser buene. Lo mismo hace cuando habla de la «casta política» (tal vez su palabra favorita tras «hegemonía»), pues sugiere que hay polítiques males, y polítiques buenes (les que están con él, qué casualidad). De nuevo: todo depende de quién gobierne y cómo lo haga. Todo depende de les jugadores, como si el juego en sí no importara nada. Bueno, precisamente lo que la abstención activa del anarquismo plantea es que el problema no es solamente quiénes juegan y cómo lo hacen, sino también, y en mayor medida, el juego en sí mismo.

La tensión entre democracia representativa y mercados capitalistas está más que documentada. Estudios en los Estados Unidos han probado que a lo largo de las últimas décadas las personas con mayor posesión de capital han ejercido una influencia mayor sobre las personas que deciden las políticas del futuro estadounidense. Una vez más, los Pablos Iglesias del mundo podrán decir que el problema de los Estados Unidos es que tienen males gobernantes. ¿Pero qué hay de los contextos institucionales y burocráticos en los que se encuentran les polítiques?

Dejando de lado las críticas filosóficas que se puedan hacer a los sistemas representativos-liberales, lo cierto es que nos sobran razones tangibles para desconfiar de cualquier gobierno, elección, y parlamento del mundo. Cualquier persona que haya estudiado los modernos estados-nación de Occidente habrá visto que las arcas de los estados dependen en gran medida de dinámicas capitalistas que mueven una cantidad inmensa de dinero. Es más, el juego internacional entre estados-nación ya no se desarrolla, mayormente, en el terreno militar como era antaño. Ahora son las corporaciones, los tratados económicos, y las dinámicas comerciales las que dictaminan quién es fuerte o quién es débil en la política internacional. Por ejemplo: el imperialismo de los Estados Unidos no solamente se mide por el número de bases militares que tienen en otros países, sino también por el número de empresas que firman contratos con otros estados-nación; por el número de corporaciones que proveen servicios a los ejércitos de otros países; por el número de agentes económicos influyendo las decisiones que se toman en otras tierras… ¿Acaso es algo nuevo todo esto?

Finalmente les querría decir a aquelles polítiques de buenas intenciones (como Pablo Iglesias, quiero presuponer) que consigan un puesto en cualquier parlamento capitalista del mundo que han de saber que:

  1. Todo el edificio sobre el que vuestro estatus social se sostiene está basado en la tensión existente entre política y mercado. La política, si bien autónoma hasta cierto punto, no puede prescindir de los actuales lazos de dependencia hacia el capital.
  2. Cuando queráis promover vuestras «políticas socialistas» ya nos contaréis cómo solucionáis la brecha entre «la política formal» y la «política ideal», porque una cosa es decir qué se piensa, y otra cosa es hacer lo que realmente se piensa. Lo sabemos, tendréis mil obstáculos y millones de presiones para no votar tal o cual otra cosa. Pero cuando fracaséis, no digáis que no os avisamos.
  3. Desde los parlamentos del mundo las cosas, como mucho, se pueden reformar. Eso lo sabéis de sobra. No pretendáis cambiar la desigualdad que produce el capitalismo a base de votar políticas, porque la historia no parece contarnos que eso sea posible. Si queréis dar una cara «más humana» al capitalismo no habléis de «revoluciones» (como Elena Valenciano. Qué bochorno).
  4. Da igual lo que cobréis al mes o cómo viajéis hasta Bruselas. Le polítique profesional sigue, y seguirá, siendo una persona parásita que se cree con derecho a representar los intereses materiales de miles de personas. En el mejor de los casos será una persona parásita «marginada» en el Parlamento. Pero, entonces: ¿qué tanto de profesionalidad, acorde con los estándares liberales, tenéis si estáis marginades a un grupo minúsculo de parásites?

Cuando realmente nos creamos que se puede revolucionar el mundo, que se puede sustituir al capitalismo por otro modo de organizar la vida humana de forma justa e igualitaria, entonces, no hará falta ningún texto ni ningún mitin electoral. Una sola palabra se susurrará de oreja a oreja hasta que se convierta en un grito de millones de registros al unísono: ¡insurrección!

Hasta entonces seguirá habiendo banqueres corruptes, policía represora, y polítiques males. Da igual quién juegue, pues el problema es el mismo juego al que estamos jugando. Las reglas injustas se cambian cambiando de juego (valga la redundancia), y no jugando al juego de manera distinta (pues las reglas vienen dadas por contextos institucionales, no por manuales de Monopoly). Hasta entonces seguirá habiendo injusticia.

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